jueves, 12 de diciembre de 2019

España invierte poco


Hablar de inversión suena a “rollo”, incita a no seguir leyendo. Pero es uno de los tres factores claves, junto a la formación de los trabajadores  y la tecnología, que hacen que un país avance y cree riqueza y empleo. A más inversión, más desarrollo y más nivel de vida. El problema es que España, un país que atraía inversiones propias y extranjeras al ladrillo, ha visto caer la inversión con la crisis y no recuperarse: ahora es un 25% menor que en 2007. Y la mayor caída se ha dado en la inversión pública (por los recortes), que está a niveles de hace 50 años. Urge reanimar la inversión pública en infraestructuras y servicios, para que “tire” de la inversión privada. Y asegurar financiación a las empresas, sobre todo a las pymes, para que inviertan y se modernicen. Porque sólo invirtiendo más, en equipos, tecnología y digitalización, España será un país más productivo. Y creará más empleo y riqueza. Como ven, nos jugamos mucho con la inversión. Lean.

enrique ortega

España ha sido un paraíso” para la inversión nacional y extranjera, sobre todo en el ladrillo y las infraestructuras. El despegue se inició a partir de 1986, con la entrada de España en Europa, y se aceleró a principios de este siglo, con el “boom” inmobiliario: la inversión se duplicó entre 2000 (172.590 millones) y 2007 (327.418 millones, el máximo histórico), según el INE. Pero con la crisis, la inversión se desplomó, sobre todo porque la mayoría se financiaba con créditos y los bancos “cortaron el grifo”: año a año se invirtió menos hasta el mínimo en 2013, el peor año de la crisis, con 175.660 millones de inversión. Después, con la recuperación, la inversión ha mejorado, pero sigue por debajo que antes de la crisis: 2018 cerró con 244.949 millones, un 25,18% menos que en 2007. 


Y además, la inversión ha perdido peso como motor del crecimiento español: si en 2007 aportaba el 30,44% del PIB, en 2013 cayó su peso al 17,21% y en 2018 sólo aporta el 20,37% del PIB (el resto es el consumo, que aporta el 76,91% del PIB,  y el sector exterior, que resta un 7,35% al crecimiento porque importamos más que exportamos), según los datos de Estadística (INE). Así que la inversión nos ayuda ahora un 10% menos a crecer.


La caída de la inversión en España ha sido mayor que en Europa, según los datos de Eurostat: si en España el peso de la inversión (aportación al PIB) ha caído un -10,07% entre 2007 y 2018, en Europa cayó entre un -3,3% (UE-28) y un 2,8% (zona euro), mientras apenas caía en Alemania (-0,1% sobre el PIB), Francia (-1,1%) y Reino Unido (-1,4%), aunque cayó más en Italia (-4,1%). A pesar de esta mayor bajada con la crisis, el peso de la inversión en España ronda el que tiene en Europa (20,6% en la UE-28 y 20,8% en la zona euro) y Alemania (20%), aunque está lejos de los paises ricos del norte, que tienen mucha más inversión (comparativamente al PIB) que España: 31,8% Irlanda, 24,9% Suecia, 22,2% Finlandia, 23,4% Bélgica, 23,1% Austria y 22% Francia. Y a la cola de la inversión, claro, los paises más pobres, Grecia (11,7% de inversión sobre el PIB) y Portugal (16,2%).


La inversión ha caído más en España por dos razones. Una, el excesivo endeudamiento de las empresas (y del sector público), que les obligaba en 2007 a destinar un 72,2% de sus beneficios a pagar la deuda, dificultándoles invertir  (hoy lo tienen más fácil, porque, tras devolver muchos préstamos, sólo destinan a pagar deudas el 33,2% de sus beneficios),según un estudio de la Fundación BBVA e Ivie. Y la otra, por la mayor caída del crédito en España a partir de 2007, tras una mayor crisis bancaria: en 2011, un 25% de las empresas españolas tenían problemas para financiarse e invertir. De hecho, la caída de la inversión ha sido mucho mayor entre las empresas españolas con restricciones de crédito, según ese estudio.


