España tiene un grave problema estructural del que casi nadie habla: el envejecimiento creciente de la población, propiciado por el aumento de la esperanza de vida, que es la más alta de Europa: 84,3 años de media, frente a 81,7 en la UE-27. Y esa esperanza de vida seguirá aumentando, hasta alcanzar los casi 87 años en 2050 y los 88 años en 2071, según las previsiones del INE. Con ello, tenemos y tendremos cada vez más personas mayores, muchas de ellas dependientes y necesitadas de cuidados. Así, si hoy hay 10,2 millones de mayores de 65 años, en 2050 serán ya algo más de 16 millones. Y los mayores de 80 años, un tercio de los cuales pueden ser dependientes, pasarán de ser 3 millones ahora (2025) a ser casi el doble en 2050 (5.811.396 personas mayores de 80 años, de ellos, 95.095 mayores de 100 años).
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lunes, 25 de mayo de 2026
Los cuidados, el gran reto social pendiente
Siguen las protestas de profesores y médicos por las
deficiencias en la sanidad y educación, pero nadie protesta por la
desatención de nuestros mayores, que esperan meses para recibir una
mínima ayuda o servicio para su dependencia. Y muchos se mueren antes de
recibirla. A punto de cumplirse los 20 años de la Ley de Dependencia,
el balance es muy preocupante: 3 de cada 4 mayores dependientes no
reciben una atención efectiva y tampoco 2 de cada 3 con limitaciones
severas. Los expertos reiteran que falta financiación para la
Dependencia y que para ampliar las ayudas y que sean más eficaces, habría que gastar
en los cuidados 12.000 millones más al año, el doble que ahora. Un reto
que hay que afrontar porque España es uno de las paises más envejecidos de
Europa y cada año habrá más dependientes: si ahora hay 3 millones de
personas con más de 80 años, en 2050 serán casi el doble (5,8
millones) y muchos necesitarán cuidados. No podemos dejarles tirados. Enrique Ortega
España tiene un grave problema estructural del que casi nadie habla: el envejecimiento creciente de la población, propiciado por el aumento de la esperanza de vida, que es la más alta de Europa: 84,3 años de media, frente a 81,7 en la UE-27. Y esa esperanza de vida seguirá aumentando, hasta alcanzar los casi 87 años en 2050 y los 88 años en 2071, según las previsiones del INE. Con ello, tenemos y tendremos cada vez más personas mayores, muchas de ellas dependientes y necesitadas de cuidados. Así, si hoy hay 10,2 millones de mayores de 65 años, en 2050 serán ya algo más de 16 millones. Y los mayores de 80 años, un tercio de los cuales pueden ser dependientes, pasarán de ser 3 millones ahora (2025) a ser casi el doble en 2050 (5.811.396 personas mayores de 80 años, de ellos, 95.095 mayores de 100 años).
Estas elevadas cifras de mayores y ancianos suponen un
gran reto para el país y sus familias. Desde hace décadas, todas
las políticas públicas reconocen que el cuidado de los mayores dependientes
no es una responsabilidad privada (de sus familias) sino “un derecho
social”, un servicio público para la cohesión social y el propio
funcionamiento del sistema económico. Y por eso, los paises desarrollados
han implantado “políticas públicas de cuidados”, como el cuarto
pilar del Estado del Bienestar, junto a la sanidad, la educación y
las pensiones. En España, en 2006 se aprobó la Ley de
Dependencia (295 votos a favor, 15 en contra y una abstención), que entró
en vigor el 1 de enero de 2007 y cumplirá ahora 20 años.
El balance de esta Ley de Dependencia tiene claroscuros,
siendo más negativo que positivo, según el
reciente estudio de CENIE. Por un lado, en estos 19 años largos se ha atendido
a 4 millones de dependientes (la mayoría mayores), aunque otro millón
se ha muerto antes de recibir alguna ayuda. En líneas generales, hay un
exceso de burocracia en el reconocimiento de la dependencia
y en la concesión de las ayudas (la espera media era en abril de 325
días, cuando la Ley marca 180 días), lo que provoca que muchos dependientes
se mueran antes de recibirlas (4 de cada 5 tienen más de 80 años). Y
además, las autonomías (que gestionan las ayudas a la Dependencia) ofrecen cada
vez más ayudas y servicios “low cost” (escasas y de poca calidad),
para llegar a más dependientes con un gasto que apenas crece. Y además, existen
grandes diferencias en la atención a la dependencia por autonomías,
unas con más dependientes desatendidos que otras. Como problema de fondo, los
expertos denuncian la infrafinanciación del sistema, la falta de
recursos públicos desde su nacimiento y ahora.
Los últimos datos de la Dependencia, del
IMSERSO, en
abril de 2026, concretan estos problemas estructurales del sistema. Primero,
la persistente desatención: había 268.850 dependientes
desatendidos a finales de abril (+6.897
que en diciembre), 116.762 pendientes de que se les reconozca una
dependencia y su grado (I,II y III, los “grandes dependientes”) y otros 152.088
dependientes que tienen reconocida alguna ayuda o servicio pero que están “en
lista de espera” para recibirlos (en el “limbo de la Dependencia). Una parte de
ellos mueren esperando esta ayuda que tienen reconocida: murieron esperando
8.996 dependientes en el primer trimestre de este año y 32.704 en todo
2025, según
los Directores de Servicios Sociales. El problema no es sólo que estas
“listas de espera” hayan crecido en 2026, sino que son muy
desiguales por autonomías. Primero, en el tiempo de resolución
de expedientes (325
días de media): son 551 días en Murcia, 457 en Andalucía,391 en
Asturias, 354 en Canarias o 350 en Madrid, frente a 117 en Castilla y León o
117 en Aragón. Y la lista de espera de las ayudas (esos 152.088 dependientes) se
concentra en Cataluña (48.695), Andalucía (32.888), Comunidad Valenciana
(16.129), Madrid (12.914) y Murcia (10.399).
El 2º problema de fondo, tras los retrasos y esperas, es que
las ayudas son escasas y de poca calidad, ayudas
“low cost”, para tratar de
llegar a más dependientes con poco coste. A finales de
abril, había 1.708.812 dependientes “atendidos”, la mayor cifra de estos
19 años, pero la mayoría recibía una ayuda económica escasa: 760.432
dependientes (el 30,87% del total) recibían una prestación económica
por ser atendidos por sus familias, una prestación muy insuficiente: 259,84
euros mensuales de media, según el
estudio de CENIE, pagando 180 euros a los dependientes Grado I, 315 euros a
los de Grado II y 455,40 euros mensuales a los de Grado III (que requieren cuidados
las 24 horas…). Actualmente, hay 2,1 millones de cuidadores en el entorno
familiar y el 67% (1,4 millones) son familiares, fundamentalmente
mujeres (4
de cada 5 cuidadores), que han tenido que dejar sus trabajos y reciben
estas ayudas públicas ridículas (que apenas pagan la quinta parte de una
cuidadora).
La 2ª ayuda a la Dependencia más extendida es la
teleasistencia (la recibían 659.786 dependientes en abril, el
26,78%), una forma barata (cuesta unos 30 euros al mes) de “atender”
a los dependientes y subir los porcentajes de atención (hay autonomías como
Madrid donde el 48,5% de los dependientes son “atendidos” con teleasistencia).
La 3ª ayuda más generalizada es la
ayuda a domicilio : la reciben 406.880 dependientes (el 16,52%), con
una media de 37,5 horas al mes, que suponen 1,24 horas diarias. Y encima hay
grandes desigualdades por autonomías (desde 76,9 horas al mes en Navarra a
53,5 horas en Galicia o 25,6 horas mensuales en Castilla la Mancha y Cataluña).
Y casi todas incumplen las horas mínimas que fijó un Decreto en 2023
(37 horas para Grado I, de 38 a 64 horas para Grado II y de 65 a 94 horas para
Grado III).
