Aunque muchos no lo sepan, España fue un país muy industrializado hace unos 50 años: en 1970, la industria suponía más de un tercio de la economía (aportaba el 38% del PIB). Y todavía en 1980, éramos la 9ª potencia industrial del mundo. A partir de 1983, el Gobierno de Felipe González tuvo que afrontar una dolorosa reconversión industrial, que desmanteló las industrias básicas (siderurgia, naval…), ruinosas por la competencia de paises en desarrollo. En los años 90, el Gobierno Aznar privatizó las empresas públicas más rentables (Telefónica, Repsol, Tabacalera…), mientras España se volcaba en el ladrillo y los servicios. Resultado: el peso de la industria cayó en picado: de aportar el 19,8% del PIB en 1987 se pasó al 16,36% en 2007 y a un mínimo de 15.98% del PIB en 2013, el peor año de la crisis. A partir de ahí, siguió perdiendo peso, hasta aportar el 14,5% del PIB en 2019. Y aunque mejoró su aportación con la pandemia, por el menor peso de los servicios y la construcción, su aportación no superó el 16% del PIB en 2022. Y luego ha seguido cayendo.
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lunes, 22 de septiembre de 2025
Industria: España se aleja de Europa
Hemos tenido otro verano récord de turistas, pero no
tanto como se esperaba, por los altos precios, las olas de calor y el
estancamiento económico en Europa tras los aranceles de Trump, que han reducido
los turistas alemanes y franceses. Es el momento de repensar el futuro
del turismo y si España debe crecer siendo la California de Europa,
a costa de hoteles, bares, comercio y ocio, que generan un empleo
inestable (se han perdido 200.000 empleos en agosto) y mal pagado. La
alternativa es promover la industria, avanzar en sectores competitivos
y con futuro, apoyados en la tecnología, digitalización y una energía renovable
que nos aporta tener la luz más barata de Europa. Pero España está
muy rezagada en industria respecto a Europa y hemos perdido 723.500
empleos industriales en este siglo. Urge un Pacto social por la
industria, pero los enfrentamientos políticos tienen parada en el
Congreso una nueva Ley de Industria aprobada por el Gobierno en
diciembre de 2024. Sin más industria no hay futuro. Enrique Ortega
Aunque muchos no lo sepan, España fue un país muy industrializado hace unos 50 años: en 1970, la industria suponía más de un tercio de la economía (aportaba el 38% del PIB). Y todavía en 1980, éramos la 9ª potencia industrial del mundo. A partir de 1983, el Gobierno de Felipe González tuvo que afrontar una dolorosa reconversión industrial, que desmanteló las industrias básicas (siderurgia, naval…), ruinosas por la competencia de paises en desarrollo. En los años 90, el Gobierno Aznar privatizó las empresas públicas más rentables (Telefónica, Repsol, Tabacalera…), mientras España se volcaba en el ladrillo y los servicios. Resultado: el peso de la industria cayó en picado: de aportar el 19,8% del PIB en 1987 se pasó al 16,36% en 2007 y a un mínimo de 15.98% del PIB en 2013, el peor año de la crisis. A partir de ahí, siguió perdiendo peso, hasta aportar el 14,5% del PIB en 2019. Y aunque mejoró su aportación con la pandemia, por el menor peso de los servicios y la construcción, su aportación no superó el 16% del PIB en 2022. Y luego ha seguido cayendo.
Tras este “desplome industrial”, España es ahora la
17ª potencia industrial del mundo y compite, sobre
todo, en precio (gracias a los menores salarios) y con manufacturas
que aportan poca innovación, tecnología y valor añadido. Pero el mayor problema
es que la industria en España se encuentra muy
rezagada respecto a Europa y la brecha se ha agravado en este siglo.
Así, la aportación industrial en España es del 11,8% del PIB en 2024
frente al 15.6% que aporta la industria europea el crecimiento (el
objetivo de la Comisión es que aporte el 20% en 2030). Y este retraso español en
la aportación de la industria (-3,8%) se ha duplicado en este siglo: en el año
2.000, la industria española aportaba el 17,99 % del PIB, frente al 19,4% la UE
(-1.41% de diferencia), según un reciente estudio
publicado por la Fundación BBVA e Ivie. A lo claro: que éramos
un país menos industrial que Europa en el 2000 y ahora lo somos
aún menos.
Lo más preocupante no es sólo la pérdida de industria en
este siglo, sino sus consecuencias negativas para el empleo. El
estudio revela que la industria española mantenía el 17,3% del empleo en el
año 2.000 (el 18% la europea) y que en 2024 sólo mantuvo ya el 9,9% del empleo
total (13,7% la industria europea), lo que vuelve a indicar que la pérdida
de empleo industrial en este siglo ha sido mucho mayor en España que en el
resto de Europa. La
cifra que aportan la Fundación BBVA e Ivie es muy llamativa: se han
perdido 723.500 empleos industriales en España entre el año 2.000 y el 2024,
un 25% del empleo industrial español. Trabajadores que han
ido al paro o se han reciclado en la construcción y los servicios, con empleos generalmente
más precarios y peor pagados que en la industria.
No sólo se ha perdido empleo y actividad industrial, también
se han reducido las exportaciones españolas de productos industriales,
que ayudaban a generar divisas y empleo, aportando desde fuera al crecimiento global.
Y ahí, de nuevo, España está rezagada respecto a Europa: las
exportaciones industriales aportan el 20,3% del PIB, mientras en la UE-27
aportan el 31,1%, según
el informe. Y eso tiene que ver con los productos industriales que
exportamos (con menos tecnología y menos valor añadido) y con una menor productividad de la industria
española, derivada del menor tamaño de sus empresas, la menor innovación,
digitalización y tecnología, la falta de internacionalización, la ubicación
geográfica y los mayores costes, factores que no compensan unos sueldos
mucho más bajos.
Otro problema de la industria española, según
el informe, es que está demasiado concentrada en sectores menos
productivos y competitivos. Así, el 60% de toda la producción
industrial se concentra en 4 sectores: industria agroalimentaria
(19,4%), metalurgia y productos metálicos (12,7%), industria química y farmacéutica
(12,1%) y material de transporte (11,8%). Significa que tenemos una
industria muy concentrada en “alimentar a Europa” y proveerla de metales, química
y medicamentos, pero con poco peso de las industrias más competitivas y
que aportan más crecimiento y empleo: fabricación de maquinaria y bienes de
equipo (tenemos la mitad de industria que Europa), productos informáticos, electrónica
y óptica (tenemos casi 6 veces menos de industria que la UE-27).
El estudio destaca que la Comisión Europea pretende
relanzar la industria en los próximos años, como palanca para competir
con EEUU y China. Y recuerda que el gran objetivo es que la industria europea aporte
el 20% del crecimiento y el empleo en 2030 (España está lejos, en el
11,8%, mientras la UE-27 alcanzó el 15,6% en 2024, superando el 20% Alemania
pero sin alcanzar ese nivel de industrialización ni Francia ni Italia). Para
mejorar la industrialización, Bruselas propuso a los paises en 2023 (“Plan
industrial del Pacto verde europeo”) utilizar dos palancas: mejorar la
digitalización y afrontar el reto energético, para que la industria consuma
menos energía y más barata.