Con todo, la mayor caída de la inversión en España se ha dado en la inversión pública, que se ha desplomado a partir de 2009, por los recortes: si en 2009 (con el tirón inversor del Plan E de Zapatero, inútil para frenar la crisis), la inversión pública supuso un 5,1% del PIB (55.100 millones invertidos), cayó al 3,7% en 2011 (25.900 millones) y siguió bajando hasta otro mínimo del 1,9% del PIB en 2016 (23.000 millones de inversión pública), el mismo 1,9% que supondrá la inversión pública este año 2019 (26.300 millones). Eso significa que el Estado invierte hoy 30.000 millones menos al año que en 2009 y que el peso de la inversión pública en la economía (1,9% del PIB) ha caído a niveles de hace 50 años, según el Banco de España. Y otra vez más, la inversión pública tiene en España menos peso que en Europa, donde representa el 3% del PIB (un tercio más) y en paises como Suecia el 4,6%, según Eurostat


Esto es el resultado de los recortes hechos por ZP y sobre todo por Rajoy para bajar el déficit público. De hecho, la inversión pública ha sido “la gran sacrificada con el ajuste”: si la inversión supone el 10% del gasto público, los recortes que ha sufrido suponen el 60% de todos los recortes hechos, según estima el Banco de España. Así que el ajuste se ha traducido  en  menores inversiones en investigación, en obras públicas, en carreteras y autovías, en infraestructuras hidráulicas (sequías e inundaciones) y de transporte (corredor ferroviario del Mediterráneo o trenes a Extremadura), en tecnología sanitaria y nuevos hospitales, en colegios e institutos (barracones), en viviendas públicas… Recortes que han reducido drásticamente la inversión pública y la privada, de las empresas que dependen de ella.


Al final, tenemos menos inversión que antes de la crisis y menos que Europa, sobre todo por el desplome de la inversión pública. Lo positivo es que, tras la crisis, la inversión es ahora “más sana, más “productiva”, porque se dirige más a la compra de tecnología, maquinaria y transporte que al ladrillo, según un reciente estudio de la Fundación BBVA e Ivie. Antes, a principios del siglo, dos tercios de la inversión se dirigía a la construcción y al sector inmobiliario (más especulativos y menos “productivos”) y ahora, en 2018, sólo suponen el 50% de toda la inversión, mientras ha subido hasta el otro 50% la inversión en maquinaria, bienes de equipo, transporte, tecnologías de la información (TIC) y “activos inmateriales” (software y tecnología). Con todo, todavía necesitamos invertir más en estos “activos inmateriales”, que sólo suponen el 15% de la inversión total, muy lejos de los paises competitivos.


El problema ahora es que la inversión española se dirige a sectores más productivos pero donde la inversión es “menos duradera que en el ladrillo. Son activos que se deterioran antes, que hay que reponer antes por exigencias de la competitividad. Y como consecuencia de este cambio, la inversión acumulada (el “stock” de capital) está más envejecido que antes. Y eso obliga a invertir más, para renovar equipos y maquinaria. Y si no se hace, “se frena el progreso técnico, al no incorporar equipos más innovadores”, lo que reduce la productividad, según refleja el estudio de la Fundación BBVA e Ivie.


Al final, el mayor problema de España no es tanto que nos falte capital (aunque se invierta menos ahora) como que nos falta conseguir una mayor productividad de ese capital. Porque aunque se ha mejorado, al invertir ahora más en máquinas que en inmuebles, todavía tenemos inversiones con baja productividad, menor que las de los paises punteros de Europa. Además, con grandes diferencias regionales: el capital privado se ha invertido con más rentabilidad en el País Vasco, Madrid, Cataluña y Navarra (por eso son los territorios más ricos) y con menos eficacia en Castilla y León y Castilla la Mancha, según el estudio de BBVA e Ivie. Por eso, el reto no es sólo invertir más, sino invertir en activos (maquinaria, equipos de transporte, tecnología, software) que sean más productivos. Se habla mucho de mejorar la productividad del trabajo, pero muy poco de mejorar la productividad del capital.