El 4º servicio o ayuda que reciben más dependientes es la
prestación económica vinculada a servicio, una especie de “cheque”
que reciben las familias para que luego contraten ellas el servicio que
quieran. Es una forma de “quitarse problemas” y de pagar poco
(entre 100/313 euros, 150/445 euros y 200/747 euros, según los Grados), sólo
una parte del coste real de los
servicios: el resto lo pagan las familias (son los “copagos” de la
dependencia). Reciben este “cheque”
242.168 dependientes, el 9,83% del total, aunque la fórmula ha ido
creciendo y es muy mayoritaria en Extremadura (la reciben el 45% de los
dependientes), Castilla y León (25,50%) y Canarias (36,71% dependientes). Casi la mitad
de estos cheques (106.568) son para que el dependiente se pague una
residencia, que cuesta 5 veces más.
Sigamos con otros servicios y ayudas a los dependientes, los
más caros y que menos se conceden. El 5º es la
atención residencial (que reciben 188.002 dependientes, el 7,63%), una
ayuda para que el dependiente vaya a una residencia (si
la encuentran: faltan 90.000 plazas). La ayuda supone entre 549,8 euros
al mes (Grado II) y 566,9 euros (Grado III), subvención que sólo
paga un tercio del coste real de la residencia. Y el 6º servicio más
ofrecido son los
Centros de día y noche (lo reciben 111.632 dependientes, el 4,53% del
total).
Al final, el balance de estos 19 años de Ley de Dependencia
refleja que se trata de “un derecho cojo”, que deja a muchos
dependientes desatendidos (el 11,5% esperan que les reconozcan un
grado o les llegue la ayuda reconocida, porcentaje
que alcanza al 24% en Canarias, el 19,2% en Cataluña, el 18,8% en Murcia ,
el 15,8% en Asturias y el 14,4% en Extremadura) y que concede escasas ayudas
económicas y servicios “low cost” a los atendidos. Pero lo más preocupante
es que el sistema de la Dependencia, la 4ª pata (coja) del Estado
del Bienestar deja a muchos dependientes fuera: casi las tres cuartas
partes (el 72,4%) de los mayores de 65 con alguna limitación no reciben
ayudas y 2
de cada 3 mayores con limitaciones severas (el 63,1%) carecen del
apoyo público adecuado, según el estudio de CENIE (Centro Internacional
sobre el Envejecimiento).
Esta desatención a los mayores dependientes
obliga a realizar un
enorme esfuerzo a sus familias, tanto económico como de tiempo,
especialmente a las mujeres que tienen que cuidar a sus padres,
esposos o hijos dependientes (recordemos: 4
de cada 5 cuidadoras son mujeres), lo que hunde en muchos casos sus
carreras profesionales y sus pensiones. El coste para una familia de
atender a un dependiente supone unos 10.105 euros anuales, según
un estudio de la Cámara de Comercio de Barcelona, pero el coste es mayor en
muchos casos: atender a una persona con Alzhéimer tiene un coste de 24.000
euros anuales, según
CaixaBank, que estima que las familias asumen el 87% de este gasto (20.880
euros), financiando el sistema el 13% restante. En los últimos años, las
familias con dependientes han visto que, a pesar de las ayudas, tienen
que hacer copagos más altos. De hecho, en 2025, las familias pagaron
2.356 millones, casi el 20% del coste
total de los servicios de la Dependencia (11.847 millones). Mucho
más que los copagos en educación y sanidad.
Visto lo visto, el estudio
de CENIE y los
balances de los Directores de Servicios Sociales (DGSS) coinciden en un
punto: la principal causa de la desatención a los dependientes es la falta
de financiación a la Dependencia, desde 2007 que se inició el sistema
hasta hoy (agravado por los recortes de Rajoy, -6.321 millones a la
Dependencia entre 2012 y 2020). Y como en las próximas décadas se van a
duplicar los dependientes (recordemos: habrá 5,8 millones de españoles
mayores de 80 años en 2050), hay que plantearse aumentar el gasto en
Dependencia. El estudio
CENIE propone duplicar el gasto actual en Dependencia (12.000
millones en 2025, el 0,71% del PIB) para 2030, hasta los 24.000
millones de euros anuales, el 1,3% del PIB, todavía menos de lo que
se gastan ahora en Dependencia los 38 paises de la OCDE (1,7% del PIB), en Paises
Bajos (4,1%) o en Suecia (3,7%). Y aunque supone duplicar el gasto, todavía
queda lejos de lo que España gasta ahora en pensiones (190.000
millones), sanidad (105.000 millones) o educación (75.000
millones).
Los expertos reiteran que el coste de la Dependencia
no es un gasto sino una inversión, porque tiene un
gran impacto en la economía : por cada euro destinado a la
Dependencia, el impacto en la economía (en sectores como el comercio, la
hostelería, la construcción, la industria, energía y actividades profesionales)
es de 1,6 euros, según el
estudio de CENIE. Y además, por cada euro gastado en Dependencia retornan
0,49 euros en ingresos por cotizaciones sociales e impuestos.
Actualmente, el sector de los cuidados emplea
a 770.760 trabajadores
(328.544 en atención residencial) y se estima que podría dar
trabajo a 440.000 más para 2030 si se mejora y generaliza la atención a
la Dependencia. Además, los cuidados informales (en el hogar) a los
dependientes suponen una
importante “economía invisible”, que no se cuantifica en el
PIB (aporta entre 60.000 y 79.000 millones anuales).
Pero no se trata sólo de gastar más en
Dependencia. El estudio
de CENIE y los
expertos coinciden en que urge hacer dos cambios de fondo
en el sistema. Uno, mejorar la gobernanza, reduciendo
la excesiva burocracia actual (hay dos procesos, uno para reconocer la
dependencia y otro para evaluar y aprobar las ayudas) y simplificando los
expedientes, para “universalizar” la atención, estableciendo además unos estándares mínimos
para reducir las desigualdades regionales. Y el otro, cambiar el
modelo de asistencia y ayudas, para priorizar los servicios
profesionales frente a las ayudas económicas, aumentado coberturas y calidad,
impulsando la asistencia personal y fomentando la atención en el hogar frente
a las residencias, que deben ser más pequeñas y atractivas. Y en este
camino, resulta clave reducir la precariedad y mejorar la formación, profesionalidad
y salarios del personal que atiende a los dependientes.
En resumen, ante
un envejecimiento imparable en España, urge avanzar hacia
un sistema de cuidados universal, equitativo y sostenible, lo que
exige duplicar el gasto actual y modificar
radicalmente la gestión actual de la Dependencia, para hacerla más ágil
y eficaz, un cambio que exige pactarlo entre el Gobierno y las autonomías (algo
hoy inviable). Hay que tomárselo en serio y crear un sistema de atención a la
Dependencia más eficaz, que afronte el reto de duplicarse los
dependientes para 2050. Hoy tenemos
un derecho social que no se garantiza, por falta de medios. Si
queremos reforzar el Estado del Bienestar, no sólo hay que pensar en la
sanidad, la educación o las pensiones. Hay que pensar en el futuro de
nuestros mayores. No podemos dejarles “tirados”.
España tiene un grave problema estructural del que casi nadie habla: el envejecimiento creciente de la población, propiciado por el aumento de la esperanza de vida, que es la más alta de Europa: 84,3 años de media, frente a 81,7 en la UE-27. Y esa esperanza de vida seguirá aumentando, hasta alcanzar los casi 87 años en 2050 y los 88 años en 2071, según las previsiones del INE. Con ello, tenemos y tendremos cada vez más personas mayores, muchas de ellas dependientes y necesitadas de cuidados. Así, si hoy hay 10,2 millones de mayores de 65 años, en 2050 serán ya algo más de 16 millones. Y los mayores de 80 años, un tercio de los cuales pueden ser dependientes, pasarán de ser 3 millones ahora (2025) a ser casi el doble en 2050 (5.811.396 personas mayores de 80 años, de ellos, 95.095 mayores de 100 años).
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jueves, 13 de noviembre de 2025
Somos casi 50 millones
El INE ha publicado este martes los censados en España: 49.442.844
habitantes. Somos casi 50 millones, el doble que en 1940 y 10
millones más habitantes que a comienzos del siglo. Y la
previsión es rondar los 55 millones de habitantes en 2050, a pesar de la
caída de la natalidad, a la mitad (de 2,77 hijos por mujer en
1975 a 1,12 en 2024). Este “milagro demográfico” es posible
gracias a los inmigrantes: 1 de cada 5 censados hoy en
España han nacido fuera, son 9,8 millones de habitantes. Y estos inmigrantes (2,7
millones ya nacionalizados españoles) van a aumentar, hasta ser 17,5
millones habitantes nacidos fuera de España en 2050, 1 de cada 3, según
las proyecciones del INE. La población seguirá creciendo gracias a
los inmigrantes, porque los nacidos en España seguirán cayendo
(como pasa desde 2015) hasta 2050: serán 2,3 millones menos que ahora.