La primera asignatura pendiente de la industria española es
aumentar su digitalización, dentro de un proceso más global de
incorporar más tecnología e innovación. Y aquí también vamos retrasados
respecto a Europa: el 62% de las manufacturas españoles presentan “un
nivel básico de digitalización”, frente al 68,3% de media en la UE-27, según
el informe de la Fundación BBVA e Ivie, cuando el objetivo debería ser que
alcanzaran ese nivel básico el 90% de las industrias europeas. Y sólo el 21,9%
de las industrias españolas tienen un nivel avanzado o muy avanzado de
digitalización, frente al 28,7% de las europeas.
En cuanto a las inversiones en tecnología, la
industria española también está retrasa respecto a la europea: en España, el
29% de toda la inversión en I+D+i la realiza la industria (con todo, el sector
económico que más invierte en tecnología) casi la mitad de lo que invierte en
tecnología la industria europea (el 52,4% de tosa la inversión en I+D+i).
El segundo reto a medio plazo de la industria, europea (y española),
es consumir menos energía y a unos precios más bajos. Hasta hace
unos años, la industria española pagaba más cara la energía (incluida la luz) que
el resto de la industria europea, aunque nuestra industria es
energéticamente más eficiente (gasta menos energía por unidad de
producto), según
el informe de la Fundación BBVA e Ivie. Pero en los últimos años, la
industria española se ha beneficiado de la revolución de las renovables en
España (generan
el 57,1% de la electricidad) y ahora es la industria que paga la luz más
barata de Europa: si en 2008, la industria española pagaba un 31,5% más por la
electricidad que las industrias europeas, en 2024 pagó un 20,9% menos, según
CaixaBank Research.
Precisamente, esta es ahora la mayor ventaja de la
industria española para competir fuera: los menores
costes de la electricidad, gracias a las renovables. Pero España cuenta
también con debilidades
estructurales en su
industria. La primera, el escaso peso de la industria
tecnológicamente avanzada (sólo el 6,2% del total), frente al enorme peso
de las “industrias tradicionales (agroalimentación, química, farmacéutica,
transporte y automóvil, que suponen el 60%). La segunda, el menor tamaño
de nuestras industrias (hay “demasiadas” pymes: sólo el 15% tienen más de 10
empleados, frente al 38% de las alemanas), que tienen menos negocio (facturan
3,42 millones frente a 4,17 millones las europeas). La tercera, el atraso
tecnológico, por partida doble: España invierte menos en Ciencia y las industrias
españolas gastan la mitad en tecnología que las europeas.
Con todos estos “hándicaps” estructurales, aumentar el
peso (y el empleo) de la industria en España no va a ser fácil. Pero
hay que hacerlo, para conseguir una mayor competitividad y un empleo más
estable y mejor pagado. Varias son las medidas claves para
reindustrializar España que propone
el informe de la Fundación BBVA e Ivie: potenciar industrias con más valor
añadido y más productividad, apostar más por la innovación y digitalización, aumentar
el peso de las grandes empresas (fusiones y concentraciones para crear
industrias más grandes), mayor internacionalización de la industria, más apoyo
financiero a los proyectos industriales y eliminación de trabas administrativas
más ayudas e incentivos fiscales.
España tiene ahora otra oportunidad de oro para
impulsar la industria, junto a los bajos precios de la energía: los
Fondos europeos. Ya en el Plan
de Recuperación enviado por el Gobierno Sánchez a Bruselas, el 30 de abril
de 2021, se apostaba por destinar el 17,1% de todos los Fondos europeos (72.000
millones en subvenciones a fondo perdido) a la política industrial en 4 años.
El objetivo era “modernizar la industria española” para que sea “más digital y
tecnológica”, dotando a los programas con 6.106 millones de inversiones
públicas entre 2021 y 2023 (3.781 millones con Fondos UE. La
apuesta era apoyar a los sectores industriales claves (“tractores”)
como la automoción, la industria agroalimentaria, química, farmacéutica,
aeronáutica y máquina herramienta, aportando además por sectores nuevos,
que quiere impulsar el gobierno europeo, como las baterías, el hidrógeno verde,
la economía circular (reciclaje residuos) y los microprocesadores.
Esta apuesta por la industria en el Plan de recuperación se tradujo
en la aprobación (entre julio de
2021 y mayo de 2022) de 8 Programas estratégicos (PERTE), que son proyectos
industriales a medio plazo donde se pone dinero
público (de los Fondos UE y del Presupuesto) para atraer también inversiones privadas: PERTE del vehículo eléctrico (24.000 millones a
invertir entre 2021 y 2023, 4.300 públicos), PERTE energías renovables (16.300 millones, 6.900 públicos), PERTE agroalimentario (3.000 millones, 1.000
públicos), PERTE economía circular
(1.200 millones, 492 públicos), PERTE industria
naval (1.460 millones, 310 públicos), PERTE industria aeroespacial (4.533 millones, 2.193 públicos), PERTE digitalización ciclo del agua (3.060
millones) y PERTE microelectrónica y
semiconductores (12.500 millones de inversión pública, el programa más
ambicioso). En
total, una inversión industrial histórica,
de 66.000 millones de euros, que
pretende crear 500.000 nuevos empleos.
Sindicatos y patronal llevan años pidiendo un mayor
apoyo a la reindustrialización de España, como vía para
mejorar la productividad, aumentar las exportaciones y reducir la dependencia
exterior, modernizar e innovar la economía y aumentar el crecimiento y lograr
un empleo más estable (en los servicios y el turismo, los empleos
se ganan y se pierden) y mejor remunerado (el
sueldo bruto en la industria es de 31.064 euros brutos anuales, un 38,5%
más alto que el sueldo medio y el doble que en hostelería y comercio). Por eso,
el 26 de noviembre de 2016, sindicatos y patronal firmaron un Pacto
de Estado por la Industria, acordando un decálogo de medidas (rebaja
costes energéticos, digitalización, tecnología, fusiones, inversiones,
formación, desregulación, internacionalización…), que pidieron entonces al
Gobierno Rajoy. Pasaron los años, cambio el Gobierno y las medidas no se
aprobaron. Y el 22 de marzo de 2021, sindicatos y patronal volvieron a
presentar su Pacto
de Estado por la Industria en el Congreso,
con el apoyo de todos grupos. Pero sin consecuencias…
Mientras, los Fondos europeos se han traducido
en financiación para multitud de
proyectos industriales en España, básicamente a través de los PERTEs (programas
estratégicos) del vehículo eléctrico, las energías renovables, el sector
agroalimentario, la economía circular, la industria naval y aeroespacial, la microelectrónica
y los semiconductores. Y en diciembre de 2024, el
Gobierno aprobó la Ley de Industria, para sustituir a la actual Ley,
que es de 1992. Su objetivo es impulsar una nueva estrategia industrial
en España para incrementar su peso en la economía y el empleo, mejorar su
competitividad y conseguir una mayor digitalización y descarbonización de la
economía, en linea con los objetivos y medidas de la Estrategia industrial
europea. El problema es que la Ley sigue estancada en el Congreso,
en fase de enmiendas (el
plazo se ha ampliado 18 veces) y no parece fácil que se vaya a aprobar este
año, por la falta apoyo del PP y las reticencias competenciales nacionalistas.
