El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
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jueves, 19 de marzo de 2026
Dependencia: un derecho pendiente tras 19 años
Mucha gente protesta por los problemas en sanidad, educación,
vivienda o transportes. Pero no hay un clamor social para mejorar la
situación de los mayores dependientes, que esperan años para recibir
ayudas ridículas: hay 258.167 dependientes esperando que les valoren o
recibir una ayuda reconocida. Y como son muy mayores, 32.704 fallecen
cada año sin ser atendidos (90 cada día). Un dato escandaloso,
que refleja los graves problemas de la Dependencia, tras 19 años de
vigencia de la Ley. Problemas causados por la falta de financiación del Estado y
las autonomías, que reaccionan (desigualmente) a la falta de recursos con retrasos
y ayudas “low cost” (264,55 euros mensuales de media a las familias con un
dependiente). Los Directores de Servicios Sociales proponen un Pacto
para gastar el doble en Dependencia y reducir en dos años las
listas de espera, ofreciendo ayudas dignas. Un reto urgente y
necesario, porque aumentarán los dependientes: si ahora hay 3 millones de
personas con más de 80 años, en 2050 serán 6 millones. Ayudémosles.
Enrique Ortega
El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
El gran problema de la Ley de Dependencia, que
entró en vigor el 1 de enero de 2007, es que aprobó derechos para los
dependientes y sus familias pero no aseguró la financiación necesaria
para cumplirlos. Y tras la crisis financiera y de la deuda, los dependientes
sufrieron duramente los recortes impuestos por Bruselas y Rajoy: se
estima que la financiación a la Dependencia se redujo -6.321 millones entre
2012 y 2020, con una baja aportación del Estado central y las autonomías.
En 2021, el Gobierno Sánchez aprobó un Plan de choque para la
Dependencia, aportando 600 millones extras al año en 2021, 2022 y 2023, además
de aumentar los Presupuestos: la inversión del Estado en Dependencia
alcanzó los 3.478 millones en 2024, el triple que en 2014 (1.130
millones). Las autonomías aumentaron algo su aportación, pero varias
aprovecharon el aumento del Estado para aportar menos. Y en 2025, tras dos años
sin Presupuestos, la financiación pública a la Dependencia apenas aumentó: se
destinaron 13.506 millones de euros, el 0,8% del PIB, la mitad del
gasto medio que hacen los paises europeos, según
los Directores de Servicios Sociales (DGSS).
Casi dos tercios de esta financiación pública a la Dependencia
(el 60,5%) procedió en 2025 de las autonomías, mientras el Estado central
aportó el 39,5% restante, aunque la Ley fijaba que el reparto iba a ser 50%/50%
(en 2009, antes de los recortes, el Estado central aportaba el 52,5%). Pero la
mayoría de las autonomías no tienen a la Dependencia como una prioridad
y por eso gastan poco y de forma muy desigual. De hecho, en 2025,
hubo
9 autonomías que recibieron del Estado Central menos recursos
que en 2024 porque incumplieron los compromisos de gestión acordados:
Aragón (-8,3 millones), Castilla y León (-5,8), Madrid (-3,6), Canarias (-2,3),
Castilla la Mancha (-1,3), Cataluña (-1,18), Baleares (-899.000 euros), Asturias
(-363.000 euros) y Murcia (-323.000). Y hay una gran diferencia regional en el gasto
en dependencia por habitante: gastan más que la media (6.015
euros anuales) la Rioja (7.537 euros/habitante), País Vasco
(6.567) y Castilla la Mancha (6.432 euros), mientras están a la cola
del gasto Aragón (4.020 euros/habitante), Asturias (4.045),
Ceuta y Melilla (4.418) Castilla y León (4.418), Madrid (5.821) y Cataluña
(5.918 euros/habitante).
Ante una escasa financiación, mientras crecen los
dependientes (por el envejecimiento de la población), las autonomías
(que gestionan la Dependencia) llevan
casi dos décadas utilizando 2
vías de salida, dos “trucos” para conseguir que el sistema medio
funcione: retrasar la concesión de las ayudas y dar servicios más
baratos (“low cost”) para atender con poco dinero a más dependientes:
en
2025 había 1.677.042 dependientes atendidos
con ayudas, más del doble que en 2011 (752.005). Veamos cómo lo hacen.
Por un lado, retrasan la entrada de nuevos dependientes,
multiplicando
la burocracia en un proceso larguísimo para reconocer las ayudas:
revisión documentos e informes, valoración de cada persona, valoración
provisional, resolución de grado de dependencia (I, II y III, los dependientes
más graves), trámite para proponer una ayuda o servicio, cálculo de los
ingresos y lo que tendrá que pagar el dependiente (copago), resolución y
entrega de los servicios, que aún se retrasan porque los han de prestar los
Ayuntamientos (más demora). En total, la tramitación de un expediente, desde
que se solicita la ayuda hasta que se concede son 341 días de media, según
los Directores de Servicios Sociales, cuando la Ley fija un plazo máximo de
180 días. Y hay una gran desigualdad de plazos por autonomías: tres superan
el año (559 días Murcia, 496 días Andalucía y 430 días Canarias),
mientras sólo 6 autonomías cumplen la Ley (113 días tardan los
expedientes en Castilla y León, 129 en el País Vasco,141 en Aragón, 151 en
Ceuta y Melilla, 165 en Castilla la Mancha y 174 en La Rioja).
Pero los retrasos no acaban ahí. A veces, las autonomías
revisan un expediente ya aprobado, para modificar el grado. En total, a finales
de 2025 había 109.260 expedientes pendientes de valoración, con los
dependientes y sus familias esperando… Y hay otro retraso posterior, también
para reducir el gasto: no dar las ayudas a los dependientes que las tienen
reconocidas: a finales de 2025 había 148.907 dependientes (+6.461 que en
2024) “en lista de espera” para recibir una ayuda o servicio que ya tienen
reconocido. Es lo que se llama “el
limbo” de la Dependencia y afecta al 8,3% de los dependientes
reconocidos, un porcentaje que es mucho mayor en algunas autonomías, las peor
gestionadas: Canarias (28,6% de los dependientes con derecho reconocido
no reciben ayudas ni servicios), País Vasco (15%), Cataluña (13,4%),
Murcia (13,3%), Extremadura (11,9%), Baleares (10,1%) y Ceuta y Melilla (10,6%).
Y que es bajo en Aragón (sólo el 1,3% dependientes en el limbo),
Galicia (1,5%), Cantabria(2,3%), Navarra (3,4%), Asturias (3,9%) y Castilla y León
(4%).
