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jueves, 12 de enero de 2017

Carburantes: suben por partida doble


Esta Navidad y Reyes hemos pagado los carburantes más caros: la gasolina cuesta un 10,1% más que hace un año y el gasóleo un 18,1% más. Y subirán otro 10% más hasta el verano, por dos razones. Una, porque se ha acabado el petróleo barato: el crudo va camino de los 60 dólares barril, un 40% más de lo que costó en 2016. La otra, porque hay que pagarlo en dólares más caros, por la caída del euro: otro 9% más a pagar por el crudo. Esta mayor factura del petróleo no sólo encarece los carburantes, sino que subirá el transporte y el IPC (ya está en el 1,6%), hasta el 2% este año según el Banco de España. Y esta alta inflación se comerá la subida de salarios (1,5%) y pensiones (0,25%), lo que recortará el consumo, la inversión, el crecimiento y el empleo. Para contrarrestar al petróleo y al euro, más la subida de tipos, el Gobierno debería reanimar la economía, no aprobar los recortes previstos en los Presupuestos 2017.
 
enrique ortega

Este pasado otoño se acabó con algo más de 2 años de petróleo barato. Antes, el crudo llevaba tres años de precios altos, entre junio de 2011 y junio de 2014, cuando llegó a su máximo precio: 112,88 dólares por barril de Brent (25 junio). Pero a partir del verano de 2014 empezó a bajar. En septiembre perdió los 100 dólares por barril, en octubre los 90, en noviembre los 80 y en diciembre cerró el año 2014 con 55,46 dólares por barril. Y durante todo el año 2015 siguió bajando, con altibajos, hasta los 37,36 dólares a fin de año. Y a principios de 2016 alcanzó el precio mínimo: 27,77 dólares el 20 de enero. Había sido la tercera mayor caída del crudo en los últimos 24 años, desde los años 90.

¿Por qué se desplomó el precio del petróleo un 75% en estos dos años y medio? Las razones básicas fueron dos, según el World Bank. La primera y fundamental, porque había en el mercado un exceso de petróleo, estimado en 2 millones de barriles diarios. Arabia Saudí, el principal productor, había bombeado exceso de crudo para hundir los precios y con ellos a sus competidores, en especial Estados Unidos, que estaba produciendo mucho petróleo del fracking (pizarras bituminosas), rentable con el crudo por encima de 60 dólares. Y también bajó la demanda de Occidente, por los altos precios y la crisis. Y la otra razón, la apreciación del dólar, que encarecía por partida doble el crudo que se pagaba con otras monedas.

En 2016, con los precios del crudo por los suelos, el mercado empezó a ajustar su exceso de producción y Arabia Saudí mostró signos de que quería recortar producción para subir precios. El crudo subió de ese mínimo de 22,77 euros en enero a un máximo de 52,92 dólares en octubre. El 30 de noviembre de 2016, los paises de la OPEP (productores de un tercio del petróleo mundial) acordaron en Viena recortar su producción un 4,5%, 1,2 millones de barriles diarios. Y lo más importante, el 10 de diciembre, alcanzaron otro acuerdo con paises productores no OPEP (Rusia, México y otros de África y Oriente Medio) para que recortaran su producción otros 600.000 barriles diarios. En total, 1,8 millones menos de barriles diarios de crudo.

El efecto de este doble recorte ha sido inmediato y a finales de diciembre, el crudo estaba ya en 56,50 dólares por barril, 10 dólares más que el día anterior al acuerdo de la OPEP y una subida del 103,5% sobre el precio mínimo de 2016 (27,77 dólares el 20 de enero). Y ahora, los expertos apuestan a que el crudo siga subiendo al menos hasta mayo, cuando la OPEP revise su acuerdo, y llegue este año 2017 a los 60 dólares barril. Eso supone una subida del 40% sobre los 43 euros de media que habrá costado el petróleo en 2016.

Pero la subida no se queda ahí. El petróleo hay que pagarlo en dólares y la moneda USA sube desde 2014 y también en el último año: a finales de 2016 cotizaba a 1,0455 euros por dólar, un 3,6% más cara que a finales de 2015 (1,0855 dólares). Y todas las previsiones (subida de tipos, crecimiento e inflación en USA, Trump) apuntan a que el dólar siga subiendo y se coloque a la par que el euro este año: 1x1. Eso significaría que el dólar se revalorizará aún más y que costaría este año un 9% más que en 2016 (cotización media: 1,10 euros por dólar). O sea, un coste extra para el crudo en euros del 9%, a sumar al 40% que costaría más el barril en dólares. Un 49% más a pagar por el petróleo en 2017.

