lunes, 23 de marzo de 2026
Ayudas públicas frente a la guerra de Trump
lunes, 24 de octubre de 2022
3ª subida de tipos: hipotecas disparadas
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| Enrique Ortega |
Los precios siguen muy altos, más en Europa (+10,9% inflación en la UE-27 y +9,9% en la zona euro), y los bancos centrales de todo el mundo buscan doblegarlos con una vieja receta contra la inflación: subir los tipos de interés. El primero en tomar medidas fue la Reserva Federal USA, que subió los tipos un +0.25% el 17 de marzo de 2022, cuando llevaban en el 0% desde marzo de 2020, por la pandemia. Y los ha subido después, cuatro veces más (mayo, junio, julio y septiembre), hasta el 3%. El Banco Central Europeo (BCE) retrasó la subida de tipos, por temor a hundir una economía europea más débil que la norteamericana, pero la inició el 21 de julio (+0,50%), ampliándola el 8 de septiembre (+0,75%. Y se espera que este jueves vuelva a subir los tipos otro +0,75%, dejando el precio oficial del dinero en el 2%. Y anunciando que volverá a subirlo en noviembre y diciembre, con lo que puede cerrar el año con los tipos en el 3% (estaban en el 0% en junio y desde noviembre de 2011).
La presidenta del BCE sabe que la subida de tipos es una receta bastante ineficaz y dolorosa, según se desprende de sus palabras: “la política monetaria no puede reducir el precio del gas y no puede parar la guerra”. Lagarde sabe que no estamos ante una inflación de demanda (causada por un exceso de consumo e inversión) sino ante una inflación de oferta (subida de costes), donde encarecer el dinero no va a frenar los precios de la energía ni de los alimentos. Pero está obligada, por el papel del BCE, a “hacer lo que tengamos que hacer para frenar los precios”. Aunque eso provoque una recesión. Se trata de que la inflación baje, aunque sea “por las malas”, porque la economía esté tan hundida que ya no suben más los precios: inducir al coma al enfermo como tratamiento. La directora general del FMI ha alertado sobre lo que va a pasar: “las subidas de tipos acabarán influyendo en los precios cuando hayan ahogado definitivamente la demanda, con el riesgo de que eso signifique una recesión larga y profunda y un incremento del desempleo”.
El BCE admite que su política monetaria es “más un machete de pescadería que un bisturí”, ya que actúa sobre toda la economía y con retraso. Pero reconoce que “no tiene otra alternativa”, aunque subir tipos será “doloroso”. Primero, porque el BCE va “a remolque” de Estados Unidos: la Reserva Federal volverá a subir los tipos en noviembre y diciembre y cerrarán el año con el dinero al 4/4,40%. Y estos tipos más altos que en Europa arrastran a EEUU a los inversores, fortaleciendo el dólar y depreciando al euro. Y este menor valor del euro (ha caído un -13,8% este año frente al dólar, cotizando a 0,98 €/$) agrava la inflación, porque encarece (+13,8%) más de la mitad de las importaciones, que se pagan en dólares ahora mucho más caros. Segundo, porque los Gobiernos europeos se dedican a gastar más, en ayudas a empresas y familias contra la inflación, y eso “alimenta también la inflación”, al mantener o aumentar el gasto público y privado. Por eso, Lagarde se queja de que le toca hacer “el papel de mala” (subir los tipos) mientras los Gobiernos hacen “el papel de buenos”, echando dinero en la economía y alimentando la inflación. Claro que si no lo hicieran, la actual crisis de inflación se convertiría en una grave crisis social.
Así que el BCE, forzado por EEUU y por una inflación disparada, subirá los tipos por tercera vez esta semana (un 0,75%?) y volverá a hacerlo en los próximos meses, aún sabiendo que eso va a precipitar que Europa caiga en recesión, quizás en el 4º trimestre de 2022 y el 1º de 2023. Lo prefiere, aunque sea “doloroso”, porque cree que la inflación descontrolada es peor. Pero estas subidas de tipos van a agravar la crisis, tanto de los Gobiernos como de las empresas y familias. Ya lo están haciendo. La subida de tipos ha provocado que España esté pagando más por financiar su abultada deuda pública (1,475 billones): si en enero se colocaban los bonos a 10 años pagando un 0,60%, en junio se pagaba ya el 2,779% y el viernes 21 de octubre había que pagar el 3,652%...Las empresas españolas han visto encarecer sus créditos un +43% sólo hasta julio: han pasado de pagar un 1,61% a finales de 2021 al 2,3% en julio, según el Banco de España. Y las familias llevan meses pagando más por los créditos personales (+8,6%) y, sobre todo, por las hipotecas.
