lunes, 23 de marzo de 2026

Ayudas públicas frente a la guerra de Trump

Este sábado se cumplirá el primer mes de la guerra de EEUU e Israel contra Irán, que ha disparado los precios de la energía y que pagamos los consumidores, en los carburantes, la luz, los fertilizantes, transportes, materias primas y alimentos. Sin embargo, esta guerra en Oriente Medio pilla a España mejor que la de Ucrania, con menos inflación, más peso de las energías renovables y más recaudación fiscal. De momento, aumentará nuestros precios un +0,7% y rebajará el crecimiento un -0,4%, aunque dependerá de lo que se agraven los ataques y de su duración. Mientras Europa no ha aprobado todavía ayudas, el Gobierno aprobó el viernes una rebaja de impuestos a los carburantes (20-29 céntimos/litro) y la luz, más ayudas directas a transportistas, agricultores, pescadores e industrias, valoradas en 5.000 millones de euros. Pero si Trump y Netanyahu escalan sus ataques (por tierra), la energía se disparará más y harán falta nuevas ayudas, esta vez a los alimentos. Y pueden arrastrarnos a otra grave crisis.

        Los carburantes, entre 20 y 29 céntimos más baratos, por las ayudas públicas

El primer efecto económico de los ataques de EEUU e Israel a Irán, el 28 de febrero, fue la subida inmediata de la energía, en especial el petróleo y el gas natural, cuya cotización ha ido subiendo en paralelo a los ataques y contraataques, más tras el cierre del Estrecho de Ormuz,  los bombardeos de Israel a refinerías de Irán y los de Irán a plantas de gas en Qatar. Así, el precio del Brent, el barril de referencia en Europa, se ha disparado de 72,48 dólares por barril que costaba el 27 de febrero a los 109,33 dólares el viernes 20 de marzo (+50,84%). Y el gas natural, clave para la producción de electricidad y para muchas industrias, ha subido mucho más: de 31,95 dólares (mercado holandés TTF) a 61,85 euros (+93,58%).

La primera consecuencia de la guerra y de la subida del petróleo y del gas ha sido la subida de los carburantes, ya al día siguiente de los primeros ataques, a pesar de que el petróleo que acaba en las gasolineras ha sido comprado entre 2 y 4 meses antes, según un estudio de COAG, que pide intervenir a la Comisión de la Competencia (CNMC) contra las petroleras, por haber subido los precios antes que les suban el petróleo y los carburantes que compran. En cualquier caso, la gasolina ha pasado de costar 1,44 euros/litro el 27 de febrero a 1,805 el viernes 20 de marzo (+25,34%). Y el gasóleo ha subido de 1,39 euros/litro a 1,936 euros/litro (+39,28%), superando a la gasolina. Esto pasa porque las refinerías europeas sufren un déficit crónico de gasóleo y lo tienen que importar, sobre todo de China, que ha cerrado su exportación para asegurar su abastecimiento, lo que dispara más el precio.

Otro efecto de la guerra en Oriente Medio ha sido la subida de la luz, por el encarecimiento del gas, aunque se ha podido contrarrestar por la gran aportación de las energías renovables (viento, agua y sol). El precio de la luz en el mercado mayorista saltó de 14,5 euros/megavatio el 28 de febrero a un máximo de 136,86 euros el 10 de marzo, para bajar después a 28,88 euros/MWh el 18 de marzo, un mínimo de 6,45 euros el 15 de marzo (con 9 horas “gratis”) y 41,47 euros/MWh este sábado 21, más cara que la media de febrero (16,41 euros/MWh) pero la mitad que en enero (71,17 euros/MWh). Por ello, se espera una subida de la factura de la luz este mes, pero ligera (en febrero, el recibo medio fue de 63,19 euros). Lo importante es que el alto porcentaje de electricidad renovable (63,2% en febrero) sigue permitiendo que España tenga la luz más barata de Europa: el sábado 14 de marzo, por ejemplo, el precio mayorista era 14,39 €/MWh en España y 100 €/MWh en Francia, Italia y Alemania…

Otra subida que ha provocado esta guerra ha sido la de los fertilizantes, claves para los agricultores y la producción de alimentos: una parte proceden de los paises del Golfo, que ya no pueden exportar por el cierre del estrecho de Ormuz, lo que ha encarecido su precio internacional un +30% (al subir también el gas natural con el que se fabrican), aunque la mayor parte de los fertilizantes que consume España vienen del norte de África (Marruecos, Argelia, Egipto) y de Rusia. Y el aumento del gasóleo también aumenta los costes de los agricultores y de los pescadores, que tendrán que repercutirlo a los consumidores.

Además, la subida del petróleo y los carburantes, más el aumento del riesgo y los seguros, han duplicado ya el precio del transporte marítimo (subida de 4.000 dólares por contenedor), por el que llegan el 80% de las mercancías importadas. Y ha subido también el coste del transporte por carretera (los transportistas pagan ahora +40% por el gasóleo) y el coste del transporte aéreo (el precio del jet fuel ha subido entre el 25 al 30%), por lo que ya han subido los billetes de avión (un +9%), aunque la mayor parte de las compañías aéreas tienen asegurado un precio fijo (más barato) para el 60 al 80% de sus contratos de carburante…

Y también han visto aumentar sus costes muchas industrias, sobre todo las que consumen más gas y electricidad, como la industria química, la metalúrgica, la cerámica y las cementeras. Y otras están más expuestas ahora al corte de la cadena de suministros internacionales, como las farmacéuticas, el automóvil y las empresas logísticas, que se arriesgan a cortes en sus procesos de producción, por falta de principios activos o suministros. Y lo más preocupante es la alimentación, porque los mayores costes energéticos y del transporte más los problemas de agricultores y pescadores se acabarán trasladando a los alimentos y a los precios de los supermercados, sobre todo si la guerra dura meses. El mayor riesgo es que suban ya el pan, los cereales, la pasta, el aceite de girasol, las carnes y los pescados. Y además, ya ha subido el Euribor (del 2,222 al 2,658), lo que afectará negativamente a los hipotecados, mientras el BCE podría verse obligado a subir los tipos.

Así que el coste de la guerra de Trump y Netanyahu ya lo estamos pagando y lo pagaremos más si escala el conflicto o si dura mucho. Aunque, de momento, sus consecuencias económicas son menores que la invasión de Ucrania (febrero 2022), por varios motivos. Uno, que entonces el petróleo llegó a costar 180 dólares (ahora 108) y el gas escaló a los 200 euros (62 ahora, cuando además el gas sólo genera el 15% de la electricidad en España, frente al 40% en Alemania y el 90% en Italia). Segundo, que entonces partíamos de una inflación anual previa mucho más alta (5,9% en la zona euro y 7,6% en España) que ahora (1,9% en la zona euro y 2,3% en España).Tercero, que los tipos estaban al 0%, lo que animaba al consumo y a hipotecarse y ahora están al 2%, lo que frena más las subidas. Y cuarto, que España está más preparada para afrontar otra crisis, tanto porque tiene menos déficit público (2,5% del PIB en 2025 frente al 6,9% en 2021) y puede gastar más en ayudas como porque tenemos una menor dependencia del petróleo y el gas, gracias a las renovables (han generado un 55,5% de la electricidad en 2025, frente al 46,7% en 2021).

Con todo, la guerra es muy preocupante, no sólo por las muertes y los desplazados que ha provocado (4 millones de iraníes, libaneses e iraquíes pueden acabar en Europa, como pasó con los iraquíes en 2015), sino porque puede escalar, máxime si Netanyahu persiste en atacar por tierra y Trump consigue los 200.000 millones de dólares que ha pedido “para matar a los malos”. Los mercados presionan a Trump para acabar con esta guerra (que ha provocado la caída de las Bolsas y amenaza con otra recesión), lo mismo que muchos norteamericanos, que empiezan a sufrir la inflación (el galón de diesel, 3,85 litros, ha superado los 5 dólares, el mayor precio desde diciembre de 2022), pero Trump es imprevisible y está muy presionado por el lobby judío en EEUU, que ve una oportunidad histórica en apoyar al ultra Netanyahu para borrar a Irán del mapa y consolidarse como potencia regional.

