Enrique Ortega
Economía a lo claro
Información y comentarios para entender la economía nuestra de cada día
jueves, 7 de mayo de 2026
Demasiadas horas extras gratis
En el primer trimestre de 2026, los trabajadores hicieron 5,9
millones de horas extraordinarias a la semana y casi la mitad
las han hecho “gratis” (2,5 millones semanales). Este “abuso” de
muchas empresas supone una pérdida anual de 3.243 millones para los
trabajadores que no las cobran (2.468 millones) y para la Seguridad Social (775
millones perdidos en cotizaciones). Además, sin estas horas extras, podrían
crearse 160.000 empleos. El exceso de horas extras viene de lejos y aumentan las
no pagadas, aunque las empresas están obligadas al control horario desde 2019. Ahora,
Trabajo quiere imponer con un Reglamento (para evitar convalidar
un Decreto en el Congreso) el registro horario digital, al que tengan acceso
la inspección de trabajo y los sindicatos, pero la patronal se opone. Y
hay un dictamen desfavorable del Consejo de Estado, porque cree
que debe hacerse por Ley y dar más tiempo a las pymes para adaptarse. El vicepresidente
económico también quiere flexibilizar este control horario digital
y dar 1 año para aplicarlo (no 20 días). La batalla está en el seno del Gobierno.
En España hay una larga tradición de “hacer
horas extras”, como en toda la Europa del sur. Es una fórmula para
que los trabajadores “redondeen” sus ingresos (como el pluriempleo) y
las empresas se ahorren “costes” (sobre todo cotizaciones sociales), con
lo que ambas partes “colaboran” muchas veces en promoverlas. Eso aumenta,
de hecho, la jornada laboral efectiva. Así, la jornada media pactada
en 2025 (4º trimestre) era de 151,7 horas al mes (37,92 horas semanales),
según el INE, pero casi
la mitad de los ocupados trabajan más de 40 horas semanales efectivas: 9,33
millones (el 41,8% de los ocupados) trabajan de 40 a 49 horas
semanales y otros 1,20 millones (el 5,4% del total) trabajan incluso
más de 50 horas a la semana, según la EPA de
marzo. Los que trabajan jornadas más largas son los jóvenes (el 55% tienen
entre 25 y 34 años) y los empleados en hostelería, comercio, construcción y
algunas industrias, sobre todo en Madrid, Baleares, Canarias, Cantabria y
Galicia.
La jornada real de trabajo supera en muchos casos las 40
horas porque, tras los drásticos
recortes de plantillas entre 2009 y 2014, las empresas impusieron jornadas más
largas a los trabajadores (gracias a la reforma laboral de 2012), sobre todo
tras el aumento de las ventas y el consumo tras la pandemia, obligando a hacer
más horas extras. En los años de bonanza económica se llegó al récord de
horas extras: 10,2 millones a la semana en el primer trimestre de 2008,
según el INE.
Pero luego estalló la crisis financiera y las empresas recortaron horas extras,
bajándolas a la mitad, hasta un mínimo de 4,5 millones de horas extras
semanales en el verano
de 2012. A partir de ahí, la reforma laboral aprobada por Rajoy
dio “amplios poderes” a los empresarios para fijar la jornada y las horas
extras, que empezaron a subir: 6,5 millones de horas extras semanales en
la primavera de 2015, 6,8 millones en el verano de 2018 y un récord de 7 millones de horas extras semanales a finales de 2024.
Eso sí, en 2025 bajaron a 6,67 millones en el 4º trimestre y han vuelto
a bajar a 5,89
millones en marzo de 2026, según la última EPA. Pero son casi tantas
como en 2019 (6 millones semanales).
Lo llamativo no es sólo el elevado número de horas
extras a la semana, sino que casi la mitad de las horas extras no se
pagan. Y que este porcentaje de horas “gratis” crece año tras año.
A finales de 2019 no se pagaban el 41,9% de las horas extras, concretamente 2.500.700
horas semanales que se hicieron gratis, según la EPA. Un
porcentaje de horas impagadas mayor que el de antes de la crisis, ya que en
2008 no se pagaban el 40% de las horas. Y su peso se ha mantenido
después de la pandemia, suponiendo las horas gratis el 41,4% de las horas
extras a finales de 2025 (2.767.300), aumentando su peso en el primer trimestre de
2026: 2.508.200 horas extras semanales gratis, el 42,5% del
total de horas extras.
En 2025, casi un millón de trabajadores (945.000, el
5% de todos los asalariados) hicieron horas extras, según este
informe de CCOO. Y de ellos, casi la mitad, 441.000 trabajadores
hicieron horas extras semanales gratis, cada uno una media de 5,6 horas
semanales sin cobrarlas. Esto supone un coste laboral no abonado por las
empresas de 141 euros semanales por trabajador, un “ahorro” de 7.355
euros anuales por trabajador entre salarios y cotizaciones. Eso supone,
según el
estudio de CCOO, que las horas extras hechas y no pagadas supusieron una
pérdida de 3.243 millones para los trabajadores (2.468 millones, por las
horas no cobradas) y para la Seguridad Social (775
millones en cotizaciones no cobradas). Pero lo más grave es que estas horas
extras hechas impidieron que las empresas contrataran más trabajadores: se
estima que si no se hicieran esas 2,5 millones de horas extras semanales,
las empresas necesitarían
contratar a 160.000 trabajadores a jornada completa (62.000 de ellos
serían los empleos que podrían crearse si no se hicieran horas extras gratis).
En el primer trimestre de 2026, de las 2,5 millones
de horas extras semanales gratis, más de la mitad las hicieron hombres
(1.451.100), siendo menos las hechas por mujeres (1.057.000). Por sectores, el mayor
número de horas extras se da en la sanidad (858.600 horas extras
semanales), la industria manufacturera (825.500), la educación
(634.500), el comercio (590.300), la hostelería (527.500), el
transporte y almacenamiento (403.300), las actividades profesionales,
científicas y técnicas (359.900), la Administración Pública (323.600), la
construcción (295.900), las actividades administrativas y auxiliares (270.600),
finanzas y seguros (265.300) y telecomunicaciones, informática y consultoría
(107.600 horas extras semanales).Pero si miramos los sectores que hacen más horas
extras gratis, el ranking cambia: lo lidera la educación
(504.800 horas extras semanales gratis, 4 veces las horas pagadas), seguida por
las actividades profesionales (296.100 horas extras gratis, 5 veces las
horas pagadas), la industria (283.500), el comercio (240.100),
finanzas y seguros (189.000) , hostelería (171.000), transportes (154.800) y
Administración Pública (151.400).
Si analizamos los sectores
con mayor porcentaje de trabajadores que hicieron horas
extras gratis en 2025, destacan el suministro de electricidad y
gas (el 5,6% de sus trabajadores hicieron horas extras no pagadas, frente
al 2,3% en el conjunto de España), finanzas y seguros (también el 5,6% de sus
plantillas), educación y actividades profesionales, científicas y técnicas (el
4,6% de los trabajadores en ambos) e información y comunicaciones (el 4% de las
plantillas). Si observamos por
autonomías, destacan las horas extras gratis en Madrid (el 3,4% de
trabajadores hacen 582.000 horas extras no pagadas a la semana), Asturias (3%),
País Vasco (2,8%), Cataluña (2,7% trabajadores hacen 495.000 horas
extras gratis a la semana) y la Comunidad Valenciana (2,6% de las plantillas
hacen 290.000 horas extras gratis).
Esta abultada cifra de horas extras, pagadas y gratis, se
mantiene elevada en los últimos años (aunque
bajó en 2025 y 2026), a pesar de que el Gobierno aprobó la obligación
a las empresas, desde el 12 de mayo de 2019, de llevar
un registro horario de la entrada y salida de sus trabajadores, medida
aprobada con el apoyo legal del Tribunal de Justicia europeo. Esa normativa, pactada
sólo con los sindicatos (la patronal se opuso) fue aprobada en el Congreso con
el apoyo del PSOE y Podemos, la abstención de Ciudadanos y el voto en contra
del PP. Obligaba
a las empresas a llevar un registro diario de cada jornada (que debe
guardarse 4 años), a disposición del trabajador, los sindicatos y la inspección
de Trabajo, con sanciones a las empresas incumplidoras de 626 hasta 6.250
euros.
Pasados 7 años, el exceso de horas extras (pagadas y
no pagadas) indica claramente que este
control horario no ha funcionado, como denuncian los sindicatos. De
hecho, el 35% de las pymes siguen haciendo el fichaje de cada jornada “a mano”
(sin control digital). Y 1 de cada 5 trabajadores afirma que en su
empresa no se ha implantado ningún control horario, según el informe IRSOS.
Por todo esto, el Gobierno quiso “endurecer el control horario”,
incluyéndolo primero en su proyecto
de Ley de reducción de la jornada a 37,5 horas, aprobado en mayo de
2025, tras pactarlo con los sindicatos y el rechazo de la patronal. Pero este
proyecto chocó con una enmienda a la totalidad de Junts, en junio de
2025, que triunfó
en el Parlamento en septiembre, apoyada por PP y Vox.
