El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
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jueves, 19 de marzo de 2026
Dependencia: un derecho pendiente tras 19 años
Mucha gente protesta por los problemas en sanidad, educación,
vivienda o transportes. Pero no hay un clamor social para mejorar la
situación de los mayores dependientes, que esperan años para recibir
ayudas ridículas: hay 258.167 dependientes esperando que les valoren o
recibir una ayuda reconocida. Y como son muy mayores, 32.704 fallecen
cada año sin ser atendidos (90 cada día). Un dato escandaloso,
que refleja los graves problemas de la Dependencia, tras 19 años de
vigencia de la Ley. Problemas causados por la falta de financiación del Estado y
las autonomías, que reaccionan (desigualmente) a la falta de recursos con retrasos
y ayudas “low cost” (264,55 euros mensuales de media a las familias con un
dependiente). Los Directores de Servicios Sociales proponen un Pacto
para gastar el doble en Dependencia y reducir en dos años las
listas de espera, ofreciendo ayudas dignas. Un reto urgente y
necesario, porque aumentarán los dependientes: si ahora hay 3 millones de
personas con más de 80 años, en 2050 serán 6 millones. Ayudémosles.
Enrique Ortega
El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
El gran problema de la Ley de Dependencia, que
entró en vigor el 1 de enero de 2007, es que aprobó derechos para los
dependientes y sus familias pero no aseguró la financiación necesaria
para cumplirlos. Y tras la crisis financiera y de la deuda, los dependientes
sufrieron duramente los recortes impuestos por Bruselas y Rajoy: se
estima que la financiación a la Dependencia se redujo -6.321 millones entre
2012 y 2020, con una baja aportación del Estado central y las autonomías.
En 2021, el Gobierno Sánchez aprobó un Plan de choque para la
Dependencia, aportando 600 millones extras al año en 2021, 2022 y 2023, además
de aumentar los Presupuestos: la inversión del Estado en Dependencia
alcanzó los 3.478 millones en 2024, el triple que en 2014 (1.130
millones). Las autonomías aumentaron algo su aportación, pero varias
aprovecharon el aumento del Estado para aportar menos. Y en 2025, tras dos años
sin Presupuestos, la financiación pública a la Dependencia apenas aumentó: se
destinaron 13.506 millones de euros, el 0,8% del PIB, la mitad del
gasto medio que hacen los paises europeos, según
los Directores de Servicios Sociales (DGSS).
Casi dos tercios de esta financiación pública a la Dependencia
(el 60,5%) procedió en 2025 de las autonomías, mientras el Estado central
aportó el 39,5% restante, aunque la Ley fijaba que el reparto iba a ser 50%/50%
(en 2009, antes de los recortes, el Estado central aportaba el 52,5%). Pero la
mayoría de las autonomías no tienen a la Dependencia como una prioridad
y por eso gastan poco y de forma muy desigual. De hecho, en 2025,
hubo
9 autonomías que recibieron del Estado Central menos recursos
que en 2024 porque incumplieron los compromisos de gestión acordados:
Aragón (-8,3 millones), Castilla y León (-5,8), Madrid (-3,6), Canarias (-2,3),
Castilla la Mancha (-1,3), Cataluña (-1,18), Baleares (-899.000 euros), Asturias
(-363.000 euros) y Murcia (-323.000). Y hay una gran diferencia regional en el gasto
en dependencia por habitante: gastan más que la media (6.015
euros anuales) la Rioja (7.537 euros/habitante), País Vasco
(6.567) y Castilla la Mancha (6.432 euros), mientras están a la cola
del gasto Aragón (4.020 euros/habitante), Asturias (4.045),
Ceuta y Melilla (4.418) Castilla y León (4.418), Madrid (5.821) y Cataluña
(5.918 euros/habitante).
Ante una escasa financiación, mientras crecen los
dependientes (por el envejecimiento de la población), las autonomías
(que gestionan la Dependencia) llevan
casi dos décadas utilizando 2
vías de salida, dos “trucos” para conseguir que el sistema medio
funcione: retrasar la concesión de las ayudas y dar servicios más
baratos (“low cost”) para atender con poco dinero a más dependientes:
en
2025 había 1.677.042 dependientes atendidos
con ayudas, más del doble que en 2011 (752.005). Veamos cómo lo hacen.
Por un lado, retrasan la entrada de nuevos dependientes,
multiplicando
la burocracia en un proceso larguísimo para reconocer las ayudas:
revisión documentos e informes, valoración de cada persona, valoración
provisional, resolución de grado de dependencia (I, II y III, los dependientes
más graves), trámite para proponer una ayuda o servicio, cálculo de los
ingresos y lo que tendrá que pagar el dependiente (copago), resolución y
entrega de los servicios, que aún se retrasan porque los han de prestar los
Ayuntamientos (más demora). En total, la tramitación de un expediente, desde
que se solicita la ayuda hasta que se concede son 341 días de media, según
los Directores de Servicios Sociales, cuando la Ley fija un plazo máximo de
180 días. Y hay una gran desigualdad de plazos por autonomías: tres superan
el año (559 días Murcia, 496 días Andalucía y 430 días Canarias),
mientras sólo 6 autonomías cumplen la Ley (113 días tardan los
expedientes en Castilla y León, 129 en el País Vasco,141 en Aragón, 151 en
Ceuta y Melilla, 165 en Castilla la Mancha y 174 en La Rioja).
Pero los retrasos no acaban ahí. A veces, las autonomías
revisan un expediente ya aprobado, para modificar el grado. En total, a finales
de 2025 había 109.260 expedientes pendientes de valoración, con los
dependientes y sus familias esperando… Y hay otro retraso posterior, también
para reducir el gasto: no dar las ayudas a los dependientes que las tienen
reconocidas: a finales de 2025 había 148.907 dependientes (+6.461 que en
2024) “en lista de espera” para recibir una ayuda o servicio que ya tienen
reconocido. Es lo que se llama “el
limbo” de la Dependencia y afecta al 8,3% de los dependientes
reconocidos, un porcentaje que es mucho mayor en algunas autonomías, las peor
gestionadas: Canarias (28,6% de los dependientes con derecho reconocido
no reciben ayudas ni servicios), País Vasco (15%), Cataluña (13,4%),
Murcia (13,3%), Extremadura (11,9%), Baleares (10,1%) y Ceuta y Melilla (10,6%).
Y que es bajo en Aragón (sólo el 1,3% dependientes en el limbo),
Galicia (1,5%), Cantabria(2,3%), Navarra (3,4%), Asturias (3,9%) y Castilla y León
(4%).
Sumando los expedientes pendientes de valoración (109.260) y
los dependientes reconocidos que esperan la ayuda o servicio (148.907 en el
limbo), da un total de 258.167 dependientes “desatendidos” a finales de 2025,
según
el estudio de los Directores de Servicios Sociales (DGSS). Una cifra que baja
algo cada año pero que se mantiene demasiado alta. Y la peor consecuencia es
que muchos de los dependientes desatendidos son muy mayores (4 de
cada 5 tienen más de 80 años) y se mueren antes de que les reconozcan
las ayudas o se las concedan: el
reciente estudio de DGSS cifra en 32.704 los dependientes que
murieron en 2025 esperando que les valorasen (17.994) o que les llegue la ayuda o
servicio reconocido (otros 14.710 fallecidos). Son 90 muertes diarias, el gran
fracaso del sistema de Dependencia.
El otro camino (junto a los retrasos) que utilizan
las autonomías para afrontar la falta de financiación es conceder
ayudas y servicios baratos (“low cost”) para poder “atender” así a
más dependientes (en las estadísticas). La principal ayuda que conceden son
las prestaciones económicas por cuidados familiares, que reciben ahora
728.851 familias (el 45% de los dependientes atendidos) por cuidar ellos a sus
dependientes en casa. Y la ayuda es ridícula: 262 euros al mes
de media (385 para los Dependientes de Grado III, que necesitan ayuda 24 horas…).
Y encima, hay varias autonomías que pagan mucho menos de media: 171
euros Navarra, 185 Asturias, 200 euros Castilla y León, 203 Cantabria, 221
Aragón, 223 euros mensuales Extremadura. Y la que más paga Galicia, son 377
euros.
La 2ª ayuda más concedida es la
teleasistencia, la más barata, que reciben 628.736 dependientes, el 55%
de los dependientes atendidos en su domicilio (hay autonomías como Madrid
donde el 51% de los dependientes graves son “atendidos” con teleasistencia).
Además de ser “vergonzoso” que la teleasistencia se considere como una “ayuda”,
en 2023 se aprobó un Decreto para que la teleasistencia llegara al 100%
de los dependientes, pero todas las autonomías lo incumplen.
