Enero es el mes elegido por muchas empresas para subir sus tarifas y precios, con el argumento de la subida de costes y del aumento del IPC. Y este año, la lista de subidas es muy amplia. Empezando por la subida de las tarifas del teléfono e Internet, que suelen subir dos veces al año. Esta vez, suben con pocos días de diferencia: el 8 de enero las sube Vodafone (+3,9% de media, entre 1 y 5 euros al mes), el 12 de enero Orange (+3,8%, de 1 a 6 euros al mes) y el 13 de enero Movistar (+4%), mientras Digi no las sube. En los últimos años, las telecos justificaban sus subidas en la previsión de aumento del IPC, pero este año suben mucho más (el IPC puede subir un 2,1%) y lo justifican en que les han subido los costes, sobre todo los productos audiovisuales que ofrecen (fútbol y plataformas).
lunes, 5 de enero de 2026
La cuesta de enero: subidas y ayudas
Enero es el mes elegido por muchas empresas para subir sus tarifas y precios, con el argumento de la subida de costes y del aumento del IPC. Y este año, la lista de subidas es muy amplia. Empezando por la subida de las tarifas del teléfono e Internet, que suelen subir dos veces al año. Esta vez, suben con pocos días de diferencia: el 8 de enero las sube Vodafone (+3,9% de media, entre 1 y 5 euros al mes), el 12 de enero Orange (+3,8%, de 1 a 6 euros al mes) y el 13 de enero Movistar (+4%), mientras Digi no las sube. En los últimos años, las telecos justificaban sus subidas en la previsión de aumento del IPC, pero este año suben mucho más (el IPC puede subir un 2,1%) y lo justifican en que les han subido los costes, sobre todo los productos audiovisuales que ofrecen (fútbol y plataformas).
lunes, 6 de enero de 2025
La luz sube otra vez
La luz cerró el año 2024 con fuertes subidas en el mercado mayorista de origen, mayores incluso que las de noviembre. En diciembre, el precio medio diario del mercado mayorista (donde las eléctricas venden la electricidad que generan) fue de 111,23 euros/MWh (con picos de 177/179 euros entre el 10 y 12 de diciembre y 172 euros/ MWh el 30 de diciembre). Ha sido, junto a noviembre (104,43 euros/MWh de media) el mes más caro de todo 2024, un año donde la luz fue muy barata en origen (mercado mayorista) en primavera (20,31 euros en marzo, 13,67 en abril y 30,4 euros/MWh en mayo), así como en verano y otoño, gracias a la mayor aportación de las renovables (más baratas). Pero en noviembre y diciembre, los precios en origen se dispararon por la mayor demanda (frío) y una menor aportación de las renovables (poco aire y lluvia y menos horas de sol) y de las nucleares (por recarga y fallos en Ascó I y II), obligando a utilizar más las centrales de gas (con un gas más caro). Y además, han subido los derechos por generar CO2.
jueves, 15 de septiembre de 2022
La sequía agrava la inflación
Aunque esta semana llueve algo, no soluciona el grave problema de la sequía, en Europa (sufre la peor sequía en 500 años) y en España, con los embalses al nivel más bajo desde hace 27 años. Las olas de calor y la falta de lluvia están afectando seriamente a la economía, provocando una mayor subida de la luz (la energía hidroeléctrica aporta la mitad que en 2021) y de los alimentos, al haber caído la cosecha de cereales, aceite, vino y frutas, obligando a los ganaderos a encarecer leche, huevos y carnes por la falta de forraje. Una sequía que incluye restricciones de agua en media España. Tenemos un serio problema de agua, no sólo porque cada vez llueva menos sino porque se dispara su consumo, sobre todo para la agricultura (85%), para que España sea “la despensa de Europa”. Hay que ahorrar agua, recuperar ríos y acuíferos y usarla mejor, porque el agua es clave también para la economía. Y ahora, la sequía agrava la inflación.
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| Enrique Ortega |
El Cambio Climático se ha acelerado este verano, con olas de calor y falta de lluvia en toda Europa, que sufre la peor sequía en 500 años, según alertó en agosto del Observatorio Europeo de Sequía: el 17% de la UE está en situación de alerta y otro 47% en aviso por sequía (dos tercios del continente sufre el problema), con 340 millones de europeos afectados. Y eso se traduce en un alto coste económico para Europa, por la caída de la energía hidroeléctrica, los problemas en el transporte fluvial (en centro Europa, han cambiado barcazas fluviales por camiones), el mayor consumo de aire acondicionado, el coste de los incendios (660.000 hectáreas quemadas en la UE, un tercio en España) y, sobre todo, la caída de las cosechas, con el consiguiente subida extra de los alimentos.
