La consecuencia más directa para Occidente de esta guerra en Oriente Medio es la subida de los precios de la energía, que ya se empieza a trasladar a muchos otros precios y a la inflación general, con vaivenes según los ataques y las treguas. El precio del petróleo sigue alto, en 104,85 dólares el barril de Brent el viernes, que es más que antes de los ataques a Irán (72,48 dólares/barril), pero menos que el máximo de marzo (118,35 euros el día 31). Y lo mismo pasa con el gas natural, que costaba el viernes 44,50 euros, más que antes de la guerra (31,95 euros/MWh) pero menos que en marzo (50,75 euros/MWh el día 31). El problema es que el doble bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que pasa un 20% del petróleo y el gas que se consume en el mundo y la mayoría del que se consume en Asia, ha disparado el precio internacional del crudo, que podría llegar a los 150 dólares/barril.
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lunes, 27 de abril de 2026
Una guerra empantanada y costosa
Mañana se cumplen 2 meses de los ataques de EEUU e
Israel a Irán, que han puesto patas arriba los mercados energéticos y la
economía mundial. Entre treguas incumplidas y ataques, los precios del
petróleo y el gas siguen altos, provocando una subida de la inflación
y enorme incertidumbre en familias, empresas e inversores. Esta
guerra en Oriente Medio tiene un alto coste en vidas, heridos y desplazados,
pero afecta también a nuestros bolsillos: Europa pierde 500 millones al día
por el conflicto. Pero, la Comisión Europea y muchos Gobiernos no
toman medidas eficaces frente a esta nueva crisis, tras la Cumbre en
Chipre el viernes, mientras el FMI augura un mínimo crecimiento para Europa,
que podría acabar en recesión si la guerra se alarga.
Sólo hay una salida: Europa debe ser más autosuficiente en energía,
acelerando la electrificación de la economía y las
renovables, como hace España. Y eso obliga a avanzar en el Pacto
verde europeo, no a frenarlo, como defienden la derecha y
la ultraderecha. "Huir del petróleo" y electrificar la economía, la mejor receta ante las crisis energéticas
La consecuencia más directa para Occidente de esta guerra en Oriente Medio es la subida de los precios de la energía, que ya se empieza a trasladar a muchos otros precios y a la inflación general, con vaivenes según los ataques y las treguas. El precio del petróleo sigue alto, en 104,85 dólares el barril de Brent el viernes, que es más que antes de los ataques a Irán (72,48 dólares/barril), pero menos que el máximo de marzo (118,35 euros el día 31). Y lo mismo pasa con el gas natural, que costaba el viernes 44,50 euros, más que antes de la guerra (31,95 euros/MWh) pero menos que en marzo (50,75 euros/MWh el día 31). El problema es que el doble bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que pasa un 20% del petróleo y el gas que se consume en el mundo y la mayoría del que se consume en Asia, ha disparado el precio internacional del crudo, que podría llegar a los 150 dólares/barril.
Esta fuerte subida del petróleo (+44,6% en dos
meses) ha impactado directamente en los precios de los carburantes, que
han subido más. Y eso por dos razones. La primera, que el precio del
teórico del crudo Brent (que se fija en el ICE de Londres) no
es el que pagan realmente las petroleras y refinadoras, sobre todo en
periodos de conflicto: el precio real del crudo de entrega
inmediata (a 15 días), llamado
Dated Brent, es mucho más alto: el 10 de abril, por ejemplo, el precio en
el mercado de futuros era de 96 dólares barril, pero las refinerías pagaron 131
euros. La otra razón es que hay
distintas calidades de crudo: hay tipos de petróleos que son
más o menos pesados y permiten producir más o menos derivados (gasolina o
diesel), que en muchos casos no se refinan en cada país sino que se importan. Y
la subida del crudo ha disparado también el
precio del gasóleo (la mayoría importado en Europa).
Todos estos factores han llevado a una fuerte subida
de los carburantes, en muchos casos más que el crudo. Tras la fuerte
subida de los primeros días, a finales de febrero, la gasolina ha
pasado de 1,44 euros/litros el día antes de la guerra (27 de febrero) a un
máximo de 1,8005 euros litro el 20 de marzo, para bajar luego (gracias a la
rebaja del IVA del 21 al 10%, en vigor el 21 de marzo), hasta 1,556
el 31 de marzo y 1,51
euros/litro el viernes (7 céntimos más que antes de la guerra). Y el
gasóleo, que costaba 1,39 euros/litro el 27 de febrero, subió mucho más,
hasta 1,936 euros el 20 de marzo, para bajar después (por el recorte del IVA) a
1,794 euros/litro el 31 de marzo y 1,731 el viernes (+34
céntimos que antes de la guerra).
El otro efecto de esta guerra es la subida del
precio del gas natural, que afecta al precio de la luz, porque una
parte se genera con centrales de gas. En marzo, el precio mayorista de
la electricidad subió a 41,77 euros/MWh, más que en febrero (16,41
euros) pero menos que un año antes (53,03 euros/MWh en marzo 2025). Y como las
energías renovables aportaron el 63,1% de la electricidad en marzo,
eso permitió que tuviéramos 141 horas (el 19% del total) a precio negativo
(127 horas) o cero (14 horas). Además, el Gobierno bajó, desde el 22 de
marzo, los 3 impuestos que paga la electricidad. Consecuencia: el
recibo al consumidor con un contrato regulado bajó unos céntimos en marzo,
a pesar de la guerra: habrá sido de 62,22 euros, casi 1 euro menos
que en febrero (63,19 euros) y casi 9 euros menos que en enero (71,77
euros). Y en abril, el precio mayorista ha bajado respecto a
marzo (39,35
euros/MWh hasta el 24 de abril), con lo que bajará otra vez el recibo este
mes.
A pesar de que la luz ha ayudado, los carburantes han
provocado una fuerte subida del IPC en marzo, en
Europa (+0,7%, hasta un 2,8% anual) y más en España: +1,2%
en marzo, según el INE,
la mayor subida en un mes desde junio de 2022 (+1,9%), lo que coloca la inflación media en el 3,4%,
el peor dato desde junio de 2024. Y eso que todavía no se observa que la subida
del petróleo, el gas y los carburantes se haya trasladado al transporte, la
industria o los alimentos, que podrían subir por los mayores
precios de los fertilizantes y muchas materias primas. Preocupa
además la
subida del helio (que se produce en los paises del Golfo, a partir
del gas), clave para la fabricación de chips, y de muchos principios activos y medicamentos,
incluidos
los condones (que proceden de India y el sudeste asiático).
Mientras fracasa el ultimo intento de negociación entre EEUU e Irán, la
preocupación ahora en medio mundo es que falten suministros en unas
semanas, a pesar de que la Agencia Internacional de la Energía (AIE)
haya aprobado liberar
400 millones de barriles de las reservas estratégicas de crudo,
para que no haya escasez. Pero la misma AIE ha alertado de que podría
faltar keroseno para los aviones en 6 semanas. Y hay paises de Asia
que ya han empezado a racionar los carburantes, mientras China ha suspendido
sus exportaciones de gasóleo. En Europa, lo que más preocupa es el suministro
de keroseno, que ya ha provocado un recorte
de vuelos futuros en Lufthansa y KLM. El problema lo tienen sobre todo Reino
Unido (que importa el 65%), Francia,
Alemania e Italia (que importan el 50%), pero afecta menos a España (que
sólo importa el 20% de este combustible). A más largo plazo, en verano,
en Europa preocupa el abastecimiento de gasóleo y gasolina,
porque hay pocas refinerías en Europa, que importa el 50% de estos carburantes.
España,
con 8 refinerías, está mucho mejor, porque sólo importamos el 10% del
gasóleo y exportamos gasolina.
Además del temor a los desabastecimientos de crudo y
carburantes, la otra preocupación del mundo es que esta nueva guerra
dispare la inflación y recorte el crecimiento, con el riesgo de una recesión
si el conflicto dura meses. El Fondo Monetario (FMI) acaba de lanzar una
primera alerta, en
su Informe del 14 de abril: el mundo crecerá menos este año
(3,1%, un 0,2% menos de lo que esperaban en enero) y subirá más la
inflación mundial (+0,6%). La zona más afectada será Asia (China, Japón
e India), pero también Europa: la zona euro sólo crecerá un +1,1%, con
el agravante de que Alemania crecerá la mitad de lo
previsto (+0,5%), según
las últimas estimaciones del Gobierno Merz, Francia un +0,9% e Italia
+0,5%, aunque para España estiman un crecimiento del +2,1% (-0,2%
que en enero).
Caiga o no el crecimiento y suba la inflación, la guerra lanzada
por Trump y Netanyahu en Oriente Medio ya tiene un alto coste para Europa y
sus ciudadanos: 500
millones diarios, según fuentes europeas, lo que equivale a 30.000
millones de euros en estos 2 primeros meses de conflicto. Sin embargo, la Comisión
Europea no ha aprobado todavía ninguna medida para atajar esta crisis,
aunque sí algunos paises: Hungría, Portugal, Croacia, Austria, España, Italia y Francia han
fijado precios máximos a los carburantes, rebajas fiscales o descuentos directos. En el caso de España,
las
ayudas de marzo a los carburantes y la luz, suponen un coste (hasta junio,
su periodo inicial de vigencia) de 4.000 millones de euros, habiendo permitido
una rebaja de 24 céntimos en el gasoil y 29 céntimos en la gasolina, según la Confederación de Estaciones de servicio.
