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jueves, 6 de septiembre de 2018

Otoño gris: atasco político y economía más débil


Los españoles vuelven a la rutina diaria y se encuentran con una economía peor que hace dos meses: Europa apenas crece y en España han pinchado el turismo, las exportaciones, el consumo y el empleo, que tuvo en agosto la mayor caída desde 2008. Y en vez de buscar soluciones, los políticos están más enfrentados que nunca, presionando sin límite a un Gobierno débil. Consecuencia: los problemas se enquistan y parece difícil que el Gobierno Sánchez apruebe un Presupuesto para 2019. Lo malo es que unas elecciones no resolverán  nada, porque no habría mayorías y harán falta acuerdos para afrontar los problemas, como ahora. Y los políticos no están por pactar nada, mientras peligra la recuperación y se avecina un otoño gris para los ciudadanos. Urge poner la economía y los problemas  del país por delante de los intereses de los partidos, como hacen muchos países europeos. Y si no, luego no se quejen de que la gente rechaza a los políticos.


enrique ortega

Tenemos por delante un otoño bastante complicado. La economía, tras 5 años de recuperación, empieza a enfriarse. Primero en Europa, que crece el 0,4% (primer semestre), casi la mitad que hace un año (+0,7%) y que Estados Unidos (crecen al 1%), con Italia y Francia casi estancadas (crecen al 0,2%), la crisis turca y los efectos negativos del Brexit y del proteccionismo comercial de Trump, que han frenado las exportaciones y el crecimiento europeo. Y lo mismo en España, donde los últimos datos confirman que se ha frenado la recuperación: el consumo lleva tres meses cayendo (ventas minoristas y grandes superficies), porque la alta inflación (+2,2%) se ha comido la subida de salarios y pensiones (1,5/1,6%), las exportaciones han “pinchado” (crecen un 2,9% hasta junio, frente al 10% en 2017) y el turismo, el gran motor de la recuperación, se ha desinflado: la llegada de turistas cayó en julio (por primera vez en 8 años), debido a la recuperación de países competidores como Turquía, Túnez y Egipto, así como por los altos precios y la saturación de muchos destinos. Y el petróleo sigue caro (76-78 dólares barril), mientras España se confirma como uno de los países más endeudados del mundo, con un récord histórico de deuda pública en junio: 1.162.000 millones de euros (el 98,8% del PIB), una hipoteca que será una pesada losa en cuanto el BCE suba los tipos de interés, en 2019.

La consecuencia de todos estos datos recientes es que España crece ahora menos (el 0,6% en el segundo trimestre frente al 0,7% los tres anteriores) y, sobre todo, que se crea menos empleo, incluso llevamos dos meses perdiendo ocupados: sólo en agosto se han perdido  203.000 empleos, el peor dato ese mes desde 2008.

Así que volvemos a la rutina diaria con un panorama económico peor, debido a una coyuntura internacional adversa (bajo crecimiento en Europa, petróleo caro, tipos al alza, proteccionismo comercial, crisis en Turquía y Argentina…) y un pinchazo en los tres motores del crecimiento estos años: el consumo, las exportaciones y el turismo. Y por supuesto, siguen ahí este otoño, los problemas de fondo que llevamos años soportando sin buscarles una salida. El más preocupante para la mayoría de españoles, el elevado paro (15,1% frente al 6,8% en la UE-28) y el hecho de que la mitad de los parados lleven más de un año sin trabajar y no cobren ningún subsidio. El “agujero” de las pensiones, que se ha agravado en los últimos meses, tras el acuerdo del Gobierno Rajoy y el PNV para subir un 3% las pensiones mínimas y el 1,6% el resto, un “parche” que ha agravado las cuentas de la Seguridad Social: si en 2017 tuvo un déficit de -18.800 millones de euros, la previsión ahora es que el agujero crezca hasta los -19.500 millones este año y los -22.000 millones en 2019, sin que nadie ponga remedio. Y seguimos con un grave problema de pobreza (afecta al 27,9% de la población, casi 13 millones de españoles, según Eurostat) y desigualdad (el 10% más rico concentra el 53,8% de la riqueza frente al 46,2% que se lleva el 90% restante y somos el tercer país con más desigualdad de Europa, tras Rumanía y Bulgaria). Y tenemos un Estado del Bienestar (sanidad, educación, Dependencia y ayudas sociales) sin recursos.

Estos son los problemas más graves, pero no los únicos. No podemos olvidar la enorme desigualdad entre hombres y mujeres y el grave problema demográfico: tenemos la tasa de natalidad más baja de Europa, perdemos población y cada vez hay más viejos y menos jóvenes para sostener la economía, las pensiones y los impuestos. Para muchos, sobre todo los jóvenes, otro gran problema es la vivienda, donde escasean los alquileres y son cada vez más caros, por la especulación de fondos buitre y el abuso de los pisos turísticos. Y no olvidemos el grave problema  de la energía (la luz ha vuelto a subir un 12,4% en agosto, agravando la subida de los meses anteriores, con lo que pagamos la 3ª luz más cara de Europa), mientras aumentan nuestras emisiones de CO2. Y seguimos sin apostar por la Ciencia, tras haberse perdido 40.000 millones de euros en I+D+i desde 2009, con un gasto en tecnología muy alejado de Europa (el 1,23% del PIB frente al 2,03% en la UE-28). Y como telón de fondo, seguimos con una economía poco productiva (en el puesto 34 del mundo, según el Foro Económico Mundial), debido al escaso peso de la industria, al bajo valor añadido de nuestras exportaciones, al pequeño tamaño de nuestras empresas, a la escasa digitalización de la economía y a la baja formación de nuestros trabajadores.

