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jueves, 1 de diciembre de 2016

Europa, estancada y sin rumbo


Este domingo 4 de diciembre, Europa se la juega otra vez: se celebra un referéndum en Italia y hay elecciones presidenciales en Austria, dos paises donde pueden avanzar la ultraderecha y el populismo, tras el triunfo del Brexit y de Donald Trump. Eso agravaría la situación de Europa, sumida en el estancamiento económico y la falta de rumbo político, dividida entre los que quieren seguir con la austeridad (la Comisión ha pedido más recortes a 8 paises, entre ellos España) y los que defienden un Plan de estímulo de 50.000 euros, una miseria (0,5% del PIB), pero supondría un cambio de rumbo para salir del estancamiento. Y más, con el riesgo de que el paro, la pobreza y la desigualdad en Europa, más la emigración, alimenten el populismo y la extrema derecha en las elecciones que habrá en 2017 en Francia, Holanda, Austria y Alemania. Europa se la juega y España mucho más, porque mucho de nuestro crecimiento y empleo dependen de que la economía europea despegue. Estén atentos.
 
enrique ortega

Europa, y sobre todo la zona euro, llevan más de dos años atrapados en una trampa de bajo crecimiento y baja inflación, con mucho paro, sin inversión y con demasiada pobreza y desigualdad. Es “el estancamiento a la japonesa”, que allí ha durado décadas. Los últimos datos son muy explícitos. Los 19 paises de la zona euro crecieron un 0,3% en el tercer trimestre, con Alemania, Francia y Bélgica creciendo sólo un 0,2%, Italia el 0,3%, Reino Unido el 0,4% y España y Holanda el 0,7%, según Eurostat. El paro está en el 10%, el doble que en EEUU (5,1%) y en los jóvenes se duplica, al 20,3% (42% en Grecia y España). Y como muestra de que la economía “no tira”, la inflación está en el 0,5% (frente al 2% objetivo), a pesar de que el Banco Central Europeo (BCE) sigue con su política de dinero barato y comprando deuda. Y el euro roza los 1,05 dólares, el nivel más bajo desde hace 14 años, una muestra clara de la debilidad europea.

Y lo peor. No es sólo que Europa no crezca apenas y haya casi 21 millones de parados. Es que además, la crisis ha agravado la situación de las familias europeas. Por un lado, se ha reducido la clase media en toda Europa, según acaba de advertir la OIT. Y por otro, hay ya 119 millones de pobres en Europa, un 23,7% de la población que vive con menos del 60% de ingresos que la media, según Eurostat. Y hay pobres en todos los paises, desde el 20% de la población en Alemania, el 23% en Reino Unido, el 28,7& en Italia o el 17,7% en Francia al 28,6% de la población en España, el 35,7% en Grecia, el 37,3% en Rumanía o el 41,3% en Bulgaria. Y de ellos, algo más de un tercio (8,2%) están en pobreza severa, no pueden cubrir sus necesidades básicas: son 41 millones de europeos, 3 millones en España, 4 millones en Alemania y Reino Unido, 5 millones en Rumanía y 7 millones en Italia. Sin olvidar que 25,2 millones de niños y jóvenes europeos (0-17 años) son también pobres, según Eurostat. Y además, en Europa ha aumentado la desigualdad entre ricos y pobres con la crisis.

Esta situación de estancamiento, paro, pobreza y desigualdad explica en buena medida, junto a la emigración, el Brexit británico y alimenta el populismo y la extrema derecha en toda Europa. Por eso son decisivas las dos votaciones que se celebran este domingo 4 de diciembre. Una, en Italia, el referéndum constitucional con el que Renzi busca más poder y que si pierde puede conducir a unas elecciones anticipadas, donde avanzarían los populistas de Beppe Grillo y la extrema derecha de la Liga Norte. La otra, la repetición de las elecciones presidenciales en Austria, donde podría ganar Norbert Hofer, del ultraderechista Partido de la Libertad de Austria (FPO). Y en 2017, si no se corrige el declive económico y político europeo, hay riesgo de que estos movimientos “antieuropeos” triunfen en las elecciones generales de marzo en Holanda (Partido Libertad de Holanda, PVV de Geert Wilders), en las presidenciales francesas de abril (Marine Le Pen, del frente Nacional), en las elecciones generales de septiembre en Alemania (partido Alternativa para Alemania, AfD) o en las generales de octubre en Austria (FPO).

