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lunes, 29 de septiembre de 2025

Universidades públicas en apuros

Más de 1,8 millones de jóvenes han iniciado el Curso universitario, que batirá otro récord de alumnos, Grados y Masters. Pero las plazas en las Universidades públicas se han estancado, por falta de medios y profesores, lo que ha elevado otro Curso más las notas de corte para acceder, desviando alumnos a las Universidades privadas, que crecen sin parar, sobre todo en algunas carreras y Masters: este año funcionarán 46 Universidades privadas (4 más que el curso pasado), mientras las públicas siguen estancadas en 50 (desde 1.998). Esto obliga a muchas familias a gastar hasta 28.000 euros al año en que su hijo/a estudie fuera, lo que impide estos estudios a muchos jóvenes y endeuda a otros, aumentando la desigualdad de oportunidades. Mientras, las Universidades públicas piden más financiación para sobrevivir y poder ofrecer más plazas y estudios.  Pero las autonomías gobernadas por el PP apenas les financian y apoyan el aumento de las Universidades privadas (controladas por Fondos de inversión y entidades religiosas), sobre todo en Madrid y Andalucía.

                           Enrique Ortega

Este Curso 2025-26 han iniciado la Universidad los jóvenes nacidos en 2007, otro año con un récord de nacimientos (492.527, 10.000 más que los nacidos en 2006), lo que aumentará el número de universitarios, superando  los 1,8 millones que estudiaron el Curso pasado un Grado (1,4 millones), un Master (300.000)  o un Doctorado (100.000 alumnos) en las Universidades españolas. El 75% de estos 1,8 millones de universitarios estudian en una Universidad pública, el 57% de ellos mujeres y un 7% extranjeros (salvo en Master y Doctorado donde los extranjeros suben al 27 y 29% del total). En conjunto, a estos universitarios se les ofrecen 4.475 titulaciones de Grado (67% en la Universidad pública), 4.325 Masters (el 30% en las privadas) y 1.228 títulos de Doctorado (el 80% en las Universidades públicas).

Será pues otro Curso de récord de alumnos en las Universidades españolas, con una peculiaridad: apenas crecen los alumnos de las Universidades públicas y los que más crecen son los de las privadas, como sucede en los últimos años. Así, los alumnos de Grado de las Universidades públicas han bajado desde los 1.116.463 que hubo en el Curso 2016-17 a los 1.080.568 que se matricularon el curso pasado (2024-25): -35.895 alumnos en los últimos 8 años. Y en paralelo, los alumnos que estudian un Grado en las Universidades privadas se han casi duplicado: de 186.789 en el Curso 2016-17 a 328.269 el curso pasado (2024-25), según los datos oficiales. Y si analizamos los alumnos matriculados en el primer curso, han caído un -4,8% en las Universidades públicas (de 291.100 que empezaron en septiembre 2015 a 274.400 en septiembre 2023), mientras en las Universidades privadas, los matriculados en el primer curso han crecido un +61,4% estos 8 años: de 54.700 a 89.200.

Lo mismo ha pasado con los Master. Los alumnos que inician un Master en una Universidad pública han pasado de 124.892 en el Curso 2016-17 a 143.649 el curso 2023-24, un aumento del +15%, menos de la tercera parte de lo que han aumentado los alumnos de Masters en las Universidades privadas (+53%), que han pasado de 65.251 (Curso 2016-17) a 145.306 alumnos matriculados (en 2023-24), superando ya a los alumnos Master de la pública. Y además, las Universidades públicas ofrecen ahora menos Master (3.067) que en 2015-16 (3.116 Master), mientras las privadas casi los duplican (de 761 a 1.262).

¿Qué está pasando? Pues que las Universidades públicas se quejan de que no pueden ofertar más plazas a los jóvenes porque carecen de financiación suficiente para contratar más profesores y mejorar las instalaciones para ampliar los alumnos, aulas y laboratorios. Y en consecuencia, cada año sube la nota de corte en la prueba de acceso a la Universidad (PAU), para seleccionar casi los mismos alumnos o menos, obligando en la Selectividad a sacar notas cada vez más altas para admitir alumnos en las grandes Universidades. Así, este año, las notas de corte en Medicina han sido de 13,3 (sobre 14) y en muchas carreras superan los 12 puntos, lo que deja fuera a alumnos que sacaron bien el Bachillerato. Un ejemplo: hay 10 solicitantes que quieren estudiar Medicina en la pública por cada plaza disponible

La consecuencia es que muchos jóvenes que quieren estudiar una carrera sólo pueden hacerlo en la Universidad privada, que lleva años aprovechando la falta de plazas en la Universidad pública para ofertar más plazas, sobre todo de Grados que tienen una mejor salida laboral. Eso conduce a un aumento reiterado de alumnos, que sólo pueden estudiar lo que quieren si pagan los caros estudios de una Universidad privada. Y así, por ejemplo, en Madrid, este será el tercer Curso donde en Medicina (la carrera “estrella) habrá más matriculados en primer curso en las Universidades privadas que en las públicas… Y también hay más inscritos en las privadas en Fisioterapia (53%) y Relaciones Internacionales (74%).

En definitiva, las Universidades privadas crecen a costa de “asfixia financiera de las Universidades públicas”, que apenas se han recuperado de los recortes impuestos por Bruselas y Rajoy desde 2012 y la escasa financiación posterior. Eso ha provocado un aumento constante de nuevas Universidades privadas, que este Curso ya serán 46 (habrá 4 nuevas), mientras las Universidades públicas se han estancado en 50 (la última Universidad pública, la Politécnica de Cartagena se creó en 1998). Y cada año hay nuevas peticiones de Universidades privadas, apoyadas por las autonomías gobernadas por el PP, sobre todo en Madrid y Andalucía. De hecho, hay Universidades privadas en todas las autonomías (próximamente se abrirán en Asturias y Castilla la Mancha), salvo en Extremadura y Baleares.

La mayoría de las privadas tienen detrás a organizaciones religiosas: jesuitas (Comillas, Deusto, Esade), Opus Dei (Universidad de Navarra, Internacional de Cataluña), propagandistas católicos (CEU), Legionarios de Cristo (Francisco de Vitoria), Camino Neocatecumenal (Universidad Católica de Murcia…), pero últimamente están interesados también los Fondos de inversión: el sueco EQT está detrás de la Universidad Europea de Madrid, el británico CVC es propietario de la Universidad Alfonso X el Sabio, los fondos Sofina (belga) y Portobello (español) controlan la Universidad Internacional de la Rioja y el Fondo israelí KKR impulsa la Universidad privada online UTAMED en Andalucía.

La peor consecuencia de la asfixia financiera de las Universidades públicas (las 6 de Madrid pidieron en octubre de 2024 a la presidenta Ayuso 200 millones extras para pagar sus nóminas…) es que muchos alumnos  no pueden estudiar en ellas, por falta de plazas, y tienen que buscar una Universidad privada para estudiar una carrera, con un altísimo coste. Por un lado está el pago de la matrícula y las mensualidades, con un coste anual de 13.500 a 15.000 euros por alumno. Y a eso hay que sumar, para los universitarios que estudian fuera de casa, el coste del alquiler de una habitación o una vivienda compartida, que supera los 600 euros (5.400 euros anuales). Y la manutención y los gastos (otros 9.000 euros anuales). En total, unos 28.000 euros al año, por 4 años (si no se repite curso), más el elevado coste de un Master al final del Grado (entre 20.000 y 30.000 euros más).