Y además, resulta clave para consolidar el crecimiento invertir más en toda España, no sólo “donde siempre”, porque la inversión está muy concentrada: el 60% de la inversión total se concentra en 4 autonomías (Cataluña, Madrid, Andalucía y Comunidad Valenciana), ahora igual que antes de la crisis, lo que ha mantenido “las 2 Españas”, según el informe de la Fundación BBVA e Ivie. Sólo destacan pequeños cambios, como que Madrid ha ganado peso como destino de la inversión (el 17% del total) y lo ha perdido Cataluña y el País Vasco, mientras atraen ahora más inversiones Castilla la Mancha, Murcia y Baleares y menos Castilla y León, Asturias, Extremadura y la Comunidad Valenciana.


Ahora, uno de los grandes retos de España es aumentar la inversión y su eficacia, su “productividad”, claves para competir mejor, crecer más y crear más empleo. Para ello, sería clave un Pacto de Estado en materia de infraestructuras, para recuperar la inversión pública, como ha pedido la patronal de infraestructuras Seopan. Y eso, porque si el Estado invierte “tira” de la inversión de las empresas que hacen las obras, tiene un efecto multiplicador sobre la inversión privada. La propuesta de Seopan es que España invierta 100.000 millones en la próxima década (10.000 al año, con inversión mixta, pública y privada) en 814 proyectos de infraestructuras prioritarios, relacionados con el transporte, las obras hidráulicas, el medio ambiente, el agua, los residuos, la logística, el acceso a las ciudades y la movilidad. Además, urgen inversiones públicas en centros de salud y tecnología sanitaria, colegios e institutos y vivienda pública para alquiler y venta (se hicieron 5.191 VPO en 2018, frente a más de 100.000 anuales entre 1957 y 1989). Y por supuesto, más inversiones públicas en tecnología, innovación y digitalización de la economía.


En paralelo, hay que fomentar la inversión privada productiva, facilitando el acceso de las empresas a la financiación (privada y pública, a través del ICO). Muchas empresas, sobre todo las grandes, no invierten suficiente porque destinan una parte creciente de beneficios a dividendos, “recompra” de acciones propias y compras de empresas, pero otras, las pequeñas y medianas, necesitan disponer de crédito barato para invertir más. Y el problema es que el 74,9% de las empresas que tienen “inversión negativa” (la inversión no cubre ni las amortizaciones necesarias) tienen problemas para financiarse, según otro estudio de la Fundación BBVA e Ivie. Y esa dificultad para financiarse (y para invertir) es mayor en las “microempresas” (menos de 9 trabajadores): la mitad tienen problemas para financiarse, un 17,9% tienen el grifo cerrado y otro 31,9% tienen restricciones, según el estudio.


Así que el futuro Gobierno debería conseguir que fluya más el crédito  para nuevas inversiones (sobre todo a las pymes) y recaudar más ingresos para aumentar la inversión pública en tantas cosas que hacen falta, lo que “tiraría” de la inversión privada. Y todo ello, buscando invertir con eficacia, para mejorar la productividad de la economía y de las empresas, no en obras megalómanas ni en nuevas “burbujas”. Es la hora de la inversión, para apuntalar los cimientos de una recuperación en entredicho, el crecimiento y el empleo. No vale con crecer a costa del consumo, como hacemos. Lo duradero sería gastar menos, ahorrar algo más como país y dedicarlo a mejorar la inversión. Apostar por el futuro.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Cumbre del Clima: urgen más recortes emisiones


Este viernes 13 se clausura en Madrid la Cumbre del Clima, que intenta comprometer al mundo  a un mayor recorte de las emisiones de gases contaminantes que el de la Cumbre de París (2015). Pero será muy difícil, porque China, USA, India, Rusia y Brasil (53,5% emisiones totales) no están por la labor, mientras Europa promete emisiones cero en 2050. Lo grave, según los científicos, es que si los recortes no empiezan en 2020 y reducen un 50% de emisiones para 2030 y todas en 2050, el deterioro del clima será irreversible, con graves efectos sobre los mares, los ecosistemas, la salud y la economía del mundo. Urge imponer  más impuestos a los que emitan CO2, subir impuestos carburantes, promover energías alternativas, cambiar el modo de producir y consumir. En España, alcanzar un Pacto verde de todos los partidos, con medidas y dinero. Pero, sobre todo, tenemos que cambiar nuestro modo de vida: menos coche, menos carne, menos consumismo. No hay Planeta B.

