Mostrando entradas con la etiqueta gas.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gas.. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de septiembre de 2022

La sequía agrava la inflación

Aunque esta semana llueve algo, no soluciona el grave problema de la sequía, en Europa (sufre la peor sequía en 500 años) y en España, con los embalses al nivel más bajo desde hace 27 años. Las olas de calor y la falta de lluvia están afectando seriamente a la economía, provocando una mayor subida de la luz (la energía hidroeléctrica aporta la mitad que en 2021) y de los alimentos, al haber caído la cosecha de cereales, aceite, vino y frutas, obligando a los ganaderos a encarecer leche, huevos y carnes por la falta de forraje. Una sequía que incluye restricciones de agua en media España. Tenemos un serio problema de agua, no sólo porque cada vez llueva menos sino porque se dispara su consumo, sobre todo para la agricultura (85%), para que España sea “la despensa de Europa”. Hay que ahorrar agua, recuperar ríos y acuíferos y usarla mejor, porque el agua es clave también para la economía. Y ahora, la sequía agrava la inflación.

Enrique Ortega

El Cambio Climático se ha acelerado este verano, con olas de calor y falta de lluvia en toda Europa, que sufre la peor sequía en 500 años, según alertó en agosto del Observatorio Europeo de Sequía: el 17% de la UE está en situación de alerta y otro 47% en aviso por sequía (dos tercios del continente sufre el problema), con 340 millones de europeos afectados. Y eso se traduce en un alto coste económico para Europa, por la caída de la energía hidroeléctrica, los problemas en el transporte fluvial (en centro Europa, han cambiado barcazas fluviales por camiones), el mayor consumo de aire acondicionado, el coste de los incendios (660.000 hectáreas quemadas en la UE, un tercio en España) y, sobre todo, la caída de las cosechas, con el consiguiente subida extra de los alimentos.

En España, como en todo el sur de Europa, la situación es más preocupante. Por un lado, el verano 2022 ha sido el más caluroso de la serie histórica (desde 1961), con una temperatura media en agosto de 24,7grados, 0,4 grados más que el anterior verano récord (2003) y 2 grados por encima de la media de temperatura de 1981 a 2010, con 42 días de “olas de calor” entre junio y agosto. Y a este calor inusual se ha sumado la falta de lluvia: ha llovido un 26% menos de los valores normales entre el 1 de octubre de 2021 y el 30 de agosto de 2022, según la AEMET, con un enero y febrero muy secos, un marzo y abril con más lluvias de lo habitual y un verano muy seco. Y ahora, a pesar de las tormentas de esta semana, la AEMET prevé un otoño más seco (y cálido) de lo habitual.

La falta de lluvias y el calor excesivo han  provocado una caída drástica del agua embalsada: este martes 13 de septiembre, cuando llovía en casi toda España, los embalses estaban al 34,22% de su capacidad, frente al 40,74% hace un año y el 51,88% hace 10 años, según embalses.net. Es el menor porcentaje de agua embalsada desde el año 1.995 (31,03%). Y están por debajo de ese 34,22% los embalses vitales de Andalucía y Extremadura, las cuencas del Guadalquivir (al 20,95% capacidad), Guadiana (23,91%) y Guadalete-Barbate (23,99%), estando muy bajos en la cuenca del Duero (33,04%), Segura (35,18%), Tajo (36,66%), Cataluña interior (38,26%), Ebro (39,48%) y Miño-Sil (46,67%).

La primera consecuencia de este “nivel rojo” en los embalses es que media España ha sufrido restricciones de agua, sobre todo en agosto (al haber más población en el sur y este de España, por el turismo): en unos casos (Galicia, Cataluña, Andalucía, Extremadura, Castilla y León) ha habido que llevar agua a muchos pueblos con camiones cisternas y con barcos (Euskadi). Y en muchos municipios se ha prohibido regar jardines, ducharse en las playas o llenar piscinas. Y si no llueve este otoño, pueden agravarse las restricciones, sobre todo en Andalucía, Extremadura, Cataluña y Galicia.

La segunda consecuencia de la sequía y la falta de agua en los embalses es la mayor subida de la luz, derivada de la caída de la energía hidroeléctrica, que se ha desplomado al nivel más bajo en 30 años. Este año, de enero al 15 de agosto, las centrales hidroeléctricas han aportado la mitad de energía eléctrica que en 2021, obligando que funcionaran muchas más horas las centrales de gas y disparando así el precio de la electricidad (la luz ha subido un +60,6% en el último año, según el INE). Y mucho tiene que ver, además de la guerra de Ucrania y el precio del gas, la sequía y la falta de agua en los embalses: la energía hidráulica sólo aporta en septiembre el 4% de la energía eléctrica, cuando en 2021 aportó el 11,4% y en 2018 (con los embalses al 82%) aportaba el 13,8% de la electricidad.

La tercera consecuencia de la actual sequía es que ha dañado muy seriamente las cosechas y la ganadería, encareciendo los alimentos y disparando aún más la inflación. Según las organizaciones agrarias COAG y ASAJA, la sequía ya ha dañado de forma irreversible la cosecha de cereales (trigo, cebada, avena y centeno), recortándola un -23% sobre la media de los últimos tres años. En maíz se espera recoger un 25% menos  y en girasol, las olas de calor y la falta de lluvia reducirán el rendimiento a la mitad. En el viñedo, el clima ha obligado a adelantar una vendimia que espera recoger entre un 15 y un 20% menos de uva. En el olivar, ha afectado muy seriamente a las 900.000 has de regadío (de un total de 2,7 millones) y se espera recoger un 20% menos de cosecha (tras la caída de 2021). En arroz, frutas y hortalizas, el calor y la sequía (más las heladas y pedrisco) ha deteriorado las cosechas. Y para terminar, la falta de pastos ha obligado a los ganaderos a gastar más en piensos y forrajes, reduciendo producción y encareciendo leche, huevos y carnes.