Así que estudiar en una Universidad privada puede costarle a un joven y a su familia unos 140.000 euros, una cifra imposible para muchos hogares y que obliga a otros a endeudarse. De hecho, casi el 14% de los créditos que se piden hoy a la banca son para financiar estudios universitarios, según ASUFIN, una demanda que se ha cuadruplicado en la última década. Y esto relega a muchos estudiantes y familias a no estudiar una carrera universitaria, desviando su interés hacia la Formación Profesional, que es más barata (a pesar de que se multiplican también las plazas privadas, en centros participados también por Fondos de inversión) y además tiene más salidas profesionales que muchas carreras.

El objetivo debería ser promover la Universidad pública, apoyándola financieramente para que tuviera más alumnos, Grados y Master, para evitar también que muchos jóvenes sin recursos se queden fuera (las becas son escasas y poco dotadas). Pero la realidad es que España la financia menos que otros paises. Así, el gasto total por estudiante universitario en España era de 15.654 dólares en 2021 (último dato de la OCDE), frente a 20.499 dólares en la OCDE (36.274 en USA y 33.574 en Reino Unido) y 20.027 dólares en la UE-27, un 28% más (27.756 dólares/universitario en Suecia, 23.864 en Paises Bajos, 21.963 en Alemania, 20.458 en Francia y 13.717 en Italia), homogeneizando la inflación. Eso se traduce en que Europa destina un 1% del PIB a financiar sus Universidades, mientras España destina el 0,76%.

Pero no sólo financiamos menos la Universidad pública. También lo hacemos de forma diferente, con menos peso de la inversión pública y más aportación de los estudiantes y sus familias (tasas y matrículas). Así, el gasto público en Universidades supone en España el 67% del gasto universitario, frente al 68% en la OCDE y el 76% en la UE-25 (84% en Alemania, 79% en Francia o 60% en Italia). Y el 29% del gasto universitario es privado en España, frente al 19% en la OCDE y el 13% en Europa. Y la mayoría de esta aportación privada, un 19% de la financiación total, la aportan los alumnos y sus familias (pagando matrículas y tasas).

Otro problema de España es que hay una gran desigualdad en la financiación universitaria por autonomías (que tienen la competencia y aportan, de media, el 65% de la financiación total). Así, hay autonomías que transfieren a sus Universidades públicas  menos que la media (6.671 euros/universitario en 2022-23) : Madrid (5.362 euros por universitario), Cataluña (5.599 euros) y Murcia (6.712), según el Informe CYD 2024. Y entre las autonomías que mejor financian sus Universidades destacan La Rioja (9.689 euros/universitario), Navarra (9.210 euros) y País Vasco (9.065 euros). En contrapartida, las que menos aportan son las autonomías donde los alumnos pagan más tasas y matrículas: Madrid (1.620 euros/alumno, 454 euros más que la media), Cataluña (1.508) y Aragón (1.302), Y hay otras donde los universitarios pagan la mitad de tasas en las Universidades públicas: Galicia (738 euros/alumno), Canarias (776) y  Andalucía (815).

Si la situación financiera de las 50 Universidades públicas es precaria lo será más en los próximos Cursos, porque deben seguir  aplicando la nueva Ley de Universidades, la LOSU, (que entró en vigor en el curso 2023-24,) cuyos objetivos aumentan los costes: tendrán que regularizar y estabilizar sus plantillas(el 49% de los docentes universitarios son temporales), cubrir vacantes y jubilaciones, reorganizar y modernizar los programas, aumentar la investigación e internacionalización. La propia LOSU establece que “las Administraciones públicas dotarán a las Universidades  de los recursos necesarios, de acuerdo con las disponibilidades presupuestarias de cada ejercicio” (artículo 55), pero no concreta quien debe aportar esos recursos ni cuándo. Si concreta el cuanto: “dedicar como mínimo el 1% del gasto público en educación universitaria pública para todo el Estado”. Como ahora se gasta el 0,76% del PIB, subirlo al 1% supondría gastar 5.739 millones más al año en las Universidades públicas (con el PIB de 2024).

El problema está en quien aporta ese dinero extra. Las Universidades son una competencia de las autonomías (otra), pero muchas llevan años frenando el gasto social (en sanidad, educación y Dependencia) y apostando por lo privado (en la sanidad, los colegios y en la Universidad). En el último año, las Universidades públicas han intentado acuerdos de financiación a medio plazo (para varios años) con los Gobiernos autonómicos, pero la mayoría encuentran poco eco y pocos recursos, mientras ven que se autorizan nuevas Universidades privadas, a las que cada Curso se desvían más alumnos. Y el Gobierno central poco puede hacer, máximo tras tres Cursos sin Presupuestos (incluido el actual).

La futura financiación de las Universidades públicas es una cuestión clave, no sólo porque nos jugamos la formación de los jóvenes sino porque en los próximos años va a seguir aumentando la cifra de universitarios: habrá cada año más alumnos, al menos hasta 2041 (cuando accedan una parte de los nacidos en 2023, 322.075 niños, 170.000 menos que los nacidos en 2007 y que ingresan ahora) y van a tener más gastos, para renovar profesores, programas y poder competir por alumnos en Europa y el mundo. Y sólo hay dos opciones: o los alumnos de las universidades públicas pagan más (ya pagan más que en la mayoría de Europa) o reciben más financiación pública, del Estado central y las autonomías, lo que exige recaudar más (no menos) y destinar más recursos a formar mejor a nuestros universitarios. También ayudaría que empresas y bancos financiaran más la Universidad pública, como en muchos paises. Lo que no podemos es dejar que las Universidades públicas sigan perdiendo alumnos, planes, investigación y prestigio.

Aumentar la financiación a las Universidades públicas  es un requisito básico para mejorarla y que no quiebre a medio plazo, en beneficio de las Universidades privadas (carísimas). Pero no es suficiente. Las Universidades (todas) han de afrontar una profunda reforma, para conseguir que los 200.000 licenciados que producen cada año tengan futuro. Porque actualmente, tienen más trabajo y menos paro que los jóvenes no universitarios, pero todavía están mucho peor que los universitarios europeos. Por un lado, sólo el 83% de los universitarios españoles de 25 a 24 años está trabajando, frente al 87% en la OCDE y en la UE-25, el 88% en Francia, el 89% en Alemania, el 91% en Reino Unido y el 92% en Paises Bajos, según la OCDE. Y los universitarios españoles (25 a 34 años) tienen un 9% de paro, frente al 5% en la UE-25 y el 3% en Alemania.