España necesita tener una estrategia industrial clara para acortar
distancias con la industria europea y conseguir que aporte el 20% del
crecimiento y del empleo. Y para ello, hay que corregir sus debilidades
estructurales y potenciar la ventaja comparativa de una energía barata. Se
trata de apostar
a tope por la industria, generalizando su importancia en toda
España (sólo algunas regiones tienen un alto peso de la industria: Navarra, la Rioja y País Vasco y parte de
Cataluña y Madrid), para asegurar un mayor crecimiento de la economía y un
empleo estable y mejor pagado. Y, sobre todo, para que España pueda competir
mejor en un mundo con una industria globalizada. No podemos seguir siendo
la California de Europa, un
país de hoteles, bares, comercios y grúas. Nos faltan industrias.
Aunque muchos no lo sepan, España fue un país muy industrializado hace unos 50 años: en 1970, la industria suponía más de un tercio de la economía (aportaba el 38% del PIB). Y todavía en 1980, éramos la 9ª potencia industrial del mundo. A partir de 1983, el Gobierno de Felipe González tuvo que afrontar una dolorosa reconversión industrial, que desmanteló las industrias básicas (siderurgia, naval…), ruinosas por la competencia de paises en desarrollo. En los años 90, el Gobierno Aznar privatizó las empresas públicas más rentables (Telefónica, Repsol, Tabacalera…), mientras España se volcaba en el ladrillo y los servicios. Resultado: el peso de la industria cayó en picado: de aportar el 19,8% del PIB en 1987 se pasó al 16,36% en 2007 y a un mínimo de 15.98% del PIB en 2013, el peor año de la crisis. A partir de ahí, siguió perdiendo peso, hasta aportar el 14,5% del PIB en 2019. Y aunque mejoró su aportación con la pandemia, por el menor peso de los servicios y la construcción, su aportación no superó el 16% del PIB en 2022. Y luego ha seguido cayendo.
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lunes, 18 de febrero de 2019
Recesión en la industria
La economía española, como todas las europeas, crece menos ahora, pero crece. Con una importante excepción: la industria decrece, lleva dos trimestres seguidos cayendo. Está en recesión y pierde empleo, lo que no pasaba desde 2012. Y tiran del crecimiento la construcción y los servicios, sobre todo el turismo (que también ha pinchado). Esta crisis de la industria es preocupante porque es un sector clave para competir, crecer y crear empleo estable y de calidad. Por eso, urge volcarse en reindustrializar España e impedir que se vayan más multinacionales, por la caída del automóvil, las exportaciones y el comercio mundial. Hace más de 2 años, sindicatos y patronal firmaron un Pacto por la industria, pidiendo medidas que no tomó el Gobierno Rajoy y el de Sánchez sólo aprobó un parche laboral en diciembre. No se puede esperar más para ayudar a la industria a salir de la recesión que sufre en solitario. Porque ahí está nuestro futuro. No podemos ser un país de grúas, bares, hoteles y tiendas, aspirar a ser la California de Europa.
España fue un país bastante industrializado en los años 60 y 70 del siglo XX, como resultado del desarrollismo franquista, que utilizó el Instituto Nacional de Industria (INI, 1941) para crear una potente industria estatal, asentada en la siderurgia, naval, energía, refino, carbón, química, aluminio y automoción (SEAT, creada en 1950, y Pegaso). Con ello, la industria suponía más de un tercio de la economía en 1970 (aportó el 38% del PIB) y todavía en 1980 España era la 9ª potencia industrial del mundo. A partir de 1983, el Gobierno de Felipe González tuvo que afrontar una dolorosa reconversión industrial, que desmanteló las industrias básicas (ruinosas). Y en los años 90, el Gobierno Aznar privatizó las empresas más rentables (Telefónica, Repsol, Tabacalera), mientras España se volcaba en el ladrillo y los servicios. Y el peso de la industria cayó en picado: de aportar el 19,86% del PIB en 1997 al 16,36% en 2007 y un mínimo del 15,98% del PIB en 2013, el peor año de la crisis. Y a partir de ahí, apenas ha mejorado. Aportó el 16,32% en 2017 y ha bajado al 16,06% en 2018, según el INE. Y ahora ocupamos el puesto nº 17 en el ranking mundial de los paises más industrializados.
Con todo, la
industria se había recuperado de la crisis, creciendo a partir de 2013, año tras año y tirando de la recuperación, junto a la construcción y los servicios
(básicamente, el turismo). Hasta 2018,
en que la industria vuelve a entrar en
crisis: decrece en el primer
trimestre (-0,4%) y aunque crece en el segundo (+0,3%), vuelve a decrecer en el
tercer trimestre (-0,2%) y en el cuarto (-0,9%), una caída que no se veía desde finales de 2012, según los datos de Contabilidad Nacional del INE. Y como son 2 trimestres seguidos cayendo,
se puede decir que la industria española
“está en recesión”. Y por si hubiera dudas, otro indicador, el índice de producción industrial, cayó en noviembre (-3,2%) y se desplomó en diciembre de
2018 (-6,2%), el peor dato desde finales de 2012, en plena recesión.
Y hay un tercer
indicador de que la industria española está en crisis: en 2018, fue el único sector
económico que perdió empleo neto, 3.000
empleos perdidos, según la EPA, en
un año donde la economía española creó 566.200 empleos netos, la mayor creación de empleo
desde 2006. Entre 2014 y 2017, antes
de “pinchar”, la industria española
había creado 367.500 nuevos empleos,
15 de cada 100 empleos creados en la
recuperación (+2.429.400). Pero en 2018, la industria volvió a perder
empleo (como entre 2008 y 2013), cuando todavía
le queda recuperar 570.800 empleos para igualar los puestos de trabajo que tenía en
2008. Entra en recesión sin
recuperar el empleo de antes de la crisis.
¿Por qué la industria
vuelve a estar en crisis? Las dos causas son más exteriores
que internas. Por un lado, la guerra comercial (subida de
aranceles y proteccionismo) de Trump con China y la Unión Europea ha frenado el comercio mundial y las
exportaciones, afectando muy negativamente a la industria española, muy volcada
en vender fuera (automóviles, alimentación, textil). Y la otra razón, más
importante aún, es que la economía
mundial crece menos y sobre todo “se ha desinflado” Europa, con
un bajo crecimiento en la zona euro
(del 2,4% de 2017 se pasa al 1,9% en 2018 y a un 1,3% previsto para 2019) y el “pinchazo de Alemania (del 2,2% que creció en 2017 pasa al 1,5% en 2018
y el 1,1% para 2019) e Italia (del
1,6% que creció en 2017 pasará a crecer sólo el 0,2% en 2019), mientras baja
también el crecimiento de Francia
(del 2,2 al 1,3%) y Reino Unido (del
1,8 al 1,3% en 2019). Y no olvidemos que dos
tercios de las exportaciones españolas van a Europa y que el 80% de esas ventas exteriores las hace la
industria.
