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jueves, 13 de febrero de 2020

FMI: más gasto social y mejor repartido


En enero, el Fondo Monetario Internacional (FMI) lanzó 2 mensajes importantes. Uno, al mundo: tienen que aumentar el gasto social, para reducir la desigualdad y frenar las  protestas. El otro, a España: tiene que aumentar el bajo gasto social, pero sobre todo debe hacerlo mejor, porque ahora no ayuda a los más pobres ni a los jóvenes sino a los ricos y a los mayores. Los ideólogos del capitalismo, tras una década defendiendo recortes, apuestan ahora por aumentar el gasto social, como “vacuna” contra protestas y populismos. Y marcan el camino al Gobierno español, cuya “bandera” es el gasto social: más gasto, pero mejor hecho, en pensiones, desempleo, rentas mínimas, vivienda y ayudas a las familias, además de una reforma fiscal para beneficiar a los más pobres. Y la semana pasada, el relator de la ONU para la pobreza sacó los colores a España: "el sistema de protección social está roto. Los políticos han fallado. Mírense al espejo y actúen contra la pobreza". Suficientes "alertas" para reformar a fondo el gasto social, gastar más y mejor, para recuperar a los 8,6 millones de españoles excluidos de la recuperación. Tomen nota.

enrique ortega

El Fondo Monetario Internacional (FMI) lleva desde 1944 marcando las líneas maestras del capitalismo internacional y gestionando las crisis de los paises en bancarrota, siempre con la misma receta: duros ajustes a cambio de financiación. En la pasada crisis financiera, los “hombres de negro del FMI impusieron, con el BCE y la Comisión Europea, los duros planes de ajuste aplicados a Grecia, Portugal e Irlanda a cambio del rescate. Y vigilaron también los duros ajustes de Rajoy a raíz del rescate bancario a España. Y tras ser la década pasada “los gendarmes de la austeridad”, ahora tocan “otra música”: les preocupan los costes de la crisis, el aumento de la desigualdad y la proliferación de protestas sociales, junto al auge de los populismos en medio mundo. Y creen que es hora de cambiar los ajustes por más gasto social, como “vacuna” contra protestas y populismos, para consolidar la recuperación.


El mensaje lo lanzó la nueva presidenta del FMI, la conservadora búlgara (PP europeo) Kristalina Georgieva, el 21 de enero, en el Foro de Davos, el centro de debate del capitalismo internacional: los paises tienen que aumentar el gasto social como vía para aumentar “la inclusividad y la cohesión social”, para reducir la desigualdad y frenar las protestas sociales. “Es importante asegurar que el gasto social está bien orientado, que los más vulnerables están protegidos y que los Gobiernos consiguen que el crecimiento y la recuperación son compartidos por todos”, señalaba la economista jefe del FMI en Davos, como si fuera una líder de la izquierda. El FMI teme que la creciente desigualdad, las protestas y el desencanto aumenten los populismos y nos lleven a un mundo ingobernable, como sucedió en los años 20 del siglo pasado. Y por eso, su receta es dar más peso a la política fiscal (gastar más, lo que exige ingresar más) y aumentar el gasto social y las inversiones públicas (educación, salud, formación, infraestructuras), para “redistribuir” los beneficios de la recuperación.


Lanzado el primer mensaje en Davos, unos días después, el 30 de enero en Washington, el FMI lanzaba su segundo mensaje, esta vez para España: tiene que aumentar su bajo gasto social, pero sobre todo tiene que hacerlo mejor, porque ahora no ayuda a los más pobres y a los jóvenes, sólo a las rentas altas y a los mayores. Es la tesis del trabajo “Efectividad y equidad en el gasto social. El caso de España”, elaborado por Svetlana Vtyurina, economista sénior del FMI. Un mensaje que se suma a otros dos similares lanzados a España en 2018 por la Comisión Europea y la OCDE.


La primera idea del informe del FMI es que el gasto social en España es escaso. Y para demostrarlo, recuerdan las últimas estadísticas publicadas por Eurostat, con datos de 2017: España dedica el 16,6% de su riqueza (PIB) al gasto social, frente a un 18,8% que gasta la UE-28, el 19,8% de la zona euro, el 22,4% del PIB que gasta Dinamarca, el 19,2% de Alemania, el 24,3% de Francia, el 20,9% de Italia o el 15,2% de Reino Unido. En definitiva, dedicamos 25.700 millones anuales menos que los europeos al gasto social, ahora y antes de la crisis, en pensiones, ayudas a la familia, educación, sanidad y dependencia. Y sólo gastamos más en desempleo, pero porque tenemos más del doble de paro.


