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lunes, 14 de diciembre de 2020

Brexit: España, uno de los paises más afectados


Por si no tuviéramos bastante con la pandemia, Boris Johnson presiona a Europa al abismo de un Brexit duro, sin acuerdo, el 1 de enero. Duro o blando, España será uno de los paises más afectados, más que Alemania, Francia o Italia, según el Banco de España. Sobre todo, los exportadores de frutas, verduras, vino, cerámica y coches de Murcia, Levante, Aragón y Galicia, el turismo de Canarias, Baleares y el Mediterráneo, más las multinacionales y bancos españoles. El escollo de la negociación es que Europa “no se fía” del gobierno británico y teme que convierta Reino Unido en un paraíso laboral, medioambiental, fiscal y sin regulación (un “Singapur en el Canal”) que haga competencia desleal al mercado único. Que aprovechen “estar fuera” para invadir el mercado europeo. Europa no puede ceder, aunque suponga empezar 2021 con aranceles y barreras que penalizan a todos. La clave es pasar página” con el Brexit de nunca acabar y que Europa salga de la pandemia y se fortalezca. UExit.


Al Reino Unido le costó 15 años ingresar en la Comunidad Económica Europea (el 1 de enero de 1973) y llevan tres años y medio intentando salir de la UE, desde el 23 de junio de 2016, cuando una estrecha mayoría de británicos (52%) votaron en referéndum a favor del Brexit. El Gobierno británico ha ido posponiendo su salida, de prórroga en prórroga, hasta que el 31 de enero de 2020 se cumplió la última fecha aprobada por Bruselas y Londres para dejar la UE. Pero el 1 de febrero, se consumó la salida política del Brexit (Reino Unido ya no tiene voz ni voto en la UE-27) pero no la salida económica: las mercancías, capitales, personas y servicios británicas siguen siendo comunitarias y se mueven libremente por el mercado único europeo hasta el 31 de diciembre de 2020, fecha límite para pactar un nuevo acuerdo comercial que establezca las futuras relaciones RU-UE27.

El problema es que Reino Unido ha ido perdiendo tiempo este año, retrasando las negociaciones con la ayuda de la pandemia, en otro intento de forzar a Bruselas a nuevas prórrogas y cesiones. Y ahora, a 17 días de la fecha límite, Boris Johnson presiona a Bruselas al abismo de un Brexit duro, en una peligrosa jugada de póker donde tiene más que perder que los 27. Pero también más que ganar, si juega de farol y sus rivales se arrugan, porque sus cartas son peores. Veamos de qué va el juego.

En principio, la futura relación comercial del Reino Unido con la Unión Europea podría seguir uno de los tres modelos que Europa tiene ya con terceros paises. Uno, el que se tiene con Noruega, Islandia o Liechtenstein: integrar al Reino Unido en un Espacio económico europeo (EEA), una zona de casi libre comercio, a cambio de aceptar los británicos la libre circulación de personas y la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia, además de financiar una parte del Presupuesto europeo. La segunda opción es firmar un Acuerdo de Libre Comercio, como el que tiene la UE con Canadá o Corea del Sur, menos favorable para los británicos, porque incluye aranceles (3%) y restricciones. Y hay un tercer modelo, menos interesante: firmar un Acuerdo de Asociación, como el que tiene la UE con Ucrania.

Al Reino Unido, especialmente a Boris Johnson y sus tories euroescépticos, no les gusta un acuerdo como el de Noruega, porque huyen de “compromisos” con Europa. Buscan desde el principio un acuerdo comercial como el de Canadá, pero con más ventajas porque ellos se consideran de alguna forma “europeos” (para comerciar). Y Europa lleva doce meses diciéndoles lo mismo: cuantas más ventajas comerciales quieran sacar, más tienen que parecerse sus normas y comportamientos a las de los europeos. A lo claro: si quieren comerciar con pocas trabas con la UE-27, tienen que jugar con sus reglas en materia laboral, fiscal, medioambiental o de ayudas estatales a las empresas. Tienen que respetar "los estándares europeos". Lo contrario sería hacer competencia desleal y querer aprovecharse del mercado único.

Pero Johnson sigue empeñado en jugar de farol, tras haber “vendido” a los británicos que el Brexit va a convertir al Reino Unido en una mayor potencia económica. Su pretensión es “recuperar el viejo imperio” y convertir a las islas británicas en un gigantesco portaaviones comercial y financiero, que compita sin trabas en Europa y en el resto del mundo, gracias a unos bajos costes laborales y sociales, una mínima regulación económica y medioambiental y jugosas ayudas públicas a las empresas británicas. Su idea es convertir Reino Unido en el Singapur de Europa, dispuesto a “arrasar en el continente”, ya desde fuera de la UE. Lo que vende Johnson a los británicos es el mejor de los mundos: librarse de las reglas y obligaciones de estar en la UE, pero lanzarse sin piedad a conquistar el mercado único europeo (el mayor del mundo).

La Comisión Europea y los negociadores de Bruselas lo saben y “no se fían un pelo” de Johnson y el ala euroescéptica de los conservadores británicos. Por eso, además de firmar un acuerdo comercial que impida la competencia desleal del Reino Unido, la clave es asegurar que esas reglas de juego se cumplen en el futuro. Porque si no, podría firmarse ahora el acuerdo y luego, en unos meses o años,  el Reino Unido podría cambiar sus normas y buscar “jugar con otras reglas”. De hecho, ya lo ha intentado hace unas semanas, enviando al Parlamento una Ley del Mercado Interior que permitía al Gobierno británico fijar unilateralmente los trámites aduaneros que han de hacer las empresas británicas para exportar a Irlanda del norte o las subvenciones que reciben, aspectos que violan el acuerdo de salida del Brexit. Al final, Johnson ha corregido a principios de diciembre esa Ley, como “gesto de buena voluntad”, pero en Bruselas no se fían.

Por eso, lo que se está negociando contra reloj no son peliagudas cuestiones comerciales, sino algo muy simple: “que se respeten las reglas de juego” (en inglés, “level-playing field”: terreno de juego igualado”). Poner por escrito las reglas, bien claritas, y el compromiso de Reino Unido de que no se van a cambiar en el futuro. Y la segunda cuestión, el sistema de gobernanza del acuerdo, o sea, cómo se dirimen legalmente las diferencias y qué mecanismos vinculantes se arbitran para solucionar las posibles controversias. Y aquí, Reino Unido se resiste a incluir clausulas de no regresión frente a lo pactado. El “tahúr” Johnson se resiste a fijar reglas y pretende poder jugar de farol sabiendo que sus cartas son peores. Y entre tanto, para despistar y cubrirse ante sus electores del norte, incluye como tercer tema de negociación la pesca, cuántas capturas podrán hacer la UE en aguas británicas (y viceversa). Pero la cuestión de fondo de la negociación es política: fiarse o no de Johnson.

