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lunes, 4 de noviembre de 2013

Dependencia: menos ancianos y discapacitados con ayudas


Si la crisis y los recortes del Gobierno Rajoy han deteriorado muy seriamente la educación, la sanidad y las pensiones, a la Dependencia, el cuarto pilar del Estado del Bienestar, la han herido de muerte: se ha recortado un tercio su financiación, se ha frenado la entrada de dependientes, se han reducido las ayudas y se ha disparado el copago y la privatización de servicios. Y lo peor: cada día hay 106 ancianos y discapacitados menos que reciben ayudas públicas, porque muchos mueren antes de que les lleguen. La Dependencia está en retroceso en 13 autonomías y los nuevos recortes previstos para 2014 y 2015 pueden acabar de dinamitarla. No se puede dejar a las familias, cada vez con menos recursos, que atiendan solas a sus ancianos y discapacitados. Son los eslabones más débiles de nuestra sociedad y ayudarles debería ser prioritario. Además, no cuesta mucho. Se puede y se debe 


                                                                                         Enrique Ortega                           
Desde julio de 2012, son doce los meses en que ha caído el número de ancianos y discapacitados que cobran ayudas por dependientes, algo que no había pasado nunca desde que entró en vigor la Ley de Dependencia, en enero de 2007. A finales de septiembre, eran 736.240 los dependientes que recibían alguna ayuda pública, 28.720 menos que a principios de año. Hay 106 dependientes menos con ayudas cada día. Ello se debe a tres causas: las autonomías están retrasando la concesión de ayudas para reducir gastos (pueden tardar hasta dos años y medio sin tener que pagar retrasos), se endurecen los criterios (incluso revisando niveles ya concedidos) y, sobre todo, porque muchos dependientes se mueren antes de que les lleguen: el 53% de los solicitantes tienen más de 80 años. Sólo en la Comunidad Valenciana han muerto 30.000 ancianos antes de que les llegaran las ayudas. Actualmente, hay 198.041 dependientes con derecho reconocido a una ayuda y que están a la espera de recibirla, muchos más de dos años ya.

Una forma dramática de ahorrar. La más habitual son los recortes puros y duros a los presupuestos de la Dependencia: entre 2012 y 2014, los recortes previstos suman 2.278 millones, un tercio del gasto de 2011, según los datos del Gobierno. Para 2014, el Presupuesto del Estado en Dependencia se reduce realmente un 0,1% (si descontamos el pago de deudas pendientes), aunque es mucho más porque se ha vuelto a eliminar la partida del nivel acordado (283 millones) que el Gobierno eliminó en 2012.Y habrá nuevos recortes de las autonomías, como en 2015, ya que el Gobierno les obliga a recortar otros 4.000 millones de gastos totales en los próximos dos años. Además, las autonomías buscan ahorrar en Dependencia retrasando pagos: muchas deben meses de ayudas a las familias y a las residencias, ONG, empresas y entidades sociales, asfixiadas por estas deudas. Y les han bajado “por decreto” los precios de los servicios que prestan (a costa de su deterioro).

Menos beneficiarios, menos presupuesto y deudas crecientes, un panorama de la Dependencia que se traduce al final en menos ayudas y más pagos para los dependientes y sus familias, que llevan casi dos años sufriendo los recortes. Recortes que empezaron en diciembre de 2011, a la semana de llegar Rajoy al Gobierno, cuando tomó la primera medida: dejar fuera de las ayudas, hasta julio de 2015 (al menos) a los dependientes moderados (412.000 solicitudes). En marzo recortó 283 millones a la Dependencia y en julio 2012 aprobó un decreto con profundos cambios para facilitar a las autonomías un drástico recorte del gasto en Dependencia: dejar de pagar la cotización a la Seguridad Social a los 423.000 cuidadores no profesionales de los dependientes, bajarles un 15% (y más : -70% Valencia) la paga mensual (55 euros sobre los 400 que cobraban), reducir los servicios (ayuda a domicilio), simplificar los baremos (de 6 a 3, bajando las ayudas), poder retrasar dos años más las ayudas (hasta 2,5 años) y subir el copago a las familias.