Dicho esto, el grueso del informe del FMI se centra en analizar el menor gasto social de España, concluyendo que está mal repartido: está  concentrado en los grupos sociales con mejor situación (rentas altas y jubilados) y apenas ayuda ni a las rentas bajas ni a los jóvenes. La conclusión es muy explícita: sólo el 10% de todas las ayudas públicas en España se dirigen a los hogares más vulnerables, más necesitados.


La mayor parte del gasto social en España se va en pagar pensiones (135.163 millones en 2019), que el FMI considera “bastante generosas”, porque se paga a los pensionistas españoles un porcentaje del último sueldo en activo mayor que en la mayoría de los paises europeos (la pensión media supone el 78,7% del último salario, frente al 45,4% que suponen en la zona euro, el 45,4% en Francia o el 37,8% en Alemania, según los datos de la UE). Y esto lleva a que la mayor parte de la redistribución social hecha en la última década ha beneficiado a los jubilados. Así, un estudio del Banco de España revela que son los únicos que han  aumentado sus ingresos, entre 2011 y 2018: un +27,5% las familias de 65 a 74 años, mientras el conjunto de familias  sólo consiguieron mantener sus rentas y las familias jóvenes han perdido un -17,7% de sus rentas.


El resto del gasto social no ha podido contrapesar esta desigualdad. Así, las ayudas a las familias (escasas e inferiores a las de otros paises) se han repartido también de forma desigual, debido a que las rentas mínimas gestionadas por las autonomías (1.519 millones de gasto en 2019) han caído y además son muy diferentes según autonomías. Así, en 2018, sólo recibían una renta mínima 293.302 personas, que, con sus familias, beneficiaba a 679.180 españoles, el 1,4% de la población (menos que los 789.672 beneficiarios en 2015). Y además, la ayuda tiene una cuantía muy baja (463,05 euros de media) y varía mucho según donde se viva: se cobran más de 600 euros al mes en País Vasco (644,49), Navarra (610,80) y Cataluña (604 euros), en torno a 430 euros en la mayoría de autonomías, 419,52 euros en Andalucía, 403 euros en Galicia y 400 en Madrid, sólo 300 euros al mes en Ceuta.


Otra ayuda importante, el seguro de desempleo (19.000 millones de gasto en 2019), también se reparte de forma muy desigual, porque la ayuda se cobra según los salarios en activo y lo cotizado, con lo que los que han tenido una mejor situación en activo cobran más desempleo y por más tiempo. Y esto también penaliza a los jóvenes, que suelen tener sueldos más bajos y cotizaciones más cortas (como las mujeres).


Otra parte del gasto social se hace en sanidad y educación. Y aquí también hay desigualdad, porque si la sanidad es universal y gratuita, los copagos farmacéuticos (y la atención sanitaria no incluida, como la bucodental) perjudican más a los que menos tienen, sobre todo a los activos con bajos salarios. Y en educación, el informe del FMI señala que apenas contribuye a mejorar la movilidad social en España, que no facilita a los niños hijos de familias modestas a subir en la escala social (no funciona el “ascensor social”: el 55% de los niños de padres con bajo nivel educativo no mejoran, según el FMI).


Al final, el resultado de aplicar este abanico de ayudas sociales en España es, según el FMI, que el 40% de las familias más pobres apenas reciben el 30% de las ayudas, que benefician sobre todo a las familias con recursos medios y altos y a los jubilados, en perjuicio de los más pobres y de los jóvenes. La consecuencia, añade el FMI, es que España lidera las estadísticas de pobreza (26,1% de la población frente al 21,9% en la UE-28) y desigualdad (34,30 índice de Gini, el más elevado de Europa, sólo por detrás del 34,80 de Portugal y alejado del 24,90 de Noruega, 29 de Alemania, 29,90 de Francia, 32,80 de Reino Unido o 33,30 de Italia). Y el fracaso en la atención a las familias pobres con niños lleva a que España tenga el mayor índice de pobreza infantil de la OCDE, el 23% de los menores de 18 años, el doble que Alemania, Francia o Reino Unido (11%).


