Mostrando entradas con la etiqueta populismos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta populismos. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de agosto de 2022

5 libros para entender mejor nuestro mundo

Estamos en vacaciones y puede ser un buen momento para leer. Y no sólo novelas, historia, poesía o cómics. También libros para reflexionar sobre nuestro mundo y entender mejor lo que pasa, algo que tienen en común los 5 libros que les recomiendo para leer este verano. El primero es un análisis riguroso y crítico sobre las consecuencias de la pandemia en las economías y en nuestras vidas, desde Europa y USA a China y los paises en desarrollo. El segundo alerta sobre los peligros de la democracia en el mundo y el auge de las autocracias 3P (populismo, polarización y posverdad). El tercero es una investigación muy documentada sobre el ascenso al poder de Putin y su Estado  “mafioso”. El cuarto trata de analizar por qué triunfan y se hunden los paises. Y el quinto nos alerta sobre la pérdida de la privacidad en la era digital, sobre los gigantes tecnológicos que controlan nuestras vidas. Espero que les interesen y ayuden.

Enrique Ortega

Adam Tooze, un economista británico profesor de Columbia (EEUU), escribió en 2018 Crash, el mejor libro que conozco sobre la crisis financiera de 2008, que ya recomendé en este Blog hace tres veranos. En septiembre pasado publicó El apagón. Cómo el coronavirus sacudió la economía mundial”. Y creo que vuelve a ser el libro fundamental para conocer las grandes decisiones que tomaron los paises y, sobre todo, los cambios que ha provocado el COVID 19 en los distintos paises y en la economía mundial. Imprescindible.

Ya desde el principio, Tooze explica que la llegada del coronavirus puso en evidencia nuestra falta de preparación institucional, lo que llama “irresponsabilidad organizada” frente al virus, propiciado por el deterioro irresponsable del medio ambiente. Y cómo se perdió mucho el tiempo, por la incapacidad de comprender un mundo globalizado donde no hubo un liderazgo concertado. Después detalla el alcance de la crisis, la más grave de la historia reciente, continente a continente. Y cómo los políticos actúan con un intervencionismo del Estado desconocido desde la 2ª Guerra mundial, con ayudas múltiples y no recortes como en 2018, con grandes diferencias entre USA, China y Europa.

Es muy revelador el capítulo que dedica a explicar cómo se han pagado las ayudas y cómo se comportaron los Bancos centrales y los tipos, destacando que esta vez los paises en desarrollo han afrontado mejor la crisis que en 2008. Y analiza con detalle la nueva estrategia de la Unión Europea y su Plan “Next Generation EU”, así como la estrategia de Trump y Biden y el enorme impulso chino a su economía. Es muy interesante su descripción de la carrera de las vacunas, sobre todo en USA, con un general al frente de los investigadores…Y al final, plantea los cambios estructurales que la pandemia va a provocar en la economía, sobre todo un mayor multilateralismo y un adelanto del liderazgo mundial  de China, para 2035.

El segundo libro que recomiendo, La revancha de los poderosos, de Moisés Naím, no es un libro de economía, sino de política, pero resulta clave para entender la delicada situación de la democracia hoy y la encrucijada que afrontan las economías para poder crecer con menos desigualdad. Basten dos datos para entender la alerta que nos lanza este libro: de 195 paises en el mundo, sólo 31 son democracias. Y de los 25 paises más poblados de la tierra, 4 son dictaduras clásicas (China, Egipto, Tailandia y Egipto) y otros 10 son lo que el autor llama “autocracias 3P” (basadas en el populismo, la polarización y la posverdad): Rusia, India, México, Filipinas, Turquía, Irán, más la USA de Trump, el Reino Unido de Johnson y la Italia anterior a Draghi. Y en conjunto, 4.300 millones de personas viven en paises que están sufriendo la autocracia o un giro autocrático.

El libro del venezolano Naím, un analista de la política mundial desde Washington, tiene el mérito de diseccionar a los políticos que llama “autócratas 3P”, aquellos que llegaron al poder (Trump) o siguen en él (Putin, Orban, Erdogan, Bolsonaro…) utilizando el populismo (“contra las élites”), la polarización política (el ansia de revancha”, “ellos y nosotros”) y la posverdad (la utilización de bulos y mentiras para hacer política). Y explica, con ejemplos como tratan de llegar al poder de forma sigilosa para luego desmantelar las instituciones y fortalecer su poder anulando los contrapoderes de las democracias. Resulta muy reveladora su descripción de cómo crean “Estados mafiosos” (la economía y la corrupción al servicio de la política) y cómo utilizan su poder y su dinero para subvertir la democracia en Occidente (Putin). Y explica cómo los autócratas 3P se “globalizan” con los ciberataques.

El libro de Naím es un alegato para que los ciudadanos se defiendan ante los políticos 3P, que avanzan también en Europa, y seamos conscientes de los riesgos para la democracia, un sistema minoritario en el mundo (el 70% de la población vive en autocracias). Para ello propone dar la batalla “a la mentira”, a los Estados mafiosos, a las autocracias que tratan de debilitar a las democracias, a los políticos que buscan el monopolio del poder y a los relatos que suscitan miedo e ira y proponen soluciones simples y extremas. Y, sobre todo, insiste hay que evitar el alejamiento de la política (“la antipolítica”), lo que promueven los autócratas 3P.