Pero la Comisión Europea y la Cumbre
europea en Chipre, el viernes,
apenas han pasado de generalidades: ahorrar energía, promover el
transporte público, rebajar impuestos o promover la electrificación de las
economías. Y mientras España, Italia, Bélgica y Letonia pedían “más
ambición en las medidas”, la presidenta Von der Leyen traspasaba la
responsabilidad de las medidas contra esta crisis energética a la reunión de los
ministros de Economía de los 27, en mayo. Otro retraso, después
de que Bruselas
rechazara la propuesta de España, Alemania, Italia, Austria y Portugal para
aprobar un impuesto extraordinario sobre los beneficios de las petroleras
europeas, que están obteniendo un beneficio extra de 81,4 millones diarios
con esta crisis, según
este estudio de Greenpeace (serían 2.500 millones de beneficios extras sólo
en marzo). España es el tercer país donde las petroleras (básicamente Repsol,
Moeve y BP) tienen más beneficios extras, unos 11,5 millones diarios, gracias a
su
margen sobre cada litro de diesel (17,1 céntimos) y gasolina (2,5
céntimos).
En medio de una crisis energética que afecta mucho a
Europa (aunque menos que la provocada inicialmente por la guerra
de Ucrania), España
es de los paises europeos menos afectados, por varias razones. Una,
que estamos menos expuestos a los suministros de Oriente Medio: de allí sólo
procede el
5% del petróleo que compramos y el 2% del gas natural, frente a un 10% de
dependencia del conjunto de Europa. Dos, que España ha mejorado mucho su
eficiencia energética (cantidad de energía necesaria para generar 1.000
euros de PIB) desde comienzos de este siglo, reduciéndose un tercio. Y tres, la
más importante, el fuerte peso de las energías renovables
en la generación de electricidad en España: 60,7%
de la generación en el primer trimestre 2026 (frente a un 45% en la UE-27),
lo que nos permite depender menos de las energías fósiles (petróleo u gas). Con
todo, España tiene un enorme hándicap estructural: tenemos una
altísima dependencia energética respecto al exterior, dado
que importamos el 70% de la energía que consumimos, muy por encima del 58%
de dependencia energética que tiene el conjunto de Europa.
Así que esta nueva guerra, como la de Ucrania, nos debería
servir para aprender y tomar medidas que nos permitan afrontar mejor
futuras crisis (que llegarán). La clave es “huir de los
combustibles fósiles” (petróleo, gas, carbón), que además de destruir
el clima (son los principales responsables de los gases de efecto invernadero)
están vinculados a paises y zonas del mundo muy inestables, que pueden provocar
nuevos conflictos geopolíticos. Eso debería llevarnos a apostar por los
recursos autóctonos, especialmente el sol, el aire y el agua (más el
hidrógeno verde), que no sólo son más baratos sino que nos hacen
independientes. Eso es lo que pretende el
Pacto verde europeo, puesto ahora en cuestión para la extrema
derecha europea y el propio PP europeo, que avanzan
en posiciones negacionistas. Y en España, el PP ha cedido a Vox en las
autonomías (de momento en Extremadura, pronto en Aragón, Castilla y León y
Andalucía), negando
muchos elementos del Pacto verde europeo, precisamente ahora que la
guerra en Oriente Medio deja clara la importancia de apostar por las energías
renovables y el medio ambiente.
Además de una apuesta más decisiva por las renovables,
España y el resto de Europa deberíamos sacar lecciones de las dos últimas
crisis energéticas (Ucrania y Oriente Medio). Una, que hay que potenciar
las reservas estratégicas, para evitar racionamientos y cortes de
suministros. Dos, que hay que electrificar la economía, desde las
empresas (muchas siguen consumiendo fuel y gas) al transporte (apenas hay
furgonetas y camiones eléctricos, además de que el 90,3%
del parque de vehículos en circulación van con gasóleo o gasolina) y a las
viviendas (gas y calderas de gasóleo). Tres, hay que apostar por el ahorro
energético, sobre todo en las viviendas (rehabilitación), industrias y
servicios. Y hay que seguir
apostando por las energías renovables, para que generen el 81% de la
electricidad en 2030. Además, a corto plazo, urge vigilar la formación de
precios en los carburantes, para que no suceda en el futuro que suben
enseguida tras una crisis y tardan meses en bajar.
Al final, esta guerra en Oriente Medio (como la de Ucrania y
los distintos conflictos internacionales latentes), tienen un coste clave:
generan
incertidumbre en los ciudadanos, las empresas y los inversores. Y
por ello, el mayor riesgo de fondo no es pagar más caros los
carburantes, la luz, el transporte o los alimentos sino que los hogares se
preocupen y reduzcan su gasto (el ahorro
está aumentando en toda Europa desde hace 3 años) y las empresas
(que venden y ganan más que nunca) destinen su liquidez a depósitos, Bolsa o
reducir deudas en
vez de a invertir y crear riqueza y empleo. Con menos
consumo e inversión y con menos exportaciones (por un
comercio conflictivo y menos globalizado), España, Europa y la mayor parte del
mundo crecerán menos y podríamos caer en otra recesión. Por eso urge
parar esta guerra (y la de Ucrania) y unificar esfuerzos en Europa para
salir adelante. Sin más dilaciones.
La consecuencia más directa para Occidente de esta guerra en Oriente Medio es la subida de los precios de la energía, que ya se empieza a trasladar a muchos otros precios y a la inflación general, con vaivenes según los ataques y las treguas. El precio del petróleo sigue alto, en 104,85 dólares el barril de Brent el viernes, que es más que antes de los ataques a Irán (72,48 dólares/barril), pero menos que el máximo de marzo (118,35 euros el día 31). Y lo mismo pasa con el gas natural, que costaba el viernes 44,50 euros, más que antes de la guerra (31,95 euros/MWh) pero menos que en marzo (50,75 euros/MWh el día 31). El problema es que el doble bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que pasa un 20% del petróleo y el gas que se consume en el mundo y la mayoría del que se consume en Asia, ha disparado el precio internacional del crudo, que podría llegar a los 150 dólares/barril.
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jueves, 23 de abril de 2026
Plan de vivienda: sin las autonomías no sale
El Gobierno aprobó este martes el Plan estatal de
vivienda 2026-2030, que triplica el gasto (7.000 millones) en
vivienda pública, ayudas al alquiler y rehabilitación. El Plan tiene dos
novedades. Una, que el Estado aportará el 60% a las autonomías que financien
el otro 40%. Otra, que impone condiciones: las VPO financiadas no se
puedan vender, incorpora medidas contra la corrupción en su adjudicación
(Alicante) y exige más información y control. Madrid y otras autonomías
gobernadas por el PP (son 11) lo rechazan, porque “invade
competencias”, pero habrá que ver si están dispuestos a perder los 4.200
millones de aportación estatal (667 millones para Madrid). La votación
autonómica del Plan se hará en mayo y si se rechaza, será papel
mojado, como la Ley de Vivienda. Además, faltan medidas (suelo y
financiación) para promover más viviendas “libres” (sólo 80.792
terminadas en 2025) y para conseguir más viviendas en alquiler. Pero
todas exigen colaboración entre Gobierno, autonomías y
Ayuntamientos, algo inexistente. Así, la vivienda no tiene
enmienda. Enrique Ortega
El problema de la vivienda en España se agrava día a día. Comprar una casa se ha vuelto un objetivo imposible para la mayoría de jóvenes y familias, porque su precio está por las nubes: cerró 2025 con un coste de 2.230 euros/m2, según el Ministerio de Vivienda, un récord histórico, que es mucho mayor en Madrid (5.820 euros/m2) y Barcelona (5.144 euros/m2), según el portal Idealista. Eso supone que comprar un piso de 100 m2 obliga a pagar una hipoteca (80% del precio) de 907 euros mensuales, además de tener ahorrado un 30% del precio para la entrada, gastos e impuestos. Y si hablamos de comprar un piso en Madrid (582.000 euros/100 m2) o Barcelona (514.000 euros/100 m2), tendríamos que pagar entre 2.368 euros mensuales de hipoteca (Madrid) y 2.093 euros, algo imposible salvo para los que ganen en torno a los 7.000 euros (la banca sólo concede hipotecas por el 30% del sueldo).
El resultado es que la mayoría de las familias y jóvenes
no puede comprar piso. Y tampoco alquilar, porque no hay apenas
casas en alquiler y eso ha disparado los precios: en marzo, el alquiler medio
estaba en 15 euros/m2, según
Idealista, el máximo de la serie histórica y una subida del +44,2% sobre
2019 (10,4 euros/m2), el doble de la subida de la inflación (+24,6%) y los
sueldos (+19,53%). Y esa es la media (1.350 euros de alquiler por un piso de 90
m2), porque los alquileres
son mucho más altos en las grandes capitales, sobre todo en Madrid (23,2
euros/m2: 2.088 euros por un piso de 90 m2) y Barcelona (22,6 euros/m2: 2.034
euros vivienda 90 m2). Y además, los que intentan alquilar se encuentran con
muchos candidatos por cada vivienda, con lo que el dueño “selecciona” y a veces
obliga a pagos y condiciones ilegales, mientras se disparan también los
alquileres por habitación (superan los 500 euros).
Cada año, hay 200.000 nuevas familias y jóvenes
que se incorporan a buscar un piso para vivir y no pueden comprarlo ni
alquilarlo. El problema de fondo es que hay pocas viviendas disponibles y un déficit
estimado de 600.000 viviendas, mientras se construyen pocas
viviendas. Así, en 2025 se iniciaron 121.827 viviendas “libres” (de
promoción privada), +8,5% que en 2024 (112.220), según
los datos de Vivienda. Y entre 2020 y 2025 se iniciaron 605.517 viviendas, menos
en 6 años que las iniciadas en todo 2004, 2005 y 2006 (+600.000 cada año).