Eso obliga a integrarlos en la economía y la sociedad, porque los
necesitamos, no convertirlos en un arma política de la
derecha y ultraderecha. Enrique Ortega
La población residente en España ha crecido de una forma imparable desde el final de la Guerra Civil. Si el Censo de 1900 reflejaba 18.618.086 habitantes, en los años 30 eran ya 23,67 millones y en 1940 el nuevo Censo de los vencedores registraba 26.015.907 habitantes. A partir de ahí, se superan los 30 millones en 1960 y a la muerte de Franco, en noviembre de 1975, éramos 35,8 millones de españoles. El nuevo siglo XXI comienza superando los 40 millones (40.470.182 el 1 de enero 2000) y se sobrepasan los 45 millones de habitantes al final del boom económico (el 1 enero 2008). Y después, la población sigue creciendo año tras año, hasta un máximo de 46.818.216 habitantes censados en enero de 2012. A partir de ahí, la población residente cae durante 4 años, hasta el 1 de enero de 2016 (46.418.884 habitantes), por la fuga de inmigrantes tras la crisis. Pero luego vuelven y la población total residente en España crece año tras año (incluso durante la pandemia) hasta alcanzar los 49.077.984 de habitantes a finales de 2024.
Este año 2025 la población de España ha seguido aumentando y
el Censo publicado este
martes por el INE registra ya 49.442.844 habitantes, 345.967 más que
a finales de 2024. Y retrata el perfil de los que vivimos en España ahora:
39.617.578 hemos nacido aquí y otros 9.825.266 residentes han nacido fuera de
España (aunque 2,7 millones están nacionalizados españoles: los considerados “extranjeros”
son 7.132.324 habitantes). Esta es una tendencia de las últimas décadas: la
población en España crece porque crecen los inmigrantes que vienen y viven
aquí: los residentes nacidos fuera de España eran 2,33 millones
en 2002, se duplicaron hasta los 5,2 millones en 2007, pasaron a ser 6,68
millones en 2012 y ahora (1 octubre) son ya 9,85 millones. A lo claro, que 1
de cada 18 censados en 2002 (el 5,6%) habían nacido fuera de España y ahora
son 1 de cada 5 habitantes (el 19,87%).
Este fuerte aumento de inmigrantes ha permitido compensar
estos años el relativo estancamiento de la población nacida en España
primero (de 38,7 millones en 2002 a 39,58 en 2007 y 40,13 millones en 2012) y,
después, la caída de esa población nacida en España desde 2015: éramos
40.541.831 habitantes nacidos aquí en enero de 2015 y somos 39.617.578 el 1 de
octubre pasado. Casi 1 millón de habitantes menos nacidos en España
(-924.253) debido a la caída de la natalidad en estos años y los
anteriores: si nacían 2,77 niños por mujer en 1975, cayeron a 1,26 en el año
2.000 y a 1,12 en 2024, lo que explica el bajo crecimiento de la población
nacida en España y la caída a partir de 2015.
Esta preocupante situación de la demografía en España
(nacen pocos niños, porque las mujeres españolas tienen menos niños y a edades
más tardías, mientras el 31,3% de todos los niños que nacieron en 2024 fueron
de madres extranjeras) va a continuar en los próximos años, según las
últimas proyecciones
de población del INE hasta 2074. Ahí estiman que la población nacida en
España seguirá cayendo, hasta los 37.331.032 habitantes en 2049, 2,28
millones menos que ahora. Y que caerá después, hasta los 33,3 millones de
habitantes nacidos
en España en 2074: serán 6.307.920 habitantes autóctonos menos
que hoy. Y eso porque la tasa de natalidad seguirá baja, aunque algo más
alta que hoy (el INE estima que será de 1,4 hijos por mujer en 2050, todavía
muy por debajo de los 2,1 hijos por mujer que hacen falta para que no caíga la
población nativa).
Este “apocalíptico” panorama demográfico, pasar de 39,6
millones de nacidos en España hoy a 33,3 en 2074, no será tan grave, porque
esta pérdida de población se va a compensar con creces con la entrada de
extranjeros: el
INE prevé que los 9.825.266 habitantes actuales nacidos fuera de España (insisto: 2,7
millones ya nacionalizados españoles) suban a 17.503.600 millones en 2049
(el 32% de la población total) y a 21.278.537 millones en 2074 (el 39%
de la población total). A lo claro: que la población residente nacida
fuera de España pase de ser 1 de cada 5 hoy a ser la tercera parte
en 2050 y 1 de cada 2,5 habitantes en 2074.
Este aluvión de inmigrantes permitirá, según el INE, que la
población censada en España siga creciendo en las próximas décadas. En 2026
alcanzaremos los 50 millones de habitantes y la previsión es llegar a 2049
con 54.834.632 habitantes censados. Y que en la segunda mitad de este
siglo, la población en España crezca ligeramente hasta un máximo histórico de 54.969.675
habitantes en 2054 (+5,52 millones que hoy), para caer ligeramente después
(por la menor entrada de inmigrantes), hasta los 54,74 millones de habitantes
en 2069 y los 54.588.195 habitantes esperados por el INE para
2074 (+5,14 millones más que hoy).
La revolución demográfica que viene ya no es
sólo que aumentará la población (y por tanto las necesidades económicas y
sociales del país), sino que esa población española será diferente,
con más viejos y menos jóvenes. Los mayores de 65 años
pasarán de ser el 20,4% de la población en 2024 al 30,5% en 2055,
según el INE, lo
que disparará el gasto en pensiones, sanidad, Dependencia y servicios sociales.
Pero además, en paralelo, se reducirá el porcentaje de jóvenes en edad de
trabajar (de 20 a 64 años), pasando del 60,9% de la población total al 53,7%
en 2051 (aunque se recuperarán hasta el 54,2% para 2074). Eso supone menos
población para trabajar, pagar impuestos y cotizar para sostener las pensiones.
El dato es muy preocupante: si en 2023 teníamos una “tasa
de dependencia” del 53,4% (proporción de mayores de 64 años y
menores de 16 sobre los activos), en 2053 será del 75,3%. A lo claro: si ahora
tenemos dos personas en edad de trabajar por cada niño o mayor, en 2054
habrá 4 activos por cada 3 pasivos (que necesitan la aportación de los
que están en edad de trabajar). O sea que habrá menos para crear riqueza y
más para consumirla.
Por eso resulta clave que la población total siga
creciendo, algo que sólo puede suceder por dos vías: o
las familias tienen más hijos (algo que no se espera a medio
plazo y menos si no hay políticas agresivas de fomento de la natalidad) o
necesitamos más inmigrantes. La previsión del INE
es que la inmigración neta (los que entran menos los que salen),
que lleva desde 2022 aumentando por encima de los 700.000 inmigrantes netos
anuales (+ 787.195 en 2024), continúe otros 2 años más creciendo a ese nivel
(+775.198 en 2025 y +723.055 en 2026), para continuar otros dos años aumentando
por encima del medio millón al año (+652.597 en 2027 y
+578.003 en 2028), para bajar después (+407.477 inmigrantes netos
anuales entre 2029 y 2033) y reducirse a unas entradas netas inferiores a las 300.000
anuales (menos de la mitad que ahora) a partir de 2034 y hasta 2074.
Como se ve, son “flujos” netos de inmigrantes muy
importantes, sobre todo hasta 2028. Por eso urge
una política de inmigración a medio plazo, no sólo para regular
estas entradas y tratar de “redirigirlas” hacia los empleos, sectores y
zonas que más interesen, sino sobre todo para “integrar” de verdad a estos “nuevos
españoles”, porque vamos a ser un país más diverso: no
tiene nada que ver la España de 2002, con 1 de cada 18 habitantes
nacidos fuera, con la España de hoy (con 1 de cada 5 habitantes
foráneos) y menos aún con la España de 2049 (con un tercio
de la población nacida en el extranjero). Eso pasa por políticas activas
de “integración”, para incorporar mejor a esta población, desde
las políticas de empleo y vivienda a la enseñanza, la sanidad, los servicios
sociales o las pensiones.