Sumando los expedientes pendientes de valoración (109.260) y
los dependientes reconocidos que esperan la ayuda o servicio (148.907 en el
limbo), da un total de 258.167 dependientes “desatendidos” a finales de 2025,
según
el estudio de los Directores de Servicios Sociales (DGSS). Una cifra que baja
algo cada año pero que se mantiene demasiado alta. Y la peor consecuencia es
que muchos de los dependientes desatendidos son muy mayores (4 de
cada 5 tienen más de 80 años) y se mueren antes de que les reconozcan
las ayudas o se las concedan: el
reciente estudio de DGSS cifra en 32.704 los dependientes que
murieron en 2025 esperando que les valorasen (17.994) o que les llegue la ayuda o
servicio reconocido (otros 14.710 fallecidos). Son 90 muertes diarias, el gran
fracaso del sistema de Dependencia.
El otro camino (junto a los retrasos) que utilizan
las autonomías para afrontar la falta de financiación es conceder
ayudas y servicios baratos (“low cost”) para poder “atender” así a
más dependientes (en las estadísticas). La principal ayuda que conceden son
las prestaciones económicas por cuidados familiares, que reciben ahora
728.851 familias (el 45% de los dependientes atendidos) por cuidar ellos a sus
dependientes en casa. Y la ayuda es ridícula: 262 euros al mes
de media (385 para los Dependientes de Grado III, que necesitan ayuda 24 horas…).
Y encima, hay varias autonomías que pagan mucho menos de media: 171
euros Navarra, 185 Asturias, 200 euros Castilla y León, 203 Cantabria, 221
Aragón, 223 euros mensuales Extremadura. Y la que más paga Galicia, son 377
euros.
La 2ª ayuda más concedida es la
teleasistencia, la más barata, que reciben 628.736 dependientes, el 55%
de los dependientes atendidos en su domicilio (hay autonomías como Madrid
donde el 51% de los dependientes graves son “atendidos” con teleasistencia).
Además de ser “vergonzoso” que la teleasistencia se considere como una “ayuda”,
en 2023 se aprobó un Decreto para que la teleasistencia llegara al 100%
de los dependientes, pero todas las autonomías lo incumplen.
Otro servicio que se concede es la
ayuda a domicilio (71.028 prestaciones), más una ayuda sobre el
papel que real, por su escasa intensidad: la media son 37,5horas al mes,
lo que supone una media de 1,24 horas diarias (2 horas y 15 minutos diarios
para los grandes dependientes…). Y aquí hay también una gran desigualdad en
las autonomías: en Navarra se ofrecen 76,9 horas al mes o 53,5 en Galicia,
mientras sólo se conceden 18,6 horas al mes (37 minutos diarios) en Aragón,
24,8 en el País Vasco o 25,6 en Castilla la Mancha y Cataluña. Y casi
todas las autonomías incumplen las horas mínimas que fijó el Decreto de
2023 (37 horas para Grado I, de 38 a 64 para Grado II y de 65 a 94 para Grado
III).
Seguimos con otros
servicios, los más caros y que menos se conceden. Uno son los centros
de día (que sólo se conceden a 33.701 dependientes). Y el otro, la
atención residencial (la tienen 108.015 dependientes), una ayuda para que
el dependiente vaya a una residencia (si la encuentra: faltan 90.000 plazas). La
ayuda supone entre 549,8 euros al mes (Grado II) y 566,9 euros
(Grado III), subvención que sólo paga un tercio del coste real de la
residencia. Y lo mismo pasa con otras prestaciones por servicio:
la autonomía da una ayuda (un cheque) y las familias “se buscan la vida” para
contratar el servicio con una empresa o cuidadora y paga la diferencia. Son los
famosos “copagos” que pagan las familias. En conjunto, del
coste total de los servicios de la dependencia (11.847 millones en
2025, el resto hasta los 13.506 millones es el coste de gestión), las
familias pagan ya 2.326 millones, casi el 20%.
Como se ve, tras 19 años, el sistema de la dependencia “hace
aguas”: mantiene a muchos dependientes en lista de espera y los que
reciben ayudas, son mínimas y sus familias tienen que buscarse ayuda por
su cuenta (contratar una cuidadora) o dejar de trabajar para
atender a padres, hijos o familiares dependientes (el 72,3% de los
cuidadores familiares son mujeres), lo que trunca sus carreras
profesionales. Por eso, expertos como los Directores de Servicios Sociales
(DGSS) dicen
que la Dependencia “es un derecho pendiente”, que está
sobre el papel (la Ley) pero que no se cumple con eficacia tras 19 años. Y
que a este ritmo, tardaríamos 20 años en acabar con las listas de espera
de la Dependencia.
En diciembre de 2016, los Directores de Servicios Sociales (DGSS) consiguieron que la mayoría del Parlamento (salvo el PP y PNV) firmaran un
Pacto por la Dependencia, para mejorar su financiación y sus resultados.
Pero ha sido papel mojado. En febrero de 2025, el Gobierno aprobó
una reforma de la Ley de Dependencia que está parada en el
Congreso. Esta reforma mejora algunos de los problemas actuales de la
dependencia, según reconocen los expertos de DGSS, pero tiene un problema de
fondo: no asegura más financiación para la Dependencia. Por eso, los
Directores de Servicios Sociales hacen
varias propuestas: duplicar la financiación a la Dependencia
(aportar a medio plazo el 2% del PIB, 32.000 millones frente a los 13.500 millones
de gasto en 2025), simplificar los trámites y la burocracia, mejorar la
calidad y cuantía de las ayudas y servicios, universalizar la teleasistencia,
reformar las residencias y mejorar la economía de los cuidados, con más
personal y mejores salarios.
Además, lanzan otra propuesta: aprovechar que este año 2026
se cumplen los 20 años de la Ley de Dependencia para alcanzar
un nuevo Pacto por la Dependencia, con 5 puntos: aumentar la
aportación del Estado hasta el 50% del coste total, reducir a cero en dos años las listas de espera (el “limbo”
de la Dependencia), aprobar medidas para mejorar la intensidad y la calidad de
los servicios apoyando más a las familias, comprometerse a que no se recortará
la Dependencia y que los cambios se aprobarán por Ley y apostar por una mayor
transparencia, para conseguir una información actualizada y completa, con mayor
seguimiento y control.
En las actuales circunstancias políticas, será difícil conseguir
este Pacto por la Dependencia, pero es una necesidad urgente, porque
la población española envejece y aumentarán año tras
año los mayores dependientes. De hecho, hoy hay 3 millones de personas
con más de 80 años (el 6% de la población), que acabarán necesitando ayuda,
pero en 2050
habrá ya 6 millones con más de 80 años (el 11%) y necesitaremos un
sistema de Dependencia que sea eficaz y no tenga listas de espera ni servicios low
cost. O nos preparamos desde ahora, con financiación,
personal, medios, ayudas y centros de atención (distintos, por favor, a las
siniestras residencias actuales) o la Dependencia será uno de los grandes
dramas de las familias este siglo. Y, sobre todo, una losa para las
mujeres.