El siguiente libro trata de Putin, el autócrata 3P por excelencia, presidente de Rusia desde el año 2000 y… hasta 2036. Los hombres de Putin. Cómo el KGB se apoderó de Rusia y se enfrentó a Occidente” es una exhaustiva investigación de Catherine Belton, corresponsal de Finantial Times en Moscú de 2007 a 2020, que lleva décadas entrevistando a personajes del entorno de Putin y expertos de medio mundo para explicarnos cómo llegó al poder este agente de la KGB en la RDA y cómo ha consolidado un Estado mafioso que amenaza a Occidente.

En la primera parte, el libro explica cómo la KGB, al final de la perestroika de Gorbachov, utilizó la economía y las empresas estatales para montar una red exterior (en Europa y EEUU)  con la que mantener su poder, a la vez que se aliaban con la mafia rusa para controlar dentro el desmantelamiento del Estado y las empresas estatales, generando los oligarcas próximos a Yeltsin. Y el libro analiza el papel de Putin en este entramado, primero en Dresde (RDA) y luego en San Petersburgo, con el apoyo del KGB y la mafia rusa. Después, detalla cómo convencen a Yeltsin de que le nombre su sucesor, el 1 de enero de 1990, pensando que su gente iba a manipularlo. Pero lo que sucedió es que Putin y la KGB desmantelaron a los primeros oligarcas y coparon los recortes de poder económico y político.

Y a partir de ahí, otra parte del libro relata, con múltiples detalles e informaciones, la consolidación en el poder de Putin y sus nuevos oligarcas, potenciando su estructura en el extranjero, con la ayuda de los grandes bancos europeos y norteamericanos. Y cómo Putin, con su Estado mafioso y su economía controlada por el KGB, da el salto para debilitar a Occidente, con campañas de compra de políticos (financian a Trump y a buena parte de los conservadores británicos) y luego ciberataques y campañas de bulos, con el objetivo de convertirse en el nuevo zar de una Rusia ortodoxa y conservadora, que hace frente al liberalismo “degenerado” de las democracias occidentales. Y dedica un capítulo clave a relatar cómo y por qué entra en Ucrania, un eslabón clave de su estrategia global.  Un libro clave para entender cómo Putin ha llegado hasta aquí y que no va a parar


El cuarto libro, “Principios para enfrentarse el nuevo orden mundial. Por qué triunfan y fracasan los paises”, de Ray Dalio, gurú e inversor norteamericano, analiza los ciclos históricos de los últimos 500 años para tratar de explicar el auge y caída de los grandes imperios, saber qué hace que los paises triunfen o fracasen. Para ello, el libro estudia con detalle el auge y caída del imperio holandés, el británico y el norteamericano, tres imperios que tienen en común que impusieron al mundo su moneda (el florín, la libra y el dólar). También analiza otros 6 imperios de los últimos siglos: Alemania, China, Francia, India, Japón y Rusia.

Dalio analiza la evolución de estos imperios y concluye que “la historia se repite”, que todos han tenido una fase de liderazgo, con un crecimiento pacífico y mucha prosperidad, para acabar con una crisis (fruto de la sobre expansión) que les ha llevado a un periodo de declive, en forma de pérdida de poder financiero, conflictos internos, guerras y revoluciones. Hay un gráfico muy interesante donde se ve la curva de evolución de poder de los grandes imperios y cómo unos caen y suben otros (China estuvo presente como potencia mundial desde el año 600 y luego de 1.500 a 1800, superando a Europa). 

Basándose en estos “patrones históricos”, Dalio intenta “ofrecer pistas” sobre cómo puede ser el futuro próximo, con el declive de EEUU y el ascenso de China. Básicamente, la clave del poder y los ciclos entre paises gira sobre 8 grandes factores, que son los que van a condicionar el futuro como han condicionado el pasado: la educación, la competitividad, la innovación y tecnología, la producción económica, la participación en el comercio mundial, la fuerza militar, el poderío como centro financiero y tener una moneda de reserva mundial. China ya está muy avanzada en las 4 primeras y avance imparable en las restantes.


Y vamos al último libro, “Privacidad es poder. Datos, vigilancia y libertad en la era digital”, escrito por la filósofa hispano mejicana Carissa Véliz, profesora de Ética Digital en Oxford. Un descarnado ensayo, recomendado como Libro del año 2021 por The Economist, sobre cómo hemos perdido el control de nuestra información personal en todos los frentes, desde el trabajo a los datos sanitarios y de ocio.

El libro relata paso a paso cómo nos vigilan las grandes tecnológicas, como rastrean y registran nuestra ubicación, nuestras búsquedas, nuestra información biométrica, nuestras compras, nuestras relaciones sociales, nuestros problemas médicos y mucho más. Una información y datos que transforman en dinero y publicidad y que además, aspira a predecir nuestro comportamiento y hasta a poder influir en él. En los primeros capítulos, el libro detalla cómo hemos llegado hasta aquí, con ejemplos relevantes sobre nuestra pérdida de identidad. Y posteriormente, tras plantear que “la industria de las vigilancia” tiene demasiado poder, el libro plantea que debemos “recuperar la privacidad para recuperar nuestras vidas”. Aquí, la autora propone que los políticos frenen el enorme poder de las grandes tecnológicas, algo que están intentando en EEUU y en Europa. Y también da consejos para los internautas, para que consigamos “desconectarnos” y reducir nuestra aportación de datos, algo muy difícil.