El problema no es sólo que las ayudas sociales sean escasas y estén mal repartidas. Es que, además, no se mejoran con los impuestos, que apenas ayudan a redistribuir la renta, según el informe del FMI. Ni tampoco con las inversiones públicas. Así, si España ocupa el puesto 16 en el mundo por desigualdad, cuando entran en juego los impuestos y la política inversora del Estado, la desigualdad crece y pasamos al puesto 22 del mundo, según el FMI.


Esta alerta del FMI a España, por hacer poco gasto social y gestionarlo mal, ya nos la hizo la Comisión Europea, en enero de 2018, en su Informe sobre la cohesión económica, social y territorial en Europa , donde señaló que “España es con Italia el país en el que las prestaciones sociales menos ayudan a las rentas bajas. Y ya denunciaba que España destina un bajo porcentaje del gasto a ayudas sociales y además lo distribuye mal:  las políticas sociales sólo reducen las desigualdades un 34,5%, mientras en Europa las reducen un 40% de media.


Para la Comisión Europea, según reiteró en su Informe sobre España (marzo 2018), el problema es doble. Por un lado, España hace menos gasto social porque tiene menos ingresos fiscales (recauda el 38,9% del PIB frente al 45% en la UE-28, unos 73.700 millones menos de ingresos en 2018, según Eurostat). Y por otro, los impuestos en España son poco “progresivos”, benefician poco a las rentas bajas y más a las rentas medias y altas. Y recuerda que en España, gracias a la multiplicación de deducciones, exenciones y bonificaciones fiscales, sucede algo insólito: sólo el 10% más rico paga más de lo que recibe, el 10% siguiente queda igual y el 80% restante son receptores netos, pagan menos de las transferencias que reciben. Y los tipos de la Renta e IVA, benefician más (proporcionalmente) a los que más tienen. Además, este sistema fiscal poco “progresivo”, reduce la recaudación, por la multiplicidad de ayudas fiscales.


Unos meses después, en noviembre de 2018, la OCDE publicó su Informe anual sobre España y volvió a alertar sobre el gasto social en España, con la  misma tesis de la Comisión Europea (ya hora el FMI): las transferencias sociales son ineficientes y los hogares con menos ingresos reciben menos que los hogares más ricos. Y daba dos datos explícitos: el 20% de los hogares con menos ingresos reciben en España el 55% del pago medio que reciben todas las familias (en la OCDE reciben el 119%), mientras el 20% de hogares con más ingresos reciben el 160% del pago medio del conjunto de las familias (en la OCDE, reciben el 95%). O sea que en lugar de ayudar, la política social aumenta la desigualdad. Y añadían que, de los 34 paises OCDE, sólo Portugal, Italia y Grecia hacen una política social peor que España.


La OCDE atribuye este mal resultado de la política social española a dos factores: las ayudas públicas son menores y están mal repartidas (sobre todo las ayudas a las familias, a la vivienda  y al desempleo) y los impuestos benefician más a las rentas medias y altas, tanto en el IRPF (exceso de deducciones, que benefician más a las rentas altas, como deducciones por Planes de pensiones y ahorro) como en el IVA (donde las rentas medias y altas disfrutan de los tipos reducidos y superreducidos) , el Impuesto sobre el Patrimonio y Sucesiones (herencias), donde salen más beneficiados los mayores patrimonios. Y además, las desigualdades en el mercado de trabajo agravan la situación.


El actual Gobierno español de coalición tiene como “bandera” el gasto social, reducir las desigualdades. Pero si quiere hacerlo, tendrá que tener en cuenta estos diagnósticos del FMI, la OCDE y la Comisión Europea, que coinciden en dos puntos: el gasto social es bajo y se hace mal. Y hace unos días, el relator de la ONU para la pobreza ha ido más allá, tras un viaje por España: "El sistema de protección social está roto (…) Los políticos han fallado (….) España debería mirarse de cerca en el espejo y actuar". Muy duro. Como para que Gobierno, políticos y fuerzas sociales pactaran mejoras drásticas en el gasto social. Básicamente, habría que hacer dos cosas: gastar más y gastar mejor


