jueves, 18 de abril de 2019

Las familias siguen endeudándose


En los últimos 5 años, el consumo de las familias ha sido el principal motor de la recuperación. Ahora, cuando han “pinchado” otros motores del crecimiento, como las exportaciones, la industria o el turismo, el consumo (y la construcción) nos permite  crecer (menos) y crear empleo. Pero las familias están “enfriando” su consumo, porque ven el futuro más incierto y han agotado su ahorro, del que han “tirado” estos años  para gastar. Por eso, las familias llevan dos años endeudándose, pidiendo préstamos para consumir y comprar casa, tras 8 años desendeudándose. Y eso preocupa a la Comisión Europea, el FMI y el Banco de España, que han advertido sobre el excesivo endeudamiento de las familias, que puede ser peligroso si viene otra crisis. Ahora, necesitamos que se mantenga el consumo, para crecer, pero no con la “gasolina” del crédito y a costa de no ahorrar. Para ello, las familias necesitan empleo de más calidad, mejores salarios y transferencias sociales, no más deudas. Ojo al consumo.

España lleva ya cinco años creciendo, entre 2014 y 2018, aunque ha cambiado el modelo de crecimiento: en los primeros cuatro  años, las exportaciones y el turismo ayudaron mucho a crecer y crear empleo, pero han “pinchado” en 2018, por el estancamiento europeo y del comercio internacional, con lo que no ayudan ni van a ayudar a crecer en 2019 y 2020. Y así, quedamos en manos del consumo de las familias y el Estado (el consumo público, que ha superado los recortes y gasta ya como en 2009), que han sido los dos motores del crecimiento en 2018, junto a la construcción. El consumo de las familias ha sido el principal motor de la recuperación española estos 5 años, aunque su crecimiento haya ido a menos, como el del PIB: de crecer el 2,4% en 2014 al 3% en 2015 y 2016, el 2,5% en 2017 y el 2,3% en 2018, según el INE.

La “gasolinapara que las familias consuman, gasten, es el empleo, los salarios y las transferencias que reciban (menos los impuestos que paguen). Y en estos años, el empleo ha mejorado, los salarios un poco y las ayudas públicas crecieron, sobre todo en 2018 y 2019, con una mayor revalorización de las pensiones (+1,6%), la subida de los salarios públicos (+2,25%) y del salario mínimo (900 euros en 2019), lo que ha contribuido a mantener el consumo, el crecimiento y el empleo, a costa de aumentar el déficit público. Con todo, la economía española ha recuperado ya el crecimiento de antes de la crisis (en 2017, con 1.166.319 millones de euros de PIB, superior al de 2008, 1.116.225 millones) pero el consumo de antes aún no se ha recuperado: el índice del consumo era de 102,7 en 2018 frente a 104,4 en 2008, según el INE. O sea, que es 1,7% inferior al de 2008 y los expertos creen que hasta el año 2020 no recuperaremos el nivel de consumo de antes de la crisis.

¿Por qué se ha recuperado el crecimiento pre-crisis y no el consumo? Porque España produce ya más que en 2008 (1.208.248 millones de euros, el PIB 2018) pero hay menos españoles trabajando, concretamente 1.142.000 ocupados menos que en 2008, lo que dificulta recuperar el consumo de entonces. Pero los españoles, con o sin empleo, no han querido renunciar al consumo y cuando han visto que crecía el empleo, los salarios (poco) y la economía, se han lanzado a gastar, a consumir. Y como sus ingresos normales no les llegaban, han “tirado” primero de sus ahorros y luego, cuando ya casi no les quedaban, de los créditos. Esos dos factores  han sido “la gasolina” del consumo estos últimos 5 años.

Vamos primero al ahorro. España es un país que ahorra poco, porque tenemos menos renta y empleo que los demás europeos y porque tenemos “mentalidad de propietarios”: lo que ahorramos lo dedicamos a comprar una vivienda. A principios de siglo, el ahorro de los españoles rondaba el 10% de su renta bruta disponible, frente a una media del 14% en la zona euro. Luego el ahorro se desplomó hasta 2008, porque se había destinado al ladrillo y porque el paro y la caída de los salarios destrozaron la hucha: el ahorro español bajó a un mínimo del 5,9% en 2007, mientras en Europa sólo cayó al 12%.  Y con la crisis, los españoles volvieron a ahorrar, por temor al futuro, hasta un máximo del 13,4% de su renta en 2009 y en torno al 10% hasta 2013. Pero a partir de 2014, pasado el “mono” de la austeridad, las familias empezaron a echar mano del ahorro para consumir, para comprar. Y la hucha se fue vaciando, hasta que en 2018 el ahorro fue sólo del 4,9% de su renta bruta, el más bajo de este siglo. Y muy lejos de los europeos: ahorran el 12,3% de su renta en la zona euro, el 17,3% en Alemania, el 13,7% en Francia y el 9,5% en Italia, según Eurostat.

Pero llegó un momento en que el ahorro era insuficiente para gastar y las familias pidieron créditos para consumir, se endeudaron. Pasó por primera vez en 2017 (los hogares aumentaron su deuda en 4.759 millones) y volvió a pasar en 2018 (la deuda de las familias aumentó otros 14.800 millones), rompiendo así la tendencia de los 8 años anteriores (2009-2016), en que las familias españolas se dedicaron a reducir su deuda (a devolver créditos e hipotecas), porque les asustaba mucho tenerla (y pagarla) con la crisis. Concretamente, los hogares devolvieron 216.835 millones de euros entre 2009 y 2016, según el INE. Y si las familias tenían una deuda financiera récord de 910.537 millones en 2008 (678.448 millones en vivienda), la fueron bajando año tras año, hasta quedar en 705.008 millones a finales de 2018 (520.793 deuda hipotecaria), según el Banco de España. Pero aunque la deuda global baje, lo novedoso es que muchas familias han vuelto a endeudarse en 2017 y 2018, para financiar sus compras y para comprar vivienda, ahora que los alquileres están disparados.