Centrémonos en las hipotecas: en España hay 5,5 millones de hipotecas “vivas”, de las que 4,1 millones (el 75%) son a tipo de interés variable y el 90% de ellas están referenciadas al Euribor (el tipo al que se prestan los bancos entre sí). Y este Euribor lleva meses subiendo, desde su mínimo en diciembre 2021 (era negativo: -0.502) hasta dispararse al +2,233% en septiembre 2022 (la mayor subida de la historia en un mes y en un año). Y en octubre, antes de que el BCE haga su tercera subida de tipos, ya está en el 2,60% mensual, lo que significa una subida real de las hipotecas del +3,1% en lo que va de año. Y los expertos apuestan porque el Euribor siga subiendo, hasta el +3,25% a finales de 2022, según FUNCAS.
Las familias con hipotecas ligadas al Euribor (3,6 millones) van a notar esta subida (el “dolor” que dice el BCE) en la próxima revisión, que suele ser anual (o semestral). Los que la revisen en octubre, con la subida del Euribor hasta septiembre, ya sufrirán un enorme susto: si tienen una hipoteca tipo (137.921 euros a 24 años, según los datos del INE), con un tipo del Euribor+1% (muy bueno), pagarán ahora 180 euros más al mes (+2.160 euros al año), un 35% más de recibo. Y si sigue la tendencia al alza, en los próximos meses será peor, por encima de 200 euros más al mes por hipoteca.
¿Qué pueden hacer los hipotecados? En teoría, tienen 3 opciones: cambiar la hipoteca, cancelar y contratar otra o amortizar lo que le falta de pagar (total o parcialmente). La opción que más se escoge actualmente es cambiar de hipoteca, optando por un tipo fijo en lugar de por un tipo variable ligado al Euribor. Pero no es fácil, porque los bancos han reaccionado y han subido los tipos fijos en estos meses (la mayoría de ofertas superan ya el 3%), ofertando hipotecas a tipo variable más atractivas (Euribor+0,80%), porque con ellas obtienen más margen del cliente y no se pillan los dedos con las hipotecas a tipo fijo. Hay que echar cuentas y pensar a medio plazo: el Euribor puede llegar al 4% en 2023, pero si la inflación baja en 2024 y 2025 al entorno del 2%, debería bajar a ese entorno también el Euribor a medio plazo y mantenerse hasta otra crisis. Así que a la hora de cambiar de tipo, pensemos en que una hipoteca es a 20/25 años y que es arriesgado “atarse” a un tipo alto.
Una vez decidido el cambio de hipoteca de variable a fijo, queda decidir si se hace con el propio banco (“novación”) o si se cambia la hipoteca a otro banco (“subrogación”), un proceso que suele tener más gastos y que a veces incluye “costes ocultos” (comisiones, nueva tasación, seguros, tarjetas…). El consejo suele ser renegociar primero con nuestro banco y luego preguntar al resto, con ofertas siempre escritas y comparables. Y si le queda menos de la mitad de hipoteca por pagar, lo aconsejable es no cambiar de banco (ni de hipoteca). La opción de cancelar y contratar otra suele ser la más cara, salvo que tengamos una pésima hipoteca. Y la tercera, amortizar la hipoteca (toda o en parte), puede ser una buena decisión si se cuenta con un dinero extra al que le sacamos poca rentabilidad. Pero siempre es mejor hacerlo en los primeros años de la hipoteca, cuando se pagan más intereses que capital. Luego, en la segunda mitad, se paga la mitad de intereses que de capital y compensa menos.
En general, es mejor no dejarse llevar por la corriente de cambiar de hipoteca, salvo casos muy claros. Lo evidente es que, por culpa de la subida de tipos, las familias hipotecadas tienen otro gasto extra en los próximos meses, además pagar más en la factura de la luz, el gas, los carburantes, los alimentos y casi todo. El problema que más preocupa es que esta subida de tipos tiene un efecto desigual, afecta más a las familias con menos recursos y sobre todo a las que se han endeudado más estos meses, por la inflación: este verano y ahora con ”la cuesta de otoño”, muchas familias han tirado de tarjeta y de préstamos personales para llegar a fin de mes, aumentando peligrosamente su endeudamiento. Y ahora, con la subida de tipos, tienen más difícil pagar, lo que preocupa a la autoridad bancaria europea, al Banco de España y a los bancos.
De hecho, el Banco de España ya ha “alertado” que el encarecimiento de las hipotecas hará que el 14% de las familias con hipoteca (unas 770.000 familias) se conviertan en “vulnerables”, al subirles ahora los intereses a pagar por encima del 40% de sus ingresos. El temor es que eso dispare la morosidad en los bancos y los desahucios. Para evitarlo, el Gobierno lleva semanas estudiando ayudas, a las que se ha “apuntado” la banca, por dos razones: para evitarse problemas (saben que muchas hipotecas que han concedido para mantener el negocio son “una bomba de relojería”) y para mejorar su imagen pública. Así, llevan días “vendiendo” que proponen al Gobierno una ampliación de hasta 5 años de las hipotecas (ojo: sólo de 1ª vivienda) de las familias más vulnerables, aquellas para las que la próxima revisión les suba la cuota más del 30%, siempre que la cuota les suponga más del 40% de sus ingresos y que ganen menos de 24.318 euros al año. Otra condición es que, con la ampliación de la hipoteca, el pago mensual no baje sobre lo que pagaban antes de la revisión por la subida del Euribor (o sea, que los bancos no cobrarán menos mensualidad ).