Y si miramos las viviendas terminadas, han sido sólo 80.792 viviendas
en 2025, menos que en 2024 (86.609). Y en los últimos 6 años (2020-2025)
se han terminado en España 489.431 viviendas “libres”, menos de las terminadas
en 2004,2005, 2006 y 2007 (+500.000 cada año).
Si miramos las viviendas de protección oficial (VPO),
que promueven el Estado, autonomías o Ayuntamientos, el balance es aún más
preocupante. En 2025, se calificaron provisionalmente 15.503 VPO de planes
estatales y autonómicos, menos que en 2024 (23.967 VPO calificadas), según
datos de Vivienda. Y si vamos a las calificaciones definitivas,
fueron sólo 11.104 las VPO, también menos que en 2024 (14.371 VPO). Y en
los últimos 6 años (2020 a 2025) se han calificado (terminado) 64.542 VPO, una
cifra similar a las VPO calificadas en 2005, 2006, 2007 y 2008 (ojo: más de
60.000 VPO calificadas cada año).
¿Qué está pasando? ¿Por qué ha caído tanto el número de
viviendas terminadas? Las razones
aportadas por promotores y constructores son varias: escasez de suelo
urbanizado (muy caro), problemas burocráticos y administrativos que han parado
muchos Planes urbanísticos, elevados costes de la construcción, falta de mano
de obra cualificada y serias dificultades de financiación, porque la banca
sigue “huyendo el ladrillo”. En el caso de las viviendas protegidas
(VPO) hay
otras razones adicionales: la congelación de los precios máximos de
venta (los módulos se empezaron a actualizar en 2024), la falta de suelo
finalista, los excesivos trámites burocráticos y la escasa financiación. Incluso se ha dado la paradoja de que los precios
de la VPO superaban a los de la vivienda “libre”.
Con 80.000 nuevas viviendas “libres” terminadas al año y
otras 11.000 VPO no se soluciona el problema de fondo de la vivienda, que es la
falta de oferta. Los expertos estiman que habría que construir
unas 150.000 viviendas al año como mínimo (se terminan 91.000), de
ellas 70.000 VPO, la mayoría para alquiler. Pero para eso, el Estado y
las autonomías deberían gastar más en vivienda, algo que hoy no hacen.
Y además, es importante crear un parque público de VPO, para
atender la demanda con menos recursos (jóvenes y familias vulnerables). España
carece de este parque público de VPO: sólo hay unas 300.000 viviendas,
el
3,3% del total, cuando la media en la UE-27 es el 8% (y el 29%
en Paises Bajos, el 24% en Austria, el 20% en Dinamarca o el 16% en Suecia). La
culpa es de los gobiernos anteriores, que han permitido la venta de gran
parte de las VPO a particulares y Fondos de inversión: en
los últimos 40 años se han construido en España 2,7 millones de VPO,
pero la mayoría se han vendido.
En España se promueven pocas viviendas “libres” y muy pocas
VPO porque el gasto público en vivienda es mínimo, mucho menor al
de otros paises europeos. Así, el gasto público en promoción de vivienda
“libre” (2007-2022) ha sido en España de 46,9 euros/habitante, frente a
58,1 euros en Alemania, 103,9 euros en Francia ,111,7 euros en Dinamarca, 121
euros en Francia, 125, 3 euros en Italia y 157,9 euros en Irlanda, según
el Boletín de Vivienda Social 2024. Y si miramos el gasto en protección
social en vivienda (VPO y ayudas), España gastó (entre 2007 y 2021) 34
euros/habitante, la cuarta parte del gasto social en vivienda en la
UE-27, que fue de 160,5 euros/habitante, siendo también mucho mayor
el gasto en Irlanda (334 euros/habitante), Dinamarca (318), Francia (274),
Finlandia (246), Alemania (209), Suecia (187) y Paises Bajos (171,6), aunque
mucho menor en Italia (8,5 euros/habitante).
El gasto público en vivienda (Estado y autonomías)
sufrió también los recortes de Rajoy, pasando de un máximo de 2.761
millones en 2009 a menos de la mitad en 2013 (1.103 millones).
El Gobierno Sánchez subió la aportación estatal y también varias autonomías, a
partir de 2019 (1.590,5 millones) y sobre todo en 2022 (2.668 millones), 2023
(2.149 millones) y 2024
(2.286 millones), aunque el gasto es todavía menor al de 2009. Y el
último Plan estatal de Vivienda 2022-2025 destinó 2.300 millones
del Estado central a promoción de VPO y ayudas a compra y alquiler, 583
millones al año. Una cifra ridícula si se compara con lo
que España gasta al año en pensiones (190.687 millones), en sanidad (99.347
millones), en educación (63.380 millones) o en Dependencia
(11.500 millones), lo que indica que la vivienda es “el patito feo
del Estado del Bienestar” en España.
Este nuevo Plan estatal de vivienda 2026-30 tiene
3 objetivos. El primero, aumentar la oferta de
viviendas protegidas (VPO), para lo que se destinan el 40% de los recursos
(2.800 millones). Para conseguirlo, duplica la ayuda actual para promover estas
viviendas VPO (subvenciona hasta 85.000 euros por piso, más otros 8.500 si se
utilizan métodos avanzados de construcción), incorporando la figura de
promotores sociales de vivienda (con ayudas que pueden llegar a 102.000 euros
por vivienda).Y además, contempla la compra de viviendas a particulares para
incorporarlas al parque de VPO (cubriendo el 70% de la compra y hasta el 85% si
se compran en zonas tensionadas). Todo esto, con dos condiciones: que el
alquiler de estas VPO no supere los 900 euros (y tengan un precio de compra
tasado) y blindarlas para que no puedan venderse y sigan siendo VPO en el
futuro.
El 2º objetivo del Plan es mejorar
el parque de vivienda, con un apoyo a la rehabilitación (30% de los
recursos: 2.100 millones). Se darán hasta 20.500 euros por vivienda que se
rehabilite (con mejoras estructurales, de acceso y eficiencia energética), con
una ayuda mayor cuando se rehabilite una vivienda vacía y se ponga después en
alquiler (asequible): se puede conseguir una ayuda de 35.000 euros y hasta
35.000 si está en zona rural.
El tercer objetivo del Plan (con 30% de recursos: 2.100
millones) se destinará a ayudas
al alquiler, especialmente para jóvenes hasta 35 años (la ayuda
llega a 300 euros, un tercio del alquiler máximo subvencionable, con avales
públicos para ayudarles a alquilar) y familias vulnerables, contemplándose
también ayudas al alquiler con opción de compra (hasta 30.000 euros) y ayudas a
la compra en municipios en riesgo demográfico. En todos los casos, el Plan
pretende que el alquiler o la compra no supere en 30% de los ingresos.
El Ministerio de Vivienda dice que ha
tenido 28 reuniones con las autonomías, más muchas otras con
expertos, instituciones, promotores y fuerzas sociales desde que presentó el
primer borrador de este Plan, en septiembre pasado. Y que ha incluido muchas
sugerencias. Pero de momento, la Comunidad de Madrid (Ayuso) y el PP
(Feijóo) han
criticado este Plan, al que acusan de “intervencionista”,
por los condicionantes que exige a las autonomías (que tienen transferida la
gestión de la vivienda). Este Plan estatal de Vivienda no
tiene que pasar por el Parlamento, pero debe votarse en mayo
en la Conferencia sectorial de vivienda, que agrupa al Gobierno central y a las
autonomías, para ponerlo en marcha en el 2º semestre de 2026. La
ministra de Vivienda confía en que las autonomías gobernadas por el PP (11) no
voten en contra, porque perderían el 60% que aporta el Estado: Madrid
perdería 667 millones y Andalucía 718 millones. Madrid
dijo el martes que no
apoyaba el Plan y el miércoles que no se quedará fuera…Así que no sabemos sí
boicotearán el Plan, como ya hicieron con la Ley de Vivienda,
aprobada en 2023 y cuyos controles de alquileres no aplican.
Con todo esto, el Plan estatal de Vivienda, la
herramienta para promover viviendas protegidas y las ayudas al alquiler para
jóvenes, está en el aire. Pero hay otros temas
relacionados con la vivienda que también están en el aire. Por un
lado, relanzar la promoción de viviendas libres, dado que las
viviendas terminadas en 2025 han caído (a 80.792). Urge
un acuerdo (otro) entre el Gobierno, las autonomías, los
Ayuntamientos y lo promotores-constructores para resolver los problemas
que impiden construir más: falta de suelo urbanizado (y urbanizable),
exceso de burocracia en las promociones y resolución de conflictos (la reforma
de la Ley del Suelo, para agilizar licencias, está
parada en el Congreso), frenar subida costes y aumentar la mano de
obra formada, así como conseguir financiación (los bancos “huyen del ladrillo”.
Todo para conseguir duplicar la construcción, hasta 150.000
viviendas/año.
Además, hay que actuar ante el grave problema de los
alquileres, no sólo aumentando la oferta (para lo que hay que limitar
drásticamente los pisos turísticos y los alquileres de temporada) sino creando
entidades públicas (como Bizigune
en el País Vasco ) que den tranquilidad a los propietarios, asegurándoles
que cobran cada mes si alquilan sus viviendas. Y favorecer, con medidas
fiscales (IRPF y el IBI) que se pongan en alquiler pisos vacíos. Y
habrá que ver cómo evolucionan los
topes al alquiler en los 308 municipios que los aplican (271 en
Cataluña, 22 en Navarra, 14 en el País Vasco, más A Coruña), porque parece que han
permitido bajar algunos alquileres en Cataluña, aunque ha sido a costa de
caer más la oferta. Y habría que evaluar qué pasa con el
millón de alquileres que hay que renovar en 2026 y 2027, que el
Gobierno propone congelar (con una subida del 2% anual), aunque PP, Vox, UPN y
Junts votarán
en contra (este martes 28 de abril) del Decreto
aprobado, complicando la vida a 2,6 millones de personas que han de
renovar su alquiler.