En España, como en todo el sur de Europa, la situación es más preocupante. Por un lado, el verano 2022 ha sido el más caluroso de la serie histórica (desde 1961), con una temperatura media en agosto de 24,7grados, 0,4 grados más que el anterior verano récord (2003) y 2 grados por encima de la media de temperatura de 1981 a 2010, con 42 días de “olas de calor” entre junio y agosto. Y a este calor inusual se ha sumado la falta de lluvia: ha llovido un 26% menos de los valores normales entre el 1 de octubre de 2021 y el 30 de agosto de 2022, según la AEMET, con un enero y febrero muy secos, un marzo y abril con más lluvias de lo habitual y un verano muy seco. Y ahora, a pesar de las tormentas de esta semana, la AEMET prevé un otoño más seco (y cálido) de lo habitual.
La falta de lluvias y el calor excesivo han provocado una caída drástica del agua embalsada: este martes 13 de septiembre, cuando llovía en casi toda España, los embalses estaban al 34,22% de su capacidad, frente al 40,74% hace un año y el 51,88% hace 10 años, según embalses.net. Es el menor porcentaje de agua embalsada desde el año 1.995 (31,03%). Y están por debajo de ese 34,22% los embalses vitales de Andalucía y Extremadura, las cuencas del Guadalquivir (al 20,95% capacidad), Guadiana (23,91%) y Guadalete-Barbate (23,99%), estando muy bajos en la cuenca del Duero (33,04%), Segura (35,18%), Tajo (36,66%), Cataluña interior (38,26%), Ebro (39,48%) y Miño-Sil (46,67%).
La primera consecuencia de este “nivel rojo” en los embalses es que media España ha sufrido restricciones de agua, sobre todo en agosto (al haber más población en el sur y este de España, por el turismo): en unos casos (Galicia, Cataluña, Andalucía, Extremadura, Castilla y León) ha habido que llevar agua a muchos pueblos con camiones cisternas y con barcos (Euskadi). Y en muchos municipios se ha prohibido regar jardines, ducharse en las playas o llenar piscinas. Y si no llueve este otoño, pueden agravarse las restricciones, sobre todo en Andalucía, Extremadura, Cataluña y Galicia.
La segunda consecuencia de la sequía y la falta de agua en los embalses es la mayor subida de la luz, derivada de la caída de la energía hidroeléctrica, que se ha desplomado al nivel más bajo en 30 años. Este año, de enero al 15 de agosto, las centrales hidroeléctricas han aportado la mitad de energía eléctrica que en 2021, obligando que funcionaran muchas más horas las centrales de gas y disparando así el precio de la electricidad (la luz ha subido un +60,6% en el último año, según el INE). Y mucho tiene que ver, además de la guerra de Ucrania y el precio del gas, la sequía y la falta de agua en los embalses: la energía hidráulica sólo aporta en septiembre el 4% de la energía eléctrica, cuando en 2021 aportó el 11,4% y en 2018 (con los embalses al 82%) aportaba el 13,8% de la electricidad.
La tercera consecuencia de la actual sequía es que ha dañado muy seriamente las cosechas y la ganadería, encareciendo los alimentos y disparando aún más la inflación. Según las organizaciones agrarias COAG y ASAJA, la sequía ya ha dañado de forma irreversible la cosecha de cereales (trigo, cebada, avena y centeno), recortándola un -23% sobre la media de los últimos tres años. En maíz se espera recoger un 25% menos y en girasol, las olas de calor y la falta de lluvia reducirán el rendimiento a la mitad. En el viñedo, el clima ha obligado a adelantar una vendimia que espera recoger entre un 15 y un 20% menos de uva. En el olivar, ha afectado muy seriamente a las 900.000 has de regadío (de un total de 2,7 millones) y se espera recoger un 20% menos de cosecha (tras la caída de 2021). En arroz, frutas y hortalizas, el calor y la sequía (más las heladas y pedrisco) ha deteriorado las cosechas. Y para terminar, la falta de pastos ha obligado a los ganaderos a gastar más en piensos y forrajes, reduciendo producción y encareciendo leche, huevos y carnes.
