Mostrando entradas con la etiqueta hogares. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hogares. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de abril de 2020

Confinamiento con luz más renovable


El coronavirus ha desplomado el consumo de electricidad, un -30% hasta Semana Santa. Se debe al parón en la economía, porque las familias, confinadas en casa, gastamos un 20% más de luz. Y aunque el precio bajó en marzo, el próximo recibo subirá entre 16 y 26 euros, mientras la luz seguirá bajando hasta otoño. Un dato muy positivo: en marzo, el 50% de la luz que consumimos fue renovable, algo histórico, gracias al mayor peso de las energías eólica y solar. Eso sí, es una excepción, porque aunque las renovables suponen el 50% de la potencia eléctrica instalada, sólo supusieron el 38,5% de la energía consumida en 2019 y el 45,7% en el primer trimestre de 2020. Y eso porque las eléctricas utilizan mucho el gas, ahora que está barato, que también emite CO2 (menos que el carbón, en desuso). El Gobierno mandó a Bruselas, el 31 de marzo, el Plan contra el Cambio Climático, cuyas inversiones y empleos ayudarán a reconstruir el país. Renovables contra el coronavirus.

enrique ortega

El parón de la economía por el coronavirus se ha reflejado fielmente en una caída drástica del consumo de electricidad, según los datos de Red Eléctrica: el 14 de marzo, día de inicio del estado de alarma, la demanda eléctrica había bajado un -13,17% sobre el 2 de marzo y el 31 de marzo, tras la “hibernación” de la economía (salvo servicios esenciales), había caído un -17,60% en todo el mes de marzo. Y el 8 de abril (miércoles santo), la demanda caía ya otro -12, 3% en este mes, según REE, con lo que la reducción total de la demanda eléctrica por el coronavirus roza ya el -30%. Una caída que se podría atenuar algo la próxima semana, cuando vuelvan a funcionar algunas empresas “estratégicas”, al terminar los días de permisos retribuidos recuperables.


Ha habido menos consumo eléctrico de la economía productiva pero las familias han consumido más electricidad que nunca, al estar confinados en casa desde el 14 de abril (y los estudiantes antes). La estimación es que el consumo de los particulares, que supone un 40% de toda la demanda eléctrica, ha aumentado un +20%, al utilizarse mucho más la luz, las cocinas, los electrodomésticos, la TV (284 minutos por persona al día en marzo, con puntas de 344 minutos algunos días) y los aparatos conectados a Internet. Una parte de este mayor consumo se ha compensado por la bajada del precio de la luz en marzo, por la caída del precio en el mercado mayorista (28 euros MWh, cuando hace un año estaba en 49 euros), debido a la mayor utilización de las energías renovables y del gas (más barato). La estimación de la Comisión de la Competencia (CNMC) es que la factura media haya bajado un -6,4% sobre febrero. Pero como se ha gastado de media un 20% más de luz, el próximo recibo que nos llegue vendrá con subida, entre 16 euros (hogar con 2 personas) y 26 euros (familia con 2 hijos), según cálculos de Selectra.


Como el confinamiento sigue, todo apunta a que el consumo eléctrico de las familias siga elevado, aunque los precios de generarla seguirán bajando (no tanto), al caer la demanda (no tanto como en marzo). Todo indica que los precios de producir  la electricidad seguirán bajando hasta el verano (incluso por debajo de los 25 euros MWh), aunque luego pueden recuperarse en el tercer trimestre, si sube la demanda, por recuperarse la actividad y por el frío.


La tarifa podría bajar mucho más si las eléctricas utilizaran más las renovables para generar la electricidad. El sistema eléctrico está ya preparado: a finales de  2019, la potencia eléctrica renovable instalada en España suponía ya el 50% del parque eléctrico, por primera vez en nuestra historia, cuando en 2016 sólo suponían el 46% del parque eléctrico y en 2008 el 34%,según Red Eléctrica (REE). En el primer trimestre de 2020, la potencia renovable ha seguido aumentando, hasta suponer el 50,14% del parque eléctrico, según los últimos datos de REE, gracias al tirón de la energía eólica (23,35% de la potencia instalada), la solar fotovoltaica (8,06% del total, frente al 4,52% en 2018), la solar térmica (2,09% del parque eléctrico),la  hidráulica (15,53%, como en 2019 y menos que en 2016-2018, porque llueve menos), otras renovables (0,97%) y los residuos renovables (0,14% del parque).