La primera consecuencia de esta tremenda subida en la factura del petróleo ya la hemos visto al repostar carburante esta Navidad y Reyes. Incluso antes, porque el gasóleo ya había subido (un 1,1%) antes de que la OPEP recortara la producción en noviembre, debido al aumento de consumo este verano (turistas). Pero la subida se ha acelerado en diciembre y a finales del año 2016, los carburantes ya habían subido mucho sobre un año antes: un 8% la gasolina y un 15% el gasóleo. Y en enero, con las fiestas y la mayor demanda, los carburantes han seguido subiendo. Al final, la subida de los carburantes en el último año, hasta este lunes 9 de enero (desde el 4 de enero de 2016) es muy importante: un 10,1% la gasolina súper (cuesta 1,2468 euros por litro) y un 18,1%  de subida el gasóleo (cuesta 1,1368 euros por litro), según el Boletín petróleo de la UE.

Los carburantes suben menos que el petróleo porque no todos sus costes son el crudo. Más de la mitad del precio son impuestos (el 57% del PVP en la gasolina y el 52% en el gasóleo), a pesar de que tenemos los impuestos más bajos de Europa y el Gobierno no ha querido subirlos, como le recomendaba la Comisión Europea y el FMI. Y del resto, una parte son los costes de distribución (almacenamiento, transporte y distribución, un 13% del coste final en la gasolina y un 14% en el gasóleo), otra parte el margen de la petrolera (2% del precio) y sólo un 32% es para pagar el coste del gasóleo comprado fuera o refinado aquí (y un 28% del precio final de las gasolinas), precio que varía según el mercado internacional (Marsella y Rotterdam). Eso significa que sólo menos de un tercio del precio final de los carburantes tiene que ver con el mercado. Y no con el precio del crudo sino con la cotización internacional de la gasolina y el gasóleo, que tiene mucho que ver con el consumo y el clima.

Sin embargo, en el caso de España, pagamos unos carburantes más caros (sin impuestos) que en el resto de Europa, a pesar de que esos precios internacionales de los carburantes son los mismos para todos. Y eso tiene que ver con que las petroleras españolas cargan más costes por refino, almacenamiento, transporte y distribución, además de un mayor margen final. Sólo así se explica que España tenga la segunda gasolina sin impuestos más cara de Europa (tras Dinamarca), un 9,9% más cara que la media de la UE-28 (aquí cuesta 5,20 céntimos más por litro), según los últimos datos del Boletín petrolero de la UE. Y el 7º gasóleo más caro sin impuestos (tras Dinamarca, Finlandia, Suecia, Portugal, Hungría y Grecia), un 7,7% más caro que la media de la UE-28 (cuesta 4,10 céntimos más por litro en España). A lo claro: el crudo y los carburantes cuestan igual a todos los paises, pero nosotros los pagamos más caros si descontamos los impuestos, o bien porque nuestras petroleras son menos eficientes o bien porque ganan más (o por las dos cosas).

Con todo, si sube el petróleo en 2017 y baja el euro con el que lo pagamos, subirán también los carburantes este año, probablemente otro 10% hasta el verano, la época en que son más altos porque hay más demanda (vacaciones y turistas). Eso colocaría la gasolina para julio en un precio de 1,38 euros por litro y el gasóleo en 1,25 euros por litro. Y llenar el depósito nos costará entre 8 y 12 euros más que el verano pasado. Eso sí, los carburantes son más caros en las gasolineras de marca que en las independientes y de los híper, según el estudio de la Comisión de la Competencia (CNMC). Y más caros en las gasolineras de autopistas que en las de carreteras convencionales. Y por provincias, la gasolina está más cara en Pontevedra, Orense y Asturias y más barata en Salamanca, Soria y Segovia. Y el gasóleo, el más caro se vende en Pontevedra, Orense y Guadalajara y el más barato también en Soria, Salamanca y Segovia, por la competencia y los menores impuestos autonómicos.

Pero la subida del crudo y la bajada del euro no sólo afectan a los carburantes. A corto plazo, subirá casi todo, por el efecto de la subida del crudo sobre el transporte y la energía, que sube casi todos los costes. Y en consecuencia, se espera un repunte de la inflación, tras habernos beneficiado de un IPC en negativo (-0,2%) en 2014 y 2015: el Gobierno augura una inflación media del 1,4% en 2017, pero el banco de España va más allá y cree que el IPC llegará a subir un 2,5% este mes de febrero (diciembre acabó en el 1,6%) para subir un 2% de media en 2017. Sea una u otra la subida de precios, lo que es seguro es que “se comerá” la subida de salarios prevista (la patronal pretende subirlos el 1,5% este año), la subida de los funcionarios (sobre el 1%) y, sobre todo, la subida de las pensiones, fijada en el 0,25% para 2017.