Con todas estas “condiciones”, serán pocos los hipotecados que se beneficien de esta moratoria, no más del 10% del total. Los bancos tienen prisa por anunciar la medida antes de que esta semana se publiquen sus resultados, los beneficios del tercer trimestre, que se espera sean "extraordinarios" gracias a la subida de tipos: la previsión es que los 6 grandes bancos aumenten sus beneficios un +25%, según este cuadro de posibles resultados por entidades de Bloomberg. Ya en el primer semestre de 2022, por efecto de la subida de tipos desde abril, la gran banca ganó un 36% más en su actividad en España, según Neovantas. Y además de ganar más de sus clientes cuando suben los tipos, los bancos también cobran más del BCE por el dinero que tienen allí depositado: si antes les cobraban por el dinero que “no movían”, en julio les pagaron un 0% y en septiembre un +0,75%. Y con la próxima subida de tipos, les pagarán más: se estima que, en el 4º trimestre, la banca europea ganará unos 8.000 millones extras por esos 4,3 billones que tienen “aparcados” en el BCE, según la previsión de Jefferies. Y tres bancos españoles, Unicaja, Bankinter y CaixaBank están entre los bancos europeos que más ingresos “extras” tendrán (ver cuadro).
Así que la subida de tipos es “dolorosa” para las cuentas públicas (más pago intereses), las empresas y las familias, pero va a recomponer los beneficios de la banca, este año y más el próximo. Por eso, el Gobierno Sánchez ha aprobado un nuevo impuesto temporal a la banca (sobre el margen de intereses y comisiones), con el que busca ingresar 3.000 millones entre 2023 y 2024, para afrontar el coste de las ayudas contra la inflación. Un impuesto duramente atacado por la banca española, que ha pedido ayuda al BCE, banca que todavía tiene “un colchón” de 65.471 millones para rebajar su pago de impuestos, un “cheque fiscal” con el que seguirán reduciendo el pago del impuesto de sociedades, a costa de los ajustes (de activos y créditos) que hicieron tras la crisis inmobiliaria…
En resumen, que este jueves nos cae encima otra subida de tipos, que no frenará los precios de la luz, gas, carburantes o alimentos, pero sí va a empeorar la situación económica de las familias, las empresas y el Estado. Y va a acelerar que Europa (y España) entre en recesión los próximos meses, forzando a la economía a “entrar en la UVI” como receta contra la inflación, en lugar de optar por otras vías, como bajar los precios de la energía (excepción ibérica, tope al gas) y moderar los márgenes y beneficios empresariales que se alimentan de las subidas. Será “una recesión anunciada”, fruto de una subida de tipos que se reconoce como “dolorosa”. Lo peor es que es una receta inútil, que sólo surte efecto con el enfermo en coma. Sería bueno que los Gobiernos europeos y el BCE se dejaran de “ortodoxias suicidas” y buscaran soluciones menos dolorosas. Las hay.
lunes, 5 de septiembre de 2022
Viene un otoño incierto y complicado
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| Enrique Ortega |
Ya son más de 6 meses de guerra en Ucrania y la economía mundial se resiente cada día más, como consecuencia de una inflación desconocida en 40 años, en EEUU (+8,5% anual en julio), en la zona euro (+9,1% en agosto, un récord histórico) y en España (+10,4% en agosto, dos décimas menos que en julio, la mayor inflación desde 1985). Y estos precios disparados, por la subida imparable de la energía (petróleo, carburantes y electricidad), los alimentos y la mayoría de productos (la inflación “de fondo” en España, sin energía ni alimentos, sube ya un +6,4% anual) se come los ingresos de las familias, recortando su consumo y el crecimiento, no sólo en Europa (+0,6% crece la UE-27 este año y +0,65% España) sino en todo el mundo: los 38 paises de la OCDE han crecido un +0.3% en el primer semestre, frente al +5,5% que crecieron en todo 2021.
En agosto, la inflación ha subido en Europa (+0,2%, al 9,1%) pero ha bajado algo en España (-0,4%, hasta el +10,4%), gracias a las ligeras bajadas de los carburantes, que han vuelto a subir en la última semana: 1,794 euros por litro costaba la gasolina y 1,882 euros el gasoil, todavía mucho más que antes de la invasión de Ucrania (+20,3 céntimos/litro la gasolina y +40,3 céntimos el gasoil). Con todo, los carburantes no son los mayores culpables de la alta inflación anual (han subido en el último año un +35% el gasóleo y un +23,9% la gasolina) sino la electricidad, que sube un +49,8% anual (hasta julio, según el INE), seguida de los hoteles (+33,8% de subida anual), el gas natural (+23,8% anual), los vuelos internacionales (+21,6%), los paquetes turísticos internacionales (+20,9%) y nacionales (+13,5%), los alimentos (+13,5% de subida anual) y los restaurantes (+5,7%), según el INE.