Mientras, Europa ha tardado 3 semanas en posicionarse ante el conflicto en Oriente Medio (“no es nuestra guerra”, dijo el Consejo Europeo el jueves), defendiendo finalmente el derecho internacional y llamando a la desescalada, a la apertura del estrecho de Ormuz y a la negociación, aunque no se han atrevido a criticar explícitamente a EEUU y a Israel, pero sí al régimen de Irán. Y lo peor es que no han aprobado medidas económicas concretas, a diferencia de lo que hicieron tras la pandemia y la invasión de Ucrania: prometen presentar “ayudas temporales, adaptadas y específicas” y mientras proponen a los paises que bajen impuestos a la electricidad y que ayuden a las empresas y sectores más vulnerables, sin hablar ahora de aportar Fondos europeos.

En España, el Gobierno Sánchez aprobó el viernes un paquete de ayudas que incluyen rebajas fiscales a los carburantes y la electricidad, más ayudas específicas al transporte, la agricultura y la pesca, también a las industrias más consumidoras de electricidad y gas. Son 80 medidas, con un coste total de 5.000 millones de euros (“el coste de esta guerra para España”, por ahora). Se baja al 10% el IVA de los carburantes (supondrá una rebaja de 20 a 23 céntimos por litro en el gasóleo y de 26 a 29 céntimos/litro en la gasolina, un ahorro de 12 a 16 euros al llenar un depósito de 55 litros), se concede una ayuda de 20 céntimos por litro de gasóleo a los transportistas, agricultores y pescadores, unas ayudas equivalentes a los fertilizantes, se bajan los dos impuestos a la electricidad (el IVA del 21 al 10%, también al gas, los pellets y la leña), se bonifican un 80% los peajes a las industrias electrointensivas (ahorrarán 200 millones de euros), se congela el precio del butano y propano, se extiende hasta fin de año el bono social eléctrico (descuentos) y se refuerza el bono social térmico. Además, y para asegurar que estas rebajas de impuestos lleguen a los consumidores, se dan más prerrogativas a la Comisión de la Competencia (CNMC), para que vigile los procesos y evite abusos en los márgenes de petroleras, eléctricas y otras empresas.

Ahora, el Gobierno Sánchez intentará aprobar este paquete de ayudas ("el mayor de Europa", según la vicepresidenta Aagesen) en el Congreso, este jueves, lo que no será fácil. Y en paralelo, tendrá que vigilar que las rebajas fiscales lleguen a los ciudadanos, que lo noten en bajadas de carburantes, luz y fertilizantes, que no sirvan para mejorar el margen de las petroleras, eléctricas y empresas. Y mientras tanto habrá que vigilar la evolución de los alimentos, donde ya hay algunos productos que están subiendo en los supermercados, aunque la mayoría esperan para hacerlo (gracias a que llevan dos años aumentando aumentado márgenes y beneficios: recordemos que Mercadona tuvo en 2025 con un beneficio neto de 1.729 millones de euros, un 25% más que en 2024).

Pero la clave es lo que escale y dure la guerra en Oriente Medio. Porque si continúa otro mes más, hasta finales de abril, el petróleo podría dispararse hasta los 180 dólares por barril, según Arabia Saudí. Y eso arrastraría al gas y a la electricidad, a los carburantes, al transporte marítimo y terrestre, a los costes de la industria, los agricultores y la pesca, y, al final a los alimentos, con lo que el Gobierno tendría que tomar nuevas medidas, como la rebaja del IVA a los alimentos (una medida regresiva, porque beneficia más a los que más tienen y gastan). Y en este escenario, una guerra más duradera, sería imprescindible que Bruselas y los 27 aprobaran nuevas ayudas, como el tope al gas y otras medidas extraordinarias.

En definitiva, estamos ante una guerra peligrosa y preocupante, que puede tener un alto coste para los paises y sus ciudadanos, desde Europa a EEUU, más para los ciudadanos iraníes y libaneses. Y lo peor es que una guerra se sabe cuando empieza pero no cuando acaba ni cómo. Y estamos en manos de dos políticos ultras e imprevisibles (Trump y Netanyahu), que pueden decidir cualquier cosa, a costa del resto del mundo. “Piensen en lo impensable y prepárense para ello”, aconsejó hace días al mundo la presidenta del FMI, Kristalina Georgieva. Pedro Sánchez dijo el viernes que España tiene ahora “el mayor escudo social y económico de los países europeos” y que estará vigente el tiempo que sea necesario y si hace falta “lo ampliará". Urge ahora que Europa tenga una respuesta similar, con un paquete de medidas para ayudar a los 27.

Al final, nos ha caído encima otra crisis, tras la pandemia (2020), la guerra de Ucrania (2022), los problemas climáticos (inundaciones e incendios), el chantaje arancelario de Trump (2025) o la actual guerra en Oriente Medio. Pedro Sánchez insiste en que tras todas estas crisis, España ha salido más fuerte, siendo el país europeo que más crece en los últimos tres años. Y recuerda el dato: en 2025, el 41% de todo el empleo creado en Europa ha sido creado en España… Es verdad. Pero la clave es que Europa reaccione junta y que tomemos medidas al margen de la política partidista. Porque una guerra como esta exige unidad de acción y de respuesta, no usarla para atacar al Gobierno y hacerle caer, como se ha intentado en las crisis anteriores. La política está para resolver los problemas y más cuando son graves como esta guerra. Veremos qué pasa. 

jueves, 19 de marzo de 2026

Dependencia: un derecho pendiente tras 19 años

Mucha gente protesta por los problemas en sanidad, educación, vivienda o transportes. Pero no hay un clamor social para mejorar la situación de los mayores dependientes, que esperan años para recibir ayudas ridículas: hay 258.167 dependientes esperando que les valoren o recibir una ayuda reconocida. Y como son muy mayores, 32.704 fallecen cada año sin ser atendidos (90 cada día). Un dato escandaloso, que refleja los graves problemas de la Dependencia, tras 19 años de vigencia de la Ley. Problemas causados por  la falta de financiación del Estado y las autonomías, que reaccionan (desigualmente) a la falta de recursos con retrasos y ayudas “low cost” (264,55 euros mensuales de media a las familias con un dependiente). Los Directores de Servicios Sociales proponen un Pacto para gastar el doble en Dependencia y reducir en dos años las listas de espera, ofreciendo ayudas dignas. Un reto urgente y necesario, porque aumentarán los dependientes: si ahora hay 3 millones de personas con más de 80 años, en 2050 serán 6 millones. Ayudémosles.

                             Enrique Ortega

El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.

El gran problema de la Ley de Dependencia, que entró en vigor el 1 de enero de 2007, es que aprobó derechos para los dependientes y sus familias pero no aseguró la financiación necesaria para cumplirlos. Y tras la crisis financiera y de la deuda, los dependientes sufrieron duramente los recortes impuestos por Bruselas y Rajoy: se estima que la financiación a la Dependencia se redujo -6.321 millones entre 2012 y 2020, con una baja aportación del Estado central y las autonomías. En 2021, el Gobierno Sánchez aprobó un Plan de choque para la Dependencia, aportando 600 millones extras al año en 2021, 2022 y 2023, además de aumentar los Presupuestos: la inversión del Estado en Dependencia alcanzó los 3.478 millones en 2024, el triple que en 2014 (1.130 millones). Las autonomías aumentaron algo su aportación, pero varias aprovecharon el aumento del Estado para aportar menos. Y en 2025, tras dos años sin Presupuestos, la financiación pública a la Dependencia apenas aumentó: se destinaron 13.506 millones de euros, el 0,8% del PIB, la mitad del gasto medio que hacen los paises europeos, según los Directores de Servicios Sociales (DGSS).

Casi dos tercios de esta financiación pública a la Dependencia (el 60,5%) procedió en 2025 de las autonomías, mientras el Estado central aportó el 39,5% restante, aunque la Ley fijaba que el reparto iba a ser 50%/50% (en 2009, antes de los recortes, el Estado central aportaba el 52,5%). Pero la mayoría de las autonomías no tienen a la Dependencia como una prioridad y por eso gastan poco y de forma muy desigual. De hecho, en 2025, hubo 9 autonomías que recibieron del Estado Central menos recursos que en 2024 porque incumplieron los compromisos de gestión acordados: Aragón (-8,3 millones), Castilla y León (-5,8), Madrid (-3,6), Canarias (-2,3), Castilla la Mancha (-1,3), Cataluña (-1,18), Baleares (-899.000 euros), Asturias (-363.000 euros) y Murcia (-323.000). Y hay una gran diferencia regional en el gasto en dependencia por habitante: gastan más que la media (6.015 euros anuales) la Rioja (7.537 euros/habitante), País Vasco (6.567) y Castilla la Mancha (6.432 euros), mientras están a la cola del gasto Aragón (4.020 euros/habitante), Asturias (4.045), Ceuta y Melilla (4.418) Castilla y León (4.418), Madrid (5.821) y Cataluña (5.918 euros/habitante).