Cerrado el paso al control horario al decaer la Ley
que promovía las 37,5 horas, Trabajo puso en marcha un “Plan B”: aprobar
un Reglamento en febrero de 2026 (que no necesita ser convalidado
por el Congreso) para endurecer el control horario en las empresas, obligando
a que sea digital y con acceso inmediato a los sindicatos y la inspección de
trabajo, además de exigir que se detalle cómo se compensan las horas extras.
Eso sí, al no tratarse de una Ley, Trabajo retiró de este Reglamento el aumento
previsto de las sanciones a las empresas.
El problema con el que se ha encontrado Trabajo con
este Reglamento es que ha recibido críticas de los organismos a
los que se ha enviado, preceptivamente, antes de que se apruebe en Consejo de
Ministros. Por un lado, el
Consejo de Estado ha emitido el 23 de marzo un
informe desfavorable, en el que señala que la reforma debería
hacerse por Ley y donde critica la carga que supone para las pymes y la falta
de instrumentos para ayudarlas a implantarlo. También son críticos los informes
recibidos de los Ministerios de Economía y Transformación Digital, así como de
la Agencia de Protección de Datos. Y aunque los
sindicatos apoyan el refuerzo digital de la jornada (para frenar el
exceso de horas extras), la
patronal CEOE está en contra y amenaza con recurrirlo a los Tribunales,
apoyada por el informe del Consejo de Estado (que no es vinculante para el
Gobierno).
Ante este nuevo revés, Trabajo
señaló que seguirá adelante con el Reglamento de control
horario y que lo enviará “pronto” al Consejo de Ministros para su
aprobación. “Aunque sea lo último que haga, el registro horario se va a hacer”,
señaló
Yolanda Díaz en el Congreso el pasado 25 de marzo, recordando que forma
parte de los acuerdos del Gobierno de coalición firmado por el PSOE y Sumar en
2023. Pero hay otro problema ahora: la ministra de Trabajo tiene por
encima ahora al vicepresidente económico, Carlos Cuerpo, que ha sido
contrario tanto al recorte de jornada a 37,5 horas como al control horario que
defiende Trabajo. Y él tiene la llave de la Comisión Delegada que decide los
temas que van al Consejo de Ministros. Cuerpo está de acuerdo
en mejorar el control horario, pero
cree que hay que dar más tiempo a las empresas para implantarlo
(propone 1 año, frente a los 20 días de Trabajo, que ahora parece
dispuesta a ampliar a 6 meses) y además defiende medidas para ayudar a las
pymes a incorporar herramientas técnicas para adaptarse al control digital.
Mientras esta “pelea” por el registro horario
se aclara en el seno del Gobierno, las empresas afrontan el
aumento de la demanda y las ventas con muchas horas extras, que los
trabajadores hacen voluntariamente (las pagadas) o forzados (las no pagadas). Pero
estamos
ante un gran “fraude”, a los trabajadores y a la Seguridad Social,
que además reduce la creación de empleo. Por eso, es urgente aprobar un
control horario eficaz, que deje claro lo que son horas extras
necesarias y lo que son horas extras estructurales, que se hacen para
no contratar más. Es un reto de todo el país, porque aunque tenemos un
récord de ocupados (hemos
superado en abril los 22 millones de afiliados), todavía trabajan en
España menos gente que en la mayoría de Europa: tenemos un 72,4% de
adultos trabajando, frente al 76,1% en la UE-27 y el 81,8% en Alemania, según
Eurostat. A lo claro: tenemos 700.000 personas menos trabajando
que la media en Europa y 1.600.000 menos que Alemania. Con este hándicap,
es una tremenda injusticia que se hagan tantas horas extras.
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lunes, 4 de mayo de 2026
El gran negocio de los conciertos
En mayo empiezan los conciertos musicales por media
España, que se generalizan en verano, con más de 1.000 Festivales en pueblos
y ciudades. Tras la pandemia, ha crecido la “fiebre” por ir a conciertos,
siendo España uno de los paises europeos donde más recalan los grandes
cantantes internacionales, aunque arrastran más seguidores los cantantes
españoles. En 2025, 1 de cada 3 españoles acudió a un concierto, celebrándose
125.000, con más de 35 millones de espectadores. Un negocio que factura 807
millones anuales, gracias a que los jóvenes están dispuestos a pagar 100
euros y más por ir a un concierto, más gastos de viajes, estancia, comida y
bebida. Los conciertos, controlados por multinacionales extranjeras y
algunas españolas, mueven 5.812 millones anuales y son claves
para muchos pueblos y autonomías, que los financian con ayudas públicas.
Todo apunta a que la “fiebre” por los conciertos (y el negocio) seguirá
creciendo, en medio de problemas de masificación, ruido, altos
precios y falta de lugares adecuados.
Otra “burbuja” que podría explotar. Sonorama Ribera (Aranda de Duero), uno de los 1.000 Festivales de verano en España
España es uno de los paises europeos con más conciertos y festivales de música en vivo. Tras la pandemia, cundió el furor por salir de casa y acudir a eventos múltiples, mayoritariamente al aire libre. Así, un 35% de los españoles adultos (10,5 millones de personas) acudieron a un concierto en 2024-2025, según la última Encuesta de hábitos y prácticas culturales del Ministerio de Cultura. Y esto se refleja en los datos de conciertos y espectadores que asistieron a un concierto de música en vivo en 2024: 120.510 conciertos y 33.954.503 espectadores, según el último Anuario de la Asociación de Promotores Musicales (APM), que refleja el gran salto dado desde la pandemia, ya que en 2019 se celebraron 91.106 conciertos (han crecido un +32%), con 28,2 millones de espectadores (han crecido un +20,2%).
Los conciertos recaudaron por entradas (“la
gasolina” de este negocio) 807 millones de euros en 2025, según el sector (APM),
una recaudación que casi se ha triplicado desde 2019 (383 millones) y que casi
duplica la de 2022 (459 millones). Eso significa que el negocio de la música
en vivo, sólo con los ingresos de las entradas (tienen otros muchos, desde
las bebidas y comidas al merchandising y las ayudas institucionales) mueve
más que otras formas de cultura como la música grabada (ingresó
674 millones en 2025) o el cine (705 millones ingresados por taquilla),
acercándose a los libros (1.250 millones vendidos en 2025). Eso sí, el negocio
de los conciertos está muy concentrado en Madrid (237 millones
recaudados por entradas, casi el 30% del total) y Barcelona (136 millones,
casi otro 17%), seguidas de lejos por Sevilla (27,47 millones), Valencia
(26,88), Málaga (25,89) y Vizcaya (25,80), según los datos de la
APM. Y por comunidades, destaca el salto en conciertos dado por la Comunidad
Valenciana (recaudan 46,45 millones) y el País Vasco (44,5
millones).
Los conciertos de música en vivo no solo son un gran
negocio para las empresas promotoras
(103 en 2025, frente a 53 en 2015), sino que tienen un gran impacto
económico en las ciudades y pueblos donde se celebran, promoviendo el
turismo en la zona: viajes, ocupación en hoteles, apartamentos y campings,
consumo en bares y restaurantes y más gasto en general en las localidades
afectadas. Este impacto económico de los conciertos se estima en 5.812
millones de euros en 2025, según
un estudio de SFTL e INCENTIVA. Además, se calcula que la música en vivo genera
alrededor de 80.000 empleos directos e indirectos.
La base de todo este negocio de los conciertos musicales
está en las
entradas, cuyo precio se ha disparado en los últimos años, por tres
factores: la creciente demanda de los jóvenes (dispuestos a pagar cada vez
más por ver a su cantante favorito), el aumento del “caché” que cobran las
grandes figuras y el aumento creciente de costes que supone montar un
concierto, sobre todo un “macroconcierto” (“concierto XXL”), que implica el
trabajo de hasta 900 personas durante varios días, más un derroche de
tecnología y logística.
Los conciertos de música en vivo son seguidos sobre todo por
jóvenes (la mayoría tienen entre 25 y 34 años), aunque se promueven conciertos
“para toda la familia” (como los de Sabina, Melendi o Manuel Carrasco),
para atraer a varias generaciones de espectadores. Pero el motor de los
conciertos siguen siendo los
jóvenes de la generación Z, que han accedido a la música con las
redes sociales y Spotify y que ahora no quieren perderse un concierto de sus
artistas preferidos, aunque
las entradas cuesten más de 100 euros. Porque los conciertos no son un
evento más, sino que las promotoras los venden como “una experiencia”:
no se trata sólo de ir al concierto, sino compartir con amigos y en redes el
antes, el durante y el después, valorando no sólo la música (que ya conocen
de sobra) sino el espectáculo, el montaje y lo que hay alrededor (otros fans, camisetas,
sudaderas, llaveros, carteles…).
Los promotores denuncian que la reventa ilegal de
entradas de conciertos tiene cada vez más peso, porque las empresas
implicadas (plataformas como Viagogo, StubHub, Gigsberg o Ticombo) se anuncian
en redes y son destacadas por Google al buscar entradas porque pagan por
ello (de hecho, sin
este papel de Google, los promotores creen que no habría reventas ilegales).
Y estas webs no se pueden cerrar, porque tienen el servidor en
Suiza y otros paises y cambian de plataforma cada cierto tiempo. El problema de
la reventa ilegal es doble: disparan el precio de las entradas
que venden (las inmovilizan antes de que salgan a la venta) y en ocasiones son
fraudulentas, porque cuando el comprador llega al concierto, se encuentra con
que la entrada es falsa y no puede entrar. Los promotores estiman que estas plataformas
de reventa facturan
ilegalmente 2.500 millones de euros al año en
Europa.
