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lunes, 24 de octubre de 2022

3ª subida de tipos: hipotecas disparadas

Este jueves 27, el Banco Central Europeo (BCE) sube los tipos de interés, tras las subidas de julio y septiembre. Intenta bajar la histórica inflación europea (+10,9%), sabiendo que el dinero caro no servirá para abaratar la energía y terminar la guerra. Lo que sí hará es frenar más la actividad y llevar a Europa a la recesión. Y, sobre todo, hundir (más) las cuentas de los Estados (deuda), empresas y familias, que ya han visto dispararse sus hipotecas: el pago mensual ha subido 180 euros y el Euribor seguirá aumentando, poniendo en riesgo el pago del 14% de familias con hipoteca, las más vulnerables. Para evitar  impagos masivos, la banca propone prorrogar hasta 5 años estas hipotecas, para estabilizar la mensualidad. Pero la mayoría de hipotecados no se beneficiarán y tendrán que pagar más o renegociar su crédito. Así que la subida de tipos es una receta dolorosa, además de inútil. Urge no subir más los tipos y atajar la inflación sin provocar una recesión. Se puede y se debe.

Enrique Ortega

Los precios siguen muy altos, más en Europa (+10,9% inflación en la UE-27 y +9,9% en la zona euro), y los bancos centrales de todo el mundo buscan doblegarlos con una vieja receta contra la inflación: subir los tipos de interés. El primero en tomar medidas fue la Reserva Federal USA, que subió los tipos un +0.25% el 17 de marzo de 2022, cuando llevaban en el 0% desde marzo de 2020, por la pandemia. Y los ha subido después, cuatro veces más (mayo, junio, julio y septiembre), hasta el 3%. El Banco Central Europeo (BCE) retrasó la subida de tipos, por temor a hundir una economía europea más débil que la norteamericana, pero la inició el 21 de julio (+0,50%), ampliándola el 8 de septiembre (+0,75%. Y se espera que este jueves vuelva a subir los tipos otro +0,75%, dejando el precio oficial del dinero en el 2%. Y anunciando que volverá a subirlo en noviembre y diciembre, con lo que puede cerrar el año con los tipos en el 3% (estaban en el 0% en junio y desde noviembre de 2011).

La presidenta del BCE sabe que la subida de tipos es una receta bastante ineficaz y dolorosa, según se desprende de sus palabras: “la política monetaria no puede reducir el precio del gas y no puede parar la guerra”. Lagarde sabe que no estamos ante una inflación de demanda (causada por un exceso de consumo e  inversión) sino ante una inflación de oferta (subida de costes), donde encarecer el dinero no va a frenar los precios de la energía ni de los alimentos. Pero está obligada, por el papel del BCE, a “hacer lo que tengamos que hacer para frenar los precios”. Aunque eso provoque una recesión. Se trata de que la inflación baje, aunque sea “por las malas”, porque la economía esté tan hundida que ya no suben más los precios: inducir  al coma al enfermo como tratamiento. La directora general del FMI ha alertado sobre lo que va a pasar: “las subidas de tipos acabarán influyendo en los precios cuando hayan ahogado definitivamente la demanda, con el riesgo de que eso signifique una recesión larga y profunda y un incremento del desempleo”.

El BCE admite que su política monetaria es “más un machete de pescadería que un bisturí”, ya que actúa sobre toda la economía y con retraso. Pero reconoce que “no tiene otra alternativa”, aunque subir tipos será “doloroso. Primero, porque el BCE va “a remolque” de Estados Unidos: la Reserva Federal volverá a subir los tipos en noviembre y diciembre y cerrarán el año con el dinero al 4/4,40%. Y estos tipos más altos que en Europa arrastran a EEUU a los inversores, fortaleciendo el dólar y depreciando al euro. Y este menor valor del euro (ha caído un -13,8% este año frente al dólar, cotizando a 0,98 €/$)  agrava la inflación, porque encarece (+13,8%) más de la mitad de las importaciones, que se pagan en dólares ahora mucho más caros. Segundo, porque los Gobiernos europeos se dedican a gastar más, en ayudas a empresas y familias contra la inflación, y eso “alimenta también la inflación”, al mantener o aumentar el gasto público y privado.  Por eso, Lagarde se queja de que le toca hacer “el papel de mala” (subir los tipos) mientras los Gobiernos hacen “el papel de buenos”, echando dinero en la economía y alimentando la inflación. Claro que si no lo hicieran, la actual crisis de inflación se convertiría en una grave crisis social.

Así que el BCE, forzado por EEUU y por una inflación disparada, subirá los tipos por tercera vez esta semana (un 0,75%?) y volverá a hacerlo en los próximos meses, aún sabiendo que eso va a precipitar que Europa caiga en recesión, quizás en el 4º trimestre de 2022 y el 1º de 2023. Lo prefiere, aunque sea “doloroso”, porque cree que la inflación descontrolada es peor. Pero estas subidas de tipos van a agravar la crisis, tanto de los Gobiernos como de las empresas y familias. Ya lo están haciendo. La subida de tipos ha provocado que España esté pagando más  por financiar su abultada deuda pública (1,475 billones): si en enero se colocaban los bonos a 10 años pagando un 0,60%, en junio se pagaba ya el 2,779% y el viernes 21 de octubre había que pagar el 3,652%...Las empresas españolas han visto encarecer sus créditos un +43% sólo hasta julio: han pasado de pagar un 1,61% a finales de 2021 al 2,3% en julio, según el Banco de España. Y las familias llevan meses pagando más por los créditos personales (+8,6%) y, sobre todo, por las hipotecas.

Centrémonos en las hipotecas: en España hay 5,5 millones de hipotecas “vivas”, de las que 4,1 millones (el 75%) son a tipo de interés variable y el 90% de ellas están referenciadas al Euribor (el tipo al que se prestan los bancos entre sí). Y este Euribor lleva meses subiendo, desde su mínimo en diciembre 2021 (era negativo: -0.502) hasta dispararse al +2,233% en septiembre 2022 (la mayor subida de la historia en un mes y en un año). Y en octubre, antes de que el BCE haga su tercera subida de tipos, ya está en el 2,60% mensual, lo que significa una subida real de las hipotecas del +3,1% en lo que va de año. Y los expertos apuestan porque el Euribor siga subiendo, hasta el +3,25% a finales de 2022, según FUNCAS.

