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lunes, 7 de octubre de 2024

El recibo de la luz, pendiente del clima

Ya casi nadie se fija en el recibo de la luz, que tantos “sustos” nos dio en 2021 y 2022. En 2023 moderó su subida y así sigue en 2024, a pesar del final de “la excepción ibérica”, la subida del IVA y los conflictos geopolíticos. Y España sigue con la luz más barata de Europa. La causa de estos precios “más controlados” está en las energías renovables (sol, aire y agua), que producen una electricidad más barata y limpia: llevan 12 meses consecutivos generando más del 50% de la electricidad. Y el objetivo es que generen el 81% de la luz en 2030. Es bueno, pero obliga a estar más pendientes del clima: más o menos aire, sol y lluvia explican los vaivenes del precio de la luz. En paralelo, se agrava la “guerra de precios” y las ofertas de las eléctricas para que contratemos la luz “en el mercado libre”, con tarifas planas (y “letra pequeña”) que ya tienen el 71,8% de consumidores.

                            Enrique Ortega

El recibo de la luz sigue sin darnos sustos en 2024. Ya en 2023 volvimos “casi a la normalidad” en las tarifas, tras los “sustos” sufridos en 2021 y 2022, por la crisis de la energía y la invasión de Ucrania. Así, el coste de la luz en el mercado mayorista (donde venden y compran la luz diariamente las compañías productoras y distribuidoras) cerró 2023 con un precio medio de 87,43 euros/MWh, menos de la mitad del precio medio de 2022 (209,69 euros/MWh) y por debajo del precio medio de 2021 (111,39 euros/MWh), aunque todavía duplicaba el precio medio de los 5 años anteriores (46,15 euros/MWh). Y ahora, en lo que llevamos de 2024 (enero-septiembre), el precio medio del mercado mayorista ha sido menor al de 2023, 45,5 euros/MWh, a pesar de ser mayor en verano (desde 56 euros en junio a 91,05 en agosto y 72,62 en septiembre), por las olas de calor y el turismo.

Con un precio de la luz en origen más moderado, los consumidores hemos pagado precios contenidos, tanto en el mercado regulado (8,6 millones de clientes, cuya tarifa se rige por el precio mayorista diario según las horas de consumo) como en el mercado “libre” (21,8 millones de clientes) , donde las tarifas (“planas”) se suelen fijar por un año o más (y se revisan después, con la evolución del mercado). Ya en 2023, el recibo medio de la luz (para un hogar que tenga contratada 4,6 kW de potencia y 292 kwh de consumo mensual) fue de 60,26 euros al mes (723 euros al año), una rebaja importante (-42,8%) sobre el recibo medio pagado en 2022 (105,48 euros al mes) y en 2021 (79,11 euros al mes de media), según los precios que publica la OCU. Y este año 2024, revelan que estamos pagando un recibo algo más bajo: 58 euros de media (enero a septiembre), con recibos inferiores a 55 euros en abril, mayo y junio y por encima de los 60 euros en enero, julio y agosto.

Así que este año 2024, el precio de la luz es más bajo incluso que en 2023, tanto en el mercado mayorista de origen como en el recibo final al consumidor. Y eso que hemos contado con dos factores en contra. Uno, que desde el 1 de enero de 2024 ya no tenemos la ayuda de “la excepción ibérica, esa medida concedida por Bruselas a España y Portugal para poner un tope al precio del gas utilizado para producir electricidad, para que no disparara el precio del mercado de origen. La medida entró en vigor el 15 de junio de 2022 y fue clave para rebajar la tarifa eléctrica en 2022 (el peor año) y en 2023 (aunque no se aplicaba desde febrero de 2023, porque el gas estaba por debajo del tope, entonces 65 euros/MWh). De hecho, “la excepción ibérica” (el “timo ibérico” para el PP) permitió a España un ahorro de 5.106 millones de euros en los recibos (4.000 millones en 2022 y 1.100 millones en 2023).

El otro factor que no ha ayudado a bajar el recibo han sido los 3 impuestos a la electricidad, que han subido en 2024. En enero, con los precios en origen más bajos, el Gobierno Sánchez decidió subir el IVA (tras bajarlo del 21 al 10% en 2021 y al 5% en junio de 2022): lo subió al 10%, siempre que el precio mayorista (en origen) estuviese por encima de los 45 euros/MWH. Pero en febrero bajó a 40euros y con ello, el IVA  subió al 21% hasta mayo. En junio, el precio mayorista se colocó en 56 euros/MWH y el IVA volvió al 10%, que ha estado vigente hasta septiembre. Además de un IVA más alto que en 2023, hemos pagado una subida del impuesto especial a la electricidad (del 0,5% al 2,5% en el primer trimestre, el 2,8% en el 2º y el 5,11% desde julio) y del impuesto a la generación de electricidad, que pagan las eléctricas pero “nos lo repercuten” a los clientes (se suprimió en 2021 y ha vuelto, al 3,5% en el primer trimestre, el 5,25% en el 2º y el 7% a partir de julio). En conjunto, se estima que pagaremos 7,50 euros extras mensuales en 2024 por esta triple subida de impuestos a la luz.

Sin embargo, hay otros factores que sí han ayudado y explican por qué pagamos algo menos por la luz que en 2023 (y mucho menos que en 2021 y 2022). Uno de ellos, la reforma de la tarifa regulada, el PVPC (precio voluntario para el pequeño consumidor), que entró en vigor el 1 de enero de 2024. El principal cambio es que la tarifa regulada ya no oscila sólo con el precio diario del mercado mayorista, sino que se obliga a las compañías distribuidoras que compren una parte de la luz que nos venden en el mercado a plazo: este año, un 25% deberá ser de contratos a plazo (a un mes, un trimestre, un año o más), un 40% en 2025 y un 55% en 2026. Con ello se buscan contratos más estables (evitando los “saltos” diarios de precios) y que deben ser más baratos, en beneficio de los consumidores.

Pero el factor clave de que el precio de la luz sea más bajo está en el creciente peso de las energías renovables (eólica, solar e hidráulica) en la generación de electricidad, porque son más baratas que el resto (gas, carbón o incluso algunas nucleares). Así, en 2024 (enero-septiembre), las energías renovables han aportado el 57,3% de la electricidad producida (22,4% la eólica, 20,3% la solar, 13,2% la hidráulica y 1,4% otras energías renovables), según Red Eléctrica (Redeia). Y lo más importante: son ya 12 meses consecutivos (de octubre de 2023 a septiembre de 2024) en que las energías renovables generan más del 50% de la electricidad en España. Ya en 2023, las renovables aportaron el 50,1% de la electricidad generada, un gran salto desde 2019, cuando aportaron el 39,2%. 

