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lunes, 22 de junio de 2026

Lecciones tras la última crisis energética

Tras la firma del Acuerdo preliminar entre EEUU e Irán, el mundo espera que bajen los precios del petróleo, gas y carburantes, que han costado millones a los consumidores. Pero no será rápido: falta desminar Ormuz, restablecer el tráfico marítimo y reparar las instalaciones dañadas, más reponer las reservas de crudo. Los expertos creen que el mercado energético no se normalizará hasta fin de año, aunque en 2027 podría haber exceso de crudo y menores  precios. A España le ha afectado menos esta crisis que a otros paises, gracias al aumento de las renovables, que han permitido tener la luz a la mitad de precio que en Europa. Pero seguimos con un problema grave: el 68,4% de la energía consumida viene de fuera, somos los más dependientes de Europa (58,4%). Por eso, urge electrificar la economía, “huir del petróleo” en vehículos (electrificarlos), viviendas (calefacción por bombas de calor), industrias y transportes (aviación, barcos y trenes). Sólo así seremos más independientes frente a la próxima crisis energética (que llegará, seguro).

                     Los precios de los carburantes seguirán altos hasta fin de año y podrían bajar en 2027

El principio de Acuerdo firmado el miércoles entre EEUU e Irán pone un final provisional a la última crisis energética, que estalló el 28 de febrero, con los ataques de EEUU e Israel a Irán, disparando los precios del petróleo brent de 72,48 dólares/barril  (27 febrero) a 118,35 dólares (31 marzo), para bajar algo en abril (108,23 el día 27), mantenerse en mayo (107,77 el día 12) y bajar en junio (78,48 dólares/barril el 18 de junio, tras el pre-Acuerdo, aunque repuntó por encima de los 80 dólares el viernes, tras los nuevos ataques israelíes al Líbano. Pero los expertos insisten en que la crisis no se resolverá en unos días, que la normalidad en los mercados energéticos tardará tiempo: hay que “desminar” el estrecho de Ormuz, hay que agilizar el tapón de buques en la zona y agilizar el tráfico marítimo y hay que reparar las instalaciones energéticas dañadas en Irán y los paises del Golfo (el 80% afectadas). Y además, los paises más afectados por esta crisis (China, India, Japón y el sudeste asiático) tienen que reponer sus reservas, que están al mínimo, como también las europeas.

Todo este proceso de “normalización” puede durar entre 4 y 5 meses, según ha alertado la Agencia Internacional de la Energía (AIE), que precisa que habrá déficit de petróleo en lo que queda de año (más demanda para cubrir reservas y el mayor gasto en verano, mientras la producción crecerá a menor ritmo), con lo que auguran precios altos (sobre los 75 dólares barril) hasta fin de año. Después, la AIE confía en que haya un superávit de petróleo en 2027, lo que podría hacer bajar los precios, entre 65 y 70 dólares el año que viene. Pero claro, estas previsiones saltarían por los aires si el conflicto con Irán se reproduce, si EEUU e Irán no llegan a un alto el fuego definitivo en estos 60 días que se han dado para negociar los aspectos más complejos de un acuerdo de paz definitivo, con Israel complicándolo.

Mientras parece que ha pasado lo peor de esta crisis energética (la 5ª de las últimas décadas, tras las crisis de 1973,1979, 2000-2008 y la de 2022-2023), es un buen momento para sacar lecciones y enseñanzas para el futuro. En el caso de Europa, esta crisis ha sido menos dañina que la crisis energética que sufrimos tras la invasión de Ucrania (24 febrero 2022), porque entonces Europa dependía en exceso del petróleo y sobre todo del gas, que disparó su precio mucho más que ahora : pasó de 74 euros/MWH el día 22 a 107 euros el 24 y 337 euros en agosto de 2022, mientras ahora ha subido sólo de 30,6 euros/MWh en enero a 67,50 euros en mayo 2026. Y además, la mayor parte de los paises tomaron medidas y aprobaron ayudas (en España, la “excepción ibérica”, poniendo un tope al precio del gas que salvó el recibo de la luz). Además, aquella crisis energética duró casi dos años, mientras que el conflicto de Oriente Medio ha durado menos de 4 meses.