Pero los espectadores de los conciertos no sólo se gastan en
la entrada. Muchos viajan para asistir al concierto, lo que les supone otro
gasto en billetes de avión o tren, coche y estancia. Y ya dentro del concierto,
más gasto en bebidas y comida (carísimas), aunque sea obligatorio (desde
enero de 2023) que los conciertos ofrezcan agua gratis (fuentes)
y permitan la entrada de bocadillos y comida (tras una sentencia, en
diciembre de 2025, del Juzgado nº 4 de Valencia, por una demanda de Facua, que
prohibió a la promotora Madrid Salvaje impedir el acceso de comida y bebida a
sus conciertos. Otra fuente de gasto (y de ingreso para las promotoras) son el
merchandising, la venta de camisetas, sudaderas, llaveros, gorras y
carteles relacionados con el concierto.
Y queda hablar de otra importante fuente de ingresos para
las promotoras de los conciertos: las ayudas públicas de los Ayuntamientos,
las Diputaciones y las autonomías donde se celebran los conciertos, dado
que promueven el turismo y el gasto local. Un ejemplo es el FIB de Benicàssim
(Castellón), un macrofestival que se celebra en julio. En 2023 se supo que el
Ayuntamiento de esa localidad había gestionado
2 millones de ayudas europeas (Fondo Next Generation) para mejoras
en el reciento municipal de Festivales, además de los 200.000 euros anuales que
ha aportado el Ayuntamiento y otras ayudas de la Diputación de Castellón
(también para otro Festival en el pueblo, el Rototom). El Sonorama Ribera,
en Aranda de Duero, cuenta con una ayuda
de la Junta de Castilla y León de 216.250 euros. Y en Madrid, el
Ayuntamiento y la Comunidad financian
varios festivales, como Mad Cool (julio). Eso sin hablar de los miles de actuaciones
en vivo en las fiestas de verano en toda España, que suelen pagar los
Ayuntamientos (contratando orquestas que cobran hasta 25.000 euros), que por
desgracia gastan más en orquestas y toros que en promover viviendas…
Estas ayudas públicas, sobre todo de Ayuntamientos, han
multiplicado los Festivales musicales con conciertos en directo en
verano, pasando de 872 en 2023 a más de 1.000 en 2025 (ver
listado). España es el tercer país europeo con más Festivales de
verano, tras Alemania y Reino Unido. La región líder en estos
Festivales es la Comunidad Valenciana, destacando 5 grandes festivales de
conciertos: Arenal Sound (en Burriana, Castellón: 300.000 asistentes), Primavera
Sound (en San Adrià de Besos, Barcelona: 297.000 asistentes), Viña Rock
(en Villarrobledo, Albacete: 240.000 asistentes), Sonorama Ribera (en
Aranda de Duero, Burgos: 200.000 asistentes) y Sónar Barcelona (Barcelona
capital: 161.000 asistentes).
Con toda esta financiación, desde las entradas hasta las
barras de bebida, los recuerdos y las ayudas públicas, el negocio de la
música en vivo crece sin parar, empujado por grandes promotoras
internacionales y nacionales, que organizan los grandes conciertos en
España. En 2025, 7
de los 10 conciertos con más público fueron de cantantes españoles:
Joaquín Sabina (383.633 asistentes en 41 conciertos en 18 ciudades), Manuel
Carrasco (367.256 asistentes en 31 conciertos), Antonio Orozco (170.378
asistentes en 32 conciertos), Aitana (153.198 asistentes en 3 conciertos),
Dellafuente (117.630 asistentes en 2 conciertos), Arde Bogotá
(115.249 asistentes en 7 conciertos) y Lola Índigo (109.256 asistentes
en 3 conciertos). Y están también en el Top 10 de público, 3 conciertos en
España de cantantes extranjeros: Ed Sheeran (137.884 asistentes en 2
conciertos), Imagine Dragons (112.419 asistentes en 2 conciertos) y AC/DC
(103.946 asistentes en 2 conciertos).
La mayoría de estos grandes conciertos los promueven gigantes
multinacionales y las grandes promotoras que han aparecido en España,
muchas veces cooperando juntos. El gigante de la promoción mundial de
conciertos es la empresa californiana Live Nation (con filial en España),
el mayor promotor de conciertos del mundo y propietario de Ticketmaster, que
factura unos 7.500 millones de dólares anuales. Le siguen, de lejos, la
norteamericana AEG Global, que factura 2.400 millones de dólares, y la
alemana Eventim, líder europeo en conciertos, con 1.500 millones
de dólares de facturación. En
España, el ranking lo encabeza Riff Producciones (conciertos de
Sabina y Carrasco), con 31,8 millones de dólares de facturación (puesto 51 en
el ranking mundial de Pollstar) , seguida por Iglesias Entertainment,
con 43,5 millones de dólares (puesto 63), Doctor Music (Bruce
Spreenting) , con 42 millones de dólares facturados (puesto 68), GTS Live
(Aitana y Lola Índigo), con 20,64 millones (puesto 75) y Proactiv
Entertainment (puesto 78).
Cara al futuro, el sector confía en
que el negocio de los conciertos en directo vaya a más en España,
empujado por la gran demanda de los jóvenes y el interés de las grandes
promotoras por organizar conciertos en España (buen clima, turismo y seguridad).
Además, cada día hay más ciudades y pueblos que organizan Festivales y
conciertos como una forma de atracción turística. Y, sobre todo,
porque hay muchos jóvenes y no tan jóvenes que siguen apostando por la “fun
economy” (“economía de la diversión”): el 78% de los
consumidores no están dispuestos a reducir su gasto en ocio musical,
según el informe
“The Live Effect” de AEG Global. A lo claro: que los jóvenes son
mileuristas y no llegan a fin de mes, pero no están dispuestos a perderse un
concierto de su cantante favorito, le cueste lo que le cueste.
Ante este crecimiento imparable de la música en vivo, se
plantean varios problemas a resolver. Una mayor regulación de
las entradas, para evitar abusos y reducir la reventa ilegal, cerrando las
plataformas que provocan abusos y timos. Y también un mayor control en los
espacios del concierto, desde organizar la llegada (autobuses y
aparcamientos) a evitar las enormes colas de acceso, vigilar los abusos en las
barras de la bebida y comida, así como asegurar los servicios complementarios
(WC) y la seguridad (sobre todo de las mujeres). Un problema sin resolver es
encontrar espacios idóneos, lejos de las viviendas, para evitar
ruidos y problemas al resto de vecinos, como ha pasado en el Bernabéu y en
el Mad Cool 2025.
En paralelo, hay que promover conciertos “normales”, en
salas medianas y pequeñas, apoyando la música en vivo al margen de los macroconciertos
y los Festivales de verano, para dar entrada a pequeños grupos y artistas, con
precios accesibles en las entradas. Precisamente, el Ministerio de Cultura
aprobó en enero nuevas ayudas (por 1 millón de euros) para las salas
que promuevan la música en directo. Y se necesita también fomentar la
llegada de jóvenes a la promoción musical, que no debería quedar cerrada
sólo a los grandes promotores internacionales y nacionales. Para mejorarlo, sería
importante facilitar la seguridad jurídica a los que se dediquen
a este negocio, que dependen de licencias y autorizaciones con reglas muy
cambiantes y personalizadas en cargos públicos. Y sobre todo, habría que fiscalizar
muy bien las ayudas públicas a los conciertos en directo, sobre todo a
los Festivales veraniegos, para no agravar el turismo ya masificado en muchas
zonas (hay vecinos y turistas habituales de Benicàssim que se van cuando llega
el FIB o el Rototom…).
En resumen, que los conciertos y Festivales de música se han
convertido en una prioridad para muchos jóvenes y no tan jóvenes, que se gastan
cada vez más en acudir y “vivir esa experiencia” , empujados por los amigos y
las redes sociales. Pero debería haber un mayor control de este negocio,
para evitar abusos, desde el precio de las entradas a las bebidas, y asegurar los
accesos y la seguridad en estos eventos. Y, sobre todo, habría que frenar la
fiebre de pueblos y ciudades por tener su Festival de música, a costa de ayudas
públicas que aceleran la “turismofobia” y podrían destinarse a otras necesidades. Cuidado con crear “una
burbuja de conciertos” que un día nos estalle. A cambio, falta
promover la música de pequeños grupos y locales, que sobreviven
malamente.
España es uno de los paises europeos con más conciertos y festivales de música en vivo. Tras la pandemia, cundió el furor por salir de casa y acudir a eventos múltiples, mayoritariamente al aire libre. Así, un 35% de los españoles adultos (10,5 millones de personas) acudieron a un concierto en 2024-2025, según la última Encuesta de hábitos y prácticas culturales del Ministerio de Cultura. Y esto se refleja en los datos de conciertos y espectadores que asistieron a un concierto de música en vivo en 2024: 120.510 conciertos y 33.954.503 espectadores, según el último Anuario de la Asociación de Promotores Musicales (APM), que refleja el gran salto dado desde la pandemia, ya que en 2019 se celebraron 91.106 conciertos (han crecido un +32%), con 28,2 millones de espectadores (han crecido un +20,2%).