Para aumentar el gasto social en España sólo hay una vía: recaudar más, dado que los ingresos fiscales son inferiores a la media europea (recordemos: el 38,9% del PIB frente al 45% en la UE-28), 73.700 millones menos recaudados en 2018. Eso obliga a reducir el fraude fiscal (Ojo: Hacienda tiene hoy 2.000 inspectores menos que en 2008 y un 21% menos que los grandes paises UE) y a aumentar la recaudación en todos los impuestos, reduciendo deducciones en el IRPF, suprimiendo tipos reducidos en el IVA y sobre todo, aumentando la recaudación en Sociedades (recordemos que las grandes empresas sólo pagan el 6,25% sobre beneficios  y los bancos el 2,68%, frente al 18,37% que pagan las pymes y el 15% los contribuyentes) y consiguiendo más ingresos de impuestos verdes, sobre tecnológicas, operaciones financieras y multinacionales.


Pero sobre todo, hay que mejorar el gasto social. La primera clave es concentrarlo en las familias con rentas más bajas y en las familias con niños, no repartirlas por igual entre la mayoría (lo que da más votos, razón por la que se ha hecho así). Habrá que implantar un sistema de rentas mínimas eficaz, que llegue a más gente (hay 1,8 millones de españoles en situación de pobreza extrema, según Cáritas), con una cuantía decente (al menos 600 euros) y que no dependa de la autonomía donde se viva, sino que haya un mínimo estatal asegurado, que integre a las ayudas por desempleo (al margen de lo cotizado) y que estén vinculadas a recibir formación y asesoramiento para intentar salir de la pobreza. Y en paralelo, una política de alquileres públicos, concentrados en las familias más necesitadas, más ayudas extras a la educación (becas, libros, comedores escolares…) y supresión de los copagos farmacéuticos (ojo: sólo a las rentas más bajas, no a todos ni a los jubilados con más ingresos, porque eso sólo fomentaría el consumo innecesario de fármacos).


Un segundo frente de actuación es el sistema fiscal, que pide a gritos una reforma en todos los impuestos para hacerlos más progresivos y que ayuden a reducir las desigualdades, no a agravarlas como ahora. Y en tercer lugar, una reforma del mercado laboral, dado que la actual división y precariedad del mercado de trabajo (fijos y temporales, jóvenes y mayores con antigüedad) es el origen de los bajos salarios y la pobreza de muchas familias y jóvenes.


Bueno, como se ve, aumentar el gasto social no es “de rojos peligrosos sino la receta del FMI (y de la OCDE o la Comisión Europea) para reducir la desigualdad y conseguir que menos gente “se quede fuera de la recuperación”. En España, el 52% de los españoles no están bien integrados y de ellos, un 18,4% están excluidos socialmente, según el Informe Foessa 2019 (Cáritas). Son 8.600.000 españoles con problemas de exclusión social. En ellos hay que concentrar el gasto social y hacerlo bien, para que no se desenganchen de la sociedad ni se apunten a los populismos. Ya nos han dicho cómo hacerlo.


lunes, 20 de junio de 2016

Brexit: Europa se la juega (y España más)


Este jueves 23 de junio, los británicos votan si siguen en Europa o se van (“Brexit”). Las últimas encuestas predicen un resultado muy ajustado, que afectaría no sólo al Reino Unido, cuya economía perdería mucho si se van: si gana el “no a Europa”, volverán las turbulencias a los mercados, recortando el débil crecimiento europeo. Y España sería uno de los países más afectados: somos el más vulnerable (tenemos más deuda y necesitamos que nos presten 400.000 millones este año) y también corremos el riesgo de perder muchos turistas británicos (son el 23% del total), al desplomarse la libra si salen de la UE (viajar les sería más caro). Además, Reino Unido es nuestro tercer cliente y el primer destino de inversiones y bancos españoles en el extranjero. Si Europa supera el “Brexit”, seguirá con graves problemas sin resolver: Grecia, estancamiento, paro, deflación, deuda, bancos, refugiados… Y si Europa “no tira”, será difícil que España crezca más y cree más empleo.
 