Todos prefieren un Brexit blando a una falta de acuerdo y un Brexit duro el 1 de enero de 2020. Quien tiene más que perder es Reino Unido, porque depende más de la UE-27 que al revés: el 43% de las exportaciones británicas van a la UE (330.000 millones), mientras las islas británicas sólo representan el 18% de las exportaciones comunitarias (440.000 millones) y la mayoría de los países europeos tienen superávit con Reino Unido. Pero Johnson ha ido muy lejos en sus promesas a los británicos y lo más probable es que siga con su farol y presione más y más a Bruselas, buscando nuevas prórrogas y concesiones. Y la UE tampoco quiere un Brexit duro, porque se vería aún más resentida su economía en plena pandemia.

Si no hay más prórrogas y el 1 de enero llega un Brexit duro, eso significa que las relaciones comerciales entre la UE y el Reino Unido se fijarán de acuerdo a las normas de la Organización Mundial de Comercio (OMC), que establece aranceles (una media del 6% de impuestos a los productos importados, que puede llegar al 10% en automóviles y más en servicios) y barreras comerciales en la relación de “nación más favorecida” (la UE y RU). A corto plazo, se produciría un caos en las aduanas, para controlar el tráfico de personas y mercancías (sólo en Dover cruzan más de 10.000 camiones al día). Y se frenarían inversiones y operaciones. 

Para evitar lo peor, la Comisión Europea ha aprobado “un Plan de contingencia”, que permitirá prorrogar 6 meses los vuelos y viajes de pasajeros y mercancías. Pero falta que lo acepte y comparta el Reino Unido, cuyo Gobierno ya ha ordenado a la Marina Real que se prepare para interceptar barcos pesqueros de la UE en aguas británicas a partir del 31 de diciembre. Y ha pedido a los supermercados británicos que hagan acopio de alimentos por si acaso (el 25% vienen de la UE).Suena a que habrá un Brexit duro y conflictivo, aunque ayer domingo se han dado "un tiempo extra" para negociar antes de fin de año.

Quien más tiene que perder con un Brexit duro es el Reino Unido: su PIB caería un -3% en 2022, según un estudio reciente del Banco de España, mientras la UE perdería un -0,4% del PIB  (la Comisión aumenta esta bajada al -0,75% en 2022), tanto por el efecto negativo sobre el comercio (aranceles y barreras) como por el freno a inversiones y actividad económica. En el caso de un Brexit blando (un acuerdo como el de la UE y Canadá), la pérdida sería mucho menor, tanto para Reino Unido (-1,5% del PIB en 2022) como para la UE (-0,1%).

Sea un Brexit duro o blando, todos perderemos, los que más los británicos (su propia Oficina Presupuestaria espera una caída del PIB del -4%). Pero también España sufrirá bastante el Brexit: seremos el 7º país europeo más afectado, tras Luxemburgo, Irlanda, Holanda, Chipre, Suiza y Malta, según un estudio de S&P. Y seremos el país más afectado entre los grandes, más que Alemania, Francia o Italia, según confirma el estudio publicado por el Banco de España. Y eso porque somos uno de los paises europeos que tienen más relación comercial, turística e inversora con Reino Unido. De hecho, la relación económica de España con Reino Unido supone el 3,4% del PIB español, por encima de la relación con Alemania (3,2% de su PIB), Francia (2,8%) o Italia (1,95%), aunque por debajo del peso que tiene su relación con la UE-27 (3,95% de su PIB), según el Banco de España.

El mayor impacto se dará en el comercio (supone el 1,6% de nuestro PIB): Reino Unido es el 5º mayor cliente comercial de España (tras Francia, Alemania, Italia y Portugal) y les vendimos por valor de 19.666 millones de euros en 2019 y comprado por 11.808 millones, con lo que tuvimos un superávit comercial de +11.808 millones de euros. Este año 2020, con la pandemia y la amenaza del Brexit, el comercio con Reino Unido ha caído drásticamente, pero sigue siendo nuestro 5º mayor cliente: les exportamos por 12.040 millones y les compramos por 6.722 millones, hasta septiembre, con lo que el superávit es de +5.318 millones. Las principales ventas españolas al Reino Unido son alimentos, coches, bebidas y tabaco, ropa, cerámica, fertilizantes y bienes industriales intermedios.

El 2º mayor impacto del Brexit se dará en el turismo (supone el 1,2% de nuestro PIB): Reino Unido es el país que nos aporta más turistas, 18 millones en 2019 (un 21,5% del total), que han bajado drásticamente este año 2020, por la pandemia, a 2,97 millones de turistas británicos llegados hasta octubre (el 16,67% del total), según el INE. Y son también los turistas que aportan más gasto, un 19,4% del gasto turístico total en 2019 (17,834 millones se gastaron) y otro 15,7% del total este año (donde el gasto turístico de los británicos, como el de los demás, se ha desplomado hasta octubre: a 2.915 millones de euros, según el INE). Y no olvidemos que los británicos son los extranjeros que más compran viviendas en España: 8.750 en 2019, el 2% de todas las viviendas vendidas.

El tercer mayor impacto del Brexit se dará en los servicios (suponen un 0,6% del PIB), sobre todo en las exportaciones de servicios de telecomunicaciones y servicios financieros, derivados de la fuerte presencia en Reino Unido de las multinacionales españolas (desde Telefónica al Banco Santander o Ferrovial), que se verán bastante afectadas por el Brexit. Y queda por ver el impacto del Brexit en las inversiones españolas en Reino Unido, que rondan los 81.000 millones de euros (el 17,2% de toda nuestra inversión exterior). De hecho, el Reino Unido es el 2º mayor destino de las inversiones españolas en el extranjero, solo por detrás de las hechas en EEUU. En las islas han invertido mucho Telefónica (20.000 millones), Santander (15.000), Iberdrola (12.000), Ferrovial (6.000), Iberia/IAG (5.000), Cellnex (2.500), Banco Sabadell (2.000), FCC (2.000), Aena (300) o Inditex (100 tiendas), multinacionales españolas que se juegan una parte de sus ventas y beneficios en el mercado británico.

Todo esto está en juego con el Brexit, desde las exportaciones y el turismo a las finanzas, los servicios, las inversiones o la pesca. El impacto será mayor o menor según sea el acuerdo o desacuerdo, pero en cualquier caso, afectará mucho a España, especialmente a algunos sectores (agroalimentario y  automóvil, sobre todo) y regiones, según el estudio del Banco de España: el mayor impacto comercial lo sufrirán Murcia, la Comunidad Valenciana, Galicia y Aragón. Y el mayor impacto turístico e inmobiliario lo sentirán Canarias, Baleares y Levante. Regiones también muy afectadas por la recesión de la pandemia.    

