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jueves, 8 de diciembre de 2016

Cambio climático avanza, las soluciones no


Se cumple ahora un año de la Cumbre de París, que unió a 195 paises contra el Cambio climático. Pero apenas se ha avanzado y la reciente Cumbre de Marrakech no ha concretado los recortes de emisiones ni las aportaciones al Fondo Verde del clima. Mientras, las emisiones de CO2 han superado las 400 partículas por millón, por primera vez en el Planeta. Y 2016 será el año más caluroso de la historia, con récord de sequías, inundaciones y huracanes. El Cambio climático avanza inexorable, mientras el triunfo de Trump hace temer un retroceso en la lucha contra las emisiones y Europa aumentó sus emisiones de CO2 en 2015, como España (2014 y 2015). Urge que los líderes mundiales aceleren la lucha contra el Cambio climático. Y en España, pactar una Ley de Cambio Climático, para huir del petróleo, carbón y gas, apostando por las renovables, con 10.000 millones de inversiones anuales, que saldrán de impuestos verdes y tarifas extras que paguen empresas y consumidores. Nos jugamos el futuro y el Planeta.
enrique ortega

El Cambio climático avanza imparable y los datos de los científicos así lo atestiguan. El año 2016 será el más caluroso de la historia, tras haberse batido en este siglo XXI 16 de los 17 récords de temperatura del Planeta. Y la temperatura media ha subido ya 1,2º C sobre los niveles pre-industriales, según se informó en noviembre en la Cumbre del clima de Marrakech. Estas altas temperaturas han provocado una reducción de la capa de hielo y el deshielo de glaciares, que se ha traducido en una subida en el nivel del mar de 3 milímetros por año desde 1993 (el doble que la media del siglo XX). Y en paralelo, el mundo asiste en los últimos años a episodios climáticos extremos, desde sequías extremas (Australia, Brasil, África y sureste de EEUU) a olas de frío, inundaciones, ciclones tropicales y huracanes, con enormes pérdidas humanas, de cosechas y económicas. Y los científicos alertan de que estos cambios climáticos están provocando alteraciones genéticas en animales y plantas.

Todo esto no sucede por casualidad. Según los científicos, el Cambio Climático es culpa en un 95% de la actividad del hombre (consumo de energía, transporte, industrias, edificios, agricultura…), que se traduce en un aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera, que actúan como un paraguas que evita la salida del calor al espacio exterior, recalentando el Planeta. Y el 60% de esas emisiones las provoca el CO2, que acaba de batir su récord: superar las 400 partículas por millón (ppm), algo nunca visto en la historia del Planeta, según anunció en octubre la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Y eso a pesar de que el mundo lleva tres años con las emisiones de CO2 estancadas, con un mínimo crecimiento en 2014 (+0,7%), 2015 (+0,06) y 2016 (+0,2). Pero han sido muchos años de emitir CO2 a mansalva y el gas se queda ahí durante milenios y más en los océanos.

Los científicos advierten que no basta con frenar el aumento de emisiones de gases de efecto invernadero (60% CO2, 20% metano, 6% NO2 y 14% clorofluocarbonados del aire acondicionado y sprays): el mundo tiene que reducir estas emisiones, entre un 40 y un 70% para 2050, y después dejarlas en cero o negativo para 2100, según el 5º Informe de Evaluación del IPCC, un grupo de 830 expertos internacionales creado por la ONU. Sólo así se podría evitar que la temperatura suba más de 2 ºC (sobre la era pre-industrial) a finales de siglo, la barrera donde está “la alerta roja”. Y advierten que si no se rebajan drásticamente las emisiones de gases, la temperatura de la Tierra subirá entre 3,7 y 4,8 grados en 2100. Y eso podría provocar el deshielo de los casquetes polares y un aumento del nivel del mar de 82 centímetros, además de acidificación de las aguas, daños en los ecosistemas, aumento de los desastres naturales, malas cosechas, hambre y desnutrición, con una dramática secuela de “refugiados climáticos” (1.000 millones de personas, según ACNUR). Al final, el Cambio climático se traduciría en muertes y pérdidas inconmensurables.

