España ha crecido en los últimos 5 años (de 2021 a 2025) más que la media europea y más que Alemania, Francia o Italia. Y se ha consolidado como la 4ª potencia económica de la Unión Europea, con una producción (PIB) de 1.685.783 millones de euros en 2025, sólo por detrás de Alemania (4.469.910 millones), Francia (2.979.085 millones) e Italia (2.258.049 millones), aunque somos la 5ª economía europea si contamos a Reino Unido (3.545.339 millones de PIB). Y las tres economías que nos siguen quedan todavía lejos: Paises Bajos (1.179.660 millones € de PIB), Polonia (918.464 millones) y Bélgica (641.893 millones).
jueves, 26 de marzo de 2026
Necesitamos empresas más grandes
España ha crecido en los últimos 5 años (de 2021 a 2025) más que la media europea y más que Alemania, Francia o Italia. Y se ha consolidado como la 4ª potencia económica de la Unión Europea, con una producción (PIB) de 1.685.783 millones de euros en 2025, sólo por detrás de Alemania (4.469.910 millones), Francia (2.979.085 millones) e Italia (2.258.049 millones), aunque somos la 5ª economía europea si contamos a Reino Unido (3.545.339 millones de PIB). Y las tres economías que nos siguen quedan todavía lejos: Paises Bajos (1.179.660 millones € de PIB), Polonia (918.464 millones) y Bélgica (641.893 millones).
lunes, 8 de abril de 2024
España crece, pero la inversión no tira
España se recuperó de la pandemia ya en 2022 y en 2023 creció un 2,5% (cinco veces más del 0,5% que creció la zona euro), empujada por un turismo récord, un consumo que aguanta (por la menor inflación y la creación de 783.000 empleos el último año) y unas exportaciones casi récord (+31,9% sobre 2019). Pero el 4º motor del crecimiento, la inversión, apenas crece y es el único indicador importante que sigue por debajo de 2019 (232.034 millones de inversión bruta, un -1,6% menos que antes de la pandemia), mientras en el resto de Europa (salvo en Alemania) y en EE. UU. ya crece más que en 2019. De hecho, la inversión en España ha crecido un 2,7% de media entre 2021 y 2023 mientras la economía (el PIB) ha crecido un 4%. Así que la inversión no está ayudando al crecimiento. Y eso es preocupante, porque la inversión es clave para modernizar el tejido productivo, este capital es el cimiento básico para asegurar el crecimiento y el empleo en el futuro.
lunes, 31 de mayo de 2021
Ciencia: recuperar una década perdida
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| Enrique Ortega |
En 2020, el año de la pandemia, el Presupuesto público para Ciencia fue similar al de 2019 y 2018, al prorrogarse el Presupuesto de Montoro: 7.044 millones de euros, de los que el 60% eran créditos y el resto subvenciones y ayudas. Un Presupuesto público en Ciencia algo superior al de 2017 (6.513 millones), pero muy por debajo del que había en 2009 (10.360 millones). Así que, tras 11 años, el gasto público en Ciencia (administraciones públicas y Universidades) es un 68% inferior al de 2009, como consecuencia de los drásticos recortes impuestos a la Ciencia entre 2010 y 2016 (-21.728 millones).
Pero todavía hay más recortes. Porque el problema no es sólo que baje un -68% el Presupuesto de 2020 (7.044 millones) sobre el de 2009 (10.360), sino que además, ese Presupuesto no se ha gastado, año tras año. En 2009, se gastó finalmente en Ciencia un 81,6% de lo presupuestado (8.476 millones gastados), pero en los años posteriores se ejecutó mucho menos, en 2011 (se gastó el 57,6% de lo presupuestado), en 2016 (el 38,22%), sobre todo en 2017 (se gastó el 29,7%, menos de 1 de cada 3 euros disponibles), en 2018 (el 46,8%), en 2019 (el 51,3%) y también en 2020: se gastaron en Ciencia el año pasado 3.667 millones, el 52,1% de lo presupuestado, según demuestra este informe de COTEC a partir de los datos de la Intervención General del Estado (Hacienda). Con ello, el gasto real en Ciencia aumentó en 2020 en 38 millones y 642 millones entre 2018 y 2020.