Así que la subida del petróleo y la bajada del euro acabarán comiéndose las subidas de sueldos y pensiones, con lo que las familias podrán gastar menos (y menos todavía por la subida de tipos de interés, que encarecerá las hipotecas). Y con menos consumo, bajarán las ventas de las empresas, que, al tener también más costes energéticos y de transporte, podrán invertir menos y crear menos empleos. Al final, si el petróleo barato nos ayudó a crecer más entre 2014 y 2016, ahora actuará de freno a la economía, que crecerá menos. De hecho, el Gobierno estima que crezca este año un 2,5% (frente al 3,2% en 2015 y 2016) y el FMI lo rebaja al 2,4%. Con menos crecimiento, la economía creará también menos empleo: 420.000 nuevos empleos en 2017, frente a 620.000 creados en 2016. Y eso si el petróleo no se desmanda y sube más de 60 dólares barril, que podría ser.

La subida del petróleo es un mayor problema para España porque es uno de los paises europeos que más depende del crudo y la factura podría subirnos 9.500 millones de euros en 2017. Pero además, es también más grave porque España necesita crecer más que el resto de Europa, porque tenemos el doble de paro que Europa y hay todavía 4.320.800 parados estimados (EPA), la mitad llevando más de 2 años sin trabajar. Así que el Gobierno y la oposición deberían poner en marcha este año 2017 un Plan de choque, para compensar los perjuicios que nos va a crear el petróleo caro y el dólar débil (además de los tipos altos). Y frenar el ajuste de 16.500 millones que contempla el Presupuesto 2017, para rebajar el déficit, porque bastante ajuste nos va a suponer ya la subida del petróleo y de los tipos de interés (más pago de intereses).

¿Qué se puede hacer? Si en 2017 vienen “mal dadas” desde fuera, si soplan “vientos de cara” de la economía internacional, el Gobierno y la oposición deberían pactar  una política económica para “reanimar la economía”, con más gasto y más inversiones públicas, que son posibles si España recauda más. Y se puede ingresar hasta 50.000 millones más si España recauda más con el IVA, los impuestos especiales sobre carburantes y en impuestos medioambientales (como piden el FMI y la Comisión Europea), con impuestos financieros (Tasa Tobin) y, sobre todo, haciendo que paguen más los que pagan pocos impuestos: grandes empresas, las multinacionales y los más ricos.

O reanimamos desde dentro la economía española en 2017, en lugar de hacer más ajustes que en 2015 y 2016 juntos, o no podremos contrarrestar las malas noticias que vendrán de fuera: petróleo, euro, tipos, Trump, Brexit, incertidumbre política en Europa… Y España no puede permitirse crecer menos, porque tenemos demasiado paro, menos renta y mucha mayor pobreza y desigualdad. Es el año de cambiar las tijeras por el empujón a la inversión y al consumo, de apostar por el empleo, a pesar del petróleo, el euro, los tipos de interés y la incertidumbre política en EEUU y en Europa. Mirarnos un poco el ombligo y tratar de salir adelante aquí dentro, con un mayor esfuerzo de todos. Aunque parezca un deseo imposible. Se puede.  

jueves, 3 de marzo de 2016

Los carburantes deberían bajar más


El petróleo sube algo, pero todavía está casi a mitad de precio que en verano. Sin embargo, la gasolina y el gasóleo han bajado mucho menos. Una razón es que más de la mitad del precio de los carburantes son impuestos. Pero hay otra razón clave: las petroleras están subiendo sus márgenes, lo que cobran por almacenar los carburantes, transportarlos y venderlos en las gasolineras. En 2015, este margen bruto fue de 18 céntimos por litro, más que en Europa. Y así, el precio de los carburantes, descontando los impuestos, es mayor en España. La Comisión de la Competencia lo acaba de reiterar: la gasolina y el gasóleo no bajan lo que deberían. Y culpan de ello al enorme poder de Repsol, Cepsa y BP, que no sólo controlan las gasolineras sino también el refino, el almacenamiento, el transporte y la distribución, imponiendo sus precios. Son como las eléctricas: un oligopolio que nos cobra de más. Hasta 1.000 millones al año, 50 euros por automovilista. Piénselo al repostar.
 