Los datos del “boom” del crédito, de que las familias han vuelto a endeudarse, son muy llamativos. Así, el crédito al consumo se ha duplicado, pasando de 16.330 millones concedidos en 2014 a 25.356 en 2016 y 34.617 millones en 2018, según el Banco de España,  con un saldo vivo de 85.000 millones de euros. Se trata de créditos de 1 a 5 años, por pequeño importe (de 3.000 a 30.000 euros), para comprar coche (la mitad), electrodomésticos o electrónica, muebles y viajes. Los bancos se han lanzado a competir por estos créditos al consumo, sobre todo los dos últimos años, porque tienen mucha liquidez y pocos clientes, y porque son un gran negocio: cobran un tipo medio del 8,62% (recordemos que el precio oficial del dinero es el 0%), frente al 6,26% de coste medio en Europa, según los datos de febrero del Banco de España. Y por eso, hay cientos de empresas que se han lanzado a ofrecer créditos rápidos, de 300 a 3.000 euros, algunos con intereses abusivos que superan el 20%.

Otra fuente de endeudamiento son las tarjetas de crédito que financian compras, las llamadas tarjetas “revolving” (unos 12 millones de tarjetas en España): se compra con ellas y tenemos una especie de crédito por el que pagamos una cantidad fija al mes (o un porcentaje del saldo) a cambio de pagar un altísimo interés (ronda el 20% anual, un 1,5% mensual). El crédito vía tarjeta ha pasado de 8.850 euros concedidos en 2014 a 11.040 en 2016 y 13.032 millones en 2018, según el Banco de España.

Y el tercer camino del endeudamiento de las familias son las hipotecas, donde los préstamos concedidos casi se han duplicado en los últimos 5 años: de 27.007 millones prestados en 2014 se pasó a 37.494 en 2016 y a 43.821 millones en 2018, según el Banco de España. En los dos últimos años, la banca española “ha abierto la mano con las hipotecas”, a la vista de su enorme liquidez y la falta de demanda de crédito, disparando las hipotecas concedidas y los importes prestados. Así, el número de hipotecas constituidas ha pasado de un mínimo de 199.700 en 2013 a 282.700 en 2016 y 345.200 hipotecas en 2018, según las estadísticas del INE. El importe concedido se ha más que duplicado, saltando de 19.972 millones en 2013 a 31.036 millones en 2016 y 42.708 en 2018, según la última estadística del INE. Y lo más importante: se conceden hipotecas cada vez más altas: si en 2013, la hipoteca media era de 100.000 euros, en 2018 fue de 123.700 euros, el importe más alto desde 2010. Y eso se debe, en parte, a que los bancos están concediendo más hipotecas que superan el 80% del valor de tasación, algo que no les recomienda el Banco de España: en 2018 superaron ese tope el 14,9% de las hipotecas concedidas, frente al 10,6% en 2009.

Los bancos conceden más hipotecas que antes porque lo necesitan y porque es un gran negocio, ya que tienen al cliente “cautivo” durante 25 años y le sacan comisiones por todos los lados. Pero sobre todo, porque cobran cada vez más por las hipotecas: el tipo medio estaba en febrero de 2019 en el 2,38% (2,13% en julio 2018), por encima del 2,08% de coste medio de una hipoteca en Europa, según el Banco de España. Y estos tipos van a subir este año, primero porque sube el Euribor (desde hace un año) y, sobre todo, por efecto de la nueva Ley Hipotecaria (BOE 16 marzo), que entra en vigor el 16 de junio de 2019 y va a encarecer las futuras hipotecas, según advierte el Banco de España, porque los bancos van a repercutir al cliente los gastos e impuestos que les han endosado (gestoría, notaria, registro, tasación de nota simple e impuesto AJD), por el retraso del plazo de embargo por impago (a 12 meses) y porque reduce las comisiones por cancelación anticipada.

Este fuerte aumento del endeudamiento de las familias preocupa desde hace meses a los organismos internacionales y al Banco de España. La primera alerta la lanzó el Banco Central Europeo (BCE) hace casi un año, en mayo de 2018, recomendado a la banca española “que frene su ritmo de concesión de créditos al consumo”, por ser un producto con pocas garantías y mucho riesgo, que puede crear problemas de morosidad a bancos y familias. En septiembre y octubre fue el Banco de España el que advirtió por partida doble a la banca, temiendo que estos créditos al consumo “pasen de ser una fuente de ingresos a una fuente de pérdidas”. Y en 2018 y 2019, tanto la Comisión Europea como el FMI coincidieron en advertir a España por el endeudamiento de las familias, que puede ser peligroso si viene otra crisis.

