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lunes, 3 de febrero de 2020

El Brexit de nunca acabar


Hace dos días, el 1 de febrero, el Reino Unido dejó de pertenecer a la Unión Europea. Pero todavía quedan meses (y quizás años) para que esta separación de los británicos acabe en divorcio. Ahora falta negociar, antes del 31 de diciembre, su futura relación comercial con los 27: si firman un acuerdo como el que tiene Noruega o como Canadá o hay una nueva prórroga para negociar en 2021 y otra amenaza de Brexit duro. Al final, lo que pretende Boris Johnson es tener una relación comercial estrecha con la UE pero sin obligaciones, a lo que se niegan en Bruselas. Mientras, España es uno de los paises europeos más afectados por la salida de Reino Unido y un posible Brexit duro, sobre todo el sector agroalimentario, el automóvil, el turismo y las inversiones de nuestras grandes empresas, sin olvidar los ciudadanos de ambos paises. La negociación de la futura relación con Reino Unido va para largo y todos saldremos perdiendo con su marcha. Sobre todo ellos.

enrique ortega

Al Reino Unido le costó 15 años ingresar en la Comunidad Económica Europea (1 enero 1973) y llevan tres años y medio intentando salir de la UE, desde el 23 de junio de 2016, cuando una estrecha mayoría (52%) votó en referéndum a favor del Brexit. Los británicos han pospuesto  su marcha, de prórroga en prórroga, hasta que el 31 de enero se ha cumplido la última fecha aprobada por Bruselas y Londres para dejar la UE. Pero el Brexit no ha hecho más que empezar: se ha consumado la salida política (Reino Unido ya no tiene voz ni voto en la UE) pero no la económica: las mercancías, capitales y personas británicas siguen siendo comunitarias, al menos hasta el 31 de diciembre de 2020, fecha marcada para acordar un acuerdo comercial que establezca las futuras relaciones económicas RU-UE.


Esta futura relación comercial del Reino Unido con la Unión Europea podría seguir uno de los tres modelos de relación económica que tiene Europa con terceros paises. Uno, el que se tiene con Noruega, Islandia o Liechtenstein: integrar al Reino Unido en el espacio económico europeo (EEA), una zona de casi libre comercio, a cambio de aceptar los británicos la libre circulación de personas y la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia, además de contribuir en parte a financiar el Presupuesto europeo. La otra opción es firmar un Acuerdo de Libre Comercio, como el que tiene la UE con Canadá o Corea del Sur, menos favorable para los británicos porque incluye aranceles y restricciones. Y hay una tercera vía, menos interesante, firmar un Acuerdo de Asociación como el que tiene la UE con Ucrania. O una variante menos atractiva, la Unión aduanera que tiene la UE con Turquía, Andorra o San Marino.


Al Reino Unido, especialmente a Boris Johnson, no le gusta un acuerdo como el de Noruega porque huye de “compromisos” con Europa. Lo que buscan es un Acuerdo de libre comercio como el que tiene la UE con Canadá, pero con más ventajas si es posible porque ellos son de alguna forma “europeos”. Pero la nueva presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen, ya se lo ha dicho claro: “cuanto mayores sean nuestras diferencias, más distante será nuestra relación comercial”. A lo claro: que si quieres comerciar con pocas trabas con la UE, tienes que jugar con sus reglas en materia laboral, fiscal, medio ambiente o ayudas estatales. Vamos, que no puede aspirar el Reino Unido a disfrutar de libertad de movimiento de mercancías y capitales si no hay libertad de movimientos de personas y si no juegan a lo mismo en materia laboral, fiscal, ambiental o ayudas a sus empresas. Que nada de intentar ser la Singapur de Europa, sin reglas, y competir de forma desleal con la UE.


Dada esta distancia de partida, las negociaciones sobre la relación comercial futura no van a ser fáciles. El 25 de febrero habrá una Cumbre europea para fijar la posición de los 27, para unificar posturas y presentar un bloque firme ante el Reino Unido. Y a partir de ahí, a negociar, con una fecha tope para el acuerdo, impuesta por Boris Johnson: el 31 de diciembre de 2020. “Es poco realista negociar un acuerdo comercial completo en tan solo 11 meses”, ha dicho el negociador comunitario Michel Barnier. Pero lo van a intentar. Lo pactado en el Acuerdo de Salida es que puede haber una prórroga para negociar, de un año más (2021) e incluso dos (2022), pero sólo si lo pide el Reino Unido antes del 1 de julio de 2020. Johnson ya ha dicho que no pedirá otra prórroga, pero el problema lo tendremos en diciembre: si no hay acuerdo sobre la relación futura, sólo quedará darles otra prórroga o un Brexit duro.


