El Gobierno aprobó el 3 de diciembre la Estrategia de Salud Mental 2022-2026, la primera en los últimos 12 años, tras apoyarla las autonomías por
unanimidad. La pandemia ha agravado la
salud mental de los españoles (sobre todo de niños y adolescentes), pero ya era mala antes: somos el 2º
país UE (tras Portugal) con más problemas mentales y cada día se suicidan más
de 10 españoles. En los Centros de salud, 1
de cada 4 consultas tienen relación con problemas psicológicos pero faltan especialistas (tenemos la mitad
de psiquiatras y un tercio de psicólogos que Europa), camas de hospital y centros especializados, por lo que a muchos
pacientes sólo les queda atiborrarse de
tranquilizantes y antidepresivos. Ahora aumentarán
los profesionales y recursos, con un teléfono 24 horas para suicidas. Es un
paso, pero los expertos lo ven insuficiente, porque la salud mental es el gran reto sanitario
del siglo XXI, según la OMS, con altos costes humanos y económicos. Sin salud mental no hay salud.  |
| Enrique Ortega |
La pandemia ha tenido unos costes “visibles” (5.400.000 españoles contagiados, 442.000 hospitalizados y 88.619 muertos oficiales) y otros costes “menos visibles”: pérdida de empleos e ingresos, cambios
drásticos en nuestra forma de vida, angustia,
temor y depresión. España ha
sido el
tercer país de la Unión Europea
donde la pandemia ha tenido un mayor
impacto negativo en su salud mental: ha afectado negativamente al 61% de la
población, sólo menos que en Reino Unido (65%) e Italia (62%), más que en
Polonia (60%), Francia (57%), Dinamarca (51%) o Alemania (44%) y bastante más
que la media europea (ha afectado negativamente a la salud mental del 40% de
europeos), según el reciente informe “Headway
2023. Mental Health Index”.
La revista científica The
Lancet ha estimado que la pandemia ha causado ansiedad y depresión a 129 millones de
personas en el mundo,
especialmente a las mujeres y a los jóvenes. Y la
OCDE estima que la pandemia ha agravado la salud mental (empeorando la
depresión y la ansiedad) en todos los paises, en especial en Corea, México,
Australia, Estados Unidos y Grecia, con una prevalencia del 21% de la población
afectada en España, por debajo de la media de la OCDE (22%), Francia y Reino
Unido (21%) o Estados Unidos (25%).
Los propios españoles, en la última
Encuesta del CIS (2021), reconocen que han sentido tristeza o ansiedad con la pandemia (el
50%), que muchos han acudido a un
psicólogo o psiquiatra (el 64%, la mayoría a la sanidad privada) y
bastantes han recibido tratamiento
farmacológico (el 5,8% de los encuestados: el 58,7% recibieron ansiolíticos
y el 41,3% restante antidepresivos). El mayor deterioro de la salud mental se
ha dado en niños y jóvenes, por el aislamiento y el recorte de interacción
social: los trastornos mentales se han triplicado (del 1,1 al 4%) en los niños de 4 a 14 años, según un reciente
informe de Save the Children. Lo mismo los trastornos de conducta (del 2,5%
al 7%). También añaden que un 3% de niños y adolescentes han tenido “pensamientos
suicidas”. Y destacan que estos problemas mentales son 4 veces mayores en niños y adolescentes
de familias con bajos ingresos o en paro.
Pero los problemas
mentales ya estaban ahí, muy presentes, antes de la pandemia, que
los ha agravado. Así, en 2019, 84 millones de europeos (el 16,6%, 1 de
cada 6 personas), sufrían trastornos
mentales, según el informe “Headway
2023. Mental Health Index”. Y coloca a España como el 2º país europeo con más “prevalencia (%) de “desórdenes mentales”, 20.000
de cada 100.000 personas (20%), sólo por detrás de Portugal (21%) y por encima
de Grecia (19%), Paises Bajos (18,5%), Francia (18%), Italia (17%) y Alemania
(15%). Esta prevalencia varía del 18% de media en el norte de Europa al 15% en
el Este.