Todo ello ha desembocado en una fuerte subida de los alimentos este año, no sólo por la guerra de Ucrania y la energía (que suben los costes de agricultores y ganaderos) sino también por la sequía y las olas de calor, por su desastroso efecto sobre las cosechas y la ganadería. Basta ver los datos del INE, sobre la inflación en agosto, con una subida anual de los alimentos del +13,8%, la mayor desde 1994. Y lo que más sube son los cultivos más afectados por la sequía: cereales (+21,7%), mantequilla (+31,8%) y leche (+25,6%), aceites y grasas (+24%), huevos (+22,4%), carne de pollo (+17,6%) y vaca (+15,2%), patatas (+15,9%),  lácteos (+15,8%), pan (+15,2%), legumbres y hortalizas (+14,8%) o las frutas (+12,1%). Subidas que tienen mucho que ver con el aumento de costes y la subida de márgenes de los intermediarios, pero también con el clima y la sequía, con las malas cosechas.

Este problema, la subida de los alimentos, está muy ligado al Cambio Climático y por eso irá a más en el futuro, cuando se resuelva el conflicto de Ucrania y la crisis de la energía. El problema se agravará más en España, porque sufriremos más la falta de agua (los recursos hídricos podrían disminuir un 11%),  debido a dos causas: el 75% de la superficie está en riesgo de desertificación, con un “estrés hídrico” alto o severo, y el 25% de los acuíferos están en riesgo de agotarse. Así que se espera que llueva menos y eso nos afectará más porque tenemos un terreno que capta peor el agua y unas reservas subterráneas (acuíferos y pozos) muy agotadas. Pero el mayor problema no es sólo que vaya a llover menos en el futuro sino que ya hoy consumimos demasiada agua.

¿Quién consume la poca agua que tenemos? Básicamente, la agricultura, los regadíos, que se llevan el 85% del consumo (del 80 al 90%, según zonas). Y además, el gasto de agua de la agricultura y ganadería se ha disparado, mientras se reducía el agua disponible: se ha pasado de 3.044.710 hectáreas regadas en 2010 a 3.877.901 hectáreas en 2021, según los datos del Ministerio de Agricultura. Y en realidad, superan los 4 millones has, por el aumento de los riegos ilegales, según diversas ONGs. Eso coloca a España (el país con menos lluvias de Europa) como el país con más regadíos del continente, muy por delante de Italia (2 millones has regadas), Francia (1,5 millones) y Grecia (1 millón has). Es el precio (en agua) que pagamos por ser “la despensa de Europa”: naranjas, frutas, tomates, cerdo, aceite o vino son nuestro “petróleo” y vendemos fuera el doble de alimentos que de coches. Somos el 4º exportador agroalimentario europeo y el 7º del mundo, lo que mantiene 2,5 millones de empleos en España, a costa de un regadío que esquilma el agua.

El gran salto en los regadíos se ha dado en la última década, por el crecimiento de la agricultura intensiva y, sobre todo, porque se riegan ahora cultivos leñosos que antes eran de secano: olivos (suponen ya un 22,58% de la superficie regada), viñas (10,25%), frutales (10,56%) y cítricos (7,40% de la superficie regada), aunque la mayor superficie de regadío siguen siendo los cereales (24,06% del total regado), según los datos de Agricultura (2021). Andalucía (1,1 millones de has regadas), Castilla la Mancha (582.767 has), Castilla y León (472.113 has) y Aragón (420.527 has), regiones muy secas, se llevan más de la mitad del agua para la agricultura, aunque las regiones con más peso del regadío son Canarias (el 58% de la superficie cultivable se riega), Comunidad Valenciana (45,7%), Murcia (39,19%), Navarra (31,27%) y Andalucía (31,84%), todas más que la media (22,94% cultivos).

El segundo gran consumidor de agua en España (12% del total) son los hogares y el ocio, con un gasto medio de 132 litros por persona, que está en la media europea, sólo por encima del consumo doméstico en Alemania (125 litros habitante) y con menos gasto de agua que en Italia (220 litros), Portugal (205), Francia (170), Grecia (150) y reino Unido (140 litros por persona). Pero los expertos creen que aún gastamos demasiada agua en casa, debido a que la pagamos más barata: una media de 1,88 euros/m3, el 7º precio más barato de Europa, donde se paga de tarifa doméstica desde los 9,32 euros/m3 en Dinamarca a 4 euros en Francia, 3,50 en Reino Unido o 2 euros en Italia. Y el tercer gran consumidor de agua son las industrias (3% del total), donde hay una gran divergencia por sectores y negocios, aunque se echan en falta planes de ahorro, también por las bajas tarifas del agua para las industrias.

