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jueves, 5 de noviembre de 2020

Inflación negativa y euro fuerte: un coctel nefasto


En octubre, la inflación anual sigue negativa (-0,9%), por 7º mes consecutivo. Y España es el país grande europeo donde más caen los precios. Que bajen puede parecer una buena noticia, porque nos permite ganar poder adquisitivo, pero es muy mala: los consumidores retrasan sus compras, las empresas venden y ganan menos, invierten menos y crean menos empleo, retrasando la reconstrucción del país. Y encima, el euro sigue fuerte, lo que alienta más la bajada de precios (hay más importaciones) y encarece las exportaciones europeas, retrasando la recuperación. La inflación negativa continuará unos meses más y provocará que el BCE tome medidas en diciembre, inyectando más liquidez a la economía. En España, urge aprobar los Presupuestos 2021, para relanzar el gasto y la inversión, el crecimiento y la inflación. Pero es clave que no caigan los salarios, para recuperar el consumo y los precios. Porque la inflación negativa es un síntoma de que la economía está en la UCI.

 

Una secuela de todas las crisis es que bajan los precios, como reacción para contrarrestar la caída del consumo y la actividad. Pero en esta crisis del COVID 19, la caída de precios ha sido más rápida que en la anterior crisis de 2008. Entonces pasaron 6 meses entre la caída de Lehman Brothers (septiembre 2008) y la primera caída de la inflación anual (-0,1% en marzo de 2009), que se prolongó durante 8 meses, hasta octubre de 2009 (-0,7%). Ahora, la inflación se estancó ya el primer mes del confinamiento (+0% de inflación anual en marzo de 2020, tras haber subido un +0,7% en febrero) y lleva cayendo mes a mes desde abril (-0,7% anual) hasta octubre (-0,9%), 7 meses consecutivos según el INE.

La inflación negativa ha aparecido también en Europa, pero más tarde que en España: en la zona euro (19 paises UE), la inflación negativa no apareció hasta agosto de 2020 (-0,2%) y ha empeorado ligeramente en septiembre (-0,3%) y octubre (-0,3%), según el último dato de Eurostat. Con ello, España se sitúa como el país grande del euro con más inflación negativa (-1% en octubre, el dato de inflación anual armonizada con Europa), más del triple de caída que la media del euro (-0,3% en octubre) y por encima de la caída en Alemania (-0,5%), Italia (-0,6%) y Francia (+0%) o Portugal (-0,6%), mientras los paises ricos del norte tienen subidas de precios (+1,1% Holanda, +1,3% Austria, +0,4% Bélgica, +0,2% Finlandia) y caen más que en España en Grecia (-2%), Irlanda (-1,8%), Estonia (-1,7%) o Chipre (-1,3%). Al final, los paises que más sufren la pandemia ven mayores caídas de precios.

Esta bajada de precios en la mayoría de Europa se debe a la recesión por el COVID 19 (con menos actividad, las empresas buscan mantener ventas con bajadas de precios), la caída de los precios del petróleo (de 68,71 dólares/barril el 3 de enero a 22,98 el 22 de marzo y 41 dólares/barril hoy), a la bajada coyuntural del IVA en Alemania y otros paises europeos, al aumento de importaciones y al envejecimiento de la población europea, que alienta un menor consumo y menores subidas de precios (como se ha visto en Japón). Algunos expertos, como los de Funcas, señalan que no podemos hablar todavía de “deflación” (exige 12 meses continuados de bajadas de precios, según la definición del FMI, y sólo llevamos 7) y creen que no hay que preocuparse demasiado, porque la bajada de precios no es generalizada: se debe sobre todo a la bajada de la energía y lo que es la inflación “de fondo” (la llaman inflación “subyacente: sin energía ni alimentos no elaborados) sube, está en positivo (+0,4% en octubre), con subidas anuales en alimentación (+2,4%), vestido y calzado (+1%), enseñanza (+1,2%), medicina (+0,4%), menaje (+0,4%) y hoteles y restaurantes (+0,3%), según las subidas recogidas en el último IPC detallado por el INE, el de septiembre.