España ha sido uno de los paises europeos menos afectados por esta 5ª crisis energética, por varias razones. La primera, que sólo el 10% de todo el petróleo que importamos procede del Golfo Pérsico (Arabia Saudí e Irak) y el 2% del gas importado (de Catar), lo que ha limitado el impacto directo en el aprovisionamiento, aunque no el impacto de las subidas globales (petróleo, gas y carburantes)  y la incertidumbre del mercado. Otro factor que nos ha ayudado es que ha mejorado la “eficiencia energética” de la economía española: ahora consumimos un tercio menos de energía para producir que hace 20 años (100 de intensidad energética frente a 150 en 2014, según CaixaBank Research). Eso nos hace más competitivos y reduce los costes energéticos, junto al ahorro energético, a las menores compras hechas al inicio de 2026, por temor al estallido del conflicto. La consecuencia ha sido muy evidente: en el primer trimestre de 2026, España ha reducido un -22,5% su déficit energético, el recibo por las compra-ventas de petróleo, gas y carbón importado: 7.377 millones pagados (enero-marzo 2026), frente a los 9.529 millones pagados en el primer trimestre de 2025, según Comercio.

Pero la mayor ayuda frente a esta crisis energética la ha tenido España con las renovables. El creciente peso de las energías renovables (eólica, solar, hidráulica) en la generación de electricidad (han aportado el 60,3% de la electricidad producida de enero a mayo, frente al 42,8% que aportaron en 2022) ha permitido contener el precio mayorista de la electricidad y con ello, el precio final del recibo. Así, el precio mayorista de la electricidad fue de 41,77 euros/MWh en marzo, 42,44 euros en abril y 54,23 euros en marzo, frente a 71,67 euros en enero y 16,41 euros/MWh en febrero. Y lo más importante, España ha conseguido producir una electricidad de las más baratas de Europa: ese precio mayorista de 54,23 euros/MWh en mayo era similar al de Francia (52,2 euros, por su elevado parque nuclear), casi la mitad del precio de Alemania (98,29 euros/MWh) y menos que la mitad de Italia (119,51 euros/MWh). Y lo mismo pasaba el jueves 18 de junio: España tenía un precio mayorista de 94,90 euros/MWh, frente a 98,32 euros Francia, 117,63 euros Alemania y 132,22 euros/MWh Italia… 

Veamos en detalle por qué pasa esto, comparándonos con Alemania. En mayo, ellos tenían un 65% de la electricidad renovable frente al 60,5% de España (aunque parezca mentira, Alemania apostó antes por el sol, el aire y el agua). Pero produjeron un 34,1% de la electricidad con gas y carbón, mientras en España estas energías fósiles sólo generaron un 18,8% de la electricidad (gracias también al 17,1% nuclear, energía que no aporta nada en Alemania). Resultado: como el gas casi duplicó su precio (de 31 euros/MWh en febrero a 50 en mayo), la generación de electricidad costó casi el doble en Alemania que en España.

La apuesta española por las renovables (que han pasado de generar el 47,2% de la electricidad en 2021 al 60,3% este año) ha servido para proteger a los consumidores (particulares y empresas), que hemos pagado de media 10 euros menos al mes en nuestro recibo de lo que hubiéramos pagado en esta crisis sin tantas renovables, según un estudio de la consultora Ember. Y eso que desde el apagón (abril 2025), los usuarios pagamos un extra en la factura para que REE mantenga disponibles centrales de gas e hidroeléctrica, lo que supone un coste adicional en el recibo de unos 5,5 euros mensuales, según el grupo ASE.

A pesar de estas ventajas ante la última crisis energética, España tiene un gran punto débil, su enorme dependencia energética frente al exterior: importamos casi el 70% de toda la energía que consumimos, todo el petróleo (50% de la energía consumida) y todo el gas (19%) y carbón (1%), mientras las renovables (autoabastecimiento) suponen sólo el 19,5% de la energía total que consumimos y la nuclear otro 10,5% (autoabastecimiento a medias, porque el uranio y el combustible enriquecido se importan). Una dependencia energética de España (68,4% en 2024) muy superior a la media europea (UE-27 importa el 58,4% de la energía que consume), siendo el 63,7% en Alemania, el 44,4% en Francia y el 73,4% en Italia.