enrique ortega


El precio del petróleo lleva 20 meses bajando, a pesar de que haya subido algo en las últimas semanas, tras un débil acuerdo de algunos productores (Arabia Saudí, Rusia, Venezuela y Catar) para congelar producciones y hacer subir los precios. Pero aun así, el crudo está hoy a 36,80 dólares, casi  la mitad de precio que el verano pasado, y ha bajado casi un 44% (desde los 65,52 dólares por barril del 10 de junio de 2015). Y sin embargo, los carburantes han bajado menos de la mitad: ha bajado un -20% la gasolina y un -22% el gasóleo, hasta el 29 de febrero. Y eso que, además, ha ayudando la subida del euro, un 3,5% frente al dólar hasta mediados de febrero, con lo que el barril de petróleo estaba costando realmente menos al pagarlo en euros (aunque ahora el euro ha vuelto a bajar y cotiza como a finales de 2015).

¿Por qué bajan menos los carburantes que el petróleo? La primera razón es que no es el crudo quien marca los precios de los carburantes sino los precios internacionales de la gasolina y el gasóleo, en el caso de España, su cotización en el mercado de Marsella (70% compras) y Rotterdam (30%). Y estos precios de referencia han caído menos que los del petróleo, un 17,2% en 2015. En toda Europa está subiendo el consumo de carburantes y eso hace que su precio haya caído casi un tercio menos que el del crudo. Y ese es el precio base que toman las petroleras (Repsol, Cepsa. BP y el resto) para fijar sus precios a los carburantes que ponemos en las gasolineras.

Pero además, hay que recordar que más de la mitad del precio de los carburantes son impuestos (impuestos especiales, IVA y céntimo sanitario), que se mantienen igual, aunque algunas autonomías hayan subido el céntimo sanitario (Aragón y Navarra cobran desde el 1 de enero 2,4 céntimos por litro) o lo hayan suprimido (Castilla y León ya no cobra 1,60 céntimos litro). Así, el 59% del precio de la gasolina y el 56% del gasóleo son impuestos.

Al final, cuando uno llena un depósito con 50 euros, 23 euros son para pagar impuestos, 22 euros para pagar la materia prima (carburante) y los 4 euros restantes se los lleva la petrolera para pagar el almacenamiento, el transporte, la distribución y sus márgenes, que sería de 1 euro por este depósito (2% de beneficio), según los datos de la patronal petrolera AOP.

Pero la Comisión Nacional de la Competencia (CNMC) viene denunciando desde hace tiempo que “la gasolina no baja lo que debería” porque este margen bruto de las petroleras (16% del precio en gasolinas y 19% en gasóleos) es excesivo, mucho mayor que en Europa y está subiendo aunque haya bajado  el petróleo. Concretamente, en 2015, el margen bruto (precio de venta sin impuestos menos cotización internacional del carburante) fue de 18 céntimos por litro en la gasolina (un 5% más que en 2014) y de 18,6 céntimos por litro en el gasóleo (un 9% más que en 2014). Y su estudio revela otro dato muy llamativo: los meses en que estos márgenes fueron más elevados (19,2 céntimos la gasolina en agosto y 18,6 céntimos el gasóleo en diciembre) fueron los meses en que la cotización internacional de los carburantes fue más baja. A lo claro: que cuando el crudo y los carburantes bajan en los mercados, las petroleras españolas no repercuten todas estas bajadas y aprovechan para subir sus márgenes, para ganar más.

Otra forma de ver estos mayores márgenes es comparando el precio de los carburantes en España y en el resto de Europa. Si tomamos el precio final, los carburantes en España son más baratos que en la mayoría de Europa (17 céntimos menos por litro que la media de países euro en la gasolina y 9,67 céntimos menos el gasóleo, con datos al 29 de febrero). Pero eso se debe a que en España, los carburantes pagan menos impuestos: un 59% la gasolina (frente al 68% en la UE) y un 56% el gasóleo (frente al 63% en Europa). Porque, una vez que descontamos los impuestos, los carburantes en España son más caros: pagamos 3,76 céntimos más la gasolina que la media de países euro y 2,64 céntimos más el gasóleo, con datos a 29 de febrero. Y así, somos el 3º país del euro con la gasolina sin impuestos más cara y el 10º país con el gasóleo sin impuestos más caro. Y no sólo ahora. Antes, cuando el petróleo era más caro, pasaba lo mismo.

¿Por qué los españoles pagamos los carburantes más caros, descontando los impuestos, si el crudo y los precios internacionales son iguales para todos? Pues porque las petroleras que operan en España tienen un margen bruto mayor, porque cobran más por refinar el crudo, transportarlo, almacenarlo, volverlo a transportar y distribuirlo en las gasolineras. Y ¿por qué tienen más margen? Según los estudios de la CNMC, porque controlan más el mercado e imponen precios. En definitiva, porque son un oligopolio, como las eléctricas.