Todo ello ha desembocado en una fuerte subida de los alimentos este año, no sólo por la guerra de Ucrania y la energía (que suben los costes de agricultores y ganaderos) sino también por la sequía y las olas de calor, por su desastroso efecto sobre las cosechas y la ganadería. Basta ver los datos del INE, sobre la inflación en agosto, con una subida anual de los alimentos del +13,8%, la mayor desde 1994. Y lo que más sube son los cultivos más afectados por la sequía: cereales (+21,7%), mantequilla (+31,8%) y leche (+25,6%), aceites y grasas (+24%), huevos (+22,4%), carne de pollo (+17,6%) y vaca (+15,2%), patatas (+15,9%), lácteos (+15,8%), pan (+15,2%), legumbres y hortalizas (+14,8%) o las frutas (+12,1%). Subidas que tienen mucho que ver con el aumento de costes y la subida de márgenes de los intermediarios, pero también con el clima y la sequía, con las malas cosechas.
Este problema, la subida de los alimentos, está muy ligado al Cambio Climático y por eso irá a más en el futuro, cuando se resuelva el conflicto de Ucrania y la crisis de la energía. El problema se agravará más en España, porque sufriremos más la falta de agua (los recursos hídricos podrían disminuir un 11%), debido a dos causas: el 75% de la superficie está en riesgo de desertificación, con un “estrés hídrico” alto o severo, y el 25% de los acuíferos están en riesgo de agotarse. Así que se espera que llueva menos y eso nos afectará más porque tenemos un terreno que capta peor el agua y unas reservas subterráneas (acuíferos y pozos) muy agotadas. Pero el mayor problema no es sólo que vaya a llover menos en el futuro sino que ya hoy consumimos demasiada agua.
¿Quién consume la poca agua que tenemos? Básicamente, la agricultura, los regadíos, que se llevan el 85% del consumo (del 80 al 90%, según zonas). Y además, el gasto de agua de la agricultura y ganadería se ha disparado, mientras se reducía el agua disponible: se ha pasado de 3.044.710 hectáreas regadas en 2010 a 3.877.901 hectáreas en 2021, según los datos del Ministerio de Agricultura. Y en realidad, superan los 4 millones has, por el aumento de los riegos ilegales, según diversas ONGs. Eso coloca a España (el país con menos lluvias de Europa) como el país con más regadíos del continente, muy por delante de Italia (2 millones has regadas), Francia (1,5 millones) y Grecia (1 millón has). Es el precio (en agua) que pagamos por ser “la despensa de Europa”: naranjas, frutas, tomates, cerdo, aceite o vino son nuestro “petróleo” y vendemos fuera el doble de alimentos que de coches. Somos el 4º exportador agroalimentario europeo y el 7º del mundo, lo que mantiene 2,5 millones de empleos en España, a costa de un regadío que esquilma el agua.
El gran salto en los regadíos se ha dado en la última década, por el crecimiento de la agricultura intensiva y, sobre todo, porque se riegan ahora cultivos leñosos que antes eran de secano: olivos (suponen ya un 22,58% de la superficie regada), viñas (10,25%), frutales (10,56%) y cítricos (7,40% de la superficie regada), aunque la mayor superficie de regadío siguen siendo los cereales (24,06% del total regado), según los datos de Agricultura (2021). Andalucía (1,1 millones de has regadas), Castilla la Mancha (582.767 has), Castilla y León (472.113 has) y Aragón (420.527 has), regiones muy secas, se llevan más de la mitad del agua para la agricultura, aunque las regiones con más peso del regadío son Canarias (el 58% de la superficie cultivable se riega), Comunidad Valenciana (45,7%), Murcia (39,19%), Navarra (31,27%) y Andalucía (31,84%), todas más que la media (22,94% cultivos).
El segundo gran consumidor de agua en España (12% del total) son los hogares y el ocio, con un gasto medio de 132 litros por persona, que está en la media europea, sólo por encima del consumo doméstico en Alemania (125 litros habitante) y con menos gasto de agua que en Italia (220 litros), Portugal (205), Francia (170), Grecia (150) y reino Unido (140 litros por persona). Pero los expertos creen que aún gastamos demasiada agua en casa, debido a que la pagamos más barata: una media de 1,88 euros/m3, el 7º precio más barato de Europa, donde se paga de tarifa doméstica desde los 9,32 euros/m3 en Dinamarca a 4 euros en Francia, 3,50 en Reino Unido o 2 euros en Italia. Y el tercer gran consumidor de agua son las industrias (3% del total), donde hay una gran divergencia por sectores y negocios, aunque se echan en falta planes de ahorro, también por las bajas tarifas del agua para las industrias.