A pesar de todo esto, la inflación sigue negativa y va a continuar así varios meses más , según la última previsión del FMI, de octubre: la inflación anual caerá este año al -0,3% en España, con lo que seremos el 2º país europeo que cerrará el año 2020 con una inflación negativa, junto a Francia (-0,5%), mientras en Italia los precios subirán un +0,1%, en Alemania y Reino Unido un +0,3% y en la zona euro un +0,1%. Tanto la Comisión Europea como el Gobierno Sánchez son más optimistas, porque creen que los precios podrían cerrar el año con una subida del 0%, que mejoraría en 2021 hasta subir los precios un +0,9%. Con todo, estamos ante la inflación más baja del siglo y de varias décadas anteriores.

Podría parecer que esta baja inflación (ahora negativa y en unos meses cero) es algo “bueno” para España y el resto de Europa, sobre todo para los consumidores porque podemos comprar más barato, mejora nuestro “poder adquisitivo”. Y es así, pero este aspecto positivo se contrarresta con muchos otros aspectos negativos, que preocupan a los Gobiernos y expertos. El primero, que la inflación negativa desincentiva la inversión y el empleo, algo especialmente preocupante para España, porque tenemos más del doble de paro que Europa (16,5% en septiembre frente al 7,5% en la UE-27, según Eurostat). El mecanismo es sencillo de entender: si un consumidor ve que los precios están bajos, retrasa sus compras a la espera de que bajen más o porque no teme que suban. Y las empresas ven recortarse sus ventas y sus márgenes, al ser forzadas a recortar precios para competir. Y con esto, venden menos, ganan menos, invierten menos y no crean empleo (o lo reducen). Y esto es especialmente preocupante ahora, porque retrasa la recuperación post COVID.

Un segundo problema que acarrea la inflación negativa (o muy baja) es que reduce los ingresos públicos, sobre todo el IVA (también Sociedades, IRPF e impuestos especiales), tanto porque se reduce el consumo como porque bajan las ventas y los precios (se aplica un IVA sobre un precio menor). Es algo que ya está pasando en 2020, con la recesión ligada a la pandemia. Y un problema más preocupante para España, porque este año 2020 tendremos un déficit público récord, del -10,1% del PIB, frente al -8,5% de la zona euro, el -7% de Alemania, -9,9% de Francia o el 11,1% de Italia, según la Comisión Europea.

El tercer problema que implica una inflación negativa (o muy baja) es que perjudica a los que tienen deudas, porque no rebaja lo que hay que devolver (si la inflación es alta, en realidad hay que devolver menos dinero comparado con lo que valía cuando lo pedimos).Y este es un problema que también perjudica más a España, porque somos uno de los paises más endeudados del mundo. Las Administraciones Públicas (Estado, SS, autonomías y Ayuntamientos) debían en junio 1.291.057 millones de euros, el 110,1% del PIB, según el último dato publicado por el Banco de España. Y los particulares debían todavía más, 1.654.000 millones (el 141,2% del PIB), entre las empresas (944.138 millones) y las familias (otros 709.861 millones de euros), según el Banco de España. Para todos , una inflación negativa es una mala noticia, porque les dificulta devolver esa deuda.

Y además, hay un cuarto problema: una inflación negativa (o muy baja) obliga a las empresas a entrar en una dinámica de ofertas “low cost, a tirar precios para competir, lo que aumenta la ya preocupante “precariedad laboral” (más contratos basura y más tareas “subcontratadas”) y deteriora aún más los salarios, que ya cayeron con la anterior crisis y que no suben ahora sino que bajan con el coronavirus. Así que lo que podríamos ganar los ciudadanos como consumidores (poder comprar más batato) lo perderemos como trabajadores, como familias endeudadas y como contribuyentes. Mal negocio.