Este negro panorama consiguió por fin, en diciembre de 2015, que 195 paises firmaran el histórico Acuerdo del Clima de París, con un objetivo claro: recortar las emisiones de CO2  entre el  20% y el 30% para 2030, para que la temperatura sólo subiera entre 1,5 y 2ºC a finales de siglo. Y en paralelo, la promesa de crear un Fondo verde de 100.000 millones de dólares anuales para ayudar a los paises más pobres a reconvertir su energía y paliar los daños del Cambio Climático. El Acuerdo de País era limitado (porque los recortes eran “voluntarios”, no obligatorios ni vinculantes para los países) e insuficiente: científicos del IPCC (ONU) han señalado recientemente que con los recortes “prometidos” en París por 189 países, todavía la temperatura subiría de 2,9 a 3,4 grados a fin de siglo, por encima de los 1,5-2ºC de objetivo. Pero era un punto de partida, que daba esperanzas porque era la primera vez que todos los paises del mundo acordaban hacer algo unidos, dado que  el acuerdo vigente ahora para reducir las emisiones, el Protocolo de Kioto (firmado en 1997 y que entró en vigor en 2005), sólo lo aprobaron Europa y 10 pequeños paises más, no EEUU, China, Japón, Rusia o China, cinco de los seis mayores emisores de CO2 del mundo.

El Acuerdo del Clima de París no ha entrado en vigor hasta casi un año después, el 4 de noviembre, tras ratificarlo en octubre Europa e India y conseguirse así el quorum de la mayoría, al haberlo ratificado en septiembre EEUU y China. Y en la Cumbre del Clima de  Marrakech de noviembre, se ha avanzado poco, quedando para 2017 dos cuestiones clave. Una, como serán los mecanismos de control de las emisiones país a país, para vigilar que cumplan los compromisos, sobre todo los que más contaminan: China (29% emisiones mundiales de CO2), EEUU (15%), Europa (10%), India (6,3%) y Japón (3,8%). Y dos, cómo se reparten los países ricos las aportaciones al Fondo verde de 100.000 millones de dólares anuales (a partir de 2020) para ayudar a los paises pobres a luchar contra el Cambio climático. Además, recordemos que el Acuerdo del Clima sólo empieza a funcionar en 2020, con recortes acordados hasta 2025, y que será entonces cuando haya que hablar de mayores recortes para después. Así que, entre 2016 a 2019, serán cuatro años medio perdidos.

Pero la mayor incertidumbre sobre el Acuerdo de París y el futuro del Clima es la victoria de Donald Trump en EEUU. El nuevo presidente niega el Cambio Climático (“es un cuento”, ha dicho) y durante la campaña electoral prometió cancelar la firma del Acuerdo de París y no pagar lo prometido al Fondo verde del Clima (Obama comprometió 3.000 millones de dólares para 2020, de los que ya depositó 500 millones en marzo de 2016). Y además, Trump es un firme defensor de la industria petrolera, el fracking, el carbón y el gas, amenazando también con aprobar el polémico oleoducto Keystone (de Canadá al Golfo de México) que no autorizó Obama.

Pero hay otras incertidumbres, en Europa, que tiene en 2017 elecciones decisivas en Francia, Alemania, Holanda y Austria (quizás también en Italia). Y en muchos paises, los partidos populistas y la extrema derecha atacan las políticas contra el Cambio climático, porque creen que perjudican a la industria y al empleo. Es lo que acaba de pasar en Alemania, cuya ministra de medio Ambiente ha ido a la Cumbre de Marrakech con un compromiso medioambiental que rebaja sus pretensiones anteriores, por presiones empresariales y sindicales: prometen ahora rebajar las emisiones de CO2 de la industria en un 20% para 2030 (sobre 2014), cuando anteriormente habían hablado de recortes del 30%. Y esto es más preocupante porque Europa es la zona líder en la lucha contra el Cambio climático, habiéndose comprometido en París a recortar sus emisiones un 40% para 2030 (EEUU, China y la mayoría prometieron recortar menos del 30%) y un 80/95% para 2050.