Al final, la vivienda es el
primer problema de los españoles, pero nuestros políticos son incapaces
de ponerse de acuerdo en buscar soluciones, desde conseguir suelo,
permisos y financiación para construir a aprobar ayudas públicas eficaces tanto
para construir muchas más viviendas protegidas para que accedan a ellas
jóvenes y familias con ingresos bajos y medios. Este Plan
estatal de vivienda es otra oportunidad de tomar medidas: aunque no
se esté de acuerdo con muchas cosas, es una base para avanzar.
Pero podría bloquearse por el constante enfrentamiento político. Unos
por otros, la vivienda no se enmienda. Y lo sufren millones de españoles
¡ Ya está bien !
El problema de la vivienda en España se agrava día a día. Comprar una casa se ha vuelto un objetivo imposible para la mayoría de jóvenes y familias, porque su precio está por las nubes: cerró 2025 con un coste de 2.230 euros/m2, según el Ministerio de Vivienda, un récord histórico, que es mucho mayor en Madrid (5.820 euros/m2) y Barcelona (5.144 euros/m2), según el portal Idealista. Eso supone que comprar un piso de 100 m2 obliga a pagar una hipoteca (80% del precio) de 907 euros mensuales, además de tener ahorrado un 30% del precio para la entrada, gastos e impuestos. Y si hablamos de comprar un piso en Madrid (582.000 euros/100 m2) o Barcelona (514.000 euros/100 m2), tendríamos que pagar entre 2.368 euros mensuales de hipoteca (Madrid) y 2.093 euros, algo imposible salvo para los que ganen en torno a los 7.000 euros (la banca sólo concede hipotecas por el 30% del sueldo).
Ahora, el Gobierno Sánchez ha aprobado un Plan
estatal de Vivienda 2026-2030 más ambicioso, que pretende gastar el
triple, 7.000 millones de euros en 5 años (ojo, son solo 1.400
millones al año en promoción pública de vivienda y ayudas). El Plan tiene 2
novedades importantes sobre el anterior. Una, que el Estado central no
es “el cajero del Plan”, no aprueba una inversión y luego son las autonomías
quienes gastan y lo ejecutan, sin comprometerse a otro gasto adicional. Ahora, el
Estado central (el Presupuesto) aporta el 60% del gasto (4.200 millones),
pero sólo si las autonomías aportan el 40% restante (2.800 millones). Y
la otra novedad, que la inversión está “condicionada”, debe cumplir 3
condiciones: las VPO promovidas no se pueden vender (para crear un parque
público), la adjudicación de los pisos y ayudas ha de ser transparente (para evitar
corruptelas como las
adjudicaciones en Alicante) y las autonomías han de aportar estadísticas
de vivienda y un seguimiento del Plan.
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lunes, 20 de abril de 2026
Más despidos encubiertos (y baratos)
España sigue creando mucho empleo, pero las empresas
también despiden más que nunca: más de 2 millones de
trabajadores perdieron su empleo en 2025 por despidos disciplinarios, causas
económicas o incumplir el periodo de prueba. Una cifra que, desde 2023, duplica
los despidos que se hacían antes de la reforma laboral.
Parece que las empresas utilizan estas tres vías para renovar sus
plantillas, para despedir a empleados (la mayoría con contrato fijo)
ahora que no pueden hacer tantos contratos temporales. Y lo hacen, además,
porque les sale barato: el 54% de estos despidos “encubiertos” no se
indemnizan (coste cero). Los sindicatos lo denunciaron a
Europa en 2022 y, en 2024, el Consejo de Europa les dio la
razón, pidiendo subir indemnizaciones a estos despidos. En
octubre pasado, el Gobierno intentó pactar una reforma con
sindicatos y empresarios, pero la patronal se levantó de esa mesa
y no quiere negociarlo. Ahora, los sindicatos tienen como prioridad
reformar y encarecer el despido (indemnizaciones de 3 a 6 meses)
para frenar abusos. Enrique Ortega
El mercado de trabajo es muy dinámico y no para: cada día se hacen en España miles de contratos (1.311.070 en marzo de 2026), varios por cada puesto de trabajo al año. Y eso se traduce en millones de altas y bajas a la Seguridad Social cada mes. Así, en marzo de 2026 se registraron 2.228.423 altas a la SS y 2.132.725 bajas, según los datos oficiales, con un récord histórico de más de 22 millones de afiliados desestacionalizados, 523.570 afiliados más que hace un año, gracias a que las altas de afiliados superan a las bajas.
Este gran dinamismo del mercado de trabajo español y
la fuerte creación de empleo neto (+2.496.400 ocupados desde 2019) oculta
un dato llamativo: las bajas a la Seguridad Social se
han disparado en los últimos 4 años, tras la reforma laboral de
2021 (en vigor desde 30 de marzo de 2022): de ser poco más de 1 millón
en 2021 se saltó a 1,75 millones en 2022 y 1,96 millones en 2023,
para superar
los 2 millones las bajas anuales en 2024 y 2025. Y en los dos primeros
meses de 2026 han seguido creciendo, superando las 300.000 bajas, la mayoría por
despidos disciplinarios o por causas objetivas (153.741 en enero y febrero)
y otros 141.157 despidos por no superar el periodo de prueba, un despido
que se
ha multiplicado por 13 desde la reforma laboral.
Los sindicatos y
muchos expertos consideran que las empresas utilizan estas vías para
realizar “despidos
encubiertos”, una “puerta trasera” para cambiar
trabajadores y rotar plantillas, ahora que la reforma laboral les dificulta
los contratos temporales. Y denuncian además, que este tipo de bajas permiten
a las empresas “quitarse trabajadores” con muy poco coste. De hecho,
los
datos de la SS revelan que el 54,3% de las bajas por despido hechas
en 2025 fueron por despidos disciplinarios, que no conllevan el
pago de indemnización. Y todas las bajas por no superar el periodo de
prueba (1.023.345) no tuvieron ningún coste para las empresas.
Hasta la reforma laboral, las empresas
utilizaban los contratos temporales para “probar” nuevos trabajadores y
“rotar sus plantillas”: los contrataban por días, semanas o meses y
luego les daban de baja, con poca o nula indemnización. Pero con la reforma
laboral de 2021, se han disparado los contratos indefinidos (el
41,18% de los hechos en 2025) y ahora
las empresas buscan las vías para poder despedir también a estos
trabajadores “fijos”. Y lo
consiguen: el 99% de todas las bajas por despido de 2025 se hicieron
a trabajadores con contratos indefinidos. Y el 73% de los
despidos por no superar el periodo de prueba se hicieron a trabajadores
con contrato indefinido. Y lo
mismo este 2026.
La “primera puerta” que usan ahora muchas
empresas para quitarse empleados y rotar plantillas son las bajas
de trabajadores por no superar el periodo de prueba. Siempre
ha habido “ periodos de prueba” en los trabajos (se deben fijar por escrito
en el contrato y las concretan los convenios, aunque suelen ser de 6 meses para
los titulados técnicos y 2 meses para el resto). Y siempre ha habido
trabajadores que no los superaban. La novedad ahora es que las bajas
por no superar el periodo de prueba se han disparado, sobre todo tras
la reforma laboral: si hubo 444.722 bajas por este motivo en 2020 y 552.748 en
2021, en 2022 hubo 893.960 (+61,7%) y 976.141 en 2023 (+9,2%). En 2024,
volvieron a subir a 999.919 despidos, marcando otro
récord en 2025 (1.023.345 bajas por no superar el periodo de
prueba, 4 veces las de 2021). Y siguen creciendo en 2026 (141.157 en
enero y febrero).
Estas bajas por no cumplir el periodo de prueba son casi
gratis para las empresas, porque el trabajador no tiene derecho a
cobrar una indemnización al irse y sólo recibirá los sueldos pendientes y
la parte correspondiente de pagas extras y vacaciones. Y con ello, pueden
utilizar esta “puerta” para rotar su plantilla y coger otro trabajador, ahora
que es más difícil contratar temporalmente. El trabajador despedido puede
reclamar a Magistratura, si cree que el despido ha sido injusto, pero si
ha estado poco en la empresa (de 2 a 6 meses), no le compensará
contratar un abogado e ir a juicio, por una baja indemnización (33 días
por año en caso de despido improcedente o algo más si la empresa pacta para no
ir a juicio).
La “segunda puerta” que las empresas utilizan
para realizar “despidos encubiertos” son los
despidos disciplinarios individuales, que se justifican por “un
incumplimiento grave y culpable del trabajador”, por varias causas que
fijan los artículos 54 y 55 del Estatuto de los Trabajadores: faltas repetidas
de asistencia o puntualidad, indisciplina o desobediencia, ofensas verbales o
físicas al empresario o a otros trabajadores, “transgresión de la buena fe
contractual o abuso de confianza” (sic), disminución continuada y voluntaria en
el rendimiento del trabajo (¿cómo se mide?), embriaguez habitual o
toxicomanías, acoso racial, étnico, religioso o sexual… Estos despidos
disciplinarios se han hecho siempre, pero las estadísticas alertan del salto
tras la reforma laboral: pasaron de 188.933 bajas en 2021 a 367.705 en 2022
y 537.165 en 2023. Y subieron a 563.673 en 2024 y a 526.613
en 2025 (casi triplican los de 2021). Y son ya 81.521 despidos entre enero
y febrero de 2026.