Aquí dejo estas  propuestas de lectura. Espero que alguna les interese. ¡Hasta septiembre¡






lunes, 28 de enero de 2019

La desigualdad, una epidemia mundial


Una epidemia recorre el mundo: la escandalosa desigualdad. Con la crisis, y a pesar de la recuperación, los ricos son ahora más ricos y los pobres más pobres, desde la India a EEUU pasando por Europa. Un dato: 26 “megaricos” poseen tanta riqueza como los 3.800 millones de habitantes del mundo más pobres. Y cada vez pagan menos impuestos, con lo que hay millones de personas sin sanidad ni educación, lo que agrava la desigualdad. España es el 4º país con más desigualdad de Europa: el 10% más rico tiene más riqueza que el 90% de españoles. Y esa pobreza se hace crónica, se hereda y supone vivir menos: 7 años menos en Madrid y 10 años menos en Barcelona, según un informe de Intermón Oxfam, que considera  la desigualdad como uno de los mayores retos de la humanidad. No sólo es injusta sino que deteriora la economía y la democracia, favoreciendo los populismos. Urge buscar una sociedad menos desigual, con empleo, educación, impuestos y gastos sociales.

enrique ortega a partir de Tom Wesselmann

El mundo ha salido de la larga crisis de 2008 con mucha más desigualdad, a pesar de la actual recuperación económica. Por un lado, el número de “milmillonarios” (más de 1.000 millones de dólares de patrimonio) se ha duplicado entre 2008 (1.125) y 2018 (2.208) y sus fortunas han crecido (2.500 millones de dólares cada día). Por otro, la reducción de la pobreza se ha ralentizado y todavía hay 3.400 millones de personas que viven con menos de 5,50 dólares al día. Y con ello, la desigualdad se ha agravado y es escandalosa: hay 26 personas en el mundo que acaparan tanta riqueza como 3.800 millones de personas, la mitad más pobre del mundo, según el informe “¿Bienestar público o beneficio privado?”, presentado por Intermón Oxfam en la reciente Cumbre de Davos.

Los ricos son más ricos porque año tras año, con la crisis y la recuperación, acaparan más parte del crecimiento económico mundial, gracias a beneficios o sueldos extraordinarios y a que pagan ahora menos impuestos. En general, los impuestos sobre la riqueza se han rebajado (pagan 4 centavos por dólar), también el impuesto a las empresas (sociedades) y en el impuesto sobre la renta, el tipo marginal (el que se paga por el tramo más elevado de ingresos) ha caído del 62% en 1970 al 38% en 2013 (y al 28% en los paises en desarrollo), según el informe de Intermón Oxfam. Y hay muchos paises, como Reino Unido o Brasil, donde el 10% más rico tributa a un tipo (34% o 21%) más bajo del que paga el 10% más pobre (49% y 32%). Y encima, muchos megaricos tienen sus fortunas en paraísos fiscales: se estima que ocultan 7,6 billones de dólares, eludiendo el pago de 200.000 millones de dólares anuales. En paralelo, los pobres del mundo están fiscalmente muy controlados y pagan más impuestos, porque han aumentado los impuestos indirectos (IVA, carburantes) y las tasas.

La consecuencia de esta elusión de impuestos por los más ricos, en todo el mundo, es un deterioro de los servicios públicos, al caer la recaudación fiscal aunque haya aumentado la riqueza y los beneficios empresariales: 262 millones de niños no pueden ir a la escuela, 10.000 personas mueren por falta de atención sanitaria y las mujeres tienen que hacer 16.400 millones de horas no pagadas para cuidar a sus niños y ancianos. Y encima, la crisis ha aumentado la precariedad laboral y reducido los salarios, con lo que los más pobres tienen peor empleo, menos ingresos y menos servicios públicos, lo que aumenta la desigualdad. Y eso se traduce incluso en más enfermedades y en vivir menos: en India, una mujer de casta baja vive 15 años menos que otra de casta superior; en Londres, un habitante de un barrio pobre vive 6 años menos que uno de un barrio rico; y en Sao Paulo (Brasil), los ricos viven 25 años más de media (79 años) que los pobres (54 años), según el informe de Intermón Oxfam.

La creciente desigualdad en el mundo es especialmente devastadora sobre los niños (educación y mortalidad: un niño pobre en Nepal tiene el triple de posibilidades de morir antes de los 5 años que un niño de familia rica y un tercio de niños pobres no acaban la primaria en los paises en desarrollo) y sobre las mujeres (en EEUU, por ejemplo, los blancos solteros poseen 100 veces más riqueza que las hispanas solteras), que ganan en el mundo un 23% menos que los hombres, tienen los trabajos más precarios y dedican 16.400 millones de horas a cuidar gratis a hijos y ancianos (si una empresa facturara este trabajo femenino, ingresaría 10 billones de dólares anuales, 43 veces la facturación de Apple), mientras la mayoría de los megaricos son hombres (9 de cada 10), según el informe de Intermón Oxfam.