El problema de fondo es que las familias han agotado su ahorro y siguen tirando del crédito para consumir. El Banco de España intenta ahora calmar la preocupación, señalando que en el primer trimestre de 2019, las familias han solicitado a los bancos menos créditos al consumo, según una Encuesta realizada a 10 entidades. Puede ser verdad, pero algunos expertos creen que se debe a que las familias están pidiendo los créditos en entidades no bancarias, en esas empresas que prometen dinero rápido por Internet. Incluso las empresas de telecomunicaciones han entrado en el negocio y Telefónica (con CaixaBank) ofrece su servicio Movistar Money: hasta 4.000 euros en 48 horas. Y también Orange va a ofrecer créditos rápidos a partir del verano. De hecho, los datos de 2019 indican que los préstamos al consumo concedidos a las familias (5.610 millones entre enero y febrero) crecen un 8,8%, según la estadística del Banco de España.

Estamos en un dilema como país. Si las familias reducen su endeudamiento (lo que sería bueno), caerá su consumo y España crecerá menos todavía y se creará menos empleo. La alternativa sería mejorar los ingresos de las familias y su ahorro, pero no parece fácil. Por eso, la estimacion es que el consumo crezca menos en 2019 (2% frente a 2,3% en 2018), en 2020 (1,7%) y 2021 (+1,4%), según la última previsión del Banco de España (marzo 2019). Y como las exportaciones y el turismo no van a ayudar a crecer estos dos próximos años, con menos consumo y la ayuda de la construcción, España crecerá menos (PIB), como confirman la Comisión Europea y el FMI, en 2019 (2,2% frente al 2,6% en 2018), en 2020 (1,9%) y 2021 (1,2%), con la mitad de empleo (entre 200.000 y 300.000 nuevos empleos al año frente a los 566.200 empleos creados en 2018).

Pero este menor crecimiento podría ser incluso más bajo si las familias recortan más su consumo, o bien porque retrasan el cambio de coche (las ventas llevan ya 7 meses cayendo, hasta marzo), de muebles y electrodomésticos o sus viajes y estudios, o bien porque temen por el futuro y no se arriesgan a comprar casa, máxime si suben las hipotecas (y los tipos a finales de 2019). Todo va a depender de que el empleo siga creciendo, también los salarios y pensiones y que el próximo Gobierno no recorte el gasto público ni las transferencias sociales, algo que podría hacer la derecha si gana el 28-A.

El consumo de las familias es clave y hay que cuidarlo, aunque tiene que ser más sano que ahora, no basarse en el endeudamiento. Y para ello, hay que apostar por un modelo económico que asegure un empleo de calidad y unos salarios dignos (con más productividad) , que permitan recomponer el ahorro de las familias y un consumo más sano. No es fácil, pero esa ecuación (mayores ingresos estables, más ahorro y un consumo sano) es la clave del futuro, de un crecimiento y empleo estables para España. Ojo al consumo.

lunes, 15 de abril de 2019

Construcción de viviendas: vuelven las grúas


La economía española crece (menos, pero crece) gracias a que “tiran” el consumo (del Estado y las familias) y la construcción, mientras han “pinchado” el último año las exportaciones, la industria y el turismo, los anteriores “motores” del crecimiento. La construcción es lo que más crece y 2018 ha sido el 5º año que aumentan las viviendas iniciadas y terminadas, (más que nunca desde 2009), empujadas por la mayor demanda, el aumento de hipotecas (ahora más caras) y la continuada subida de precios, animada por el negocio del alquiler y la potente inversión extranjera. Y así, la construcción crea 1 de cada 4 nuevos empleos. El FMI alerta a los paises que “vigilen” la vivienda, porque teme otra “burbuja”, pero los datos de construcción, hipotecas y ventas en España están muy lejos de los años del “boom” inmobiliario. Y necesitamos la ayuda del ladrillo para sostener el crecimiento y el empleo, por lo que el próximo Gobierno debería apoyar la construcción y promover muchas más viviendas públicas (VPO), clave para resolver el grave problema del alquiler. Construcción sí, pero bajo vigilancia.


La construcción de viviendas encadenó en 2018 el 5º año de recuperación, iniciada en 2014. Lo demuestran todos los datos. El primero, los visados de proyectos de construcción de nuevas viviendas: en 2018 se visaron permisos para la construcción de 100.733 nuevas viviendas, el 24,7% más que en 2017 y la mayor cifra de visados desde 2009 (110.849 viviendas), aunque todavía lejos de los visados récord de los años del boom inmobiliario (200.000 visados de media entre 1992 y 2008 y 865.000 sólo en 2016). Y también se visaron 28.066 permisos para rehabilitación de viviendas, la mejor cifra desde 2009 (28.066), según las estadísticas que publica el Ministerio de Fomento.

El segundo dato revelador son las viviendas iniciadas: 74.004 en 2018, un 23% más que en 2017, más del doble que en 2014 (32.100) y también la mayor cifra desde 2009 (80.300 viviendas iniciadas), aunque quede muy lejos de las viviendas que se iniciaban en los años del boom inmobiliario (más de 500.000 de media entre 2003 y 2007 y 664.923 viviendas iniciadas en el año récord de 2006). Y eso se traduce en el tercer dato, las viviendas terminadas: 59.377 en 2018, un 20,35% más que en 2017 y la mejor cifra desde 2012 (80.083 viviendas terminadas), aunque queda lejos de los años récord (más de 500.000 viviendas terminadas cada año entre 2004 y 2008, con el máximo de 597.632 viviendas terminadas en 2006).