Esos son los consumos “oficiales” de agua, pero las ONGs llevan años denunciando “el robo de agua por muchos agricultores y ganaderos, también por algunas industrias. En España puede haber hasta 1 millón de pozos ilegales robando agua de nuestros acuíferos, según una estimación de Greenpeace. Y la ONG WWF ha publicado un informe (“El saqueo del agua”) donde investigó 4 grandes acuíferos (Doñana, las Tablas, Mar Menor y los Arenales) y descubrió que riegan de forma ilegal 88.645 hectáreas (1,5 veces la superficie de Madrid capital), con 220 millones de m3 de agua robada. A primeros de septiembre se secó la laguna de Santa Olalla, la última laguna de Doñana, por la sequía y la sobreexplotación de acuíferos (por el turismo y los cultivos regados).

El agua en España, además de ser escasa, por la sequía y el consumo disparado en la agricultura, tiene mala calidad, debido a que la agricultura y la ganadería intensivas lanzan restos de fertilizantes (nitratos y fósforo) y purines, que se transfieren a ríos y aguas subterráneas, con un serio peligro para la salud y los ecosistemas. Por ello, la Comisión Europea, en octubre de 2021, alertó a España y otros 11 países europeos (Alemania, Bélgica y Países Bajos entre ellos) por “registrar una mala calidad del agua en todo su territorio y un problema sistémico para gestionar la contaminación por nutrientes de la agricultura”. Y ha puesto en marcha un proceso de infracción, que puede acarrear multas a los países. Además, España ya paga (desde 2018) una multa importantepor falta de depuración de aguas residuales en 9 aglomeraciones urbanas” (donde viven 350.000 personas). Y este mes de abril, la Comisión ha vuelto a llevar a España ante la Justicia europea por incumplir el tratamiento de las aguas residuales en otras 133 poblaciones…

Visto el panorama, es evidente que España tiene un serio problema de agua, en cantidad y calidad, llueva o no (con sequía más, claro). E irá a peor con el Cambio Climático, porque España será uno de los 33 países del mundo con problemas serios de desabastecimiento de agua en 2040, según un informe del Word Resources Institute. Eso obliga a plantearse la política del agua como una prioridad de futuro. Para afrontarla, el Gobierno presentó en junio de 2021 los borradores de Planes Hidrológicos para 2022-27, reformulando el actual Plan Hidrológico de 2001. Su objetivo es reducir el consumo de agua un 5%, aumentar las desaladoras e invertir 21.000 millones de euros (la mayoría con Fondos europeos) en la restauración de ríos (11.000 millones), saneamiento y depuración de aguas (650 millones), restaurar acuíferos y mitigar el riesgo de inundaciones (800 millones) y facilitar la transición digital de la agricultura (250 millones), junto a un Decreto-ley para reducir la contaminación del agua de origen agrícola-ganadero. Ahora, las autonomías están preparando los Planes de Cuencas, pero con el riesgo de enfrentamientos regionales y “politización” de la política del agua, que exige un gran Pacto político y regional para repartir la escasez.

Las ONGs piden ir más lejos en la política del agua, con propuestas más radicales: reducir un 25% la superficie de regadío en 6 años (con un tope de 3 millones de has), eliminar los regadíos ilegales y clausurar esos pozos no autorizados en 6 años, depurar el 100% de las aguas residuales de consumo humano e industrial para 2027, no subvencionar el agua desalada para riegos agrícolas y subir las tarifas de agua para fomentar un consumo responsable de los usuarios. Otros expertos  piden trasvases interterritoriales (polémicos pero necesarios), reducir pérdidas agua en los suministros, recuperar las aguas de lluvia y, sobre todo, modernizar los sistemas de regadío para que sean más eficientes.

Como siempre, no hay atajos ni soluciones fáciles, sino que urge tomar múltiples medidas a corto y medio plazo para afrontar la falta de agua, llueva o no. Porque el agua es clave, no sólo para la vida sino para asegurar el crecimiento y la economía. Ya lo vemos ahora, con el calor y la sequía agravando la inflación. Hay que luchar con firmeza contra el Cambio Climático y por el agua, un bien más escaso cada año.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Cambio Climático: más CO2 y pocas soluciones


Mañana se clausura en Bonn la 23 Cumbre del Clima, sin avances para concretar los recortes de emisiones aprobados en la Cumbre de París de 2015. El CO2 sigue creciendo en la atmósfera y bate todos los récords históricos, mientras los expertos alertan de que el consumo energético crecerá un 30% hasta 2040 y que si no se toman medidas drásticas, la temperatura del Planeta subirá entre 3 y 4 grados, no el 1,5 grado deseable. El mundo está en una preocupante encrucijada, con Trump fuera de control y China, India y paises emergentes emitiendo cada vez más. Europa aprueba medidas para aumentar las renovables y los coches eléctricos, mientras España volverá a emitir más CO2 este año, por el auge del carbón y la sequía. Y no tendremos Ley del Cambio Climático hasta dentro de 1 año. Urge que paises, políticos y ciudadanos tomemos medidas para afrontar el mayor problema del siglo XXI. Se acaba el tiempo para salvar el Planeta y nuestras vidas.


enrique ortega


El 30 de octubre, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) dio una nueva alerta: la concentración de CO2 en la atmósfera alcanzó en 2016 las 403,3 partes por millón (ppm), un nuevo récord histórico, que casi duplica el CO2 de niveles preindustriales (antes de 1750). Y daban un dato escalofriante: la última vez que la tierra conoció una cantidad de CO2 comparable fue hace entre 3 y 5 millones de años, cuando la temperatura era entre 2 y 3 grados más alta y el nivel del mar era entre 10 y 20 metros más alto que hoy.