El calendario de negociación ha fijado una serie de temas claves para empezar, con la idea de que sirvan de “test” en junio, antes de la fecha clave del 1 de julio, para saber si hará falta una prórroga. El primero, la pesca, la primera línea de esta “batalla comercial”: Bruselas quiere que los barcos europeos tengan “libre acceso” a los recursos de las aguas británicas, una cuestión clave para Francia y España, sobre la que protestan los pescadores británicos mientras su Gobierno pide contrapartidas. Y quieren conseguirlas en el segundo bloque a negociar, los servicios financieros, el otro gran caballo de batalla. Teóricamente, los bancos británicos perderán su pasaporte para seguir operando en el mercado financiero de la UE, pero quieren seguir prestando sus servicios desde Londres, para lo que Bruselas les exige  que operen con la regulación financiera comunitaria. Otros tres temas claves de esta primera fase de la negociación RU-UE son el tratamiento común de las bases de datos, la regulación del transporte por tierra, mar y aire (si no hay acuerdo, Europa restringirá los vuelos británicos) y el suministro de gas y electricidad (sin restricciones ni competencia desleal).


Esto es sólo el principio de la negociación, porque hay miles de cuestiones a acordar,  incluida la regulación de los ciudadanos comunitarios en Reino Unido (3,3 millones) y los británicos en Europa, una cuestión muy polémica. Ambas partes tendrán que respetar sus derechos (de residencia, laborales, sanidad, educación…), un tema que preocupa mucho a los 300.000 españoles que viven y trabajan en Reino Unido y al millón de británicos que viven en España (300.000 de forma permanente). Precisamente, la Cámara de los Lores británica acaba de aprobar que los ciudadanos comunitarios residentes tengan derecho a llevar un documento que acredite su situación legal (2,7 millones de ciudadanos comunitarios ya se han registrado oficialmente como residentes), para evitar problemas. Y otra cuestión clave será Gibraltar y el futuro de la zona fronteriza española (fiscalidad, contrabando, aduana, medio ambiente), que ya se empezó a negociar entre España y el Peñón en enero.


La negociación global será compleja y polémica, también porque en ella se va a inmiscuir Donald Trump, que ha prometido a Boris Johnson una “relación económica especial” entre Estados Unidos y Reino Unido. Y los británicos lo pueden utilizar como arma de negociación: “si no me dais más los europeos, nos echamos en brazos de los norteamericanos”. Y luego está el polémico tema de Irlanda del Norte. El Acuerdo de Salida incluyó que no hubiera frontera entre las dos Irlandas, lo que obliga a que Irlanda del Norte (una parte del Reino Unido, junto a Inglaterra, Gales y Escocia) siga en el mercado único europeo, con una frontera marítima con Reino Unido. Eso significa que Irlanda del Norte estará en la UE y en Reino Unido a la vez, situación que puede permitirle disfrutar “de lo mejor de los dos mundos”, lo que ha llevado a algunas multinacionales instaladas en Irlanda a plantearse trasladar su sede a Irlanda del Norte. De no controlarse esta situación, se agravaría el problema actual de Irlanda, que ya es un paraíso fiscal y comercial dentro de Europa.


Haya o no acuerdo, la relación con el Reino Unido va a cambiar mucho en el futuro. Si se alcanza un acuerdo comercial, lo más probable es que haya ciertas restricciones al libre comercio actual, desde algún tipo de aranceles a cupos o controles por temas sanitarios y fiscales. Y eso provocará “atascos” en las fronteras, al menos en los primeros meses, ya que sólo por el puerto de Dover cruzan 10.000 camiones al día. Y si no hubiera acuerdo ni prórroga (algo impensable hoy, pero nunca se sabe), un Brexit duro sería un drama para todos, porque entrarían en vigor las normas de la Organización Mundial de Comercio y las relaciones comerciales entre europeos y británicos serían como con Brasil, por ejemplo: aranceles (10 o 15% de impuestos a todo), cupos y restricciones. Una crisis.