Las familias con hipotecas ligadas al Euribor (3,6 millones) van a notar esta subida (el “dolor” que dice el BCE) en la próxima revisión, que suele ser anual (o semestral). Los que la revisen en octubre, con la subida del Euribor hasta septiembre, ya sufrirán un enorme susto: si tienen una hipoteca tipo (137.921 euros a 24 años, según los datos del INE), con un tipo del Euribor+1% (muy bueno), pagarán ahora 180 euros más al mes (+2.160 euros al año), un 35% más de recibo. Y si sigue la tendencia al alza, en los próximos meses será peor, por encima de 200 euros más al mes por hipoteca.

¿Qué pueden hacer los hipotecados? En teoría, tienen 3 opciones: cambiar la hipoteca, cancelar y contratar otra o amortizar lo que le falta de pagar (total o parcialmente). La opción que más se escoge actualmente es cambiar de hipoteca, optando por un tipo fijo en lugar de por un tipo variable ligado al Euribor. Pero no es fácil, porque los bancos han reaccionado  y han subido los tipos fijos en estos meses (la mayoría de ofertas superan ya el 3%), ofertando hipotecas a tipo variable más atractivas (Euribor+0,80%), porque con ellas obtienen más margen del cliente y no se pillan los dedos con las hipotecas a tipo fijo. Hay que echar cuentas y pensar a medio plazo: el Euribor puede llegar al 4% en 2023, pero si la inflación baja en 2024 y 2025 al entorno del 2%, debería bajar a ese entorno también el Euribor a medio plazo y mantenerse hasta otra crisis. Así que a la hora de cambiar de tipo, pensemos en que una hipoteca es a 20/25 años y que es arriesgado “atarse” a un tipo alto.

Una vez decidido el cambio de hipoteca de variable a fijo, queda decidir si se hace con el propio banco (“novación”) o si se cambia la hipoteca a otro banco (“subrogación”), un proceso que suele tener más gastos y que a veces incluye “costes ocultos” (comisiones, nueva tasación, seguros, tarjetas…). El consejo suele ser renegociar primero con nuestro banco y luego preguntar al resto, con ofertas siempre escritas y comparables. Y si le queda menos de la mitad de hipoteca por pagar, lo aconsejable es no cambiar de banco (ni de hipoteca). La opción de cancelar y contratar otra suele ser la más cara, salvo que tengamos una pésima hipoteca. Y la tercera, amortizar la hipoteca (toda o en parte), puede ser una buena decisión si se cuenta con un dinero extra al que le sacamos poca rentabilidad. Pero siempre es mejor hacerlo en los primeros años de la hipoteca, cuando se pagan más intereses que capital. Luego, en la segunda mitad, se paga la mitad de intereses que de capital y compensa menos.

En general, es mejor no dejarse llevar por la corriente de cambiar de hipoteca, salvo casos muy claros. Lo evidente es que, por culpa de la subida de tipos, las familias hipotecadas tienen otro gasto extra en los próximos meses, además pagar más en la factura de la luz, el gas, los carburantes, los alimentos y casi todo. El problema que más preocupa es que esta subida de tipos tiene un efecto desigual, afecta más a las familias con menos recursos y sobre todo a las que se han endeudado más estos meses, por la inflación: este verano y ahora con ”la cuesta de otoño”, muchas familias han tirado de tarjeta y de préstamos personales para llegar a fin de mes, aumentando peligrosamente su endeudamiento. Y ahora, con la subida de tipos, tienen más difícil pagar, lo que preocupa a la autoridad bancaria europea, al Banco de España y a los bancos.

De hecho, el Banco de España ya ha “alertado que el encarecimiento de las hipotecas hará que el 14% de las familias con hipoteca  (unas 770.000 familias) se conviertan en “vulnerables”, al subirles ahora los intereses a pagar por encima del 40% de sus ingresos. El temor es que eso dispare la morosidad en los bancos y los desahucios. Para evitarlo, el Gobierno lleva semanas estudiando ayudas, a las que se ha “apuntado” la banca, por dos razones: para evitarse problemas (saben que muchas hipotecas que han concedido para mantener el negocio son “una bomba de relojería”) y para mejorar su imagen pública. Así, llevan días “vendiendo que proponen al Gobierno una ampliación de hasta 5 años de las hipotecas (ojo: sólo de 1ª vivienda) de las familias más vulnerables, aquellas para las que la próxima revisión les suba la cuota más del 30%, siempre que la cuota les suponga más del 40% de sus ingresos y que ganen menos de 24.318 euros al año. Otra condición es que, con la ampliación de la hipoteca, el pago mensual no baje sobre lo que pagaban antes de la revisión por la subida del Euribor (o sea, que los bancos no cobrarán menos mensualidad ).

Con todas estas “condiciones”, serán pocos los hipotecados que se beneficien de esta moratoria, no más del 10% del total. Los bancos tienen prisa por anunciar la medida antes de que esta semana se publiquen sus resultados, los beneficios del tercer trimestre, que se espera sean "extraordinarios" gracias a la subida de tipos: la previsión es que los 6 grandes bancos aumenten sus beneficios un +25%, según este cuadro de posibles resultados por entidades de Bloomberg. Ya en el primer semestre de 2022, por efecto de la subida de tipos desde abril, la gran banca ganó un 36% más en su actividad en España, según Neovantas. Y además de ganar más de sus clientes cuando suben los tipos, los bancos también cobran más del BCE por el dinero que tienen allí depositado: si antes les cobraban por el dinero que “no  movían”, en julio les pagaron un 0% y en septiembre un +0,75%. Y con la próxima subida de tipos, les pagarán más: se estima que, en el 4º trimestre, la banca europea ganará unos 8.000 millones extras por esos 4,3 billones que tienen “aparcados” en el BCE, según la previsión de Jefferies. Y tres bancos españoles, Unicaja, Bankinter y CaixaBank están entre los bancos europeos que más ingresos “extras” tendrán (ver cuadro).