Todos estos son problemas reales, de fondo, que llevan ahí sin afrontarse años y hasta décadas. Y que se agravan ahora si  la economía y el empleo crecen menos. Lo normal sería que los políticos, ante estos problemas que afectan a los ciudadanos, volvieran al trabajo pensando en solucionarlos, buscando acuerdos, como hacen partidos muy diferentes en Europa (el último ejemplo, el gobierno de coalición en Alemania). Pero no, volvemos de vacaciones con un panorama político “de bronca perpetua”, con los partidos más enfrentados que nunca: el PP y Ciudadanos forzando elecciones a cualquier precio, los nacionalistas catalanes a lo suyo y chantajeando al Estado y Podemos presionando para imponer salidas extremas, todos dejando sólo a un Gobierno débil, que aguanta tratando de tomar medidas escaparate que le hagan avanzar en las encuestas. Y mientras, los parados, los pobres, la sanidad o los jóvenes sin casa, esperando en vano. Y con dos problemas más que se enquistan y donde los políticos tampoco pactan soluciones: los refugiados (hasta finales de agosto, han llegado a España por mar 28.579 inmigrantes, casi el triple que en 2017) y la crisis política en Cataluña, que afecta muy seriamente a la economía (son el 19% del PIB español) y al futuro de nuestra democracia.

Un buen instrumento para tomar medidas sería pactar un Presupuesto para 2019, que tratara de afrontar los problemas más urgentes, con más recursos. Pero no parece que el Gobierno Sánchez consiga aprobarlo y todo apunta a que tendrá que volver a prorrogar el Presupuesto 2018. El mayor escollo es que PP ni Ciudadanos rechazan aprobar un nuevo techo de gasto para 2019, mientras los nacionalistas y Podemos presionan con no aprobarlo mientras no consigan otras contrapartidas a cambio. Y así se produce un contrasentido que nadie entiende en Europa: Bruselas nos ha autorizado a gastar 6.000 millones más en 2019 pero la mayoría de los partidos españoles lo boicotean, por puro interés político, aunque este mayor gasto permitiría mejorar el Estado del Bienestar (2.500 millones irían a las autonomías, para gastar más en sanidad, educación y Dependencia), mejorar las pensiones (2.500 millones irían a subirlas) y hacer algunas inversiones necesarias (1.000 millones restantes), en empleo, pobreza, Ciencia, carreteras, industrialización, infraestructuras y digitalización.

Pero no, no se va a permitir al Gobierno Sánchez a que gaste esos 6.000 millones más que tanta falta hacen. Sólo para forzarle a que convoque elecciones. Mientras, el Gobierno trata de ganar tiempo, buscando anular la Ley de estabilidad que aprobó el PP en 2012 para que el Senado (donde tienen mayoría) bloquee el mayor gasto. Algo que se puede retrasar a noviembre o más (hasta 6 meses o más, al vetar PP y Ciudadanos que se debata como Ley urgente), con lo que no habría Presupuesto hasta abril o mayo de 2019, si Sánchez consigue aprobarlo con el apoyo de Podemos y los nacionalistas, algo muy difícil. Y mientras, tendrá que prorrogar el actual Presupuesto 2018 (de Rajoy). O convocar elecciones.

Haya o no Presupuesto 2019, la clave es que la economía española necesita que se tomen medidas, para reanimar el crecimiento y el empleo. Y esas medidas exigen acuerdos y dinero, dos temas casi imposibles. Acuerdos que nadie quiere pactar, solo elecciones cuanto antes. Algo que no soluciona nada, porque si hay elecciones, ningún partido tendrá la mayoría y tendrán que intentar pactar. Como ahora, pero perdiendo medio o un año más, lo que agravará los problemas. Y entonces, cuando los partidos comprendan que hay que pactar acuerdos, saltará el tema de fondo: hará falta más dinero. Porque los grandes problemas económicos, desde el paro a las pensiones, la pobreza o la sanidad y la educación exigen contar con más recursos, tras 6 años de duros recortes. Y eso obliga, esté quien esté en el Gobierno, a recaudar más, a subir algunos impuestos. Sí o sí.