A pesar de que más de la mitad del parque eléctrico instalado son energías renovables, la mayoría de la luz que se genera no lo es. Así, en 2019, sólo el 37,5% de la luz producida era renovable (20,8% eólica, 4% solar fotovoltaica, 2% solar térmica, 9% hidráulica y 1,7% el resto de renovables y residuos) y el resto (62,5%) de la electricidad generada no era renovable. Eso se debe a que las eléctricas, aunque podrían producir más luz renovable, no lo hacen para utilizar su enorme parque de centrales de gas (centrales de ciclo combinado y cogeneración), que el Gobierno Rajoy les fue animando a instalar (remunerando esta electricidad con altos precios)  y que ahora les compensa aún más porque el precio del combustible, el gas natural, lleva meses bajando en el mercado internacional y más en 2010: costaba 3,04 dólares (por millón de termias) el 4 de enero de 2019, 2,17 dólares el 1 de enero de 2020 y 1,62 dólares el 6 de abril, casi la mitad que hace 15 meses. El resultado es que las centrales de ciclo combinado saltaron de producir el 12% de la luz en 2018 al 21,2% en 2019. Y las centrales de cogeneración se mantuvieron en el 11%. Y también utilizan al máximo  la energía nuclear (con instalaciones ya amortizadas por las eléctricas) pasaron de aportar el 20% en 2018 al 21,4% en 2019, mientras caía el peso del carbón (al tener que pagar cuatro veces más por las emisiones de CO2), de aportar el 14% de la luz (2018) al 5% (2019).


En el primer trimestre de 2020, las energías no renovables siguen dominando el mercado eléctrico: aportan el 55,3%, porque ha subido el peso de la energía nuclear al 24%, aunque el ciclo combinado (13%) y la cogeneración (11%) aportan menos y también el carbón (que sólo genera el 3% de la electricidad). Pero este año 2020 ha aumentado el peso de las energías renovables, según REE, hasta el 44,70% de la producción eléctrica, gracias sobre todo al mayor peso de la energía hidráulica (tras la sequía de 2019), que aporta el 15% de la electricidad, subiendo también la eólica (23%) y estabilizándose la solar fotovoltaica (4%) y bajando la solar térmica (1%). Lo más esperanzador es lo que ha pasado en marzo, en pleno confinamiento por el coronavirus: las renovables han aportado el 50% de la electricidad producida, gracias a la mayor producción de los molinos de viento y las centrales solares.


Ahora queda ver si marzo es una excepción y, en los próximos meses, las energías renovables no producen la mitad de electricidad, aunque puedan hacerlo. De ser así, será porque las eléctricas buscan rentabilizar al máximo sus centrales nucleares y sus centrales de gas (ciclo combinado y cogeneración), aunque esto tenga dos consecuencias negativas para los consumidores: la luz es más cara y más sucia. Ahora mismo, las energías renovables tienen un desarrollo tecnológico que las hacen muy competitivas en precio, aunque los usuarios paguemos más alto el recibo porque el precio que se fija en el mercado eléctrico es el de las energías más caras (fuel y gas). Y por si fuera poco, las energías renovables no emiten CO2 y son seguras, algo que no pueden decir las no renovables.


El gas y las centrales de ciclo combinado y de cogeneración “se venden” como centrales que contaminan menos que las de carbón y gas. Es verdad. Pero emiten CO2, aunque sea menos. Así, si una central de carbón emite 0,977 Tm de CO2 por MW generado y las centrales de fuel emiten 0,799 Tm, las de ciclo combinado emiten 0,383 TM por MW. O sea, emiten un tercio menos de CO2 que las de carbón, pero mucho más que las energías renovables, que no emiten nada. Y respecto a las centrales nucleares, aunque no emiten CO2, tienen un problema no resuelto de generación y tratamiento de residuos, además del riesgo de seguridad. Y estas energías sucias o inseguras, recordemos, aportan el 55% de la luz que consumimos.


Con todo, el aumento de las energías renovables es imparable y una muestra es que ya aportan el 44,7% de nuestra electricidad  cuando sólo aportaban el 7,6% en 2008. El problema es doble. Que se ha formado una burbuja inversora” en energías renovables, de la mano de fondos de inversión y empresas que apuestan por estas instalaciones, de tal manera que la potencia instalada (34.300 MWh) y con permiso pero no conectada (111.500 MWh) es muy elevada (145.800 MWH) y supera incluso el total de potencia eléctrica instalada (110.000 MWH), que ya es más del doble de la demanda de electricidad (40.000 MWH) Y que es una “burbuja sobre otra burbuja”, al haber un exceso de renovables en un mercado con un exceso de oferta eléctrica. Así que la “burbuja renovable” puede explotar en cualquier momento, poniendo en peligro su futuro. Y el coronavirus puede ser un detonante, si se desploman los precios de la electricidad (eso haría los proyectos renovables menos rentables) o si los bancos e inversores dirigen ahora su dinero a otros destinos.


Pero el coronavirus también puede ayudar a las renovables. Y eso, porque la lucha contra el Cambio Climático (también en el sector eléctrico) puede ser uno de los caminos prioritarios  para reconstruir la economía y salir de la recesión, dado que va a movilizar ingentes inversiones y creará mucho empleo. Por eso, el Gobierno Sánchez, en pleno estado de alarma, el martes 31 de marzo, aprobó y envió a Bruselas el Plan Nacional Integral de Energía y Clima (PNIEC), un programa que pretende movilizar 241.000 millones de euros entre 2021 y 2030  (el 80%, privados y una parte también fondos europeos) para impulsar las energías renovables, medidas de ahorro energético y eficiencia, electrificación y redes. Y un Plan que generará entre 250.000 y 350.000 empleos en esta década, que van a ser cruciales tras la enorme pérdida de empleos que va a acarrear el coronavirus.