La electricidad ha alcanzado en agosto el mayor precio de la historia, con un precio medio en el mercado mayorista de 307 euros/KWh, el triple que un año antes (105,9 euros en agosto 2021) y el precio más elevado de este año, que empezó con 136 euros y alcanzó un récord el 9 de marzo (544,52 euros), tras la invasión de Ucrania, cerrando agosto con un precio de 476,39 euros/MWh. Y estaríamos pagando un 20% más por la luz en origen si España y Portugal no disfrutarán de “la excepción ibérica” del gas: un tope al precio del gas que se utiliza para producir electricidad. De hecho, el precio de la electricidad en origen en España (476,39 euros/MWh el 31 de agosto) es las tres cuartas partes del precio en Francia (651,77 euros/MWh), Italia (612,36 euros) o Alemania (604,49 euros). Y eso a pesar de que los consumidores con tarifa regulada tienen que pagar una fuerte compensación a las eléctricas para resarcirles del tope al gas (el 31 de agosto, de los 476,39 euros del precio mayorista de la luz, 289 euros/MWh son por la compensación).
Como balance, el Gobierno estima que los consumidores nos hemos ahorrado 1.383 millones de euros desde el 15 de junio a finales de agosto por la “excepción ibérica”, que ahora reclaman también Alemania, Italia y muchos paises europeos, mientras la Comisión Europea, que estaba en contra de intervenir en el mercado, va a estudiar ampliar la excepción a toda Europa, a la vista de que los precios futuros de la electricidad se disparan (por encima de los 1.000 euros para el invierno), debido al corte de gas ruso a Europa. Eso sí, a pesar del ahorro de la “excepción ibérica”, los consumidores españoles pagaremos en agosto la mayor factura de la luz de la historia: 158 euros de recibo medio, según Facua, 16 euros más que en julio y un 70% más que hace un año (93,10 euros en agosto 2021).
Junto a la luz y los carburantes, el tercer culpable de la inflación (con el turismo y la hostelería) son los alimentos, que han vuelto a subir en agosto, un +13,5% anual. Y lo preocupante es que suben todos, pero hay 15 alimentos básicos que suben más del 10% anual, en especial algunos aceites (+83,2%), las pastas (+31,6%), la leche (+23,1%), los huevos (+22,5%), el aceite de oliva (+16,9%), el pollo (+16,3%), el yogur (+16,2%), las frutas frescas (+15,1%), la carne de vaca (+14,5%), el pan (+14,7), el queso (+13,1%) o las patatas (+12%), según el INE (IPC julio).
Estas subidas de los alimentos están relacionadas con la subida de la energía, las materias primas (cereales y aceites), fertilizantes y piensos, pero hay un gran salto entre lo que reciben los agricultores y ganaderos por sus productos (que aseguran haber subido poco) y los que pagamos en el supermercado, quejándose el campo de que las subidas se quedan por el camino, entre distribuidores, industrias, mayoristas y tiendas. El hecho es que los productos agrícolas multiplican por 4,29 sus precios del campo al súper y los ganaderos por 2,82, según el último IPOD publicado por COAG. Veamos algunos ejemplos. Un ajo se paga al agricultor a 0,70 euros kilo y lo pagamos a 5,90 euros (+743%), la patata pasa de 0,20 a 1,51 euros (+394%), los tomates de 0,68 a 2,63 euros (+247%), la ciruela de 0,72 a 3,56 euros (+394%),el melón de o,21 a 1,27 euros (+505%), la sandía de 0,33 a 1,21euros (+267%), la ternera de 4,95 a 18,91 euros kilo (+261%), el pollo de 1,39 a 3,25 euros (+134%), el cerdo de 1,71 a 6,22 euros (+264%) y la leche de 0,40 a 0.83 euros litro (+108%).
Esta fuerte subida de márgenes en la alimentación, aprovechando la inflación generalizada, se da también en casi todos los sectores de la economía, como demuestra que la inflación de fondo (sin energía ni alimentos) haya vuelto a subir en agosto, al +6,4% anual. Eso significa que millones de empresas están aprovechando la guerra y la inflación para recomponer márgenes tras la pandemia y subir precios. Y por eso, no puede decirse que la subida de la inflación se deba a los salarios, que sólo han subido un +2,56% hasta finales de julio (y la mayoría de convenios nada, porque están sin negociar). El 83,4% de la subida de precios se debe al aumento de los márgenes empresariales, según un informe de CCOO. Y el propio Banco de España informa que las empresas españolas, a pesar de la inflación, han aumentado sus ventas (+45,3%) y sus beneficios (+62%) en el primer trimestre, aunque les suban muchos costes. Y de hecho las 35 grandes empresas del IBEX 35 han aumentado sus beneficios un +7,4% en el primer semestre de 2022, gracias en parte a subir precios.