Y no se trata de un tema ideológico, sino práctico. España tiene muchas necesidades pendientes (la más urgente, un ambicioso Plan de empleo), que no se pueden afrontar con unos recursos públicos tan limitados. El problema de fondo, del que casi nadie habla, es que España recauda mucho menos que el resto de Europa: en 2017, España recaudó el 37,9% del PIB, frente al 44,9% que recaudó la UE-28, el 45,8% que recaudaron los países euro y la alta recaudación de Francia (59,3% del PIB), Italia (46,6%), Alemania (42,5%) e incluso Reino Unido (39,1%), según los datos de Eurostat. Eso significa que si España recaudara impuestos como los demás países europeos, ingresaríamos 81.456 millones más cada año. Con ello podríamos hacer frente a las necesidades más urgentes (empleo, pensiones, pobreza, sanidad, educación, dependencia, vivienda, tecnología, digitalización…) y además reduciríamos el déficit público (que sigue siendo el mayor de Europa).

En definitiva, afrontar los graves problemas económicos de fondo exige tener más recursos y se pueden conseguir, sólo con que España recaude como el resto de Europa. Eso no significa subir todos los impuestos, sino equiparar la recaudación con Europa, sobre todo en sociedades, IVA, impuestos especiales y algo en IRPF. En sociedades, el impuesto que pagan las empresas, se recaudó en 2017 menos de la mitad que en 2007 (24.511 millones frente a 51.642), a pesar de que los beneficios empresariales son mayores. Eso se explica porque las grandes empresas pagaron en 2016 el 6,14% de sus beneficios, aunque el tipo de sociedades es el 25%, gracias a un rosario de exenciones. Y las multinacionales no pagan ni eso. Hay además mucho fraude en IVA y demasiados productos con tipos reducidos. Los carburantes, el tabaco y el alcohol pagan menos impuestos que en Europa y España ingresa 5.000 millones menos que la UE en impuestos medioambientales. Y 20.000 millones menos en el IRPF, por el exceso de deducciones (2.000 millones en planes de pensiones) y porque las rentas altas pagan menos que en Europa. Sobre todo las rentas del capital, los que reciben dividendos e intereses, que sólo pagan un 23% máximo de IRPF.Y tenemos más fraude fiscal en general.

Así que hay que recaudar más porque se puede y se necesita. Es una urgencia económica, que no afectará al 90% de los españoles, que pagarán igual o menos. Hace falta una reforma fiscal completa y justa. Pero tanto PP como Ciudadanos y los nacionalistas no quieren oír hablar de subir impuestos. Es un tema ideológico, porque muchos expertos económicos defienden que España recaude como el resto de Europa. Pero ellos defienden los intereses de los poderosos, de grandes empresas, bancos, multinacionales, rentistas y grandes fortunas, que son los que tendrían que pagar más, no la mayoría de nosotros.

Este debate se va a producir en los próximos meses, de cara a la propuesta de Presupuestos 2019 del Gobierno Sánchez, que está pensando en subir los impuestos al gasoil, a las operaciones financieras (Tasa Tobin), a los gigantes de Internet (tasa Google) y a los que ganan más de 150.000 euros (ojo: son solo 91.408 españoles), para recaudar unos 8.500 millones más que tanta falta hacen para crear empleo, paliar la pobreza, mejorar las pensiones, reforzar la educación, la sanidad y la dependencia o construir viviendas para alquiler. PP y Ciudadanos rechazan cualquier subida y prometen incluso bajar impuestos (a los más ricos), con lo que si ganan las elecciones, habrá menos recursos y se podrá gastar menos en lo que hace falta. Este es el gran debate, de los Presupuestos 2019 y de las próximas elecciones.

En definitiva, que retomamos el curso político con una economía más débil, con “vientos en contra” que vienen de fuera y agravan los problemas que ya teníamos, desde el paro a las pensiones, la educación o la vivienda. Y en vez de afrontar los problemas con decisión, seguimos perdiendo el tiempo en vanas peleas políticas: llevamos casi 3 años sin tomar decisiones sobre los problemas económicos de fondo, desde octubre de 2015, cuando Rajoy convocó las elecciones de diciembre de 2015, repetidas en junio de 2016. Y ahora, todo apunta a unos meses más de “bronca política”, sin medidas económicas  importantes, hasta unas elecciones que no van a resolver nada. Y mientras, los españoles de a pié vemos que los problemas siguen ahí, agobiándonos, sin poder hacer nada más que enfadarnos o esperar a votar. No me extraña que cada vez haya más personas decepcionadas de la política.

lunes, 28 de mayo de 2018

El petróleo frena la recuperación


El petróleo ha sido clave para ayudar a la economía española a salir de la crisis, al caer su precio de 114 dólares en 2014 a 46 en 2015 y 28 dólares en 2016. Pero el petróleo sube desde el verano y ha superado los 80 dólares, mientras también cae el euro, con lo que el coste del barril se ha encarecido un 18% desde enero. El viernes, el crudo bajó a 76,50 dólares, ante el anuncio de Rusia y la OPEP de que podrían subir la producción, por temor a un colapso del mercado ante la crisis de Venezuela e Irán. Pero el petróleo seguirá caro y corre peligro la recuperación mundial y más en España, uno de los países más dependientes del crudo importado. El Gobierno estima que si sigue caro, la economía crecerá este año un 0,7% menos y se crearán 150.000 empleos menos. Porque suben los carburantes y la inflación, baja el consumo y suben los costes de las empresas y el país. Urge tomar medidas para reanimar la economía ahora que soplan vientos en contra desde fuera: petróleo, tipos de interés, proteccionismo, crisis en Italia, bajo crecimiento Europa... Y más con la inesperada crisis política en España. No vale esperar y ver. Pero no está el patio político para pensar en la economía.
enrique ortega