Ante una escasa financiación, mientras crecen los dependientes (por el envejecimiento de la población), las autonomías (que gestionan la Dependencia)  llevan casi dos décadas utilizando 2 vías de salida, dos “trucos” para conseguir que el sistema medio funcione: retrasar la concesión de las ayudas y dar servicios más baratos (“low cost”) para atender con poco dinero a más dependientes: en 2025 había 1.677.042 dependientes atendidos con ayudas, más del doble que en 2011 (752.005). Veamos cómo lo hacen.

Por un lado, retrasan la entrada de nuevos dependientes, multiplicando la burocracia en un proceso larguísimo para reconocer las ayudas: revisión documentos e informes, valoración de cada persona, valoración provisional, resolución de grado de dependencia (I, II y III, los dependientes más graves), trámite para proponer una ayuda o servicio, cálculo de los ingresos y lo que tendrá que pagar el dependiente (copago), resolución y entrega de los servicios, que aún se retrasan porque los han de prestar los Ayuntamientos (más demora). En total, la tramitación de un expediente, desde que se solicita la ayuda hasta que se concede son 341 días de media, según los Directores de Servicios Sociales, cuando la Ley fija un plazo máximo de 180 días. Y hay una gran desigualdad de plazos por autonomías: tres superan el año (559 días Murcia, 496 días Andalucía y 430 días Canarias), mientras sólo 6 autonomías cumplen la Ley (113 días tardan los expedientes en Castilla y León, 129 en el País Vasco,141 en Aragón, 151 en Ceuta y Melilla, 165 en Castilla la Mancha y 174 en La Rioja).

Pero los retrasos no acaban ahí. A veces, las autonomías revisan un expediente ya aprobado, para modificar el grado. En total, a finales de 2025 había 109.260 expedientes pendientes de valoración, con los dependientes y sus familias esperando… Y hay otro retraso posterior, también para reducir el gasto: no dar las ayudas a los dependientes que las tienen reconocidas: a finales de 2025 había 148.907 dependientes (+6.461 que en 2024) “en lista de espera” para recibir una ayuda o servicio que ya tienen reconocido. Es lo que se llama “el limbo” de la Dependencia y afecta al 8,3% de los dependientes reconocidos, un porcentaje que es mucho mayor en algunas autonomías, las peor gestionadas: Canarias (28,6% de los dependientes con derecho reconocido no reciben ayudas ni servicios), País Vasco (15%), Cataluña (13,4%), Murcia (13,3%), Extremadura (11,9%), Baleares (10,1%) y Ceuta y Melilla (10,6%). Y que es bajo en Aragón (sólo el 1,3% dependientes en el limbo), Galicia (1,5%), Cantabria(2,3%), Navarra (3,4%), Asturias (3,9%) y Castilla y León (4%).

Sumando los expedientes pendientes de valoración (109.260) y los dependientes reconocidos que esperan la ayuda o servicio (148.907 en el limbo), da un total de 258.167 dependientes “desatendidos” a finales de 2025, según el estudio de los Directores de Servicios Sociales (DGSS). Una cifra que baja algo cada año pero que se mantiene demasiado alta. Y la peor consecuencia es que muchos de los dependientes desatendidos son muy mayores (4 de cada 5 tienen más de 80 años) y se mueren antes de que les reconozcan las ayudas o se las concedan: el reciente estudio de DGSS cifra en 32.704 los dependientes que murieron en 2025 esperando que les valorasen (17.994) o que les llegue la ayuda o servicio reconocido (otros 14.710 fallecidos). Son 90 muertes diarias, el gran fracaso del sistema de Dependencia.

El otro camino (junto a los retrasos) que utilizan las autonomías para afrontar la falta de financiación es conceder ayudas y servicios baratos (“low cost”) para poder “atender” así a más dependientes (en las estadísticas). La principal ayuda que conceden son las prestaciones económicas por cuidados familiares, que reciben ahora 728.851 familias (el 45% de los dependientes atendidos) por cuidar ellos a sus dependientes en casa. Y la ayuda es ridícula: 262 euros al mes de media (385 para los Dependientes de Grado III, que necesitan ayuda 24 horas…). Y encima, hay varias autonomías que pagan mucho menos de media: 171 euros Navarra, 185 Asturias, 200 euros Castilla y León, 203 Cantabria, 221 Aragón, 223 euros mensuales Extremadura. Y la que más paga Galicia, son 377 euros.

La 2ª ayuda más concedida es la teleasistencia, la más barata, que reciben 628.736 dependientes, el 55% de los dependientes atendidos en su domicilio (hay autonomías como Madrid donde el 51% de los dependientes graves son “atendidos” con teleasistencia). Además de ser “vergonzoso” que la teleasistencia se considere como una “ayuda”, en 2023 se aprobó un Decreto para que la teleasistencia llegara al 100% de los dependientes, pero todas las autonomías lo incumplen.

Otro servicio que se concede es la ayuda a domicilio (71.028 prestaciones), más una ayuda sobre el papel que real, por su escasa intensidad: la media son 37,5horas al mes, lo que supone una media de 1,24 horas diarias (2 horas y 15 minutos diarios para los grandes dependientes…). Y aquí hay también una gran desigualdad en las autonomías: en Navarra se ofrecen 76,9 horas al mes o 53,5 en Galicia, mientras sólo se conceden 18,6 horas al mes (37 minutos diarios) en Aragón, 24,8 en el País Vasco o 25,6 en Castilla la Mancha y Cataluña. Y casi todas las autonomías incumplen las horas mínimas que fijó el Decreto de 2023 (37 horas para Grado I, de 38 a 64 para Grado II y de 65 a 94 para Grado III).

Seguimos con otros servicios, los más caros y que menos se conceden. Uno son los centros de día (que sólo se conceden a 33.701 dependientes). Y el otro, la atención residencial (la tienen 108.015 dependientes), una ayuda para que el dependiente vaya a una residencia (si la encuentra: faltan 90.000 plazas). La ayuda supone entre 549,8 euros al mes (Grado II) y 566,9 euros (Grado III), subvención que sólo paga un tercio del coste real de la residencia. Y lo mismo pasa con otras prestaciones por servicio: la autonomía da una ayuda (un cheque) y las familias “se buscan la vida” para contratar el servicio con una empresa o cuidadora y paga la diferencia. Son los famosos “copagos” que pagan las familias. En conjunto, del coste total de los servicios de la dependencia (11.847 millones en 2025, el resto hasta los 13.506 millones es el coste de gestión), las familias pagan ya 2.326 millones, casi el 20%.

Como se ve, tras 19 años, el sistema de la dependencia “hace aguas: mantiene a muchos dependientes en lista de espera y los que reciben ayudas, son mínimas y sus familias tienen que buscarse ayuda por su cuenta (contratar una cuidadora) o dejar de trabajar para atender a padres, hijos o familiares dependientes (el 72,3% de los cuidadores familiares son mujeres), lo que trunca sus carreras profesionales. Por eso, expertos como los Directores de Servicios Sociales (DGSS) dicen que la Dependencia “es un derecho pendiente”, que está sobre el papel (la Ley) pero que no se cumple con eficacia tras 19 años. Y que a este ritmo, tardaríamos 20 años en acabar con las listas de espera de la Dependencia.

En diciembre de 2016, los Directores de Servicios Sociales (DGSS) consiguieron que la mayoría del Parlamento (salvo el PP y PNV) firmaran un Pacto por la Dependencia, para mejorar su financiación y sus resultados. Pero ha sido papel mojado. En febrero de 2025, el Gobierno aprobó una reforma de la Ley de Dependencia que está parada en el Congreso. Esta reforma mejora algunos de los problemas actuales de la dependencia, según reconocen los expertos de DGSS, pero tiene un problema de fondo: no asegura más financiación para la Dependencia. Por eso, los Directores de Servicios Sociales hacen varias propuestas: duplicar la financiación a la Dependencia (aportar a medio plazo el 2% del PIB, 32.000 millones frente a los 13.500 millones de gasto en 2025), simplificar los trámites y la burocracia, mejorar la calidad y cuantía de las ayudas y servicios, universalizar la teleasistencia, reformar las residencias y mejorar la economía de los cuidados, con más personal y mejores salarios.

