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lunes, 22 de junio de 2026

Lecciones tras la última crisis energética

Tras la firma del Acuerdo preliminar entre EEUU e Irán, el mundo espera que bajen los precios del petróleo, gas y carburantes, que han costado millones a los consumidores. Pero no será rápido: falta desminar Ormuz, restablecer el tráfico marítimo y reparar las instalaciones dañadas, más reponer las reservas de crudo. Los expertos creen que el mercado energético no se normalizará hasta fin de año, aunque en 2027 podría haber exceso de crudo y menores  precios. A España le ha afectado menos esta crisis que a otros paises, gracias al aumento de las renovables, que han permitido tener la luz a la mitad de precio que en Europa. Pero seguimos con un problema grave: el 68,4% de la energía consumida viene de fuera, somos los más dependientes de Europa (58,4%). Por eso, urge electrificar la economía, “huir del petróleo” en vehículos (electrificarlos), viviendas (calefacción por bombas de calor), industrias y transportes (aviación, barcos y trenes). Sólo así seremos más independientes frente a la próxima crisis energética (que llegará, seguro).

                     Los precios de los carburantes seguirán altos hasta fin de año y podrían bajar en 2027

El principio de Acuerdo firmado el miércoles entre EEUU e Irán pone un final provisional a la última crisis energética, que estalló el 28 de febrero, con los ataques de EEUU e Israel a Irán, disparando los precios del petróleo brent de 72,48 dólares/barril  (27 febrero) a 118,35 dólares (31 marzo), para bajar algo en abril (108,23 el día 27), mantenerse en mayo (107,77 el día 12) y bajar en junio (78,48 dólares/barril el 18 de junio, tras el pre-Acuerdo, aunque repuntó por encima de los 80 dólares el viernes, tras los nuevos ataques israelíes al Líbano. Pero los expertos insisten en que la crisis no se resolverá en unos días, que la normalidad en los mercados energéticos tardará tiempo: hay que “desminar” el estrecho de Ormuz, hay que agilizar el tapón de buques en la zona y agilizar el tráfico marítimo y hay que reparar las instalaciones energéticas dañadas en Irán y los paises del Golfo (el 80% afectadas). Y además, los paises más afectados por esta crisis (China, India, Japón y el sudeste asiático) tienen que reponer sus reservas, que están al mínimo, como también las europeas.

Todo este proceso de “normalización” puede durar entre 4 y 5 meses, según ha alertado la Agencia Internacional de la Energía (AIE), que precisa que habrá déficit de petróleo en lo que queda de año (más demanda para cubrir reservas y el mayor gasto en verano, mientras la producción crecerá a menor ritmo), con lo que auguran precios altos (sobre los 75 dólares barril) hasta fin de año. Después, la AIE confía en que haya un superávit de petróleo en 2027, lo que podría hacer bajar los precios, entre 65 y 70 dólares el año que viene. Pero claro, estas previsiones saltarían por los aires si el conflicto con Irán se reproduce, si EEUU e Irán no llegan a un alto el fuego definitivo en estos 60 días que se han dado para negociar los aspectos más complejos de un acuerdo de paz definitivo, con Israel complicándolo.

Mientras parece que ha pasado lo peor de esta crisis energética (la 5ª de las últimas décadas, tras las crisis de 1973,1979, 2000-2008 y la de 2022-2023), es un buen momento para sacar lecciones y enseñanzas para el futuro. En el caso de Europa, esta crisis ha sido menos dañina que la crisis energética que sufrimos tras la invasión de Ucrania (24 febrero 2022), porque entonces Europa dependía en exceso del petróleo y sobre todo del gas, que disparó su precio mucho más que ahora : pasó de 74 euros/MWH el día 22 a 107 euros el 24 y 337 euros en agosto de 2022, mientras ahora ha subido sólo de 30,6 euros/MWh en enero a 67,50 euros en mayo 2026. Y además, la mayor parte de los paises tomaron medidas y aprobaron ayudas (en España, la “excepción ibérica”, poniendo un tope al precio del gas que salvó el recibo de la luz). Además, aquella crisis energética duró casi dos años, mientras que el conflicto de Oriente Medio ha durado menos de 4 meses.

España ha sido uno de los paises europeos menos afectados por esta 5ª crisis energética, por varias razones. La primera, que sólo el 10% de todo el petróleo que importamos procede del Golfo Pérsico (Arabia Saudí e Irak) y el 2% del gas importado (de Catar), lo que ha limitado el impacto directo en el aprovisionamiento, aunque no el impacto de las subidas globales (petróleo, gas y carburantes)  y la incertidumbre del mercado. Otro factor que nos ha ayudado es que ha mejorado la “eficiencia energética” de la economía española: ahora consumimos un tercio menos de energía para producir que hace 20 años (100 de intensidad energética frente a 150 en 2014, según CaixaBank Research). Eso nos hace más competitivos y reduce los costes energéticos, junto al ahorro energético, a las menores compras hechas al inicio de 2026, por temor al estallido del conflicto. La consecuencia ha sido muy evidente: en el primer trimestre de 2026, España ha reducido un -22,5% su déficit energético, el recibo por las compra-ventas de petróleo, gas y carbón importado: 7.377 millones pagados (enero-marzo 2026), frente a los 9.529 millones pagados en el primer trimestre de 2025, según Comercio.

Pero la mayor ayuda frente a esta crisis energética la ha tenido España con las renovables. El creciente peso de las energías renovables (eólica, solar, hidráulica) en la generación de electricidad (han aportado el 60,3% de la electricidad producida de enero a mayo, frente al 42,8% que aportaron en 2022) ha permitido contener el precio mayorista de la electricidad y con ello, el precio final del recibo. Así, el precio mayorista de la electricidad fue de 41,77 euros/MWh en marzo, 42,44 euros en abril y 54,23 euros en marzo, frente a 71,67 euros en enero y 16,41 euros/MWh en febrero. Y lo más importante, España ha conseguido producir una electricidad de las más baratas de Europa: ese precio mayorista de 54,23 euros/MWh en mayo era similar al de Francia (52,2 euros, por su elevado parque nuclear), casi la mitad del precio de Alemania (98,29 euros/MWh) y menos que la mitad de Italia (119,51 euros/MWh). Y lo mismo pasaba el jueves 18 de junio: España tenía un precio mayorista de 94,90 euros/MWh, frente a 98,32 euros Francia, 117,63 euros Alemania y 132,22 euros/MWh Italia… 

Veamos en detalle por qué pasa esto, comparándonos con Alemania. En mayo, ellos tenían un 65% de la electricidad renovable frente al 60,5% de España (aunque parezca mentira, Alemania apostó antes por el sol, el aire y el agua). Pero produjeron un 34,1% de la electricidad con gas y carbón, mientras en España estas energías fósiles sólo generaron un 18,8% de la electricidad (gracias también al 17,1% nuclear, energía que no aporta nada en Alemania). Resultado: como el gas casi duplicó su precio (de 31 euros/MWh en febrero a 50 en mayo), la generación de electricidad costó casi el doble en Alemania que en España.

La apuesta española por las renovables (que han pasado de generar el 47,2% de la electricidad en 2021 al 60,3% este año) ha servido para proteger a los consumidores (particulares y empresas), que hemos pagado de media 10 euros menos al mes en nuestro recibo de lo que hubiéramos pagado en esta crisis sin tantas renovables, según un estudio de la consultora Ember. Y eso que desde el apagón (abril 2025), los usuarios pagamos un extra en la factura para que REE mantenga disponibles centrales de gas e hidroeléctrica, lo que supone un coste adicional en el recibo de unos 5,5 euros mensuales, según el grupo ASE.

A pesar de estas ventajas ante la última crisis energética, España tiene un gran punto débil, su enorme dependencia energética frente al exterior: importamos casi el 70% de toda la energía que consumimos, todo el petróleo (50% de la energía consumida) y todo el gas (19%) y carbón (1%), mientras las renovables (autoabastecimiento) suponen sólo el 19,5% de la energía total que consumimos y la nuclear otro 10,5% (autoabastecimiento a medias, porque el uranio y el combustible enriquecido se importan). Una dependencia energética de España (68,4% en 2024) muy superior a la media europea (UE-27 importa el 58,4% de la energía que consume), siendo el 63,7% en Alemania, el 44,4% en Francia y el 73,4% en Italia.