Este despido disciplinario sale
también barato para las empresas en la mayoría de los casos, porque el
trabajador despedido no tiene tampoco derecho a indemnización. Puede
recurrirlo judicialmente, buscando un despido improcedente (nulo es casi
imposible), pero sólo cobrará 33 días por año trabajado (con límite de 24
meses) o algo más si pacta con la empresa para no ir a juicio. Pero si el
despedido lleva poco tiempo trabajando (estos despidos disciplinarios se
aplican más a los que tienen poca antigüedad), tendrá que pensarse si le
compensa reclamar. Y muchas veces, a la empresa sí le compensa
pagar una baja indemnización a cambio de poder contratar a otro empleado (más
barato).
La “tercera puerta” utilizada para hacer
despidos “encubiertos” son las bajas
individuales por motivos objetivos, por “causas económicas,
técnicas, organizativas o productivas (causas ETOP). Tras la pandemia, el
gobierno Sánchez frenó estos despidos “por causas económicas” de las empresas,
abriendo la vía de los “ERTE” (“aparcar” trabajadores un tiempo, pagándoles el
desempleo, hasta que mejorara la situación del sector o empresa). Después, muchas
empresas han utilizado el argumento de las causas económicas para despedir a
trabajadores. Otra vez lo revelan las estadísticas, a pesar del fuerte
crecimiento de la economía, las ventas y los beneficios empresariales: se pasó
de 159.362 bajas por despido colectivo en 2021 a 394.926
bajas en 2023 (más del doble). En 2024 fueron ya 418.899 despidos y en
2025 subieron a 442.346
despidos “objetivos”. Y este año 2026, entre enero y febrero, se
han hecho ya 72.216 despidos (el 89% a trabajadores “indefinidos”).
Todavía hay una “cuarta puerta” para los
despidos encubiertos, según los sindicatos. Están contabilizadas en la SS como “bajas
no voluntarias por otras causas”, un verdadero “cajón de sastre”
donde se incluyen despidos al margen de las causas anteriores y sobre los que hay
poca información. Son muchas bajas: eran 1.724.757 bajas en 2023, una
cifra similar a la de 2021 (1.732.795). Pero en
2024 saltó la alarma: fueron 2.020.765 bajas (+17,6%) y se
dispararon en 2025
a 2.951.025 bajas “por otras causas”.
Al final, entre estas 4 puertas, se pierden 5
millones de contratos cada año (casi un tercio de todos los contratos que
se hacen), aunque el paro total baja en
España (hay 689,051
parados registrados menos que antes de la reforma laboral) porque sigue
habiendo oferta de nuevas empleos y crece la ocupación general, a
costa de una mayor rotación de trabajadores. Los sindicatos
denuncian que este aumento de los despidos “encubiertos” los sufren ahora otros
trabajadores: la reforma laboral ha provocado que los
despidos de trabajadores “indefinidos”, que ya eran mayoría
antes (72% del total en 2021) lo sean
aún más ahora (suponen el 93% de estos despidos encubiertos) y que bajen los
despidos de los trabajadores temporales (del 28% del total en 2021 al 7% ahora).
En resumen: la reforma ha conseguido que haya muchos más trabajadores
“indefinidos”, pero les ha hecho más vulnerable a los despidos,
sobre todo los nuevos contratos.
Los sindicatos creen que este aumento de despidos
“por la puerta de atrás” se debe a que son muy baratos o gratis para las
empresas. Y por eso, consideran que sólo pueden frenarse si se
aumenta la indemnización que deben pagar. La reforma laboral de Rajoy
en 2013 bajó la indemnización por despido, de 45 a 33 días por año (y redujo el
máximo de 42 mensualidades a 24). La reforma laboral del Gobierno Sánchez,
aprobada en 2021, no
quiso tocar estas indemnizaciones, para conseguir el apoyo de la
patronal. Y porque España
está en linea con las indemnizaciones de otros paises europeos.
Pero hay un problema: la indemnización por despido es alta para un empleado
con antigüedad, pero esos 33 días por año son una miseria para un
trabajador al que le despiden con uno o dos años de contrato.
Para evitar este abuso de los despidos de
indefinidos tras la reforma laboral, UGT
presentó una denuncia, en marzo de 2022, ante el Comité de Derechos
Sociales del Consejo de Europa, a la que se sumó CCOO a finales de 2022. En su argumentación
jurídica, UGT reiteró que la indemnización por despido en España
“no compensa a los trabajadores despedidos que llevan poco tiempo empleados”
y que hay vías de despido (las tres puertas señaladas) que “son
demasiado baratas para las empresas” y por eso han disparado su uso. Por ello,
los sindicatos denunciaban que España no cumple la Carta Social europea.
En octubre de 2022, el Comité del Consejo
de Europa admitió a trámite la denuncia de UGT. Y, curiosamente, en
febrero de 2023, la vicepresidenta y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz,
recogió la tesis sindical y declaró
textualmente en el Congreso: “El despido en nuestro país no es caro,
es demasiado barato. Es tan barato que a las empresas les sale a cuenta
despedir utilizando las indemnizaciones de 33 días”. Finalmente, el 20
de marzo de 2024, el Comité de Derechos Sociales (CEDS) del Consejo
de Europa dictaminó que la legislación española “vulnera el
artículo 24 de la Carta Social Europea”, porque el sistema español de
indemnización por despido improcedente “no es suficiente para cubrir los
daños reales sufridos por los trabajadores ni es lo suficientemente disuasorio
para los empleadores”.
Con este dictamen,
conocido en julio de 2024, el Consejo de Europa recomendaba a España
“modificar su regulación” para que la indemnización por despido improcedente
sea “adecuada y disuasoria”. Pero el Gobierno ha ido dando largas
y la ministra Yolanda Díaz esperó más de un año, hasta octubre de 2025,
para convocar
a sindicatos y patronal para negociar la reforma. Pero dos días después,
la patronal
CEOE señaló que se levantaba de esta mesa de negociación,
porque no había nada que debatir dado que el
Supremo, en una sentencia de julio de 2025, dictaminó que no cabe una
indemnización adicional en los despidos improcedentes, sentencia recurrida
por los sindicatos ante el Tribunal Constitucional.
Ahora, UGT
y CCOO acaban de anunciar que la reforma del despido es el primer
punto de su estrategia sindical para los próximos meses y piden dos
cambios claves. En cuanto a los despidos improcedentes, que se
aumente la indemnización actual (de
33 días a 3-6 meses), para disuadir a las empresas del uso abusivo del
despido, además de recuperar los salarios de tramitación que había antes de la
reforma laboral y que se precise más la causa de los despidos disciplinarios y
por otras causas, para que pueda intervenir más eficazmente la inspección de
Trabajo. Incluso piden que sea el trabajador y no la empresa el que pueda
decidir volver a trabajar tras un despido improcedente. Y en el caso de los
despidos por no cumplir el periodo de prueba, los sindicatos defienden
que se obligue a las empresas a concretar su decisión, para “causalizarla”
(como tienen que hace con los despidos), lo que permitiría investigar a la
inspección de Trabajo.
El mercado de trabajo es muy dinámico y no para: cada día se hacen en España miles de contratos (1.311.070 en marzo de 2026), varios por cada puesto de trabajo al año. Y eso se traduce en millones de altas y bajas a la Seguridad Social cada mes. Así, en marzo de 2026 se registraron 2.228.423 altas a la SS y 2.132.725 bajas, según los datos oficiales, con un récord histórico de más de 22 millones de afiliados desestacionalizados, 523.570 afiliados más que hace un año, gracias a que las altas de afiliados superan a las bajas.
En definitiva, que la
rotación en las plantillas ha cambiado de los trabajadores “temporales”
(aunque sigue) a los trabajadores “indefinidos”. Los sindicatos denuncian que las
empresas utilizan “tres puertas” para quitarse empleados,
3 tipos de bajas para cambiar trabajadores con poco coste, con
indemnizaciones bajas o nulas. Y argumentan que las estadísticas demuestran
que su uso se
ha disparado en 2023, 2024 y 2025, tras la reforma laboral de 2021.
Ahora, el dictamen
del Consejo de Europa fuerza
al Gobierno a reformar las indemnizaciones, dentro o fuera de una 2ª
reforma laboral, que debería incluir otros temas pendientes (horarios,
condiciones de trabajo, productividad…). Será un gran reto para este año,
aunque esta reforma será mucho más difícil de acordar que la reforma laboral de
2021, porque las
indemnizaciones son un tema tabú para la patronal, que lleva
meses muy intransigente respecto a los temas a debate en el diálogo social.
Y por si el pacto no fuera difícil, luego habría que aprobarlo en
el Parlamento, con una oposición agresiva y poco negociadora. Por tanto, si
hay cambios laborales, habrá que imponerlos. Y así no suelen funcionar
bien.