De entrada, ya es preocupante que Europa haya aumentado sus emisiones de CO2 en 2015, por primera vez desde antes de la crisis: un +0,7%, según los datos de Eurostat. Y han sido 16 de los 28 paises europeos los que aumentaron sus emisiones el año pasado, todos los grandes salvo Alemania (+0%). Entre ellos, España, con un aumento de emisiones del 2,3%, que las últimas estimaciones del Gobierno enviadas a Bruselas suben a un +3,2%. Un aumento de emisiones de CO2 que se suma al de 2014, un +0,5%, aumento que sólo tuvieron en 2014 otros tres paises europeos (Bulgaria, Chipre y Malta). Y lo peor es que España es el único país europeo que ha aumentado sus emisiones en las dos últimas décadas: un +15% de emisión de CO2 entre 1999 y 2014, cuando toda Europa (UE-28) redujo sus emisiones un -24,4% en esos quince años, según la AIE. Eso nos coloca en una peor posición para cumplir con los compromisos europeos en la Cumbre de París: si España tiene que reducir sus emisiones (en el reparto interno que ha hecho Bruselas) un -26% para 2030 (sobre las de 1999), es un esfuerzo mucho mayor si partimos ahora de un aumento del 15%. Supone tener que recortar en realidad un 41%, frente a sólo un recorte real del 5,6% la mayoría (para cumplir el 30% de recorte para 2030 prometido por Europa en París).

España tiene peor cumplir con los objetivos de la Cumbre de París porque lleva varios años, los del Gobierno Rajoy, apostando por un alto consumo de petróleo, gas y, sobre todo de carbón. En 2015, España aumentó un 23,9% sus importaciones de carbón, mientras el mundo las reducía un 1,8%. Y eso porque las eléctricas se dedicaron a comprar a mansalva carbón y gas de importación, aprovechando la caída de precios por un menor consumo de China y EEUU. El resultado es que el carbón fue la segunda fuente productora de electricidad (20,3%), sólo por detrás de la nuclear (21,8%) y muy por delante de la energía eólica (19%) e hidráulica (15,9%). Y aunque este año 2016, el peso del carbón ha bajado (produce el 12,6% de la luz), el nuevo Gobierno Rajoy ha dicho que no contempla cerrar centrales de carbón, aunque haya 6 entre las 10 industrias españolas que emiten más CO2. Y tampoco se reduce el parque de centrales térmicas de fuel y de gas (que emite CO2, aunque la mitad que el carbón).

Cara al futuro, la ONU y la OCDE han reiterado la necesidad de que la economía mundial fije como una de sus prioridades la lucha contra el cambio climático, proponiendo distintas medidas. Una, la supresión de las subvenciones públicas a las energías fósiles (petróleo, carbón y gas): en 2015, los Gobiernos del mundo pagaron (nosotros) 303.000 millones de euros de ayudas a estas energías emisoras de CO2, el doble que a las energías renovables (150.000 millones), según la Agencia Internacional de la Energía (AEI). Otra propuesta es que las industrias muy contaminantes (ver 90 del mundo que más emiten) paguen más por sus emisiones, encareciendo la compra de derechos de CO2 (las térmicas de carbón españolas, por ejemplo, sólo pagan 6 euros por Tm de CO2 que emiten: les sale barato). Una tercera, reconvertir energéticamente las industrias y el sector petrolero, que tendrá que medio quebrar si deja bajo tierra un tercio de las reservas de crudo y el 80% del carbón y el gas, como exigen los científicos para cumplir los objetivos de París). Y sobre todo, invertir en energías limpias y reconvertir la energía, las industrias, el transporte, la edificación, la alimentación y el consumo, los grandes emisores de CO2 en el mundo.

En España, la prioridad es aprobar en 2017 una Ley contra el Cambio Climático, pactada y con recursos. Porque tendremos que invertir muchísimo para recortar drásticamente nuestras emisiones: entre 330.000 y 385.000 millones de euros  de aquí a 2050, unos 10.000 millones al año, según un estudio de la consultora Deloitte. La mayoría (65%) en el sector eléctrico, en huir del petróleo, el carbón y el gas y promover las renovables, lo que permitiría bajar el coste de la luz un 42% a mitad del siglo, según el estudio. Otra inversión importante debe ir al transporte, para recortar el peso de los camiones (95% transporte) y aumentar el tren y el barco, sin olvidar promover el coche eléctrico. Y también reconvertir el consumo energético de la industria y nuestras casas, así como los cultivos y la ganadería, con menos consumo de carne.


