jueves, 17 de diciembre de 2020

Clima: la próxima pandemia (sin vacuna)

 

Se han cumplido 5 años de los acuerdos de la Cumbre del Clima de París y el mundo sigue emitiendo más gases de efecto invernadero. Incluso con la pandemia, las emisiones sólo han caído un -5,3% y crecerán cuando la economía se recupere. Por eso, la ONU ha pedido a los paises que declaren “la emergencia climática” y que no retrasen más los recortes de emisiones. Europa se ha adelantado y las rebajará un -55% para 2030. Falta ver qué hacen China y EEUU, ahora con Biden. Pero urge recortar las emisiones, porque los efectos negativos del Cambio Climático se han agravado: subida temperaturas, incendios, inundaciones, huracanes…Y los científicos advierten: el Cambio Climático va a provocar futuras pandemias, con millones de muertes por altas temperaturas, contaminación, hambre y migraciones, favoreciendo nuevas enfermedades como la COVID 19. Y contra estas “pandemias climáticas” no habrá vacunas. Sólo queda evitarlas ahora, reduciendo emisiones todos, desde los Gobiernos a las empresas y cada uno de nosotros. Avisados estamos.

 

Recreación de Enrique Ortega a partir de El Jardín de las Delicias de El Bosco.

La pandemia ha bajado las emisiones de gases de efecto invernadero, causantes del Cambio Climático, pero más en los primeros meses (-23% hasta finales de mayo), con el confinamiento duro, y menos a partir del verano (crecen desde julio), siendo ya mayores las emisiones en noviembre que en enero de 2020, según este gráfico de Carbon Monitor. El balance, hasta el 30 de noviembre, es de una bajada de las emisiones mundiales de CO2 del -5,3%, un recorte que es mayor en Estados Unidos (-13,2%), Europa (-9%), India (-8,7%) o Brasil (-11%) y menor en China (-0,5% emisiones) y Rusia (-3,6%), según el último informe de Carbon Monitor. España es uno de los paises donde más han caído las emisiones de CO2 con la pandemia (-14,6% hasta finales de noviembre), al reducirse en la producción de electricidad (-7%), por el menor uso del carbón, en el transporte (-4,1), por la menor movilidad, y en la industria (-2,6%), siendo mínima la reducción en la aviación (-0,5%) y las viviendas (-0,4%).

La ONU estima que la rebaja de emisiones por la pandemia oscilará entre el -5% y -7% este año 2020, mientras la Agencia Internacional de la Energía (IEA) apuesta por una rebaja del -7%. Sería la mayor reducción del siglo, tras una estabilización de emisiones en 2019, un crecimiento anual del +0.9% en la década 2010-2018 y del +3% en la década 2000-2009. El problema vendrá ahora, a la vista de la subida de emisiones desde el verano: la IEA estima que el consumo energético aumentará del +4% al 9% anual en la próxima década y con esta mayor demanda, tras la pandemia, volverán a subir las emisiones.

Suban o no, las emisiones hechas en los dos últimos siglos están ahí, acumuladas en la atmósfera y trastocando la naturaleza y el Clima. Ya en 2019 se batió el récord histórico de concentración de CO2 en la atmósfera: 410,5 ppm (partes por millón), casi el doble que los niveles alcanzados en el periodo pre-industrial (278 ppm en el siglo XVIII). Y el récord no fue sólo en las emisiones de CO2, el gas que más contribuye (en un 85%) al calentamiento global, sino también en las emisiones de metano (1.877 ppmm, partes por mil millones, 2,4 veces el dato del siglo XVIII), en un 60% procedente de la ganadería, la agricultura, los combustibles fósiles y la gestión de residuos,  y de oxido nitroso (332 ppm frente a 279 en el siglo XVIII), los otros dos gases de efecto invernadero, que retienen (como el CO2) el calor en la atmósfera y degradan la capa de ozono. Y en 2020, esa concentración de CO2 en la atmósfera ha seguido aumentando: el 18 de abril se batió otro récord en el Observatorio  tinerfeño de Izaña (418,7 ppm) y hoy está en 413,49 ppm en el Observatorio de Hawái, en cuya web se puede ver cada día.

Los científicos que trabajan para la ONU ya han alertado que el problema de esta elevada concentración de gases de efecto invernadero es que sus efectos negativos sobre el Clima se han acelerado más de lo previsto en 2015, cuando se firmaron los Acuerdos de la Cumbre de París. Así, el informe presentado el 2 de diciembre por la Oficina Meteorológica Mundial (OMM), dependiente de la ONU, destaca el fuerte aumento de la temperatura en el mundo: 2020 será uno de los tres años más cálidos de la historia, junto a 2016 y 2019. Y con ello, la temperatura del Planeta habrá subido este año +1,2 grados sobre la que había en la época pre-industrial (1.850-1900), con lo que se podrían superar los +1,5 grados de subida para 2024 y superar los 3 grados a finales de este siglo, cuando en la Cumbre de París se fijó como objetivo no superar los 1,5/2 grados, porque subir más sería acabar con el Planeta.

El informe de la OMM (“Estado del Clima 2020”) no sólo alerta sobre el fuerte aumento de la temperatura por las emisiones sino que destaca otros efectos negativos sobre la naturaleza y el Clima. El primero, el aumento de los incendios devastadores en Australia, Siberia, costa oeste de EEUU y América del Sur, los más activos desde que existen registros. El segundo, la reducción del hielo ártico, el nivel más bajo en 42 años, fruto de unas temperaturas árticas 5 grados por encima de lo normal (38 grados en Siberia el 20 de julio). El tercero, la consiguiente subida del nivel del mar por el deshielo, con un aumento del nivel del mar de 3,3 milímetros por año desde 1993. Y además, un fuerte deterioro de medio marino, debido a que los océanos absorben la mayor parte del calor del Planeta (el 90%) y una cuarta parte del CO2, lo que calienta y acidifica los mares, destruyendo especies y ecosistemas. Otra consecuencia del Cambio Climático es el aumento de los “fenómenos meteorológicos extremos”, que en 2020 se han dado con más frecuencia y virulencia: fuertes inundaciones (este de África y Sahel, Asia meridional, China y Vietnam), récord de tormentas tropicales (96 ciclones, 30 en el Atlántico) y huracanes (2 de categoría 4 en Centroamérica).

Este aumento extra de la temperatura y los fenómenos meteorológicos extremos han provocado el rebrote de enfermedades (como el dengue o el virus del Nilo), plagas (de langosta en Africa), malas cosechas, hambre y migraciones masivas: se calcula que 10 millones de personas se han desplazado en Asia y África durante el año 2020 por estos desastres climáticos. Y no sólo sufre el hombre, sino también el Planeta, donde 1 millón de especies están en peligro de extinción, con miles de ecosistemas destruidos. “Estamos en guerra con la naturaleza”, resumía el secretario general de la ONU hace unos días.