Frente a estos recientes datos europeos (de 2019), en España
sólo tenemos los datos de la última Encuesta de salud mental (ENSE) 2017,
hecha por Sanidad. Ahí ya se reflejan unos datos preocupantes, que la pandemia
ha agravado: 1 de cada 10 adultos
españoles tienen problemas de salud mental, más las mujeres (14,1%) que los
hombres (7,2%). El porcentaje es más alto en Murcia (30,8% de población con
problemas) y menos en Extremadura (8,6%). La mitad sufren ansiedad crónica y la
otra mitad depresión (en ambas enfermedades, las mujeres las sufren el
doble que los hombres). La consecuencia es que el 3,8% de la población española (1,8 millones de personas) tiene dificultades para realizar sus actividades cotidianas
por problemas de salud mental, el 10,7%
(5 millones) consumen ansiolíticos y
otro 5,6% (2,65 millones de
personas) consumen antidepresivos,
más en Galicia y Asturias y menos en Cantabria, Ceuta y Melilla.
Otro dato llamativo es que más de 1 de cada 4 consultas (el 27,4%) en atención primaria (Centros de
Salud) tienen ya relación con problemas
psicológicos, aunque la falta de medios y de personal especializado impide
atenderles correctamente y sólo el 10% se deriva a departamentos de
salud mental: la mayoría de las consultas se resuelven con una receta
de fármacos contra la ansiedad y la depresión. Y las listas de espera de especialistas
son enormes, lo que obliga a muchos enfermos con problemas graves a acudir a
urgencias, aunque existen pocas unidades de atención mental en los hospitales y
pocos centros de atención especializada. Por ello, la mayoría de pacientes con
estas patologías acaban en la sanidad
privada. Y eso crea una enorme brecha en la salud
mental: los pacientes con recursos acaban tratándose y los que no los tienen (que además suelen
tener más problemas mentales) están desatendidos.
La sanidad pública
española tiene un grave déficit de
recursos en materia de atención mental. Y eso se explica porque la destinan pocos medios. De hecho, España destina sólo el 5% del gasto
sanitario total a la atención mental, frente al 5,5% de media en Europa,
pero muy lejos del 11,3% que se
destina en Alemania, el 10% en
Suecia, el 9% en reino Unido, el 8,8% en Paises Bajos o el 8% en Francia,
aunque Portugal destina el 5,2%, Italia el 3,5% y Grecia el 4,4%, según el
reciente informe “Presente
y futuro de la salud mental en España”, presentado en octubre. Y además de
ser menor el gasto en salud mental, está desigualmente repartido por
autonomías.
Otro grave problema de la atención mental en España es la falta de profesionales y medios. Tenemos
una media de 30 profesionales de salud
mental por 100.000 habitantes, la 2ª tasa más baja de Europa tras
Bulgaria, muy lejos de Holanda (260 profesionales por 100.000
habitantes), Dinamarca (240), Finlandia (190), Francia (175), Alemania (140) e
Italia (50). Y eso se debe a que tenemos menos
psiquiatras, psicólogos o enfermeras de atención mental. En psiquiatras, España es el 2º país con menos profesionales de
Europa (10,9 por 100.000
habitantes), tras Bulgaria (10,3), muy lejos de los psiquiatras que hay en
Alemania (27,4 por 100.000 habitantes), Grecia (25,8), Paises Bajos (24,1),
Finlandia (23,6), Suecia (23,5), Francia (22,9), Dinamarca (18,9), Italia
(17,1) o Portugal (13,4 por 100.000 habitantes), según
Eurostat (datos 2018). Y somos el único país donde no existe la especialidad de psiquiatra infantil. En psicólogos, España no llega a 5 por
100.000 habitantes, frente a 18 de media en la UE y 26 en la OCDE (faltarían
7.200 para llagar al estándar europeo). Y en enfermeras de atención mental, tenemos 1,96 por 100.000 habitantes
frente a 152 en Dinamarca.