Otro servicio que se concede es la
ayuda a domicilio (71.028 prestaciones), más una ayuda sobre el
papel que real, por su escasa intensidad: la media son 37,5horas al mes,
lo que supone una media de 1,24 horas diarias (2 horas y 15 minutos diarios
para los grandes dependientes…). Y aquí hay también una gran desigualdad en
las autonomías: en Navarra se ofrecen 76,9 horas al mes o 53,5 en Galicia,
mientras sólo se conceden 18,6 horas al mes (37 minutos diarios) en Aragón,
24,8 en el País Vasco o 25,6 en Castilla la Mancha y Cataluña. Y casi
todas las autonomías incumplen las horas mínimas que fijó el Decreto de
2023 (37 horas para Grado I, de 38 a 64 para Grado II y de 65 a 94 para Grado
III).
Seguimos con otros
servicios, los más caros y que menos se conceden. Uno son los centros
de día (que sólo se conceden a 33.701 dependientes). Y el otro, la
atención residencial (la tienen 108.015 dependientes), una ayuda para que
el dependiente vaya a una residencia (si la encuentra: faltan 90.000 plazas). La
ayuda supone entre 549,8 euros al mes (Grado II) y 566,9 euros
(Grado III), subvención que sólo paga un tercio del coste real de la
residencia. Y lo mismo pasa con otras prestaciones por servicio:
la autonomía da una ayuda (un cheque) y las familias “se buscan la vida” para
contratar el servicio con una empresa o cuidadora y paga la diferencia. Son los
famosos “copagos” que pagan las familias. En conjunto, del
coste total de los servicios de la dependencia (11.847 millones en
2025, el resto hasta los 13.506 millones es el coste de gestión), las
familias pagan ya 2.326 millones, casi el 20%.
Como se ve, tras 19 años, el sistema de la dependencia “hace
aguas”: mantiene a muchos dependientes en lista de espera y los que
reciben ayudas, son mínimas y sus familias tienen que buscarse ayuda por
su cuenta (contratar una cuidadora) o dejar de trabajar para
atender a padres, hijos o familiares dependientes (el 72,3% de los
cuidadores familiares son mujeres), lo que trunca sus carreras
profesionales. Por eso, expertos como los Directores de Servicios Sociales
(DGSS) dicen
que la Dependencia “es un derecho pendiente”, que está
sobre el papel (la Ley) pero que no se cumple con eficacia tras 19 años. Y
que a este ritmo, tardaríamos 20 años en acabar con las listas de espera
de la Dependencia.
En diciembre de 2016, los Directores de Servicios Sociales (DGSS) consiguieron que la mayoría del Parlamento (salvo el PP y PNV) firmaran un
Pacto por la Dependencia, para mejorar su financiación y sus resultados.
Pero ha sido papel mojado. En febrero de 2025, el Gobierno aprobó
una reforma de la Ley de Dependencia que está parada en el
Congreso. Esta reforma mejora algunos de los problemas actuales de la
dependencia, según reconocen los expertos de DGSS, pero tiene un problema de
fondo: no asegura más financiación para la Dependencia. Por eso, los
Directores de Servicios Sociales hacen
varias propuestas: duplicar la financiación a la Dependencia
(aportar a medio plazo el 2% del PIB, 32.000 millones frente a los 13.500 millones
de gasto en 2025), simplificar los trámites y la burocracia, mejorar la
calidad y cuantía de las ayudas y servicios, universalizar la teleasistencia,
reformar las residencias y mejorar la economía de los cuidados, con más
personal y mejores salarios.
Además, lanzan otra propuesta: aprovechar que este año 2026
se cumplen los 20 años de la Ley de Dependencia para alcanzar
un nuevo Pacto por la Dependencia, con 5 puntos: aumentar la
aportación del Estado hasta el 50% del coste total, reducir a cero en dos años las listas de espera (el “limbo”
de la Dependencia), aprobar medidas para mejorar la intensidad y la calidad de
los servicios apoyando más a las familias, comprometerse a que no se recortará
la Dependencia y que los cambios se aprobarán por Ley y apostar por una mayor
transparencia, para conseguir una información actualizada y completa, con mayor
seguimiento y control.
En las actuales circunstancias políticas, será difícil conseguir
este Pacto por la Dependencia, pero es una necesidad urgente, porque
la población española envejece y aumentarán año tras
año los mayores dependientes. De hecho, hoy hay 3 millones de personas
con más de 80 años (el 6% de la población), que acabarán necesitando ayuda,
pero en 2050
habrá ya 6 millones con más de 80 años (el 11%) y necesitaremos un
sistema de Dependencia que sea eficaz y no tenga listas de espera ni servicios low
cost. O nos preparamos desde ahora, con financiación,
personal, medios, ayudas y centros de atención (distintos, por favor, a las
siniestras residencias actuales) o la Dependencia será uno de los grandes
dramas de las familias este siglo. Y, sobre todo, una losa para las
mujeres.
El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
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jueves, 4 de diciembre de 2025
Los "boomers" no somos unos privilegiados
Se ha puesto de moda entre la derecha, expertos neoliberales
y sus medios afines defender que los “boomers” (mayores 61 años) son
unos “privilegiados”, porque tienen vivienda, patrimonio y “buenas
pensiones”, en perjuicio de sus nietos (“Generación X”: 20-24 años) y
sus hijos (“Millenials”: 25-44 años), que viven peor que ellos.
Plantean un “conflicto generacional” y proponen recortar el
gasto en pensiones para ayudar a los jóvenes. Es un falso debate.
Primero, porque los mayores no somos unos “privilegiados”: muchos
están en paro, sin encontrar empleo a partir de los 50 y sin poder jubilarse,
con la mitad de las pensiones por debajo del salario mínimo y con una
larga vejez donde faltan ayudas a la Dependencia. Pero sobre todo, porque los
mayores han cotizado y ahorrado durante décadas para tener casa y pensión. Y la
grave situación de los jóvenes no se arregla recortando pensiones, sino
volcándose en su educación y formación, en políticas activas de empleo y en promover
viviendas. La “guerra generacional” entre jóvenes y mayores es una falsa solución. Mayores 60 años: EREs, paro larga duración, pensiones bajas y pocas ayudas dependencia
Empecemos por saber cuántos “mayores” (no hay por qué usar el anglicismo “boomers”) hay en España. En el último Censo (1 octubre 2025) se contabilizan 13.380.282 habitantes con 60 y más años, el 27.06% de la población total (49.442.844). De ellos, 3.382.103 tienen entre 60 y 64 años, 2.915.361 con 65 a 69 años y los 7.082.818 habitantes restantes tienen entre 70 y más años (19.491 personas con 100 años o más), según el INE. Esta cifra de “mayores” supone un fuerte aumento desde principios de siglo, por el progresivo envejecimiento de la población en España: en el año 2.000 había 8.766.511 mayores (60 años y más), el 21,64% de la población, pasando a 11.079.928 mayores en 2015 (el 23,76%) y los 13.380.282 de ahora, 4,6 millones más de mayores que al inicio del siglo.
De estos 13,38 millones de mayores (60 y más), la
mayoría están hoy “inactivos” (ni trabajan ni buscan trabajo):
son 11.074.000 mayores inactivos, según
la EPA, básicamente personas mayores de 65 años (los inactivos de 60 a 64
años son sólo 1,26 millones). Pero hay 2,5 millones de mayores que trabajan
o están en paro, sobre todo entre 60 y 70 años (con más de 70 años hay casi
70.000 mayores “ocupados”, según la EPA).
En total, hay 2.208.900 mayores
(60 y más) trabajando, algo menos del 10% (9,86%) del total de ocupados
en España: 1,780.600 trabajan con 60 a 64 años, 358.900 con 65 a 69 años y 69.400
trabajan con 70 años y más. Con todo, su tasa de empleo (ocupados/activos)
es baja: trabajan el 26,8% de los activos, la mitad que en el conjunto
del país (66,82% de tasa de empleo). Sin embargo, el empleo de los mayores
ha aumentado más tras la pandemia (+1.201.900 empleos creados desde 2019 entre
mayores de 55 años) que entre los menores de 30 años (+701.800 empleos para
jóvenes de 16 a 29 años), según la EPA,
debido a que los mayores se han lanzado más a buscar trabajo estos años, sobre
todo las mujeres.
Estos trabajadores “mayores” tienen salarios más
altos, salvo los que han encontrado trabajo en los últimos años (peor
pagados), porque cobran más de antigüedad y pluses varios que los jóvenes.