Desde junio de este año, todas las autonomías han subido drásticamente el copago de los servicios de Dependencia (sobre todo la teleasistencia), con lo que los dependientes y sus familias han pasado de pagar el 9,9% del coste del servicio (2009) al 19% (2013) y ahora entre el 40 y el 90% del coste, según los ingresos del dependiente y los servicios. Con ello, el dependiente paga mucho más y el Estado central mucho menos: si en 2009, los Presupuestos financiaban el 39,1% de la Dependencia, en 2013 sólo aportan la mitad, el 21,1%. Y cargan con dos tercios de la factura las autonomías (59,9% en 2013 frente a 39,15% en 2009).

Las autonomías, asfixiadas por la crisis y los recortes, buscan como ahorrar en Dependencia, para sostener otros servicios, sobre todo Sanidad y Educación (también con duros recortes). Y siguen distintos caminos: subir el copago, retrasar al máximo los expedientes, rebajar baremos y algunas, privatizar el servicio: promueven el cheque-servicio, un dinero que dan al dependiente (entre 426 y 715 euros al mes) para que él o su familia elijan la empresa con la que contratan el servicio (residencia, ayuda a domicilio, teleasistencia).Con ello, la autonomía se quita el problema de tener que ofrecer servicios (públicos o concertados) e invertir en centros, residencias y plantillas.

Esta modalidad de servicio (“prestación económica vinculada al servicio”) está en la Ley de Dependencia pero era marginal. En el último año, el cheque-servicio se ha disparado en cuatro autonomías del PP (Extremadura, Castilla y León, Aragón y Galicia), donde es ya la segunda prestación, tras la ayuda para cuidados familiares. Este cheque-servicio, denunciado por Andalucía y Asturias, tiene dos problemas. Uno, que no son los dependientes los que eligen residencia, sino las residencias quienes eligen a los dependientes (los de más recursos). Y otro, que si la Dependencia se convierte en un negocio, ¿quién atenderá a los dependientes de las zonas rurales, donde hay menos demanda y ancianos y discapacitados con menos recursos? Podría llegarse a una Dependencia dual: privada para los más ricos  y pública y marginal para los más pobres.

Al final, entre los recortes, la pérdida de ayudas, la caída de beneficiarios, el copago y la privatización, la Dependencia está herida de muerte: ha retrocedido en 13 autonomías y sólo ha mejorado en tres (País Vasco, Cantabria y Castilla y León), según el riguroso seguimiento de directores y gerentes de servicios sociales, que dan buena nota a dos autonomías (9,6 a Castilla y León y 8,3 al País Vasco), aprobado escaso a seis (6,3 La Rioja, 5,8 Andalucía y Cantabria,5,4 Cataluña y 5 Castilla la Mancha y Galicia), suspendiendo a las 10 restantes (con un 0,4 la Comunidad Valenciana, 1,3 Ceuta y Melilla y 1,7 puntos Canarias). O sea, que según donde vivan, así les van las ayudas a los dependientes y sus familias.

Las ayudas a la Dependencia no son caridad sino un derecho reconocido legalmente, aunque más reciente que otros y sin la financiación suficiente. Pero también es más barato: podría prestarse bien con unos 8.000 millones al año (en 2013 serán 6.255 millones), frente a los 121.500 millones de las pensiones, los 60.000 millones de la Sanidad, los 46.000 de la Educación o los 29.500 del desempleo. Y además, el coste en Dependencia tiene un amplio retorno (se recupera el 45% de la inversión, con impuestos y cotizaciones) y crea mucho empleo (invertir 10.000 millones crearía 1 millón de empleos, según la CEOE).

Pero no es sólo que invertir en Dependencia sea barato y rentable: es que estamos moralmente obligados con nuestros mayores y discapacitados, los eslabones más débiles de la sociedad. Ahora son 3 millones, pero para 2050, con una población envejecida, serán ya 7 millones de dependientes, según el CSIC. Hay que asegurar su cuidado y financiarlo de forma estable, buscando recursos suficientes a medio plazo, con impuestos, cotizaciones y copago, en paralelo con la reforma de las pensiones. Porque un derecho sin recursos es papel mojado. Se lo debemos a nuestros mayores. Antes de que se mueran.