Bueno, como se ve, casi todo está conectado con el coronavirus y también nuestro recibo de la luz del mes pasado y el de abril, por lo menos. Pensemos, cuando demos la luz o usemos el ordenador o la TV, que estamos pagando una electricidad que es más cara y sucia de lo que podría ser. Y que cuando salgamos de esta, hay que exigir  al Gobierno y a las eléctricas a que generen una luz más barata y más limpia. La potencia renovable ya la tienen instalada y hay mucha más en espera. Ahora sólo falta que la utilicen.  

jueves, 8 de marzo de 2018

Mujeres: la "brecha" no es sólo salarial


Hoy todo el mundo habla de la “brecha” salarial de las mujeres, que en España ganan un 22,86% menos que los hombres. Pero ojo: que esta injusticia manifiesta no nos impida ver el bosque de la desigualdad de la mujer, de la cuna a la tumba: trabajan mucho menos que los hombres, en peores puestos y con contratos más precarios, tienen más paro y cobran menos desempleo, tienen peores pensiones y son las que más esperan las ayudas a la Dependencia. Y en casa, las mujeres son las que cuidan de niños, padres ancianos y discapacitados, trabajando en tareas domésticas el doble que los hombres. No estamos ante una “batalla salarial” de las mujeres, sino ante una “guerra total por la igualdad”, desde que empiezan a buscar trabajo hasta que se jubilan, pasando por la igualdad en casa. Siglos de desigualdad que no se pueden corregir con una simple Ley de igualdad salarial: hacen falta cientos de normas y un cambio de mentalidad. De todos. No hay “soluciones milagro”.


enrique ortega

Empecemos por el principio, el número de mujeres que hay en España: son 23.711.009 a 1 de julio de 2017, el último censo del INE, 872.974 mujeres más que hombres. Así ha sido en las últimas décadas (eran 757.154 más en 1971) y la diferencia con los hombres aumentará más en el futuro, porque viven más años que los hombres: en 2030 habrá 1,12 millones más de mujeres que hombres y para 2066 habrá 21.154.278 mujeres, 1.239.913 más que hombres, según las proyecciones de población del INE.

Hay más mujeres y sobre todo más mujeres mayores. Por eso, en  la escuela, de la guardería al bachillerato, las niñas son menos que los niños: de los 8.127.832 alumnos no universitarios que estudiaban el curso 2016-2017, el 51,7% eran chicos y el 48,3% chicas. Son algo más de niños que niñas los que estudian educación infantil, primaria y la ESO, pero luego, en Bachillerato se da un cambio y las chicas (52,5%) ganan a los chicos (47,5%), según las estadísticas de Educación. La razón: el abandono escolar, mayor entre los chicos. Y con esta base, las mujeres vuelven a ganar de lejos en la Universidad: 848.102 mujeres universitarias frente a 710.583 hombres en el curso 2016-2017, destacando en Grados y Doctorados.

Así que nos encontramos con más mujeres universitarias que hombres, aunque por desgracia estudian carreras que tienen una peor salida laboral: así, el 71,2% de los universitarios que estudian ciencias de la salud son mujeres, el 61,5% de los que estudian Ciencias Sociales y Jurídicas y el 60,5% de los que estudian artes y humanidades son mujeres. Y sólo un 25% de los que estudian ingenierías o arquitectura, según los datos de la Conferencia de Rectores. Y esto contrasta con las previsiones de la Comisión Europea, señalando que un 70% de los empleos futuros van a estar en las carreras STEM: Ciencias, Tecnologías, Ingeniería y Matemáticas, donde hay una minoría de mujeres estudiando.

Hay más mujeres universitarias y en general las jóvenes españolas (25-34 años) están mejor formadas que los jóvenes: un 53,2% son universitarias (el 32,5% en Europa) frente al 38,1% de los jóvenes (28,9% en Europa), según datos de Eurostat (2016). Pero a pesar de estar mejor preparadas, las mujeres jóvenes tardan 4 meses más de media en encontrar un primer empleo que los hombres, según un informe del CES. Pero el gran  problema son las muchas que no lo encuentran, que no trabajan, o bien porque se quedan en casa a cuidar a los niños o bien dejan su trabajo para ser madres o cuidar a sus ancianos padres.

Pero sigamos la vida de las mujeres. Con más de 16 años, la edad de trabajar, hay en España 38.716.600 personas (diciembre 2017): 19.885.700 son mujeres y 18.830.900 son hombres, según la última EPA. De esa población en edad de trabajar, unos buscan trabajo y otros no, son los llamados “inactivos” (ni trabajan ni son parados, porque no buscan trabajo). Pues bien, la primera gran desigualdad es que hay 2.6709.500 mujeres inactivas más que hombres (9.280.500 frente a 6.671.000, según la EPA 2017). Mujeres que en lugar de intentar trabajar se han quedado en casa, para cuidar a sus hijos o padres y familiares dependientes (el 94,9% de las que cuidan a dependientes son mujeres y más de la mitad tienen entre 25 y 44 años, según el INE).