enrique ortega

Hace ya 40 años, en 1979, científicos de 40 países se reunían en la 1ª Conferencia Mundial del Clima (en Ginebra) y alertaban de las “tendencias alarmantes” sobre el Cambio Climático y la necesidad de actuar. Hoy, en la Cumbre de Madrid (COP25), tras decenas de reuniones, el mundo emite el doble de gases de efecto invernadero: 37,1 millones de toneladas equivalentes de CO2, frente a 19,59 millones en 1979. Y emitiendo más cada año, hemos llegado a una concentración histórica de CO2, un 20% mayor que en 1979: 407,8 partes por millón en 2018, según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), una concentración que no se daba en la Tierra desde hace 3 millones de años (se sabe por las burbujas de gas atrapadas en el hielo ártico), cuando la temperatura era 3ºC mayor y el mar estaba 15 metros más arriba. Y el 2 de diciembre, al inaugurarse la Cumbre de Madrid, la concentración de CO2 en la atmósfera ya había subido a 410,90, según se ve en esta web diariamente.


Y estas emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) son “culpa” del hombre: en  2011, los científicos Mark Huber y Reto Knutti, de la Escuela Politécnica de Zúrich, ya estimaron que “al menos tres cuartas partes del cambio climático en los últimos 60 años se debe a la actividad humana”. La mayor emisión es de CO2 (81% del total), que emiten sobre todo los transportes, las industrias, la generación de electricidad y los hogares, seguida del metano CH4 (11% de los GEI), emitido en sus dos terceras partes por la agricultura y ganadería, el óxido nitroso N2O (5% emisiones, desprendido por el transporte y la agricultura) y los hidrofluocarburos y partículas (2% GEI), emitidos por el aire acondicionado, los aerosoles y vehículos (PM10). Estos gases hacen como de “paraguas atmosférico” y provocan el calentamiento de la Tierra: la temperatura ya ha subido +1,1 ºC desde 1850 hasta hoy.


Este aumento de la temperatura de la Tierra se ha agravado en la última década, de un “calor excepcional”, según el último informe de la OMM presentado en la Cumbre de Madrid: las temperaturas del periodo 2010-2019 son las más altas registradas en la historia y 2019 será el segundo o tercer año más cálido desde 1850. Las consecuencias son evidentes. Primera, una subida del nivel del mar por el deshielo de los polos. El riesgo es que, a partir de 2050, se inunden cada año zonas costeras de Asia, América, Africa y Europa (Doñana, delta del Ebro, la Manga y municipios de Cádiz y Huelva), donde viven 300 millones de personas. Y se teme que, si no se toman medidas, el nivel del mar pueda subir 1 metro y más para 2100. Además, el aumento de la temperatura calienta el agua del mar y la concentración de CO2 lo acidifica, dos factores que deterioran los ecosistemas marinos (fitoplancton, corales, algas) y reducen la pesca, provocando su desplazamiento hacia el norte.


El segundo efecto del Cambio Climático, según el último informe de la OMM, es el aumento de los fenómenos meteorológicos extremos: olas de calor (en Europa en junio y julio de 2019, con 46º en Francia y 42,6º en Alemania), graves inundaciones (centro EEUU, norte de Canadá y Rusia, sureste de Asia y sur de Europa y Levante español en 2019), aumento de huracanes, tormentas tropicales y ciclones, mega incendios (California y Europa), y sequías (Africa, sudeste asiático y suroeste del Pacífico en 2019) que han provocado hambre en muchas zonas de Africa y Asia. Desastres meteorológicos que, según los científicos, serán cada vez más frecuentes y más graves. Y que provocarán “migraciones climáticas”: 140 millones de personas pueden verse obligadas a migrar en 2050, según el Banco Mundial.