Esos son los consumos “oficiales” de agua, pero las ONGs llevan años denunciando “el robo de agua” por muchos agricultores y ganaderos, también por algunas industrias. En España puede haber hasta 1 millón de pozos ilegales robando agua de nuestros acuíferos, según una estimación de Greenpeace. Y la ONG WWF ha publicado un informe (“El saqueo del agua”) donde investigó 4 grandes acuíferos (Doñana, las Tablas, Mar Menor y los Arenales) y descubrió que riegan de forma ilegal 88.645 hectáreas (1,5 veces la superficie de Madrid capital), con 220 millones de m3 de agua robada. A primeros de septiembre se secó la laguna de Santa Olalla, la última laguna de Doñana, por la sequía y la sobreexplotación de acuíferos (por el turismo y los cultivos regados).
El agua en España, además de ser escasa, por la sequía y el consumo disparado en la agricultura, tiene mala calidad, debido a que la agricultura y la ganadería intensivas lanzan restos de fertilizantes (nitratos y fósforo) y purines, que se transfieren a ríos y aguas subterráneas, con un serio peligro para la salud y los ecosistemas. Por ello, la Comisión Europea, en octubre de 2021, alertó a España y otros 11 países europeos (Alemania, Bélgica y Países Bajos entre ellos) por “registrar una mala calidad del agua en todo su territorio y un problema sistémico para gestionar la contaminación por nutrientes de la agricultura”. Y ha puesto en marcha un proceso de infracción, que puede acarrear multas a los países. Además, España ya paga (desde 2018) una multa importante “por falta de depuración de aguas residuales en 9 aglomeraciones urbanas” (donde viven 350.000 personas). Y este mes de abril, la Comisión ha vuelto a llevar a España ante la Justicia europea por incumplir el tratamiento de las aguas residuales en otras 133 poblaciones…
Visto el panorama, es evidente que España tiene un serio problema de agua, en cantidad y calidad, llueva o no (con sequía más, claro). E irá a peor con el Cambio Climático, porque España será uno de los 33 países del mundo con problemas serios de desabastecimiento de agua en 2040, según un informe del Word Resources Institute. Eso obliga a plantearse la política del agua como una prioridad de futuro. Para afrontarla, el Gobierno presentó en junio de 2021 los borradores de Planes Hidrológicos para 2022-27, reformulando el actual Plan Hidrológico de 2001. Su objetivo es reducir el consumo de agua un 5%, aumentar las desaladoras e invertir 21.000 millones de euros (la mayoría con Fondos europeos) en la restauración de ríos (11.000 millones), saneamiento y depuración de aguas (650 millones), restaurar acuíferos y mitigar el riesgo de inundaciones (800 millones) y facilitar la transición digital de la agricultura (250 millones), junto a un Decreto-ley para reducir la contaminación del agua de origen agrícola-ganadero. Ahora, las autonomías están preparando los Planes de Cuencas, pero con el riesgo de enfrentamientos regionales y “politización” de la política del agua, que exige un gran Pacto político y regional para repartir la escasez.
Las ONGs piden “ir más lejos” en la política del agua, con propuestas más radicales: reducir un 25% la superficie de regadío en 6 años (con un tope de 3 millones de has), eliminar los regadíos ilegales y clausurar esos pozos no autorizados en 6 años, depurar el 100% de las aguas residuales de consumo humano e industrial para 2027, no subvencionar el agua desalada para riegos agrícolas y subir las tarifas de agua para fomentar un consumo responsable de los usuarios. Otros expertos piden trasvases interterritoriales (polémicos pero necesarios), reducir pérdidas agua en los suministros, recuperar las aguas de lluvia y, sobre todo, modernizar los sistemas de regadío para que sean más eficientes.