Eso sí, llama la atención el reparto desigual por autonomías y ciudades en la construcción de viviendas nuevas, que se ha centrado más en algunas grandes ciudades donde casi se ha agotado el stock de viviendas sin vender (1,2 millones en toda España, 867.000 usadas y 340.000 nuevas, según la consultora RR Acuña). Así, en Madrid se terminaron 11.011 nuevas viviendas en 2018, 6.306 en Barcelona , 6.201 en Alicante o 2.966 en Málaga, mientras sólo se terminaron 13 viviendas en Ceuta, 107 en Palencia, 111 en Zamora, 190 en Valencia, 213 en Orense,245 en Teruel o 265 en Segovia, según el Ministerio de Fomento.

Lo que tira de las grúas, de la construcción de nuevas viviendas, es la creciente demanda, las ventas de viviendas, que llevan también 5 años mejorando, desde 2014. En 2018 se vendieron 581.793 viviendas, un 9,3% más que en 2017 (el aumento más bajo en estos cinco años), la mejor cifra de ventas desde 2007 (836.871 viviendas vendidas), según los datos de Fomento, aunque todavía lejos de las ventas de viviendas de los años del “boom” inmobiliario (más de 800.000 viviendas vendidas de media entre 2004 y 2007, con el récord en 955.186 viviendas vendidas en 2006). La mayoría de las ventas son de viviendas de segunda mano (el 87%), aunque las ventas de viviendas nuevas  (50.875 en 2018, el 13% del total) crecen más (el 8% en 2018, el mayor aumento desde 2006) que las usadas (+5%).

Las ventas de viviendas son también muy desiguales por autonomías y ciudades, lo que explica que luego se construyan más o menos. Si de media se venden en España 11,2 viviendas por cada 1.000 habitantes, en Alicante son 21,4, en Málaga 19,74, en Madrid son 11,9 y en Barcelona 10,3 viviendas mientras en la España vacía bajan mucho las ventas: 5,6  por 1.000 habitantes en Orense, 5,9 en Zamora o Pontevedra, 8 en Ávila y 8,8 en Soria. Ahora, están tomando el relevo de las mayores ventas de viviendas Valencia, Sevilla, Alicante y Murcia, mientras entre 2014 y 2017 crecieron más las ventas en Madrid, Barcelona, Málaga y Baleares, lo que anima ahora allí  la construcción  de nuevas viviendas.

Lo que “tira” de estas ventas de viviendas es la fuerte demanda de inversores y extranjeros, además de las familias que ahora, con más empleo, se animan otra vez a comprar piso. La fuerte subida de los alquileres (un 46% entre 2014 y 2018, según la Sociedad de Tasación, el doble que la compraventa de viviendas, un +17,8%) ha animado a muchos inversores a lanzarse a la compra de viviendas, para luego alquilarlas con una rentabilidad (más del 8%) superior a la de la Bolsa o la deuda. Y las subidas (de pisos y alquileres) han atraído a numerosos Fondos de inversión extranjeros, que buscan pisos, oficinas, locales, centros comerciales y naves, reanimando las nuevas construcciones. Y también están los compradores particulares extranjeros, que supusieron el 12,64% de las ventas de viviendas en 2018, pero mucho más en algunas zonas (el 40,75% de las ventas en Alicante y un 30% en Tenerife o Baleares), sobre todo británicos (15,5% de los extranjeros), alemanes (7,5%) y franceses (7,4%).

Y luego está el tirón de ventas de viviendas por la demanda de las familias, que han vuelto a comprar pisos desde 2014, al aumentar el empleo y sus ingresos y también porque la banca “ha abierto” la mano en la concesión de hipotecas. El resultado es que en 2018 se firmaron 345.186 hipotecas sobre viviendas, un 10,3% más que en 2017 y el mayor número de hipotecas desde 2011 (408.460), aunque la cifra esté otra vez muy lejos de las hipotecas que se firmaban en los años del “boom inmobiliario” (1.342.171 hipotecas en 2006), según la estadística que publica el INE. También crece el importe total concedido para comprar viviendas: 42.708 millones en 2018, el mayor importe desde los 45.715 millones concedidos en 2011, aunque todavía sea menos de la cuarta parte del dinero prestado con hipotecas en el año récord de 2006 (188.339 millones). Y sube también el importe medio concedido por cada hipoteca: 123.700 euros, el mayor importe prestado desde 2010 (127.667 euros), aunque lejos del récord de 2006 (156.876 euros).

Lo más llamativo es que la banca concede hipotecas con más facilidad (porque tiene liquidez de sobra  y no tiene a quien prestar) y además “ha abierto la mano” en las cuantías máximas que presta: el 15% de las hipotecas concedidas en 2018 lo fueron por un importe que superaba el 80% del valor de tasación de la vivienda, saltándose así un límite recomendado por el Banco de España para evitar un excesivo endeudamiento. Eso sí, a cambio de dar más hipotecas y por más importe, la banca ha subido sus tipos desde noviembre: en febrero de 2019, el tipo medio de las hipotecas era del 2,38%, según los datos del Banco de España. Dos tercios de la subida (+0,13%) es porque la banca repercute el tener que pagar el impuesto de actos jurídicos documentados y un tercio por la subida de tipos (el Euribor lleva un año subiendo). Y todo ello, con el precio oficial del dinero (BCE) en el 0%.

Ahora se espera que las ventas de viviendas suban en 2019 y 2020, alentadas por las subidas de precios: la gente sabe que los pisos seguirán subiendo (quizás algo menos) y compran antes de que suban más, dado que aún  no se han recuperado del desplome de precios de la crisis: han subido un 21,5% entre 2014 y 2018 (un 6,7% el año pasado), tras caer un 41,9% entre 2008 y 2013, según los índices que publica el INE.