Lo importante, añade el estudio, es que la desigualdad no es algo “natural” e “inevitable”, sino que es el fruto de decisiones económicas y políticas y podría corregirse si el mundo y los Gobiernos tomaran medidas contra la desigualdad, en especial tres: más gasto en sanidad, educación y servicios sociales, financiados con una fiscalidad más justa. El propio Fondo Monetario Internacional (FMI) ha identificado que “el gasto público en servicios de salud, educación y protección social es una de las herramientas más importantes de los Gobiernos para reducir la desigualdad y la pobreza”. Para aumentar ese gasto, los Gobiernos necesitan recaudar más, sobre todo de los más ricos. Y el esfuerzo no es excesivo: si el 1% más rico pagara sólo un 0,5% más de impuestos sobre su riqueza, se mejoraría la atención sanitaria y la supervivencia de 3,3 millones de personas y se escolarizarían 262 millones de niños, según las estimaciones de Intermón Oxfam. Y además, recaudar más y reducir la enorme desigualdad mejoraría el crecimiento y reduciría las tensiones políticas.

España es el 4º país europeo con más desigualdad, tras Bulgaria, Lituania y Letonia, según Eurostat. Basten dos datos: el 1% más rico concentra el 25,1% de la riqueza española, casi lo mismo que el 70% más pobre (32,1% de la riqueza). Y el 10% más rico acapara más riqueza (53,8% del total) que el 90% restante de españoles (46,2% de la riqueza total), según otro informe de Intermón Oxfam titulado “La recuperación económica en manos de una minoría”. Y además, somos el 2º país europeo donde más ha aumentado la desigualdad en la última década, tras Bulgaria: si en 2008, el 10% más rico tenía 9,7 veces los ingresos del 10% más pobre, ahora, ese 10% de españoles más ricos tienen 12,8 veces más, según otro informe de Intermón Oxfam sobre la desigualdad en España, “Desigualdad 1-Igualdad de Oportunidades 0", presentado en Davos.

Los ricos en España se han triplicado (los "megaricos", que declaran más de 30 millones de euros, han pasado de 200 en 2006 a 579 en 2017) y tienen más patrimonio, porque han salido mejor parados de la crisis y de la recuperación: en 2017, por ejemplo, el 1% más rico se llevó 12 de cada 100 euros generados en España, mientras el 50% más pobre se llevó sólo 9 de cada 100, según Intermón Oxfam. En contrapartida, los más pobres han perdido muchos empleos (3,8 millones entre 2007 y 2014) y su trabajo se ha hecho más precario, con más contratos temporales y a tiempo parcial, peor pagados (los salarios han perdido un 6,30% de poder adquisitivo entre 2008 y 2017, según el INE). Y los Gobiernos de ZP y Rajoy aprobaron recortes de 35.000 millones de euros en sanidad, educación, dependencia, vivienda y servicios sociales, que han perjudicado más a los más pobres, mientras los ricos mejoraban, agravando la desigualdad.

La recuperación económica, iniciada en 2014, y el fuerte crecimiento de 2015 a 2017 (el PIB creció más del 3%) no han servido para reducir la desigualdad, que ha aumentado y se ha hecho crónica: España no sólo es más desigual que el resto de Europa sino que aquí es más difícil cambiar de clase social. Somos el 4º país de la OCDE donde es más posible seguir estando entre el 20% de los ricos después de 4 años y donde las posibilidades de seguir en el grupo de los más pobres superan en 10 puntos a la media de la OCDE. No funciona el “ascensor social”, salvo para bajar: en España, 1 de cada 6 hogares que eran clase “media” han pasado a ser clase “baja” entre 2009 y 2014, según un estudio del experto Luis Ayala, publicado por la Fundación Alternativas.

Y en paralelo, junto al aumento de la desigualdad, ha crecido la pobreza: había 12.236.000 españoles “pobres” en 2017, según la estadística europea AROPE, que incluye a las personas que ingresan menos del 60% de la renta media de cada país o sufren privaciones materiales o trabajan pocas horas. Son el 26,6% de los españoles, más de una cuarta parte de la población, un porcentaje mayor a la pobreza de 2008 (23,8%), aunque lleva bajando desde 2015. Una pobreza que también se reparte de manera desigual: se concentra entre los parados (59,1% son pobres), inmigrantes (58,7%), niños (31%), madres solas con niños (47,9% en riesgo de pobreza), trabajadores precarios (un 14,1% de los asalariados con empleo son pobres) y mujeres (6, 4 millones, el 27,1% son pobres), según el informe EAPN.

Otro problema de la desigualdad, y de la pobreza, es que “se heredan”: en España, un hijo de un padre con ingresos altos ganará de adulto un 40% más de sueldo que un hijo de un padre con ingresos bajos. En Dinamarca, Finlandia o Noruega, esta desigualdad de sueldos según el origen de los padres es la mitad: el 20%, según el informe de Intermón Oxfam. Y además, en España, el ascenso social es más difícil: la OCDE estima que hacen falta 4 generaciones (120 años, de abuelo a bisnieto) para que una familia que pertenece al 10% más pobre llegue a tener unos ingresos medios.