Lo peor ahora es que hay otro factor en Europa que se suma a la inflación negativa: el euro fuerte frente al dólar (se necesitan más dólares para comprar un euro). La moneda única, que empezó el año en una cotización de 1,1208 dólares por euro, cayó hasta un mínimo de 1,0831 dólares/euro (7 de mayo) y repuntó luego en verano hasta un máximo de 1,1938 dólares (31 agosto), que se ha suavizado hasta los 1,1809 dólares por euro de hoy, a la espera de los resultados de las elecciones USA. La revalorización del euro (+5,36% desde enero) no se debe a que Europa vaya económicamente mejor que EEUU (va peor: la zona euro ha caído un -11,8% con la pandemia, frente al -9,1% USA) sino a que la Reserva Federal Norteamericana se ha gastado mucho más dinero en reanimar la economía (ha inyectado 3,1 billones de euros frente a 1,4 billones el BCE), lo que hace que en EEUU haya mucha más liquidez , más dólares en circulación y eso deprecia el billete verde. Y además, en esta crisis, el dólar no ha actuado como “valor refugio”, por la incertidumbre sobre Trump, lo que ha permitido al euro ganar terreno durante todo el año.

Y la previsión, muy pendiente de lo que pase con Trump, es que el euro se fortalezca más en 2021. Así, el escenario de los Presupuestos 2021 contempla que la cotización media del euro se estabilice en 1,10 dólares por euro en 2020 (como 2019) pero que suba a una media de 1,20 dólares por euro en 2021 (+9,1% de revalorización). ¿Qué problema supone tener un euro fuerte? Básicamente, dos. El primero, que un euro más fuerte abarata las importaciones de los paises europeos (de España también) y eso presiona a las empresas nacionales a bajar más los precios para competir: es otro acicate para la inflación negativa (o muy baja). El segundo problema de un euro fuerte es que encarece las exportaciones europeas, al tener que pagarlas en euros más caros. Y esto es muy negativo para España y el resto de paises europeos, porque una de las claves para salir de esta crisis es que las empresas puedan recuperar sus exportaciones de antes, diezmadas por la pandemia.

Así que, por si teníamos poco con la inflación negativa de los últimos meses, el euro más fuerte se suma al coctel para forzar a la baja los precios y dificultar las ventas en el extranjero. La baja inflación de la zona euro, que va a seguir todavía unos meses (y se agrava con los rebrotes de la pandemia) preocupa muy seriamente al Banco Central Europeo (BCE), cuyo objetivo desde su creación es “luchar contra la inflación”, impedir que suba del 2%. Pero lleva ya una década con poca inflación (+1,2% de subida media en la zona euro entre agosto de 2008 y finales de 2019) y ahora tres meses incluso de inflación negativa. Y asistiendo al grave problema de que Europa apenas crece, antes y ahora con la pandemia.

Por eso, el BCE quiere poner la inflación en 2º plano y buscar cómo ayuda a reanimar la economía europea, que sufre la mayor crisis desde el final de la II Guerra Mundial. Y ya ha anticipado que en diciembre tomará más medidas, para estimular la economía de la zona euro con una nueva inyección de liquidez, por tres vías: más compra de deuda pública y privada europea (+600.000 millones que se suman a los 1,4 millones de estos años), ampliar 6 meses el programa de compra (hasta finales de 2021) y mantener el tipo de interés preferencial (-1%) para sostener a los bancos. El objetivo es dar otro empujón a las economías europeas, tras la 2ª ola de contagios, y de paso, con esta inyección de liquidez, subir algo la inflación (al 1% en 2021) y bajarle los humos al euro, dos logros colaterales, que, de conseguirse, ayudarían a la recuperación de las economías europeas.

En España, todas  las esperanzas están puestas en los Presupuestos 2021, que incluyen un gasto y una inversión pública récord (con el adelanto de 26.634 millones de fondos europeos), que deberían reanimar la actividad y el consumo, sobre todo con la subida del 0,9% a los pensionistas (8.867.680 personas que han ganado poder adquisitivo en 2020, que cerrará con una inflación del 0%) y a los funcionarios (2,6 millones de empleados públicos que también han ganado poder adquisitivo y que no lo perderán tampoco, como los pensionistas, en 2021, cuando se espera un 0,9% de aumento de precios). Eso sí, el Gobierno ha congelado el salario mínimo en 950 euros, tras subirlo un 29% en los últimos dos años.