Trabajan sobre todo en los servicios
(3.716.500 mayores de 55 años) y la industria (576.100), menos en la
construcción (335.530) y la agricultura (198.400). Y son mayoritariamente asalariados
(72,7% de los trabajadores con 60 años y más), aunque hay bastantes autónomos
(24%).Su salario medio mensual era de 2.680 euros brutos en 2024, un 12,36%
más que la media (2.385,6 euros) y un 25% más que el sueldo medio de los
jóvenes de 25 a 34 años (2.131 euros), según el Decil
de salarios de la EPA (INE).
Un problema de tener salarios más altos es que los
trabajadores mayores suelen ser los primeros que pierden su empleo
cuando la empresa ajusta plantillas. Así, en las dos últimas décadas, más de 1
millón de trabajadores mayores (+55 años) han sido “prejubilados”
en múltiples EREs. En el último, de
Telefónica, se plantea “prejubilar” a 5.040 trabajadores mayores
de 55 años (de los 6.088 despidos que contempla el ERE). La estrategia
de las empresas estos años ha sido clara: despedir a los
trabajadores mayores y sustituirlos por jóvenes que cobran mucho menos. Eso
hace que los trabajadores mayores (esos 2,2 millones que trabajan con más de 60
años) se sientan “muy vulnerables”, tras décadas de trabajo,
aunque sus sueldos sean más altos que los de los jóvenes.
Y por eso, muchos mayores están en paro,
concretamente 232.700 parados con 60 años o más (209.600 entre 60 y 64 años y
23.100 entre 65 y 69 años), según la EPA del
tercer trimestre, aunque en realidad son 510.000 los parados con más de
55 años, una edad a la que ya resulta muy difícil encontrar trabajo. El
problema de los parados mayores es que muchos tienen poca formación (el
53,8% de los parados mayores de 55 años no tienen acabada la ESO) y dificultades para
adaptarse a las nuevas tecnologías. Pero además, las empresas sufren un alto
nivel de “edadismo”, de rechazo
a contratar mayores de 55 años (y con más de 60 es “imposible”), con lo
que 7 de cada 10 parados mayores de 55 años piensan que "ya no volverán nunca a trabajar”,
según
una Encuesta de Adecco.
Esto se traduce en que los parados mayores llevan años
en el paro, según
la EPA: el 61% de los parados de 60 a 64 años llevan más de un año en paro
(son 127.700 parados) y lo mismo el 55% de los parados de 65 a 69 años (son
12.700). Y eso supone que a la mayoría se les ha acabado el paro “contributivo”
(el que les corresponde por lo que han cotizado) y tienen
que malvivir con el paro “asistencial” para mayores de 52
años (480 euros al mes) hasta que se jubilen (si cumplen las
condiciones para cobrarlo). La consecuencia es que más de un tercio de
los parados que cobran subsidio asistencial (480 euros) son mayores de 60 años:
265.514
parados en octubre, el 34,5% del total. Estos mayores parados son el
grupo más numeroso que cobra este paro asistencial y se han duplicado
desde 2013 (entonces cobraban este subsidio la mitad de mayores en paro, 125.647).
Así que los mayores que están en paro cobran
esos 480 euros hasta que pueden jubilarse. Y eso se les ha puesto más difícil
en los últimos años, porque los distintos Gobiernos han penalizado la
jubilación anticipada (hasta un 21% menos de pensión si se adelanta dos
años: ver
cuadro) . En consecuencia, estos mayores parados han de esperar hasta los
65 años para jubilarse o hasta los 66 años y 8 meses (si han cotizado menos de
38 años y 3 meses).
Y cuando los mayores se jubilan, su pensión tampoco
es tan elevada, a pesar de que los defensores del “conflicto generacional” hacen
demagogia con que las nuevas
pensiones de jubilación son ya de 1.626 euros (media noviembre 2025),
casi tanto como el salario mediano (2.001,4 euros en 2024,según el INE)
y más que el salario medio bruto de los jóvenes menores de 24 años (1.372,8
euros brutos). Pero utilizar sólo este dato es hacer demagogia, porque la
mayoría de las pensiones son mucho más bajas. Veámoslo.
A 1 de noviembre, la Seguridad Social pagó 10.420.231
pensiones y la pensión media fue de 1.316,69 euros mensuales. Pero
casi la mitad de todas las pensiones (el 48,77%) fueron menores de
1.000 euros y el 58,52% fueron menores al salario mínimo (SMI: 1.184 euros
en 2025). En cuanto a las pensiones
de jubilación, el 38,83% fueron inferiores a los 1.000 euros y casi
la mitad (49,22%) fueron menores que el SMI. Y las pensiones de viudedad son mucho más bajas: un 66,5% de las que se pagan son menores de 1.000
euros y las tres cuartas partes (74,3%) están por debajo del SMI. Así que “pensiones
de lujo” nada…
Si hablamos de pensionistas
en vez de pensiones, hay 9.425.383 mayores que las cobran hoy (1 millón
más que hace 10 años), una media de 1.455,67 euros por pensionista
(1.633,04 euros los hombres y 1.275,05 las mujeres), según la Seguridad Social.
Y de nuevo, los datos son explícitos: la mitad de los pensionistas (el
50,51%) cobran menos del SMI (menos de 1.184 euros/mes) y otro 47,31%
cobran entre el SMI y la pensión máxima (3.267,60 euros/mes), que sólo cobran
hoy 207.045 pensionistas. Además, este porcentaje de bajas pensiones
aumenta entre las
mujeres (el 60,45% de las pensionistas cobran menos del SMI) y en
algunas regiones: Andalucía (61% pensionistas cobran menos del SMI), Canarias
(60,7%), Castilla la Mancha (60,6%) y Galicia (60,5%).
Con estas pensiones tan bajas (ojo: 1
millón de pensionistas cobran menos de 500 euros), no es extraño que muchos
mayores malvivan, sobre todo porque gastan porcentualmente
más en alimentación, sanidad y vivienda que la mayoría. De hecho, los hogares
unipersonales de mayores (la mayoría, viudas que viven solas)
tienen una de las tasas de pobreza más elevadas, el
25,8% (frente al 19,7% de tasa media de pobreza en España y el 16,9%
entre los mayores de 60 años). Y aunque la mayoría de mayores tienen la
vivienda en propiedad (el 88,6%, frente
al 30% los jóvenes de 18 a 34 años), fruto de haberla comprado hace décadas
con mejores precios y condiciones que ahora, hay un 7,5% de mayores que
viven de alquiler y muchos de ellos se ven forzados al desahucio
por las tremendas subidas que algunos propietarios y Fondos quieren aplicarles
a sus antiguos alquileres. Así que no todos los mayores tienen patrimonio,
ahorros e inversiones, que por otro lado son fruto de una vida de
trabajo y de unas condiciones laborales mejores que las actuales. Además, muchos
mayores utilizan sus ingresos y ahorros para ayudar a sus hijos a llegar
a fin de mes: lo hacen el
37% de los mayores en España y más
de la mitad en Madrid.
Pero los problemas de los mayores no terminan con su
jubilación, mayoritariamente escasa. A partir de los 70 años, empeora
su salud y eso aumenta sus gastos sanitarios, tanto en seguros médicos
privados como en medicinas que no cubre el sistema (la “pobreza
farmacéutica” afecta ya a 1.200.000 españoles que han tenido que dejar
de tomar algún medicamento, porque no pueden pagarlo, muchos de ellos mayores).
Y estos problemas de salud se agravan a partir de los 85 años, edad con la que
la mitad de los mayores tiene enfermedades crónicas (según
un informe de FEDEA) o no pueden valerse por sí mismos, son dependientes,
lo que implica un gasto adicional para ellos y sus familias.
Precisamente, la dependencia de muchos mayores
(el 10,9% presentan limitaciones graves para realizar sus actividades
cotidianas) choca con la falta
de recursos de la atención a la dependencia en España, que cumple 19 años en enero
de 2026, tras atender a unos 4 millones de dependientes. Actualmente hay 1.750.070
españoles en situación de dependencia reconocida (la gran
mayoría mayores), aunque sólo 1.595.451 reciben alguna prestación: la mayoría
una ayuda económica mínima (de 171 a 385 euros/mes), bastantes teleasistencia y ayuda a domicilio (ojo: 38 horas al mes) y pocas para
residencias (560 euros mes, un tercio de lo que cuestan). Y lo peor: hay
284.020 dependientes en lista de espera (para ser valorados o recibir ayudas) y como muchos dependientes tienen más de 80 años, bastantes
mueren antes de recibir la ayuda: 25.060 han muerto así
este año.