Corregir este “drama”, que la Universidad no sea “una fábrica de paradosexige no sólo tener más financiación sino hacer un cambio estructural, con múltiples medidas: derivar más alumnos a carreras técnicas y con más empleabilidad, modificar los planes de estudio con empresas e instituciones, reducir la endogamia y aumentar la presencia de profesores que trabajan en empresas e instituciones, mejorar la formación práctica y los periodos de formación en empresas y en el extranjero, flexibilizar las pasarelas de acceso e intercambio a la FP de Grado Superior y realizar auditorías externas, sobre la enseñanza, el gasto y la gestión, para que los recursos públicos sean más eficaces. Hay que analizar propuestas, conseguir recursos y agilizar los cambios. Pactar entre todos otra Universidad.

jueves, 11 de enero de 2024

Los becarios ya cotizan (poco)

Desde el 1 de enero, es obligatorio que las empresas e instituciones que contratan a becarios (más de 1,2 millones) coticen por ellos, para su futura jubilación y para cubrirles en caso de accidente de trabajo. Pero su cotización está bonificada por la Seguridad Social, al 100%  los  estudiantes de Formación Profesional (las empresas no pagan nada por ellos) y al 95% los becarios universitarios, por los que empresas e instituciones pagarán ahora menos de 10 euros al mes. Y aún así, protestan, tanto las Universidades (que gestionan las becas) como los que contratan becarios, aunque les costarán menos que una comida. Mientras se ha avanzado con su cotización, está paralizado el Estatuto del Becario, que presentó Yolanda Díaz y los sindicatos en junio, sin que luego lo aprobara el Gobierno y con la oposición de la patronal. Entre tanto, el Europarlamento ha pedido a la Comisión una Directiva para regular las prácticas de los jóvenes europeos. Urge regular el trabajo de los becarios, porque hay demasiados abusos. Y poco empleo real.

                   Enrique Ortega

España es un país con muchas empresas e instituciones donde trabajan “becarios”, jóvenes que hacen prácticas durante algunos meses, la mayoría sin cobrar: los vemos en bancos, consultoras, aseguradoras, asesorías, despachos de abogados, medios de comunicación, empresas de marketing y una larga lista de empresas e instituciones que los han utilizado para contar con “mano de obra gratuita” y para “seleccionar personal”. De hecho, España es el 2º país europeo con más becarios universitarios, tras Eslovenia, según un Informe de 2015: el 67% de los titulados universitarios de 18 a 35 años habían hecho alguna práctica como becario, el doble que la media en la UE (33% de titulados han sido becarios). Y según otro estudio europeo de 2017, España era uno de los paises con más becarios que no cobran nada: el 58% no percibían remuneración, aunque un 70% de ellos trabajaban igual que sus compañeros no becarios. Y lo peor: 2 de cada 3 becarios acabaron sus prácticas sin quedarse en la empresa, repitiendo prácticas en otras empresas varias veces más.

Ya en 2012, la Comisión Europea advirtió a España que la mayoría de los becarios españoles hacían prácticas sin contrato ni garantías y pidió al Gobierno que mejorara sus condiciones laborales. Pero sólo lo han hecho algunas grandes empresas, sobre todo bancos, consultoras y multinacionales, que han firmado convenios con Universidades para cubrir cada año plazas de becarios, por unos meses, con un contrato y a veces con un pequeño sueldo (entre 600 y 1.000 euros mensuales). Pero la mayoría de los becarios siguen haciendo prácticas sin cobrar y quejándose de que aprenden poco, porque realizan tareas menores y no tienen un “mentor”, un tutor que les guíe o ayude (y si lo tienen, les dedica poco tiempo). Y en paralelo, las empresas se quejan de que los becarios “les llegan muy verdes”, “sin saber su cometido”, olvidando que van a aprender, no a cubrir un empleo.

Las asociaciones de jóvenes universitarios, los sindicatos y muchas Universidades llevan años pidiendo “regularizar” la situación de los becarios, desde hacerles un contrato a cotizar por ellos. Aprovechando la pasada reforma de las pensiones, el Gobierno Sánchez (el ministro Escrivá) introdujo en el Real Decreto Ley 2/2023, de 17 de marzo de 2023, un compromiso para que las empresas e instituciones que contratan a becarios sin remuneración (los becarios que reciben un sueldo ya cotizan desde 2011) coticen por ellos, una obligación que entró en vigor el 1 de enero de 2024. Eso sí, la cotización ahora obligatoria por estos becarios (en torno a 1.200.000 jóvenes) será nula o muy baja.

Hay dos tipos de becarios no remunerados y habrá dos tipos de cotización. En el caso de los estudiantes de formación profesional (FP) que hacen prácticas formativas en empresas (unos 500.000 el curso pasado, aunque este curso 2023-24 las prácticas/formación dual son obligatorias para todos los alumnos de FP, 1 millón en España), la Seguridad Social bonifica ahora el 95% de su cotización y el Ministerio de Educación paga el 5% restante, con lo que la empresa o institución donde haga las prácticas no cotiza nada por el becario. En el caso de los becarios universitarios (otros 650.000), la Seguridad Social bonifica el 95% de la cotización por contingencias comunes (la mínima) y la empresa o institución que los acoja debe pagar el 5% restante, más la cotización mínima por contingencias profesionales.

¿Cuánto van a pagar las empresas o instituciones por tener uno o varios meses a estos becarios universitarios (los de FP no les cuestan nada)? La cuota por contingencias comunes (excluida la prestación por incapacidad temporal, la baja por enfermedad, que no les cubre) es de 57,87 euros mensuales, pero como se les bonifica el 95%, sólo pagarán 2,89 euros mensuales. Y otros 7,03 euros mensuales por contingencias profesionales (no bonificadas), que cubre al becario en caso de accidente laboral o enfermedad profesional. En total, pues, la empresa o institución que contrate a un becario pagará 9,92 euros al mes, menos de 10 euros durante un periodo que suele ser de 2 a 6 meses. El coste de invitarle a comer… Y a cambio, el becario cotiza estos meses de prácticas (y otros que haga) para su futura jubilación y está más protegido en caso de accidente laboral. Eso sí, no les da derecho a cobrar el paro.

Pero resulta que las Universidades y muchas empresas han puesto el grito en el cielo por tener que cotizar ahora por los becarios universitarios (esos 650.000), por tener que pagar menos de 10 euros al mes por ellos… Ya hay empresas y sobre todo pymes (como farmacias, que tenían becarios estudiantes dos meses) que no van a coger becarios este año, al tener que cotizar por ellos, aunque dicen que no es tanto por el dinero (una miseria…) como por el coste administrativo de darles de alta en la Seguridad Social. En el caso de las Universidades, los rectores se han opuesto frontalmente a la nueva cotización, quejándose de que no tienen una estructura burocrática para afrontar este trabajo (hay Facultades que gestionan 400 prácticas y eso ahora les supone más trabajo).

El problema es que hay dos tipos de prácticas universitarias. Unas, las “curriculares”, son obligatorias, están ligadas a los estudios de grado, máster o doctorado: si el alumno no hace estas prácticas, no obtiene el titulo (caso de Farmacia, Medicina, Magisterio y muchas otras carreras). Las otras prácticas, extracurriculares”, son voluntarias: los universitarios las pueden hacer o no, para mejorar su currículo y empleabilidad, pero no se exigen para titularse. Ahora, los universitarios que están forzados a hacer prácticas para titularse tienen un doble problema: conseguir una empresa o institución (el 65% de las prácticas se hacen ahora en instituciones públicas) que les coja y que quiera cotizar por ellos (menos de 10 euros al mes). Ya hay Universidades que denuncian el rechazo de empresas e instituciones y que se han visto obligadas a cotizar ellas (las Universidades) por los becarios para “colocarlos”.

