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lunes, 29 de junio de 2015

España roza la deflacion = economía débil


Hoy, España ha evitado caer en la deflación : doce meses seguidos con inflación anual negativa. Los precios llevaban 11 meses cayendo, pero este mes de junio, la inflación anual ha subido al +0,1%. Es casi deflación, pero oficialmente no. Con todo, los precios en España están por los suelos, mientras en Europa, los precios han comenzado a subir, tras cuatro meses cayendo. En mayo, sólo España y otros 7 países tenían inflación negativa (Grecia, Chipre y cinco del Este), todos con serios problemas económicos. Porque la baja inflación es un claro síntoma de que la economía está débil y las empresas, para vender, tienen que “tirar los precios”. Algo bueno para las familias, pero negativo para el país porque bajan los márgenes de las empresas, se crea menos empleo y cuesta más hacer frente a las enormes deudas de familias, empresas y el Estado. Sólo reanimando la economía, el consumo y la inversión se pueden reanimar los precios y asegurar más crecimiento y más empleo. Pero eso exige otra política, en Europa y en España.
 

enrique ortega


España siempre ha tenido una alta inflación (llegó al 26,4% en 1977), fruto de contar con unas empresas menos competitivas, que necesitaban vender más caro para ganar lo que el resto. Con la entrada en el euro y la mayor apertura al exterior, las empresas ajustaron sus precios para competir (inflación en torno al 3% desde 1999), sobre todo a raíz de esta crisis. Y eso les llevó a recortar plantillas (-3,8 millones de empleos perdidos) y sueldos (han bajado del 10 al 20%), como vías para rebajar costes y poder vender con precios más bajos, dentro y fuera de España. Así, en 2009, España ya tuvo 8 meses de inflación anual negativa (entre marzo y octubre), con un suelo de -1,4% en julio 2009. Luego se recuperó, llegando a un pico del 2,1% de inflación en junio de 2013, para bajar después y caer desde julio de 2014 (-0,3%), con 11 meses seguidos en negativo, hasta este junio de 2015, en que los precios han subido tres décimas y la inflación anual se sitúa en positivo (+0,1%), por primera vez desde junio de 2014 . Con ello, España ha evitado caer en la deflación, según la definición del FMI (dos semestres en negativo).

Cuando los precios bajan, es un claro síntoma de que la economía está enferma. Es lo que pasó cuando la Gran Depresión en EEUU: los precios cayeron un 24% entre agosto de 1929 y marzo de 1933. Luego, la situación se repitió en Japón, donde los precios cayeron un 25% entre 1995 y 2013, o en Suecia (finales de los años 80). En Europa, el riesgo de deflación ha estado presente a principios de este año, al caer los precios entre diciembre 2014 y marzo 2015, pero la situación ha mejorado, al estabilizarse los precios en abril (inflación anual 0) y subir por primera vez en mayo (+0,3%), gracias a la actuación del Banco Central Europeo (BCE), que se ha lanzado a reanimar la economía inyectando liquidez con la compra de deuda pública. Pero la inflación sigue muy baja, muy por debajo del objetivo del 2%, porque la economía europea está estancada y apenas crece: un +0,4% en el primer trimestre de 2015 y sólo un +0,3% en Alemania, Italia o Reino Unido, con +0,6% Francia y +0,9% España.

Los precios se recuperan despacio en Europa pero todavía hay 8 países que tenían inflación anual negativa en mayo, según Eurostat : Chipre (-1,7%), Grecia (-1,4%), Eslovenia (-0,8%). Polonia (-0,6%), Bulgaria y España (-0,3%), Lituania y Eslovaquia (-0,1%). Un pelotón de países con  serios problemas económicos, que obligan a sus empresas a vender tirando precios para sobrevivir. Enfrente, los países europeos que ya han salido de la crisis lo reflejan en subidas de precios: Austria (+1%), Suecia (+0,9%), Bélgica (+0,8%), Alemania y Holanda (+0,7%) e incluso Francia (+0,3%) y Reino Unido (+01%). En todos los casos, la bajada del petróleo y la fortaleza del euro hasta febrero (facilitando la deflación importada) han ayudado a subir los precios, pero la clave está en un mayor consumo y crecimiento. Y aunque España crece más que la mayoría de Europa, es a costa de “tirar los precios”. Las previsiones, del Gobierno, el FMI o la Comisión Europea, apuestan por que tendremos inflación anual negativa (con altibajos) hasta finales de 2015 (entre -0,4% y -0,7%).