Esta alta dependencia de España de los combustibles fósiles (petróleo y gas, básicamente) se debe a que los principales sectores económicos están “enganchados” a los hidrocarburos, lo que les hace muy vulnerables cuando hay una crisis energética y se disparan los precios. Es cierto que España lidera la producción de electricidad renovable, pero está muy retrasada en la sustitución de hidrocarburos por energías limpias. Por ejemplo, en la movilidad y el transporte, donde seguimos dependiendo del petróleo: el 90,3% de los vehículos que circulan por España son diesel (18,4 millones, el 58,9% del total) o de gasolina (10,5 millones, el 33,8% del parque) y sólo el 21,4% de los coches que se venden son electrificados (eléctricos e híbridos enchufables). En las viviendas, donde el 95% de los hogares tienen calefacción de gasoil o gas (sólo el 5% tienen bombas de calor, con electricidad). En las industrias, donde el 75% utilizan todavía fuel o gas. Y en el transporte ferroviario (sólo el 65% de la red está electrificada) aéreo o marítimo, donde apenas han penetrado los combustibles alternativos.

Así que el gran reto de España (y de Europa) es “huir” de los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) y “electrificar la economía, generando electricidad con energías renovables que son 100% nacionales y aseguran la autosuficiencia energética. En Europa, sólo el 23% de las necesidades energéticas se abastecen con electricidad, según Eurostat, y en España ese porcentaje es del 24%, con lo que queda mucho por hacer. Un ejemplo de lo que se puede conseguir lo ofrece Noruega: el 47% del consumo final de energía lo aporta la electricidad, desde los coches eléctricos (98% de todos los que se venden) a su uso en la industria, las viviendas o los transportes. Y además, el 98% de esa electricidad que se consume en Noruega procede de fuentes renovables (allí, principalmente, plantas hidroeléctricas). Si España igualase a Noruega en esta electrificación, algunos estudios calculan que podríamos ahorrar un tercio de las importaciones anuales de petróleo y gas (nos gastamos 40.000 millones de euros en 2025…).

Por todo ello, la gran enseñanza de esta nueva crisis energética es que Europa y España deben acelerar la electrificación de las economías, con incentivos a los conductores, las viviendas, las industrias y los transportes para que “huyan” del petróleo y se pasen a consumir electricidad (en redes o baterías). Y no sólo para no depender tanto del petróleo y del gas, que se produce en el extranjero (en paises en muchos casos “conflictivos”),  para verse menos afectados por las crisis energéticas, sino también para lograr una mayor autonomía energética y lograr importantes ahorros de divisas en importar menos energía. Unos ahorros que justifican los incentivos y ayudas públicas a conductores, viviendas, empresas y transportes para ayudarles a “huir” de los combustibles fósiles.

Eso debería obligar a España y al resto de paises europeos a invertir más en energías renovables, en baterías para almacenar esta energía y en fortalecer las redes eléctricas, para que puedan hacer frente a la mayor “electrificación” de la economía sin apagones… Todos estos son los objetivos del Plan del Clima PINIEC 2023-2030, cuyo propósito es “electrificar” un 35% de la economía para 2030 (ahora es el 24%) y que el 81 % de esa electricidad se genere con fuentes renovables (hoy es el 60,3%). Ahora, tras esta nueva crisis energética por la guerra en Irán, el Gobierno Sánchez está pensando en acelerar aún más esa electrificación de la economía, con más ayudas para vehículos, viviendas, industrias y transportes.

En paralelo, la Comisión Europea presentará hoy (22 de junio) un paquete de medidas para acelerar el abandono del petróleo, el gas y el carbón en Europa, con un Plan de acción para fomentar la electrificación de las economías europeas. La principal medida que propone Bruselas a los paises es reducir los impuestos que paga la electricidad, hoy muy elevados (hasta el 51% de la factura media de los hogares europeos son impuestos y cargos fijados por los Gobiernos, lo mismo que el 37% de la factura eléctrica de las empresas), para que sean muy inferiores a los impuestos y tasas que pagan los combustibles fósiles. Esto debería llevar, por ejemplo, a bajar los impuestos a la luz (21% de IVA y 5,15% del impuesto especial de la electricidad, más otro impuesto del 7% a la producción que acaban pagando los consumidores) y subir los impuestos al gasóleo y la gasolina, medidas impopulares reiteradamente exigidas por Bruselas y que Podemos, el PP y Vox han vetado en el Congreso…

