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jueves, 23 de marzo de 2023

¿Qué pasa con los alimentos? : seguirán caros

La inflación empezó 2023 subiendo, en enero y febrero, quedando en el +6%. El problema son los alimentos, que suben un +16,6% anual, el mayor alza de los últimos 40 años. A pesar de la bajada del IVA en enero de alimentos básicos, pastas y aceites: bajaron en enero, pero han subido en febrero. Y hay 22 alimentos que cuestan ahora más que en diciembre. Mucha gente culpa a los intermediarios, que suben sus márgenes mientras el campo no se beneficia de estas subidas: la renta agraria cayó un -5,5% en 2022. Es evidente que la energía y muchos costes han bajado, pero no los alimentos. Pero hay otras causas, como el aumento de exportaciones españolas de alimentos a Europa (que los paga más caros), el cambio climático (que ha hundido las cosechas aceite, azúcar y cereales), la reducción de explotaciones agrarias y ganaderas (los jóvenes huyen del campo) y la subida de los precios internacionales de los alimentos. Y por todo ello, la comida va a seguir siendo cara.

Enrique Ortega

La alta inflación en el mundo y en España es un problema anterior a la invasión de Ucrania, aunque la agravó. El año 2021 empezó con una inflación del +0,5% anual, pero saltó del 3% en agosto (+3,3%), por el aumento de la demanda y los atascos en las cadenas de suministro, más el tirón de consumo del turismo. Y se cerró el año 2021 con una inflación del +6,5%, que llegó al +7,6% en febrero de 2022. Ya con la guerra en Ucrania, se dispararon los precios de la energía y las materias primas, disparando la inflación al +9,8% en marzo y superando el +10% anual en junio, julio y agosto, para moderarse después (tras las medidas del Gobierno y la excepción ibérica) y cerrar 2022 en el +5,7%. Y ahora, lleva dos meses volviendo a subir, poco, al +5,9% en enero y +6% en febrero. Es una inflación alta, pero inferior a la de finales de 2021, antes de la guerra. Y tenemos la 3ª inflación más baja de Europa (tras Luxemburgo y Bélgica), según Eurostat, muy por debajo de la UE-28 (+9,9%), la zona euro (+8,5), Italia (9,8%), Alemania (+9,3%) y Francia (+7,3%).

El mayor problema lo tenemos en el precio de los alimentos: suben un +16.6% en febrero, más del triple que el resto de la inflación y la mayor subida en los 40 años del IPC. Curiosamente, el precio de los alimentos estuvo muy moderado en 2021, subiendo del +1.7% en julio al +5% en diciembre, por debajo del IPC general (+6,5%). Y así siguió, por debajo, en enero (+4,8%), febrero (+5,6%) y marzo de 2022 (+6,8%). Pero en abril de 2022, los precios de los alimentos asumieron la guerra de Ucrania y subieron un +10,1% anual, poniéndose ya por delante del IPC general (+8,1% en abril 2022) hasta hoy, según el INE. Rondaron el +13% de subida en verano, superaron el 15% desde octubre  (mientras la inflación general se moderaba), cerraron el año 2022 con una subida del +15,7%, hasta el +16,6% actual. Así que seguimos con un grave problema de inflación en los alimentos, que preocupa mucho a las familias españolas, porque supone el 16,4% del gasto familiar, según el INE. Y en el caso de las familias con menos rentas, supera el 20% del gasto total.

Los alimentos también están subiendo más en toda Europa que el resto de gastos, según Eurostat. Así, en febrero 2023 subían una media del +19,1% en la UE-28 (el doble que la inflación global, que subía +9,9%) y un +17,3% en la eurozona, más que en España (+16,6%), que ocupa el lugar nº11 entre los paises con los alimentos más baratos, detrás de Chipre (+9,5%), Irlanda (+13%), Malta (+13,2%), Italia (13,4%), Luxemburgo (+13,9%), Grecia (+14,5%), Dinamarca (+14,8%), Francia (+15,8%), Austria (16,2%) y Finlandia (16,3%).Pero aquí suben menos los alimentos que en 17 paises europeos, entre ellos Suecia (+21,6%), Alemania (+21,2%), Portugal (+21,5%), Bélgica (+19,4%), Paises Bajos (+17,9%) y la mayoría de los paises del Este de Europa. Y suben menos, un +10,1% en EEUU.