El nivel de CO2 en la atmósfera sigue subiendo a pesar de que las emisiones mundiales se han estancado en los últimos tres años, en 2014(+0,7%), 2015 (+0,06%) y 2016 (+0,2%). Pero han sido muchas décadas de emitir CO2 a mansalva y el gas se queda ahí durante milenios y más en los océanos. Además, lo preocupante es que las emisiones de CO2 van a volver a crecer en 2017, un 2%, hasta alcanzar 41,5 gigatoneladas, según dos estudios difundidos días antes de la Cumbre de Bonn. Y eso porque subirán las emisiones de China (+3,5%), India (+2%) y paises emergentes, aunque bajarán en EEUU y Europa.

Actualmente, los mayores emisores de CO2 son China (29,17% de todas las emisiones en 2016), Estados Unidos (14,01%), Unión Europea (9,60%), India (7,08%), Rusia (4,60%) y Japón (4%), repartiéndose el 21,54% restante entre el resto del mundo. Pero esta estadística es engañosa, por partida doble. Por un lado, China, India y los emergentes emiten mucho hoy porque están creciendo, pero Occidente lleva más de dos siglos emitiendo CO2. Y, sobre todo, hay que tener en cuenta la población, las emisiones por habitante. Y aquí, Occidente bate todos los récords, encabezando el ranking Canadá (18,62 Tm CO2/cápita en 2016), Australia (17,22), Arabia Saudí (16,1), Estados Unidos (15,56), Rusia (11,54), Japón (9,68), Europa (8), China (7,45) e India (1,92), según puede verse en este mapa. En Europa, las mayores emisiones de CO2 por habitante se dan en Alemania (9,47 Tm), Italia (6,30), Reino Unido (5,5), España (5,44 Tm/habitante), Francia (5,12) y Portugal (4,82 Tm).

El CO2 (emitido por los transportes, la industria, las eléctricas, las viviendas, la agricultura y ganadería y los residuos) es culpable del 80% de los gases de efecto invernadero, una especie de “paraguas” que rodea la Tierra y evita que el calor salga a la atmósfera exterior. El resto del problema se debe a las emisiones de metano (12% emisiones), óxido nitroso NO2 (5% emisiones) y gases fluorados (3%). Y lo que pasa es que las emisiones de metano no dejan de crecer desde hace una década, agravando así el aumento de CO2. El 39,2% del metano es de origen natural pero el 60,8% restante se debe a actividades humanas: un tercio  a la ganadería (los 2.500 millones de cabezas de ganado emiten metano), otro tercio a la producción y distribución de combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas), un 18%  a la gestión de basuras y aguas residuales y otro 9% por los arrozales. Al final, los paises pobres y en desarrollo de África, Asia y Latinoamérica producen el 64% del metano que va a la atmósfera y un 30% los paises ricos del norte.

En la Cumbre de París de 2015,195 paises firmaron un Acuerdo para recortar las emisiones sólo de CO2, no las de metano y demás gases de efecto invernadero. El objetivo es recortar las emisiones de CO2 entre el 20% y el 30% para 2030, para que la temperatura de la Tierra suba a finales de siglo entre 1,5 y 2ºC, no los 3º o 4ºC que subiría si no se hiciera nada. Y en paralelo, la promesa de crear un Fondo verde de 100.000 millones de dólares anuales para ayudar a los paises más pobres a reconvertir su energía y paliar los daños del Cambio Climático. El Acuerdo de París era limitado (porque los recortes son voluntarios, no vinculantes para los paises) e insuficiente: científicos del IPCC (organismo de la ONU) señalaron después que, con los recortes prometidos en París, la temperatura subiría de 2,9 a 3,4 grados a finales de siglo, no los 1,5º-2ºC deseados.  Pero aun así, era un importante punto de partida, la primera vez que todo el mundo se ponía de acuerdo en reducir emisiones (a partir de 2020), ya que el actual Protocolo de Kioto (en vigor de 2005 a 2020) solo fue aprobado (en 1997) por Europa y 10 pequeños paises, no por EEUUU, China, Rusia, India o Japón, los mayores emisores.

Han pasado dos años de la firma del Acuerdo de París y apenas se ha avanzado contra las emisiones de CO2, mientras el Cambio Climático se hace omnipresente: mayores temperaturas (2016 y 2017 serán los años más calurosos del siglo), sequías, huracanes, inundaciones, malas cosechas y hambrunas… Y además, Donald Trump retiró en junio de 2017 a EEUU del Acuerdo de París, con lo que queda en el aire el importante recorte de emisiones prometido por Obama: entre el 26% y el 28% para 2015 (sobre 2005). En esta Cumbre de Bonn había que avanzar en las medidas para recortar las emisiones y decidir quien aporta los 100.000 millones del Fondo verde, pero apenas se ha concretado nada y todos los Planes quedan para la próxima Cumbre del Clima de finales de 2018, en Katowice (Polonia), el país más “sucio” de Europa.

Lo preocupante de no concretar medidas para recortar las emisiones es que mientras, el mundo sigue consumiendo energía y emitiendo CO2 de forma imparable ahora que se crece más. Y la Agencia Internacional de la Energía acaba de alertar que el consumo de energía se va a disparar en el mundo: crecerá un +30% de aquí a 2040, debido al fuerte crecimiento esperado (+3,4% anual del PIB) y al aumento de población (de 7.400 a 9.000 millones), pero sobre todo al fuerte crecimiento del consumo energético en China (casi duplicará su consumo energético para 2040), India (lo triplicará con creces), resto de Asia y Oriente Próximo (lo duplicarán) y África (triplicará su consumo de energía), mientras crecerá poco en Europa y USA. O sea que el mundo en desarrollo crecerá a costa de disparar su consumo energético (petróleo y gas, pero también carbón) y emitir lo que antes han emitido los paises ricos. Y con este horizonte, no hay manera de luchar contra el Cambio Climático.