Siempre se piensa que tener los precios bajos (o incluso negativos) es bueno, porque podemos comprar más con nuestros ingresos y ahorros. Y además, tener precios bajos permite a las empresas competir mejor fuera, exportar mejor. Todo esto es verdad. Pero los precios muy bajos o negativos tienen tres graves problemas. El primero, que la baja inflación lleva a los consumidores a retrasar sus compras (más si les recortan sus ingresos), pensando que comprar mañana será más barato. Y con precios muy bajos, las empresas ganan menos, invierten menos, no crean empleo y pueden acabar cerrando.

Por otro lado, la inflación baja o negativa es mala para los que tienen deudas: si los tipos de interés están al 3% y la inflación es del 2%, estamos pagando unos tipos reales del 1%. Pero si la inflación está al -0,2%, pagaremos un tipo real del 3,2%, más del triple. Un dato real: España paga hoy su deuda pública a 10 años al 2,27%, con una inflación del -0,3%, lo que supone pagar un tipo real del 2,57%, superior al que pagaba en 2011, cuando los tipos estaban más altos (al 6%) pero como la inflación era elevada (3,8%), el tipo de interés real que se pagaba era menor que ahora (6-3,8%=2,20%). En definitiva, que con baja inflación, cuesta más pagar las deudas. Y esto es más grave para España, donde el Estado debe más de un billón de euros, las empresas otro billón  y las familias 740.000 millones. El tercer problema de la deflación es que reduce los ingresos públicos: con precios más bajos, Hacienda recauda menos (sobre todo por IVA). Y se reduce menos el déficit público, obligando a más recortes.

En definitiva, menos consumo, menos crecimiento y empleo, más pago real de intereses y menos recaudación de impuestos son los costes de tener la baja inflación. Por eso, los costes de tener los precios demasiado bajos son mayores que los beneficios. Y por eso, tanto la Comisión Europea como el FMI y el BCE tratan de conjurar la deflación, bajando los tipos de interés al máximo (hoy están en el 0,05%) y aumentando el dinero en circulación, comprando deuda pública y prestando a los bancos para que reanimen el crédito. Pero no parece suficiente, al menos para España y muchos países del sur y este de Europa.

La baja inflación en España es un claro síntoma de la debilidad de la economía, por mucho que el Gobierno presuma de crecer más que los países del euro. Pero crecemos por el empuje del gasto y la inversión pública (desde mínimos) en un año electoral y por la incipiente recuperación del consumo, por la extra de los funcionarios (un 25% de la que les quitaron en 2012), el pequeño aumento del empleo (precario y mal pagado) y la rebaja de retenciones en las nóminas desde enero (por la bajada de impuestos en 2015, tras tres años de subidas). Pero no es un crecimiento consistente, porque los motores de un crecimiento más potente están “gripados”: la inversión apenas despunta y el consumo sigue débil. No en vano, los ingresos de las familias han vuelto a caer en 2014 (-0,2%) y son hoy un 14,7% inferiores a los de antes de la crisis: si el gasto medio por hogar era de 31.711 euros en 2008, en 2014 ha caído a 27.038 euros, 4.673 euros menos. Y por eso hay menos consumo, menos ventas, menos inversión  y menos empleo.


Y no parece que el gasto mejore si  los sueldos subieron sólo un 0,3% en el primer trimestre, según el INE. Y con 5,44 millones de parados, más de la mitad (56,5%) que no cobran ya el paro. Y con la mayoría del empleo creado precario (un 25% de los nuevos contratos duran una semana o menos) y mileurista (de 600 a 1.100 euros de media). Y con un 22,2% de españoles (más de 10 millones) en riesgo de pobreza, según el INE.

Así resulta difícil reanimar de verdad el consumo y que las empresas aumenten mucho sus ventas, algo clave para reanimar la inversión y el empleo. Y por eso, siguen optando por la vía más segura: bajar los precios al máximo, para intentar vender dentro y fuera. Pero como no les salen las cuentas, funcionan al día, sobreviviendo, sin pensar en ampliar su empresa o su plantilla hasta que no se aclare el panorama y puedan subir precios sin riesgo. Un círculo vicioso que puede durar años, como sucedió en Japón, estancando la economía y el empleo.

La clave es reanimar la economía, aumentando el consumo para que tire de los precios, la inversión y el empleo. Hay que actuar en dos frentes. Uno, en Europa, donde Alemania y los países del norte tendrían que aumentar sus sueldos y su consumo, sus compras a la Europa del sur (vía importaciones), como pide insistentemente el FMI. Y en paralelo, la Unión Europea debería fomentar un plan de inversiones, un Plan Marshall para reanimar la economía europea, con más recursos que el aprobado Plan Juncker (sólo 21.000 millones nuevos de los 315.000 previstos), que todavía no se ha puesto en marcha. Y ahora, con la crisis de Grecia, la economía europea crecerá aún menos.