Lo preocupante es que los alimentos han seguido subiendo en España este año, a pesar de la bajada del IVA el 1 de enero: bajó del 4 al 0% para alimentos básicos (pan, harinas, queso, huevos, frutas, verduras, legumbres, hortalizas, paratas y cereales) y del 10 al 5% para aceites y pastas. En enero, algunos de estos alimentos bajaron (el índice alimentación bajó del 15,7% al 15,4%), pero luego en febrero volvieron a subir muchos (elevando el índice alimentación del 15,4 al 16,6%). Un “efecto yo-yo, que demuestran las estadísticas del INE. De hecho, hay 22 alimentos que subieron más en febrero de lo que subían en diciembre: azúcar (+52,6% anual frente a 50,6%), panadería (28,3% frente a 27,5%), lácteos (+27,9% frente a +24,1%), legumbres y hortalizas (+23,6% frente a 12,3%), alimentos para bebé (+23,5% frente a +14,5%), pizzas (+22,3% frente a +12,3%), cacao y chocolate en polvo (+18,6% frente a +15%), helados (+18,5% frente a +13,7%), confituras y mermeladas (+18,4% frente a +16,9%), zumos (+17,9% frente a 17,5%), pescado y marisco seco (+17,6 frente a 13,4%), sal y especias (+17,1% frente a +15,8%), refrescos (+16,5% frente a +11%), otras cervezas (+16,2% frente al +13%), carne de cerdo (+15,4% frente a +13,8%), té (+15,3 frente al +12,1%), legumbres y hortalizas secas (+15,2 frente a +14,9%), cereales de desayuno (+14,2% frente a +11,2%), cerveza sin alcohol (+14,2% frente a +11,6%), cerveza rubia (+14,1% frente a +12,4%), agua mineral (+14% frente a +12,9%), carne de vacuno (+13,7% frente a +13,2%), carne seca (+11,8% frente a +9,5%) y chocolate (+11,2% frente a +6,7%).

La asociación de consumidores FACUA ya denunció en febrero a la Comisión de la Competencia (CNMC) una lista de supermercados por no haber bajado los alimentos a los que se había bajado el IVA, que eran 1 de cada 5 analizados (el 20%), Lo preocupante es que, a mediados de marzo, FACUA ha detectado que han vuelto a subir 1 de cada 3 alimentos básicos (un 30,8%, más que en febrero): en el análisis de 1.000 productos, se han detectado 312 casos de subidas, sobre todo frutas y verduras (127 casos denunciados), aceites de oliva (55 denuncias), leches y lácteos (47), legumbres (34 denuncias), pastas (19 casos), arroces (17), pan y huevos (las 12 denuncias restantes).

Los agricultores y ganaderos se defienden diciendo que ellos no han subido precios estos  últimos meses. La organización agraria COAG publica mensualmente un informe sobre la diferencia entre los precios que cobra el campo y los que paga el consumidor final (ver escandallos IPod últimos meses).Y ahí se ve que, salvo en el pimiento verde y en los tomates, el precio percibido por agricultores y ganaderos apenas han subido, desde luego mucho menos que el precio en el súper. Y esgrimen otro dato: en 2022, el año con la mayor subida de los alimentos en España, la renta agraria ha caído un -5,5%, según el Ministerio de Agricultura, debido a que los costes del campo subieron más que los precios.

Entonces, ¿por qué se ha disparado el precio de los alimentos? Muchos expertos lo atribuyen a los intermediarios de la cadena alimentaria, desde los mayoristas en origen al transporte, la industria alimentaria, los distribuidores y supermercados e híper. Algo difícil de probar porque no se publican los márgenes, como hará Francia. Pero hay un hecho claro: los precios de la energía son ahora mucho más bajos que hace un año: el petróleo cotizaba ayer a 75 dólares barril, más barato que antes de la invasión de Ucrania (97.89 el 23-F), el gas cotiza a 42,40 euros (frente a 88,89 el 23-F) y la luz costaba ayer en España 101,22 euros MWh (un 48% menos que los 195,86 euros del 23-F). Pero esta bajada de costes no se ha repercutido en la producción, transporte y distribución de alimentos.