Y en paralelo, ser un país con 50 millones de habitantes
debería llevar al Gobierno y a nuestros políticos, autoridades locales y
autonómicas a repensar las políticas de ordenación del territorio y los
servicios públicos y sociales, porque no es lo mismo atender a esos 50
millones que a los 35,8 millones que vivían en España a la muerte de Franco. “Hay
que tomar medidas para que la demografía no nos aplaste”, alerta
el economista Daniel Manzano. Y es que detrás de la crisis de la
sanidad, de la educación, de la vivienda y de los servicios sociales está
el hecho de que en España vivimos casi 15 millones de personas más que
hace medio siglo y, sin embargo, ni los servicios públicos ni la vivienda ni
las infraestructuras han invertido medios y recursos suficientes para
afrontar ese aluvión de población.
Además, tenemos que prepararnos para un
futuro donde habrá todavía más población, mucho más envejecida y
con más peso de habitantes nacidos fuera de España. Esto debería tenerse
en cuenta para casi todo, para articular
una estrategia demográfica que tenga en cuenta otro tipo de
hogares (con menos personas y más mayores: 2 de cada 3 hogares estarán
integrados en 2050 por una o dos personas, cuando ahora son la mitad), la
mayor proporción de personas mayores (casi un tercio) y la enorme
importancia de los inmigrantes (un tercio de la población en 2050, aunque
muchos consigan la nacionalidad española). Cambios demográficos
que exigen cambios económicos, territoriales, sociales y culturales.
Y sobre todo, vamos hacia una sociedad “mucho más
diversa” (ya lo es), que exige un comportamiento político y
social “más plural”, más tolerancia y diálogo para asegurar una
convivencia que impone la demografía y la economía. Las cifras son
tozudas y el futuro las afianza: la España de hoy no tiene nada que ver con
la de hace 50 años y basta con salir a la calle en cualquier pueblo o
ciudad para comprobarlo. El gran reto de este siglo XXI, junto al
clima y la tecnología, es la
demografía. Y todos los paises y Gobiernos deben aprender a “gestionar
la diversidad”, mientras los ciudadanos cambiamos nuestra mentalidad ante
el
gran Cambio Demográfico. Habría que abrir un gran debate político,
económico y social sobre la población y los cambios demográficos, para
aprovechar al máximo su potencial económico, social o cultural y minimizar sus efectos
adversos.
La población residente en España ha crecido de una forma imparable desde el final de la Guerra Civil. Si el Censo de 1900 reflejaba 18.618.086 habitantes, en los años 30 eran ya 23,67 millones y en 1940 el nuevo Censo de los vencedores registraba 26.015.907 habitantes. A partir de ahí, se superan los 30 millones en 1960 y a la muerte de Franco, en noviembre de 1975, éramos 35,8 millones de españoles. El nuevo siglo XXI comienza superando los 40 millones (40.470.182 el 1 de enero 2000) y se sobrepasan los 45 millones de habitantes al final del boom económico (el 1 enero 2008). Y después, la población sigue creciendo año tras año, hasta un máximo de 46.818.216 habitantes censados en enero de 2012. A partir de ahí, la población residente cae durante 4 años, hasta el 1 de enero de 2016 (46.418.884 habitantes), por la fuga de inmigrantes tras la crisis. Pero luego vuelven y la población total residente en España crece año tras año (incluso durante la pandemia) hasta alcanzar los 49.077.984 de habitantes a finales de 2024.
Necesitamos otro Pacto nacional por la demografía y la inmigración,
como el alcanzado por las pensiones o la violencia de género y el solicitado contra
la Emergencia Climática. No podemos dejar que esta nueva realidad
demográfica y migratoria sea sólo un
arma política de la derecha y la ultraderecha. Hay que adaptarse a
los cambios y sacarlos partido para mejorar el futuro. Menos demagogia y
mentiras, más debate y medidas eficaces.
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jueves, 30 de octubre de 2025
El negocio de la muerte: la "burbuja" funeraria
Este fin de semana recordamos a nuestros difuntos,
una ocasión para conocer los entresijos del sector funerario en España. El
negocio “más seguro”: cada día mueren 1.188 personas, un 50% más
que hace 45 años. Y con futuro: en 2050 habrá 548 muertos
más al día. Esto propicia que las grandes empresas de servicios
funerarios hayan creado una “burbuja” de tanatorios (casi 6 plazas por
cada muerto diario) y crematorios: hay tres por cada incinerado y
tenemos el 45% de toda Europa. Este exceso de oferta y costes, más la
concentración de las funerarias (las 5 grandes controlan un tercio de los
funerales) han encarecido los funerales, con un coste entre 3.700 y
5.000 euros, que alimentan el negocio junto a los “seguros de decesos”,
el 2º más popular: hay 22,2 millones de españoles que pagan por su
futuro entierro, a pocas aseguradoras, que también controlan las
funerarias. Un negocio con poca competencia y transparencia, sin
una Ley y regido por un Decreto de 1974. Enrique Ortega
Los servicios funerarios son un negocio “seguro” y con gran “futuro”. Desde 2015, en España hay más muertes que nacimientos, por primera vez desde la Guerra Civil, debido a la caída de la natalidad y al envejecimiento de la población (hoy, 3 millones de españoles tienen más de 80 años, el 6,20% de la población, frente al 3,4% en 2001), por el aumento de la esperanza de vida (de 50 años que se vivía de media en 1941 a 84 años en 2025). La consecuencia es que las defunciones han aumentado un 50% en los últimos 45 años, saltando de 289.344 fallecidos en 1980 a 360.391 en el año 2.000, 402.950 en 2012, 493.796 en 2020 (por el COVID) y 433.547 en 2024 (y 303.935 este año, hasta finales de agosto, según el INE). Eso significa que hemos pasado de 792 entierros diarios en 1980 a 1.188 en 2024.
Pero además de que ha aumentado un 50% la mortalidad y los
entierros, las previsiones apuntan a que habrá más defunciones en
el futuro, porque seguirá aumentando la esperanza de vida
(87,5 años de media en 2061) y el envejecimiento de la población
(el 13% de los españoles tendrán más de 80 años en 2060, el doble que ahora). La
estimación del INE para los años 2030-50 es que haya 483.250 muertes en
2030, 549.250 en 2040 y 633.580 fallecidos en 2050 (200.000 más que
en 2024). Y que la mortalidad siga creciendo, hasta alcanzar un máximo de
defunciones en 2065: 707.570 fallecidos dentro de 40 años, 1.938
muertos al día (casi el doble de los 1.188 de 2024).
Con estos datos, es normal que muchas empresas e inversores
(incluso Fondos extranjeros) se hayan apuntado en las últimas décadas al “negocio
de la muerte”, a ofrecer servicios funerarios, una actividad con
sólo medio siglo de historia en España. Antes, los fallecidos se
velaban en casa y sólo se generaba actividad con los ataúdes, nichos y lápidas.
Pero a partir de los años 70 (el primer tanatorio se abrió en Barcelona en
1968), surgió un negocio nuevo: la
oferta de servicios funerarios completos a las familias de los
fallecidos. Primero fueron compañías de seguros las que crearon empresas
funerarias y luego invirtieron constructoras y pequeños empresarios locales. Y en
este siglo, con el “boom” de la construcción y el tirón de ingresos de
los Ayuntamientos, proliferaron tanatorios y crematorios municipales, incluso en
pequeños pueblos. Y después, las aseguradoras. Y así, ahora nos
encontramos con una
“burbuja
funeraria”, miles de tanatorios y crematorios medio vacíos.
Actualmente, hay en España 2.525 tanatorios (100 más
que en 2016), con una capacidad de 7.000 salas de velatorio, según los
últimos datos (2023) de la patronal Panasef. Eso indica que hay disponibles
5,9 salas por cada persona que fallece al día (1.188 en
2024), un exceso claro de capacidad, más notorio en algunos pueblos y ciudades.