El mundo tiene una gran dependencia del petróleo y su precio agrava o mejora los ciclos económicos. En 2008, tras la crisis financiera en EEUU, el petróleo se contagió de los temores mundiales y saltó a 146 dólares el barril, el máximo histórico reciente, agravando la recesión. Luego, ante las medidas para reanimar las economías, suavizó su precio, por debajo de los 80 euros en 2009 y 2010. A partir de ahí volvió a subir, en torno a los 110 dólares en 2011 y 2014. Y tras marcar otro máximo en junio de 2014, 114,81 dólares por barril, empezó una bajada durante año y medio, a 46,59 dólares en enero de 2015 y 27,88 euros, el mínimo histórico reciente, en enero de 2016. Una caída del precio del 75% en año y medio, que ayudó decisivamente a la recuperación de la economía mundial, y, sobre todo, de España (junto a la bajada de tipos y del euro, no por la política de Rajoy, como dice).

El petróleo se mantuvo estable, en torno a los 50 euros, otro año y medio, todo 2016 y la primera mitad de 2017. Pero el verano pasado comenzó a subir y cerró el año en 66,7 dólares. Y la subida ha seguido este año 2018, sobre todo en mayo, cuando el día 17 superó los 80 dólares por barril, el precio más alto desde hacía tres años y medio (noviembre de 2014). Luego se mantuvo por encima de los 79 dólares, hasta que el viernes 25 bajó a 76,50 dólares barril, tras el anuncio de la OPEP y Rusia de que estudiaban producir más petróleo, "para evitar un shock del mercado", ante la crisis de producción en Venezuela e Irán. Aún con esta bajada, que podría continuar esta semana, el petróleo cuesta un 15,05% más que en enero. Y si añadimos que el petróleo hay que pagarlo en dólares y que el billete verde también ha subido (un 2,90% frente al euro desde enero), el barril nos cuesta ya un 18% más que en enero.

¿Por qué ha subido tanto el petróleo? El último detonante ha sido Donald Trump, al denunciar en mayo el acuerdo nuclear con Irán y anunciar nuevas sanciones, entre ellas la prohibición de comprarles petróleo. Irán es el 5º productor mundial (produce 3,82 millones de barriles al día) y, tras el acuerdo con Obama de 2015, estaba exportando entre 500.000 y 1,5 millones de barriles al día: la mitad podrían no llegar ahora al mercado mundial. Otro problema geopolítico que resta barriles es Venezuela (el 10º productor mundial, con 1,44 millones de barriles al día), con serios problemas de bombeo que le suponen producir 500.000 barriles diarios menos. Y también ayuda a recortar la producción mundial de crudo la tensión política en Yemen (con terroristas pro-iraníes que amenazan las instalaciones petrolíferas de Arabia Saudita), Libia (ha recuperado su producción de 1 millón de barriles al día, pero es un país muy inestable) y Angola (el 9º productor mundial), con serios problemas de bombeo que le han hecho perder 300.000 barriles al día desde finales de 2017.

Estos distintos problemas geopolíticos han agravado un problema anterior: el recorte de producción acordado por la OPEP y Rusia en 2016 y 2017. El 30 de noviembre de 2016, los 14 países de la OPEP (liderados por Arabia Saudita, el 3º productor mundial, tras EEUU y Rusia) y Rusia (el 2º) acordaron recortar la producción de crudo en 1,8 millones de barriles día desde enero de 2017. En mayo de 2017 extendieron el acuerdo y el 29 de noviembre de 2017, se sumaron a este acuerdo de la OPEP y Rusia otros 10 países productores no OPEP, entre ellos México, Nigeria y Libia, acordando extender ese recorte de la producción (-1,8 millones barriles/día) a todo el año 2018. Y lo están cumpliendo.

Así que el problema de fondo, más que la crisis con Irán o Venezuela, es que la oferta de petróleo se ha recortado drásticamente en el último año, mientras, a la vez, aumenta la demanda de crudo, un 5% en los últimos tres años, por el tirón de la recuperación. Y se prevé que la demanda crezca más este año 2018, superando los 100 millones de barriles al día, por primera vez en la historia reciente, según la Agencia Internacional de la Energía (AEI). Y además, los países y las empresas se encuentran con bajas reservas de crudo, con lo que el déficit oferta/demanda tira al alza de los precios. Y lo seguirá haciendo en los próximos meses, con lo que varios expertos auguran un petróleo a 100 dólares en 2019. La clave estará en lo que decidan la OPEP y Rusia en su Cumbre del 22 de junio, donde podrían "suavizar" sus recortes actuales y producir algo más en la 2ª mitad de 2018, porque tienen miedo "que el mercado colapse" por la caída de producción en Venezuela y las nuevas sanciones a Irán. 