Todo esto ha creado una cierta ansiedad en una
generación de jóvenes por “no quedarse fuera” del próximo concierto de
Rosalía o de Bud Bunny, con una carrera contra reloj por las entradas. Y eso dispara
los precios, concierto a concierto. De hecho, el precio de la entrada media
fue de 84 euros en 2024, según los propios
promotores (APM), aunque la realidad es que las entradas a los
macroconciertos están ya por encima de 100 euros. Así, en los últimos
conciertos de Rosalía, el precio medio de la entrada (con gastos incluidos)
osciló entre 100 y 130 euros, parecidos al de Sabina (57-135 euros) y Ed
Sheridan (60-130 euros). Y si se espera, desaparecen las entradas más baratas y
hay que acudir a la reventa.
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jueves, 30 de abril de 2026
EPA marzo 2026: "pincha" el empleo
El empleo ha “pinchado” en el primer
trimestre, como es habitual tras las Navidades y por la Semana Santa en abril. Pero
la pérdida (-170.300 empleos) ha sido la mayor desde 2013, quizás porque
la economía empieza a sufrir la guerra en Oriente Medio, que sube la
inflación y frena el consumo y la inversión. Hay 527.000 ocupados más que
hace un año y 2,6 millones más que hace 6 años (al inicio pandemia),
pero debemos estar atentos a la marcha de la economía esta primavera, para ver
si el Gobierno debe tomar nuevas medidas, algo que también debería
hacer Bruselas (como tras la pandemia y la guerra en Ucrania). De
momento, la pérdida de empleo afecta a los servicios, a las mujeres y a algunos
inmigrantes, mientras crece en la
industria, la construcción y el campo. Necesitamos un Plan para
relanzar las contrataciones en los sectores y regiones más afectadas y reformar
las oficinas de empleo (SEPE), porque funcionan mal. Atentos al
empleo, lo más importante.
El primer trimestre del año suele ser malo para el empleo, por el fin de las Navidades y el menor consumo en la “cuesta de enero”. Además, este año la Semana Santa (29 marzo al 5 de abril) ha caído mayoritariamente en abril, lo que ha restado empleo entre enero y marzo. Por todo ello, en el primer trimestre se perdieron -170.300 empleos, casi el doble que en el primer trimestre de 2025 (-92.500) y más que en 2024 (-139.700), según la EPA publicada este martes. Con todo, a finales de marzo había en España 22.293.000 ocupados, un máximo histórico en este mes. Y trabajan en España 2.611.700 personas más que hace 6 años, al inicio de la pandemia (19.681.300 ocupados en marzo 2020).
El empleo ha caído entre los hombres (-80.100
ocupados), pero más entre las mujeres (-90.200 ocupadas). Y lo han
perdido más los trabajadores españoles (-137.300 empleos) que los
extranjeros (-59.000 ocupados), mientras ganaron empleo los que tienen doble
nacionalidad (+26.100 ocupados). La pérdida de empleo se ha
dado casi en exclusiva en el sector privado (-191.400 empleo), mientras crecía algo en el sector
público (+21.100 empleos, por las oposiciones). Y se ha perdido más empleo entre
los trabajadores maduros (-78.000 empleos entre 40 y 54 años) y los
más jóvenes (-32.800 empleos perdieron los de 25 a 40 años).
El empleo lo han perdido los servicios
(-228.400 ocupados), sobre todo por el comercio (-106.700) y el
transporte (-51.700), por el fin de las Navidades y rebajas, así como la
hostelería (-47.900 empleos), la información y comunicaciones
(-51.900) y el servicio doméstico (-48.400 empleos, por la exigencia de
altas y la subida del SMI). Sin embargo, subió el empleo en el primer
trimestre en la educación (+45.000) y la sanidad (+34.500
ocupados), así como en la industria (+28.100), la construcción (+17.500)
y el campo (+12.500), sectores claves que reflejan el crecimiento de la
economía. Y por
autonomías, han perdido más empleo Cataluña (-46.300),
Baleares (-40.900) y Madrid (-10.700
ocupados), ganándolo en el primer trimestre sólo Canarias (+17.000),
Aragón (+8.700) y Murcia (+5.500).
La caída del empleo al inicio de 2026 ha provocado también un aumento del paro,
que subió en +231.500 desempleados, un aumento récord desde 2013,
debido a que han aumentado mucho los que buscan empleo, los “activos”: +61.200,
el tercer mayor aumento en los últimos años, por el aumento de mujeres
que buscan trabajo (+46.700, frente a +14.400 hombres) y, sobre todo, por
el aumento de inmigrantes activos (+65.800, mientras bajan en 4.600 los “activos”
españoles. Con ello, España alcanza un nuevo récord histórico de “activos”, personas
que trabajan o buscan trabajo: 25.001.600 en marzo. Esto supone que,
aunque crezca el empleo en los próximos meses, el paro bajará menos, porque hay
más gente buscando trabajo (sobre todo mujeres e inmigrantes).
Con este aumento del paro, son ya 2.708.600 las personas
que están en paro, un 10,83% de las personas en edad de trabajar, según la EPA, con lo que
se vuelve a superar el listón del 10% de tasa de paro (bajó al 9,93% en
diciembre de 2024). Una cifra elevada de paro, aunque tenemos 604.400
parados menos de los que había en España hace 6 años, al
inicio de la pandemia (3.313.000 parados en marzo de 2020, el 14,41% de la
población activa). El paro subió más en este primer trimestre entre las
mujeres (+137.000 paradas) que entre los hombres (+94.500), más entre
los extranjeros (+124.800) que entre los españoles y con doble
nacionalidad (+106.700 parados) y más entre los trabajadores maduros (+155.000
entre 25 y 54 años) que entre los más jóvenes (+32.600 parados entre 16 y 24
años). Por sectores, crece sobre todo en los servicios (+162.100, la
mitad por el turismo y la hostelería), en la industria (+13.000) y la
agricultura (.9.500 parados), mientras cayó sólo en la construcción (-11.700
parados). El paro
aumentó sobre todo en Cataluña (+84.400), Comunidad Valenciana
(+41.200), Baleares (+39.800) y Madrid (+35.400), bajando sólo en
Canarias (-14.400 parados), Extremadura (-1.800), Murcia (-1.200), Andalucía
(-1.100) y Melilla (-900).
Mientras sube el paro, hay algunos datos
de fondo importantes. Por un lado, todavía hay 850.700 hogares
donde todos sus miembros están en paro: +78.500 que a
finales de 2024, aunque son 32.200 menos
que hace un año. Por otro, sube el porcentaje de parados que cobran el
desempleo: cobraban alguna ayuda en febrero 1.842.216 parados, 76,13%
de los parados registrados en las oficinas de empleo, frente al 66,77% hace un
año, según
los datos de Trabajo. Pero la mayoría (923.462) cobran un
subsidio asistencial (480 euros al mes), mientras sólo 918.754 parados
registrados cobran el subsidio contributivo (1.035,70 euros mensuales).
Y ha subido el número de parados que llevan
más de 1 año sin trabajo (949.200 parados), aunque baja al 35% (eran
el 38,19% hace un año) el porcentaje de “parados de larga duración”,
que tienen mucho más difícil recolocarse.
Pero lo más preocupante es que la tasa de paro ha subido en el primer trimestre,
del 9,93% en que estaba a finales de 2024 al 10,83% ahora, aunque es
mucho más baja de la que teníamos hace 6 años (14,4% en marzo de 2020). Una tasa
muy alejada de Europa, donde es casi la mitad (5,9% en la UE-27 y 6,2%
en la zona euro), siendo aún menos en Alemania (4%), según
Eurostat. Y ha subido este trimestre la
tasa de paro juvenil (menores 25 años), que en España es el 24,5%,
frente al 15,3% en Europa y el 7,4% en Alemania. Además, persiste el problema
de que hay
2 Españas en el paro. Una, 10 regiones con alta tasa de paro: Ceuta
(26,1%), Melilla (21,4%), Andalucía (14,66%), Baleares (13,79%),
Extremadura (13,25%), Castilla la Mancha (12,97%), Comunidad
Valenciana (11,75%), Canarias (11,40%), Murcia (10,84%) y Cataluña
(10,12%). Y otra, las 9 regiones que tienen una tasa de paro casi “europea”: Cantabria
(7,86%), Madrid (7,91%), País Vasco (8,23%), Aragón (8,37%), Galicia (8,96%),
Asturias (9,02%), Castilla y León (9,04%), Navarra (7,49%), La Rioja (9,62%, según la reciente EPA de
marzo.
Con todo, lo más positivo sigue siendo la mejor
calidad del empleo que se crea en España, tras la reforma laboral de
2022. Este
primer trimestre, el 43,26% de los contratos firmados fueron indefinidos,
casi como hace un año (43,07%) y algo menos que hace dos años (44,5% el primer
trimestre de 2024), pero un porcentaje muy superior a los de 2023 (38,7%),
2021 (10,9%) y la media de 2014 a 2020 (sólo entre el 6 y el 8% de
los contratos eran indefinidos). Con ello, ya hay 16,24 millones
de asalariados con contrato indefinido, el 85,23% del total,
frente al 74,61% de trabajadores fijos a finales de 2021. Los que apenas
bajan son los contratos a tiempo
parcial (-40.000 en el último año), que superan
los 3 millones de asalariados (3.035.900 en marzo), sobre todo por las mujeres
(2.175.600, el 71,6% de estos contratos de jornada reducida), que
trabajan a tiempo parcial porque no encuentran trabajos a jornada completa o
para cuidar a hijos y mayores.