Y aún es peor la “sobrecapacidad” de los crematorios disponibles: había 537
hornos crematorios en 2023 (eran 380 en 2016), según Panasef, con una
capacidad de hacer 1.549 incineraciones al día. Y eso supone el triple de la
actual demanda, dado que en España se realizan
unas 570 incineraciones al día (al 47,78% de los fallecidos en 2023, cuando
sólo se incineraban el 16% de los muertos en 2005). Esta “burbuja” de hornos
crematorios, fomentada por las funerarias, lleva a que España
acapara casi la mitad de los crematorios de Europa (el 45% del
total), casi duplicando los de Reino Unido (315), duplicando con creces los de
Francia (206), triplicando los de Alemania (164) y multiplicando por 6 los
crematorios de Italia (87). Y sólo Madrid (33) tiene más crematorios que toda
Bélgica (21), Portugal (20) o Austria (15).
Estos tanatorios y crematorios han aumentado su
facturación en los últimos años, al rebufo de la mayor mortalidad y la
subida de tarifas. En 2024, la
patronal estima una facturación del negocio funerario de 1.719 millones
de euros, un aumento de ingresos del +2,38% sobre 2023 y del +16,85% sobre la
facturación en 2015 (1.471 millones de euros), según Panasef.
El sector funerario se ha ido concentrando en los últimos
años, porque las grandes empresas se han dedicado a comprar funerarias
locales para crecer: así en 2007 había en España 1.616 empresas funerarias,
que se redujeron a 1.300 en 2019 y que rondaban las 1.000 funerarias en 2024 (en
menos de dos décadas se han perdido un tercio, el 38%).
“La gasolina” del negocio funerario son los
seguros de decesos, un seguro que pagan ahora 22,2 millones de españoles,
según
datos de Unespa, y que es el 2º
más popular tras el seguro del automóvil (obligatorio). Este es un
seguro “typical spanish”, que no existe en ningún otro país europeo: su
origen, a principios del siglo XX, son las colectas para pagar a las
familias de los pescadores gallegos muertos en el mar y se generalizó en forma
de seguro en
los años 60 y 70, con el éxodo del campo a la ciudad de miles de
españoles a los que preocupaba su futuro entierro. Y así, hay muchas generaciones
que han pagado el “seguro de entierro” desde su juventud y muchos son los que
ahora mueren. Pero también se ha popularizado en sus hijos y familias,
con una potente publicidad (recordar el
anuncio “contigo” de Santa Lucía…).
Estos seguros de decesos son los que pagan
actualmente 6 de cada 10 funerales, para lo que recaudan unas
primas en alza: 2.835 millones en 2024, según
Unespa, un +5,5% que en 2023 y el doble que en 2005 (las primas de decesos
recaudaron entonces 1.370 millones). Las tarifas de este seguro, para
cubrir los futuros gastos de entierro, son muy variadas y oscilan
entre 50 y 500 euros anuales, aunque varían mucho según la edad,
el lugar de residencia y los servicios contratados: la póliza cuesta entre
200 y 400 euros al año para las personas de mediana edad y suben a más de 600
euros si el asegurado tiene más de 60 años. En general, se recomienda la
prima “nivelada”, que paga casi lo mismo cada año, aunque muchos
expertos creen que los asegurados acaban pagando más del coste de su entierro.
Las aseguradoras que controlan estos “seguros de
decesos” son prácticamente las
mismas que controlan las funerarias a las que pagan los servicios.
La líder
de estos seguros de entierro es Santa Lucía (dueña de la funeraria
Albia), con 2,5 millones de aseguradores y una cuota del 30,31% del seguro de
decesos en 2024. Le siguen la aseguradora Ocaso (dueña de Servisa), con
el 17,4% de cuota del mercado de seguros de decesos, Mapfre (dueña de
Enalta), con 2 millones de asegurados de decesos y el 14,2% de cuota en 2024, Catalana
de Occidente (dueña de Mémora), con el 5% de cuota) y SegurCaixa Adeslas
(4,7% de cuota), la única aseguradora que no controla una funeraria.
Al final, el exceso de oferta (la “burbuja” de
tanatorios y crematorios supone altos costes), el elevado personal (12.889
empleados en el sector funerario, más de 10 por cada fallecido al día) y, sobre
todo, la
falta de competencia, derivada de la enorme concentración de las 5
grandes empresas funerarias y la coincidencia de sus dueños (las grandes
aseguradoras) hacen que sea un sector con mucha concentración y poca competencia,
lo que acaban pagando los usuarios, con unas tarifas
funerarias elevadas y en aumento: el coste de un servicio funerario medio
es de 3.700 euros, según
la OCU, y supera los 5.000 euros en las grandes capitales y a poco
que se contraten varios servicios. Un coste que crece año tras año,
básicamente porque las
funerarias ofrecen cada vez servicios más completos, que suman al
féretro y el tanatorio otros servicios complementarios, desde audiovisuales,
libros digitales, ceremonias en streaming o excursiones en catamarán para tirar
las cenizas…
Pero el sector funerario hace años que está bajo
vigilancia de la Comisión de la Competencia (CNMC), que ha abierto varios
expedientes a funerarias por denuncias
de pequeñas funerarias contra las compras de las grandes y por atentar
contra la competencia: la última, en 2025, un
expediente de la CNMC a Mémora, por no haber respetado los compromisos que
adquirió en Zarauz tras la compra de las funerarias vasco navarras Rekalde e
Irache, por lo que ha
pagado una multa de 108.000 euros. Y ya en octubre de 2021, la
CNMC frustró la fusión de dos grandes funerarias, Albia y Funespaña.
Antes, en
2014, la CNMC habló de “connivencia
entre empresas y Ayuntamientos”
para impedir la libre competencia en los cementerios y servicios
funerarios, en perjuicio de los usuarios. Y en 2006, un
informe del Tribunal de Cuentas ya denunciaba “grandes diferencias”
de precios de los servicios funerarios entre ciudades, algo que se mantiene
actualmente, según
datos de la OCU.
En definitiva, estamos ante un sector funerario muy
concentrado, con poca competencia y dominado por las grandes aseguradoras, que
controlan mercados y precios, con la “connivencia” de hospitales (que “recomiendan”
funerarias y servicios). Y que se aprovechan en sus ofertas de unos
consumidores que pasan por un mal momento de ánimo (la muerte de un ser
querido) y que no están para buscar y comparar, aunque proliferan los
comparadores de precios y servicios (como
Funos). Y a los que cada vez se les sube la factura final, ofreciéndoles
servicios más “atractivos”. Y todo ello es posible porque el sector
funerario carece de una Ley propia: todavía se rige por el Decreto de
Policía Sanitaria Mortuoria de 1974. Aznar liberalizó el sector en
1996 y Zapatero aprobó la primera Ley
de Servicios Funerarios en 2011,
pero la Ley no llegó a aprobarse nunca, por el fin de la
Legislatura. Y aunque Rajoy se
la prometió a Bruselas en 2014, sigue pendiente…
En resumen, la muerte se ha convertido en un gran
negocio y en un coste creciente para las familias,
que no tienen tiempo ni ganas para elegir cómo entierran a sus seres queridos,
mientras la oferta se concentra y las grandes funerarias imponen condiciones,
con poca
transparencia y sin una Ley que ponga orden y competencia en el sector,
evitando los abusos y unos precios disparados. Hasta morirse es caro.
Los servicios funerarios son un negocio “seguro” y con gran “futuro”. Desde 2015, en España hay más muertes que nacimientos, por primera vez desde la Guerra Civil, debido a la caída de la natalidad y al envejecimiento de la población (hoy, 3 millones de españoles tienen más de 80 años, el 6,20% de la población, frente al 3,4% en 2001), por el aumento de la esperanza de vida (de 50 años que se vivía de media en 1941 a 84 años en 2025). La consecuencia es que las defunciones han aumentado un 50% en los últimos 45 años, saltando de 289.344 fallecidos en 1980 a 360.391 en el año 2.000, 402.950 en 2012, 493.796 en 2020 (por el COVID) y 433.547 en 2024 (y 303.935 este año, hasta finales de agosto, según el INE). Eso significa que hemos pasado de 792 entierros diarios en 1980 a 1.188 en 2024.
Y el proceso de concentración sigue mes a mes, con lo que
las grandes funerarias (las “5 grandes”) copan cada vez más mercado, un
tercio del total (del 30 al 35%), mientras las pequeñas y medianas
funerarias locales (80% del sector) sólo tienen un 19% de cuota (y bajando).