En resumen, que estamos a la espera de si el Acuerdo preliminar entre EEUU e Irán se convierte en 60 días en una verdadero acuerdo de paz, mientras los mercados energéticos intentan normalizarse, un proceso que durará meses (eso si no vuelven las hostilidades). Pero deberíamos aprovechar esta nueva crisis energética para que España (y Europa) reduzcan su elevada dependencia energética del exterior, para que la próxima crisis (que llegará) nos dañe menos, a los consumidores y a la economía. Y eso obliga a acelerar la electrificación de las economías, a huir del petróleo y el gas y sustituirlo por electricidad renovable en los vehículos, las calefacciones, las industrias y los transportes. Una verdadera reconversión energética que nos haga más autosuficientes y menos vulnerables ante futuras crisis energéticas. Aprendamos de una vez.

lunes, 26 de mayo de 2025

Inundados de petróleo barato

No hay mal que por bien no venga. Así, los aranceles de Trump y las tensiones geopolíticas frenan la economía mundial pero también han provocado una caída del precio del petróleo, que cotiza a 64,71 dólares/barril, el precio más bajo desde 2021. Está barato porque hay un exceso de producción de crudo frente a una baja demanda, porque el mundo crece menos y aumentan las energías alternativas. Se espera que el petróleo siga barato este año y los próximos (sobre 65 dólares), lo que ha permitido ya una rebaja de los carburantes (Ojomenor de la debida) y una baja inflación, en España (2,2% en abril) y Europa (2,4%). Pero no hay que bajar la guardia, porque la importación de petróleo nos cuesta 46.251 millones de euros (2024), un 32% más que en 2019. Y España sigue con una altísima dependencia energética: importamos dos tercios de la energía que consumimos. El objetivo es ahorrar energía y potenciar las renovables, para rebajar esta dependencia e importar sólo el 50% de la energía en 2030.

                         Llenar el depósito cuesta entre 6,45 y 10 euros menos que hace un año

El precio del petróleo lleva más de 50 años condicionando la economía y nuestros bolsillos, desde las primeras crisis energéticas de los años 70. El precio del barril Brent sólo se desplomó con la pandemia (18,97 dólares/barril el 3 de febrero de 2020) y después recuperó su precio “habitual” (84,17 dólares/barril en octubre de 2021), para dispararse tras la invasión de Ucrania, en febrero de 2022 (llegó a costar un máximo de 118,67 dólares/barril en junio de 2022). Y a partir de ahí, osciló entre los 83 y los 91 dólares barril en 2022 y 2023, para caer este año, tras la victoria de Trump: costaba 75,53 dólares/barril el 5 de noviembre de 2024 (elecciones USA) y tras la amenaza de aranceles (3 de abril) cayó a un mínimo de 60,23 dólares el 5 de mayo: una caída de precio del -19,3% este año. Y ahora cotiza a 64,71 dólares/barril, el precio más bajo desde febrero de 2021 y una bajada del -13,31% desde principios de año (74,65 dólares costaba el barril el 31 de diciembre).

¿Por qué tenemos un petróleo tan barato? Hay varias causas. La más inmediata, que se ha producido un exceso de oferta: el 3 de mayo, los paises de la OPEP+ (los 14 paises de la OPEP más Rusia, México y otros 8 paises productores más) acordaron un aumento de su producción de 411.000 barriles diarios para junio, que se sumaban al aumento de 411.000 barriles acordado para mayo. Y se espera que en su reunión del 1 de junio mantengan una alta producción de crudo para el resto de 2025, dando un giro a su política de recortes de los últimos años, que muchos paises no cumplieron. En paralelo, la política de Trump es “perforar, perforar y perforar”, consolidando a USA como el mayor productor de crudo del mundo.

Además de estos acuerdos, hay tres paises productores con embargos y sanciones que podrían aumentar su producción y venta de crudo en los próximos meses, disparando más la oferta y haciendo caer los precios. Por un lado Irán, donde la posibilidad de un acuerdo nuclear con Trump podría aumentar sus exportaciones (de los 1,66 millones de barriles actuales a los más de 2 millones que vendía hasta 2018)  si desaparecen las sanciones de EEUU .Lo mismo puede pasar con Venezuela, si Trump suaviza sus sanciones y las medidas contra los barcos que transportan crudo venezolano. Y Rusia busca formas de exportar más crudo (a pesar de las sanciones), por paises y caminos indirectos, porque necesita urgentemente más ingresos para su guerra con Ucrania, tras la bajada del -13,77% en el precio del crudo.