Estas subidas de precios y la creciente demanda, junto a la mayor disponibilidad de hipotecas, son “la gasolina” que alimenta la mayor construcción de viviendas, que se espera aumente este año. De momento, los visados de nuevas viviendas en enero 2019 fueron 9.306, un 39% más que en enero de 2018. Y aunque este año se crearán menos empleos que en 2018, no se espera una subida de tipos hasta finales de año o en 2020), con lo que no retraerá tanto las ventas. Eso sí, la promoción de nuevas viviendas tiene dos problemas en contra. Uno, que las viviendas nuevas son más caras que las usadas, lo que dificulta las ventas. Y el otro problema, más importante, que la construcción de viviendas choca con varios problemas estructurales: falta suelo (donde hay más demanda), falta financiación (los bancos temen prestar a los promotores) y falta mano de obra especializada (hay constructoras que se quejan de escasez de algunos profesionales), lo que está aumentando los costes y salarios y el precio final de los pisos nuevos.

Por todo ello, el próximo Gobierno debería ayudar a “reanimar” la construcción de viviendas, fomentando las promociones donde faltan viviendas, asegurando a los promotores privados suelo suficiente y barato, financiación y mano de obra preparada (con formación para trabajadores y parados). Pero, sobre todo, el Estado debería volcarse en la promoción pública de viviendas (VPO), mayoritariamente para alquiler, como se hace en media Europa. El abandono de la VPO es escandaloso: en 2018 se finalizaron 5.136 VPO (sólo 346 para alquiler), tras hacerse 4.938 VPO en 2017, según los datos de Fomento. Una vergüenza, por parte del Estado, las autonomías (Baleares, Canarias, Cantabria, Castilla y León, Ceuta, Melilla y la Rioja no hicieron ninguna VPO en 2018, Galicia hizo 8 , 30 en Murcia, 35 en Asturias, 55 en Aragón y 86 en Andalucía) y los Ayuntamientos, que se gastan el dinero público en fiestas y encierros pero no en promover viviendas. Algo que contrasta con el pasado: entre 1957 y 1989 se terminaban en España más de 100.000 VPO cada año, en 1991 cayeron a 44.514 y a 52.972 en 2000 para subir a 68.857 en 2008 y desplomarse a 17.054 en 2013 y 5.136  en 2018 (el 3% de las VPO que se hacían con Franco...).

Reanimar la construcción de viviendas es clave para mantener el actual crecimiento de España, porque la construcción se ha convertido en uno de los dos motores (junto al consumo) que “tiran” de la economía, ahora que están fallando los otros tres motores de la recuperación: las exportaciones (cayeron en enero 2019, diciembre y noviembre 2018), la industria (lleva dos trimestres cayendo: está en recesión)  y el turismo (sólo creció un 1,1% en 2018). Así, si España creció un 2,6% en 2018, según el INE, un 2,9% fue por la demanda interna, mientras el sector exterior restaba 0,3% de crecimiento. Y lo que crecimos dentro se debió al consumo (aumento del gasto de las familias y el Estado, que ha recuperado el gasto de 2009) y a la construcción (creció un 7,6%, el sector que más), mientras se estancaban la industria y el turismo.

Este tirón de la construcción, junto al consumo (las familias gastan más porque se endeudan más) permitieron crear 566.200 empleos en 2018, según la EPA, de ellos casi la cuarta parte en la construcción: 136.300 empleos nuevos, la mayoría en la construcción de edificios (80.400 nuevos empleos, el 2º sector que creó más empleo en 2018, tras la educación), la construcción especializada (+49.700 empleos) y la ingeniería civil (+6.300 empleos). Y de los 2.614.000 empleos recuperados desde 2014, 337.800 han sido en la construcción, el 2º sector que creó más empleo tras los servicios (+ 1.850.000 empleos).

Ahora, España crecerá menos en 2019 (2,1%) y 2020 (1,9%), pero el crecimiento (y el empleo) volverán a depender del consumo (de las familias y de la Administración) y de la construcción, porque el estancamiento europeo no permitirán que nos ayuden las exportaciones ni el turismo y la industria no despega. Por eso es importante que la construcción no se desinfle, a pesar de los temores del Fondo Monetario Internacional (FMI), que alerta de otra posible burbuja inmobiliaria mundial, a la vista de cómo se ha disparado el precio de la vivienda en las grandes capitales de Europa, USA y Asia. Pero no parece que de momento tengamos que preocuparnos en España, porque los datos de ventas, viviendas construidas, hipotecas y precios están muy lejos de los años del boom, como hemos visto. Y sin embargo, necesitamos al ladrillo para sostener el crecimiento y el empleo, aunque sería preferible crecer empujados por las exportaciones y la industria, más competitivos y enriquecedores. Pero mientras no se rehacen, el ladrillo nos ayuda a sostener la recuperación. Eso sí, con cuidado, porque no podemos volver a tropezar con la misma piedra.