La actual crisis
industrial se centra sobre todo en tres subsectores:
la industria agroalimentaria (ha
perdido 28.000 trabajadores en 2018, el 6% de su plantilla), el textil y calzado (perdió 18.400
empleos en 2018, el 14,5% de su empleo) y, sobre todo, la industria del automóvil (despidió a 9.500 trabajadores, el 12%
de las plantillas), sin olvidar a las miles de empresas auxiliares que giran en torno a ellas. Y lo preocupante es
que la crisis del automóvil no ha hecho más que empezar: Ford ha anunciado
recortes de plantilla en Europa y Nissan Barcelona está operando por debajo del
40% de capacidad, fruto de la incertidumbre en un sector que ve los días
contados a los vehículos diesel y gasolina (dejarán de fabricarse para 2040). Y
esa tremenda reconversión, del motor de combustión al coche eléctrico, supone
cambiar de fabricar un coche de 1.400
piezas (5 o 6 trabajadores por coche) a fabricar un coche de sólo 200 piezas (que fabrican 1 ó 2 trabajadores).
España tiene,
además, un doble problema propio ante esta reconversión: el 43% de los coches
que se fabrican aquí son diesel (y
suponen el 57% de todos los empleos) y encima sólo Renault y Ford fabrican
motores aquí, con lo que nuestras
fábricas ensamblan motores hechos en otros paises (y cajas de cambio y
muchos componentes). Y las direcciones de las multinacionales, en Wolfsburgo (Alemania),
París o Detroit, pueden decidir montarlos en otro sitio, sobre todo
si la mano de obra formada y barata importa menos en la fabricación de los
coches eléctricos. Además, las tecnologías
de los futuros coches eléctricos (incluso la fabricación de baterías) se está jugando en China, Corea y Japón, no en Europa (y menos en España, donde sólo Seat
Cataluña investiga en su centro de I+D+i).
Junto a los problemas del automóvil, la industria agroalimentaria y el textil y calzado (que
sufren la dura competencia de los paises emergentes), en 2018 hemos asistido a “la fuga de grandes multinacionales”,
que se han ido o han amenazado con irse: Alcoa (aluminio, con dos plantas en
Galicia y Asturias), Vestas (primero
cerró en Tarragona y luego anunció el cierre en León, buscando el Gobierno un
comprador), Gamesa (cierre planta de
Miranda de Ebro) o Cemex (anuncio
200 despidos en Almería y Baleares). Son multinacionales que pueden cambiar de
país sin demasiados problemas y que buscan reducir costes energéticos (aquí la
luz y la energía son más caras que en Europa); eso sí, en muchos casos después
de recibir jugosas ayudas públicas:
Alcoa ha recibido más de 1.000 millones de ayudas pagadas con nuestro recibo de
la luz y Vestas ha recibido ayudas autonómicas y locales. Esto debería servir
para diseñar las futuras ayudas públicas a multinacionales.
Además de estos problemas, la industria afronta dos serios retos de futuro. Uno, la
necesidad de digitalizar su actividad , lo que se llama “industria 2.0”. Una nueva “revolución industrial”, que exigirá a todas las industrias una
profunda reconversión, desde la organización de la producción a la formación
del personal. Y el otro reto, es la
robotización. En el mundo hay 1,63 millones de robots, según la IFR, 35.000 en España y un millón de ellos en Asia (y la tercera parte
en China). Y para 2030 habrá más de 3 millones de robots, sobre todo en la
industria del automóvil, la paquetería y las grandes empresas logísticas, lo
que permitirá aumentar las fábricas en los paises ricos (al no necesitar tanta
mano de obra humana barata). España, con trabajadores poco formados, tiene un mayor riesgo con los robots, porque el 43% de los empleos actuales
tienen un alto riesgo de ser sustituidos por robots y un 24% de empleos tienen un riesgo medio, según el servicio de
estudios de la Caixa.
Pero la industria
española tiene además una serie de “debilidades estructurales” que
oscurecen su futuro, según un estudio de CCOO. La primera debilidad,
el escaso peso de la industria
tecnológicamente avanzada (sólo el 6,2% del total), frente al enorme peso de las industrias tradicionales
(agroalimentación, química, farmacéutica, automóvil y transporte suponen el 55%
de la industria), lo que se traduce en una menor productividad y
competitividad. La segunda debilidad,
el tamaño, el elevado peso de las pymes: sólo el 15% de las empresas industriales
españolas tienen más de 10 empleados, frente al 38% de las industrias alemanas.
Y este menor tamaño redunda en menos inversión, menos tecnología y peor acceso
al crédito. La tercera debilidad es el atraso tecnológico por partida doble: España como país gasta menos en Ciencia (el 1,23% del PIB frente al
2,02% de media en la UE-28) y las empresas españolas gastan en tecnología
la mitad que las europeas (un 0,64% del PIB frente al 1,07%). La cuarta
debilidad es la falta de financiación
a la industria, ahora que los grandes inversores se dedican a la especulación
financiera e inmobiliaria y la banca lleva décadas “huida” de la industria. Y la quinta debilidad es la geografía: nuestras industrias están
a 2.300 kilómetros de los mercados del centro de Europa, aunque tienen la
ventaja de estar bien situadas como “puente” frente a América y África.
Todavía hay que mencionar otras dos debilidades más,
muy importantes. Una, que las industrias instaladas en España pagan más cara la energía y sobre todo la
electricidad: el coste del kw/h industrial
(sin impuestos) era de 0,1008 euros en España (1º semestre 2018), según Eurostat, un 26,5% más caro que en Europa (0,0797 euros), un 35,8% más caro
que en Francia (0,0737€), un 30,7% más caro que en Alemania (0,0771 €), un 13%
más caro que en Italia (0,0892 €) y un 3,9% más caro que en Reino Unido (0,0970
€, paises con los que tenemos que competir. Y la otra debilidad, que la
industria española cuenta con una mano
de obra peor formada: el 41,7% de los adultos españoles tienen formación
baja (la ESO o ni siquiera) frente al 22% en la OCDE y el 20% en Europa (15% en
Alemania), y otro 22,6% tienen formación media (Bachillerato o FP), frente al
44% en la OCDE y el 46% en Europa, según el informe de la OCDE “Panorama de la Educación 2017”.
Eso sí, la industria
española tiene dos ventajas claras. La primera, una
mayor flexibilidad en la contratación
(el 26,86% de los asalariados tienen un contrato
temporal, el mayor porcentaje en Europa), siendo también líder europeo en contratos temporales de menos de 6 meses (el 60%), según acaba de denunciar la OIT. Y la segunda, unos costes salariales más bajos:
el coste por hora trabajada (sin SS ni otros costes) era en España de 15,9
euros, un 29,1% menos que en la zona
euro (22,42 euros hora) y un 22%
menos que en la UE-28 (20,36 euros/hora). Y está muy lejos de los 34,10
euros/hora que se pagan en Alemania (+40%),
los 36 euros de Francia (+34,6%), los 21,33 euros de Reino Unido (+25,5%) o los
20,38 euros de Italia (+22%), según Eurostat (2017).