Hay más petróleo en el mercado (y puede haber más en los próximos meses) mientras baja la demanda mundial de crudo, otra causa de que bajen los precios. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) acaba de publicar un informe donde anticipa que la demanda de petróleo crecerá este año la mitad que la oferta: la demanda crecerá este año en 740.000 barriles diarios  (hasta los 103,9 millones de barriles en 2025), mientras la oferta aumentará en 1,6 millones de barriles diarios (hasta los 104,5 millones de barriles en 2025), lo que augura un exceso de producción de crudo, que forzará a precios bajos, en torno a 65 dólares/barril (frente a 80,53 dólares de media en 2024).

La demanda mundial de crudo bajará en 2025 porque la economía mundial crecerá menos y porque muchos paises han reducido su consumo de energías fósiles gracias al aumento de la producción de energías renovables. La causa principal del “pinchazo” en la demanda mundial de petróleo es que la economía mundial va a crecer menos por los aranceles de Trump (aunque rebaje su envite, quedarán más altos de lo que estaban) y por la incertidumbre ante las crisis geopolíticas. La última previsión de la Comisión Europea refleja que el crecimiento mundial bajará del 2,3% en 2024 al 1,3% en 2025, por EEUU (crecerá +1,6% frente a +2,8% en 2024) China (4,1% frente al 5%) y Reino Unido (+1 frente a +1,1%) y el estancamiento de Europa (+1,1% crecimiento frente al 1% en 2024, con Alemania no creciendo nada este año) y Japón (+0,7% frente a +0,1% en 2024). Menos crecimiento (y riesgo de recesión si se agrava la guerra comercial) lleva a menos consumo de petróleo y como hay un exceso de oferta, a una bajada de precios (salvo nuevos” sustos” o guerras).

Además, hay muchos paises (España entre ellos) que han aumentado la aportación de energías renovables, tanto en la generación de electricidad (56% en España) como en el transporte (aunque la incursión del coche eléctrico va muy lenta, en toda Europa y más en España) y en la industria, que empieza a sustituir el fuel y el petróleo por electricidad renovable mucho más barata. Todavía el mundo sigue con su “adicción” al petróleo, pero a medio plazo habrá menos demanda y por eso tanto las grandes energéticas como los paises productores buscan fuentes alternativas de ingresos, sobre todo a partir de 2035.

Para este año 2025, los analistas apuestan por un petróleo barato, por debajo de 65 dólares por barril : Goldman Sachs cree que podría bajar hasta 63 dólares en 2025 y 58 dólares en 2026, mientras Citibank apuesta por que baje hasta los 60 dólares.  El Gobierno español, en las previsiones económicas enviadas a Bruselas a finales de abril, preveía una estabilidad de precios del crudo en 2025 (apuesta por los 65 dólares/barril), 2026 (64,6 dólares/barril), 2027 (65,3 dólares/barril) y 2028 (66,5 dólares/barril), lo que daría una cierta “estabilidad” a la economía, sin los sobresaltos de subidas de 2022 y 2023.

De momento, la rebaja del precio del petróleo ya se ha traducido en una bajada de la inflación general, en España (al +2,2% en abril, el menor aumento desde el 1,8% de octubre) y en Europa (+2,4% de inflación anual en abril, la más baja desde el 2,3% de octubre). Los menores precios del petróleo han repercutido positivamente en todos los sectores, desde la agricultura y la industria al transporte, pero se han reflejado sobre todo en una sensible bajada de los carburantes, que han notado los bolsillos de los consumidores.

Así, el 22 de mayo, el litro de gasolina costaba de media en España 1,454 euros, lo que supone una rebaja del 4,6% en lo que va de año y del -12,26% sobre el coste de la gasolina hace un año (y en Europa, esta bajada ha sido del -3,12 y del -9,44%), según el Boletín Petrolero Europeo. Y el litro de gasóleo cuesta ahora 1,366 euros/litro de media en España, lo que supone una rebaja del -5,28% en este año y un -8,6% que el precio hace un año (en Europa, la bajada ha sido del -5,38% y del 8,36% respectivamente). A lo claro: la rebaja del petróleo ha conseguido que llenar un depósito de gasolina (50 litros) cueste hoy 10 euros menos que hace un año y llenarlo de gasóleo cuesta 6,45 euros menos. Sin embargo, hay expertos y consumidores que se quejan de que los carburantes han bajado menos que el petróleo en euros, hasta 15 céntimos por litro menos de lo debido.