Tras este panorama, desde los mayores que trabajan o están
en paro a los que cobran una pensión o son dependientes, no creo que pueda
decirse que los mayores estén en una situación “privilegiada”. Y menos que
hay que recortarles pensiones o ayudas, como defienden “expertos” neoliberales
o la
propia OCDE. España va a ser cada vez un país más envejecido y en
2050, un
30% de la población tendrá más de 65 años, lo que aumentará el gasto en
sanidad, pensiones y dependencia, hoy escasas de medios y recursos.
Mientras, también es evidente es que los jóvenes
españoles pasan por una mala situación (ver
Blog lunes), tras sufrir tres crisis económicas consecutivas (la financiera
de 2008-2010, la pandemia y la hiperinflación de 2022-23 por la guerra de
Ucrania). Y a pesar de su mayor formación, tardan en trabajar y encuentran
empleos que son demasiado precarios y mal pagados, lo que dificulta su
emancipación y formar una familia, fomentando su desinterés por la política y
el debate social, lo que los lleva a posiciones antisistema y a
apoyar políticas de ultraderecha. Pero este triste panorama
no se resuelve con recortes a sus padres y abuelos, sino con políticas
que pongan a los jóvenes en su centro.
Y eso pasa primero por cambios en la educación, para
que se reduzca el abandono escolar y mejore la educación, orientando los
estudios hacia formaciones donde haya empleo, ahora y en el futuro. Y hace
falta un Pacto social para que las empresas no abusen de los jóvenes
y los integren en sus políticas laborales y de promoción, con contratos y
salarios dignos. Y hace falta avanzar en la conciliación laboral y
en políticas de ayuda a las familias con hijos, las que hoy sufren más para
llegar a fin de mes. Pero sobre todo, urge una política de vivienda que
facilite alquileres asequibles a los jóvenes, sobre todo en las grandes
ciudades, algo que sólo puede asegurarse con una promoción urgente de
viviendas públicas. Y hace falta poner a los jóvenes entre los objetivos
prioritarios de todas las políticas públicas, integrándolos más en
la sociedad.
Los problemas que tenemos no
se resuelven con una “guerra entre generaciones”, con medidas
“fáciles” que busquen “desvestir a un santo para vestir a otro”. Hay
que repartir mejor el crecimiento y la mayor riqueza que tenemos. Y para
eso es clave recaudar más (que paguen más las multinacionales, empresas,
bancos y los ricos, que hoy pagan poco o evaden) y destinar esos mayores
recursos a los que más lo necesiten (jóvenes y mayores), para afianzar unos
servicios públicos deficitarios que no ayudan suficiente a los más
vulnerables. Crecer y repartir mejor la riqueza, no enfrentar a jóvenes y
mayores.
Empecemos por saber cuántos “mayores” (no hay por qué usar el anglicismo “boomers”) hay en España. En el último Censo (1 octubre 2025) se contabilizan 13.380.282 habitantes con 60 y más años, el 27.06% de la población total (49.442.844). De ellos, 3.382.103 tienen entre 60 y 64 años, 2.915.361 con 65 a 69 años y los 7.082.818 habitantes restantes tienen entre 70 y más años (19.491 personas con 100 años o más), según el INE. Esta cifra de “mayores” supone un fuerte aumento desde principios de siglo, por el progresivo envejecimiento de la población en España: en el año 2.000 había 8.766.511 mayores (60 años y más), el 21,64% de la población, pasando a 11.079.928 mayores en 2015 (el 23,76%) y los 13.380.282 de ahora, 4,6 millones más de mayores que al inicio del siglo.
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lunes, 1 de diciembre de 2025
Los jóvenes, los grandes perdedores
La subida disparatada de pisos y alquileres está
siendo la puntilla para los menores de 30 años, que apenas se
benefician de la buena marcha de la economía: sólo un 10% del empleo
creado este año ha ido a menores de 25 años, que tienen más del doble de
paro que el resto y ganan casi la mitad, por tener contratos más
precarios. Eso conduce a que muchos jóvenes no pueden emanciparse y tengan
más pobreza que el conjunto de españoles: 2,5 millones de jóvenes
viven en situación de “exclusión social”, según el informe Foessa
(Cáritas), a pesar de que la mayoría trabajan o estudian. Urge un Plan de
apoyo a los jóvenes, con medidas desde la formación a las políticas de
empleo y vivienda, para evitar que malvivan y sean utilizados por la
ultraderecha. Y no cabe enfrentarlos a los mayores, proponer como
solución recortar las pensiones y el gasto a los jubilados. Porque los “boomers”
no son unos “privilegiados” como argumentan algunos. Sobre eso
escribiré el próximo Blog. Enrique Ortega
Empecemos por ver cuántos jóvenes viven en España. Son 7.564.300 personas las que tenían entre 16 y 29 años en septiembre, según este informe de Trabajo, más hombres (3.902.100) que mujeres (3.662.300). Suponen ahora el 15,44% de la población total, mucho menos que al principios de siglo (21,6% de la población), cuando había 8.765.195 jóvenes de entre 16 y 19 años (+ 1,2 millones), por la caída drástica de la natalidad en España. Y si contabilizamos los jóvenes de 16 a 24 años, son ahora 4.840.000, unos 600.000 jóvenes menos que el año 2.000.
Sin embargo, los jóvenes han aumentado su peso sobre la población
en edad de trabajar, debido al envejecimiento de la población española.
Así, esos 7.564.400 jóvenes de 16 a 29 años suponen ahora el 23,6% de
las personas en edad de trabajar (16-64 años), 1 millón más de los que
había en 2015 (6.583.900, el 21,8%). De este total de jóvenes, el
53% están estudiando, aunque casi la mitad de ellos (el 25,6%) también
trabajan, según Trabajo. Y un 14,7% de los jóvenes (16 a 29 años) ni
estudian ni trabajan (son
“ni-nis”), un porcentaje que ha ido bajando (eran el 20,8% en
2015), aunque es superior al de Europa (11%).
El primer gran problema de los jóvenes españoles es que muchos
tardan en encontrar un trabajo (por su baja formación e
inexperiencia) y tienen por ello una baja
tasa de empleo: trabajan el 45,9% de los jóvenes de 16 a 29 años
(septiembre 2025), más los chicos (48%) que las chicas (43,7%), aún lejos del
68,6% que trabajan en el conjunto de la población (16 a 64 años). Eso se
traduce en que trabajan 3.474.000 jóvenes de 16 a 29 años, el 15,51% de todos
los ocupados en España (22.387.100 en septiembre de 2025). Son 1 millón más
de jóvenes trabajando que hace 10 años (2.463.600 trabajaban en septiembre
2015), pero el conjunto de ocupados ha crecido mucho más (+4,33 millones)
en esta década. Y desde 2019,
tras la pandemia, el empleo de los jóvenes (16 a 29 años) ha crecido
en +701.800, mientras aumentó en +63.900 entre 30 y 49 años y +1,65
millones entre los mayores de 50 años (que se han llevado dos tercios del
empleo creado).
Un problema de muchos jóvenes para encontrar trabajo es su bajo
nivel educativo (lo tienen el 20% de los ocupados), consecuencia en
algunos de que abandonaron sus estudios: el abandono
escolar temprano (no terminar la ESO), ha bajado del 20% de los
jóvenes de 18 a 24 años (2015) al 13% en 2024, aunque es muy superior a la
media UE (9,4%). Y otro millón largo de jóvenes (el 28,7% de los que trabajan)
tienen un nivel educativo medio, mientras sólo la mitad de los jóvenes
ocupados (1.663.200) tienen un alto nivel de estudios.
Cuando los jóvenes de 16 a 29 años trabajan, generalmente lo
hacen en
los servicios (2,79 millones hoy, el 81,3% de los jóvenes ocupados),
seguidos de la industria (409.400 jóvenes), la construcción (183.600,
un 82,7% más que en 2015) y la
agricultura (82.600 jóvenes, un 18,7% menos que hace 10 años). Pero el
trabajo de los jóvenes se concentra en unas pocas ramas de actividad: comercio
y reparación de vehículos (585.700), hostelería (516.000), industria
(375.000), sanidad y servicios sociales (348.500), actividades profesionales
y técnicas (237.800) e información y comunicaciones (192.900
jóvenes).
El gran problema del trabajo de los jóvenes es la
precariedad de sus contratos. Por un lado, siguen teniendo un alto
porcentaje de contratos temporales, aunque su peso se ha reducido
desde 2022 gracias a la reforma laboral: 48,7% entre los jóvenes
de 16 a 24 años y el 35,8% los jóvenes de 16 a 29 años (el doble que en
Europa), frente a sólo el 15,6% de contratos temporales el conjunto de los
trabajadores. Y casi la mitad de estos contratos temporales de los jóvenes
son “involuntarios”: los tienen porque no encuentran un contrato indefinido.