Así que la lucha contra el Cambio Climático no está tanto en Occidente (que también: somos los que más emitimos por habitante) sino en conseguir que el mundo en desarrollo crezca de otra manera, con combustibles más limpios, para lo que van a necesitar la tecnología y las ayudas de Occidente. Y no será fácil, porque no van a poner en peligro su crecimiento por la ecología. Pero ahí nos jugamos todos el futuro, en Asia, Latinoamérica y África.

Mientras, Europa sigue a la vanguardia política de la lucha contra el Cambio Climático y tanto Merkel como Macron han acordado en Bonn celebrar una Cumbre extraordinaria en diciembre, en París, con 100 Jefes de Estado mundiales, para reforzar la lucha contra el cambio Climático ahora que no se puede contar con EEUU . Entre tanto, la Comisión Europea teme que 7 paises europeos no puedan cumplir sus recortes de emisiones para 2020 (Alemania, Austria, Finlandia, Bélgica, Luxemburgo, Irlanda y Malta) y ha optado por "dar una vuelta de tuerca"  y elevar los objetivos medioambientales de la UErecortarán sus emisiones un 40% para 2030 (sobre las de 1990) y elevarán al 35/40% la aportación de las energías renovables. Además, el 8 de noviembre han aprobado límites más estrictos a las emisiones de los coches, con importantes ayudas a los coches eléctricos. Y quieren  cambiar el sistema que penaliza las emisiones de CO2 de eléctricas e industrias (45% de las emisiones totales en la UE), porque actualmente el precio en el mercado del CO2 está muy barato (7 euros por Tm, cuando debía estar en 30 euros) y a las empresas les compensa pagarlo en vez de invertir en sistemas para contaminar menos.

Entre tanto, España va a su aire, también en esto de las emisiones y las medidas contra el Cambio Climático. En 2016 se redujeron las emisiones de CO2 un 3,5%, tras subir en 2014 (+0,5%) y 2015 (+3,5%). Pero este año 2017, las emisiones de CO2 volverán a subir en España, dado que la sequía ha provocado un aumento del consumo de carbón y un menor peso de la electricidad  producida con fuentes renovables (33,7% frente al 38,9% en 2016 y el 40,5% en 2013 y 2014). Pero lo peor es nuestra “historia”. España es uno de los 5 únicos paises de Europa (junto a Chipre Irlanda, Austria y Portugal) que ha aumentado sus emisiones de CO2 entre 1990 y 2015 (+16,6%) mientras los 23 restantes y la propia UE las reducían (-23,7%), según los datos de la Agencia europea de Medio Ambiente. Así que ahora, cumplir con los Acuerdos de París y recortar las emisiones nos va a costar mucho más que al resto. Porque nos tocará en el reparto reducir las emisiones un 26% sobre 1990: significará reducir ese 26% más el 16,6 de aumento…

¿Quién tiene que reducir las emisiones de CO2 en España? Pues los que contaminan: el 27% de las emisiones las causan los transportes (25% la carretera), el 23% las industrias, el 18% las eléctricas, el 12% las viviendas y edificios, el 11” el campo (70% la ganadería), el 4% las refinerías y otro 4% la gestión de residuos, según el balance 2016 enviado a Bruselas por el Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente. Así que ahí urge actuar. De momento, el Gobierno ha estado recibiendo aportaciones de expertos hasta finales de octubre (más de 300) y ahora tiene que preparar un proyecto de ley de cambio Climático, que dice va a aprobar en el primer trimestre de 2018. Y luego, tendrá que pactarla en el Congreso, con lo que se espera que la Ley española de Cambio Climático no esté lista hasta finales de 2018.

La primera medida que han propuesto a España la Agencia Internacional de la Energía y la OCDE es que el Gobierno recorte las ayudas públicas a los combustibles fósiles, que suponen 1.100 millones de euros al año, según el IDIMA: 470 millones a las centrales térmicas de carbón y gas, 339 millones de exenciones fiscales al transporte y 400 millones a la agricultura (devolución impuesto hidrocarburos). Es una locura financiar con dinero público el consumo de energías que envenenan la atmósfera. Otra medida clave es acabar con el carbón en la generación de electricidad (hoy aporta el 17% de la luz), ya que 9 de las 10 instalaciones que más contaminan en España son centrales térmicas de carbón. Y aquí se da el contrasentido de que Iberdrola quiere cerrar dos centrales de carbón y el ministro de Energía se opone, “por temor a que falte suministro” (la realidad es que la oferta eléctrica duplica la demanda). La clave es apoyar las energías renovables y reducir las centrales de gas (emiten CO2) y las nucleares (potencialmente peligrosas y generan unos residuos costosísimos).

Los transportes, la mayor fuente de CO2, exigen un amplio paquete de medidas. Desde recortar el peso de la carretera (83% de las mercancías frente al 45% en Europa) a fomentar el ferrocarril y el coche eléctrico: en España se venden 4.750 coches eléctricos al año (el 0,4% de las ventas de 2016) y haría falta tener 300.000 coches eléctricos en 2020 (el 5% de las ventas) para cumplir con los Acuerdos de París, según Deloitte. Y eso no se va a conseguir con ayudas ridículas, como los 35 millones recién aprobados por el Plan Movalt (la Comisión Europea acaba de aprobar 1.000 millones para promover el coche eléctrico).