Ahora se espera que un petróleo barato ayude a mantener bajo control el IPC (Bruselas apuesta por una inflación del 2,3% en 2025, en España y en Europa), aunque los aranceles tenderán a subir los precios de los productos importados. Pero tenemos otra “ayuda”, gracias a la política económica disparatada de Trump: el dólar se está depreciando y cotiza ahora rozando los 1,13 euros, lo que supone una revalorización del euro del +9,17%. Eso significa que el petróleo (que pagamos en dólares), nos resulta ahora más barato en euros (-9,17%). Así que a la rebaja del petróleo (-13,31%)  hay que sumar la bajada del dólar (-9,17%), con lo que pagamos casi un 22,5% menos por el crudo que al comienzo de 2025.

Esta rebaja en la factura petrolera es un enorme balón de oxígeno para España y para el resto de economías. Pero ojo: todavía el petróleo es un gran lastre. Para España, la factura de las importaciones de petróleo supuso un gasto en divisas de 46.251 millones de euros en 2024, +32,14% que la factura petrolera anterior a la pandemia (35.001 millones de euros importamos de petróleo en 2019). Y esta factura petrolera supone el 10,9% del importe de todo lo que importa anualmente España, un tremendo “lastre” todavía. Y eso porque la importación de gasolinas ha crecido un 21,2% desde 2019 (importamos 6,51 millones de Tm en 2024, según Cores), aunque han bajado las importaciones de gasóleos (un -5,4%, 29,83 millones de TM en 2024) y han aumentado las de fueloil (+3,9%, 8,55 millones de TM).

En definitiva, que aunque ahora el petróleo sea más barato y no suponga un problema grave para la economía (como ha pasado muchas veces antes), no podemos bajar la guardia, porque la factura del petróleo es muy abultada (cuesta la mitad que la sanidad pública en España y la cuarta parte que las pensiones) y somos uno de los paises europeos más vulnerables: ya que importamos casi todo el petróleo que consumimos. Y considerando toda la energía que consumimos, importamos el 66,8%, dos tercios del total. Así que aunque celebremos que el petróleo está barato, sigue siendo un gran lastre para la economía.

El gran objetivo del Plan energético aprobado por el Gobierno (el PNIEC ) es reducir esta dependencia energética de España al 50% en 2030 (de dos tercios a la mitad de energía importada), por varias vías: aumento de la electricidad renovable (el 81% para 2030, frente al 56% actual), sustitución del consumo de petróleo y fuel por electricidad renovable en la industria, reducción de los combustibles fósiles en el transporte (coche eléctrico, electrificación de trenes y transporte terrestre y marítimo alternativo) y, sobre todo, un ahorro del consumo de energía en toda la economía (del 10% sobre 2023). No son objetivos fáciles, pero hay una firme voluntad de reducir el peso del petróleo, sobre todo a partir de 2035. Y tanto los paises productores como las multinacionales energéticas dan por hecho que su futuro es muy negro y por eso diversifican sus negocios a medio plazo.

En resumen, que no todo está mal en el panorama económico mundial. El petróleo, que nos ha dado tantos “sustos” en las últimas décadas, anticipa unos años de precios bajos, con un mercado inundado de petróleo y una demanda a la baja, que “huye” del crudo. Y encima, la caída del dólar, por la loca política económica y comercial de Trump, nos ayuda también, porque necesitamos menos euros para pagar el barril en dólares. Pero no podemos confiarnos. Primero, porque en cualquier momento salta un conflicto geopolítico o aparece un nuevo problema económico y el petróleo dispara su precio. Y segundo, porque somos todavía muy dependientes del petróleo, cuyo coste es un tremendo lastre para España: cada día de 2025, hemos gastado 121,5 millones de euros en importar petróleo. Una tremenda factura que no controlamos.