Quedan unas semanas de infarto y unos años complicados, donde la UE y el Reino Unido tendrán que ajustar su relación, algo complicado y negativo en cualquier caso, porque  Europa pierde su 2ª mayor economía (15% del PIB de la UE y 13% de su población) y el Reino Unido su libre acceso al mayor mercado del mundo. Pero hay que seguir adelante, sin ceder a chantajes porque en esta partida Europa tiene las mejores cartas. Y además, la Unión Europea debe pasar cuanto antes la página del Brexit, que la ha desgastado durante tres años y medio. Hay que mirar hacia adelante y volcar todos los recursos en la reconstrucción de Europa tras la pandemia, reforzando internamente la Unión y avanzando en los Estados Unidos de Europa, consolidando un bloque económico, político  y social que afronte la dura competencia de China, EEUU y los paises emergentes en este siglo XXI. Y mientras, los británicos “se cocerán a fuego lento”, sufriendo día a día el enorme error del Brexit. Y en una generación (quizás ya con Escocia independiente), volverán a llamar a las puertas de la UE. Pero mientras, necesitamos consolidar una Europa más fuerte, más unida y más solidaria. Vayamos a ello, sin que nos desgaste más el Brexit. UExit.

lunes, 3 de febrero de 2020

El Brexit de nunca acabar


Hace dos días, el 1 de febrero, el Reino Unido dejó de pertenecer a la Unión Europea. Pero todavía quedan meses (y quizás años) para que esta separación de los británicos acabe en divorcio. Ahora falta negociar, antes del 31 de diciembre, su futura relación comercial con los 27: si firman un acuerdo como el que tiene Noruega o como Canadá o hay una nueva prórroga para negociar en 2021 y otra amenaza de Brexit duro. Al final, lo que pretende Boris Johnson es tener una relación comercial estrecha con la UE pero sin obligaciones, a lo que se niegan en Bruselas. Mientras, España es uno de los paises europeos más afectados por la salida de Reino Unido y un posible Brexit duro, sobre todo el sector agroalimentario, el automóvil, el turismo y las inversiones de nuestras grandes empresas, sin olvidar los ciudadanos de ambos paises. La negociación de la futura relación con Reino Unido va para largo y todos saldremos perdiendo con su marcha. Sobre todo ellos.

enrique ortega

Al Reino Unido le costó 15 años ingresar en la Comunidad Económica Europea (1 enero 1973) y llevan tres años y medio intentando salir de la UE, desde el 23 de junio de 2016, cuando una estrecha mayoría (52%) votó en referéndum a favor del Brexit. Los británicos han pospuesto  su marcha, de prórroga en prórroga, hasta que el 31 de enero se ha cumplido la última fecha aprobada por Bruselas y Londres para dejar la UE. Pero el Brexit no ha hecho más que empezar: se ha consumado la salida política (Reino Unido ya no tiene voz ni voto en la UE) pero no la económica: las mercancías, capitales y personas británicas siguen siendo comunitarias, al menos hasta el 31 de diciembre de 2020, fecha marcada para acordar un acuerdo comercial que establezca las futuras relaciones económicas RU-UE.


Esta futura relación comercial del Reino Unido con la Unión Europea podría seguir uno de los tres modelos de relación económica que tiene Europa con terceros paises. Uno, el que se tiene con Noruega, Islandia o Liechtenstein: integrar al Reino Unido en el espacio económico europeo (EEA), una zona de casi libre comercio, a cambio de aceptar los británicos la libre circulación de personas y la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia, además de contribuir en parte a financiar el Presupuesto europeo. La otra opción es firmar un Acuerdo de Libre Comercio, como el que tiene la UE con Canadá o Corea del Sur, menos favorable para los británicos porque incluye aranceles y restricciones. Y hay una tercera vía, menos interesante, firmar un Acuerdo de Asociación como el que tiene la UE con Ucrania. O una variante menos atractiva, la Unión aduanera que tiene la UE con Turquía, Andorra o San Marino.


Al Reino Unido, especialmente a Boris Johnson, no le gusta un acuerdo como el de Noruega porque huye de “compromisos” con Europa. Lo que buscan es un Acuerdo de libre comercio como el que tiene la UE con Canadá, pero con más ventajas si es posible porque ellos son de alguna forma “europeos”. Pero la nueva presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen, ya se lo ha dicho claro: “cuanto mayores sean nuestras diferencias, más distante será nuestra relación comercial”. A lo claro: que si quieres comerciar con pocas trabas con la UE, tienes que jugar con sus reglas en materia laboral, fiscal, medio ambiente o ayudas estatales. Vamos, que no puede aspirar el Reino Unido a disfrutar de libertad de movimiento de mercancías y capitales si no hay libertad de movimientos de personas y si no juegan a lo mismo en materia laboral, fiscal, ambiental o ayudas a sus empresas. Que nada de intentar ser la Singapur de Europa, sin reglas, y competir de forma desleal con la UE.


Dada esta distancia de partida, las negociaciones sobre la relación comercial futura no van a ser fáciles. El 25 de febrero habrá una Cumbre europea para fijar la posición de los 27, para unificar posturas y presentar un bloque firme ante el Reino Unido. Y a partir de ahí, a negociar, con una fecha tope para el acuerdo, impuesta por Boris Johnson: el 31 de diciembre de 2020. “Es poco realista negociar un acuerdo comercial completo en tan solo 11 meses”, ha dicho el negociador comunitario Michel Barnier. Pero lo van a intentar. Lo pactado en el Acuerdo de Salida es que puede haber una prórroga para negociar, de un año más (2021) e incluso dos (2022), pero sólo si lo pide el Reino Unido antes del 1 de julio de 2020. Johnson ya ha dicho que no pedirá otra prórroga, pero el problema lo tendremos en diciembre: si no hay acuerdo sobre la relación futura, sólo quedará darles otra prórroga o un Brexit duro.


El calendario de negociación ha fijado una serie de temas claves para empezar, con la idea de que sirvan de “test” en junio, antes de la fecha clave del 1 de julio, para saber si hará falta una prórroga. El primero, la pesca, la primera línea de esta “batalla comercial”: Bruselas quiere que los barcos europeos tengan “libre acceso” a los recursos de las aguas británicas, una cuestión clave para Francia y España, sobre la que protestan los pescadores británicos mientras su Gobierno pide contrapartidas. Y quieren conseguirlas en el segundo bloque a negociar, los servicios financieros, el otro gran caballo de batalla. Teóricamente, los bancos británicos perderán su pasaporte para seguir operando en el mercado financiero de la UE, pero quieren seguir prestando sus servicios desde Londres, para lo que Bruselas les exige  que operen con la regulación financiera comunitaria. Otros tres temas claves de esta primera fase de la negociación RU-UE son el tratamiento común de las bases de datos, la regulación del transporte por tierra, mar y aire (si no hay acuerdo, Europa restringirá los vuelos británicos) y el suministro de gas y electricidad (sin restricciones ni competencia desleal).