Llegue a 100 dólares o se quede en torno a los 75 dólares,  el petróleo costará este año más de lo previsto (entre el 10 y el 15% más) y eso afecta muy negativamente a toda la economía mundial, a Europa y muy especialmente a España, porque somos uno de los países con mayor dependencia del petróleo importado. Así, España importa el 71,9% de toda la energía que consume, frente al 53,6% de media en la UE-28, el 35,3% de Reino Unido, el 47,1% de Francia, el 63,5% de Alemania y el 77,5% de Italia, según los últimos datos de Eurostat (2016). Y si nos centramos en la dependencia del petróleo, España importa el 99,2%, frente al 86,7% de media europea, el 33,9% de Reino Unido, el 91% de Italia, el 96,4% de Alemania y el 97,5% de Francia: somos el 2º país europeo más dependiente del petróleo, tras Grecia (importa el 99,6%).

Esta enorme dependencia del petróleo importado hace que España sea muy sensible a los vaivenes de precios. Y si entre 2014 y 2017 nos ahorramos 13.000 millones en la factura del petróleo (un regalo del 1,3% de crecimiento extra del PIB), ahora nos tocará pagar más: la factura del petróleo (que costó 30.326 millones de euros en 2017) podría subir hasta 9.000 millones más en 2018, si los precios siguen como hasta ahora. Y esta factura la pagaremos todos, sobre todo las empresas (más costes) y los ciudadanos (carburantes más caros y una subida generalizada de precios).

Las primeras consecuencias del petróleo caro ya las estamos sufriendo en los carburantes, que suben desde marzo. La gasolina roza los 1,40 euros por litro (1,38 euros la semana pasada), el máximo desde hace tres años. Y el gasóleo ronda los 1,30 euros por litro (1,28 la semana pasada), el precio más alto desde diciembre de 2014. Con ello, llenar un depósito cuesta ahora entre 5 y 8 euros más que hace unos años, un dinero que las familias no podrán gastar en otra cosa. Y la subida del petróleo, si se mantiene, también subirán los precios del transporte (sobre todo, los billetes de avión), el comercio (sobre todo online, por encarecerse las entregas), la industria y los alimentos, haciendo subir el IPC (en vez del 1,6% podría acabar el año por encima del 2%), con lo que salarios y pensiones perderían poder adquisitivo. Y a las empresas les subirán los costes, con lo que se reducirán sus beneficios, salvo que recorten otros costes (salarios) o frenen inversiones y empleo.

La subida del petróleo encarece costes y precios y la consecuencia es que las familias consumen menos y las empresas venden e invierten menos, con lo que se reduce el crecimiento y el empleo. El propio Gobierno ha estimado que si el petróleo sigue en torno a los 80 dólares barril, la economía española crecería este año un 0,7% menos de lo previsto (2% en vez de 2,7%) y se crearían 150.000 empleos menos (unos 300.000). Y eso en un escenario “moderado”, sin “sustos” en Irán, Corea del Norte o Venezuela. Además, con menos crecimiento, habrá menos recaudación y no se podrá recortar tanto el déficit público. Y con menos empleo, habrá poco aumento de cotizaciones para pagar las pensiones.

Pero no sólo el petróleo juega en contra de la recuperación. Otra amenaza es la subida de los tipos de interés en Europa, que está a la vuelta de la esquina tras varios años de tipos 0 que han ayudado a España (uno de los países más endeudados del mundo) a salir de la crisis. Ahora, si el petróleo dispara la inflación, EEUU volverá a subir los tipos (quizás en junio, tras subirlos 6 veces desde diciembre 2015) y el BCE podría adelantar la subida prevista para dentro de un año, lo que supondría otro frenazo en el crecimiento, sobre todo para España (encarecería los intereses de la deuda pública y los créditos de empresas y familias). Una subida del 1,25% en el precio del dinero podría reducir el crecimiento del PIB un 1% a medio plazo, lo que supondría crear otros 125.000 empleos menos al año.

Y también juega en contra de España la debilidad de la recuperación en Europa, donde Alemania creció sólo un 0,3% en el primer trimestre (la mitad que en los anteriores) y Francia un 0,3% (también la mitad), mientras Reino Unido sufre ya las consecuencias del Brexit (con un exiguo crecimiento del 0,1%) e Italia (+03% crecimiento) está paralizada por su política interna y el extraño Gobierno que han formado, que ya encarece su deuda (y la de España), con peligro de detonar otra crisis del euro. Y todo ello puede frenar las exportaciones españolas, que ya han caído en marzo (-2,4%), afectadas por la atonía europea y el aumento del proteccionismo en el mundo (promovido por Trump). Y recordemos que las exportaciones han sido otro de los motores de la recuperación en España, junto al petróleo y los tipos.

Así que el problema no es sólo que suba el petróleo sino que lo hace cuando empiezan a subir los tipos de interés, se frena la economía europea y crecen las tensiones comerciales que dificultan las exportaciones. O sea, que los vientos que nos han favorecido estos años, “soplando a favor de la recuperación, soplan ahora de frente”, en contra. Y por si no fuera suficiente, estalla la crisis política en España, a raíz de la sentencia del caso Gürtel y la moción de censura presentada por el PSOE, que provocan una enorme incertidumbre económica, otra amenaza (interna) para la recuperación.