Esta alta dependencia de España de los combustibles fósiles (petróleo y gas, básicamente) se debe a que los principales sectores económicos están “enganchados” a los hidrocarburos, lo que les hace muy vulnerables cuando hay una crisis energética y se disparan los precios. Es cierto que España lidera la producción de electricidad renovable, pero está muy retrasada en la sustitución de hidrocarburos por energías limpias. Por ejemplo, en la movilidad y el transporte, donde seguimos dependiendo del petróleo: el 90,3% de los vehículos que circulan por España son diesel (18,4 millones, el 58,9% del total) o de gasolina (10,5 millones, el 33,8% del parque) y sólo el 21,4% de los coches que se venden son electrificados (eléctricos e híbridos enchufables). En las viviendas, donde el 95% de los hogares tienen calefacción de gasoil o gas (sólo el 5% tienen bombas de calor, con electricidad). En las industrias, donde el 75% utilizan todavía fuel o gas. Y en el transporte ferroviario (sólo el 65% de la red está electrificada) aéreo o marítimo, donde apenas han penetrado los combustibles alternativos.

Así que el gran reto de España (y de Europa) es “huir” de los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) y “electrificar la economía, generando electricidad con energías renovables que son 100% nacionales y aseguran la autosuficiencia energética. En Europa, sólo el 23% de las necesidades energéticas se abastecen con electricidad, según Eurostat, y en España ese porcentaje es del 24%, con lo que queda mucho por hacer. Un ejemplo de lo que se puede conseguir lo ofrece Noruega: el 47% del consumo final de energía lo aporta la electricidad, desde los coches eléctricos (98% de todos los que se venden) a su uso en la industria, las viviendas o los transportes. Y además, el 98% de esa electricidad que se consume en Noruega procede de fuentes renovables (allí, principalmente, plantas hidroeléctricas). Si España igualase a Noruega en esta electrificación, algunos estudios calculan que podríamos ahorrar un tercio de las importaciones anuales de petróleo y gas (nos gastamos 40.000 millones de euros en 2025…).

Por todo ello, la gran enseñanza de esta nueva crisis energética es que Europa y España deben acelerar la electrificación de las economías, con incentivos a los conductores, las viviendas, las industrias y los transportes para que “huyan” del petróleo y se pasen a consumir electricidad (en redes o baterías). Y no sólo para no depender tanto del petróleo y del gas, que se produce en el extranjero (en paises en muchos casos “conflictivos”),  para verse menos afectados por las crisis energéticas, sino también para lograr una mayor autonomía energética y lograr importantes ahorros de divisas en importar menos energía. Unos ahorros que justifican los incentivos y ayudas públicas a conductores, viviendas, empresas y transportes para ayudarles a “huir” de los combustibles fósiles.

Eso debería obligar a España y al resto de paises europeos a invertir más en energías renovables, en baterías para almacenar esta energía y en fortalecer las redes eléctricas, para que puedan hacer frente a la mayor “electrificación” de la economía sin apagones… Todos estos son los objetivos del Plan del Clima PINIEC 2023-2030, cuyo propósito es “electrificar” un 35% de la economía para 2030 (ahora es el 24%) y que el 81 % de esa electricidad se genere con fuentes renovables (hoy es el 60,3%). Ahora, tras esta nueva crisis energética por la guerra en Irán, el Gobierno Sánchez está pensando en acelerar aún más esa electrificación de la economía, con más ayudas para vehículos, viviendas, industrias y transportes.

En paralelo, la Comisión Europea presentará hoy (22 de junio) un paquete de medidas para acelerar el abandono del petróleo, el gas y el carbón en Europa, con un Plan de acción para fomentar la electrificación de las economías europeas. La principal medida que propone Bruselas a los paises es reducir los impuestos que paga la electricidad, hoy muy elevados (hasta el 51% de la factura media de los hogares europeos son impuestos y cargos fijados por los Gobiernos, lo mismo que el 37% de la factura eléctrica de las empresas), para que sean muy inferiores a los impuestos y tasas que pagan los combustibles fósiles. Esto debería llevar, por ejemplo, a bajar los impuestos a la luz (21% de IVA y 5,15% del impuesto especial de la electricidad, más otro impuesto del 7% a la producción que acaban pagando los consumidores) y subir los impuestos al gasóleo y la gasolina, medidas impopulares reiteradamente exigidas por Bruselas y que Podemos, el PP y Vox han vetado en el Congreso…

En resumen, que estamos a la espera de si el Acuerdo preliminar entre EEUU e Irán se convierte en 60 días en una verdadero acuerdo de paz, mientras los mercados energéticos intentan normalizarse, un proceso que durará meses (eso si no vuelven las hostilidades). Pero deberíamos aprovechar esta nueva crisis energética para que España (y Europa) reduzcan su elevada dependencia energética del exterior, para que la próxima crisis (que llegará) nos dañe menos, a los consumidores y a la economía. Y eso obliga a acelerar la electrificación de las economías, a huir del petróleo y el gas y sustituirlo por electricidad renovable en los vehículos, las calefacciones, las industrias y los transportes. Una verdadera reconversión energética que nos haga más autosuficientes y menos vulnerables ante futuras crisis energéticas. Aprendamos de una vez.

jueves, 11 de junio de 2026

BCE: otra subida de tipos inútil y dañina

Hoy jueves, el Banco Central Europeo (BCE) volvió a subir los tipos, tras bajarlos 8 veces entre 2024 y 2025 y subirlos antes otras 10 veces, entre 2022 y 2023. La “excusa” para volver a subirlos es que la inflación lleva 4 meses subiendo (hasta el 3,2%), por la energía y la guerra en Oriente Medio. Pero muchos expertos critican esta subida, porque no sirve para bajar el precio del petróleo ni abrir el estrecho de Ormuz, aunque sí dañará  a la economía europea, que ya ha caído en el primer trimestre (-0,2%). Y recuerdan que es la 3ª vez que el BCE comete el mismo error : en 2011 primero y luego en 2022-23, subieron los tipos, no frenaron los precios y hundieron más a Europa en una recesión. El camino de Europa no es subir los tipos, dañando a familias (hipotecas), empresas (créditos e inversión) y a los Estados (más intereses deuda), sino ayudar a buscar la paz y, mientras, aprobar más ayudas y medidas para huir del petróleo.

                           Enrique Ortega

El Banco Central Europeo (BCE) retomó hoy 11 de junio un viejo camino: subir los tipos de interés oficiales en la zona euro, del 2 al 2,25% (+0,25%), tras un año sin tocar los tipos. Antes, había utilizado dos caminos. El 21 de julio de 2022 inició una senda de subida de tipos, para luchar contra la inflación (+8,7% en junio), agravada por la invasión de Ucrania y la consiguiente crisis energética, sobre todo en Europa. Entre 2022 y 2023, el BCE aprobó nada menos que 10 subidas, disparando los tipos oficiales del 0% en que estaban (desde 2016) hasta el 4,50% en que los colocó el 20 de septiembre de 2023. Ahí los mantuvo 9 meses, hasta que el 6 de junio de 2024, el BCE volvió a tomar otro camino, el de bajar los tipos, para intentar reanimar una débil economía europea entonces con menos inflación (+3,2% en mayo). Y los bajó 8 veces entre 2024 y 2025, dejándolos en el 2% el 16 de junio de 2025, para no tocarlos hasta ahora, un año después.

El BCE se ha adelantado en la subida de tipos a los demás bancos centrales, sobre todo a la Reserva Federal USA, que tendrá que decidir esta semana si sube sus tipos (en el 3,50% desde diciembre de 2025), ahora que la subida del petróleo ha disparado su inflación al 4,2% en mayo y con Trump exigiendo desde hace meses que bajen más los tipos. El BCE se ha adelantado esta vez porque tiene “mala conciencia” de la última vez que subió tipos, porque cree (aunque no lo reconoce) que lo hizo tarde: subió los tipos el 21 de julio de 2022, casi 5 meses después de la invasión rusa de Ucrania y con la inflación en el 8,7%, muy por encima de su objetivo (+2%), muy superado desde septiembre de 2021 (+3,4%). Y una prueba de que “los subió tarde” es que el Banco de Inglaterra empezó a subir tipos en diciembre de 2021 y la Reserva Federal USA lo hizo cuatro meses antes, en marzo de 2022.