Así que a los recortes de cada Presupuesto se han sumado los “recortes escondidos” del Presupuesto no ejecutado, la mitad del dinero disponible en los últimos años: otros -32.786 millones perdidos en la última década, que se suman a los -21.728 millones recortados en los sucesivos Presupuestos. En total, 54.500 millones perdidos para la Ciencia en los últimos 11 años (casi 5.000 por año), o bien porque no se presupuestaron o bien porque no se consiguieron gastar. ¿Cómo es posible. La explicación es doble. Por un lado, los expedientes para conseguir y ejecutar subvenciones y ayudas a la investigación son muy largos y complejos, muy burocráticos, lo que retrasa y dilata su ejecución. Pero la razón básica es que, desde 2012 (con Rajoy), la mayoría del gasto presupuestado en Ciencia son créditos (no subvenciones) y los organismos y Universidades no los podían pedir porque estaban endeudados en exceso o se lo limitaba Hacienda (Montoro).
Veamos el ejemplo reciente de 2020, que es muy ilustrativo. De los 7.044 millones presupuestados para Ciencia, casi el 60% son créditos (4.078 millones) y el resto subvenciones a fondo perdido (2.965 millones). De estas subvenciones, el 89,2% se han gastado (2.644 millones), pero de los créditos sólo se ejecutaron 1.023 millones, el 25,1%, lo que explica que al final se haya ejecutado 3.667 millones, un 52,1% de lo Presupuestado. En definitiva, que España sólo consigue gastar en Ciencia la mitad de lo presupuestado, algo que contrasta con el gasto en pensiones (se gasta el 99,9% de lo presupuestado), Defensa (se gasta el 97,8%), Justicia (97%), Seguridad Ciudadana (96,4% se gasta), Fomento del empleo (95,9%) o Industria y Energía (gastan el 58,4% de lo presupuestado), según COTEC. Y hay más: el Estado sólo gasta el 38% de lo presupuestado en Ciencia mientras los organismos y Agencias estatales funcionan mejor y gastan el 86,7% del Presupuesto.
El problema de la Ciencia en España no es sólo que se hayan perdido muchos recursos e inversiones públicas, por los recortes y la pésima ejecución de los proyectos. Otra consecuencia de esta “década perdida” es que se han perdido investigadores en el sector público (124.420 en 2019 frente a 129.308 en 2009), aunque han aumentado en las empresas privadas (de 92.714 a 106.993), según la Fundación COTEC. Y además, ahora hay menos empresas que investigan: eran 11.096 en 2019 frente a 13.603 en 2009, una pérdida de 2.507 empresas para la investigación, sobre todo pymes. Y si desglosamos la evolución de la inversión pública en Ciencia por autonomías, hay 9 regiones que gastan hoy en investigación menos que en 2009: Cantabria (-24,6%), La Rioja (-20,5%), Canarias (-18,2%), Asturias (-17,1%), Andalucía y Extremadura (-10,9%), Navarra (-8,4%), Castilla la Mancha (-4,8%) y Aragón (-4,2%). Y entre las 8 que gastan más en Ciencia destacan Murcia (+26,3%), Baleares (+21,6%), Comunidad Valenciana (+12,8%) y Cataluña (+9,4%).
Hasta aquí el drama del gasto público en Ciencia (gasta poco y gasta mal), que supone algo menos de la mitad del gasto total de España en Ciencia. El resto es el gasto en Ciencia de las empresas, que también se recortó con la crisis (pasaron de invertir 7.562 millones en I+D+i 2009 a 6.784 millones en 2014) pero que luego se ha ido recuperando año tras año, hasta alcanzar los 8.741 millones de euros invertidos en 2019, el último dato publicado por el INE, más que el gasto público ejecutado en Ciencia (6.831 millones). Con esta mejoría de la inversión empresarial en investigación, el gasto total de España en Ciencia es algo superior: 15.572 millones de euros en 2019 (último dato INE) frente a 14.582 millones en 2009.
