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jueves, 10 de julio de 2025

La inflación dispara el gasto familiar

El gasto de los hogares batió un récord histórico en 2024: creció un +12,5% sobre antes de la pandemia, por la fuerte subida del gasto en sanidad, alimentación, vivienda,  educación,  hoteles y restaurantes. Un mayor gasto, sustentado en la subida de salarios y pensiones, que es “un espejismo”: gastamos más por la inflación, porque todo ha subido, pero en realidad gastamos menos que en 2019 (-7,5%). Los que más han aumentado su gasto estos años son las familias con menos ingresos, porque gastan porcentualmente más en alimentación y vivienda, lo que más ha subido, por lo que tienen más problemas para llegar a fin de mes. Y además, la renta real de los hogares  (ingresos descontando la inflación) es todavía menor que en 2008 (-4,3%). Un dato que explica por qué muchos españoles no acaban de “notar” la mejora de la economía, aunque crecemos y creamos más empleo que Europa. Pero la inflación ha subido un 33,5% y ese aumento se ha “comido” nuestro nivel de vida.

                            Enrique Ortega

El gasto medio por hogar fue de 34.044 euros en 2024, un 4,4% más que en 2023 y un máximo histórico, no sólo respecto a antes de la pandemia (30.243 euros en 2019) sino respecto a antes de la crisis financiera (31,773 euros en 2008), según la reciente Encuesta de Presupuestos Familiares del INE. La mayor parte del gasto familiar se destina a la vivienda, agua, luz y gas (11.029 euros en 2024, el 32,4% del gasto total), seguida de la alimentación (5.391 euros anuales, el 15,8%), el transporte (3.877 euros, el 11,4%), los hoteles y restaurantes (3.374 euros, un 9,9% del total), seguidos a distancia del gasto en actividades recreativas, deporte y cultura (1.692 euros, el 5% del gasto total), vestido y calzado (1.432 euros, el 4,2%), sanidad (1.377 euros, el 4%),  muebles y artículos del hogar (1.274 euros, el 3,7%), seguros y financiación (1.270 euros, el 3,7%), cuidado personal y servicios (1.228 euros, el 3,6%) y bebidas, alcohol y tabaco (447 euros, el 1,3%).

Otro hecho relevante es que el gasto familiar no es homogéneo y ha crecido más, tanto en 2024 como en los últimos años, en las familias con menos ingresos, que son las que suelen gastar más porcentaje de sus ingresos en vivienda, alimentación y sanidad, lo que más ha subido. Así, según el INE, el 20% de las familias con menos ingresos aumentaron su gasto en 2024 (17.610 euros) un 10,9% y el 40% siguiente con rentas bajas y medias (que gastan entre 24.500 y 30.907 euros anuales)  los aumentaron un 6%, por encima de la media (+4.4%), mientras el 20% más rico sólo aumentó su gasto un +1,9% (hasta 58.272 euros).

Esta estructura del presupuesto familiar en 2024 revela un cambio en los hábitos de gasto de los españoles tras la pandemia. Básicamente, ha aumentado el gasto de los hogares en sanidad (gastamos ahora +31,4% que en 2019, por la ampliación y subida de los seguros médicos más otros gastos sanitarios, como la atención  bucodental, óptica y rehabilitación), en alimentación (el gasto familiar en comida y bebida ha aumentado un +25,78% desde 2019), en vivienda (+16,8% de gasto, por la subida de alquileres e hipotecas, junto al agua, luz y gas, a pesar de las ayudas y la bajada del IVA), en educación (+14,96% por las guarderías, colegios privados y concertados más transporte y comida escolar) y en el mayor gasto en hoteles y restaurantes (+13,58%), porque tras la pandemia “salimos más”.

Aquí también ha habido un comportamiento diferente del gasto, tras la pandemia, según los ingresos del hogar. Así, el gasto en viviendas y alimentos (lo que más ha subido) tiene mucho peso en las familias con menos ingresos: para el 20% más pobre, ambas partidas se llevan casi dos tercios de sus ingresos (el 60,2%, frente al 60,7% en 2019). Y gastan más en restaurantes y hoteles (6,3% del gasto total frente al 5,6% en 2019), mientras gastan porcentualmente menos en transporte (6,6% frente al 7%) y lo mismo en ocio y cultura (5%). El 40% restante, con rentas bajas y medias, gasta ahora más en vivienda y alimentos que en 2019, también en bares y restaurantes y menos en transporte y ocio. Pero el 20% más rico gasta mucho menos que el resto en vivienda y alimentación (el 40,1% de su presupuesto, un tercio menos que los más pobres), lo que más ha subido y más en transporte (15,9%), restaurantes y hoteles (11,9%) y ocio y cultura.

