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jueves, 16 de julio de 2020

Cae la inflación (y no es bueno)


Los precios llevan tres meses consecutivos cayendo, con la pandemia, y la inflación anual sigue negativa, el -0,3% en junio, según confirmó este martes el INE, algo que no pasaba en España desde hace cuatro años, desde agosto de 2016. Y los expertos creen que los precios seguirán a la baja el resto del año, aunque algo menos: cerraremos 2020 con una inflación del -0,1 al -0,2%, con lo que seremos uno de los 4 paises europeos con inflación negativa este año (junto a Grecia, Chipre e Irlanda), mientras en la Europa del norte (ahora con inflación positiva) subirán los precios este año. Podría parecer una buena noticia que bajen los precios, pero no lo es porque la inflación negativa retrasa y recorta ventas, penaliza a las empresas y pone en peligro la reconstrucción y el empleo, además de reducir los ingresos públicos que tanto necesitamos. Al final, la inflación negativa es un síntoma del estancamiento de la economía. Necesitamos reanimar el consumo y los precios. Gasten si pueden.

enrique ortega

La inflación en España ya era baja en 2019 (+0,4% y menos entre junio y noviembre), porque la actividad económica se había “enfriado”, en el mundo y en Europa, por la guerra comercial y el temor a un “pinchazo” de la recuperación. Pero en 2020 llegó el coronavirus y los precios se desplomaron: el IPC anual (últimos 12 meses) no subió nada en marzo y cayó después en picado, al -0,7% en abril y al -0,9% en mayo. Y ahora, el INE confirma que ha vuelto a caer un -0,3% en junio, menos porque subieron el mes pasado los carburantes (+9,4%), la electricidad (+5,8%), las frutas (+1,9%) y la restauración (+0,1%). Pero la inflación sigue en negativo y la Comisión Europea prevé que así siga en España el tercer trimestre (-0,3%) y el cuarto (-0,3%), para cerrar el año 2020 con una caída del -0,1%.

Con el confinamiento de los españoles, a partir del 14 de marzo, el consumo cayó en picado y con él los precios, salvo en los alimentos, sumándose también un desplome en el precio del petróleo (carburantes) y la electricidad. Con ello, la inflación anual cayó en España al -0,7% en abril, mientras en la zona euro (con un confinamiento “más suave”) bajaba al +0,3%. En mayo, el efecto deflacionista fue mayor y la inflación anual cayó en España al -0,9% mientras en la zona euro se quedaba en +0,1%. Y en junio, ya con algo más de actividad y movilidad, la inflación anual se recuperó algo, cayendo el -0,3%, gracias a la subida de los carburantes y la electricidad, mientras en la zona euro subía por primera vez la inflación, al +0,3%, aunque era el nivel de precios más bajo en Europa de los últimos 4 años. Y eso porque, en junio, 9 de los 19 paises euro tenían inflación negativa (-0,4% Italia), según Eurostat, aunque los paises más ricos del norte tenían inflación positiva, pero baja (+1,7% en Holanda, +0,6% en Austria, +0,8% Alemania, +0,2% Bélgica y +0,1% Francia). En definitiva, que la inflación es un termómetro que nos señala quien sufre más la recesión del coronavirus. 

Ahora, la última previsión de la Comisión Europea (7 julio) estima que los precios se mantendrán estables en la zona euro en la segunda mitad del año (+0% de subida en el 3º y 4º trimestre), mientras en España caerán, pero algo menos (-0,3% en los dos trimestres, frente al -0,6% que cayeron en el 2º trimestre). Y con ello, apuestan a que la zona euro terminará el año 2020 con una inflación del +0,3%, que será del +0,6% en la UE-27, la inflación más baja en el continente desde el estancamiento económico de 2016 (inflación del 0,2% en la UE-28) y muy inferior a la subida de precios de 2019 (+1,4%). Lo que preocupa a la Comisión Europea es que 4 paises cerrarán el año con inflación negativa: Grecia (-0,5%), Chipre (-0,5%), Irlanda (-0,2%) y España (-0,1%, frente a +0,8% de inflación en 2019).

En paralelo, el Banco de España hizo en junio su última previsión sobre la inflación española este año, que coincide bastante con la Comisión: el IPC anual caerá un -0.1% si hay una recuperación temprana (con menor recesión) y un -0,2% de inflación si la recuperación es más gradual (y el PIB cae este año el -11,6% que esperan). Sería volver a 2016, cuando la inflación en España cayó el -0,3%, por tercer año consecutivo (-0,50% en 2015 y -0,15% en 2014), debido a  la bajada del petróleo y la devaluación de los salarios.

La caída de los precios va a depender de cómo sea la recuperación y de lo que haga la energía, tanto la electricidad como sobre todo el petróleo, que ha ayudado a la bajada del IPC, con un desplome del crudo de 53 dólares por barril a principios de marzo a 19,5 dólares a finales de abril, aunque ahora se ha recuperado a 43 dólares, por el recorte extra de producción acordado por la OPEP. La previsión del Gobierno, en el Plan de Estabilidad enviado a Bruselas en abril,  es que el precio medio del barril sea de 38,4 dólares este año y 40,2 dólares en 2021. Si el petróleo se desploma más, porque la pandemia rebrota y las economías no se recuperan, la caída de la inflación sería mayor en España. En cualquier caso, la previsión de la Comisión es que los precios apenas se recuperen tampoco en 2021: el IPC anual subiría un 0,9% en España y un 1,3% en la UE (+1,1% en la zona euro), muy por debajo del objetivo del BCE, de que los precios suban en torno al 2%.