Es una vergüenza que alguien rechace a un becario por evitarse papeleo y pagar 10 euros al mes, pero hay que inscribirlo en una vieja tradición de muchas empresas que no ven la necesidad de formar jóvenes (y menos pagando…), aunque luego se quejan de que no encuentran trabajadores… Mientras, los sindicatos creen que la obligatoriedad de cotizar por los becarios tiene una ventaja adicional, además de mejorar su protección laboral actual y su pensión futura: controlar el alcance de las prácticas, el abuso de la figura del becario, saber exactamente cuántos becarios hay, donde están y en qué condiciones. Además, Gobierno, sindicatos y patronal se han comprometido a negociar cómo reconocer la cotización de los becarios que han trabajado en los últimos 5 años, cara a su futura jubilación.

La cotización obligatoria de todos los becarios, desde el 1 de enero, es un gran paso para dignificar la primera experiencia laboral de los jóvenes, pero no el único que hace falta. De hecho, el 14 de junio de 2023, el Parlamento Europeo reclamó a la Comisión Europea por una amplia mayoría (404 votos a favor, 78 en contra y 130 abstenciones, incluidas las del PP español) que apruebe una Directiva para regular las prácticas formativas en Europa, en materia de duración, remuneración y protección social, dado que la normativa europea vigente es de 2014, tras la crisis financiera y sin el auge de la digitalización.

Un día después, el 15 de junio de 2023, la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, se quiso apuntar un tanto presentando públicamente el Estatuto del Becario, pactado exclusivamente con los sindicatos (presentes a su lado), un acuerdo que no contaba con el apoyo de los empresarios pero tampoco del resto del Gobierno Sánchez: la vicepresidenta Calviño creía que “estaba muy verde” y la prueba es que no se había aprobado en Consejo de Ministros. Finalmente, se convocaron elecciones y el Estatuto está en un cajón, pendiente de un doble acuerdo: por un lado en el seno del Gobierno y por otro como un tema más a negociar dentro del “diálogo social” con los sindicatos y la patronal. Así que los becarios tienen cotización obligatoria pero no un Estatuto, como pidió el Europarlamento.

El proyecto (no aprobado) de Estatuto del Becario, promovido por Yolanda Díaz y los sindicatos, incluye tres temas polémicos. El primero, restringe las horas de prácticas que puede hacer el becario: las “curriculares” (obligatorias) no podrán supera las 1.500 horas (188 días) y las prácticas “extracurriculares” (voluntarias) se limitan a 480 horas (60 días), la mitad que ahora. El segundo, el que despierta más rechazo patronal, que se pretende obligar a las empresas a compensar gastos al becario (aunque no obliga a remunerarlas), desde gastos de transporte a manutención, compensación que no se aplica si la empresa paga algún tipo de sueldo al becario. Y el tercer punto controvertido, que se aumentarían mucho las sanciones a las empresas incumplidoras, desde 7.501 euros a un máximo de 225.018 euros. Además, el borrador de Estatuto del Becario incluye limitar el número de becarios (no más del 20% de la plantilla), el número de becarios por tutor (no más de 5) y ampliar sus derechos: disfrute de vacaciones y festivos, derecho a los servicios de la empresa y derecho a ausentarse del trabajo por asistencia médica, enfermedad o accidente.

Mientras la Directiva europea del Becario y el Estatuto del Becario en España están “aparcados”, los jóvenes tratan de conseguir una beca con la que poner un pie en el mundo del trabajo. Parece claro que necesitamos una norma que evite abusos y regule estas prácticas, integrando en la regulación los distintos intereses de empresas, Universidades y estudiantes. Parece claro que la clave es separar lo que es formación de lo que es trabajo, para evitar que algunas empresas e instituciones utilicen a los becarios para “ahorrarse mano de obra”. De hecho, UGT estima que las empresas españolas se ahorran 3.300 millones anuales en salarios y otros 1.312 millones en cotizaciones por tener becarios. Esto es lo que hay que regular: que se les pague algo dignamente y que coticen por ellos, para que estén cubiertos ante incidencias y cara a su futura jubilación.

Pero los becarios son sólo una de las vías por las que los jóvenes acceden a un empleo. El alto nivel de paro de los jóvenes españoles (27,9% en menores de 25 años, frente al 14,5% en la UE-27 y el 5,6% en Alemania, según Eurostat) obliga a poner en marcha un abanico de medidas para conseguir que trabajen más jóvenes (sólo trabajan el 38,8% de los jóvenes españoles de 15 a 29 años, frente al 49,2% en la UE-27 y el 61,7% de los jóvenes en Alemania). Por un lado están los contratos en prácticas y para la formación, pero otra vía es el contrato de relevo: un mayor de 60 años trabaja menos horas (jubilación parcial) y es sustituido esas horas por un trabajador joven. Un tipo de contrato que ahora se utiliza poco (sólo hubo 25.131 jubilaciones parciales en 2022), porque hay demasiadas restricciones y las empresas cotizan lo mismo por el trabajador que reduce su jornada para que lo releve parcialmente un joven. Algo preocupante porque tenemos unas plantillas envejecidas (2 millones de trabajadores tienen más de 60 años) y 500.000 jóvenes en desempleo.

Ante el preocupante panorama de los jóvenes en España, la OCDE nos dio en octubre pasado  dos recetas: mejorar su formación, para que aprendan lo que necesitan las empresas (que se quejan de que no encuentran los profesionales que buscan) y ayudarles a colocarse, con una reforma de las oficinas de empleo, para hacer un seguimiento de la empleabilidad de los parados y ayudarles a colocarse, sobre todo a los jóvenes. Ambas vías tienen que ver también con las prácticas, que deberían reconfigurarse no sólo para que no haya abusos sobre los jóvenes sino para que sean eficaces para encontrar un empleo futuro. Eso debería ser el centro de cualquier futura normativa sobre los becarios. Ayudarles a trabajar.

lunes, 2 de octubre de 2023

Universidad: nueva Ley sin más financiación

Más de 1,7 millones de jóvenes han iniciado otro curso universitario, en el que se estrena la nueva Ley de Universidades (LOSU), la 4ª de la democracia. Su objetivo es reorganizar los Campus, estabilizar las plantillas de docentes (la mitad, interinos), internacionalizar los estudios y mejorar la formación. Casi todo ello cuesta dinero y la Ley promete 3.100 millones más cada año, pero no asegura quien los pagará. Se pretende que los alumnos (que ahora financian un 30%) paguen menos por las matrículas, pero eso obliga a una mayor financiación de las autonomías (que aportan el 81% del gasto público universitario). Los rectores buscan acuerdos con los Gobiernos autonómicos, empeñados la mayoría (PP y VOX) en bajar impuestos (e ingresos), pero temen que les falten recursos para reconvertir la Universidad. Mientras, las Facultades siguen “fabricando” parados y precariedad: el 36% de los universitarios que trabajan lo hacen en empleos para los que les sobra formación (abogados trabajando de teleoperadores). Estamos “tirando” recursos” y perdiendo el futuro.