Ya se han quedado varios millones de mujeres por el camino. Sigamos con el resto, con las mujeres activas, que trabajan o buscan trabajo. Las que realmente trabajan hoy en España (EPA diciembre 2017) son 10.605.200 mujeres, 1.554.600 menos que hombres (12.154.800 ocupados). Esta es la segunda gran desigualdad: hay más mujeres, más preparadas, pero trabajan muchas menos que hombres. Eso significa que 2 de cada 3 hombres en edad de trabajar (16-64 años) están empleados (68,02%, frente a sólo algo más de la mitad de las mujeres (57,12%), una tasa de empleo femenino muy inferior a la media europea (61,4%) y de Alemania (70,8% de mujeres trabajan). Y lo peor, a medida que las mujeres tienen más hijos, baja su tasa de ocupación hasta el 50% y menos.

Y no es sólo que haya 1.554.600 mujeres menos que hombres trabajando. Es que, además, se han beneficiado menos de la recuperación y el empleo creado: de los 1.863.200 nuevos empleos creados en España entre 2014 y 2017, 1.032.400 han sido para los hombres y sólo 830.800 para las mujeres. Y además, las mujeres se han llevado los empleos más precarios. Así, la tasa de empleo temporal es más alta entre las mujeres (27,7% del empleo total) que entre los hombres (25,8%). Y, sobre todo, en el empleo a tiempo parcial, por días o por horas: en los hombres es el 7,1% del empleo total y en las mujeres el 23,9%.

Además de tener menos empleo y más precario, las mujeres trabajan más en los sectores peor pagados, según el INE: administrativos, sanidad, comercio, hostelería, educación y actividades profesionales. Y menos en  los mejor pagados: finanzas, energía, construcción… Además, tienen peores puestos, menos categoría profesional: sólo un 31% son directivas y sólo hay un 19,5% de mujeres en los consejos de las 133 grandes empresas que cotizan en Bolsa (muy lejos del 30% de mujeres consejeras que recomienda la CNMC para 2020).

Aquí están las bases para la tercera gran discriminación de las mujeres, la brecha salarial: el salario medio bruto de las mujeres es de 20.051 euros anuales frente a 25.992 euros los hombres, un 22,86% menos, según la última encuesta salarial del INE (2015). Esta brecha es mucho mayor entre las mujeres que hacen trabajos administrativos (-34%), las que trabajan en inmobiliarias (-32,8%), en actividades profesionales (-30,5%), comercio (-28,1%) y sanidad (-27,3% de brecha salarial). Y supera la media en Cantabria, Asturias o Navarra (-28%), siendo inferior al 20% en Canarias, Baleares y Madrid.  Si nos comparamos con Europa, la brecha se mide en salario bruto por hora (un dato engañoso, porque las mujeres trabajan menos horas): las mujeres ganan un 14,2% menos en España (salario-hora 2016), frente al 16,2% menos en la UE-28, un -21,5% en Alemania, un- 21% en Gran Bretaña, un -17,5% en Portugal,   un     -15,2% en Francia o un -5,3% en Italia, una "brecha" salarial que se estancó en Europa en 2016, según publicó ayer Eurostat.

El problema no es que las mujeres que hacen un trabajo cobren  menos que los hombres que hacen el mismo trabajo. Eso sería más fácil de denunciar y corregir. El problema de la brecha salarial es la desigualdad laboral que hay detrás. Las mujeres cobran menos que los hombres por cuatro razones: tienen un contrato más precario, ya sea temporal (ganan un 43% menos que un indefinido) o a tiempo parcial (ganan un 62% menos que a jornada completa), cobran menos pluses (desde peligrosidad a nocturnidad o disponibilidad: un 44% de la brecha salarial es por estos pluses, según CCOO), trabajan en sectores peor pagados y con puestos de menos categoría y, por último, han tenido interrupciones en su carrera laboral, (para cuidar a hijos o padres) que les hace tener menos antigüedad. Así que hay que actuar sobre todas estas causas si se quiere reducir la brecha salarial.

Avancemos otro poco, hasta toparnos con las mujeres que no trabajan ni están inactivas sino que están paradas: 1.946.000 mujeres en paro a finales de 2017, según la EPA, 125.400 más que los hombres. Y una tasa de paro también superior: 18,35% de paro femenino frente al 14,97% de paro masculino, más del doble que en Europa (7,9% de paro femenino en UE-28) y seis veces el paro femenino de Alemania (3,2%). Y lo peor es que más de la mitad de las mujeres en paro (el 51,27%) llevan más de un año sin trabajo, como los hombres, a pesar que las mujeres paradas tienen más formación, según la EPA 2017.

Pero no es sólo que haya más mujeres paradas, la cuarta gran desigualdad. De los 3.476.528 parados registrados en las oficinas de empleo (enero 2018), 2.001.049 eran mujeres y 1.475.479 hombres. Pero a la hora de cobrar alguna ayuda, sólo la cobraban 1.000.280 mujeres paradas (la mitad) y 900.774 hombres (el 61%). Y al analizar ese subsidio, según los datos del SEPE, los hombres cobraban un subsidio de paro contributivo de 884,7 euros al mes y las mujeres 755,4 euros, otra “brecha” del 14,6% (cobran 1.551 euros menos de subsidio anual). Esto se debe a que las mujeres cotizan por sueldos peores y tienen carreras laborales más discontinuas, que reducen sus derechos al subsidio de desempleo.