Así que la subida de tipos es “dolorosa” para las cuentas públicas (más pago intereses), las empresas y las familias, pero va a recomponer los beneficios de la banca, este año y más el próximo. Por eso, el Gobierno Sánchez ha aprobado un nuevo impuesto temporal a la banca (sobre el margen de intereses y comisiones), con el que busca ingresar 3.000 millones entre 2023 y 2024, para afrontar el coste de las ayudas contra la inflación. Un impuesto duramente atacado por la banca española, que ha pedido ayuda al BCE, banca que todavía tiene “un colchón” de 65.471 millones para rebajar su pago de impuestos, un “cheque fiscal” con el que seguirán reduciendo el pago del impuesto de sociedades, a costa de los ajustes (de activos y créditos) que hicieron tras la crisis inmobiliaria…

En resumen, que este jueves nos cae encima otra subida de tipos, que no frenará los precios de la luz, gas, carburantes o alimentos, pero sí va a empeorar la situación económica de las familias, las empresas y el Estado. Y va a acelerar que Europa (y España) entre en recesión los próximos meses, forzando a la economía a “entrar en la UVI” como receta contra la inflación, en lugar de optar por otras vías, como bajar los precios de la energía (excepción ibérica, tope al gas) y moderar  los márgenes y beneficios empresariales que se alimentan de las subidas. Será “una recesión anunciada”, fruto de una subida de tipos que se reconoce como “dolorosa”. Lo peor es que es una receta inútil, que sólo surte efecto con el enfermo en coma. Sería bueno que los Gobiernos europeos y el BCE se dejaran de “ortodoxias suicidas” y buscaran soluciones menos dolorosas. Las hay.

jueves, 21 de julio de 2022

Subida de tipos: poco efecto y muchos riesgos

Hoy 21 de julio, el Banco Central Europeo (BCE) sube los tipos de interés, por primera vez en 11 años. Y volverá a subirlos en septiembre. Intenta así combatir la alta inflación en la zona euro (+8,6%). Pero la medida parece poco eficaz, porque esta inflación no se debe a que la economía esté “recalentada” por mucho consumo y haya que “enfriarla” encareciendo el dinero, sino a la subida de la energía y los alimentos, que no bajarán porque suban los tipos. Ahora, el dinero más caro va a encarecer créditos e hipotecas, agobiando aún más a familias y empresas. Y a los Gobiernos, porque les subirán los intereses de la deuda pública, recortando su margen para ayudas. Y si Putin corta el gas, las subidas de tipos serán la puntilla que lleve a Europa a otra recesión en otoño. La “medicina” del BCE contra la inflación puede ser inútil y peligrosa. Atajen la inflación por otras vías.

Enrique Ortega

El mundo lleva décadas de dinero barato, para atajar primero la crisis de 2008, reanimar luego las economías, afrontar la pandemia y después ayudar a la recuperación. En Europa, tras el doble error del BCE con Trichet (subió los tipos dos veces, en abril y julio de 2011, agravando la crisis de la deuda), llegó Draghi el 1 de noviembre de 2011 y dos días después utilizó el BCE para bajar los tipos de interés 6 veces, del 1,50% al 0% en marzo de 2016, un nivel en el que se han mantenido hasta ahora. Y en paralelo, puso en marcha un programa de compra de deuda, para ayudar a los paises más endeudados del sur (Grecia, Italia, España y Portugal), dos medidas que ayudaron a superar la grave crisis financiera europea de 2010. A partir de 2018 y 2019, la economía europea empezaba a recuperarse, pero sin mucha fuerza, por lo que el BCE mantuvo los tipos a cero y las compras de deuda. Y en 2020 y 2021, con la pandemia, siguió “dopando” con dinero barato la economía, otra vez en crisis.

Pero en 2022, Putin invade Ucrania (24-F) y se acelera la inflación, que ya repuntaba desde el verano de 2021, por la mayor demanda tras la pandemia, el cierre parcial de China (“la fábrica del mundo”), los “atascos” en el comercio mundial y la brusca subida de la energía. En marzo, los precios se dispararon  y EEUU toma la iniciativa: subir los tipos de interés (en el 0% desde 2020, por la pandemia), un +0,25%. Y vuelve a hacerlo en mayo y junio de 2022, colocando los tipos en el 1,50-1,75%  (la Reserva Federal volverá  a subirlos otro +0,75% el próximo 27 de julio). Mientras, el BCE no se decide a seguirles, porque la economía europea está más débil que la de EEUU y la presidenta Lagarde teme frenarla más si sube tipos.

Pero la inflación europea sigue disparada (+8,6% en junio, una subida nunca vista) y los “ortodoxos” del BCE presionan para subir tipos, como en USA. Así que, el mes pasado, Lagarde (BCE) se compromete a subirlos dos veces, hoy (+0.25%, aunque podría ser un +0.5%) y en septiembre (otro +0,50% o más, según se comporten los precios este verano. Y no se descarta otra tercera subida en diciembre, para colocar los tipos oficiales en el 1,5% a finales de 2022 (con una inflación prevista entonces del 7,1%). Y en el 2% en 2023 (donde se espera una inflación del 3,5%, aún lejos del 2% de objetivo de inflación), todavía muy por debajo de los tipos en EEUU, que se pueden colocar en el 3,75% en 2023. Además, desde el 1 de julio, el BCE ha dejado de comprar deuda pública de los paises (sobre todo de Italia, España y Grecia), para retirar estímulos a la economía y atajar así la inflación.

La subida de tipos oficiales en Europa es una medida de primera magnitud, que va a afectar drásticamente a familias, empresas y paises. De hecho, la expectativa de que el BCE subiera los tipos, como USA, lleva subiendo el precio del dinero en los mercados desde principios de año. Así, el Euribor (el interés al que se prestan los bancos entre ellos) está subiendo, tras estar en tipos negativos desde febrero de 2016 (ver gráfico): llegó a su mínimo histórico en diciembre de 2021 (Euribor al -0,501%) y a partir de ahí empezó a subir en enero, febrero y marzo de 2022 (todavía en negativo, en el -0,237%), para ponerse en positivo en abril (Euribor medio al +0,013%), seguir subiendo en mayo y junio (Euribor al +0,852%, el interés más alto de los últimos 10 años) y alcanzar ayer, un interés del +1,164%, un Euribor desconocido desde 2011 (+2,044%).

Así que, aunque los tipos oficiales del BCE suban hoy,  las familias con una hipoteca ya han visto subir su cuota en los últimos meses, si les ha tocado la revisión anual con el Euribor. Y son muchas las familias afectadas: se estima que hay 5,5 millones de hipotecas “vivas”, de las que 4,1 millones (el 75%) son a tipo variable, y el 90% de ellas referenciadas al Euribor (se paga un interés del Euribor+ un porcentaje, del 1 al 3%). Así que 3,6 millones de familias tienen una hipoteca variable que les ha subido ya o les va a subir en los próximos meses, cuando se prevé que el Euribor llegue al 1,5% (y al 2% en 2023). La estimación de subida, para una hipoteca media de 150.000 euros a 25 años, es de 1.396 euros al año, unos 116 euros más de cuota cada mes.