Pero como España produce más hoy que hace 11 años, el peso del gasto en Ciencia ha bajado en porcentaje del PIB: gastamos el 1,25% del PIB (2019) frente al 1,39% en 2009. Y la brecha tecnológica con Europa se ha ampliado: en 2009, la UE-28 invertía en Ciencia el 1,84% de su PIB (+0,45% que España) y en 2019 invertía el 2,19% del PIB (+0,94% que España), alcanzando el 3,17% en Alemania, según Eurostat. Estamos a la cola de Europa en gasto en Ciencia y eso se debe a que apenas hemos aumentado el gasto total en la última década (+6% en España, gracias al aumento de la inversión de las empresas), mientras los demás han aprovechado la recuperación para gastar mucho más en investigación (entre 2009 y 2019): es el caso de China (+119,6%), Alemania (+39,8%), UE-28 (+30,7%), Reino Unido (+26,1%), Italia (+21,9%), EEUU (+14,7%) o Francia (+13,6%), según la Fundación COTEC.
Con este balance
de la última década, España se
coloca en el puesto 14 de la UE-27
en el último ranking europeo de innovación (“European
Innovation Scoreboard 2020”), elaborado por la Comisión Europea. Un
ranking de la Ciencia encabezado por Suecia,
Finlandia, Dinamarca y Paises Bajos (los 4 líderes en investigación),
seguidos de Luxemburgo, Bélgica,
Alemania, Austria, Irlanda, Estonia y Portugal (los 7 paises con tecnología
“fuerte”), a los que siguen Chipre, España,
Eslovenia, República Checa, Malta, Italia, Lituania y Grecia, con tecnología “moderada”. Como se ve, nos
ganan en Ciencia paises con mucho menos potencial económico, tanto de
centro Europa como Estonia, Portugal o Chipre. Y es que el
retraso tecnológico de España con Europa es mucho mayor que el retraso
económico: en la brecha económica, tenemos el 91% de la renta comunitaria, pero en
la brecha tecnológica, invertimos el 49% de la inversión europea
por habitante.
El retraso tecnológico de España es desigual, porque hay autonomías con un alto gasto en Ciencia y otras muy retrasadas, según la última estadística del INE (datos 2019). Así, el País Vasco tiene un gasto en tecnología casi europeo (invierten el 1,97% de su PIB, frente al 2,13 en la UE-27). Y gastan más que la media española (1,25% del PIB) Madrid (1,71%), Navarra (1,67%), Cataluña (1,52%) y Castilla y León (1,35%), curiosamente cuatro de las regiones españolas con más renta per cápita. Y están a la cola del gasto en Ciencia Baleares (0,40% del PIB), Canarias ( 0,47% ), Castilla la Mancha ( 0,59% ), Extremadura (0,67% ), la Rioja (0,77%), Asturias (0,82%), Cantabria (0,83%) y Andalucía (0,93%), regiones que, en su mayoría, están también en el pelotón de cola de la renta en España.
De hecho, un reciente informe de la Fundación COTEC e IVIE señala la capacidad que tiene cada autonomía de atraer o retener talento, el mapa del talento por autonomías, elaborado a partir de 56 indicadores que señalan la capacidad de facilitar, atraer y hacer crecer la investigación y sus capacidades tecnológicas y de conocimiento. Ahí se ve que el talento se concentra en Madrid y en el noreste de España: lideran el ranking Madrid (índice 71), seguida de Navarra (66,7), País Vasco (63,6), Cataluña (56,3), Aragón (53,9) y Asturias (53,1), las 6 autonomías por encima de la media de España (índice 49). Les siguen, con un talento “intermedio”, Castilla y León (49), Cantabria (47,9), Galicia (46), la Rioja (43,4) y la Comunidad Valenciana (43,3). Y en el pelotón de cola del “talento” se sitúan Baleares (índice 36,4), Murcia (34), Andalucía (33,6), Extremadura (32), Canarias (28,7) y Castilla la Mancha (índice 28,2), otra vez el mapa de la España más pobre.
Para mejorar la brecha tecnológica de España con Europa, la Comisión Europea lleva años pidiendo a los distintos Gobiernos que aumenten el gasto público en Ciencia y hagan reformas para gastar más y con más eficacia. Pero no es sólo una cuestión del gasto público, también hay una gran brecha con Europa en el gasto tecnológico de las empresas. De hecho, un reciente estudio de FEDEA revela que el principal “culpable” del retraso tecnológico con Europa es el menor gasto investigador de nuestras empresas: en España aportan un 0,7% al gasto total en Ciencia (1,25% del PIB), mientras en Europa aportan un 1,48% (del gasto total, 2,13% del PIB). Y la aportación del sector público al gasto total en Ciencia es más parecida (0,21% del PIB en España frente al 0,28% en la UE-27) y también la aportación de la Universidad (0,33% del PIB en España frente al 0,46% en la UE).