El tirón de las renovables es lo que explica que nuestro recibo de la luz no se dispare, junto a la moderación en el precio del gas natural, el culpable de disparar nuestro recibo en 2021 y 2022: sigue por debajo de los 40 euros/MWh, cuando en agosto de 2022 se disparó a 311 euros, aunque su precio podría repuntar por el conflicto en Oriente Próximo. En cualquier caso, la electricidad generada con gas (centrales combinadas) es ahora marginal (11,3% de enero a septiembre), con lo que podría aumentar algo el recibo si su precio se dispara, pero no lo notaríamos demasiado, porque casi dos tercios de la electricidad es renovable.

Este tirón de las renovables explica también otro hecho: España tiene la electricidad más barata de Europa. Con datos del 3 de octubre, en España costaba 58 euros/MWH, casi como en Francia (57,64 euros) y mucho más barata que en Portugal (67,45), Alemania (72,66), Paises Bajos (86,05), Grecia (101), Italia (115) o Finlandia (183 euros/MWh). Y eso ha sido así durante todo 2024 y también en 2022 y 2023. Concretamente, en los 18 meses que iban de junio de 2022 a diciembre de 2023, el precio mayorista de la electricidad fue de 102,64 euros por MWh en España, 161,48 euros en Alemania, 175,82 en Francia y 207,88 euros en Italia, según los datos publicados por el Grupo ASE. Y si miramos todo el año 2023, el precio mayorista en España (87,43 euros de media) fue un -14,2% inferior a la media de la electricidad mayorista en los 4 grandes paises UE (101,82 euros).

Eso se explica en parte por la “excepción ibérica” (hasta 2023) pero sobre todo porque España ha desarrollado más las energías renovables. En energía solar, somos líderes europeos en potencia instalada (29,5 GW de potencia, por delate de los 24,6 de Alemania, los 10,8 de Francia, los 9,8 de Reino Unido  y los 4,8 de Italia)  y también en potencia en construcción (7,8 GW, más que la prevista en Grecia, Reino Unido, Portugal y Alemania juntas. Y en energía eólica, España ocupa el 2º puesto en Europa en capacidad instalada (30,42 GW en 2023), tras Alemania y por delante de Reino Unido, Francia e Italia. Y por si no quedara claro, en 2023, España produjo casi el 40% de la electricidad (39,3%) con energía eólica y solar, frente al 13% en el mundo y algo por encima de Alemania (39%).

El objetivo es seguir aumentando el peso de las energías renovables (eólica, solar, hidroeléctrica y otras) en los próximos años  y conseguir que aporten el 81% de la electricidad en 2030, según el último Plan aprobado por el Gobierno en septiembre y enviado a Bruselas. La hoja de ruta de la energía solar (fotovoltaica y térmica) va bien, según lo previsto, pero la energía eólica va retrasada: ha superado  el listón de los 30 GWh (con 22.200 aerogeneradores), pero le queda mucho para llegar a los 62 GW previstos para 2030. Y avanza a un ritmo lento: en 2023 se instalaron 607,27 MWh, la octava parte de los 5,2 GWH anuales que hay que instalar hasta 2030. El sector se queja de un “exceso de rigidez normativa” por las distintas administraciones, con mucha “judicialización” de proyectos (sobre todo en Galicia). Problemas que urge agilizar y resolver, junto al desarrollo de la eólica marina (recién autorizada) porque la energía eólica es clave para cubrir la demanda en horas que no hay sol (si no hay molinos y energía suficiente, obliga a tirar de las centrales de gas…).

El tirón de las renovables no sólo abarata el recibo de la luz sino que reduce drásticamente las emisiones de CO2 que provocan las centrales de carbón (solo ha generado el 1% de la electricidad este año), fuel y gas (11,5%) y los residuos de las centrales nucleares  (que generan todavía un 19,7% de la electricidad). Concretamente, en 2024 (enero-septiembre), la producción de electricidad ha generado 18,58 millones de toneladas de CO2 equivalente y podrían llegar a 25 millones de toneladas de CO2 en todo 2024. Eso supondría reducir a la mitad las emisiones por generar electricidad que se hicieron en 2019 (50 millones).

Así que el impulso a las renovables nos está permitiendo tener una luz más barata y limpia. Ahora, la clave es seguir promoviendo las energías eólica, solar y otras renovables, mejorando su eficiencia y desarrollando el almacenamiento, porque una parte de la energía renovable no se puede guardar (almacenar en baterías gigantes) y se pierde. En paralelo, urge modernizar la red de distribución, para evitar picos y cortes: hay horas y lugares donde se ha cortado la luz a grandes industrias para no cortarla al resto, por desajustes puntuales en la generación y distribución de electricidad. Con todo, lo esperado es que la luz sea cada año más barata, al ser más renovable. El Banco de España estima que las energías renovables pueden reducir los precios de la luz un 50% de aquí a 2030. Y con ello, España tendría unas tarifas eléctricas más competitivas, del 20 al 30% más bajas que en Europa.

Pero esto va a suponer un gran cambio: cada vez tendrá más peso el clima en nuestro recibo de la luz. Ya lo hemos visto este año: en primavera, con las lluvias, hemos tenido la luz más barata del año (marzo, abril y mayo). En verano, con las olas de calor (más demanda y menos rendimiento de los paneles solares), la falta de viento y de lluvias, hemos tenido la luz más cara (julio y agosto). Y en septiembre, con más viento y algunas lluvias, la electricidad ha bajado. También se espera que baje en octubre (salvo por “sustos” geopolíticos en el gas natural). Así que alegrémonos los días de viento, sol y lluvia  (más renovables) y poco calor y frío (menos demanda), porque eso rebajará nuestro recibo de la luz.

Visto el panorama, queda hablar de la “guerra de precios que han vuelto a lanzar las eléctricas y sus distribuidoras (también las independientes y empresas como Repsol o el Corte Inglés) para “robarse clientes”. Ahora que los clientes de tarifa regulada (PCPV) han visto subir algo su recibo en verano (aunque les bajó más en primavera), las distribuidoras arrecian sus ofertas para que se cambien al “mercado libre”. Hasta ahora están teniendo éxito, porque han ganado clientes en los últimos años: en junio sólo había 8,6 millones de consumidores con tarifa regulada (el 28,2%) y 21,8 millones con “tarifa libre” (71,2%), clientes que contratan una “tarifa plana” (tanto al año), con el argumento de que así “no tendrán sustos”. Pero muchos no saben “los inconvenientes”: estos contratos suelen tener “permanencia”, no pagan según la hora de consumo, como la tarifa regulada (a veces tienen 3 franjas horarias) y no tienen derecho al bono social. Y a veces pagan potencia de más.