lunes, 27 de enero de 2014

Fracking: España apoya, Europa no se moja


Es la gran revolución energética del siglo XXI: perforar y romper las rocas para extraer gas (y petróleo). Es el fracking. Una técnica que ha permitido a EEUU, en sólo 15 años, autoabastecerse de gas y ser el primer productor mundial de petróleo. Pero es una técnica muy polémica y contestada  a la que se achaca contaminar acuíferos, emitir gases y provocar microseísmos, por lo que ha sido prohibida en zonas de EEUU y en Francia. Europa está dividida sobre el fracking y la semana pasada decidió que no haya una Directiva común y cada país legisle a su aire. El Gobierno Rajoy se adelantó y aprobó en octubre y noviembre dos Leyes para promover el fracking, a pesar de las protestas en pueblos y autonomías. España no puede perder el tren del fracking, pero debe ir poco a poco y con todas las garantías. Y buscar antes las energías de arriba (eólica, solar, biomasa) que las del subsuelo. 
enrique ortega

La mayoría del gas natural se extrae por métodos convencionales: perforando una bolsa que está a pocos cientos de metros, en una roca porosa, y el gas sale por la diferencia de presión. A finales de los años 90, se inició en EEUU la búsqueda de gas no convencional (gas pizarra), que se encuentra en capas de pizarra a más profundidad (de 2.000 a 5.000 metros), para lo que hay que romper esta roca poco permeable. La técnica de fractura hidráulica (fracking) consiste (ver gráfico animado) en hacer una perforación vertical hasta llegar a la pizarra (unos 5.000 metros) y luego otra perforación horizontal (de 1.500 a 3.000 metros), provocando pequeñas explosiones para fracturar las rocas. Después se inyecta agua a presión, con arena y aditivos químicos, que ayudan a liberar el gas y subirlo a la superficie.

EEUU lleva quince años extrayendo gas no convencional (y petróleo) con el fracking, y ha abierto más de un millón de pozos (ahora unos 35.000 al año). El boom del fracking se gestó a principios de este siglo, en 2005, con el apoyo de Bush hijo y su vicepresidente Cheney (su empresa Halliburton, que explotó el petróleo de Irak tras la guerra, es líder en tecnología de fracking), aunque también recibe apoyos (y un mayor control) con Obama. El éxito del fracking ha permitido que el gas pizarra suponga ya un 25% del consumo de gas y que EEUU sea ahora autosuficiente en gas y el primer productor mundial de crudo en 2013, según la OPEP, por delante de Rusia y Arabia Saudí. Una revolución energética, clave para asentar la recuperación norteamericana: EEUU paga un tercio por el gas y la mitad por la electricidad que Europa o Japón.

Pero el fracking tiene su lado oscuro: los riesgos para el hombre y el medio ambiente. El principal, que utiliza hasta 600 productos químicos (muchos tóxicos y hasta cancerígenos) que pueden dispersarse por los acuíferos subterráneos o incluso en la superficie (almacenamiento, transporte), contaminando al hombre y al medio natural. Además, a veces se escapa metano, un gas con un potencial de efecto invernadero 21 veces mayor al CO2. Y puede provocar microseísmos. En cuarto lugar, genera muchos residuos y desechos líquidos, que hay que almacenar y gestionar. Y quinto, utiliza mucha agua (de 54.000 a 174.000 m3 en un campo de 6 pozos) y mucho espacio (entre 16 y 20 hectáreas por campo) y genera mucho ruido y movimiento de camiones (entre 8 y 12 meses de perforación día y noche). Por todo ello, en EEUU se han multiplicado las protestas contra el fracking, visualizadas en el documental Gasland. Y por ello, se ha prohibido en Nueva York, Buffalo y Pittsburg, a la espera de un informe definitivo de la Agencia de Protección Ambiental (EPA).

En Europa, las autoridades comunitarias están impactadas por los logros energéticos de EEUU con el fracking, pero se encuentran divididas a la hora de apoyarlo y legislar, por los riesgos de su impacto ambiental. Por un lado, Francia prohibió el fracking con Sarkozy (por Ley, en 2011) y otros países aplican moratorias, como Bulgaria, República Checa, Dinamarca o Irlanda. Y por otro, hay dos países firmes partidarios del fracking: Polonia y Reino Unido, donde el premier Cameron quiere abrir 20.000 pozos para 2020, en medio de las protestas locales. Ante este panorama, la Comisión y el Parlamento europeo están divididos sobre el fracking. Y la semana pasada, han tomado una decisión salomónica: que no haya una Directiva, sino aprobarunas recomendaciones y que cada país legisle a su aire.

