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jueves, 2 de febrero de 2023

5ª subida de tipos y Europa estancada

Hoy jueves, el Banco Central Europeo (BCE) sube los tipos de interés, por 5ª vez desde julio. Pretende así bajar la inflación, aunque sirve de poco (los precios siguen altos en la zona euro, desde junio a hoy: del 8,6 al 8,5%), porque sube por la energía y los alimentos y no porque la economía crezca demasiado. Pero el BCE persiste en su política y subirá tipos hoy y en marzo, hasta el 3,5%, lo que hundirá más a las familias (las hipotecas suben 286 euros al mes), las empresas (suben sus créditos) y los Estados (pagan más intereses por la deuda). “Subir los tipos es todo coste, sin beneficios”, dice el Nobel Stiglitz. Y encima, persisten en su ricino cuando Europa está estancada: la UE no creció nada (+0%) en el 4º trimestre y cayeron Alemania (-0,2%) Italia (-0,1%), Austria (-0,7%), Suecia (-0,6%), Lituania (-1,7%) o Chequia (-0,3%). Así que buscando bajar los precios, el BCE nos lleva a una recesión a principios de 2023. Paren ya las subidas.

Enrique Ortega

“Que la Reserva Federal USA tenga un martillo no quiere decir que tenga que salir a destruir la economía a martillazos…” Joseph Stiglitz, Nobel de Economía

Los bancos centrales (el BCE, la Reserva Federal USA o el Banco de Inglaterra) han reaccionado tarde contra la inflación, aplicando las subidas de tipos de interés más agresivas desde las de los años 80 (que provocaron dos recesiones y la mayor caída de actividad y empleo desde la II Guerra Mundial). Empezó EEUU, con una primera subida de tipos el 16 de marzo, a la que han seguido 7 subidas más, la última ayer 1 de febrero, en que la Reserva Federal (la FED) subió los tipos un +0,25%, lo que los sitúa en el 4,75% (desde el 0% en que estaban hace sólo 11 meses). Lo mismo ha hecho el Banco de Inglaterra, con 10 subidas desde la primera de diciembre de 2021, saltando los tipos del 0,25 al 4% actual. Y les ha seguido, aunque tarde, el BCE: hizo la primera subida el 21 de julio y hoy aprueba el 5º aumento del precio oficial del dinero (+0.5%), hasta el 3%.

Y estas subidas de tipos (ver gráfico) van a seguir, sobre todo en Europa, que va más retrasada respecto a las bajadas de EEUU y Reino Unido. Christine Lagarde, la presidenta del BCE, ya anticipó en enero en Davos que “seguirá con los tipos al alza, porque la inflación es demasiado alta”. Por ello, tras la subida de hoy (+0,50%, como en julio y diciembre, inferior al aumento del +0,75% de septiembre y octubre), se espera otra subida similar (+0,5%) en marzo, colocando el tipo oficial del dinero en el 3,5%. Y a partir de ahí, el BCE esperará a ver cómo se comporta la inflación, aunque su objetivo de precios, el 2% de inflación, no se espera rozar en la zona euro hasta 2025 (2,3%, tras un 6,3% en 2023 y un 3,4% en 2024).

El BCE, como la FED o el Banco de Inglaterra, aplican la vieja receta de la subida de tipos contra la inflación, que en esta ocasión no da los frutos esperados porque el origen de las subidas es distinto. No estamos ante una “inflación de demanda, motivada por un alto consumo e inversión, que recalienta la economía y exige subir tipos para “enfriarla”. Estamos más bien ante una “inflación de oferta”, motivada por la subida de los costes energéticos y de las materias primas, agravada por un atasco en las cadenas de producción, distribución y comercio tras la pandemia. Y por eso, la subida de tipos no puede evitar el grueso de la inflación actual, la subida del petróleo, del gas, la electricidad o los alimentos.

Esto es más cierto en Europa que en EEUU, donde el problema no es tanto la subida de la energía (sube, pero USA es el primer productor mundial de petróleo y gas) como el pleno empleo y la tensión en los salarios, por lo que la subida de tipos ha sido más efectiva que en Europa: la inflación bajó del 7,9% en febrero (antes de la 1ª subida de marzo) al 6,5% de diciembre, mientras en la zona euro, los precios apenas bajan (desde el 8,6% en junio, antes de la 1ª subida, al 8,5% en enero 2022, según Eurostat).  Y lo peor: la inflación de fondo ("subyacente") ha subido del 3,7% en junio al 6,9% en diciembre y al 7% ahora en enero de 2022.Y es que, por mucho que el BCE suba los tipos, los problemas actuales de los mercados energéticos (sobre todo en Europa) y los alimentos (dependencia, falta de competencia, exceso márgenes), más los efectos negativos de la  guerra en Ucrania, no se evitan. Y por eso, la inflación apenas baja.