Hay otras causas que encarecen los alimentos además de los márgenes. Una de ellas son los altos precios que han alcanzado los alimentos en Europa, empujados también por una menor producción en el centro y norte del continente, tras el cierre de invernaderos por la subida del gas. Eso hace que el precio de un tomate en Berlín sea de 4,99 euros kilo frente a los 2,55 euros en Madrid. Lo mismo pasa con casi todos los alimentos, desde las patatas (1,72 euros kilo en Madrid y 1,98 euros en Roma), los huevos (1,2 euros la media docena en Madrid y 2,79 euros en La Haya), la leche (0,92 euros la semidesnatada en Madrid frente a 1,54 euros en París), la pechuga de pollo (4,24 euros el medio kilo en Madrid y 7,28 euros en La Haya) o las naranjas (2,15 euros kilo en Berlín y 1,15 euros en Madrid). Con estos precios, un mayorista de Murcia o Almería prefiere vender alimentos en Alemania o Paises Bajos. Y eso fuerza al alza a los alimentos que los intermediarios compran y venden en España.

La prueba de este “desvío de alimentos” al extranjero (para cobrar precios más altos)  es el tirón de las exportaciones agrícolas de España, que lleva años siendo “la despensa de Europa”: las exportaciones de alimentos casi se han duplicado, de 37.604 millones en 2013 a 64.248 millones en 2022, año en que crecieron un 13,1% (y un +32% sobre 2019), según los datos de Comercio. De esa cifra, un tercio son exportaciones de frutas, hortalizas y legumbres (21.811 millones, +18,2% sobre 2019), la 3ª mayor exportación de España (tras coches y medicamentos). Y son también muy relevantes las exportaciones de aceites (7.051 millones, un +32,2% en 2022), de carnes  (11.459 millones, +11,9%),  de azúcar, café y cacao (2.508 millones,+20,5%) y lácteos (2.20 millones, +25,3%). Dos tercios de estas exportaciones de alimentos van a la UE, pero el otro tercio se reparte en el resto del mundo, con una subida en 2022 de las ventas a Reino Unido y EEUU (+27%).

Otro factor que explica la subida de los alimentos, junto a los márgenes y las exportaciones, es el Cambio Climático, las malas cosechas provocadas por el clima (olas de calor, heladas, sequía, inundaciones…). Es lo que explica el tirón de precios del aceite, cuya última cosecha ha caído en España un -51,8% (de 1.412.000 Tm en 2021-22 a 680.000 Tm en 2022-23, la peor campaña desde 1.995-96). El clima ha dañado también la campaña de cítricos (-15,6%), afectando sobre todo a las naranjas (-19,9% producción 2022-2023). Y también el clima (heladas primavera pasada y lluvias intensas después) ha reducido un -10% la producción de frutas y hortalizas, siendo mayor la caída en algunas zonas y productos.

Un factor clave son los precios internacionales de los alimentos, que nos afectan directamente. Es el caso del azúcar (+52,6% de subida anual), cuyo precio es el más alto de los últimos 6 años, por la revisión a la baja de la cosecha en India y el desvió en 2022 de una parte de la caña de azúcar de Brasil a la producción de bioetanol. En España, el problema es que muchos agricultores han dejado de sembrar remolacha (el 80% se produce en Castilla y León), por la caída de precios en los años anteriores, que les han llevado a cambiarse al cultivo de maíz. Y además, la sequía ha recortado también la cosecha.

Otro factor más para explicar la subida de los alimentos es el abandono de explotaciones, tanto agrícolas como ganaderas. Ya asistíamos a una falta de reemplazo en el campo, con los jóvenes poco interesados en relevar a sus padres, pero el aumento de costes y la caída de la renta agraria sigue reduciendo el número de explotaciones. Un ejemplo: las granjas lecheras, donde se cierran 700 por año. Si se reduce la producción agrícola y ganadera y buena parte de lo que se produce se exporta, lo lógico es que los alimentos no paren de subir. Y más si el Cambio Climático avanza imparable: para 2050, los cultivos agrícolas de los paises mediterráneos van a reducirse un -17%, según el IPCC (ONU). Y el Cambio Climático es responsable de la caída de la producción sufrida ya en el maíz, el trigo y el arroz, los tres principales cultivos que alimentan al mundo.

Ahora, marzo puede dar una pequeña tregua al precio de los alimentos, pero subirán en abril y este verano, por la mayor demanda del turismo. Un factor clave será el clima esta primavera, porque si no llueve, volverá a haber problema con el ganado y muchos cultivos. Con todo, la previsión es que los precios de los alimentos pueden bajar más después del verano, aunque seguirán altos, por los recortes en la producción (clima) y la alta demanda (China y otros paises de Asia y Latinoamérica están aumentado su consumo). La estimación del Banco Mundial es que los precios internacionales de los alimentos den una tregua en 2023 y se estabilicen en 2024, pero que no bajarán hasta 2025. Todo va a depender de la evolución de los precios de la energía, de la guerra de Ucrania y del clima. Pero no parece que los alimentos vuelvan de momento a los precios de hace un año.