La cuestión ahora es no sólo salvar el Planeta, sino salvar vidas. Porque los científicos han lanzado otra dramática alerta, a través de un Estudio elaborado por 140 expertos  mundiales y publicado en diciembre en la revista The Lancet: la crisis climática es la mayor amenaza sanitaria del siglo XXI y amenaza al mundo con otra pandemia. Una pandemia que vendrá por 2 vías, si no se atajan las emisiones. La primera, por un colapso de los sistemas sanitarios de la mayoría de los paises, debido a un fuerte aumento de enfermedades y muertes por olas de calor (ya se produjeron 296.000 muertes en 2018, de ellas 104.000 en Europa y 3.160 en España), por un aumento de enfermedades infecciosas ligadas al aumento de la temperatura (dengue y malaria), por los daños cardíacos y pulmonares ligados al aumento de incendios, por el hambre y la peor alimentación derivados de sequías e inundaciones y del menor rendimiento de los cultivos, así como por el aumento de la contaminación atmosférica (7 millones de personas mueren al año en el mundo por la mala calidad del aire, 524.000 de ellas en Europa, según la AEMA).

El segundo riesgo de una futura pandemia está en la destrucción de la naturaleza y los ecosistemas, porque la explotación insostenible de los recursos naturales y las extinciones masivas de especies están en el origen de las recientes enfermedades zoonóticas (que se transmiten de los animales al hombre), desde la gripe A , el Sida, el SARS o la COVID 19, con virus que han saltado de animales (primates, murciélagos, roedores, aves y animales domésticos) al hombre, como refleja el muy recomendable libro “Contagio”, de David Quammen. En definitiva, según reiteran los  científicos de la ONU, está demostrado que la destrucción de ecosistemas, la desforestación y la eliminación de hábitats naturales “propicia que los virus en animales salten a los humanos y se conviertan en pandemias mundiales”. Y dan una cifra aterradora: en la naturaleza hay 1,7 millones de virus, de los que entre 500.000 y 700.000 virus animales tienen potencial para infectar a los humanos.

Así que el Cambio Climático no solo puede destruir el Planeta sino que antes nos puede destruir a los humanos, no sólo porque nos quedemos sin recursos sino porque enfermemos, porque provoque otra pandemia, más grave que esta de la COVID 19, por oleadas de calor, enfermedades o nuevos virus. Y en la mayor parte de los casos, sin vacuna posible. Por eso, por el grave riesgo que conlleva el Cambio Climático, la ONU ha lanzado en diciembre otro llamamiento a los paises: que declaren “la emergencia climática”. Que no pierdan más tiempo, que recorten ya y con decisión sus emisiones para evitar una “pandemia climática. Porque apenas se ha avanzado en los últimos 5 años, desde la Cumbre de París.

Sobre el papel, parecería que la lucha contra el Cambio Climático ha avanzado mucho estos años, salvando la excepción de EEUU por Trump: hay 126 paises que han prometido reducir a cero sus emisiones de gases de efecto invernadero en 2050. Pero la realidad es otra: la ONU advirtió en vísperas de la Cumbre virtual del aniversario del Acuerdo de París, celebrada el 12 de diciembre, que sólo 5 paises se habían comprometido a hacer para 2030 recortes extras sobre el 40% prometido hace cinco años. Y si no se empieza ya a tomar medidas y recortar más, será imposible alcanzar el objetivo de cero emisiones en 2050.

La Unión Europea llegó la madrugada del 11 de diciembre, en vísperas de la Cumbre climática virtual, a un acuerdo de última hora para recortar las emisiones de los 27 paises un -55% en 2030 (en lugar del -40% prometido antes), con lo que Europa sigue liderando la lucha contra el Cambio Climático. China se comprometió a emisiones cero en 2060, pero falta ver cómo lo concreta. Y Estados Unidos se sumará pronto a los recortes, según ha prometido el próximo presidente Biden. Falta concretar los compromisos de Japón y Corea (0 emisiones en 2050) y los recortes (claves), de India, Rusia y Brasil. La cita para ver si todos actúan de verdad será la próxima Cumbre del Clima, en noviembre de 2021 en Glasgow.

La pandemia de la COVID 19 ha frenado la lucha contra el CC en la mayor parte del mundo, pero también abre la vía a una solución, porque en muchos paises, la estrategia de la reconstrucción económica pasa por fuertes inversiones en una economía más verde. Es la apuesta de Europa, donde una parte importante de su Plan de recuperación “Next Generation EU” (17.500 millones de 750.000 millones en cinco años) y de los próximos Presupuestos 2021-2027 (374.000 millones de 1,8 billones) se van a destinar a la reconversión energética. Y es también la apuesta de España, que destinará  a inversiones verdes un 37% de los Fondos europeos (72.000 millones en 2021-2023), a las que sumar créditos e inversiones privadas, hasta sumar un total de 200.000 millones de inversiones verdes en la próxima década, con la idea de crear 275.000 empleos verdes anuales, según el Plan Nacional de Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030.

Parece que Europa y España van por buen camino, pero la ONU ha advertido que muchos otros paises no: denuncia que el mundo ha invertido 10 billones de euros en ayudas contra la crisis desatada por la COVID 19, pero la mayoría son gastos que aumentan las emisiones de CO2 o son neutrales y sólo una minoría de este gasto van a reducir el Cambio Climático. “Estamos viendo que los paises del G-20 están invirtiendo un 50% en actividades relacionadas con los combustibles fósiles (…) Es inaceptable que las generaciones futuras reciban un montón de deuda y que esa deuda se haya utilizado para destruir el Planeta”, denunció António Guterres, secretario general de la ONU el 2 de diciembre. Y 18 ONGs han denunciado también que, desde 2016 hasta hoy, los mayores bancos y fondos de inversión del mundo han prestado 1,6 billones de euros  e invertido otros 900.000 millones en acciones y bonos de empresas que operan con combustibles fósiles.

Está claro que los paises, bancos y Fondos de inversión tienen que salir de los proyectos y empresas que emiten gases y envenenan el Planeta. Y multiplicarse las empresas, ciudades y Estados que incorporan, en su día a día, la estrategia de cero emisiones para 2050. La economía sucia tiene que quedarse sin financiación, no ser rentable. Pero nosotros, los ciudadanos, también tenemos mucha responsabilidad. Tenemos que cambiar los hábitos de consumo cuanto antes: dejar de comprar coches contaminantes (sobre todo SUV), ser menos consumistas (la compra online contamina mucho, por las entregas: Amazon emitió en 2018 44,4 millones de Tm de CO2, más que 7 paises de la UE), usar menos el avión (en trayectos cortos, el tren) y el coche, comer menos carne (ganadería emite metano y No2), reciclar, aislar mejor las casas y reducir la calefacción y, sobre todo, estar dispuestos a pagar más impuestos por carburantes, luz e impuesto de matriculación para reducir emisiones. Vivir “de otra manera” para emitir menos gases y combatir el Cambio Climático. No sólo para salvar el Planeta (no hay Planeta B) sino para evitar nuevas pandemias. Es la única vacuna.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Brexit: España, uno de los paises más afectados