Además, lanzan otra propuesta: aprovechar que este año 2026 se cumplen los 20 años de la Ley de Dependencia para alcanzar un nuevo Pacto por la Dependencia, con 5 puntos: aumentar la aportación del Estado hasta el 50% del coste total, reducir  a cero en dos años las listas de espera (el “limbo” de la Dependencia), aprobar medidas para mejorar la intensidad y la calidad de los servicios apoyando más a las familias, comprometerse a que no se recortará la Dependencia y que los cambios se aprobarán por Ley y apostar por una mayor transparencia, para conseguir una información actualizada y completa, con mayor seguimiento y control.

En las actuales circunstancias políticas, será difícil conseguir este Pacto por la Dependencia, pero es una necesidad urgente, porque la población española envejece y aumentarán año tras año los mayores dependientes. De hecho, hoy hay 3 millones de personas con más de 80 años (el 6% de la población), que acabarán necesitando ayuda, pero en 2050 habrá ya 6 millones con más de 80 años (el 11%) y necesitaremos un sistema de Dependencia que sea eficaz y no tenga listas de espera ni servicios low cost. O nos preparamos desde ahora, con financiación, personal, medios, ayudas y centros de atención (distintos, por favor, a las siniestras residencias actuales) o la Dependencia será uno de los grandes dramas de las familias este siglo. Y, sobre todo, una losa para las mujeres.

lunes, 16 de marzo de 2026

Otro récord de bajas laborales

La patronal está obsesionada con el absentismo, con las bajas laborales. Los datos avalan su preocupación: 1,47 millones de trabajadores faltaron cada día a su trabajo en 2025, 1,1 millones por bajas médicas (+83% desde 2017). Y el coste de estas bajas (ILT) se ha triplicado, siendo 33.280 millones en 2025: 16.616 millones pagan las empresas y 17.164 millones la Seguridad Social, el 2º mayor gasto tras las pensiones. Estamos ante un problema grave, pero no se puede “culpar a los trabajadores", insinuando que “se escaquean” con las bajas, como hace la patronal. La causa de las bajas disparadas es el deterioro de la sanidad pública, que tarda meses en atender y curar y carece de medios para mejorar controles y reducir plazos. También ha crecido el estrés en el trabajo y muchos trabajadores se preocupan más de su salud, mientras los jóvenes no aceptan trabajar enfermos (como hacían sus padres). Gobierno, sindicatos y patronal se han reunido varias veces para reducir las bajas, pero no logran acuerdos .  

                            Enrique Ortega

Las bajas laborales vienen creciendo en España desde 2014, cuando se empieza a superar la crisis financiera de 2008, y sobre todo tras la pandemia. En 2012, la tasa de absentismo (porcentaje de ocupados que se ausentan del trabajo) rondaba el 4%, mientras las bajas por enfermedad (ILT) rondaban el 2% (el resto son ausencias por diversos motivos). A partir de 2014, sube ligeramente el empleo y también el absentismo, por encima del 5% en 2019 (las bajas por enfermedad suponen el 2,7% de las horas de trabajo). La pandemia trastoca las cifras, hasta picos de absentismo del 7% en 2021 y 2022, siendo el 5,8% por bajas por enfermedad. Y a partir de estos máximos, el absentismo ha bajado, pero poco: era del 6,6% en septiembre de 2025, un promedio diario de 1.477.549 personas que se ausentaron del trabajo, según el último estudio de Randstad. Y de ellas, el 5,2% no trabajaban porque estaban de baja médica (ILT), concretamente 1.164.129 trabajadores de baja.

Voy a centrarme en las bajas médicas (ILT), porque son el grueso de las bajas (el 79%), en esos 1,16 millones de trabajadores de baja a finales de 2025. La gran mayoría de estas bajas médicas (el 91%) son por contingencias comunes, por problemas temporales de salud (roturas y problemas de huesos y músculos, enfermedades respiratorias, trastornos digestivos, infecciones y problemas mentales), siendo una minoría (9%) las bajas derivadas de enfermedades profesionales. Un reciente informe de AIReF ha dado la alarma: las bajas médicas por contingencias comunes se han casi duplicado, pasando de 4,7 millones en 2017 a 8,6 millones en 2024 (+83%), mientras las bajas por enfermedades profesionales están estables (unas 700.000). Y a la vez, esas bajas por contingencias comunes son más largas: de 40 días en 2017 a 45,9 días en 2024.

Podría pensarse que hay más bajas médicas porque hay más gente trabajando (+3,4 millones de ocupados desde 2017). Pero no es por eso, como lo demuestra el dato de las bajas médicas por 1.000 trabajadores: eran 21,4 en 2017, saltaron a 28 en 2019, a 32,8 en 2022, a 36,5 en 2024 y a 38 bajas por 1.000 trabajadores en 2025, un salto enorme (+77,5%). Un porcentaje de bajas médicas superior al del resto de Europa: si en España suponían el 4,5% de las horas pactadas en 2024, la media europea era el 2,5%, en Italia el 0,7% y en Alemania el 3,2%, frente al 3,9% en Francia, un 4,1% en Bélgica y un 3,6% en Portugal, según este estudio de Ivie. Y la OCDE sitúa a España como uno de los paises occidentales con más bajas laborales, con una media de 4,9 semanas perdidas al año por enfermedad.

El problema de este alto nivel de bajas médicas no es sólo la pérdida de jornadas y de productividad, sino también su alto coste, no sólo para empresas y trabajadores sino también para la Seguridad Social. Actualmente, los tres primeros días en que no se trabaja por un problema médico, el trabajador no cobra nada. Del 4º al 15º día, el trabajador cobra el 60% de su sueldo (mejor, de su base imponible) y lo paga su empresa. Entre el día 16º y el 20º de baja, cobra ese mismo 60%, pero ya se lo paga la Seguridad Social (el INSS) y desde el día 21 en adelante, lo sigue pagando el INSS (a través de las Mutuas), pero el trabajador cobra algo más, el 75% de su base imponible. Así que de baja se cobra menos, aunque hay convenios que complementan lo que se recibe (hasta el 80/91% del sueldo).

Así que las empresas pagan una parte del sueldo del trabajador del 4º al 15º día que está de  baja, unos costes que han pasado de 4.806 millones en 2015 a 16.116 millones pagados en 2025, según los datos oficiales. Y el mayor desembolso lo hace la Seguridad Social (el INSS), cuya factura por las bajas médicas ha pasado de 6.149 millones en 2015 a 17.164 millones en 2025, la 2ª mayor factura que paga la SS tras las pensiones. En conjunto, el coste total de las bajas médicas se ha triplicado en la última década, desde los 10.955 millones que costaban en 2015 a los 33.280 millones gastados en 2025.

Veamos el perfil del trabajador que está de baja, según el informe de la AIReF. Hay más mujeres (40 por 1.000 trabajadores, frente al 33,86 de media) que hombres (30), se da más entre jóvenes (41,1 por 1000 entre 25 y 35 años, 34,4 entre 35 y 45 años, 28,7 entre 45 y 55 y 29,7 entre 55 y 65 años), aunque los más mayores están de baja el doble de días. Cogen más bajas médicas y más largas los asalariados (38,3 por 1000 trabajadores, con 112,5 días de media) que los autónomos (10,7 bajas por 1000, de 42,4 días de media) y más los asalariados con contrato fijo que los temporales. Los sectores con más bajas médicas (ILT) son la industria, las actividades sanitarias y servicios sociales, el transporte y almacenamiento, el suministro de agua y residuos, junto a las actividades administrativas, sin olvidar también a la construcción y el turismo. En general, las bajas se concentran en las grandes empresas, más que en las pymes. Y por autonomías, las que tienen más bajas médicas son Navarra (52,2 por 1.000 trabajadores), Cataluña(49,1) y País Vasco (42,6), aunque donde más han crecido desde 2017 han sido en Canarias y Cantabria. Un dato llamativo es que un 25% de los trabajadores son los que concentran el 55% de las bajas y muchos repiten.

¿Por qué se ha disparado el absentismo laboral en España? Para muchos expertos, la pandemia supuso una situación disruptiva que agravó los problemas sanitarios, laborales y sociales que ya habían elevado el absentismo. Y sobre todo, el subsiguiente deterioro de la sanidad pública, que ha aumentado las listas de espera para el médico de familia, las pruebas y las consultas de los especialistas, lo que complica que muchos trabajadores con problemas de salud o roturas puedan volver a trabajar. Y además, la falta de personal en la Seguridad Social ha retrasado la resolución de muchos expedientes, a pesar de la ayuda inestimable de las Mutuas (que han de pasar por un médico de familia para dar las altas).