Mientras, en España, el Gobierno debería promover el consumo privado, con una mayor subida de salarios en las empresas con beneficios,  y un mayor gasto público en educación, sanidad, gastos sociales y lucha contra la pobreza, gracias a una reforma fiscal más justa que consiga nuevos ingresos de los que pagan poco (grandes empresas, multinacionales y los más ricos) y permita bajar los impuestos a niveles anteriores a 2011 a la mayoría de españoles. Y en paralelo, con esos mayores ingresos públicos, promover un plan de inversiones, públicas y privadas, en tecnología, industria, formación y sectores con futuro, que tire del crecimiento y el empleo.

La baja inflación, los precios muy bajos mes a mes, son un claro síntoma de que la economía no va bien, diga lo que diga el Gobierno y sus voceros. Cinco años de austeridad a ultranza nos han llevado hasta aquí y aunque ahora estemos algo mejor, creciendo (poco) y creando algo de empleo (precario y mal pagado), hay que insistir en que seguimos en crisis y con demasiados parados como para no tomar otras medidas ya. No podemos regodearnos en la mediocridad de la situación económica actual, como dice el FMI. Hay que presionar para que se haga otra política, en Europa y en España, que nos saque de verdad del agujero. Y cuando esto ocurra, los precios volverán a subir, porque es lo suyo. Lo anormal es la deflación o la bajísima inflación.

lunes, 7 de abril de 2014

Deflación y estancamiento, un cocktail mortal


Los que hemos vivido una inflación del 27 % (1977), no acabamos de creer que los precios estén cayendo. Pero así es: la inflación anual está en el -0,2%. Algo que no pasaba desde 2009.Y lo mismo sucede en Portugal, Grecia, Irlanda y Chipre, lo que hace que Europa tenga un 0,5% de inflación mientras apenas crece. Inflación baja y débil crecimiento son un cocktail peligroso que dificulta la recuperación, porque  los precios bajos retraen las ventas y dificultan pagar las deudas, un problema grave para España. Por eso, políticos y expertos han pedido al BCE que actúe contra una posible deflación. Pero Draghi no ha hecho nada, a la espera de las elecciones y presionado por Alemania y los países acreedores del norte, a los que la deflación no preocupa como al sur. Otra vez más, Europa no toma medidas y deja que España y el sur peleen sin ayuda contra el estancamiento y la baja inflación. Al BCE, a Alemania y a Bruselas, les ciega su ideología y sus intereses. Así nos va 
 
enrique ortega

Lo normal es que los precios suban y se coman parte de nuestro sueldo. Cuando bajan, es que la economía está muy enferma, como pasó en la Gran Depresión: los precios cayeron un 24% entre agosto 1929 y marzo 1.933. O en Japón, donde los precios han caído un 25% desde mediados de los 90. En España, aunque ya no nos acordamos, los precios cayeron al principio de esta crisis: tuvimos 8 meses de inflación anual negativa, entre marzo y octubre de 2009, con un pico de -1,4% de inflación en julio 2009. Y también cayó en otros países europeos.

Ahora ha vuelto la baja inflación: si en junio de 2013 estaba en el 2,1% (un nivel “normal”), en septiembre cayó al 0,3% (por el efecto de la subida del IVA un año antes) y ha estado entre el 0 y el 0,2% desde entonces (-0,1% en octubre), para bajar al -0,2% en marzo. Una inflación negativa que se da también en los otros países europeos con problemas: Portugal (-0,1%), Grecia (-1,2%), Irlanda (-0,1%) y Chipre (-1,3%).Mientras, la Europa del norte tiene inflación positiva: +1% Alemania, +1,7% Reino Unido, Francia +0,9%, Austria +1,5%, Bélgica +1%, Holanda +1,1%, Finlandia +1,3% e Italia +0,5%. Con todo, la media de inflación europea ha bajado al +0,5%, lejos del tope-objetivo del 2% del Banco Central Europeo (BCE).

¿Por qué la inflación baja? La razón fundamental es la crisis, la falta de demanda y de consumo, que se ceba más en España y la Europa del sur: las empresas no venden y para conseguirlo, dentro y fuera, tiran los precios. Además, la política de austeridad, con los recortes y la bajada de salarios, junto a la subida de impuestos, hunden los ingresos de las familias, que reducen sus gastos y no consumen. Y para dar la puntilla, tenemos un euro fuerte, que lleva dos años subiendo por culpa de las restricciones monetarias europeas, con lo que se abaratan las importaciones, bajando los precios de la energía y los alimentos.

Mientras la economía y el consumo no mejoren, los precios van a seguir bajos por bastante tiempo. El BCE cree que acabarán en el 1% en 2014 y que no volverán al 1,5% hasta 2016. Y el Banco de España prevé una inflación del 0,4% en 2014 y el 0,8% en 2015. Es una inflación baja (la llaman desinflación), pero no es deflación, una palabra que sólo se puede aplicar cuando los precios bajan 6 meses seguidos (como en 2009). Pero aunque no estemos en deflación, el riesgo existe. Y la inflación baja también es una fuente de problemas.