El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
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lunes, 12 de febrero de 2018
Dependencia: más beneficiarios "low cost"
Año nuevo, problemas viejos: hay 310.951 dependientes, ancianos y discapacitados, que tienen
reconocida una ayuda, pero no la reciben por falta de recursos públicos. Están en “lista
de espera”, pero muchos morirán
sin recibirla (100 ancianos al día). Y aunque las nuevas autonomías han recortado las listas de espera desde 2015, la mejora tiene “truco”: dan prioridad a
los dependientes “moderados” (más baratos) frente a los graves: de 38.189 dependientes que salieron de las
listas en 2017, sólo 1.567 eran graves. Y otro
“truco”: se opta por darles ayudas baratas, como la tele
asistencia, antes que una residencia. Y todo porque, tras los recortes de 2012,
la Dependencia ha perdido 4.000 millones.
Ahora, el Gobierno Rajoy presume que sube la aportación para 2018
(+63 millones), pero paga por dependiente
un tercio menos que en 2012. Urge un
Plan de choque para acabar con las
listas de espera y asegurar ayudas
dignas a 1.265.000 dependientes. Costaría 2.700 millones extras al año. Hay que sacarlos como sea. Nuestros ancianos lo merecen.
En enero, la Ley de Dependencia cumplió 11 años, con los mismos problemas para financiarse que siempre, aunque las nuevas autonomías, gobernadas mayoritariamente por la izquierda, han hecho un mayor esfuerzo desde 2015. Así, en 2011, cuando Rajoy llegó a la Moncloa, había 752.005 dependientes con ayuda y cuatro años después, en 2015, sólo se habían ganado 44.109 (hasta 796.109 beneficiarios). En los dos últimos años, los beneficiarios han aumentado el triple (+158.722), hasta los 954.831 a finales de 2017, según los datos del IMSERSO. Un avance que no puede esconder el grave problema de la Dependencia, las “listas de espera”: ancianos y discapacitados que tienen oficialmente reconocida una ayuda, pero que no la reciben por falta de recursos públicos para dársela. A finales de 2017, eran todavía 310.120 dependientes en “lista de espera”, 1 de cada 4 dependientes (el 24,5%), un dato escandaloso aunque la lista se haya reducido un 19,3% en los dos últimos años (había 384.326 dependientes “en espera” a finales de 2015).
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| enrique ortega |
En enero, la Ley de Dependencia cumplió 11 años, con los mismos problemas para financiarse que siempre, aunque las nuevas autonomías, gobernadas mayoritariamente por la izquierda, han hecho un mayor esfuerzo desde 2015. Así, en 2011, cuando Rajoy llegó a la Moncloa, había 752.005 dependientes con ayuda y cuatro años después, en 2015, sólo se habían ganado 44.109 (hasta 796.109 beneficiarios). En los dos últimos años, los beneficiarios han aumentado el triple (+158.722), hasta los 954.831 a finales de 2017, según los datos del IMSERSO. Un avance que no puede esconder el grave problema de la Dependencia, las “listas de espera”: ancianos y discapacitados que tienen oficialmente reconocida una ayuda, pero que no la reciben por falta de recursos públicos para dársela. A finales de 2017, eran todavía 310.120 dependientes en “lista de espera”, 1 de cada 4 dependientes (el 24,5%), un dato escandaloso aunque la lista se haya reducido un 19,3% en los dos últimos años (había 384.326 dependientes “en espera” a finales de 2015).
La “lista de espera” de la Dependencia
es grave por dos razones. Una,
porque es muy desigual por autonomías y en
algunas es mucho más escandalosa, como es el caso de Cataluña (el 37,10% de
los dependientes reconocidos no recibe ayuda), Canarias (36,62%), la Rioja
(32,25%), Andalucía (31,81%) y Extremadura (27%), mientras hay
otras donde casi no hay problema, como Castilla y León (sólo el 1,41%
dependientes “en espera”), Ceuta (5%), Melilla (5,28%), Murcia (13,54%) y
Asturias (13,85%). Y la otra, más preocupante, porque la mayoría de los
dependientes tienen más de 80 años (el 54,5%) y muchos se mueren antes
de que les llegue la ayuda que tienen oficialmente reconocida. Así, en 2016, hubo 40.647 dependientes en lista de espera que murieron sin recibir la
ayuda, según los cálculos de los Directores y gerentes de Servicios Sociales. Y en 2017 estiman que
habrán muerto sin recibir la ayuda otros 34.000, una media de 100 dependientes al día de la lista de
espera.
La “lista de espera”
se ha reducido en 38.189 dependientes durante 2017, pero esta reducción tiene “truco”: las autonomías, que
gestionan la Dependencia, han optado por dar prioridad a los dependientes más
moderados (Grado I), que son “más baratos”, para así recortar más
la lista de espera, relegando a los dependientes grandes (Grado III) y severos
(Grado II), que son más caros de atender, según han denunciado los Directores y Gerentes de Servicios Sociales. Las estadísticas del IMSERSO son muy evidentes: de
los 38.189 dependientes que han
salido de las listas de espera, sólo
1.567 son dependientes más graves (Grado III y II) y la casi totalidad
(36.622) son dependientes moderados (Grado I). Así que encima de ser los
ancianos y discapacitados que más necesitan ayuda, son los que tienen menos prioridad al reducir las listas de
espera.
Pero hay otro “truco
más”, este para aumentar los
beneficiarios de las ayudas (+158.722 entre 2016 y 2017): dar
ayudas más baratas a más dependientes, dando prioridad a los servicios más baratos, a los servicios “low cost”. Basta
ver las estadísticas de ayudas del IMSERSO para detectar el aumento de la “tele asistencia”, la
ayuda más barata (cuesta 35 euros al mes): ha pasado del 2,32% de las
ayudas en 2008 al 15,81% en 2017 (y en Andalucía es ya la ayuda que más se da,
al 31,7% de dependientes, al igual que en Madrid, al 22,5%). Y también ha
aumentado el peso de las ayudas
económicas a las familias, para que atiendan al dependiente en casa: por una prestación que va de 442,59 euros al mes a 286 euros y 153 euros, según el
grado de dependencia), las autonomías “se
quitan de encima” el problema de atender a los ancianos y discapacitados
dependientes. Si en 2008 recibían estas
ayudas el 25,85% de los dependientes, en 2017 las recibían ya el 37,72%. Y
suponen más de la mitad de las ayudas totales en Baleares (60% de las ayudas),
Navarra (57%) y Murcia (54%). Además, muchas autonomías han priorizado otro sistema
de ayuda económica, dar un cheque a las
familias para que busquen la ayuda de forma particular (se llama “prestación económica vinculada a servicio”). Es una manera de “privatizar la Dependencia”,
que supone ya el 9,39% de todas las ayudas pero mucho más en algunas
autonomías: Extremadura (39,8%, es la ayuda más utilizada), Castilla y León
(24,80%, la ayuda con más peso también), Canarias (18,64%), Aragón (18,39%) y
Comunidad Valenciana (15,42%).