Toda esta incertidumbre política en Europa se suma al daño que ya han causado a la economía y a la política europea el Brexit británico de junio y el reciente triunfo de Donald Trump en  Estados Unidos. A falta de que tome posesión el 20 de enero y empiece a tomar medidas, el triunfo del populista y derechista Trump va a tener dos efectos muy negativos sobre la maltrecha economía europea. Uno, las consecuencias de su proteccionismo comercial. Europa es un continente que crece (poco) gracias en gran parte a las exportaciones, al superávit comercial que consigue tras vender a todo el mundo. Y un 20,7% de esas exportaciones van a Estados Unidos, que amenaza con aranceles (impuestos) y limitaciones a los productos extranjeros. La consecuencia sería un menor crecimiento y menos empleo en Europa (también a España, porque el 4,5 % de las exportaciones van a USA). El otro efecto negativo de la victoria de Trump es que su política de estímulos internos va a aumentar la inflación en EEUU y subirán los tipos de interés, que llevan 8 años en cero. Y eso obligará a Europa, al BCE, a subir también los tipos, si no quiere una fuga de capitales y un desplome del euro. Y con tipos más altos, Europa crecerá aún menos y habrá menos empleo (y España, unos de los paises más endeudados, tendrá más gasto en intereses).

Así que la victoria de Trump, junto al Brexit y el avance de los populismos y la extrema derecha, obligan a Europa a tomar medidas urgentes, antes de que la situación pueda empeorar más en 2017. Mario Draghi, el presidente del BCE, lleva meses repitiendo que él ya no puede hacer más, que el dinero barato y comprar deuda de los paises ya ha agotado su efecto, que hay un exceso de liquidez y sin embargo la economía no despega. Es más: la inflación se ha recuperado, de estar en negativo a subir el 0,5%, pero es un espejismo, porque se debe a la subida del petróleo y los alimentos. Si no fuera por ellos, la inflación “de fondo” estaría en cero o en negativo. Así que la economía está sin pulso. Por eso, el BCE, como antes el FMI, la OCDE y el G-20 llevan meses pidiendo a las autoridades europeas que tomen medidas para reanimar la economía europea, con más gasto y más inversión.

Hace unas semanas, el 19 de noviembre, la Comisión Europea vio por fin “las orejas al lobo”, tras el triunfo de Trump, y su presidente, Jean Claude Juncker propuso que Europa aprobara un Plan de estímulo para la eurozona de 50.000 millones de euros. “No soy un fanático de la austeridad”, aseguró el político conservador, que lleva defendiendo recortes en Europa desde 2010 y que es responsable, junto a otros “fundamentalistas” del déficit, de la segunda recesión en Europa (2011-2013). Parece “un cambio de rumbo”, pero ojo, tardío y muy tímido: supone inyectar muy poco dinero, sólo 50.000 millones (el 0,5% del PIB), 200 veces menos del billón de dólares que ha prometido Trump como Plan de choque para EEUU… Haría falta 10 veces más de dinero, al menos, para inversiones en infraestructuras, tecnología, industrias, medio ambiente y educación, para relanzar la economía europea.

El problema es de dónde sale ese dinero, quien lo paga. Y Alemania, que financia el 17% del presupuesto comunitario, no está por la labor de pagar más. Ni tampoco gastar e invertir más ella por su cuenta, dado que tiene superávit en sus cuentas públicas, como le vienen pidiendo a Merkel el FMI, la OCDE, el BCE, Obama y el G-20. “Nein” (no) han reiterado una y otra vez, en defensa de la austeridad a ultranza en Europa. Por eso, no ven con buenos ojos la propuesta de Juncker de gastar más, aunque sólo sean 50.000 millones. Y han presionado a la Comisión, junto a otros “fundamentalistas” de Bruselas, para que envíe primero una carta (en octubre: verla aquí) y haga después un apercibimiento público (el 16 de noviembre) a 8 paises de la zona euro para que recorten más sus proyectos de Presupuestos para 2017, porque incumplen el déficit exigido por Bruselas. Es una petición oficial de más ajustes a España, Italia, Portugal, Bélgica, Finlandia, Lituania, Eslovenia y Chipre.