Y lo mismo les pasa a las mujeres cuando se jubilan, la quinta gran desigualdad. Primero, porque, aunque en España haya más mujeres, hay menos mujeres pensionistas que hombres: 4.199.434 mujeres pensionistas frente a 4.498.646 hombres, básicamente porque tienen carreras laborales más cortas y con muchas interrupciones. Pero además, hay más mujeres pensionistas con pensiones bajas: de menos de 500 euros hay 575.951 pensionistas mujeres y 381.908 hombres. Y de menos de 650 euros al mes, hay 2.100.066 mujeres pensionistas (la mitad del total) y 1.020.720 hombres (el 22,7% del total de pensionistas hombres). Al final, la desigualdad se traduce en la pensión media, según los datos oficiales de la Seguridad Social (enero 2018): 1.147,98 euros al mes los hombres y 725,02 euros las mujeres, otra “brecha” del  -36,85%. Una brecha que es mayor en las pensiones de jubilación (-37,04%) y menor en las pensiones de viudedad (+26,1% reciben las mujeres).

Pero no hemos acabado, Las mujeres viven más años que los hombres (85,7 años frente a 80,1% de media, según el INE), con lo que sufren más la pérdida de poder adquisitivo de las pensiones. Y también, al vivir más, sufrirán más los recortes en las nuevas pensiones derivados del factor de sostenibilidad, que empezará a operar en enero de 2019. Y además, si el Gobierno Rajoy aprueba la ampliación del periodo de cálculo de las pensiones a toda la vida laboral, las que más sufrirán este cambio serán las mujeres.

Y hay otra discriminación más, la sexta, en las ayudas a la Dependencia, a los ancianos y discapacitados que no se valen por sí mismo. Actualmente, del total de beneficiarios, con ayudas muy insuficientes, dos tercios son mujeres (621.330 de 948.715 beneficiarios a finales de 2017). Y de los 310.951 dependientes que están en lista de espera, sin recibir una ayuda que tienen reconocida, unos 200.000 son mujeres. Y dos tercios de ellas tienen más de 80 años, con lo que muchas morirán sin recibir la ayuda (50 mueren cada día, según denuncian los Directores y Gerentes de Servicios Sociales). Mal hasta el final.

Y queda otra discriminación más, la séptima y quizás la más sangrante: la que sufren las mujeres en su propia casa. Los datos de Eurostat (2016) son impactantes. Primero, el 95% de las mujeres españolas (25-49 años) cuida y educa a los hijos diariamente (el 92% de media en la UE-28), frente al 68% de hombres (igual que en Europa, aunque en Suecia son el 90% y en Grecia el 53%). Segundo, el 84% de las mujeres españolas cocinan y hacen diariamente las tareas domésticas frente al 42% de hombres (en la UE-28 son el 34%, en Suecia el 56% y en Grecia el 16%). Y tercero, las mujeres en España trabajan una media de 26,5 horas a la semana en casa, frente a 14 horas los hombres, según el INE. Eso sí, la igualdad llega con los nietos: hombres y mujeres dedican 16 horas semanales (las mismas) a cuidarles.

Si ha llegado hasta aquí, habrá comprobado que la “brecha” entre hombres y mujeres en España es mucho más profunda que ellos ganen 5.941 euros más al año que ellas. Por eso, centrarse sólo en la brecha salarial puede ser una trampa”, un globo sonda para que no miremos el resto de la discriminación. Por supuesto que hay que luchar contra esa brecha salarial, pero no basta con una simple Ley, como la presentada en el Congreso por Podemos y apoyada por todos los grupos y la abstención del PP. Porque pagar menos a una mujer que a un hombre con el mismo puesto y categoría es ilegal en España desde 1980. El problema es que esa no es la discriminación que se da, como lo demuestra que la inspección de Trabajo sólo impone un 0,1% de todas sus sanciones “por discriminación salarial a las mujeres”. La discriminación es que las mujeres cobran menos porque tienen peores contratos, peores categorías y trabajan más en sectores peor pagados. Y todo esto se puede y se debe corregir, pero no basta con una Ley de igualdad salarial.

Si los políticos y los sindicatos (y las mujeres y hombres) quieren afrontar el problema, hay que ir al origen de las discriminaciones, desde la Universidad y el primer empleo a la jubilación. Hace falta un urgente Plan de empleo que aumente el empleo femenino y fomente los contratos fijos y a tiempo completo para la mujer, con ayudas fiscales y penalizando las cotizaciones de los contratos precarios. En paralelo, fomentar las guarderías públicas (España está a la cola de Europa, según este estudio de Funcas) y en los centros de trabajo, con horarios que permitan conciliar y un tratamiento fiscal que favorezca más a la familia en el IRPF. Y mejorar las ayudas a la Dependencia, para sustituir a las mujeres por cuidadores profesionales que las “liberen”. Además, urge un Plan para aumentar la cobertura a los parados sin subsidio (1 millón son mujeres), con ayudas y formación. En materia de pensiones, los sindicatos piden que el Gobierno Rajoy cumpla la Ley 27/2011 en materia de igualdad de oportunidades y que adopte las recomendaciones del Parlamento europeo (23 junio 2017) para corregir la” brecha de las pensiones”, así como las recomendaciones de la Comisión Europea (noviembre 2017) contra la brecha salarial.