Antes de este "shock político", el Gobierno Rajoy no hacía caso al cambio en los "vientos exteriores" y seguía con su política favorita: “esperar y ver”. Pero habría que tomar medidas porque la subida del petróleo y el resto de la incertidumbre económica internacional nos afectan muy directamente, recortando el crecimiento y el empleo y empobreciendo a los ciudadanos, tanto a los trabajadores (salarios) como a los pensionistas, que volverán a perder poder adquisitivo este año. Por eso, Gobierno y “oposición” deberían acordar un Plan de choque, para empujar la economía desde dentro ahora que “vienen mal dadas” de fuera. Pero claro, "no está el patio para pactos", aunque la pelea política agrave aún más los problemas económicos externos.

Pero si pasa la tormenta política, quien gobierne y la oposición deberían impulsar cuanto antes medidas urgentes. El Plan de choque debería  empezar por recaudar más, para poder financiarlo. Y eso pasa por subir el IVA (como acaba de pedir el Banco de España), reduciendo los artículos que pagan sólo el 10% y el 4%,  y subir los impuestos a los carburantes (como llevan años pidiendo la Comisión Europea, la OCDE y el FMI), no sólo para recaudar más sino para reducir las emisiones de CO2 (que han subido un 7,4% en 2017). Con ambas medidas se podrían conseguir 4.000 millones extras en un año y dedicar esos recursos a aumentar las inversiones públicas que hacen falta (tecnología, formación, infraestructuras, digitalización, ayudas a la exportación), tratando así de mantener el crecimiento y el empleo. Y en paralelo, habría que forzar una mayor subida de salarios (en torno al 3%), para que no caiga tanto el consumo con la subida de precios. Y a medio plazo, plantearse un Plan de ahorro energético, para sustituir petróleo por otras energías (en el transporte, generación de electricidad y viviendas), para que los vaivenes del petróleo no nos hundan periódicamente la economía.

En resumen, que el petróleo y otros problemas exteriores van a frenar la recuperación y habría que intentar contrarrestarlo, no sentarse a ver cómo evoluciona el barril, los tipos de interés, Italia, Irán, Corea o las guerras comerciales. Algo se puede hacer aquí para “empujar a la economía desde dentro”. Para eso están el Gobierno, los políticos y las empresas. Aunque ahora estén todos "en otras cosas". Pero ojo: peligra la recuperación.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Suben petróleo, euro y tipos: un mal cóctel



Está pasando desapercibido, por Cataluña y el puente, pero el petróleo cuesta ya más de 63 dólares barril, un precio que duplica con creces el mínimo de 2016 y que supone una subida del 42% sobre este verano. Y en paralelo, el euro ha subido otro 12,5% este año frente al dólar, mientras el precio del dinero se prepara para subir, tanto en EEUU como en Europa, tras varios años de coste cero. Son tres subidas preocupantes, porque el petróleo barato, el euro débil y el dinero barato han sido responsables de más de la mitad del crecimiento de la economía española en los últimos tres años, no la política de Rajoy. Y ahora, si cambia el viento exterior y en vez de tenerlo “de cola” lo tenemos “de cara”, la recuperación y el empleo peligran. Por eso, ante esta incertidumbre exterior, es importante que el Gobierno no recorte más en el Presupuesto 2018 y reanime la economía. Que "empuje" desde dentro.


enrique ortega


El petróleo agudizó la crisis financiera, al saltar de los 36,61 euros por barril en septiembre de 2008 a 126,65 euros en la primavera de 2011 (+245%), un elevado precio que se mantuvo hasta los 115 euros de junio de 2014. A partir de ahí, empieza a bajar con fuerza y cierra el año 2014 con un precio de 55,46 dólares por barril. Durante 2015 siguió bajando, con altibajos, hasta los 37,36 dólares a fin de año. Y el 20 de enero de 2016 alcanzó su precio mínimo, 27,88 dólares por barril. O sea, el precio del petróleo cayó un 75% entre 2014 y 2016, la tercera mayor caída del crudo en los últimos 24 años, desde la década de los 90. A partir de este desplome, el petróleo volvió a subir en 2016, hasta cerrar el año pasado en 57 dólares barril y luego bajó a un mínimo de 44,82 dólares en  junio de 2017. Pero es sólo una tregua, porque el crudo volvió a subir este verano y el 27 de octubre superaba la barrera de los 60 dólares barril, un precio que se mantiene y ahora ronda los 63 dólares.

Eso significa que el petróleo vuelve a costar caro, un 128% más que en enero de 2016 y un 41% más que este verano. Es mucha subida en poco tiempo. El primer detonante de estas nuevas subidas fue la decisión de la OPEP y Rusia, el 30 de noviembre de 2016, de recortar la producción de crudo (en 1,8 millones de barriles diarios), por primera vez en 8 años, para reanimar los precios. El 25 de mayo de este año, los firmantes acuerdan extender el recorte hasta marzo de 2018 y hace dos semanas, el 29 de noviembre, una nueva reunión en Viena de la OPEP (14 países) y otros 10 países productores (entre ellos Rusia, el 2º productor mundial, México y Nigeria y Libia, que no se habían sumado a los recortes anteriores) acordó extender los recortes de producción durante todo 2018.