Como siempre, no hay atajos ni soluciones fáciles, sino que urge tomar múltiples medidas a corto y medio plazo para afrontar la falta de agua, llueva o no. Porque el agua es clave, no sólo para la vida sino para asegurar el crecimiento y la economía. Ya lo vemos ahora, con el calor y la sequía agravando la inflación. Hay que luchar con firmeza contra el Cambio Climático y por el agua, un bien más escaso cada año.
lunes, 5 de septiembre de 2022
Viene un otoño incierto y complicado
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| Enrique Ortega |
Ya son más de 6 meses de guerra en Ucrania y la economía mundial se resiente cada día más, como consecuencia de una inflación desconocida en 40 años, en EEUU (+8,5% anual en julio), en la zona euro (+9,1% en agosto, un récord histórico) y en España (+10,4% en agosto, dos décimas menos que en julio, la mayor inflación desde 1985). Y estos precios disparados, por la subida imparable de la energía (petróleo, carburantes y electricidad), los alimentos y la mayoría de productos (la inflación “de fondo” en España, sin energía ni alimentos, sube ya un +6,4% anual) se come los ingresos de las familias, recortando su consumo y el crecimiento, no sólo en Europa (+0,6% crece la UE-27 este año y +0,65% España) sino en todo el mundo: los 38 paises de la OCDE han crecido un +0.3% en el primer semestre, frente al +5,5% que crecieron en todo 2021.
En agosto, la inflación ha subido en Europa (+0,2%, al 9,1%) pero ha bajado algo en España (-0,4%, hasta el +10,4%), gracias a las ligeras bajadas de los carburantes, que han vuelto a subir en la última semana: 1,794 euros por litro costaba la gasolina y 1,882 euros el gasoil, todavía mucho más que antes de la invasión de Ucrania (+20,3 céntimos/litro la gasolina y +40,3 céntimos el gasoil). Con todo, los carburantes no son los mayores culpables de la alta inflación anual (han subido en el último año un +35% el gasóleo y un +23,9% la gasolina) sino la electricidad, que sube un +49,8% anual (hasta julio, según el INE), seguida de los hoteles (+33,8% de subida anual), el gas natural (+23,8% anual), los vuelos internacionales (+21,6%), los paquetes turísticos internacionales (+20,9%) y nacionales (+13,5%), los alimentos (+13,5% de subida anual) y los restaurantes (+5,7%), según el INE.
La electricidad ha alcanzado en agosto el mayor precio de la historia, con un precio medio en el mercado mayorista de 307 euros/KWh, el triple que un año antes (105,9 euros en agosto 2021) y el precio más elevado de este año, que empezó con 136 euros y alcanzó un récord el 9 de marzo (544,52 euros), tras la invasión de Ucrania, cerrando agosto con un precio de 476,39 euros/MWh. Y estaríamos pagando un 20% más por la luz en origen si España y Portugal no disfrutarán de “la excepción ibérica” del gas: un tope al precio del gas que se utiliza para producir electricidad. De hecho, el precio de la electricidad en origen en España (476,39 euros/MWh el 31 de agosto) es las tres cuartas partes del precio en Francia (651,77 euros/MWh), Italia (612,36 euros) o Alemania (604,49 euros). Y eso a pesar de que los consumidores con tarifa regulada tienen que pagar una fuerte compensación a las eléctricas para resarcirles del tope al gas (el 31 de agosto, de los 476,39 euros del precio mayorista de la luz, 289 euros/MWh son por la compensación).
Como balance, el Gobierno estima que los consumidores nos hemos ahorrado 1.383 millones de euros desde el 15 de junio a finales de agosto por la “excepción ibérica”, que ahora reclaman también Alemania, Italia y muchos paises europeos, mientras la Comisión Europea, que estaba en contra de intervenir en el mercado, va a estudiar ampliar la excepción a toda Europa, a la vista de que los precios futuros de la electricidad se disparan (por encima de los 1.000 euros para el invierno), debido al corte de gas ruso a Europa. Eso sí, a pesar del ahorro de la “excepción ibérica”, los consumidores españoles pagaremos en agosto la mayor factura de la luz de la historia: 158 euros de recibo medio, según Facua, 16 euros más que en julio y un 70% más que hace un año (93,10 euros en agosto 2021).
Junto a la luz y los carburantes, el tercer culpable de la inflación (con el turismo y la hostelería) son los alimentos, que han vuelto a subir en agosto, un +13,5% anual. Y lo preocupante es que suben todos, pero hay 15 alimentos básicos que suben más del 10% anual, en especial algunos aceites (+83,2%), las pastas (+31,6%), la leche (+23,1%), los huevos (+22,5%), el aceite de oliva (+16,9%), el pollo (+16,3%), el yogur (+16,2%), las frutas frescas (+15,1%), la carne de vaca (+14,5%), el pan (+14,7), el queso (+13,1%) o las patatas (+12%), según el INE (IPC julio).