Visto el panorama de
fondo de la industria, volvamos a su crisis, que es
doblemente preocupante. Primero, porque la industria ha dejado de ser un motor de la recuperación y del
empleo, como ha sido entre 2014 y 2017, dejando ese papel a la construcción (que cualquier día puede
“pinchar” o crear otra “burbuja) y a los
servicios, sobre todo el turismo y el comercio, que muestran signos de “agotamiento”:
el turismo apenas creció en 2018 y el
comercio crece menos, como se vio en el
Black Friday y Navidad.
Pero, sobre todo, porque la industria
es clave para crear riqueza y empleo: los paises más ricos y competitivos (y los que más exportan) son los más industrializados
y el empleo en la industria es más estable (cae menos con las crisis) y está
mejor pagado. Así que deberíamos “mimar la industria”.
Los sindicatos saben la importancia de
la industria y por eso firmaron con la patronal un Pacto de Estado por la industria, el 26 de noviembre de 2016, algo poco usual.
Ambas partes, trabajadores y empresas, acordaron un decálogo de medidas
que pidieron al Gobierno: rebaja costes energéticos, digitalización de la
industria, aumento del tamaño de las empresas (fomentando fusiones), mayor
inversión en tecnología e innovación, mejora de la formación, más financiación,
unidad de mercado (no 17 regulaciones autonómicas), reducir los costes
logísticos y de distribución, mejorar la sostenibilidad medio ambiental y
ayudar a la expansión internacional de las empresas (captando más inversiones
extranjeras).
Un Plan de acción
claro, con recetas para atacar las ya mencionadas debilidades de nuestra industria. Pero hoy, dos años largos después, casi nada se ha hecho. El Gobierno Rajoy tenía preparado un “Marco estratégico de la España industrial 2030”, para aprobarlo a finales de
mayo de 2018, pero salió antes por la moción de censura, sólo con dos Planes
sectoriales aprobados para la industria papelera y la automoción. Y el Gobierno Sánchez, además de crear un Ministerio
de Industria que no había, sólo aprobó en diciembre un “parche” laboral para la
industria, un real decreto que permite sólo a las
empresas manufactureras (en especial, al automóvil) seguir rejuveneciendo plantillas a costa de la Seguridad Social: se
permite que un trabajador mayor reduzca su jornada si a cambio entra a trabajar
uno joven al que forma antes de jubilarse. Lo normal es que el trabajador mayor coja una jubilación parcial, por la que cobra un
25% de sueldo y el 75% restante como pensión. El “truco” es que, a raíz de una
sentencia del Supremo, pueden concentrar
las horas en unos meses o años, con lo que el
trabajador mayor se acababa jubilando antes,
como si fuera una jubilación anticipada, sin
ninguna penalización (con el 100% de pensión) y sin tener que formar al
joven que le “releva”. Y muchas industrias utilizan este sistema para cubrir
con estos jóvenes vacaciones y picos de producción. Un privilegio que no tienen las
empresas no industriales.
Ahora, con unas elecciones próximas, será otro medio año perdido para sacar a la industria
de la crisis. Pero luego, gane quien gane, el futuro Gobierno deberá apostar
de verdad por la industria, poniendo en marcha el Pacto que firmaron en 2016 sindicatos y patronales, con el
objetivo de que la industria vuelva a
aportar el 20% de la producción (PIB), como hace 20 años. A más industria, más competitividad, más
riqueza y mejor empleo. No podemos
seguir apostando por ser un país de grúas, bares, hoteles y tiendas, por ser la California de Europa. El futuro está en la industria.
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jueves, 7 de junio de 2018
España, un país de bares y tiendas
La recuperación sigue ahí (el PIB volvió a crecer un
0,7% en el primer trimestre), a pesar de las turbulencias internacionales y políticas, pero está demasiado centrada en los servicios. De hecho, 2 de cada 3 empleos creados desde 2014 lo han sido en los
servicios, sobre todo en el turismo, la
hostelería y el comercio. Y España es el tercer país europeo donde más han crecido
los servicios desde 2008, mientras perdía
peso la industria: somos el país con más bares y tiendas de Europa mientras
la mayoría de nuestra industria más competitiva son multinacionales
extranjeras. El problema de los servicios
es que aportan un empleo precario y mal
pagado, muy estacional (ligado al verano y las rebajas), poco competitivo y muy vulnerable a
futuras crisis. El reto es apostar por la industria, la tecnología y la economía
digital y no por ser la California de Europa, una país de bares, hoteles,
comercios y servicios. Cambiar el modelo
económico español de aquí a 20 años. Recuperar hoy el Ministerio de Industria y crear un Ministerio de Ciencia puede ser un buen comienzo.
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| enrique ortega |
La recuperación económica se ha traducido en 1.923.600 nuevos empleos creados en España desde marzo de 2014, según la EPA. Pero el 68% de este nuevo empleo (2 de cada 3) se ha creado en el sector servicios (1.311.400 empleos), sobre todo en la hostelería (+310.000), el comercio (+120.100), la sanidad y los servicios sociales (+172.900), la educación (+138.000) y las actividades administrativas (+56.800 empleos). En la industria sólo se crearon 377.800 nuevos empleos (1 de cada 5), en la construcción 209.800 y en el campo 24.700 nuevos empleos.
Si comparamos el empleo actual con el de antes de la crisis, todavía hay 1.772.700 españoles menos trabajando que
en junio de 2008,
cuando en España trabajaban 20.646.900 personas (frente a 18.874.200 en marzo
de 2018). Eso se debe al pinchazo en el
empleo de la construcción (trabajan
1.407.500 españoles menos) y de la
industria (607.900 trabajadores industriales menos), mientras en el campo trabajan casi los mismos
(+3.200) y donde hay más personas trabajando que antes de la crisis es en los servicios, con 239.600 empleados
más hoy que en 2008. En la hostelería
trabajan 77.400 personas más, en el comercio
304.200 menos (por el hundimiento del pequeño comercio frente a supermercados e
híper) y donde más ha crecido el empleo respecto a 2008 es en la sanidad y servicios sociales (+311.200),
la educación (+142.000) y la administración pública (+27.800).
Mirando más atrás, el
gran cambio de España en los últimos 40 años ha sido pasar de ser un país
con gran peso de la industria (aportaba el
38,87% del PIB en 1972) a un país donde las manufacturas aportan
al crecimiento la tercera parte: el 26% del PIB en 1980, el 16,29% en
1995, a un mínimo del 12,15% del PIB en 2010 y el 13,06% que aportaron al crecimiento del PIB en 2017, según el INE. En contrapartida, los
servicios han aumentado su peso y de representar menos del 50% del crecimiento
en 1980 han pasado a aportar dos tercios, el 66,4% del PIB en 2017, según el INE. Y la construcción, que
representaba el 8,59% del PIB en 1995 aporta ahora sólo el 5,21% y bajando. Así
que somos, cada año más, un país de
servicios, el verdadero motor del crecimiento y el empleo.