Aún con acuerdo y Brexit blando, habrá perjuicios en el comercio y los intercambios futuros entre Europa y Reino Unido. Y España será uno de los paises más afectados, el que más de los grandes (más que Francia o Alemania) y el 7º de los europeos, tras Luxemburgo, Irlanda, Holanda, Chipre, Suiza y Malta, según un estudio de S&P. Y eso porque tenemos una relación muy estrecha con los británicos. Por un lado, las inversiones españolas en Reino Unido rondan los 81.000 millones de euros (el 17,2% de toda nuestra inversión fuera), con una fuerte presencia allí de las multinacionales españolas: Telefónica (20.000 millones invertidos), Banco Santander (15.000), Iberdrola (12.000), Ferrovial (5.000 millones invertidos y factura un 45,5% de todos sus ingresos en Reino Unido), Iberia/IAG (5.000 millones y factura allí el 32,7% del total), Banco Sabadell (2.000 millones y obtiene en RU el 24,2% de sus ingresos) Cellnex (2.500), FCC (2.000), Aena (300) o Inditex (100 tiendas).


Por otro lado, el Reino Unido es el 5º mayor cliente comercial de España (tras Francia, Alemania, Italia y Portugal) y le hemos vendido productos por valor de 18.413 millones de euros en 2019 (enero-noviembre), más de los 10.731 millones que les hemos comprado. Hay 90.000 empresas españolas que exportan a Reino Unido y a las que afectará el Brexit, sobre todo a las agroalimentarias, del automóvil, ropa, cerámica, fertilizantes y vino. Y en tercer lugar, los británicos son los turistas que más nos visitan (18 millones al año, el 22% de todos los turistas que llegan a España) y que más gastan (18.000 millones de euros), por lo que el Brexit preocupa mucho a los hoteleros de Canarias, Baleares y el Mediterráneo.


Pero antes de saber cómo nos va a afectar el futuro Brexit (blando, duro o semi), lo seguro es que la salida del Reino Unido de la UE nos va a costar mucho dinero al Presupuesto español, empezando por el de 2021. Y eso porque el año próximo, los británicos dejarán de poner su parte en la financiación comunitaria (10.751 millones anuales) y eso hará que el resto de paises, los 27, aporten más. Se estima que España tendrá que pagar un 17% más al Presupuesto comunitario, unos 1.900 millones más (de 10.170 a casi 12.000 millones en 2021), con lo que nuestro balance con Europa (lo que recibimos menos lo que aportamos) será aún más negativo de lo que ya fue en 2019 (-1.176 millones). Además, al haber un país importante menos a pagar, también se recortará el Presupuesto europeo y con él las ayudas regionales (Fondos FEDER) y al campo (la PAC), con lo que hay un gran riesgo de que España reciba menos fondos europeos a partir de 2021.


Al final, vamos a seguir pendientes del Brexit todo este año por lo menos y lo más probable es que también en 2021. El acuerdo no es fácil y menos si hay interferencias de Trump en la antesala de las elecciones USA de noviembre. El Reino Unido es clave para Europa (es la 2ª economía de la región, con un 15% del PIB europeo y un 13% de su población) y por eso resulta clave mantener una relación económica estrecha, en beneficio de exportadores e inversores (comunitarios y españoles). Pero el Reino Unido no puede chantajear a la UE con la amenaza de un Brexit duro si no les dejamos “operar a su aire”. No es admisible el intento de Boris Johnson de convertir Reino Unido en la Singapur de Europa, una zona económica sin reglas que haga competencia desleal a una Europa que sí se preocupa de cumplir las normas fiscales, laborales y medioambientales. Y el otro riesgo es que los 27 no negocien como un bloque, que el Reino Unido les divida.


Los británicos se van pero tardarán en hacerlo de verdad, quizás 2 años más. Al final, el Brexit “posible” será malo para Europa y más para el Reino Unido, que se ha dado “un tiro en el pie” (que tardarán años en reconocer). Hay que intentar “pasar página” cuanto antes, porque Europa necesita olvidarse del Brexit y afrontar su futuro: asentar su lugar en el mundo, prepararse mejor para una economía global donde sobrevivir y crecer frente a China, Estados Unidos y los paises emergentes de Asia y América. Superar este largo y complicado divorcio con Reino Unido y afrontar un futuro muy complejo.