Ante el panorama de unos alimentos que no bajan, el Gobierno pide paciencia y esperar unos  meses. Y el sector pide nuevas bajadas del IVA, esta vez a todos los alimentos. Pero ya se ha visto que no son eficaces, porque no existen mecanismos para vigilar los precios de 7.000 productos en 30.000 establecimientos y evitar que los intermediarios mejoren márgenes con nuevas rebajas. Pero además, la bajada del IVA ha sido criticada por todos los organismos internacionales, desde la OCDE y la Comisión Europea al BCE, porque supone “gasolina para la inflación. Y también por otra razón clave: la rebaja del IVA alimenta la desigualdad, porque beneficia más a los que más tienen. Según un reciente estudio de FEDEA (Cajas de Ahorros), el IVA aumentó la desigualdad un +2,72% en 2020 (y +2,87% en 2019), mientras el IRPF la reduce. En los hogares con menos ingresos, el pago efectivo del IVA se lleva un 13% de su renta bruta, mientras que en los hogares con más recursos, este impuesto les supone menos del  2% de sus ingresos.

Los organismos internacionales defienden que los Gobiernos aprueben ayudas directas a los más vulnerables, como el cheque de 200 euros que aprobó el Gobierno (se puede solicitar hasta el 31 de marzo). Ahora, la UGT ha hecho una propuesta que parece razonable: sustituir la rebaja del IVA (ineficaz) por un cheque para alimentos que las familias podrían canjear en los supermercados, una medida que lleva años aplicándose en muchos paises y que, con la vigilancia adecuada, podría ser eficaz para que las familias con menos recursos se alimenten mejor (ha caído el consumo de carnes, pescados, frutas y verduras)  y lleguen a fin de mes. Pero en paralelo, habría que elaborar un listado oficial de márgenes de precios alimenticios, multiplicar las inspecciones oficiales  y aplicar multas ejemplares a los especuladores. Está claro que los alimentos van a ser caros a medio plazo, pero eso no impide evitar beneficios injustificables a costa de todos. Con la comida no se especula.

jueves, 14 de julio de 2016

España, al borde de la deflación


A finales de julio, España podría estar en deflación: 12 meses seguidos con la inflación en negativo. En realidad, llevamos dos años con la inflación en negativo, excepto tres meses en que subió una décima o cero. Y somos el 5º país europeo con menos inflación. Un indicador claro de que la economía sigue enferma, que no salimos de la crisis y las empresas necesitan “tirar los precios” para vender. Algo bueno para las familias y los pensionistas (no pierden poder adquisitivo) y para exportar, pero muy malo para el país: la inflación negativa desalienta la inversión y el empleo, cuesta más pagar las deudas (Estado, empresas y familias) y se recauda menos. Por eso, el BCE sigue preocupado por la baja inflación en Europa, aunque ya está en el +0,1%, mientras en España seguirá negativa este año. Sólo reanimando la economía, el consumo y la inversión se pueden reanimar los precios y asegurar más crecimiento y más empleo. Pero eso exige otra política, en Europa y en España.
 
enrique ortega

La inflación siempre ha sido un  problema en España: teníamos una economía y unas empresas que necesitaban vender más caro para poder subsistir. Y cuando venía una crisis internacional, los precios se disparaban: llegaron al 26,4% en 1977. Con la entrada en el euro y la mayor apertura comercial al exterior, las empresas se vieron obligadas a ajustar sus precios para competir, a costa de recortar plantillas y sueldos. Y la inflación bajó en torno al 3% desde 1999. Con la actual crisis, las empresas hicieron más ajustes de sueldos y plantillas para bajar aún más los precios, que se pusieron en negativo en 2009 (entre marzo y octubre), por primera vez en nuestra historia. Luego se recuperaron algo, hasta llegar a un pico del 2,1% en junio de 2013, pero como la crisis seguía ahí volvieron a bajar. Y se pusieron por segunda vez en negativo en julio de2014 (-0,3%). Desde entonces, son dos años con la inflación anual en negativo, salvo tres meses (+01% en junio y julio 2015 y +0% en diciembre). En junio, el último dato del INE, los precios estaban en el -0,8% y si siguen en negativo este mes de julio, serán ya 12 meses seguidos con la inflación negativa o cero. Y España estará "oficialmente" en deflación.