Siempre hemos creído que tener los precios bajos es bueno, porque podemos comprar más con nuestros ingresos y ahorros. Y además, permite a las empresas competir mejor fuera, exportar. Es verdad. Pero los precios bajos tienen dos graves problemas, más para una economía que intenta salir de la crisis. El primero, que la baja inflación lleva a los consumidores a retrasar sus compras (más si les recortan sus ingresos), pensando que comprar mañana será más barato. Y con precios bajos, las empresas ganan menos, tienen menos márgenes, invierten menos, no crean empleo y pueden acabar cerrando.

Por otro lado, la inflación baja es mala para los que tienen deudas: si los tipos de interés están al 3% y la inflación es del 2%, estamos pagando unos tipos reales del 1%. Pero si la inflación baja al -0,2%, pagaremos entonces un tipo real del 2,2%, más del doble. Un dato real: España paga hoy por la deuda pública a 10 años el triple de interés real que en 2011 (3,42% frente a 1,21%), aunque ha bajado la prima de riesgo y el interés nominal (del 6% al 3,3%), por culpa de la bajísima inflación. Y además, nuestro patrimonio, nuestro sueldo, el PIB de nuestro país valen menos, con lo que el porcentaje (el peso) de la deuda a pagar es mayor. Esto es especialmente preocupante para un país como España, donde el Estado debe casi un billón de euros (961.555), las empresas otro billón (1.072.000) y las familias 787.400 millones. La baja inflación perjudica a los deudores: les aumenta la deuda pendiente de pagar. Y por si fuera poco, la desinflación mengua los ingresos públicos: a precios más bajos, menos recaudación (sobre todo por IVA). O sea, con precios bajos, más déficit público.

Menos consumo, menos crecimiento y empleo, más pago de intereses y más déficit público, los costes de tener una baja inflación. En definitiva, la desinflación agrava la crisis y dificulta la recuperación, además del riesgo de entrar en deflación. Por todo ello, tanto la Comisión Europea como el FMI, el Banco de España y los Gobiernos español e italiano habían pedido al BCE que tomara medidas para reanimar la inflación en Europa. Las más efectivas son bajar los tipos de interés y aumentar el dinero en circulación, para facilitar la actividad y, de paso, bajar la cotización del euro, que alimenta la desinflación y dificulta las exportaciones.

Pero el BCE se ha limitado a hacer declaraciones y no ha tomado medidas efectivas, que retrasa hasta que haya más riesgo de deflación (y hasta que pasen las elecciones europeas del 25 de mayo…). Y eso porque Alemania y los países del norte no están preocupados por la baja inflación. Primero, porque no la tienen tan baja. Y segundo, porque son países acreedores y como tales, les viene bien que haya una baja inflación, porque van a cobrar más y protegen a sus ahorradores. El problema lo tienen más los países del sur, que son deudores y con un alto paro: la desinflación nos mata.

Una vez más, el BCE y los fundamentalistas de Bruselas se pliegan a los intereses de la Europa del norte, que crece más, tiene poco paro y una inflación no preocupante. Y mientras, España no acaba de salir de la recesión: la economía está estancada, no hay consumo, baja la renta de las familias, se crea poco empleo precario (temporal, a tiempo parcial y autoempleo de autónomos), sube la deuda, el déficit público se estanca (sólo bajó 2.637 millones en 2013, a pesar de los recortes y subidas de impuestos), las exportaciones crecen menos y el crédito sigue cayendo, con lo que no hay dinero para una posible recuperación.

La baja inflación es un síntoma más de la profunda crisis que sufrimos pero puede ser muy peligrosa y llevarnos a una tercera recesión. Por eso, es urgente que Europa se tome en serio reanimar la economía y el crédito, con tipos bajos y liquidez suficiente, como han hecho Estados Unidos, Japón, China e incluso Gran  Bretaña, con bastante éxito. Hay que poner la vista en el paro, el más alto desde la postguerra mundial, y en la inflación, que ha bajado a niveles peligrosos. Alemania y los países del norte tienen que subir salarios, consumir y crecer más, tirando de la Europa del sur. Y necesitamos un Plan Marshall para reanimar la economía europea, compartir la deuda (eurobonos) para que no sea una losa para los países del sur y facilitar crédito a bajo interés, para que haya inversión y empleo. Acabar con la austeridad que nos ha llevado a la recesión y, ahora, a la desinflación.

Esto es lo que nos jugamos en los próximos meses. Y las soluciones van a depender mucho de los resultados de las próximas elecciones europeas. Pensémoslo al ir a votar.