Esto se explica, según el estudio de COTEC e IVIE por el tamaño y la composición diferentes de las empresas españolas respecto a las europeas. Por un lado, España tiene un exceso de pymes (94,5% empresas tienen menos 10 empleados), de las que dependen muchos empleos (el 40,8%) y que invierten menos que las grandes en tecnología, mientras en Europa hay menos pymes y más empresas grandes, que invierten más en I+D+i. Y por otro, en España tienen más peso que en el resto de Europa el turismo, la hostelería, el comercio y los servicios, sectores con baja inversión en tecnología y bajo valor añadido. De los dos factores, el menor tamaño de las empresas explica el 33% de la brecha tecnológica con Alemania y la composición sectorial (el mayor peso de los servicios) otro 12%, según otro estudio de BBVA Research. Así que tendría que cambiar el tamaño y el negocio de las empresas españolas para conseguir un país tecnológicamente más avanzado.
Pero el motor de ese avance tecnológico debe ser la inversión pública, con un gasto del Estado, las Universidades y organismos públicos que “tire” de la inversión tecnológica privada. Y para ello, el Presupuesto 2021, el primero que ha propuesto este Gobierno, contempla un aumento de la inversión directa en Ciencia de 1.267 millones, casi un 60% de aumento sobre los 2.965 de inversión directa (subvenciones) presupuestados en 2020 (el resto, los 4.078 millones de créditos de 2020 se mantienen). Es un gran salto que se financia con 1.100 millones de los Fondos europeos, que ha adelantado el Gobierno. Y además, estos Fondos europeos van a permitir mantener este aumento en los dos años siguientes, en 2022 y 2023, según el Plan de Recuperación presentado a Bruselas. El objetivo es destinar 3.380 millones de los Fondos europeos al gasto público en Ciencia, con lo que la investigación será la 9ª prioridad de destino de estos Fondos UE, tras el cambio climático, la rehabilitación de viviendas, la digitalización, la formación, el 5G, la industria, el turismo y la modernización de la Administración pública.
Tras el empujón presupuestario a la Ciencia, la segunda apuesta clave es el Pacto por la Ciencia alcanzado en marzo entre el Gobierno y 72 organizaciones representativas de la Ciencia, la Universidad, la empresa y los investigadores (ver texto y firmantes). Contempla 3 compromisos muy importantes. El primero y básico, aumentar el gasto público en Ciencia, del 0,54% del PIB en 2019 al 0,75% en 2024 y al 1,25% en 2030, para que, sumado al esfuerzo que hagan las empresas, se consiga alcanzar un gasto total en Ciencia del 2% del PIB en 2024 y del 3% en 2030 (el objetivo que marca la Comisión para Europa). Una década para recuperar la anterior “década perdida”. El 2º objetivo del Pacto es mejorar la carrera de los investigadores, con una estabilidad laboral que permita atraer talento. Y el tercero, mejorar la autonomía y coordinación de todos los organismos que hacen Ciencia.
Este Pacto por la Ciencia se va a apuntalar con los Fondos europeos y los recursos de los próximos Presupuestos, así como con la futura Ley de la Ciencia, cuyo proyecto aprobó el Gobierno el 30 de marzo y ahora se debate con el sector, en consulta pública, para integrar los cambios en una futura Ley de la Ciencia que se aprobará este año.