lunes, 1 de mayo de 2017

Negociación Brexit: España se juega mucho



Este fin de semana, una Cumbre europea ha fijado la postura de los 27 paises UE para negociar con Reino Unido su salida de la Unión Europea. La negociación del  Brexit durará casi dos años, hasta marzo de 2019, y España es el país grande que más se juega, según Standard&Poors. Y eso porque los británicos son 1 de cada 5 turistas que nos visitan, es el tercer país donde más invierte España, nuestro cuarto cliente comercial, el origen de un 20% de beneficios de las empresas del IBEX y donde trabajan 300.000 españoles. El Brexit puede recortar un 0,5% nuestro crecimiento (-5.500 millones) y empleo (-90.000) y afectará más al turismo, automoción, industria agroalimentaria, banca y algunas grandes empresas, sobre todo en Madrid, Cataluña, Murcia, Comunidad Valenciana y Canarias. Por todo ello, el Gobierno Rajoy debe estar muy encima de esta negociación y asegurar que no frena nuestra recuperación. Y debe aprobar un Plan de choque para compensar sus costes. Ojo al Brexit.
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enrique ortega

Ha comenzado la cuenta atrás para que Reino Unido (RU) abandone la Unión Europea (UE), como decidió por un estrecho margen (51,9%) en el referéndum del 26 de junio de 2016. El pistoletazo de salida lo dio la carta enviada por Theresa May a Bruselas, el 29 de marzo de 2017, anunciando que desean abandonar la Unión Europea, donde el Reino Unido lleva desde 1973 (cuando ingresó en la CEE, al tercer intento, tras dos vetos del general de Gaulle). A partir de ahí, el Tratado de Lisboa contempla un plazo de 2 años para materializar esa salida. Y si no se logra un acuerdo para entonces, el 29 de marzo de 2019, el Reino Unido quedaría automáticamente fuera de la UE (salvo que se decidiera por unanimidad seguir negociando). Ahora, los 27 ya han acordado una base común de negociación, que la Comisión Europea debe concretar en un mandato negociador el 22 de mayo, para reunirse después con Londres, a finales de junio, tras las elecciones anticipadas (8 junio) por Theresa May para reforzar su posición negociadora. Y luego, el objetivo es negociar durante año y medio, para tener listo un acuerdo de salida a finales de 2018, porque todavía tendrían que aprobarlo, antes de marzo 2019, los Parlamentos de la UE y Reino Unido.

La negociación será larga y dura y girará sobre 4 temas claves. El primero y fundamental, qué se va a negociar. La posición de los 27 paises europeos es clara: ahora sólo hay que negociar la salida del Reino Unido de la UE. Pero el Gobierno británico quiere negociar a la vez la salida y el futuro acuerdo comercial con la UE, pensando que así “sacará más” que dejándolo para 2019. “El Reino Unido abandona la UE pero no Europa”, insiste Theresa May para apoyar que ambas cuestiones se negocien juntas. Pero Bruselas es tajante: “Brexit es Brexit” y no va a aceptar que Reino Unido elija unas cosas de Europa (libertad de comercio o de capitales) y no otras (libertad de personas, política social y demás reglas comunitarias).

Si se consigue separar ambas cuestiones y dejar la negociación del futuro acuerdo comercial RU-UE para cuando estén fuera (en marzo de 2019), como insiste Bruselas, el segundo escollo será “el pago del divorcio”: Reino Unido tiene que hacer frente a una serie de costes ya comprometidos (futuro pago de pensiones, inversiones y fondos comprometidos), una factura estimada por Bruselas en 60.000 millones de euros y que Londres pretende rebajar a menos de la mitad. Y el tercer tema clave es qué pasa con los 3.300.000 ciudadanos comunitarios que viven en Reino Unido y los 1.200.000 británicos que viven en la UE: que derechos se les garantiza a partir de marzo de 2019. Bruselas teme que Londres utilice a los extranjeros UE como “rehenes” de la negociación, como “escudos humanos” en esta “guerra”.