Pero el déficit es aún más flagrante en la atención hospitalaria, donde tenemos sólo 40 camas por 100.000 habitantes
frente a 70 de media en la OCDE, 140
en Bélgica, 130 en Alemania, 80 en
Francia, 260 en Japón, 130 en Corea y sólo 10 en Italia o 25 en Estados
Unidos. Eso implica que sólo hay unidades especializadas de hospitalización en
algunos grandes hospitales españoles y un número muy escaso de centros de salud
mental, una asignatura pendiente de España desde los siniestros “manicomios”.
Con este escaso gasto
y los pocos medios humanos y materiales, España tiene una salud
mental con peor calidad que la media europea, según
el índice
Headway 2023 de calidad de salud mental: tenemos una nota de 4,3,
frente al 4,8 de media en la UE-27, el 10 (sobre 10) de Paises Bajos, el 8,3 de
Irlanda y el 7,7 de Italia o Dinamarca. Sorprende la baja nota de Francia (4
puntos) y Alemania (4,1), estando a la cola Grecia (1,7) y los paises del Este.
La deficiente
atención a la salud mental, en todo el mundo y en España, tiene un
alto coste humano, social y económico, según denuncia reiteradamente la
Organización Mundial de la Salud (OMS). Sólo en Europa, se producen 165.000 muertes anuales por problemas mentales,
el 3,7% de todas las muertes, según el informe
“Headway
2023. Mental Health Index”. En el ranking de muertes anuales por desordenes
y enfermedades mentales, destaca la alta
mortalidad de la Europa del centro y norte: Reino Unido (91,5 muertes
por 100.000 habitantes), Paises Bajos (86,8), Dinamarca (71,5), Suecia (64,8), Irlanda (60,4),
Alemania (58,5), Luxemburgo (50,1),
Bélgica (48,7) y Finlandia (43,8), todos por delante de España (40,8 muertos por 100.000 habitantes), la
media europea (36,9), Portugal (36,2), Francia (34,8) Italia (31,2) y Grecia
(13,7 muertos por 100.000 habitantes).
La causa principal de muerte por problemas mentales es el suicidio, una lacra en todo el
mundo: se producen 700.000 muertes por suicidio al año, según la OMS,
quien alerta de que hay 20 intentos por cada muerte consumada. En Europa se producen unos 60.000
suicidios al año, siendo ya la 6ª causa de muerte en los menores de 70 años
y la 4ª entre los jóvenes. Eso da una media de 11,7 muertes por suicidio en Europa por 100.000 habitantes, según
Eurostat (2019), destacando en el
ranking los paises bálticos (26 muertes por 100.000), Eslovaquia y Hungría,
seguidos por Bélgica (15,4), Finlandia (15), Francia y Suecia (12,1), Paises
Bajos (11,2), Alemania (10,5), Portugal (9,6), Reino Unido y España (7,5
suicidios por 100.000 habitantes en 2019), quedando lejos Italia (5,9) y Grecia
(4,5).
España es de los paises europeos con menos suicidios,
pero la cifra es muy preocupante: 3.941 muertes por suicido en
2020, 270 más que antes de la pandemia (3.671 en 2019). Es la cifra más
alta de suicidios de la historia, más del doble de los 1.652 suicidios que se
contabilizaron en 1980. Y desde hace 12 años, es la primera causa de muerte no
natural, duplicando las cifras de los accidentes de tráfico. El 40% de
los suicidios se producen entre los 40 y los 60 años, pero el año pasado se suicidaron 14 menores de 14 años y 48 adolescentes de 15 a 19 años. Lo peor
es que esta estadística
oficial (INE) no recoge todas los suicidios, porque los expertos estiman
que algunos se camuflan para evitar la
estigmatización del muerto y su familia. Además, estiman que se producen
80.000 tentativas de suicidio al año y que hasta
2 millones de españoles “han pensado en
el suicidio alguna vez”.