Cualquier consumidor puede meterse en el comparador de la CNMC, para ver las ofertas de luz disponibles y compararlas con su tarifa regulada (PVPC). Pero ojo, aquí pasa un poco como con las hipotecas: las eléctricas quieren convencernos de que nos pasemos al mercado “libre”, como los bancos nos intentan convencer de las hipotecas a tipo fijo. Y ahora que bajan los tipos, puede que no sean una buena opción. Lo mismo pasa con la luz: si la previsión es que siga bajando, compensará más estar en el mercado regulado (más ligado al mercado) que en el “libre” (donde habrá que pelear la rebaja en cada revisión, algo difícil). Por eso, a pesar del bombardeo de “ofertas”, yo sigo con la tarifa regulada.

jueves, 3 de noviembre de 2022

Crisis: hoy gas, mañana materias primas

Primero fue la pandemia: Europa no tenía mascarillas, respiradores ni medicamentos y tuvo que buscarlos en China, a precios desorbitados. Luego, la invasión de Ucrania y el cierre del grifo del gas ruso, que suponía más del 50% del suministro total en 14 países europeos, más la subida récord de alimentos y fertilizantes. Dos crisis que han revelado la tremenda vulnerabilidad de Europa. Y que han llevado a la Comisión Europea a preparar un Plan para asegurarse en el futuro las materias primas fundamentales, desde principios activos de medicamentos, baterías, chips, hidrógeno, tecnologías en la nube y 30 materias primas críticas (del litio al cobalto o las tierras raras) que son básicas para múltiples industrias, electrónica, construcción, energías renovables, alimentación, salud o digitalización. Materias primas que hoy proceden de China (primer proveedor de la mayoría) y países en desarrollo, muchos de ellos autocracias. Se busca diversificar suministros y aumentar el autoabastecimiento, para que, ante futuras crisis, no nos pase como ahora con el gas.

Enrique Ortega

La primera crisis económica de la postguerra europea se produjo en 1973, por una materia prima básica, el petróleo. En octubre de 1973, una coalición árabe liderada por Egipto y Siria atacó a Israel (guerra del Yom Kipur) y posteriormente la OPEP decretó un embargo petrolero a Occidente, disparando los precios del crudo: de costar 3,65 dólares en octubre 1973 pasó a 12 dólares en marzo de 1974. Y eso disparó los precios y hundió las economías. En España, la dictadura trató de amortiguar las subidas, pero la Transición heredó una inflación récord del 28,4% anual en agosto de 1977, que obligó a un ajuste acordado en los Pactos de la Moncloa de octubre de 1977. En 1979 llegó la 2ª crisis del petróleo, tras la revolución iraní y la guerra Irán-Irak, que volvió a disparar los precios del crudo de 13 dólares barril (1979) a 34 dólares (1981), abriendo paso a otra crisis económica en los años 80. Y en 2008, tras la crisis financiera, el petróleo volvió a disparar su precio, hasta un máximo histórico: 144,99 dólares barril el 11 de julio de 2008. Después, el precio se moderó con la recuperación (50,38 dólares a finales de 2019) y se hundió con la pandemia (24,65 dólares en junio 2020). Y en febrero de 2022, con la invasión de Ucrania, estalló la 4ª gran crisis del petróleo, con un precio máximo de 129,49 dólares el 7 de marzo, que ahora ronda los 95 dólares, pero que subirá este invierno, tras la reciente decisión de la OPEP y Rusia de recortar la producción de crudo desde octubre.

Son casi 50 años en que los vaivenes del precio del petróleo han marcado las economías, incapaces de reducir drásticamente su consumo, a pesar de los precios y el Cambio Climático. En el último año, es el gas natural el que hunde las economías, una materia prima de la que nadie hablaba porque tenía un precio estable: en enero de 2021 costaba 19,84 euros MWh. Pero a lo largo del año pasado el precio saltó a 50,52 euros en septiembre y a un récord de 172,88 euros el 22 de diciembre, al utilizar Putin esta energía como arma para presionar a Europa, donde 14 países se aprovisionaban en más del 50% de gas ruso (90% Letonia o Finlandia, 64% Austria, 55% Alemania, 46% Italia, 8,9% España). Y el 24 de febrero de 2022, tras la invasión rusa de Ucrania, el precio saltó a 134,32 euros, que serían casi el doble el 7 de marzo (227,30 euros MWh). Y el récord llegó a finales de agosto, tras los problemas en el gasoducto Nord Stream 2 y el corte de suministro, alcanzando los 346 euros MWh. Luego ha ido bajando, por debajo de los 100 euros, quedando ahora en torno a los 116 euros (indicador europeo TTF), por el buen tiempo (que ha bajado la demanda) y porque los almacenes de gas europeo están llenos. Pero es algo coyuntural y los expertos alertan que el precio del gas subirá en los próximos meses, encareciendo la luz, la calefacción y los costes industriales, lo que alimentará la recesión europea.

En paralelo a las subidas del petróleo y el gas natural, han subido también drásticamente los precios de los cereales y muchas materias primas, debido primero al aumento de la demanda mundial tras la pandemia y los problemas en el transporte marítimo, y después por el corte de suministros de Rusia y Ucrania, que representan más de un tercio de las exportaciones mundiales de cereales, más de la mitad de la exportación de aceite de girasol y son los mayores productores y exportadores mundiales de fertilizantes. Los alimentos ya subieron un 30% en 2021, antes de la guerra de Ucrania, tanto los cereales (+47% entre marzo 2020 y febrero 2022), como los aceites vegetales (+136%), el azúcar (+62%) o los lácteos (+39%), según los datos de la FAO. Y subieron aún más tras la invasión y el corte de suministros, hasta alcanzar un máximo en mayo y junio (+27% de subida sólo este año 2022), aunque ahora los precios están más bajos. Pero los problemas en el tráfico de cereales desde Ucrania y las malas cosechas esperadas en 2022 harán que vuelvan a encarecerse los alimentos, disparando la cesta de la compra en Occidente y el hambre en los países pobres.