Además, el 24,1% de los jóvenes (16-29 años) tienen contratos
a tiempo parcial (por horas o por días), el doble que el conjunto
de los trabajadores (12,9%). Y de nuevo, casi la mitad de estos jóvenes con
trabajos parciales (el 43,4% en España, frente al 18,1% en Europa) los tienen “de
forma involuntaria”, porque no encontraron un empleo a jornada completa.
Estos tres factores, la baja formación, el sector
donde trabajan y el tipo de contrato explican que los
jóvenes tengan unos bajos salarios, según
este informe de Trabajo: ganan 15.364 euros de media (2023) los ocupados con 20 a 24 años (un 45,3%
menos que el conjunto de trabajadores, con 28.049 euros) y 21.039
euros los jóvenes de 25 a 29 años (el 25% menos que la media, aún menos las
mujeres: -6,9 adicional), según el INE.
Volviendo a los jóvenes que trabajan, esos 3.474.000 ocupados
(el 46% de los jóvenes entre 16 y 29 años), su siguiente problema es que la
precariedad de sus contratos y sus bajos salarios no les permiten en muchos
casos emanciparse y vivir fuera de casa o formar una familia: 7
de cada 10 jóvenes de 16 a 29 años con empleo siguen viviendo con sus padres,
según
el Observatorio de la Juventud. Y esta dependencia se ha agravado en los
últimos años, al dispararse el precio de los alquileres: En octubre, el
alquiler medio en España costaba ya 14,5 euros/m2, según
el portal Idealista, otro máximo
histórico (en 2006 costaba 10,1 euros, en 2011 bajó a 7,8 euros y en
2019 10,4 euros/m2, casi un 40% menos que hoy). Una subida de alquileres del +10,9%
anual, que se
suma al +81% que subieron los alquileres
entre 2014 y 2024. Con ello, un joven, con un sueldo medio bruto de
1.502 euros (INE), no puede pagar un alquiler medio en Madrid (1.700 euros) o
Barcelona (2.000).
Los alquileres disparados han aumentado el
porcentaje de jóvenes con problemas para llegar a fin de mes. De
hecho, ya en
2024, los datos oficiales señalaron que los jóvenes (y los niños) tienen
una tasa de pobreza monetaria mayor que el resto de la sociedad:
1 de cada 5 jóvenes (el 20,7%) de 16 a 29 años es “pobre” (ingresa menos del
60% del ingreso medio del país, menos de 827 euros al mes en 14 pagas (o menos
de 1.737 euros mensuales si es una familia con dos niños). Así que 1,5
millones de jóvenes (16 a 29 años) están en situación de pobreza monetaria.
Pero si se tienen en cuenta más factores, los jóvenes “excluidos” son más:
2,5 millones de jóvenes menores de 30 años están en exclusión social, según
el reciente Informe Foessa (Cáritas) que analiza
37 indicadores de empleo, vivienda, educación, salud, participación e
integración social. Y de ellos 723.190 jóvenes (el 11%) vive en exclusión
social severa, un número que ha aumentado un 83% desde 2007.
Estos 2,5 millones de jóvenes en exclusión social
son, para Cáritas y el informe Foessa, “los
grandes perdedores del actual modelo socioeconómico”. Y rechaza que
se les considere “pasotas” y “al margen de la sociedad”, porque más de un
tercio de estos jóvenes trabaja (aunque eso no les saca de “pobres”) y una
cuarta parte estudia. Y reiteran que las familias de las que
proceden y su código postal están detrás de su precaria situación, porque apenas
funciona “el ascensor social”, siendo clave el nivel educativo de padres e
hijos.
Además, los datos demuestran que las tres últimas crisis
(la financiera de 2008-2010, la pandemia y la hiperinflación tras la guerra de
Ucrania) han dañado especialmente a los jóvenes españoles: hay
una llamativa “desigualdad generacional” según la edad del cabeza
de familia. Así, los hogares encabezados por un menor de 35 años han
bajado su renta mediana de 31.700 euros en 2020 a 29.100 euros en 2022 (-8,2%),
según
el Banco de España. Y los hogares encabezados por personas de 35 a 44
años han visto caer su renta real un -0,9% (de 37.300 a 35.600
euros). Luego, a partir de esta edad, los hogares sí han mejorado su renta
real: los encabezados por personas de 45 a 54 años un +7,3% (de 34.300 a
36.800), los hogares entre 55 y 64 años mejoran un +0,55% (de 35.900 a 36.100
euros), los de 65 a 74 años un +4,46%, de 29.100 a 30.400) y los
hogares encabezados por mayores de 74 años aumentaron sus ingresos un +9,1%
entre 2020 y 2022 (de 19.800 a 21.600 euros).
Estos datos y otros sobre el
menor patrimonio de los jóvenes han llevado a algunos expertos a
plantear un
cambio en las políticas públicas: destinar menos recursos a los
mayores y más a los jóvenes, una especie de “enfrentamiento
generacional” que apoyan expertos neoliberales y políticos de ultraderecha, que se apoyan
en que la
pensión media de jubilación (por la que los jubilados han cotizado 35 años o
más) era en noviembre de 1.511,51 euros, poco menos que el salario mediano de 2024, que era de 2.001 euros brutos (y un
30% de los asalariados ganaban menos de 1.582 euros. Lo que no dicen es que el
48,37% de todas las pensiones (y el 38,88% de las jubilaciones) cobran
menos de 1.000 euros…
Pero cada vez que se da el dato mensual del gasto en
pensiones (27.119
millones en noviembre, por la extra de Navidad) o la revalorización
para 2026 (+2,7%
subirán en 2026), muchos expertos y organismos aprovechan para hablar
del “disparatado gasto en pensiones” y lo mal que están los jóvenes.
Incluso la
OCDE ha presentado un informe
donde propone medidas para frenar el gasto futuro en pensiones (ampliar
la edad y el periodo de cotización y recortar las pensiones futuras como hizo
Rajoy) y destinar
una parte del ahorro a vivienda, para ayudar a los jóvenes. Otra
vez un enfrentamiento generacional tan injusto como injustificado. Porque los
problemas de los jóvenes no se solucionan recortando pensiones y dañando a sus
padres y abuelos. Es una demagogia sin fundamento.
Afrontar la preocupante situación de los jóvenes exige de tomar
medidas
en varios frentes para dar una salida a las nuevas generaciones.
Hay que empezar por el principio, por la enseñanza: mejora de la
formación en colegios, institutos y Universidades, para adecuarla a lo que
necesitan las empresas, mejorando la orientación laboral de los jóvenes y su
digitalización. En el mercado laboral, hay que fomentar la
contratación indefinida y avanzar en la formación dual (trabajo y formación) y
en mejorar las prácticas y becas (el
Estatuto del Becario acaba de aprobarse por el Gobierno, tras
anunciarse con los sindicatos hace casi 17 meses). Y hay que mejorar la
conciliación laboral de las familias jóvenes, con más ayudas por hijos.
Pero sobre todo, urge una política de vivienda que facilite el alquiler a
los jóvenes, con ayudas que hoy son escasas e ineficaces.
Pero además, hay que poner a los jóvenes como una de las
prioridades de todas las políticas económicas y sociales, algo que no viene
pasando, quizás porque los
distintos Gobiernos han pensado más en los mayores, que son los que
más cotizan, pagan impuestos y votan. Pero si queremos tener futuro como país,
hay que cambiar las reglas del juego y pensar que son los jóvenes los que
han de protagonizar la modernización de la economía y la mejora del nivel de
vida, la digitalización, la descarbonización y el salto formativo y tecnológico que nos hagan más productivos
y competitivos. Sin abandonar a los mayores, pero reequilibrando el
“contrato generacional” en España. Urge pactar un Plan de medidas
a favor de los jóvenes, a corto y medio plazo, para conseguir que los
jóvenes de dentro de 20 años vivan mejor que los de hoy. Se lo debemos.
Pero todo esto, sin caer en la tentación de una “guerra
entre generaciones”, sin culpar a los mayores (“boomers”)
de la situación de los jóvenes, como parece
estar de moda. Primero, porque “no se viste a un santo desvistiendo a
otro”. Y segundo, porque los mayores en España no
son unos privilegiados, ya que chocan con serios problemas en su
empleo (a partir de una edad, ninguna empresa los contrata), en el paro, en las
condiciones de su jubilación (muchas pensiones por debajo de 1.000 euros), en
su salud y en su ancianidad, sobre todo
si son dependientes (27.217
mayores han muerto este año hasta octubre sin recibir las ayudas a la
Dependencia a las que tenían derecho). En definitiva, que los
“boomers” no somos unos privilegiados y menos a costa de los jóvenes,
de los hijos y nietos. Algo sobre lo que escribiré el próximo Blog.