Ahora, en 2026, el Gobierno y los expertos creen que España
seguirá creando empleo, más que el resto de Europa pero menos que
en 2023 (+783.000 empleos), 2024 (+468.000) y 2025
(+605.400 empleos) , porque creceremos algo menos (+2,2 %
en 2026, frente al +2,8% que crecimos en 2025 y el +3,2% en 2024). La previsión
enviada por el Gobierno a Bruselas, en octubre de 2024, apostaba
por crear casi 500.000 nuevos empleos este año 2026 (+494.878), con el objetivo de que España roce
los 23 millones de ocupados (22.989.350 en 2026) y baje su tasa de paro
del 10% en 2026 (ahora volvió al 10,83%).
Pero todos estos cálculos se hicieron antes de que EEUU e
Israel atacaran Irán, el 28 de febrero pasado, desencadenando una guerra
que ha disparado los precios de la energía y los
carburantes, aumentando la inflación en marzo en toda en
Europa (+0,7%, hasta un 2,8% anual) y más en España: +1,2%
en marzo, según el INE,
la mayor subida en un mes desde junio de 2022, lo que coloca la inflación media en el 3,4%,a
pesar de las ayudas del Gobierno (5.000 millones), que han conseguido moderar de
momento la subida de los carburantes y la luz.
El Gobierno debe estar muy atento a los efectos de la
guerra de Oriente Medio en las empresas y el empleo, utilizando la doble
vía de las ayudas estatales (directas o indirectas) y los ERTES (posibilidad de enviar temporalmente
una parte de la plantilla al paro, como se hizo tras la pandemia y la guerra de
Ucrania). Y el
presidente Sánchez debe seguir presionando a Bruselas para
que la Comisión apruebe un paquete de ayudas frente a las
consecuencias de esta guerra, algo que rechazaron
en la reciente Cumbre de Chipre, aunque fue muy útil para que los
paises europeos afrontaran la crisis de la pandemia y de Ucrania. Europa
apenas crece y esta crisis puede estancarla aún más (la zona euro sólo
crecerá un 1,1% este año y Alemania el 0,8%, según el FMI), por lo que urge
tomar nuevas medidas extraordinarias, para reanimar el crecimiento y el
empleo. Y lo mismo debe hacer el Gobierno en España.
Ahora habrá que ver si este “pinchazo” del empleo
en el primer trimestre es el habitual en estas fechas (aunque ha
duplicado la caída habitual de empleo) o si es el primer signo de que
la guerra de Oriente Medio y la
incertidumbre internacional se empiezan a notar en nuestra economía,
frenando el crecimiento y empleo futuros. Para evitarlo, es clave que los
Gobiernos de Europa y España reduzcan la incertidumbre, con
ayudas y medidas eficaces, además de seguir presionando para acabar esta guerra
ilegal e irracional. Porque la incertidumbre puede afectar a los
hogares, reduciendo su consumo (más si sube la inflación), uno de los
motores del crecimiento de la economía. Otro es la inversión empresarial,
que se está recuperando gracias a los Fondos
europeos (ojo: terminan en agosto),
pero que podría frenarse si las empresas e inversores no ven claro el futuro.
Y el tercer motor del crecimiento, las exportaciones, también podrían “pinchar”
este año, por los aranceles y los problemas en el comercio mundial.
En resumen, los datos de empleo y paro son malos, pero
habrá que esperar a ver si mejoran con la primavera y el verano, como
es habitual todos los años, o si la guerra puede poner en peligro nuestro mayor
crecimiento y empleo. Eso requiere que el Gobierno español siga muy
atento la coyuntura, por si hay que tomar medidas específicas para
reanimar la economía y el empleo, medidas que debería volver a tomar
Europa. En paralelo, habría que estudiar un Plan
para relanzar las contrataciones en los sectores y autonomías donde
más cae el empleo y no olvidarse de
reformar las oficinas de empleo (SEPE), porque siguen
funcionando mal. Ojo al empleo, que debe ser la gran prioridad
nacional.
Enrique Ortega
El primer trimestre del año suele ser malo para el empleo, por el fin de las Navidades y el menor consumo en la “cuesta de enero”. Además, este año la Semana Santa (29 marzo al 5 de abril) ha caído mayoritariamente en abril, lo que ha restado empleo entre enero y marzo. Por todo ello, en el primer trimestre se perdieron -170.300 empleos, casi el doble que en el primer trimestre de 2025 (-92.500) y más que en 2024 (-139.700), según la EPA publicada este martes. Con todo, a finales de marzo había en España 22.293.000 ocupados, un máximo histórico en este mes. Y trabajan en España 2.611.700 personas más que hace 6 años, al inicio de la pandemia (19.681.300 ocupados en marzo 2020).
El
vicepresidente económico señaló este martes que el conflicto de Oriente
Medio subirá la inflación en España este año, del 2,1% previsto al
3,1% anual, aunque el Gobierno mantiene de momento su previsión de
crecimiento para este año en el +2,2% . Pero si el conflicto se
alarga, su coste (500
millones diarios para Europa) disparará la inflación y recortará el consumo
y la inversión, frenando el crecimiento más de lo previsto (en privado, el Gobierno cree que recortará el PIB un -0,4% este año) y creando menos
empleo del esperado. De hecho, el
FMI ha recortado en abril el crecimiento
previsto para España: lo rebajan al +2,1%, dos décimas menos de lo que
estimaban en enero.
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lunes, 27 de abril de 2026
Una guerra empantanada y costosa
Mañana se cumplen 2 meses de los ataques de EEUU e
Israel a Irán, que han puesto patas arriba los mercados energéticos y la
economía mundial. Entre treguas incumplidas y ataques, los precios del
petróleo y el gas siguen altos, provocando una subida de la inflación
y enorme incertidumbre en familias, empresas e inversores. Esta
guerra en Oriente Medio tiene un alto coste en vidas, heridos y desplazados,
pero afecta también a nuestros bolsillos: Europa pierde 500 millones al día
por el conflicto. Pero, la Comisión Europea y muchos Gobiernos no
toman medidas eficaces frente a esta nueva crisis, tras la Cumbre en
Chipre el viernes, mientras el FMI augura un mínimo crecimiento para Europa,
que podría acabar en recesión si la guerra se alarga.
Sólo hay una salida: Europa debe ser más autosuficiente en energía,
acelerando la electrificación de la economía y las
renovables, como hace España. Y eso obliga a avanzar en el Pacto
verde europeo, no a frenarlo, como defienden la derecha y
la ultraderecha. "Huir del petróleo" y electrificar la economía, la mejor receta ante las crisis energéticas
La consecuencia más directa para Occidente de esta guerra en Oriente Medio es la subida de los precios de la energía, que ya se empieza a trasladar a muchos otros precios y a la inflación general, con vaivenes según los ataques y las treguas. El precio del petróleo sigue alto, en 104,85 dólares el barril de Brent el viernes, que es más que antes de los ataques a Irán (72,48 dólares/barril), pero menos que el máximo de marzo (118,35 euros el día 31). Y lo mismo pasa con el gas natural, que costaba el viernes 44,50 euros, más que antes de la guerra (31,95 euros/MWh) pero menos que en marzo (50,75 euros/MWh el día 31). El problema es que el doble bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que pasa un 20% del petróleo y el gas que se consume en el mundo y la mayoría del que se consume en Asia, ha disparado el precio internacional del crudo, que podría llegar a los 150 dólares/barril.
Esta fuerte subida del petróleo (+44,6% en dos
meses) ha impactado directamente en los precios de los carburantes, que
han subido más. Y eso por dos razones. La primera, que el precio del
teórico del crudo Brent (que se fija en el ICE de Londres) no
es el que pagan realmente las petroleras y refinadoras, sobre todo en
periodos de conflicto: el precio real del crudo de entrega
inmediata (a 15 días), llamado
Dated Brent, es mucho más alto: el 10 de abril, por ejemplo, el precio en
el mercado de futuros era de 96 dólares barril, pero las refinerías pagaron 131
euros. La otra razón es que hay
distintas calidades de crudo: hay tipos de petróleos que son
más o menos pesados y permiten producir más o menos derivados (gasolina o
diesel), que en muchos casos no se refinan en cada país sino que se importan. Y
la subida del crudo ha disparado también el
precio del gasóleo (la mayoría importado en Europa).
Todos estos factores han llevado a una fuerte subida
de los carburantes, en muchos casos más que el crudo. Tras la fuerte
subida de los primeros días, a finales de febrero, la gasolina ha
pasado de 1,44 euros/litros el día antes de la guerra (27 de febrero) a un
máximo de 1,8005 euros litro el 20 de marzo, para bajar luego (gracias a la
rebaja del IVA del 21 al 10%, en vigor el 21 de marzo), hasta 1,556
el 31 de marzo y 1,51
euros/litro el viernes (7 céntimos más que antes de la guerra). Y el
gasóleo, que costaba 1,39 euros/litro el 27 de febrero, subió mucho más,
hasta 1,936 euros el 20 de marzo, para bajar después (por el recorte del IVA) a
1,794 euros/litro el 31 de marzo y 1,731 el viernes (+34
céntimos que antes de la guerra).