Ahora, pasado el verano, se espera que la inflación pueda ceder algo, desde el 10,4% de agosto a una franja entre el 8 y el 9% de media a finales de año. Pero hay muchas incertidumbres en el horizonte, que podrían relanzar la inflación este otoño e invierno. La primera y fundamental, que se siga disparando el precio del gas, si Putin corta totalmente su suministro a Europa. Y más con el frío. El petróleo y los carburantes seguirán caros, por la mayor demanda en invierno y la escasez de refino en Europa. La luz seguirá muy cara, aunque podría mitigar su precio si toda Europa cambia el sistema de precios. Y los alimentos apenas bajarán: aunque habrá menos demanda de turistas, sufriremos los problemas derivados de la enorme sequía y las inclemencias meteorológicas, sobre todo en frutas, verduras, carnes y leche.
Con una alta inflación, las familias sufrirán un fuerte “mordisco” en sus ingresos, que les llevará a recortar su consumo, a gastar menos en lo que queda de año, tras la vorágine del verano. Y la puntilla será la subida de tipos en Europa, la hecha en julio (+0,50%) y la esperada para este jueves (entre +0,50% y +0,75%). La decisión y el anuncio de futuras subidas, para frenar la inflación, ya ha provocado una drástica subida del Euribor, el tipo de interés al que se prestan los bancos europeos entre sí: cerró el año 2021 con un tipo negativo del -0,502% y en agosto alcanzó un tipo medio positivo del +1,224%. Eso se va a traducir en una subida para los 4,1 millones de españoles que están pagando una hipoteca a tipo variable. De momento, con el Euribor en el 1,224%, la próxima revisión de una hipoteca tipo (150.000 euros a 25 años) supondrá pagar 120 euros más al mes de cuota (+1.400 al año). Una fuerte subida, que se une a las de la energía, los alimentos y casi todo, frenando aún más el consumo y las ventas. Y esta subida, un “ricino” de ortodoxia económica poco útil para bajar el gas, la luz o los alimentos, dañará también a las empresas, que verán encarecer sus préstamos. Y al Estado, que pagará 12.000 millones más de intereses por la deuda pública.
Con este complicado panorama, algunos políticos (PP y Vox) se agarran al “catastrofismo”, augurando otra grave crisis como la de 2008 (como “atajo” a la Moncloa). Pero hay que ser objetivo: ningún organismo internacional (ni ningún experto “serio”) cree que España vaya a entrar en una nueva recesión, ni este año ni en 2023. Todos prevén que creceremos, aunque menos que en 2021 (+5,1%): la Comisión Europea apuesta por un +4%, como el FMI, mientras la OCDE habla del +4,1%. Eso si el panorama internacional no se enturbia más y si Alemania, la locomotora europea, no entra en recesión a final de año, por los costes del gas. Y si la subida de tipos, en EEUU, Europa y todo el mundo, no agrava el parón y acaba provocando una recesión (que ya sufre USA, aunque no en su empleo).
Con todo, será un final de año muy difícil, sobre todo para Europa, que tiene que superar un invierno con restricciones de energía en Centroeuropa y menos problemas en España, aunque todos tendremos que ahorrar energía para evitar problemas de suministro. Y habrá que seguir con las ayudas a los carburantes, la luz, los transportes y los bonos al transporte público, medidas a las que se sumará el 1 de octubre la bajada del IVA al gas (del 21 al 5%), para rebajar la factura de las calefacciones (entre 8 y 10 euros al mes). Pero el Estado no es “un pozo sin fondo” y el Gobierno se ha gastado ya 30.000 millones de euros en ayudas públicas para paliar el coste de la guerra de Ucrania. Y harán falta otras nuevas si el conflicto se enquista y Putin utiliza hasta el final la energía como arma de guerra.
Pero la guerra de Ucrania también puede ser una oportunidad para Europa, para acelerar su independencia energética y su lucha contra el Cambio Climático, al igual que la pandemia aceleró la digitalización de hogares y empresas, reforzando la unión de los europeos ante la adversidad. Urge que Europa avance en la reforma del mercado eléctrico, en la aprobación del gasoducto Midcat de España con centro Europa (para enviar ahora gas y luego “hidrógeno verde”) y en acelerar las energías renovables, lo que beneficiará mucho a España, que ha pagado un alto precio por ser “una isla energética”.
A nivel español, la crisis derivada de la guerra de Ucrania debería ser una oportunidad para aglutinar esfuerzos, para intentar un gran acuerdo que redujera y repartiera los costes del conflicto. Por un lado, todavía es hora de que sindicatos y patronal se sienten a negociar un pacto de rentas, para subir algo más los salarios (sin provocar más inflación), imprescindible para que no se desplome el consumo y el crecimiento, y frenar los márgenes empresariales y los beneficios de algunos sectores, a costa del bolsillo de la mayoría. Y por si no se alcanza este acuerdo, el Gobierno debería multiplicar la vigilancia de los precios, con la Comisión de la Competencia (CNMC), para que no haya sectores y empresas que se aprovechen.