También hay otros factores que explican el aumento del absentismo, en España y en todo Occidente : el aumento de la población ocupada (hay 4,2 millones de trabajadores más en España que en 2014), la menor tasa de paro (11,76% frente al 26,94% en 2013, con lo que hay “menos miedo a perder el empleo) y, sobre todo, una distinta actitud ante el trabajo” de los jóvenes: muchos tienen contratos precarios y mal pagados y tienen menos interés por su trabajo, mientras han aumentado los problemas de ansiedad y salud mental. Y no ayuda a bajar el absentismo la falta de conciliación familiar y los disparatados horarios laborales.

Otro factor que cada día cobra más peso es el aumento del “estrés” en el trabajo, que ha disparado la depresión y los problemas mentales de muchos trabajadores, que son ya la 2ª mayor causa por la que se pide ahora una baja laboral, según la SS. Y además, son las bajas cuya duración más ha aumentado, de 19 días hace una década a 45 días ahora. Según este informe de UGT, en 2025 se concedieron 420.783 expedientes de ILT por trastornos mentales y de comportamiento, sobre todo en comercio, hostelería, actividades sanitarias y de servicios sociales, actividades administrativas, Administración pública y educación. Y consideran que estos problemas mentales son culpa en muchos casos de la temporalidad y la  inseguridad laboral, las largas jornadas laborales y la presión y sobrecarga de trabajo o el trato con clientes, a los que se han sumado los problemas derivados de la digitalización y el teletrabajo más las negativas condiciones climáticas (olas de calor, inundaciones, incendios…).

Al final, el elevado absentismo laboral daña la productividad del país y de las empresas, pero también a los trabajadores, que cobran mucho menos mientras están de baja. Por eso, el absentismo preocupa no sólo a los empresarios (que llevan años quejándose del aumento) sino también a los sindicatos, lo que se ha traducido en que ambas partes dedicaran un capítulo (el VII) a abordar el absentismo en el V Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva, firmado el 10 de mayo de 2023. En ese documento, tanto la patronal como los sindicatos exhortaban al estudio de las causas, incidencia y duración de las bajas laborales y estaban de acuerdo en pedir una mayor colaboración de las Mutuas de Trabajo para agilizar los expedientes, en coordinación con el personal sanitario del SNS. Y además, pedían más medios para reducir las listas de espera de la sanidad pública y medidas para proteger la salud de los trabajadores y reducir los procesos de bajas.

En linea con estas propuestas de las fuerzas sociales, el Gobierno anunció en febrero de 2024 que aprobaría una medida para agilizar y reducir las bajas laborales: que las Mutuas laborales (que son parte del sistema público de SS) controlen las bajas laborales (ILT) de origen traumatológico, que concentran 8 de cada 10 bajas por contingencias comunes. Eso supondría que los médicos de familia derivarán estas bajas a las Mutuas, que gestionarán el proceso de recuperación y rehabilitación, proponiendo después el alta a los médicos del SNS, los únicos que podrán darlas. No se trataba de “privatizar” el proceso, que estará siempre supervisado por entidades públicas y sujeto al consentimiento del trabajador, pero sí de aligerar de la mayor parte de esta tarea a los médicos de los centros de salud, que hoy están superados con el seguimiento de las bajas. Pero dos años después, la medida sólo se aplica en 4 autonomías (Baleares, Asturias, Cataluña y Castilla la Mancha, más Ceuta y Melilla) porque la mayoría de las autonomías (PP) están retrasando la firma de los convenios.

En octubre de 2025, la Seguridad Social propuso a las fuerzas sociales una vuelta al trabajo “flexible (poco a poco) para los que han sufrido enfermedades graves y se han recuperado, una medida que no gustó a los sindicatos (“quieren poner a trabajar a personas enfermas”). Y las fuerzas sociales no se volvieron a reunir con el Gobierno para afrontar el problema de las bajas hasta el pasado 9 de febrero, cinco días después del impactante informe de AIReF. No salió nada de esta reunión, salvo la promesa del Gobierno de crear un Observatorio para estudiar las bajas laborales. Y una semana después, el 16 de febrero, Gobierno, sindicatos y patronal volvieron a reunirse sin resultados: los sindicatos se plantaron y dijeron que no negociarán sobre el absentismo mientras el Gobierno no cierre temas pendientes (jubilación anticipada empleados públicos y penalización jubilaciones por ERE) .

Mientras, la patronal denuncia el alto nivel de absentismo y pide que el control de las bajas pase a las Mutuas, en tanto muchas empresas recortan los complementos salariales que están pagando a los trabajadores de baja. Y los sindicatos rechazan que se “victimice” a los trabajadores y defienden que se mejore la sanidad pública, para recortar la espera de los trabajadores para diagnósticos y operaciones, mientras reiteran la necesidad de abordar los problemas de salud laboral y en especial los crecientes problemas de salud mental. Y la AIReFdefiende básicamente tres medidas: mejorar la conexión entre los agentes que gestionan las bajas (sanidad, SS, Mutuas, empresas y trabajadores), reducir las listas de espera en la sanidad pública  y dotar de más medios a la atención primaria y al INSS en el seguimiento y la gestión activa, con las Mutuas, de las bajas médicas.

En resumen, tenemos un problema de demasiadas bajas laborales que tardan en resolverse, en perjuicio de los afectados, sus empresas y la Seguridad Social. No se trata de acusar a los trabajadores de “escaquearse y pedir una baja injustificada para no trabajar (como hacen algunos líderes patronales) sino de analizar con datos y rigor qué está pasando, por qué se han disparado las bajas y qué se puede hacer para reducirlas y evitar su abultado coste, que perjudica al trabajador, a la empresa y a toda la economía. Hay que huir de soluciones “fáciles”, “populistas o demagógicas” y pactar fórmulas para agilizar los tratamientos y los expedientes. Y, en paralelo, avanzar en prevención y salud laboral, fortaleciendo una sanidad pública que no se recupera. Pero, sobre todo, hay que mejorar el trabajo en las empresas: menos “ordeno y mando” y más integración, mejor ambiente laboral, para que ir a trabajar no sea un tormento. Así habrá menos absentismo.

jueves, 12 de marzo de 2026

Demasiadas muertes por trabajar

Cada día mueren 2 personas en el trabajo o yendo y viniendo de trabajar. Fueron 735 muertes por accidente laboral en 2025, 61 menos que en 2024, aunque aumentaron los muertos en la construcción (+29 fallecidos). Y España es el 6º país europeo con más muertes laborales en relación con los que trabajan. Los sindicatos denuncian que son “demasiadas muertes” y que muchas podrían evitarse si las empresas invirtieran más en prevención. Además, se quejan de que hay muchas enfermedades profesionales que no se reconocen, como algunos cánceres. En febrero de 2026, Gobierno y sindicatos han pactado una reforma de la Ley de prevención de riesgos laborales de 1995, para reforzar la prevención y afrontar nuevos riesgos de salud mental, trabajo digital y cambio climático. Pero la patronal se descolgó del acuerdo, porque no quiere más normas sino regularlo en los convenios. Ahora falta aprobar los Decretos y la nueva Ley, algo que no será fácil por los enfrentamientos en el Congreso. Pero hay que tomar medidas para frenar estas “muertes silenciosas”. No puede ser que el trabajo mate.

                           Enrique Ortega

Este lunes, un hombre de 56 años murió al caer desde el tejado de una empresa en la que estaba trabajando en Sant Fruitós de Bages (Barcelona). Es el penúltimo trabajador muerto este año por accidente laboral en España, tras los 735 fallecidos en 2025, en el trabajo (584 muertes) o yendo y viniendo de trabajar (otros 151 muertos “in itinere”), según los datos recién publicados por Trabajo. Una cifra que reduce en 61 los 776 muertos en accidentes laborales en 2024 y que es algo menor a los 721 muertos en accidente laboral en 2019, antes de la pandemia, aunque ahora hay 2,5 millones de personas más trabajando. Aún así, son muchos más que los 558 muertos laborales de 2013, el mínimo desde antes de la crisis financiera (hubo 841 muertos en 2007), y la mitad de las 1.580 muertes en el trabajo (más de 4 diarias) que se contabilizaron en España en el año 2000.