De hecho, España es
el 9º país europeo con más peso de los servicios en la economía: trabajan
ahí el 75,5% de los españoles (2017),
por encima de la media del empleo en los servicios en la UE-28 (72%) y la zona euro (73,4%), así como
de Grecia (73%), Alemania (71,1%), Portugal (70,3%) e Italia (70,1%), aunque
nos gana Francia (75,8% de empleo en los servicios) y Reino Unido (80,7%, por los servicios
financieros), según los datos recientes de Eurostat. Pero lo más llamativo es que España es el tercer país europeo donde más han crecido los servicios
desde 2008 (del 68,1 al 75,5%, un +7,4%), sólo por detrás de Croacia (+9,4%)
y Portugal (+8,2%). O sea, que los servicios han crecido en toda Europa
(+4,6%), pero mucho más en España .
De hecho, España es el país con más bares del mundo por habitante, 1 por cada 275 personas,
según un estudio de Nielsen. En 2017 había 277.539 bares y restaurantes en España,
según el INE, más de la mitad entre Andalucía (49.642), Cataluña (43.859) y
Madrid (30.888). Y en cuanto a comercios,
también estamos a la cabeza de Europa,
con 462.450 comercios minoristas en 2016, según la patronal, a pesar de que la propia
Comisión Europea denunciaba recientemente que somos el 2º país europeo (tras Francia) que más restringe el comercio: barreras para
abrir nuevos establecimientos, horarios restrictivos, más impuestos específicos
y excesiva regulación autonómica.
¿Cuál es el problema
de que los servicios pesen más en
España? Básicamente, que el empleo en los servicios es más
precario, está peor pagado y es más vulnerable. En los servicios
se concentran el 71,7% de todos los contratos temporales (la cuarta parte ya, por menos de una semana de duración) y
el 83,5% de todos los subempleados (los españoles que trabajan por horas porque
no encuentran trabajos a tiempo completo). Y en consecuencia, el empleo en los
servicios está peor pagado: el sueldo medio bruto en la hostelería es de
14.125 euros anuales (827 euros netos en 14 pagas), de 16.139 euros brutos en
las actividades administrativas, de 19.781 euros brutos en el comercio y de 22.289 euros brutos en la educación, frente
a un sueldo medio en España de 23.156 euros brutos, un sueldo de 50.992 euros
brutos en la energía (3,6 veces el de la hostelería) y 42.684 euros brutos en
la banca y los seguros (el triple de lo que gana un camarero), según la encuesta de salarios del INE.
Además, los empleos en los servicios son más vulnerables, porque muchos son
empleos de temporada (vinculados al verano, la temporada turística o las
rebajas) y además son muy sensibles a la
coyuntura, a los vaivenes del consumo y se destruyen con la misma facilidad
que se crean, son menos estables que en la industria. Y encima, el sector
servicios está más formado por empresas pequeñas, que tienen más difícil financiarse, vender y competir que las
grandes: el 81,9% del comercio son empresas con 2 asalariados o menos y lo
mismo en la hostelería, donde el 70,7% de los establecimientos tienen 2
empleados o menos.
Otro hándicap de los servicios es que son empleos que
requieren poca formación y poca tecnología, con lo que aportan menos valor añadido, menos riqueza y poca productividad a la
economía. De hecho, España está a la cola de Europa en productividad (ocupa el
puesto 34 en el mundo, según el ranking del Foro Económico Mundial) y uno de
los factores es el mayor peso de los servicios de poco valor añadido, junto al
menos peso de la industria y la tecnología, el mayor peso de las pymes y la
escasa innovación.
Además, un factor clave es que las empresas del sector
servicios sobreviven menos que el
resto, “mueren” antes. Si la tasa de supervivencia de las empresas
españolas es ya de las más bajas de la OCDE (a los 5 años
sólo sobreviven el 40%), es menor aún entre las empresas del sector
servicios. De hecho, de las empresas activas con menos de 2 años de antigüedad, el 26,8% se encuentran en la
hostelería, el 19,9% en el comercio y el 22,2% en el resto de los servicios,
mientras sólo un 12,9% son empresas industriales.
En definitiva, que el
gran peso de los servicios explica en buena medida que España sea un país
con empleo tan precario, con bajos sueldos, baja productividad y empresas que
desaparecen en pocos años. Por eso, si
queremos construir una economía más competitiva y que cree más riqueza y empleo, hay que apostar
más por la industria y menos por los servicios. Sobre todo porque el peso
de la industria no se recupera apenas y está por debajo de la media europea:
aporta el 13,06% del PIB (2017), frente al 17% de la zona euro, el 15,3% de
Reino Unido, el 17,2% de Francia, el
23,4% de Italia o el 24% de peso de la industria en Alemania, según los datos de Eurostat (2017).
La ventaja del empleo
industrial es que es un empleo menos precario, mejor pagado (26.698 euros de sueldo
bruto frente a 14.125 euros brutos en la hostelería y 19.781 euros brutos en el
comercio, según el INE) y
más estable frente a las crisis, además de que produce más valor añadido y
contribuye a la exportación (muchos servicios no). Por eso, la Comisión Europea
ha lanzado el objetivo del 20% en 2020:
que la industria europea aporte el 20% de
la riqueza (del PIB) en el año 2020, un objetivo que ya han superado
algunos países pero que parece muy difícil de conseguir para España.
La industria española tiene una serie de debilidades
estructurales, señaladas en un reciente documento de CCOO. La primera, el reducido
peso de la industria tecnológicamente
avanzada (sólo el 6,2% del total), frente al enorme peso de las
industrias tradicionales (agroalimentaria, química, farmacéutica, automóvil y
transporte suponen el 55% de la industria), lo que se traduce en una menor
productividad y competitividad. La segunda, el elevado peso de las pymes: sólo el 15% de las empresas industriales españolas
tienen más de 10 empleados, frente al 38% de las alemanas. Y ese menor tamaño
redunda en menos inversión, menos tecnología y peor acceso al crédito. La
tercera debilidad es el atraso tecnológico, derivado de la baja inversión empresarial en tecnología (invierten la mitad que las
empresas europeas: un 0,64% del PIB frente al 1,07% en la UE-28) y de los recortes de la inversión pública en Ciencia (es del 1,23% del PIB frente al 2,02% de
la UE-28). La cuarta debilidad es la
falta de financiación de la industria: los grandes inversores y la banca han “huido” de la industria, a los bonos y la especulación inmobiliaria. Y hay un
quinto “hándicap”, la geografía: nuestras
industrias están a 2.300 kilómetros de los mercados del centro de Europa,
aunque están bien situadas como “puente” frente a América y África.
Todavía hay otras 2 debilidades muy importantes.
Una, que las industrias españolas pagan
la electricidad mucho más cara que la europea, lo que les resta
competitividad: el precio del kilowatio industrial era de 0,083 euros en 2017
(sin impuestos), un 20,3% más caro que en la UE-28, un 29,7% más caro que en Alemania
(0,064 euros/kw) y un 40,7% más caro que en Francia (0,059 euros/kw), según datos del Ministerio de Energía. Y la otra, que la industria española cuenta con una mano de obra poco formada: el 41,7%
de los adultos españoles tienen una formación
baja (la ESO o ni siquiera) frente al 22% en la OCDE y el 20% en Europa
(15% en Alemania) y otro 22,6% tienen una formación media (Bachillerato o FP),
frente al 44% en la OCDE y el 46% de adultos en Europa, según los preocupantes
datos del informe de la OCDE “Panorama de la educación 2017”.