Además, la subida del Euribor y la subida oficial del BCE ya han encarecido los créditos al consumo (para comprar desde un electrodoméstico, un coche o un viaje) que subirán aún más en los próximos meses, dificultando las cuentas de las familias, que tendrán más difícil el que se les conceda (por el temor de la banca a los impagos). La subida de tipos es preocupante para las familias, porque ahora están más endeudadas que antes de la pandemia: tienen deudas por 704.000 millones de euros, según el Banco de España.

La subida de tipos también perjudica mucho a las empresas, que tienen una deuda financiera de 962.000 millones de euros, también más que en 2019, según el Banco de España. Ahora, les subirán los intereses y tendrán más dificultad para financiarse, sobre todo las pymes de los sectores con alta inflación y que más se han visto afectadas por la pandemia. De hecho, el Banco de España ha alertado que están en riesgo de impago el 24% de los créditos concedidos a empresas de sectores vulnerables (hostelería, restaurantes, refino, ocio y transporte), unos 21.500 millones de créditos dudosos o en vigilancia especial.

La subida de tipos del BCE afecta mucho a los distintos paises europeos, sobre todo a los más endeudados: Grecia (su deuda pública alcanza el 193,3% del PIB), Italia (150,8%), Portugal (127,4%), España (118,4%), Francia (112,9%), Bélgica (108,2%) y Chipre (103,6%), según la Comisión Europea. Y les afecta de dos maneras: pagarán ahora más intereses por su elevada deuda pública y además, tienen el riesgo de que “los mercados” (inversores y bancos) se pongan nerviosos y vendan la deuda de estos paises, dificultado su financiación (y encareciéndola) y provocando otra crisis financiera en la Europa del sur, como en 2010-2012.

España es uno de los paises más afectado negativamente por la subida de tipos. Por un lado, tendremos que pagar más por colocar la deuda pública, que en mayo (tras el aumento de las ayudas pública por la pandemia y la inflación) ascendía ya a 1.456.000 millones de euros. De hecho, si en enero de 2022 España colocaba sus bonos a 10 años al 0,60%, en junio ya nos pedían el 2,779% para financiarnos y ahora el tipo es el 2,53%. Eso supone que habrá que dedicar más dinero del Presupuesto a pagar intereses: +12.000 millones extras entre 2022 y 2025, según la estimación de la AIReF, que prevé que tengamos que pagar hasta el 3% para colocar la deuda pública española.

El otro riesgo es que España, y los paises de la Europa del sur (en especial Italia y Grecia) tengan problemas para financiarse, que los inversores no quieran nuestra deuda, ahora que el BCE ha dejado de comprarla. Eso se detecta ya en la subida de la “prima de riesgo”, el porcentaje extra que tenemos que pagar respecto a Alemania para que nos financien: ahora está en el 238% para Italia (ha de pagar un 2,26% más que Alemania para financiar su deuda), en el 219% para Grecia, el 124% para España y el 114% para Portugal. El BCE ha dicho que aprobará un sistema para evitar estas diferencias, para que el sur no pague más por endeudarse y eso rompa el euro, pero no será fácil… Y más con el problema añadido de la inestabilidad política en Italia.

En definitiva, que la subida de tipos (la que ya tenemos en los mercados y la oficial aprobada hoy por el BCE) va a encarecer aún más los costes de las familias y empresas y de los paises, obligándoles a gastar más en pagar intereses, a costa de recortar ayudas y otros gastos. Así que si teníamos un grave problema con la inflación disparada (más costes para todos), ahora las familias, empresas y Gobiernos tienen otro problema: el dinero más caro. O sea, más costes aún, menor margen de maniobra para gastar e invertir. Un mayor riesgo de que se frene más el crecimiento y el empleo, de que vayamos a otra recesión, sobre todo en Europa, donde la economía creció sólo un 0,7% en el primer trimestre (UE-27), pero mucho menos en Alemania (+0,2%), Italia (+0,1%) y España (+0,3%), cayendo en Italia (-0,2%), según Eurostat. Y con la amenaza del corte total del gas ruso, que si se confirma, llevaría a Alemania, Italia y a toda Europa a otra recesión en el último trimestre de 2022.

Como se ve, el coste y los riesgos de subir los tipos de interés, tras 11 años en el 0%, son muy elevados. Entonces, ¿por qué se encarece el dinero? La teoría monetaria “ortodoxa” indica que es la mejor arma contra la inflación que atenaza al mundo: con el dinero más caro, se gasta y se invierte menos, baja la demanda y con ella los precios. Pero en la actual coyuntura, esto no es así, porque la teoría funciona cuando tenemos una “inflación de demanda”, cuando una economía está “recalentada”, hay demasiado gasto y hay que frenarlo para bajar los precios. Pero ahora no pasa esto, sino que tenemos “una inflación de oferta”: han aumentado los costes, sobre todo la energía y los alimentos, y no van a bajar ni la luz ni los carburantes ni los cereales porque el dinero sea más caro. Al contrario, van a aumentar otros costes (créditos, hipotecas e intereses de la deuda pública y privada) y eso alimentará aún más la inflación, reduciendo el margen de familias, empresas y Gobiernos.

Pero las autoridades monetarias de EEUU y Europa no quieren ver este análisis, se agarran a la vieja ortodoxia de que la mejor arma contra la inflación es subir los tipos. Pero ahora no es así: es una medida poco eficaz y con múltiples costes. Lo que puede provocar es deteriorar más la salud del enfermo, al quitarle la respiración asistida del dinero barato. El gran objetivo no es sólo bajar la inflación sino evitar que el mundo entre en otra recesión, tras la larguísima crisis de 2008 y la pandemia. Y con las subidas de tipos hechas y anunciadas, el enfermo entrará en coma. Y encima no bajará la inflación.

Es hora de que Europa (y EEUU y el G-7) se planteen otras alternativas frente a la inflación, que no sea “el ricino” de los tipos. Hay que negociar a nivel mundial una recomposición de las economías, aumentando la oferta de energía (petróleo y gas), con acuerdo con la OPEP y los principales productores (dejando a Rusia al margen). Hay que reestructurar los mercados de alimentos y materias primas, con acuerdos internacionales y la creación de stocks de seguridad, que eviten los altibajos de precios y las hambrunas. Y hay que recomponer las cadenas de suministros, desde Asia a Europa y EEUU, racionalizando el tráfico marítimo de mercancías y la globalización. Y hay que replantear una política racional de producción internacional de bienes y servicios, para evitar los cuellos de botella derivados de la falta de inversiones y la escasez de plantillas (mal pagadas) en medio mundo. En definitiva, hay que “redefinir el capitalismo”, tras la crisis, la pandemia y la guerra.