Actualmente, las aseguradoras dominan las grandes funerarias. La
líder del sector, Mémora (facturó
262,8 millones en 2024 y tiene casi 16% de cuota de mercado), es propiedad
de la aseguradora Catalana de Occidente (Occident), que la compró
en febrero de 2023 al Fondo de pensiones de los profesores de Ontario (Canadá).
Le sigue Albia, propiedad de la aseguradora Santa Lucía,
con casi 200 millones de facturación y una cuota del 12%. En tercer lugar está Enalta
(antes Funespaña), controlada por Mapfre, que factura
unos 100 millones y roza el 7% de cuota. Le sigue Servisa, de la
aseguradora Ocaso, con unos 85 millones de facturación y 5% de
cuota. Y la 5ª mayor funeraria es el grupo ASV, ligada a la familia
alicantina Payá y Meridiano Seguros, con 57 millones de
facturación (4% cuota). En total, los servicios funerarios gestionados por
aseguradoras suponen el 69,2%.
Las
empresas se defienden diciendo que los servicios funerarios sólo suponen el
57,9% de la tarifa del entierro y otro 15,2% es el coste de la inhumación o
incineración (que ofrecen normalmente ellos), mientras que el resto son servicios
complementarios los cobran otros (12,8% supone el pago de tasas y certificados,
iglesia, esquelas, coronas, flores y lápidas), suponiendo un 14,9% el pago
del IVA (21%, el 4º más alto de Europa para un funeral).Las empresas funerarias se agarran
precisamente al IVA para justificar que hasta 750 euros de un entierro se los
lleva Hacienda (recauda 300 millones anuales por los sepelios). Se quejan de
que varios paises, como Francia, Portugal e Italia, tienen un IVA del 5 al 10%
y otros nada, mientras en España es el 21% (sólo las flores tienen el 10% de
IVA). Y por eso piden
al Gobierno que rebaje el IVA de los servicios funerarios al 10%.
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jueves, 16 de octubre de 2025
Funcionarios: la mitad se jubila en 10 años
Los sindicatos denuncian que desde el 1 de abril están paralizadas
las jubilaciones parciales de los trabajadores públicos,
porque la nueva normativa exige sustituirlos por jóvenes con contrato fijo y
eso no lo pueden hacer los Ayuntamientos, autonomías y la Administración
central sin convocar oposiciones. Además, los funcionarios de carrera no
pueden acogerse a la jubilación parcial desde 2012 y la nueva Ley de
Función Pública que se lo permitirá está paralizada en el Congreso desde
julio de 2024. Así que hay problemas para que los jóvenes sustituyan a los empleados
públicos, más envejecidos que el resto de los trabajadores: el 57% de
los funcionarios tienen más de 50 años y casi 90.000 se jubilarán en los
próximos 10 años. Por eso es importante facilitar su relevo por jóvenes, permitiendo
su jubilación parcial a partir de los 62 años, algo imposible hoy y que sí
pueden hacer las empresas privadas. Hay que fomentar la entrada de jóvenes en la Administración, para dinamizarla y modernizarla. Los funcionarios son los trabajadores más envejecidos (57,16% tienen más de 50 años)
España es un país envejecido, tanto en su población (el 43% tienen más de 50 años) como en su mano de obra (el 33,5% de los trabajadores asalariados tienen más de 50 años). Pero el envejecimiento es mayor entre los empleados públicos (44,96%) que entre los que trabajan en empresas privadas (sólo el 30,82% tienen más de 50 años). Y dentro de los trabajadores de la función pública, los más envejecidos son los funcionarios y personal estatutario (personal sanitario), donde más de la mitad de los empleados (el 57,16%) tienen más de 50 años, según el último informe del Ministerio de la Función Pública.
Así que los que trabajan para la Administración
pública (3.521.900 empleados en junio, según la EPA) tienen más edad media que el resto de
trabajadores, lo que va a provocar que en los próximos 10 años se jubilen casi
la mitad, algo que hay que preveer desde ya porque si no se deteriorarán más
los servicios públicos, en general faltos de personal y con plantillas muy
precarias: 908.800 trabajadores públicos, el 27,8% del total tienen
contrato temporal, un dato por el que nos ha llamado la atención
Bruselas y los Tribunales europeos. Mientras el Gobierno se compromete a bajar
esta tasa al 8% a medio plazo, con oposiciones y regularizaciones.
El reciente estudio
del Ministerio de la Función Pública se centra sólo en el envejecimiento de
una parte de los empleados públicos, los funcionarios de carrera y el personal
estatutario (de la sanidad) de la Administración General del Estado, en total
539.257 personas (de los 3,5 millones que trabajan para el sector público), sin
informar de los funcionarios y empleados que trabajan en autonomías,
Diputaciones y Ayuntamientos. De ellos, 282,003 son personal de las Fuerzas
Armadas, Policía, Guardia Civil y Administración de Justicia, por lo que el
estudio se centra en los 242.409 empleados públicos restantes que
trabajan en Ministerios, empresas públicas , Agencias estatales y Universidades
no transferidas.
Pues bien, de estos 242.409 empleados públicos en la
Administración Central, el estudio se fija en el envejecimiento de los
funcionarios de carrera (141.426 personas, el 57,58% con más de 50 años) y
del personal laboral fijo (39.504 personas, el 66,29% con más de 50 años),
el “cogollo” del personal de la Administración central del Estado, con una tasa
de envejecimiento (57,16% tienen más de 50 años) muy superior a la del conjunto
de los trabajadores españoles (el 33,4% tienen más de 50 años).
Este alto envejecimiento del núcleo de nuestra
Administración pública se traduce en que la
mitad se van a jubilar en los próximos 10 años, según el estudio
del Ministerio: para 2035 se habrán jubilado el 49,53% de la plantilla actual: serán
89.690 empleados públicos jubilados en los próximos 10 años, 67.448
funcionarios de carrera y 22.242 del personal laboral, concentrados más en
algunas categorías y Departamentos. Una pérdida de personal (repito, el 49,53%
de los empleados actuales) que será muy importante en sus trabajos y cuya
sustitución hay que preparar desde ya para mantener y no deteriorar los
servicios públicos.
El estudio
del Ministerio prevé convocar nuevas plazas y oposiciones en la próxima
década, para incorporar a 104.789 nuevos empleados públicos (82.665
funcionarios de carrera y 22.124 personal laboral fijo), con lo que se
cubrirían con creces las 89.690
jubilaciones previstas (con un saldo neto de 15.099
empleados, todos funcionarios de carrera). El problema es que el estudio no
informa de las jubilaciones previstas en el conjunto de la Administración
pública, es decir, cuántos de los 3,5 millones que hoy trabajan para la
Administración central, empresas públicas, autonomías, Diputaciones y
Ayuntamientos se van a jubilar de aquí a 2035. Si la tasa de envejecimiento es
similar, habría que sustituir a 1,7 millones de trabajadores públicos en
la próxima década, una tarea muy compleja, que exige convocar múltiples
oposiciones y preparar numerosas contrataciones de personal público, si no
queremos que se deterioren aún más los servicios públicos y la atención al
ciudadano.
Una medida que podría ayudar a rejuvenecer las plantillas
públicas es la jubilación anticipada o parcial de funcionarios
y empleados públicos, para dar entrada a jóvenes en la Administración. En
los últimos años, algunos empleados públicos han optado por la jubilación parcial:
trabajar menos horas y cobrar una parte de jubilación anticipada y otra de
sueldo, acogiéndose al Real Decreto1991
de 1984, modificado en
2011. Pero a finales de 2024, los sindicatos, la patronal y el Gobierno
pactaron una nueva reforma de la jubilación parcial, que entró
en vigor el 1 de abril de 2025. Y esta reforma ha frenado todas las
peticiones de jubilación parcial que habían pedido muchos trabajadores públicos
en Ayuntamientos, autonomías y Administración central. En paralelo, los
funcionarios de carrera y el personal estatutario (sanidad) siguen sin
poder pedir la jubilación parcial desde 2012, cuando lo prohibió Rajoy para
colaborar así en la reducción del gasto público (los famosos “recortes”).