Empecemos por los datos de los accidentes laborales, que prácticamente se estancaron en 2025: hubo 1.163.047 accidentes declarados, un 1,5% menos que en 2024 (1.181.202). Pero algo menos de la mitad (542.661, -1,8%) fueron “accidentes sin baja”, generalmente leves, porque muchos de estos trabajadores prefirieron no pedir la baja, para no tener problemas laborales (los sindicatos denuncian que estos accidentes sin baja crecen en los últimos años). Algo más de la otra mitad fueron “accidentes con baja”, 620.386 en 2025, casi los mismos que en 2024 (628.300), aunque muy lejos de los accidentes con baja que había en España en plena “burbuja inmobiliaria” (1.022.067 en 2007), aunque es una cifra de accidentes con baja similar a la que había antes de la pandemia (650.602 en 2019). Pero hay que recordar que ahora trabajan en España 2,5 millones de personas más…

El grueso de los accidentes de trabajo con baja se produjo en el trabajo (529.838 accidentes,-19% que en 2024) y el resto fueron accidentes in itinere (90.548,+2,9% que en 2024), accidentes producidos al ir y venir de trabajar, que son los accidentes que más crecen en los últimos años, por accidentes de tráfico. La mayoría de los accidentados en el trabajo son hombres (70,2%), pero curiosamente son las mujeres quienes tienen más accidentes laborales “in itinere” (el 54% del total), quizás porque se desplazan más para conciliar el trabajo con llevar a los hijos al colegio o hacer las compras. La gran mayoría de los accidentados con baja son asalariados (95,4%) y el resto autónomos (4,6%).

Las actividades más peligrosas en 2025, con más accidentes laborales en el trabajo con baja, fueron la industria (96.068, el 18,3% del total), la construcción (78.845 bajas, el 15,06%), el comercio y la reparación de vehículos (69.968 accidentes, el 13,20%), las actividades administrativas y servicios auxiliares (57.030, el 10,76%), la hostelería (50.837, el 9,59%), el transporte y almacenamiento (41.168, el 7,76%) y las actividades sanitarias y servicios sociales (40.864 accidentes, el 7,71%). Pero si tenemos en cuenta los que trabajan en cada sector, la “siniestralidad relativa” (accidentes por cada 100.000 trabajadores), las actividades más peligrosas son en realidad  la construcción (5.510 accidentes en el trabajo por cada 100.000 trabajadores), la minería (5.413), el suministro de agua y saneamiento (5.136), la industria (4.364), el campo (3.759), el transporte y almacenamiento (3.555), las actividades administrativas y servicios auxiliares (3.473) y la hostelería (2.731), los 8 sectores con más accidentes que la media (2.547 por 100.000 trabajadores). Y las autonomías más “peligrosas” para trabajar son, curiosamente, Baleares (3.791 accidentes/100.000 trabajadores), Navarra (3.655), Castilla la Mancha (3.227), La Rioja (3.155) y Aragón (2.912), por encima de la “siniestralidad” de Andalucía (2.720), Comunidad Valenciana (2.509),Cataluña (2.356) o Madrid (1927 accidentes/100.000 trabajadores).

Centrándonos en la gravedad de los accidentes laborales, en 2025 se produjeron en el trabajo 3.701 accidentes graves, de los que 584 fueron mortales (62 muertes menos que en 2024). De estas muertes en el trabajo, la mayoría fueron hombres (546 muertes, 62 menos que en 2024) y 38 fueron mujeres (igual que en 2024). Por edades, los trabajadores mayores son quienes tienen más muertes en el trabajo: entre 55 y 59 años (121 muertes en 2025), de 60 a 64 (105) y de 50 a 54 años (102 muertes). La 1ª causa de estas muertes en el trabajo son los infartos y derrames cerebrales y otras “causas naturales” (251 muertes, 15 menos que en 2024), que los sindicatos atribuyen en muchos casos al “estrés laboral”. Le siguen los golpes y caídas (97 muertes, 3 más que en 2024), los aplastamientos (82 muertes, 17 menos) y los accidentes de trafico (73 muertes, 23 menos). En el caso de las muertes “in itinere” (151 fallecidos, 1 más que en 2024), la mayoría fueron por accidentes de tráfico (138) y afectaron más a hombres (122 muertes,+2 que en 2024) que a mujeres (29,-1).

Centrándonos en las muertes en el trabajo (584 en 2025), las actividades más letales fueron los servicios (262 muertos, -64 que en 2024), la construcción (164 muertos, 29 más, por lo que “alertan” los sindicatos), la industria (110 muertes laborales, -6) y el campo (48 muertos, -21). Pero si tenemos en cuenta la “siniestralidad relativa”, el sector con más muertes en el trabajo es la construcción (11,32 muertes por 100.000 trabajadores), a mucha distancia del campo (6,68 por 100.000), la industria (4,52) y los servicios (1,61 muertos por 100.000 trabajadores, muy por debajo de la media: 2,81 muertes/100.000). Y por autonomías, las más letales para trabajar son Andalucía (95 muertes en el trabajo), Cataluña (91 muertes, su peor dato desde 2009), Comunidad Valenciana (66), Madrid (55) y Castilla la Mancha (41 muertes). Pero si lo comparamos con los trabajadores de cada región, la “siniestralidad relativa” cambia:  las más “letales” son Castilla la Mancha (5,32 muertos en el trabajo por 100.000 trabajadores), Asturias (5,24), Murcia (4,32), Galicia (4,23) y Castilla y León (3,98), frente a 2,95 muertes/100.000 trabajadores en Andalucía, 2,41 en Cataluña y 1,52 en Madrid.

Los accidentes y las muertes laborales preocupan también en Europa, donde se producen casi 2,2 millones de accidentes con baja (2.153.161 en 2023) y 2.972 muertes en el trabajo (2023), según los últimos datos de Eurostat. España es el 2º país europeo con más accidentes en el trabajo en relación a los que trabajan (2.707 accidentes por cada 100.000 trabajadores en 2023), sólo superado por Portugal (2.995 accidentes) y muy por encima de la tasa europea (1.500 accidentes por 100.000 trabajadores), cerca de Francia (2.644) y lejos de Alemania (1.620/100.000), Italia (1.182), Bélgica (1.513) o Dinamarca (1.578). Y en cuanto a las muertes en el trabajo, la tasa de España (2,28 muertes/100.000 trabajadores) supera a la media europea (2,28/100.000), a Paises Bajos (0,6), Alemania (0,91) o Bélgica (1,67), pero es menor que la mortalidad laboral en Francia (4,42 muertes/100.000) o Italia (2,62).

El trabajo no solo provoca accidentes y muertes, también enfermedades profesionales que en muchos casos acaban inhabilitando o matando al trabajador en unos años. Y están creciendo: en 2024 (último dato oficial) se contabilizaron 26.803 partes de enfermedades profesionales,+4,6% que en 2023 y menos que antes de la pandemia (27.392 en 2019). De este total, la mayoría son partes sin baja (15.269), alcanzando los 11.534 con baja. Más de la mitad (54%) los dan las mujeres y por tramos de edad, la mayoría (19,84%) los dan las mujeres de 50 a 54 años y los hombres de 45 a 49 años (otro 19,7% de los partes).Por autonomías, las que concentran más partes por enfermedades profesionales en relación a sus trabajadores  son Murcia (362 por 100.000 trabajadores), Navarra (336), La Rioja (260), País Vasco y Comunidad Valenciana (162/100.000 trabajadores). Y las actividades con más bajas por enfermedad profesional son la minería (368 por 100.000 trabajadores, sobre todo en Extremadura y Galicia), la industria (301/100.000 trabajadores, sobre todo en Murcia, Navarra, la Rioja y País Vasco), la construcción (118), las actividades sanitarias (107) y administrativas (107) y la hostelería (106,99 partes/100.000 trabajadores).

Las causas que provocan estos partes de enfermedades profesionales son los agentes físicos (81,2% del total, la mayoría por posturas forzadas y movimientos repetitivos), los agentes biológicos (el 6,4%, sobre todo infecciones), las enfermedades de la piel (5,6%), la inhalación de sustancias (3,8%), los agentes químicos (3,27% del total) y sólo 104 bajas por enfermedad (el 0,37%) fueron por cáncer (107 en 2022). Precisamente, los sindicatos denuncian cada año el bajísimo reconocimiento del cáncer como enfermedad profesional (104 casos en 2024, 54 por amianto) y que la mayoría de los casos se reconocen porque el trabajador afectado acaba en los Tribunales. UGT considera que 1 de cada 3 casos de cáncer en España podrían estar relacionados con la exposición a sustancias cancerígenas en el trabajo. Los trabajos con más riesgo, según detectó la Encuesta WES, son los relacionados con el amianto, la sílice cristalina respirable, las emisiones de motores diesel y el polvo de madera, aunque también el benceno, la radiación ultravioleta solar, el formaldehido, el cromo hexavalente y el plomo y sus compuestos orgánicos.