El poder de “las 3 grandes petroleras” acaba en las gasolineras: Repsol (35,2%), Cepsa (14,7%) y BP (10%) controlan el 60% del mercado minorista, aunque han perdido algo de peso en los últimos años, frente a las marcas blancas (17% gasolineras), grandes superficies (14%) y cooperativas (5%). Pero hay provincias donde las tres grandes acaparan el 80% de las gasolineras y sobre todo, tienen muchas entre las mejor situadas. Con ello, tienen fuerza para fijar e imponer precios. Incluso, se ponen de acuerdo para hacerlo y repartirse mercados, como ha demostrado la CNMC: en febrero de 2015, multó con 32,4 millones de euros a Repsol, Cepsa, Disa, Galp y Meroil por pactar precios de carburantes y por un pacto de no agresión firmado entre Repsol y Cepsa en 2011. Además, Repsol, Cepsa y BP tienen otras multas de la CNMC (casi 10 millones de euros más), ahora recurridas, por fijación de precios y prácticas anticompetitivas desde 2009.

El resultado de este poder de ”las 3 grandes es que fijan e imponen precios más altos a los carburantes, sobre todo en las zonas donde tienen más cuota. La CNMC revela que la provincia donde el carburante es más caro (descontando los impuestos) es Guipúzcoa, donde las grandes petroleras tienen más cuota. Y que Lérida, donde tienen menos cuota, es la provincia con los carburantes más baratos. Además, en 2015, los precios medios más caros los tuvieron BP, Repsol (en gasoil) y Cepsa (en gasolinas), según la CNMC. Y la diferencia de sus precios medios con los carburantes más baratos (que venden los híper) fue de 7,5 céntimos más por litro de gasolina y 8 céntimos más en el gasóleo.

Pero este mayor precio no se debe sólo al mayor poder de “las tres grandes” en las gasolineras. Empieza arriba de la cadena, desde el momento que compran petróleo para refinarlo. En España, las 9 refinerías que hay son de Repsol (5 refinerías), Cepsa (3) y BP (1), mientras en Alemania hay 10 empresas que refinan y en Italia o Reino Unido hay 7 empresas (en Francia, también 3). Con ello, empiezan imponiendo su poder y sus precios desde arriba, en el refino, en los precios base de los carburantes. Y los demás mayoristas que venden gasolinas tienen dos opciones: importar gasolina y gasóleo (requiere infraestructuras y tamaño) o comprárselo a “las 3 grandes” (que son su competencia final) al precio que digan. La realidad hoy es que no importan nada de gasolina y muy poco gasóleo. Luego, al almacenarlo, “las tres grandes” están en el Comité de Dirección de la empresa mixta CORES, que fija las condiciones y las reservas estratégicas. Y al transportarlo  y distribuirlo, se hace a través de CLH (antigua Campsa), donde “las tres grandes” son también importantes accionistas (tienen el 24,15% de las acciones), juez y parte a la hora de fijar condiciones y precio del transporte y distribución.

Así que Repsol, Cepsa y BP controlan  el negocio de arriba abajo, aprovechando su tamaño y poder para establecer condiciones y precios, que al final se traducen en un mayor margen bruto que pagamos los usuarios en las gasolineras. Y bien. Echemos cuentas. Si en España se venden al año 25.000 millones de litros de carburante (18.000 de gasóleo y 7.000 de gasolinas) y si el margen bruto aquí es 4 céntimos por litro mayor que en los países euro, eso significa que estamos pagándoles  1.000 millones de euros de más al año, unos 50 euros extras por automovilista. Es lo que pasa con las eléctricas: nos cobran costes de más con la luz. Y aquí, con los carburantes, aprovechando que son un oligopolio y que su competencia no tiene fuerza en la cadena del negocio.

La Comisión  de la Competencia (CNMC) ha elaborado un catálogo de30 propuestas para quitar fuerza a “las 3 grandes” y favorecer la bajada de márgenes. Por un lado, se trataría de reducir su cuota en las gasolineras, impidiendo que abran más donde ya son fuertes (la Ley de 2013 les impuso un límite del 30% de cuota, por encima del cual no podían crecer, pero lo que han hecho es cerrar unas con pocas ventas y abrir otras mejor situadas, por lo que el límite debería establecerse sobre ventas y no sobre número de gasolineras). Y facilitar aún más la apertura de nuevas gasolineras, sobre todo en las autopistas (donde el gasóleo es 9 céntimos más caro, de media, que en las carreteras convencionales). Por otro lado, la CNMC pide reducir el poder de “las 3 grandes” en CLH y CORES, un organismo público-privado, donde las grandes petroleras (en el Comité de Dirección)  tienen acceso a los datos comerciales muy sensibles de sus competidoras (compras, ventas, existencias…), algo inaudito.