Así que el BCE sube los tipos (la 5ª vez hoy), pero la inflación sigue ahí, y sólo ha bajado un poco en los últimos 3 meses (del 10,6% en octubre al 8,5% en enero 2022). Conclusión: la vieja receta monetaria es ineficaz frente a una inflación de costes, agravada por la guerra en Ucrania. Pero no verlo y persistir en la ortodoxia tiene un alto coste, porque los altos tipos (una subida histórica: del 0 al 3,5% en 8 meses) van a frenar el crecimiento antes o después, poniendo a las economías en riesgo de recesión. Sobre todo en Europa, donde la economía está estancada: el PIB no creció nada en el 4º trimestre de 2022 en la UE-27, según Eurostat. Y sólo un mínimo +0,1% en los 19 paises de la zona euro. Pero es que la actividad económica cayó a finales de 2022 en varios paises europeos, algunos claves: Alemania (-0,2%), Italia (-0,1%), Austria (-0,7%), Suecia (-0,6%), Chequia (-1,7%) o Lituania (-1,7%), según Eurostat. Y los paises que no cayeron, apenas crecieron: Francia (+0,1%), Bélgica (+0,1%), Portugal  y España (+0,2%).

Así que subir otra vez los tipos es arriesgarse a empezar el año 2023 con una recesión en Europa, sin que a cambio se consiga doblegar la inflación (hasta 2025). Y eso, porque el dinero más caro va a frenar (más) el consumo de las familias, el principal motor del crecimiento), así como las ventas y la inversión de las empresas (otro motor de la economía), aumentando además los costes de la deuda de los paises, que tendrán menos márgenes para gastar y dar ayudas, para reanimar el consumo, la inversión y las economías. Demasiados daños sobre el crecimiento y el empleo para encima no aplacar la inflación.

El primer efecto de las subidas de tipos ya lo sufren las familias en los últimos meses, cuando tienen que revisar sus hipotecas, ahora con mensualidades más altas. El Euribor (el precio del dinero al que se prestan los bancos entre sí) lleva en positivo desde abril de 2022, tras estar en negativo desde 2016. Y ha pasado de un mínimo del -0,502% en diciembre de 2021 al máximo de +3,337% en enero de 2023 (la subida más rápida en su historia). El problema es que este Euribor es el que se utiliza en el 75% de las hipotecas a tipo variable (3,87 millones de hipotecas) para revisar anualmente (o semestralmente) su pago. Y eso se traduce en que las familias que revisen su hipoteca en febrero (una hipoteca tipo de 150.000 euros a 25 años, con una revisión del Euribor+1%) tendrán que pagar 286 euros más al mes (3.432 euros más al año). Y como el BCE seguirá subiendo los tipos, el Euribor seguirá subiendo (rozará el 4% este año), con lo que las futuras revisiones de hipotecas tendrán más subidas, sobre todo las que se revisen hasta agosto (cuando el Euribor empezó a subir más).

Así que si las familias no tienen bastante con la subida de los alimentos (que no bajan apenas), carburantes, luz, gas y casi todo, ahora les sube la hipoteca, lo que frenará más su consumo, que hasta ahora se mantenía al ralentí gracias a los ahorros y el aumento del empleo. Y los que más sufrirán esta subida de tipos y del Euribor serán, otra vez, las familias más vulnerables con hipoteca: el Banco de España ya alertó hace meses que el encarecimiento de las hipotecas hará que el 14% de las familias con hipoteca  (unas 770.000 familias) se conviertan en “vulnerables”, al subirles ahora los intereses a pagar por encima del 40% de sus ingresos. Y aunque el Gobierno y la banca han pactado un Código de Buenas Prácticas (voluntario para las entidades), dirigido a reducir la subida de cuota en los colectivos más vulnerables (con ingresos menores a 29.400 euros), la realidad es que sólo van a beneficiar a 1 millón de los 3,5 millones de hipotecados. Y además, si ahora van a pagar la misma cuota, no más (a pesar de la subida del Euribor), es a costa de más años pagando la hipoteca, con lo que acabarán pagando más intereses.

Otro problema de la subida de tipos y del Euribor es que se encarecen las nuevas hipotecas, lo que perjudica también a las personas (sobre todo jóvenes) que están pensando en contratar una hipoteca para poder acceder a una vivienda, dado que los alquileres están por las nubes (1.000 euros de media, frente a 820 euros mensuales una hipoteca). Actualmente, los bancos están tratando de “pillar” a los nuevos clientes con hipotecas a tipo fijo (el 75% de las nuevas), que son más caras (del 3,2% al 3,70% las más baratas) y están subiendo (se vislumbran a un tipo entre el 4 y el 4,75% este año), mientras todavía mantienen tipos atractivos en las hipotecas a tipo variable (Euribor+0,50 y hasta +0,60%), aunque sólo para sus mejores clientes, que han de cumplir múltiples condiciones. Y están aumentando las hipotecas mixtas (a tipo fijo los primeros 5-10 años y luego variable).

Además de pagar más por la hipoteca, pasada o futura, las familias ya sufren la subida de tipos por las tarjetas de crédito y por los créditos personales, para comprar un coche, un electrodoméstico o un viaje: el tipo medio ha subido un 12,6%, del 6,10 que costaban en diciembre de 2021 al 6,87% en noviembre d 2022, según el Banco de España.

Esta subida de tipos afecta también muy negativamente a las empresas, cuya deuda ascendía a 765.000 millones de euros a finales de 2022, según el Banco de España. Los tipos de sus créditos suben con el Euribor a 3 meses, que ha saltado de ser negativo (-0,523 en enero de 2022) a subir al +2,482% a finales de enero. Eso se traduce en una fuerte subida de los créditos a pymes (del 1,69% al 3,28% en noviembre para los créditos de menos de 250.000 euros y del 1,29 al 3,20% en los créditos de 250.000 a 1 millón), y también en los créditos a grandes empresas (han subido del 1,04 al 2,90%), según el Banco de España. Y si para muchas pymes era complicado financiarse, ahora lo será más.