Podría parecer que una inflación negativa este año y baja en 2021 es algo “bueno”, para España y para Europa, sobre todo para los consumidores. Pero la inflación negativa o baja preocupa a los expertos y a los Gobiernos, porque es un freno a la recuperación. Primero, porque la inflación negativa desincentiva la inversión y el empleo, algo especialmente preocupante para España, porque tenemos más del doble de paro que Europa (14,5% frente al 6,7% en la UE-27 en mayo, según Eurostat). El mecanismo  es sencillo de entender: si un consumidor ve que los precios están bajos, retrasa sus compras a la espera de que bajen más o porque no teme que suban. Y las empresas ven recortarse sus ventas y sus márgenes, al ser forzadas a recortar precios para competir. Y con ello, venden menos, ganan menos, invierten menos y no crean empleo (o lo reducen). Y se retrasa la recuperación.

Un segundo problema que acarrea la inflación negativa (o baja) es que reduce los ingresos públicos, sobre todo el IVA, tanto porque la desaceleración (crecer menos) reduce el consumo como por la bajada o congelación de los precios (se aplica un tipo del 21% sobre un precio menor). Y también se recauda menos por el impuesto de sociedades (que pagan las empresas según sus beneficios) y los impuestos especiales (por el consumo de carburantes, alcohol y tabaco), así como por tasas y otros impuestos. De hecho, esto ya está pasando, por el doble efecto de la recesión y la caída de precios: la recaudación fiscal ha caído en -7.073 millones hasta mayo (-9%), según la Agencia Tributaria, por la caída de -3.391 millones en Sociedades, -2.909 millones en IVA y -721 millones en impuestos especiales. Y eso cuando la factura de ayudas contra la pandemia supera ya los 150.000 millones.

El tercer problema que implica la inflación negativa (o baja) es que perjudica a los que tienen deudas, porque no rebaja lo que hay que devolver (si la inflación es alta, en realidad hay que devolver menos dinero comparado con lo que valía cuando lo pedimos). Y este es un problema muy serio para España, porque somos uno de los paises más endeudados del mundo, tanto el sector público (el Estado, la Seguridad Social  y las autonomías debían 1.234.694 millones en abril, último dato publicado por el Banco de España) como las empresas (adeudaban 942.468 millones en mayo) y las familias (697.315 millones de deuda en mayo, entre hipotecas, préstamos y tarjetas). Para todos ellos, tener una inflación negativa es una mala noticia, porque les dificulta devolver esta deuda.

Y por si fuera poco, tener una inflación negativa o baja obliga a las empresas a entrar en una dinámica de “ofertas low cost”, a tirar precios para competir, lo que provoca una mayor precariedad laboral (más contratos basura y más tareas “subcontratadas”) y un deterioro de los salarios, que ya van a crecer poco o nada con la recesión del coronavirus. Así que lo que podríamos ganar como consumidores, por comprar más barato, lo perdemos como trabajadores y endeudados, así como contribuyentes. Mal negocio.

¿Qué se puede hacer? Básicamente, luchar contra la recesión, porque la caída de precios es un claro síntoma de que la economía está enferma y no crece. Y por eso tenemos un IPC anual del -0,3% mientras Alemania lo tiene del +0,8%. Eso podría ayudarnos a competir en Europa, al tener menos inflación, pero son mayores los perjuicios que las ventajas. Por eso, hay que intentar reanimar la actividad, con ayudas e inversiones públicas, como intenta hacer el Gobierno desde hace meses. Y es clave que Europa aprueba y ponga en marcha el Fondo de Reconstrucción de 750.000 millones, que se debate este viernes en Bruselas. Mientras, en España, reanimar el consumo de los que tienen empleo, fomentar el gasto más que el ahorro (que está subiendo, por la incertidumbre de las familias ante el futuro). Y para ello, resulta clave no bajar los salarios este año y el próximo, al menos las empresas que puedan mantenerlos (e incluso subirlos). Aprovechar la pandemia para hacer otra devaluación de salarios indiscriminada es el camino para retrasar la recuperación de la economía y de los precios. Pan para hoy y hambre para mañana, para las empresas y para el país.

En resumen, que cuando oigamos que caen los precios, malo: es un síntoma de que la economía no despega y está en riesgo la recuperación y el empleo. Hay que impulsar el consumo y los precios, dentro de un orden, para asegurar la reconstrucción. Y aquí, la responsabilidad es del Gobierno y de Europa pero también de cada uno de nosotros: tenemos que volver a gastar si podemos, para sacar al país adelante. Y hacer subir los precios, sin abusos de algunos sectores (alimentos y hostelería), porque una inflación moderada es buena y nos ayudará a salir de este agujero. Gasten si pueden.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Baja inflación: ayuda a crecer y perjudica


Los precios suben sólo un 0,1% el último año, la inflación más baja desde hace 3 años. Eso permite que los trabajadores, pensionistas y funcionarios ganen poder adquisitivo este año, porque sus ingresos han subido bastante más que los precios. Y así, pueden gastar más con lo que ganan, lo que permite que no caiga el consumo y España crezca el doble que Europa (que tiene el triple de inflación). En resumen: la baja inflación permite que España crezca, aunque  menos. El problema es que esa mínima inflación es también perjudicial, porque retrasa compras y reduce ingresos y beneficios a las empresas, que apenas invierten y crean empleo. Y se recorta la recaudación fiscal. Por eso, el BCE está preocupado por la baja inflación: es un síntoma del estancamiento de la economía. El próximo Gobierno, en España y en Europa, tiene que reanimar el gasto y la inversión pública, para que “despierte” la inflación. Tan malo es que no exista como que se dispare.