Esto es sólo el principio de la negociación, porque hay miles de cuestiones a acordar,  incluida la regulación de los ciudadanos comunitarios en Reino Unido (3,3 millones) y los británicos en Europa, una cuestión muy polémica. Ambas partes tendrán que respetar sus derechos (de residencia, laborales, sanidad, educación…), un tema que preocupa mucho a los 300.000 españoles que viven y trabajan en Reino Unido y al millón de británicos que viven en España (300.000 de forma permanente). Precisamente, la Cámara de los Lores británica acaba de aprobar que los ciudadanos comunitarios residentes tengan derecho a llevar un documento que acredite su situación legal (2,7 millones de ciudadanos comunitarios ya se han registrado oficialmente como residentes), para evitar problemas. Y otra cuestión clave será Gibraltar y el futuro de la zona fronteriza española (fiscalidad, contrabando, aduana, medio ambiente), que ya se empezó a negociar entre España y el Peñón en enero.


La negociación global será compleja y polémica, también porque en ella se va a inmiscuir Donald Trump, que ha prometido a Boris Johnson una “relación económica especial” entre Estados Unidos y Reino Unido. Y los británicos lo pueden utilizar como arma de negociación: “si no me dais más los europeos, nos echamos en brazos de los norteamericanos”. Y luego está el polémico tema de Irlanda del Norte. El Acuerdo de Salida incluyó que no hubiera frontera entre las dos Irlandas, lo que obliga a que Irlanda del Norte (una parte del Reino Unido, junto a Inglaterra, Gales y Escocia) siga en el mercado único europeo, con una frontera marítima con Reino Unido. Eso significa que Irlanda del Norte estará en la UE y en Reino Unido a la vez, situación que puede permitirle disfrutar “de lo mejor de los dos mundos”, lo que ha llevado a algunas multinacionales instaladas en Irlanda a plantearse trasladar su sede a Irlanda del Norte. De no controlarse esta situación, se agravaría el problema actual de Irlanda, que ya es un paraíso fiscal y comercial dentro de Europa.


Haya o no acuerdo, la relación con el Reino Unido va a cambiar mucho en el futuro. Si se alcanza un acuerdo comercial, lo más probable es que haya ciertas restricciones al libre comercio actual, desde algún tipo de aranceles a cupos o controles por temas sanitarios y fiscales. Y eso provocará “atascos” en las fronteras, al menos en los primeros meses, ya que sólo por el puerto de Dover cruzan 10.000 camiones al día. Y si no hubiera acuerdo ni prórroga (algo impensable hoy, pero nunca se sabe), un Brexit duro sería un drama para todos, porque entrarían en vigor las normas de la Organización Mundial de Comercio y las relaciones comerciales entre europeos y británicos serían como con Brasil, por ejemplo: aranceles (10 o 15% de impuestos a todo), cupos y restricciones. Una crisis.


Aún con acuerdo y Brexit blando, habrá perjuicios en el comercio y los intercambios futuros entre Europa y Reino Unido. Y España será uno de los paises más afectados, el que más de los grandes (más que Francia o Alemania) y el 7º de los europeos, tras Luxemburgo, Irlanda, Holanda, Chipre, Suiza y Malta, según un estudio de S&P. Y eso porque tenemos una relación muy estrecha con los británicos. Por un lado, las inversiones españolas en Reino Unido rondan los 81.000 millones de euros (el 17,2% de toda nuestra inversión fuera), con una fuerte presencia allí de las multinacionales españolas: Telefónica (20.000 millones invertidos), Banco Santander (15.000), Iberdrola (12.000), Ferrovial (5.000 millones invertidos y factura un 45,5% de todos sus ingresos en Reino Unido), Iberia/IAG (5.000 millones y factura allí el 32,7% del total), Banco Sabadell (2.000 millones y obtiene en RU el 24,2% de sus ingresos) Cellnex (2.500), FCC (2.000), Aena (300) o Inditex (100 tiendas).


Por otro lado, el Reino Unido es el 5º mayor cliente comercial de España (tras Francia, Alemania, Italia y Portugal) y le hemos vendido productos por valor de 18.413 millones de euros en 2019 (enero-noviembre), más de los 10.731 millones que les hemos comprado. Hay 90.000 empresas españolas que exportan a Reino Unido y a las que afectará el Brexit, sobre todo a las agroalimentarias, del automóvil, ropa, cerámica, fertilizantes y vino. Y en tercer lugar, los británicos son los turistas que más nos visitan (18 millones al año, el 22% de todos los turistas que llegan a España) y que más gastan (18.000 millones de euros), por lo que el Brexit preocupa mucho a los hoteleros de Canarias, Baleares y el Mediterráneo.


Pero antes de saber cómo nos va a afectar el futuro Brexit (blando, duro o semi), lo seguro es que la salida del Reino Unido de la UE nos va a costar mucho dinero al Presupuesto español, empezando por el de 2021. Y eso porque el año próximo, los británicos dejarán de poner su parte en la financiación comunitaria (10.751 millones anuales) y eso hará que el resto de paises, los 27, aporten más. Se estima que España tendrá que pagar un 17% más al Presupuesto comunitario, unos 1.900 millones más (de 10.170 a casi 12.000 millones en 2021), con lo que nuestro balance con Europa (lo que recibimos menos lo que aportamos) será aún más negativo de lo que ya fue en 2019 (-1.176 millones). Además, al haber un país importante menos a pagar, también se recortará el Presupuesto europeo y con él las ayudas regionales (Fondos FEDER) y al campo (la PAC), con lo que hay un gran riesgo de que España reciba menos fondos europeos a partir de 2021.


Al final, vamos a seguir pendientes del Brexit todo este año por lo menos y lo más probable es que también en 2021. El acuerdo no es fácil y menos si hay interferencias de Trump en la antesala de las elecciones USA de noviembre. El Reino Unido es clave para Europa (es la 2ª economía de la región, con un 15% del PIB europeo y un 13% de su población) y por eso resulta clave mantener una relación económica estrecha, en beneficio de exportadores e inversores (comunitarios y españoles). Pero el Reino Unido no puede chantajear a la UE con la amenaza de un Brexit duro si no les dejamos “operar a su aire”. No es admisible el intento de Boris Johnson de convertir Reino Unido en la Singapur de Europa, una zona económica sin reglas que haga competencia desleal a una Europa que sí se preocupa de cumplir las normas fiscales, laborales y medioambientales. Y el otro riesgo es que los 27 no negocien como un bloque, que el Reino Unido les divida.


Los británicos se van pero tardarán en hacerlo de verdad, quizás 2 años más. Al final, el Brexit “posible” será malo para Europa y más para el Reino Unido, que se ha dado “un tiro en el pie” (que tardarán años en reconocer). Hay que intentar “pasar página” cuanto antes, porque Europa necesita olvidarse del Brexit y afrontar su futuro: asentar su lugar en el mundo, prepararse mejor para una economía global donde sobrevivir y crecer frente a China, Estados Unidos y los paises emergentes de Asia y América. Superar este largo y complicado divorcio con Reino Unido y afrontar un futuro muy complejo.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Otoño incierto: nos amenaza otra crisis


Volvemos a la rutina, tras las vacaciones, y nos encontramos con un temor generalizado a que estalle una nueva crisis en los próximos meses. La guerra comercial entre EEUU y China, el estancamiento de Alemania, Italia y Reino Unido y el temor a un Brexit duro en octubre disparan las alarmas, mientras España crece menos, pinchan el turismo y el automóvil  y se crean menos empleos. Y lo peor es que Europa está sin Gobierno (hasta el 1 de noviembre no entra la nueva Comisión) y también España, donde hay muchas probabilidades de nuevas elecciones, que nos dejarían sin Gobierno hasta enero. Demasiada incertidumbre para afrontar medidas que impidan otra crisis. Pero urge calmar el panorama internacional y reanimar la economía europea y española, con más inversiones, más gasto y reformas que no se han hecho, ni en Europa ni en España. Si no, antes o después volverá la recesión, los ajustes y el paro, que sufren siempre los mismos. Hagan un Pacto de Estado contra la crisis.