Y queda un tercer efecto negativo de la subida de tipos, sobre la deuda pública y el Presupuesto. La subida de tipos encarece la colocación de la deuda pública de los paises y en especial de España, que ha alcanzado un récord de deuda (tras las ayudas públicas que han exigido la pandemia y la inflación): alcanza ya los 1.503.799 millones de euros, el 115,6% del PIB español, un récord histórico. Y el tipo del bono español a 10 años ha subido del 0,76% en enero de 2022 al 3,30% que había que pagar ayer para colocar esa deuda. Y eso significa que habrá que dedicar más recursos a pagar los intereses de esa deuda en 2023 (ya estaba presupuestado pagar 31.275 millones en 2023), un dinero que no podrá ir a gastos sociales o a inversiones públicas. Y eso contando con que el BCE siga ayudando a los paises del sur de Europa (sobre todo a Italia y España) a colocar su deuda, evitando los problemas y la grave crisis de la deuda que sufrimos en 2010.

En definitiva, demasiados efectos negativos de una subida de tipos ineficaz, que puede abocar a Europa a una recesión en la primera mitad de 2023. Y todo porque los bancos centrales, independientes de los Gobiernos y a los que nadie elige, se mantienen en sus viejas políticas monetarias restrictivas, vigilando sólo la inflación y sin preocuparse por la recesión, los daños a familias, empresas y Presupuestos. Reconocen que sus políticas “son dolorosas”, pero reiteran que no pueden hacer otra cosa contra la inflación que llevar a las economías a “un coma”, para cortar por lo sano. Unas políticas monetarias que siguen ancladas en el pasado, mientras los Gobiernos, incluidos los de derechas, han cambiado en estos años, abandonando la austeridad que se aplicó en la crisis financiera y buscando ahora, frente a la COVID y la inflación, reanimar las economías con ayudas públicas.

El problema es que los Gobiernos y la mayoría de los economistas no ponen en cuestión esta dañina subida de tipos, más en Europa, que está estancada (mientras USA creció un 0,7% en el 4º trimestre de 2022). Algunos sí, como el Nobel norteamericano Joseph Stiglitz: “subir los tipos más de lo necesario en un intento quijotesco de controlar la inflación en poco tiempo no sólo producirá sufrimiento ahora, sino que dejará cicatrices duraderas, sobre todo en aquellas personas que tienen menos capacidad de soportar los efectos de políticas desacertadas como éstas (…) Que la Reserva Federal USA tenga un martillo no quiere decir que tenga que salir a destruir la economía a martillazos…”. Una alerta clara.

Europa debía criticar la actuación del BCE y avanzar en otros caminos para combatir la inflación. El primero y fundamental, revisar a fondo los mercados energéticos, sobre todo el mercado eléctrico, ampliando a todos los paises la excepción ibérica y el tope al gas, que explica mucho por qué España tiene la menor inflación de la UE (5,8% en enero). Y avanzar más rápidamente en las energías limpias, reduciendo el consumo de petróleo y gas, a la vez que se fomenta la competencia en los mercados energéticos, en manos de poderosas multinacionales que multiplican sus márgenes a costa de todos. Y lo mismo en el mercado alimenticio y las materias primas. En paralelo, Europa debería aprobar un Fondo europeo de ayudas (como el Fondo de Recuperación que se aprobó frente a la COVID), para familias y empresas vulnerables, en lugar de que cada país vaya por libre (los ricos, como Alemania, con más cuantía, y otros, como España, a costa de disparar la deuda, que pagarán nuestros hijos y nietos). Y desde luego, tratar de reanimar las estancadas economías europeas, en vez de provocar una recesión. Dejen de subir los tipos de interés.

jueves, 15 de diciembre de 2022

4ª subida de tipos: inútil y dañina

Hoy jueves, el Banco Central Europeo (BCE) sube los tipos de interés, por 4ª vez desde julio. Pretenden así bajar la inflación, aunque saben que subir tipos no sirve para bajar ahora los precios de energía y alimentos: la inflación en la zona euro es más alta (10%) que antes de las subidas (8,6%). Además de inútil, la subida de tipos hace mucho daño a las economías, encareciendo las hipotecas de las familias, los créditos de las empresas y el pago de la deuda pública, lo que va a provocar en Europa una recesión (“técnica”, de sólo 6 meses) entre finales de año y el verano, destruyendo empleos y empresas. Así que el BCE (una institución a la que nadie elige) se empeña, junto a la FED norteamericana, en agravar la crisis en Europa, imponiendo una receta monetaria “neoliberal”, inútil y dañina. Los Gobiernos deberían buscar otras medidas contra la inflación, reformando los mercados energéticos y alimentarios,  además de frenar unos márgenes empresariales injustificables. Y evitar una recesión “provocada”.