Mientras, se estancan las ayudas más caras a los dependientes, sobre todo las plazas en una Residencia (el 13,94% de
las ayudas en 2008 y son el 13,34% en 2017) y los
Centros de Día (de ser el 2,90% de las ayudas en 2008 pasaron al 8,46% en
2015 y han bajado al 7,72% en 2017, según los datos del IMSERSO. Eso sí, ha crecido
la ayuda a domicilio (del 12,92% en
2011 al 16,53% de las ayudas en 2017), pero es también una ayuda “barata” y que
muchas veces controla la situación de
los dependientes más que ayudarlos de
verdad.
La “lista de espera”
y las “ayudas low cost” son la forma
que tienen las autonomías de mantener un sistema
de asistencia social que cuenta hoy con
4.000 millones menos de financiación que en 2012, según cálculos de los Directores y Gerentes de Servicios Sociales, tras los recortes
hechos por el Estado central (-2.865 millones) y las autonomías (-1.100
millones). Antes, estos recortes ya supusieron un deterioro del servicio para los
dependientes y sus familias. Así, en 2012, el Gobierno Rajoy dejó fuera a los
dependientes moderados (hasta julio de 2015), dejó de pagar la Seguridad Social
a los 423.000 cuidadores familiares de los dependientes y les bajó su paga
mensual, redujo servicios, simplificó los baremos (de 6 a 3, rebajando así las
ayudas) y subió el copago a las familias. Y las autonomías, que sufrían el
recorte del Estado y sus propios recortes, trataron
de gastar menos a costa de retrasar los expedientes de ayuda, endurecer los
requisitos y revisar “de oficio” (a la baja) las valoraciones ya hechas. Todo,
en perjuicio de los dependientes y sus familias.
El origen del problema
actual de la Dependencia es que el
Estado central se ha ido “desentendiendo”, reduciendo
drásticamente su aportación financiera a la Dependencia: si en 2009
aportaba el 39,2% del coste, en 2016
(último año certificado) sólo aportaba menos de la mitad, el 17%, según el balance de los Directores y Gerentes de Servicios Sociales. Y por eso,
las autonomías han pasado de
financiar el 46,2% de la Dependencia a costear
el 63%, mientras los usuarios
(las familias) han pasado de costear el 14,7% de los servicios a pagar el 20% de la atención recibida
(copagos). Esta situación provoca las protestas de las autonomías, que denuncian
que “el Gobierno Rajoy incumple la Ley de Dependencia”, que establecía que la aportación pública se repartiría al 50% entre Estado Central y autonomías
(en 2016, las autonomías aportaron el 82,6% y el Presupuesto el 17,4%
restante).
La solución al
grave problema de la Dependencia está en que
el Estado central aporte más dinero. Pero Rajoy, que nunca ha creído en la Dependencia (“no es viable”, dijo tres días antes de ganar las elecciones de 2011), no
está por la labor. En diciembre de 2017, el Gobierno aprobó una subida de
la financiación estatal a la Dependencia del 5,31% para 2018, que calificó de
“histórica”, aunque sólo son 63 millones de euros más (ni
siquiera los 100 millones extras pactados con Ciudadanos), frente a los 4.000 recortados antes. Una subida tan mínima que lo
que pagará el Estado central a las autonomías por dependiente en 2018 (190, 84
y 47 euros, según el grado de dependencia) es entre un 28% y un 38% menos de lo que aportaba antes de los recortes de 2012. Y para igualar el resto que pagan
las autonomías (para pagar el 50% del coste público de la dependencia), el Gobierno central tendría que pagar
por dependiente más del doble de lo
que van a pagar este año (418,195 y 104 euros, según el grado), según los cálculos hechos por los Directores y Gerentes de Servicios Sociales.
Así que nada de subida “histórica” a la
Dependencia en 2018: pagan por dependiente un tercio menos que
antes de 2012. Y encima, este pago no se gasta totalmente, porque para
que Hacienda lo abone, la autonomía tiene que pagar su parte al dependiente
(ese 82% del coste que debería ser el 50%). Y como la mayoría de las autonomías tienen problemas financieros, muchas
no pueden poner su parte y los
dependientes se quedan sin ayuda (en la lista de espera). Y la ayuda del
Presupuesto estatal, encima que es poca, se pierde en parte: en 2017, 90 millones (de los 1.260 que iba a
aportar el Estado a la dependencia) se habrán quedado sin gastar, porque las autonomías
no han podido poner su parte. 90 millones que han perdido los dependientes y
sus familias. Otro sinsentido.
Con la subida de
la aportación estatal para 2018, sólo se podrá reducir un 4% la “lista de espera”, que quedará anclada en 300.000 ancianos y
discapacitados. Urge poner en marcha un Plan de choque, para dejar a cero
la “lista de espera”, y una reforma del
sistema de financiación, para asegurar unas ayudas decentes en el futuro. Acabar con las “listas de espera”,
atender a esos 310.000 dependientes, costaría
unos 1.700 millones extras al año hasta 2020, según los Directores y Gerentes de Servicios Sociales. Y harían falta otros 1.000 millones más al año para
recuperar el pago por dependiente de antes de 2012 y hacer frente a los dependientes futuros (se van a duplicar
en 2050, por el aumento del envejecimiento y la esperanza de vida, según
el CSIC). En total, unos 2.700
millones más de gasto al año, no los míseros 100 millones extras vendidos “a
bombo y platillo” en el acuerdo de investidura entre PP y Ciudadanos.
Es un aumento del gasto
asequible, sobre todo si España redujera
el fraude fiscal y recaudara como el resto de países europeos (ingresar como la
media UE supondría recaudar 72.000
millones más cada año, según los datos de la Comisión Europea). Además, supondría gastar en Dependencia 9.800 millones anuales, una factura mucho más
asequible que los 126.000 millones que gastamos en pensiones, los 80.000
millones que gastamos en Sanidad, los 50.000 en Educación o los 18.000 millones
en desempleo. Y además es un gasto “rentable”, porque crea
empleo (se podrían crear 100.000 empleos en una década) y una parte del gasto se recupera en forma de cotizaciones e impuestos. Pero sobre
todo, es “un gasto que les debemos” a nuestros mayores y a los discapacitados.