Por si no tuviéramos bastante con la pandemia, Boris Johnson presiona a Europa al abismo de un Brexit duro, sin acuerdo, el 1 de enero. Duro o blando, España será uno de los paises más afectados, más que Alemania, Francia o Italia, según el Banco de España. Sobre todo, los exportadores de frutas, verduras, vino, cerámica y coches de Murcia, Levante, Aragón y Galicia, el turismo de Canarias, Baleares y el Mediterráneo, más las multinacionales y bancos españoles. El escollo de la negociación es que Europa “no se fía” del gobierno británico y teme que convierta Reino Unido en un paraíso laboral, medioambiental, fiscal y sin regulación (un “Singapur en el Canal”) que haga competencia desleal al mercado único. Que aprovechen “estar fuera” para invadir el mercado europeo. Europa no puede ceder, aunque suponga empezar 2021 con aranceles y barreras que penalizan a todos. La clave es pasar página” con el Brexit de nunca acabar y que Europa salga de la pandemia y se fortalezca. UExit.


Al Reino Unido le costó 15 años ingresar en la Comunidad Económica Europea (el 1 de enero de 1973) y llevan tres años y medio intentando salir de la UE, desde el 23 de junio de 2016, cuando una estrecha mayoría de británicos (52%) votaron en referéndum a favor del Brexit. El Gobierno británico ha ido posponiendo su salida, de prórroga en prórroga, hasta que el 31 de enero de 2020 se cumplió la última fecha aprobada por Bruselas y Londres para dejar la UE. Pero el 1 de febrero, se consumó la salida política del Brexit (Reino Unido ya no tiene voz ni voto en la UE-27) pero no la salida económica: las mercancías, capitales, personas y servicios británicas siguen siendo comunitarias y se mueven libremente por el mercado único europeo hasta el 31 de diciembre de 2020, fecha límite para pactar un nuevo acuerdo comercial que establezca las futuras relaciones RU-UE27.

El problema es que Reino Unido ha ido perdiendo tiempo este año, retrasando las negociaciones con la ayuda de la pandemia, en otro intento de forzar a Bruselas a nuevas prórrogas y cesiones. Y ahora, a 17 días de la fecha límite, Boris Johnson presiona a Bruselas al abismo de un Brexit duro, en una peligrosa jugada de póker donde tiene más que perder que los 27. Pero también más que ganar, si juega de farol y sus rivales se arrugan, porque sus cartas son peores. Veamos de qué va el juego.

En principio, la futura relación comercial del Reino Unido con la Unión Europea podría seguir uno de los tres modelos que Europa tiene ya con terceros paises. Uno, el que se tiene con Noruega, Islandia o Liechtenstein: integrar al Reino Unido en un Espacio económico europeo (EEA), una zona de casi libre comercio, a cambio de aceptar los británicos la libre circulación de personas y la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia, además de financiar una parte del Presupuesto europeo. La segunda opción es firmar un Acuerdo de Libre Comercio, como el que tiene la UE con Canadá o Corea del Sur, menos favorable para los británicos, porque incluye aranceles (3%) y restricciones. Y hay un tercer modelo, menos interesante: firmar un Acuerdo de Asociación, como el que tiene la UE con Ucrania.

Al Reino Unido, especialmente a Boris Johnson y sus tories euroescépticos, no les gusta un acuerdo como el de Noruega, porque huyen de “compromisos” con Europa. Buscan desde el principio un acuerdo comercial como el de Canadá, pero con más ventajas porque ellos se consideran de alguna forma “europeos” (para comerciar). Y Europa lleva doce meses diciéndoles lo mismo: cuantas más ventajas comerciales quieran sacar, más tienen que parecerse sus normas y comportamientos a las de los europeos. A lo claro: si quieren comerciar con pocas trabas con la UE-27, tienen que jugar con sus reglas en materia laboral, fiscal, medioambiental o de ayudas estatales a las empresas. Tienen que respetar "los estándares europeos". Lo contrario sería hacer competencia desleal y querer aprovecharse del mercado único.

Pero Johnson sigue empeñado en jugar de farol, tras haber “vendido” a los británicos que el Brexit va a convertir al Reino Unido en una mayor potencia económica. Su pretensión es “recuperar el viejo imperio” y convertir a las islas británicas en un gigantesco portaaviones comercial y financiero, que compita sin trabas en Europa y en el resto del mundo, gracias a unos bajos costes laborales y sociales, una mínima regulación económica y medioambiental y jugosas ayudas públicas a las empresas británicas. Su idea es convertir Reino Unido en el Singapur de Europa, dispuesto a “arrasar en el continente”, ya desde fuera de la UE. Lo que vende Johnson a los británicos es el mejor de los mundos: librarse de las reglas y obligaciones de estar en la UE, pero lanzarse sin piedad a conquistar el mercado único europeo (el mayor del mundo).

La Comisión Europea y los negociadores de Bruselas lo saben y “no se fían un pelo” de Johnson y el ala euroescéptica de los conservadores británicos. Por eso, además de firmar un acuerdo comercial que impida la competencia desleal del Reino Unido, la clave es asegurar que esas reglas de juego se cumplen en el futuro. Porque si no, podría firmarse ahora el acuerdo y luego, en unos meses o años,  el Reino Unido podría cambiar sus normas y buscar “jugar con otras reglas”. De hecho, ya lo ha intentado hace unas semanas, enviando al Parlamento una Ley del Mercado Interior que permitía al Gobierno británico fijar unilateralmente los trámites aduaneros que han de hacer las empresas británicas para exportar a Irlanda del norte o las subvenciones que reciben, aspectos que violan el acuerdo de salida del Brexit. Al final, Johnson ha corregido a principios de diciembre esa Ley, como “gesto de buena voluntad”, pero en Bruselas no se fían.

Por eso, lo que se está negociando contra reloj no son peliagudas cuestiones comerciales, sino algo muy simple: “que se respeten las reglas de juego” (en inglés, “level-playing field”: terreno de juego igualado”). Poner por escrito las reglas, bien claritas, y el compromiso de Reino Unido de que no se van a cambiar en el futuro. Y la segunda cuestión, el sistema de gobernanza del acuerdo, o sea, cómo se dirimen legalmente las diferencias y qué mecanismos vinculantes se arbitran para solucionar las posibles controversias. Y aquí, Reino Unido se resiste a incluir clausulas de no regresión frente a lo pactado. El “tahúr” Johnson se resiste a fijar reglas y pretende poder jugar de farol sabiendo que sus cartas son peores. Y entre tanto, para despistar y cubrirse ante sus electores del norte, incluye como tercer tema de negociación la pesca, cuántas capturas podrán hacer la UE en aguas británicas (y viceversa). Pero la cuestión de fondo de la negociación es política: fiarse o no de Johnson.