Todo apunta a que en los próximos meses, la energía, los alimentos y las materias primas seguirán al alza, agudizando la recesión económica en Europa y gran parte del mundo. Una crisis que ha disparado los beneficios de las empresas energéticas: las multinacionales petroleras y gasistas obtendrán unos beneficios extras de 2 billones de euros en 2022, según la estimación de la Agencia Internacional de la Energía, beneficios que saldrán de los bolsillos de los consumidores y de las ayudas públicas de las Gobiernos a familias y empresas, que superan ya los 500.000 millones de euros en Europa.

Y además, esta crisis de la energía y los alimentos ha alimentado dos negocios más. Por un lado, el de los intermediarios de materias primas, cuyos beneficios se han disparado este año: las multinacionales suizas Glencore (minería y energía), con 19.000 millones de beneficios en la primera mitad de 2021, y Vitol (energía, minería y productos básicos), con 4.500 millones de beneficios en el primer semestre (más que en todo 2021), Gunvor (el tercer operador mundial de crudo, desde Ginebra y Singapur), Trafigura (metales y carburantes) a caballo entre Suiza y Singapur, con 2.700 millones de beneficio en el primer semestre (+30%) y Cargill (sede en paraíso fiscal de Delaware, USA), líder mundial en el comercio de cereales y alimentos. Estos intermediarios conforman un sector concentrado en pocas manos, muy opaco y fuera del control de los Gobiernos, con una operativa que ha provocado numerosas denuncias de corrupción, como revela el interesante libro “El mundo está en venta: la cara oculta del negocio de las materias primas”, escrito por Javier Blas y Jack Farchy.

Otros que hacen negocios con la energía, los alimentos y las materias primas son los Fondos y bancos de inversión y algunos Fondos de pensiones. Son especuladores financieros que tratan de hacer negocios con el petróleo, el gas, los alimentos y hasta el agua, apostando por la compra de futuros y tratando de sacar beneficios extraordinarios de los vaivenes de precios de las materias primas, acelerando la subida de precios. El caso más escandaloso es la implicación de Fondos de pensiones europeos en inversiones especulativas (más de 37.600 millones) en materias primas básicas, incluidos alimentos (maíz o trigo), lo que alimenta la volatilidad y subida de precios, según una reciente investigación coordinada por la organización de periodismo colaborativo Lighthouse Report.

Este complejo panorama de las materias primas preocupa especialmente en Europa, por la tremenda dependencia del continente. Y parece que los Gobiernos europeos empiezan a darse cuenta de su peligrosa vulnerabilidad, ya puesta de manifiesto en las dos últimas crisis. En la pandemia, Europa no disponía de mascarillas, respiradores y medicamentos y tuvo que depender de los suministros de China, a precios desorbitados. Y ahora, con la crisis de la energía y los alimentos, Europa se ha visto otra vez contra las cuerdas, buscando a la carrera barcos con gas y alimentos, tras más de un año con industrias sin chips ni baterías para los coches. Y parece que esta vez, los dirigentes europeos han aprendido la lección y buscan una mayor autosuficiencia y diversificación en la provisión de materias primas, cara a futuras crisis.

La primera señal de alerta la dio la Comisión Europea en septiembre de 2020, tras las graves enseñanzas del COVID-19. En una Comunicación al Parlamento Europeo, Bruselas advertía de la existencia de 30 materias primas fundamentales para el funcionamiento de la economía y donde China es el principal suministrador para Europa de 20 de ellas, junto a otros países de África, Latinoamérica y Asia, muchos de ellos “autocracias”. Son básicamente minerales y “tierras raras” básicos para la industria aeroespacial, industria energética, electrónica, energías renovables, automóvil, construcción, industria agroalimentaria, salud y economía digital: antimonio, baryte, bauxita, berilio, bismuto, borato, cobalto, carbón de coque, escandio, estroncio,  fluorita, fosforo, galio, germanio, hafnio, litio, indio, magnesio, grafito natural, caucho natural, niobio, platino, roca fosfatada, silicio, tántalo, titanio, tierras raras (ligeras y pesadas), tungsteno y vanadio (ver aquí lista minerales, para qué se utilizan y países productores).

En mayo de 2021, otra Comunicación de la Comisión al Parlamento Europeo trata de situar el problema de la dependencia de Europa de las materias primas, señalando que de los 5.200 productos que importa la UE hay 137 que son “sensibles”, por su importancia económica y la dependencia exterior de Europa. Y señala 6 áreas estratégicas sobre las que actuar, para evitar la vulnerabilidad que ya se vio con la pandemia: principios activos farmacéuticos, baterías, semiconductores (“chips”), hidrógeno, tecnologías en la nube y materias primas críticas (la lista anterior de 30 minerales básicos). Y reitera la enorme dependencia exterior para asegurar estas 6 áreas estratégicas, dado que más de la mitad de las importaciones de estos productos estratégicos dependen de China (52%), Vietnam (11%) y Brasil (5%), viniendo el resto de Corea del Sur (45%), Singapur (4%), EEUU (3%), Reino Unido (3%), Japón (3%) y Rusia (3%). Y recuerdan que China suministra el 98% de las tierras raras, Turquía el 98% del borato o Sudáfrica el 92% del iridio, el 84% del rodio o el 93% del rutenio.

En noviembre de 2021, el Parlamento Europeo pidió a la Comisión una estrategia europea para asegurar el suministro de las materias primas fundamentales, que serán mucho más importantes en el futuro: para 2030, Europa necesitará 18 veces más de litio (que se produce en Chile, Argentina y Australia, pero el 60% se procesa en China), 5 veces más de cobalto (que viene un 50% de África central, un 24% de Australia y un 10% de América) y 5 veces más de “ tierras raras” (el 90% proceden de China). La estrategia de la Comisión pasa por actuar en varios frentes: diversificar los países suministradores (buscando alianzas con productores de África y Latinoamérica, así como en los Balcanes), aumentar la capacidad de suministro europea (con plantas de chips, baterías y principios activos de medicamentos, así como con el fomento de minas de litio en Portugal, España, Francia y países del este y norte de Europa), fomento del reciclaje (se podría recuperar más del 50% del litio y tierras raras que utiliza la UE), aumento desaladoras (de la salmuera se puede obtener magnesio, litio y tierras raras) y la inversión de 300.000 millones de euros en el proyecto Global Gateway, para asegurar la presencia europea en infraestructuras y  futuras cadenas de suministro de energía,  medicamentos, materias primas y digitalización.