La reforma
de la jubilación parcial que entró en vigor el 1 de abril permite a
todos los trabajadores solicitar trabajar menos horas (un mínimo de 25% de la
jornada y un máximo del 75%), sustituyendo ese menor sueldo con una parte de la
pensión, siempre que tengan cotizados 33 años y 6 meses. Y la edad a la que se
puede solicitar la jubilación parcial es de 62 años (si ha cotizado más de
38 años y 3 meses) y 63 años y 8 meses (si ha cotizado menos de 38 años
y 3 meses pero más de 33 años y 6 meses). Pero además, la
nueva norma plantea una exigencia nueva: el trabajador que se
jubila parcialmente ha de ser sustituido por un joven relevista (que
esté en el desempleo) al que la empresa debe hacer un contrato indefinidos a
tiempo completo ( o un contrato fijo discontinuo), que debe mantenerse 2
años después de la jubilación parcial del trabajador relevado.
Este cambio, el que obliga a sustituir al jubilado
parcial por un joven con contrato indefinido a tiempo completo es el que imposibilita
que los trabajadores públicos consigan ahora una jubilación parcial:
exigiría que su Administración (Ayuntamiento, autonomía, Administración central
o empresa pública) contratara fijo a un joven, algo que no
pueden hacer porque el proceso de contratación en la Administración
exige convocar pruebas y oposiciones, limitadas por sus maltrechas economías y
las normativas vigentes. Y por eso, un Juzgado de lo
social de Gijón ha rechazado en julio la petición de una enfermera de la Consejería
de Derechos Sociales de Asturias para acogerse a una jubilación parcial, como informa
el sindicato CSIF, que denuncia la
situación de muchos empleados públicos que ahora no pueden conseguir la
jubilación parcial, al menos hasta que sus Administraciones convoquen nuevas
plazas.
El problema se ha ido agravando y los
sindicatos presionan a la Seguridad Social para que busque una solución
que permita la jubilación parcial de los empleados públicos, como sí pueden
hacer el resto de los trabajadores. Todo indica que la
solución pactada será
volver a la situación anterior al 1 de abril y permitir por un tiempo que los
empleados públicos se puedan jubilar parcialmente siendo sustituidos por
interinos “temporalmente”, como sucedía antes, a la vez que se
aceleran las convocatorias de nuevas plazas de empleo público para que los
sustitutos sean personal fijo (como en el resto de empresas).
El problema es que este “parche” puede resolver el problema
del personal laboral que quiere optar a la jubilación parcial, pero no
resuelve el problema de los funcionarios de carrera y personal estatutario
(sanidad), que no pueden solicitar la jubilación parcial desde 2012. Se les
buscó una solución, introduciendo una enmienda en la Ley de
la Función Pública, para que ellos también se puedan jubilar parcialmente. Pero
la Ley sigue paralizada
en el Congreso desde julio de 2024, junto a otras tantas Leyes que sufren
el actual bloqueo político.
A la vista del tremendo envejecimiento de las plantillas
públicas, urge acelerar estos cambios, tanto para facilitar la
jubilación parcial de los empleados públicos y de los funcionarios como para
retrasar la jubilación de los funcionarios (hasta los 72 años), para impedir
que desaparezcan la mitad de los empleados públicos en la próxima década. Se
trata de redimensionar
las plantillas públicas (escasas en muchos Departamentos tras los
recortes de 2012 y la no reposición de los jubilados), reducir
su precariedad (elevadísima en la sanidad y en parte de la educación) y
planificar con tiempo el futuro, para afrontar las jubilaciones previstas y
las necesidades crecientes de muchos servicios públicos.
Y no solo se trata de planificar el futuro de las Administraciones
públicas y sus empleados. Otro reto es incorporar
a la juventud a la función pública, porque en una gran mayoría de
casos optan por las empresas privadas, generalmente porque pagan mejor. Y
cuando hacen una oposición, es muchas veces por asegurarse un empleo más
que por apostar por el servicio público, que lleva décadas
denigrado y poco valorado en España. Pero es importante que la Administración
pública del futuro cuente
con los jóvenes, que pueden aportarla innovación, digitalización y
modernización. Para eso, el camino del contrato de relevo, que un joven
sustituya a un empleado público o a un funcionario con experiencia es la mejor
escuela y una garantía de eficacia y calidad en los servicios públicos. Por eso, urge arreglar los problemas actuales y facilitar el
relevo laboral en la Administración pública.
España es un país envejecido, tanto en su población (el 43% tienen más de 50 años) como en su mano de obra (el 33,5% de los trabajadores asalariados tienen más de 50 años). Pero el envejecimiento es mayor entre los empleados públicos (44,96%) que entre los que trabajan en empresas privadas (sólo el 30,82% tienen más de 50 años). Y dentro de los trabajadores de la función pública, los más envejecidos son los funcionarios y personal estatutario (personal sanitario), donde más de la mitad de los empleados (el 57,16%) tienen más de 50 años, según el último informe del Ministerio de la Función Pública.
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lunes, 14 de julio de 2025
Menos trabajadores en 2050
La crisis demográfica es otro grave problema
de este siglo, como la emergencia climática, del que apenas se
habla. Y mientras, Europa pierde población y envejece, lo que
hará caer el número de trabajadores. En España, habrá 2,55 millones de
personas menos en edad de trabajar para 2050, lo que complicará la
economía, la recaudación, las pensiones y los servicios públicos. El
problema de fondo es la caída de la natalidad y el envejecimiento
de la población, que provocarán una caída de 2,4 millones en los nacidos en
España para 2050, aunque la población total será mayor que ahora (55
millones) porque “nos salvarán los inmigrantes” (8,2 millones de
residentes más nacidos fuera de España). Por eso, la “propuesta” de Vox
de expulsar a 8 millones de extranjeros no es sólo injusta y xenófoba
sino también “una locura económica”: colapsaría el país. Urge un
Pacto demográfico para subir la natalidad, apoyar más a las familias y
organizar la inmigración a medio plazo. Un reto para la supervivencia de toda
Europa.
Una caída de población que se debe a la caída
de la natalidad, acompañada del envejecimiento de la población
(los mayores de 65 años pasará de ser el 20% al 30% de la población) y que provocará
una caída del número de trabajadores: las personas en edad de trabajar
pasarán de ser el 59% de los europeos en 2019 al 51% (de menos población) en
2070. Y eso se traducirá en menos crecimiento, menos
recaudación, más gastos sanitarios y en cuidados y menos cotizaciones e
ingresos para sostener las pensiones y los servicios públicos.
La caída de la población europea en los próximos 25 y
50 años será distinta por paises, según
las proyecciones de Bruselas. Italia será el país que más población
perderá: -1,38 millones entre 2024 y 2049 y -6,2 millones de habitantes entre
2024 y 2074. También perderán mucha población Grecia, Croacia y la mayoría de
los paises del Este (especialmente Polonia y Hungría). Algunos paises (pocos) ganarán
población: Dinamarca, Suecia, Irlanda, Chipre, Malta y Luxemburgo. Y el
resto, en general perderán población, sobre todo a partir de 2050. Alemania
perderá sólo -178.339 habitantes entre 2024 y 2049, pero serán -800.000 entre
2024 y 2074. Y Francia, que lleva décadas fomentando la natalidad y con
muchos inmigrantes, será una excepción: ganará 2,4 millones de habitantes entre
2024 y 2049, aunque luego empeorará sus cuentas demográficas y sólo ganará 1,33
millones de habitantes entre 2024 y 2074.
España será otra excepción, ya que ganará
población en los próximos 25 años, aunque la perderá en 50 años, según
las proyecciones de la Comisión Europea (2020): ganará 2,5 millones de
habitantes entre 2024 y 2049, pero al final perderá 700.000 residentes entre
2024 y 2074. Lo mismo les pasará (subir población hasta 2049 y luego bajarla) a
Portugal, Paises Bajos, Austria, Bélgica, Chequia, Estonia, Eslovenia, Eslovaquia
y Finlandia.
Sin embargo, una proyección de población más reciente, la del INE de junio de
2024, apuesta a que España realmente ganará población en los próximos 25
y 50 años: pasaremos de ser 48.610.458 habitantes en 2024 a 54.834.632
habitantes en 2049 (+6.224.174 habitantes) y a estabilizarnos
en 54.588.195 habitantes en 2074. Pero este aumento de la población total es
“engañoso”, porque se debe exclusivamente a la entrada de inmigrantes. Los “nacidos en
España” caen drásticamente :de 39.698.012 en 2024 a 37.331.032 (-2,36
millones) y a 33.309.658 en 2074 (-6,38 millones de nacidos en España).