Como vemos, detrás de la gasolina o el gasóleo que echamos cada semana hay un negocio complejo, que mueve miles de millones (unos 25.000 millones de euros anuales en ventas) y donde pocos operadores tienen mucho poder y así imponen precios y márgenes. La Comisión de la Competencia (CNMC), organismo dependiente del Ministerio de Economía, lleva años demostrándolo y denunciándolo, con multas millonarias. Pero el problema no se acaba de resolver y el oligopolio sigue ahí, con gran fuerza económica, política y mediática. Otro reto para el futuro Gobierno, que debería imponer transparencia y control. Porque parece que nos están robando.  

lunes, 1 de febrero de 2016

¿Otra crisis? Estancamiento y empacho de deuda


El año 2016 no ha entrado con buen pie: caídas de las Bolsas, desplome del petróleo, temor a China, fuga y depreciación de divisas, recesión en Rusia y Latinoamérica… Vuelve la inquietud a la economía mundial y los temores a una nueva crisis. Pero no se habla del problema de fondo: el exceso de deuda, de países y empresas, alimentada por un océano de dinero barato que ha “dopado” la economía desde 2008. Y ahora, cuando muchos países no crecen y las empresas venden poco, los inversores temen que no puedan devolver esta deuda, la mayoría en China y países emergentes: el que no crece no paga. La solución exige reanimar la economía mundial, para que países y empresas puedan crecer y pagar su angustiosa deuda. España, el 5º país UE con más deuda, es muy vulnerable a la inestabilidad mundial: dependemos mucho de que los mercados nos financien. Y más si seguimos sin Gobierno.
 

enrique ortega


Un fantasma recorre el mundo: el temor a una nueva crisis. O mejor, que no acabemos de salir de la larga crisis iniciada en 2008. Los síntomas son preocupantes: China crece menos, Rusia, Latinoamérica y muchos países emergentes están en recesión, el precio del petróleo  y las materias primas se desploma, el dinero huye de los países en desarrollo y sus monedas se deprecian, Japón está en recesión, Europa apenas crece y  el comercio y  la economía mundial se estancan, con poco crédito, inversión y empleo (a pesar de que hay 200 millones de parados en el mundo, 27 millones más que en 2007, según el último informe de la OIT).

El primer detonante de esta nueva crisis es China, que ha sido el motor de la economía mundial durante la recesión, aportando la mitad del crecimiento mundial. Ahora confirma que su economía ha “pinchado” y que en 2015 creció “sólo” el 6,9% en 2015, el más bajo de los últimos 25 años, alejado de los crecimientos superiores al 10% en las décadas pasadas. Ahora se plantea cambiar el modelo de crecimiento (que tire el consumo de los chinos en vez de las exportaciones), pero el mundo teme que estallen alguna de las tres “burbujas” que ha creado la economía china: la burbuja del crédito (gobiernos locales y empresas estatales tienen una deuda de 28 billones de dólares, el 280% del PIB), la burbuja inmobiliaria y la burbuja de la Bolsa (subió un 150% en el último año). Y si eso pasa, contagiaría al mundo.

El segundo gran síntoma de esta crisis es el desplome del precio del petróleo: ha llegado a caer este año por debajo de los 30 dólares barril (hoy ronda los 35 dólares) cuando en enero de 2015 valía casi 60 dólares y en 2014 costaba cuatro veces más (120 dólares por barril). La caída del petróleo es buena para los consumidores y las economías (España se ahorrará unos 15.000 millones de euros en la factura energética de 2016), pero tiene también un efecto negativo, ya que deteriora los ingresos de muchos países emergentes y empresas energéticas, cuyas cuentas se hunden. Y además, el desplome del precio del crudo es un claro síntoma de que la economía mundial está anémica: sobra petróleo porque hay poca demanda, porque la economía mundial está estancada y bombea “poca sangre” (petróleo).

Igual que el petróleo, están cayendo en picado los precios de las materias primas (el nivel más bajo en 16 años), desde el carbón, el gas o los minerales a los alimentos, también por una menor demanda mundial. Y eso hunde más a las economías de los países emergentes, muchas de las cuales viven de vender petróleo y materias primas. Además, los inversores están “huyendo” de estos países, hacia EEUU y Europa (se “fugaron” 500.000 millones de dólares de los países emergentes sólo en 2015), lo que ha depreciado sus monedas. Y como muchos están muy endeudados en dólares, y el dólar sube, van a tener que pagar más intereses ahora que encima ingresan menos. Por todo ello, Rusia y Latinoamérica están en recesión, lo mismo que Sudáfrica y muchos países de Asia, Oriente Medio y África.