En realidad, la inflación está en negativo en España por la bajada del precio del petróleo, que ha provocado una bajada de dos bloques con mucho peso en el IPC: el gasto en vivienda, que baja un 5,5% anual (por las bajadas de la luz y la calefacción) y un 4% que baja el gasto en transporte (por la rebaja de los carburantes). Y también baja el gasto en ocio y cultura (-1,6%) y los medicamentos (-1%). Todo lo demás del IPC ha subido en el último año: un 1,5% los alimentos (sobre todo aceite, patatas, pescado, frutas, legumbres, azúcar y refrescos), el teléfono (+1,8%), los hoteles, bares y restaurantes (+0,9%) y la enseñanza (+0,5%). Otro factor que ha desplomado los precios es la fuerte caída de los salarios en España, de un 10 a un 20% sobre 2008: gracias a esta tremenda devaluación salarial, las empresas han podido bajar precios. Y más que el resto de Europa, porque los salarios españoles son un 39% más bajos que la media de la zona euro (15,8 euros/hora frente a 21,8 euros), según Eurostat.

Pero la clave de la bajada de precios es el bajo consumo, que fuerza a las empresas a tirar precios para mantener o subir sus ventas. Es el reino de los “precios low cost”. Un fenómeno que ha llegado para quedarse y la prueba es que España lleva ya 34 meses consecutivos con la inflación más baja que en Europa, desde septiembre de 2013. O sea: las empresas se han dedicado a ajustar costes, salarios y calidades para bajar precios como sea, para ser la China de Europa y poder vender mejor dentro y fuera. Y así, tenemos una inflación anual (últimos 12 meses) del -0,8% en junio, según el INE, que contrasta con la de Europa, que ha conseguido ya subir la inflación al +0,1%, tras varios meses en negativo. Y ahora, somos el quinto país de la UE-28 con menos inflación, sólo por delante de Rumanía (-3%), Bulgaria (-2,5%), Chipre (-1,9%) y Croacia (-1,2). Y lejos de la inflación positiva de Bélgica (+1,6%), Suecia (+0,8%), reino Unido (+0,3%), Francia (+0,1%) o Alemania (+0%), según Eurostat.

Los precios están más bajos en España, sobre todo los alimentos y bebidas no alcohólicas: su precio está por debajo de la media europea (92 sobre 100 en la UE-28) y solo hay 10 países con los alimentos más baratos que en España, todos paises del Este, según datos de Eurostat. Eso sí, el pan y los cereales son más caros aquí (104 frente a 100 de media en UE-28), pero es más barata la carne (85 frente a 100 en UE-28), la leche y los huevos (96 frente a 100). Y sorprende que sean mucho más baratos los “vicios”: somos el 6º país europeo con el alcohol más barato (81 frente a 100 en UE-28), sólo por detrás de cinco paises del Este, y el país 14º con el tabaco más barato (84 frente a 100 UE-28), sólo por detrás de Grecia, Portugal, Chipre y 10 paises del Este. Todo ello, porque aquí, alcohol y tabaco pagan menos impuestos.

Con todo, a pesar de tener los precios más bajos, como también han caído más las rentas en España que en Europa, nuestro consumo por habitante ha caído más con la crisis. Y así, España tiene un poder de compra de 88 frente al 100 de media de la UE y muy por debajo del 124 de Alemania, 116 de Reino Unido, 111 de Francia o 97 de Italia, los más ricos. Este indicador de bienestar, de consumo, nos coloca en el puesto 16 de la UE-28, sólo por delante de Grecia, Portugal, Malta, Chipre y 11 países del Este, según Eurostat.

En definitiva: tenemos precios más bajos pero como también tenemos ingresos y salarios más bajos (un -39% sobre la media UE-28, según Eurostat), nuestro poder de compra, nuestro bienestar, sigue por debajo del europeo. Eso sí, tener una inflación negativa (-0,8%) permite no perder poder adquisitivo a los trabajadores (cuyos sueldos subirán este año el 1,2%) y a los pensionistas (su pensión ha subido sólo un 0,25%). Y también los precios negativos ayudan a las empresas a exportar mejor, un “desahogo” importante cuando tiran poco las ventas  en España. Pero los efectos negativos sobre la economía son mucho mayores y por eso el BCE lleva dos años luchando contra la inflación negativa en Europa, inundando los mercados de dinero barato, buscando que los precios suban hasta el objetivo del 2% anual.

