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lunes, 22 de febrero de 2016

Empleo precario: un cáncer para la economía


España lleva casi dos años creando empleo, pero muy precario: en 2015, el 92% de los nuevos trabajos fueron temporales y el 35% por horas. Somos el segundo país de Europa con más empleo temporal, tras Polonia : 1 de cada 4 trabajadores tienen contrato con fecha de caducidad. Muchos dirán: mejor un trabajo precario que estar en paro. Sí, pero cuidado: tanto empleo precario no sólo perjudica a los que lo tienen, sino a todo el país: tira hacia debajo de los sueldos, hay más riesgo de quedarse en paro, se cotiza poco y las pensiones tienen un peligroso “agujero”, se compran y alquilan menos viviendas, los jóvenes no se emancipan, nacen menos niños, hay más desarraigo social y político y los trabajadores precarios son menos productivos, consumen poco y se crece menos. El trabajo precario es un cáncer para la economía. Urge mejorar la calidad del empleo, no sólo por dignidad, también para conseguir un crecimiento mayor y más estable. Nos importa a todos.
 

enrique ortega


La precariedad en el empleo no es algo exclusivo de esta crisis: España la lleva sufriendo 30 años. Los contratos temporales surgieron con fuerza en la crisis de los años 80, cuando el Gobierno de Felipe González aprobó, en 1984, el contrato temporal no causal, con una indemnización más baja que la de los contratos indefinidos. En 1.987 ya hay un 23% de contratos temporales y siguen creciendo en los años 90, hasta llegar a un récord del 40% de contratos temporales en 1995. Y en 2007, España tenía un 32% de contratos temporales, el segundo porcentaje mayor de Europa, tras Polonia. Al estallar la crisis, las empresas empiezan a despedir primero a los trabajadores temporales y por eso baja su porcentaje, al 24,98% en 2011. Pero después, suben con la reforma laboral de Rajoy (2012), hasta el 25,66% en 2015, porque casi todo el empleo que se ha creado en los dos últimos años es temporal.

En 2015, el 91,87% de todos los contratos firmados fueron temporales y sólo un 8,13% fijos. Y lo peor, además, es que cada vez son contratos por menos tiempo: los contratos por 7 días o menos fueron la cuarta parte del total y un tercio fueron por menos de un mes. En la industria, por ejemplo, antes de la crisis se firmaban contratos temporales por 6 meses de media y ahora se firman por menos de dos meses. O sea que si antes se hacían 2 contratos al año por puesto, ahora se hacen 6. Pura rotación: cada vez hay más personas por cada empleo.

El otro problema de los contratos temporales es que no se convierten en contratos fijos: entre 2013 y 2014, sólo un 11% de los que empezaron con un contrato temporal consiguieron después un contrato indefinido, según los datos de Empleo. En Europa, esa tasa de conversión de temporales en fijos es el doble, el 28% en la UE-28, aunque en Reino Unido se hacen fijos el 61% de los contratos temporales, en Alemania el 28%, en Italia el 21% y en Portugal el 18%. Así que somos el segundo país de Europa que menos transforma contratos temporales en fijos, sólo por detrás de Francia (10%).

La otra cara de la precariedad son los contratos a tiempo parcial, por horas, que también han batido todos los récords en 2014 y 2015. El año pasado, un 35,58% de los contratos firmados fueron por menos tiempo de la jornada normal (y el 89% eran además temporales). Son contratos por horas o por días, aunque en muchos casos es un fraude y el empleado trabaja 8,10 o 12 horas y cotiza por 4 (algo habitual en hostelería y comercio). Las mujeres son las más afectadas: fueron por horas la mitad de los contratos conseguidos en 2015 (47,28%), mientras eran sólo la cuarta parte de los hechos a los hombres (26,5%).