Estas subidas de los alimentos están relacionadas con la subida de la energía, las materias primas (cereales y aceites), fertilizantes y piensos, pero hay un gran salto entre lo que reciben los agricultores y ganaderos por sus productos (que aseguran haber subido poco) y los que pagamos en el supermercado, quejándose el campo de que las subidas se quedan por el camino, entre distribuidores, industrias, mayoristas y tiendas. El hecho es que los productos agrícolas multiplican por 4,29 sus precios del campo al súper y los ganaderos por 2,82, según el último IPOD publicado por COAG. Veamos algunos ejemplos. Un ajo se paga al agricultor a 0,70 euros kilo y lo pagamos a 5,90 euros (+743%), la patata pasa de 0,20 a 1,51 euros (+394%), los tomates de 0,68 a 2,63 euros (+247%), la ciruela de 0,72 a 3,56 euros (+394%),el melón de o,21 a 1,27 euros (+505%), la sandía de 0,33 a 1,21euros (+267%), la ternera de 4,95 a 18,91 euros kilo (+261%), el pollo de 1,39 a 3,25 euros (+134%), el cerdo de 1,71 a 6,22 euros (+264%) y la leche de 0,40 a 0.83 euros litro (+108%).
Esta fuerte subida de márgenes en la alimentación, aprovechando la inflación generalizada, se da también en casi todos los sectores de la economía, como demuestra que la inflación de fondo (sin energía ni alimentos) haya vuelto a subir en agosto, al +6,4% anual. Eso significa que millones de empresas están aprovechando la guerra y la inflación para recomponer márgenes tras la pandemia y subir precios. Y por eso, no puede decirse que la subida de la inflación se deba a los salarios, que sólo han subido un +2,56% hasta finales de julio (y la mayoría de convenios nada, porque están sin negociar). El 83,4% de la subida de precios se debe al aumento de los márgenes empresariales, según un informe de CCOO. Y el propio Banco de España informa que las empresas españolas, a pesar de la inflación, han aumentado sus ventas (+45,3%) y sus beneficios (+62%) en el primer trimestre, aunque les suban muchos costes. Y de hecho las 35 grandes empresas del IBEX 35 han aumentado sus beneficios un +7,4% en el primer semestre de 2022, gracias en parte a subir precios.
Ahora, pasado el verano, se espera que la inflación pueda ceder algo, desde el 10,4% de agosto a una franja entre el 8 y el 9% de media a finales de año. Pero hay muchas incertidumbres en el horizonte, que podrían relanzar la inflación este otoño e invierno. La primera y fundamental, que se siga disparando el precio del gas, si Putin corta totalmente su suministro a Europa. Y más con el frío. El petróleo y los carburantes seguirán caros, por la mayor demanda en invierno y la escasez de refino en Europa. La luz seguirá muy cara, aunque podría mitigar su precio si toda Europa cambia el sistema de precios. Y los alimentos apenas bajarán: aunque habrá menos demanda de turistas, sufriremos los problemas derivados de la enorme sequía y las inclemencias meteorológicas, sobre todo en frutas, verduras, carnes y leche.
Con una alta inflación, las familias sufrirán un fuerte “mordisco” en sus ingresos, que les llevará a recortar su consumo, a gastar menos en lo que queda de año, tras la vorágine del verano. Y la puntilla será la subida de tipos en Europa, la hecha en julio (+0,50%) y la esperada para este jueves (entre +0,50% y +0,75%). La decisión y el anuncio de futuras subidas, para frenar la inflación, ya ha provocado una drástica subida del Euribor, el tipo de interés al que se prestan los bancos europeos entre sí: cerró el año 2021 con un tipo negativo del -0,502% y en agosto alcanzó un tipo medio positivo del +1,224%. Eso se va a traducir en una subida para los 4,1 millones de españoles que están pagando una hipoteca a tipo variable. De momento, con el Euribor en el 1,224%, la próxima revisión de una hipoteca tipo (150.000 euros a 25 años) supondrá pagar 120 euros más al mes de cuota (+1.400 al año). Una fuerte subida, que se une a las de la energía, los alimentos y casi todo, frenando aún más el consumo y las ventas. Y esta subida, un “ricino” de ortodoxia económica poco útil para bajar el gas, la luz o los alimentos, dañará también a las empresas, que verán encarecer sus préstamos. Y al Estado, que pagará 12.000 millones más de intereses por la deuda pública.