Ahora, el BCE no quiere que nadie le critique por “retrasarse” y quiere ser el más ortodoxo de los bancos centrales, aprobado la primera subida antes de cumplirse 4 meses de los ataques a Irán (28 de febrero) y cuando la inflación en la zona euro sólo ha subido al 3,2% en mayo (muy por debajo de la inflación en la anterior crisis energética, donde los precios europeos subieron más del 10% en octubre y noviembre de 2022, no bajando del 6% hasta junio de 2023). Y frente a los que les critican por “precipitarse”, el BCE se defiende diciendo que “es mejor prevenir que lamentar”, que prefiere subir tipos ahora para evitar que las subidas de la energía se contagien a toda la economía, algo que todavía no ha pasado.

Muchos expertos reiteran que el BCE vuelve a equivocarse subiendo tipos, porque la subida es ineficaz cuando los precios suben por una “inflación de costes”, por una subida de la energía, no porque la economía crezca demasiado y esté “recalentada” (“inflación de demanda”, que es cuando la subida de tipos sí resulta eficaz. Pero ahora, la subida de tipos no va a resolver el problema de las infraestructuras petroleras dañadas o paradas ni servirá para reabrir el estrecho de Ormuz, por lo que no servirá para bajar el precio del petróleo. Tampoco sirvió en la anterior crisis energética, a raíz de la invasión de Ucrania, cuando la inflación en la zona euro acabó bajando (del 10,6% en octubre de 2022 a menos del 3% en octubre de 2023) pero no por las 10 subidas de tipos sino por las ayudas y medidas que aprobaron los Gobiernos europeos, desde la excepción ibérica (clave para bajar la luz en España) hasta las ayudas a familias o sectores y el aumento de las energías renovables y la independencia energética europea. Ahora pasa lo mismo: si la inflación no sube más, no será porque el BCE sube tipos sino por las medidas que están tomando los paises (bajada impuestos) para luchar contra las subidas energéticas.

El otro problema de esta subida de tipos del BCE es que, además de ineficaz es perjudicial para la economía: los tipos más altos no frenan la inflación pero sí deterioran la economía de las familias, las empresas y los Estados, frenando el crecimiento. Es como aplicar una sangría a un enfermo que está en la UVI. Este error del BCE, promovido por los “fundamentalistas monetarios”, ya lo cometió el Banco central europeo en 2011 y en 2022-2023. En 2011, el entonces presidente, Trichet, subió los tipos dos veces (en abril y julio de 2011), lo que sirvió para agravar la incipiente recesión europea: de crecer la zona euro un 0,2% en la primavera y verano de 2011, se pasó a una caída de la eurozona en los 6 siguientes trimestres (4º de 2011, todo 2012 y primer trimestre de 2013), básicamente por la crisis de la deuda y los rescates de los paises del sur pero también por “el ricino de la subida de tipos”. La prueba del error es que, al llegar Draghi al BCE (noviembre 2022), bajó 8 veces los tipos de interés, hasta dejarlos en el 0% en 2016, ayudando a reanimar la economía europea.

El error de Trichet en 2011 lo repitió Christine Lagarde en 2022 y 2023, a raíz de la inflación y la crisis desatada por la invasión de Ucrania. La primera subida (+0,5%) se aprobó el 21 de julio de 2022 y tras ella, otras 9 subidas más, hasta la última en junio de 2025 (dejando los tipos en el 4,50%, el nivel más alto en 20 años). Y otra vez más, este “ricino monetario” agravó la recesión de la economía de la eurozona: crecía el +0,9% en el 2º trimestre de 2021 y cayó un -0,1% en el último trimestre, para no crecer apenas en 2023 (entre un 0 y un 0,2% cada trimestre), con una resaca en 2024, en que la eurozona sólo creció un -0,4%.

Ahora, la nueva subida de tipos del BCE es aún más peligrosa, porque se produce cuando la economía europea ya está cayendo, según Eurostat: en el primer trimestre de 2026, el PIB de la eurozona ha caído un -0,2% (-0,1% la UE-27), con Francia cayendo también (-0,1% PIB primer trimestre) como Irlanda (-12,1%), Suecia (-0,2%) o Lituania (-0,3), y con Alemania e Italia estancadas (+0,3%), salvándose sólo España (+0,6% crecimos en el primer trimestre) y Polonia (+0,9%) entre los grandes. Una caída que contrasta con lo que crecía la eurozona en 2011 (+1,7%) y en 2022 (+3,6%), las otras dos ocasiones en que el BCE aplicó su ineficaz subida de tipos, que acabó en dos recesiones: ahora el BCE aplica su “medicina” en una economía que decrece y con dos importantes paises que no crean empleo (+0% Francia en el primer trimestre y -0,1% Alemania, según Eurostat.

La subida de tipos frena el crecimiento porque afecta negativamente a las familias y a las empresas, dos de los motores claves del crecimiento, deteriorando además las cuentas públicas. Antes de que el BCE subiera tipos el jueves pasado ya había subido el Euribor, el precio al que se prestan los bancos europeos, porque se esperaba esa subida de tipos tras la guerra en Irán y la subida de la energía. Concretamente, el Euribor mensual sube desde marzo y podría acabar en junio en el 2,850%, +0,77% más alto que hace un año (2,081% Euribor junio 2025). Eso encarecerá las hipotecas a revisar en junio, en torno a 69 euros al mes para una hipoteca media de 174.132 euros (+826,80 euros anuales). Pero como además suben sin parar las viviendas, los que pidan una hipoteca nueva tendrán que pagar dos subidas: la del Euribor (ojo, antes de la subida del BCE, pronto será más) y la de los pisos. Tomando el precio medio de una vivienda en España (2.795 euros/m2, según Idealista), pedir ahora una hipoteca para comprar un piso de 90m2 cuesta ya una cuota de 1.042 euros mensuales, 218 euros al mes más que hace un año. Y pronto se espera el Euribor en el 3%.

Los tipos de los préstamos personales, para comprar un coche o hacer un viaje, también están subiendo este año, aún antes de la subida del BCE: el tipo estaba en el 7,94% en 2024, bajó al 7,41% en 2025 y este año ha escalado hasta el 7,79% en abril, según el Banco de España. Lo mismo les pasa a los créditos que piden las empresas: las pymes, para créditos hasta 250.000 euros, pagaban el 4,79% en 2024, les bajó al 4,01% en 2025 y este año les ha subido hasta el 4,63% en abril. Y lo mismo las grandes empresas, que piden créditos de más de 1 millón de euros: pagaban un tipo del 4,35% en 2024, les bajó al 3,49% en 2025 y en abril de este año ya pagaban el 3,69%, según el Banco de España. Además, con esta subida del BCE, todos los tipos subirán más y los bancos restringirán más sus créditos e hipotecas.

Y el daño de la subida de tipos no se queda en las familias y las empresas. También lo paga el Estado, porque la Administración central, las autonomías y los Ayuntamientos pagarán más intereses por su deuda. Un termómetro es el coste de colocar la deuda pública española a 10 años: tras pagar un máximo del 3,949% en septiembre de 2023 (por la anterior subida de tipos, tras la invasión de Ucrania), el coste de la deuda española bajó al 2,787% en noviembre de 2024 y estaba en 3,213 al inicio de 2026, subiendo en junio a 3,5010, antes de la subida del BCE. Esta subida de la deuda irá a más y el pago de intereses de nuestra deuda (previsto en 43.300 millones de euros este año) subirá entre 6.000 y 9.000 millones por las subidas que se esperan tras la estrategia del BCE. A lo claro: que tendremos entre 6.000 y 9.000 millones menos para gastar en servicios públicos porque habrá que pagar más intereses.

Ahora, la incógnita es saber cuántas veces más subirá el BCE sus tipos de interés oficiales: hay analistas que hablan de hasta dos veces más, quizás en julio y en octubre o que espere para hacer la tercera a diciembre. Pero todo apunta a tipos entre el 2,50 y el 3%, según se comporte la inflación europea (que podría oscilar entre el 3,5 y el 4% este año, tras cerrar 2025 en el 1,5% la UE-27). Y a su vez, el comportamiento de la inflación va a depender de la evolución de la guerra en Oriente Medio, cuyo futuro no se vislumbra. Pero incluso en el caso de un acuerdo y de la reapertura de Ormuz, la economía internacional y los precios tardarán meses en beneficiarse, por lo que el BCE “no bajará la guardia”.