Por autonomías, las más ricas son donde más ha aumentado el consumo de los hogares entre 2019 y 2024, según el INE: País Vasco (15.504 euros de gasto por persona, un 13,8% por encima de los 13.626 de gasto medio por persona en España), Madrid (15.108 euros de gasto por persona en 2024), Cataluña (14.476 euros), Baleares (14.421 euros), Asturias (14.221 euros) y Aragón (14.178 euros). Y donde menos, en las regiones más pobres, que gastan casi la mitad:  Melilla (8.586 euros por habitante), Extremadura (11.398 euros), Ceuta (11.858 euros), Andalucía (11.865 euros) y Castilla la Mancha (11.921 euros).

El aumento del gasto de los hogares tras la pandemia ha sido posible por la subida del empleo (1,8 millones más trabajando) y la subida de salarios y pensiones. Pero no ha sido suficiente y los españoles han tenido que “tirar de los ahorros para pagar sus gastos y llegar a fin de mes: la tasa de ahorro cayó del 25,6% a mediados de 2020 al 7,7%  en septiembre de 2022, para afrontar lo peor de la inflación, aunque luego volvió a subir (se ahorraba el 14% de los ingresos al principio de 2024) y ahora lleva año y medio bajando (12,8% de ahorro el primer trimestre de 2025, según el INE).

En cualquier caso, el gasto histórico de los españoles en 2024 es “un espejismo, porque en realidad gastamos menos que en 2019, porque la inflación se ha disparado estos años. Así, si en 2024 gastamos de media 34.044 euros por hogar, un 12,5% más que en 2019, como la inflación creció un 20% estos cinco años, en realidad estamos gastando un 7,5% menos. A lo claro: gastamos más, pero compramos y consumimos realmente menos.

Esta realidad explica quizás que muchos españoles no acaben de “notar” la mejora de la economía, porque la inflación se ha comido parte de sus ingresos y sigue costándoles mucho llegar a fin de mes. Por un lado, los salarios en convenio han subido menos entre 2019 y 2024 (+13,39%) que la inflación media (+17,50% estos años). Y eso, junto a que todo ha subido, ha obligado a tirar de ahorros y ayudas para conseguir gastar más (para comprar menos). Otra forma de verlo es analizar la evolución de renta media neta de los hogares: ha pasado de 30.690 euros en 2019 a 38.365 euros en 2024. Pero si descontamos la inflación, la renta media real sólo ha crecido de 27.258 a 28.742 euros (+5,44%), según Funcas. Y un dato más llamativo: la renta real (descontando la inflación) de los hogares en 2024 (28.742 euros) era inferior a la renta real de 2008 (30.045 euros por hogar).

A lo claro: ganamos más, pero en realidad ingresamos menos que en 2008, porque la inflación acumulada (+33,5%) se ha comido nuestro aumento de ingresos (+27,7%), según Funcas. Eso podría explicar por qué una mayoría de españoles (55,3%) veían la economía española en una situación mala (37,3%) o muy mala (18%) en el Barómetro del CIS de mayo 2025, una valoración más pesimista que la del Barómetro de mayo 2019 ( sólo un 43,4 % veían la situación económica de España como mala o muy mala). Sin embargo, este pesimismo sobre la economía contrasta con el mayor optimismo sobre la propia situación económica personal: ahora (Barómetro CIS mayo 2025), el 69,3% de los encuestados la ven muy buena (3,8%), buena (65,5%) o regular (7%) y sólo un 23% mala o muy mala, mientras hace cinco años, antes de pandemia, eran la mitad que hoy (el 33,7%) los que la veían bien.

En cualquier caso, al margen de la percepción sobre la economía del país y la propia, tenemos un problema de fondo: la inflación se ha disparado en los últimos 16 años y los ingresos de los hogares han crecido menos, aunque en los últimos años hayan mejorado salarios, pensiones y empleos. Eso quiere decir que no podemos bajar la guardia de la inflación, porque aunque ahora sea baja (+2,2% anual en junio), se va acumulando y se come nuestros ingresos, dificultado el consumo y llegar a fin de mes. Y aunque España crezca más que la mayoría, la mayoría de los familias (sobre todo las más modestas) “no lo notan”.