enrique ortega

Empecemos con un poco de historia, sobre las tortuosas relaciones entre el Reino Unido y el resto de Europa. Tras acabar la II Guerra Mundial, Francia y Alemania trataron de recomponer el continente con la creación de la CECA, una unión europea del carbón y el acero. Y para ello, invitaron a sumarse al Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo) y al Reino Unido, en 1950. Pero los británicos  dijeron no a la CECA (nació en 1951), igual que a la Comunidad Económica Europea (CEE), que nació con sólo 6 miembros el 1 de enero de 1958. Eso sí, Gran Bretaña maniobró para crear una CEE alternativa, la Asociación Europea de Libre Cambio (la EFTA), creada en enero de 1960 por  Reino Unido, Dinamarca, Suecia, Noruega, Suiza, Austria y Portugal. O sea, Europa se partió en dos bloques comerciales.

Pero la CEE avanzó con éxito y el gobierno conservador de Harold Macmillan pidió ingresar en la CEE en julio de 1961, seguido por Irlanda y Dinamarca. Pero en enero de 1963, chocan con el veto del presidente francés, Charles de Gaulle, quien teme que los británicos sean  un caballo de Troya” de Estados Unidos. El laborista Harold Wilson vuelve a la carga en mayo de 1967, presentando una nueva candidatura, y tropieza con el segundo veto de De Gaulle. Hay que esperar a que el general se vaya, en 1969, para que el Reino Unido presente una tercera candidatura, en octubre de 1971, con su Parlamento dividido (358 a favor y 246 en contra). Y, por fin, el 1 de enero de 1973, Reino Unido ingresa en la CEE, junto con Irlanda y Dinamarca.

A partir de ahí, las relaciones entre Reino Unido y el resto de Europa han sido complejas y polémicas hasta hoy. Pero antes de entrar en ellas, quiero hacer otro inciso histórico que puede resultar muy útil a los jóvenes y a los que no están familiarizados con la historia. En junio de 1940, Reino Unido fue el único país que hizo frente al avance arrollador de Hitler, que en sólo 10 meses había conquistado Francia, Polonia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Dinamarca y Noruega. La URSS no entró en guerra hasta que fue invadida por Alemania en junio de 1941 y Estados Unidos hasta diciembre de 1941, tras Pearl Harbour. Así que sin la resistencia, en solitario durante un año, del Reino Unido, dirigido por Churchill (frente a otros políticos británicos que querían “pactar” con Hitler), quizás hoy toda Europa sería nazi, como explica  la espléndida biografía de Churchill escrita por Boris Johnson, el exalcalde de Londres. No lo olvidemos cuando nos enfademos (con razón) por la actitud de los británicos con Europa.

Y motivos de enfado con Reino Unido hay muchos. Ya a poco de ingresar en la CEE (recordemos, el 1 de enero de 1973), Reino Unido empezó a quejarse en Bruselas de las condiciones, tratando de renegociarlas. Y fuerzan un primer referéndum sobre si mantenerse en la CEE, en 1.975, donde el gobierno británico del laborista Harold Wilson promete luchar por el sí a cambio de múltiples concesiones de la CEE (como ahora Cameron). El referéndum arroja un sí a Europa por el 67% de votos. Pero no se acaban los problemas: en cada avance de Europa, en cada nuevo Tratado, Reino Unido busca mejoras y privilegios.


Ya en 1984, Margaret Thatcher arranca al resto de líderes europeos el “cheque británico”: un privilegio por el que los demás países le abonan al Reino Unido dos tercios de su contribución neta al presupuesto común, 3.500 millones de euros anuales en 2014, que se les devuelven (a costa de Francia, Italia y España, sobre todo). En 1992, con el Tratado de Maastricht que crea  la Unión Europea (UE), el Reino Unido consigue una excepción: mantener la libra y quedarse fuera del euro, con Dinamarca. Y quedar fuera de la Europa social. En 1997, cuando la UE firma el Tratado de Ámsterdam, Reino Unido queda fuera de la libre circulación de personas (Convenio de Schengen) y de las normas de asilo. En 2007, con el Tratado de Lisboa, los británicos no ratificaron la Carta de derechos Fundamentales ni las políticas comunes de Justicia e Interior. Y en 2012, Reino Unido se desentendió también del Pacto de Estabilidad de la UE, que obliga a los países a controlar su déficit público (no más del 3% PIB) y su deuda (no más del 60% PIB), so pena de multas. Tampoco va con ellos