El coste de la salud mental no es sólo en
vidas, sino que tiene elevados
costes económicos, derivados del coste de la atención sanitaria a los
enfermos (aunque sea bajo, aumenta el déficit de la sanidad) y, sobre todo, los
costes de las bajas laborales y las incapacidades, así como el deterioro de la
productividad en las empresas y las economías. De hecho, la depresión es ya la 3ª causa de discapacidad
laboral en el mundo y será la 1ª en 2030, según
vaticina la OMS, que estima los
costes de la mala salud mental en el 4,2% de la economía mundial (PIB). En Europa,
los expertos estiman
el gasto en el 4% del PIB
europeo (600.000 millones de euros), entre el mayor gasto sanitario (190.000
millones), los gastos en programas sociales vinculados (170.000 millones) y los
gastos por discapacidad y menor productividad (240.000 millones). España es el 8º país europeo con más
costes por la salud mental: el 4,1%
del PIB (unos 50.000 millones de euros anuales), por detrás del coste en
Dinamarca y Finlandia (5,2% PIB), Holanda (5,1%), Bélgica (5%), Suecia o
Alemania (4,9%) y Austria (4,2% del PIB), según el informe “Headway
2023. Mental Health Index”.
Todas estas vidas
perdidas y estos altísimos costes podrían reducirse con unas mejores políticas de atención a la salud
mental, según la OMS, que considera la
salud mental como el
mayor reto sanitario del mundo en el siglo XXI. En España, la atención mental lleva décadas desatendida y la pandemia ha
sido un aldabonazo, una llamada de atención sobre
la gravedad de la situación. La alerta
llegó incluso al Congreso, de
la mano del diputado Íñigo Errejón
(Más Madrid), que pidió, el 17 de marzo de 2021, un Plan de Salud Mental (ganándose el grito
“¡Vete al médico!”, del diputado del PP Carmelo Romero…).
Unos meses después, el 9 de octubre, el presidente Sánchez recogió el guante y
convocó en la Moncloa a los expertos y profesionales en salud mental para
informarles de un “Plan
de choque Salud Mental y COVID 2021-2024”, al que se destinan 100
millones de gasto, anunciando medidas como
la creación de un Teléfono 24 h
para el suicidio (en 2022) y la incorporación a las especialidades médicas
de la Psiquiatría infantil y adolescente.
Dos meses después, el 3 de diciembre, el Consejo de
Ministros ha aprobado la nueva Estrategia de
Salud Mental 2022-2026, que es la primera en 12 años (la anterior se
aprobó en 2009 y no se renovó en 2013), un Plan a medio plazo que el día
anterior aprobaron por unanimidad las autonomías, que tendrán que
financiarlo y gestionarlo. La nueva Estrategia de Salud mental tiene 10 líneas de
actuación, entre las que destacan la atención especial a la
infancia y adolescencia, el enfoque de género,
la prevención y detección precoz de los trastornos mentales, la
recuperación de los enfermos en el ámbito familiar y comunitario, la mayor
coordinación entre instituciones y profesionales y el apoyo a la formación e
investigación. Y en paralelo, se
obliga a las empresas a que
integren en sus planes de prevención la salud mental de sus trabajadores.
La mayoría de los expertos y profesionales en salud mental
creen que la Estrategia aprobada es “un
avance”, un punto de partida,
pero “insuficiente
y poco ambicioso”, porque no fija objetivos
medibles ni asegura la financiación
necesaria. Y sin más fondos,
profesionales y medios, cualquier
estrategia de salud mental será poco eficaz.
Así que ahora falta, en cada Presupuesto, destinar recursos sanitarios a
contratar profesionales y a aumentar camas y centros de atención mental, para
reducir el déficit de medios que tenemos con Europa. Y no sólo el Gobierno central: la
clave está en las autonomías,
que son las que financian y gestionan la sanidad y también la salud mental.
Urge que tengan una financiación
suficiente y que se acuerde un catálogo de servicios mínimos homogéneo,
para que la atención mental no dependa de
donde uno vive. Retos que hay que afrontar con acuerdos y decisión política, escuchando a los profesionales. Sin salud mental no hay salud.