En consecuencia, tras la crisis, hay muchos jóvenes que viven peor que sus padres, debido a que España tiene muchos empleos de baja cualificación y en el sector servicios, empleos más precarios y peor pagados, que reducen los ingresos y el nivel de vida de muchos jóvenes. Eso podría corregirse en parte con educación, porque a más cualificación más empleo y mejor pagado. Pero la desigualdad ha provocado también que el sistema educativo español sea ahora más desigual que antes de la crisis: si en 2008, los chicos y chicas del 20% de familias más pobres abandonaban sus estudios sin bachiller o FP superior 3,18 veces más que los chicos y chicas del 20% de hogares con más ingresos, en 2017 abandonaban esos estudios 11 veces más, según el informe de Intermón Oxfam. Y de todos los jóvenes que abandonan sus estudios sin acabar Bachillerato o FP básica, la mitad son de familias que pertenecen al 20% de hogares más pobres.

¿Qué estamos haciendo mal para que la desigualdad crezca en España? Vayamos al origen: los hogares de renta media y baja dependen de 2 fuentes de ingresos, los salarios (menos los impuestos que pagan)  y las transferencias y servicios públicos que reciben. Los ingresos por el trabajo han caído, por el alto paro y la precariedad, también porque España tiene muchos empleos de baja productividad en los servicios. Pero lo peor es que estos bajos ingresos no se compensan bien con los impuestos y las prestaciones públicas.

España desaprovecha el gran potencial que tienen las prestaciones públicas para reducir la desigualdad: somos el 5º país que menos disminuye la desigualdad con las prestaciones y servicios públicos, sólo mejor que Letonia, Bulgaria, Lituania y Estonia, según Eurostat. La media de paises UE-28 reduce con estas prestaciones el 40,3% de la desigualdad, Alemania el 46,8%, Francia el 45%, Suecia el 52,2 % y España sólo reduce el 32% de la desigualdad. Y esto pasa por dos razones. Una, porque España gasta menos en protección social (pensiones, desempleo, rentas mínimas, ayudas a familias, etc.): el gasto social es del 24,3% del PIB , frente al 28,2% en la UE-28, el 29,4% en Alemania, el 29,7% en Italia, el 34,3% en Francia o el 31,6% en Dinamarca. Y la otra, porque España gasta mal, según revela la OCDE: tenemos un sistema de transferencias sociales regresivo, donde los hogares más ricos reciben (proporcionalmente) más transferencias que los más pobres. Y con este sistema de ayudas tan ineficiente, sólo 1 de cada 4 españoles salen de la pobreza, mientras en Dinamarca, Irlanda o Finlandia dejan la pobreza 1 de cada 2 personas.

Otra cosa que España hace mal y fomenta la desigualdad son los impuestos, según el informe de Intermón Oxfam. Por un lado, Hacienda recauda menos que la media europea (81.642 millones menos cada año) y esta caída en la recaudación ha venido acompañada de otra desigualdad: las empresas y los ricos pagan menos impuestos que hace una década y las familias más, por un mayor peso del IRPF y los impuestos indirectos (IVA, carburantes, tasas). El resultado es impactante: el 20% de familias más pobres pagan el 26,8% de su renta en impuestos (directos e indirectos), más que el resto de españoles de clase media y alta (salvo el 10% de españoles más ricos, que pagan en impuestos el 29,1% de sus ingresos, casi como los más pobres), según Intermón Oxfam.

Visto el grave problema de la desigualdad, en el mundo y en España, crecen los expertos que piden solucionarlo con urgencia y no sólo por una cuestión de justicia y equidad. Un argumento de peso es que la desigualdad se traduce en más enfermedades (7 de cada 10 residentes en Madrid diagnosticados de un problema de salud crónico viven en los barrios con menos rentas y una mujer pobre tiene 9 veces más posibilidades de caer en una depresión que un hombre rico) y menos esperanza de vida: los que viven en barrios ricos viven 7 años más que los que viven en barrios pobres en Madrid y 11 años más en Barcelona, según el informe de Intermón Oxfam. Y además, vivir en un barrio pobre dificulta dar el salto social, porque existe una auténtica “segregación urbanística”: Madrid es la ciudad europea con más segregación entre ricos y pobres, según un estudio de 13 ciudades europeas. Y la desigualdad afecta también al “grado de felicidad”: el suspenso en felicidad (concederse menos de un 5 en una escala de 1 a 10) es 5,3 veces mayor entre los obreros no cualificados (8,6%) que entre la clase media y media alta (1,6%), según el CIS.