                                           Enrique Ortega

Este es el primer curso universitario en que empieza a aplicarse la nueva Ley de Universidades, la LOSU (Ley Orgánica del Sistema Universitario), la 4ª Ley universitaria de la democracia, tras la Ley de Reforma Universitaria (LRU) de 1983 (Felipe González), la Ley Orgánica de Universidades (LOU) de 2001 (Aznar) y la modificación parcial de la LOU, en abril de 2007 (Zapatero). Esta nueva Ley, otra reforma impuesta por Europa para recibir los Fondos europeos, ha tenido una gestación larga y compleja, porque el primer anteproyecto lo presentó el ministro Castell en agosto de 2021, chocó con el rechazo de rectores y universitarios y la rehízo el nuevo ministro Subirats, con un nuevo texto que el Gobierno Sánchez aprobó en junio de 2022. Y no se ha aprobado en el Congreso hasta el 9 de marzo de 2023, con 182 votos a favor, 8 abstenciones y 157 votos en contra, básicamente de Ciudadanos, Vox y PP, que ha prometido derogarla si gobierna. 

Los grandes objetivos de la LOSU son terminar con la precariedad laboral de los profesores universitarios, ordenar la carrera docente, mejorar la gestión de los Campus, auditar y controlar mejor sus cuentas, mejorar la calidad de la enseñanza, internacionalizar su actividad y vincular más sus planes de estudios con las empresas y el empleo. Y en paralelo, negociar con las Universidades la rebaja de costes de las matrículas, prometiendo a cambio una mayor financiación pública a las Universidades y una ampliación de las becas. 

Tres son los temas clave de esta nueva Ley. El primero, que se da mayor libertad y autonomía a las Universidades para decidir cómo se organizan y gobiernan, facilitando la presencia de docentes (cualquier profesor) y alumnos (25%) en Rectorados, Claustros y órganos de decisión. El segundo y fundamental, la reducción de la precariedad del profesorado universitario: sólo la mitad (50,8%) tienen contrato fijo (catedráticos y profesores titulares o contratados doctores) y la otra mitad son interinos (profesores ayudantes, ayudantes doctores, profesores asociados y visitantes), con contratos muy precarios, marginales y mal pagados (hasta con 300 y 600 euros al mes). La LOSE se compromete con Europa a rebajar esta altísima precariedad docente al 8% del profesorado, para lo que obliga a las Universidades a convertir a 26.000 profesores asociados interinos en indefinidos, con una mayor transparencia en los futuros concursos y menos “endogamia” (3 de cada 4 profesores imparten clase en la Universidad donde estudiaron). Además, crea nuevas categorías, como los profesores permanentes laborales (doctores con contrato fijo). 

La tercera cuestión clave es conseguir una mayor internacionalización de la Universidad española, fomentando las alianzas europeas e internacionales y los títulos compartidos, para captar más alumnos extranjeros y permitir la mayor movilidad de los españoles, así como para atraer docentes e investigadores. Actualmente, hay 44 Universidades españoles incluidas en las 50 Alianzas Universitarias europeas, pero sólo hay 2 Universidades españolas en el ranking de las 300 mejores del mundo (las Universidades de Barcelona y de Granada, ambas en el puesto 201-300 del ranking de Shanghái). Otras cuestiones que contempla la nueva LOSU son el fomento del alumnado adulto, el acceso libre y gratuito a las investigaciones de las Universidades públicas, la mayor presencia de la mujer en la docencia universitaria y, sobre todo, la elaboración de Planes de estudio más vinculados a las actuales demandas de empleo, favoreciendo la colaboración entre Universidades y empresas.

Pero la verdadera cuestión clave de esta nueva Ley universitaria es su financiación. Todos estos cambios que introduce la LOSU implican más gasto de las Universidades (sobre todo en personal) y los rectores se quejan de que “la Ley no les asegura más recursos”. Eso sí, hay un compromiso, en la Ley y en el Gobierno Sánchez”, de aumentar la financiación pública a la Universidad “hasta el 1% del PIB en 2030” (hoy se aporta el 0,76%), lo que supone, según los cálculos hechos por IVIE para el Ministerio, gastar 3.100 millones más cada año en las 50 Universidades públicas españolas. Pero la Ley no dice cómo conseguirlos ni quien va a pagarlos y los rectores dicen que “así no pueden planificar el futuro de sus Universidades”. Y piden asegurar ya la financiación para poder aplicar la LOSU.

El problema es ¿quién paga las Universidades? Hoy por hoy, sólo dos tercios de la financiación universitaria es pública (el 66%), una aportación inferior a la media en Europa (76% de financiación pública), según el último informe educativo de la OCDE (con datos de 2020) lo que obliga a que los alumnos españoles (y sus familias) financien un 30% del gasto universitario, más del doble que en Europa (donde aportan sólo el 14%, con muchos paises donde la enseñanza universitaria es gratuita, como Alemania, Dinamarca, Suecia o Finlandia y un mínimo pago en Francia). El resto de la financiación universitaria la aportan en España entidades privadas e internacionales (4% aquí, frente al 12% en la UE-25).

La nueva Ley establece que los alumnos deben pagar menos en el futuro, porque defiende seguir bajando las tasas universitarias, más elevadas que en la mayoría de Europa. Ya en mayo de 2020 se llegó a un Pacto entre el Gobierno Sánchez y las autonomías para rebajar el altísimo precio de las matrículas (tras el “tasazo” del PP en 2012), que se han reducido en los tres últimos cursos. Pero hay dos problemas. Uno, que todavía son muy elevadas en algunas autonomías, sobre todo en Madrid y Cataluña, con un coste muy desigual según dónde se estudie: una carrera de Humanidades cuesta más del doble en Barcelona que en Santiago, por ejemplo. Y el otro, que aunque ha bajado la 1ª matrícula, han subido mucho (el doble y hasta 5 veces) las segundas y terceras matrículas (y los Máster) lo que afecta especialmente  a los que suspenden los primeros años de las duras carreras técnicas.

Si la LOSE no quiere que los alumnos (y sus familias) paguen más en el futuro, la nueva financiación (esos 3.100 millones extras anuales) la tendrá que aportar el sector público. Pero como las Universidades son una competencia autonómica, tendrán que pagar más las autonomías (“ellos invitan y nosotros pagamos”, se quejaba de la LOSE García Page, desde Castilla la Mancha). Y eso porque los Gobiernos autonómicos asumen hoy el 81% de la financiación pública universitaria (frente al 18% la Administración central y el 1% los Ayuntamientos), algo similar a Alemania (77% financian los Länder regionales), pero muy distinto del resto de Europa, donde el 88% de la financiación universitaria la asume el Estado y sólo un 11% las regiones, según la OCDE.