¿En qué quedamos: Europa gasta 50.000 millones más o se exige a 8 paises que recorten sus Presupuestos? Son medidas contradictorias, que revelan las diferencias políticas en Europa, aunque siga dominando la austeridad de Alemania y parte de la Comisión. Pero la realidad es muy tozuda y al Brexit se ha sumado la victoria de Trump para enturbiar el futuro de un continente estancado. Los políticos europeos saben que o hacen algo o la economía seguirá estancada, habrá poco empleo, mucho paro y demasiada pobreza y desigualdad. Y si no dan soluciones la derecha neoconservadora y la socialdemocracia desnortada, los europeos se echarán en los brazos de políticos populistas y ultraderechistas, que prometen "soluciones nuevas" para viejos problemas que otros no resuelven. Es lo que ha pasado en Reino Unido y Estados Unidos y lo que puede pasar en Italia, Austria, Holanda e incluso Francia o Alemania, los países clave. Por eso, si la situación se agrava políticamente en 2017, con los efectos de la política de Trump y del Brexit, Merkel, Hollande y Renzi tendrían que forzar un golpe de timón en Bruselas para no ser desalojados del poder.

Pero a Europa no le basta con “parches” como los 50.000 millones de gasto extra que defiende Juncker. Es una gota en un océano. Harían falta al menos 500.000 millones de gasto adicional, en un Plan de choque destinado a inversiones transeuropeas, en infraestructuras, tecnología, digitalización, industria, energía, medio ambiente, formación y ayudas al empleo, para conseguir crecer mucho más, crear más empleo y bajar el paro a la mitad (al 5% de USA). Y ese dinero extra se puede conseguir con nuevos impuestos (tasa Tobin sobre operaciones financieras, impuestos medioambientales) y haciendo que paguen más impuestos los grandes empresas y sobre todo las multinacionales, que apenas pagan en Europa (Apple, el 0,005% de sus beneficios). Y en  paralelo, los paises más ricos y sin déficit, como Alemania, Holanda, Austria y los del norte de Europa, deberían gastar más por su cuenta, además de aumentar salarios, para crecer más y tirar del resto, de la Europa del sur. Es lo que llevan dos años pidiéndoles el FMI, la OCDE, el BCE, el G-20 y Obama.

España se juega mucho a que Europa cambie el rumbo y reanime su economía, a que no sigan los recortes. Primero, porque Bruselas nos pide que recortemos este año y en el Presupuesto para 2017 (8.000 millones de euros, no los 5.500 de los que se hablaba), lo que frenará un crecimiento y un empleo que ya de por sí serán más bajos por la coyuntura internacional (2,3% de crecimiento frente a 3% este año y 400.000 nuevos empleos frente a 480.000). Pero además, lo que pase en el mundo y en Europa afecta mucho a la economía española. Baste decir que más de la mitad de la recuperación económica de 2014 a 2016 ha sido por tres factores externos, no por la política de Rajoy: bajada del precio del petróleo, bajada del euro y de los tipos de interés. Y España es un país muy vulnerable a lo que pase por el mundo y en Europa, porque somos uno de los países más endeudados y dependemos mucho de los mercados y de los tipos de interés (si suben un 1%, los intereses de la deuda, nos cuestan 3.000 millones más, que habrá que recortar de otro lado). Además, dependemos mucho de Europa para exportar (el 72% de nuestras ventas al exterior) y para recibir turistas (el 88% son europeos), dos motores claves de nuestro crecimiento.

Así que atentos a lo que pasa ahora en Europa y como digiere el Brexit y la futura política de Donald Trump. Rajoy y la oposición deberían “hacer piña ante Bruselas”, para forzar un cambio de rumbo, para que los líderes europeos aprueben un ambicioso Plan de reactivación para Europa, del que España sería uno de los paises más beneficiados. Y mientras, en España, deberían aprobar un Plan propio para reanimar también nuestra economía, porque tenemos el doble de paro que Europa y no podemos esperar a ver qué hace Bruselas. La clave es recaudar más, sin subir los impuestos a la mayoría, consiguiendo más ingresos de las grandes empresas, las multinacionales y los más ricos, que pagan menos de lo que deben. Así se podrían recaudar 40.000 millones de euros más al año, según los técnicos de Hacienda (GESTHA). Y con esos mayores recursos, España podría gastar una parte (30.000 millones) en políticas de empleo (ayudas a parados y formación), en salvar las pensiones, en sanidad, educación, dependencia y algunas inversiones en tecnología e infraestructuras, destinando otra parte (10.000 millones) de esos mayores ingresos a reducir el déficit público. Se puede hacer. Es cuestión de voluntad política y de hacer pagar más a algunos muy poderosos.