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jueves, 16 de abril de 2026
La luz baja, a pesar de la guerra
Si ha recibido el recibo de la luz de marzo, habrá
visto que baja respecto al de febrero, a pesar de la guerra en Oriente Medio
y la subida del petróleo y el gas. La razón es doble. Por un lado, creció el
peso de las energías renovables en la generación de electricidad (63,1%
en marzo), aportando luz con precio cero o negativo durante 141 horas del mes,
aunque subieron los costes del sistema para evitar apagones. Y además, el
Gobierno ha bajado los impuestos a la electricidad, afectando a todas las
facturas emitidas desde el 22 de marzo. Ahora, en abril, el precio
mayorista de la electricidad sigue bajo (inferior al de marzo) y es menos de la mitad del coste mayorista en Europa, gracias al mayor peso de las
renovables. Eso sí, a partir de junio o julio, con más demanda, subirá el
recibo. La clave es seguir apostando por las renovables:
el Gobierno va a acelerar su implantación y los proyectos de biometano. Enrique Ortega
El precio de la luz en origen, en el mercado mayorista diario (pool), ha tenido en marzo un precio promedio de 41,77 euros/MWh, más alto que en febrero (16,41 euros/MWh, un mínimo excepcional, por las borrascas y el clima) pero menor al del marzo de 2025 (53,03 euros/MWh) y menos de la mitad del coste en marzo de los últimos 5 años (93,.31 euros/MWh). Y eso a pesar de la guerra en Oriente Medio, que ha disparado el precio del petróleo y el gas (que se utiliza para las centrales térmicas). Incluso el domingo 29 de marzo, tras un mes y un día de guerra, el coste mayorista de la luz en España fue sólo de 0,18 euros/MWh, el precio más bajo en origen desde 2013 y el tercer mínimo histórico.
Otro dato llamativo es que este precio mayorista de la
luz en España (41,77 euros/MWh en marzo) es la mitad del precio
mayorista en Europa, que superó los 100 euros/MWh en la mayoría de los
paises (143,4 euros/MWh en Italia, 99,29 euros/MWh en Alemania), salvo
en Francia, cuyo coste (63,85 euros/MWh en marzo) duplica al de
España, a pesar de su enorme parque de energía nuclear. Así que España ha
sido el país europeo menos afectado en su mercado eléctrico por la guerra en
Oriente Medio y eso porque tenemos un mayor peso de las energías renovables
y una menor generación de electricidad con gas y carbón.
Concretamente, en marzo, el 63,1% de la generación
eléctrica en España procedió de energías renovables: 22,4% energía eólica
(molinos de viento), 18,5% solar fotovoltaica (que ha aumentado un 40% su
aportación en el último año), 1,4% solar térmica,19,2% hidroeléctrica, 1,4%
otras renovables y 0,2% residuos
renovables, mientras la energía nuclear aportaba el 17,1% de la electricidad,
las centrales de gas un 14,4 % y el carbón sólo un 0,1%, según
Red Eléctrica (REE). Y como dato histórico, el lunes 30 de marzo, las
energías renovables aportaron ellas solas (eólica, solar e
hidroeléctrica) el 70% de la electricidad, lo que permitió que el precio
mayorista ese día fuera sólo de 10,61 euros/MWh, a pesar de la guerra. Este
enorme peso de las renovables ha sido del 60,7% de la generación en el primer trimestre 2026,
frente al 57% en enero-marzo de 2025 y el 42% en el primer
trimestre de 2022.
Este creciente peso de las renovables consiguió un precio
moderado de la luz en el mercado mayorista diario durante el primer trimestre (43,32
euros/MWh), la mitad que el precio pagado en el primer trimestre de
2025 (86,03 euros/MWh), a pesar de la guerra. Pero ha habido dos
factores que han jugado en contra. Uno, que ha subido en marzo el precio de la luz en
el mercado de futuros (a un mes, un trimestre o un año), por la
guerra de Oriente Medio, y las eléctricas y comercializadoras están obligadas
ahora a comprar el 55% de la electricidad a plazo, lo que ha encarecido su
precio en origen. El otro factor que ha jugado en contra ha sido el aumento
de “los
ajustes del sistema”, las medidas de refuerzo que toma Red
Eléctrica para evitar un nuevo apagón (como el de abril de 2025). La
principal medida es tener disponibles más centrales térmicas de gas
(“por si acaso”), lo que ha elevado este “coste
de seguridad”, de 15,36 euros/MWh en marzo de 2025 a 28,52 euros en marzo
de 2026.
Recapitulemos para entender cómo afecta todo esto a
nuestra factura de la luz. El 40% de lo que pagamos tiene que ver con el precio mayorista
en origen (41,77 euros/MWh en marzo), pero la factura es mayor porque hay que sumar los ajustes
del sistema (medidas antiapagón), que aunque los pagan las
comercializadoras, los repercuten finalmente en sus clientes. Así que en
marzo, al coste mayorista en origen (41,77 euros/MWh) hay que sumar 28,52 euros/MWh
de los costes de ajuste (más centrales de gas “de guardia”), lo que da
un precio total de la
electricidad mayorista de 70,29 euros/MWh, casi el doble que en
febrero (41,62 euros/MWh), pero menor al coste total en enero (87,15
euros/MWh). Y si tomamos el coste total en el primer trimestre, 66,39
euros/MWh, es un tercio más bajo que al inicio de 2025 (100,02 €/MWh),
gracias a las renovables y a pesar del mayor peso del gas (más caro).
El resto de la factura de la luz (tras este 40% que pesa el
precio final en origen) se reparte entre el 35% que suponen los costes
regulados (transporte, distribución y pagos regulados, que son fijos todo
el año) y el 25% restante que son impuestos. Y aquí, en este tramo
de la factura, ha actuado el Gobierno, para reducir la factura final de la luz ante
la incertidumbre de la guerra en Oriente Medio: ha
bajado los tres impuestos vinculados a la electricidad, hasta el 30
de junio. Primero el IVA, que ha bajado del 21% al 10%. Segundo, el
impuesto especial de la electricidad, que ha bajado del 5,1126% al 0,5% (el
mínimo que exige Bruselas). Y tercero, ha suprimido temporalmente el
impuesto del 7% a la generación eléctrica, un impuesto que pagan las
eléctricas pero que acaban repercutiendo en sus clientes.
Estas tres bajadas de impuestos entraron en vigor
el pasado 22 de marzo y afectan a todas las facturas emitidas a
partir de ese día, aunque se refieran a consumos anteriores, según
confirman las propias eléctricas. Así que si su factura se ha emitido
después del 22 de marzo (mírelo arriba a la derecha), va a pagar menos
impuestos en todo el consumo que haya hecho en marzo (normalmente el último
recibo incluye el consumo de finales de febrero a finales de marzo). Esta
bajada de impuestos, como todas, beneficia más a los que gastan más luz.
Así, este
estudio revela que un hogar pequeño, que paga 40 euros al mes sin
impuestos, se ahorrará en este último recibo 6,64 euros. Uno mediano (70
euros de gasto sin impuestos), se ahorrará 11,62 euros. Y un hogar grande o
un local comercial (120 euros sin impuestos) se ahorrará 19,94 euros.
En resumen, en este último recibo de marzo, que
acabamos de recibir, la factura será algo menor que en febrero, tanto
por la menor subida del precio mayorista muchas horas del día como por la
bajada de impuestos. Eso afecta a los 8 millones de consumidores que
están en el mercado regulado (PVPC), porque los 22 millones
que tienen un contrato en el mercado libre tendrán que esperar a
renovarlo para ver si se lo bajan o no. En mi caso, he pagado 14 euros
menos en el último recibo de marzo. La OCU
estima que el recibo medio (4,6 kWh de potencia y 292 kWh de consumo
mensual) en marzo habrá sido de 62,22 euros, casi 1 euro menos que en
febrero (63,19 euros) y casi 9 euros menos que en enero(71,77 euros). Y Facua
estima que este último recibo habrá bajado de media de 73,19 a 71,35 euros
(-2,5%).
Ahora, en abril, mientras sigue la guerra y se
teme que escale el conflicto, el precio de la luz en el mercado
mayorista en España (que supone el 40% de nuestro recibo final) está más
bajo que en marzo: empezó abril costando 5,15 euros/MWh y ha tenido muchos
altibajos (23,15 euros el 5 de abril, 63,21 el día 8, 13,33 el domingo 12 o 59,90
euros/MWh el 15 de abril), por el mayor o menor consumo y el clima (más o menos
renovables). Al final, el precio medio del mercado mayorista estos
primeros 15 días de abril ha sido de 30,31 euros/MWh, menos que
en marzo (41,77 euros/MWh). Y además, el precio mayorista de la
electricidad en España es menos de la mitad del que se paga en Europa :
55 euros/MWh este 14 de abril, frente a
91 euros/MWh en Francia, 138 en Alemania o 151 en Italia, lo que
confirma que la guerra hace menos daño a nuestros bolsillos.
Con estos datos de la mitad de abril, sería lógico esperar una
nueva rebaja del recibo de la luz en abril, a pesar de que suban los
ajustes del sistema para evitar apagones (porque el gas que alimenta las
centrales térmicas sigue caro, en
47,71 euros/MWh, +44% que en febrero). Y también ayudará más que todos
los recibos que se emitan pagarán ya menos impuestos (y así hasta finales
de junio, de momento). La clave van a ser otra vez las renovables, que
además provocan que el precio de la luz sea muy volátil por horas.
Un ejemplo claro son
los datos de marzo: en las horas más baratas (de 1 a 4 de la tarde), el
precio fue de 9,78 euros/MWh, mientras que a partir de la 8 de la noche, el
precio medio subió a 101,69 euros/MWh. Y en marzo, tuvimos 141 horas (el 19%
del total) a precio negativo (127 horas) o cero (14 horas). Entre enero y
marzo, el 16% de las horas fueron a precio negativo o cero. Eso indica
que es fundamental saber las horas más baratas para poner la lavadora,
el lavaplatos o el horno, porque eso baja mucho nuestro recibo final.