Por todo ello, el Gobierno Sánchez (que aprobó la LOSE) planteó que ahora se abre un periodo para que las Universidades pacten acuerdos de financiación con los distintos Gobiernos autonómicos, para que aseguren más recursos a medio plazo. La Junta de Andalucía ya ha firmado un acuerdo con sus Universidades para aportarlas el 1% de su PIB regional para 2027 (ahora aportan el 0,87%). Y el Gobierno de Madrid promete una nueva Ley de Universidades que clarifique su financiación. Así que ahora, los Rectores tendrán que negociar con sus autonomías y ver cuanto más pueden financiarles. Pero esto choca con 2 problemas: muchas autonomías prometen bajar impuestos (e ingresos). Y ya existe una gran diferencia de partida entre autonomías sobre la financiación universitaria, desigualdad que se puede agravar.

España ya gasta menos (gasto público y privado) en financiar la Universidad (14.361 dólares por alumno) que la media de Europa (17.578 dólares) y que la OCDE (18.105 dólares), según el informe 2023 de la OCDE (datos de 2020). Pero también el gasto público universitario es menor. Y sobre todo, está muy mal repartido: las Universidades mejor financiadas por sus gobiernos autonómicos son La Rioja (8.972 euros por alumno), País Vasco (8.158), Navarra (8.026), Cantabria (7.756), Asturias (7.246) y Galicia (7.070), según un reciente estudio de la Fundación CYD. Y las autonomías con las Universidades peor financiadas son Madrid (4.959 euros públicos por alumno), Cataluña (5.204), Baleares (5.474), Andalucía (5.779) y Murcia (5.802), desigualdad en la financiación pública que explica por qué en estas Universidades los alumnos pagan matrículas más caras.

Ahora queda ver si estas autonomías que menos financian la Universidad pública (muchas apostando por las nuevas Universidades privadas) se vuelcan en apoyar más sus Campus y reducir las tasas de los alumnos. Algo que choca con su propuesta de bajar los impuestos autonómicos, una medida que defienden las 11 autonomías gobernadas por el PP (5 con Vox). El efecto de esta rebaja será bajar los ingresos autonómicos: las rebajas ya aprobadas en 2021 restaron 4.000 millones sólo a Madrid, según un estudio del REAF. Y Madrid, sólo por suprimir  el impuesto sobre el Patrimonio deja de ingresar 905 millones anuales (que tanta falta les hacen a las Universidades madrileñas, asfixiadas financieramente). Así que la rebaja de impuestos va en contra de mejorar el gasto público en las Universidades (y en sanidad, educación, vivienda…). Y además, cualquier excusa financiera para no gastar más se contradice con el hecho de que las autonomías llevan 5 años recibiendo más dinero del Presupuesto, gracias a la mejora de ingresos. Sólo este 2023, las autonomías recibirán del Estado 134.335 millones en transferencias (+26.130, un 24% más que en 2022).

Mejorar la financiación de la Universidad es clave, para acabar con la precariedad de sus docentes, mejorar su organización e internacionalizarlas. Pero sobre todo, urge mejorar la formación universitaria, “manifiestamente mejorable”. Primero, reducir la alta tasa de abandonos (un 22% el primer año, el 13,9% en Euskadi y el 22,8% en Baleares), el alto porcentaje de suspensos y la baja tasa de graduación a los 4 años (52,8% de los alumnos), con enormes desigualdades: hay regiones donde se gradúan más alumnos en 4 años, curiosamente en algunas de las mejor financiadas (61% en Navarra, 60,8% en País Vasco, 60,7% en Cataluña) y otras con peor tasa de graduación en plazo (44,4% Baleares, 45,8% Canarias, 48% Andalucía…), según el último informe de CYD.

Pero lo más preocupante es que la formación universitaria no asegura el futuro empleo de los estudiantes, sino que los lleva al paro y a la precariedad profesional. En España, el empleo entre los universitarios es más bajo que en Europa (81,4% trabajan frente al 86,4% en la UE), siendo mayor el porcentaje que trabajan entre los licenciados en  Salud y Servicios Sociales (88,6%), ingenierías (63,8%), Ciencias (60,5%) y Educación (60%), pero baja la empleabilidad de los que estudian Negocios, Administración y Derecho (39,7%), Ciencias Sociales (42,6%), Artes y Humanidades (47,4%). Y la tasa de paro  de los universitarios españoles (8%) casi duplica la de los licenciados europeos (4,2%). Otro dato muy preocupante, que ilustra la falta de “salidas laborales” de muchos titulados: España lidera la “sobrecualificación” en la UE, con un 36,1% de los universitarios trabajando en un empleo inferior a su formación (frente a sólo el 22,1% de los licenciados europeos), según otro estudio de la Fundación CYD. Un subempleo que lleva a que la mitad de las carreras abocan a sus graduados a ganar menos de 1.500 euros en los 4 años siguientes a licenciarse, según un estudio del BBVA e IVIE.

Un panorama muy preocupante, que exige cambiar radicalmente la formación universitaria, promoviendo más los estudios de carreras técnicas (STEM) y mejorando la coordinación entre la Universidad y las empresas, para conseguir una formación más vinculada al empleo futuro. No sólo urge buscar más dinero (público y de entidades privadas) para la Universidad, sino reconvertirla a fondo, desde las plantillas de profesores a los planes de estudio, para que sea más eficiente y asegure mejor el futuro laboral de los jóvenes. Pero está claro que aumentar la financiación es una exigencia de partida para asegurar las mejoras necesarias. Hay que saber que financiar la Universidad es una inversión, no un gasto, porque devuelve 5 euros por cada euro invertido (según los rectores) y porque, a pesar de su fracaso laboral, ser universitario es un antídoto contra la crisis: tienen menos paro y ganan más que el resto de jóvenes, aunque tarden casi una década en encontrar un trabajo decente.

En resumen, hay que apostar por la Universidad, con más gasto y mejor formación, como hacen los paises punteros del mundo, desde Estados Unidos o Singapur a Finlandia y Noruega. Hay que aprobar este reto en los próximos años, para asegurarnos el futuro. Y eso exige un gran acuerdo entre el Gobierno, autonomías, Universidades, alumnos y empresas, para que la Universidad deje de ser “una fábrica de parados y subempleados”. A ello.


lunes, 6 de diciembre de 2021

Universidad: polémica Ley y poco empleo

El Gobierno aprobó en  agosto el anteproyecto de Ley de Universidades (la LOSU), la 4ª reforma de la democracia. Pero no puede mandarla al Congreso porque, en la fase de consulta pública, ha sido vetada por los rectores y los alumnos. Y tampoco gusta al gobierno catalán. Así que la Ley Castells está bloqueada, aunque la haya retocado dos veces estos meses. El problema es “cuadrar” los intereses de rectores, profesores, alumnos y autonomías, que gestionan los Campus. La Ley busca reducir la precariedad de los profesores (un tercio, temporales), ordenar la carrera docente, mejorar la gestión y una Universidad más relacionada con las empresas y el mundo. Suena bien, pero no resuelve 2 asignaturas pendientes: más recursos públicos (para bajar coste matrículas) y una enseñanza que tenga más que ver con el mercado laboral, dejar de ser “una fábrica de parados” (15% licenciados en paro frente al 6% en la UE y el 4% en Alemania). Nos jugamos mucho en reconvertir la Universidad.