El tercer efecto del Cambio Climático es la pérdida de vida en la Tierra: 1 millón de especies (animales, insectos y plantas), de los 8 millones que existen, están en peligro de extinción y podrían desaparecer en las próximas décadas si no se toman medidas para frenar la drástica pérdida de biodiversidad, según un informe publicado en mayo por la Plataforma intergubernamental sobre la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos (IPBES), organismo impulsado por la ONU. El estudio, elaborado durante 3 años por 145 expertos de 50 paises, revela que están amenazadas más del 40% de las especies anfibias, casi un tercio de los arrecifes de coral, un tercio de los mamíferos marinos y un 10% de los insectos, que son claves para la polinización, de la que depende gran parte de nuestra agricultura. Y además, están amenazadas más de 1.000 especies de mamíferos domesticados. Estamos en puertas de “la 6ª gran extinción” de especies en la historia del Planeta.


Por si fuera poco, el Cambio Climático ya afecta seriamente a nuestra salud: la polución atmosférica y las emisiones causan ahora 7 millones de muertes “prematuras” (evitables) en el mundo (400.000 de ellas en Europa y 10.000 en España), según la Organización Mundial de la Salud (OMS), que advierte que el Cambio Climático no sólo provoca enfermedades respiratorias (cáncer de pulmón, asma, neumonía), sino que la contaminación pasa a la sangre y provoca también enfermedades cardiovasculares, infartos e ictus. Y el Cambio Climático, además de destruir la vida y el Planeta, va a destruir la economía, porque provoca pérdidas crecientes. Y si se sigue emitiendo como hasta ahora, el crecimiento del mundo (PIB) caerá entre un 15 y un 25% para 2100, según un estudio publicado en Nature.


A pesar de este apocalipsis en el horizonte, la mayoría de los paises siguen emitiendo más gases contaminantes: +1,7% en 2018 y +1,4% en 2017, tras tres años estables (de 2014 a 2016), según la Agencia Internacional de la Energía. Y los expertos creen que las emisiones volverán a subir un +0,6% este año 2019. Mientras, los paises esperan a 2020 para confirmar las reducciones de gases prometidas por 195 paises en la Cumbre de París (2015). Pero los científicos alertan que “el Cambio Climático va más rápido de lo esperado y que hay que hacer más ajustes de los previstos, porque si no, la temperatura de la Tierra subirá 3,2ºC a finales de siglo y las consecuencias serán catastróficas. Así que la consigna de esta Cumbre de Madrid es “más ambición”: hay que hacer recortes más drásticos (multiplicar por 5 los recortes previstos en 2015) y empezar a hacerlos ya, en 2020.


La propuesta de la ONU al mundo, reiterada en Madrid, es que los paises recorten un 50% sus emisiones entre 2020 y 2030 (sobre las de 1.990) y que tengan cero emisiones netas para 2050 (sólo se emiten los gases que se absorban). Es un reto tremendo, pero los científicos aseguran que es la única vía para que la temperatura no suba más de 1,5ºC (sobre la del periodo preindustrial) para 2100 (ya ha subido 1,1º). Y para lograrlo, la ONU propone una auténtica “reconversión energética: eliminar las ayudas al petróleo y el carbón (302.000 millones de euros vía subsidios en 76 paises, según la OCDE), no construir ninguna central de carbón a partir de 2020, fomentar las energías limpias y ayudar a los paises pobres y en desarrollo a reestructurar su esquema energético (con un Fondo del Clima de 100.000 millones de dólares). Además proponen poner un impuesto a los emisores de CO2, subir los impuestos a los carburantes y promover bonos e inversiones “verdes”.


Los paises que emiten más gases contaminantes no han aceptado el reto de la ONU, en particular China (26,8% emisiones), EEUU (13,1%), India (7%), Rusia (4,6%) o Brasil (2% emisiones), que no se plantean aumentar los recortes previstos en París o que incluso no tienen planes de rebaja de emisiones (EEUU, Rusia o Brasil). Frente a ellos, la Unión Europea lidera la lucha contra el Cambio Climático, tras ser el primer continente en declarar la “emergencia climática”, el pasado 28 de noviembre, en el Parlamento Europeo. La nueva Comisión Europea ya se ha comprometido a reducir sus emisiones un 50% para 2030 y alcanzar cero emisiones en 2050, como pide la ONU, aunque hay tres paises “discordantes” (Polonia, Hungría y República Checa) y no hay todavía un acuerdo unánime.