Al final, el mayor problema es un cambio de "mentalidad" de políticos, empresas y ciudadanos, dejar de ser todos "adictos al petróleo y al consumo de energía". Y también buscar de dónde sale el dinero que hará falta, que sólo puede venir de impuestos medioambientales, de las empresas y de las tarifas que pagamos como consumidores. Energía, transportes y productos más limpios serán también más caros, al menos al principio. Pero lo que sería mucho más caro es cargarse la economía y el Planeta. Seguro.

miércoles, 20 de febrero de 2013

En busca de la industria perdida


Esta crisis que nos asfixia es fruto del estallido de dos burbujas: una internacional, la burbuja financiera con epicentro en EEUU  y otra española, la burbuja del ladrillo. Mientras el mundo se recupera (lentamente) de la primera, España no busca un nuevo modelo de crecimiento, que sea una alternativa a la construcción. Salir de la crisis pasa por reanimar la industria, la gran pagana del “milagro español” de los últimos 25 años: pasó de ser el 23% de la economía al 12%. Hay que recuperar la industria perdida, porque es la base de la riqueza y el empleo, como demuestran Alemania y el País Vasco, con más industria que el resto. Eso obliga a gastar más en formación y tecnología, dar más créditos y ayudas a industrias con futuro, promover  empresas más grandes y apostar por el diseño y la calidad. Cambiar el ladrillo por la industria y la tecnología, los motores para salir de la crisis.
enrique ortega

En los últimos 25 años (1985-2010), España ha duplicado su producción, gracias a una fuerte inversión en vivienda e infraestructuras, que hemos pagado con una enorme deuda que todavía nos ahoga (2,8 billones, de los que aún debemos casi un billón). Los motores del “milagro español” han sido la vivienda (35% de la inversión) y las infraestructuras (30%), que explican por sí solas más de la mitad del crecimiento, repartiéndose el resto a medias entre el comercio y la hostelería y los servicios públicos (Estado del Bienestar). Un crecimiento apoyado en el cemento, el ladrillo y los servicios que ha marginado a la industria, hundida en el proceso: pasó de aportar el 23% del crecimiento en 1985 al 12,3% en 2010, según el interesante libro sobre nuestro modelo de crecimiento escrito por tres economistas de CCOO (descargar gratis aquí).

La industria fue, con el turismo, la protagonista del anterior milagro español, el desarrollismo de sesenta, empujada por grandes empresas públicas de automoción (SEAT), siderurgia (ENSIDESA), naval (Astilleros), defensa (Bazán, Santa Bárbara), electricidad (ENDESA), energía (INH-Repsol), aluminio (ENDASA), celulosa (ENCE), fertilizantes(ENFERSA) o turismo (ENTURSA),englobadas en el INI. En 1970, la industria representaba un 40% de la economía. Pero llegaron las crisis energéticas de 1973 y 1979 y el gigantismo industrial del franquismo hizo aguas, obligando a una dolorosa  reconversión industrial a partir de 1983. Y después, su protagonista, el ministro Solchaga, ya en Economía, puso en marcha un modelo de desarrollo especulativo (“España es el país donde más dinero se puede ganar a corto plazo”, dijo en febrero de 1.988) que sentó las bases de una economía apoyada en el cemento (infraestructuras públicas), el ladrillo y las finanzas. Y la industria cayó a la mitad, aportando sólo el 23 % del crecimiento en 1.985 (25,6% con la energía).

Tras dos burbujas del ladrillo (1.985-1.991 y 1.998-2008), el peso de la industria volvió a caer otra vez a la mitad, aportando un 12,9% en 2007 (15,5% con la energía), mientras la superaba la construcción (pasó de suponer un 6,3% de la economía en 1985 al 12,4% en 2007) y seguía aumentando el peso de los servicios (del 51 al 59,4% en 2007). La crisis fue la puntilla a la industria, en toda Europa pero más en España, donde la producción industrial ha caído en cuatro de los últimos cinco años (-38,1%). Y así, en 2011, el peso de la industria era del 12,3% (15,5% con la energía), por debajo de la media europea (18,3%) y muy alejado del peso de la industria en Alemania (23,5%), Italia (18,8%) o Suecia (19,7%).