Enrique Ortega

Las Universidades españolas (50 públicas y 33 privadas) han tenido 3 Leyes durante la democracia: la Ley de reforma Universitaria (LRU) de 1983 (Felipe González), la Ley Orgánica de Universidades (LOU) de 2001 (Aznar) y la modificación parcial de la LOU, en abril de 2007 (Zapatero), para incorporar los requerimientos del nuevo sistema universitario europeo (Plan Bolonia de 1999). Ahora, el Gobierno Sánchez ha estado más de un año preparando una nueva norma legal, “para adaptar la Universidad al siglo XXI”: la Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU), cuyo anteproyecto aprobó el 31 de agosto de 2021.

Los grandes objetivos de la LOSU son terminar con la precariedad laboral de los profesores universitarios, ordenar la carrera docente, mejorar la gestión de los Campus, auditar y controlar mejorar sus cuentas, mejorar la calidad de la enseñanza, internacionalizar su actividad y vincular más sus planes de estudios con las empresas y el empleo. Y en paralelo, negociar con las Universidades la rebaja de costes de las matrículas, prometiendo a cambio una mayor financiación pública a las Universidades y una ampliación de las becas.

El gran problema en el funcionamiento diario de las Universidades es la tremenda precariedad laboral de sus profesores y la escasez de docentes, tras los recortes. Se calcula que entre 2012 y 2018, los Campus públicos perdieron 6.731 plazas de profesores (funcionarios e interinos), por la vía de no sustituir a los jubilados (tasa de reposición del 10% entre 2012 y 2014 y del 50% entre 2015 y 2016) y no renovar o despedir a los contratados. Y además, la no convocatoria de plazas hace que 1 de cada 3 docentes sean profesores asociados, sin garantía de plaza y con enorme precariedad laboral. Para oscurecer el panorama, se calcula que el 53,5% de los profesores permanentes se jubilan en 10 años y que en la próxima década se van a jubilar también el 90% de los actuales catedráticos…

La Ley intenta afrontar este grave problema laboral de la Universidad pública española (en la privada hay aún más precariedad). Por un lado, se permite contratar más, ampliando la tasa de reposición de los jubilados: en 2022, el Presupuesto permite contratar 12 profesores por cada 10 que se jubilen, aunque son las autonomías las que han de cumplirlo, porque son las que contratan  y pagan. Además se fija un cupo del 15% de las nuevas plazas para los profesores asociados (con tesis leída) que trabajen ya en la Universidad. Y se aumenta del 51 al 55% el porcentaje mínimo de profesorado funcionario que deben tener las Universidades, facilitando también la llegada de profesores extranjeros de apoyo, así como la figura del profesor asociado no doctor (para incorporar temporalmente a profesionales a la docencia). Y se establecen las normas para la progresión de carrera en las Universidades.

Otro problema que afronta la nueva Ley es la gestión de las Universidades, fijando criterios sobre la elección de Rectores y Decanos, la configuración del Claustro universitario y el Consejo de Gobierno de los Campus, introduciendo por primera vez sistemas de evaluación permanente de la actividad docente y auditorías sobre la gestión. Y se busca una igualdad de oportunidades para las mujeres, que ganan menos y tienen una escasa presencia en las cátedras (sólo el 21%) y en los puestos de dirección de las Universidades (sólo hay 9 rectoras en las 50 Universidades públicas).Otra cuestión clave de la Ley es intentar ordenar la carrera docente de los profesores universitarios, fijando tres niveles de progresión en la carrera académico y estableciendo normas para cubrir plazas.

Otro punto clave de la Ley es promover la producción y transferencia del conocimiento, exigiendo que todas las Universidades destinen un 5% de su Presupuesto a la investigación y que reserven al menos un 15% de sus plazas a investigadores. Y en paralelo, pretende mejorar la relación de la Universidad, las empresas y la sociedad, promoviendo “doctorados industriales” y la docencia de gestores de empresas, ayudando a una formación permanente de alumnos universitarios y sus profesores. Una medida clave  establece pasarelas” con la Formación Profesional Superior (FP): algo crucial: que los alumnos de la Universidad puedan terminar estudios de FP y viceversa. Vamos que un universitario pueda hacer estudios de FP y un alumno de FP formarse en la Universidad, algo básico para que los licenciados tengan una formación “más práctica”.

Y otro objetivo básico de la Ley es promover la internacionalización de las Universidades españolas, fomentando las alianzas entre los Campus españoles y los extranjeros y sobre todo en el programa Erasmus. Y facilitando la acreditación de profesores extranjeros y la vuelta de “talentos” españoles, que hoy tienen problemas (de acreditación) para volver y enseñar en la universidad. Y la docencia en el extranjero puntuará a favor de todo los profesores.

Es sólo un resumen, que “suena bien”. Pero la Ley, al entrar en cuestiones relacionadas con la gestión de las Universidades, las contrataciones o las carreras docentes, resulta muy polémica, porque intenta legislar sobre intereses muy contrapuestos. Por eso, aunque el ministro Castells ha estado un año de conversaciones para lanzar el anteproyecto, ha chocado con muchas críticas. Y por ello, ha hecho algo inaudito: cambiar por dos veces el anteproyecto de Ley  aprobado en agosto. El 5 de octubre presentó un 2º texto, dirigido a calmar a los rectores: les aseguraba que no serían elegidos por un Comité (como en la 1ª versión) sino por un sufragio “ponderado” de la comunidad académica, como ahora. Y deja a los Campus las normas sobre elecciones de los Claustros y Consejos de Gobierno. Y el 22 de octubre, Castells presentó un 3º texto de la Ley, dirigido a los sindicatos, modificando exigencias y normas sobre los profesores y la participación de los alumnos.

Pero los cambios no han convencido. Y así, en el Consejo de Universidades del 18 de noviembre, los rectores se han negado a emitir un informe sobre la Ley, que es preceptivo, criticando la Ley y sus cambios. Y tampoco han emitido su informe preceptivo las asociaciones de estudiantes, que convocaron protestas y manifestaciones, ese mismo 18 de noviembre, en 20 ciudades de 12 autonomías. Y en paralelo, el Gobierno catalán ha presentado 100 páginas de alegaciones a la LOSU, reclamando más autonomía de gestión para los Campus catalanes. Así las cosas, el ministro Castells ha paralizado el nuevo envío de la Ley al Consejo de Ministros, tras  el periodo de información pública, con lo que se retrasa también su envío al Congreso. Y eso que la LOSU es una de las Leyes que el Gobierno había prometido a Bruselas este año.

El fondo de las críticas a la LOSU es que los rectores de las Universidades quieren más autonomía y no les gusta que una Ley les diga cómo dirigir su Campus o le ponga reglas para contratar a sus profesores. Y los sindicatos de profesores y los alumnos quieren también más participación y más poder, que no se les regule por Ley. La cuestión es que con 17 autonomías, hace falta un marco legal unitario, como se hace en Europa, que establezca unos mínimos, para evitar las diferencias que ya hay en sanidad o educación no universitaria. Y para asegurar una calidad mínima y homogénea de la enseñanza universitaria. Pero el acuerdo va a ser difícil: cuanto más se intente regular, más resistencias. Y cuanto menos se regule, más posibilidades de consensuar una Ley que sea poco eficaz. En esas estamos.