jueves, 11 de abril de 2019

Europa se defiende frente a China


La Unión Europea está muy preocupada por el Brexit, pero quien le quita el sueño es China. No es para menos: los productos chinos invaden Europa y el déficit comercial se ha triplicado, mientras en España supone el 61% de nuestro “agujero” exterior. Y se multiplican las inversiones chinas en Europa, comprando empresas con ayudas del Gobierno chino. Mientras, a los europeos les ponen trabas para vender a invertir en China. Por ello, este martes 9 de abril se ha celebrado una Cumbre UE-China, donde los gobernantes europeos han dicho “basta”: quieren una relación económica y comercial más equilibrada, sin competencia desleal. Y han aprobado medidas para vetar inversiones chinas en sectores estratégicos, como las redes 5-G (Huawei). Bruselas busca imponer la unidad entre los 28, porque Italia y algunos paises del Este van por libre con China, facilitando su penetración en Europa. El problema de fondo: Europa es un gigante comercial pero “un enano empresarial” y las grandes multinacionales son de USA o China. Algo que sólo se arregla con más unión europea


enrique ortega

China es “el país revelación” del siglo XXI. Si en 2000 era la 6ª economía del mundo (tras EEUU, Japón, Alemania, Reino Unido y Francia), en 2007 era ya la tercera, en 2010 superaba a Japón y en 2018 se consolidó como 2ª economía mundial, acercándose a EEUU (13,04 billones de dólares de PIB en China frente a 20,51 billones en USA), según los datos del Banco Mundial. Y todo apunta a que, en 2032, China será la mayor economía del mundo, según la consultora CEBR, superando a EEUU, como también India en 2037. El gran objetivo del ambicioso presidente Xi Jinping es que en 2049, cuando se cumpla el centenario de la gran Revolución de Mao Tse Tung, China vuelva a ser “el gran Imperio del mundo”, como lo fue entre los siglos I y XIX de nuestra era, cuando el imperio chino suponía un tercio del PIB mundial (el 32% en 1820), según se ve en este gráfico histórico publicado por The Economist, que revela cómo China e India suponían la mitad del PIB mundial hasta la Revolución Industrial y que Europa era “insignificante” hasta finales del siglo XIX.

El “gran salto adelantede China, promovido por las reformas económicas de Deng Xiaoping (entre 1990 y 2003) se ha impulsado en dos motores: las exportaciones (China se convirtió en “la gran fábrica del mundo”) y las inversiones por todo el mundo (desde Latinoamérica y África a Europa), impulsadas por un enorme ahorro forzado por el Gobierno, que hace que China sea “el banquero del mundo“ y el mayor comprador de la deuda  pública de EEUU  (tiene el 18%) y de medio mundo (China tiene el 20% de toda la deuda pública española), que tiene un tremendo déficit comercial y muchas deudas con China. El primero en hacer frente a este imparable gigante chino fue Trump, hace un año, pero con una estrategia alocada y poco eficiente (como es él), que ha provocado un auge del proteccionismo y una debacle del comercio mundial que hacen  temer otra recesión. Y ahora, Europa toma conciencia del “problema chino”, una preocupación escenificada en una Cumbre de Merkel y Macron con Xi Jinping en París (26 marzo 2019) y la Cumbre UE-China de este 9 de abril.

Europa está muy preocupada con los avances de China y no es para menos. En 2018, China es el primer país vendedor de Europa (de allí vienen el 20% de las importaciones europeas), muy por delante de EEUU (13% de las importaciones UE) y Rusia (8%). Y China es el 2º país comprador de Europa (compran el 15,4% de las exportaciones europeas), por detrás de EEUU (destino del 17,1% exportaciones UE), según los últimos datos de Eurostat. Una relación comercial con China muy desequilibrada: Europa les vende por valor de 209.906 millones de euros y les compra por 394.697 millones, lo que supone que tenemos un déficit comercial con China de -184.791 millones (2018).Y lo peor es que ese déficit ha crecido exponencialmente: si en 2002 era sólo de -55.317 millones, en 2005 saltó a -109.258, en 2008 a -170.723 y en 2018 a los -184.791 millones de euros. O sea, que el “agujero comercial” de Europa con China se ha triplicado con creces (x 3,3).

Toda Europa tiene déficit comercial con China, salvo 4 paises europeos que tienen superávit (venden a los chinos más de lo que les compran): Alemania (+18.247 millones de euros en 2018), Bélgica (5.667), Finlandia (+1.447 millones) e Irlanda (1.012 millones), según Eurostat. Del resto, los paises que sufren el mayor desequilibrio comercial con China son Holanda (-74.156 millones de euros, el 40% del “agujero comercial europeo), Reino Unido (-29.954 millones, el 16,2% del déficit total), España (-20.632 millones de déficit en 2018, según Comercio), Italia (-17.611 millones), Portugal (-15.856 millones), República Checa (-10.987 millones) y Francia (-8.524 millones de déficit comercial), según Eurostat (2018).

En el caso de España, nuestras compras a China se han multiplicado por 15 en este siglo (de 1.756 millones importados en 1995 a 26.908 millones importados en 2018), mientras las exportaciones a China han crecido sólo 9,2 veces (de 679 millones exportados en 1995 a 6.276 millones exportados en 2018), con 15.000 empresas españolas que exportan a China (el 10% de nuestros exportadores), según el Instituto Elcano. Con estos intercambios, el déficit comercial de España con China se ha multiplicado por 20, pasando de -1.077 millones en 1995 a -18.300 en 2008 y -26.908 millones en 2018, según Comercio. Lo que más exporta España a China son alimentos (aceite, carne de cerdo y vino), materiales de automoción, aparatos mecánicos y minerales. Y compramos a China ropa y bienes de consumo, electrónica e informática, productos industriales y químicos, según el ICEX.