enrique ortega

El mundo teme que llegue otra crisis, por la guerra comercial, el Brexit, la desaceleración en Europa, la guerra de divisas, el vaivén del petróleo y la crisis de muchos paises en desarrollo (Latinoamérica, Asia y África). De momento, España sigue creciendo, aunque menos: un +0,4% aumentó el PIB (valor de la producción de bienes y servicios) en el tercer trimestre de 2019, según el INE, lo mismo que en el 2º trimestre y una décima menos que en el primero  (+0,5%), lo que indica un crecimiento anual del 2% en 2019, inferior al de 2018 (+2,5%). Y la previsión para 2020 es que España crezca aún menos: 1,8% el FMI y el Gobierno en funciones y sólo el 1,5 % la Comisión Europea.


El hecho es que España crece el doble que Europa: +0,4% frente a +0,2% que creció la zona euro en el tercer trimestre y el +0,3% que aumentó el PIB en la UE-28, según Eurostat. Los grandes paises crecen menos, desde Francia (+0,3%) a Italia (+0,1%), mientras Alemania bordea la recesión (cayó un 0,1% en el segundo trimestre), igual que Reino Unido (el PIB cayó un 0,2% en el 2º trimestre). ¿Por qué España crece más? Básicamente, porque aquí aguanta mejor el consumo público y privado, dos de los motores claves del crecimiento. El consumo de las familias despegó en el tercer trimestre (creció un 1,2%, tras un año de moderación) y también el consumo público (creció un 0,9%, el mayor crecimiento desde 2009), gracias a un mayor gasto del Gobierno Sánchez en distintas partidas sociales. Y también ha ayudado la inversión, con un aumento del 1,2%. Frente a estos motores del crecimiento, se han “gripado” dos motores que son claves para crecer: las exportaciones (cayeron un 0,8% entre julio y septiembre) y el turismo (han venido 205.000 turistas menos este verano, un 0,7% menos entre julio y septiembre).


Se mantiene el crecimiento, aunque menor, gracias a que los españoles siguen consumiendo más. Y lo hacen, por dos razones. Una, porque la mayoría han ingresado algo más este año. Por un lado, los trabajadores. Los 8,6 millones que habían firmado un convenio hasta septiembre (en 1 millón de empresas), han tenido una subida media del +2,29%, superior a las de los últimos años (+1,75% en 2018, +1,46% en 2017 y +0,99% en 2016). Y para el conjunto de trabajadores (con o sin convenio) el INE estima una subida salarial del 2,1% en junio de 2019 (coste salarial: 1.992 euros por empleado). Por otro, los 8,7 millones de pensionistas han visto subir sus pensiones un +1,6% (y un 3% las mínimas). Y los 2,5 millones de funcionarios públicos han tenido una subida del +2,25% en 2019 (más otro 0,5% en algunos casos. Además, hay otros 2,5 millones de trabajadores que cobran el salario mínimo y han tenido este año una subida del +22% (a 900 euros). En total, más de 22 millones de españoles que han aumentado sus ingresos en 2019, más que en 2018.


Pero además, la otra razón para que puedan consumir más no es sólo que ganan más sino que pueden comprar más con ese dinero, porque han bajado drásticamente los precios: la inflación anual estaba hace un año en el 2,3% (octubre 2018) y ahora se ha desplomado al 0,1% (octubre 2019), según el INE, la más baja de los últimos 3 años (estaba en el 0,2% en septiembre de 2016). Eso quiere decir que hace un año los precios se comían con creces las subidas de los trabajadores, pensionistas y funcionarios (menores) y ahora, apenas les afectan y pueden dedicar lo que ingresan a gastar más. Además, los tipos de interés están bajos y los bancos necesitan prestar, con lo que las familias piden más créditos (para renovar muebles o electrodomésticos o irse de vacaciones) y gastan más con tarjeta (los pagos con tarjeta crecieron un 10% en el 2º trimestre, el mayor aumento desde 2016). Y encima, hay más españoles trabajando (hay 346.300 empleados más que hace un año), que ahora pueden pensar en gastar y antes estaban en paro y sin casi ingresos.


Con todo, la clave decisiva para impulsar el consumo es la bajísima inflación en España, que es ahora mismo de las más bajas de Europa: un 0,1% el IPC y un 0,2% anual el IPC armonizado con Europa, frente al 0,7% en la zona euro y  el 0,9% de inflación anual en Alemania y Francia (octubre), según Eurostat. Una baja inflación que se debe a una causa coyuntural: la bajada de la energía (carburantes y calefacción) y la luz (-11,5% recibo octubre 2019/octubre 2018) en el último año. Pero hay otras dos causas más de fondo. Una, que hay demasiado paro y precariedad, con lo que los salarios siguen bajos y las empresas controlan sus costes laborales. Y otra causa, el auge de la economía low cost, de los productos y servicios que “tiran precios” para vender y competir. Ojo, a costa de una mayor precariedad laboral y de pagar unos bajos salarios a mucha gente. Así que bien como consumidores: todo el mundo trata de bajar precios y hacernos ofertas, lo que hunde la inflación. Pero mal como trabajadores: nosotros y sobre todo nuestros hijos trabajamos en peores condiciones (contratos, horarios, exigencias) y con peores salarios para que las empresas tiren precios.