Enrique Ortega

Los precios siguen altos en todo el mundo, más en Europa, agravados por la guerra de Ucrania y los viejos problemas en la producción mundial de bienes y servicios y los atascos en las cadenas de suministros. Los Gobiernos tratan de paliar sus consecuencias, con ayudas a familias y empresas y más gasto público (500.000 millones en Europa), abandonando las viejas políticas “neoliberales” de recortes que se aplicaron frente a la crisis de 2008-2012 y que hundieron más las economías, con un alto coste social. Pero los bancos centrales, esas instituciones que nadie elige y tanto mandan, mantienen sus viejas políticas monetarias “neoliberales”: contra la inflación, subida de tipos, aunque provoquen una recesión. El “ricino” lo empezó a aplicar la Reserva Federal USA, con una 1ª subida el 16 de marzo, a la que han seguido 6 subidas más, la última este miércoles 14 de diciembre, subiendo los tipos oficiales del 0 al 4,5% en 9 meses. Y le siguió el Banco Central Europeo (BCE), que retrasó su 1ª subida al 21 de julio, a la que han seguido 3 subidas más, la última hoy  jueves 15 de diciembre, que subirá el precio del dinero en la zona euro del 0 al 2,5% en 5 meses.

La “misión” de estos bancos centrales, desde la postguerra mundial, es vigilar la inflación y que se mantenga en unos límites “normales”, no superar el 2% anual. No vigilan el crecimiento ni el paro de las economías, sólo “que no se desmanden los precios”. Y cuando esto pasa, aplican su receta, sin consultar con Gobiernos ni Parlamentos (son “independientes”): subir los tipos de interés lo que haga falta, aunque el coste sea frenar en seco la economía y provocar recesión y paro. Esta vieja receta monetaria se ha aplicado varias veces, la más drástica de 1979 a 1981, provocando entonces la mayor recesión mundial desde 1929. La novedad ahora es que la alta inflación que sufre el mundo y Europa (supera el 2% anual desde julio de 2021) tiene un origen distinto: no se debe a que la economía crezca demasiado, esté “recalentada” por un exceso de demanda (inflación de demanda), sino por un aumento de costes, por la subida de la energía y materias primas, más los atascos en las cadenas de suministros (inflación de oferta). Y por eso, la vieja receta de subir tipos no es eficaz ahora: “la subida de tipos no puede reducir el precio del gas y no puede parar la guerra”, ha reconocido la presidenta del BCE, Christine Lagarde. Pero sigue subiendo los tipos.

El BCE sabe que no estamos ante la clásica inflación de demanda (causada por un exceso de consumo y de inversión) sino ante una inflación de oferta (por subida de costes), donde encarecer el dinero no va a frenar los precios de la energía ni de los alimentos. Pero se siente obligado a “hacer lo que tengamos que hacer para frenar los precios”. Aunque eso provoque una recesión. El BCE admite que su política monetaria “es más un machete de pescadería que un bisturí, porque actúa sobre toda la economía y con retraso, tarda en surtir efecto. Pero no ve otra salida: intenta que la inflación baje, aunque sea “por las malas”, inducir un “coma” al enfermo, para que la actividad se ralentice al mínimo y la inflación baje como sea. Y reconoce que “no tienen otra alternativa”, aunque subir tipos será “doloroso. Primero, porque la razón de ser del BCE es bajar la inflación. Segundo, porque van a remolque de la Fed: EEUU ha bajado tipos 7 veces ya,  más que Europa (4 veces, hasta el 2,5% hoy frente al 4,5% en USA) y eso atrae capitales e inversiones hacia Norteamérica, fortaleciendo el dólar a costa del euro (que ha pasado de valer 1,1379 dólares el 1 de enero a 0,967 dólares el 26 de septiembre, no recuperando la paridad hasta el 4 de noviembre). Y con el euro débil (hoy vale 1,0605 dólares y cae un -6,8% este año), la inflación importada  (energía y alimentos se pagan en dólares más caros) sube aún más en Europa.

Hasta aquí las justificaciones, teóricas (ideológicas) y prácticas, para subir los tipos. Pero la realidad es que esta subida de tipos ha sido ineficaz, no ha frenado apenas la inflación. Algo más en EEUU, donde la inflación anual estaba en el 7,9% en febrero (antes de la primera subida de tipos del 16 de marzo) y en noviembre está en el 7,1%. Pero no la ha bajado en Europa, donde la inflación de la zona euro era del 8,6% en junio (antes de la primera subida de tipos del 21 de julio) y estaba en el 10% en noviembre, tras 4 meses de subidas consecutivas y una mínima bajada en noviembre (del 10,6 % en octubre al 10%). Y la previsión es que la inflación europea siga por encima del 8% hasta la próxima primavera.

Así que la subida de tipos es ineficaz contra la inflación actual, como ya alertaban muchos expertos, porque las causas que la provocan (la guerra de Ucrania, las subidas de energías y alimentos y el aumento de márgenes empresariales) no se resuelven con el dinero más caro. El problema es que esta subida de tipos es muy dañina para las economías, porque va a encarecer las hipotecas de las familias, el crédito de las empresas y el coste de la deuda de los paises, frenando la actividad y provocando problemas a las empresas, menos consumo y más paro, agravando el riesgo de que Europa entre en recesión. De hecho, el BCE admite que la subida de tipos acelerará la recesión, aunque la suaviza hablando de que será una recesión “técnica”, que la caída del PIB durará sólo 6 meses. Aunque sea así, será medio año que agravará, innecesariamente, la situación de familias, empresas y paises.