Si esperamos que el recibo baje otra vez en abril, parece claro que podría
empezar a subir en junio o julio, hasta el otoño, debido a tres
factores: en verano hay más demanda de electricidad (por los
turistas y las altas temperaturas, que disparan el aire acondicionado), baja
la ayuda de las renovables (en verano hay menos producción eólica y se
reduce la eficiencia de los paneles solares con el calor extremo) y hay que
echar mano de más centrales de gas (que sigue caro y subiendo), y además,
está subiendo también el precio de los contratos futuros de la electricidad
(de los 31,60 euros/MWh en mayo a los 76,75 en el tercer trimestre), que son ahora
el 55% de la luz que han de comprar las comercializadoras (sólo el 45% debe
proceder del mercado diario, porque hasta ahora era más “volátil”).
Así que el escenario que apuntan los expertos
es una luz más barata en abril y quizás en mayo, con un repunte en junio o
julio hasta octubre, cuando podría bajar de nuevo. Pero todo va a depender de
la guerra en Oriente Medio: si el conflicto no se
resuelve antes del verano, el precio del gas natural (hoy en 46,41
euros/MWh) podría dispararse hasta los 90 euros/MWh y eso situaría los precios
mayoristas de la electricidad en origen en torno a los 100 euros (más
del doble de los 43,32 euros que ha costado entre enero y marzo). Y, en
consecuencia, la factura media al consumidor, suponiendo incluso que se
ampliara la rebaja de impuestos, podría subir más de 10 euros al mes
(hasta 72-75 euros de media la factura tipo que sigue la OCU). Así que atentos
al curso de la guerra.
Con todo, hay un hecho claro: esta guerra ha pillado a España
mucho más preparada que la mayoría de paises para afrontar la subida de la
electricidad a particulares y empresas. Y eso, por el mayor
peso de la generación eléctrica renovable, que nos permiten tener la luz más
barata de Europa. Hay que seguir en ese camino, acelerando
incluso el peso de las renovables, cuyo objetivo es que generen el 81% de la
electricidad en 2030. Precisamente, el Gobierno Sánchez cree que, esta nueva
guerra y crisis energética, deberían servir para empujar aún más las energías
renovables. Para ello, el
Ministerio de Transición Energética va a lanzar 4 consultas públicas
para diseñar un marco regulatorio que permita acelerar la implantación de las
energías renovables y el biometano. Se trata de promoverlas
en áreas que han quedado degradadas y que han tenido un uso industrial o
urbano, más canteras, minas o vertederos. Además, pretenden desbloquear
las plantas de biometano (que tiene
un potencial de reducir la dependencia del 10% al 15% del gas fósil que se
consume), reduciendo los problemas
de oposición social que se están encontrando en muchos lugares.
En resumen, los españoles estamos sufriendo los efectos
de la guerra en Oriente Medio en la subida de los carburantes
y algunos productos, alimentos y servicios, pero de momento no en el
recibo de la luz, que ha bajado algo en marzo y podría volver a bajar
en abril, gracias a la gran ventaja que tiene España en renovables,
que nos
permite tener la luz más barata de Europa. Pero esta nueva crisis
energética debería servirnos para avanzar más rápido en la sustitución
de energías fósiles que no tenemos por renovables (disponibles y baratas).
Y a la vez, debería servir para volcarnos
en desarrollar los vehículos eléctricos, no sólo coches
particulares, sobre todo furgonetas y camiones. Es el camino (que no ven
la derecha ni la ultraderecha) para ser más autosuficientes como país y no
sufrir tanto los conflictos geopolíticos internacionales.
El precio de la luz en origen, en el mercado mayorista diario (pool), ha tenido en marzo un precio promedio de 41,77 euros/MWh, más alto que en febrero (16,41 euros/MWh, un mínimo excepcional, por las borrascas y el clima) pero menor al del marzo de 2025 (53,03 euros/MWh) y menos de la mitad del coste en marzo de los últimos 5 años (93,.31 euros/MWh). Y eso a pesar de la guerra en Oriente Medio, que ha disparado el precio del petróleo y el gas (que se utiliza para las centrales térmicas). Incluso el domingo 29 de marzo, tras un mes y un día de guerra, el coste mayorista de la luz en España fue sólo de 0,18 euros/MWh, el precio más bajo en origen desde 2013 y el tercer mínimo histórico.
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lunes, 13 de abril de 2026
El juego online crece imparable
En 2025 se han batido todos los récords del juego por
Internet: más de 40.000 millones de euros jugados, 4,5 millones por
hora, 7 veces más que en 2013, el primer año tras su legalización. El
combustible de esta fiebre por el juego online es el gasto en publicidad
de los operadores, que casi se duplica respecto a 2022, sobre
todo en “bonos de bienvenida” para que “piquen” los internautas. Resultado:
hay más de 2 millones de jugadores activos, la mayoría jóvenes, incluso
adolescentes (juegan el 13% de los menores), lo que aumenta las adiciones
y la ludopatía. Por eso, el Ministerio de Consumo (Sumar) lleva años intentando
frenar la publicidad del juego online,
tras la sentencia del Supremo (abril 2024) en contra de restringirla. Pero no
ha conseguido incluir la medida en varias Leyes y ahora intenta obligar
a los operadores a que implanten algoritmos que anticipen los
jugadores con problemas. El juego online es “la droga digital” de muchos
jóvenes y hay que frenarla como sea. Enrique Ortega
El juego online sigue disparado en España y en 2025 volvió a batir otro récord anual, como pasa desde 2021: se jugaron 40.754 millones de euros (4,56 millones cada hora), un 16,6% más que en 2024 (cuando creció +10%), más de 7 veces lo jugado en 2013 (5.673 millones de euros), el primer año completo en que el juego online fue legal (se legalizó en junio de 2012) y más del doble de lo jugado antes de la pandemia (19.026 millones en 2019), según el reciente balance de la Dirección General del Juego (DGOJ), del Ministerio de Consumo. Además, el juego online ha seguido ganando cuota en el mercado global del juego en España, donde ya supone el 14,5% del total, aunque todavía tiene menos peso que en otros paises (39% en Europa) por la mayor tradición española del juego presencial (Lotería, quinielas, sorteos, bingos y casinos, locales de apuestas y máquinas de juego).
En 2025, casi dos tercios de todo el juego online
se dirigió a los
juegos de casino (26.234 millones, el 64,31% de lo jugado), sobre
todo a las máquinas tragaperras online (14.194 millones jugados, +54,10%
que en 2024) y a la ruleta en vivo (10.117 millones, +38,5%), mientras cae lo
jugado en la ruleta tradicional (959,66 millones,-5,22%) y el black jack (963,75
millones, -3,90%). Le sigue de lejos lo
jugado en apuestas (10.588 millones, +3,21%), donde ganan peso
las apuestas deportivas en directo, mientras se juega (movieron 5.805,4
millones, -1,4%) frente a las apuestas deportivas convencionales (4.646 millones,
+12,60%), siendo pequeño el peso de las apuestas hípicas (66,8 millones). El
tercer juego que más apuestas mueve es el
póquer online (3.884,82 millones, +6,99%), sobre todo el
póker torneo (2.570 millones), tras abrirse en 2018 la vía de jugar con
Francia y Portugal. Y el resto es lo poco jugado en el bingo online
(85,90 millones, -18,86% que en 2021) y los concursos (preguntas,
habilidades, pruebas), que sólo movieron 14.057 euros.
Los operadores del juego online también han batido otro
récord de margen bruto (GGR: las cantidades jugadas menos los
premios repartidos) en 2025: 1.453,55
millones de euros, un +16,99%,
un beneficio bruto que multiplica por 7,4 veces el de 2013 (228,64
millones) y duplica con creces el de 2019 (748,24 millones). El
juego que aporta
más margen a los operadores del juego es el casino online
(698,13 millones, el 41,5% del margen total), por las máquinas tragaperras
online (300,23 millones) y la ruleta en vivo (229,9 millones), más
atractiva que la convencional por la transmisión en directo. El 2º motor de
beneficios de los operadores son las apuestas deportivas (698,13
millones de margen), destacando las apuestas de contrapartida convencionales (357,7
millones de margen bruto) y en directo (302,2 millones). El póquer online solo
aporta 95,48 millones al margen y el bingo otros 13,9 millones.
Actualmente son 77
los operadores nacionales e internacionales que operan legalmente en
España y se reparten este creciente mercado. De ellas, 54 son españolas y el
resto multinacionales británicas, búlgaras, italianas o finlandesas. Lo más
llamativo es que 43 de estas operadoras de juego legalizadas en España tienen
su sede social en Ceuta, gracias a que el ministro Montoro
aprobó, en abril de 2018 (mes y medio antes de la moción de censura que le sacó
del Gobierno), una serie de
rebajas fiscales (la principal, pagar la mitad de tasa de juego y otros
impuestos y cotizaciones) para atraer operadores nacionales y extranjeros a
Ceuta y Melilla. En paralelo a estos operadores “legales”, crece el juego
online “ilegal”, a través de plataformas no reguladas, donde ya apuestan
el 23,4% de los jugadores (sobre todo los que juegan más dinero), según
un informe de Jdigital, que estima que el juego ilegal se llevó en
España 231 millones de margen bruto en 2024 (el 16% del margen conseguido
legalmente). El sector se queja de que muchas plataformas ilegales se
publicitan a través de enlaces en las redes sociales y aunque se cierran,
vuelven a abrir con otro nombre.