Habría que actuar en dos frentes. Por un lado, tomar más medidas eficaces contra la inflación, que pasan por mejorar la competencia en todos los sectores y actividades, evitando “monopolios de hecho en muchos negocios y reduciendo márgenes (beneficios) injustificados. De hecho, el BCE y otros banqueros centrales asumen que “la avaricia de las empresas (disparando márgenes y beneficios) disparó la inflación” y que, ahora, con la inestabilidad comercial y geopolítica mundial, es otra vez el mayor riesgo de repunte de la inflación.

Y por otro lado, hay que aumentar los salarios e ingresos de los hogares, que siguen siendo más bajos que en el resto de Europa: 4 de cada 10 trabajadores ganan menos de 1.214 euros netos y el salario por hora en España (18,9 euros) queda lejos del de la UE-27 (25,2 euros), Francia (29,7 euros), Alemania (33,6 euros) e Italia  (35,2 euros). Esto explica, junto a la inflación, que el consumo per cápita real (descontando la inflación) de los españoles haya aumentado sólo un +0,2% entre 2019 y 2024, mientras en la eurozona aumentó +1,4%.

Pero hay que hacer una reflexión de fondo: para que los españoles tengan mejores salarios, hay que mejorar la productividad de la economía, para que crezca no sólo porque hay más gente trabajando (como pasa ahora, sobre todo por la llegada de inmigrantes) sino porque los que trabajan sean más eficientes, no tanto por ellos sino porque mejore y se modernice el modelo económico español, incorporando más innovación y tecnología, más digitalización, más industria y exportación, unas empresas de mayor tamaño y mejor organizadas, que integren y organicen mejor el capital humano. Todo un reto, la mejora de la productividad, que lleva años, pero que es clave para conseguir que más gente gasten y vivan mejor. Y lo noten.

lunes, 20 de junio de 2022

La inflación cambia los hábitos de consumo

La guerra de Ucrania continúa y con ella los precios disparados, sobre todo de la energía (luz y carburantes) y los alimentos, que han subido un +11% el último año, el mayor alza en los últimos 28 años. Es doblemente preocupante, porque los alimentos son el 2º mayor gasto de las familias (tras la vivienda) y porque la subida afecta más a los hogares con menos recursos, que gastan porcentualmente más en alimentación. Por eso, está aumentando la pobreza alimentaria, que alcanza a 6 millones de españoles, con 2 millones recibiendo comida de los bancos de alimentos. Entre tanto, el campo se queja de que ellos no suben los precios, que aumentan por el camino, entre las industrias alimentarias, distribuidores y supermercados. Las familias han cambiado sus hábitos de consumo, recortando la cesta de la compra y buscando promociones y marcas blancas, que han aumentado su cuota. Urge controlar márgenes y precios de los alimentos, para frenar una especulación que aumenta la pobreza.

Enrique Ortega

La inflación en España sigue por las nubes, con una subida anual del +8,7% en mayo, la más alta desde 1986 (+9,3% en octubre). El IPC anual estuvo por debajo del 3% hasta el verano pasado, en que subió al 3,3% en agosto y al 5,4% en octubre, por la mayor demanda tras el paréntesis de la pandemia, los atascos en el comercio mundial y la subida de la energía, cerrando 2021 con una inflación anual del +6,5%. Pero el 24 de febrero, Putin invadió Ucrania y los precios se dispararon, hasta un máximo de +9,8% en marzo, que luego ha bajado algo en abril (+8,3%) y mayo (+8,7%). Los “culpables” de esta inflación disparada son, según el INE, los precios de la energía (el gasóleo ha subido un +33,9% el último año, la electricidad un +30,2% y la gasolina un 23,5%) y los alimentos (han subido un +11% el último año, la mayor subida conocida en España desde 1994, cuando empezó a publicarse el IPC).

La subida de los alimentos (+11%) es muy llamativa porque suben casi todos, pero sobre todo hay 14 alimentos básicos cuyo precio ha aumentado más del 10%: aceites y grasas (+44,7%: +36,5% el aceite de oliva y +95,4% otros aceites, sobre todo el de girasol), huevos (+25,3%), mantequilla (+17,6%), leche (+16,5%), cereales (+16,3%), yogures (+14,8%), pollo (+13,6%), pan (+12,6%), cordero (+12,6%), carne de vacuno (+12,3%), café (+11%), pescado fresco (+11,7%) y arroz (+10,2%), según el IPC de mayo.