Aumentan los que trabajan menos horas, pero a cambio, para compensarlo, los demás trabajadores hacen muchas más horas extras, sobre todo con la reforma laboral aprobada por el Gobierno Rajoy (febrero 2012): se hacían 5.937.100 horas extras semanales a finales de 2015, según la EPA, 600.000 más que a finales de 2011. Y la mayoría, el 54% no se pagan (cuando en 2011 sólo el 49% no se pagaban). Del total de asalariados (15 millones), 727.600 trabajadores hacen horas extras y al 51,6% no se las pagan. Otra forma de precariedad.

Y también hay más “precariedad” en los contratos fijos. En 2015, para crearse un puesto de trabajo indefinido hubo que firmar 1,45 contratos fijos, cuando en 2007 eran 1,18 contratos. O sea que la crisis y la reforma laboral han provocado también que haya más rotación en el empleo indefinido: es necesario firmar más contratos fijos para consolidar un empleo permanente. O sea, que también los contratos indefinidos son ahora más inestables.

Al final, el aumento de la precariedad desde 2011 configura  un mercado laboral donde el 25,66% de los trabajadores tienen un contrato temporal, el segundo mayor porcentaje de Europa, tras Polonia (28% de temporales), casi el doble que en Europa (14%) y por delante de Reino Unido (7%), Alemania (13%), Italia (14%), Francia (16%) o Portugal (22%), según datos de Eurostat. Y el 15,71% de los trabajadores españoles tienen un contrato a tiempo parcial, por horas, aún por debajo de la media europea (19,5% en UE-28), pero con dos importantes diferencias: aquí la mayoría de estos contratos por horas son temporales y no se eligen, sino que se cogen porque no hay otro trabajo. El 62% de los españoles con estos contratos querrían un contrato a tiempo completo, según la EPA, mientras sólo lo tenían “obligados” un 32% en Francia, un 17,5% en Reino Unido o un 13,7% en Alemania, según la OCDE .

Como se ve, los datos de la precariedad laboral en España son apabullantes. Un problema que afecta sobre todo a los trabajadores precarios (1 de cada 4), pero también al resto de trabajadores y a todo el país. La primera consecuencia de la precariedad son los bajos salarios, porque es un empleo peor pagado: un trabajador con contrato temporal gana un 37% menos que uno con contrato fijo y un trabajador a tiempo parcial gana la tercera parte que uno a jornada completa, según los datos del INE. Pero además, esos bajos salarios de los precarios “tiran a la baja” del resto de los salarios, provocando que los sueldos de todos los trabajadores bajen (2012-2014) o apenas suban (2015). Y el que no quiera ya sabe: hay 100 esperando por ocupar su puesto ganando la mitad. El resultado es que, con tanta precariedad, el salario más corriente ha bajado a 15.500 euros brutos (unos 1.000 euros netos en 14 pagas), según el INE. Y que el 40% de los asalariados (5,9 millones de trabajadores) ganan menos del salario mínimo (655,20 euros al mes), según UGT.

La segunda consecuencia de la alta precariedad es el riesgo de perder el empleo, dado que el 89% de los contratos temporales no se convierten en fijos. Y ese riesgo aumenta si vuelve la crisis, contagiando también a los empleos fijos: la tentación de cambiar empleos fijos por temporales, jóvenes mejor formados y con la mitad de sueldo es muy grande para las empresas. Y además, si estos trabajadores precarios se quedan sin trabajo, cobran menos paro que los trabajadores fijos, porque han cotizado menos.

Precisamente, la tercera consecuencia de la alta precariedad es el “agujero” que está haciendo a las cuentas de la Seguridad Social: los trabajadores precarios cotizan menos (menos sueldo) y en consecuencia, aunque en 2015 hubo 530.000 cotizantes más, los ingresos subieron un 1,3%. Resultado: volvió a crecer el déficit de las pensiones (-12.000 millones), por quinto año consecutivo y hubo que echar mano de la hucha (sólo queda ya la mitad) para pagarlas. Y en el futuro, esta legión de trabajadores precarios seguirá cotizando poco, en perjuicio de sus pensiones futuras, que serán más bajas que las de los fijos.