Todos prefieren un Brexit blando a una falta de acuerdo y un Brexit duro el 1 de enero de 2020. Quien tiene más que perder es Reino Unido, porque depende más de la UE-27 que al revés: el 43% de las exportaciones británicas van a la UE (330.000 millones), mientras las islas británicas sólo representan el 18% de las exportaciones comunitarias (440.000 millones) y la mayoría de los países europeos tienen superávit con Reino Unido. Pero Johnson ha ido muy lejos en sus promesas a los británicos y lo más probable es que siga con su farol y presione más y más a Bruselas, buscando nuevas prórrogas y concesiones. Y la UE tampoco quiere un Brexit duro, porque se vería aún más resentida su economía en plena pandemia.

Si no hay más prórrogas y el 1 de enero llega un Brexit duro, eso significa que las relaciones comerciales entre la UE y el Reino Unido se fijarán de acuerdo a las normas de la Organización Mundial de Comercio (OMC), que establece aranceles (una media del 6% de impuestos a los productos importados, que puede llegar al 10% en automóviles y más en servicios) y barreras comerciales en la relación de “nación más favorecida” (la UE y RU). A corto plazo, se produciría un caos en las aduanas, para controlar el tráfico de personas y mercancías (sólo en Dover cruzan más de 10.000 camiones al día). Y se frenarían inversiones y operaciones. 

Para evitar lo peor, la Comisión Europea ha aprobado “un Plan de contingencia”, que permitirá prorrogar 6 meses los vuelos y viajes de pasajeros y mercancías. Pero falta que lo acepte y comparta el Reino Unido, cuyo Gobierno ya ha ordenado a la Marina Real que se prepare para interceptar barcos pesqueros de la UE en aguas británicas a partir del 31 de diciembre. Y ha pedido a los supermercados británicos que hagan acopio de alimentos por si acaso (el 25% vienen de la UE).Suena a que habrá un Brexit duro y conflictivo, aunque ayer domingo se han dado "un tiempo extra" para negociar antes de fin de año.

Quien más tiene que perder con un Brexit duro es el Reino Unido: su PIB caería un -3% en 2022, según un estudio reciente del Banco de España, mientras la UE perdería un -0,4% del PIB  (la Comisión aumenta esta bajada al -0,75% en 2022), tanto por el efecto negativo sobre el comercio (aranceles y barreras) como por el freno a inversiones y actividad económica. En el caso de un Brexit blando (un acuerdo como el de la UE y Canadá), la pérdida sería mucho menor, tanto para Reino Unido (-1,5% del PIB en 2022) como para la UE (-0,1%).

Sea un Brexit duro o blando, todos perderemos, los que más los británicos (su propia Oficina Presupuestaria espera una caída del PIB del -4%). Pero también España sufrirá bastante el Brexit: seremos el 7º país europeo más afectado, tras Luxemburgo, Irlanda, Holanda, Chipre, Suiza y Malta, según un estudio de S&P. Y seremos el país más afectado entre los grandes, más que Alemania, Francia o Italia, según confirma el estudio publicado por el Banco de España. Y eso porque somos uno de los paises europeos que tienen más relación comercial, turística e inversora con Reino Unido. De hecho, la relación económica de España con Reino Unido supone el 3,4% del PIB español, por encima de la relación con Alemania (3,2% de su PIB), Francia (2,8%) o Italia (1,95%), aunque por debajo del peso que tiene su relación con la UE-27 (3,95% de su PIB), según el Banco de España.

El mayor impacto se dará en el comercio (supone el 1,6% de nuestro PIB): Reino Unido es el 5º mayor cliente comercial de España (tras Francia, Alemania, Italia y Portugal) y les vendimos por valor de 19.666 millones de euros en 2019 y comprado por 11.808 millones, con lo que tuvimos un superávit comercial de +11.808 millones de euros. Este año 2020, con la pandemia y la amenaza del Brexit, el comercio con Reino Unido ha caído drásticamente, pero sigue siendo nuestro 5º mayor cliente: les exportamos por 12.040 millones y les compramos por 6.722 millones, hasta septiembre, con lo que el superávit es de +5.318 millones. Las principales ventas españolas al Reino Unido son alimentos, coches, bebidas y tabaco, ropa, cerámica, fertilizantes y bienes industriales intermedios.

El 2º mayor impacto del Brexit se dará en el turismo (supone el 1,2% de nuestro PIB): Reino Unido es el país que nos aporta más turistas, 18 millones en 2019 (un 21,5% del total), que han bajado drásticamente este año 2020, por la pandemia, a 2,97 millones de turistas británicos llegados hasta octubre (el 16,67% del total), según el INE. Y son también los turistas que aportan más gasto, un 19,4% del gasto turístico total en 2019 (17,834 millones se gastaron) y otro 15,7% del total este año (donde el gasto turístico de los británicos, como el de los demás, se ha desplomado hasta octubre: a 2.915 millones de euros, según el INE). Y no olvidemos que los británicos son los extranjeros que más compran viviendas en España: 8.750 en 2019, el 2% de todas las viviendas vendidas.

El tercer mayor impacto del Brexit se dará en los servicios (suponen un 0,6% del PIB), sobre todo en las exportaciones de servicios de telecomunicaciones y servicios financieros, derivados de la fuerte presencia en Reino Unido de las multinacionales españolas (desde Telefónica al Banco Santander o Ferrovial), que se verán bastante afectadas por el Brexit. Y queda por ver el impacto del Brexit en las inversiones españolas en Reino Unido, que rondan los 81.000 millones de euros (el 17,2% de toda nuestra inversión exterior). De hecho, el Reino Unido es el 2º mayor destino de las inversiones españolas en el extranjero, solo por detrás de las hechas en EEUU. En las islas han invertido mucho Telefónica (20.000 millones), Santander (15.000), Iberdrola (12.000), Ferrovial (6.000), Iberia/IAG (5.000), Cellnex (2.500), Banco Sabadell (2.000), FCC (2.000), Aena (300) o Inditex (100 tiendas), multinacionales españolas que se juegan una parte de sus ventas y beneficios en el mercado británico.

Todo esto está en juego con el Brexit, desde las exportaciones y el turismo a las finanzas, los servicios, las inversiones o la pesca. El impacto será mayor o menor según sea el acuerdo o desacuerdo, pero en cualquier caso, afectará mucho a España, especialmente a algunos sectores (agroalimentario y  automóvil, sobre todo) y regiones, según el estudio del Banco de España: el mayor impacto comercial lo sufrirán Murcia, la Comunidad Valenciana, Galicia y Aragón. Y el mayor impacto turístico e inmobiliario lo sentirán Canarias, Baleares y Levante. Regiones también muy afectadas por la recesión de la pandemia.    