La inflación negativa es mala para la economía por tres razones. La primera y fundamental, porque desincentiva la inversión y el empleo, algo especialmente grave para un país como España con el doble de paro (19,8%) que Europa (10,1% zona euro) (y el quíntuple que Alemania, con el 4,2% de paro). Si un consumidor ve que los precios están bajos, puede pensar en retrasar sus compras, a la espera de que bajen más. Y las empresas, si ven que los precios están bajos, ven recortarse sus márgenes y tienen menos incentivos para invertir y aumentar plantillas. En segundo lugar, los precios a la baja reducen los ingresos públicos, sobre todo el IVA, recortando la recaudación y dificultando bajar el déficit público, lo que puede obligar a hacer más recortes. Y en tercer lugar, la inflación negativa es mala para los que tienen deudas, un grave problema en España, donde están muy endeudados el Estado (más de 1 billón de euros), las empresas (deben 910.769 millones) y las familias (718.595 millones de deuda, sobre todo hipotecas). Ahora, aunque los tipos están muy bajos, al ser la inflación negativa, el tipo real sube. Por ejemplo, si España pagaba en 2011 por la deuda a 10 años un tipo del 6% y la inflación estaba en el 3%, el tipo real que pagaba era el 3%. Ahora, aunque los tipos a 10 años hayan bajado al 1,95%, hay que sumar el -0.8% de inflación, con lo que el tipo real que pagamos es el 2,75%. Y lo mismo con los préstamos e hipotecas de empresas y familias.

En definitiva, que un dato que parece bueno, que los precios no suban y bajen, tiene más inconvenientes que ventajas, sobre todo para España. Y por eso la cruzada del BCE contra la inflación baja en Europa, que debería contagiar al Gobierno de España. Sobre todo porque todas las previsiones apuntan a que España seguirá con inflación negativa todo este año, para cerrar 2016 con una inflación media del -0,1% (Banco de España) al -0,3% (previsión de Funcas). Y no se espera una inflación positiva hasta 2017, del +1 al +1,6%, y eso siempre que los precios del petróleo no vuelvan a bajar de 45 dólares barril (están en 50$ ).

Pero con el alto paro que España tiene, no deberíamos esperar a 2017 para que la inflación volviera a subir, tras dos años bajando. La lucha contra la deflación debería ser una tarea urgente del futuro Gobierno. Y para ello, debería actuar en varios frentes. Por un lado, tratar de reanimar el consumo y la inversión pública, en gastos necesarios que reanimen la actividad y el crecimiento, desde el I+D+i hasta las infraestructuras, algunos empleos públicos y la formación. Y por otro, debería promover la subida de los salarios y del salario mínimo, a cambio de una mejora de la productividad en las empresas, para reactivar el consumo, también con medidas para fomentar un empleo más estable y menos precario. Y, en paralelo, España debería forzar en Bruselas un relanzamiento del Plan Juncker de inversiones europeas, con más recursos (sólo 21.000 millones nuevos de los 315.000 previstos), para impulsar el crecimiento europeo. Y a la vez, alinearnos con Portugal, Italia, Francia y Grecia para presionar a Alemania y la Europa del norte a que aumenten sus inversiones y su gasto público (tienen superávit) para que “tiren” del crecimiento, el empleo y los precios en  Europa, como ha pedido el FMI.

En resumen, los precios altos son malos pero los bajos, la deflación, es aún peor: es un claro síntoma de que la economía está estancada, que el pulso del enfermo sigue débil. Y con esos precios tan bajos, a las empresas no les compensa invertir ni crear más empleo. Es el estancamiento con deflación (“estanflación”) que ha asolado varias décadas a Japón y que ahora preocupa a Europa, aunque se hable poco de ello en España, el país más perjudicado por la baja inflación al tener el doble de paro. Habría que abrir este debate y promover un cambio de política, en España y en Europa. Una cruzada contra la deflación. Porque con los precios en caída libre (dos años ya), la economía y el empleo no despegarán. Al menos con la fuerza que necesitan los 4,7 millones de españoles sin trabajo (los parados de la EPA, los de verdad, no los 3,7 millones apuntados en las oficinas de empleo, una estadística de paro registrado engañosa y que no se utiliza en ningún país europeo).