Otro sector clave es la industria (23% emisiones), donde urge una política del palo (endurecer el coste de la Tm de CO2 emitida) y la zanahoria (ayudas públicas y créditos para reconvertir las instalaciones). Y lo mismo en el campo, a la vez que los consumidores nos concienciamos de que comemos demasiada carne, culpable de muchas emisiones: debemos saber que producir 1 kilo de cordero supone emitir 10.629 gramos de CO2, 7.275 gramos de CO2 para 1 kilo de vaca, 2.592 gramos de CO2 para 1 kilo de cerdo, 1.409 gramos 1 kilo de pollo o sólo 299 gramos de CO2 para producir un kilo de tomates o 140 gramos para 1 kilo de naranjas. Y otro tanto en nuestras casas y edificios, al poner la calefacción o ahorrar energía: habría que rehabilitar energéticamente 12 millones de viviendas (la mitad del parque español) de aquí a 2050 para cumplir con la Directiva energética de la UE.

Al final, recortar emisiones de CO2 (y metano) pasa por tratar de ahorrar energía y consumir energías más limpias, huyendo en lo posible del petróleo, el carbón y el gas. Y todo ello exige inversiones, cuesta dinero. Exige una inversión entre 330.000 y 385.000 millones de euros de aquí a 2050, según un estudio de la consultora Deloitte, la mayoría (65%) en el sector eléctrico. Eso supone gastar unos 10.000 millones al año contra el Cambio Climático. Una buena parte de ese dinero podría venir de los impuestos verdes, ya que España está a la cola de Europa en impuestos medioambientales: ingresamos el 1,8% del PIB frente al 2,5% de media en la UE-28. Con estos impuestos a industrias y particulares que contaminan podrían ingresarse 7.800 millones más al año. Y podríamos empezar subiendo los impuestos a los carburantes, porque en España la gasolina paga un 27% menos de impuestos (18  céntimos menos/litro) y el gasóleo un 25,6% menos (14 céntimos menos/litro) que la media europea. Eso sí, otra parte del esfuerzo inversor lo tendríamos que hacer los consumidores, que tendríamos que pagar precios más altos para tener una economía más limpia.

Pero es lo que hay: o se toman medidas y se gasta dinero en reconvertir la economía para que deje de consumir a todo trapo energías contaminantes o cada vez habrá más emisiones, subirá la temperatura del Planeta (ya llevamos +1,1ºC sobre la era preindustrial) y el Cambio Climático nos pasará factura, en olas de calor, sequías, huracanes, inundaciones, malas cosechas  y subidas del nivel del mar peligrosas para los millones que viven en las costas. Un Cambio Climático que, según los expertos, afectará más a España que al resto de Europa. No podemos arriesgarnos a todo eso. Pero el tiempo para tomar medidas se acaba, como acaban de advertir 15.000 científicos en una carta pública. Paises, políticos y ciudadanos tenemos que afrontar en serio el problema, el más grave de este siglo. Nos jugamos el Planeta y nuestras vidas, pero sobre todo las de nuestros nietos y sus descendientes.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Cambio Climático: España no cumple


Esta semana se cierra la Cumbre del Clima en París, donde 195 países intentan reducir las emisiones de gases de efecto invernadero culpables del Cambio Climático. Tras 20 Cumbres anteriores inútiles, ahora podrían aprobarse recortes globales (tardíos e insuficientes), que urge cumplir. Porque reducir las emisiones de CO2 no es fácil: obliga a cambiar la economía, reconvertir las empresas, renovar el transporte y la vivienda, cambiar hábitos de consumo y hasta comer menos carne. Y exige fuertes inversiones y subidas de precios, desde la luz a los coches o las casas. Pero no hacerlo cuesta más: nos llevaría a una crisis sin salida. Por eso, luchar contra el Cambio Climático es el mayor reto de este siglo. Y España lo tiene peor, porque no cumple: emite más CO2 del que debe y tenemos pocas renovables. El próximo Gobierno debe  aprobar un Plan urgente para consumir menos petróleo, carbón y gas, más renovables y ahorrar energía. O lo hacemos todos  o el clima nos pasará factura.
 

enrique ortega


El Cambio Climático es ya una realidad que todos podemos apreciar : 2015 va a ser el año más caluroso de la historia, el huracán Patricia (octubre 2015 en el Golfo de México) ha sido el más fuerte registrado jamás, se producen cinco veces más tormentas, huracanes, inundaciones, olas de calor y sequías que en los años 70, la temperatura de la Tierra ha subido 0,85 ºC desde principios del siglo XX (sobre todo desde 1960)  y el nivel del mar sigue subiendo, 8 centímetros de media desde 1992 (y 22 centímetros en algunos lugares), poniendo en peligro el futuro de islas y zonas costeras del Pacífico, Asia y Oceanía, mientras en el Mediterráneo sufren ya los cambios la Manga, el mejillón, el arroz o las uvas.

Este Cambio Climático irá a más si no se frenan las emisiones de gases de efecto invernadero (60% CO2, 20% metano, 6% N2O y 14% clorofluocarbonados por el aire acondicionado y sprays), provocadas por el hombre al consumir energía en industrias, transporte, vivienda, agricultura y servicios. Según el 5ºInforme de Evaluación del IPCC, un grupo de 830 expertos creado por la ONU, para evitar que la temperatura del Planeta suba más de 2 grados a finales de siglo (la zona de “alerta roja”), hay que reducir las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (que evitan, como un paraguas, que el calor de la Tierra salga a las capas altas de la atmósfera) entre un 40 y un 70% entre 2010 y 2050 y bajarlas después hasta dejarlas en un nivel cero o negativo para 2100.