Otra grave consecuencia es que los trabajadores precarios (en su mayoría jóvenes y mujeres) no pueden hacer planes de futuro, porque ganan muy poco y además no saben si mañana les renovarán el contrato. Esto les afecta a todos los órdenes de la vida, desde casarse (hay un 22% menos de matrimonios que en 2007) y tener hijos (más tarde, a los 31,8 años, y menos, 1,32 hijos por mujer) a alquilar un piso (hay que tener 620 euros extras para pagar un alquiler medio) o comprarlo, algo imposible para la gran mayoría de trabajadores precarios (sin un trabajo fijo, no hay hipoteca ni ingresos para pagarla). Resultado: el 78,5% de todos los jóvenes españoles (6,6 millones entre 16 y 30 años) viven con sus padres, sin poder emanciparse. Y  muchos, por culpa del paro o de trabajos precarios, no están integrados social ni políticamente, “pasan de todo” y son presa de “populismos” y extremismos.

Pero las consecuencias de la precariedad no acaban aquí. A nivel de empresas, los trabajadores precarios son menos productivos, porque les faltan incentivos (es difícil trabajar con ganas sabiendo que es un empleo por una semana) y porque las empresas no invierten en su formación, lo que reduce su eficacia y su empleabilidad futura. Y mirando la economía, los trabajadores precarios gastan menos, con lo que las empresas y el país crecen menos. Cuanto más mileuristas haya, menos crecerá la economía y el empleo. Es de cajón.

Por todo ello, la enorme precariedad no es sólo una gran injusticia sino también un disparate económico que frena la recuperación. Urge mejorar la calidad del empleo que se crea. Y aquí hay dos recetas. Una, la de los empresarios y los economistas neo-liberales, que culpan de la precariedad a los contratos fijos: como tienen mucha protección y altas indemnizaciones, los empresarios hacen casi en exclusiva contratos temporales. Pero no es verdad: ni la protección frente al despido ni las indemnizaciones son más altas en España que en el resto de Europa, según este estudio de Antonio González. La diferencia está en que las empresas españolas han abusado del contrato temporal y por horas, utilizándolos para trabajos que son fijos, indefinidos y a tiempo completo. Y más tras la reforma laboral de 2012.

La receta de la patronal CEOE para crear más empleo es aumentar la precariedad: pidieron en 2015 ampliar el uso de los contratos temporales, para que puedan encadenarse más de 24 meses y refundir el contrato por obra con el eventual, en un contrato temporal “sin causa”, con una duración máxima de 2 años (un contrato “cajón de sastre”, con el que se pueda contratar temporalmente para casi todo…). Y en paralelo, los empresarios insisten en pedir los “contratos basura” para jóvenes, con un sueldo inferior al salario mínimo y 12 días de indemnización por año trabajado (los mini-jobs). O sea, piden más precariedad.

Entre tanto, los partidos plantean otras opciones. Ciudadanos defiende el contrato único: que todos los contratos sean indefinidos y con una indemnización menor al principio que vaya creciendo. Suena bien, pero muchos expertos critican que eso sólo serviría para “precarizar todos los contratos”: reduciría la indemnización de los actuales contratos fijos y en el futuro todos los contratos serían igual de precarios que ahora los temporales (“contrate fijo y despida cuando quiera porque será más barato que ahora”). Mientras, el PSOE defiende en su programa de investidura que haya sólo tres tipos de contratos (indefinido, temporal y de relevo) y medidas para perseguir la precariedad, con la inspección, penalizando las cotizaciones de los contratos temporales y favoreciendo su conversión en fijos.