Con este complicado panorama, algunos políticos (PP y Vox) se agarran al “catastrofismo”, augurando otra grave crisis como la de 2008 (como “atajo” a la Moncloa). Pero hay que ser objetivo: ningún organismo internacional (ni ningún experto “serio”) cree que España vaya a entrar en una nueva recesión, ni este año ni en 2023. Todos prevén que creceremos, aunque menos que en 2021 (+5,1%): la Comisión Europea apuesta por un +4%, como el FMI, mientras la OCDE habla del +4,1%. Eso si el panorama internacional no se enturbia más y si Alemania, la locomotora europea, no entra en recesión a final de año, por los costes del gas. Y si la subida de tipos, en EEUU, Europa y todo el mundo, no agrava el parón y acaba provocando una recesión (que ya sufre USA, aunque no en su empleo).
Con todo, será un final de año muy difícil, sobre todo para Europa, que tiene que superar un invierno con restricciones de energía en Centroeuropa y menos problemas en España, aunque todos tendremos que ahorrar energía para evitar problemas de suministro. Y habrá que seguir con las ayudas a los carburantes, la luz, los transportes y los bonos al transporte público, medidas a las que se sumará el 1 de octubre la bajada del IVA al gas (del 21 al 5%), para rebajar la factura de las calefacciones (entre 8 y 10 euros al mes). Pero el Estado no es “un pozo sin fondo” y el Gobierno se ha gastado ya 30.000 millones de euros en ayudas públicas para paliar el coste de la guerra de Ucrania. Y harán falta otras nuevas si el conflicto se enquista y Putin utiliza hasta el final la energía como arma de guerra.
Pero la guerra de Ucrania también puede ser una oportunidad para Europa, para acelerar su independencia energética y su lucha contra el Cambio Climático, al igual que la pandemia aceleró la digitalización de hogares y empresas, reforzando la unión de los europeos ante la adversidad. Urge que Europa avance en la reforma del mercado eléctrico, en la aprobación del gasoducto Midcat de España con centro Europa (para enviar ahora gas y luego “hidrógeno verde”) y en acelerar las energías renovables, lo que beneficiará mucho a España, que ha pagado un alto precio por ser “una isla energética”.
A nivel español, la crisis derivada de la guerra de Ucrania debería ser una oportunidad para aglutinar esfuerzos, para intentar un gran acuerdo que redujera y repartiera los costes del conflicto. Por un lado, todavía es hora de que sindicatos y patronal se sienten a negociar un pacto de rentas, para subir algo más los salarios (sin provocar más inflación), imprescindible para que no se desplome el consumo y el crecimiento, y frenar los márgenes empresariales y los beneficios de algunos sectores, a costa del bolsillo de la mayoría. Y por si no se alcanza este acuerdo, el Gobierno debería multiplicar la vigilancia de los precios, con la Comisión de la Competencia (CNMC), para que no haya sectores y empresas que se aprovechen.
Y en paralelo, es urgente acelerar la inversión de los Fondos europeos, para reanimar la economía. Es un empujón clave para evitar otra crisis, máxime cuando ya están en marcha 28.000 proyectos, que darán trabajo a 19.000 empresas y 5.000 Ayuntamientos, un “oxígeno” necesario para compensar los efectos de la guerra. Y en la misma línea, serán claves los Presupuestos 2023, que deben servir para reanimar la economía el año que viene, donde la actividad y el empleo se presentan peor que este año, con una previsión de crecimiento del 1,5% para Europa y el 2,1% para España, según la Comisión Europea. Todo apunta a que 2023 será peor que 2022, si sigue la guerra, y hay que prepararse desde ya.
En resumen, que nos esperan unos meses complicados y con mucha incertidumbre, donde nuestras vidas van a estar pendientes de la guerra de Ucrania, de lo que haga Putin, de las medidas que tome Europa y de lo que hagan el Gobierno y la oposición en España. Pero mientras siga el conflicto, vamos a sufrir sus consecuencias. Es el coste de que Putin no gane su pulso. La respuesta europea exige sacrificios. Lo que debemos exigir es que se aprueban las mayores ayudas “posibles”, para repartir el coste de la crisis y que no salgan perdiendo los de siempre, mientras una minoría multiplica sus beneficios. Es la otra guerra.