La creciente desigualdad también es un grave problema económico, como ha indicado la ministra de Economía, Nadia Calviño, al señalarla como “uno de los tres  grandes desequilibrios de nuestra economía, junto al paro y la deuda”. Y eso porque tener un elevado número de españoles pobres y precarios reduce el consumo y el crecimiento (y el empleo), disminuye la recaudación fiscal (el Estado puede gastar menos y aumenta el déficit público) y deteriora las cotizaciones sociales, agravando el déficit de las pensiones. Por eso, la desigualdad preocupa al FMI y a la OCDE, porque “pone en peligro la recuperación”. Pero además, la escandalosa desigualdad pone en peligro la democracia, porque los más pobres y excluidos se desinteresan por la política, no votan o castigan a los partidos tradicionales (Brexit y Trump) y apoyan opciones radicales, populistas o de extrema derecha. El gran riesgo es que la desigualdad extrema pueda dinamitar la sociedad y la democracia. "Es una aberración ética y una fuente de desestabilización", señaló el presidente Pedro Sánchez en la Cumbre de Davos.

¿Qué se puede hacer? Intermón Oxfam ha llevado a la Cumbre de Davos tres recetas infalibles contra la desigualdad: recuperar el empleo y los salarios de antes de la crisis, invertir más en educación, sanidad y protección social (gastándolo mejor) y mejorar la recaudación de impuestos, haciendo que paguen más los ricos y las grandes empresas. En España, la OCDE propone un crecimiento más “inclusivo”, con políticas que persigan más empleo de calidad, mejores salarios, un mayor gasto educativo y sanitario, más apoyo a la familia y a la infancia, fomento de los alquileres públicos y, sobre todo, una reforma fiscal que recaude más impuestos y lo haga de una forma más justa (haciendo pagar a los que más tienen), para ayudar a reducir las desigualdades.

En resumen, la desigualdad es muy preocupante en todo el mundo y no es buena para nadie, ni siquiera para los ricos, porque entorpece la recuperación y deteriora el clima social y político, fomentando el nacionalismo, la xenofobia y los extremismos. Urge una actuación coordinada, contra la desigualdad, en el G-30, el FMI, la OCDE y a nivel europeo. Y también debería ser una prioridad de todos los partidos políticos españoles en este año electoral. Pero a la derecha, apenas les preocupa. Así nos va.


jueves, 1 de diciembre de 2016

Europa, estancada y sin rumbo


Este domingo 4 de diciembre, Europa se la juega otra vez: se celebra un referéndum en Italia y hay elecciones presidenciales en Austria, dos paises donde pueden avanzar la ultraderecha y el populismo, tras el triunfo del Brexit y de Donald Trump. Eso agravaría la situación de Europa, sumida en el estancamiento económico y la falta de rumbo político, dividida entre los que quieren seguir con la austeridad (la Comisión ha pedido más recortes a 8 paises, entre ellos España) y los que defienden un Plan de estímulo de 50.000 euros, una miseria (0,5% del PIB), pero supondría un cambio de rumbo para salir del estancamiento. Y más, con el riesgo de que el paro, la pobreza y la desigualdad en Europa, más la emigración, alimenten el populismo y la extrema derecha en las elecciones que habrá en 2017 en Francia, Holanda, Austria y Alemania. Europa se la juega y España mucho más, porque mucho de nuestro crecimiento y empleo dependen de que la economía europea despegue. Estén atentos.
 
enrique ortega

Europa, y sobre todo la zona euro, llevan más de dos años atrapados en una trampa de bajo crecimiento y baja inflación, con mucho paro, sin inversión y con demasiada pobreza y desigualdad. Es “el estancamiento a la japonesa”, que allí ha durado décadas. Los últimos datos son muy explícitos. Los 19 paises de la zona euro crecieron un 0,3% en el tercer trimestre, con Alemania, Francia y Bélgica creciendo sólo un 0,2%, Italia el 0,3%, Reino Unido el 0,4% y España y Holanda el 0,7%, según Eurostat. El paro está en el 10%, el doble que en EEUU (5,1%) y en los jóvenes se duplica, al 20,3% (42% en Grecia y España). Y como muestra de que la economía “no tira”, la inflación está en el 0,5% (frente al 2% objetivo), a pesar de que el Banco Central Europeo (BCE) sigue con su política de dinero barato y comprando deuda. Y el euro roza los 1,05 dólares, el nivel más bajo desde hace 14 años, una muestra clara de la debilidad europea.

Y lo peor. No es sólo que Europa no crezca apenas y haya casi 21 millones de parados. Es que además, la crisis ha agravado la situación de las familias europeas. Por un lado, se ha reducido la clase media en toda Europa, según acaba de advertir la OIT. Y por otro, hay ya 119 millones de pobres en Europa, un 23,7% de la población que vive con menos del 60% de ingresos que la media, según Eurostat. Y hay pobres en todos los paises, desde el 20% de la población en Alemania, el 23% en Reino Unido, el 28,7& en Italia o el 17,7% en Francia al 28,6% de la población en España, el 35,7% en Grecia, el 37,3% en Rumanía o el 41,3% en Bulgaria. Y de ellos, algo más de un tercio (8,2%) están en pobreza severa, no pueden cubrir sus necesidades básicas: son 41 millones de europeos, 3 millones en España, 4 millones en Alemania y Reino Unido, 5 millones en Rumanía y 7 millones en Italia. Sin olvidar que 25,2 millones de niños y jóvenes europeos (0-17 años) son también pobres, según Eurostat. Y además, en Europa ha aumentado la desigualdad entre ricos y pobres con la crisis.