En resumen, que Europa está estancada y en una encrucijada donde nos jugamos el proyecto europeo y hasta la propia democracia. Y esta es una batalla que afecta mucho a España. Así que estemos atentos a lo que pasa en el próximo año, en Europa y en Estados Unidos, porque de ello va a depender en buena medida nuestro trabajo y nuestro nivel de vida. Y también nuestro futuro como ciudadanos de un continente que no puede perder libertad y bienestar. Europa se la juega y nosotros con ella.

lunes, 29 de junio de 2015

España roza la deflacion = economía débil


Hoy, España ha evitado caer en la deflación : doce meses seguidos con inflación anual negativa. Los precios llevaban 11 meses cayendo, pero este mes de junio, la inflación anual ha subido al +0,1%. Es casi deflación, pero oficialmente no. Con todo, los precios en España están por los suelos, mientras en Europa, los precios han comenzado a subir, tras cuatro meses cayendo. En mayo, sólo España y otros 7 países tenían inflación negativa (Grecia, Chipre y cinco del Este), todos con serios problemas económicos. Porque la baja inflación es un claro síntoma de que la economía está débil y las empresas, para vender, tienen que “tirar los precios”. Algo bueno para las familias, pero negativo para el país porque bajan los márgenes de las empresas, se crea menos empleo y cuesta más hacer frente a las enormes deudas de familias, empresas y el Estado. Sólo reanimando la economía, el consumo y la inversión se pueden reanimar los precios y asegurar más crecimiento y más empleo. Pero eso exige otra política, en Europa y en España.
 

enrique ortega


España siempre ha tenido una alta inflación (llegó al 26,4% en 1977), fruto de contar con unas empresas menos competitivas, que necesitaban vender más caro para ganar lo que el resto. Con la entrada en el euro y la mayor apertura al exterior, las empresas ajustaron sus precios para competir (inflación en torno al 3% desde 1999), sobre todo a raíz de esta crisis. Y eso les llevó a recortar plantillas (-3,8 millones de empleos perdidos) y sueldos (han bajado del 10 al 20%), como vías para rebajar costes y poder vender con precios más bajos, dentro y fuera de España. Así, en 2009, España ya tuvo 8 meses de inflación anual negativa (entre marzo y octubre), con un suelo de -1,4% en julio 2009. Luego se recuperó, llegando a un pico del 2,1% de inflación en junio de 2013, para bajar después y caer desde julio de 2014 (-0,3%), con 11 meses seguidos en negativo, hasta este junio de 2015, en que los precios han subido tres décimas y la inflación anual se sitúa en positivo (+0,1%), por primera vez desde junio de 2014 . Con ello, España ha evitado caer en la deflación, según la definición del FMI (dos semestres en negativo).

Cuando los precios bajan, es un claro síntoma de que la economía está enferma. Es lo que pasó cuando la Gran Depresión en EEUU: los precios cayeron un 24% entre agosto de 1929 y marzo de 1933. Luego, la situación se repitió en Japón, donde los precios cayeron un 25% entre 1995 y 2013, o en Suecia (finales de los años 80). En Europa, el riesgo de deflación ha estado presente a principios de este año, al caer los precios entre diciembre 2014 y marzo 2015, pero la situación ha mejorado, al estabilizarse los precios en abril (inflación anual 0) y subir por primera vez en mayo (+0,3%), gracias a la actuación del Banco Central Europeo (BCE), que se ha lanzado a reanimar la economía inyectando liquidez con la compra de deuda pública. Pero la inflación sigue muy baja, muy por debajo del objetivo del 2%, porque la economía europea está estancada y apenas crece: un +0,4% en el primer trimestre de 2015 y sólo un +0,3% en Alemania, Italia o Reino Unido, con +0,6% Francia y +0,9% España.