Y los “nacidos en el extranjero” residentes en España saltan de 9.379.972
habitantes en 2024 a 17.503.600 en 2049 (+8,1 millones de residentes) y a
21.278.537 nacidos en el extranjero en 2074 (+11,89 millones que en
2024). O sea, que para dentro de 50 años, se “pierden” 1 de cada 6 nacidos
en España y se duplica con creces
el número de residentes que han nacido fuera de España.
Esta importante caída en la población “nacida en España”
se debe, básicamente, al desplome
de la natalidad en nuestro país: si a la muerte de Franco, en 1975,
eran 2,8 los niños por mujer, en 2017 ya eran la mitad (1,3) y han caído
a 1.15 niños por mujer en 2024, la 2ª tasa de fecundidad más baja
de la UE-27, tras Malta. Y eso ha provocado que la población caiga en España desde 2017 (30.772 muertes más
que nacimientos), año tras año (-132.604 fue el saldo vegetativo en 2024).
Y el INE espera
que este saldo de población (nacimientos-defunciones) aumente en los próximos
años: -120.636 pérdidas anuales entre 2029 y 2033, -259.991 al año entre 2049 y
2053 y hasta -319.890 de pérdida anual de población entre 2064 y 2068, con
-296.039 de pérdida anual entre 2069 y 2073.
Estas pérdidas de población “nacida en España” se van
a compensar, según
las proyecciones del INE, con la entrada neta de inmigrantes en las
próximas décadas. El saldo migratorio (entradas menos salidas de
“nacidos en el extranjero”) pasará de 454.232 en 2019 a 787.195 en 2024,
407.477 entradas anuales entre 2029 y 2033, 287.000 anuales entre 2049 y 2053 y
después, unas menores entradas (algo menos de 300.000 al año) entre 2054 y
2073.
Lo peor no es sólo que caiga
la población nacida en España sino que además, el conjunto de la
población española (y europea) va a envejecer, porque la
esperanza de vida ha aumentado mucho y seguirá al alza: de 73,44 años
en 1975 a 83,47 en 2024 (+10 años) y 86,62 años en 2050
(84,44 los hombres y 88,91 las mujeres). Eso lleva a un
mayor peso de los mayores (+ de 65 años), que
pasan de ser hoy el 20% de la población al 30% en 2050 y décadas
siguientes. En contrapartida, habrá menos jóvenes, con lo que se
reducirán las personas en edad de trabajar, un problema grave para el
crecimiento, la recaudación de impuestos y cotizaciones, poniendo en aprietos
las pensiones y servicios públicos.
Lo más llamativo de la caída de la población nacida en
España es la caída de las personas en edad de trabajar, la futura
pérdida de trabajadores. Un reciente
estudio de Randstad pone cifras a este preocupante problema: la población
en edad de trabajar (15-64 años) caerá en España de 31.727.218 personas en 2025
a 29.170.592 personas en 2050 (-2.556.626 españoles en edad de trabajar). La
mayor caída en la población que puede trabajar se dará a partir de 2035,
cuando se jubilen los nacidos en el baby boom de los años 60, y sobre todo a
partir de 2040 (cuando se jubilen los nacidos en los años 70).
Esta caída
en la población en edad de trabajar se produce, de
nuevo, entre los nacidos en España, que son los que tienen menos hijos.
Así, los españoles de 20 a 64 años, en plena edad de trabajar han
pasado de 24.489.040 en 2008 (el máximo) a 23.157.641 en 2020 y bajarán a
22.364.422 españoles en edad de trabajar en 2025 (-2,12 millones desde 2008). Y
mientras, los residentes nacidos en el extranjero en edad de
trabajar han aumentado de 4,67 millones en 2008 a 5,73 millones en 2020 y serán
7,51 millones en 2025 :+2,84 millones desde 2008, lo que ha permitido el
crecimiento del empleo y la economía. Además, de esos 2,55 millones menos para
trabajar que se espera para 2050, la mayoría ( 1,72 millones) será la
pérdida de activos con menos de 54 años, los más productivos.
La disminución de la fuerza laboral en España (y en Europa)
en las próximas décadas, provocará
una mayor falta de trabajadores (de lo que ya se quejan ahora las
empresas), una menor movilidad laboral y una menor productividad, mientras no
habrá “relevo generacional” para muchas profesiones y empleos. En paralelo, el
envejecimiento de la población aumentará el gasto en sanidad, cuidados y
pensiones, mientras habrá menos trabajadores pagando impuestos y cotizando para
financiar pensiones y servicios públicos.
¿Qué se puede hacer? Lo primero y fundamental es promover
la natalidad, como lleva décadas haciendo Francia, el país que ganará más
población hasta 2050. Eso obliga a un
Pacto de Estado por la natalidad, que incluya múltiples medidas:
ayudas por hijo (graduadas por edades e ingresos familiares), educación
gratuita 0-3 años, medidas de conciliación laboral efectiva (con más guarderías
en las empresas), política pública de cuidados a mayores y discapacitados (para
liberar a las mujeres) y, sobre todo, un conjunto de políticas públicas para
ayudar a las familias con hijos: facilitarles el acceso a la vivienda es clave.
Otra medida clave es atraer talento extranjero
(jóvenes con formación tecnológica y digital) y fomentar la inmigración
legal, sobre todo dirigida a la contratación en origen de trabajadores que
faltan en España (campo, construcción, hostelería, cuidados…). Actualmente ya,
la inmigración ha sido clave para el fuerte crecimiento de España tras la
pandemia: los expertos estiman que la
mitad del crecimiento del PIB español ha sido por el trabajo inmigrante.
Los datos son esclarecedores: de los 1.891.000 empleos creados en España
entre 2019 y 2024, casi las tres cuartas partes (1.351.000, el 71,44%) han sido
ocupados por extranjeros (848.700) o trabajadores con doble nacionalidad
(502.300, la mayoría latinoamericanos), según la última EPA. Y sólo en 2024,
de los 468.000 empleos creados, sólo 59.000 fueron a trabajadores “nacidos en
España…
Esto no debería alimentar la xenofobia, porque
la mayoría de estos trabajos no son cubiertos por “españoles” porque no los
buscan igual, porque suelen ser más precarios y peor pagados (en el campo, la
hostelería, el transporte, la
construcción, el servicio doméstico o los cuidados de niños y ancianos). En
cualquier caso, las
proyecciones del INE son claras: para que España no pierda
población, hacen falta más inmigrantes, al menos 6,38 millones en los próximos
50 años. Y si no vienen a España más extranjeros, faltarán trabajadores,
porque los españoles en edad de trabajar van a caer drásticamente de aquí a
2050.
Por todo esto, no tiene sentido la
propuesta de Vox de expulsar a 8 millones de inmigrantes, una medida
no sólo injusta y xenófoba sino económicamente peligrosa, porque nos
hacen falta inmigrantes para compensar la falta de jóvenes y mantener
el crecimiento y los servicios. Eso sí, hace falta otro Pacto, por una
inmigración legal y organizada: planificar a varias décadas los inmigrantes que
necesitamos y adoptar políticas para buscarlos y atraerlos, no continuar con
las llegadas descontroladas. Actualmente, somos
49.153.849 personas viviendo en España (1 abril 2025) y de ellos, un
14,13% tienen nacionalidad
extranjera (6.947.711 residentes), aunque hay que matizarlo, porque 2,5
millones de ellos son europeos. Se trata de un porcentaje alto, pero similar
al de otros paises europeos (Alemania, Francia) y “asumible”, porque
los necesitamos. Otra cosa es planificar mejor la inmigración
hasta 2050, sin xenofobia y asimilándola.
En resumen, que la caída de población es uno
de los grandes retos del siglo XXI, junto a la crisis climática y la
revolución tecnológica y digital. Y hay que afrontar ya los problemas que
se nos vienen encima, sobre todo la caída de trabajadores mientras la
población envejece, lo que supone una bomba de relojería para el
crecimiento, las pensiones y los servicios públicos. No podemos esperar,
porque las medidas a tomar (fomento natalidad, ayudas a la familia y
planificación de la inmigración) tardan décadas en hacer efecto. Hagan algo ya.
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