domingo, 17 de marzo de 2013

Dependencia: entre los recortes y la privatización


Rajoy ha dinamitado la Dependencia, el cuarto pilar del Estado de Bienestar, que ha ayudado ya a 1.400.000 ancianos y discapacitados: ha reducido a la mitad la aportación pública y ha permitido a las autonomías que hagan recortes drásticos en los servicios. Además, las autonomías (más las gobernadas por el PP) han optado por dos medidas privatizadoras. Una, subir el copago a los dependientes, del 16% actual al 40% y hasta el 90%. La otra, favorecer el cheque-servicio: dan un dinero (de 426 a 715 euros) para que las familias busquen una residencia o servicio privado. Una opción que crece imparable en Extremadura, Aragón, Castilla León y Galicia. Y alientan el miedo de que la Administración no puede pagar la Dependencia, para que las familias contraten seguros privados. Algo falso: se puede y se debe atender a ancianos y discapacitados. Pero hay que financiarlo bien.
enrique ortega

La Ley de Dependencia, en vigor desde enero de 2007, fue la niña bonita de Zapatero, que la aprobó en pleno boom y no se preocupó de financiarla bien. Pero nunca le gustó a Rajoy ni al PP, quizás porque su ideología no comulgaba con que el Estado se ocupara de ayudar a los 3 millones de ancianos y discapacitados dependientes (“para eso están su familia o la beneficencia, como siempre”). Por eso, el primer parón de la Ley se dio en mayo de 2011, cuando el PP copó la mayoría de autonomías. Y al llegar al Gobierno, Rajoy dinamitó la Ley en sólo ocho meses: en diciembre mismo dejó fuera (hasta julio de 2005) a los dependientes moderados (412.020 solicitudes), en marzo recortó 283 millones para la Dependencia (Presupuestos 2012) y el 13 de julio aprobó un decreto con más recortes que desmantelaba 14 artículos básicos de la Ley de Dependencia.

El cambio fundamental de Rajoy ha sido estrangular financieramente la Dependencia, recortando unos 1.000 millones del Estado entre 2012 y 2013. Con ello, la aportación del Estado se reduce a la mitad: del 39,2% en 2009 pasó a financiar el 21,4% en 2012, a costa de las autonomías (del 50.8% al 62,6%) y los dependientes (pagan del 10 al 16%). A cambio de darles menos recursos, el Gobierno permite a las autonomías que ellos recorten servicios y derechos, pero no tanto y de forma desigual. Así, en 2012, les quita 370 millones y les permite recortes por 305. Y además, recorta más a las autonomías que lo están haciendo mejor (Castilla y León, la Rioja, Madrid y Asturias) y menos a las que gestionan peor (Canarias, Baleares y Murcia), según el Observatorio de la Dependencia.

Con esta menor aportación del Estado central, aumenta más la desigualdad de atención entre unas autonomías y otras, ya importante. Las que lo hacían mal, suspendidas por el Observatorio de la Dependencia, acaban teniendo menos recursos y lo harán peor: Comunidad Valenciana (nota: 0,8 sobre 10), Canarias (2,1), Baleares (2,5) y Murcia (3,3). Y las que lo hacían bien (Castilla y León, con 9,2 de nota, Andalucía, 7,5 y País Vasco, 7,1), sufrirán más el recorte de fondos y tendrán que hacerlo peor. Y entre todas, recortarán otros 666 millones entre 2012 y 2013 (en total, -1.666 millones de gasto público en Dependencia).  

Desde agosto, las familias de los dependientes ya sufren los recortes de unos y otros. Por un lado, a los 423.000 cuidadores no profesionales de ancianos y discapacitados (la mayoría mujeres) ya no les paga el Estado la Seguridad Social (160 euros) y 150.000 se han dado de baja. Además, las autonomías les han recortado un 15% o más (Valencia un 70%) la paga que les daban por atender a dependientes (unos 400 euros, ahora 55 € menos al mes). Otros recortes afectan a la atención a los dependientes: se empeoran y reducen los servicios (sobre todo la ayuda a domicilio), no se permite más de un servicio por dependiente, se simplifican los baremos (de 6 a 3, lo que reduce las ayudas) y se endurecen los criterios (revisando incluso niveles), se permite retrasar hasta 2 años las ayudas sin generar atrasos y se sube el copago por todos los servicios.