La principal medida contra los contratos precarios es aplicarla Ley: que no se hagan contratos temporales o por horas para trabajos que son fijos y a jornada completa. Y para eso, hace falta una legislación más estricta, con multas más elevadas para las empresas, y desincentivar los contratos temporales con cotizaciones más altas. Y vigilar más el fraude, con más inspectores de Trabajo (hay 1.878 funcionarios, la mitad por trabajador que en Europa), que se dediquen más a luchar contra el fraude en los contratos: hoy, los inspectores se dedican a vigilar si el trabajador está dado de alta o comete fraude al desempleo y sólo el 1,13% de su trabajo se dedica a averiguar si los contratos son fraudulentos.

En resumen, la precariedad es un cáncer que se ha adueñado del empleo y daña seriamente a nuestra economía. No podemos seguir compitiendo en base a empresas que hacen trampas y eluden la Ley para rebajar sus costes laborales, empobreciendo a los trabajadores. Y que deterioran la productividad, las pensiones, la familia, la natalidad, el consumo y el crecimiento. Hay que apostar por un nuevo modelo laboral, donde las empresas compitan y ganen dinero con empleos de más calidad, en línea con Europa y no con China o Marruecos. Y eso obliga a una “política de palo y zanahoria”: más inspecciones y más multas a las empresas que “malcontraten” y ayudas e incentivos a las que contraten de forma estable. Es una de las tareas urgentes del futuro Gobierno. La precariedad nos destruye como personas y como país.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Reforma laboral : a cambiar plantillas


Despedir será ahora más fácil y barato. Y habrá más ayudas para contratar a jóvenes y parados. La reforma laboral de Rajoy crea incertidumbre a 14,8 millones de asalariados, a los que su empresa podrá despedir con 20 días si tiene pérdidas o vende menos (la mayoría). Y da esperanzas a 5,27 millones de parados, porque hay más ayudas para contratarlos. Pero como estamos en recesión, las empresas piensan más en despedir que en contratar y esta reforma se lo facilita. El riesgo es que las empresas se quiten personal antiguo y lo cambien por personal más joven y barato. Los padres por los hijos. De momento, los que trabajan han perdido derechos. Falta por ver que sea para salvar empresas y empleos. Porque, más que otra reforma laboral, lo urgente es un Plan de choque para reanimar la economía.
enrique ortega

Es la tercera vez en los últimos treinta años que el paro supera en España el 20%, aunque nunca había superado los 5 millones (ahora hay más población activa). La primera fue en 1984-86, a raíz de la crisis de 1979-82. La segunda, con la crisis del 92, que produjo altas tasas de paro hasta 1997 (23,9% en 1994, más que ahora). Y la tercera, la crisis actual, con un 22,9% de paro en 2011. Es recurrente: cuando la economía crece poco, menos del 2%, el paro se dispara en España mucho más que en el resto de Europa. Y en todos estos años, los Gobiernos han buscado la receta en la reforma laboral: 58 reformas desde 1980. Sin éxito.

¿Por qué cuando hay crisis, el paro se dispara más en España? Por un lado, nuestra estructura económica es menos competitiva, con menos peso de la industria (17% del PIB y 14% del empleo, frente a un 27% en Alemania) y un mayor peso del ladrillo y los servicios. Nuestras empresas son más pequeñas, exportan menos (sólo 39.000 de 3,2 millones) e incorporan menos tecnología e innovación. No es casualidad que el País Vasco (con un 27% de industria, muy exportadora y con mucho I+D+I) tenga sólo el 12 % de paro. Además, la mitad de los españoles tienen una baja formación (ESO o inferior) frente a un 22,1% en Europa. Y cuando vienen mal dadas, son los primeros que despiden las empresas. Y luego hay factores laborales: la negociación colectiva es muy rígida (en plena crisis subieron los salarios y no se repartió el empleo) y dos de cada tres empresarios optaron por hacer frente a la crisis con despidos.