El cuarto tema clave de la negociación será configurar la transición, en dos periodos muy diferentes. Uno, de aquí a la salida del Reino Uhttp://internacional.elpais.com/internacional/2017/04/27/actualidad/1493285631_032397.htmlnido de la UE (marzo 2019). Londres insiste en pedir facilidades comerciales y financieras para una parte de su industria (automóvil) y sus finanzas (banca y seguros), mientras Bruselas reitera que “Brexit es Brexit” y que no se puede permitir que una parte de la economía británica se beneficie del mercado único (“por la puerta de atrás”) mientras otra parte lo rechaza. Pero si Bruselas rechaza “tratos especiales” para el Reino Unido de aquí a 2019, sí tendrá que negociar una fase de transición para después, cuando haya salido de la UE pero aún no se haya firmado  ningún futuro acuerdo comercial, del estilo del que Bruselas tiene con Noruega, Suiza o Canadá, por ejemplo. Negociar este acuerdo comercial llevará varios años, con lo que habría un largo periodo transitorio, al menos hasta 2022. Y en la negociación de ese acuerdo, Bruselas es tajante: Londres no puede conseguir más ventajas que si estuviera en la UE (sin cargar con los compromisos de estar). Y durante estos dos periodos transitorios (hasta salir de la UE y luego hasta firmar un acuerdo comercial), el Reino Unido tiene que aceptar la autoridad del Tribunal Europeo de Justicia en los posibles litigios, algo que levanta “ampollas” en el gobierno británico.

Al final, si en diciembre de 2018 hay acuerdo y no ruptura, lo negociado tendrá que ser ratificado por el Parlamento europeo y británico, sin vetos de ningún país clave. Y más difícil todavía será alcanzar el acuerdo comercial futuro, porque las posibles concesiones a Reino Unido podrían sufrir el veto de algún país o incluso de alguna región de un país, que argumentarían pérdidas industriales, agrícolas, financieras y comerciales. De momento, en la Unión Europea se perfilan tres bandos ante la negociación con Reino Unido. Uno, el de los partidarios del Brexit duro, liderados por Merkel y apoyados por Francia: Londres se va y fuera no podrá elegir lo que le conviene de Europa, no podrá estar mejor que dentro. España, con Rajoy, lidera la opción del Brexit blando, apoyada por Italia: aboga una “negociación amistosa” y conceder estos dos años un trato privilegiado a Londres, para negociar después un acuerdo comercial preferente. Y en medio están los paises del Este, liderados por Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia, cuya preocupación es el futuro de sus muchos ciudadanos en Reino Unido, la moneda de cambio para suavizar su postura frente a Londres.

España está en el bando de los “blandos” en esta negociación, no por generosidad sino porque tiene mucho que perder y Rajoy piensa que sacará más con un “diálogo amistoso” que con el Brexit duro que defiende Merkel. De hecho, España es el país europeo de los grandes más afectado por el Brexit, según un estudio realizado antes del referéndum por la agencia Standard&Poors: somos el 8º país más expuesto al Brexit (1,5 puntos), tras Irlanda (3,5), Malta (2,9), Luxemburgo (2,4), Chipre (2,3), Suiza (2), Bélgica y Holanda (1,6), mucho más expuesto que Francia (0,8 puntos), Alemania (0,8) o Italia (0,4 puntos).

Y hay varias razones que lo justifican. Una, que la primera industria española, el turismo, depende en gran medida del Reino Unido: en 2016 nos visitaron 17.840.292 británicos, el 23,6% de todos los turistas que llegaron a España (y se gastaron el 20,9% del total). Y si el Brexit frena el crecimiento del Reino Unido y debilita su moneda (la libra ya ha perdido más de un 10%), lo esperable es que se reduzca el turismo británico a España, sobre todo en 2019 y después. Además, España es el tercer país con más inversiones en Reino Unido (unos 60.000 millones), sólo por detrás de Francia (127.000) y Alemania (94.000), inversiones que se verán afectadas por futuros aranceles y cambios normativos. Y en tercer lugar, Reino Unido es el cuarto cliente comercial de España, tras Francia, Alemania e Italia: en 2016 les vendimos productos por 19.153 millones (el 7,5% de nuestras exportaciones). Y es el 5º país al que más compramos: 11.184 millones (4,1% importaciones). Este superávit comercial de España con Reino Unido podría reducirse cuando se aprueben aranceles y controles, tras salir de la UE.