Con estas iniciativas,
la Ciencia podría salir del túnel de
“una década perdida”, por los recortes
y la ineficiencia en el gasto ejecutado, así como por la pérdida de investigadores y empresas innovadoras. Para España, es
clave acertar en el fomento de la
investigación y la innovación, no sólo para
asegurar nuestra salud (como han
demostrado las vacunas) sino también para
mejorar nuestra economía, consiguiendo aumentar la productividad y producir
bienes y servicios con más valor añadido, que se exporten mejor y aporten más
crecimiento, más riqueza y empleo de calidad. Apostar por la Ciencia es el pasaporte a un futuro mejor.
jueves, 19 de noviembre de 2020
Los robots nos quitarán la mitad del trabajo
La pandemia ha destruido ya 800.000 empleos en España, pero lo peor es que está acelerando la revolución tecnológica y la automatización del trabajo,
con lo que se perderán muchos más a medio plazo. El Foro Económico
Mundial lanza una alerta: en 2025, casi la mitad del empleo existente
(47%) será para las máquinas, que ahora sólo sustituyen un tercio de los
empleos. Y los trabajos que queden, serán
muy diferentes a los actuales, lo que obliga a preparar desde ya un reciclaje
profesional de los trabajadores
y renovar
la educación de los jóvenes, priorizando la gestión de datos, la
inteligencia artificial, los algoritmos, el Internet de las cosas y la automatización.
Hay que apostar por la Ciencia y la
digitalización, dos de los destinos de los Fondos europeos. No podemos
perder el tren de esta 4ª revolución industrial, que va a trastocar el trabajo de todos. Hay
que reciclarse
como trabajadores, como empresas y como país. No podemos perder el futuro.
La revolución tecnológica es uno de los tres grandes retos del siglo XXI, junto al cambio climático y el envejecimiento de la población. Ahora estamos en los albores de la Cuarta Revolución Industrial (ver vídeo) que madurará a mediados de este siglo, basada en la combinación de máquinas y procesos digitales a través del Internet de las cosas. Es lo que se llama también Industria 4.0 (ver el clásico libro de Klaus Schwab). No se trata sólo de incorporar máquinas a los procesos productivos (los robots llevan ya décadas entre nosotros). Lo novedoso es combinar nuevas herramientas que están despuntando en los últimos años: procesos digitales, análisis de datos, sensores, tecnología digital, robots, comunicaciones, biotecnología, nanotecnología, drones, impresoras 4D, Internet de las cosas, redes y, sobre todo, inteligencia artificial (que las máquinas puedan “pensar” y comportarse como humanos y hasta mejor).Todo ello, interrelacionado, podría crear redes inteligentes que dirigirán los procesos y se controlarán a sí mismas, con una mínima intervención humana.
Puede parecer “ciencia ficción”, pero cada día se logran nuevos avances que demuestran que esta Cuarta Revolución Industrial (como las tres anteriores, en los siglos XVIII, XIX y XX) es imparable. Y va a revolucionar el empleo en todo el mundo. Ya en 2018, un informe de BBVA Research y la Universidad de Valencia (Ivie) advertía que están en riesgo el 36% de los empleos en España, casi 7 millones. El estudio señalaba los sectores más vulnerables a la sustitución de trabajadores por procesos digitales mecanizados: trabajos administrativos, ventas y servicios, transportes, agricultura, industria, comercio, hostelería, finanzas e inmobiliarias. Y los que menos empleo perderán son educación, sanidad, servicios sociales, energía, las TIC y las actividades científico-técnicas, además de la Administración pública. Y en cuanto a los trabajadores más vulnerables, el estudio señala los asalariados peor formados con tareas rutinarias y los que no dominan las nuevas tecnologías y el teletrabajo, junto a mujeres, inmigrantes y mayores de 55 años, más los que trabajan en pymes.
En 2019, un estudio de la OCDE incidía en este problema del empleo, advirtiendo que un 14% del empleo está en riesgo de automatizarse, sólo en los 36 paises de la organización, con una horquilla que va del 6% (Noruega) al 34% (Eslovaquia). Y ya nos alertaban de que España es uno de los paises que va a perder más empleo con la automatización, un 21,7%, siendo sólo superado en la OCDE por Grecia, Eslovenia y Eslovaquia. Y además de ese 14% de empleo que se perderá (21,7% en España), hay otro 32% del empleo en la OCDE (y un 32,2% en España) que sufrirá “una transformación radical”. En definitiva, la OCDE nos advertía que más de la mitad del empleo en España (53,9%) está en riesgo de desaparecer o cambiar drásticamente por la revolución tecnológica.