Sólo cuando se haga todo esto tendrá sentido imponer auditorías salariales en las empresas, que serán inútiles mientras no se corrijan las causas que provocan la brecha salarial. Está claro que a las empresas hay que “obligarles” por Ley a corregir la brecha salarial, pero mientras la reforma laboral aprobada por Rajoy en 2012 les permita contratar mujeres por horas y por semanas, ahorrándose pluses y cotizaciones, lo seguirán haciendo: con la “brecha salarial” se ahorran 42.000 millones al año, según cálculos de UGT. Hay que legislar en muchos terrenos (laboral, fiscal, de Seguridad Social), pero también los sindicatos (controlados por hombres) deben cambiar su enfoque al negociar los convenios. Y los hombres, al volver a casa y compartir de verdad las tareas domésticas. Y al educar a los hijos en la igualdad de verdad, en casa y en colegios, porque todo apunta que los jóvenes van para atrás.

Vivimos en un mundo complejo donde triunfan las soluciones fáciles, alimentando el populismo. Pero hay que decirlo: la brecha salarial no se corrige con una simple Ley que obligue a las empresas a pagar lo mismo a hombres y mujeres. Hay que corregir las causas profundas de la desigualdad de la mujer, de la cuna a la tumba, y eso es un proceso largo y lento, que exige múltiples medidas en casi todos los ámbitos sociales. Hagamos un Plan global y empecemos a actuar, hombres y mujeres juntos, con Leyes, en las empresas, en la Administración, en la educación y en casa. Sólo así habrá mejoras reales en unas décadas. No hay “soluciones milagro”.

jueves, 25 de mayo de 2017

Un país de hogares solitarios


En 1 de cada 4 hogares españoles vive una persona sola: separados, divorciados, jóvenes y mayores que viven solos, la mitad “por obligación”. Son 4,6 millones de personas, 1 de cada 10 españoles, el triple de “solitarios” que hace 25 años. Pero España es uno de los paises donde viven menos personas solas: el 25,2% de hogares, frente al 31,8% en Europa o el 45% en Dinamarca. Y eso, porque en España, los jóvenes no tienen empleo ni ingresos para irse del hogar familiar y muchos mayores viven con sus hijos o en residencias en vez de solos como en la Europa del norte. Con todo, cada vez hay más españoles que viven solos y eso está cambiando el consumo, los alquileres, la sanidad y la asistencia social. El Gobierno debería tomar medidas para ayudar a los mayores que viven solos, 3 de cada 4 son mujeres con bajas pensiones de viudedad. Porque muchos ancianos están abandonados y la soledad les causa depresiones y enfermedades. Hay que atenderles mejor.


                                                                                            enrique ortega

Los hogares españoles están hoy mucho más vacíos que hace 25 años. Si en 1991 había una media de 3,2 personas por hogar, en 2001 había bajado a 2,9 y en 2016 son 2,5 personas de media por hogar, según la Encuesta continua de Hogares 2016 del INE. Ello se debe a que las parejas tienen ahora menos hijos (1 y como mucho 2) y  a que hay muchas más personas que viven solas: separados, divorciados, jóvenes y mayores. Así, de los 18.406.100 hogares registrados en España, un 25,2% son hogares unipersonales, donde vive una persona sola. En total, son 4.638.300 españoles “solitarios”, según el INE, 1 de cada 10 habitantes. Y su número se ha triplicado en los últimos 25 años, pasando de 1.581.055 personas que vivían solas en 1991 (el 13,3%) a 2.876.572 en 2001 (el 20,27%) y a los 4.638.300 (25,2%) de hoy. Con ello, los hogares unipersonales son hoy los segundos más frecuentes, tras los hogares con dos personas (30,5%) y por encima de los de tres personas (21%).

¿Quién vive solo en España hoy? De los 4.638.300 “solitarios” censados, 4 son mayores de 65 años (1.933.300) y los otros 6 son jóvenes y adultos no jubilados (2.705.100 personas). La mayoría son mujeres (2.476.700) y sólo el 46,6% son hombres (2.161.600). Por estado civil, destacan los “solitarios” solteros (45,8%), seguidos de los separados o divorciados (17%), casados (6%) y viudos (30,2%). Y por autonomías, las que tienen más hogares unipersonales son Cataluña (750.000), Andalucía (736.000), Madrid (655.000) y Comunidad Valenciana (517.000), aunque en porcentaje relativo, hay más hogares con gente sola en Asturias (29,7% de hogares unipersonales), Castilla y León (28,7%), La Rioja (28,5%), País Vasco (27,2%) y Aragón (27,1%), según la Encuesta continua de hogares 2016 del INE.