Pero la baja inflación tiene otros problemas, además de causar una mayor precarización del trabajo. El primer problema serio de la no inflación es que desincentiva la inversión y el empleo, algo especialmente grave en un país como España con más del doble de paro que Europa (14% frente al 6,3% en la UE-28). El mecanismo es sencillo de entender: si un consumidor ve que los precios están bajos, retrasa sus compras a la espera que bajen más o por no temer que suban. Y las empresas, ven recortarse sus ventas y sus márgenes, al verse forzadas a reducir más sus precios para competir. Y con ello, ganan menos, invierten menos y no crean empleo (o lo reducen).


Otro problema serio de la baja inflación es que reduce los ingresos públicos, sobre todo el IVA, tanto porque la desaceleración (crecer menos) reduce el consumo como por la congelación o bajada de los precios (se aplica el 21% sobre un precio menor. De hecho, en los 9 primeros meses de 2019, la recaudación por IVA ha sido de 54.900 millones, sólo un 2,5% más que el año pasado y el menor crecimiento en la recaudación de este impuesto desde 2012, según la Agencia Tributaria.


Y el tercer problema que provoca la bajísima inflación es que perjudica a los que tienen deudas, porque no rebaja lo que  hay que devolver (si la inflación es alta, en realidad hay que devolver menos dinero comparado con lo que valía cuando lo pedimos). Y ese es un problema muy serio para España, porque somos uno de los países más endeudados, tanto las Administraciones públicas (debemos 1,2 billones de euros, entre el Estado, las autonomías y la Seguridad Social) como las empresas (debían 868.317 millones de euros en julio) y las familias (706.012 millones de deuda, entre hipotecas, préstamos y tarjetas). Para todos ellos, tener una inflación del 0,1% es una mala noticia.


En definitiva, que no tener casi inflación es una buena noticia como consumidores, que permite mantener un crecimiento mayor que Europa, pero es una mala noticia como trabajadores (la economía low cost y la fuerte competencia de la globalización “precarizan” el empleo y congelan los sueldos), para la inversión y el empleo, para la recaudación fiscal y para los que tienen deudas. Y al final, los expertos creen que son más los perjuicios que las ventajas de no tener inflación. De hecho, el Banco Central Europeo (BCE) lleva varios años tratando de “reanimar la inflación” en la zona euro, porque saben que todo lo que sea tenerla por debajo del 2% (su objetivo: ahora está en el 0,7%) es un claro síntoma de desaceleración, de que la economía no tira, de que la recuperación es débil.


Ahora, la previsión del BCE es que la inflación se mantenga baja en Europa este año y el que viene (+1,4% en la zona euro) y más todavía en España (1,1% este año y 1,4% en 2020), según la última previsión de la Comisión Europea. Y el Gobierno Sánchez espera todavía una inflación menor, un 0,9% para 2020, lo que promete subir las pensiones. Eso permitiría ganar poder adquisitivo a trabajadores, pensionistas y funcionarios en 2020, pero habrá que ver si se mantiene la subida del consumo (parece dudoso) o más bien las familias reducen su gasto y ahorran más, por temor a otra crisis. Y en cuanto al gasto público, poco podrá hacer el próximo Gobierno, dado que Bruselas ya le ha dicho que tiene que gastar 6.600 millones menos en 2020 para seguir recortando el déficit. O se consigue recaudar más (subiendo algunos impuestos a multinacionales, grandes empresas, bancos y los más ricos) o el gasto público no ayudará a crecer en 2020 como está haciendo en 2019.


En resumen, la bajísima inflación actual es un mal síntoma y peor para España, porque tenemos menos inflación que el resto de Europa y necesitamos seguir creciendo más para reducir la brecha de paro (tenemos más del doble)  y de riqueza (tenemos el 90% de la renta europea). Hace falta que suba la inflación, hasta el objetivo del 2%, para que ayude a las empresas a recomponer sus cuentas, invertir y crear más empleo. Es la “gasolina” que necesitamos para mantener la recuperación. Y para ello, el futuro Gobierno español y europeo (la nueva Comisión Europea tomará posesión en diciembre) tienen que tomar medidas para “reanimar” la economía y con ella la inflación. Aumentar el gasto y la inversión pública (lo que exige recaudar más de una minoría, para no disparar el déficit) y a la vez mejorar el empleo y los salarios (aumentando la productividad), para relanzar el consumo privado. Si no se hace, la inflación seguirá por los suelos y se frenará la recuperación.

lunes, 29 de junio de 2015

España roza la deflacion = economía débil


Hoy, España ha evitado caer en la deflación : doce meses seguidos con inflación anual negativa. Los precios llevaban 11 meses cayendo, pero este mes de junio, la inflación anual ha subido al +0,1%. Es casi deflación, pero oficialmente no. Con todo, los precios en España están por los suelos, mientras en Europa, los precios han comenzado a subir, tras cuatro meses cayendo. En mayo, sólo España y otros 7 países tenían inflación negativa (Grecia, Chipre y cinco del Este), todos con serios problemas económicos. Porque la baja inflación es un claro síntoma de que la economía está débil y las empresas, para vender, tienen que “tirar los precios”. Algo bueno para las familias, pero negativo para el país porque bajan los márgenes de las empresas, se crea menos empleo y cuesta más hacer frente a las enormes deudas de familias, empresas y el Estado. Sólo reanimando la economía, el consumo y la inversión se pueden reanimar los precios y asegurar más crecimiento y más empleo. Pero eso exige otra política, en Europa y en España.
 