Y así llegamos a la situación actual, provocada por el conservador David Cameron, que vio en “la vieja batalla con Europa” una gran oportunidad de ganar las elecciones de 2014. Y así, “excitando las pasiones antieuropeas” de muchos británicos, prometió que conseguiría más compensaciones de Europa y haría un nuevo referéndum. Consiguió la mayoría absoluta en su Parlamento, pero metió a Europa en un nuevo laberinto: cómo ceder salvando la cara. Y en febrero de 2016, una larga Cumbre europea daba nuevas concesiones al Reino Unido, sobre todo una “impresentable: Londres podrá discriminar las prestaciones sociales a los trabajadores extranjeros (incluso europeos, españoles) durante 7 años. Además de aceptarle el veto a los acuerdos europeos que perjudiquen la economía o la banca británicas. Y a cambio, Cameron se comprometía a hacer campaña a favor del sí, a quedarse en la UE.

El problema es que Cameron y todos los gobiernos británicos han utilizado y alentado el nacionalismo británico y los sentimientos antieuropeos durante décadas y ahora no es fácil controlarlos para que no gane el Brexit, a pesar de que el Gobierno, la mitad del partido conservador (la otra mitad de diputados "toris" y hasta 5 ministros de Cameron apoyan el Brexit), el partido laborista, los liberales demócratas, los nacionalistas escoceses, las empresas y la banca apoyen el sí a seguir en Europa. Y muchos británicos aprovechan que les preguntan para incluir en su no todo el rechazo al Gobierno, a la crisis y a las políticas convencionales, personificándolo en los burócratas de Bruselas.

Por eso, si gana el Brexit no será por razones económicas ni por argumentos racionales, sino por un sentimiento nacionalista, en muchos casos de añoranza del poder perdido por Reino Unido en el mundo. Porque los argumentos económicos contra el Brexit son muy poderosos. Primero, la salida de Reino Unido de la UE provocaría un desplome de la libra, que ya ha caído más de un 7% frente al euro (y un 3,7% frente al dólar) desde enero, por el referéndum: se teme una futura caída de la libra del 10 al 15% si ganara el Brexit. Y eso supone que los productos británicos serían un 10 o 15% más caros y  los exportarían peor, máxime si volvieran los aranceles, porque ya no estarían en un mercado sin fronteras. Eso sería fatal para Reino Unido, que vende la mitad de sus exportaciones en Europa. Y con la libra más débil, importar sería más caro, con lo que les subiría la inflación. Y al exportar menos, crecerían menos, también porque habría multinacionales y bancos que se irían de Londres, como muchas inversiones extranjeras. El gobierno británico estima que con el Brexit perderían un 3,6% del PIB y 500.000 empleos (más a medio plazo). Además, caerían los ingresos públicos y el Gobierno tendría que hacer recortes y subir los impuestos.Y cada familia británica perdería 5.500 euros anuales hasta 2020.

Pero si gana el Brexit, no perderían sólo los británicos. La economía mundial se vería afectada, con un menor crecimiento del ya previsto, según han advertido el G-7, el FMI y la OCDE. Y el resto de Europa lo sufriría también. Primero, porque la UE perdería a la segunda economía del continente, un 17% del PIB de la UE-28. Y Europa perdería un sector industrial, financiero y de servicios muy pujante, con gran peso internacional, sobre todo en Asia. Pero, sobre todo, la salida del Reino Unido de la UE provocaría una nueva tormenta en los mercados y en las Bolsas, incluso mayor a la que vivimos en el verano de 2012. Y España es  el país europeo que más tiene que perder si vuelven los nervios a los inversores por el Brexit. Y eso, porque somos el 6º país europeo con más deuda pública (100% PIB) y necesitamos este año que nos presten 400.000 millones de euros nuevos para cubrir la deuda pública y privada. Si los inversores se ponen nerviosos por el Brexit, tendremos problemas o nos costará más.