La situación de China, los emergentes y el petróleo contagia también a los países ricos y a sus empresas, sobre todo a las energéticas, muchas ya en apuros (petroleras y de materias primas). Como están cayendo las compras y el comercio mundial, Europa no acaba de crecer (+1,5%) y preocupa la crisis bancaria en Italia, país con 200.000 millones en créditos dudosos), Japón está en recesión (la 5ª en 7 años), Canadá, Australia y Noruega en puertas y sólo EEUU crece bastante (+2,4%) y crea empleo, con la incertidumbre electoral de noviembre. Y en este contexto, el FMI augura un bajo crecimiento mundial en 2016 (+3,4%) y habla de “prolongado estancamiento”, al que su directora general, Christine Lagarde, califica de “la nueva mediocridad”.

Con todo, no se habla apenas del problema más preocupante de la economía mundial y el que provoca la inestabilidad en las Bolsas: el exceso de deuda en el mundoLos países y las empresas ya estaban muy endeudados en 2008, cuando estalló la recesión, pero ahora lo están mucho más, porque una de las medidas contra la crisis fue inundar el mundo de dinero barato, a interés casi cero, desde EEUU a China o Brasil pasando por Europa o Japón. Las ocho grandes economías del mundo han aumentado un 73,75% su deuda pública, pasando de 20,5 billones de dólares en 2008 a 35,6 billones en 2015, sobre todo China (+227%), Reino Unido (+179%) y España (+141%). Y lo mismo o más han hecho las empresas privadas, sobre todo las de los países en desarrollo: los bancos internacionales han prestado 3,6 billones de dólares a empresas de países emergentes y los inversores extranjeros tienen una cuarta parte de sus ahorros metidos en deuda de países emergentes. De ahí sus nervios estas semanas.

Los países y las empresas tienen un “empacho” de deuda y los bancos e inversores temen que no puedan pagarles, sobre todo si entran en recesión porque a los países (Venezuela, Ecuador, Brasil, Rusia, China, México, Sudáfrica, Nigeria, Ghana...) y a las empresas se les hunden los precios del petróleo y las materias primas. Máxime si China representa más de la mitad de la deuda de los países emergentes. De hecho, la siderúrgica estatal Sinosteel  Corporation amplió en diciembre (por tercera vez) el plazo para pagar su deuda. Y no sólo preocupan las empresas de países emergentes: un tercio de los bonos de alto riesgo emitidos en EEUU están ligados a empresas energéticas occidentales, ahora en apuros para pagar estos bonos (su deuda) . Así, la caída del petróleo podría "llevarse por delante" a 400 empresas energéticas, según el presidente de BlackRock, la mayor gestora de inversiones del mundo. De momento, Repsol ha reconocido unas pérdidas de 1.200 millones en 2015 por la caída del petróleo.

El que no crece no paga. Ese es el miedo de la banca y los inversores mundiales, que temen ahora posibles impagos de países y empresas que crecen y venden menos, lo que podría hacer estallar una nueva crisis financiera, que llevaría al mundo a otra recesión. Ya en diciembre, tres Fondos de inversión de alto riesgo de EEUU suspendieron los reembolsos a sus inversores. Y si persiste el desplome de los precios del petróleo y las materias primas, podría explotar la “nueva burbuja” de bonos de alto riesgo (el mundo no aprende de 2008: la codicia es eterna), alimentados por el dinero barato y concentrados en un 80% en EEUU. Y ello contagiaría a la economía real, otra vez desde EEUU al resto del mundo.