Aunque los hogares unipersonales se han triplicado desde 1991, España es todavía uno de los paises europeos donde hay menos gente que vive sola: hay un 25,2% de hogares unipersonales frente al 31,8% de estos hogares en Europa (UE-28), con lo que hay 18 paises con más “hogares solitarios” que España, según Eurostat. El ranking lo encabeza la Europa del norte: Dinamarca (45% de hogares unipersonales), Finlandia (40,8%), Noruega (40,6%), Alemania (40,5%), Suecia (39,9%) y Holanda (39,6%), seguidos de Austria (37%), Bélgica (34,3%), Francia (35,8%) o Italia (34,3%). Y entre los paises con menos “solitarios”, la Europa del sur y del Este: Chipre (20,8%), Portugal (21,4%), Irlanda (22%), Rumanía (22,1%), Hungría (22,8%), Malta (23,3%), Bulgaria (24,2%), Polonia (24,4%), España (24,6%) y Grecia (25,7%).

La causa de que en Europa haya más hogares donde sólo viva una persona es doble. Por un lado, los jóvenes europeos se emancipan antes que los españoles y viven por su cuenta en mayor medida que aquí. Y por otro, las relaciones entre padres e hijos son diferentes: en la Europa del sur hay más costumbre de que los hijos se hagan cargo de los padres y vivan con ellos, mientras en la Europa del norte hay más “independencia” intergeneracional. Baste un dato: en España, el 54,3% de los padres mayores de 65 años tienen contacto con los hijos todos los días, mientras en Europa sólo tienen este contacto diario el 37,8% de los padres jubilados (y en Dinamarca el 18,3%), según un estudio de Eurofound 2012.

Veamos con detalle los dos grupos de españoles que viven solos: los jóvenes y adultos no jubilados y los mayores de 65 años. Primero, los 2.705.100 “solitarios” menores de 65 años en 2016 (1.228.528 más que en 2001). La mayoría son hombres (1.595.800) y en los últimos años han crecido los que viven solos porque se han separado o divorciado, mientras se reducían los jóvenes que viven solos, por la crisis. De hecho, la edad media de los jóvenes para independizarse ha subido en España a 29,4 años, frente a 26,1 años de media en Europa, los 20,7 años de Suecia , los 23,7 de Alemania, los 23,8 años de Francia o los 24,9 años de Reino Unido, según datos de Eurostat (2016). Y hay un dato todavía más llamativo: en España, el 80,3% de los jóvenes de 19 a 29 años (5.233.406 jóvenes) sigue viviendo con sus padres frente al 70% de media en Europa, según el Observatorio del Instituto de la Juventud. Y si tomamos a jóvenes algo más mayores, entre 22 y 29 años, el 70% de los españoles viven con su familia, frente al 16% en Francia, un 21% en Alemania o un 30% en reino Unido, según un informe de la OCDE (2015).

¿Por qué los jóvenes españoles no se lanzan a vivir solos? Por su penosa situación económica. Primero, la tasa de paro juvenil (menores de 25 años) es en España del 40,5% (la segunda más alta tras el 48% de Grecia), más del doble del paro juvenil de la UE-28 (17,2%) y la zona euro (19,4%), según Eurostat. Y segundo, los jóvenes con empleo tienen un trabajo muy precario: el 73% de los jóvenes españoles (menores 25 años) tienen contratos temporales frente a un 43,8% de media en Europa (UE-28). Con ello, su incertidumbre laboral es muy alta y su salario muy bajo: un tercio de los jóvenes españoles de 16 a 29 años (casi 2,5 millones) son oficialmente “pobres”, ingresan menos del 60% de la media de ingresos española. O sea, ingresan menos de 8.209 euros netos anuales, según el INE. Así no hay forma de irse de casa y ponerse a vivir solo o en compañía y formar un hogar.

Veamos al otro grupo de los que viven solos, los mayores de 65 años: forman 4 de cada 10 hogares solitarios, según la Encuesta continua de Hogares 2016. Son 1.933.300 personas mayores que viven solas, 552.000 más que en 2001. Y de ese total de mayores solos, el 70% son mujeres mayores solas (y cuanto más mayores, más solas: el 21,4% de las que tienen entre 65 y 74 años viven solas y el 39,7% de las que tienen más de 85 años). En España, los mayores que viven solos suponen el 22,9% de todos los hogares de personas mayores (2016), un porcentaje que no ha dejado de crecer desde 1991 (hace 25 años, sólo el 16,6% de mayores españoles vivían solos). Con todo, esta proporción de “mayores solitarios” es también menor en España que en Europa: 24% en 2015 frente a 32,2% de mayores que viven solos en Europa, según Eurostat. Donde hay más mayores viviendo solos es en los países nórdicos y centro Europa: 40% del total en Dinamarca o Finlandia, 39% en Suecia, 38% en Francia, 34% en Alemania o 32% en Reino Unido. Y donde menos en la Europa del sur: 31% de mayores en Italia y 24% en Portugal, España o Grecia.