Pero claro, todo esto es muy difícil y exige tiempo y valentía política, algo que no parecen tener los líderes actuales, que prefieren dejar la solución a la inflación en manos del BCE y la Reserva Federal, anclados en sus viejas recetas monetarias, hoy inútiles y peligrosas. Así que ahora, por si no teníamos bastante con la inflación disparada, nos subirá la hipoteca, los créditos y el coste de la deuda pública. Un nuevo problema para arreglar otro. Y “más boletos” para que este otoño entremos en crisis, tras el espejismo del turismo récord este verano. Lo siento, pero con la subida del BCE hoy, hay menos motivos para la esperanza.

lunes, 23 de marzo de 2020

Los sueldos crecen menos (y se congelarán)


La vida sigue, a pesar del coronavirus, y siguen publicándose las estadísticas económicas. La semana pasada, el INE difundió la subida de salarios a finales de 2019: un +1,8%, la menor subida en el último año, debido al debilitamiento de la economía. Y todo apuntaba a que en 2020 subirían aún menos. Pero ahora, con el coronavirus, la situación cambia drásticamente: bastante será que los salarios no caigan, conseguir que se paguen primero y luego se congelen, hasta que se reconstruyan las empresas y la economía. Pero no se puede utilizar la pandemia para devaluar los salarios, como pasó en la crisis de 2008, porque eso agravaría la recesión. Y hay que reflexionar sobre un hecho: los salarios pierden peso, han crecido menos de la mitad que la economía en 22 de los paises más ricos, incluida España, donde los salarios han perdido peso frente a los beneficios empresariales. Hay que salvar la economía tras el coronavirus y luego “repartir mejor el pastel”. No como en la última crisis.

enrique ortega

Las subidas de salarios ya se habían moderado antes de llegar el coronavirus. En los convenios firmados este año 2020, entre enero y febrero, las subidas pactadas han sido un +1,97%, inferiores a la subida acordada en todo 2019, que fue del +2,28%, según las estadísticas del Ministerio de Trabajo. Pero estos datos no son representativos de lo que está pasando de verdad con los salarios, porque cada vez se firman menos convenios (3.536 en 2019) y afectan a menos trabajadores (10.001.480 en 2019, un millón menos que en 2018). Y eso porque muchas empresas y trabajadores (hay 16,84 millones de asalariados) no negocian convenios, sobre todo en las pymes, y hay muchos trabajadores “fuera de convenio” (eventuales, por horas, en prácticas…).


Por eso, es más representativa la subida salarial que refleja el INE, en su Encuesta trimestral de coste laboral. La última, publicada el martes pasado, indica que la subida salarial media fue del +1,8% en el cuarto trimestre de 2019, menos que en los trimestres tercero (+1,9%) o segundo (+2,1%) y similar al primero (+1,7%). Eso da una media de 2.075 euros al mes de coste salarial por empleado, más 625,98 euros de cotizaciones por trabajador y 51,74 euros de otras prestaciones.  Además, como los asalariados trabajan ahora más horas (29,4 horas semanales efectivas, un 0,3% más), resulta que el coste laboral por hora trabajada, 16,24 euros de media, subió sólo un +1,4% en 2019.


Esta subida salarial media del +1,8% no ha sido homogénea, sino que varía según las ramas de actividad: +0,7% en la industria, +2,3% en la construcción (porque faltan operarios cualificados, lo que ha subido sus sueldos) y +2% en los servicios. Y también según los sectores donde se trabaje: han subido más en la educación y finanzas (+4,8%), agua (+4,2), inmobiliarias (4,1%), administrativos y sanitarios (+3,9%) y menos en el comercio (+1,4%) y la hostelería (+1,8%), según el INE. Y por autonomías, los salarios han subido más en Galicia (+4,4%), Aragón (+4,3), Andalucía (+3,2%), Extremadura,, Navarra y Cataluña (+3%) y menos en Canarias (-1%), Castilla la Mancha y  Madrid (+0,8%), Baleares y Murcia (+1,2%), sobre todo por la menor llegada de turistas a algunas zonas.


Un dato importante, que modera las subidas de sueldos, es que los nuevos empleos llegan con sueldos más bajos que los antiguos. Así, un Informe de Adecco e Infoempleo revela que un 56% de las empresas reconocen que pagan menos a los nuevos empleados que a los antiguos que tienen en plantilla: los salarios de los trabajadores con menos de 1 año de antigüedad son, de media, un 23% inferiores a los que llevan más de 10 años en la empresa: 20.086 euros anuales frente a 28.598 euros, para el mismo puesto de trabajo. También varían mucho las subidas según las categorías, con aumentos superiores al 4% en directivos y mandos intermedios. Y en el caso de las grandes empresas del IBEX 35, la diferencia entre los sueldos más altos y el sueldo medio es de 123 veces. Y visto de otro modo: los primeros ejecutivos de estas grandes empresas ganaron 4,4 millones de euros de media frente a un salario medio de sus plantillas de 35.810 euros, según el último estudio de Oxfam Intermón.


El salario medio de los trabajadores españoles apenas aumentó entre 2008 (1940 euros de media mensual) y 2014 (1991 euros), lo que significa que cayó en realidad porque una parte se lo comió la inflación, según los datos del INE. Luego ha ido subiendo poco a poco, año tras año (cayó en 2016) para quedar en 2020 euros en 2017, 2039 en 2018 y 2075 euros de media en 2019, 135 euros mensuales más que en 2018. Es un aumento del +6,9% en once años, que se ha comido con creces la inflación (el IPC ha subido un +16% desde 2008). A lo claro: que hemos perdido un -9% de capacidad adquisitiva, que en realidad ganamos un 9% menos que antes de la crisis, a pesar de estos 6 años de crecimiento y recuperación.