Por todo ello, los inversores, los bancos y las Bolsas están inquietos: si el mundo no crece, ellos no cobran. Y menos si suben los tipos de interés en 2016, como se espera después que EEUU iniciara  en diciembre de 2015 el encarecimiento del dinero. Así que la mejor receta contra la actual inestabilidad mundial es reanimar las economías, poner en marcha planes de inversión pública y privada, como han planteado sin éxito el FMI y el G-20 (cumbre Turquía noviembre). Y en paralelo, poner orden en el mercado del petróleo (hay rumores de que Rusia y parte de la OPEP  podrían recortar la producción, pero están muy divididos) y renegociar la deuda de los países emergentes y sus empresas (mejor eso que no cobrar). Pero la clave está en que tomen medidas  los países que pueden y tiren del crecimiento mundial, en especial USA (va a suavizar la subida de tipos), Japón (ha aprobado tipos negativos: cobrarán por el dinero quieto en los bancos) , China (han presentado otro plan de reactivación) y Europa, un continente estancado y con mucho paro (9,5%, el doble que USA). Draghi, el presidente del BCE, preocupado por la situación, ha prometido hacer otra vez de “bombero” en marzo, comprando más deuda e inyectando más liquidez. Pero sobra dinero barato. Lo que falta es que los países europeos que pueden (Alemania) gasten e inviertan más, para “tirar” de la Europa del sur y ayudar así a reanimar la economía mundial.

Y mientras, en España, el ministro de Economía sigue presumiendo, como si no pasara nada por el mundo: “España dejará definitivamente la crisis a finales de 2016”. Y repiten sin parar que vamos a crecer este año (+2,7%) el doble que la zona euro (+1,7%). Claro, pero eso es porque también hemos caído más durante la crisis: la economía española cayó un 9% entre 2008 y 2013, el doble que la UE (-4,4%). Y ahora toca el efecto rebote, como al tirar una pelota: cuanto con más fuerza cae, con más fuerza rebota. Y tanto el ministro de Guindos como Rajoy se olvidan de tres datos muy preocupantes. Uno, que España sigue con más del doble de paro (20,9%) que Europa (9,5%). Dos, que somos el país de la UE con más déficit público (3,6% en 2016), a pesar de los dolorosos ajustes. Y tres, que somos el quinto país europeo con más deuda pública: un 100,8% del PIB (más de 1 billón de euros), sólo por detrás de Grecia (199,7%), Italia (132,2%), Portugal (124,7%) y Bélgica (107,1%). Y nuestras empresas deben otros 1,1 billones de euros (106% del PIB), una deuda que les asfixia (crisis Abengoa).

Y ahora, con la inestabilidad en los mercados y en la economía internacional, este grave problema de la deuda española (pública y privada) vuelve a primer plano. Y se traduce en que España es más vulnerable que la mayoría de países y tiene “un alto riesgo”, como acaba de alertar la Comisión Europea. Porque dependemos mucho de los inversores, de los mercados, para seguir adelante. Y si vuelven las “movidas”, nos costará más financiarnos.

Por eso, la inestabilidad de los mercados internacionales, por China, la crisis de los emergentes y el petróleo, pone más presión sobre España, amenazada ya por los nuevos recortes que exige Bruselas (13.000 millones). Y más si no tenemos Gobierno. Urge buscar uno estable y sobre todo poner en marcha una política que reactive el crecimiento, junto al resto de Europa. Porque lo que más “calma a los mercados” es ver que sus deudores crecen, que recaudan más y sus empresas venden y ganan más. Y lo que más les preocupa es el estancamiento, que los deudores no “tiren” y acaben no pagando.

Hay que empezar por forzar un acuerdo europeo para reanimar la economía del continente, con un ambicioso plan de inversiones públicas europeas (el Plan Juncker no despega y se ha quedado corto), asentado sobre el gasto en infraestructuras, tecnología, educación y medio ambiente, con mayores ingresos fiscales. Y ya en España, pactar para los próximos años un programa económico con dos patas: ingresar más (se pueden recaudar 30.000 millones más en la lucha contra el fraude fiscal y haciendo pagar más impuestos a multinacionales, grandes empresas y los más ricos) y gastar más, en inversiones necesarias (infraestructuras, reindustrialización, tecnología, educación, digitalización y medio ambiente) y en programas de formación y empleo, para reducir la tasa de paro a niveles europeos (9,5%).

Sólo así se puede crecer más, recaudar más (bajaría el déficit) y asegurar el pago y el recorte de la deuda. Seguir como ahora, el “esperar y ver” de Rajoy y Bruselas, nos mantendría en la mediocridad  y la inestabilidad. Los mercados piden medidas y más crecimiento. Y los españoles también.
Cine: “LA GRAN APUESTA"

Vayan a ver una gran película, candidata a los Oscar : “La gran apuesta”, basada en el libro del mismo nombre de Michael Lewis, que les recomendé aquí hace ya tres  veranos. Una película que explica quién y cómo provocaron la crisis de 2008. Y cómo algunos se hicieron multimillonarios jugando (“la gran apuesta”) a que la burbuja de las hipotecas iba a estallar. Es muy instructiva: un manual sobre la codicia. Y ahora, cuando la inestabilidad vuelve a los mercados,es muy reveladora. No se la pierdan.