El otro efecto de esta guerra es la subida del
precio del gas natural, que afecta al precio de la luz, porque una
parte se genera con centrales de gas. En marzo, el precio mayorista de
la electricidad subió a 41,77 euros/MWh, más que en febrero (16,41
euros) pero menos que un año antes (53,03 euros/MWh en marzo 2025). Y como las
energías renovables aportaron el 63,1% de la electricidad en marzo,
eso permitió que tuviéramos 141 horas (el 19% del total) a precio negativo
(127 horas) o cero (14 horas). Además, el Gobierno bajó, desde el 22 de
marzo, los 3 impuestos que paga la electricidad. Consecuencia: el
recibo al consumidor con un contrato regulado bajó unos céntimos en marzo,
a pesar de la guerra: habrá sido de 62,22 euros, casi 1 euro menos
que en febrero (63,19 euros) y casi 9 euros menos que en enero (71,77
euros). Y en abril, el precio mayorista ha bajado respecto a
marzo (39,35
euros/MWh hasta el 24 de abril), con lo que bajará otra vez el recibo este
mes.
A pesar de que la luz ha ayudado, los carburantes han
provocado una fuerte subida del IPC en marzo, en
Europa (+0,7%, hasta un 2,8% anual) y más en España: +1,2%
en marzo, según el INE,
la mayor subida en un mes desde junio de 2022 (+1,9%), lo que coloca la inflación media en el 3,4%,
el peor dato desde junio de 2024. Y eso que todavía no se observa que la subida
del petróleo, el gas y los carburantes se haya trasladado al transporte, la
industria o los alimentos, que podrían subir por los mayores
precios de los fertilizantes y muchas materias primas. Preocupa
además la
subida del helio (que se produce en los paises del Golfo, a partir
del gas), clave para la fabricación de chips, y de muchos principios activos y medicamentos,
incluidos
los condones (que proceden de India y el sudeste asiático).
Mientras fracasa el ultimo intento de negociación entre EEUU e Irán, la
preocupación ahora en medio mundo es que falten suministros en unas
semanas, a pesar de que la Agencia Internacional de la Energía (AIE)
haya aprobado liberar
400 millones de barriles de las reservas estratégicas de crudo,
para que no haya escasez. Pero la misma AIE ha alertado de que podría
faltar keroseno para los aviones en 6 semanas. Y hay paises de Asia
que ya han empezado a racionar los carburantes, mientras China ha suspendido
sus exportaciones de gasóleo. En Europa, lo que más preocupa es el suministro
de keroseno, que ya ha provocado un recorte
de vuelos futuros en Lufthansa y KLM. El problema lo tienen sobre todo Reino
Unido (que importa el 65%), Francia,
Alemania e Italia (que importan el 50%), pero afecta menos a España (que
sólo importa el 20% de este combustible). A más largo plazo, en verano,
en Europa preocupa el abastecimiento de gasóleo y gasolina,
porque hay pocas refinerías en Europa, que importa el 50% de estos carburantes.
España,
con 8 refinerías, está mucho mejor, porque sólo importamos el 10% del
gasóleo y exportamos gasolina.
Además del temor a los desabastecimientos de crudo y
carburantes, la otra preocupación del mundo es que esta nueva guerra
dispare la inflación y recorte el crecimiento, con el riesgo de una recesión
si el conflicto dura meses. El Fondo Monetario (FMI) acaba de lanzar una
primera alerta, en
su Informe del 14 de abril: el mundo crecerá menos este año
(3,1%, un 0,2% menos de lo que esperaban en enero) y subirá más la
inflación mundial (+0,6%). La zona más afectada será Asia (China, Japón
e India), pero también Europa: la zona euro sólo crecerá un +1,1%, con
el agravante de que Alemania crecerá la mitad de lo
previsto (+0,5%), según
las últimas estimaciones del Gobierno Merz, Francia un +0,9% e Italia
+0,5%, aunque para España estiman un crecimiento del +2,1% (-0,2%
que en enero).
Caiga o no el crecimiento y suba la inflación, la guerra lanzada
por Trump y Netanyahu en Oriente Medio ya tiene un alto coste para Europa y
sus ciudadanos: 500
millones diarios, según fuentes europeas, lo que equivale a 30.000
millones de euros en estos 2 primeros meses de conflicto. Sin embargo, la Comisión
Europea no ha aprobado todavía ninguna medida para atajar esta crisis,
aunque sí algunos paises: Hungría, Portugal, Croacia, Austria, España, Italia y Francia han
fijado precios máximos a los carburantes, rebajas fiscales o descuentos directos. En el caso de España,
las
ayudas de marzo a los carburantes y la luz, suponen un coste (hasta junio,
su periodo inicial de vigencia) de 4.000 millones de euros, habiendo permitido
una rebaja de 24 céntimos en el gasoil y 29 céntimos en la gasolina, según la Confederación de Estaciones de servicio.
Pero la Comisión Europea y la Cumbre
europea en Chipre, el viernes,
apenas han pasado de generalidades: ahorrar energía, promover el
transporte público, rebajar impuestos o promover la electrificación de las
economías. Y mientras España, Italia, Bélgica y Letonia pedían “más
ambición en las medidas”, la presidenta Von der Leyen traspasaba la
responsabilidad de las medidas contra esta crisis energética a la reunión de los
ministros de Economía de los 27, en mayo. Otro retraso, después
de que Bruselas
rechazara la propuesta de España, Alemania, Italia, Austria y Portugal para
aprobar un impuesto extraordinario sobre los beneficios de las petroleras
europeas, que están obteniendo un beneficio extra de 81,4 millones diarios
con esta crisis, según
este estudio de Greenpeace (serían 2.500 millones de beneficios extras sólo
en marzo). España es el tercer país donde las petroleras (básicamente Repsol,
Moeve y BP) tienen más beneficios extras, unos 11,5 millones diarios, gracias a
su
margen sobre cada litro de diesel (17,1 céntimos) y gasolina (2,5
céntimos).
En medio de una crisis energética que afecta mucho a
Europa (aunque menos que la provocada inicialmente por la guerra
de Ucrania), España
es de los paises europeos menos afectados, por varias razones. Una,
que estamos menos expuestos a los suministros de Oriente Medio: de allí sólo
procede el
5% del petróleo que compramos y el 2% del gas natural, frente a un 10% de
dependencia del conjunto de Europa. Dos, que España ha mejorado mucho su
eficiencia energética (cantidad de energía necesaria para generar 1.000
euros de PIB) desde comienzos de este siglo, reduciéndose un tercio. Y tres, la
más importante, el fuerte peso de las energías renovables
en la generación de electricidad en España: 60,7%
de la generación en el primer trimestre 2026 (frente a un 45% en la UE-27),
lo que nos permite depender menos de las energías fósiles (petróleo u gas). Con
todo, España tiene un enorme hándicap estructural: tenemos una
altísima dependencia energética respecto al exterior, dado
que importamos el 70% de la energía que consumimos, muy por encima del 58%
de dependencia energética que tiene el conjunto de Europa.
Así que esta nueva guerra, como la de Ucrania, nos debería
servir para aprender y tomar medidas que nos permitan afrontar mejor
futuras crisis (que llegarán). La clave es “huir de los
combustibles fósiles” (petróleo, gas, carbón), que además de destruir
el clima (son los principales responsables de los gases de efecto invernadero)
están vinculados a paises y zonas del mundo muy inestables, que pueden provocar
nuevos conflictos geopolíticos. Eso debería llevarnos a apostar por los
recursos autóctonos, especialmente el sol, el aire y el agua (más el
hidrógeno verde), que no sólo son más baratos sino que nos hacen
independientes. Eso es lo que pretende el
Pacto verde europeo, puesto ahora en cuestión para la extrema
derecha europea y el propio PP europeo, que avanzan
en posiciones negacionistas. Y en España, el PP ha cedido a Vox en las
autonomías (de momento en Extremadura, pronto en Aragón, Castilla y León y
Andalucía), negando
muchos elementos del Pacto verde europeo, precisamente ahora que la
guerra en Oriente Medio deja clara la importancia de apostar por las energías
renovables y el medio ambiente.
Además de una apuesta más decisiva por las renovables,
España y el resto de Europa deberíamos sacar lecciones de las dos últimas
crisis energéticas (Ucrania y Oriente Medio). Una, que hay que potenciar
las reservas estratégicas, para evitar racionamientos y cortes de
suministros. Dos, que hay que electrificar la economía, desde las
empresas (muchas siguen consumiendo fuel y gas) al transporte (apenas hay
furgonetas y camiones eléctricos, además de que el 90,3%
del parque de vehículos en circulación van con gasóleo o gasolina) y a las
viviendas (gas y calderas de gasóleo). Tres, hay que apostar por el ahorro
energético, sobre todo en las viviendas (rehabilitación), industrias y
servicios. Y hay que seguir
apostando por las energías renovables, para que generen el 81% de la
electricidad en 2030. Además, a corto plazo, urge vigilar la formación de
precios en los carburantes, para que no suceda en el futuro que suben
enseguida tras una crisis y tardan meses en bajar.