La economía mundial lleva 10 años creciendo, tras la grave crisis de 2008, y la zona euro y España crecen desde 2014, tras el “pinchazo” de 2012 y 2013. Pero esta larga recuperación económica se enfrió en 2018 y ahora se teme que termine bruscamente, en los próximos meses. El primer detonante es la política proteccionista de Donald Trump, que en junio de 2018 impuso aranceles (impuestos) del 25% a 250.000 millones de dólares en productos industriales y agrícolas de China, ampliando esos aranceles el 1 de enero de 2019 y el 1 de septiembre, cuando acaba de aplicar otro arancel del 10% a 300.000 millones de productos tecnológicos de consumo chinos (móviles, ordenadores y consolas de videojuegos), que serán gravados desde el 15 de diciembre. Y claro, China ha ido respondiendo a este ataque de Trump con parecidos aranceles a numerosos productos norteamericanos.

El resultado de esta absurda “guerra comercial” es que se ha deteriorado el comercio mundial y con ello la recuperación económica iniciada en 2010. Así, las exportaciones mundiales cayeron un 2,7% en el primer trimestre de 2019, según la OMC, y un 1,9% en el segundo trimestre en los paises del G-20, la mayor caída del comercio mundial en los últimos tres años, según la OCDE. Y con este pinchazo del comercio, EEUU crece menos, China también y lo mismo el resto del mundo, en especial Europa, el continente más abierto al comercio. De hecho, con la guerra comercial entre USA y China, Europa lleva 12 meses consecutivos con un crecimiento a la baja de las exportaciones y ha perdido ventas por 80.000 millones de euros, lo que supone menos crecimiento y menos empleo.

La consecuencia es que Europa está estancada y apenas crece, no sólo por esta guerra comercial sino porque la primera industria europea, el automóvil, está en una grave crisis (no se venden coches diesel ni gasolina, por sus emisiones) y porque la inversión no despega ni tampoco el consumo, por los bajos salarios y el empleo precario. La consecuencia es que la zona euro sólo creció un 0,2% en el segundo trimestre de 2019, la mitad que en el primero (y menos de la mitad del 0,5% que creció EEUU). Pero lo peor es que Alemania, la locomotora europea, decreció un -0,1% entre abril y junio, con lo que se teme que este tercer trimestre entre en recesión (2 trimestres seguidos de caída del PIB). Y lo mismo Reino Unido, que cayó un 0,2% en el segundo trimestre de 2019, e Italia, que no creció nada entre abril y junio. Suecia también cayó un -0,2% en el segundo trimestre y Francia, Austria y Bélgica sólo crecieron un 0,2%, la mitad que en los trimestres anteriores.

España es el país grande del euro que más crece, un 0,5% en el segundo trimestre, pero también crece menos que antes: es el crecimiento trimestral más bajo desde el tercer trimestre de 2014. Han “pinchado” dos de los motores de la recuperación, las exportaciones (cayeron un 6,6% en junio) y el turismo (vinieron un 1,9% de extranjeros menos en julio, por la caída de británicos y alemanes). La industria del automóvil sufre con dureza el desplome de ventas en España (cayeron un 31% en agosto y suman ya 11 meses de caída de ventas a particulares en el último año) y en toda Europa. Y las empresas han empezado a reducir ventas, lo que se traduce en una menor creación de empleo este año: se han creado 240.400 nuevos empleos (temporales) entre enero y junio, frente a 345.800 en el primer semestre de 2018 y 305.200 en 2017.  En agosto, el paro aumentó en 54.371 personas, el mayor aumento en agosto desde 2010. Y si la economía no cae más es porque todavía crece el consumo privado, por el endeudamiento y  la revalorización a pensionistas y funcionarios y una mayor subida de salarios, mientras la inflación anual está en mínimos (+0,3%).

Ante este panorama, el temor es que la guerra comercial se agrave y eso sea la puntilla para Europa y sobre todo para Alemania, cuyo primer comprador es EEUU y el tercero China. Y si Alemania entra en recesión, junto a Italia y Reino Unido, será difícil que la crisis no vuelva a Europa y a los mercados de deuda y que España se libre (Alemania es el 2º destino de las exportaciones españolas y el origen de 11,4 millones de turistas). Además, los europeos tenemos un factor extra de incertidumbre: el Brexit, la salida del Reino Unido de la UE, prevista para el 31 de octubre. Y si el nuevo primer ministro, Boris Johnson, impone finalmente un “Brexit duro”, a pesar de la negativa de la mayoría del Parlamento británico, puede agravar el estancamiento europeo y acelerar la recesión, dado que se frenarán las ventas e inversiones entre el continente y Reino Unido.

España sería, tras Francia y Alemania, uno de los paises más perjudicados por un Brexit duro. Y eso porque Reino Unido es la primera fuente de turistas hacia España (19 millones en 2018), el primer destino de las inversiones españolas en el extranjero (78 empresas españolas han invertido allí 77.000 millones de euros), el 5º cliente de nuestras exportaciones y donde viven oficialmente 175.000 españoles (300.000 realmente). Y todo ello se vería muy afectado por un Brexit duro, que encarecería los productos españoles allí (por los aranceles) y los británicos aquí, ralentizando el comercio y las inversiones y afectando al empleo (se habla de 70.000 empleos en riesgo en España ante un Brexit duro). Los sectores más afectados son el turismo, la industria del automóvil, las exportaciones de alimentos y carnes y el transporte aéreo (Iberia y Vueling) y por carretera (8.000 camiones diarios), así como la actividad de bancos (Santander, Sabadell) y empresas (Ferrovial, Iberdrola, FCC, Inditex…).

Europa dice que cuenta con un plan de contingencia frente al riesgo de Brexit duro y el Gobierno Sánchez aprueba esta semana nuevas medidas para complementar las medidas aprobadas el 1 de marzo para afrontar un Brexit duro. Pero si lo hay, agravará la crisis europea y adelantará la recesión. Máxime cuando en Bruselas hay un cierto vacío de poder: la anterior Comisión Europea está en funciones y la próxima Comisión, encabezada por la conservadora alemana Úrsula Von Leyen, no tomará posesión hasta el 1 de noviembre. Y además, hay una gran pelea política entre conservadores, socialdemócratas y liberales por repartirse las carteras y por qué políticas aplicar para impedir otra crisis.