El gran salto en las cantidades jugadas online y en el
margen bruto de los operadores se debe a un constante crecimiento de los
jugadores online, empujados por la facilidad de acceso (móvil, tablet) y la
privacidad (pueden jugar las 24 horas, en cualquier lugar). El número de cuentas
activas (han operado 1 vez al mes) ha saltado de 1,5 millones en 2015 a 2,5
millones en 2019 y a 4.322.688
cuentas en 2025 (casi medio millón más que en 2024). Y en paralelo, se han
disparado también los jugadores activos (juegan al menos 1 vez al año):
de ser algo menos de 1 millón en 2015 se pasó a 1,36 millones en 2019 y 2.157.514
jugadores en 2025 (+166.000 que en 2024). El
dato más importante es que la media mensual de cuentas activas fue
de 1.729.253 cuentas, +20,39% que en 2024, lo que indica que el sector
no sólo atrae nuevos jugadores sino que mantiene y fideliza a los actuales,
gracias a una oferta más atractiva y personalizada.
Y la clave, tanto del aumento de jugadores como de las
cantidades jugadas es la
publicidad, la “gasolina” que mantiene el crecimiento del juego
online. En 2025 se ha batido otro
récord de gasto publicitario: 664,39 millones de euros, casi el doble
de lo que gastaron los operadores en 2022 (374,51 millones), la menor
cuantía de gasto debido a las limitaciones a la publicidad del
juego que impuso el Real Decreto
958/2020 (que entró en vigor el 1 de mayo de 2021). Pero los operadores
recurrieron el Decreto y el Tribunal Supremo lo
anuló el 4 de abril de 2024 (porque
las restricciones se hicieron por Decreto y no por Ley), con lo que volvió
a dispararse la publicidad del juego, ya en 2024 (528
millones,+30,96%) y en 2025 (664 millones,+25,93%).
La mayor partida de este elevado gasto
publicitario (6 veces mayor que en 2013) es lo que gastan los operadores en
“bonos de bienvenida” (promociones): fueron 347,19 millones
gastados en 2025 (+32,7% sobre 2024), que son unos incentivos para atraer
nuevos jugadores, a los que se les “regala” una cantidad para empezar a
jugar, bonos que estuvieron prohibidos entre mayo de 2021 y abril
de 2024, cuando los autorizó la sentencia del Supremo. Otros 244 millones
son publicidad directa, la mayor parte en webs, radio y TV, aunque
tienen algunas limitaciones en redes sociales y en algunas horas. Y sólo destinan 59.95 millones a gastos de “afiliación” (fidelización) y poco a
patrocinio (13,07 millones, la mitad que en 2020).
Este enorme gasto publicitario ha “alimentado” el gran salto
del juego online, en cantidades y jugadores, según
revela un estudio de la Universidad de Oviedo: concluye que el gasto
en marketing aumenta las cuentas que se crean, las cuentas activas, el dinero
que se deposita en ellas y las cantidades jugadas. Además, este estudio revela
que el gasto en promociones (bonos para atraer jugadores y dinero
para afiliados) es más eficaz que el gasto en publicidad. Y
además, que es especialmente eficaz cuando se dirige a poblaciones vulnerables,
como jóvenes y jugadores más activos. Encima, la Inteligencia
Artificial (IA) está siendo muy utilizada por las
empresas del juego, tanto para atraer jugadores como para conseguir que se
“enganchen” más al juego, con
nuevas ofertas.
Pero lo más
preocupante es que la adicción al juego online está aumentado entre los
menores (14-18 años), como revela la reciente Encuesta (febrero
2026) “Estudes
2025”, elaborada por el Plan Nacional sobre Drogas y Sanidad, que
refleja un aumento significativo del juego de los menores, a pesar de las barreras
(“teóricas”) de acceso. Los datos reflejan que un 13% de los estudiantes de
Secundaria han jugado online en el último año (suponen unos 260.000
menores que juegan), siendo mayor el porcentaje en los chicos (20,7%) que
en las chicas (5,3%). Y este porcentaje de los menores que juegan sube con la
edad: del 9,7% a los 14 años al 13,7% a los 16 y el 18,7% a los 18 años. Y lo
peor: el 4,9% de los menores que juegan tienen un comportamiento “problemático”
(“adicción”: son 12.740 menores con problemas de juego online), un 8,4% los
chicos y un 1,4% las chicas. Otro
dato más: en 2023, se admitieron en urgencias y hospitales a 4.916
personas de todas las edades por adicciones, el 81% por adicción al
juego. Y cada vez llegan más jóvenes.
Muchos expertos, médicos y ONGs están preocupados de la cantidad de jóvenes y
menores con problemas de adicción. De hecho, el juego patológico se ha
convertido en la
3ª enfermedad mental que más suicidios provoca, tras el
trastorno bipolar y la depresión. Y con un problema añadido: la
sanidad pública carece de medios para tratar la ludopatía, desde los
médicos de familia a los especialistas y hospitales, con sólo 3 Unidades
especializadas en grandes hospitales para tratar las adicciones del
juego.
Los expertos y ONGs que atienden a ludópatas (cada vez más
jóvenes) insisten en que hay
que tomar medidas más eficaces para frenar esta pandemia del
juego, sobre todo online. Por un lado, habría que lanzar Campañas de
concienciación sobre el juego (como se hace con el tráfico, el tabaco,
el alcohol o las drogas), incluyéndolo en la formación de Colegios,
Institutos y Universidades. Y por otro, habría que reforzar la sanidad
pública, con especialistas y unidades especializadas conta la ludopatía,
aumentando también las ayudas a las ONGs que atienden a los ludópatas.
Todo ello podría financiarse con una pequeña parte de los impuestos pagados
por el juego: casi 1.214 millones ingresados en 2024 (sólo
190 millones del juego online), que reciben casi en su totalidad las
autonomías.
Ante este preocupante panorama, el ministro de Consumo
(Pablo Bustinduy, de Sumar), del que depende el Juego, lleva
un año buscando vías alternativas para restringir la publicidad del juego
y frenar así su imparable crecimiento. El primer intento fue introducir
una enmienda en la Ley de creación de la Agencia Estatal de Salud Pública,
pero fue rechazada
en el Congreso por PP, Vox y Junts, el 20 de marzo de 2025. El segundo
intento fue introducir limitaciones a la publicidad y a la captación de
jugadores a través de la enmienda 176 a la Ley de Servicios a la Clientela,
pero el
Congreso la tumbó (PP, Vox y Junts otra vez) el 12 de diciembre de 2025. Ahora,
el ministro Bustinduy busca una 3ª vía para controlar el
juego, a través de Reglamentos y Decretos que no pasen por el Congreso.
El cambio más importante que propone es modificar
la Ley del Juego de 2011 a través de una serie de cambios
normativos. Uno, establecer un límite a los depósitos de un
jugador en todas las plataformas de juego (ahora hay un límite en cada
plataforma), de 600 euros diarios a 1.500 euros semanales. Otro que los medios
de pago deben ser nominativos, a nombre del titular de la cuenta de juego,
no admitiéndose pagos anónimos. La tercera una verificación más estricta del
registro de jugadores, para frenar de verdad a los menores. Y, sobre todo,
exigir a las operadoras que elaboren “un
algoritmo para la detección temprana del juego problemático”, para detectar
los jugadores “adictos” antes de que vayan a más. Todos estos cambios se
han comunicado a la Comisión Europea y el Ministerio pidió a los operadores
que estuvieran listos
para marzo de 2026, algo no conseguido.
El riesgo, más que el retraso de estas nuevas medidas, es que sean otra
vez recurridas y anuladas por los Tribunales.
Conclusión: tenemos
un grave problema con el juego online en España,
especialmente entre los jóvenes y menores, que utilizan el juego en
solitario (en el móvil o en los locales del barrio) para evadirse de sus
múltiples problemas y “tentar a la suerte”, perdiendo casi siempre y enganchándose
muchas veces, generando problemas sociales y mentales que afectan
gravemente a sus familias, sin recibir apoyo sanitario ni ayudas, salvo de las
ONGs. Hay que tomárselo en serio, como la droga o el alcohol, y frenar
esta” epidemia del juego”.
El juego online sigue disparado en España y en 2025 volvió a batir otro récord anual, como pasa desde 2021: se jugaron 40.754 millones de euros (4,56 millones cada hora), un 16,6% más que en 2024 (cuando creció +10%), más de 7 veces lo jugado en 2013 (5.673 millones de euros), el primer año completo en que el juego online fue legal (se legalizó en junio de 2012) y más del doble de lo jugado antes de la pandemia (19.026 millones en 2019), según el reciente balance de la Dirección General del Juego (DGOJ), del Ministerio de Consumo. Además, el juego online ha seguido ganando cuota en el mercado global del juego en España, donde ya supone el 14,5% del total, aunque todavía tiene menos peso que en otros paises (39% en Europa) por la mayor tradición española del juego presencial (Lotería, quinielas, sorteos, bingos y casinos, locales de apuestas y máquinas de juego).
Por todo ello, la
“adicción” al juego online crece imparable, como el juego. Lo preocupante
es que el juego online crece sobre todo entre los jóvenes. En 2023,
2 de cada 3 jugadores online (el 65,4%) tenían menos de 35 años: 1.072.732
jugadores de los 1.637.408 españoles que jugaron en 2023, según
el Informe de la Dirección General del Juego (DGOJ). Eso significa que hay 172.000
jóvenes más jugando online que en 2019, (+20%). Pero lo más llamativo es
que quienes más se han “enganchado al juego online son los más
jóvenes: 534.335 jóvenes de 18 a 25 años (1
de cada 7 jóvenes con esa edad) jugaron
online en 2023, un +41% que en 2019 (378.798 jugadores
de 18 a 25 años), según la DGOJ.
Así que el juego online “engancha” a los jóvenes, sobre todo a menores
de 25 años, los más vulnerables, que gastan lo poco que tienen (o quitan
a su familia) para jugar online.
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