No puede pasar más
tiempo sin resolver la financiación
de la Dependencia, “el cuarto pilar” del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación
y las pensiones). Pero no parece que el
problema preocupe al Gobierno ni a la “oposición”, sólo a las autonomías y
a las familias de los dependientes. Ha
pasado más de un año desde la firma
en el Congreso, el 14 de diciembre de 2016, de un “Pacto por la dependencia”, apoyado
por todos los grupos políticos, salvo el PP y PNV (por un tema de
competencias), un intento de “blindar” un sistema de financiación estable
a medio plazo. Y aquí estamos en 2018, con la misma penuria financiera, ofreciendo ayudas “low cost” y con 310.000
dependientes en espera, de los que mueren 100 cada día sin recibir la ayuda. Es “un
escándalo social”, una grave injusticia con nuestros ancianos y
discapacitados. Y casi nadie se inmuta.
¡Qué vergüenza¡
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lunes, 30 de enero de 2017
Dependencia: 10 años falta de recursos
La Ley de Dependencia cumplió 10 años en enero, para garantizar la
atención a ancianos y discapacitados.
Y en esta década, 1.600.000 dependientes han solicitado ayudas, aunque hoy sólo
las reciben 859.053, mientras otros 353.990
dependientes con el derecho reconocido están
“a la espera”, por falta de recursos.
La Ley fue un gran avance, pero no aseguró una financiación estable y el Gobierno Rajoy la ha invalidado con sus recortes.
Ahora, las autonomías exigen recibir
más recursos con la futura financiación autonómica, para terminar con las
listas de espera, porque muchos ancianos se mueren antes de que les
lleguen las ayudas. PP y Ciudadanos han pactado 400 millones más al año
para la Dependencia, pero harían falta 2.275
millones anuales extras en esta Legislatura. Y todos los partidos, salvo PP y
PNV, han firmado un Pacto para salvar la Dependencia. Cada vez
habrá más viejos y más dependientes y tenemos que asegurar su cuidado. Por justicia y por puro egoísmo.
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| enrique ortega |
El ex presidente Zapatero no pasará a la Historia por muchas cosas, pero quizás sí por haber sido el promotor de la Ley de Dependencia, la “cuarta pata” del Estado de Bienestar (junto a la sanidad, la educación y las pensiones), que su Gobierno aprobó el 20 de abril de 2006. Con ella, España se sumaba a los pocos países europeos que tienen una Ley para garantizar a los ciudadanos una atención o una ayuda cuando no pueden valerse por sí mismos, ya sea por minusvalías o por la vejez. Austria aprobó una Ley en 1993, Alemania en 1995 y Francia en 1997, mientras los países nórdicos y Holanda lo tienen incluido en sus Leyes de servicios sociales. Y en el resto de Europa, se atiende a los dependientes, pero dentro de la asistencia sanitaria o social, sin una Ley específica que reconozca este derecho. En España, la Ley fue aprobada en noviembre de 2006, por una amplia mayoría en el Congreso (la apoyaron todos los partidos, salvo CiU, PNV y EA, por cuestión de competencias autonómicas) y el apoyo entusiasta de Rajoy, entonces en la oposición: se mostró “muy satisfecho” con la Ley y pidió al Gobierno socialista que dotara a la norma de “recursos presupuestarios suficientes”.
La Ley arrancó el 1 de enero de 2007, hace ahora 10 años, con un
Presupuesto que tenía superávit, porque la economía estaba en años de “vacas gordas”.
Pero con la crisis de 2008 empezaron los problemas y los déficits, para el
Estado y para las autonomías, que son las que gestionan la Dependencia, la
mayoría entonces dirigidas por el PP. Y así Rajoy declaró en noviembre de 2011,
tres días antes de ganar las elecciones: “la Dependencia no es viable”. Y menos que lo iba a ser con su política de recortes, que empezó a aplicar sólo 9 días después de
tomar posesión: dejó fuera del sistema a los dependientes moderados (hasta
julio de 2015), recortó drásticamente la aportación del Estado a la dependencia
(-2.865 millones entre 2012 y 2015) y aprobó
un decreto de cambios profundos para facilitar a las autonomías (la mayoría
gestionadas por el PP) un drástico recorte en el gasto en Dependencia: dejó de
pagar la Seguridad Social a los 423.000 cuidadores familiares de los
dependientes, les bajó un 15% su paga mensual (55 euros sobre 400), redujo
servicios (ayuda a domicilio), simplificó los baremos (de 6 a 3, rebajando así
las ayudas) y subió el copago a las familias.
Las autonomías, que gestionan las ayudas a los
dependientes, se encontraron con menos recursos del Estado central y con
recortes propios (otros 1.000 millones entre 2012 y 2015), por lo que se vieron
obligados a reducir el gasto en Dependencia, apoyados en el decreto del Gobierno
de 2012 y buscando además “vías propias” de recortes, como denunció el Observatorio de la Dependencia. La primera, retrasando los expedientes, tanto el reconocimiento del derecho como la
concesión de ayudas, disparando las “listas de espera” (384.326 dependientes
con derecho reconocido, pero sin recibir ayudas en diciembre de 2015). La
segunda, endureciendo
los requisitos en febrero de 2012, con lo que redujeron el
número de “grandes dependientes (Grado III), los más caros de atender, y
aumentando los “severos” (Grado II) y sobre todo los “moderados” (Grado I), los
más baratos de tender. Y la tercera “vía de “ahorro” ha sido “revisar
de oficio” valoraciones ya hechas: se
llama al dependiente y se le baja el grado (y la ayuda), lo que ha multiplicado
las denuncias de las familias a los Tribunales. Las suelen ganar, pero 2 años
después y muchos ancianos mueren antes.
Después de tanto recorte, el balance de estos 10 años de Ley
de Dependencia sólo puede ser gris: hay 1.619.043 españoles
dependientes que han solicitado ayudas y 1.213.043 a los que se les ha
reconocido el derecho a recibirlas, pero sólo
859.053 dependientes recibían alguna ayuda a 31 de diciembre de 2016, según datos del IMSERSO. O sea que hay 353.990 dependientes “en lista de
espera” (un 28,7%), con el derecho reconocido a una ayuda, pero sin
recibirla. Y eso, además de injusto es muy preocupante porque más de la mitad
de los dependientes tienen más de 80 años (el 54,5%) y pueden morirse
esperando la ayuda. De hecho, 125.000 ancianos dependientes se han muerto
desde 2012 esperando una ayuda que tenían reconocida, según estimaciones de los Directores y Gerentes de Servicios Sociales.
Esta injusta aplicación de la Ley de Dependencia es muy desigual por autonomías. Así, hay 5 regiones donde más de una
tercera parte de los dependientes reconocidos no reciben ayudas: Canarias (45,2% de los dependientes
reconocidos no reciben ayuda), Cataluña (41,7% en lista de espera), Aragón
(37.4%), Castilla la Mancha (36% pendientes) y Andalucía (35,8% dependientes a
la espera). Y en número, más de la mitad de los dependientes reconocidos sin
ayudas están en Andalucía (102.691 dependientes en espera) y Cataluña (90.673).