La subida de estos alimentos es desigual por autonomías, según el INE: han subido más (del 11%) en algunas de las autonomías más pobres, como Melilla (14,5%), Extremadura (+12,9%), Murcia (+12,4%), Castilla y León (+11,9%), Canarias (+11,8%), Castilla la Mancha (+11,7%) y Andalucía (+11,6%), donde el peso de la alimentación es mayor en el gasto que en las autonomías más ricas (en el País Vasco, los alimentos han subido un 4,1%, en Cataluña un 9,3% y en Baleares un 9,5%). Y la subida ha sido también desigual por supermercados: los precios han subido más en las cadenas que eran más baratas y tenían algo más de margen para subirlos (+12,1% en Carrefour y +11,4% en Mercadona), subiendo algo menos en el resto (+9,5% en Eroski, +9,2% en Alcampo, +8,5% en Día, +8,4% en Caprabo y Condis y +7,7% en Hipercor), según un primer sondeo hecho en marzo por la OCU.

¿Por qué han subido tanto los alimentos? Ya estaban subiendo mucho a finales de 2021 (+5% en diciembre de 2021, frente a sólo un +1,1% un año antes), pero ahora su precio se ha duplicado por el impacto de la guerra de Ucrania, que ha recortado drásticamente la oferta de aceite (Ucrania y Rusia producen el 52% del aceite de girasol del mundo) y cereales (ambos paises exportan un tercio de los cereales mundiales), agravando la subida mundial de los alimentos, desatada por una mayor demanda y una menor producción por problemas climáticos y en el comercio mundial. Pero además, la subida de la energía y la guerra han agravado los costes de la energía y el transporte, aumentando los costes de la producción y distribución de alimentos. Y las empresas y supermercados han trasladado estos mayores costes a los precios al consumidor, aprovechando que los alimentos no pueden dejar de comprarse.

En el origen de la cadena alimentaria, agricultores y ganaderos se quejan de que ellos no son los culpables del aumento de precios, porque no han podido subirlos a pesar de que les han subido la energía, los piensos y los fertilizantes. Y los datos les dan la razón. En mayo, apenas cobraban un poco más por la mayoría de alimentos, mientras habían subido mucho más al consumidor, según el IPOD que publica mensualmente COAG. Vemos algunos ejemplos. El aceite de oliva, por el que les pagaban 3,38 euros/kilo (3,24 euros en enero) se cobraba al consumidor a 5,10 euros (+51%). La patata, por la que cobran 0,20 euros kilo (igual que en enero) se vende a 1,31 euros (+555%). La naranja, que ahora les pagan a 0,17 euros kilo (0,14 en enero) nos cuesta al consumidor 1,47 euros (+765%). La ternera la cobran a 4,91 euros el kilo (4,45 en enero) y nos cuesta 17,20 euros (+250%). El cerdo, de 1,57 euros que les pagan por kilo a 6,18 euros que nos cuesta (+294%).Y la leche, de 0,39 euros litro que cobran (0,35 en enero) a 0,80 que nos cuesta (+105%). En conjunto, el IPOD revela que pagamos los productos agrícolas 4,62 veces más caros de lo que cobran los agricultores y las carnes, leche y huevos, 2,79 veces más caros de lo que reciben los ganaderos.

A partir de ahí, los alimentos empiezan a sumar márgenes, desde el transporte, la industria agroalimentaria, la distribución y la venta final en tiendas y supermercados, eslabones que han aprovechado la coyuntura de la guerra de Ucrania y la subida de costes para aumentar los precios, cada uno los suyos. Y en otros casos, la industria agroalimentaria ha utilizado un truco: vender menos producto por el mismo precio (o por más). Lo llaman “reduflación”, una táctica comercial que ya denunció la OCU en abril, con una enorme cantidad de alimentos (ver ejemplos) a los que se ha quitado peso (desde yogures a pasta o botes de Cola-Cao) para venderlos al precio de antes o incluso un poco más caros. Es una manera “camuflada” (y legal) de subir los precios de los alimentos sin que lo notemos.

Esta subida generalizada de los alimentos ha forzado a los consumidores a “cambiar de hábitos” de consumo, según señalan los expertos. Por un lado, las familias han tratado de comprar menos, como revela el dato de que las compras de alimentos con tarjeta han caído un -2,4% entre enero y mayo, según los datos de BBVA Research. Lo que ha hecho la mayoría es ir más veces al Super y comprar menos cada vez, bajando el ticket medio. La otra tendencia ha sido dejar de comprar “caprichos” y centrarse más en los alimentos imprescindibles, buscando más promociones y descuentos: 4 de cada 10 hogares buscan ahora promociones en productos de gran consumo, según la consultora Kantar. Y el tercer cambio de hábitos es apostar más por las marcas blancas.