Si cumplen con los recortes, como han hecho en 2017, los precios del petróleo podrían  mantenerse en los próximos meses entre 60 y 65 dólares barril, por encima de la última previsión del Gobierno Rajoy para 2018, que es un precio del petróleo de 54,8 dólares por barril. Este mayor precio puede trastocar el crecimiento y las cuentas de la economía mundial y muy especialmente de España, uno de los países europeos más dependientes del crudo. De hecho, la factura energética hasta septiembre se ha encarecido en 9.000 millones de euros sobre la del año pasado (30.000 millones frente a 21.000). Y esta mayor factura del petróleo (y del gas) puede restar a España un 0,5% de crecimiento del PIB, más incluso que la crisis política en Cataluña. Para entender la importancia del cambio de tendencia, recordemos que la bajada del petróleo entre 2014 y 2016 ahorró a España casi 60.000 millones de euros en la factura energética, añadiendo un 2,5% al crecimiento del PIB esos años.

Además, esta subida del petróleo ya está encareciendo los costes de las empresas y recortando sus beneficios, según los datos del Banco de España: el margen de las 884 mayores empresas ha crecido sólo un 0,8% hasta septiembre, por el alza de costes de la energía, y eso ha provocado que sus beneficios suban solo un 4,8%, la mitad que en 2016. Y también notamos la subida del petróleo los ciudadanos, en el coste de la luz (la factura media ha subido 79 euros hasta finales de noviembre) y en los carburantes. La gasolina sube ya un 6% sobre el precio de julio y el gasóleo otro 9,2%. Y esta subida del crudo se arrastrará a toda la economía, con lo que la inflación media de 2017 subirá al 2%, comiéndose la mínima subida de los salarios (+1,4% aumento convenios) y pensiones (+0,25%). Y los expertos apuestan porque el petróleo mantenga alta la inflación también en 2018, en el 1,6%.

Otra subida clave para España es la del euro. La cotización nos había dado una tregua, como el petróleo, bajando de un máximo de 1,35 euros por dólar a principios de 2014 a 1,038 euros por dólar el 20 de diciembre de 2016, un 23% menos. Y muchos expertos apostaban porque este año 2017 iba a llegar al 1x1 con el dólar: que cotizaran igual el euro y el dólar. Pero la errática política de Trump en USA y la recuperación política y económica en Europa (débil) han trastocado la bajada y este año 2017, el euro ha vuelto a subir, superando incluso los 1,20 euros por dólar (1,2065 el 20 de agosto), para quedar ahora en torno a 1,185 euros por dólar, lo que supone una revalorización del 12% sobre el valor de principios de año. Y si Merkel consigue armar un gobierno de coalición la próxima semana o si la Reserva Federal USA no sube los tipos este mes, es probable que el euro acabe el año cerca de los 1,20 euros por dólar y se encamine a los 1,25 euros/dólar en 2018, según los expertos.

La subida del euro es una mala noticia para Europa, porque es un continente que exporta más de lo que importa y ahora sus productos son un 12% más caros que en enero. Pero tener un euro fuerte hace aún más daño a España que al resto de Europa, según un estudio de Goldman Sachs. Y eso porque España exporta muchos “productos intermedios” a Alemania y Francia, por ejemplo. Y si estos países exportan ahora menos fuera de Europa (por la fortaleza del euro), también nos comprarán menos. Un recorte indirecto que se suma al recorte directo que pueden sufrir las exportaciones españolas al resto del mundo por la subida del euro, que encarece nuestros productos un 12%. Y eso es especialmente preocupante porque un 48% de las exportaciones españolas se dirigen a países no euro, que pagan ahora en dólares y otras monedas devaluadas, con lo que nuestros productos les salen más caros. Y recordemos que las exportaciones son uno de los motores del crecimiento español en los tres últimos años: sólo en 2016, aportaron la 8ª parte del PIB (0,5% del 3,2%).

Pero el daño de tener un euro fuerte no acaba ahí, en encarecer y dificultar nuestras exportaciones. Es también un torpedo al turismo, el gran motor de nuestro crecimiento: si el euro ha subido un 12% este año, significa que los turistas de fuera de la zona euro han de pagar un 12% más para venir a España, además de sufrir ya la subida de viajes (el combustible supone un tercio de los costes de las aerolíneas) y hoteles. Y esto afecta al 40% delos turistas que nos visitan, a 32 de los 82 millones que se esperan este año, especialmente a los británicos, nórdicos, rusos, americanos y asiáticos. Menos mal que el euro se ha revalorizado menos frente a la libra, un +2,6% este año, con lo que su fortaleza afecta menos a los turistas británicos, que suponen el 23% de todos los que nos visitan.