Además, la nueva Comisión Europea se ha comprometido a aprobar en marzo de 2020 una Ley Climática europea (“European Green Deal”) para conseguir estos drásticos recortes de emisiones, movilizando 1 billón de euros de inversiones (públicas y privadas) en la próxima década. Empezarán creando un Fondo de 35.000 millones para financiar el cierre de las minas y centrales de carbón en Europa para 2030 (que suprimirá 160.000 empleos) y se contemplan 70 medidas, como la subida del impuesto al CO2 (hoy se pagan 25 euros por Tm y podría duplicarse y triplicarse), incluyendo en este mercado (donde hay 11.000 industrias europeas que pagan por el CO2 que emiten) a las compañías aéreas, con lo que subirían los billetes de avión. Además, reforzarán las ayudas a los coches y camiones eléctricos y destinarán el Banco Europeo de Inversiones (BEI) a financiar la “reconversión verde”. Y ya hay 100 académicos y 60 asociaciones que han pedido al Banco Central Europeo (BCE) que no compre activos (bonos y deuda) de empresas europeas que contaminen.


Está muy bien que Europa lidere esta lucha más decidida contra el Cambio Climático, pero será poco efectiva mientras no se sumen China (gran consumidor de energías fósiles y a la vez líder en energías renovables y coches eléctricos) y EEUU (dependerá de que Trump pierda las elecciones en noviembre 2020, aunque hay Estados, empresas e instituciones que ya están tomando medidas: “Estamos dentro”, ha dicho la demócrata Nancy Pelosi en Madrid). Pero hace falta que en el G-20, en la Organización Mundial del Comercio (OMC) o en la OCDE se aprueben medidas que afecten a todos los paises, como la creación de un mercado mundial de CO2 (donde los paises e industrias que emiten más paguen y los que emiten menos cobren), junto a un posible arancel o impuesto a las importaciones de paises que no reduzcan emisiones (medida propuesta por Macron). Y sobre todo, que las grandes empresas vean la ventaja (económica y de imagen) de reducir emisiones, como ya han hecho Volkswagen o Repsol, que prometen cero emisiones para 2050


En España, lo urgente es que el próximo Gobierno (si lo hay: tampoco es fácil) promueva un gran Pacto verde, con todos los partidos, empresas y entidades, para reducir las emisiones de gases contaminantes: en 2018 eran un 15,4% superiores a las de 1990, con lo que habría que reducirlas un 65,4% para 2030, un objetivo casi imposible. El punto de partida puede ser el Plan Nacional integrado de Energía y Clima 2021-2030 (PNIEC), enviado en febrero a Bruselas por el Gobierno Sánchez, aunque ahora tendría que ser más ambicioso, dado que en ese Plan se contempla reducir las emisiones un 21% para 2030 (sobre las de 1990). El Plan contempla el cierre de las minas y centrales de carbón para 2030, que el 100% de la electricidad sea renovable en 2040 (hoy es el 35,75%, según REE), aumentar los vehículos eléctricos y reducir el consumo de petróleo, carbón y gas en la industria y los hogares, así como reducir las emisiones en la agricultura y la ganadería.


Para saber cómo reducir las emisiones de gases contaminantes, hay que saber quién contamina. En 2018, según las estadísticas oficiales, el transporte fue “el primer culpable”, al emitir el 27% de los GEI en España. Le siguieron la industria (19% emisiones), la generación de electricidad (17%), la agricultura y ganadería (12%) y los usos residenciales (9% los  hogares, comercios e instituciones), junto a la gestión de residuos (4,1%), la maquinaria agrícola, forestal y pesquera (4%), las refinerías (3,5%), los gases fluorados de refrigeración y aire acondicionado (1,8%). Así que nos la jugamos en reducir emisiones en el transporte (carretera y aviación), la industria, la electricidad y el campo.