El sacrificio salarial hecho por los trabajadores es evidente y no se compensa todavía con las subidas de sueldos de los últimos años, que han ido en aumento: del +0,50% que subieron de media en 2014 al +1,44% en 2017, el +1,73% en 2018 y el +2,28% de 2019. Con ello, España se sitúa por detrás de las subidas salariales en Europa, que fueron del 2,8% en el cuarto trimestre (aquí el 2,40%), según el dato publicado por Eurostat el miércoles pasado. Y además, los salarios suben menos en España que en Alemania (+2,7%), Suecia (+2,8%), Portugal (+4,4%) o Reino Unido (+2,8%), aunque más que en Italia (+1,3%) o Francia (+1,4%). Pero contando las horas trabajadas, el salario por hora en España (21,5 euros por hora) es el más bajo de los grandes paises europeos: 26,9 euros/hora en la UE-27, 43,5 euros en Dinamarca, 36,7 euros en Suecia, 35,9 euros en Francia, 34,6 euros en Alemania, 33,6 euros en Finlandia, 32,1 euros en Irlanda y 28,2 euros en Italia, según Eurostat. Y además, la “brecha salarial”, la diferencia entre el coste laboral por hora de Alemania y España ha aumentado con la crisis: si en 2008 ganábamos el 69,5% que ellos, ahora ganamos el 62,13%.


Cara a los sueldos de este año 2020, la previsión era que subieran poco, dado que la actividad iba a crecer menos este año (el 1,6% frente al 2% que creció el PIB en 2019). La previsión del Gobierno era que los sueldos subieran un 2,2% en 2020 (frente a un 2,1% en todo 2019), pero la media de los expertos ya rebajaba la subida al +1,7% y Funcas incluso al +1,1%, a la vista de la desaceleración de la economía. Pero con el coronavirus, todas estas previsiones son ahora “papel mojado”. De momento, no se negociarán apenas convenios y bastante será conseguir que las empresas paguen los sueldos este mes y los siguientes (para eso van a tener ayudas y créditos con aval público). Pero me temo que muchas empresas hablarán de su pésima situación económica para defender una bajada de  salarios para evitar más despidos. Plantearán otra “devaluación salarial como la aplicada en 2008-2014, gracias a la reforma laboral de Rajoy.


El Gobierno y los sindicatos deben impedir que se retrase el pago de sueldos y una bajada generalizada de salarios, porque agravaría la recesión y dificultaría la reconstrucción de la economía y el país, al hundir aún más el consumo (que aporta el 60% del crecimiento del PIB). Una postura realista sería congelar los salarios actuales hasta que la situación mejore y, sólo en casos excepcionales, aceptar cobrar una parte del salario (temporalmente y recuperándolo después) para asegurar el empleo. Y en las empresas que han aumentado sus ventas con el coronavirus (supermercados, comercio electrónico, transportes y algunas tiendas), los empresarios deberían compensar con aumentos extras de sueldos, como ya han hecho Mercadona o Amazon.


La clave de esta pandemia del coronavirus es salir de ella vivos y con empleo. Y si hay que hacer sacrificios, los hagamos todos, las empresas en sus beneficios y los trabajadores en sus salarios, congelándolos temporalmente, porque si caen profundizarían la recesión. Va a ser más necesario un Pacto social entre patronales y sindicatos, con acuerdos globales pero dejando una enorme flexibilidad empresa a empresa, para que pagar los salarios no sea un motivo de cierre. Para eso debe estar, entre otros destinos,  la financiación con avales públicos del Paquete de medidas extraordinarias aprobado por el Gobierno.


Todos tenemos que evitar que se repita la injusticia de la pasada crisis, donde los salarios han sido los grandes paganos del ajuste. Algo que se remonta incluso a las décadas anteriores, a finales del siglo XX y todo el siglo XXI, según ha demostrado el economista Thomas Piketty en su libro “El capital del siglo XXI”: los rendimientos de capital llevan décadas creciendo más que el PIB y más que el factor trabajo. Esa es la causa del aumento de la desigualdad en el mundo. Y lo confirma un estudio publicado en febrero por la prestigiosa consultora McKinsey: en lo que va de siglo, los salarios han crecido menos de la mitad que la economía en 22 de los paises más ricos del mundo, entre ellos España. Entre 2000 y 2018, el salario medio de estos paises desarrollados creció a un ritmo anual de sólo el +0,7% frente a un alza del PIB global del 1,6%. En dos paises (Grecia y Portugal), los sueldos llegaron a caer (un -0,2% en ambos casos) y en España aumentaron sólo un 0,2%, según el estudio de McKinsey.


En resumen, que mientras la economía crecía, los salarios aumentaban menos y perdían peso, se llevaban un trozo menor del “pastel” de la economía, en favor de los beneficios de empresas e inversores. Es lo que indican las cifras anuales del PIB en España, según la Contabilidad Nacional del INE: los salarios suponían un 49,04 % del PIB en 2008 (544.126 millones de euros) y en 2019 supusieron el 45,83% del pastel (570.538 millones, 26.412 más que en 2008, pero el PIB creció más). Y en contrapartida, el excedente bruto de explotación (beneficios empresariales y otras rentas) subió ligeramente, del 43,05% en 2008 (477.690 millones) al 43,86% en 2019 (546.066 millones, 68.376 más de beneficios). Y también subía el resto del PIB, que son impuestos y otros ingresos. 


Este fenómeno, que los salarios “pierdan peso” en la economía ha sucedido en toda Europa, donde el peso de los salarios es menor que hace una década: ha caído del 56,9% sobre el PIB en 2009 (sin contar impuestos, solo salarios y beneficios empresariales) al 56,2% en 2018, según los datos publicados en febrero por la Comisión Europea. Y ahí vemos que España es el 7º país donde los salarios han perdido más peso en la economía (-4,2%) entre 2009 y 2018, sólo por detrás de Irlanda (-19,2%: una devaluación salarial que junto a las rebajas fiscales a las multinacionales explica “el milagro celta”), Croacia (-10,8%), Chipre (-6%), Portugal (-5,5%), Malta (-5,3%) y Grecia (-4,5%). Como se ve, los paises del sur y sus trabajadores son los mayores paganos salariales de esta crisis. Y enfrente, los salarios no perdieron peso en Alemania y apenas en Suecia y Austria (-0,1%), Francia (-0,2%) o Italia (-0,8%). Dos maneras muy diferentes de repartir la crisis entre los europeos.