Y hay un tercer efecto negativo de tener un euro fuerte, del que no se suele hablar. Los empresarios exportadores, turísticos y el resto (a los que les suben costes por la mayor inflación), tratan de contrarrestar esta subida del euro, que encarece un 12% sus productos y servicios, recortando otros costes. Y donde lo tienen más fácil es en los salarios: ahora tratarán de que suban poco o nada, deteriorando más los sueldos y contrataciones. Y además, si estaban pensando en aumentar la plantilla, esperarán a que el euro (y el petróleo) bajen. Así que, mira por donde, la subida del euro y de la energía son dos obstáculos para que los trabajadores consigan mayores subidas de salarios en 2018. Y con ello, las familias tendrán menos dinero para gastar, sobre todo ahora que sube la inflación. Eso debilitará el consumo interno y frenará el crecimiento y la recuperación.

Y vayamos a la tercera subida que se barrunta, la de los tipos de interés. La bajada del precio del dinero, desde 2008, salvó al mundo de una catástrofe, a Europa del hundimiento del euro y a España del rescate: el BCE bajó los tipos del 3,75% en 2008 al 0% en que están desde 2015, inyectando además liquidez en la economía con la compra masiva de deuda pública, lo que salvó a Europa y a España (no la política de Rajoy). Ahora, todo apunta a que va a cambiar la situación. Por de pronto, en EEUU ya se han producido 4 subidas de los tipos de interés en los dos últimos años (diciembre 2015, diciembre 2016, marzo y junio 2017), con lo que los tipos oficiales están ahora entre el 1 y el 1,25%. Y la próxima semana se reúne la Reserva Federal USA (12 y 13 diciembre) para decidir si los sube otro 0,25%, algo que quizás retrase a la primavera de 2018 (porque la recuperación y el empleo no son fuertes). Pero haga lo que haga EEUU ahora, el BCE tendrá que acabar siguiendo su senda y subiendo los tipos en 2018, entre 0,25 y 0,50% a lo largo del año. Así que se acabará la época del dinero barato, lo que puede frenar la recuperación, en Europa y en España.

La subida de tipos, antes o después, es más preocupante para nosotros porque España es uno de los países más endeudados del mundo, con más de 2,73 billones (con b) de deuda actualmente, que nos cuesta una enorme factura en intereses, factura que aumentará en 2018.La mayor parte de la deuda, 1.135.869 millones de euros, es deuda pública, del Estado y la Seguridad Social ( 821.250 millones), las autonomías (283.984) y Ayuntamientos(30.635 millones), deuda que ha aumentado un 40% desde que gobierna Rajoy. La otra parte es deuda privada, de las empresas (897.876 millones de euros, a septiembre 2017) y de las familias (706.023 millones de deuda, sobre todo en hipotecas), deuda que ha bajado ya por debajo de la que tenían en 2006, gracias a importantes amortizaciones. Este elevado endeudamiento hace a España muy vulnerable, según la Comisión Europea,  ante las esperadas subidas de tipos, que van a suponer un mayor pago de intereses a la administración, las empresas y las familias. O sea, más gasto público (que puede forzar más recortes) y más costes privados, otra amenaza para la inversión, el consumo, el crecimiento, la recuperación y el empleo.

En definitiva, que está cambiando el panorama económico: si entre 2014 y 2017 España se benefició de “viento de cola” exterior, con ayuda de un petróleo más barato, un euro débil y dinero casi gratis, que han sido claves para la recuperación, ahora empezamos a sufrir el “viento de cara”, con subidas del petróleo, el euro y los tipos que pueden frenar el crecimiento y el empleo, más de lo ya esperado para 2018, un año donde Bruselas espera que España crezca el 2,5%, seis décimas menos que 2017 (+3,2%). Así que ojo a la coyuntura internacional, que nos puede hacer más daño que la crisis en Cataluña.

Ante este cóctel peligroso (petróleo caro, euro fuerte y tipos al alza), España tendría que reforzar su frente interno, tratando de reanimar la economía el próximo año, no aprobando más recortes, como piensa el Gobierno Rajoy para el Presupuesto 2018. No está la coyuntura exterior como para forzar más ajustes, sobre todo si España cierra este año con un déficit público del 3,1% del PIB, casi en línea con el sacrosanto 3% que exige la disciplina del euro. Y sin embargo, sí hace falta tomar medidas para crecer más y contrarrestar el freno que van a suponer el petróleo, el euro, los tipos y la crisis en Cataluña. Habría que reanimar los salarios, con subidas por encima del 2%, y reanimar la inversión pública, con la ayuda de una mayor recaudación, que es posible si se reduce el fraude fiscal y pagan más impuestos los que pagan pocos (grandes empresas, multinacionales y los más ricos). Recordemos que hay margen para recaudar más, porque España ingresa 96.000 millones menos al año que la media de países euro (el 37,7% del PIB en vez del 46,1%, según Eurostat).

La clave, pues, está en ingresar más para gastar más y contrarrestar así el “viento en contra” que se ha levantado en la economía mundial y que afecta especialmente a España, más vulnerable que otros países europeos a las subidas del petróleo, el euro y los tipos. Un debate que nadie plantea, ni Gobierno ni “oposición”, enfangados en las elecciones catalanas, pero que es de gran calado para todos: nos jugamos la recuperación y el empleo.