Los sindicatos valoran positivamente la reducción de muertes en el trabajo en 2025, aunque les preocupa la alta peligrosidad de la construcción y el aumento de las muertes “in itinere”. Pero reiteran que esas 735 muertes laborales son “excesivas” y muchas podrían evitarse si las empresas (y los trabajadores) cumplieran la normativa de riesgos laborales y si las pymes dedicaran más medios y personal a prevenir los riesgos laborales (que muchas empresas “subcontratan” fuera). Y denuncian que, tras el COVID y las crisis posteriores, muchas empresas “han bajado la guardia” y gastan menos en la prevención, a pesar de que por cada euro invertido en seguridad recuperan 2 euros. Además, los sindicatos se quejan de la falta de control, porque la inspección de Trabajo carece de medios para vigilar la seguridad en el trabajo (tienen 1 funcionario por cada 13.000 trabajadores, frente a 1 por 10.000 de media en la UE). Y denuncian también la falta de medios judiciales para acabar con la impunidad penal en los accidentes laborales: en 2023 hubo sólo 406 sentencias por siniestralidad laboral, 235 condenatorias, algunas sobre accidentes de hace 20 años (17 de 2001 a 2010).

En junio de 2021, la Comisión Europea aprobó un Marco Estratégico de Seguridad y Salud en el Trabajo 2021-2027, para atajar los accidentes y muertes laborales en Europa. Ahí se fijaba la obligación de crear una Mesa tripartita (Gobierno, sindicatos y patronal) sobre seguridad laboral dentro del diálogo social, Mesa que se creó en España el 12 de febrero de 2024, con año y medio de retraso. Tras diversas reuniones sobre medidas a tomar, dos años después (el 10 de febrero de 2026) se ha alcanzado un Pacto entre el Gobierno, UGT y CCOO (la patronal CEOE no lo ha firmado) para mejorar y modernizar la vigente Ley de Prevención de Riesgos Laborales, que es de 1995. El objetivo es reforzar la normativa de seguridad laboral, mejorar la detección de las enfermedades profesionales y reforzar la protección de los trabajadores ante los riesgos de salud mental (la 2ª causa de bajas laborales) y los problemas de salud laboral que provocan la digitalización y el cambio climático.

Ahora, en un próximo Consejo de Ministros, el Gobierno aprobará esta reforma de la normativa de seguridad laboral pactada con los sindicatos, mientras la patronal reitera que no ha firmado el acuerdo porque debería tratarse en la negociación de los convenios. Como el Gobierno sabe los problemas que tendrá esta reforma de la Ley en el Congreso (Junts, el PP y Vox votarán en contra, como apoyo a la patronal), la estrategia será aprobar también una serie de Decretos (que no haya que convalidar) para reformar los actuales Reglamentos de prevención de riesgos laborales en materia de riesgos psicosociales, digitales y climáticos, más cambios para lograr un mayor control del cumplimiento de la normativa vigente.

Al final, se intenta adaptar una Ley del siglo XX a los trabajos y riesgos laborales del siglo XXI, aunque la clave es que la normativa se cumpla, no sólo por las empresas (las pymes tienen menos medios) sino también por sus trabajadores (falta una mayor “cultura de la seguridad”), apostando por la vigilancia y las sanciones en caso contrario, porque se juegan vidas e incapacidades. Habría que alcanzar acuerdos, como país y empresa a empresa, para conseguir un objetivo a medio plazo: muertes cero” en el trabajo. Es una tarea de todos: no podemos consentir que el trabajo mate.

lunes, 9 de marzo de 2026

Vivienda: precios y compras récord

La compraventa de viviendas ha batido tres récords en 2025: de pisos vendidos, de precios pagados y de hipotecas firmadas. ¿Cómo se pueden comprar tantos pisos a precios disparados? Básicamente, porque hay más población y más familias buscando casa, porque ahora es más barato comprar que alquilar (si se tiene dinero para la entrada y gastos) y porque hay muchos ahorradores, inversores y extranjeros buscando una vivienda como inversión o 2ª residencia, como lo demuestra que 3 de cada 10 viviendas se compran al contado, sin hipoteca. Al final, se multiplica la demanda de viviendas pero hay pocos pisos para vender y se construyen pocos cada año. Así que lo normal es que la vivienda siga subiendo, mientras los bancos miran con lupa la concesión de hipotecas, para evitar otra burbuja. Entre tanto, el PP rechaza el Plan de Vivienda 2026-2030, aunque triplica el gasto actual, y no hay colaboración entre Gobierno y autonomías para resolver un problema que pone en peligro el crecimiento y angustia a muchos españoles.

                            Enrique Ortega

En 2025 se ha batido otro récord de venta de viviendas en España: 714.237 viviendas vendidas, +11,5% que en 2024 (640.401) y el doble que en 2015 (355.556), según el INE, una cifra sólo superada por las 775.300 viviendas vendidas en 2007, el año récord de ventas previo al estallido de la burbuja inmobiliaria (2008). La mayor parte de estas compraventas han sido entre particulares (7 de cada 10) y sólo el 17% de las ventas han sido de una empresa a un particular. La gran mayoría de viviendas vendidas son “libres” (93,2%) y sólo un 6,8% de las ventas son de viviendas “protegidas” (VPO). Y lo que más se venden son viviendas usadas (78,2%), siendo pocas las compraventas de viviendas nuevas (21,8%), porque no hay. Y los mayores aumentos de ventas se han dado en las regiones menos saturadas, como Castilla y León (+18,9%), Castilla la Mancha (+17,8%), La Rioja (+16,3%), Extremadura (+16,1%), Murcia (+16% ventas) y Cataluña (+13,9%), mientras crecen poco las ventas en las autonomías más saturadas, donde hay mucha demanda y poca oferta: Navarra (+2,2%), Canarias (+4,5%), Madrid (+4,8%), Baleares (+5,1%) y Comunidad Valenciana (+6,2%).

Sorprende este récord de ventas si sabemos que en 2025 se han batido todos los récords de precios: el precio medio de las viviendas compradas ha sido de 2.230 euros/m2, +13,07% que en 2024 (1.972,1 euros/m2), según los datos del Ministerio de Vivienda, un récord histórico, ya que este precio supera al anterior precio máximo, los 2.101 euros/m2 de marzo 2018. Un precio de la vivienda que ha subido un +34,92% desde antes de la pandemia (costaba 1.652 euros/m2 en diciembre de 2019) y un +52% sobre el precio mínimo de diciembre de 2013 (1.466,9 euros/m2). O sea, que la compraventa de vivienda ha subido en los últimos 12 años el doble que el IPC (+28,5%).

Y el tercer dato récord, tras las ventas y precios, son las hipotecas: en 2025 se firmaron en España 501.073 hipotecas, +17,8% que en 2024 (425.522), según el INE, el mejor dato de hipotecas firmadas desde 2010 (607.531), aunque todavía lejos de los máximos de hipotecas en 2006 (1.342.171), 2007 (1.238.890) y 2008 (836.419 hipotecas). Curiosamente, la firma de hipotecas crece menos en las zonas más saturadas, donde hay pocas viviendas en venta, como Madrid (+2,9% hipotecas), Navarra (+5,7%) , Baleares (+12,8%), Asturias (+13,7%) y Canarias (+16,8%), mientras crecen más las hipotecas firmadas en Cantabria (+42,8%), la Rioja (+37%), Murcia (+28,6%), Extremadura (+24,9%), Castilla y León (+24,7%) y Aragón (+24%), quedando en medio Andalucía (+18,4%) y Cataluña (+18,4% hipotecas).

El importe medio de las hipotecas firmadas en 2025 se ha disparado, desde los 152.233 euros las firmadas en enero a los 172.535 euros las firmadas en diciembre, reflejo de unos precios de venta disparados. El tipo medio de las hipotecas firmadas (a un plazo medio de 25 años)  ha sido del 2,87% en diciembre 2025, un tipo menor al de un año antes (3,25%), aunque mayor que el que se pagaba por las hipotecas en 2022 (2,66%) y 2019 (2,51%). Con estos tipos, el precio medio de las hipotecas era en enero de 2026 el 2,76%, mucho más bajo que el que cobraban los bancos de la zona euro (3,37%), según el Banco de España. Y eso coloca nos coloca como el 2º país europeo con las hipotecas más baratas, tras Malta.