La clave de 2021 va a estar en los salarios, porque si no suben algo y pierden poder adquisitivo, será difícil reanimar el consumo y la inflación. De momento, la subida pactada en los pocos convenios firmados este año 2020 (7 millones de trabajadores en 868.400 empresas) ha sido del +1,93%, inferior al +2,26% de aumento pactado en 2019, según los datos de Trabajo. Pero la mayoría de trabajadores no están incluidos en estas estadísticas (pymes, personal fuera de convenio, empresas que no han firmado convenio), con lo que la subida salarial de este año será mucho menor. Y hay muchas empresas que, por la pandemia, ya están bajando sueldos a cambio de mantener el empleo (o en las nuevas contrataciones): un 17% de los trabajadores ya han sufrido una reducción de salarios y a otro 53% se les ha congelado, según una reciente Encuesta de la consultora Hays. Y un estudio del grupo Adecco prevé un reajuste de salarios en las nuevas ofertas de empleo, con bajadas del -10 al 15%. Y peor será para los que acaben despedidos.

En resumen, es prioritario reanimar el consumo y el gasto para recuperar  la economía y hacer subir los precios, requisito clave para reconstruir la economía. Y para ello, las empresas tienen que intentar no bajar los salarios de sus trabajadores y subirlos los que puedan (supermercados, empresas de logística, e-commerce, sanidad y educación), porque es “la gasolina” que necesitamos para aumentar el consumo y los precios. Si no lo hacen y las empresas aprovechan la pandemia para recortar salarios, retrasarán la recuperación.

lunes, 20 de abril de 2015

Intereses negativos: pagar por invertir


Es una locura, pero sucede en España y en otros 10 países europeos: los inversores que compran deuda pública tienen que pagar por invertir, porque los bonos tienen intereses negativos. Y hay bancos que cobran por los depósitos a empresas y grandes clientes. Algo chocante, que rompe todas las reglas de la economía. ¿La causa? Que los tipos de interés están en mínimos  y hay mucho dinero para invertir y pocos sitios donde hacerlo. Así que bancos y fondos prefieren prestar a los Estados, con seguridad, aunque no ganen. Y más si creen que los tipos seguirán bajando, ahora que el BCE ha iniciado la compra de deuda, para inyectar más liquidez y reanimar la economía europea. Los intereses negativos son síntoma de que algo va mal, de que la economía no tira. Y muestran un fracaso: sólo con liquidez y tipos bajos no salimos del estancamiento, de la “nueva mediocridad” (FMI). Los países tienen que invertir y gastar más, para reanimar la economía y el empleo.
 
enrique ortega

España, 7 abril de 2015. Una fecha que pasará a nuestra historia económica: ese día, el Tesoro colocó Letras a 6 meses a un tipo de interés negativo, el -0,002 % anual. Eso significa que quien prestó 1 millón de euros al Estado recibirá en octubre 10 euros menos de lo que invirtió. Algo inaudito, que no había sucedido nunca antes y que contrasta con el récord de interés que tenía que pagar la deuda pública en 2011 (5,33% en noviembre las Letras a 6 meses) y en 2012 (3,69% en julio), hasta que comenzó a bajar del 1%, en enero de 2013.

El Gobierno Rajoy atribuye estos intereses negativos a que “los inversores confían en España”, pero es otra manipulación más: los intereses negativos se dan en media Europa desde principios de año, antes que en España y con más intensidad. Realmente, la primera vez que se dieron tipos negativos en Europa fue en Alemania, el 9 de enero de 2012, a raíz de la grave crisis de la deuda y el euro: los inversores huyeron de invertir en la Europa del sur y pusieron su dinero en Letras alemanas a 6 meses al -0,0122%. Era el coste de la seguridad. Luego, los tipos negativos se repitieron en el verano de 2012 (cuando se hablaba del rescate de España e Italia), en la deuda a corto de Alemania, Francia y Dinamarca, los países más “fiables”. Y tras las palabras de Draghi (BCE) amenazando con intervenir, los tipos se recuperaron y volvieron a ser positivos. Hasta que han vuelto a ser negativos en 2015.

Entre febrero y marzo de 2015, hasta diez países europeos han emitido deuda a tipos negativos, antes que España: Alemania, Bélgica, Austria, Holanda, Francia, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Suiza y hasta la rescatada Irlanda. Y con unos tipos negativos más acusados que en España, ya que se dan incluso en la deuda a más plazo: Alemania emite a tipos negativos toda la deuda a menos de 7 años (al -0,019%) e incluso Suiza ha emitido ya a tipo negativo (-0,055%) la deuda a 10 años, cuando en España sólo está en negativo la deuda a seis meses (quizás, en la subasta de mañana 21 de abril, también suceda con las Letras a 1 año). De hecho, un tercio de toda la deuda europea (2,26 millones de euros) cotiza ahora a tipos negativos, según el Banco de Pagos Internacionales de Basilea.