Y en paralelo, es urgente acelerar la inversión de los Fondos europeos, para reanimar la economía. Es un empujón clave para evitar otra crisis, máxime cuando ya están en marcha 28.000 proyectos, que darán trabajo a 19.000 empresas y 5.000 Ayuntamientos, un “oxígeno” necesario para compensar los efectos de la guerra. Y en la misma línea, serán claves los Presupuestos 2023, que deben servir para reanimar la economía el año que viene, donde la actividad y el empleo se presentan peor que este año, con una previsión de crecimiento del 1,5% para Europa y el 2,1% para España, según la Comisión Europea. Todo apunta a que 2023 será peor que 2022, si sigue la guerra, y hay que prepararse desde ya.
En resumen, que nos esperan unos meses complicados y con mucha incertidumbre, donde nuestras vidas van a estar pendientes de la guerra de Ucrania, de lo que haga Putin, de las medidas que tome Europa y de lo que hagan el Gobierno y la oposición en España. Pero mientras siga el conflicto, vamos a sufrir sus consecuencias. Es el coste de que Putin no gane su pulso. La respuesta europea exige sacrificios. Lo que debemos exigir es que se aprueban las mayores ayudas “posibles”, para repartir el coste de la crisis y que no salgan perdiendo los de siempre, mientras una minoría multiplica sus beneficios. Es la otra guerra.
lunes, 23 de mayo de 2022
3 meses de guerra revolucionan Europa
Mañana se cumplen 3 meses de la invasión de Ucrania, que ha agravado la situación económica y política de Europa. Por un lado, la subida de energía y alimentos frena el consumo y la recuperación, recortando el crecimiento europeo casi a la mitad. Y por otro, la amenaza de Putin obliga a los 27 a reforzar su gasto en Defensa y acelerar las energías verdes, con un Plan de choque para independizarse del gas y el petróleo rusos a medio plazo. Entretanto, España sufre más esta alta inflación, con carburantes 40 céntimos más caros, la luz esperando a bajar en junio y los alimentos disparados, lo que afecta especialmente a las familias más pobres, mientras las empresas aumentan beneficios y los salarios apenas suben: no se reparte el coste de la guerra. Ahora, el Gobierno debate si ampliar en junio las ayudas de marzo, que benefician más a los que más tienen. Ayudas costosas, que fuerzan a más déficit o a subir impuestos. La guerra nos trastoca.
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| Enrique Ortega |
El peor balance de estos 3 meses de guerra lo sigue teniendo Ucrania, con miles de muertos, millones de refugiados y una buena parte del país destruido (los costes superan los 500.000 millones de euros). Mientras, los europeos sufrimos la guerra en nuestros bolsillos, con la continua subida de la energía y los alimentos: en abril, la inflación media de la UE-27 volvió a subir, al 8,1%, la mayor tasa de la historia. Es el reflejo de una subida continuada del petróleo, que costaba el viernes 111,66 dólares por barril, un 14% más caro que antes de la invasión (97,89 dólares), aunque en realidad es mucho más caro (+19,5%) porque lo pagamos en euros que se han depreciado (-6,5% desde la invasión). Y eso ha encarecido los carburantes en Europa (+13,4% la gasolina y +14,2% el gasóleo). El gas natural, clave para la factura de la luz, ha atemperado su precio (75,81 euros el viernes, frente a 88,89 el 23-F), pero se va a disparar por la exigencia rusa de cobrarlo en rublos y los Planes para contar el suministro a medio plazo. Lo peor es la subida de los alimentos y materias primas (metales), que se ve en los supermercados y en muchas industrias, mientras siguen faltando componentes de Asia.
En España, la inflación sigue más elevada que en el resto de Europa (+8,3% de subida anual, en abril, frente al +8,1% en la UE-27 y el +7.4% en la zona euro, +5,4% en Francia, +6,3% en Italia y +7,8% en Alemania), pero ha bajado desde el máximo histórico de marzo (+9,8%), según el INE. Esta es la subida media, pero hay una serie de productos que han subido muchísimo más en el último año, según el IPC de abril: electricidad (+ 34,9%), gasóleo (+32,1%), gas natural (+19,4%), gasolina (+16,1%) y muchos alimentos (+48,4% los aceites, +21,6% los huevos, +13,7% los cereales, +12,8% las legumbres y frutas, +12,7% el pollo, +11,4% el vacuno, +10,7% el cordero, +10,2% el café…).
Lo preocupante no es sólo que suban tanto estos productos básicos sino que las subidas se han contagiado al resto de bienes y servicios que no son energía y alimentos. Es lo que se llama “inflación subyacente”, la inflación “de fondo” (sin inflación y alimentos no elaborados), que ha pasado del 2,4% en enero al 3,4% en marzo y el 4,4% en abril, según el INE. Eso indica que la mayoría de la economía ha aprovechado para subir precios, no sólo aquellos sectores y empresas a los que les ha subido la energía y los alimentos.