El primer efecto de esta subida de tipos ya lo sufren muchas familias, las que están pagando una hipoteca a tipo variable y tienen que revisar la cuota (anual o semestralmente). Aunque la subida oficial del BCE se inició el 21 de julio, el Euribor (el tipo al que se prestan los bancos y que sirve para revisar las hipotecas) lleva subiendo desde abril, el primer mes en positivo tras estar en negativo desde 2016. En noviembre, el Euribor mensual estaba ya en el +2,828%, frente al -0,487% en noviembre de 2021. Eso significa una subida del Euribor de +3,315% en el último año, un aumento nunca visto antes. Y afecta mucho a los hipotecados: de los 5,5 millones de familias españolas con una hipoteca viva, el 70,5% (3,87 millones) tienen una hipoteca a tipo variable, el 90% referenciada al Euribor. Así que esta histórica subida afecta a 3,5 millones de hipotecados, que pagarán más al revisar su hipoteca.

Con el Euribor de noviembre, los que revisen su hipoteca en diciembre pagarán unos 3.000 euros más al año de hipoteca (+250 euros al mes), para un préstamo medio (150.000 euros a 25 años, con un tipo del Euribor+1%), que llegaría a una subida de 6.000 euros anuales para hipotecas mayores (180.000 euros). El mayor problema, dentro de esos 3,5 millones de hipotecados, lo tendrán los 1,5 millones que tienen una hipoteca más reciente, hecha entre 2016 y 2021, que apenas han pagado intereses hasta ahora, porque se han beneficiado del  Euribor en negativo (entre 2016 y marzo de 2022). Pero todos pagarán una cuota más alta de la que pagaban, lo que dificultará sus cuentas en un momento de alta inflación, que ya se come sus salarios y pensiones con la subida de la energía y los alimentos.

El mayor problema lo tendrán las familias más vulnerables con hipoteca, aquellas donde la cuota mensual ya superaba el 40% de sus ingresos. Para evitar impagos y desahucios, el Gobierno ha pactado con la banca un Código de buenas prácticas (voluntario para las entidades), dirigido a reducir la subida de cuota en los colectivos más vulnerables (con ingresos menores a 29.400 euros): o se les amplía 5 años el periodo de carencia (para los que ingresen menos de 25.000 euros y la cuota supere el 50% de sus ingresos) o se congela su cuota 12 meses y se amplía 7 años el plazo de amortización (para los que ingresen menos de 29.400 euros y la cuota supere el 30% de sus ingresos). El problema es que estos requisitos son muy estrictos y sólo van a beneficiar a 1 millón de los 3,5 millones de hipotecados. Y además, si ahora van a pagar la misma cuota, no más (a pesar de la subida del Euribor), es a costa de más años pagando la hipoteca, con lo que acabarán pagando más intereses (unos 10.000 euros más de media).

En paralelo a este mayor coste de las hipotecas (las nuevas han subido un +81,8% del 1,38% en diciembre de 2021 al 2,51% en octubre de 2022, según el Banco de España), las familias ya están pagando más también por sus créditos personales, tras aumentar su endeudamiento en el último año (para mantener el consumo frente a la inflación): los tipos de los créditos al consumo (para comprar un electrodoméstico, un coche o un viaje) han subido un +19,5%, del 6,10% en diciembre pasado al 7,29% en octubre.

El segundo efecto negativo de esta subida de tipos lo están sufriendo las empresas, porque también ellas están pagando más caros los créditos, al subir el Euribor a 3 meses que rige en sus préstamos: ha pasado del –0,572% en diciembre de 2021 al +0,654% en agosto y el +2,005% a principios de diciembre. Eso significa un encarecimiento de los créditos que tienen con la banca: su saldo vivo era a octubre de 766.537 millones de euros y dos tercios de estos préstamos son a tipo variable, referenciados al Euribor a 3 meses (que ha subido un 2,57%). Y no sólo les sube el crédito que tienen, sino los futuros préstamos que las empresas puedan necesitar. De hecho, ya se ha producido una importante subida de tipos para las empresas: del 1,69% en diciembre al 2,98% en octubre de 2022 (+66,4%) para créditos hasta 250.000 euros, del 1,29% al 2,80% (+83%) para créditos medios (entre 250.000 euros y 1 millón) y del 1,04 al 2,67% (+108%) para los créditos de más de 1 millón. Subidas que frenarán la inversión y los nuevos proyectos (y empleos) de las empresas.

Y vamos con el tercer efecto negativo de esta subida de tipos, sobre la deuda de los paises (1,5 billones España), que tendrán que pagar más a los inversores (a “los mercados”) para colocar sus bonos y obligaciones, lo que supondrá más costes para el Presupuesto (y menos dinero para ayudas contra la inflación). Sin olvidar el riesgo de que vuelva “la tormenta de la deuda”, como pasó en 2010, provocando serios problemas a Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia. De momento, España no está preocupada (sí Italia), aunque la subida de tipos nos obliga a pagar más para colocar la deuda: si había que pagar en enero un 0,60% por el bono español a 10 años, en junio el interés subió a 2,779 y en octubre se alcanzó el máximo del 3,652%, aunque a mediados de diciembre, el interés del bono había bajado al 2,92% y hoy está en el 2,97%. No hay “nervios” sobre la deuda española, pero costará más colocar los 70.000 millones de euros de emisiones netas de deuda que España tendrá que emitir en 2023.