enrique ortega


España siempre ha tenido una alta inflación (llegó al 26,4% en 1977), fruto de contar con unas empresas menos competitivas, que necesitaban vender más caro para ganar lo que el resto. Con la entrada en el euro y la mayor apertura al exterior, las empresas ajustaron sus precios para competir (inflación en torno al 3% desde 1999), sobre todo a raíz de esta crisis. Y eso les llevó a recortar plantillas (-3,8 millones de empleos perdidos) y sueldos (han bajado del 10 al 20%), como vías para rebajar costes y poder vender con precios más bajos, dentro y fuera de España. Así, en 2009, España ya tuvo 8 meses de inflación anual negativa (entre marzo y octubre), con un suelo de -1,4% en julio 2009. Luego se recuperó, llegando a un pico del 2,1% de inflación en junio de 2013, para bajar después y caer desde julio de 2014 (-0,3%), con 11 meses seguidos en negativo, hasta este junio de 2015, en que los precios han subido tres décimas y la inflación anual se sitúa en positivo (+0,1%), por primera vez desde junio de 2014 . Con ello, España ha evitado caer en la deflación, según la definición del FMI (dos semestres en negativo).

Cuando los precios bajan, es un claro síntoma de que la economía está enferma. Es lo que pasó cuando la Gran Depresión en EEUU: los precios cayeron un 24% entre agosto de 1929 y marzo de 1933. Luego, la situación se repitió en Japón, donde los precios cayeron un 25% entre 1995 y 2013, o en Suecia (finales de los años 80). En Europa, el riesgo de deflación ha estado presente a principios de este año, al caer los precios entre diciembre 2014 y marzo 2015, pero la situación ha mejorado, al estabilizarse los precios en abril (inflación anual 0) y subir por primera vez en mayo (+0,3%), gracias a la actuación del Banco Central Europeo (BCE), que se ha lanzado a reanimar la economía inyectando liquidez con la compra de deuda pública. Pero la inflación sigue muy baja, muy por debajo del objetivo del 2%, porque la economía europea está estancada y apenas crece: un +0,4% en el primer trimestre de 2015 y sólo un +0,3% en Alemania, Italia o Reino Unido, con +0,6% Francia y +0,9% España.

Los precios se recuperan despacio en Europa pero todavía hay 8 países que tenían inflación anual negativa en mayo, según Eurostat : Chipre (-1,7%), Grecia (-1,4%), Eslovenia (-0,8%). Polonia (-0,6%), Bulgaria y España (-0,3%), Lituania y Eslovaquia (-0,1%). Un pelotón de países con  serios problemas económicos, que obligan a sus empresas a vender tirando precios para sobrevivir. Enfrente, los países europeos que ya han salido de la crisis lo reflejan en subidas de precios: Austria (+1%), Suecia (+0,9%), Bélgica (+0,8%), Alemania y Holanda (+0,7%) e incluso Francia (+0,3%) y Reino Unido (+01%). En todos los casos, la bajada del petróleo y la fortaleza del euro hasta febrero (facilitando la deflación importada) han ayudado a subir los precios, pero la clave está en un mayor consumo y crecimiento. Y aunque España crece más que la mayoría de Europa, es a costa de “tirar los precios”. Las previsiones, del Gobierno, el FMI o la Comisión Europea, apuestan por que tendremos inflación anual negativa (con altibajos) hasta finales de 2015 (entre -0,4% y -0,7%).

Siempre se piensa que tener los precios bajos (o incluso negativos) es bueno, porque podemos comprar más con nuestros ingresos y ahorros. Y además, tener precios bajos permite a las empresas competir mejor fuera, exportar mejor. Todo esto es verdad. Pero los precios muy bajos o negativos tienen tres graves problemas. El primero, que la baja inflación lleva a los consumidores a retrasar sus compras (más si les recortan sus ingresos), pensando que comprar mañana será más barato. Y con precios muy bajos, las empresas ganan menos, invierten menos, no crean empleo y pueden acabar cerrando.

Por otro lado, la inflación baja o negativa es mala para los que tienen deudas: si los tipos de interés están al 3% y la inflación es del 2%, estamos pagando unos tipos reales del 1%. Pero si la inflación está al -0,2%, pagaremos un tipo real del 3,2%, más del triple. Un dato real: España paga hoy su deuda pública a 10 años al 2,27%, con una inflación del -0,3%, lo que supone pagar un tipo real del 2,57%, superior al que pagaba en 2011, cuando los tipos estaban más altos (al 6%) pero como la inflación era elevada (3,8%), el tipo de interés real que se pagaba era menor que ahora (6-3,8%=2,20%). En definitiva, que con baja inflación, cuesta más pagar las deudas. Y esto es más grave para España, donde el Estado debe más de un billón de euros, las empresas otro billón  y las familias 740.000 millones. El tercer problema de la deflación es que reduce los ingresos públicos: con precios más bajos, Hacienda recauda menos (sobre todo por IVA). Y se reduce menos el déficit público, obligando a más recortes.

