El 13 de febrero de 2020 moría en Valencia el primer paciente contagiado por COVID-19. Han pasado 5 años y la sanidad pública no se recupera del mazazo de la pandemia: estamos mejor que entonces, pero el sistema sanitario apenas ha vuelto a los niveles de 2019, donde ya había problemas de saturación y falta de medios. La espera para ser atendido por el médico de familia (o el pediatra) estaba en 8,81 días en 2024 (Barómetro Sanitario), frente a los 5,8 días de espera media en 2019. Y las listas de espera, aunque han mejorado frente a lo peor de la pandemia, siguen en máximos históricos: 94 días de media para la consulta de un especialista en junio de 2024 (el 2º peor dato desde 2022) y la espera para ser operado estaba en 121 días (9 más que en junio de 2023).
Y eso se traduce en un mayor
o menor desvío a urgencias:
Madrid es la que más atiende (815,3 pacientes por 1000 habitantes),
seguida de Baleares (795), Murcia (743), Aragón y Andalucía (633), frente a
sólo 471 pacientes/1000 en urgencias en Navarra, 533 en Extremadura, 534 en
Canarias o 555 en Castilla y León.
La gestión de la sanidad (y la mayor parte de
su financiación) corresponde a las autonomías. El Gobierno trata
de “ayudar”, facilitando la habilitación de médicos y aumentando las
transferencias, aunque la clave es reformar
el sistema de financiación autonómica, porque hay 6
autonomías a las que el actual sistema “penaliza” (Comunidad
Valenciana, Murcia, Andalucía, Castilla la Mancha , Baleares y Cataluña) y otras
5 a las que “premia” (Cantabria, La Rioja, Extremadura, Aragón y Castilla y
León), según
FEDEA. Cara al futuro, cualquier reforma debe dar más peso en el reparto de
los fondos públicos a factores como la población, el envejecimiento y los
usuarios de la sanidad pública.