Una situación desconocida en la historia del capitalismo, uno de cuyos sagrados principios es la rentabilidad: nadie invierte para perder. ¿Qué pasa entonces? Se suman varios factores. Uno, que el precio oficial del dinero está por los suelos: el tipo oficial del BCE está en el 0,05% (desde septiembre de 2014) y hay 20 países que han bajado sus tipos este año (desde Suiza a la India, pasando por Rusia, Australia, Egipto o Perú), en un vano intento de depreciar sus monedas (“guerra de divisas”) y reanimar sus estancadas economías.  Pero esto sólo no explica los tipos negativos. La razón básica es que hay una enorme liquidez en todas las economías, que hay mucho dinero disponible y pocos sitios donde invertir con claridad. Y como la deuda pública tiene más seguridad, los Estados pueden colocarla incluso ofreciendo tipos negativos. Y más a los bancos y fondos de inversión o de pensiones, que tienen que invertir forzosamente una parte en deuda pública, para diversificar riesgos. De hecho, los que están comprando deuda a tipos negativo son grandes inversores, no inversores particulares.

Ligada a estas compras está la tercera razón: los bancos centrales de los países están cobrando a los bancos por los depósitos que tienen en ellos, para forzarles a que muevan este dinero y lo presten. Así, el BCE cobra desde septiembre a los bancos europeos un 0,20% por sus depósitos de liquidez y el Banco de Suiza cobra incluso el 0,75%. Así que los bancos prefieren colocar esa liquidez en deuda, pagando tipos negativos del -0,002% (España) o incluso del -0.019% (Alemania), que pagar al BCE el 0,20% (o el 0,75% al Banco de Suiza). Incluso, prefieren pagar algo por aparcar su dinero en deuda pública que “arriesgarse” a prestarlo a empresas o particulares, a tipos bajos y con riesgo (morosidad). Así de triste.

Otra razón, la cuarta, que explica la “locura” de los tipos negativos: la inflación negativa. Al final, la rentabilidad de una inversión ha de tener en cuenta lo que “se come” la inflación. En España, por ejemplo, en marzo de 2013 se podían comprar Letras del Tesoro a  6 meses con un interés nominal del +0,794%, pero la inflación era entonces del 2,4%, con lo que el tipo de interés real era del -1,66%: la inflación se comía con creces la rentabilidad. Ahora, con las Letras a 6 meses al -0,002% anual, como la inflación es negativa (-0,7% anual), resulta que el interés real es positivo, del +0,698%. O sea, la rentabilidad real es mayor. Y como los inversores creen que la inflación será negativa por un tiempo más, les compensa invertir con tipos negativos, al menos hasta que lleguen al suelo del -0,20% que les cobra el BCE.

Hay otra quinta razón para comprar deuda a intereses negativos: pensar que la divisa en la que se compra la deuda va a revalorizarse. Es lo que creen los que compran deuda en francos suizos: dentro de unos años, les devolverán menos francos pero la moneda valdrá más y compensará el tipo negativo. Y quizás pase también a medio plazo con el euro, ahora de capa caída, porque a EEUU le preocupa tener un dólar tan fuerte para exportar.

Y queda una sexta razón para explicar por qué alguien paga por invertir: la especulación. Los bancos y grandes inversores piensan que los tipos de la deuda van a seguir cayendo, dado que el BCE va a comprar deuda pública europea hasta septiembre de 2016. Y por eso, creen que si venden mañana la deuda comprada hoy, valdrá más (los tipos y las rentabilidades en el mercado secundario son inversos). Y que tendrán compradores, los que piensen que todavía la podrán vender ganando porque siga bajando.“Tonto el último”.