Ahora, cuando nos viene encima otra recesión por el coronavirus, en España y en Europa, hay que intentar desde el principio que esta historia no se repita, que los sacrificios se repartan y que la reconstrucción no cargue (otra vez) sobre el sueldo de los trabajadores. Ahora hay que salvar vidas, empresas y empleos, pero mañana, cuando empecemos a doblegar al virus, hay que alcanzar un gran Pacto social, unos nuevos Pactos de la Moncloa, el acuerdo que cambió España hace más de 40 años (en octubre de 1977). Y será fundamental no sólo recomponer empresas y empleos sino mantener los salarios en lo posible, no volver a devaluarlos mientras se recuperan los beneficios empresariales, como ha pasado en la última crisis de 2008. Porque unos salarios “decentes” son "la gasolina" de la reconstrucción, que se puede iniciar cuando España vuelva a la normalidad. Hay que mirar hacia adelante, salir de este agujero del coronavirus, pero “aprendiendo del pasado”, con solidaridad y repartiendo los costes y el futuro crecimiento. Entre todos y con justicia.

jueves, 8 de junio de 2017

Más Selectividad, no estudiar para trabajar


Esta semana y la que viene se celebran en toda España los últimos exámenes de la Selectividad, el “filtro” al que se enfrentan 300.000 jóvenes bachilleres para acceder a la Universidad. Será la última vez: el año que viene, cada Universidad pondrá sus pruebas de acceso, como en casi todos los paises. Seguirá habiendo “filtros”, que dejan fuera a un 20% de jóvenes que quieren estudiar una carrera, porque muchas están saturadas. El contrasentido es que tenemos más universitarios que la mayoría de Europa y a la vez el doble de paro entre los que tienen una carrera. Porque los estudios van por un lado y las ofertas de trabajo por otro. Y las empresas se quejan de que les faltarán casi 2 millones de profesionales cualificados para 2020. Urge un gran acuerdo entre las Universidades y las empresas para delimitar estudios y carreras, planificando la formación a medio plazo. Lo contrario es estudiar para parados. Menos Selectividad y más preocuparse de enseñar para trabajar.



                                                                                            enrique ortega

Este año no debería haber pruebas de Selectividad. La polémica Ley educativa aprobada por el Gobierno Rajoy, la LOMCE, establecía que este curso desaparecían las tradicionales pruebas de Selectividad y se cambiaban por una reválida en 2º de Bachillerato y una prueba de acceso que fijaba cada Universidad. Pero la comunidad educativa se ha opuesto a las reválidas y los rectores de las Universidades le pidieron al Gobierno que retrasara un año las nuevas pruebas de acceso, porque no estaban preparados. Y así, en noviembre pasado, el Gobierno Rajoy acordó con los rectores y las Universidades que este año volvería a haber Selectividad y que la aplicación de la LOMCE se dejara para el año que viene (?).

Así que esta semana y la que viene, unos 300.000 jóvenes que han terminado el Bachillerato se enfrentan a varios días de pruebas para superar la Selectividad y poder luego estudiar una carrera. Las pruebas son bastante similares a las de años anteriores, con pequeños cambios. Hay una prueba obligatoria, que consta de 4 ejercicios, uno por cada materia troncal (Lengua y Literatura, Historia de España y Lengua extranjera) y el cuarto a elegir en función de la modalidad de bachillerato cursado (Matemáticas, Latín, Materias Aplicadas a las Ciencias Sociales y Arte), más un 5º ejercicio sólo en las autonomías con lengua oficial propia. La principal diferencia con la selectividad de 2016 es que los alumnos no se examinan ahora de las asignaturas de 1º de bachillerato (Filosofía, Historia Universal, Economía e Historia Contemporánea). Y para los que quieren mejorar nota, hay una prueba voluntaria, en la que se examinan de un máximo de 4 materias troncales de 2º de Bachillerato que han de ser diferentes a las materias elegidas en la fase obligatoria.

Al final, tras estas dos pruebas, el alumno consigue una nota de acceso a la Universidad, que suma tres componentes: el 60% de la nota media del Bachillerato más el 40% de la nota sacada en la prueba obligatoria de Selectividad más las calificaciones obtenidas en las 2 mejores materias de las cuatro examinadas en la prueba voluntaria. En total, pueden conseguir un máximo de 14 puntos. Y con esta “nota de corte”, mirar a ver si superan el mínimo exigido por cada Universidad (se puede utilizar este buscador de 2017),  mínimo que varía según la carrera (12,84 en Medicina o 6,50 en Humanidades) y, sobre todo, de si va a estudiar en Madrid o Barcelona o en provincias (para Administración de Empresas, ADE, oscila entre 11,14 puntos en la Pablo de Olavide de Madrid y los 5,07 en Castilla la Mancha). Al final, un 90% de los bachilleres aprueban la selectividad y un 80% logra ingresar en la carrera que prefieren, algunos cambiando de ciudad.

Las pruebas de acceso a la Universidad, en España la Selectividad, es algo que de una u otra forma se hacen en todos los paises, aunque en la mayoría no se trata de una prueba similar para todos los bachilleres, sino que cada Universidad es la que fija las pruebas de acceso de los estudiantes, aunque hay paises, como Alemania, donde también cuenta el expediente del Bachillerato. Y en Estados Unidos, además de aprobar el examen de acceso (el SAT), cuentan mucho el historial académico previo y las recomendaciones que se aporten.

El año que viene, para junio de 2018, en España dejará de haber exámenes de Selectividad como hasta ahora y serán las Universidades las que fijen las normas y pruebas de acceso a sus distintas carreras. Eso romperá con la uniformidad y homogeneidad actual, porque las pruebas de acceso serán diferentes por autonomías y Universidades, más rigurosas en unas y menos en otras, con lo que “el filtro” será muy diferente. Y si ahora hay poca diferencia entre estudiar una carrera en un sitio que en otro, en el futuro será muy importante dónde se ha licenciado un universitario, desde las pruebas de acceso al final de la carrera. Y más porque la tendencia es que las Universidades españolas sean cada vez más autónomas, tanto para ofrecer planes de estudios como para cobrar tasas diferentes.

Ya hay Universidades, en Cataluña, que este curso han empezado a ofrecer licenciaturas de 3 años en vez de 4, una posibilidad abierta por el ministro Wert en 2015. Y el próximo curso 2017-2018, habrá más Universidades que ofrecerán licenciaturas de 3 años, a las que sumar 1 ó 2 años de Master (3+1 o 3+2). El único requisito, acordado en mayo de 2017 por el Consejo de Universidades, es que han de ser carreras “nuevas” (se teme que algunas Universidades "maquillen" carreras viejas...). De momento ya hay autorizadas 11 nuevas titulaciones de 3 años en Cataluña, la mayoría en Universidades privadas. Un sistema que permite ofrecer un título en menos tiempo y coste para las Universidades, además de atraer a estudiantes para hacer 2 años complementarios de Master (en vez de 1 como ahora), por los que las Universidades cobran un 50% más que por un curso de Grado.