Al final, esta guerra en Oriente Medio (como la de Ucrania y
los distintos conflictos internacionales latentes), tienen un coste clave:
generan
incertidumbre en los ciudadanos, las empresas y los inversores. Y
por ello, el mayor riesgo de fondo no es pagar más caros los
carburantes, la luz, el transporte o los alimentos sino que los hogares se
preocupen y reduzcan su gasto (el ahorro
está aumentando en toda Europa desde hace 3 años) y las empresas
(que venden y ganan más que nunca) destinen su liquidez a depósitos, Bolsa o
reducir deudas en
vez de a invertir y crear riqueza y empleo. Con menos
consumo e inversión y con menos exportaciones (por un
comercio conflictivo y menos globalizado), España, Europa y la mayor parte del
mundo crecerán menos y podríamos caer en otra recesión. Por eso urge
parar esta guerra (y la de Ucrania) y unificar esfuerzos en Europa para
salir adelante. Sin más dilaciones.
La consecuencia más directa para Occidente de esta guerra en Oriente Medio es la subida de los precios de la energía, que ya se empieza a trasladar a muchos otros precios y a la inflación general, con vaivenes según los ataques y las treguas. El precio del petróleo sigue alto, en 104,85 dólares el barril de Brent el viernes, que es más que antes de los ataques a Irán (72,48 dólares/barril), pero menos que el máximo de marzo (118,35 euros el día 31). Y lo mismo pasa con el gas natural, que costaba el viernes 44,50 euros, más que antes de la guerra (31,95 euros/MWh) pero menos que en marzo (50,75 euros/MWh el día 31). El problema es que el doble bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que pasa un 20% del petróleo y el gas que se consume en el mundo y la mayoría del que se consume en Asia, ha disparado el precio internacional del crudo, que podría llegar a los 150 dólares/barril.
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jueves, 23 de abril de 2026
Plan de vivienda: sin las autonomías no sale
El Gobierno aprobó este martes el Plan estatal de
vivienda 2026-2030, que triplica el gasto (7.000 millones) en
vivienda pública, ayudas al alquiler y rehabilitación. El Plan tiene dos
novedades. Una, que el Estado aportará el 60% a las autonomías que financien
el otro 40%. Otra, que impone condiciones: las VPO financiadas no se
puedan vender, incorpora medidas contra la corrupción en su adjudicación
(Alicante) y exige más información y control. Madrid y otras autonomías
gobernadas por el PP (son 11) lo rechazan, porque “invade
competencias”, pero habrá que ver si están dispuestos a perder los 4.200
millones de aportación estatal (667 millones para Madrid). La votación
autonómica del Plan se hará en mayo y si se rechaza, será papel
mojado, como la Ley de Vivienda. Además, faltan medidas (suelo y
financiación) para promover más viviendas “libres” (sólo 80.792
terminadas en 2025) y para conseguir más viviendas en alquiler. Pero
todas exigen colaboración entre Gobierno, autonomías y
Ayuntamientos, algo inexistente. Así, la vivienda no tiene
enmienda. Enrique Ortega
El problema de la vivienda en España se agrava día a día. Comprar una casa se ha vuelto un objetivo imposible para la mayoría de jóvenes y familias, porque su precio está por las nubes: cerró 2025 con un coste de 2.230 euros/m2, según el Ministerio de Vivienda, un récord histórico, que es mucho mayor en Madrid (5.820 euros/m2) y Barcelona (5.144 euros/m2), según el portal Idealista. Eso supone que comprar un piso de 100 m2 obliga a pagar una hipoteca (80% del precio) de 907 euros mensuales, además de tener ahorrado un 30% del precio para la entrada, gastos e impuestos. Y si hablamos de comprar un piso en Madrid (582.000 euros/100 m2) o Barcelona (514.000 euros/100 m2), tendríamos que pagar entre 2.368 euros mensuales de hipoteca (Madrid) y 2.093 euros, algo imposible salvo para los que ganen en torno a los 7.000 euros (la banca sólo concede hipotecas por el 30% del sueldo).
El resultado es que la mayoría de las familias y jóvenes
no puede comprar piso. Y tampoco alquilar, porque no hay apenas
casas en alquiler y eso ha disparado los precios: en marzo, el alquiler medio
estaba en 15 euros/m2, según
Idealista, el máximo de la serie histórica y una subida del +44,2% sobre
2019 (10,4 euros/m2), el doble de la subida de la inflación (+24,6%) y los
sueldos (+19,53%). Y esa es la media (1.350 euros de alquiler por un piso de 90
m2), porque los alquileres
son mucho más altos en las grandes capitales, sobre todo en Madrid (23,2
euros/m2: 2.088 euros por un piso de 90 m2) y Barcelona (22,6 euros/m2: 2.034
euros vivienda 90 m2). Y además, los que intentan alquilar se encuentran con
muchos candidatos por cada vivienda, con lo que el dueño “selecciona” y a veces
obliga a pagos y condiciones ilegales, mientras se disparan también los
alquileres por habitación (superan los 500 euros).
Cada año, hay 200.000 nuevas familias y jóvenes
que se incorporan a buscar un piso para vivir y no pueden comprarlo ni
alquilarlo. El problema de fondo es que hay pocas viviendas disponibles y un déficit
estimado de 600.000 viviendas, mientras se construyen pocas
viviendas. Así, en 2025 se iniciaron 121.827 viviendas “libres” (de
promoción privada), +8,5% que en 2024 (112.220), según
los datos de Vivienda. Y entre 2020 y 2025 se iniciaron 605.517 viviendas, menos
en 6 años que las iniciadas en todo 2004, 2005 y 2006 (+600.000 cada año).
Y si miramos las viviendas terminadas, han sido sólo 80.792 viviendas
en 2025, menos que en 2024 (86.609). Y en los últimos 6 años (2020-2025)
se han terminado en España 489.431 viviendas “libres”, menos de las terminadas
en 2004,2005, 2006 y 2007 (+500.000 cada año).
Si miramos las viviendas de protección oficial (VPO),
que promueven el Estado, autonomías o Ayuntamientos, el balance es aún más
preocupante. En 2025, se calificaron provisionalmente 15.503 VPO de planes
estatales y autonómicos, menos que en 2024 (23.967 VPO calificadas), según
datos de Vivienda. Y si vamos a las calificaciones definitivas,
fueron sólo 11.104 las VPO, también menos que en 2024 (14.371 VPO). Y en
los últimos 6 años (2020 a 2025) se han calificado (terminado) 64.542 VPO, una
cifra similar a las VPO calificadas en 2005, 2006, 2007 y 2008 (ojo: más de
60.000 VPO calificadas cada año).
¿Qué está pasando? ¿Por qué ha caído tanto el número de
viviendas terminadas? Las razones
aportadas por promotores y constructores son varias: escasez de suelo
urbanizado (muy caro), problemas burocráticos y administrativos que han parado
muchos Planes urbanísticos, elevados costes de la construcción, falta de mano
de obra cualificada y serias dificultades de financiación, porque la banca
sigue “huyendo el ladrillo”. En el caso de las viviendas protegidas
(VPO) hay
otras razones adicionales: la congelación de los precios máximos de
venta (los módulos se empezaron a actualizar en 2024), la falta de suelo
finalista, los excesivos trámites burocráticos y la escasa financiación. Incluso se ha dado la paradoja de que los precios
de la VPO superaban a los de la vivienda “libre”.
Con 80.000 nuevas viviendas “libres” terminadas al año y
otras 11.000 VPO no se soluciona el problema de fondo de la vivienda, que es la
falta de oferta. Los expertos estiman que habría que construir
unas 150.000 viviendas al año como mínimo (se terminan 91.000), de
ellas 70.000 VPO, la mayoría para alquiler. Pero para eso, el Estado y
las autonomías deberían gastar más en vivienda, algo que hoy no hacen.
Y además, es importante crear un parque público de VPO, para
atender la demanda con menos recursos (jóvenes y familias vulnerables). España
carece de este parque público de VPO: sólo hay unas 300.000 viviendas,
el
3,3% del total, cuando la media en la UE-27 es el 8% (y el 29%
en Paises Bajos, el 24% en Austria, el 20% en Dinamarca o el 16% en Suecia). La
culpa es de los gobiernos anteriores, que han permitido la venta de gran
parte de las VPO a particulares y Fondos de inversión: en
los últimos 40 años se han construido en España 2,7 millones de VPO,
pero la mayoría se han vendido.
En España se promueven pocas viviendas “libres” y muy pocas
VPO porque el gasto público en vivienda es mínimo, mucho menor al
de otros paises europeos. Así, el gasto público en promoción de vivienda
“libre” (2007-2022) ha sido en España de 46,9 euros/habitante, frente a
58,1 euros en Alemania, 103,9 euros en Francia ,111,7 euros en Dinamarca, 121
euros en Francia, 125, 3 euros en Italia y 157,9 euros en Irlanda, según
el Boletín de Vivienda Social 2024. Y si miramos el gasto en protección
social en vivienda (VPO y ayudas), España gastó (entre 2007 y 2021) 34
euros/habitante, la cuarta parte del gasto social en vivienda en la
UE-27, que fue de 160,5 euros/habitante, siendo también mucho mayor
el gasto en Irlanda (334 euros/habitante), Dinamarca (318), Francia (274),
Finlandia (246), Alemania (209), Suecia (187) y Paises Bajos (171,6), aunque
mucho menor en Italia (8,5 euros/habitante).