En España pasa lo mismo: tenemos un Gobierno en funciones y no parece claro que este mes de septiembre salga adelante la investidura de Pedro Sánchez, lo que nos abocaría a unas nuevas elecciones el 10 de noviembre y a no tener Gobierno hasta enero o febrero, prorrogándose de nuevo para principios de 2020 los Presupuestos de Montoro de 2018. Y serían ya más de 4 años perdidos, sin haberse hecho reformas ni afrontado los graves problemas de la economía, desde el paro y las pensiones a la sanidad, la educación o la vivienda. Y si hay otra crisis, nos pillaría sin haber hecho los deberes, ni en España ni en Europa, para minimizar sus efectos.

¿Qué se puede hacer? Esta vez, la crisis no debería pillarnos desprevenidos, como en 2008. Habría que anticiparse y evitarla. Pero para ello, no vale ya con inyectar dinero barato a la economía, como hizo EEUU en 2008 y Europa en 2015. El Banco Central Europeo (BCE) pretende hacer otra vez de “bombero” y anuncia que en septiembre comprará más deuda pública y bajará los tipos de interés (ahora, muchos en negativo: bancos cobran a un 20% de empresas UE por tenerles su dinero), en otro intento de aumentar la liquidez e impedir la recesión. Pero ya no es como en 2015: sobra dinero gratis pero no se reanima el crédito, porque las empresas no invierten. Y sólo crece la especulación y los precios de las acciones y los inmuebles. Y hay más deuda que nunca, lo que no ayuda a reanimar la economía, sino que la pone en peligro, como pasó en 2008: el exceso de liquidez no ayuda al crecimiento sino que lo reduce, porque particulares y empresas se endeudan y tienen que pagar intereses, con lo que no consumen ni invierten, como explica el interesante libro “Matar al huésped. Cómo la deuda y los parásitos financieros destruyen la economía global”, del economista USA Michael Hudson, que anticipa por ello otra crisis.

En definitiva, que bajar tipos y poner más dinero en circulación puede agravar la crisis en vez de frenarla. Por eso, muchos expertos y el Banco de España defienden otra vía: que los paises gasten más, para reanimar la economía. Más inversión pública en infraestructuras, en tecnología, en reindustrialización, en educación, para hacer más competitiva la economía europea. Y eso por dos vías. Una, con un mayor Presupuesto europeo, que hoy es ridículo: sólo es el 0,7% del PIB europeo (148.200 millones de euros para 2019, un tercio del Presupuesto español), cuando en EEUU el Presupuesto federal es el 20% del PIB.Y la otra, que los paises gasten más en sus Presupuestos nacionales, para reanimar sus economías y tirar de la inversión privada. En especial, que gasten más los que más pueden, porque tienen superávit en sus cuentas públicas, especialmente Alemania: tiene un 2,7% de superávit público, 45.300 millones de euros, que podría dedicar a inversiones públicas que impidan la recesión. Pero también el resto. Incluido España, que tiene un 2,48% de déficit y podría tener el 3% sin problemas, si la próxima Comisión Europea lo permitiera, pensando que no tiene sentido tener menos déficit y que la economía caiga en recesión y tengamos el doble de paro que Europa.

Además, el temor a una nueva crisis debería acelerar las reformas en la zona euro, que sigue sin estar preparada para afrontar otra crisis como la de 2010-2015. No se ha aprovechado la recuperación para aprobar las reformas que exige el euro: política fiscal común (cada país va a su aire con los impuestos y sigue habiendo “paraísos fiscales en Europa”), política bancaria común (los clientes de los bancos siguen desprotegidos ante nuevas crisis), seguro de paro europeo, Tesoro europeo y creación de eurobonos (deuda europea), sin olvidar medidas para mejorar la competitividad europea, que pierde mercados y empleos. En definitiva, avanzar en “más Europa”, “más unión” como el mejor antídoto contra futuras recesiones.

En España, el temor a una nueva crisis debería ser suficiente para conseguir un gran Pacto de Estado contra la crisis, al estilo de los viejos Pactos de la Moncloa (octubre 1977). Primero, porque España tiene mucho que perder ante el riesgo de otra recesión en Europa: somos uno de los países europeos con más deuda pública (1,21 billones de euros, el 98,4% del PIB) y eso nos hace muy dependientes de los inversores y de los “mercados”, que si hay otra crisis de la deuda nos pedirán un altísimo interés para financiarnos, forzándonos  a más austeridad. Pero sobre todo, porque España es un país poco competitivo, que tiene el doble de paro que la media europea, y que por tanto sufre cualquier crisis más que la mayoría. Y sobre todo, los más débiles, esos 10 millones de españoles en situación vulnerable.

Así que si algún país debería tomar medidas urgentes para impedir otra crisis, sería España. Pero no tenemos Gobierno y la oposición no está por la labor de que lo haya. Y menos por alcanzar un Pacto de Estado para reanimar la economía y poner en marcha las medidas más urgentes que eviten la crisis, en coordinación con Europa. Haría falta aprobar un Presupuesto anticrisis, con más ingresos (recaudamos 80.000 millones menos cada año que la media europea) y dedicar más recursos a la inversión pública y a ayudar a los sectores claves para reanimar la actividad, desde las exportaciones y el turismo a la industria y la tecnología. Y en paralelo, dedicar fondos a políticas de empleo y formación, para evitar nuevos despidos y ayudar a las empresas a superar la crisis. Y además, iniciar reformas claves para mejorar la productividad española, con educación, tecnología, digitalización, reindustrialización y fomento de la presencia en el exterior, para modernizar nuestra economía y no contentarnos con ser la California de Europa y competir a base de tirar los salarios.

Lo malo es que la pelea a corto plazo y la falta de sentido de Estado dominan el panorama político en España. Y por eso, no habrá Pacto de Estado para salir de la crisis. Incluso es posible que la derecha prefiera “que venga la crisis” para presentarse después como “salvadores” (con las recetas de austeridad y desigualdad que tan bien conocemos). Pero sería un drama no hacer nada ante la posible recesión que nos amenaza. Malo para Europa y mucho peor para España. Esta vez no hay excusa de que “no se veía venir”. Los datos e incertidumbres están ahí y son evidentes.Pero los políticos no toman medidas, ni en Europa ni en España. Luego, cuando llegue el lobo, nos cargarán las culpas a los ciudadanos, como en 2008. Y sufriremos las consecuencias. Estamos a tiempo de evitarlo.

jueves, 28 de marzo de 2019

Europa se la juega: Brexit y estancamiento


Mañana 29 de marzo, Reino Unido iba a salir de la Unión Europea, pero el Brexit se retrasa, con riesgo de que acabe en un Brexit duro, nefasto para británicos y comunitarios. Pero el gran problema viene después: ¿qué relación comercial tendrá el RU con la UE? Esta negociación clave durará dos años (o más) y de ella dependerán los aranceles que se pongan a nuestras exportaciones, la operativa de nuestras empresas, bancos o pescadores y la llegada de turistas británicos, temas claves para España. Así que tenemos Brexit para rato, entorpeciendo el futuro de una Europa que se enfrenta en 2019 a dos problemas más graves: el estancamiento económico (apenas crece) y el auge de la ultraderecha y los partidos euroescépticos, cara a las elecciones de mayo. Dos cuestiones que también afectan mucho a España, porque si vuelve otra crisis la sufriremos más que el resto. Por eso, los futuros Gobiernos, europeo y español, tienen que reanimar la economía y apostar por “más Europa”.