Esto indica que algunos han aprovechado la guerra y sus efectos para mejorar sus cuentas. De hecho, hay muchas empresas que ahora facturan más, básicamente porque han subido sus precios. Un indicador pueden ser las grandes empresas del IBEX, cuya cifra de negocio ha aumentado un 28,9% en el primer trimestre. Y aunque una parte del aumento es porque ahora venden más caro, también han aumentado sus beneficios: a cierre de marzo, las grandes empresas del IBEX habían ganado 12.896 millones de euros, un 51,5% más que en el primer trimestre de 2021, un año donde las 35 empresas del IBEX ya ganaron 58.543 millones de euros, el doble que antes de la pandemia (casi 28.000 millones en 2019). A pesar de la guerra, hay sectores (petróleo, banca, industrias básicas) que están ganando más que nunca. Y los dividendos que reparten crecieron un 86% hasta abril.
Mientras, los salarios apenas suben la cuarta parte que la inflación (+2,40% hasta abril) y lo mismo las pensiones (+2,5%), con lo que la inflación se come el poder adquisitivo de millones de españoles, sobre todo de esa 5ª parte de asalariados que ganan menos de 1.000 euros al mes. Los expertos, como CaixaBank Research y el propio Banco de España, han reiterado que “la inflación sí entiende de clases” y que las subidas actuales dañan más a las familias más vulnerables, a los que tienen menos ingresos, porque “pesan más” en su presupuesto los gastos en energía y alimentos. Así, los hogares con menos renta dedican 13% de su gasto a alimentación, frente al 10% los más ricos. Y dedican otro 33% a electricidad, gas, calefacción y vivienda, frente a sólo el 5% de sus ingresos los más ricos. Así que los efectos de la guerra de Ucrania y la inflación son desiguales y aumentará más la desigualdad.
Por eso, el Banco de España acaba de pedir, como antes hicieron la OCDE y el FMI, que los Gobiernos concedan ayudas dirigidas a los más vulnerables, no descuentos para todos (como se ha hecho con los carburantes), que son muy costosos y benefician más a los que más tienen. Y además, el Banco de España pide, como hizo el Gobierno, “un pacto de rentas”, que todo el mundo arrime el hombro: los trabajadores moderando las subidas de salarios (para no “alimentar” la inflación) y los empresarios moderando sus márgenes empresariales (y beneficios), no subiendo mucho sus precios. La realidad es que este pacto no se ha dado y que los más débiles pagan la inflación, los trabajadores no consiguen subir apenas sus salarios y casi todas las empresas han subido precios (y beneficios).
Mientras, los consumidores vemos subir sobre todo los carburantes, la luz y los alimentos. La gasolina ronda ya los 2 euros en muchas zonas y tiene un precio medio de 1,89784 euros por litro, más barata que la media UE (1,94054 euros/litro) y un +19,2% más cara que antes de la guerra, según el último Boletín petrolero europeo. El gasóleo ha bajado la última semana, con un precio medio de 1,88707, más caro que la media UE (1,8778 euros/litro) y un +27,5% más cara que el 23-F. Ambos carburantes, gasolina y gasóleo, cuestan ya 40 céntimos por litro más que antes de la invasión de Ucrania, aunque sólo 8 y 5 céntimos más que el 1 de abril, cuando entró en vigor la bonificación de 20 céntimos del Gobierno. Por cierto, que esta bonificación ha ayudado a subir el consumo de carburantes, algo en marzo (+4,15% las gasolinas) y más en abril, con la Semana Santa. Así que nos quejamos mucho de los altos precios, pero seguimos repostando como si nada.
La luz, otro “agujero” en nuestros bolsillos, nos ha dado un cierto respiro en abril, ya que el precio en el mercado mayorista bajó de los 200 euros el 8 de abril, con una media de 191,52 euros en abril después de haber costado 283,3 euros de media en marzo. Eso ha servido para bajar el recibo medio de 143 euros (marzo) a 102,38 en abril, todavía un 46% más caro que un año antes (70 euros en abril 2021). Ahora, mayo sigue con la luz por debajo de 200 euros MWh (178,71 el sábado), menos que antes de la invasión (195,86 euros), y bajará en junio, entre un 20 y un 30%, gracias al tope al gas autorizado por Bruselas durante un año. Y será “un seguro” importante, con recibos en torno a 80-85 euros al mes, a pesar de que el precio del gas y de la electricidad en origen se disparen si Rusia bloquea las ventas a Europa.
Estos 3 meses de guerra en Ucrania no sólo han desbaratado nuestras economías domésticas sino que han revolucionado Europa. En primer lugar, han provocado un freno a la recuperación, porque la alta inflación ha frenado el consumo de los europeos, recortando su crecimiento. Ya en el primer trimestre, la economía de la UE-27 apenas creció un +0,3%, con una caída de la economía italiana (-0,2%), un estancamiento de Francia (+0%) y un mínimo crecimiento de Alemania (+0,2%), mientras España crecía sólo un +0,3% (frente al +2,2% el trimestre anterior), según Eurostat. Y ahora, el 16 de mayo, la Comisión Europea ha recortado drásticamente sus previsiones de crecimiento para 2022: la UE-27 crecerá un +2,7% (casi la mitad del 4,3% esperado en noviembre), con un menor crecimiento aún para Alemania (+1,6%, frente al 4,6% estimado en noviembre) e Italia (+2,4%, frente al +4,3% antes) y con un +3,1% para Francia (+3,8% antes). Para España, Bruselas prevé ahora un crecimiento del +4% este año, inferior al +4,3% que espera el Gobierno (y lejos del 5,5% que nos auguraban crecer en otoño pasado, antes de la guerra).