Eso sí, la industria española tiene una gran ventaja comparativa,
con la que han estado jugando las empresas estos años: sueldos mucho más bajos. En todos los sectores, pero
comparativamente menos en la industria:
el coste por hora trabajada en España era de 23,3 euros en 2017, un 43%
menos que el coste salarial en la industria de la zona euro (33,40 euros/hora) y un 17,6% que en la UE-28, según Eurostat. Y la diferencia salarial es aún mayor con Alemania (40,2 euros/hora sueldos en la industria, un 72,5% más que
en España) y Francia (38,8 euros/hora, un 66,5% más), así como con Italia (27,8
euros/hora) y Reino Unido (24,2 euros/hora). Así que son los trabajadores, con sus bajos salarios, los que compensan en
parte las debilidades y “hándicaps” de la industria española.
Si queremos un país que cree más riqueza, más competitivo y
con un empleo más estable, hay que apostar
por la industria y las nuevas tecnologías más que por los servicios. De
hecho, en noviembre de 2016 ya sucedió en España algo inaudito: los sindicatos y las principales patronales firmaron un Pacto de Estado por la Industria,
un acuerdo donde se pedían una serie de medidas
para impulsar la industria en España: más apoyo a la tecnología y a la
innovación, otra política energética, ayudas a la internacionalización de las
empresas, más financiación, mejora de las infraestructuras y el transporte,
políticas activas de formación, menos dispersión normativa en las autonomías y
más ayudas fiscales a la industria. Y que el Gobierno crease una Secretaría de Estado de Industria, como
motor de la reindustrialización.
Ha pasado un año y
medio y el Gobierno Rajoy no tomó
ninguna medida para reindustrializar España, salvo desmantelar el
anterior Ministerio de Industria y pasar las competencias al de Economía,
como una secretaría general (ver organigrama). Y no se apoya a la Ciencia ni se recorta el coste de la
electricidad industrial ni se asegura financiación. El ya ex presidente Rajoy ha
seguido con la vieja política de la derecha conservadora: “la mejor política industrial es
la que no existe”. Y mientras, siguen creciendo cada día los bares, hoteles y tiendas, que cierran al poco tiempo, como motor de una
recuperación de base muy débil. Y así nos va, con un país muy precario y muy
desigual. No podemos seguir apostando a
ser “la California de Europa”.
Hay que cambiar de modelo productivo, apostar por la industria, la tecnología y la innovación, por un crecimiento y un empleo más sólido y estable. Una tarea a 20 años vista, pero que hay que empezar ya. Un buen punto de partida puede ser haber recuperado hoy el Ministerio de Industria y que el presidente Sánchez haya apostado explícitamente por "visibilizar la potencia industrial de nuestro país" en su primera aparición ayer, al presentar su Gobierno. Falta seguir por ahí en los próximos meses y que le dejen.
Hay que cambiar de modelo productivo, apostar por la industria, la tecnología y la innovación, por un crecimiento y un empleo más sólido y estable. Una tarea a 20 años vista, pero que hay que empezar ya. Un buen punto de partida puede ser haber recuperado hoy el Ministerio de Industria y que el presidente Sánchez haya apostado explícitamente por "visibilizar la potencia industrial de nuestro país" en su primera aparición ayer, al presentar su Gobierno. Falta seguir por ahí en los próximos meses y que le dejen.
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jueves, 9 de noviembre de 2017
La industria no se recupera
España lleva 4 años creando
empleo (precario), pero casi en exclusiva en los servicios: 73 de cada 100 nuevos empleos (la mitad en el
turismo, la hostelería y el comercio) y sólo 17 de cada 100 en la
industria, el sector que crea un empleo más estable (80% indefinido) y
mejor pagado. La industria española ha ido perdiendo peso desde los años 70,
cuando aportaba el 38% de la riqueza, y ahora sólo aporta el 12,87% del
crecimiento (PIB), lejos del objetivo del 20% que busca Europa para 2020. Hace ya
un año que sindicatos y patronales
firmaron un Pacto por la industria,
pidiendo una serie de medidas para
impulsar la industria en España, pero el Gobierno Rajoy no ha tomado ninguna ni
la oposición se lo ha exigido. Y eso es preocupante, porque reindustrializar
España es clave para asentar la recuperación y mejorar la competitividad en el
mundo. El futuro está en la industria. No podemos ser un país de bares, hoteles y tiendas.
Hubo una época, los años
60 y 70 del siglo XX, en que España fue un país industrializado: el
desarrollismo franquista llegó de
la mano del turismo y de una poderosa industria estatal (a través del INI), asentada en la siderurgia, el naval, la energía, los
automóviles, la aeronáutica, la química y las farmacéuticas. En 1972, la industria suponía más de un
tercio de la economía (38,87% del
PIB) y todavía en 1980 España era la 9ª potencia industrial del mundo. A partir de 1983, el Gobierno de Felipe
González se vio obligado a afrontar una dolorosa reconversión industrial, que desmanteló las industrias básicas (una fuente de
pérdidas). Y en los años 90, el Gobierno Aznar privatizó las industrias públicas más rentables (de Telefónica a Repsol),
mientras España se volcaba en el
ladrillo y en los servicios. El resultado es que ahora estamos en el puesto 15º del ranking industrial mundial
(y bajando) y la industria aportó en 2016
sólo el 12,87% de la riqueza (el
16,20% si sumamos la construcción), según la Contabilidad nacional del INE, lejos del 15,5% que aporta la industria
en Europa (y del 22% en Alemania).
La industria es un sector importante en la economía de cualquier país, no sólo porque
genera más riqueza (es “más productiva” que la agricultura, la
construcción o los servicios) sino porque su
empleo es más estable (el 80% de los contratos en la industria son
indefinidos) y está mejor pagado: el
sueldo medio en la energía es de 51.919 euros y el de las industrias
manufactureras de 26.543 euros, frente a 19.651 euros que ganan en el comercio o los 13.977 euros de sueldo medio en la hostelería, según la
última Encuesta anual de estructura salarial del INE (datos 2015). Además, es un empleo “más seguro”: en las crisis, cae menos que en el resto de los sectores. Así, en España, la industria ha sido el segundo sector que perdió menos empleo entre 2008 y 2014 (985.700
ocupados menos, el 30% de los que trabajaban en la industria), sólo más que la
agricultura (21.500 empleos perdidos) y menos que la construcción (1.617.300 empleos perdidos, el 63% del
empleo que había antes de la crisis) y
los servicios (1.071.800 empleos perdidos, el 7,6% del empleo de 2008).