Los precios se recuperan despacio en Europa pero todavía hay 8 países que tenían inflación anual negativa en mayo, según Eurostat : Chipre (-1,7%), Grecia (-1,4%), Eslovenia (-0,8%). Polonia (-0,6%), Bulgaria y España (-0,3%), Lituania y Eslovaquia (-0,1%). Un pelotón de países con  serios problemas económicos, que obligan a sus empresas a vender tirando precios para sobrevivir. Enfrente, los países europeos que ya han salido de la crisis lo reflejan en subidas de precios: Austria (+1%), Suecia (+0,9%), Bélgica (+0,8%), Alemania y Holanda (+0,7%) e incluso Francia (+0,3%) y Reino Unido (+01%). En todos los casos, la bajada del petróleo y la fortaleza del euro hasta febrero (facilitando la deflación importada) han ayudado a subir los precios, pero la clave está en un mayor consumo y crecimiento. Y aunque España crece más que la mayoría de Europa, es a costa de “tirar los precios”. Las previsiones, del Gobierno, el FMI o la Comisión Europea, apuestan por que tendremos inflación anual negativa (con altibajos) hasta finales de 2015 (entre -0,4% y -0,7%).

Siempre se piensa que tener los precios bajos (o incluso negativos) es bueno, porque podemos comprar más con nuestros ingresos y ahorros. Y además, tener precios bajos permite a las empresas competir mejor fuera, exportar mejor. Todo esto es verdad. Pero los precios muy bajos o negativos tienen tres graves problemas. El primero, que la baja inflación lleva a los consumidores a retrasar sus compras (más si les recortan sus ingresos), pensando que comprar mañana será más barato. Y con precios muy bajos, las empresas ganan menos, invierten menos, no crean empleo y pueden acabar cerrando.

Por otro lado, la inflación baja o negativa es mala para los que tienen deudas: si los tipos de interés están al 3% y la inflación es del 2%, estamos pagando unos tipos reales del 1%. Pero si la inflación está al -0,2%, pagaremos un tipo real del 3,2%, más del triple. Un dato real: España paga hoy su deuda pública a 10 años al 2,27%, con una inflación del -0,3%, lo que supone pagar un tipo real del 2,57%, superior al que pagaba en 2011, cuando los tipos estaban más altos (al 6%) pero como la inflación era elevada (3,8%), el tipo de interés real que se pagaba era menor que ahora (6-3,8%=2,20%). En definitiva, que con baja inflación, cuesta más pagar las deudas. Y esto es más grave para España, donde el Estado debe más de un billón de euros, las empresas otro billón  y las familias 740.000 millones. El tercer problema de la deflación es que reduce los ingresos públicos: con precios más bajos, Hacienda recauda menos (sobre todo por IVA). Y se reduce menos el déficit público, obligando a más recortes.

En definitiva, menos consumo, menos crecimiento y empleo, más pago real de intereses y menos recaudación de impuestos son los costes de tener la baja inflación. Por eso, los costes de tener los precios demasiado bajos son mayores que los beneficios. Y por eso, tanto la Comisión Europea como el FMI y el BCE tratan de conjurar la deflación, bajando los tipos de interés al máximo (hoy están en el 0,05%) y aumentando el dinero en circulación, comprando deuda pública y prestando a los bancos para que reanimen el crédito. Pero no parece suficiente, al menos para España y muchos países del sur y este de Europa.

La baja inflación en España es un claro síntoma de la debilidad de la economía, por mucho que el Gobierno presuma de crecer más que los países del euro. Pero crecemos por el empuje del gasto y la inversión pública (desde mínimos) en un año electoral y por la incipiente recuperación del consumo, por la extra de los funcionarios (un 25% de la que les quitaron en 2012), el pequeño aumento del empleo (precario y mal pagado) y la rebaja de retenciones en las nóminas desde enero (por la bajada de impuestos en 2015, tras tres años de subidas). Pero no es un crecimiento consistente, porque los motores de un crecimiento más potente están “gripados”: la inversión apenas despunta y el consumo sigue débil. No en vano, los ingresos de las familias han vuelto a caer en 2014 (-0,2%) y son hoy un 14,7% inferiores a los de antes de la crisis: si el gasto medio por hogar era de 31.711 euros en 2008, en 2014 ha caído a 27.038 euros, 4.673 euros menos. Y por eso hay menos consumo, menos ventas, menos inversión  y menos empleo.


Y no parece que el gasto mejore si  los sueldos subieron sólo un 0,3% en el primer trimestre, según el INE. Y con 5,44 millones de parados, más de la mitad (56,5%) que no cobran ya el paro. Y con la mayoría del empleo creado precario (un 25% de los nuevos contratos duran una semana o menos) y mileurista (de 600 a 1.100 euros de media). Y con un 22,2% de españoles (más de 10 millones) en riesgo de pobreza, según el INE.