Con la crisis, han cerrado una de cada cinco industrias y sólo un 7% de empresas se dedican a actividades industriales. Algo especialmente grave, porque la industria es un sector con más ventajas económicas que el resto, como resume un informe de PWC: crea más riqueza por empleado (68.000 €, frente a 50.000 en los servicios), ha perdido menos empleo (-895.500, uno de cada cuatro, frente a -1.619.100, dos de cada cuatro en la construcción), con menos paro (un 12,3%, frente al 26% de la economía) y empleos de más calidad (83,2% son fijos, frente al 73% global), es un sector muy exportador (aporta el 88,6% de las exportaciones españolas), el que más invierte en tecnología (casi la mitad del total en I+D+i, cinco veces lo que el resto por cada euro ingresado) y tiene un gran efecto de arrastre sobre el resto de la economía, especialmente los servicios.

Por ello, se cumple el axioma de que a más industria, más riqueza. Es el caso de Alemania y en España, de dos autonomías con más industria que el resto: País Vasco (27% industria) y Navarra (23%), que tienen casi la mitad de paro (15,93% Euskadi y 17,15% Navarra), los salarios más altos, las mejores pensiones y la mayor renta per cápita (31.288 € y 30.068, frente a 23.271 € de media en España), básicamente por su mayor desarrollo industrial y tecnológico (también por el concierto económico), que contrasta con la escasa industrialización de Canarias (7% industria), Andalucía o Extremadura (10%), las autonomías con más paro y menos renta, no por casualidad.

Para salir de la crisis, España tiene que cambiar su modelo productivo y recuperar la industria, como motor de la recuperación. Ello exige tomar distintas medidas. La principal, apoyar a la industria desde el Estado con formación y tecnología: España gasta menos en I+D+i que el resto de Europa (1,39% del PIB frente al 2,09) y, sobre todo, las empresas españolas gastan en tecnología la mitad que las europeas. Además, la industria necesita para sus inversiones ayudas y financiación (créditos ICO), hoy cara y escasa. Y  hay que ayudarlas con la exportación y los costes, no sólo salariales (se han moderado desde 2010), sino los demás, desde la burocracia y la logística (ferrocarril, puertos) hasta la energía, un verdadero problema para la mitad de las industrias, porque es un 15% más cara que en Europa. Y moderar los precios (márgenes), que han subido en España (1.992-2011) un 18,4% más que en la zona euro, donde exportamos dos tercios de nuestros productos.

Otro punto clave es conseguir unas industrias más grandes: en España hay demasiadas pymes (95% empresas con menos 10 empleados) y pocas grandes empresas (sólo el 0,2% tienen más de 200 empleados). Sólo tenemos 3.305 empresas con más de 250 trabajadores (0,1%) cuando en Alemania hay 8.995 (0,5%). Y este raquitismo empresarial tiene negativas consecuencias, porque las grandes empresas son más productivas, más innovadoras, más propensas a exportar y con empleo más estable. La prueba es que si España tiene un 20% menos de productividad que Alemania es por las pymes, ya que nuestras grandes empresas son más más productivas que las alemanas, según un estudio de La Caixa. Para conseguir industrias más grandes, el Gobierno debe modificar la inspección fiscal (se vigila más a las más grandes), el régimen de ayudas (muchas se pierden por tener más de 250 empleados) y facilitar con créditos y fiscalidad la fusión de empresas.

Al final, la Comisión Europea acaba de descubrir que hace falta reindustrializar Europa para salir de la crisis, lanzando como objetivo que alcance un 20% de peso en la economía. En España, el Gobierno Rajoy no tiene política industrial (liberales ellos, piensan que “la mejor política industrial es la que no existe”) y lleva dos años recortando el presupuesto de Industria (-25% entre 2012 y 2013). Pero no hay país cuya industria avance sin un empujón público. Hay que ayudar a los sectores clásicos: automóvil (España es el 2º fabricante europeo), bienes de equipo, metal y máquina herramienta (terceros fabricantes de Europa), industria química y farmacéutica, textil, calzado y cerámica… Y, sobre todo, apoyar a nuevos sectores con futuro: aeroespacial (somos 5º fabricante europeo), biotecnología, TIC y contenidos digitales, industrias del agua y medioambientales, energías renovables, agroalimentación, material de transporte (AVE), industria de la salud y nuevos materiales

Es hora de apostar de verdad por la industria para salir de la crisis, buscando nuestro hueco en Europa y en el mundo. Tapar el hueco del cemento y el ladrillo con industrias sostenibles, que recuperen los 3,5 millones de empleos perdidos y creen más para las nuevas generaciones. No podemos ser un país de turismo y servicios. Sin industria no hay futuro.