El problema ahora es que la recuperación ha llegado menos a la industria. Por un lado, el peso de la industria
en la economía apenas ha mejorado con el
crecimiento de la economía: si en 2007 aportaba el 13,47% del PIB (y el 16,36% con la construcción), en 2013 había
bajado al 12,25% (12,45% con la construcción) y en 2016 sólo aporta el 12,87% (el 16,20% con la construcción),
según la Contabilidad nacional del INE. Y lo peor es el empleo: si España ha
creado algo más de 2 millones de empleos desde la primavera de 2014
(+2.098.600 empleos según la EPA), sólo 372.100 de esos nuevos empleos se
han creado en la industria (el
17,7%), frente a 1.546.100 en los servicios (el 73,67%) y 212.500 en la
construcción (el 10,12%), mientras la agricultura sigue destruyendo empleo
(-32.100 más desde 2014).
El problema es que el
nuevo empleo se ha creado sobre todo en los servicios
(la mitad en la hostelería, el turismo y el comercio), donde ya hay más gente
trabajando que antes de la crisis (14.446.900 personas en septiembre de
2017, frente a 13.972.600 en 2008). Y mientras, la industria ha recuperado sólo un tercio del empleo perdido con la
crisis: 372.100 de 985.700 perdidos, con lo que hoy trabajan en el sector industrial 613.600 personas menos que antes
de la crisis (2.670.700
frente a 3.284.300). Y esta menor
recuperación del empleo en la industria se traduce en que el empleo hoy es
más precario, menos estable y peor pagado. Y que la economía es menos competitiva (España ha caído hasta el puesto
34 en el ranking mundial de competitividad 2017 del Foro Económico Mundial) y menos
productiva, porque el crecimiento se asienta más en los servicios y menos
en la industria. Somos cada vez más un país de bares, hoteles y tiendas y menos un país de industrias. Y así
nos va.
La pérdida de la
industria no es un problema sólo de España
sino también de Europa, que ha perdido potencia
industrial en las últimas dos décadas frente a Estados Unidos, Japón, China
y los paises emergentes, donde muchas industrias europeas han trasladado
cadenas de producción y montaje, en perjuicio del empleo industrial en Europa.
Por ello, la Comisión Europea pidió
a los paises, en marzo de 2014, un Plan conjunto para recuperar la industria europea, con el objetivo de que aportara el 20% de la riqueza (PIB) en 2020 (ahora es el 15,5%,
aunque en Alemania llega al 22%). El Gobierno Rajoy aprobó en septiembre de
2014 una Agenda para el fortalecimiento de la industria, con un catálogo de 100 medidas, pero ha quedado en “papel mojado”, sin apenas recursos. Y
la industria no se recupera.
La industria española
tiene una serie de debilidades estructurales,
señaladas en un reciente documento de CCOO. La primera, el reducido
peso de la industria tecnológicamente avanzada (sólo el 6,2% del total)
frente al enorme peso de las industriales
tradicionales (agroalimentaria, química, farmacéutica, automóvil y
transporte suponen el 55% de la industria), lo que se traduce en una menor productividad y competitividad. La segunda,
el elevado peso de las pymes: sólo el 15% de las empresas industriales españolas
tienen más de 10 empleados, frente al 38% de las industrias alemanas. Y ese menor tamaño redunda en menos
inversión, menos tecnología y peor acceso al crédito. La tercera debilidad es el atraso tecnológico, derivado de que
España no invierte (más bien recorta) en Ciencia (el 1,23% del PIB frente al
2,02% la UE-28) y de que las empresas españolas gastan en tecnología la mitad que las europeas (un 0,64%
del PIB frente al 1,07%) y un tercio que las empresas de los paises OCDE (que
invierten el 1,5% del PIB en
tecnología). La cuarta debilidad, la falta de
financiación a la industria, ahora que los grandes inversores se dedican a
la especulación financiera e inmobiliaria y la banca “ha huido” de la industria. Y hay un quinto "hándicap", la geografía: nuestras industrias están a 2.300 kilómetros de los mercados del centro de Europa, aunque también están muy bien situadas como "puente" frente a América y África.
Todavía hay otras dos
debilidades muy importantes. Una, que las industrias españolas pagan la electricidad mucho más cara que las
europeas, lo que les resta competitividad y eficacia: el precio del kilowatio
industrial era de 0,086 euros en 2016 (sin impuestos), un 28,3% más caro que en
Alemania (0,067 €/kWh, también sin impuestos), un 30,3% más caro que en Francia
(0,066 €/kWh) y un 21% más caro que la media europea (0,071 €/kWh), según datos de Industria. Y la otra, que la industria española cuenta con una mano de obra poco formada: el 41,7%
de los adultos españoles tienen una formación
baja (la ESO o ni siquiera) frente al 22% en la OCDE y el 20% en Europa
(15% en Alemania) y otro 22,6% tienen una formación media (Bachillerato o FP),
frente al 44% en la OCDE y el 46% de adultos en Europa, según los preocupantes
datos del informe de la OCDE “Panorama de la educación 2017”.
Eso sí, hay una ventaja clara de la industria
española, forzada por tener el doble de paro y la reforma laboral de
Rajoy: sus costes laborales son más bajos que en la mayoría
de Europa. Así, en 2016, el coste laboral por hora en España era de 21,3
euros, frente a 25,4 euros en la UE-28 y 29,8 euros/hora en los
paises euro (+40%), muy lejos de los 35,6 euros/hora en Francia (+67%),
los 33 euros/hora en Alemania (+55%), los 27,8 euros/hora en
Italia (+30%) o los 27,7 euros/hora en Reino Unido (+30%), según Eurostat.
Los problemas están claros y los
reiteran la mayoría de expertos. También que la industria es un sector clave
para la recuperación, para conseguir aumentar la productividad y la
riqueza del país y crear un empleo más estable, de más calidad y mejor pagado.
Por eso, el 28 de noviembre de 2016 sucedió
algo inaudito en España: los
sindicatos (UGT y CCOO) y las principales patronales de la industria (del
automóvil, la alimentación, la química, el petróleo, el cemento, el papel, la
siderurgia, el metal, el textil y el
calzado) firmaron un Pacto de Estado por la Industria, un acuerdo donde pedían
una serie de medidas para impulsar la
industria en España. Básicamente, más apoyo a la tecnología y a la
innovación, otra política energética, ayudas a la internacionalización de las
empresas, más financiación a la industria, mejora de las infraestructuras y el
transporte, políticas activas de formación, menos dispersión normativa por
autonomías y más ayudas fiscales a la industria. Y que el Gobierno crease una Secretaría de Estado de Industria, como
motor de la reindustrialización.
Ha pasado casi un año de la firma de este Pacto de Estado
por la Industria y el Gobierno Rajoy no
ha tomado ninguna medida para reindustrializar España, en medio del silencio (culpable) de la oposición. Incluso, ha desmantelado el anterior
Ministerio de Industria y Energía y ha
pasado las competencias de Industria al Ministerio de Economía, como una
secretaria general (ver
organigrama). Y no se apoya la Ciencia ni se recorta el coste de la
electricidad industrial ni se buscan ayudas ni financiación a la industria,
siguiendo con la vieja idea de la derecha conservadora de que “la mejor política industrial es la que no
existe”. Y mientras, España es cada día más un país de bares, hoteles y tiendas. Así nos va. No podemos seguir
apostando a ser “la California de Europa”.
Hay que cambiar el modelo productivo, reindustrializar
España a 20 años vista. El futuro está en la industria.
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