En definitiva, menos consumo, menos crecimiento y empleo, más pago real de intereses y menos recaudación de impuestos son los costes de tener la baja inflación. Por eso, los costes de tener los precios demasiado bajos son mayores que los beneficios. Y por eso, tanto la Comisión Europea como el FMI y el BCE tratan de conjurar la deflación, bajando los tipos de interés al máximo (hoy están en el 0,05%) y aumentando el dinero en circulación, comprando deuda pública y prestando a los bancos para que reanimen el crédito. Pero no parece suficiente, al menos para España y muchos países del sur y este de Europa.

La baja inflación en España es un claro síntoma de la debilidad de la economía, por mucho que el Gobierno presuma de crecer más que los países del euro. Pero crecemos por el empuje del gasto y la inversión pública (desde mínimos) en un año electoral y por la incipiente recuperación del consumo, por la extra de los funcionarios (un 25% de la que les quitaron en 2012), el pequeño aumento del empleo (precario y mal pagado) y la rebaja de retenciones en las nóminas desde enero (por la bajada de impuestos en 2015, tras tres años de subidas). Pero no es un crecimiento consistente, porque los motores de un crecimiento más potente están “gripados”: la inversión apenas despunta y el consumo sigue débil. No en vano, los ingresos de las familias han vuelto a caer en 2014 (-0,2%) y son hoy un 14,7% inferiores a los de antes de la crisis: si el gasto medio por hogar era de 31.711 euros en 2008, en 2014 ha caído a 27.038 euros, 4.673 euros menos. Y por eso hay menos consumo, menos ventas, menos inversión  y menos empleo.


Y no parece que el gasto mejore si  los sueldos subieron sólo un 0,3% en el primer trimestre, según el INE. Y con 5,44 millones de parados, más de la mitad (56,5%) que no cobran ya el paro. Y con la mayoría del empleo creado precario (un 25% de los nuevos contratos duran una semana o menos) y mileurista (de 600 a 1.100 euros de media). Y con un 22,2% de españoles (más de 10 millones) en riesgo de pobreza, según el INE.

Así resulta difícil reanimar de verdad el consumo y que las empresas aumenten mucho sus ventas, algo clave para reanimar la inversión y el empleo. Y por eso, siguen optando por la vía más segura: bajar los precios al máximo, para intentar vender dentro y fuera. Pero como no les salen las cuentas, funcionan al día, sobreviviendo, sin pensar en ampliar su empresa o su plantilla hasta que no se aclare el panorama y puedan subir precios sin riesgo. Un círculo vicioso que puede durar años, como sucedió en Japón, estancando la economía y el empleo.

La clave es reanimar la economía, aumentando el consumo para que tire de los precios, la inversión y el empleo. Hay que actuar en dos frentes. Uno, en Europa, donde Alemania y los países del norte tendrían que aumentar sus sueldos y su consumo, sus compras a la Europa del sur (vía importaciones), como pide insistentemente el FMI. Y en paralelo, la Unión Europea debería fomentar un plan de inversiones, un Plan Marshall para reanimar la economía europea, con más recursos que el aprobado Plan Juncker (sólo 21.000 millones nuevos de los 315.000 previstos), que todavía no se ha puesto en marcha. Y ahora, con la crisis de Grecia, la economía europea crecerá aún menos.


Mientras, en España, el Gobierno debería promover el consumo privado, con una mayor subida de salarios en las empresas con beneficios,  y un mayor gasto público en educación, sanidad, gastos sociales y lucha contra la pobreza, gracias a una reforma fiscal más justa que consiga nuevos ingresos de los que pagan poco (grandes empresas, multinacionales y los más ricos) y permita bajar los impuestos a niveles anteriores a 2011 a la mayoría de españoles. Y en paralelo, con esos mayores ingresos públicos, promover un plan de inversiones, públicas y privadas, en tecnología, industria, formación y sectores con futuro, que tire del crecimiento y el empleo.

La baja inflación, los precios muy bajos mes a mes, son un claro síntoma de que la economía no va bien, diga lo que diga el Gobierno y sus voceros. Cinco años de austeridad a ultranza nos han llevado hasta aquí y aunque ahora estemos algo mejor, creciendo (poco) y creando algo de empleo (precario y mal pagado), hay que insistir en que seguimos en crisis y con demasiados parados como para no tomar otras medidas ya. No podemos regodearnos en la mediocridad de la situación económica actual, como dice el FMI. Hay que presionar para que se haga otra política, en Europa y en España, que nos saque de verdad del agujero. Y cuando esto ocurra, los precios volverán a subir, porque es lo suyo. Lo anormal es la deflación o la bajísima inflación.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Cumbre UE: palo y zanahoria al crecimiento


Europa sigue estancada (crece el 0,2% frente al 4,2% de EEUU) mientras Grecia, Rusia y la baja inflación (agravada por el desplome del petróleo) amenazan con una tercera recesión. Pero la Cumbre europea del jueves duró menos de 8 horas y se limitó a dar luz verde (con reticencias de Merkel) a un Plan de inversiones de 315.000 millones para 2015-2017. Este Plan Juncker llega tarde y con pocos recursos: sólo se ponen 21.000 millones de dinero público (ni un euro nuevo) y se espera que la inversión privada aporte los 294.000 millones restantes. Si se consigue, el Plan  será una gota de agua en el océano de la crisis: España podría llevarse inversiones por 8.000 millones anuales, una ayuda escasa para nuestro elevadísimo paro. Y frente a esta zanahoria para el crecimiento, el palo: la Comisión Europea ha pedido a 7 países (incluida España) que recorten más su déficit en 2015, lo que frenará el crecimiento. La nueva Comisión sigue empecinada en su inútil austeridad. Urge reanimar la economía europea con un ambicioso Plan de choque. Y olvidarse de más recortes.
  