Quedan unas semanas de infarto y unos años complicados, donde la UE y el Reino Unido tendrán que ajustar su relación, algo complicado y negativo en cualquier caso, porque  Europa pierde su 2ª mayor economía (15% del PIB de la UE y 13% de su población) y el Reino Unido su libre acceso al mayor mercado del mundo. Pero hay que seguir adelante, sin ceder a chantajes porque en esta partida Europa tiene las mejores cartas. Y además, la Unión Europea debe pasar cuanto antes la página del Brexit, que la ha desgastado durante tres años y medio. Hay que mirar hacia adelante y volcar todos los recursos en la reconstrucción de Europa tras la pandemia, reforzando internamente la Unión y avanzando en los Estados Unidos de Europa, consolidando un bloque económico, político  y social que afronte la dura competencia de China, EEUU y los paises emergentes en este siglo XXI. Y mientras, los británicos “se cocerán a fuego lento”, sufriendo día a día el enorme error del Brexit. Y en una generación (quizás ya con Escocia independiente), volverán a llamar a las puertas de la UE. Pero mientras, necesitamos consolidar una Europa más fuerte, más unida y más solidaria. Vayamos a ello, sin que nos desgaste más el Brexit. UExit.

jueves, 10 de diciembre de 2020

Más muertos en accidentes de trabajo

 

Con la pandemia y la menor actividad económica, han bajado los accidentes laborales, pero aumentan los muertos: 543 trabajadores murieron en el trabajo o de camino hasta septiembre, 36 más que el año pasado. Y hasta hoy, van ya 581 muertos, casi tantos como por accidentes de tráfico (640). Y eso que no se contabilizan la mayoría de muertes de sanitarios por la COVID 19. Además, las enfermedades profesionales batieron un récord histórico en 2019, aunque bajan ahora. Los expertos achacan este repunte de muertes laborales a que empresas y trabajadores han bajado la guardia, a un aumento de infartos e ictus por un menor seguimiento y a que no se invierte en seguridad, sobre todo las pymes. Los sindicatos piden un Plan de choque, con mayor control e inversiones, porque creen que 1 de cada 3 muertes serían evitables si se cumplen las normas de seguridad, algo rentable porque los accidentes tienen un alto coste. No es admisible que en pleno siglo XXI, trabajar mate.

 


Un trabajador de 35 años falleció anteayer en el Viso de San Juan (Toledo), al caer desde cinco metros de altura cuando instalaba unos adornos de Navidad. Es el penúltimo muerto por accidente laboral en España, donde van ya 581 muertos en el trabajo o de camino hasta hoy, según la estadística diaria (“El contador de la vergüenza”) que publica UGT en su web. Con ello, se confirma el aumento de muertes en accidentes de trabajo este año, a pesar de la pandemia: se han producido 543 muertes hasta finales de septiembre, 36 más que el año anterior, según la última estadística de Trabajo. Se corta así la racha de estabilización de los muertos en accidentes laborales, entre 2015 y 2017 (629 muertos anuales), superada en 2018 (708) y mantenida en 2019 (641), tras los mínimos de 2013 (558) y 2014 (580) y muy alejada de los más de 1.000 muertos anuales provocados entre 2000 (1.580) y 2008 (1.065).

España superó a comienzos de este siglo el millón de accidentes laborales (1.005.289 en el año 2000, 989.353 en los trabajos y 72.357 “in itinere”), pero luego bajaron ligeramente, aunque subieron después, hasta batir otro récord en plena “burbuja económica”: 1.022.067 accidentes laborales en 2007. Con la crisis, la menor actividad y 3,8 millones de trabajadores menos, los accidentes laborales cayeron en picado, hasta un mínimo en 2013 (468.030 accidentes, 404.284 en los trabajos y 63.746 “in itinere”). Pero después, con la recuperación iniciada en 2014 y la precariedad del empleo creado, volvieron a crecer, hasta los 596.606 accidentes laborales en 2017 y los 650.602 accidentes laborales con baja en 2019 (562.756 en las empresas y 88.846 “in itinere”), la mayor cifra de accidentes desde 2010. Este año 2020, con la pandemia y la menor actividad, los accidentes laborales se han desplomado, cayendo un -26,4% entre enero y septiembre (348.862 accidentes laborales), pero han provocado más muertos (579 en 9 meses, +36 que en 2019).

Antes de la pandemia, España era el tercer país europeo con más accidentes de trabajo (617.488), sólo por detrás de Alemania (877.501 accidentes, con más del doble de trabajadores) y Francia (771.837 accidentes), por delante de Italia (291.503), Reino Unido (220.985) y Portugal (130.434), según los últimos datos publicados por Eurostat (de 2018). Y éramos el 4º país europeo con más muertes en el trabajo (323 en 2018, sin contar los muertos “in itinere”), tras Francia (615), Italia (523) y Alemania (397), por delante de Reino Unido (249 muertes), Rumanía y Portugal, según Eurostat. Pero si relacionamos las muertes laborales con el número de trabajadores, la situación de España mejora y su siniestralidad laboral (1,96 muertes por cada 100.000 trabajadores en 2018) nos coloca como el país nº 14 de la UE-28, peor que la media europea (1,77 muertes laborales por 100.000 trabajadores), Alemania o Reino Unido (0,78 muertes/100.000 ambos), pero mejor que Francia (2,74), Italia (2,25), Portugal (2,12) y la mayoría de los paises del Este, según Eurostat (2018).

Volviendo a los últimos datos de 2020, la estadística de Trabajo indica que aunque el número de accidentes laborales haya caído drásticamente, un -26,4% (348.862 accidentes totales con baja hasta septiembre, 308.453 en las empresas y 40.409 “in itinere”), hubo 36 muertos más: 543 muertes en total, 456 durante la jornada de trabajo (+62) y 87 muertos en el camino al trabajo (-26 muertos que el año pasado, al haber menos actividad y más teletrabajo). El mayor aumento de accidentes (y muertes) se ha dado entre los hombres (+62 muertes sobre 2019, mientras morían las mismas mujeres), sobre todo entre los 45 y 59 años (más de la mitad de las muertes), en las tareas del campo (de 31 a 75 muertes este año)  y en la industria ( de 63 a 93 muertes), creciendo muy poco los accidentes y muertes en los servicios (+5,5%) y bajando en la construcción (-10,3%), según Trabajo. Y donde más han aumentado las muertes en el trabajo este año ha sido en Castilla la Mancha (+19 muertes sobre 2019), Castilla y León (+17), Asturias (+8), Extremadura (+7), País Vasco y Andalucía (+6 cada una), aunque las regiones con más muertes en el trabajo en 2020 son  Andalucía (75), Cataluña (55), Castilla y León (48), Comunidad Valencia (46), Galicia (45) y Castilla la Mancha (40 muertos hasta septiembre).