Hace poco, en septiembre de 2022, la presidenta de la Comisión anunció en el Parlamento Europeo que se va a aprobar una Ley europea de Materias Primas Fundamentales, para identificar los proyectos estratégicos (desde la extracción, refinado, transformación y reciclado) y crear unas reservas estratégicas, que echamos en falta con la pandemia y la actual crisis de la energía y los alimentos. De momento, es un gran avance que Europa reconozca lo vulnerable que es y se prepare para ser más autosuficiente en materias primas estratégicas, aunque los proyectos punteros, como las nuevas giga factorías  de chips, baterías y materias primas farmacéuticas estén muy retrasadas y sigamos lejos de China y EEUU. Lo importante es haber detectado el problema y empezar a actuar. Porque habrá futuras crisis, provocadas por otras materias primas y otros Putin. Y saldremos mejor de ellas si nos anticipamos, diversificamos proveedores  y somos más autosuficientes. Aprendamos de los errores desvelados por la pandemia y el gas.

lunes, 30 de mayo de 2022

Parón en la lucha contra el Cambio Climático

Con la pandemia y la guerra en Ucrania, se ha desatendido la lucha contra el Cambio Climático. Y en estos 2 años largos, los problemas medioambientales se han agravado, con más olas de calor y 4 indicadores que han empeorado: aumento emisiones de CO2, concentración histórica en la atmósfera, aumento de las temperaturas y acidificación de los océanos. Y encima, la guerra de Ucrania ha obligado a tomar medidas que agravan los problemas climáticos: más consumo de petróleo y carbón para afrontar la subida del gas y ayudas a empresas y familias para paliar el alto precio de carburantes y electricidad, alimentando el consumo contaminante. La ONU ha dado otra alerta: hay que recortar los subsidios y volcarse en las renovables. Lo positivo es que Europa, buscando huir de la energía rusa, ha aprobado un ambicioso Plan (REpowerEU) para fomentar, con 300.000 millones, las energías alternativas (paneles solares, bombas de calor, hidrógeno verde y biometano). Se acaba el tiempo para tomar medidas.

Enrique Ortega

El mundo lleva dos años largos preocupado por la pandemia del coronavirus y, desde febrero, por la invasión de Ucrania y sus graves consecuencias sobre la energía, la inflación y la recuperación. Y se ha desatendido el gran reto del siglo XXI: combatir el Cambio Climático y salvar al Planeta. Pero el desastre climático avanza y lo acabamos de ver en mayo, con la mayor ola de calor en primavera de nuestra historia. Pero ya antes, en marzo y abril, las organizaciones internacionales publicaron 4 indicadores que alertaban sobre el avance imparable del Cambio climático: aumento de las emisiones de CO2, concentración récord de gases en la atmósfera, aumento de la temperatura de la tierra y el mar y acidificación de los océanos, junto a un aumento de daños en la salud y los ecosistemas.

El primer indicador refleja un aumento de las emisiones mundiales de CO2 en 2021, tras haber bajado en 2020 por la pandemia (menor actividad). Así, en 2021, se emitieron 36.300 millones de Tm de CO2 equivalente, un +6% que en 2020 y el nivel de emisiones más alto de la historia humana, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE). La culpa fue de dos factores, que están relacionados: un mayor consumo de carbón (el combustible fósil más contaminante), para contrarrestar la subida histórica del precio del gas natural, y un fuerte aumento de las emisiones en China (también, aunque menos en India y algunos paises en desarrollo), por el mayor consumo de carbón. También aumentaron las emisiones de las eléctricas y de la industria, mientras bajaban las del transporte. Por paises, el mayor aumento de emisiones de CO2 en 2021 se dio en Brasil e India (+10%), EEUU (+7%), China (+5%), Japón (+1%) y Europa (+7,94%), donde las emisiones subieron en todos los paises a finales de 2021, según Eurostat, más en la Europa del Este (+20%) y norte (+11%), y menos en España (+10%), Francia (7%) o Alemania (+5%).

Con la subida de emisiones mundiales en 2021 (+6%) y a pesar de la bajada en 2020 (-5,2%), el balance es negativo: el mundo emite ahora más CO2 que antes de la pandemia (36.300 millones de Tm frente a 36.100 millones en 2019 (donde ya emitía un +11,4% de CO2 que los 32.400 millones de Tm emitidas en 2010, según la AEI. Pero el aumento de emisiones se debe sobre todo a China: emite 750 millones de Tm más que en 2019, mientras el resto del mundo emite 570 millones de Tm menos. Y se reafirma como el país del mundo que más contamina: China supone el 32,78% de las emisiones totales de CO2, muy por delante de EEUU (12,6%), la UE (7,4%), India (6,8%) y Japón (3%), según la AEI. Incluso, China lideró también en 2021 (por primera vez) el ranking de emisiones de CO2 por habitante: 8,44 Tm por habitante, frente a 8,23 Tm/hab las economías avanzadas y 2,34 Tm/hab el resto de economías emergentes.

El 2º indicador climático clave que ha ido a peor ha sido la concentración de CO2 en la atmósfera, tras dos siglos de fuerte aumento por la actividad del hombre tras la Revolución Industrial, según demuestran todos los estudios científicos. Si esa concentración de CO2 era de 316 partes por millón (ppm) en 1959 y había subido a 369 en el año 2.000, en 2020 era ya de 414,24 (subiendo incluso con la pandemia) y en 2021 subió a 416,45 ppm, la mayor concentración de CO2 en el Planeta  desde hace 3 millones de años, antes de que el hombre habitara la tierra. Y este año 2022, esa concentración ha seguido subiendo, hasta batir otro récord el 25 de mayo, con 421,72 ppm, según la medición diaria que realiza el observatorio de Mauna Loa, en Hawái (ver dato de hoy en su web).

El 3º indicador climático que empeora es el aumento de la temperatura de la Tierra, tanto en la atmósfera como en  los océanos (que retienen un 80% del calor de la atmósfera). Los gases de efecto invernadero (CO2, metano, óxido nitroso y ozono) hacen de “paraguas” y recalientan la atmósfera, aumentando la temperatura de la Tierra. En febrero de 2022, la temperatura ya había subido +1,19 grados en relación a la media de 1850-1900. Y aunque 2021 no ha sido el año más cálido del siglo, los últimos 7 años son las más cálidos en la historia reciente de los registros de temperatura (desde 1850). Y se produjeron temperaturas extremas (54,9 grados en julio en California, 48,8º en agosto en Sicilia o 47,4º en Montoro, Córdoba, también en agosto), según el último informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Y en mayo de 2022, España sufrió la mayor ola de calor en primavera de nuestra historia.