Pero eso no es todo. A España le afectaría mucho si gana el Brexit porque amenaza a nuestra primera industria, el turismo, que vive en gran parte de los británicos: suponen casi 1 de cada 4 turistas (el 23%), 15,67 millones de los 68,13 millones que nos visitaron en 2015. Y si les cae la libra, les costará mucho más viajar a España y muchos pueden cambiar por Turquía, Túnez o el Caribe. Además, Reino Unido es ya en 2016 el tercer cliente comercial de España, tras Francia y Alemania. Y si salen de la UE, tendrán más problemas para comprarnos. Además, Reino Unido es el primer destino de las inversiones españolas en el extranjero y los británicos son los quintos inversores extranjeros en España. Y la banca española es la tercera banca europea más expuesta en Reino Unido, tras la norteamericana y alemana.

Así que toda Europa y España más nos jugamos mucho en este referéndum aunque no votemos. Si se pierde, Reino Unido tendrá que buscar su encaje en el mundo (relacionándose con la UE como Noruega o Suiza) y la Unión Europea tendrá que repensar su futuro, con muchos problemas nuevos por ambas partes. Pero si se gana, Europa tiene muchos otros problemas urgentes de los que ocuparse. El primero y fundamental, que la recuperación es muy débil, con un bajo crecimiento (1,7% este año zona euro) que se traduce en un elevado paro (10,2% en abril zona euro, con 23 millones de parados en la UE-28) y una inflación negativa (-0,1% en la eurozona), señal de que no tira la demanda (todavía inferior a la de 2008). Y este estancamiento es más preocupante porque  el resto del mundo no despega, con una recesión en Rusia y Latinoamérica y problemas en China y muchos países emergentes, por el desplome del petróleo y las materias primas. Además, Europa no avanza en la unión económica, financiera y fiscal, mientras está atenazada por la invasión de refugiados (1 millón en 2015 y otros 204.000 hasta mayo de 2016), a los que se trata de expulsar y alejar con dinero (inútilmente). Y la crisis de Grecia no está resuelta, a pesar del tercer rescate.

Con o sin Brexit, Europa tiene que tomar medidas para dar “un salto hacia adelante” y dejarse de “parches”. Hasta ahora, el Banco Central Europeo (BCE) ha hecho de “bombero”, impidiendo la ruptura del euro y el rescate de España en 2012 y tomando medidas para inundar los mercados de dinero barato, que no se pide porque las empresas y particulares están muy endeudados y no piensan en invertir y pedir más crédito. Es la hora de tomar otras medidas, como vienen diciendo hace años el BCE, el FMI y la OCDE: reanimar el consumo y el gasto los países que pueden (Alemania y el centro-norte de Europa), y lanzar un ambicioso programa de inversiones públicas (infraestructuras, energía y medio ambiente, tecnología y digitalización, formación…), que ayude a relanzar la inversión privada, el crecimiento y el empleo. Y en paralelo, ayudar a los países más endeudados del sur con los eurobonos, deuda de la que responda (pagando menos) un Tesoro europeo, no cada país.

Pero Alemania y los "fundamentalistas" de Bruselas no quieren tomar esas medidas y siguen con su política de “esperar y ver “(como Rajoy aquí), exigiendo austeridad y más ajustes a Grecia, Portugal y España, mientras los problemas se enquistan. Y mientras, como Europa no acaba de salir de la crisis y muchos europeos lo pasan mal y no ven claro el futuro, crecen los descontentos y los euroescépticos, no sólo en Reino Unido. Baste ver el auge en toda Europa de los movimientos de extrema derecha (Austria, Francia, Alemania, Finlandia, Holanda, Grecia, Suecia, Hungría, Polonia, República Checa) y los populismos “de izquierda” (Grecia, España e Italia), colectivos que ponen en cuestión la integración europea y que mañana pueden exigir nuevos referéndums, como ha hecho Reino Unido. Y ahora mismo, España, Francia y Grecia (por este orden) son los países "con más riesgo político", según el último informe semestral del BCE

La enseñanza del Brexit, sea cual sea el resultado, es clara: Europa tiene que avanzar, no retroceder. Hay que ir hacia “más Europa”, con más unión, más integración y no más excepciones. No una Europa a varias velocidades. Y hay que reanimar la economía y salir con más fuerza de la crisis, crecer más y crear más empleo, la mejor receta para fortalecer Europa. Y sólo así, con una Europa más fuerte, España también crecerá más y mejor. Son los que tiran o no del barco