enrique ortega

De Cumbre en Cumbre, Europa va a peor. Si en la Cumbre de octubre planeaba el fantasma de la tercera recesión, en esta mini Cumbre de diciembre (tarde-noche del jueves 18) se confirma el estancamiento económico  se agrava el panorama, por los temores sobre Grecia, la crisis de Rusia y el desplome del petróleo, una buena noticia que puede agravar otro grave problema europeo, la bajísima inflación, claro síntoma de que la economía está paralizada.

Los últimos datos económicos (Eurostat, diciembre) confirman que la economía europea está estancada: crece un 0,3% en el tercer trimestre y la zona euro aún menos (+0,2%, frente al +0,1% del segundo). Lo peor es que las grandes economías no tiran (Alemania crece sólo el 0,1%, Francia el 0,3% e Italia está en recesión, cayendo el -0,2% y -0,3% el segundo y tercer trimestre). Y del resto, sólo se salvan Reino Unido (+0,7%) y algunos países del Este (Polonia +0,9%), con Austria cayendo (-0,3%) y Chipre  (-0,4%). Y lo peor es que este estancamiento europeo va para largo: según el BCE, la zona euro sólo crecerá un 0,8% este año, un 1 % en 2015 y un 1,5% en 2016, cuando EEUU crece este año al 4,2%. Y así, no hay manera de rebajar un paro histórico, del 11,5% (5,8% en USA).

Otro síntoma del estancamiento europeo es la baja inflación: está en el 0,3% y  lleva más de un año por debajo del 1%, con 10 de los 18 países euro con inflación negativa (España). Y será negativa en toda Europa los próximos meses, según vaticina el vicepresidente del BCE. En parte es por el desplome del petróleo, pero buena parte se debe a la falta de consumo, a que no hay demanda, ni inversión ni crédito (los bancos sólo han pedido al BCE la mitad de los 400.000 millones que tenía para prestarles a bajo interés). Y la actividad empresarial de la eurozona cayó en noviembre a mínimos de 16 meses, según el índice PMI, dato que sugiere dos cosas: que el crecimiento podría bajar este cuarto trimestre y que la zona euro podría incluso contraerse a principios de 2015.

En este deprimente contexto europeo, Rajoy saca pecho y dice que España “lidera el crecimiento europeo”, con ese mínimo +0,5% que crecimos el segundo y tercer trimestre (y que podría bajar al 0,4% para este cuarto). Primero, no es verdad: hay seis países europeos que crecieron más en el tercer trimestre: Rumanía (+1,8%), Polonia (+0,9%), Eslovenia (+0,7%), Reino Unido (+0,7%), Grecia (+0,7%) y Eslovaquia (+0,6%), según Eurostat. Y segundo, España tiene una serie de datos económicos que nos hacen muy vulnerables, además de tener más del doble de paro que Europa (23,67%). Uno, nuestra elevada deuda pública (1.016.969 millones de euros, un 96,4% del PIB), que nos obliga a depender de los inversores extranjeros, a los que pagamos 100 millones de euros diarios en intereses (más si sube la prima de riesgo). Otro, nuestro creciente déficit comercial (21.094 millones €), que también hay que financiar y que se debe a que compramos mucho más fuera de lo que vendemos, tras haber pinchado las exportaciones. Y el tercero, nuestro déficit público, el 3º más elevado de la zona euro, duplicándolo (5,6% en 2014 frente al 2,9% de UE-18).

Además, la inflación en España lleva cayendo cinco meses consecutivos (desde julio), con el IPC anual en el -0,4%, un claro indicador de que no hay consumo ni inversión, que la economía está estancada, aunque Rajoy diga que “la crisis ya es historia. Otro indicador es que el crédito sigue cayendo, más por falta de demanda solvente que de liquidez. Y también caen los salarios y 1.200 parados pierden cada mes su subsidio, lo que dificulta la recuperación del consumo y agrava la pobreza y la desigualdad, más en España que en el resto de Europa. Y si sigue el desplome del petróleo, podría agravar el estancamiento de México, Brasil, Venezuela y Ecuador, afectando mucho a empresas y bancos españoles.

La situación no está, pues, para triunfalismos, ni en España ni en Europa. Por eso, los líderes europeos quisieron insuflar un poco de optimismo en la reciente Cumbre Europea, aprobando un Plan de inversiones de 315.000 millones para los próximos 3 años, que podría aumentar un 3% el crecimiento anual y crear 3,3 millones de empleos. Una buena iniciativa, (aunque tardía) pero que está en el alero y es insuficiente. En el alero, porque los líderes europeos sólo aportarán 21.000 millones de dinero público (16.000 millones del Presupuesto y otros 5.000 del Banco Europeo de Inversiones), ni un euro nuevo, por cierto. Y el resto, nada menos que 294.000 millones, esperan que los aporten empresas privadas. Es el milagro de la multiplicación de los euros: con 1 euro público atraerán 15 euros privados. Está por ver. Pero aunque lo consigan, la cantidad es insuficiente: 105.000 millones de inversión anual es un 0,8% del PIB europeo, una gota en el océano de la crisis. Y Merkel se opuso a que los Estados puedan poner más dinero para el Plan a cambio de que esa aportación extra no cuente como déficit público. La ortodoxia antes que el crecimiento.