Lo que sí está claro es que muchos expertos (incluido el español Luis de Guindos, que acaba de dejar su puesto de vicepresidente del BCE: “tenemos que tener en cuenta el impacto sobre el crecimiento”) alertan sobre el riesgo de que la subida de tipos agrave la recesión en Europa, dado el estancamiento de Alemania y Francia. Y recuerdan los errores de las subidas de 2011 y 2022-23. Y otros reiteran que la lucha contra la inflación exige tomar medidas en dos frentes. Uno, volcarse política y diplomáticamente en lograr una paz estable en Oriente Medio, un conflicto en el que Europa sigue “ausente”. Y el otro, tomar medidas y estrategias para contrarrestar la inflación (como las medidas fiscales y en algunos sectores que ha tomado España) y acelerar “la huida” de los combustibles fósiles, favoreciendo la electrificación de la economía (con energías renovables) y la movilidad (facilitando las ventas de coches eléctricos y los postes de recarga, ambas retrasadas en Europa).

En resumen, que Europa está sufriendo en sus precios los daños de la guerra en Oriente Medio, pero la solución no es agravar aún más el actual estancamiento económico europeo subiendo los tipos (lo que no sirve para bajar el precio del petróleo) sino presionando con el resto del mundo a Israel, EEUU e Irán para que firmen la paz y acelerando una política energética que apueste más por los combustibles renovables y por consumir cada vez menos petróleo, para que estas crisis energéticas (recurrentes) no nos hagan dado. El problema es que la derecha europea (sobre todo el PPE) se ha dejado presionar por la extrema derecha y están “devaluando” las políticas medioambientales europeas, como demuestran los ataques al Pacto Verde europeo y la decisión aprobada por la Comisión en diciembre de suavizar la prohibición de coches de combustión en 2035… Así nunca podremos evitar los europeos los daños de la geopolítica y de las subidas del petróleo. Ni subiendo tipos.

lunes, 27 de abril de 2026

Una guerra empantanada y costosa

Mañana se cumplen 2 meses de los ataques de EEUU e Israel a Irán, que han puesto patas arriba los mercados energéticos y la economía mundial. Entre treguas incumplidas y ataques, los precios del petróleo y el gas siguen altos, provocando una subida de la inflación y enorme incertidumbre en familias, empresas e inversores. Esta guerra en Oriente Medio tiene un alto coste en vidas, heridos y desplazados, pero afecta también a nuestros bolsillos: Europa pierde 500 millones al día por el conflicto. Pero, la Comisión Europea y muchos Gobiernos no toman medidas eficaces frente a esta nueva crisis, tras la Cumbre en Chipre el viernes, mientras el FMI augura un mínimo crecimiento para Europa, que podría acabar en recesión si la guerra se alarga. Sólo hay una salida: Europa debe ser más autosuficiente en energía, acelerando la electrificación de la economía y las renovables, como hace España. Y eso obliga a avanzar en el Pacto verde europeo, no a frenarlo, como defienden la derecha y la ultraderecha.

                 "Huir del petróleo" y electrificar la economía, la mejor receta ante las crisis energéticas

La consecuencia más directa para Occidente de esta guerra en Oriente Medio es la subida de los precios de la energía, que ya se empieza a trasladar a muchos otros precios y a la inflación general, con vaivenes según los ataques y las treguas. El precio del petróleo sigue alto, en 104,85 dólares el barril de Brent el viernes, que es más que antes de los ataques a Irán (72,48 dólares/barril), pero menos que el máximo de marzo (118,35 euros el día 31). Y lo mismo pasa con el gas natural, que costaba el viernes 44,50 euros, más que antes de la guerra (31,95 euros/MWh) pero menos que en marzo (50,75 euros/MWh el día 31). El problema es que el doble bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que pasa un 20% del petróleo y el gas que se consume en el mundo y la mayoría del que se consume en Asia, ha disparado el precio internacional del crudo, que podría llegar a los 150 dólares/barril.

Esta fuerte subida del petróleo (+44,6% en dos meses) ha impactado directamente en los precios de los carburantes, que han subido más. Y eso por dos razones. La primera, que el precio del teórico del crudo Brent (que se fija en el ICE de Londres) no es el que pagan realmente las petroleras y refinadoras, sobre todo en periodos de conflicto: el precio real del crudo de entrega inmediata (a 15 días), llamado Dated Brent, es mucho más alto: el 10 de abril, por ejemplo, el precio en el mercado de futuros era de 96 dólares barril, pero las refinerías pagaron 131 euros. La otra razón es que hay distintas calidades de crudo: hay tipos de petróleos que son más o menos pesados y permiten producir más o menos derivados (gasolina o diesel), que en muchos casos no se refinan en cada país sino que se importan. Y la subida del crudo ha disparado también el precio del gasóleo (la mayoría importado en Europa).

Todos estos factores han llevado a una fuerte subida de los carburantes, en muchos casos más que el crudo. Tras la fuerte subida de los primeros días, a finales de febrero, la gasolina ha pasado de 1,44 euros/litros el día antes de la guerra (27 de febrero) a un máximo de 1,8005 euros litro el 20 de marzo, para bajar luego (gracias a la rebaja del IVA del 21 al 10%, en vigor el 21 de marzo), hasta 1,556 el 31 de marzo y 1,51 euros/litro el viernes (7 céntimos más que antes de la guerra). Y el gasóleo, que costaba 1,39 euros/litro el 27 de febrero, subió mucho más, hasta 1,936 euros el 20 de marzo, para bajar después (por el recorte del IVA) a 1,794 euros/litro el 31 de marzo y 1,731 el viernes (+34 céntimos que antes de la guerra).

El otro efecto de esta guerra es la subida del precio del gas natural, que afecta al precio de la luz, porque una parte se genera con centrales de gas. En marzo, el precio mayorista de la electricidad subió a 41,77 euros/MWh, más que en febrero (16,41 euros) pero menos que un año antes (53,03 euros/MWh en marzo 2025). Y como las energías renovables aportaron el 63,1% de la electricidad en marzo, eso permitió que tuviéramos 141 horas (el 19% del total) a precio negativo (127 horas) o cero (14 horas). Además, el Gobierno bajó, desde el 22 de marzo, los 3 impuestos que paga la electricidad.  Consecuencia: el recibo al consumidor con un contrato regulado bajó unos céntimos en marzo, a pesar de la guerra: habrá sido de 62,22 euros, casi 1 euro menos que en febrero (63,19 euros) y casi 9 euros menos que en enero (71,77 euros). Y en abril, el precio mayorista ha bajado respecto a marzo (39,35 euros/MWh hasta el 24 de abril), con lo que bajará otra vez el recibo este mes.

A pesar de que la luz ha ayudado, los carburantes han provocado una fuerte subida del IPC en marzo, en Europa (+0,7%, hasta un 2,8% anual) y más en España: +1,2% en marzo, según el INE, la mayor subida en un mes desde junio de 2022 (+1,9%), lo que coloca la inflación media en el 3,4%, el peor dato desde junio de 2024. Y eso que todavía no se observa que la subida del petróleo, el gas y los carburantes se haya trasladado al transporte, la industria o los alimentos, que podrían subir por los mayores precios de los fertilizantes y muchas materias primas. Preocupa además la subida del helio (que se produce en los paises del Golfo, a partir del gas), clave para la fabricación de chips, y de muchos principios activos y medicamentos, incluidos los condones (que proceden de India y el sudeste asiático).