Si no se hace, añaden los expertos, la temperatura de la Tierra subirá entre 3,7 y 4,8 grados en 2100 respecto a la temperatura del periodo pre-industrial. Y esto podría provocar el deshielo de los casquetes polares y un aumento del nivel del mar hasta  82 centímetros, además de acidificación de los océanos (por la reacción del CO2 con el agua del mar), daños en los ecosistemas, aumento de los desastres naturales, malas cosechas, hambre y desnutrición, con una dramática secuela de refugiados climáticos (podrían migrar 1.000 millones de personas, según ACNUR). El Cambio Climático no sólo daña la salud del Planeta, también la del hombre, según alerta la OMS: sólo en 2012 unos 7 millones de personas murieron por enfermedades relacionadas con la contaminación del aire. Y prevé que durante el periodo 2030-2050, el cambio climático causará 250.000 muertes adicionales cada año por dolencias asociadas a sus efectos ambientales.

Así que el Cambio Climático no es “una obsesión de ecologistas” sino una grave amenaza para todos (“estamos al borde del suicidio”, ha dicho el Papa Francisco). Y los científicos alertan: se acaba el tiempo” para tomar medidas. Por eso, los 195 países reunidos en la Cumbre del Clima de París buscan un acuerdo global de recorte de emisiones, que sustituya al protocolo de Kioto, firmado en 1997 sólo por 38 países (los 28 de la UE más otros pequeños países, no USA, China, Japón, Rusia o India, los principales emisores de CO2). Ahora, un recorte mundial parece más posible, ya que 180 países han acudido a esta Cumbre con compromisos concretos de recortes de emisiones, entre ellos los países que más contaminan: China (26% emisiones CO2), EEUU (16%), Europa (11%), India (6,1%), Rusia (5,2%) y Japón (3,8%). Casi todos plantean recortes de emisiones del 20 al 30% entre 2020 y 2030, siendo Europa (UE-28) la zona del mundo que ofrece los recortes más ambiciosos: -40% de recorte emisiones para 2030 y entre el -80/-95% para 2050.

El recorte de emisiones prometido en París es una gran avance, pero tiene tres problemas: es tardío (los recortes empezarían en 2020, no inmediatamente), es insuficiente (los científicos dicen que con estos recortes, la temperatura subiría 2,8 grados a final de siglo y algunos creen que más) y, sobre todo, no son obligatorios y vinculantes para los países, porque EEUU se niega (el Senado USA no acepta una obligación impuesta desde fuera). Así que se confía” en que los países cumplan con sus recortes y se prevé revisar las emisiones cada 5 años, por si los recortes fueran insuficientes y hubiera que acelerarlos. Otro problema son las ayudas a los países pobres, para que reduzcan las emisiones y se preparen para el cambio climático (subida del mar, catástrofes naturales, migraciones). Se prevé crear un Fondo verde del clima, con 94.000 millones de euros anuales, pero el problema es quien pone esa enorme cantidad de dinero. Y hay países, como India, que ya ha dicho que no recortará sus emisiones si no recibe 187.000 millones de euros de este Fondo verde entre 2015 y 2030.

Aunque el acuerdo de la Cumbre de París sea insuficiente y no vinculante, es un gran punto de partida para luchar contra el Cambio Climático. Ahora, hace falta pasar de las palabras a los hechos. Y esto es lo difícil, porque antes de París se han celebrado 20 Cumbres del Clima (desde la de Río en 1992) y a pesar de las buenas intenciones, las emisiones de CO2 se han duplicado : de 27 gigaTm en 1970 a 49 en 2010, que al ritmo actual serán ya 53 gigaTm en 2020. Y eso pasa porque el mundo es “adicto al CO2”, vivimos en unas economías muy dependientes de los combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas natural), que mueven las industrias, las ciudades, el transporte, la agricultura o los servicios. Y “huir del CO2” exige una auténtica revolución, en la economía y en el estilo de vida, difícil de hacer y que choca con potentes intereses, de grandes empresas y multinacionales energéticas. Por eso esta batalla no es fácil.

Y menos en España, uno de los países europeos que suspende en la batalla contra el Cambio Climático. Primero, porque España (5º mayor emisor de CO2 en Europa) es el único país europeo donde las emisiones de CO2 han aumentado en las dos últimas décadas, según la Agencia Internacional de la Energía (AEI), mientras en todos los demás se reducían (entre el -5,4% en Francia y el -20,5% en Alemania). Segundo, porque España es uno de los 9 países europeos (junto a Grecia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Holanda, Noruega, Suecia y Suiza) que no han cumplido el compromiso de Kioto, que suponía no aumentar las emisiones más del 25% (1990-2012): han aumentado un 29,9%. Y tercero, porque España tampoco cumple el objetivo europeo de alcanzar un 20% de energías renovables en 2020: en 2014, las renovables aportaron un 15,4% de la energía total, según Eurostat, y alcanzar ese 20% en seis años más parece imposible, según los expertos: habría que triplicar el parque de renovables (eólica, solar, biomasa, geotérmica, cogeneración) instalado entre 2005 y 2014.