En el otro extremo, hay otras 5 regiones
donde casi todos los dependientes reconocidos reciben ayudas, donde no hay
casi listas de espera, porque gastan más o lo gestionan mejor: Castilla y León (sólo un 0,6% de
dependientes en espera), Ceuta y Melilla (4,16% pendientes), Madrid (14,5%
pendientes) y Asturias (15,6% dependientes en espera).
Claro que recibir una ayuda tampoco significa que los
dependientes o ancianos estén bien atendidos. Porque muchas autonomías optan
por sistemas de atención baratos y que no les compliquen, la mayoría pagar una pequeña cantidad ( de
153 a 442 euros al mes, según el grado de dependencia) a las familias para que les cuiden (así son el 33,79% de todas las
ayudas) y ofrecer servicios “baratos, como la tele asistencia (15,35% de las ayudas) o las ayudas a domicilio (15,97% de las ayudas). Y son minoría los dependientes que reciben atención en una Residencia (el 14,19%) o en Centros de día (8,02%), la atención
“más cara”. Y en los dos últimos años, hay autonomías que han apostado por “privatizar el servicio”, pagando un cheque a las familias
para que contraten lo que quieran: esta ayuda (“vinculada a servicio) es muy
importante en Castilla y León (22,6% del total de ayudas), Extremadura (38,9%), Aragón
(19,7%), Canarias (15,2%) y Comunidad Valenciana (10,92%).
El problema central de la Dependencia
es la falta de recursos y el desequilibrio en su financiación. La Ley pretendía que las
ayudas públicas se pagaran “a medias”
entre el Estado central y las autonomías, pero los recortes de Rajoy han
llevado a que el Estado cada vez pague menos y las autonomías más, junto a las
familias. Así, si en 2009 el Estado
central financiaba el 39,2% de la dependencia, en 2015 financió sólo el 18,1%, según los Directores y Gerentes de Servicios Sociales. Las
autonomías, que pagaban el 46,2% de
la Dependencia en 2009 pagaron en 2015 el
62%. Y las familias, con el copago
obligatorio de los servicios, financian ya el 19,9% restante, cuando en 2009 sólo pagaban el 14,7%. Así que el
Gobierno Rajoy está incumpliendo la Ley de Dependencia porque de la financiación
pública (sin los copagos), el 77,4% lo
ponen las autonomías y el 22,6% el Estado (no 50/50).
El “escaqueo” del Estado es igual en todas las regiones,
pero luego hay autonomías que gastan más
en Dependencia y que gestionan mejor, con lo que tienen menos dependientes
“en espera”. Pero la mayoría lo hacen mal. De hecho, el Observatorio de la Dependencia sólo aprueba la gestión de 6 autonomías, encabezadas por Castilla y León (8,75 puntos sobre 10),
Andalucía (7,50), País Vasco (6,79), La Rioja (6,07), Castilla la Mancha y
Madrid (5,71 puntos). Y suspende a las
11 autonomías restantes, más Ceuta y Melilla, colocando en el farolillo
rojo de la Dependencia (y desde hace varios años) a la Comunidad Valenciana (nota: 0), Canarias (0,71), Aragón
(0,11), Baleares (2,14), Navarra y Murcia (2,86 puntos sobre 10), malas
regiones para ser hoy un discapacitado o un anciano dependiente en España.
Ahora, cuando la Ley
de Dependencia ha cumplido sus primeros 10 años, es un buen momento para mejorar su aplicación, aumentando
sus recursos. En julio pasado, Ciudadanos
forzó al PP a mejorar la financiación de la Dependencia, dentro de las 150 medidas pactadas para apoyar la presidencia de Rajoy. El
compromiso es aumentar el Presupuesto en 400 millones anuales esta Legislatura. Una cantidad claramente insuficiente, porque las estimaciones de los Directores y
Gerentes de Servicios Sociales son que hacen falta 5.100 millones netos en 4 años para acabar con las listas
de espera y atender a esos 354.000 dependientes con derecho a ayuda y que no la
reciben. Eso supone un gasto extra de 1.275 millones de euros al año, más otros
500 millones anuales que harían falta para recuperar el nivel acordado (lo que Rajoy
suprimió en 2012) y otro tanto para hacer frente al aumento de dependientes,
por el envejecimiento. Hablamos de 2.275
millones extras anuales para la
dependencia en esta Legislatura, empezando por el Presupuesto 2017. Eso
supondría gastar en Dependencia unos 8.800 millones al año, en vez de los 6.589
actuales (2015).
Hace falta un Pacto político para
conseguir más recursos para la Dependencia, sobre la base de las propuestas
planteadas en 2009 por la Comisión de expertos que informó sobre la Ley de Dependencia en el
Congreso: más ingresos fiscales (se
pueden conseguir, porque España ingresa 50.000 millones menos que la media
europea, según Eurostat), posibles recargos
del IVA o cotizaciones sociales adicionales. De momento, la Conferencia de Presidentes autonómicos, el 19 de enero, acordó crear (en un
mes) una Comisión para estudiar la financiación futura de la Dependencia,
reconociendo que este gasto ha de contemplarse
en la reforma del sistema de
financiación autonómica.
Mientras se espera el trabajo de esta Comisión, hay un
nubarrón en el horizonte: la actitud de Rajoy y el PP, que ha sido el
único partido (junto al PNV, pero por cuestión de competencias) que no firmó el Pacto de Estado por la Dependencia, alcanzado entre
todos los grupos políticos en el Congreso el 14 de diciembre, a propuesta de
los Directores y Gerentes de Servicios Sociales, con dos objetivos básicos: revertir
los recortes de 2012 y conseguir un modelo estable de financiación para la
Dependencia. Se trata de destinar unos 8.800
millones anuales a la Dependencia, un gasto mucho menor de lo que nos cuesta
la sanidad (88.000 millones
anuales), la educación (50.000
millones) o las pensiones (120.000
millones). Y, además, un gasto que tiene muchos retornos, en ingresos impositivos y empleo:
actualmente hay 250.000 personas trabajando en la dependencia y se podrían crear otros 100.000 empleos
más, además de ingresos fiscales y cotizaciones, financiando mejor la
Dependencia.
En resumen, tenemos una Ley de Dependencia que asegura
unas ayudas (un “derecho”) que no se
pueden dar por falta de recursos. Y si no se financia mejor, el sistema se
colapsará aún más en el futuro, porque cada vez vivimos más años y habrá en España más ancianos dependientes, que
necesiten cuidados: la estimación del CSIC es que se dupliquen con creces los dependientes,
pasando de los 3 millones actuales (discapacitados y ancianos dependientes) a 7 millones en 2050. Así que hay que
afrontar el problema, liquidando las listas de espera actuales y afianzando
el sistema para que atienda a los dependientes futuros. Por justicia,
para ayudar a los dependientes y sus familias, porque muchos necesitan apoyo
para cuidarlos. Y por puro egoísmo: pronto,
los dependientes podemos ser nosotros.