España se ha adelantado a estas recomendaciones, aprobado el Gobierno Rajoy, en 2013, dos Leyes (en solitario, sin apoyo de otros grupos) para impulsar el fracking. “No podemos perder este tren”, ha dicho el ministro Soria. Primero, la noche del 9 de octubre de 2013, el PP introduce por sorpresa en el Senado una enmienda para incluir el fracking en la Ley de Hidrocarburos (de 1998), a través de algo tan estrambótico como dos disposiciones adicionales a la Ley de garantía del suministro eléctrico a Baleares y Canarias…Y el 28 de noviembre, el Congreso aprobó, por trámite de urgencia (no habitual), la Ley de Evaluación Ambiental, que complementa la legislación sobre fracking. Por un lado, centraliza en el Estado la competencia, quitándosela a las autonomías (el Parlamento de Cantabria prohibió el fracking en abril 2013). Además, acelera los proyectos, al reducir a 4 meses el plazo para resolver los expedientes de impacto ambiental (ahora 3 años). Y concede la cláusula de confidencialidad a los proyectos, dificultando las alegaciones (hay ya 102 municipios contra el fracking en España).

Con esta normativa, todo apunta a un boom del fracking en España. El Gobierno ya ha concedido 75  permisos de investigación (en Soria, Burgos, Álava, Cantabria, la Rioja, Huesca, Castellón, Guadalajara, Jaén, Sevilla y Cádiz) y hay otras 75 en espera (en Asturias, Navarra, Burgos, Palencia, Euskadi, Zaragoza, Lleida, Gerona y Albacete), de la mano de una decena de empresas, la mayoría multinacionales norteamericanas (BNK, Heyco, Trofagas, Schuepbach, Heritage Petroleum, True Oil, Cambia), canadienses (R2Energy) o británicas (Leni Oil Gas), además de la vasca SESHA, creada por el ex lehendakari Patxi López, con mayoría de capital público, para explotar el yacimiento alavés de Gran Enara. Ahora, los proyectos están en fase de investigación y no se hará ninguna prospección antes de dos años (según el ministro), con lo que se tardará en extraer gas masivamente hasta una década.

Los defensores del fracking argumentan que permitiría a España cubrir el consumo de gas durante 70 años (y el 20% del consumo de crudo durante 20 años), aunque un informe del Consejo de Ingenieros de Minas habla de reservas de gas para 39 años. Los detractores dicen que las estimaciones están infladas (como pasó en Polonia), para atraer inversiones al fracking: entre 700 y 1.000 millones de euros están ya comprometidos en España. Y temen que este nuevo negocio quite recursos a las energías renovables.

España es el país europeo más dependiente del petróleo y el gas extranjero (99% se importa) y pagamos cada año una factura energética de 45.000 millones de euros, lo que ingresamos por el turismo. Por ello, cualquier nueva técnica que nos permita extraer hidrocarburos debería ser bien recibida. Pero con matices. Porque nos hace falta más petróleo que gas, dado que existe una burbuja de centrales de gas, que funcionan al 10% de capacidad, por la política de incentivos que pagamos con el recibo de la luz. Y porque tenemos que concentrar los esfuerzos en buscar energía arriba (eólica, solar, geotérmica…) antes que en el subsuelo, que tiene más riesgos medioambientales y menos rentabilidad energética: la tasa de retorno energético (TRE) de la eólica (18) y solar (7) es mayor que la del gas pizarra (entre 2 y 5). Y las reservas disponibles son menores (que el sol o el aire).

Con todo, es verdad que España no debe perder el tren del fracking, pero tampoco liderarlo. Hay que ser prudentes, avanzando poco a poco, con una normativa estricta y con transparencia, incorporando a los municipios implicados (se podría crear una Comisión de seguimiento, con participación pública, privada y ciudadana). Y abrir un debate riguroso, sin prejuicios ni mentiras , apoyado en informes técnicos independientes. Y siempre, en línea con lo que haga la mayoría de Europa. No pretenda el Gobierno vendernos ahora el milagro del fracking. La energía con mayúsculas está a la vista.