A los británicos les costó 15 años entrar en la Unión Europea (1 enero 1973) y llevan casi 3 años intentando salir, desde el 23 de junio de 2016, cuando una estrecha mayoría (52%) votó a favor del Brexit. Ahora, muchos de los que votaron por  “irse de Europa”, azuzados por los políticos euroescépticos, la añoranza del viejo Imperio británico y el “voto de castigo” a casi todo (como en USA con Trump), están pensando que fue una mala decisión y que “se han pegado un tiro en el pié”, porque el Brexit será malo para la economía británica y para sus vidas. Pero “Brexit es Brexit (Theresa May dixit) y una mayoría de políticos británicos no quieren dar marcha atrás, aunque su aprobación sea un “culebrón político” que refleja un país que no sabe dónde va.

El resto de Europa está harta de los retrasos y las dudas británicas y les han dado un ultimátum en la Cumbre Europea del 20 y 21 de marzo: voten ya la salida, antes del 12 de abril, y cuando confirmen legalmente que se van, podemos dejarles una tregua para poner sus normas al día, hasta el 22 de mayo, un día antes de las elecciones europeas (23-26 mayo). Pero no está claro que Theresa May pueda imponerlo y si no lo consigue, el 12 de abril habría un Brexit duro, “a las bravas”, que nadie quiere, porque supondría que toda la relación comercial y empresarial entre Europa y Reino Unido (la segunda economía del continente) pasaría por aranceles (impuestos a exportaciones e importaciones) y trabas, como con un país tercero, perjudicando a los europeos que viven en Reino Unido y a los británicos repartidos por Europa.

Pero aunque se sortee el Brexit duro, porque nadie quiere caer en este “abismo” insondable, y se apruebe finalmente el Brexit pactado entre la UE y RU el 25 de noviembre de 2018, queda lo más difícil: ¿cómo vamos a relacionarnos después? Porque, una vez fuera, el Reino Unido tiene que negociar con los 27 la relación comercial que van a mantener en el futuro, en principio antes de diciembre de 2020 (la fecha antes del retraso: ahora será más tarde). Los británicos querrían que todo siguiera como hasta ahora, seguir en el espacio económico europeo, pero sin tener a cambio que cumplir las normas europeas y sin aportar al Presupuesto UE. Estar “económicamente” en Europa pero políticamente “por libre”. Pero Bruselas ya les ha dejado claro que eso no es posible. Y que el futuro será diferente.

En principio, hay dos modelos de relación que la UE tiene con otros paises y que se manejan para Reino Unido. Uno, el que se tiene con Noruega, Islandia o Liechtenstein: integrar a Reino Unido en el espacio económico europeo (EEA), una zona de casi libre comercio, a cambio de aceptar la libre circulación de personas y la Jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia, contribuyendo en parte al presupuesto europeo (3 condiciones que no les gustan a los británicos). Otra opción es firmar un Acuerdo de Libre Comercio, como el que tiene la UE con Canadá o Corea del Sur, menos favorable porque incluye aranceles y restricciones. Y todavía hay una tercera, menos interesante: un Acuerdo de Asociación, como el que tiene la UE con Ucrania.

Los británicos buscan integrarse en la primera opción, en el espacio económico europeo, pero sin obligaciones, algo imposible. De momento, lo pactado en noviembre de 2018 es que Reino Unido se mantenga en la unión aduanera y el mercado único, como ahora, al menos hasta diciembre de 2020, para negociar estos 21 meses la relación futura. Pero hay un problema que lo condiciona todo: la frontera entre las dos Irlandas. La UE se ha comprometido con la República de Irlanda a que no habrá frontera con Irlanda del Norte (una de las cuatro naciones que integran Reino Unido, con Inglaterra, Gales y Escocia), pero para que esto sea posible, Irlanda del Norte (RU) tendrá que seguir en el futuro en el mercado único. Y si el resto del Reino Unido no se queda después en el espacio económico europeo, tendría que haber una frontera entre Irlanda del Norte y el resto del Reino Unido. Algo que no quieren los conservadores británicos, porque rompería la integridad territorial del país y porque temen que, sin frontera, arrecien las opiniones a favor de una reunificación de Irlanda. Y, sobre todo, porque si se llega a diciembre de 2020 sin acuerdo, el Reino Unido seguiría dentro del mercado único hasta que lo haya (podrían prorrogarse 1 o dos años esta negociación) y los euroescépticos temen que el Brexit no se materialice nunca. Por eso lo han torpedeado en las votaciones del Parlamento. Por eso y porque pensaban que la UE iba a ceder.

Antes o después, salvo que se dé marcha atrás con un  2º referéndum (antes de finales de 2020), el Brexit deberá materializarse en una nueva relación comercial, económica y política entre la Unión Europea y el Reino Unido, donde ambas partes perderán. Y donde España se juega mucho, uno de los paises que más, porque el futuro estatus del Reino Unido afectará a los turistas británicos, a nuestro comercio, a la actividad de nuestras empresas y bancos, a los pescadores y a los españoles que viven en Reino Unido. Veamos cómo.

Empecemos por el turismo: en 2018, el 22% de todos los turistas que llegaron a España (82,7 millones) eran británicos (18,5 millones), siendo los extranjeros que más visitan Canarias (33,6% del total de turistas), Andalucía (20,5%) y la Comunidad Valenciana (28,6%) y los que se gastan 21 de cada 100 euros ingresados por el turismo. El Brexit va a rebajar el crecimiento y el nivel de vida de los británicos, depreciando la libra, con lo que restará turistas y gasto en España. Algunos expertos del sector estiman que la caída de turistas británicos puede llegar al 20% en unos años : supondría recibir 3,6 millones menos al año.

Luego está el comercio con las islas británicas, que son hoy nuestro 5º país cliente (detrás de Francia, Alemania, Italia y Portugal): les vendimos en 2018 por valor de 18.977 millones de euros, el 6,6% de todas las exportaciones y tenemos con ellos un superávit comercial (export-import) de +7.528 millones. Si en el futuro hay aranceles, eso afectará negativamente a las empresas españolas que ahora venden a Reino Unido coches (25,5% exportaciones), frutas, hortalizas y alimentos (10,3%), maquinas (6,9%), productos farmacéuticos (3,2%) y ropa (2,5), afectando negativamente al empleo en Comunidad Valenciana, Cataluña y Castilla y León, las tres autonomías que más exportan hoy al Reino Unido, el tercer mercado de los fabricantes de coches instalados en España.