El 4º indicador climático que preocupa es la situación de los océanos, que no solo se recalientan sino que también se acidifican (porque absorben el 23% del CO2 que emitimos y han captado ya la mitad del CO2 emitidos en los últimos 200 años), lo que pone en peligro los corales y muchas criaturas marinas. Además, el aumento de la temperatura global calienta los polos y provoca un deshielo de los glaciares que provoca la subida del nivel del mar: ha vuelto a subir en 2021 y la OMM estima una subida anual del nivel de mar de 4,5 milímetros anuales entre 2013 y 2021 (+22,5 milímetros=2,25 cm), más del doble de lo que subió entre 1993 y 2002. Y el programa europeo Copernicus calcula que el nivel del mar ha subido 9 centímetros desde 1.993, poniendo en peligro islas y zonas costeras.

Además del empeoramiento de estos 4 indicadores, el último informe de la OMM sobre el Estado del Clima alerta sobre que sigue la pérdida de biodiversidad: 1 millón de especies de las 8 millones existentes están en peligro de extinción por la sobreexplotación de los recursos terrestres y marinos. Y además, la contaminación medioambiental causa 12,6  millones de muertes al año, según la OMS, además de deteriorar la alimentación y el nivel de vida de la mitad del Planeta, que sufre los graves daños personales y económicos del clima extremo (sequías, inundaciones, incendios o huracanes). Las zonas más vulnerables al Cambio Climático están, según la ONU, en Africa, Asia meridional, América central y del sur, el Ártico,  las pequeñas islas del Pacífico y el sur de Europa y el Mediterráneo.

Mientras estos indicadores nos muestran que el Cambio Climático avanza imparable, el mundo ha tenido que sortear dos graves problemas: la pandemia y la guerra en Ucrania, que han “desviado” la atención del estado del Planeta. Y lo peor es que los paises han tomado medidas que van en contra de la lucha contra el Cambio Climático, sobre todo en los últimos meses, tras la invasión de Ucrania. Por un lado, se vuelve a consumir más petróleo y carbón (las energías que más contaminan), para huir del elevado precio del gas y de las ventas de Rusia. Y por otro, muchos Gobiernos han optado por afrontar la subida de precios de la energía (luz y carburantes) bajando impuestos y dando ayudas al consumo de combustibles  (en España, se subvenciona 20 céntimos el litro de gasolina y gasoil), lo que favorece la utilización de energías contaminantes: de hecho, en marzo, ha aumentado el consumo (subvencionado) de gasolina en España, según los datos de CORES).

Además, el tercer problema que ha traído la guerra de Ucrania es que ha cambiado las prioridades de los paises, sobre todo en Europa, preocupados ahora por gastar más dinero en Defensa y en infraestructuras de gas (y nucleares en algunos paises), así como en ayudas a empresas y sectores afectados por la guerra, con lo que hay menos recursos para afrontar la lucha contra el Cambio Climático. El secretario general de la ONU ha vuelto a criticar la política de la mayoría de Gobiernos, que invierten unos 500.000 millones de dólares anuales en bajar artificialmente el precio de los combustibles fósiles mientras sólo gastan la tercera parte en promover las energías renovables. Por ello, Antonio Guterres acaba de pedir que los paises tripliquen sus inversiones en renovables, para invertir 4 billones de dólares al año.

El aumento de las emisiones y el deterioro del medio ambiente han llevado a los científicos de la ONU a lanzar otra alerta en abril, en el 6º informe del IPPC: si las emisiones de gases de efecto invernadero, provocadas básicamente por el hombre, siguen al ritmo actual, la temperatura de la Tierra aumentará +4,4 grados para 2100, lo que supondría un desastre planetario. Mantienen que el tope de aumento de temperatura no debía superar los 1,5 grados, el objetivo marcado en la Cumbre del Clima de París de 2015. Y reconocen que, dado el ritmo de emisiones en marcha, será casi imposible evitar que se alcance este aumento de 1,5º en 2040. Pero todavía hay una oportunidad:  que ese aumento baje después, aunque para ello hay que empezar a recortar las emisiones ya, antes de 2025.

Los expertos climáticos de la ONU plantean varios escenarios, pero creen que el más realista sería conseguir recortes extras para reducir las emisiones un -23% para 2030 (sobre las de 2019: las hemos aumentado un +0,2% hasta 2021) y un -75% para 2050.Así creen que todavía estamos a tiempo de que la temperatura no suba más de 1,5 grados para 2100 y salvemos el Planeta. Eso exige Planes más ambiciosos de recorte de emisiones por parte de los paises (sobre todo de China y EEUU, que emiten más y son menos ambiciosos que Europa) y fijan objetivos de recortes en el consumo mundial para 2050: -100% para el carbón (hay que dejar de consumirlo),  -60% para el petróleo y -70% para el gas.

Para poder sustituir a estos combustibles fósiles en tres décadas, el informe de la ONU (IPPC, abril 2022) propone fomentar al máximo las energías renovables, con fuertes inversiones, y actuar en otros frentes: eficiencia y ahorro energético, fomento del autoconsumo, desarrollo de sistemas de almacenamiento de energía, redes inteligentes, biocombustibles sostenibles para aviones y buques, hidrógeno verde y movilidad eléctrica.

Esta es la línea que sigue el último Plan energético presentado el 18 de mayo por la Comisión Europea, el REpowerEU. Es un intento de “hacer de la necesidad virtud”: como Europa tiene que conseguir su independencia energética de Rusia, tiene que acelerar su Plan verde de lucha contra el Cambio Climático. El Plan pretende invertir 300.000 millones de euros (72.000 en subvenciones a fondo perdido a los paises, como el Fondo Next Generation EU,  y los 225.000 millones restantes en créditos) y conseguir que las energías renovables aporten el 45% de toda la energía europea en 2030. Para ello, se financiará la colocación de placas solares y bombas de calor en los edificios, se simplificará la instalaciones de parques eólicos y solares, de promoverá el hidrógeno verde, se apoyará el biometano (gas a partir de basuras, residuos y purines), además de promover el ahorro y la eficiencia energética.