Así que la subida de tipos, además de ineficaz (no baja apenas la inflación en la zona euro, en el 10%, y aunque baja más en España, al 6,8% en noviembre,  es por las medidas concretas que ha tomado el Gobierno en el sector energético), tiene un alto coste para las familias, las empresas y el Presupuesto, agravando el riesgo de una recesión en Europa. Y, por contagio, podría detonar una crisis mundial de deuda (nunca el mundo ha estado tan endeudado: 226 billones de dólares, el 256% del PIB mundial, según el FMI), que afectaría más a los paises en desarrollo (sobre todo Latinoamérica, África y parte de Asia), lo que entorpecería la recuperación de la economía mundial (y europea). Demasiados daños para tan pocos resultados.

Incluso los bancos centrales, la Fed y el BCE, ven los riesgos y ahora contemplan menores subidas de tipos para 2023, quizás sólo dos subidas más (+0,25% cada vez), hasta dejar los tipos en el 5% en EEUU y el 3% en la zona euro. Pero muchos expertos piden no subir más los tipos y buscar otras medidas más efectivas contra la actual inflación. Por un lado, intervenir más activamente en los mercados de energía, materias primas y alimentos, para fomentar la competencia, quitar distorsiones y evitar la especulación y los márgenes empresariales disparados. Como dice el Premio Nobel Stiglitz, “si los mercados no han funcionado en tiempos de paz, no van a funcionar mejor en tiempos de guerra”.

 Hay que atajar el neoliberalismo económico (y político) que está impidiendo modernizar el mercado europeo de luz y gas, por ejemplo. Y tanto el G-7 como el G-20 deberían promover una mayor transparencia en los mercados mundiales de petróleo, gas y materias primas, que están poniendo al mundo de rodillas. Y colaborar a nivel internacional para reparar las cadenas de producción, transporte y suministro, rotas tras la pandemia y causa de la elevada inflación que ya teníamos antes de la guerra en Ucrania. Se trata de “redefinir” el capitalismo, tras las últimas dos crisis (pandemia e inflación). Avanzar en medidas económicas innovadoras y eficaces, olvidando el ricino dañino e inútil de la subida de tipos. Atrévanse.  

lunes, 12 de marzo de 2018

El lastre de una deuda pública récord


España va bien, reitera Rajoy, pero somos uno de los países más endeudados del mundo y la deuda pública acaba de batir un récord histórico: 1.144.629 millones de euros, 24.500 euros de deuda por cada español. Una deuda que ha crecido en 400.000 millones desde que gobierna Rajoy. Y lo peor: esta deuda pública se ha hecho crónica y en 2028, pesará casi tanto como hoy (el 95% del PIB), según la Comisión Europea. La deuda pública de España, la 6ª mayor de Europa, es una losa  para todos, porque pagarla nos cuesta 32.000 millones cada año, la cuarta mayor factura tras las pensiones, la sanidad y la educación. Y en cuanto suban los tipos, en 2018 o 2019, pagar los intereses de esta deuda nos costará mucho más (si los mercados quieren financiarnos). Parece que esto de la deuda pública no va con nosotros, pero es un pesado lastre que van a heredar nuestros hijos. Convendría aprovechar la recuperación para dejarles menos deuda. Bastante tienen ya con el mundo que reciben.


enrique ortega

La economía se recupera pero el mundo está mucho más endeudado que antes de la crisis. Y eso, porque la receta para evitar una debacle mundial en 2008 fue inundar el mundo de dinero barato. Esta medicina reanimó las economías y salvó a EEUU y a Europa, pero a cambio las economías se hicieron “adictas” al crédito casi gratis: si en el año 2000, el endeudamiento mundial (público y privado) era del 250% de la producción mundial (PIB), en 2008 había aumentado al 275% y hoy supera ya el 300% del PIB, según datos oficiales. El problema ahora, para las autoridades monetarias del mundo (Reserva Federal USA o BCE), es como “desenganchar” a las economías de la droga del dinero barato y que “no les dé el mono”, que no se paren y volvamos a la recesión. Tienen que recortar la dosis, porque el mundo está demasiado endeudado (“dopado”), pero lo tienen que hacer con cuidado, subiendo poco a poco los tipos, para no frenar en seco la recuperación.

En medio de este panorama, España es uno de los países más endeudados del mundo, junto a EEUU, Japón, Italia o Grecia. La deuda total del país, entre empresas, familias y administraciones públicas, alcanzó los 2.473.150 millones de euros (2,4 billones) a finales de 2017 (el 236% del PIB), según el Banco de España, una deuda más elevada que antes de la crisis, cuando alcanzó 2.609.887 millones de euros en 2008. En estos últimos 10 años, la deuda total ha crecido porque ha aumentado la deuda pública, casi la mitad del total (1.144.150 millones en 2017) mientras se ha reducido la deuda de las empresas (894.131 millones en 2017) y las familias (704.390 millones), según el Banco de España.