Pero al margen de la LOSU, las Universidades españolas han de afrontar otros problemas de fondo, en los que nos jugamos mucho. Sobre todo dos: la financiación de las Universidades y su utilidad para el reto de modernizar la economía y crear más empleo. Además, las Universidades públicas (50, ninguna nueva desde 1998) han de afrontar “la competencia” de las Universidades privadas, las únicas que crecen (son ya 33), con alumnos que no superan el filtro de la EBAU (sobre todo en Madrid, donde la nota media es de 10,2 a 10,4, frente a 9,2/9,6 en Cataluña y 8,7/9,1 en Castilla León o la Rioja, por ejemplo). Y más que van a crecer, de la mano de Fondos e inversores extranjeros: en 2018, el fondo italiano Permira compró la Universidad Europea de Madrid, en 2019 la Universidad Alfonso X el Sabio fue comprada por el Fondo británico CVC (el que ha comprado parte de LaLiga)  y en 2021 el Fondo norteamericano KKR ha dado el salto a la Formación Profesional española, comprando la malagueña Medac. Año tras año, las Universidades públicas pierden alumnos y los ganan las Universidades privadas, muchas de dudosa calidad académica.

La primera gran asignatura pendiente es financiar mejor la Universidad. En conjunto, España destina el 1,3% de su riqueza (PIB) a financiar los estudios universitarios, frente al 1,5% de media en la OCDE y el 2% en EEUU, según un estudio de los rectores. Y si miramos solo la financiación pública, España destina el 0,83% del PIB, frente al 0,97% en la OCDE y el 0,98% en la UE-23. Eso significa que la Universidad española recibe un 14,5% menos de financiación pública que las Universidades extranjeras. A lo claro, eso significa que les faltan 2.400 millones de euros cada año (1.600 millones públicos). Y no es sólo que España destine menos recursos a financiar sus Universidades, sino que el esfuerzo (% del PIB) es menor hoy que hace 22 años, según los rectores). Y además, está mal repartido: hay Gobiernos autonómicos que gastan más que la media (6.210 euros por universitario), como La Rioja (9.000 euros), País Vasco (8.500), Cantabria (8.000), Galicia (7.800), Navarra o la Comunidad Valenciana (7.500 euros) y otras que gasta mucho menos, como Madrid (5.000 euros por universitario), Baleares (5.100), Extremadura (5.200), Murcia (5.500) o Andalucía y Castilla la Mancha (aportan 5.900 euros por universitario).

Esta escasa financiación, más los recortes iniciados en 2012, explican que la Universidad pública española  sea la 2ª más cara de Europa, junto a Holanda, según el ministro Castells. Y somos el 11º país europeo (de los 23 estudiados) con las tasas universitarias más altas, según un estudio de los rectores (CRUE). De los grandes paises, sólo se paga más por la Universidad en Reino Unido e Italia, no se paga casi nada en Francia y es gratuita en muchos paises europeos, como Alemania, Dinamarca, Suecia o Finlandia. En España, el 73% de los universitarios pagan tasas, un precio medio de 1.050 euros en Grado, aunque con una gran diferencia según titulaciones y autonomías (de 2.000 euros en Cataluña a 700 euros en Galicia. Claro que la privada es impagable: más de 1.000 euros al mes en Madrid.

El sistema de becas es también “insuficiente” (2.000 euros de media al año, según la CRUE), porque se han recortado mucho en la última década y dejan fuera a muchos universitarios que no alcanzan la nota exigida (5,5 puntos desde 2018). El Gobierno Sánchez lleva 2 años aumentando los fondos para becas, de las que se benefician ahora unos 390.000 universitarios (de 1,6 millones), que reciben unos 1.000 millones al año. Pero el problema sin resolver es que cobran las becas 4 meses después de iniciado el curso, porque hay que esperar a aprobar el Presupuesto siguiente, lo que crea serios problemas a sus familias.

La 2ª gran asignatura pendiente de la Universidad, junto a la financiación, es la adecuación de sus estudios a lo que exigen las empresas y la economía. Urge reconvertir los Planes de estudio, porque las Universidades (públicas y privadas) ofrecen un exceso de Grados (se ha pasado de 1.275 en 2008 a 2.920 en 2020-21) y  sobre todo de Máster (de 1.736 a 3.567), que les consumen recursos y esfuerzos, pero que no tienen sentido. Sobre todo, porque el 13% de las carreras no cubren ni la mitad de las plazas y el 25% no cubren el 75%.

El problema ya no es que la Universidad tiene una oferta de estudios excesiva e inútil, sino que además, los alumnos estudian carreras sin salida, curso tras curso. Así, en el curso 2020-21 (últimos datos de Educación), el 47,1% de los nuevos alumnos de la Universidades públicas eligieron Ciencias Sociales y Jurídicas (carreras con mucho paro) o Ciencias de la Salud (18,85% y sólo el 6,3% se matricularon en Ciencias (carreras más difíciles pero con más empleo) y otro 18,85% ingenierías y arquitectura. De hecho, la gran diferencia de España con otros paises europeos es que somos el país con menos universitarios matriculados en titulaciones STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas): un 23,4% frente a un 28,1% en la UE-23, un 25,5% en Italia y Francia, un 30,5% en Reino Unido y un 37,5% de los universitarios matriculados en Alemania, según el último informe de la CRUE.

La consecuencia es que las empresas no encuentran licenciados con la formación que necesitan. Y sucede, ya desde 2020, que hay más ofertas de empleo para los que han estudiado FP (41,3% de las ofertas) que para los universitarios (33,7%), según Infoempleo y Adecco. Esta falta de adecuación entre lo que se estudia en la Universidad y lo que buscan las empresas se ve claro en dos datos dramáticos. Uno, que la tasa de empleo de los licenciados españoles (25 a 34 años) es la más baja de Europa: trabajan el 75%, frente al 83% en la UE-22 o en la OCDE, el 84% en Portugal, el 85% en Francia, el 88% en Alemania, el 91% en Reino Unido o el 92% en Paises Bajos (solo es peor en Italia: 67% empleados), según el Informe “Panorama de la Educación 2021” de la OCDE. Y además, 1 de cada 4 universitarios en España (el 24%) sigue en paro 3 años después de licenciarse, algo que sólo les pasa al 16,3% en Europa y al 7,5% en Alemania. El otro dato es el paro de los universitarios (25 a 34 años): en España están desempleados el 15%, más del doble que en Europa (6% de licenciados desempleados) y casi cuatro veces Alemania (4% paro). Demoledor.

Con estos datos sobre el elevado paro y el bajo empleo de nuestros universitarios (sepamos además que un tercio están subempleados, “sobrecualificados”: trabajan en empleos que exigen mucha menos formación, desde cajera de supermercados a bares o tiendas), queda claro que la Universidad española tiene que reconvertirse a fondo, con una nueva Ley o sin ella. Habría que lograr un gran acuerdo para que sea más eficaz y ayude a crear empleo de calidad, al margen de las peleas de cada uno por su parcela de poder, su cátedra o su Campus. Nos jugamos mucho.