Así que la guerra de Ucrania llevará a Europa a crecer casi la mitad de lo esperado, incluso menos (rozando la crisis), si el conflicto se alarga. Pero además, la invasión ha puesto patas arriba el modelo europeo, desde la Defensa a la energía. Por un lado, ha revitalizado la necesidad de crear un modelo de Defensa europeo, en principio apoyado en la OTAN. Y eso pasa, además de la ampliación a Suecia y Finlandia, por gastar más en Defensa, destinar una buena parte del Presupuesto europeo a alcanzar el 2% de gasto militar, cuando ahora la UE destina el 1,30% del PIB. Eso significa, a lo claro, que Europa se propone gastar 43.350 millones de euros más en Defensa en los próximos años, un dinero que habrá que sacar de algún lado (de otras inversiones y gastos o con más impuestos). Y en paralelo, la guerra de Ucrania ha revelado la urgencia de reducir la enorme dependencia energética de Rusia: importa el 41% del gas, el 46% del carbón y el 27% del petróleo. Para romper esta peligrosa dependencia, la Comisión Europea aprobó el 18 de mayo un nuevo Pacto verde europeo (“RePower EU”, que pretende acelerar las energías renovables, buscar nuevos suministradores de energía, aumentar el ahorro energético y movilizar 300.000 millones de euros para infraestructuras que ayuden a la independencia energética de Europa.
Así que Putin ha obligado a la Unión Europea a “ponerse las pilas” con la Defensa y la Energía, dos cuestiones claves para el futuro de Europa. Pero los dirigentes europeos no acaban de afrontar otro reto de futuro imprescindible: la Europa fiscal. Si ahora “pincha” la recuperación en toda Europa, harán falta nuevas ayudas a los paises más vulnerables, sobre todo a la Europa del sur. Si con la pandemia se aprobó un paquete extraordinario de ayudas e inversiones, el “Next Generation UE” (750.000 millones entre subvenciones y créditos, 140.000 para España), ahora, con la guerra de Ucrania, urge aprobar nuevos Fondos UE para afrontar los nuevos retos (más gastos de Defensa, más gastos en reconversión energética, más ayudas sociales), ya que lo previsto de momento es "rebañar" dinero de viejas partidas, no poner dinero nuevo. Y sólo se pueden conseguir esos nuevos fondos necesarios si Europa empieza a configurar una política fiscal común, con impuestos europeos más homogéneos y más solidaridad entre norte y sur.
Mientras, en España, la guerra de Ucrania está ya frenando la recuperación, con una caída generalizada del consumo, que seguirá limitando el crecimiento, aunque el empleo parece salvarse de momento (con un nuevo récord de cotizantes en mayo). La clave va a estar en el turismo este verano (que va a depender de que no “pinchen” los bolsillos de alemanes, franceses, nórdicos y británicos) y en que tiren los Fondos Europeos, que avanzan lentamente. En cualquier caso, a finales de junio se acaban las ayudas a los carburantes y la bajada de impuestos a la luz, dos medidas muy costosas (suponen unos 9.000 millones de gasto al semestre). El Gobierno tiene un dilema: o suprime estas ayudas y las de los sectores (transporte, campo, mar, industrias) o las prorroga, sabiendo su alto coste y que benefician más a los que más tienen. No es una decisión fácil. Y más sabiendo que, si la guerra dura varios meses más, tendrá un alto coste para las arcas públicas españolas, que ya tienen un elevado déficit y una altísima deuda.
Así que España también tiene, como Europa, un importante reto fiscal: si quiere hacer frente a las nuevas necesidades, de Defensa (gastar el 2% del PIB en lugar del 0,9% actual, supone destinar 13.500 millones más al gasto militar), de independencia energética o a ayudas a las familias y sectores más vulnerables, junto a todas las necesidades en sanidad, educación, Ciencia, digitalización e infraestructuras tiene que recaudar más. Y eso pasa por hacer una reforma fiscal, homogeneizando el IVA y los beneficios fiscales (como pide el Banco de España) y haciendo que paguen más los que pagan hoy poco (grandes empresas, bancos, multinacionales y los más ricos). Ese debería ser hoy el debate y no la consigna ideológica de “bajar impuestos”. Pero el tema, como pasa en Bruselas, no se va a afrontar de cara a los Presupuestos de 2023. Y menos de cara a un año electoral. Así que seguiremos con parches, en las ayudas y en el déficit, en Europa y en España, a esperar que la guerra de Ucrania amaine y no haya otra recesión este año. Recen.