También hay que hablar de las empresas españolas que operan e invierten (unos 60.000 millones anuales, sólo por detrás de Francia y Alemania) en Reino Unido, más de 300 compañías, que consiguen en las islas una buena parte de su facturación y beneficios: Ferrovial (34% ventas son en RU), Telefónica (30% facturación), Banco de Santander (30% de su beneficio sale del RU), Iberdrola (14% ingresos), FCC (10% beneficio), Inditex (110 tiendas), Banco Sabadell (15% negocio), IAG Iberia…De hecho, se estima que un 21% del beneficio de las grandes empresas del IBEX se genera en Reino Unido. Un elemento clave será el futuro de Iberia y Vueling, controladas por la británica IAG, que podrían tener problemas para volar en Europa tras un Brexit duro.  Y no podemos olvidar la incertidumbre que tienen los 140 barcos españoles que faenan en aguas británicas (Gran Sol y Malvinas).

Por último, otro frente de preocupación es el futuro de los 300.000 españoles que viven y trabajan en Reino Unido, preocupados por sus futuros derechos (laborales, residencia, sanidad, educación, como los de ese millón de británicos que viven en España (300.000 de forma permanente). En ambos casos, pueden ser los “rehenes” de la futura negociación sobre las relaciones económicas y comerciales entre la UE y Reino Unido a partir de 2021.

Y todo esto no afecta sólo a España, porque estos mismos temas preocupan al resto de los 27 paises que seguirán en la Unión Europea, un Club que pierde a su 2º socio más importante (el PIB de RU, 2,39 billones de euros, supera al de Francia, con 2,34 billones) y a un 13% de su población (66,27 millones de habitantes), aparte de su aportación tecnológica, de defensa, inversora, social o cultural, sin olvidar su aportación presupuestaria: 10.751 millones anuales, que al perderse obligarán a que España aporte 888 millones de euros más a Bruselas, con lo que seremos un país “contribuyente neto” desde 2019 (que paga más que recibe). Pero lo peor es que la negociación post-Brexit va a tener medio paralizada a la Unión Europea este año y el próximo, precisamente cuando tiene que ocuparse de otros 2 problemas más graves: el evidente  estancamiento económico y el futuro político de la UE.

El Brexit tiene medio paralizada a Europa cuando estamos sufriendo un estancamiento económico y la zona euro es la región del mundo que menos crece, según todas las estimaciones internacionales: la OCDE acaba de bajar su crecimiento para 2019 al +1% (un 0,8 menos que en noviembre), mientras el BCE habla del 1,1%, la Comisión Europea el 1,3% y el FMI un 1,6%, muy por debajo del crecimiento mundial (+3,3%) y de EEUU (+2,9%). Ello se debe a que la economía europea es la más abierta y su principal motor de crecimiento son las exportaciones, que han “pinchado” por el proteccionismo de EEUU y China (donde van un tercio de las exportaciones europeas, según Eurostat), la caída del comercio y la crisis de algunos paises emergentes (como Turquía y Brasil). Y lo más preocupante es el mínimo crecimiento de Alemania (estiman un +0,8% este año) y la recesión en Italia (-0,2% para 2019), con un bajo crecimiento en Francia (+1,5%), muy afectada por las protestas sociales. España de momento aguanta (+2,2% de crecimiento previsto para 2019), pero el estancamiento europeo ya nos afecta en dos de los motores del crecimiento: el turismo (se ha frenado) y las exportaciones, que cayeron en enero de 2019 (por tercer mes consecutivo), según Comercio, porque 2/3 de nuestras ventas van a Europa.

La situación económica de Europa, sobre todo de la zona euro, es tan preocupante que el Banco Central Europeo (el BCE) ha decidido volver a hacer de “bombero”, como cuando la crisis de 2013-2015: va a retrasar hasta 2020 la esperada subida de tipos de interés prevista para este otoño (como también lo hará EEUU) y seguirá inyectando dinero a los bancos europeos, al 0% y menos (si demuestran que lo prestan), para seguir “dopando” la economía europea y evitar una nueva crisis en la zona euro. En paralelo, y para evitar otra recesión, 18 de los 27 países de la UE (entre ellos Alemania, Francia, Holanda, Italia, Portugal  o España, han aprobado para este año más gasto, unos presupuestos más expansivos, para evitar que la economía se desinfle más y vuelvan los problemas a la Europa del euro.

La situación se agrava porque Europa está económicamente estancada en un momento político delicado, con unos dirigentes europeos “en funciones” y unas elecciones europeas a la vuelta de la esquina (23 a 26 de mayo), que auguran un avance de los partidos euroescépticos y de extrema derecha (en Holanda acaban de ganar las elecciones regionales), lo que dificultará el trabajo de la futura Comisión Europea. Porque la amenaza de crisis económica y el auge de los populismos sólo se pueden combatir con reformas para avanzar en la unión económica y política, creando instrumentos (Presupuesto europeo potente, política fiscal y social conjunta, unión bancaria eurobonos, Tesoro europeo…) que nos preparen mejor para afrontar otra crisis, si viene. Y demostrando con hechos a los europeos que se intentan resolver sus problemas, para reducir el euroescepticismo y la abstención política (el 58% europeos no votaron en las últimas elecciones europeas).

Este es el trasfondo tras el Brexit, del que se habla menos. Urge votar un nuevo Gobierno europeo que evite otra crisis y tome medidas conjuntas más ambiciosas para reanimar las economías europeas, con un Plan de inversiones y gasto a nivel continental. Y en España, el futuro Gobierno debería ir en esa línea, porque no vale decir que "nosotros crecemos más": crecemos más gracias a que en el último año han subido los salarios públicos, el salario mínimo  las pensiones y el gasto social (mal que le pese al PP y a Ciudadanos, todo ese gasto extra mantiene el consumo y sostiene el crecimiento). Pero si Europa se estanca, este “oxígeno” del gasto público se agotará  y acabaremos también en crisis. Y somos más vulnerables, porque tenemos el doble de paro y más déficit y deuda que el resto de paises.  Habría que hablar en esta campaña del 28-A sobre cómo evitar otra crisis, cómo reanimar la economía, lo que obliga a  un Presupuesto 2019 con más ingresos y más gastos. Y si no se hace, vendrá otra crisis y habrá que hacer más recortes, forzados otra vez por Europa.

Dicen que la economía no da votos y quizás por eso ningún partido habla del Brexit, del estancamiento de la economía y del futuro de Europa. Pero es donde nos jugamos nuestro empleo y nuestro bienestar, nuestro futuro, Más que en Cataluña, el “monotema electoral” de la derecha española. Quizás porque no quieren que sepamos sus alternativas para los demás problemas que tenemos. Pero si nos cae encima otra crisis (en Europa y en España), tendrán que aplicarlas antes o después. Y quizás no nos gusten.