jueves, 12 de junio de 2014

La sequía y el turismo subirán los alimentos


La sequía ha vuelto a asolar media España, en abril y mayo, dañando los cereales y otros cultivos. Y el cambio climático ha provocado subidas de alimentos en medio mundo. Aquí, subirán los alimentos en junio y más en julio y agosto, cuando haya 16 millones de bocas más que alimentar (turistas). Las subidas se notarán sobre todo en el pan, las pastas, carnes, legumbres, frutas y, en la próxima campaña, en el vino, el aceite y los turrones. Mientras, los españoles empezamos a consumir más alimentos, gracias a la guerra de precios entre supermercados, que se está agotando, porque las marcas blancas se han hecho con el mercado e imponen sus condiciones. Eso sí, pagamos por los alimentos cuatro veces lo que cobran agricultores y ganaderos: la mayoría del precio se queda por el camino. Sigue sin ponerse orden en la alimentación, a costa del consumidor y del campo. Y si sube el IVA reducido, como proponen Bruselas y el FMI, será la puntilla para nuestros bolsillos.
 
enrique ortega

Tras un invierno lluvioso, hemos tenido una de las primaveras más secas de los últimos años, con una fuerte sequía en abril y mitad de mayo, que se remonta a septiembre en el sureste. La sequía ha sido “dramática” en Murcia, Comunidad Valenciana, Aragón y zona centro, según los datos de las organizaciones agrarias, que también hablan de problemas en las dos Castillas y parte de Cataluña, con hasta 500 millones de euros en pérdidas. Los cultivos más afectados son los cereales (trigo, cebada, centeno), las legumbres, la almendra, el olivar y el viñedo y los pastos, que afectarán sobre todo a la ganadería. Agricultura dará ayudas fiscales y avales para créditos.

Esta sequía en España, como la de 2012, se suma a la fuerte sequía y los problemas climáticos en EEUU, Brasil, Australia y Sudeste asiático, que ha afectado a los cereales (más, con la crisis de Ucrania), la carne, el café y los aceites vegetales, cuyos precios llevan meses subiendo y batiendo récords desde mayo de 2013, según datos de la FAO, también por un aumento en la demanda mundial de alimentos.

Si añadimos a la sequía y a la subida internacional de los alimentos el fuerte aumento de la demanda en verano, por la llegada de turistas a España (16 millones de bocas más que alimentar sólo entre julio y agosto), todo apunta a una nueva subida de los alimentos, a partir de junio, tras un primer cuatrimestre con subidas moderadas, salvo las frutas (+6,3% de subida en el último año), carnes (+2,3% el cordero y 1% el pollo) y leche (+4,2%). Ahora, las mayores subidas se esperan en los derivados de los cereales (pan, pastas y cereales), las legumbres, algunas carnes, por la falta de pastos que obliga a utilizar piensos (cordero, cabrito, vacuno), algunas frutas y, para la próxima campaña, en el vino, el aceite y los turrones (la sequía ha diezmado la cosecha de almendra mediterránea). Y seguirá subiendo la leche, afectada por la falta de pastos y la escasez de la producción en España.

Estas próximas subidas podrían frenar la incipiente recuperación del consumo de alimentos este año, tras estabilizarse en 2013: el gasto medio en la cesta de la compra fue de 4.553 euros por hogar, un 0,4% más que en 2012, según Kantar, siendo dos tercios del gasto en alimentos envasados, cuyo consumo crece más que el de alimentos frescos. Pero 7 de cada 10 consumidores sigue restringiendo su consumo y sólo compra productos básicos. Está bajando el consumo de frutas (-2,2%) y carnes (-0,4%) y sube el consumo de leche (+1,1%) y lácteos (+1,9%), azúcar, legumbres, pan, huevos y aceites, según Agricultura.

La tendencia de compra apunta cada vez más hacia los supermercados baratos, que ya lideran las ventas (con un 34% del mercado), encabezados por Mercadona (22,3% ventas totales), Día (7,8%), Carrefour (7,7%), Eroski Súper (3,3%), Lidl (3%) y Alcampo (2,9%), según Worldpanel Distribución 2014. Les siguen las tiendas tradicionales (30,7% de las ventas), resto de supermercados (21%) y los híper (14% ventas), los que más pierden junto a las tiendas de siempre. Ahora la pelea se ha trasladado de los productos envasados a los frescos, frutas y verduras y carnes, donde los supermercados compiten con el mercado tradicional.