Y ahora, con la pandemia, estos riesgos se han agravado, porque los paises y las empresas han acelerado sus procesos de automatización y digitalización del trabajo, según destaca el estudio “The Future of Jobs Report 2020”, publicado en octubre por el Foro Económico Mundial. Según su Encuesta a 300 empresas de todo el mundo, el 50% de las compañías han acelerado la automatización del trabajo con el coronavirus y el 80% anuncian que van a ampliar la digitalización en sus procesos productivos. Y en España, aseguran, el cambio ha sido aún mayor: un 64,3% de las empresas han aumentado la automatización del trabajo con la pandemia y el 92,9% de los consultados van a acelerar la digitalización de sus procesos. Esto provocará, según el Foro, que “algunos trabajos perdidos en la pandemia no vuelvan a ofrecerse” y que los que se mantengan en el futuro “requieran nuevas habilidades y nuevas formas de trabajar”. Que “la futura normalidad” llegue con otro tipo de trabajos.
Esta aceleración de la automatización y digitalización, por la pandemia, trastocará el mapa del empleo en el mundo, según este prestigioso estudio del Foro Económico Mundial: en 2025, casi la mitad del empleo (47%) será para las máquinas y sólo el 53% para los humanos, que hoy tienen dos tercios del empleo (67%) frente a un tercio las máquinas (33%). Y además de cambiar el reparto del trabajo entre humanos y máquinas, se ralentizará la creación de empleo en 2025, porque el 43% de las empresas reducirán su plantilla, debido a la mayor incorporación de tecnología y digitalización en sus procesos de producción.
En conjunto, el Foro estima que 85 millones de trabajos actuales desaparecerán para 2025 y se crearán 97 millones de trabajos nuevos, que tendrán que adaptarse a una nueva “división del trabajo” entre humanos, máquinas y algoritmos. La previsión es que en esta próxima década (2021-2030), los nuevos empleos serán ocupaciones nuevas (trabajos que no existen hoy) o trabajos actuales que van a cambiar drásticamente, incorporando nuevas habilidades. El estudio señala “los empleos del mañana”: gestión de datos (“Big Data”), “Cloud Computing” (computación y servicios en la nube) y Comercio electrónico, Inteligencia Artificial, desarrollo y manejo de robots, gestión de algoritmos, economía ecológica, nuevas funciones de ingeniería y desarrollo de productos, destacando también los expertos en el Internet de las cosas, en “FinTech” (tecnología y finanzas), Project Managers (dirección de proyectos) y trabajadores para montaje y fabricación.
Este informe sobre el futuro del empleo recalca que el 40% de las competencias que tienen hoy los trabajadores no valdrán dentro de unos años y casi todo el mundo tendrá que reciclarse y apostar por las 4 habilidades que serán las más demandadas en 2025: capacidad de resolución de problemas (pensamiento crítico e innovación, capacidad de análisis, iniciativa y originalidad), autogestión (aprendizaje activo e inteligencia emocional), trabajo en equipo (liderazgo e influencia social) y uso de la tecnología (control, programación y diseño tecnológico). Esto forzará a más de la mitad de los trabajadores que logren mantener su empleo en 2025 a realizar cursos de formación y reciclaje, mientras un 75% de las empresas apostarán por su recualificación (hoy sólo el 42%).
Todo este cambio drástico en los empleos y la cualificación para mantenerlos provocará una mayor desigualdad laboral para 2025, según este informe del Foro Económico Mundial. Y eso, por dos impactos. Uno, el de la pandemia, que agravará la situación laboral de los trabajadores más precarios y menos formados. Y el otro, más preocupante, el impacto de las nuevas tecnologías, la automatización y la digitalización, que dejará atrás a los trabajadores más vulnerables, provocando incluso migraciones laborales de unos paises a otros, hacia las regiones y ciudades líderes de la Economía 4.0: China y parte de Asia, Estados Unidos y nuevos paises emergentes (ya hoy, 9 de las 15 ciudades económicamente más importantes del mundo están en China y sólo 1 en Europa, Londres).