Mientras fracasa el ultimo intento de negociación entre EEUU  e Irán, la preocupación ahora en medio mundo es que falten suministros en unas semanas, a pesar de que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) haya aprobado liberar 400 millones de barriles de las reservas estratégicas de crudo, para que no haya escasez. Pero la misma AIE ha alertado de que podría faltar keroseno para los aviones en 6 semanas. Y hay paises de Asia que ya han empezado a racionar los carburantes, mientras China ha suspendido sus exportaciones de gasóleo. En Europa, lo que más preocupa es el suministro de keroseno, que ya ha provocado un recorte de vuelos futuros en Lufthansa y KLM. El problema lo tienen sobre todo Reino Unido (que importa el 65%), Francia, Alemania e Italia (que importan el 50%), pero afecta menos a España (que sólo importa el 20% de este combustible). A más largo plazo, en verano, en Europa preocupa el abastecimiento de gasóleo y gasolina, porque hay pocas refinerías en Europa, que importa el 50% de estos carburantes. España, con 8 refinerías, está mucho mejor, porque sólo importamos el 10% del gasóleo y exportamos gasolina.

Además del temor a los desabastecimientos de crudo y carburantes, la otra preocupación del mundo es que esta nueva guerra dispare la inflación y recorte el crecimiento, con el riesgo de una recesión si el conflicto dura meses. El Fondo Monetario (FMI) acaba de lanzar una primera alerta, en su Informe del 14 de abril: el mundo crecerá menos este año (3,1%, un 0,2% menos de lo que esperaban en enero) y subirá más la inflación mundial (+0,6%). La zona más afectada será Asia (China, Japón e India), pero también Europa: la zona euro sólo crecerá un +1,1%, con el agravante de que Alemania crecerá la mitad de lo previsto (+0,5%), según las últimas estimaciones del Gobierno Merz, Francia un +0,9% e Italia +0,5%, aunque para España estiman un crecimiento del +2,1% (-0,2% que en enero).

Caiga o no el crecimiento y suba la inflación, la guerra lanzada por Trump y Netanyahu en Oriente Medio ya tiene un alto coste para Europa y sus ciudadanos: 500 millones diarios, según fuentes europeas, lo que equivale a 30.000 millones de euros en estos 2 primeros meses de conflicto. Sin embargo, la Comisión Europea no ha aprobado todavía ninguna medida para atajar esta crisis, aunque sí algunos paises: Hungría, Portugal, Croacia, Austria, España, Italia y Francia han fijado precios máximos a los carburantes, rebajas fiscales o  descuentos directos. En el caso de España, las ayudas de marzo a los carburantes y la luz, suponen un coste (hasta junio, su periodo inicial de vigencia) de 4.000 millones de euros, habiendo permitido una rebaja de 24 céntimos en el gasoil y 29 céntimos en la gasolina, según la Confederación de Estaciones de servicio.

Pero la Comisión Europea y la Cumbre europea en Chipre, el viernes, apenas han pasado de generalidades: ahorrar energía, promover el transporte público, rebajar impuestos o promover la electrificación de las economías. Y mientras España, Italia, Bélgica y Letonia pedían “más ambición en las medidas”, la presidenta Von der Leyen traspasaba la responsabilidad de las medidas contra esta crisis energética a la reunión de los ministros de Economía de los 27, en mayo. Otro retraso, después de que Bruselas rechazara la propuesta de España, Alemania, Italia, Austria y Portugal para aprobar un impuesto extraordinario sobre los beneficios de las petroleras europeas, que están obteniendo un beneficio extra de 81,4 millones diarios con esta crisis, según este estudio de Greenpeace (serían 2.500 millones de beneficios extras sólo en marzo). España es el tercer país donde las petroleras (básicamente Repsol, Moeve y BP) tienen más beneficios extras, unos 11,5 millones diarios, gracias a su margen sobre cada litro de diesel (17,1 céntimos) y gasolina (2,5 céntimos).

En medio de una crisis energética que afecta mucho a Europa (aunque menos que la provocada inicialmente por la guerra de Ucrania), España es de los paises europeos menos afectados, por varias razones. Una, que estamos menos expuestos a los suministros de Oriente Medio: de allí sólo procede el 5% del petróleo que compramos y el 2% del gas natural, frente a un 10% de dependencia del conjunto de Europa. Dos, que España ha mejorado mucho su eficiencia energética (cantidad de energía necesaria para generar 1.000 euros de PIB) desde comienzos de este siglo, reduciéndose un tercio. Y tres, la más importante, el fuerte peso de las energías renovables en la generación de electricidad en España: 60,7% de la generación en el primer trimestre 2026 (frente a un 45% en la UE-27), lo que nos permite depender menos de las energías fósiles (petróleo u gas). Con todo, España tiene un enorme hándicap estructural: tenemos una altísima dependencia energética respecto al exterior, dado que importamos el 70% de la energía que consumimos, muy por encima del 58% de dependencia energética que tiene el conjunto de Europa.

Así que esta nueva guerra, como la de Ucrania, nos debería servir para aprender y tomar medidas que nos permitan afrontar mejor futuras crisis (que llegarán). La clave es “huir de los combustibles fósiles” (petróleo, gas, carbón), que además de destruir el clima (son los principales responsables de los gases de efecto invernadero) están vinculados a paises y zonas del mundo muy inestables, que pueden provocar nuevos conflictos geopolíticos. Eso debería llevarnos a apostar por los recursos autóctonos, especialmente el sol, el aire y el agua (más el hidrógeno verde), que no sólo son más baratos sino que nos hacen independientes. Eso es lo que pretende el Pacto verde europeo, puesto ahora en cuestión para la extrema derecha europea y el propio PP europeo, que avanzan en posiciones negacionistas. Y en España, el PP ha cedido a Vox en las autonomías (de momento en Extremadura, pronto en Aragón, Castilla y León y Andalucía), negando muchos elementos del Pacto verde europeo, precisamente ahora que la guerra en Oriente Medio deja clara la importancia de apostar por las energías renovables y el medio ambiente.

Además de una apuesta más decisiva por las renovables, España y el resto de Europa deberíamos sacar lecciones de las dos últimas crisis energéticas (Ucrania y Oriente Medio). Una, que hay que potenciar las reservas estratégicas, para evitar racionamientos y cortes de suministros. Dos, que hay que electrificar la economía, desde las empresas (muchas siguen consumiendo fuel y gas) al transporte (apenas hay furgonetas y camiones eléctricos, además de que el 90,3% del parque de vehículos en circulación van con gasóleo o gasolina) y a las viviendas (gas y calderas de gasóleo). Tres, hay que apostar por el ahorro energético, sobre todo en las viviendas (rehabilitación), industrias y servicios. Y hay que seguir apostando por las energías renovables, para que generen el 81% de la electricidad en 2030. Además, a corto plazo, urge vigilar la formación de precios en los carburantes, para que no suceda en el futuro que suben enseguida tras una crisis y tardan meses en bajar.

Al final, esta guerra en Oriente Medio (como la de Ucrania y los distintos conflictos internacionales latentes), tienen un coste clave: generan incertidumbre en los ciudadanos, las empresas y los inversores. Y por ello, el mayor riesgo de fondo no es pagar más caros los carburantes, la luz, el transporte o los alimentos sino que los hogares se preocupen y reduzcan su gasto (el ahorro está aumentando en toda Europa desde hace 3 años) y las empresas (que venden y ganan más que nunca) destinen su liquidez a depósitos, Bolsa o reducir deudas en vez de a invertir y crear riqueza y empleo. Con menos consumo e inversión y con menos exportaciones (por un comercio conflictivo y menos globalizado), España, Europa y la mayor parte del mundo crecerán menos y podríamos caer en otra recesión. Por eso urge parar esta guerra (y la de Ucrania) y unificar esfuerzos en Europa para salir adelante. Sin más dilaciones.

lunes, 23 de marzo de 2026

Ayudas públicas frente a la guerra de Trump

Este sábado se cumplirá el primer mes de la guerra de EEUU e Israel contra Irán, que ha disparado los precios de la energía y que pagamos los consumidores, en los carburantes, la luz, los fertilizantes, transportes, materias primas y alimentos. Sin embargo, esta guerra en Oriente Medio pilla a España mejor que la de Ucrania, con menos inflación, más peso de las energías renovables y más recaudación fiscal. De momento, aumentará nuestros precios un +0,7% y rebajará el crecimiento un -0,4%, aunque dependerá de lo que se agraven los ataques y de su duración. Mientras Europa no ha aprobado todavía ayudas, el Gobierno aprobó el viernes una rebaja de impuestos a los carburantes (20-29 céntimos/litro) y la luz, más ayudas directas a transportistas, agricultores, pescadores e industrias, valoradas en 5.000 millones de euros. Pero si Trump y Netanyahu escalan sus ataques (por tierra), la energía se disparará más y harán falta nuevas ayudas, esta vez a los alimentos. Y pueden arrastrarnos a otra grave crisis.