Además de títulos distintos, las Universidades tienen precios distintos, sobre todo tras la fuerte subida de tasas decretada en 2012, que osciló entre el 20% (Andalucía o Castilla la Mancha) y el 60% (en Barcelona y Madrid), mientras sólo Galicia y Asturias las han congelado. Así, un grado de medicina o uno de Ingeniería cuesta 2.372 euros en Cataluña, el triple que en Andalucía (757 euros) y el doble que en Extremadura (1.111 euros). Y un grado de Derecho cuesta el doble en Cataluña (1.516 euros) que en Andalucía (757 euros). Y un master en la Universidad pública de Barcelona tiene un precio medio de 4.000 euros, frente a 1.800 euros máximo en las universidades de Andalucía.

Sean cuales sean los precios, estudiar en la Universidad en España se ha encarecido mucho y somos el 6º país de Europa con los grados universitarios más caros (1.100 euros de media), tras Reino Unido, Irlanda, Italia, Letonia y Lituania, según un estudio elaborado por comisiones Obreras. Y el 7º país más caro de Europa en Master (se pagan 2020 euros de media), tras esos mismos paises y Grecia. Y según un estudio de los propios rectores, España es el cuarto país más caro para estudiar en la Universidad (1.257 euros de media en 2013-2014), sólo por detrás de Reino Unido (4.409 euros), Irlanda (2.500 euros) e Italia (1.300 euros). De hecho, apenas se paga por estudiar en la Universidad en Alemania (200 euros) , Francia (283 euros) o Polonia (41 euros) y hay 11 paises europeos donde estudiar en la Universidad es gratuito (Austria, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Grecia, malta, Noruega, Escocia-RU, Suecia, Turquía y Chipre). Y además de ser más cara, el Gobierno Rajoy ha endurecido los criterios y  recortado la cuantía de las becas a los universitarios.

La consecuencia de que la Universidad sea más cara y hayan bajado las becas es doble. Por un lado, hay 134.000 estudiantes que han dejado la Universidad desde 2012, según un informe de la Fundación CyD. Y por otro, han aumentado los alumnos en las universidades privadas, ahora que se han acortado los precios en Grados y sobre todo en los Master al subir más las tasas en las públicas. De hecho, los alumnos en los Grados de las 32 universidades públicas han crecido un 17,6% entre el curso 2008-2009 y el 2015-2016, mientras caían un 6,3% en las 50 Universidades públicas. Y en los Master, han crecido los alumnos de las públicas un 167% en estos 7 cursos, mientras aumentaban un 587% en las privadas. El resultado es que las Universidades privadas han ganado cuota de mercado a costa de las públicas: de un 11 a un 13% (173.381 alumnos) en enseñanzas de Grado y de un 15 a un 32% (52.710 alumnos) en enseñanzas de Master entre 2008-2009 y 2015-2016, según datos oficiales del Ministerio de Educación.

Las Universidades públicas pierden peso mientras no consiguen recuperarse de los recortes aplicados por Zapatero y sobre todo Rajoy: -1.370 millones, el 14% del Presupuesto de 2010. Y eso lleva a un problema de fondo, de falta de recursos: el gasto público en España por cada universitario es de 12.604 dólares, un  20% inferior a los 15.665 euros de gasto medio en Europa (UE-22) o a los 15.772 dólares por universitario que gasta la OCDE, según el informe “Education at a glance 2016”. Y España, como país, dedica el 1,3% de su PIB a financiar la Universidad, por debajo del 1,5%  del PIB que gasta la OCDE (34 paises). O sea, que tendríamos que gastar 2.250 millones de euros más cada año en la Universidad.

Pero hay más problemas en la Universidad española que la falta de dinero. Uno importante es ajustar la oferta universitaria, recortando titulaciones (hay 2.637 Grados y 3.661 Master) y fusionando Centros (hay 234 Campus, con ofertas de estudios similares a pocos kilómetros de distancia). Otro reto es reducir la endogamia (7 de cada 10 profesores trabajan en la misma Universidad donde leyeron su tesis) y abrir la docencia al mundo económico y empresarial. Y sobre todo, fomentar la autonomía universitaria y las auditorías de eficiencia y calidad (para que las Universidades españolas compitan en el mundo: sólo hay una, la de Barcelona, entre las 200 mejores Universidades del mundo). Pero, con todo, el mayor reto de la Universidad española es conseguir que sus licenciados trabajen.

Hoy por hoy, los títulos universitarios no son una garantía de empleo, aunque tengamos más universitarios que el resto de Europa (32,6% de los adultos frente al 27,1% en la UE). El 10,89% de los universitarios están en paro, menos que el conjunto de españoles (18,75% en paro) pero el doble de parados que en Europa (5,7% de paro entre universitarios) y en la OCDE (4,9% paro universitario). Y además, 1 de cada 3 universitarios que trabajan (el 33,7%) están subempleados, sobrecualificados: han hecho una carrera pero trabajan de otra cosa, de teleoperador o cajera de supermercado. Lo que sucede es que apenas hay trabajo para algunos licenciados (sólo el 4,8% de las contrataciones para Humanidades y Ciencias Sociales y un 9,7% para salud), mientras las contrataciones se concentran en licenciados en ADE, Economía y Derecho (40%), Ciencias e Ingenierías (27%), Informática y TICs (17,7%), según un estudio de la Fundación Everis sobre lo que demandan las empresas.

Cara al futuro, la brecha entre lo que se estudia y lo que necesitarán las empresas se va a agravar: en 2020 faltarán en el mercado español 1,9 millones de profesionales altamente cualificados, sobre todo perfiles STEM, el acrónimo en inglés de especialistas en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, según un estudio de Randstad. Y además, no bastará con tener esos títulos. Las empresas se quejan de que los universitarios españoles les sobra teoría y les falta formación práctica, habilidades para afrontar el reto laboral, que necesitan mejorar en idiomas y entorno digital, ser más flexibles y saber trabajar en equipo. Y saber adaptarse mejor a los cambios, empezando por cambiar de ciudad o país para trabajar.

Urge pensar menos en la Selectividad, en filtrar a los alumnos para entrar en la Universidad, y pensar más en lo que estudian para mejorar su salida laboral. Y eso exige un gran acuerdo Universidad-empresa, donde el mundo docente se abra a las necesidades de las empresas para configurar las carreras con más futuro, que mejor aseguren un empleo. Y enseñar practicando, en la Universidad y en las empresas. Esa debería ser la obsesión de la Universidad, los alumnos y los políticos cara a los próximos cursos. Enseñar para trabajar.