Y un dato importante, según, según denuncian los sindicatos: estas estadísticas oficiales no valoran el efecto de la COVID 19 entre los trabajadores sanitarios y socio sanitarios. De hecho, sólo recogen 2.648 accidentes de trabajo en esos dos sectores (los únicos que tienen reconocida esa contingencia profesional), de los que 7 son accidentes graves y 17 son mortales. Esto supone un grave “subregistro” de accidentes y muertes profesionales, porque las propias estadísticas de Sanidad incluyen 88.471 casos de personal sanitario contagiados por la COVID hasta el 3 de diciembre, 63 de ellos fallecidos. Además, las estadísticas de accidentes laborales sólo incluyen los accidentes con baja laboral y cada vez hay más accidentes sin baja, por miedo de los trabajadores a perder su empleo, según denuncian los sindicatos. De hecho, en 2019, hubo más accidentes sin baja (724.321) que con baja (650.602) y lo mismo en años anteriores y en 2020 (378.851 frente a 348.862, hasta septiembre), según las estadísticas de Trabajo.

¿Por qué hay más muertes en el trabajo a pesar de la pandemia? Los expertos creen que se debe a que empresas y trabajadores “han bajado la guardiacon la seguridad laboral, impactados por la COVID-19 y sus consecuencias. Otro factor es que los trabajadores están más preocupados y se cuidan menos, controlan menos su salud, se hacen menos chequeos y no van tanto al médico. Hay un dato que lo apoya: la principal causa de las muertes en el trabajo son los infartos y derrames cerebrales, que han provocado este año 171 muertes (+14%), seguida muy de lejos por atrapamientos (76 muertes), accidentes de tráfico trabajando (63 muertes), caídas (60) y choques (36 muertes), según Trabajo.

Los sindicatos añaden que, con la pandemia, las empresas han desatendido aún más sus inversiones en seguridad, que ya eran bajas y en muchos casos se subcontratan fuera (lo hacen el 88,75% de las pymes, según Asepeyo), en empresas de protección de riesgos laborales “low cost”, baratas y con pocos medios (expertos y sanitarios). Además, resaltan que el 54% de las pymes desconoce cómo funciona la prevención de riesgos, según un estudio del Colegio de Politólogos y Sociólogos. Y para completar el cuadro, 1 de cada 3 autónomos (hay 3 millones) no sabe cómo actuar si sufre un accidente laboral.

El trabajo no sólo provoca accidentes y muertes sino también enfermedades profesionales, que en muchos casos acaban incapacitando o matando al trabajador en unos años (en 2019 murieron 7 trabajadores por enfermedades profesionales notificadas a partir de 2007). En este año 2020, hasta finales de noviembre, las enfermedades profesionales han caído un -32,5% (17.182 expedientes), pero llevan creciendo año tras año desde 2007 (16.791 casos) y en 2019 alcanzaron un récord histórico: 32.589 enfermedades causadas por el trabajo: 27.292 enfermedades profesionales como tales y otras 5.277 patologías no traumáticas causadas o agravadas por el trabajo. Estas enfermedades profesionales afectan más a las mujeres (51,43% del total, aunque trabajan menos) que a los hombres y a los trabajadores mayores (entre 45 y 49 años de media, entre 50 y 54 años en el caso de las mujeres), sobre todo de la industria alimentaria, la construcción y las industrias metálicas y del automóvil, más en Navarra (3,5 veces la media), La Rioja (2,6 veces), Murcia (2,3) y País Vasco (2,2 veces), dándose poco en Ceuta, Andalucía, Madrid y Andalucía.

La mayoría de estas enfermedades profesionales se deben a esfuerzos y malas posturas (el 84,8%), seguidas de lejos por enfermedades de la piel (4,32%), agentes biológicos (3,61%), inhalación de sustancias (3,95%), agentes químicos (2,98%) y agentes cancerígenos (0,34%), una causa que está creciendo mucho: hubo 94 trabajadores con cáncer de origen laboral en 2019 (la mayoría por amianto), frente a 27 en 2018 y 50 en 2017. UGT estima que unas 9.500 muertes por cáncer cada año están relacionadas con enfermedades profesionales. Y  denuncian que tampoco afloran muchas depresiones y enfermedades psíquicas causadas por el estrés laboral. Y también muchas enfermedades profesionales de las mujeres, que quedan fuera de las enfermedades laborales que recoge el real decreto vigente. Al final, los sindicatos se quejan de que un 20% de las enfermedades profesionales reales no se contabilizan como tales, porque no quieren reconocerlas así las empresas o las Mutuas, para ahorrarse dinero al pasar la factura de estas enfermedades (“profesionales”) a la Sanidad pública: el coste extra se estima en 2.000 millones de euros anuales.

Al final, el trabajo ha matado ya este año a 579 trabajadores, en su empresas o yendo y viniendo a trabajar, casi tantos como en accidentes de tráfico (640 muertes). Una “cifra de la vergüenza” para UGT, que ha pedido al Gobierno un Plan de choque contra la siniestralidad laboral, que podría dispararse en 2021 si hay recuperación. Por un lado, pide aumentar las inspecciones de Trabajo (faltan inspectores y medios) y exigir a las empresas que cumplan escrupulosamente la Legislación vigente sobre riesgos laborales, de 1995. Y exigen al Gobierno y a las autonomías que vigilen el cumplimiento de las normas, pidiendo que se creen Delegados de prevención de riesgos laborales en las autonomías y más Juzgados especializados, porque la mayoría de los accidentes graves no acaban en los Juzgados. De hecho, en 2018, sólo se incoaron 152 causas por homicidio en accidente laboral y las sentencias se retrasan muchísimo (6 años y 4 meses de media) y son escasas y a la baja: 495 en 2018, frente a 579 en 2017 y 676 en 2014, según la última Memoria del Poder Judicial.

Los sindicatos y expertos coinciden en que el aumento de los accidentes y muertes en el trabajo tienen mucho que ver con la precariedad laboral y la baja inversión en prevención. De hecho, los trabajadores temporales han tenido el 40% de los accidentes en el trabajo (y el 42% de las muertes), cuando son el 28% de los asalariados. Y los trabajadores con menos de 1 año de antigüedad concentran el 46% de los accidentes (y el 41% de las muertes). Así que a más precariedad y menos formación, más riesgo de accidentes y muertes. Y cuanto menos se invierte en prevención o más se subcontrata con empresas poco especializadas, más riesgo para empresas y trabajadores. Y al final, más coste, no sólo en vidas (el más grave), sino también en horas perdidas y en gastos sanitarios. De hecho, la OIT estima que los accidentes laborales cuestan el 4% del PIB de los paises. En España, según este cálculo, nos costarían 50.000 millones al año. Como para que gastáramos algo en campañas públicas de prevención: se hacen campañas de Tráfico pero no contra los accidentes laborales.