        Los carburantes, entre 20 y 29 céntimos más baratos, por las ayudas públicas

El primer efecto económico de los ataques de EEUU e Israel a Irán, el 28 de febrero, fue la subida inmediata de la energía, en especial el petróleo y el gas natural, cuya cotización ha ido subiendo en paralelo a los ataques y contraataques, más tras el cierre del Estrecho de Ormuz,  los bombardeos de Israel a refinerías de Irán y los de Irán a plantas de gas en Qatar. Así, el precio del Brent, el barril de referencia en Europa, se ha disparado de 72,48 dólares por barril que costaba el 27 de febrero a los 109,33 dólares el viernes 20 de marzo (+50,84%). Y el gas natural, clave para la producción de electricidad y para muchas industrias, ha subido mucho más: de 31,95 dólares (mercado holandés TTF) a 61,85 euros (+93,58%).

La primera consecuencia de la guerra y de la subida del petróleo y del gas ha sido la subida de los carburantes, ya al día siguiente de los primeros ataques, a pesar de que el petróleo que acaba en las gasolineras ha sido comprado entre 2 y 4 meses antes, según un estudio de COAG, que pide intervenir a la Comisión de la Competencia (CNMC) contra las petroleras, por haber subido los precios antes que les suban el petróleo y los carburantes que compran. En cualquier caso, la gasolina ha pasado de costar 1,44 euros/litro el 27 de febrero a 1,805 el viernes 20 de marzo (+25,34%). Y el gasóleo ha subido de 1,39 euros/litro a 1,936 euros/litro (+39,28%), superando a la gasolina. Esto pasa porque las refinerías europeas sufren un déficit crónico de gasóleo y lo tienen que importar, sobre todo de China, que ha cerrado su exportación para asegurar su abastecimiento, lo que dispara más el precio.

Otro efecto de la guerra en Oriente Medio ha sido la subida de la luz, por el encarecimiento del gas, aunque se ha podido contrarrestar por la gran aportación de las energías renovables (viento, agua y sol). El precio de la luz en el mercado mayorista saltó de 14,5 euros/megavatio el 28 de febrero a un máximo de 136,86 euros el 10 de marzo, para bajar después a 28,88 euros/MWh el 18 de marzo, un mínimo de 6,45 euros el 15 de marzo (con 9 horas “gratis”) y 41,47 euros/MWh este sábado 21, más cara que la media de febrero (16,41 euros/MWh) pero la mitad que en enero (71,17 euros/MWh). Por ello, se espera una subida de la factura de la luz este mes, pero ligera (en febrero, el recibo medio fue de 63,19 euros). Lo importante es que el alto porcentaje de electricidad renovable (63,2% en febrero) sigue permitiendo que España tenga la luz más barata de Europa: el sábado 14 de marzo, por ejemplo, el precio mayorista era 14,39 €/MWh en España y 100 €/MWh en Francia, Italia y Alemania…

Otra subida que ha provocado esta guerra ha sido la de los fertilizantes, claves para los agricultores y la producción de alimentos: una parte proceden de los paises del Golfo, que ya no pueden exportar por el cierre del estrecho de Ormuz, lo que ha encarecido su precio internacional un +30% (al subir también el gas natural con el que se fabrican), aunque la mayor parte de los fertilizantes que consume España vienen del norte de África (Marruecos, Argelia, Egipto) y de Rusia. Y el aumento del gasóleo también aumenta los costes de los agricultores y de los pescadores, que tendrán que repercutirlo a los consumidores.

Además, la subida del petróleo y los carburantes, más el aumento del riesgo y los seguros, han duplicado ya el precio del transporte marítimo (subida de 4.000 dólares por contenedor), por el que llegan el 80% de las mercancías importadas. Y ha subido también el coste del transporte por carretera (los transportistas pagan ahora +40% por el gasóleo) y el coste del transporte aéreo (el precio del jet fuel ha subido entre el 25 al 30%), por lo que ya han subido los billetes de avión (un +9%), aunque la mayor parte de las compañías aéreas tienen asegurado un precio fijo (más barato) para el 60 al 80% de sus contratos de carburante…

Y también han visto aumentar sus costes muchas industrias, sobre todo las que consumen más gas y electricidad, como la industria química, la metalúrgica, la cerámica y las cementeras. Y otras están más expuestas ahora al corte de la cadena de suministros internacionales, como las farmacéuticas, el automóvil y las empresas logísticas, que se arriesgan a cortes en sus procesos de producción, por falta de principios activos o suministros. Y lo más preocupante es la alimentación, porque los mayores costes energéticos y del transporte más los problemas de agricultores y pescadores se acabarán trasladando a los alimentos y a los precios de los supermercados, sobre todo si la guerra dura meses. El mayor riesgo es que suban ya el pan, los cereales, la pasta, el aceite de girasol, las carnes y los pescados. Y además, ya ha subido el Euribor (del 2,222 al 2,658), lo que afectará negativamente a los hipotecados, mientras el BCE podría verse obligado a subir los tipos.

Así que el coste de la guerra de Trump y Netanyahu ya lo estamos pagando y lo pagaremos más si escala el conflicto o si dura mucho. Aunque, de momento, sus consecuencias económicas son menores que la invasión de Ucrania (febrero 2022), por varios motivos. Uno, que entonces el petróleo llegó a costar 180 dólares (ahora 108) y el gas escaló a los 200 euros (62 ahora, cuando además el gas sólo genera el 15% de la electricidad en España, frente al 40% en Alemania y el 90% en Italia). Segundo, que entonces partíamos de una inflación anual previa mucho más alta (5,9% en la zona euro y 7,6% en España) que ahora (1,9% en la zona euro y 2,3% en España).Tercero, que los tipos estaban al 0%, lo que animaba al consumo y a hipotecarse y ahora están al 2%, lo que frena más las subidas. Y cuarto, que España está más preparada para afrontar otra crisis, tanto porque tiene menos déficit público (2,5% del PIB en 2025 frente al 6,9% en 2021) y puede gastar más en ayudas como porque tenemos una menor dependencia del petróleo y el gas, gracias a las renovables (han generado un 55,5% de la electricidad en 2025, frente al 46,7% en 2021).

Con todo, la guerra es muy preocupante, no sólo por las muertes y los desplazados que ha provocado (4 millones de iraníes, libaneses e iraquíes pueden acabar en Europa, como pasó con los iraquíes en 2015), sino porque puede escalar, máxime si Netanyahu persiste en atacar por tierra y Trump consigue los 200.000 millones de dólares que ha pedido “para matar a los malos”. Los mercados presionan a Trump para acabar con esta guerra (que ha provocado la caída de las Bolsas y amenaza con otra recesión), lo mismo que muchos norteamericanos, que empiezan a sufrir la inflación (el galón de diesel, 3,85 litros, ha superado los 5 dólares, el mayor precio desde diciembre de 2022), pero Trump es imprevisible y está muy presionado por el lobby judío en EEUU, que ve una oportunidad histórica en apoyar al ultra Netanyahu para borrar a Irán del mapa y consolidarse como potencia regional.

Mientras, Europa ha tardado 3 semanas en posicionarse ante el conflicto en Oriente Medio (“no es nuestra guerra”, dijo el Consejo Europeo el jueves), defendiendo finalmente el derecho internacional y llamando a la desescalada, a la apertura del estrecho de Ormuz y a la negociación, aunque no se han atrevido a criticar explícitamente a EEUU y a Israel, pero sí al régimen de Irán. Y lo peor es que no han aprobado medidas económicas concretas, a diferencia de lo que hicieron tras la pandemia y la invasión de Ucrania: prometen presentar “ayudas temporales, adaptadas y específicas” y mientras proponen a los paises que bajen impuestos a la electricidad y que ayuden a las empresas y sectores más vulnerables, sin hablar ahora de aportar Fondos europeos.