Así resulta difícil reanimar de verdad el consumo y que las empresas aumenten mucho sus ventas, algo clave para reanimar la inversión y el empleo. Y por eso, siguen optando por la vía más segura: bajar los precios al máximo, para intentar vender dentro y fuera. Pero como no les salen las cuentas, funcionan al día, sobreviviendo, sin pensar en ampliar su empresa o su plantilla hasta que no se aclare el panorama y puedan subir precios sin riesgo. Un círculo vicioso que puede durar años, como sucedió en Japón, estancando la economía y el empleo.

La clave es reanimar la economía, aumentando el consumo para que tire de los precios, la inversión y el empleo. Hay que actuar en dos frentes. Uno, en Europa, donde Alemania y los países del norte tendrían que aumentar sus sueldos y su consumo, sus compras a la Europa del sur (vía importaciones), como pide insistentemente el FMI. Y en paralelo, la Unión Europea debería fomentar un plan de inversiones, un Plan Marshall para reanimar la economía europea, con más recursos que el aprobado Plan Juncker (sólo 21.000 millones nuevos de los 315.000 previstos), que todavía no se ha puesto en marcha. Y ahora, con la crisis de Grecia, la economía europea crecerá aún menos.


Mientras, en España, el Gobierno debería promover el consumo privado, con una mayor subida de salarios en las empresas con beneficios,  y un mayor gasto público en educación, sanidad, gastos sociales y lucha contra la pobreza, gracias a una reforma fiscal más justa que consiga nuevos ingresos de los que pagan poco (grandes empresas, multinacionales y los más ricos) y permita bajar los impuestos a niveles anteriores a 2011 a la mayoría de españoles. Y en paralelo, con esos mayores ingresos públicos, promover un plan de inversiones, públicas y privadas, en tecnología, industria, formación y sectores con futuro, que tire del crecimiento y el empleo.

La baja inflación, los precios muy bajos mes a mes, son un claro síntoma de que la economía no va bien, diga lo que diga el Gobierno y sus voceros. Cinco años de austeridad a ultranza nos han llevado hasta aquí y aunque ahora estemos algo mejor, creciendo (poco) y creando algo de empleo (precario y mal pagado), hay que insistir en que seguimos en crisis y con demasiados parados como para no tomar otras medidas ya. No podemos regodearnos en la mediocridad de la situación económica actual, como dice el FMI. Hay que presionar para que se haga otra política, en Europa y en España, que nos saque de verdad del agujero. Y cuando esto ocurra, los precios volverán a subir, porque es lo suyo. Lo anormal es la deflación o la bajísima inflación.

jueves, 29 de enero de 2015

Grecia, Europa y el último cartucho del BCE


La victoria de Syriza en Grecia vuelve a agitar la crisis del euro, nunca resuelta desde que estalló hace casi cinco años, con Grecia como detonante. Pero el problema no es Grecia, sino Europa: su economía sigue estancada, el paro en máximos y la inflación ya es negativa, como anticipo de una tercera recesión. El BCE hace de “bombero(como en 2012, 2013 y 2014), y va a quemar su último cartucho: comprar deuda de los países, para dar liquidez a la economía y evitar la debacle. Pero la medida es tardía e insuficiente. El problema de Europa no es que falte crédito: falta demanda, actividad, ventas, inversión. Para reanimar la economía, no basta con dinero barato: hace falta reanimar el consumo (con sueldos e impuestos) y la inversión, sobre todo pública. Acabar con la austeridad y los recortes. Y renegociar la deuda, una losa para la recuperación. La de Grecia y de media Europa. Es la hora de los eurobonos.
 
enrique ortega

Hace ya cinco años que saltó la crisis de Grecia, al descubrirse (enero 2010) la manipulación de su déficit para entrar en el euro, lo que desencadenó su primer rescate (mayo 2010). Pero fue la errónea política de Merkel y Bruselas, al no “aislar” el problema griego y contagiarlo a la Europa del sur, la que llevó a Europa a la segunda recesión (-0,7% y -0,4% en 2012 y 2013) y desencadenó la grave crisis del euro, que pudo estallar en julio de 2012, tras pedir España el rescate bancario (junio 2012). Si el euro no se rompió entonces fue por Mario Draghi, presidente del BCE, que hizo de “bombero”, prometiendo que haría “todo lo necesario para sostener el euro”. Entonces sólo fue una amenaza, pero en julio de 2013 bajó tipos y aumentó la liquidez, algo que tuvo que repetir en junio y septiembre de 2014, bajando los tipos al 0,05% y ofreciendo 400.000 millones de euros a los bancos para que dieran créditos.