Con todo, la clave es que cada empresa tenga planes de prevención de riesgos laborales y los cumplan, los trabajadores y las empresas. Porque un 31% de los accidentes laborales se producen en trabajos donde no se ha realizado la evaluación de riesgos laborales obligatoria,  según un estudio de UGT. Eso significa que 1 de cada 3 accidentes en los trabajos (no “in itinere”) se podrían evitar si las empresas cumplieran la Ley. Eso significa que, sólo este año, se podrían haber evitado 180 muertes en el trabajo. Y casi 2.000 de las 6.500 muertes por accidentes laborales en la última década. Es como para tomárselo en serio y ponerlo en la lista de prioridades del diálogo social, junto a los ERTES y la reconstrucción. Debe ser un objetivo para todos, empresas, sindicatos y Gobierno. Hay que acabar con esta otra pandemia. Porque no es de recibo que, en pleno siglo XXI, “el trabajo mate”.

lunes, 7 de diciembre de 2020

El dilema de la Navidad: fiestas o vidas


La pandemia mejora en España, con casi la mitad de contagiados que hace un mes y el dato más bajo de Europa, salvo Irlanda. Pero estamos mucho peor que el 22 de junio, cuando se inició la desescalada: tenemos 231 contagios por 100.000 habitantes frente a 8  entonces y 226 muertos diarios frente a 6. Y si a pesar de eso, el descontrol del verano trajo la 2ª ola de la pandemia, las Navidades pueden traer la 3ª ola en enero. Lo ha advertido la comisaria de sanidad europea. Pero ni Sanidad ni las autonomías quieren afrontarlo  y han pactado un Plan “light” para Navidad: reuniones sí, pero no más de 10 (incontrolable) y viajes no, salvo para ver a familia y “allegados” (un coladero). Y nosotros, nos agarraremos a estas “normas” para celebrarlo “a medias”, agravando la pandemia. Todo por no hacer lo que debemos: quedarnos en casa y “cancelar” la Navidad. Salvar 226 vidas diarias (y la economía) vale mucho más.

 La COVID 19 avanza imparable por el mundo: ha empezado diciembre rozando el nuevo récord de 700.000 nuevos contagios diarios (690.389 el jueves 3) , tras superar 10 veces en noviembre el anterior listón de los 600.000 contagios diarios, según los datos de la Universidad Jhons Hopkins. Hoy son ya 67.073.749 contagiados en 191 paises, destacando el alcance de la pandemia en América (28.062.331 contagiados), Europa (19.985.154 contagiados), sudeste de Asia (11.071.129), Oriente Medio (4.288.324), África (1.547.607) y Pacífico (914.744), según la OMS. Por paises, los más afectados hoy son EEUU (14.760.626 contagiados), India (9.677.203), Brasil (6.603.540), Rusia (2.4.39.163), Francia (2.345.648), Italia (1.728.878), Reino Unido (1.727.751)  y España (1.684.647), seguidos de Argentina (1.443.110), Colombia (1.371.103), Alemania (1.194.550), México (1.175.850), Polonia (1.175.850), Irán (1.040.547), Perú (972.688), Ucrania (843.554), Turquía (828.295), Sudáfrica (814.565) y Bélgica (591.756 contagiados), según la Universidad Jhons Hopkins.

También aumentan imparables las muertes por la COVID 19, que ascienden hoy a 1.536.255 fallecidos en todo el mundo, destacando la mortalidad en EEUU (282.312 muertos), Brasil (176.941), India (140.573), México (109.717), Reino Unido (61.342), Italia (60.078), Francia (55.247), Irán (50.310), España (46.252 muertes el viernes 4 de diciembre, según Sanidad: somos el 3º país con más muertes COVID por millón de habitantes, tras Bélgica y Perú), Rusia (42.675), Argentina (39.770), Colombia (37.808), Perú (36.231), Sudáfrica (22.206), Polonia (20.089), Alemania (18.989), Indonesia (17.740) y Bélgica (17.320 muertos), según la estadística de la Universidad Jhons Hopkins.

Con este panorama, la 2ª ola de la pandemia sigue preocupante en Europa, donde continúa el rebrote de nuevos contagios diarios en Italia (+23.225 el viernes, 590 por 100.000 en las últimas dos semanas), en Francia (+12.696 diarios, 255 por 100.000), Reino Unido (+14.879 diarios, 331 por 100.000), Alemania (23.449 diarios, 302/100.000), Portugal (3.772 diarios, 628/100.000), Polonia (14.863 diarios, 610 por 100.000), Bélgica (+2.425 diarios, 271/100.000),  Chequia (+4.621 diarios, 525 por 100.000 habitantes), Holanda (5.603 diarios, 409 por 100.000 habitantes o Suecia (+6.485 contagios diarios, 682 por 100.000. De hecho, ahora, España, con 8.745 nuevos contagios el viernes 4 de diciembre,  es el 2º país de la Unión Europea con menos tasa de contagios recientes (14 días), tras Irlanda (81,7): teníamos 231 contagiados recientes el viernes 4 de diciembre, menos de la mitad que hace sólo un mes (528 contagios recientes el 4 de noviembre).

A pesar de esta mejoría general en España (estamos ya por debajo del “riesgo extremo”: más de 250 contagios últimos 14 días/100.000 habitantes), tenemos una tasa nacional de contagios (231) de “riesgo alto, según los semáforos de Sanidad, al estar en la franja 150/250 contagiados/100.000 habitantes. Y seguíamos, el viernes 4 de diciembre, con 7 regiones en “riesgo extremo: Asturias (344 contagios recientes/100.000 habitantes), Melilla (344), País Vasco (342), La Rioja (341), Aragón (302), Cantabria (302) y Castilla y León (295), según Sanidad. Han mejorado bastante Cataluña (de 720 contagios/100.000 habitantes el 6 de noviembre a 208 el viernes 4 de diciembre), tras un drástico cierre de bares y restaurantes más un cierre perimetral, y Madrid (que ha bajado sus contagios de 369 a 224 en el último mes), quizás debido a que ahora hace muy pocos test PCRs (11.010 diarios) y muchos test de antígenos (16.722 diarios), que detectan menos positivos en enfermos asintomáticos. Y sólo Canarias parece tener controlada” la pandemia, con sólo 86 contagios recientes por 100.000 habitantes, según los datos de Sanidad del viernes.

La cifra de hospitalizados sigue a la baja en el último mes (de 20.209 el 9 de noviembre a 12.552 el viernes 4 de diciembre), aunque es todavía muy alta y ocupa el 10,13% de las camas públicas. A Sanidad le preocupa el riesgo “extremo” en Asturias (22,14% camas ocupadas por COVID) y en Castilla y León (15,42% camas hospitales ocupadas). Los ingresados en UCIs han bajado pero menos (de 2.833 el 6 de noviembre a 2.371 el 4 de diciembre) y ocupan todavía el 24,64% de las camas UCI disponibles, aunque el riesgo es “extremo”, según Sanidad, en La Rioja (46,7% camas UCI ocupadas por enfermos COVID), Aragón (39,9%), Asturias (37,8%), Castilla y León (36,3%), Cataluña (31,5%), Comunidad Valenciana (27,3%), País Vasco (27,5%) y Madrid (26,2%).