Lo que no se puede decir es que España no tenga flexibilidad laboral: desde 2002 se han producido 7 millones de despidos, dos tercios despidos exprés, sin causa, al amparo del decretazo que aprobó el Gobierno Aznar en 2002. Despedir se podía, aunque era más caro que en Europa: 45 días por año (máximo 42 meses). Y por eso, la mayoría  de los despedidos han sido los contratados temporales (12 días de indemnización), que eran un tercio de los contratos gracias a otra reforma, la del Gobierno González en 1984, que agobiado por el paro abrió la mano a la contratación temporal, el 95% de los contratos hechos en 2011.

Ahora, la reforma Rajoy tiene tres patas. Una, la más polémica, facilitar y abaratar el despido. Se rebaja de 45 a 33 días la indemnización por despido improcedente y se facilita el despido por causas económicas: cualquier empresa “con pérdidas actuales o previstas” o con caída de ventas durante 9 meses (la mayoría) podrá presentar un expediente de despidos, sin tener que esperar una autorización administrativa, como ahora. Y con una indemnización de 20 días por año (máximo 12 meses), cuando ahora la mayoría de ERES pagaban 45 y más. Y esto vale también para empresas y organismos estatales, autonómicos y municipales, que podrán hacer ahora estos “EREs de a 20” al personal no funcionario (850.000 contratados).

La segunda, se permite al empresario rebajar el sueldo de sus trabajadores por razones de competitividad o productividad (caída de ventas 6 meses o pérdidas, incluso su previsión) y  cambiarles la jornada, el horario, los turnos o las funciones, sin pactarlo con nadie si afecta  a menos de un 10% de la plantilla (si es más, habrá consultas y un mediador). Si el trabajador no acepta, se puede despedir con 20 días por año (y un máximo de sólo 9 meses).

La tercera pata de la reforma, la más “vistosa”, es el nuevo contrato indefinido para que las pymes contraten con ayudas a jóvenes, mujeres y parados de larga duración, aunque tienen un periodo de prueba de 1 año (podría haber un abuso de despedir y rotar contratos). Además, se impulsa el contrato de formación y el de tiempo parcial, una especie de minijobs: trabajar menos horas por 480 euros. Y además, se quiere mejorar la formación (clave) y la gestión del desempleo, con la entrada de las ETTs privadas, que ya autorizó el Gobierno socialista hace un año pero que están paradas porque las autonomías no les firman los convenios.

Al final, ahora el despido es más fácil y barato, lo que agilizará los EREs pendientes (12.000 despidos, entre ellos los de Spanair). Y hay muchas empresas y organismos públicos que estaban a la espera de la reforma para ajustar más sus plantillas, por la caída de ventas. El informe del BBVA vaticina  2.000 nuevos parados diarios en 2012, por la recesión. Ahora su salida será más fácil. Y también que las empresas rebajen costes salariales, en un país donde ya hay 8 millones de asalariados mileuristas, de los que 5,7 millones (un tercio de los ocupados) ganan el salario mínimo (641,20 € al mes) o menos. Caerá más el consumo.

Lo que es más dudoso es que se creen empleos, a pesar de las nuevas ayudas, porque la economía está en recesión y las empresas no piensan en crecer: sólo el 4% de las empresas crearán empleo en 2012, según las Cámaras de Comercio. Lo que puede pasar es que se cambien empleos viejos, más caros, por nuevos, más baratos y precarios. Padres por hijos.

Para atajar el paro y crear empleo, hace falta un Plan de choque para reanimar la economía, con incentivos a la inversión y a la actividad, bajando cotizaciones sociales como ha anunciado Sarkozy (subiendo el IVA y algunos impuestos). Estamos en recesión y la reforma laboral de Rajoy, aunque guste mucho a Bruselas y a  los mercados (pero Moody´s ha vuelto a bajar la nota de España, por la recesión), va a agravar el paro y frenar más el consumo este año, aunque pueda servir para crear empleo cuando la economía se recupere. Pero eso será en 2014 y entonces tendremos más de 6 millones de parados. Eso sí, no serán los de ahora: saldrán unos y entrarán otros. Cambiarán las plantillas.