Las medidas del BCE han evitado la catástrofe, pero no el estancamiento de la economía europea, que crece al 0,2% cuando EEUU está creciendo al 4,2%. Y las últimas previsiones del FMI indican que la zona euro es “el farolillo rojo” de la economía mundial y crecerá un 1,2% en 2015 (tras un lánguido 0,8% en 2014). Estancamiento frente a  un paro histórico: Europa tiene 27 millones de parados, 2 millones más que en 2008, y una tasa de paro del 12,1% (zona euro), la más alta desde la postguerra mundial. Pero al final, el dato que ha hecho saltar las alarmas ha sido la inflación negativa: -0,2% cayeron los precios en la zona euro en 2014, mientras 16 países UE tenían inflación negativa (España el tercero que más: -1,1%). Eso aviva el riesgo de caer en la deflación (6 meses de inflación negativa), un grave problema porque retrasa las compras y el consumo, debilitando las ventas, inversiones y empleo, lo que frena más el crecimiento. Además, encarece la devolución de las deudas a países, empresas y familias. Y sobre todo, es un indicador de que la economía europea está muy enferma. Al margen de Grecia, un problema agravado cinco años después.

Al final, lo que no han conseguido dos recesiones y un paro histórico lo ha conseguido el miedo a la deflación : que Alemania permita al BCE que utilice todas sus armas y compre deuda de los países, para crear liquidez en la economía y reanimar el consumo, la inversión y la inflación. La decisión del BCE ha sido comprar 60.000 millones de deuda pública y privada al mes, de momento hasta septiembre de 2016 (en total, 1.140.000 millones de euros). Pero la decisión del BCE, en vigor en marzo, tiene cuatro “trucos”, cuatro concesiones a Alemania, que la quitan fuerza. Una, que se incluye en las compras la deuda privada que ya se estaba comprando desde septiembre, con lo sólo habrá 47.000 millones de compras nuevas al mes. Dos, que se comprará deuda en función del tamaño de cada país, con lo que se inyectará más liquidez en Alemania, Francia e Italia (dos tercios del total) que en los países del sur, más necesitados (un 12,5% de toda la deuda a comprar, unos 142.500 millones, será deuda española). Tres, que se pone un límite a la compra por país, salvo que haya planes de ajuste (para forzar a Grecia, Chipre y los que puedan caer). Y cuatro, que si hay pérdidas por la compra de deuda, el 80% se carga a los países y sólo el 20% se reparte (el euro es un Club, pero si vienen mal dadas, alemanes y nórdicos no quieren pagar los problemas de la Europa del sur).

Al final, la compra masiva de deuda por el BCE pretende inyectar liquidez, dinero al mercado: ofrece a los bancos e inversores comprarles la deuda (pública y privada) que tengan, que se animarán a vender porque está cayendo su rentabilidad. El objetivo es que con este dinero fresco, los bancos presten y los inversores inviertan, con lo que habría más actividad, más consumo y antes o después más inflación. Además, como muchos inversores se van a desprender de deuda europea, bajará el euro, que ya está en mínimos (hasta 1,11 euros por dólar, cuando llegó a estar en 1,40 euros este verano). Y al bajar el euro, los productos europeos son más baratos y se puede exportar mejor. Y se pueden atraer más turistas. Por último, si el BCE compra deuda, rebaja los precios y los países pueden emitir su deuda pagando menos interés. España, por ejemplo, llegó a pagar un 6,64% de interés a los que compraron bonos a 10 años en agosto de 2012 y en enero de 2015, antes de las compras masivas de deuda, ya pagó sólo el 1,63% por esa deuda. Un ahorro de 2.500 millones para 2015.