Esta medida, subir el copago del 16% actual a una franja del 40 al 90% del coste de los servicios es la principal vía de privatización de la Dependencia. Las autonomías están decidiendo los porcentajes (tienen hasta junio), pero va a suponer un gran coste para la mayoría de las familias con dependientes, los que tengan rentas superiores a 532 euros al mes (contando la pensión y un 5% del valor de su vivienda). Un par de ejemplos. Un jubilado con 618 euros de pensión y una vivienda tasada en 90.000 euros pasará de pagar 462 euros por una residencia a 892. Y un jubilado con 900 euros que tenga 60 horas de ayuda a domicilio pasará de pagar 39 euros al mes a 244. Si no puede, lo pagará su familia cuando muera: si el copago es mayor que la pensión, el dependiente genera una deuda con la Administración que heredará su familia con cargo a la vivienda del dependiente.

Unas autonomías van a ser más duras con el copago y otras están pensando en otra vía de privatización: el cheque-servicio, un dinero que se da al dependiente (entre 426 y 715 euros al mes) para que él o su familia elijan con quien contratan el servicio (residencia, ayuda a domicilio, teleasistencia). Con ello, la autonomía se quita el problema de tener que ofrecer servicios (públicos o concertados) e invertir en centros y plantillas. Esta modalidad, llamada “prestación económica vinculada al servicio”, está en la Ley, pero era marginal. En los últimos meses, su importancia se ha disparado en cuatro autonomías del PP: Extremadura, Castilla y León, Aragón y Galicia (en las tres primeras, era ya en febrero la segunda prestación).

Este cheque-servicio, denunciado ya por Andalucía y Asturias, tiene dos problemas: uno: que no son las familias las que eligen residencia, sino las residencias quien eligen dependiente (el que pueda pagar más servicios). Y dos, que si la dependencia se convierte en un negocio, ¿quién atenderá a los dependientes de las zonas rurales, donde hay menos demanda y ancianos o discapacitados con menos recursos?. Acabaríamos con una Dependencia dual: privada para ricos (de ciudad) y pública para pobres (y de campo).  

Lo que está claro es que la Dependencia, tal como está financiada, está tocada de muerte y condenada a los recortes y a las listas de espera. A finales de febrero, casi un millón de dependientes (983.154) tenía reconocida una prestación, pero sólo 755.374 recibían ayuda (sólo un 13,18% para una residencia, un 13,07% para ayuda a domicilio, el 6,96% para centros de día, un 13,37% para teleasistencia y la mayoría, el 54,4% reciben una ayuda económica, más barata que una residencia o un servicio). Los demás, 227.780 dependientes están a la espera de recibir ayuda, aunque la tienen reconocida. La mitad tienen más de 80 años y muchos se mueren antes de que les llegue.

Con este panorama, muchos alientan el temor de que la Dependencia (como las pensiones) no se pueda pagar. Y con ello, las aseguradoras están lanzando seguros privados de dependencia, caros y poco útiles para dependientes (sólo valen para los sanos). La solución no es privatizar la dependencia, sino financiarla bien. Se puede: costó 6.750 millones en 2012, muy lejos del coste de las pensiones (121.556 millones) o la sanidad (88.828 millones). Y se debe: tenemos una deuda con nuestros mayores y discapacitados, además de ser uno de los sectores con más potencial de crecimiento y empleo.

Para financiarla bien, primero hay que apuntalarla, con un crédito extraordinario que recupere los 2.000 millones perdidos desde 2011 (el Gobierno acaba de aprobar uno de 2.200 millones para tapar el agujero eléctrico). Luego, buscar ingresos estables y suficientes, vía impuestos o recargo en las cotizaciones, para hacer frente a un gasto que se va a disparar: en 2050 habrá 15 millones de ancianos, el doble que ahora, y un 46% necesitarán atención, según el CSIC, con lo que habrá 7 millones de dependientes. Y algo tendremos que pagar con nuestros ahorros, por lo que debe mejorar el trato a los planes de pensiones privados.

Algo hay que hacer y ya, para hacer frente a un grave problema que no se resuelve ni con recortes ni con privatizaciones. Tras toda una vida, no podemos dejar tirados a nuestros mayores: ayudarles es una prioridad de todos. No miremos para otro lado.