Un inciso sobre el “darwinismo tecnológico” que puede provocar esta Cuarta Revolución Industrial: en unos años, puede crecer el número de trabajadores tecnológicamente inadaptados, que sean sustituidos por máquinas y no consigan reciclarse. Será “la clase inútil”, como les llama Yavul Noah Harari (el autor del extraordinario libro “Sapiens”) en su segundo libro sobre el futuro de la humanidad, “Homo Deus”, donde anticipa el problema futuro de unas élites humanas (incluso mejoradas genéticamente y con aditamentos digitales incorporados) que dominarán sobre la gran masa de la población y las instituciones económicas y políticas. Y plantea una cuestión clave: qué ocurrirá con los humanos cuando manden los algoritmos y grandes redes inteligentes controlen la economía y nuestras vidas.
Mientras esto llega o no (la mayoría no lo veremos), resulta más importante y urgente afrontar lo más inmediato, esa pérdida de entre un tercio y la mitad de los actuales empleos en la próxima década, que será más dura en España, porque estamos “en el pelotón de cola” de la Industria 4.0, junto a Italia, Portugal, Polonia, Estonia, Croacia y Bulgaria, según un informe de la Comisión Europea. Y la OCDE critica que en España falten iniciativas de empresas punteras en economía digital, automatización e inteligencia artificial, por falta de apoyo público y de inversión privada (“capital riesgo”), como se da en EEUU, Asia y parte de Europa. Y además, el informe de BBVA Research e Ivie alerta sobre otra limitación: un tercio de los jóvenes españoles “no están preparados para los retos de la transformación digital”.
La pandemia nos ha hecho ver con más claridad lo vulnerables que somos ante el reto del teletrabajo y la digitalización. Y ahora, como señala el informe del Foro, va a acelerar los cambios en el mercado de trabajo, obligando al reciclaje de trabajadores y empresas. Eso exigiría crear una Comisión oficial para estudiar y preparar los cambios, como hizo el Reino Unido. Mientras, el Gobierno ha aprobado un Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, presentado en octubre, que pretende modernizar España, digitalizando la economía y apostando por la inteligencia artificial, la conectividad, la tecnología y la innovación, destinando a ello una quinta parte de los Fondos europeos en los próximos 4 años. Y en paralelo, el Gobierno envió al Congreso, en septiembre, la Estrategia española de Ciencia, Tecnología e Innovación, para duplicar en los próximos 7 años los recursos públicos y privados para la Ciencia (I+D+i), que pasarán del 1,2% sobre el PIB actual al 2,12% en 2027, en línea con el gasto europeo hoy (2% del PIB).
Estos dos Planes son un principio para apostar por la digitalización y la innovación tecnológica que tanto necesitamos para afrontar el futuro. Pero hace falta mantener el esfuerzo y que, pasada la pandemia, las empresas y los Presupuestos sigan apostando por la revolución tecnológica y la Economía 4.0. Pero falta reciclar el país, adaptarnos todos a esa Cuarta Revolución Industrial. Y eso exige actuar en tres frentes. Primero, el educativo: hay que apostar por la Formación Profesional (FP) y reformar la enseñanza universitaria, para introducir los nuevos conocimientos en los planes de estudio y formar a los jóvenes para los empleos que se van a necesitar dentro de una década. Segundo, el frente laboral: hay que adaptar la legislación a los nuevos empleos, regulando los trabajos de las futuras plataformas de Internet y el aumento de la automatización (quizás, obligando a los robots a cotizar). Y en tercer lugar, hay que prepararse para ayudar a los que se queden atrás, a los “analfabetos tecnológicos”, con formación y reciclaje, sin olvidar subsidios a los no recuperables.
Si algo va a cambiar a fondo en pocos años será el trabajo: la mayoría de los futuros empleos no existen hoy y hay que tener capacidad para detectarlos y prepararse, cambiando a fondo la educación y la formación, la organización en las empresas y la adaptación a los cambios. No será fácil, pero hace falta que Gobiernos, patronal y sindicatos se anticipen y también el mundo educativo, los jóvenes y los trabajadores. El futuro asusta, pero más si no tratamos de anticiparnos: hay que reciclarse, como trabajadores, empresas y país. No podemos perder el tren de esta Cuarta Revolución Industrial, como perdimos las tres anteriores. Ahora tenemos la ventaja de no estar solos, de estar en el tren europeo, que intenta no quedarse atrás respecto a Asia y EEUU. Pongámonos a ello. Nos jugamos el futuro.