La otra preocupación de Europa es la avalancha de inversiones chinas en el continente. China se ha convertido en el mayor inversor mundial (en 2016 invirtieron en 7.961 empresas de 164 paises) y una cuarta parte de esas inversiones chinas van a Europa. En 2018, la inversión china en Europa rondó los 70.000 millones de euros, según la firma Baker Mackenzie, destacando las inversiones hechas en Reino Unido, Suecia, Alemania, Luxemburgo, Francia y España, el 6º destino europeo de las inversiones chinas (1.020 millones de euros en 2018). La inversión de China en Europa ha dado un tremendo salto en la última década, multiplicándose por 100 (de 707 millones de euros en 2008 a 70.000 en 2018) y acumulando ya los 181.000 millones de euros invertidos entre 2000 y 2018.

Esas inversiones chinas en Europa se dirigen sobre todo a empresas tecnológicas (31,3%), industria y automóvil (24,7%), servicios (16,2%) y otros, como infraestructuras  transporte y sector inmobiliario, destacando por paises Reino Unido (42.200 millones de euros chinos invertidos entre 2000 y 2017), Alemania (20.600), Italia (17.300), Francia (12.400), Holanda (9.000), Finlandia (7.100), Portugal (6.000) y España (3.400 millones). Entre las empresas europeas que han caído en las redes chinas, recordemos Volvo (Suecia), Pirelli (Italia), TAP y EDP (Portugal), Lumileds (Holanda), Peugeot (Francia), Kious (Alemania), Pizza Express (RU), Syngenta (Suiza) o la reciente Supercell Oy (empresa de videojuegos finlandesa).  En España, las mayores inversiones chinas han comprado Urbaser (servicios y medio ambiente), instalaciones en los puertos de Valencia, Bilbao y Barcelona, Madrileña de Gas (energía), Grupo Miquel (alimentación), Marqués de Atrio (bebidas), NH Hoteles (vendida), Osborne (vendida), Eptisa (ingeniería), Clínica Baviera (salud), Iberwind (energía) y los Clubes de fútbol Atlético de Madrid (grupo Wanda), Valencia (Peter Lim), Espanyol (Rastar Group), Granada (grupo Desport) y Lorca (Xu Genbao).

Tras una década de creciente invasión china en Europa, los dirigentes comunitarios empiezan a tomar conciencia de que hay un problema y deben “frenar a China”, que la Unión Europea tiene que defenderse. Básicamente, porque el éxito chino es consecuencia de una política comercial proteccionista  (ayuda a los exportadores chinos y problemas a los europeos que quieren vender en China) y las inversiones chinas crecen al amparo de empresas públicas (el 60% de las que vienen) y privadas que compiten “dopadas, gracias a ayudas y créditos sin interés y sin límite del Gobierno chino. Vamos, que el gigante chino hace competencia desleal a los europeos, que pierden así crecimiento y empleo en beneficio de China.

El tiempo de la ingenuidad se ha acabado”, ha dicho recientemente el presidente francés Macron, abanderado de la cruzada contra China. Y aunque tanto Francia como Alemania han vetado algunas inversiones chinas, quieren que la UE, como un bloque, adopte una política común frente a China, a la que definen ahora como “un rival sistémico”. Y para perfilar esta nueva política frente a China, la Comisión Europea aprobó el 12 de marzo este Documento donde se proponen 10 acciones concretas para afrontar la invasión comercial e inversora de China. Un Plan que fue aprobado en la Cumbre europea del 21-22 de marzo de 2019, junto a la postura sobre el Brexit. Y luego fue expuesto a China en la mini Cumbre de París, el 26 de marzo, entre Macron, Merkel, Juncker (CE) y Xi Jinping. Y ha sido el documento sobre el que ha girado la Cumbre UE-China, celebrada este martes 9 de abril en Bruselas.

La nueva estrategia de la Unión Europea ante China tiene 2 objetivos. Uno, presentar un frente común y único ante China, que tiene acuerdos e inversiones bilaterales con Italia (el gobierno populista firmó el 22 de marzo un acuerdo comercial y 29 acuerdos de colaboración con China, en el terreno comercial, bancario o turístico), Portugal y Grecia, 5 paises de los Balcanes y 11 paises del Este europeo (sobre todo con Hungría y Polonia), el Foro 16+1, un "caballo de Troya" chino para penetrar en Europa país a país y dividir así la “resistencia europea”. El otro objetivo es “equilibrar” las relaciones comerciales y vigilar las inversiones chinas, para que no penetren en sectores estratégicos o sensibles, sobre todo en las futuras redes 5G, donde EEUU tampoco quiere a Huawei, porque temen que su tecnología “abra una puerta trasera” a China en las comunicaciones estratégicas europeas.

Esta nueva estrategia UE frente a China propone a los paises europeos actuar en 4 frentes. El primero, buscar unas relaciones comerciales e inversiones “más equilibradas y más recíprocas”, acabando con la competencia desleal de China. La Comisión explica que el Gobierno chino ha ido creando grandes empresas (los llamados “campeones nacionales”), multinacionales estatales y privadas que compiten gracias a las infinitas subvenciones que reciben y a un crédito público y privado inagotable y barato. Y así consiguen ganar terreno en Europa, vendiendo e invirtiendo, mientras, en paralelo, China cierra sus mercados y discrimina  a los productos e inversiones europeas. La segunda queja es que Europa tiene el mercado de contratación pública mayor del mundo (2 billones de euros anuales que compran los Estados y sus Administraciones públicas) y el más abierto, que aprovechan para vender las “dopadas” empresas chinas, mientras en China, las empresas europeas más competitivas tienen bastante cerrada la entrada para competir en contratos públicos chinos de transportes, telecomunicaciones, electricidad, construcción y equipos médicos.