Pero la pelea básica sigue centrada en los alimentos envasados, bebidas, productos de limpieza y perfumería, donde siguen creciendo las marcas blancas, aunque menos que en años anteriores: suponen un 38% de las ventas (37% en 2012), según Nielsen, por encima de la media europea (35,8%), siendo el 4º país europeo con más penetración. Y en alimentación, las marcas blancas llegan ya al 45% de ventas, mientras hay tres supermercados donde las marcas blancas suponen más de la mitad de sus ventas: Mercadona (56,4%), Día (52,5%) y Lidl (78,3%). Sin embargo, en 2013 se han recuperado algo las marcas de fabricante, con un aumento del 0,5% en las ventas de los Top 100. Pero todavía, la mayoría de marcas bajan sus ventas, según la consultora IRI: Coca- Cola (-4,1%), Nestlé (-0,6%), Panrico (-12,6%), Perfumería Puig (-10,3%), Danone (-10,1%), Mahou (-2%), Colón /Calgonit (-7,9%), Puleva (-7,7%), Pascual (-2,4%), Nutrexpa (-1,8%)…

Las marcas blancas se han consolidado (acaparan el 72% de las ventas de aceite, por ejemplo), pero su tremenda fuerza preocupa por tres razones. Una, porque están hundiendo a muchas industrias y marcas de fabricante, expulsando competidores. Y con ello, han podido subir los precios de algunas de sus marcas, como demostró el estudio de The Battle Group. Y la tercera, que su política de compras y “ventas a pérdida” (precios “escaparate”, por debajo de coste, de aceite, leche o pollo) está hundiendo el campo, según denuncian las organizaciones agrarias, mientras la CNMC ha abierto varios expedientes por concertar precios.

A pesar de que continúa la guerra de precios en la cesta de la compra, los consumidores seguimos pagando los alimentos hasta cuatro veces más caros de lo que se les paga a agricultores y ganaderos: la diferencia media es de 4,72 veces en los productos agrícolas (+ 623% en la lechuga, +535% en la naranja o +783% en el calabacín)) y 3,06 veces en los ganaderos (+315% en la ternera, +260% en el cordero, +147% en el pollo, + 110% en la leche o +75% en los huevos). Eso se debe al extraordinario poder de la distribución: entre cinco controlan el 64% de las compras (Mercadona el 27%, Carrefour el 12,2 y Eroski y  Día 9,5% y Alcampo 5,8%). Un oligopolio que impone su poder frente a 30.000 industrias alimentarias (la mayoría pymes) y 330.000 productores agrarios, que apenas comercializan directamente sus productos (sólo 0,1% de venta directa frente al 15% en Europa). Y las 4.000 cooperativas agrarias españolas venden lo mismo que las cuatro mayores cooperativas de Holanda.

Nuestra cesta de la compra está en manos de unos pocos distribuidores, que marcan sus reglas y nos imponen sus marcas con el señuelo de los bajos precios. Y esto tardará en cambiar, a pesar de dos leyes recién aprobadas que pretenden hacer más transparente el mercado alimentario y fomentar las cooperativas. Pero al final, con la crisis, todos acabamos comprando lo más barato y fortaleciendo el oligopolio.

Ahora, el riesgo es que el Gobierno acepte las presiones de Bruselas, el FMI y el dictamen de la Comisión de expertos, que defienden subir el IVA de los alimentos, del 10 al 21 % para enero. Eso encarecería dos tercios de la cesta de la compra, que tiene ahora IVA reducido: carnes, pescados, aceite y azúcar, café, chocolate, pastas,  confitería y bollería, comida preparada de bebé, helados, yogures, frutas preparadas, zumos, agua y refrescos. Y casi todo lo demás, al subir también el IVA de los costes de producción del campo, desde semillas o fertilizantes al agua de riego, herbicidas o plásticos. En conjunto, la patronal de alimentación estima una subida de 600 euros por familia. El Gobierno dice que no subirá el IVA de los alimentos, pero la tentación está ahí: recaudaría 14.000 millones más.

Suba o no el IVA, los alimentos subirán este verano, a pesar de marcas blancas y ofertas. Es una buena razón para que el Gobierno y las asociaciones de consumidores refuercen los controles para asegurar la transparencia y la competencia, para que la distribución no haga su agosto a costa de nuestro carro de la compra. Con la comida no se juega.