Esta situación de estancamiento, paro, pobreza y desigualdad explica en buena medida, junto a la emigración, el Brexit británico y alimenta el populismo y la extrema derecha en toda Europa. Por eso son decisivas las dos votaciones que se celebran este domingo 4 de diciembre. Una, en Italia, el referéndum constitucional con el que Renzi busca más poder y que si pierde puede conducir a unas elecciones anticipadas, donde avanzarían los populistas de Beppe Grillo y la extrema derecha de la Liga Norte. La otra, la repetición de las elecciones presidenciales en Austria, donde podría ganar Norbert Hofer, del ultraderechista Partido de la Libertad de Austria (FPO). Y en 2017, si no se corrige el declive económico y político europeo, hay riesgo de que estos movimientos “antieuropeos” triunfen en las elecciones generales de marzo en Holanda (Partido Libertad de Holanda, PVV de Geert Wilders), en las presidenciales francesas de abril (Marine Le Pen, del frente Nacional), en las elecciones generales de septiembre en Alemania (partido Alternativa para Alemania, AfD) o en las generales de octubre en Austria (FPO).

Toda esta incertidumbre política en Europa se suma al daño que ya han causado a la economía y a la política europea el Brexit británico de junio y el reciente triunfo de Donald Trump en  Estados Unidos. A falta de que tome posesión el 20 de enero y empiece a tomar medidas, el triunfo del populista y derechista Trump va a tener dos efectos muy negativos sobre la maltrecha economía europea. Uno, las consecuencias de su proteccionismo comercial. Europa es un continente que crece (poco) gracias en gran parte a las exportaciones, al superávit comercial que consigue tras vender a todo el mundo. Y un 20,7% de esas exportaciones van a Estados Unidos, que amenaza con aranceles (impuestos) y limitaciones a los productos extranjeros. La consecuencia sería un menor crecimiento y menos empleo en Europa (también a España, porque el 4,5 % de las exportaciones van a USA). El otro efecto negativo de la victoria de Trump es que su política de estímulos internos va a aumentar la inflación en EEUU y subirán los tipos de interés, que llevan 8 años en cero. Y eso obligará a Europa, al BCE, a subir también los tipos, si no quiere una fuga de capitales y un desplome del euro. Y con tipos más altos, Europa crecerá aún menos y habrá menos empleo (y España, unos de los paises más endeudados, tendrá más gasto en intereses).

Así que la victoria de Trump, junto al Brexit y el avance de los populismos y la extrema derecha, obligan a Europa a tomar medidas urgentes, antes de que la situación pueda empeorar más en 2017. Mario Draghi, el presidente del BCE, lleva meses repitiendo que él ya no puede hacer más, que el dinero barato y comprar deuda de los paises ya ha agotado su efecto, que hay un exceso de liquidez y sin embargo la economía no despega. Es más: la inflación se ha recuperado, de estar en negativo a subir el 0,5%, pero es un espejismo, porque se debe a la subida del petróleo y los alimentos. Si no fuera por ellos, la inflación “de fondo” estaría en cero o en negativo. Así que la economía está sin pulso. Por eso, el BCE, como antes el FMI, la OCDE y el G-20 llevan meses pidiendo a las autoridades europeas que tomen medidas para reanimar la economía europea, con más gasto y más inversión.

Hace unas semanas, el 19 de noviembre, la Comisión Europea vio por fin “las orejas al lobo”, tras el triunfo de Trump, y su presidente, Jean Claude Juncker propuso que Europa aprobara un Plan de estímulo para la eurozona de 50.000 millones de euros. “No soy un fanático de la austeridad”, aseguró el político conservador, que lleva defendiendo recortes en Europa desde 2010 y que es responsable, junto a otros “fundamentalistas” del déficit, de la segunda recesión en Europa (2011-2013). Parece “un cambio de rumbo”, pero ojo, tardío y muy tímido: supone inyectar muy poco dinero, sólo 50.000 millones (el 0,5% del PIB), 200 veces menos del billón de dólares que ha prometido Trump como Plan de choque para EEUU… Haría falta 10 veces más de dinero, al menos, para inversiones en infraestructuras, tecnología, industrias, medio ambiente y educación, para relanzar la economía europea.

El problema es de dónde sale ese dinero, quien lo paga. Y Alemania, que financia el 17% del presupuesto comunitario, no está por la labor de pagar más. Ni tampoco gastar e invertir más ella por su cuenta, dado que tiene superávit en sus cuentas públicas, como le vienen pidiendo a Merkel el FMI, la OCDE, el BCE, Obama y el G-20. “Nein” (no) han reiterado una y otra vez, en defensa de la austeridad a ultranza en Europa. Por eso, no ven con buenos ojos la propuesta de Juncker de gastar más, aunque sólo sean 50.000 millones. Y han presionado a la Comisión, junto a otros “fundamentalistas” de Bruselas, para que envíe primero una carta (en octubre: verla aquí) y haga después un apercibimiento público (el 16 de noviembre) a 8 paises de la zona euro para que recorten más sus proyectos de Presupuestos para 2017, porque incumplen el déficit exigido por Bruselas. Es una petición oficial de más ajustes a España, Italia, Portugal, Bélgica, Finlandia, Lituania, Eslovenia y Chipre.