Todo ello se traduce en empresas españolas que tendrán más difícil vender en Reino Unido, sobre todo en el sector del automóvil, alimentación (vino, carnes, frutas y hortalizas), industria farmacéutica o aeronáutica. Y luego están las más de 300 empresas españolas que operan en Reino Unido y que consiguen una buena parte de su facturación y beneficios allí: Ferrovial (34% ventas son en RU), Telefónica (30% facturación), Banco Santander (24% beneficio total procede de RU), Iberdrola (14% de sus ingresos), FCC (10% beneficio), Inditex (101 tiendas), Banco Sabadell (150% negocio), IAG-Iberia… De hecho, se estima que un 21% de los beneficios de las grandes empresas del IBEX se generan en Reino Unido, lo que indica que también está en juego una buena parte de su empleo aquí. Según un informe de la consultora KPGM, a partir de una encuesta a 3.000 grandes empresas españolas, el 45% de ellas dice tener relación económica o comercial con Reino Unido. Y todas están ahora pendientes de cómo va a quedar el Brexit y cómo van a poder operar en el futuro con un país fuera de la UE.

Y aún hay otros frentes de preocupación. El principal, los 300.000 españoles que viven en Reino Unido, ahora preocupados por qué va a ser de ellos en la negociación del Brexit, si se les mantendrán sus actuales derechos o los perderán, con riesgo de ser expulsados. Lo mismo temen el casi millón de británicos que viven en España (300.000 de forma permanente), que además han sido el motor de las ventas de viviendas en la Costa española, ahora en el aire. De hecho, las compras de viviendas por británicos sólo aumentaron un 2% en 2016, cuando en los dos años anteriores crecieron un 43%. Eso sí, también hay expertos que creen que España podría conseguir algo positivo con el Brexit: atraer a empresas y entidades que abandonen Londres cuando Reino Unido salgan de la UE. Pero esto es discutible por dos razones: es dudoso que la mayoría de multinacionales dejen la City y las que lo hagan pensarán en irse a Frankfort o a París antes que a Madrid o Barcelona.

El presidente Rajoy, en su línea, ha pedido “no dramatizar sobre los efectos del Brexit para España”. Pero su Gobierno ha preparado un informe donde se estima que el Brexit recortará el crecimiento de España entre un 0,2 y un 0,4% del PIB (hasta -4.440 millones), lo que se traducirá también en una pérdida de empleo (hasta -90.000). Y hay otras estimaciones que suben el coste hasta el 0,5% del PIB (Instituto de Empresa) o el 0,6% (Ceprede). Lo que parece claro es que el Brexit va a afectar negativamente a las exportaciones, inversiones y ventas españolas en Reino Unido, así como al turismo. Las estimaciones del BBVA indican que el mayor efecto lo sufrirán Murcia, la Comunidad Valenciana y Canarias (por la caída de exportaciones y turismo), junto a Madrid y Cataluña (por bancos y grandes empresas).

Y habrá otras consecuencias negativas, como que España tendrá que aportar más al Presupuesto europeo cuando Reino Unido deje de pagar (10.751 millones de euros netos en 2015): el Gobierno Rajoy estima que tendremos que aportar 888 millones de euros más a Bruselas en 2019, con lo que seremos un país contribuyente neto cuando ahora salimos ganando (+825 millones en 2017). Y Murcia y Melilla podrían perder fondos europeos, con la reconfiguración de 2019. También pueden perder fondos europeos los agricultores españoles, porque la política agraria común (PAC)  tendrá entre 1.200 y 3.100 millones menos para repartir (y una parte de este recorte lo sufrirá España). Otro tema clave será cómo quedan las futuras cuotas de pesca y si los pescadores españoles podrán ir a los caladeros británicos.

Como se ve, lo que pase con el Brexit es clave para España y puede ser un grave obstáculo para la recuperación, el crecimiento y el empleo en los próximos años. Por eso, Gobierno y oposición deberían centrarse en esta negociación, pactar unos acuerdos mínimos y estar muy encima de lo que se discuta entre Bruselas y Londres, porque nos jugamos más que la mayoría. Hay que dejar claras las líneas rojas de España, que no sólo puede ser Gibraltar, sino el futuro de los españoles en Reino Unido, el trato a nuestras empresas e inversiones, los futuros acuerdos comerciales y el papel de España en una Europa a 27. Y en paralelo, aprobar un Plan de choque para paliar los daños del Brexit, centrado en ayudas a los sectores y las regiones más afectadas, buscando alternativas de ventas, inversión y turismo en otros paises. No lo duden: el Brexit debe ser una de las grandes prioridades de España en esta Legislatura. Nos afecta demasiado como para dejarlo en manos de Bruselas.