Y lo más preocupante es que hay muchas muertes: +1.584 la última semana (viernes 20 al viernes 4 diciembre), lo que da una media de 226 muertes diarias (264 la semana anterior). Y la mortalidad se concentra en Andalucía (205 muertos la última semana), Castilla y León (123), Asturias (118), Comunidad Valenciana (106), Madrid (74) y Aragón (65 muertos la última semana). Y se han producido 14.000 nuevas muertes en los últimos 2 meses, casi un tercio del total (46.252). La mortalidad sigue alta  porque aumenta la edad de los contagiados y vuelve a haber rebrotes en las residencias de ancianos, origen de 27.000 muertes, el 58% del total en esta pandemia. Y algunos expertos advierten que el “pico” de muertes  se dará a finales de diciembre y en enero. Y más si hay 3ª ola.

El riesgo de una 3ª ola es muy alto porque tenemos pendientes las Navidades, que son unas fechas donde se multiplica la movilidad y los contactos interpersonales. Y el problema de partida es que ahora estamos peor de contagios, hospitalizados, UCIs y muertes que el 22 de junio, cuando se inició la desescalada. La comparación es muy elocuente en contagios diarios (de 125 el 22 de junio a 4.372 el viernes), contagios en los últimos 14 días (de 8,3/100.000 a finales de junio a 231 el viernes) hospitalizados en los últimos 7 días (de 150 en junio a 2.756 el viernes), de ingresados en las UCIS la última semana (de 10 el 22 de junio a 210 el viernes) y, sobre todo, en muertes (6 muertos el 22 de junio y 214 este último viernes).

El argumento es sencillo: si la desescalada se inició con esas cifras tan buenas, el 22 de junio, ¿por qué llegó después la 2ª ola? Pues poco a poco, mientras los españoles nos movíamos por todo el país y cogíamos vacaciones. Veamos el salto en los contagios, del que nadie alertó para pararlo en seco con medidas drásticas: los contagios recientes (últimos 14 días) crecieron exponencialmente con la desescalada: de 8,30 el 22 de junio a 30,88 (x3,7) el 22 de julio, 150 (x18) el 21 de agosto, 287 (x34,5) el 22 de septiembre, 361 (x43,5) el 23 de octubre y un máximo de 525 (x63) el 9 de noviembre. Así que ya sabemos lo que pasa cuando bajamos la guardia… Y hoy estamos peor, porque aunque han bajado los contagios a la mitad (231 el viernes 4 de diciembre), todavía tenemos un nivel de contagios que es casi 28 veces el que teníamos al inicio de la desescalada.

Por eso es tan importante plantearse la Navidad con rigor y medidas muy restrictivas: ya sabemos lo que pasa cuando “se abre la mano”. Lo han advertido hasta la saciedad los expertos. Y la propia Comisaria europea de Sanidad, la chipriota Stella Kyriakides, ha alertado de una “superpropagación” de la pandemia por Navidad. Y el Centro Europeo de Prevención de Enfermedades (ECDC) anticipó una 3ª ola  de la pandemia en enero si se relajan las medidas. Y han advertido que las restricciones para frenar el virus “tendrán que durar meses todavía, hasta que una parte considerable de la población esté vacunada”, lo que no será antes de junio o julio.

El riesgo está ahí, como estaba al inicio de la desescalada de junio, y tanto el Gobierno central como los autonómicos parecen dispuestos a repetir los mismos errores que nos llevaron a esta 2ª ola: no frenar la movilidad y no tomar medidas sanitarias efectivas para reforzar la detección temprana, los rastreos, los centros de salud, los hospitales y las UCIs. Y no quieren enfrentarse con medidas duras a unos ciudadanos hartos de verles enfrentados e indecisos y que ya llevan 9 meses de cansadas  restricciones por la pandemia. Así que “se juntan el hambre con las ganas de comer”: unos políticos que no se atreven a tomar medidas duras en Navidad (“olvídense este año de la Navidad y quédense en casa”) y unos ciudadanos hartos, que se cubren con la mascarilla y la distancia para intentar hacer vida casi normal, “a ver si se libran y enferman y mueren otros”.

Y en esta política del avestruz, Sanidad y las autonomías aprobaron el miércoles este Plan para la Navidad, que es toda una “dejación de responsabilidades”, unos por otros. Sanidad “abre la mano” a la petición de algunas autonomías para ampliar las reuniones familiares de 6 a 10 personas y amplia la vuelta a casa hasta la 1,30 de la mañana (en vez de a la 1). Y como no ha podido imponer el cierre perimetral de las comunidades, acepta que los españoles puedan viajar los días más señalados a otras ciudades a ver a sus familiares y “allegados” (un coladero para viajar). Son normas que van a multiplicar la movilidad y los contactos, además de ser muy difíciles de aplicar: ¿quién va a controlar que en una cena de Navidad hay 10 o 12 y si son de cuatro hogares distintos? ¿Cómo se va a impedir que media España viaje a la otra media a reunirse con un familiar o simplemente a viajar y ver a amigos, trasladando el virus de unas autonomías a otras?

Al final, el Gobierno y los políticos autonómicosse lavan la conciencia” dejando la responsabilidad en manos de los ciudadanos. Y de hecho, está ahí: nadie puede imponernos con quien cenamos, aunque sí limitarnos los viajes (Madrid, otra vez Madrid, no quiere cerrar la capital). Pero lo que sí debían decirnos es que la pandemia es preocupante, en España y en Europa, que no se puede bajar la guardia y que debemos “olvidarnos de la Navidad”, quedarnos en casa, ni cenas ni viajes: ya lo celebraremos en 2021. Sólo así tenemos la certeza de que salvaremos vidas (226 diarias) e impediremos que haya 100.000 muertos por COVID en junio. Y sólo así salvaremos también la economía, porque la 2ª ola ya ha provocado una caída del crecimiento este 4º trimestre (según la OCDE) y ha subido el paro y los trabajadores en ERTEs: hay 746.900 afectados, 114.000 más que hace dos meses.

Así que ya lo sabe: no piense en lo que Sanidad o su autonomía “le deja hacer estas Navidades”, piense lo que “debe hacer”. Y si le merece la pena jugarse su salud y la de los demás por salir de compras, ir a bares y restaurantes o viajar a ver a sus padres o hijos. Uno sólo no es el problema, pero millones de españoles moviéndose estos días suponen multiplicar el riesgo de contagios, hospitalizaciones y muertes. Seguro. Ya nos pasó este verano. Y aunque ahora tengamos más cuidado, también estamos peor que en junio. Así que o nos quedamos en casa, saliendo lo menos posible, como si no fuera Navidad, o lo podemos pagar después, en más enfermos y muertes. Y entonces, si llega la 3ª ola, sabemos que en pocas semanas se multiplica la pandemia. Y pararla obligará, entonces sí, a un cierre total, como en marzo. A eso nos arriesgamos, con 226 muertos más cada día que pasa, que serán muchos más en enero si no queremos “autoconfinarnos” ahora. Piénselo.