Empecemos por ver cuántos jóvenes viven en España. Son 7.564.300 personas las que tenían entre 16 y 29 años en septiembre, según este informe de Trabajo, más hombres (3.902.100) que mujeres (3.662.300). Suponen ahora el 15,44% de la población total, mucho menos que al principios de siglo (21,6% de la población), cuando había 8.765.195 jóvenes de entre 16 y 19 años (+ 1,2 millones), por la caída drástica de la natalidad en España. Y si contabilizamos los jóvenes de 16 a 24 años, son ahora 4.840.000, unos 600.000 jóvenes menos que el año 2.000.
Esto los jóvenes que trabajan, porque hay 812.700 jóvenes
en paro, el 10,7% de los jóvenes de 16 a 29 años, según
Trabajo. La tasa de paro (parados sobre activos) es
muy elevada entre los jóvenes de 16 a 24 años, el 25,4% (casi el doble
de la tasa europea, el 14,8% y cuatro veces la alemana, el 6,3%) y baja al 17,1% entre los de 16 a 29
años, aunque es mucho mayor que la tasa de paro del conjunto de españoles (10,6% en septiembre). De nuevo, la tasa de
paro joven depende mucho de la formación: es del 28,9% entre los
jóvenes con baja formación, el 19,2% en niveles medios y sólo del 13,5% entre jóvenes
con alta formación.
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lunes, 14 de julio de 2025
Menos trabajadores en 2050
La crisis demográfica es otro grave problema
de este siglo, como la emergencia climática, del que apenas se
habla. Y mientras, Europa pierde población y envejece, lo que
hará caer el número de trabajadores. En España, habrá 2,55 millones de
personas menos en edad de trabajar para 2050, lo que complicará la
economía, la recaudación, las pensiones y los servicios públicos. El
problema de fondo es la caída de la natalidad y el envejecimiento
de la población, que provocarán una caída de 2,4 millones en los nacidos en
España para 2050, aunque la población total será mayor que ahora (55
millones) porque “nos salvarán los inmigrantes” (8,2 millones de
residentes más nacidos fuera de España). Por eso, la “propuesta” de Vox
de expulsar a 8 millones de extranjeros no es sólo injusta y xenófoba
sino también “una locura económica”: colapsaría el país. Urge un
Pacto demográfico para subir la natalidad, apoyar más a las familias y
organizar la inmigración a medio plazo. Un reto para la supervivencia de toda
Europa.
Una caída de población que se debe a la caída
de la natalidad, acompañada del envejecimiento de la población
(los mayores de 65 años pasará de ser el 20% al 30% de la población) y que provocará
una caída del número de trabajadores: las personas en edad de trabajar
pasarán de ser el 59% de los europeos en 2019 al 51% (de menos población) en
2070. Y eso se traducirá en menos crecimiento, menos
recaudación, más gastos sanitarios y en cuidados y menos cotizaciones e
ingresos para sostener las pensiones y los servicios públicos.
La caída de la población europea en los próximos 25 y
50 años será distinta por paises, según
las proyecciones de Bruselas. Italia será el país que más población
perderá: -1,38 millones entre 2024 y 2049 y -6,2 millones de habitantes entre
2024 y 2074. También perderán mucha población Grecia, Croacia y la mayoría de
los paises del Este (especialmente Polonia y Hungría). Algunos paises (pocos) ganarán
población: Dinamarca, Suecia, Irlanda, Chipre, Malta y Luxemburgo. Y el
resto, en general perderán población, sobre todo a partir de 2050. Alemania
perderá sólo -178.339 habitantes entre 2024 y 2049, pero serán -800.000 entre
2024 y 2074. Y Francia, que lleva décadas fomentando la natalidad y con
muchos inmigrantes, será una excepción: ganará 2,4 millones de habitantes entre
2024 y 2049, aunque luego empeorará sus cuentas demográficas y sólo ganará 1,33
millones de habitantes entre 2024 y 2074.
España será otra excepción, ya que ganará
población en los próximos 25 años, aunque la perderá en 50 años, según
las proyecciones de la Comisión Europea (2020): ganará 2,5 millones de
habitantes entre 2024 y 2049, pero al final perderá 700.000 residentes entre
2024 y 2074. Lo mismo les pasará (subir población hasta 2049 y luego bajarla) a
Portugal, Paises Bajos, Austria, Bélgica, Chequia, Estonia, Eslovenia, Eslovaquia
y Finlandia.
Sin embargo, una proyección de población más reciente, la del INE de junio de
2024, apuesta a que España realmente ganará población en los próximos 25
y 50 años: pasaremos de ser 48.610.458 habitantes en 2024 a 54.834.632
habitantes en 2049 (+6.224.174 habitantes) y a estabilizarnos
en 54.588.195 habitantes en 2074. Pero este aumento de la población total es
“engañoso”, porque se debe exclusivamente a la entrada de inmigrantes. Los “nacidos en
España” caen drásticamente :de 39.698.012 en 2024 a 37.331.032 (-2,36
millones) y a 33.309.658 en 2074 (-6,38 millones de nacidos en España).
Y los “nacidos en el extranjero” residentes en España saltan de 9.379.972
habitantes en 2024 a 17.503.600 en 2049 (+8,1 millones de residentes) y a
21.278.537 nacidos en el extranjero en 2074 (+11,89 millones que en
2024). O sea, que para dentro de 50 años, se “pierden” 1 de cada 6 nacidos
en España y se duplica con creces
el número de residentes que han nacido fuera de España.
Esta importante caída en la población “nacida en España”
se debe, básicamente, al desplome
de la natalidad en nuestro país: si a la muerte de Franco, en 1975,
eran 2,8 los niños por mujer, en 2017 ya eran la mitad (1,3) y han caído
a 1.15 niños por mujer en 2024, la 2ª tasa de fecundidad más baja
de la UE-27, tras Malta. Y eso ha provocado que la población caiga en España desde 2017 (30.772 muertes más
que nacimientos), año tras año (-132.604 fue el saldo vegetativo en 2024).
Y el INE espera
que este saldo de población (nacimientos-defunciones) aumente en los próximos
años: -120.636 pérdidas anuales entre 2029 y 2033, -259.991 al año entre 2049 y
2053 y hasta -319.890 de pérdida anual de población entre 2064 y 2068, con
-296.039 de pérdida anual entre 2069 y 2073.
Estas pérdidas de población “nacida en España” se van
a compensar, según
las proyecciones del INE, con la entrada neta de inmigrantes en las
próximas décadas. El saldo migratorio (entradas menos salidas de
“nacidos en el extranjero”) pasará de 454.232 en 2019 a 787.195 en 2024,
407.477 entradas anuales entre 2029 y 2033, 287.000 anuales entre 2049 y 2053 y
después, unas menores entradas (algo menos de 300.000 al año) entre 2054 y
2073.
Lo peor no es sólo que caiga
la población nacida en España sino que además, el conjunto de la
población española (y europea) va a envejecer, porque la
esperanza de vida ha aumentado mucho y seguirá al alza: de 73,44 años
en 1975 a 83,47 en 2024 (+10 años) y 86,62 años en 2050
(84,44 los hombres y 88,91 las mujeres). Eso lleva a un
mayor peso de los mayores (+ de 65 años), que
pasan de ser hoy el 20% de la población al 30% en 2050 y décadas
siguientes. En contrapartida, habrá menos jóvenes, con lo que se
reducirán las personas en edad de trabajar, un problema grave para el
crecimiento, la recaudación de impuestos y cotizaciones, poniendo en aprietos
las pensiones y servicios públicos.
Lo más llamativo de la caída de la población nacida en
España es la caída de las personas en edad de trabajar, la futura
pérdida de trabajadores. Un reciente
estudio de Randstad pone cifras a este preocupante problema: la población
en edad de trabajar (15-64 años) caerá en España de 31.727.218 personas en 2025
a 29.170.592 personas en 2050 (-2.556.626 españoles en edad de trabajar). La
mayor caída en la población que puede trabajar se dará a partir de 2035,
cuando se jubilen los nacidos en el baby boom de los años 60, y sobre todo a
partir de 2040 (cuando se jubilen los nacidos en los años 70).
Esta caída
en la población en edad de trabajar se produce, de
nuevo, entre los nacidos en España, que son los que tienen menos hijos.