Precisamente, la inflación disparada ha conseguido que las marcas blancas consigan este año la mayor cuota de mercado de la historia: suponen ya el 43% de las ventas en el primer trimestre de 2022, frente al 38,4% hace un año, el 30,1% en 2010 y el 19,72% en 2002. Y las marcas de fabricantes, que se habían recuperado tras la pandemia (61,6% hace un año), bajan al 57% de las ventas. Eso también tiene que ver con la estrategia comercial: las marcas de fabricantes fueron las primeras en subir sus precios en marzo, mientras las marcas blancas aguantaron más y los subieron después, en abril y mayo, bastante más: un +18% de subida en las marcas blancas este año frente al +10% las marcas de fabricantes.

Esta ganancia de cuota de mercado de las marcas blancas ha permitido que ganen terreno este año los supermercados que se apoyan más en ellas, en especial Mercadona, el súper ganador de esta crisis: tiene ya un 26,3% de cuota de mercado (primer trimestre 2022), un +1,7% que a finales de 2021 (24,6%), gracias a que su marca blanca representa el 72% de sus ventas (68,3% en 2021), según la consultora Kantar. También gana cuota Carrefour (9,8%, un +0,5% que en diciembre), aunque su marca blanca solo supone el 28,4% de sus ventas. Se estancan Lidl (5,5% de cuota), Día (4,6%) y Consum (3,1%) y pierden cuota de mercado Eroski (baja del 4,5 al 4,2%) y Alcampo (baja del 3,2 al 3%).

La elevada subida de los alimentos (+11%) es doblemente preocupante, porque resulta un gasto clave en los hogares y les resulta muy difícil recortarlo. Así, en 2020 (último dato del INE), la alimentación supuso el 16,96% del gasto total de los hogares: 4.578,87 euros al año (381,54 euros al mes de media), sólo por detrás del gasto en vivienda (9.621 euros anuales, el 35,64% del total) y muy por encima de lo que gastan las familias en transportes (2.741 euros, el 10,16% del total) y en hostelería (1.752 euros, el 6,42%), según la Encuesta de Presupuestos Familiares del INE. Eso supone que si los alimentos suben un 10% este año, cada familia pagará 460 euros más, de media, al hacer la compra.

La otra razón de que la subida de los alimentos sea muy preocupante es que afecta más a las familias con menos recursos, porque porcentualmente gastan más en su alimentación. Así, los hogares con menos renta (hasta 12.000 euros anuales) gastan un 13% en alimentación, frente al 10% que gastan los que más ganan. Y gastan otro 20% en vivienda, gas, electricidad y calefacción, frente a sólo el 5% los que tienen ingresos altos. En total, los productos de primera necesidad, que son los que más suben ahora, suponen un 33% del gasto de las familias con menos ingresos y el 15% del gasto de las más ricas.

Eso está provocando un aumento de la pobreza alimentaria: en España hay 2,5 millones de hogares (el 13,3% del total), más de 6 millones de personas, que no tienen una dieta alimenticia adecuada, en cantidad y calidad,  según un estudio de la Universidad de Barcelona presentado en febrero, antes de la guerra de Ucrania. Y casi la mitad (975.000 hogares) sufren una inseguridad alimentaria moderada o grave, lo que significa que han reducido el consumo de alimentos por falta de recursos. La mayoría son familias de rentas bajas y poco empleo, que han sufrido más la subida de los alimentos, pero el estudio revela que también se ven afectados hogares de clase media, sobre todo donde hay niños y discapacitados. Y el Banco de Alimentos alerta que si cerró 2021 ayudando a alimentarse a 1,5 millones de españoles, este año 2022 espera 450.000 peticiones más de ayuda alimentaria.

Además, la altísima inflación en general, al afectar más a las familias más desfavorecidas, está aumentando la desigualdad y la pobreza en España. Un estudio de la semana pasada, del IERMB, revelaba que la subida del coste de la vida, mayor en algunas regiones y grandes ciudades,  ha aumentado la pobreza un +37% en la Comunidad de Madrid (+434.000 pobres más) y un +35% en Cataluña (+150.000 pobres más). Y también ha subido la pobreza más de un 10% en  Bilbao, Cádiz, Girona, Santander, Sevilla y Vigo.