España, tendrá que volcarse esta década en ese Plan verde europeo, con Fondos UE y con fondos propios, que han de ser compatibles con los Fondos necesarios para digitalizar y modernizar la economía así como los mayores gastos en Defensa. Hay un problema de fondo: que haya dinero para financiar los proyectos renovables y que se aprueben medidas para compensar a los que saldrán perdiendo con esta “revolución verde”, que tendrá un coste para muchas empresas y familias. Precisamente, un reciente informe del Banco de España advierte que la transición verde va a tener un alto coste para muchas empresas y sectores (que tendrán que “reconvertirse o cerrar”) y para las familias más vulnerables, con menos recursos, que son las que más gastan (comparativamente) en energía y que se verán más afectadas por dos vías: la energía verde será más cara y habrá que pagarla con “impuestos verdes” (más impuestos a los carburantes, por ejemplo). Eso puede crear problemas y protestas en algunas familias y sectores (transportistas, campo, pesca), a los que habrá que ayudar a compensar los efectos de esta necesaria “transición verde”.

En resumen, que mientras nos ha obsesionado la pandemia, la guerra de Ucrania y la inflación, hemos seguido emitiendo CO2 y destruyendo el Planeta, sin tomar casi medidas o tomando decisiones contrarias al clima. Y se nos acaba el tiempo para reaccionar: el Cambio Climático avanza imparable y hay que frenarlo como sea, aunque tengamos guerra, inflación y hasta otra crisis. Lo primero es antes. La prioridad es salvar la humanidad y el Planeta.

lunes, 14 de marzo de 2016

España aumenta las emisiones de CO2


En diciembre pasado, 195 países se comprometieron en París a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, para frenar el Cambio Climático. Pero España ha empezado con mal pie: en 2015 aumentó un 4,5% sus emisiones de CO2, que también subieron en 2014, mientras bajaban en casi toda Europa. La culpa es de que consumimos más carbón, gas y petróleo que nunca, ahora que son más baratos. Y se han reducido las energías renovables, por los recortes de Rajoy y la falta de lluvia y viento. Pero no es algo coyuntural: España es el país europeo donde más han aumentado las emisiones de CO2 en los últimos 25 años. Somos el país más “sucio” de Europa y eso obliga a una profunda reconversión de nuestra economía y de nuestras vidas, para gastar menos energía y más limpia. No sólo tenemos que crecer más: tenemos que crecer más limpiamente. Urge una Ley contra el Cambio Climático y ayudar a salvar el Planeta. Y más España, porque estamos peor.
 

enrique ortega


España va en dirección contraria a la mayoría de Europa: mientras casi todos los países están reduciendo sus emisiones de gases de efecto invernadero (sobre todo CO2), España contamina más. En 2015, las emisiones aumentaron entre un 4 y un 5%, según un reciente informe del  Observatorio de la Sostenibilidad de España. Ya en 2014, las emisiones habían subido otro 1,1%, según la Agencia Europea de Medio Ambiente, rompiendo así una racha de bajada de emisiones, entre 2008 y 2013, por la crisis y el crecimiento negativo.

Tanto en 2015 como en 2014, las emisiones de gases de efecto invernadero subieron en España porque aumentamos mucho el consumo de combustibles fósiles, los más contaminantes: carbón, petróleo y gas. El principal culpable del aumento de emisiones es el carbón, cuyo consumo creció un 23,4% en 2015, empujado por unos bajos precios internacionales que hicieron que las eléctricas lo utilizaran para producir más luz (22,7% de la electricidad en 2015, por delante de la electricidad procedente con la energía eólica y nuclear). También creció el consumo de gas natural  para las centrales eléctricas (+18,8%en 2015), una energía que contamina menos que el carbón pero que también emite CO2. Y se disparó el consumo de carburantes y petróleo, con un récord histórico en la importación de crudo (64,6 millones de Tm), favorecido por  el desplome de los precios internacionales. Mientras, el recorte de ayudas públicas y el mal tiempo (falta de lluvia y viento) provocaron que las energías renovables (eólica y solar) perdieran peso  en el mix energético.

La subida de emisiones en 2014 y 2015 rompe con la reducción de emisiones que se produjo en España entre 2008 y 2013, no por políticas del Gobierno sino por la crisis: la economía no creció (cayó) y tanto empresas como particulares consumieron menos energía y emitieron menos CO2, un -5,88% en esos 6 años. En realidad, las industrias emitieron lo mismo y las refinerías más, pero el balance se salvó porque las eléctricas emitieron menos CO2. En realidad, emitieron más, pero pudieron compensarlo comprando “derechos de C02”, una especie de impuesto que pagaron por contaminar y que “les quitaba” las emisiones. Sólo en 2008 pagaron 800 millones de euros. ¿Saben quién lo pagó?  Nosotros, los consumidores, como recargo en el recibo de la luz. Así que “trampa legal” y no recorte real de emisiones.

Lo verdaderamente preocupante es que, si tomamos los últimos 25 años, España es el país de Europa donde más han aumentado las emisiones, en toneladas de CO2, según los datos de la Agencia Europea del Medio Ambiente (AEMA). Sólo entre 1990 y 2013, casi 32 millones de Tm de CO2 equivalente. Y si tomamos el aumento de emisiones en porcentaje, España es el cuarto país europeo que más ha aumentado sus emisiones de gases de efecto invernadero entre 1990 y 2015: un +16,5%, sólo por detrás de Chipre (+59%), Malta (37%) y Suecia (+25%). Y es uno de los 6 únicos países europeos que ha aumentado sus emisiones de CO2 en los últimos  25 años (junto a los tres anteriores, Portugal e Irlanda): 22 de los 28 países UE han reducido sus emisiones de CO2 desde 1990, un -25% de media. Vamos en dirección contraria.

España ocupa el lugar 41 entre los 58 países del mundo que más luchan contra el Cambio Climático, según el ranking del Climate Change Performance Index. Y el puesto 26 entre los 28 países UE, sólo mejor que Estonia y Austria. Ello se debe a un exceso de consumo de combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas) y a un menor peso de las energías renovables (15,8 % de la energía total en 2014, según la Comisión Europea, aún lejos del 20% que tiene Europa como objetivo para las renovables en 2020).