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jueves, 14 de mayo de 2015
La Dependencia, en la encrucijada electoral
Las ayudas a la Dependencia
(ancianos y jóvenes discapacitados)
dependen, en sus dos terceras partes, de las autonomías, mientras el Estado central aporta cada vez menos y las
familias más. Pero las autonomías gestionadas
por el PP (salvo Castilla y León) se han distinguido por “racanear” con los dependientes, siendo
la mayoría “suspendidas” por los profesionales del sector, sobre todo la Comunidad Valenciana, Murcia, Aragón,
Baleares, Galicia, Cantabria y Madrid. Ahora, con las elecciones del 24 de mayo, esto podría cambiar, porque el PSOE, Ciudadanos, Podemos, IU y UPyD están
a favor de aumentar la financiación a la Dependencia, que ha perdido
beneficiarios en 2014 y en el primer trimestre de 2015. Pero la clave estará en las elecciones generales de
diciembre, porque el futuro de la Dependencia exige un gran pacto político para
asegurar más recursos. Y más cuando en julio deberían empezar a recibir ayudas 315.000 dependientes moderados. En este
año electoral, la Dependencia se la juega.
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| enrique ortega |
Los últimos datos de
la Dependencia siguen siendo preocupantes.
En el primer trimestre de 2015, se
han reducido los dependientes con
ayuda reconocida (-13.536 sobre diciembre) y los que reciben efectivamente ayudas (-2.907, casi mil menos por mes),
según los últimos
datos del IMSERSO. Una bajada que
sigue la tendencia
de 2014, año en que la Dependencia perdió beneficiarios con ayuda
reconocida (-50.623) y también dependientes que reciben ayudas (-8.122 sobre
diciembre de 2013). Y durante esta Legislatura de Rajoy, el
balance de la Dependencia es muy pobre: hay 880.186 dependientes con el derecho reconocido (164.000
beneficiarios menos que en diciembre de 2011) y 742.813 dependientes que reciben ayudas (sólo 4.226 más que al llegar el PP al Gobierno).
En comparación, el gobierno Zapatero duplicó con creces los dependientes
reconocidos (de 442.509 en 2008 a 1.044.528 en 2011) y más que triplicó los dependientes que recibían ayudas (de 228.613 a
738.587).
La Ley
de Dependencia, el cuarto pilar
del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones),
entró en vigor el 1 de enero de 2007.
Y ahora, tras cumplir ocho años, se
encuentra estancada:
hay 1.200.000 españoles que tienen
oficialmente reconocida algún grado de dependencia y sólo 742.813
dependientes reciben alguna ayuda (económica o de servicio), según
el IMSERSO. O sea, que hay más de un
tercio de dependientes sin ayuda (38,1%), según el último
análisis de la Asociación de Directores y Gerentes de Servicios Sociales.
Mientras, el Gobierno
Rajoy presume
que ha bajado la “lista de espera”, los dependientes con derecho reconocido que
no cobran: han bajado de 305.941
dependientes en diciembre de 2011 a 148.002
a finales de marzo de 2015. Eso es cierto, pero también que buena parte de
esta menor lista de espera se debe no a
mejoras de gestión sino a que los dependientes que esperaban se han muerto: 117.000 ancianos que habían solicitado ayudas
han fallecido desde diciembre de 2011, según la Asociación
de Directores y Gerentes de Servicios Sociales. Y no es extraño: un
53,42% de los dependientes que solicitan ayudas tienen más de 80 años. Y hoy por hoy, entre el tiempo que se tarda en reconocer la ayuda
(Rajoy ha subido el plazo de 2 a 2,5 años) y el que se tarda en recibirla efectivamente (se incumple el plazo
legal de 6 meses), el dependiente y su familia pueden
llegar a esperar hasta tres años y
medio o cuatro. Y claro, muchos se mueren por el camino. Así bajan los beneficiarios y las “listas de
espera”.
El origen de la mayoría de problemas de la Dependencia está
en los
recortes, que Rajoy inició a los nueve días de tomar posesión:
empezó dejando
fuera a los dependientes moderados (165.000), primero hasta 2012 y
luego hasta julio de 2015. Luego, en 2012, recortó drásticamente la aportación
del Estado a la Dependencia y aprobó un decreto
con cambios profundos, para facilitar
a las autonomías un drástico recorte en el gasto: dejó de pagar la
cotización a la Seguridad Social a los 423.000 cuidadores familiares de los
dependientes y les bajó un 15% su paga mensual (55 euros sobre 400), redujo
servicios (ayudas a domicilio), simplificó los baremos (de 6 a 3, bajando las
ayudas) y subió el copago de las familias de los dependientes.
El total de medidas ha supuesto un recorte a la Dependencia de 2.236 millones entre 2012 y 2014, un
tercio del presupuesto de 2011, según
la Asociación de Directores y Gerentes de Servicios Sociales. Con ello, el Gobierno Rajoy ha estrangulado financieramente a la Dependencia, ahora más en
manos de las autonomías y las familias: si en 2011, el Estado central financiaba el 40% de la Dependencia, en 2013 ya sólo
financiaba el 13%. Y su vacío lo han tenido que cubrir (sólo en parte) las autonomías (han pasado de financiar
el 50% al 63%) y las familias de los
dependientes (el copago cubría el 10% de la Dependencia en 2011 y en 2013 era ya
del 19%). Los pagos
de las familias de los dependientes han subido un 68% desde 2009,
desde los 960 euros anuales que pagaban a 1613 euros de media en 2013. Y hay
autonomías, como la
valenciana, donde las familias de discapacitados psíquicos han pasado de no pagar nada por una residencia a pagar
1.000 euros al mes.
A pesar del mayor
esfuerzo de las familias y de las autonomías, no han podido cubrir los recortes del Estado central a la Dependencia.
Y por ello, el gasto
por beneficiario ha caído una quinta parte (-20,4%), de 8.648 euros
por dependiente (2009) a 6.879 euros (2013). Al contar con menos recursos
(mientras aumentaban las solicitudes de dependientes), las autonomías (que gestionan la Dependencia) han tenido que “buscarse
la vida” para cuadrar las cuentas, reduciendo
el gasto por varias vías, según
el Observatorio de la Dependencia. La primera, retrasando
los expedientes, tanto el reconocimiento como la concesión de las
ayudas (con la vergüenza de que haya 148.002 dependientes en “lista de espera”,
con derecho reconocido que no reciben ni ayuda ni servicios). La segunda, ser más rígidos a la hora de valorar a los
dependientes: en febrero de 2012 se
endurecieron los requisitos, con lo que han bajado los que tienen gran
dependencia (grado III) y subido los dependientes severos (grado II), que son
“más baratos” (el Estado paga por ellos 82,84 euros/mes frente a 177,86 a los de
grado III). Y la tercera vía de ahorro es revisar
“de oficio” las valoraciones ya hechas: se llama al dependiente y se le
baja el grado, lo que ha multiplicado las denuncias de familias en los
tribunales (las suelen ganar, pero dos años después).