Ahora, si la guerra de Ucrania continúa, se espera una alta inflación durante todo el verano, por un alto consumo de energía (seguirán caros los carburantes, al aumentar la demanda por las vacaciones) y, sobre todo, por un alto consumo de alimentos, tanto por los españoles como por los extranjeros: si este verano se superan los turistas de 2019 (28,9 millones), será mucha más gente a comprar y consumir alimentos, lo que mantendrá muy altos sus precios (sobre todo, frutas y carnes). Y después, en otoño, los precios seguirán altos, tanto por la menor oferta de energía (Rusia) como por la esperada subida de los alimentos y materias primas: el Banco Mundial cree que subirán hasta 2024.

Así que si la inflación es un grave problema hoy, lo seguirá siendo el resto del año, aunque el Banco de España cree que la inflación actual (8,7%) bajará un poco, al +7,2% de media en todo 2022. Pero como los salarios y las pensiones suben mucho menos, seguiremos perdiendo poder adquisitivo, sobre todo las familias con menos ingresos. Y lo más preocupante son los precios de los alimentos, que seguirán altos hasta el otoño, agobiando a muchas familias. Por eso, urge tomar medidas, en dos frentes. Por un lado, frenar la escalada de subidas, con controles en los márgenes desde el campo al súper: es algo que debía vigilar el Gobierno, a través de Agricultura, Comercio y la Comisión de la Competencia. Por otro lado, hay que volcarse en ayudar a las familias más desfavorecidas, apoyando a las organizaciones que distribuyen alimentos. Y, sobre todo, ampliando el ingreso mínimo vital, que sigue sin funcionar: lo reciben 461.788 hogares (1.176.000 beneficiados), la cuarta parte de los que lo han solicitado y la mitad de lo prometido (llegar a 2 millones de beneficiados).

En resumen, que a todos nos preocupa la inflación, pero no nos afecta a todos por igual. Y es muy preocupante la subida de los alimentos, porque está muy  generalizada y porque ha disparado la pobreza alimentaria, “las colas del hambre”, una vergüenza para todos que hay que atajar con controles en los precios y ayudas eficaces que lleguen a más familias. Porque en el río revuelto de la inflación, unos ganan mucho y otros pierden mucho.

jueves, 2 de julio de 2015

Menos ahorro, más Bolsa y pocos Planes de pensiones


El ahorro de los españoles sigue cayendo, por los menores ingresos y las cuantiosas deudas. Y casi la mitad de las familias no consiguen ahorrar ni 100 euros al mes. Por eso, son pocos los que consiguen invertir y los que lo hacen salen de los depósitos y se refugian en Fondos de inversión y en la Bolsa, donde tienen su dinero 2 millones de familias: son ya dueños del 26% de las acciones, más del doble que en Europa. Y se invierte poco en Planes de pensiones privados, aunque han crecido por miedo al futuro de las pensiones públicas. El Gobernador del Banco de España ha alentado ese miedo, aconsejando a los jóvenes que ahorren porque “tendrán pensiones más bajas que las actuales”. No se da cuenta que él gana 174.733 euros al año pero los jóvenes sólo ganan entre 400 y 1.200 euros mensuales y la mitad nada, porque están parados. Así no pueden ahorrar ni contratar Planes.
 

enrique ortega


Los españoles no consiguen ahorrar. En 2014, el ahorro volvió a caer, al 9,8% de la renta disponible, según datos del INE, Y es el tercer año consecutivo en que cae el ahorro, a pesar de la pequeña mejora del empleo y la menor rebaja de los salarios. La razón está en que los españoles siguen estando muy endeudados y la pequeña mejora de ingresos va a pagar hipotecas y a recuperar muy moderadamente el consumo, no a “la hucha”. En el primer trimestre de 2015, el ahorro ha subido, pero muy poco, el 1,3% de la renta disponible de las familias, según el INE.

Antes de la crisis, los españoles también ahorraban poco (el 11% de su renta), porque la mayoría gastaba sin temor al futuro o utilizaba su remanente para comprar piso o cambiar de casa. Pero en 2008, cuando vieron las orejas al lobo de la crisis, las familias empezaron a ahorrar contra reloj, para prepararse ante lo peor: el ahorro subió sin parar, hasta un récord del 17,8% de la renta en diciembre de 2009. A partir de ahí, con el aumento del paro (3,8 millones de empleos perdidos), la devaluación de los salarios (del 10 al 20%), la subida de impuestos  y los recortes de ayudas, las familias se vieron obligadas de “tirar de sus ahorros” para sobrevivir y pagar deudas. Y el ahorro no ha parado de caer.