¿Quién es culpable de las emisiones en España? Casi la mitad de los gases de efecto invernadero, el 44%, los emiten las eléctricas (21%) y las industrias (23%), en especial las cementeras (9%), las refinerías (5%), la siderurgia (4%) y resto de industrias (5%). En total, la mayoría de emisiones las producen 1.049 instalaciones, pero hay 10 empresas que son culpables del 65% de las emisiones energéticas e industriales (28,6% de las emisiones totales) : Endesa (31 millones Tm emitidas 2014), Repsol (más Petronor, 16,4 millones TM), Gas natural (10,3), Hidrocantábrico (8,3), Arcelor Mittal (5,5), Cepsa (4,8). Eón (3,8), Iberdrola (2,8), Cemex (2,7) y Cementos Portland (2,2). En definitiva, el meollo de las emisiones está en 5 eléctricas, 1 acería, 2 petroleras y 2 cementeras. En el caso de las eléctricas, los bajos precios del carbón y el gas en los mercados internacionales provocan que produzcan electricidad con más emisiones, mientras el Gobierno Rajoy ha dado un tajo a las renovables (-2.500 millones, un recorte del 25% de las ayudas entre 2012 y 2014). Y en las industrias, les compensa comprar derechos de CO2, pagar por contaminar, antes que invertir en las instalaciones para producir más limpio.

La otra gran fuente de emisiones en España es el transporte, responsable del 25% de las emisiones de CO2. Y está aumentando porque hay más vehículos (se vendieron más de 1 millón de coches en 2015) y se mueven más, con un aumento del consumo de carburantes (+3,7% en 2015). Pero el problema de fondo es que en España la mayoría de las mercancías se transportan por carretera (el 85%, frente al 45% en Europa), que junto a los automóviles privados y los autobuses suponen dos tercios de las emisiones totales de CO2 y las que más están creciendo (más que las de la industria). El resto de emisiones proceden de la vivienda y los servicios (14% CO2 emitido), la ganadería y la agricultura (12%) y el tratamiento de los residuos urbanos (5% emisiones restantes).

Ya sabemos quien contamina y emite más CO2 en España. Ahora falta tomarse en serio el recorte drástico de estas emisiones, porque están creciendo y vamos a contracorriente de Europa y en contra del acuerdo firmado en la Cumbre del Clima de París, en diciembre pasado.  Allí, 195 países se comprometieron a recortar las emisiones, a partir de 2020, aunque sin compromisos obligatorios y con objetivos insuficientes: si cada país recorta lo prometido en París, al mundo le sobrarán todavía 15 millones de toneladas de C02 en 2030 para cumplir con el objetivo de que la temperatura suba menos de 2 grados a finales de siglo, según los informes de la ONU. Eso significa que el mundo tendrá que hacer recortes extras a partir de 2020. Pero es un punto de partida para luchar contra el Cambio Climático, una guerra donde Europa está a la vanguardia: pretende recortar un 40% las emisiones para 2030 (sobre 1.990) y ya lleva un 25% de recorte.

De momento, ese objetivo UE de recorte de emisiones no se ha repartido entre los países europeos, lo que se hará este año. Pero a España podría tocarle un recorte del 25 al 30% de las emisiones para 2030 (sobre las de 1.990), un objetivo doblemente difícil porque nosotros no hemos recortado nada sino que hemos aumentado las emisiones un 16,5%. Así  que el esfuerzo tendrá que ser mucho mayor al del resto de Europa: un recorte del 31%  al 46% en los próximos quince años. Un reto que obliga a una auténtica “revolución energética” en España. Por un lado, habrá que esforzarse en ahorrar energía, en consumir menos y de forma más eficiente, porque la mejor manera de emitir menos CO2 es gastar menos energía, desde las empresas a los particulares y el transporte. Y por otro y fundamental, habrá que huir” del petróleo, el carbón y el gas y promover las energías renovables.

El Observatorio de la Sostenibilidad aporta una serie de recetas para que España emita menos gases de efecto invernadero. La primera, reducir y suprimir las subvenciones a las energías sucias: acabar con las ayudas al carbón nacional (que el Gobierno Rajoy negocia con Bruselas hasta 2018), al gas natural (por mantener centrales de gas que sobran) y al petróleo, subiendo impuestos a los carburantes (menores que en Europa). Y en paralelo, apoyar con ayudas, precios e impuestos a las energías renovables, sobre todo para producir electricidad.  Otra medida pasa porque las empresas que contaminen paguen más (los derechos de CO2 se pagan a 7 dólares/Tm emitida, cuando debían estar a 20 dólares), exigiéndoles inversiones para reducir emisiones o el cierre (se podrían cerrar todas las centrales de carbón sin que faltara electricidad, porque hay un excedente de centrales equivalente a las térmicas).


También hay que potenciar el transporte alternativo a los camiones, por tren y barco, encareciendo los carburantes y los impuestos a los vehículos más contaminantes. Además, hay que fomentar  el ahorro energético y un consumo menos contaminante en las viviendas, construyéndolas también de otra manera. La Administración pública (Estado, autonomías, Ayuntamientos) debería dar ejemplo, con bajas emisiones en sus edificios y vehículos, promoviendo contratos con “empresas limpias”. Y los ciudadanos tenemos que emitir menos CO2, con el coche, la calefacción, el uso de la electricidad, las compras o la comida (consumir mucha carne aumenta las emisiones).

No es un reto fácil y España tiene que recortar más emisiones que el resto de Europa. Pero hay que empezar cuando antes. Porque el Cambio Climático avanza imparable, especialmente en la zona mediterránea y en España,  como demuestra el Observatorio de Sostenibilidad: 2015 ha sido el año con la temperatura media más alta de la historia, llueve menos, sube el nivel del mar, hay cambios en las especies y la climatología  (sequías, incendios, inundaciones) crea serios problemas en todo el mundo, con daños económicos, personales y a las cosechas, aumentando el hambre y los precios de los alimentos.

Urge que el próximo Gobierno apruebe una Ley contra el cambio Climático, que han prometido desde Rajoy al acuerdo PSOE-Ciudadanos o Podemos. Y todos los partidos, salvo el PP y UPN, han firmado un acuerdo para aprobar lo antes posible en el Congreso un Decreto que fomente el autoconsumo eléctrico, para que los ciudadanos puedan instalar paneles solares o molinos eólicos sin tener que pagar un impuesto, como aprobó en 2015 el Gobierno Rajoy (el llamado impuesto al sol). Es un primer paso para configurar “un pacto político contra el CO2”, algo que debería unir a todos. Porque hay que salir de la crisis sin hundir más el medio ambiente, sin destrozar más el clima. Con una economía más limpia. Nos jugamos el futuro y la subsistencia del Planeta. Es algo muy serio. Y más para España, porque estamos peor.