Una cuarta vía de
“ahorro” que usan las autonomías es ofrecer
dinero y no servicios a los dependientes, porque es más barato darle 450
euros a un cuidador familiar (el
40% de los dependientes reciben prestaciones económicas), o incluso la
teleasistencia (12,4% dependientes), que pagarles una residencia (14,5%
dependientes), un centro de día (7,88% dependientes) o enviarles ayuda a
domicilio (14,26%). Y también, algunas autonomías gestionadas por el PP (Extremadura, Castilla y León, Aragón y
Galicia), han optado por la privatización de la ayuda: ofrecer un cheque servicio (de 426 a 715 euros)
para que las familias se busquen por su cuenta una residencia o un servicio
privado.
En todos los casos, las autonomías
han tratado a “atender a más dependientes con menos recursos”, para que salgan
menos mal las estadísticas. Y así, hay 6 autonomías (Andalucía, Aragón,
Baleares, Comunidad Valenciana, Canarias y Murcia) que reconocen que no cumplen
con la Ley y tienen muchos dependientes en lista de espera “por falta de recursos”, según un informe de
2014 del Tribunal
de Cuentas sobre la Dependencia.
El otro gran problema de la Dependencia, junto a los
recortes, son las enormes
diferencias entre autonomías, en unos casos porque tienen más viejos y en otros por
sensibilidad política. El hecho es que hay 6 autonomías con un porcentaje de dependientes reconocidos
en” lista de espera” mayor
que la media nacional (15,6%): Aragón (31% dependientes reconocidos sin ayuda), Murcia
(28,34%), Galicia (25,46%), Andalucía
(22,64%), Comunidad Valenciana (22,18%) y Castilla la Mancha
(19,32%), cinco de las seis gestionadas por el PP. Y enfrente, hay autonomías
sin casi dependientes en “lista de espera”: Castilla y León (0,40%), Madrid (5,3%), Canarias (5,6%),
Asturias (6%) o la Rioja (8,8%).
Además, los profesionales del sector denuncian que hay muchas
diferencias entre autonomías a la hora de valorar el grado de dependencia, por las ayudas y los servicios que ofrecen y el
gasto que hacen en Dependencia: desde los 174 euros por habitante de Cantabria
(153 euros la Rioja, 149 el País Vasco o 140 Castilla León) a los 39 euros por habitante de Canarias (56 de Baleares, 62 de Valencia
o los 84 de Murcia). Y por todo ello, el Observatorio
de la Dependencia (directores y gerentes de servicios sociales) sólo da buena nota a Castilla y León (10 puntos sobre 10), País Vasco (7,5) y Andalucía
(7,1). Aprueban Extremadura (6,7), La Rioja (6,3) y Castilla la Mancha,
Asturias y Navarra (todas con un 5 raspado).
Y suspenden en Dependencia 9 autonomías,
más Ceuta y Melilla: Comunidad Valenciana, Canarias, Ceuta y Melilla (las
cuatro, con 1,7 puntos sobre 10), Aragón (3,3), Baleares (3,8), Galicia, Madrid
y Murcia (las tres, 4,2 puntos), Cantabria y Cataluña (4,6 puntos). Entre
las 11 suspensas, 9 son autonomías gestionadas por el PP.
Por eso, las elecciones
autonómicas del 24 de mayo son claves para el futuro de la Dependencia:
aún con los recortes de Rajoy, hay
autonomías que gestionan mejor que otras la Dependencia. Y cinco
de los partidos con más posibilidades de llegar a los futuros gobiernos
autonómicos (PSOE,
Ciudadanos,
Podemos,
IU
y UPyD), han
apostado en sus programas por dedicar más
recursos y más ayudas a la Dependencia. Incluso en Castilla la Mancha, estos cinco partidos han
firmado un pacto donde se comprometen a revertir los duros recortes
de Cospedal en Dependencia si llegan al gobierno autonómico.
Con ser muy importante
el 24-M, la clave va a estar en
las elecciones generales de
diciembre. Porque si vuelve a ganar el PP, pocas mejoras pueden esperarse: a
Rajoy nunca le gustó la Ley de Dependencia de ZP, llegando a decir
(noviembre 2011) que “no es viable”.
Y ahora sus recortes la han llevado a una
situación límite. El colapso puede ser mayor en julio,
cuando entren
en el sistema los dependientes moderados
(grado I), unos 315.000, a los que también habrá que pagar ayudas y servicios.
Y para los que no
hay Presupuesto: el de 2015 no incluye ni un euro más para ellos,
aunque necesitarán 84 millones extras.
Por todo ello, el propio ministro de Sanidad y Asuntos
Sociales, Alfonso Alonso ha pedido a
todos los grupos parlamentarios “alcanzar a partir de julio un acuerdo que
refuerce la Dependencia como pilar del Estado de Bienestar”. Ojalá
fuera así, aunque suene a “gancho electoral” tras tres años y medio de
recortes. Pero el acuerdo político, a pocos meses de las elecciones generales, no parece
factible. Y sin embargo, urge acordar un
sistema de financiación suficiente y
estable para la Dependencia.
Eso supondría, como propone
el Observatorio de la Dependencia, que
el Estado central duplicara su aportación, de los 1.317 millones actuales
(2015) a 2.634 millones. Y también que
creciera la aportación de las autonomías, para recuperar entre todos los 2.236
millones perdidos desde 2012. Sería un Plan de choque, para ponerse al
día y acabar con las “listas de espera”. Pero cara al futuro, hay que buscar
una financiación estable (40% Estado, 40% autonomías y 20% familias) y suficiente, en base a impuestos, recargos de IVA o cotizaciones
adicionales, medidas propuestas en su día por la Comisión
de expertos que informó al Congreso. Bastaría con recabar entre 8.000 y 10.000 millones anuales para la Dependencia,
bastante más barata que los otros tres
pilares del Estado del Bienestar, las pensiones (120.000 millones), la
Sanidad (88.000 millones) o la Educación (50.000 millones).
Los dependientes y sus familias llevan años lanzando un SOS:
la
situación
es insostenible. Y será peor a
partir de julio, cuando
entren los dependientes moderados. Y aún
peor en el futuro, porque somos un país muy envejecido: en 2050 tendremos 7 millones de dependientes,
según
el CSIC. Hay que afrontar el problema y asegurar la atención futura de los
dependientes. Tienen derecho por Ley y es
un deber que tenemos con nuestros mayores. Una obligación
moral, al margen de las elecciones. ! Atiendan
mejor a los dependientes ¡ .
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