Así, los españoles de 20 a 64 años, en plena edad de trabajar han
pasado de 24.489.040 en 2008 (el máximo) a 23.157.641 en 2020 y bajarán a
22.364.422 españoles en edad de trabajar en 2025 (-2,12 millones desde 2008). Y
mientras, los residentes nacidos en el extranjero en edad de
trabajar han aumentado de 4,67 millones en 2008 a 5,73 millones en 2020 y serán
7,51 millones en 2025 :+2,84 millones desde 2008, lo que ha permitido el
crecimiento del empleo y la economía. Además, de esos 2,55 millones menos para
trabajar que se espera para 2050, la mayoría ( 1,72 millones) será la
pérdida de activos con menos de 54 años, los más productivos.
La disminución de la fuerza laboral en España (y en Europa)
en las próximas décadas, provocará
una mayor falta de trabajadores (de lo que ya se quejan ahora las
empresas), una menor movilidad laboral y una menor productividad, mientras no
habrá “relevo generacional” para muchas profesiones y empleos. En paralelo, el
envejecimiento de la población aumentará el gasto en sanidad, cuidados y
pensiones, mientras habrá menos trabajadores pagando impuestos y cotizando para
financiar pensiones y servicios públicos.
¿Qué se puede hacer? Lo primero y fundamental es promover
la natalidad, como lleva décadas haciendo Francia, el país que ganará más
población hasta 2050. Eso obliga a un
Pacto de Estado por la natalidad, que incluya múltiples medidas:
ayudas por hijo (graduadas por edades e ingresos familiares), educación
gratuita 0-3 años, medidas de conciliación laboral efectiva (con más guarderías
en las empresas), política pública de cuidados a mayores y discapacitados (para
liberar a las mujeres) y, sobre todo, un conjunto de políticas públicas para
ayudar a las familias con hijos: facilitarles el acceso a la vivienda es clave.
Otra medida clave es atraer talento extranjero
(jóvenes con formación tecnológica y digital) y fomentar la inmigración
legal, sobre todo dirigida a la contratación en origen de trabajadores que
faltan en España (campo, construcción, hostelería, cuidados…). Actualmente ya,
la inmigración ha sido clave para el fuerte crecimiento de España tras la
pandemia: los expertos estiman que la
mitad del crecimiento del PIB español ha sido por el trabajo inmigrante.
Los datos son esclarecedores: de los 1.891.000 empleos creados en España
entre 2019 y 2024, casi las tres cuartas partes (1.351.000, el 71,44%) han sido
ocupados por extranjeros (848.700) o trabajadores con doble nacionalidad
(502.300, la mayoría latinoamericanos), según la última EPA. Y sólo en 2024,
de los 468.000 empleos creados, sólo 59.000 fueron a trabajadores “nacidos en
España…
Esto no debería alimentar la xenofobia, porque
la mayoría de estos trabajos no son cubiertos por “españoles” porque no los
buscan igual, porque suelen ser más precarios y peor pagados (en el campo, la
hostelería, el transporte, la
construcción, el servicio doméstico o los cuidados de niños y ancianos). En
cualquier caso, las
proyecciones del INE son claras: para que España no pierda
población, hacen falta más inmigrantes, al menos 6,38 millones en los próximos
50 años. Y si no vienen a España más extranjeros, faltarán trabajadores,
porque los españoles en edad de trabajar van a caer drásticamente de aquí a
2050.
Por todo esto, no tiene sentido la
propuesta de Vox de expulsar a 8 millones de inmigrantes, una medida
no sólo injusta y xenófoba sino económicamente peligrosa, porque nos
hacen falta inmigrantes para compensar la falta de jóvenes y mantener
el crecimiento y los servicios. Eso sí, hace falta otro Pacto, por una
inmigración legal y organizada: planificar a varias décadas los inmigrantes que
necesitamos y adoptar políticas para buscarlos y atraerlos, no continuar con
las llegadas descontroladas. Actualmente, somos
49.153.849 personas viviendo en España (1 abril 2025) y de ellos, un
14,13% tienen nacionalidad
extranjera (6.947.711 residentes), aunque hay que matizarlo, porque 2,5
millones de ellos son europeos. Se trata de un porcentaje alto, pero similar
al de otros paises europeos (Alemania, Francia) y “asumible”, porque
los necesitamos. Otra cosa es planificar mejor la inmigración
hasta 2050, sin xenofobia y asimilándola.
En resumen, que la caída de población es uno
de los grandes retos del siglo XXI, junto a la crisis climática y la
revolución tecnológica y digital. Y hay que afrontar ya los problemas que
se nos vienen encima, sobre todo la caída de trabajadores mientras la
población envejece, lo que supone una bomba de relojería para el
crecimiento, las pensiones y los servicios públicos. No podemos esperar,
porque las medidas a tomar (fomento natalidad, ayudas a la familia y
planificación de la inmigración) tardan décadas en hacer efecto. Hagan algo ya.
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lunes, 5 de mayo de 2025
Los mayores viven mejor
En abril, los jubilados han cobrado una pensión media
de 1.503 euros mensuales, el doble de lo que cobraban en 2007 y un 32,5%
más que hace 5 años. Las pensiones han subido mucho más que los salarios y
la inflación, mejorando sustancialmente los ingresos de los mayores, aunque más
de la mitad de los pensionistas cobran menos del salario mínimo. Las rentas
de los mayores han crecido más que las del resto de españoles
y más que las de los jubilados europeos, lo que les permite
ahorrar y ayudar a sus hijos y nietos, apoyados además por tener la mayoría una
vivienda en propiedad. Con todo, el problema sigue estando en los que tienen
de 55 a 65 años, que tienen mucho paro y pocos ingresos, sobre todo los
menos formados. Un estudio revela que mejorar la formación de los
mayores es clave para su salud y calidad de vida. Algo clave en España, porque
en 2050 habrá 16,68 millones de mayores, el 30% de la población. Los mayores de 65 años serán el 30% de los españoles en 2050
El 1 de enero de 2025, vivían en España 10.183.437
personas mayores de 65 años (4,44 millones de hombres y 5,74 millones de
mujeres), uno de cada cinco españoles (el 20,74%), según el último Censo del
INE. Una cifra de mayores que se ha disparado desde 2008 (7.633.807 mayores,
el 16,57%), por el aumento de la esperanza de vida. Y las previsiones del INE
auguran que la cifra de mayores seguirá subiendo: 11.827.742 en 2030
(el 22,8% de la población) y 16.684.954 mayores en 2050 (el 30,4%
de los habitantes).
Además del fuerte aumento de los mayores, otro dato
relevante es que han sorteado las últimas crisis mejor que el resto de la
población, gracias a la subida de sus pensiones. Y además, la renta
de los mayores en España supera a la de los mayores del resto de Europa,
según un reciente estudio
de la Fundación BBVA e Ivie: tienen una renta mediana de 19.320 euros
(2023), un 6,4% más que los 18.152 euros de renta que tienen en la UE-27.
Estas mayores rentas de los mayores españoles son aún mayores entre los que tienen
estudios superiores: 30.864 euros de renta mediana en España, un +18% que en Europa (26.072
euros). Y aún hay más diferencia entre los mayores con estudios medios; 23.134
euros en España, un +26% que en la UE-27 (18.364 euros). Y también hay
diferencia (+5,1%), entre los mayores con estudios básicos:
16.807 euros frente a 15.980.
Dentro de España, los mayores son el colectivo que
mejor ha soportado las últimas crisis, según
otro estudio del Banco de España: los hogares encabezados por personas mayores
de 75 años han mejorado sus ingresos
un +9,1% entre 2020 y 2022 (de 19.800 a 21.600 euros) y los hogares
encabezados por personas de 65 a 75 años los han mejorado un +4,46% (de
29.100 a 30.400 euros). En cambio, los hogares encabezados por menores de 35
años han bajado su renta mediana un -8,2% (de 31.700 en 2020 a 29.100 en
2022, los hogares encabezados por personas de 35 a 44 años han visto caer su
renta real un -0,9% (de 37.300 a 35.600 euros). Y a partir de esa edad,
han mejorado sus rentas: un +7,3% los hogares de personas
de 45 a 54 años (de 34.300 a 36.800 euros) y un +0,55% (de 35.900 a
36.100euros) los hogares con el cabeza de familia de 55 a 64 años.
En definitiva, han sido los
hogares jóvenes los que han perdido ingresos con la pandemia y la alta
inflación, como consecuencia de que tienen peores trabajos y sueldos más bajos,
además de beneficiarse menos de las ayudas aprobadas contra la inflación (que
porcentualmente han ayudado más a los que más ganan). Y los mayores se
han beneficiado más de estas ayudas y, sobre todo, de que las pensiones les han
subido más que la inflación.