Como vemos, la mayor parte de toda la deuda española (58%) es deuda privada, de las empresas y familias, que aumentaron mucho su endeudamiento en los años 90 y a principios de este siglo, alimentando la “burbuja del ladrillo”. Así, las empresas españolas pasaron de tener sólo 200.951 millones de deuda en 1995 a 1.009.429 millones en 2002 y seis veces más en 2008: 1.261.105 millones de euros de deuda empresarial, la cifra récord. A partir de ahí, vino la crisis, los bancos se cerraron como lapas y las empresas se dedicaron a devolver créditos como pudieron, bajando su deuda un 29%, hasta 894.130 millones que debían a finales de 2017. Las familias hicieron lo mismo: de tener una deuda de 139.075 millones de euros en 1995, la subieron a 783.932 millones en 2002 y luego, a golpe de pedir hipotecas, la multiplicaron por seis en 2008: 908.160 millones de deuda de las familias, el récord. A partir de ahí, con el paro y la caída de ingresos, los hogares se dedicaron a devolver créditos y no pedir más, con lo que su deuda ha caído un 22%, hasta 704.390 millones en 2017.

Mientras empresas y familias reducían su deuda, el sector público, la Administración, hacía todo lo contrario: endeudarse más cada año, para hacer frente a los gastos extraordinarios de la crisis. Y así, la deuda pública, que era baja en 2008, sólo 440.621 millones de euros (el 35% del PIB), la quinta parte que la abultada deuda privada, dio un primer salto entre 2008 y 2011, con Zapatero, que la dejó en 744.323 millones a finales de 2011. Pero el mayor salto de la deuda pública lo ha dado Rajoy, que la subió a 1.041.621 millones en 2014 y la ha vuelto a subir a 1.144.150 millones de euros a finales de 2017 (el 98,08% del PIB), un récord histórico y 400.306 millones más de deuda (+53.8%) que cuando llegó a la Moncloa. O sea, que debemos ya 24.589 euros por cada español, casi el triple de lo que debíamos en 2008. La mayor parte de esta deuda pública es del Estado (996.472 millones), seguido de las autonomías (288.313 millones), Ayuntamientos (29.161) y Seguridad Social (27.393 millones). La suma no da los 1.144.150 millones de deuda total 2017 porque hay que hacer ajustes por la deuda entre distintas administraciones.

La deuda pública se ha disparado porque los gastos públicos durante la crisis se multiplicaron  mientras caían los ingresos, lo que ha profundizado el déficit público: de tener superávit en 2007 se pasó a un déficit del 3,8% del PIB en 2008, que acabó siendo del 8,5% en 2011 para bajar después despacio hasta el 3,1% esperado en 2017. Y cada año ha habido que “tapar” este agujero en las cuentas públicas pidiendo prestado, endeudándonos. Los “culpables” de esta deuda histórica que ahora tenemos son miles de partidas, pero podemos citar algunas más importantes: rescate bancario (50.000 millones), déficit eléctrico (30.000 millones), Plan pago a proveedores (40.000 millones), pago parte española rescate de Grecia, Portugal e Irlanda (30.000 millones), financiación de las pensiones (10.192 millones prestados por el Tesoro a la SS, a los que se sumarán otros 15.000 este año)… Suma y sigue.

Muchos países han visto disparar su deuda en estos años de crisis, pero España tiene ahora más deuda que la mayoría: somos el 6º país de Europa con más deuda pública relativa (en relación al PIB): 1.144.150 millones de euros a finales de 2017, el 98,08% del PIB, sólo por detrás de Grecia (su deuda pública es el 177,2% del PIB), Italia (133,3%), Portugal (128,9%), Bélgica (106,5%) y Chipre (103,2%), según Eurostat. Y estamos muy por encima de la media de deuda de toda Europa (84,8% la UE-28) y del límite fijado a los países euro (60% del PIB).

El gran problema de la deuda es que hay que pagarla: hay que destinar cada año muchos millones a pagar intereses a los inversores y bancos que la compraron, dinero que no se puede gastar en otras cosas. Así, en 2017, España destinó 32.171 millones de euros a pagar intereses de la deuda, la cuarta mayor partida de gasto del país, tras las pensiones (130.000 millones), la sanidad (80.000 millones) y la educación (50.000 millones). Y así, año tras año, hasta dentro de 10, 20, 30 ó 50 años que vence mucha de esa deuda. Baste decir que si en 2008 nos gastábamos 15.000 millones al año en pagar la deuda pública, en 2011 ya pagábamos 22.000 millones y este año 2018 volveremos a pagar 32.000 millones. En conjunto, desde hace 10 años ya hemos pagado en intereses por la deuda pública más de 250.000 millones de euros, lo que cuesta pagar dos años de pensiones.

El problema se complica ahora, porque pagar la deuda va a ser más caro. Desde 2015, el Banco Central Europeo (BCE) ha salido en auxilio de España y los países más endeudados, con dos medidas muy eficaces: bajar el precio oficial del dinero a cero y comprar deuda pública en el mercado, para rebajar su coste. Sólo en 2017, el BCE compró 80.000 millones de deuda pública española, el 60% de lo emitido ese año. Y con la rebaja de tipos, el Tesoro español se ahorró 2.500 millones sólo en 2017. Ahora, las tornas van a cambiar: el BCE quiere “desenganchar a los países europeos de la droga del dinero barato y que funcionen sin “dopaje”, por lo que  va a reducir sus estímulos. En enero de 2018 ya ha reducido a la mitad sus compras de deuda pública europea y comprará este año sólo 39.000 millones de deuda española (la mitad que en 2007), Además, aunque el BCE quiere mantener sus tipos este año y no subirlos hasta 2019, el hecho cierto es que los mercados están ya pidiendo más interés por comprar deuda, dado que EEUU ha subido ya 4 veces los tipos de interés oficiales y los volverá a subir este año, lo que ha servido para encarecer el precio del dinero en todo el mundo y también financiar la deuda española.