¿En qué quedamos: Europa gasta 50.000 millones más o se exige a 8 paises que recorten sus Presupuestos? Son medidas contradictorias, que revelan las diferencias políticas en Europa, aunque siga dominando la austeridad de Alemania y parte de la Comisión. Pero la realidad es muy tozuda y al Brexit se ha sumado la victoria de Trump para enturbiar el futuro de un continente estancado. Los políticos europeos saben que o hacen algo o la economía seguirá estancada, habrá poco empleo, mucho paro y demasiada pobreza y desigualdad. Y si no dan soluciones la derecha neoconservadora y la socialdemocracia desnortada, los europeos se echarán en los brazos de políticos populistas y ultraderechistas, que prometen "soluciones nuevas" para viejos problemas que otros no resuelven. Es lo que ha pasado en Reino Unido y Estados Unidos y lo que puede pasar en Italia, Austria, Holanda e incluso Francia o Alemania, los países clave. Por eso, si la situación se agrava políticamente en 2017, con los efectos de la política de Trump y del Brexit, Merkel, Hollande y Renzi tendrían que forzar un golpe de timón en Bruselas para no ser desalojados del poder.

Pero a Europa no le basta con “parches” como los 50.000 millones de gasto extra que defiende Juncker. Es una gota en un océano. Harían falta al menos 500.000 millones de gasto adicional, en un Plan de choque destinado a inversiones transeuropeas, en infraestructuras, tecnología, digitalización, industria, energía, medio ambiente, formación y ayudas al empleo, para conseguir crecer mucho más, crear más empleo y bajar el paro a la mitad (al 5% de USA). Y ese dinero extra se puede conseguir con nuevos impuestos (tasa Tobin sobre operaciones financieras, impuestos medioambientales) y haciendo que paguen más impuestos los grandes empresas y sobre todo las multinacionales, que apenas pagan en Europa (Apple, el 0,005% de sus beneficios). Y en  paralelo, los paises más ricos y sin déficit, como Alemania, Holanda, Austria y los del norte de Europa, deberían gastar más por su cuenta, además de aumentar salarios, para crecer más y tirar del resto, de la Europa del sur. Es lo que llevan dos años pidiéndoles el FMI, la OCDE, el BCE, el G-20 y Obama.

España se juega mucho a que Europa cambie el rumbo y reanime su economía, a que no sigan los recortes. Primero, porque Bruselas nos pide que recortemos este año y en el Presupuesto para 2017 (8.000 millones de euros, no los 5.500 de los que se hablaba), lo que frenará un crecimiento y un empleo que ya de por sí serán más bajos por la coyuntura internacional (2,3% de crecimiento frente a 3% este año y 400.000 nuevos empleos frente a 480.000). Pero además, lo que pase en el mundo y en Europa afecta mucho a la economía española. Baste decir que más de la mitad de la recuperación económica de 2014 a 2016 ha sido por tres factores externos, no por la política de Rajoy: bajada del precio del petróleo, bajada del euro y de los tipos de interés. Y España es un país muy vulnerable a lo que pase por el mundo y en Europa, porque somos uno de los países más endeudados y dependemos mucho de los mercados y de los tipos de interés (si suben un 1%, los intereses de la deuda, nos cuestan 3.000 millones más, que habrá que recortar de otro lado). Además, dependemos mucho de Europa para exportar (el 72% de nuestras ventas al exterior) y para recibir turistas (el 88% son europeos), dos motores claves de nuestro crecimiento.

Así que atentos a lo que pasa ahora en Europa y como digiere el Brexit y la futura política de Donald Trump. Rajoy y la oposición deberían “hacer piña ante Bruselas”, para forzar un cambio de rumbo, para que los líderes europeos aprueben un ambicioso Plan de reactivación para Europa, del que España sería uno de los paises más beneficiados. Y mientras, en España, deberían aprobar un Plan propio para reanimar también nuestra economía, porque tenemos el doble de paro que Europa y no podemos esperar a ver qué hace Bruselas. La clave es recaudar más, sin subir los impuestos a la mayoría, consiguiendo más ingresos de las grandes empresas, las multinacionales y los más ricos, que pagan menos de lo que deben. Así se podrían recaudar 40.000 millones de euros más al año, según los técnicos de Hacienda (GESTHA). Y con esos mayores recursos, España podría gastar una parte (30.000 millones) en políticas de empleo (ayudas a parados y formación), en salvar las pensiones, en sanidad, educación, dependencia y algunas inversiones en tecnología e infraestructuras, destinando otra parte (10.000 millones) de esos mayores ingresos a reducir el déficit público. Se puede hacer. Es cuestión de voluntad política y de hacer pagar más a algunos muy poderosos.

En resumen, que Europa está estancada y en una encrucijada donde nos jugamos el proyecto europeo y hasta la propia democracia. Y esta es una batalla que afecta mucho a España. Así que estemos atentos a lo que pasa en el próximo año, en Europa y en Estados Unidos, porque de ello va a depender en buena medida nuestro trabajo y nuestro nivel de vida. Y también nuestro futuro como ciudadanos de un continente que no puede perder libertad y bienestar. Europa se la juega y nosotros con ella.