La revalorización
de las pensiones ha sido del +21% entre 2019 y 2025, tras
varios años en que sólo subieron un +0,25% anual (2014-2018). Una subida de las
pensiones superior a la de los salarios (+18,6% han subido los salarios
de convenio entre 2019 y 2025) y a la subida de la inflación (+18,7%),
lo que ha permitido mejorar el poder adquisitivo de los mayores, básicamente de
los que no tienen que pagar alquiler ni hipotecas. Y con ello, la pensión media
de los 9.333.486 pensionistas (4.707.565 hombres y 4.625.885 mujeres) fue
en abril de 1.309 euros mensuales, por encima del nuevo
salario mínimo (1.184 euros en 2025). Y la pensión de jubilación,
que cobran dos tercios de los pensionistas, superó en abril la barrera de los
1.500 euros mensuales (1.503,3 euros), lo que supone duplicar la pensión
media de jubilación que se cobraba en 2007 (757 euros al mes) y un aumento del +32,5%
sobre la jubilación media que se cobraba antes de la pandemia (1.135 euros).
La pensión media, global y de jubilación, ha crecido mucho,
pero no podemos olvidar que hay muchos
pensionistas con pensiones bajas y en mínimos. Así, en
abril, más de la mitad de todos los pensionistas (concretamente 4.784.170, el
51,25%) cobraban de pensión menos del salario mínimo (menos de 1.135
euros mensuales), mientras otros 4.374.099 pensionistas (el 46,8%) cobraban
entre el SMI y la pensión máxima (3.267,70 euros en 2025), según los datos de
la SS. Y sólo 175.217 pensionistas (el 1,8%) cobran la pensión máxima. Una
desigualdad de pensiones fruto del tiempo cotizado y los sueldos cobrados, que
perjudican sobre todo a las mujeres, que cobran de media un
-45,97% menos de pensión media (1.071,76 euros las mujeres frente a
1.564,53 euros los hombres).
Pero no es sólo que los mayores cobren más pensiones que
antes y hayan mejorado su economía. Es que además, en los últimos años de su
vida laboral, los sueldos de los mayores de 45 años son superiores a los
de los jóvenes, porque tienen más empleos indefinidos y también por el mayor peso
de la antigüedad. Así, a igualdad de estudios, el salario de los mayores es un +11,9%
superior al de los trabajadores de 25 a 54 años. Y si tienen estudios
superiores, es un 25% más alto, según
el estudio de la Fundación BBVA e Ivie.
Otra diferencia importante es que los mayores tienen más
dinero ahorrado que los jóvenes, gracias a que han trabajado muchos años, con
mejores contratos y sueldos. Así, los mayores de 65 años tienen unos 37.000
euros de media en el banco, más del doble de lo que tienen los menores de
35 años (14.430 euros). Y eso tiene mucho que ver con los ingresos percibidos y
la mayor o menor dificultad para llegar a fin de mes: tienen
problemas el 23,2% de los españoles de 18 a 64 años y sólo el 15,9% de los que
tienen más de 65 años.
Al final, los ingresos, el ahorro y las propiedades
configuran la riqueza media de los hogares, que es muy diferente
según la edad del cabeza de familia, como refleja el
estudio de la Fundación BBVA e Ivie. Así la mayor riqueza media la
acumulan las familias encabezadas por mayores de 75 años (454.700
euros de media), seguidos muy de cerca por las familias encabezadas por
personas de 65 a 74 años (442.300 euros de riqueza). Y luego la riqueza
neta va bajando con la edad: 352.900 euros entre 55 y 64 años, 257.300 entre 45
y 54 años, 191.100 euros entre 35 y 44 años y sólo 77.600 euros de riqueza los
hogares encabezados por menores de 35 años. Y si lo miramos en perspectiva ,
los “abuelos” (más de 74 años) han aumentado
su riqueza un +19,2% desde 2017, mientras sus hijos (55-64 años) la han reducido
un -1,5% y sus nietos (menos 35 años) la han aumentado un +44%...
Pero esta es la versión más positiva, la que refleja que
muchos mayores viven mejor que antes de la pandemia. Pero hay otros “menos mayores”
que sufren muchos problemas: los que tienen entre 55 y 65 años y no
trabajan ni se pueden jubilar. En España hay 7 millones de personas en esta
franja de edad y lo llamativo es que más de una tercera parte de estos “mayores”
(55 a 65 años) ni trabajan ni estudian, un 38,1% son “ninis” (2.668.280
personas), un porcentaje mucho mayor que los “ninis” jóvenes (16,1% entre
25 y 34 años), según
el informe de la Fundación BBVA e Ivie. Y son estos mayores (55 a 65 años)
los que acaparan el 45% del paro de larga duración (más de un
año), porque la mayoría de las empresas no les contratan (ni les forman
cuando trabajan: prefieren formar a los más jóvenes). Y la mayoría de estos
mayores “sin salida” son mujeres, muchas poco formadas.
Otra conclusión del estudio
sobre los mayores de la Fundación BBVA e Ivie es que la formación es
clave para que los mayores vivan sanos y mejor.
Por un lado, los mayores ingresos de los mayores españoles ya conducen a que
vivan más años sin discapacidad que los mayores europeos, según
la Encuesta Europea de Salud: 10,5 años a partir de jubilarse en España
frente a 9,7 años de media en la UE-27. Pero además, en la salud de los mayores
influye mucho el nivel educativo. Así, los datos revelan que los
mayores de 65 años con estudios superiores tienen menos sobrepeso y
obesidad (sólo el 54,1%) que los mayores que tienen sólo estudios
primarios (63,6% son obesos). Y también hacen más ejercicio
(36,1% los que tienen estudios superiores y el 30,9% si tienen estudios
primarios). Además, el estudio revela que a más formación, más movilidad
y menos problemas para cuidarse solos (el 56% de los que tienen
educación primaria y el 25,6% con estudios superiores). Y lo mismo con las
enfermedades crónicas: bajan entre los mayores más formados.
Además de influir sobre la salud, la formación
también afecta al bienestar emocional y a las relaciones de los
mayores: el
estudio revela que se sienten más “excluidos” de su entorno los mayores (de
55 años) con estudios primarios (el 8,8%) que los mayores con estudios
superiores (sólo 4% se sienten excluidos). También los más formados se
sienten menos solos (21,5%
frente al 32,4% los menos formados), tienen más relaciones con amigos y apuestan
más por un “envejecimiento activo”: más actividad física y
deportiva, más participación en actividades culturales y más tareas de
voluntariado.
En definitiva, este estudio revela algo que hasta ahora no
se tenía en cuenta: que el bienestar de los mayores no sólo está ligado a sus
ingresos sino que su salud y bienestar mental está muy relacionado con su
formación: cuanto más formado esté un mayor (ya desde los 55
años) más sano envejecerá y menos problemas de salud y dependencia tendrá.
“Mens sana in corpore sano”, que dijo Juvenal. Por eso, el
estudio propone mejorar la formación de los mayores (a partir
de los 50 años), tanto para que se reciclen y no pierdan sus trabajos (o se
coloquen si están parados) como para mejorar su envejecimiento, con una
jubilación más sana. Esto llevaría a aprobar un Plan integral de
formación de los mayores, no sólo en habilidades digitales sino en una
formación multidisciplinar, sobre todo para aquellos que en su día no pudieron
completar su educación básica.
Vamos camino de una
sociedad envejecida, donde casi un tercio de los españoles tendrán
más de 65 años en 2050. Eso exige seguir financiando las pensiones, porque
estos millones de personas no tienen otra fuente de ingresos y son claves para ayudar
a hijos y nietos. Hay que rechazar los argumentos de que las pensiones “están
ya demasiado altas” mientras los jóvenes no pueden independizarse. Son dos
cuestiones distintas: hay que apoyar a los jóvenes, con trabajos decentes y
alquileres accesibles, pero sin enfrentarlos con los mayores y sus pensiones. Y,
sobre todo, hay que prepararse para atender a 16,68 millones de mayores en
2050, desde la financiación de las pensiones y la dependencia a su salud y
bienestar, para lo que ayudaría formarles más, con más recursos
públicos. No sólo asegurarles pensiones decentes, sino hacerles
sentir vivos y útiles.
Además, los mayores
suelen tener su vivienda en propiedad (incluso una segunda alquilada) y
eso les reduce costes (de alquiler e hipoteca, muy importantes ahora),
aumentando sus ingresos reales. De hecho, un 84% de los mayores de 75 años
tienen vivienda en propiedad y un 83,1% de los que tienen entre 65 y 74
años, mientras que sólo tienen piso propio el 31.8% de los menores de 35
años (lo tenían el 66% de esa edad en 2002), según
el estudio de la Fundación BBVA e Ivie, que refleja cómo el 81% de los
nacidos entre 1945 y 1965 tienen piso propio frente a sólo el 45% de los
nacidos después de 1985.
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