Tras estos años de crisis, hay todavía 5,44 millones de personas sin trabajo (más de la mitad de ellos, sin cobrar un subsidio) y los ingresos de los españoles que trabajan han caído drásticamente. Con ello, el ingreso medio familiar ha caído un 14,7%, pasando de los 31.711 euros anuales de 2008 a los 27.038 euros de gasto medio por hogar en 2014, según el INE. Y con eso, casi la mitad de los hogares no consiguen llegar a fin de mes, según Estadística. Y tras pagar sus deudas (26,6 % de familias tiene pendiente el pago de su hipoteca), la alimentación y los recibos básicos, apenas les queda dinero para ahorrar.

De hecho, un 45% de los españoles consiguen ahorrar como máximo 100 euros al mes, y de ellos, las dos terceras partes no llegan a los 50 euros, según una encuesta realizada por la aseguradora Genwortthun. Otro 37% de familias ahorra entre 100 y 400 euros y sólo el 18% restante consigue ahorrar más de 500 euros al mes. Así, poco pueden invertir. Y más cuando las familias españolas tienen encima la pesada losa de su deuda: deben todavía 736.080 millones de euros (mayo 2015), tras haber devuelto 219.000 millones de deuda desde 2008.

La inversión que ha hecho la mayoría de las familias es comprar su vivienda, que tienen en propiedad el 83 % de los españoles, frente a un 60% en Europa (y un 44% en Alemania). Por eso, el 80% del patrimonio de las familias (unos 153.300 euros de media) está en su vivienda y sólo el 20% está en activos financieros, 1,9 billones de euros invertidos en 2014. Estas inversiones, que han crecido un 19% desde 2008 (por la revalorización de la Bolsa y los fondos), están concentradas en depósitos (42,9%), acciones (23,4%), Fondos de inversión (11,3%), Planes de pensiones (5,5%) y seguros (10,7%), según Inverco.

Los que pueden ahorrar algo e invertir están saliendo de los depósitos bancarios, que han caído en 2014 (por primera vez desde 1997), debido a la bajada de los tipos de interés, que hace que los bancos apenas paguen nada ya por el ahorro. Y se ha trasvasado mucho dinero a los Fondos de inversión (“forzado” por la banca, que busca ingresar más comisiones) y sobre todo a la Bolsa. Las familias españolas han vuelto a invertir en valores y ya son un 11%, unos 2 millones de hogares (y 3,5 millones de personas), los que tienen su dinero en acciones, según la última Encuesta Financiera de las familias (2011), elaborada por el Banco de España. Con ello, las familias son propietarias hoy del 26,2% de las acciones de la Bolsa española, una inversión de 167.000 millones, según un informe de las Bolsas (BME)Con ello, los pequeños inversores son los segundos dueños de la Bolsa, sólo por detrás de los inversores extranjeros (dueños del 43% de las acciones españolas) y bastante por delante de empresas (16% de la Bolsa), fondos (7,8%), bancos (4,3% y el Estado (propietario del 1,9% de las acciones de la Bolsa española). Una presencia muy elevada de las familias en el parquet, que duplica el peso de las familias europeas en sus Bolsas: 11% en Europa (UE-28), Francia y Reino Unido y 9% en Alemania.

Los españoles que más invierten en Bolsa son los hogares con más renta y donde el cabeza de familia tiene más formación (la mayoría son universitarios) y más de 50 años, según la última Encuesta Financiera de las familias (2011), elaborada por el Banco de España. Además, las acciones están muy concentradas en pocas familias (el 10% de los hogares más ricos concentran el 75% de las acciones) y están muy poco diversificadas: la mitad de los pequeños inversores tienen acciones de una sola empresa (el 20% de dos, el 10 de tres y sólo un 20% de más de tres) y en dos tercios de los casos se trata de acciones de un banco, el del inversor (al que le han “colocado” las acciones en su sucursal).

Al margen del perfil, las familias han invertido más en Bolsa por la crisis de la inversión en inmuebles, la baja rentabilidad de los depósitos y atraídas por las subidas de los últimos años y sobre todo por los dividendos, esa rentabilidad extra que se obtiene anualmente por invertir en determinados valores. De hecho, la Bolsa española ha sido líder mundial en rentabilidad por dividendo en 2014: una media del 5,2% frente al 2% (EEUU)-3,80%(GB) en otros países. Y hay muchas empresas del IBEX que ofrecen rentabilidades por dividendo del 6,2 al 3%, una rentabilidad añadida a lo que suban las acciones (aunque Hacienda se lleve el 20%). Eso sí, las familias han de tener cuidado con su inversión en Bolsa, porque la operativa está en manos de los grandes inversores y fondos extranjeros (movieron el 82,2% de la contratación en 2014) y además la Bolsa española, al ser muy pequeña, es muy volátil: pocos inversores, con pocas operaciones, pueden provocar importantes alzas o bajas en los valores. Y el pequeño inversor cuenta con poca información y escaso asesoramiento.