En teoría, pues, la compra masiva de deuda del BCE puede ser muy positiva, como se ha visto en EEUU y Reino Unido. Pero llega 5 años tarde y con una cuantía escasa: EEUU compró deuda por 3,5 billones de dólares desde 2008 a 2014, más del doble que ahora Europa. Pero sobre todo, el problema de Europa no es de falta de liquidez y tipos altos (como en USA en 2008): en Europa hay liquidez de sobra, como demuestra que los bancos sólo hayan pedido al BCE la mitad de los 400.000 millones que tenía para prestarles a bajo interés. Y no es que los bancos no quieran dar créditos, es que hay pocas empresas y familias solventes que quieran pedirlos. Porque la mayoría ni venden ni ingresan como para endeudarse y bastante tienen con quitarse deudas del pasado: sólo en España, las empresas deben todavía  962.521 millones de euros y las familias otros 757.182 millones. Una pesada losa como para pedir más créditos ahora, por mucho que el BCE inunde Europa de dinero barato. Y más cuando la economía no tira, no hay ventas y los sueldos se estancan.

Por eso, el último cartucho del BCE es, además de tardío, insuficiente. Puede ayudar, pero hace falta que los gobiernos europeos cambien el chip: tienen que olvidarse de la austeridad y los recortes (que Bruselas ha vuelto a pedir, para 2015, a Francia, Italia, España, Bélgica, Austria, Portugal y Malta) y reanimar la economía europea, fomentar que haya demanda (ventas) e inversión. Para ello sólo hay dos caminos. Por un lado, reanimar el consumo, tanto de las familias (mejorando los salarios y bajando impuestos a las rentas medias y bajas, subiéndolo a los más ricos, grandes empresas y multinacionales) como de los Estados, gastando más sobre todo lo que tienen menos déficit público (Alemania tiene superávit). Y por otro, reanimar la inversión, haciendo que la inversión pública “tire” de la privada, con más recursos de los que contempla el Plan Juncker, que sólo pretende aportar 21.000 millones de dinero público en 3 años.

El BCE ha “comprado tiempo, pero la crisis europea sigue ahí y si los Gobiernos no toman medidas efectivas, saltará de nuevo y caeremos en la tercera recesión de esta crisis. Y no hay que olvidar el problema de Grecia, al que hay que buscar una salida. Ya no se puede seguir por el mismo camino de la troika: más ayudas a cambio de más recortes que hunden más la economía griega e imposibilitan el futuro pago de la deuda (315.509 millones en octubre de 2014). Una deuda que Grecia tiene concentrada en cuatro países europeos: Alemania (66.310 millones), Francia (49.800), Italia (43.750) y España (26.000 millones prestados). Hay que dejarles que salgan de la UVI y se recuperen y para eso es imprescindible renegociar la deuda, ampliando los plazos para devolverla (ahora,32 años) y bajando el interés (pagan el 3%), para que puedan pagarla sin asfixiarles. Pero el problema de la deuda no es sólo de Grecia, aunque sea el más grave (deben el 176% del PIB). También tienen un grave problema de deuda pública España (deberá el 101,7% del PIB en 2015), Portugal (128%), Italia (127%), Irlanda (123%), Bélgica (105%) y Chipre (102%).

Para Grecia y para el resto, la única salida, además de renegociar la deuda (más plazo y menos interés), es compartirla entre todos los países, “mutualizándola: que la emita un Tesoro europeo (como en USA), de tal manera que pague lo mismo por la deuda griega que por la finlandesa, porque sólo hay una deuda, la europea. Son los eurobonos. La Europa del norte, con Merkel a la cabeza (“no habrá eurobonos mientras yo esté viva”) no quiere porque les tocaría pagar más, para que Grecia, España y la Europa del sur paguen menos. Pero eso debería ser el euro, un Club donde se comparte lo malo y lo bueno (también Alemania inunda de coches, electrodomésticos y créditos a la Europa del sur).

Una vez más, Europa está en otra encrucijada: o cambia drásticamente de política o la austeridad ya no da más de sí y nos lleva a la tercera recesión. Y al descontento de millones de europeos. Es lo que ha dejado claro Grecia: la mayoría de la población está harta de sacrificios inútiles. Un mensaje que puede repetirse este año en las elecciones de España y Portugal (y en Irlanda en febrero de 2016). Y mientras, engorda la bolsa de euroescépticos y la extrema derecha en Francia, Hungría, Grecia ,Reino Unido, Dinamarca, Finlandia, Austria, Holanda y  Alemania. Europa es “el farolillo rojo” de la economía mundial, a pesar de tantos sacrificios. Y el BCE no puede salvarnos, sólo evitar la catástrofe. Sólo queda explorar otro camino: acabar de una vez con la austeridad, reanimar de verdad las economías y aliviar el peso de la deuda. Cuanto antes.