La consecuencia es que pagar la deuda será más caro este año 2018 y sobre todo en 2019. Se calcula que por cada 1% que suba el precio oficial del dinero, España paga 12.000 millones más por su deuda pública. Y  las empresas 9.000 millones más y las familias otros 7.000 millones extras. Así que van a cambiar las tornas y tras una década de dinero barato, volverá a ser caro. Y lo sufriremos más los países más endeudados, España entre ellos. El Presupuesto tendrá que recortar otros costes, las empresas tendrán menos dinero para invertir y crear empleo y las familias menos dinero para consumir. A final, menos crecimiento por subir los tipos y encarecerse la deuda, pública y privada.

Y el problema no se va a arreglar a corto plazo, porque la recuperación (4 años de fuerte crecimiento) no ha servido para bajar la deuda pública, sino que sigue subiendo en España año tras año. La propia Comisión Europea ha advertido a España (aunque Rajoy no diga nada) de que la deuda pública se ha hecho crónica y se va a enquistar en niveles altos en los próximos 10 años: si 2017 cerró casi con tanta deuda como lo que produce el país (98,08% del PIB), en 2020 seguirá en el 95,6% del PIB y para 2028 prevén que España mantenga todavía una deuda casi igual, el 95,1% del PIB. Y eso se traduce en que si hoy dedicamos el 3% de la riqueza a pagar intereses (32.000 millones anuales), en 2020 seguiremos con el lastre de pagar ese 3% del PIB en intereses (entonces ya serán más de 50.000 millones de euros de la época). Y eso hace a España muy vulnerable, porque de aquí a 10 años tendrá que buscar la financiación de los mercados y que no se pongan nerviosos, como en 2012, para que nos financien y no nos cobren  muchos intereses.

De hecho, la Comisión Europea acaba de publicar un informe donde alerta de que hay 5 países europeos considerados “de alto riesgo” en caso de que Europa vuelva a tener un grave shock de deuda, si vuelven los nervios a los mercados, como en 2012 y 2013: Bélgica, España, Italia, Francia y Portugal. Por eso, ahora que hay recuperación, les piden medidas para ir reduciendo su deuda pública  y poder cumplir el 60% de deuda sobre PIB, objetivo de la Comisión para 2032. Para España, ese objetivo supone reducir la deuda un 38% del PIB en 14 años, recortarla en 460.000 millones hasta 2032, unos 33.000 millones al año.

Parece un objetivo imposible. Pero no lo debería ser reducir la deuda lo más que se pueda, para no cargar cada año con la losa de los intereses, que pueden dispararse los próximos años. El ministro Montoro ha apuntado una primera medida: perdonar parte o toda la deuda a las autonomías, como compensación a la falta de financiación que han tenido estos años. Pero es una solución “falsa e injusta”. Falsa, porque sería engañarnos a nosotros mismos: cambiar la deuda de sitio, para que en vez de ser deuda de Cataluña o Valencia (ver reparto) lo sea del Estado central. E injusta, porque cargaría sobre los bolsillos de todos los españoles una deuda que han generado los catalanes o valencianos, por ejemplo. La solución sólo puede pasar por ingresar más, porque no se pueden hacer más recortes en pensiones, sanidad, educación, desempleo, gastos sociales o inversiones públicas, faltas de recursos.

Así que para recortar la deuda, el camino pasa, como casi todos, por recaudar más, sobre todo el Estado central (no bajar impuestos: eso iría "en la dirección contraria"). Y se puede hacer, porque España tiene un problema de fondo que genera los déficits públicos: ingresa menos que el resto de Europa. Concretamente, en 2018, está previsto recaudar un 38% del PIB en España mientras la media europea (UE-27) recaudará el 44,6% del PIB, según Bruselas. Traducido, eso significa que si recaudáramos como el resto de Europa, Hacienda debería recaudar 72.000 millones de euros más al año. Eso pasa por reducir el fraude fiscal y hacer que paguen más los que ahora pagan poco, las grandes empresas, multinacionales y los más ricos. Con esa mayor recaudación, esos 72.000 millones, podríamos destinar una parte a bajar el déficit y amortizar deuda y el resto a costear los gastos públicos necesarios, desde Planes contra el paro y la pobreza a mejorar las pensiones, la sanidad, la educación, los gastos sociales y las inversiones públicas.

El Gobierno Rajoy ha visto crecer la bola de la deuda pública sin tomar medidas, amparado en la ayuda del BCE y los tipos bajos. Pero ahora van a cambiar las tornas y pueden volver las turbulencias. Aunque los mercados estén calmados, es una barbaridad destinar 32.000 millones a pagar intereses mientras hace falta de todo. Y lo peor, esa deuda es la herencia que dejamos a nuestros hijos, que tendrán que seguir pagándola sin haberla generado. No es justo. Intentemos dejarles una deuda menor. Bastante tienen ya.