Junto a la Bolsa, los Fondos de inversión llevan varios años creciendo porque a los inversores les atrae poner su dinero en “cestas de valores”, muy diversificadas, pudiendo cambiar de un Fondo a otro sin penalización fiscal, aunque se pagan excesivas comisiones, mayores que en otros países europeos (mientras al invertir en Bolsa se pagan menores). También crece el ahorro que va a los Planes de pensiones, desde 2011, cuando se aprobó la reforma de las pensiones de ZP, que hizo temer a muchos por su pensión futura. Sin embargo, los españoles invierten en Planes de pensiones menos que otros europeos: tienen Planes unos 8 millones de personas (4,6 con Planes individuales y el resto con planes de empresa o de funcionarios, 700.000), un 26% de los españoles en edad de trabajar, frente al 40% de media en Europa. Y crecen muy lentamente, por la caída de ingresos y ahorro. Así, el ahorro total en Planes supone sólo el 10% del PIB español, mientras en Occidente (34 países OCDE) alcanza el 86% de su PIB, según el último Observatorio de Inverco.

Las aseguradoras y los bancos lanzan cada año campañas para promover los Planes de pensiones, mientras el Gobierno Rajoy ha desalentado las aportaciones, al rebajar a 8.000 euros el máximo que se puede ahora aportar con desgravación (hasta 2014, eran 10.000-12.500 euros, según la edad). Recientemente, el gobernador del Banco de España se ha lanzado a hacer campaña” por los fondos privados, al  asegurar en el Congreso de los Diputados que la demografía conduce “a una reducción inexorable de las pensiones a largo plazo (…). El sistema actual no garantiza el nivel de pensiones que esperan los ciudadanos”. Y por si fuera poco, Luis Linde añadió en otro foro que “los jóvenes deben ahorrar porque la pensión será cada vez menor de forma inevitable, debido al declive demográfico”.

Es grave que un alto dirigente de la política económica siembre dudas sobre el futuro de las pensiones, que es preocupante pero que va a depender mucho de la política que se haga en el futuro: se pueden salvar las pensiones futuras si se favorece la natalidad y el empleo, si se amplían los ingresos públicos, con cotizaciones a la economía sumergida y al subempleo y haciendo pagar más impuestos a las grandes fortunas, empresas y multinacionales, para que la Seguridad Social pueda contar con ingresos adicionales. Pero quizás sea más grave y provocador que el consejo a los jóvenes para que ahorren proceda de un directivo público que cobró 174.733 euros de sueldo en 2014, con un aumento del 5,8% (mientras pedía “moderación salarial” a los trabajadores). Quizás por eso no tenga sensibilidad para recordar que los jóvenes españoles ganan  entre 400 y 1.200 euros y que la mayoría (el 51,36%) están parados y sin cobrar nada. Así es difícil que ahorren y se hagan un Plan de pensiones.

Al margen de esta polémica, la realidad es que el ahorro es una asignatura pendiente de España como país. Ya antes de la crisis, los españoles ahorrábamos menos que la mayoría de países europeos (un 11% de la renta disponible frente al 16% de Francia, Alemania o Suiza), porque teníamos menos ingresos y porque los dedicábamos a comprar casa. Y con la crisis, el ahorro ha caído más aquí porque han caído más también empleos y sueldos. Y como ahorramos menos, nos tenemos que endeudar más, desde el Estado y las empresas a las familias: somos el país más endeudado del mundo (debemos 1,78 billones de euros, el 167% de nuestro PIB) y eso nos deja en manos de bancos, inversores y "mercados”. Una losa para consumir, invertir y crecer.

Así que para salir de la crisis, resulta clave recomponer el ahorro, lo que exige crear más empleo, mejorar salarios y rentas, rebajar impuestos a la mayoría (subiéndoselos a una minoría) y mejorar servicios públicos, ayudas  y subvenciones, para que las familias lleguen mejor a fin de mes. Y dar un mejor trato fiscal al ahorro y a la inversión, para no depender tanto del endeudamiento. Y luego, cuando se recomponga el ahorro, deberíamos cambiar de mentalidad: no enterrarlo en comprar un piso, sino vivir más de alquiler y dedicar el ahorro a la formación de nuestros hijos y a preparar la jubilación. No por miedo, porque fallen las pensiones públicas, sino para complementarlas, para envejecer mejor.