En ambos casos, la nueva estrategia europea defiende igualdad de trato: si los chinos quieren vender o invertir en Europa, sus empresas no pueden tener ayudas o créditos públicos, prohibidos a las empresas europeas. Y si no me dejan exportar o invertir en determinados sectores en China, tampoco podrás hacerlo aquí. Además, Europa no quiere que la inversión extranjera (ni China ni USA ni rusa) entre en sectores estratégicos, porque puede poner en riesgo la seguridad de la UE. Y por eso, la Comisión y el Parlamento europeo han aprobado, el 20 de febrero de 2019, un Reglamento que regula las inversiones extranjeras directas en Europa, una normativa que tienen que aprobar los paises y que entrará en vigor plenamente en noviembre de 2020. Con ella, se mirarán con lupa y se vetarán si hace falta las inversiones extranjeras en sectores estratégicos, empresas tecnológicas, infraestructuras y equipos críticos (como las redes 5G), con especial vigilancia y sanciones frente a los “ciberataques”.

Tras estos dos frentes, comercial e inversor, la Unión Europea, hace otras dos advertencias a China, una política y otra militar. El frente político del documento de la Comisión insta a China a colaborar en la política internacional, con la defensa de los derechos humanos (“la situación de los derechos humanos en China se está deteriorando”, dice textualmente), una lucha más eficaz contra el cambio climático (China ayuda a construir centrales de carbón en varios paises) y profundizar en los objetivos de paz y seguridad en el mundo (la UE les critica sus peligrosas reivindicaciones en el mar del sur de China, donde desoyen el laudo de la ONU). Y en el frente militar, Europa muestra su preocupación por el militarismo de China (ha disparado sus inversiones en Defensa) y “su ambición por tener en 2050 las Fuerzas Armadas tecnológicamente más avanzadas del mundo”, lo que, según la Comisión “plantea problemas de seguridad  para la UE”

Hasta aquí, “el toque” de Europa a China, firme, aunque tardío. Ahora habrá que ver si se queda sólo en palabras o si la UE denuncia a China ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), por “competencia desleal”. Mientras, China, enfrentada a Trump, quiere “suavizar” su encontronazo con Europa, prometiendo que “van a ser buenos” y van a liberalizar sus mercados a las ventas e inversiones europeas. De hecho, antes de esta Cumbre, China ha tratado de “calmar a Europa” aprobando una nueva Ley de inversiones extranjeras más flexible (e insuficiente, según los expertos occidentales), que entrará en vigor el 1 de enero de 2020. Pero es sólo una justificación, un “señuelo”, mientras intenta mejorar su posición inversora y comercial en la Europa del Este y del sur, con apoyo de Italia. Y mientras gana tiempo, el capitalismo de Estado chino sigue creciendo (menos, pero un 6,6%, 6 veces lo que la zona euro) y ganando peso en el mundo, a golpe de inversiones, créditos y ventas, con el horizonte de volver a ser el Gran imperio del mundo para 2049.

China tiene que seguir creciendo, sin que ni Europa ni Trump le paren, porque la estrategia del Partido Comunista Chino, que rige el país y la economía (los principales empresarios públicos y privados están afiliados) es un “contrato social” en que ofrecen a los 1.400 millones de chinos vivir mejor (su renta per cápita se ha triplicado desde 2008) a cambio de no tener libertades y de pertenecer al país más poderoso del mundo, como explica el profesor  Julio Aramberri en su reciente libro “La China de Xi Jinping”, un extraordinario análisis donde sostiene que el desarrollo chino no traerá la democracia y sí un nacionalismo militarista, peligroso para el mundo. China está empeñada en reforzar su creciente poderío económico con una mayor influencia internacional, asentada a golpe de invertir en medio mundo, endeudar y hacer dependientes a los paises en desarrollo y  asegurarse una mayor presencia estratégica a través de la nueva Ruta de la Seda, cuatro nuevas vías terrestres y marítimas de llegar a Europa a través de Asia, Oriente Medio y África. Así que está bien que Europa “se ponga las pilas”.

Pero no basta con el cierre de filas frente a China. Europa tiene que tomar conciencia de que el mundo está cambiando y que la Unión Europea es un gigante económico y comercial pero “un enano empresarial”: entre las 40 mayores empresas del mundo, sólo 5 son europeas (Shell, BP, Volkswagen, Daimler y Total). Y entre las 10 mayores multinacionales, 7 son tecnológicas: 5 son de EEUU y 2 de China, ninguna de Europa. Aquí está el fondo del problema: Europa no puede defender su futuro sin grandes empresas que puedan competir con las chinas y norteamericanas (luego con las indias). Y para ello, hay que lanzar ya una estrategia para crear “campeones europeos”, grandes empresas europeas fruto de la fusión de menores empresas alemanas, francesas, británicas, italianas o españolas. Eso exige tiempo, ayudas y financiación, además de leyes, cuestiones todavía pendientes y que figuran como un reto clave del futuro Gobierno europeo que salga del 28-M.

En definitiva, que sabemos poco de China, Europa se ha descuidado y ahora los chinos han penetrado a tope en lo que compramos y en nuestras empresas, en perjuicio de los empleos europeos. Pero no se les puede frenar con normas y denuncias, hay que pararlos con una economía europea más competitiva. Y eso pasa por integrarnos más los europeos, en avanzar en los Estados Unidos de Europa. Unirnos más, no dividirnos.