¿Cómo es posible que se vendan tantas viviendas y se pidan tantas hipotecas si los precios están por las nubes? Hay varias causas. Una, que hay mucha más población en España, concretamente 2.240.744 habitantes más entre enero de 2020 y enero de 2026, según el INE, con lo que hay más familias, jóvenes e inmigrantes necesitados de vivienda. Y además, hay también más gente con trabajo: 2.496.400 ocupados más en estos últimos 6 años, trabajadores con mejores contratos y con sueldos que les permiten pensar ahora en tener una vivienda o vender la que tienen y buscar otra mejor. La tercera razón del “boom”, muy importante, es que la compraventa de viviendas se ha convertido en una inversión rentable, tanto para españoles ahorradores (que la compran como inversión o para alquilarla) como para los que reciben una herencia o inmobiliarias y Fondos de inversión, así como extranjeros que buscan una segunda vivienda en España (en 2025, 1 de cada 7 compradores fueron extranjeros). Un dato que revela la importancia de estas compras de ahorradores, inversores y extranjeros es que 3 de cada 10 viviendas compradas en 2025 se pagaron al contado, sin hipoteca, según el Colegio de Registradores.

Una 4ª razón que explica también el tirón de las compraventas es la bajada de los tipos de interés en los últimos dos años, que facilita el pago de una hipoteca aunque hayan subido mucho los precios, sobre todo si los alquileres están por las nubes. Mucha gente hace cuentas y comprueba que sale más barato comprar que alquilar. Veamos algunos ejemplos. En diciembre 2025, el alquiler medio en España era de 1.323 euros (14,7 euros m2 y una casa de 90m2), según Idealista. Y la hipoteca media era de 172.535 euros, según el INE, que a un tipo medio del 2,87% supone un pago mensual de 806,56 euros, mucho menos que el alquiler. Si vemos el caso de un piso en Madrid, el alquiler costaría 2.043 euros (22,7 euros/m2 y una casa de 90 m2), mientras que la hipoteca (277.680 euros) supondría una cuota de 1.296 euros mensuales. Y en Barcelona, el alquiler medio (90m2 a 23,8 euros/m2) costaría 2.142 euros y la hipoteca (205.160 euros) supondría una mensualidad de 959 euros… Claro que para eso, el comprador debe tener ahorrado (o pedir a sus padres) el 20% del precio que no cubre la hipoteca y otro 10% para gastos e impuestos.

Y hay todavía otra 5ª razón que explica la actual “fiebre de compras”: la mayoría de la gente piensa que mejor comprar ahora que esperar unos meses o años, porque la vivienda va a seguir subiendo. Y la clave de esta certidumbre es que falta oferta, que hay muchas más personas que buscan comprar que pisos en venta, sobre todo en las grandes ciudades. La realidad es que se compra todo lo que sale a la venta, con rapidez (entre el 13 y el 20% se venden en menos de una semana, según Idealista) y sin “regatear” (incluso hay compradores que “pujan” por la vivienda, ofreciendo más del precio que se pide).

Ahora, todo apunta a que en 2026 seguirán fuertes las compras, aunque los expertos no creen que estemos ante otra “burbuja, porque la economía está más saneada que en 2008, las familias tienen más empleo estable y los bancos no conceden créditos a lo loco, como entonces. De hecho, el BCE ha metido presión a los paises de la zona euro para que vigilen de cerca la concesión de hipotecas, para evitar otra burbuja y otra crisis. Y ha recomendado a todos los bancos centrales del euro que aprueben herramientas de seguimiento y control (“macroprudenciales”) para poder restringir las condiciones de las hipotecas si hace falta, herramientas implantadas ya en todos los paises euro, salvo en España, Italia y Alemania. El Banco de España lo está estudiando, pero antes de que tome medidas, los propios bancos están frenando la concesión de hipotecas, por temor a un aumento de la morosidad. Así que tras una cierta “guerra hipotecaria” en 2023 y 2024, ahora miran las hipotecas con lupa…

Con todo, los expertos apuestan por nuevas subidas de las viviendas este año, motivadas básicamente por una causa de fondo: seguirá aumentando la demanda (se crean 250.000 hogares al año y hay un déficit acumulado de 400.000 viviendas, según el Banco de España) y falta oferta, porque apenas se construyen nuevas viviendas: en 2025 (enero a septiembre) se iniciaron 87.624 viviendas libres y 11.567 protegidas, prácticamente las mismas que en ese periodo de 2024 (84.089 libres y 12.355 VPO) y menos de la mitad de las que hacen falta (250.000 al año). Y la perspectiva a medio plazo es que la construcción está bastante parada (por la falta de suelo y financiación, más los altos costes y la escasez de mano de obra formada), frente a una demanda que sumará 3,7 millones de nuevos hogares en los próximos 15 años (246.000 nuevos hogares al año), según el INE

Así que acceder a comprar una vivienda será más caro en 2026, año en que subirán también los alquileres y eso aumentará los compradores, tanto los que deciden comprar antes que alquilar (aunque tendrán más difícil conseguir una hipoteca, más cara además, sobre todo por los conflictos geopolíticos, que pueden provocar una subida de los tipos de interés) como los que compran para invertir (alquilar y vender a medio plazo) y pagan al contado. Y mientras, los enfrentamientos políticos impiden acordar una mínima política de vivienda que busque soluciones al problema nº1 de los españoles (Barómetro CIS).

De hecho, el Gobierno aprobó en septiembre pasado el nuevo Plan de Vivienda 2026-2030 y las autonomías del PP (11 de 17) ya dijeron que no les gustaba… Así que nace muerto, como la Ley de Vivienda, aunque este Plan tiene aspectos muy positivos. El principal, que pretende invertir 7.000 millones en vivienda, el triple que el Plan actual 2021-2025, aunque a cambio piden que el 40% lo aporten las autonomías. Otro elemento positivo es que promueve la construcción (y la venta de viviendas privadas) para el alquiler, obligando a que estas VPO no se pueden vender a precio libre (como ha pasado: los 6,5 millones de VPO construidas desde los años 50 se han “privatizado), para crear un parque público de viviendas en alquiler (2,5% en España, del 10 al 30% en Europa). Y además, se mejoran las ayudas a los jóvenes para comprar y alquilar, más en zonas rurales.

Resolver el grave problema de la vivienda exige actuar en varios frentes. Por un lado, promover un Pacto político entre Gobierno, autonomías y ayuntamientos para conseguir suelo y financiación a los promotores públicos y privados. Hay suelo, pero hace falta catalogarlo y prepararlo para que sea urbanizable y esté a disposición de los promotores, a los que hay que reducir burocracia y plazos. Urge buscar financiación, pública (hay que territorializar el ICO y especializarlo más en la vivienda) y privada, arrastrando a los bancos ahora que no hay Cajas. Y hay que actuar sobre los costes de construcción, mejorar la disponibilidad de mano de obra y agilizar el proceso (se tardan 100 meses en una promoción y habría que reducirlo a 50). Y el Estado (central y periférico) debe gastar el doble en promover viviendas protegidas, directamente y con los promotores privados, para crear un parque de 1 millón de viviendas de VPO que ofrezca alquileres asumibles.

Hacen falta 250.000 nuevas viviendas al año para cobijar a las nuevas familias y a los inmigrantes. Se puede conseguir duplicar la construcción de viviendas si los organismos públicos se ponen a la tarea y facilitan suelo y financiación, agilizando las promociones privadas y públicas. Y creando un parque de viviendas VPO, para alquilarlas a las familias con menos ingresos. En paralelo, facilitar a los propietarios que alquilen más y a precios razonables, sin imposiciones, con incentivos fiscales y organismos que les ayuden a gestionar su alquiler. En definitiva, medidas para conseguir que haya más viviendas en el mercado, para compra y alquiler. Más oferta de pisos es la clave.

Al final, el problema de los alquileres y la vivienda es político: el Gobierno central, la autonomías y los Ayuntamientos son incapaces de trabajar juntos para promover más vivienda, pública y privada, pactando la promoción de suelo y los planes urbanísticos, la financiación y la colaboración público privada, la promoción de viviendas públicas para alquiler. Esta pelea política permanente impide poner en marcha medidas eficaces y conseguir más viviendas, aumentar significativamente la oferta, para rebajar precios y alquileres. Así que el Gobierno tiene sus Planes, apoyados por la empresa pública de vivienda (Casa 47), y las autonomías los suyos (con pocos recursos), mientras los Ayuntamientos hacen lo que pueden (poco). Y mientras, jóvenes y familias se ven incapaces para encontrar un techo, un grave problema que acabará siendo “un cuello de botella” que frenará la economía. Y lo sufriremos todos.