En España, el Gobierno Sánchez aprobó el viernes un paquete de ayudas que incluyen rebajas fiscales a los carburantes y la electricidad, más ayudas específicas al transporte, la agricultura y la pesca, también a las industrias más consumidoras de electricidad y gas. Son 80 medidas, con un coste total de 5.000 millones de euros (“el coste de esta guerra para España”, por ahora). Se baja al 10% el IVA de los carburantes (supondrá una rebaja de 20 a 23 céntimos por litro en el gasóleo y de 26 a 29 céntimos/litro en la gasolina, un ahorro de 12 a 16 euros al llenar un depósito de 55 litros), se concede una ayuda de 20 céntimos por litro de gasóleo a los transportistas, agricultores y pescadores, unas ayudas equivalentes a los fertilizantes, se bajan los dos impuestos a la electricidad (el IVA del 21 al 10%, también al gas, los pellets y la leña), se bonifican un 80% los peajes a las industrias electrointensivas (ahorrarán 200 millones de euros), se congela el precio del butano y propano, se extiende hasta fin de año el bono social eléctrico (descuentos) y se refuerza el bono social térmico. Además, y para asegurar que estas rebajas de impuestos lleguen a los consumidores, se dan más prerrogativas a la Comisión de la Competencia (CNMC), para que vigile los procesos y evite abusos en los márgenes de petroleras, eléctricas y otras empresas.

Ahora, el Gobierno Sánchez intentará aprobar este paquete de ayudas ("el mayor de Europa", según la vicepresidenta Aagesen) en el Congreso, este jueves, lo que no será fácil. Y en paralelo, tendrá que vigilar que las rebajas fiscales lleguen a los ciudadanos, que lo noten en bajadas de carburantes, luz y fertilizantes, que no sirvan para mejorar el margen de las petroleras, eléctricas y empresas. Y mientras tanto habrá que vigilar la evolución de los alimentos, donde ya hay algunos productos que están subiendo en los supermercados, aunque la mayoría esperan para hacerlo (gracias a que llevan dos años aumentando aumentado márgenes y beneficios: recordemos que Mercadona tuvo en 2025 con un beneficio neto de 1.729 millones de euros, un 25% más que en 2024).

Pero la clave es lo que escale y dure la guerra en Oriente Medio. Porque si continúa otro mes más, hasta finales de abril, el petróleo podría dispararse hasta los 180 dólares por barril, según Arabia Saudí. Y eso arrastraría al gas y a la electricidad, a los carburantes, al transporte marítimo y terrestre, a los costes de la industria, los agricultores y la pesca, y, al final a los alimentos, con lo que el Gobierno tendría que tomar nuevas medidas, como la rebaja del IVA a los alimentos (una medida regresiva, porque beneficia más a los que más tienen y gastan). Y en este escenario, una guerra más duradera, sería imprescindible que Bruselas y los 27 aprobaran nuevas ayudas, como el tope al gas y otras medidas extraordinarias.

En definitiva, estamos ante una guerra peligrosa y preocupante, que puede tener un alto coste para los paises y sus ciudadanos, desde Europa a EEUU, más para los ciudadanos iraníes y libaneses. Y lo peor es que una guerra se sabe cuando empieza pero no cuando acaba ni cómo. Y estamos en manos de dos políticos ultras e imprevisibles (Trump y Netanyahu), que pueden decidir cualquier cosa, a costa del resto del mundo. “Piensen en lo impensable y prepárense para ello”, aconsejó hace días al mundo la presidenta del FMI, Kristalina Georgieva. Pedro Sánchez dijo el viernes que España tiene ahora “el mayor escudo social y económico de los países europeos” y que estará vigente el tiempo que sea necesario y si hace falta “lo ampliará". Urge ahora que Europa tenga una respuesta similar, con un paquete de medidas para ayudar a los 27.

Al final, nos ha caído encima otra crisis, tras la pandemia (2020), la guerra de Ucrania (2022), los problemas climáticos (inundaciones e incendios), el chantaje arancelario de Trump (2025) o la actual guerra en Oriente Medio. Pedro Sánchez insiste en que tras todas estas crisis, España ha salido más fuerte, siendo el país europeo que más crece en los últimos tres años. Y recuerda el dato: en 2025, el 41% de todo el empleo creado en Europa ha sido creado en España… Es verdad. Pero la clave es que Europa reaccione junta y que tomemos medidas al margen de la política partidista. Porque una guerra como esta exige unidad de acción y de respuesta, no usarla para atacar al Gobierno y hacerle caer, como se ha intentado en las crisis anteriores. La política está para resolver los problemas y más cuando son graves como esta guerra. Veremos qué pasa. 

jueves, 9 de mayo de 2019

La amenaza del petróleo


Éramos pocos y parió la abuela. Por si no bastara con el proteccionismo de Trump, el estancamiento de Europa, los temores sobre China y la subida de tipos, ha subido el petróleo: un +30 % desde enero. Ahora ronda los 70 dólares, pero podría subir, tras la amenaza de Trump con sanciones a 8 paises que compraban crudo a Irán. El problema de fondo es que se extrae menos petróleo (por Irán, Libia y Venezuela), la OPEP y Rusia han recortado producción y el consumo no baja, lo que sube el precio. Y eso hace peligrar la recuperación en Europa (muy floja) y en España, el país europeo más dependiente del petróleo. Estas subidas han encarecido los carburantes, entre un +11% y un +15% este año, los costes de las empresas y el déficit energético español (-25.000 millones de euros), lo que amenaza el crecimiento y el empleo. Habría que aprobar un Plan para “huir del petróleo”, en favor de otras energías, porque el petróleo es caro, muy volátil  y no lo controlamos. Es difícil, pero hay que hacerlo.


El petróleo y su precio condicionan tremendamente la economía internacional y la española. En 2008, tras la crisis financiera que estalló en EEUU, el petróleo se contagió de los temores mundiales y saltó a los 146 dólares/barril, el máximo histórico reciente, agravando la recesión. Luego, tras las medidas aplicadas para reanimar las economías, suavizó su precio, por debajo de los 80 euros en 2009 y 2010. A partir de ahí, volvió a subir, en torno a los 110 dólares entre 2011 y 2014, marcando otro máximo de 114,81 euros en junio de 2014. Y después, bajó durante año y medio, a 46,59 dólares en enero de 2015 y 27.88 euros/barril en enero de 2016, el mínimo histórico reciente. Un desplome del crudo del 75% en 18 meses, que ayudó decisivamente (junto a la bajada de tipos de interés y del euro) a consolidar la recuperación de la economía mundial y de España, no por los "éxitos" de Rajoy.

El precio del petróleo se mantuvo estable, en torno a los 50 euros, otro año y medio más, todo 2016 y la primera mitad de 2017, con un mínimo de 44,82 dólares en junio. Pero en verano de 2017, comenzó a subir y cerró el año en 66,70 dólares. Y la subida continuó todo 2018, superando en mayo pasado los 80 dólares barril y alcanzando un máximo de 85,92 dólares a principios de octubre de 2018, el precio más alto en casi tres años. Pero en el último trimestre bajó con fuerza y cerró el año 2018 con otro mínimo, en 50,49 dólares barril. Y todo este año 2019, el crudo está subiendo, hasta un nuevo máximo en abril (75,50 dólares el día 25) y un precio hoy de 70,20 dólares/barril, un 29,63% más caro que a principios de año y el precio más alto desde octubre de 2018.

Esta nueva subida de precios, la del verano-otoño de 2018 y la de 2019, tiene mucho que ver con Trump y su decisión de romper, en mayo de 2018, el acuerdo nuclear con Irán ,firmado en julio de 2015 por Obama y cuatro grandes paises más (Rusia, China, Reino Unido y Francia). El nuevo presidente de EEUU prohibió a los demás paises importar, desde noviembre de 2018, petróleo de Irán (para asfixiar su economía). Sólo permitió una excepción a 8 paises (China, Turquía, India, Japón, Corea del Sur, Italia, Grecia y Taiwán), para que importaran crudo iraní 180 días más. Y ahora, con fecha  2 de mayo, Trump acaba de poner fin a estas excepciones, con lo tampoco estos paises pueden ahora importar petróleo de Irán, que era antes de estas sanciones el 6º productor mundial de crudo. España no compra nada de petróleo iraní desde noviembre de 2018, aunque antes era nuestro 5º suministrador (le compramos 4.894.000 Tm de crudo en 2018, el 7,24% del total importado).