Así que emitimos mucho más CO2 del que debíamos y tenemos pocas energías limpias, renovables. Y no es por casualidad. Ningún Gobierno español y menos Rajoy han tomado medidas para reducir las energías fósiles, las que emiten más CO2. Incluso ahora, España bate su récord histórico de consumo de petróleo, por la bajada de precios. Y en lo que va de año, el uso del carbón (la energía que emite más CO2) y el gas natural para producir electricidad han batido también récords. Mientras, el Gobierno Rajoy ha pegado un gran tajo a las energías renovables entre 2012 y 2014 (-2.100 millones, un 25% de las ayudas), a pesar de tener España unas industrias renovables líderes en el mundo y de que ya empiecen a ser unas energías competitivas: la eólica es la tecnología más barata para producir electricidad en España, 28,2 €/Mw frente a 105,5€ el gas natural, según la CNMC. Y para rematar tantas equivocaciones, el Gobierno Rajoy ha recortado también (-200 millones) las ayudas para fomentar el ahorro de energía, a pesar de que tenemos unas empresas que consumen tres veces más energía por unidad de producto que las europeas.

El temor ahora, en España y en todo el mundo, es que si la economía se recupera, aumentará el gasto de energía y las emisiones de CO2, que han crecido menos durante la crisis. Por eso, habrá que redoblar los esfuerzos para reducir de verdad las emisiones. Y eso obliga a tomar medidas duras  y que van contra poderosos intereses como los de las industrias energéticas. Baste decir que para que la temperatura del Planeta no suba más de esos 2ºC que piden los científicos, habría que dejar bajo tierra un tercio de las reservas probadas de petróleo y el 80% de las reservas de carbón y gas, según el Instituto para los Recursos Sostenibles del Reino Unido. Y eso supondría la posible quiebra de muchas petroleras. No en vano, 90 grandes multinacionales (ver la lista) son culpables de dos tercios de las emisiones mundiales de CO2. Eso significa que habrá que forzarlas a reducir emisiones y ayudarlas a hacerlo, con recursos públicos y con subidas de precios (de la luz, los coches, los productos industriales, los alimentos y la vivienda). También los ciudadanos somos responsables y tenemos que cambiar los hábitos de vida, para emitir menos CO2: menos coche y más transporte público, menos calefacción o aire acondicionado y más aislamiento, menos consumismo y hasta comer menos carne

¿Qué hacer para emitir menos CO2? A nivel mundial, los expertos recomiendan recortar drásticamente las subvenciones a las energías contaminantes (el carbón, el gas y  los carburantes reciben hoy más de 2 billones de euros de ayudas públicas), obligar a pagar a las industrias más contaminantes (el mercado de CO2 no funciona y contaminar con 1 Tm de CO2 cuesta sólo 7 euros, en vez de los 30 que costaba en 2008), reconvertir las industrias más contaminantes (electricidad, cemento, siderurgia, aluminio…), apostar y apoyar a las renovables (como ha hecho Alemania,"el país más verde” de Europa), dar ejemplo desde las Administraciones públicas (la ciudad de Hamburgo se abastecerá 100% con renovables en 2025) y fomentar entre los ciudadanos un consumo más verde, con campañas, con impuestos  a las energías contaminantes y con precios que ayuden al cambio.

En España, el futuro Gobierno debería promover un Plan urgente contra el Cambio Climático, porque estamos más retrasados que la mayoría de Europa (salvo el “negro” Este). Hay que actuar contra las grandes fuentes de CO2: el transporte (25% del CO2), la generación de electricidad (23%), la industria (21%), la vivienda y los servicios (14%), la ganadería y la  agricultura (12%) y el tratamiento de residuos urbanos (5% emisiones). Hay que quitar peso al transporte por carretera (83% del transporte total, frente al 45% en la UE) y al coche privado (apoyando los híbridos y el transporte público), producir menos luz con carbón, fuel y gas natural (aunque suba el recibo), cerrar y reconvertir empresas contaminantes (de las10 empresas que más contaminan, 6 son centrales de carbón, 3 refinerías y una siderurgia), ayudar a aislar las viviendas y al autoconsumo energético (quitando el impuesto a los paneles solares de Rajoy) y modificando los hábitos de consumo, para comprar más productos locales (no chinos que suponen enormes emisiones al traerlos en barco) y menos carnes (1 kg de cordero supone 10.629 gramos de CO2 equivalente frente a 299 gramos de 1 kg de tomates o 140 gr de CO2 de producir 1 kilo de naranja). Y sobre todo, hay que informar bien de quién contamina y cómo, penalizando con impuestos a quien lo haga para invertir con ese dinero en un país más limpio.

Hay que pasar de las palabras y los gestos (apagar la luz un día al año) a los hechos. El mundo debe emprender una cruzada contra el CO2, la verdadera “guerra” de este siglo. Supone ir contra empresas e intereses muy poderosos, realizar grandes inversiones (1,3 billones de dólares al año hasta 2050, según la ONU), crecer con equilibrio y cambiar todos de estilo de vida. Pero no queda más remedio, si queremos salvar el Planeta y a nosotros mismos. Porque si no empezamos a tomar medidas ya, luego será tarde y el mundo tendrá que hacer frente a tantas catástrofes que la economía acabará en una crisis irresoluble. No pensemos sólo en los problemas de hoy, en el trabajo, en los sueldos, en nuestro nivel de vida. Pensemos en cómo preservarlo para nuestros hijos y nietos. Y para eso, hay que cambiar ya. Todos.