Al final, si todo el mundo cree que la deuda seguirá bajando, bajará. Y todos especularán pensando que cuanto más tarde compren será peor. El problema es que los tipos negativos son una locura falta de lógica y “pueden dañar seriamente al sistema financiero”, como ha advertido el Banco de Pagos Internacionales de Basilea. De hecho, los tipos negativos son gasolina para las Bolsas, que han batido sus récords históricos en Europa (salvo el IBEX y la bolsa italiana y francesa). Y están alimentando otra burbuja inmobiliaria, con los grandes Fondos invirtiendo en inmuebles y oficinas (y batiendo récords de inversión en España). Eso sí, los tipos negativos pueden ayudar a las empresas y a las familias, al bajar el coste de su financiación, pero la realidad es que el crédito no despega, ni en España ni en Europa.

Y hay otro riesgo: que los tipos negativos se trasladen a los depósitos, a lo que nos pagan por el ahorro. De momento, ya hay bancos alemanes (Commerbank y Skatbank) y americanos (JP Morgan, Goldman Sachs y BNY Mellon) que cobran a sus clientes por los depósitos, aunque de momento sólo a las empresas y a los que tienen depósitos millonarios. En España, la banca dice que no piensa en cobrar por los depósitos, pero está claro que ahora no les interesa tanto captar ahorro, porque no dan casi préstamos y el BCE les penaliza los depósitos. Así que muchos bancos están intentando “quitarse clientes sólo de depósitos, buscando los que operen más y tengan inversiones en fondos y Bolsa (que pagan comisiones).

El verdadero problema es que los tipos negativos, una anomalía histórica, son un claro síntoma de que la economía europea está enferma, del estancamiento, que se refleja en una inflación negativa que lleva a  los consumidores a retrasar su consumo y a las empresas a vender menos, recortando el crecimiento y el empleo. Y ya no es sólo un problema europeo. La recuperación mundial “es mediocre”, ha dicho la directora del FMI, Christine Lagarde, que ha acuñado el término de la “nueva mediocridad”: bajo crecimiento con  baja inflación, alto endeudamiento y alto paro (ver previsiones del FMI sobre la economía mundial). Y ello a pesar de la caída del petróleo y la recuperación USA, mientras preocupa el menor crecimiento de Latinoamérica (recesión en Brasil, Argentina y Venezuela, preocupante para las empresas españolas), China y países emergentes, amenazados por el alza del dólar (encarece su deuda) y la caída de las materias primas.

Al final, los tipos negativos reflejan también otro hecho: el fracaso de la política monetaria en solitario, el hecho de que sólo con tipos por los suelos y mucha liquidez no se sale de una crisis tan profunda como esta. Es un arma que ha tocado suelo: ya poco más pueden hacer los bancos centrales por reanimar la economía, sobre todo si han tomado tarde las medidas: el BCE, seis años y medio después que EEUU. Ahora, urge acompañar a la política monetaria con otras políticas, sobre todo con la política fiscal: que los países ingresen y gasten e inviertan más, para reanimar la actividad y tirar de la inversión privada. Que la liquidez y el dinero no vaya a comprar deuda pública sino que se dirija a relanzar la inversión, pública y privada, que es el motor del crecimiento y del empleo.

Y para ello hace falta, en Europa, relanzar el Plan Juncker de inversiones, con más aportaciones de los países, que por ahora sólo han comprometido 21.000 millones de los 315.000 previstos para 2015-2017 (el resto “esperan” que sean inversiones privadas). Y conseguir más ingresos públicos (de multinacionales, empresas y grandes fortunas) para fomentar las inversiones en infraestructuras, tecnología, formación y competitividad de Europa. Y en España, más de lo mismo: más ingresos públicos para fomentar la inversión pública productiva (hoy es menos de la mitad que en 2007, la tercera más baja de Europa) y promover un cambio del modelo productivo, para pasar de una economía basada en la construcción y el turismo a una economía competitiva en el siglo XXI.

En resumen, los tipos negativos son una locura y un claro síntoma de que la economía está muy enferma. Y hay un serio riesgo de nuevas burbujas, en las Bolsas y en el mercado inmobiliario. Y también una muestra de que los Gobiernos no pueden dejar todo en manos del BCE y los mercados, que ha llegado la hora de la política, de que los países tomen medidas eficaces para relanzar la inversión y el empleo, para salir del estancamiento y “la mediocridad” de que habla el FMI. Huir de la austeridad y apostar de verdad por salir de la crisis.