Estas amenazas de sanciones de Trump a quien compre petróleo iraní provocaron les fuertes subidas del crudo de 2018 y están detrás de las subidas de 2019. Y ahora, al cortarse el grifo también a grandes compradores, como China o Turquía (que amenazan con seguir comprando), se teme una subida adicional del petróleo en las próximas semanas. Y más si Irán cumple su amenaza de defenderse cortando el paso del estrecho de Ormuz, un paso de pocos kilómetros en el Golfo Pérsico por el que se exporta el 20% de todo el petróleo mundial, con una media de 14 superpetroleros atravesándolo cada día.

Al embargo petrolero a Irán (que antes exportaba 2,5 millones de barriles/día y en abril sólo 1 millón) hay que sumar otros problemas de suministro de crudo en Libia (por la guerra civil que amenaza la exportación de 1 millón de barriles/diarios) y Venezuela (el 10º productor mundial, con 1,44 millones de barriles/día, cuyas exportaciones están en peligro por el caos interno y las sanciones de Trump impuestas en abril), sin olvidar los problemas de bombeo en Angola (9º productor mundial), los conflictos en Nigeria y la guerra civil en Yemen (con terroristas pro-iraníes que amenazan las instalaciones petrolíferas de Arabia Saudí).

Junto es estos problemas geopolíticos, el mercado del petróleo se resiente de los recortes de producción acordados por los 14 paises de la OPEP y otros 10 paises productores (como Rusia, el 2º productor mundial de crudo). Primero acordaron reducir la producción en 2017 y después extendieron el recorte a 2018, para tratar de subir unos precios bajos que hundían sus economías. Y el 7 de diciembre pasado, volvieron a acordar un tercer recorte, a partir de enero de 2019, de 1,2 millones de barriles/día (800.000 la OPEP), con una Cumbre prevista el 25 de junio donde estudiarán si prorrogan el recorte hasta fin de año. Mientras, Trump presiona a Arabia Saudí (suníes) para que suban su producción y compensen así el recorte impuesto por las sanciones a su enemigo político-religioso, Irán (chiitas).

Al final, entre los embargos y los conflictos geopolíticos, la oferta real de petróleo se ha reducido y eso hace subir los precios internacionales del crudo, máxime cuando la demanda sigue fuerte, aunque se espera que se reduzca algo en 2019, por la desaceleración económica mundial. Con todo, la Agencia Internacional de la Energía espera que la demanda supere a la oferta a partir de junio y en la segunda mitad del año 2019, con lo que los expertos apuestan por un petróleo a más de 70 dólares, que podría superar los 80 y llegar incluso a 100 dólares si hay conflictos en algún país clave. Vamos, que habrá que estar pendiente del petróleo y también de la cotización del euro, porque el crudo se paga en dólares. Y si el dólar sigue subiendo, como ha pasado desde enero (se ha revalorizado un 3,5% frente al euro), pues eso encarece doblemente el petróleo que compramos.

Este encarecimiento del petróleo, en dólares y en euros, amenaza la recuperación en Europa y en España, en un mal momento de la economía internacional, por el auge del proteccionismo, el menor crecimiento del comercio mundial, el estancamiento de la zona euro (Alemania prevé crecer sólo un 0,5% este año), la crisis en algunos paises en desarrollo (Argentina, Turquía, Brasil), el temor a un menor crecimiento en China y la subida iniciada en los tipos de interés. Ahora, la puntilla del petróleo más caro va a frenar ese menor crecimiento, afectando más a Europa y a España, porque son mucho más dependientes del crudo que la mayoría del mundo. Así, la UE-28 importa el 86,7% del petróleo que consume y el 96,3% la zona euro, con porcentajes muy altos en Francia (97,5% del petróleo es importado), Alemania (96,4% e Italia (91%), con la excepción de Reino Unido (sólo importa el 33,9% del crudo), según los últimos datos de Eurostat.

España es todavía más dependiente, ya que importamos el  99,2% del petróleo que consumimos. Y además, lo compramos en paises con muchos riesgos geopolíticos: las 67.586.000 toneladas de petróleo compradas en 2018 vinieron de Nigeria (14,02%), México (13,88%), Arabia Saudita (11,08%), Libia (8,09%), Irán (7,24%), Irak (6,92%), Brasil (6,85%), Angola (3,81%) o Rusia (1,50%), según la estadística de CORES. La factura petrolera es muy importante para España, ya que supone el 75% del déficit comercial español. Es una tremenda hipoteca que, según el precio del crudo, dificulta más o menos la marcha de la economía, gobierne quien gobierne. En 2008, el déficit energético (importaciones-exportaciones) alcanzó un récord de -47-768 millones de euros, que se mantuvo alto entre 2012 (-45.041 millones) y 2013 (-40.983 millones), para ayudar mucho a la recuperación, sobre todo en 2015 (-25.844 millones de déficit energético) y 2016 (-20.136 millones) para subir en 2017 (-24.671) y sobre todo en 2018 (-25.132 millones de déficit energético). Y volverá a subir este año, lo que nos empobrecerá como país.

Esta es la factura “grande”, pero luego cada empresa tiene la suya y al subir el coste del petróleo suben también el gas y las demás energías, incluida la electricidad, que ya es la 2ª más cara de Europa para las familias y la 4ª más cara para las empresas. Y estos mayores costes se acaban trasladando a los precios de casi todo, en especial de los viajes, los transportes, la alimentación y los servicios, lo que hace perder poder adquisitivo a los salarios y las pensiones. Y las familias lo notan mucho en el precio de la luz y los carburantes.

La subida del petróleo ya ha encarecido el gasóleo un +11,35% entre enero y el 6 de mayo (1,258 €/litro)  y la gasolina súper (1,358 €/litro) un +15,17%, según el Weekly Oil Bulletin de la UE, unas subidas mayores a las de la UE-28 (+7,4% el gasóleo y +11,7% la gasolina súper). Pero los precios en la gasolinera “camuflan” la subida real de los carburantes por el petróleo, ya que más de la mitad del precio final son impuestos. Si los descontamos y miramos la subida de los carburantes sin impuestos, resulta que el diesel (0,660 €/litro sin impuestos) ha subido en España un +19% (y es el 10º más caro sin impuestos de la UE) y la gasolina (0,649 €/litro  sin impuestos) ha subido un +29,45% (y es la 4ª más cara sin impuestos, tras Suecia, Dinamarca y Grecia). Subidas que también son mucho mayores a las subidas medias de los carburantes la UE-28: un +13,37% ha subido el diesel sin impuestos en Europa y un +25,7% la gasolina súper sin impuestos, según el boletín petrolero de la UE. Y el riesgo es que los carburantes sigan subiendo hasta el verano.

Al final, la subida del petróleo no sólo nos quita dinero del bolsillo sino que afecta a la marcha de toda la economía, porque reduce el consumo de las familias y aumenta los costes de las empresas, con lo que frena el crecimiento, la inversión y el empleo. O sea, que el petróleo es una amenaza seria para la recuperación, lo que preocupa doblemente porque los otros vientos de fuera (crecimiento, comercio mundial, zona euro, tipos) soplan también de frente. Y en este caso, España y el resto de Europa poco pueden hacer porque las grandes decisiones que afectan al precio del crudo se toman lejos y por otros.

Pero lo que sí podemos hacer, España y el resto de Europa, es aprovechar este nuevo “susto” del petróleo para decir ¡basta¡ y “huir del crudo lo más posible, no sólo porque condiciona demasiado nuestra economía y nuestro bolsillo sino porque es uno de los principales responsables del Cambio Climático que pone en peligro el Planeta. Es hora de que el futuro Gobierno y toda la sociedad apoyen un Plan de reducción del consumo de petróleo a medio plazo, para reducir el consumo de crudo en la industria, los transportes, las viviendas y los vehículos, dentro de un Plan más global contra el Cambio climático. Urge plantear objetivos y conseguir recursos para ayudar a las empresas y familias a reducir el consumo de petróleo y su sustitución por energías limpias y renovables, con más independencia de suministro y sin sobresaltos en los precios. Costará hacerlo, pero hay que hacerlo.