El gasto público en vivienda (Estado y autonomías)
sufrió también los recortes de Rajoy, pasando de un máximo de 2.761
millones en 2009 a menos de la mitad en 2013 (1.103 millones).
El Gobierno Sánchez subió la aportación estatal y también varias autonomías, a
partir de 2019 (1.590,5 millones) y sobre todo en 2022 (2.668 millones), 2023
(2.149 millones) y 2024
(2.286 millones), aunque el gasto es todavía menor al de 2009. Y el
último Plan estatal de Vivienda 2022-2025 destinó 2.300 millones
del Estado central a promoción de VPO y ayudas a compra y alquiler, 583
millones al año. Una cifra ridícula si se compara con lo
que España gasta al año en pensiones (190.687 millones), en sanidad (99.347
millones), en educación (63.380 millones) o en Dependencia
(11.500 millones), lo que indica que la vivienda es “el patito feo
del Estado del Bienestar” en España.
Este nuevo Plan estatal de vivienda 2026-30 tiene
3 objetivos. El primero, aumentar la oferta de
viviendas protegidas (VPO), para lo que se destinan el 40% de los recursos
(2.800 millones). Para conseguirlo, duplica la ayuda actual para promover estas
viviendas VPO (subvenciona hasta 85.000 euros por piso, más otros 8.500 si se
utilizan métodos avanzados de construcción), incorporando la figura de
promotores sociales de vivienda (con ayudas que pueden llegar a 102.000 euros
por vivienda).Y además, contempla la compra de viviendas a particulares para
incorporarlas al parque de VPO (cubriendo el 70% de la compra y hasta el 85% si
se compran en zonas tensionadas). Todo esto, con dos condiciones: que el
alquiler de estas VPO no supere los 900 euros (y tengan un precio de compra
tasado) y blindarlas para que no puedan venderse y sigan siendo VPO en el
futuro.
El 2º objetivo del Plan es mejorar
el parque de vivienda, con un apoyo a la rehabilitación (30% de los
recursos: 2.100 millones). Se darán hasta 20.500 euros por vivienda que se
rehabilite (con mejoras estructurales, de acceso y eficiencia energética), con
una ayuda mayor cuando se rehabilite una vivienda vacía y se ponga después en
alquiler (asequible): se puede conseguir una ayuda de 35.000 euros y hasta
35.000 si está en zona rural.
El tercer objetivo del Plan (con 30% de recursos: 2.100
millones) se destinará a ayudas
al alquiler, especialmente para jóvenes hasta 35 años (la ayuda
llega a 300 euros, un tercio del alquiler máximo subvencionable, con avales
públicos para ayudarles a alquilar) y familias vulnerables, contemplándose
también ayudas al alquiler con opción de compra (hasta 30.000 euros) y ayudas a
la compra en municipios en riesgo demográfico. En todos los casos, el Plan
pretende que el alquiler o la compra no supere en 30% de los ingresos.
El Ministerio de Vivienda dice que ha
tenido 28 reuniones con las autonomías, más muchas otras con
expertos, instituciones, promotores y fuerzas sociales desde que presentó el
primer borrador de este Plan, en septiembre pasado. Y que ha incluido muchas
sugerencias. Pero de momento, la Comunidad de Madrid (Ayuso) y el PP
(Feijóo) han
criticado este Plan, al que acusan de “intervencionista”,
por los condicionantes que exige a las autonomías (que tienen transferida la
gestión de la vivienda). Este Plan estatal de Vivienda no
tiene que pasar por el Parlamento, pero debe votarse en mayo
en la Conferencia sectorial de vivienda, que agrupa al Gobierno central y a las
autonomías, para ponerlo en marcha en el 2º semestre de 2026. La
ministra de Vivienda confía en que las autonomías gobernadas por el PP (11) no
voten en contra, porque perderían el 60% que aporta el Estado: Madrid
perdería 667 millones y Andalucía 718 millones. Madrid
dijo el martes que no
apoyaba el Plan y el miércoles que no se quedará fuera…Así que no sabemos sí
boicotearán el Plan, como ya hicieron con la Ley de Vivienda,
aprobada en 2023 y cuyos controles de alquileres no aplican.
Con todo esto, el Plan estatal de Vivienda, la
herramienta para promover viviendas protegidas y las ayudas al alquiler para
jóvenes, está en el aire. Pero hay otros temas
relacionados con la vivienda que también están en el aire. Por un
lado, relanzar la promoción de viviendas libres, dado que las
viviendas terminadas en 2025 han caído (a 80.792). Urge
un acuerdo (otro) entre el Gobierno, las autonomías, los
Ayuntamientos y lo promotores-constructores para resolver los problemas
que impiden construir más: falta de suelo urbanizado (y urbanizable),
exceso de burocracia en las promociones y resolución de conflictos (la reforma
de la Ley del Suelo, para agilizar licencias, está
parada en el Congreso), frenar subida costes y aumentar la mano de
obra formada, así como conseguir financiación (los bancos “huyen del ladrillo”.
Todo para conseguir duplicar la construcción, hasta 150.000
viviendas/año.
Además, hay que actuar ante el grave problema de los
alquileres, no sólo aumentando la oferta (para lo que hay que limitar
drásticamente los pisos turísticos y los alquileres de temporada) sino creando
entidades públicas (como Bizigune
en el País Vasco ) que den tranquilidad a los propietarios, asegurándoles
que cobran cada mes si alquilan sus viviendas. Y favorecer, con medidas
fiscales (IRPF y el IBI) que se pongan en alquiler pisos vacíos. Y
habrá que ver cómo evolucionan los
topes al alquiler en los 308 municipios que los aplican (271 en
Cataluña, 22 en Navarra, 14 en el País Vasco, más A Coruña), porque parece que han
permitido bajar algunos alquileres en Cataluña, aunque ha sido a costa de
caer más la oferta. Y habría que evaluar qué pasa con el
millón de alquileres que hay que renovar en 2026 y 2027, que el
Gobierno propone congelar (con una subida del 2% anual), aunque PP, Vox, UPN y
Junts votarán
en contra (este martes 28 de abril) del Decreto
aprobado, complicando la vida a 2,6 millones de personas que han de
renovar su alquiler.
Al final, la vivienda es el
primer problema de los españoles, pero nuestros políticos son incapaces
de ponerse de acuerdo en buscar soluciones, desde conseguir suelo,
permisos y financiación para construir a aprobar ayudas públicas eficaces tanto
para construir muchas más viviendas protegidas para que accedan a ellas
jóvenes y familias con ingresos bajos y medios. Este Plan
estatal de vivienda es otra oportunidad de tomar medidas: aunque no
se esté de acuerdo con muchas cosas, es una base para avanzar.
Pero podría bloquearse por el constante enfrentamiento político. Unos
por otros, la vivienda no se enmienda. Y lo sufren millones de españoles
¡ Ya está bien !
El problema de la vivienda en España se agrava día a día. Comprar una casa se ha vuelto un objetivo imposible para la mayoría de jóvenes y familias, porque su precio está por las nubes: cerró 2025 con un coste de 2.230 euros/m2, según el Ministerio de Vivienda, un récord histórico, que es mucho mayor en Madrid (5.820 euros/m2) y Barcelona (5.144 euros/m2), según el portal Idealista. Eso supone que comprar un piso de 100 m2 obliga a pagar una hipoteca (80% del precio) de 907 euros mensuales, además de tener ahorrado un 30% del precio para la entrada, gastos e impuestos. Y si hablamos de comprar un piso en Madrid (582.000 euros/100 m2) o Barcelona (514.000 euros/100 m2), tendríamos que pagar entre 2.368 euros mensuales de hipoteca (Madrid) y 2.093 euros, algo imposible salvo para los que ganen en torno a los 7.000 euros (la banca sólo concede hipotecas por el 30% del sueldo).
Ahora, el Gobierno Sánchez ha aprobado un Plan
estatal de Vivienda 2026-2030 más ambicioso, que pretende gastar el
triple, 7.000 millones de euros en 5 años (ojo, son solo 1.400
millones al año en promoción pública de vivienda y ayudas). El Plan tiene 2
novedades importantes sobre el anterior. Una, que el Estado central no
es “el cajero del Plan”, no aprueba una inversión y luego son las autonomías
quienes gastan y lo ejecutan, sin comprometerse a otro gasto adicional. Ahora, el
Estado central (el Presupuesto) aporta el 60% del gasto (4.200 millones),
pero sólo si las autonomías aportan el 40% restante (2.800 millones). Y
la otra novedad, que la inversión está “condicionada”, debe cumplir 3
condiciones: las VPO promovidas no se pueden vender (para crear un parque
público), la adjudicación de los pisos y ayudas ha de ser transparente (para evitar
corruptelas como las
adjudicaciones en Alicante) y las autonomías han de aportar estadísticas
de vivienda y un seguimiento del Plan.
Etiquetas:
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