La explicación de que en España tengamos menos mayores que viven solos que Europa es múltiple. Por un lado, hay razones familiares y educativas: en la Europa del sur funcionan mejor las redes familiares y las hijas están más acostumbradas a cuidar a los padres en casa. Por otro lado, en el norte y centro de Europa existen más ayudas sociales para que los ancianos puedan vivir en su hogar, con asistencia externa. Y como contraposición, las pensiones españolas son muy bajas (el 47% son menores de 650 euros) y no permiten a muchos jubilados vivir solos, con lo que acaban aportándolas a sus hijos, también como forma de ayuda para salir adelante todos. Y en el caso de las mujeres, su pensión de viudedad es aún más exigua y les dificulta vivir solas: la pensión media de viudedad es de 645 euros al mes y hay 538.000 viudas (casi 1 de cada 4) que reciben menos de 400 euros de pensión al mes.

Con todo, 1.933.300 mayores de 65 años viviendo solos (el 22,9% de todos los mayores) son muchos mayores solitarios. Y esa abultada cifra, que crece año tras año, conlleva varias consecuencias económicas. La primera, cómo estos “mayores solitarios” consiguen sobrevivir y pagar con su exigua pensión la comida (17,4% de su gasto frente al 15% en el presupuesto de los menores de 65 años), los gastos de vivienda (39,9% frente al 31,8% el resto) y la salud (4,7% frente al 3,5%), ya que en lo demás gastan mucho menos: en ocio (10,2% frente a 15,1%), en vestir (3,8% frente al 5,1%) y en los demás bienes y servicios (24% frente al 29,5%), según la Encuesta de presupuestos familiares del INE. Con la crisis, muchos mayores solitarios se han encontrado con que no pueden pagar la luz o la calefacción y están a la cabeza de la pobreza energética.

Otro elemento clave del aumento de mayores que viven solos es su atención sanitaria y social, para evitar que su salud se deteriore o se mueran solos, como se informa con demasiada frecuencia. Debería existir un Plan de choque de la sanidad pública para tener censados a estos mayores que viven solos y asegurarles una asistencia sanitaria y social frecuente, con la ayuda de la teleasistencia. De hecho, la soledad es un grave problema que acaba teniendo efecto sobre la salud de los mayores, provocando en un 10% de los casos depresiones y enfermedades, según los expertos.

El aumento de los hogares donde vive una sola persona, sea mayor, joven o de mediana edad, está revolucionando el consumo y lo va a modificar mucho más, desde la presentación de los alimentos (no es lo mismo comprar para uno que para cinco) a los servicios (lavadora para uno). Y va a aumentar la oferta de servicios comunes para personas solas, desde comedores a lavanderías. Y lo mismo en la vivienda: promotores y constructores tendrán que pensar cada vez más en pisos-estudio para jóvenes, adultos y mayores que viven solos y a los que no compensa comprar o alquilar una casa de varias habitaciones.

En paralelo, el Gobierno debería actuar en dos frentes, a la vista de los datos de españoles que viven solos. Por un lado, fomentando que los jóvenes puedan emanciparse y vivir solos (o formar familias) como en Europa. Eso pasa por mejorar la formación y educación de los jóvenes (somos un país líder en abandono escolar: el 19% de los jóvenes de 18 a 24 años, frente al 10,7% de media en Europa), para que estén mejor preparados para trabajar en lo que se demanda, ampliando la Formación Profesional, los contratos en práctica y la contratación estable de jóvenes, menos precarizados y mejor pagados.

Por otro, hay que tratar de apoyar más desde el Estado a los mayores que viven solos. Primero, reforzando su asistencia social y sanitaria, con un servicio de visitas frecuentes al domicilio y teleasistencia, que prevengan enfermedades y depresiones. Segundo, fomentando servicios comunes y desarrollando proyectos como los  pisos tutelados y viviendas compartidas iniciados en Madrid. Tercero, promoviendo ayudas para el acogimiento familiar de los mayores y co-financiando cuidadores a domicilio, una fuente de trabajo y residencia para jóvenes. Y por supuesto, trasvasando los ancianos más vulnerables de sus viviendas a residencias de mayores, lo que exige aumentar las plazas disponibles y, sobre todo, redistribuirlas mejor porque hay regiones con poquísimas residencias para ancianos (2,22 por 100 habitantes mayores de 65 años en Canarias, 2,91 en Valencia, 2,95 en Andalucía, 3,06 por 100 en Galicia) y otras mejor dotadas (7,43 plazas por 100 mayores en Castilla y León, 7,09 en Castilla la Mancha,6,38 en Aragón ó  5,16 por 100 en Navarra).

Al final, de los 4.638.300 españoles que viven solos, algo más de la mitad (59,4%) lo hacen por voluntad propia, pero casi la mitad (40,6%) se ven obligados a ser “solitarios” , según una encuesta de la Fundación Once (2015). Y la mayoría de estos “solitarios obligados”  son ancianos que se han quedado solos, el 70% de ellos mujeres. Aquí es donde deberían centrarse las ayudas públicas, para mejorar su vida y sus últimos años. Si es posible en su casa, mejor, pero reduciendo riesgos y problemas. Y si no, evitando que malvivan solos, facilitando su atención familiar o en una residencia. Es lo menos que merecen.