Ahora queda ver cómo se reparte este dinero, a qué países y a qué proyectos. Se habla de apoyar inversiones europeas en energía, transportes, economía digital, tecnología (I+D) y pymes. Y que ya se han presentado por los 28 países unos 2.000 proyectos, con 1,3 billones de inversión. Ahora queda fijar los criterios de reparto, que estarán en marzo. Y los planes se aprobarían en la Cumbre de junio de 2015, para empezar en julio (medio año perdido).

España ha presentado ya proyectos por valor de 53.000 millones, casi la mitad para energía, donde se ha pactado (en esta Cumbre) con Francia y Portugal para presentar proyectos conjuntos de interconexión eléctrica entre los tres países. Otros proyectos españoles son para el mercado digital (conexión Internet zonas rurales), tecnología y sobre todo infraestructuras de transporte (17 proyectos), muchos de ellos ligados al tren y al AVE. La pelea por las inversiones del Plan Juncker va a ser dura, con Alemania y Francia como líderes, y España teniendo que borrar su pasado “derrochadorde fondos europeos (aeropuertos sin aviones, AVES sin viajeros, autopistas sin coches, puertos sin barcos…). Si nos atenemos a que España supone el 8% del PIB europeo, podríamos aspirar a conseguir 25.000 millones de inversiones, unas 8.000 al año como mucho. Ayudaría, pero no es para tirar cohetes.

El problema es que los líderes europeos no sólo han aprobado el Plan Juncker, la zanahoria para reanimar el crecimiento. La nueva Comisión Europea, más fundamentalista del déficit que la anterior, ha llamado la atención a 7 países por “riesgo de incumplimiento” de los compromisos de déficit en los Presupuestos para 2015: son Francia, Italia, Bélgica, Malta, Austria, Portugal y España, donde creen que existe el riesgo de que el déficit público de 2015 sea el 4,6% en vez del 4,2% prometido por Rajoy. Y a todos les piden más recortes, que Francia, Italia y Bélgica ya han iniciado, provocando incluso dos huelgas generales. Ahora van a hacer un seguimiento y en marzo 2015 dirán si han cumplido o no y si hay sanciones. Si se ponen duros y exigen más recortes a estos 7 países (sobre todo a Francia, Italia y España), la Comisión sumirá a Europa en la tercera recesión.

Es el palo que complementa la zanahoria del Plan Juncker. Reanimar la economía europea sí, pero sin gastar apenas (“keynesianismo barato”) y no bajando la guardia contra el déficit. La ideología, el fundamentalismo del déficit y los recortes, frente al realismo de una Europa que exige un Plan de choque valiente contra la recesión. Lo absurdo de esta política puede verse en España: nos concederían 8.000 millones de inversión para reanimar la economía (que en su mayoría van a beneficiar a eléctricas y grandes constructores) y a la vez nos obligan a recortar 4.000 millones más en 2015 (sobre los recortes ya aprobados por Rajoy), recortes que afectarían sobre todo a sanidad, educación, gastos sociales y desempleo. Y que servirán, como ha pasado estos cuatro años, para frenar el crecimiento y el empleo.

Juncker y la nueva Comisión dicen que quieren “recuperar la confianza de los ciudadanos”. Pero los europeos no lo ven claro: el 63% considera que la situación económica es mala y sólo el 34% la ve positiva, según el Eurobarómetro de otoño. Y los más pesimistas son los griegos (98% la ven mal) y los españoles (97%). Además, casi la mitad de los europeos (48%) creen que la crisis y el desempleo irán a peor. Un estado de ánimo que alimenta el “euroescepticismo”, el populismo y los partidos de extrema derecha.

Cada vez es más evidente (incluso para el FMI y la OCDE), que Europa debe cambiar de política, dejar atrás los prejuicios ideológicos y lanzarse a combatir con decisión el estancamiento, el paro y la baja inflación. Y para ello, hace falta un ambicioso Plan de inversiones públicas, con diez veces los recursos del Plan Juncker, recursos que deben salir de otra política fiscal en Europa, que recaude más de las grandes empresas, multinacionales y los más ricos. En paralelo, hay que forzar a la Europa rica, sobre todo a Alemania, a gastar más, para tirar del crecimiento de la Europa pobre. Y reducir el peso de la deuda a la Europa del sur, compartiendo la deuda para pagar menos por ella (eurobonos).

Y en España, aumentar también los ingresos fiscales (se pueden recaudar 50.000 millones más) para dedicar más recursos a la inversión pública, la reindustrialización, la exportación, el turismo y la tecnología, junto a un Plan de choque para mejorar la formación y “empleabilidad” de los 5,4 millones de parados. Sin olvidar mejorar salarios y reducir el peso de la deuda de empresas y particulares, para reanimar el consumo y la inversión. Y dedicar más recursos a ayudar a los 5 millones de españoles en riesgo de pobreza, un escándalo social.

Otra Cumbre más, los líderes europeos hacen lo que Rajoy en España: ganar tiempo y esperar a ver si la economía mejora, más con declaraciones que con medidas suficientes. Y así, Europa puede estancarse durante varios años, languideciendo como Japón. No es lo que queremos los europeos. Ya lo dijimos en las elecciones de mayo. Pero no escuchan.