Es evidente que para que la industria, las eléctricas o los coches consuman menos combustibles fósiles y contaminen menos habrá que penalizar las emisiones subiendo impuestos. Por eso, resulta clave subir el coste del CO2 emitido (hoy 25 euros/TM), tanto a las cementeras, empresas de aluminio o centrales eléctricas. Y en paralelo, penalizar el gasóleo y la gasolina, subiéndoles impuestos para que se consuman menos carburantes y los conductores se pasen a los coches eléctricos (con más ayudas y “enchufes”). Hoy, los impuestos que paga el gasóleo (58,97 céntimos por litro) y la gasolina (69,81 céntimos/litro) son distintos y más bajos que en Europa (73,30 céntimos paga de impuestos el gasóleo y 86,73 céntimos la gasolina). Con estos ingresos por “impuestos verdes” se podrían pagar parte de las ayudas e inversiones que hacen falta para la “reconversión verde”. Pero además, harán falta enormes inversiones públicas (algunas vendrán de la UE) y privadas, así como financiación de la banca para proyectos verdes (hoy casi inexistente).


En total, el Gobierno Sánchez estima que hará falta invertir 235.000 millones de euros en la reconversión verde entre 2021 y 2030, un 20% con fondos públicos y el 80% restante privados. Eso va a suponer, además, cierres y despidos (minería, centrales, empresas obsoletas), pero se abren también oportunidades para “nuevas empresas verdes (donde España tiene multinacionales muy competitivas) y nuevos empleos: se podrían crear entre 250.000 y 364.000 en la próxima década, según el Plan del Clima. Y además, esta costosa reconversión verde, sería un “empujón” para el crecimiento: un 1,8% más de PIB para 2030.


Tener una energía más limpia supondrá al principio pagarla más cara, desde el gasoil a la luz, aunque a medio plazo bajarán los costes, porque las energías alternativas acabarán siendo  más eficaces y más baratas. Pero, sobre todo, la reconversión verde obliga a un cambio drástico en el sistema económico y en nuestro modo de vida. No vale con que reciclemos un poco o no usemos bolsas de plástico. Tenemos que modificar nuestras costumbres: no vale apoyar la lucha contra el Cambio Climático y usar el coche hasta para comprar el pan, consumir a destajo (en el Black Friday o Navidad), tener la calefacción o el aire a tope y todo encendido, coger el avión lo más posible o comer alimentos importados y carne casi todos los días (producir un filete de 200 gramos emite tanto como viajar en coche 100 km). Hay que vivir de otra manera y eso cuesta. Pero no tenemos otro camino: no hay un Planeta B.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Seguimos sin aprobar inglés


Los españoles seguimos suspendiendo en idiomas: el 45,8% no conocen otra lengua, casi los mismos que hace 10 años. Y hablando inglés, estamos a la cola de Europa: ocupamos el puesto 25 entre los 33 paises del continente, según un ranking de noviembre. Lo chocante es que hablamos inglés poco y mal, a pesar de que el 100% de los niños y jóvenes españoles lo estudian al menos 12 años (de primaria a Bachillerato y FP). Eso indica que España falla en la enseñanza del inglés, como aseguran muchos expertos: demasiada gramática y vocabulario y poca conversación. Una “educación bilingüe” que no lo es y muchos profesores poco formados. Urge un Plan estatal para mejorar la enseñanza del inglés y otras lenguas, que son claves para afrontar el trabajo y el futuro en un mundo muy interconectado. Hacen falta objetivos concretos a 20 años vista, profesores y medios, en colaboración con Europa. Tenemos que aprobar de una vez esta asignatura pendiente. Let´s go.

enrique ortega

Hablar bien otra lengua es una asignatura pendiente de los españoles desde siempre: la hablan pocos y mal. En concreto, un 45,8% de los españoles adultos (25-64 años) no conocía ninguna lengua extranjera, frente al 35,4% de los europeos, según la última estadística de Eurostat (2016). Es casi el mismo porcentaje que hace 10 años (46% en 2007). Un 34,8% de españoles indican que conocen una lengua (35,2% en Europa) y sólo un 14,3% reconoce hablar dos lenguas, frente al 21% de los europeos, el 26,6% de los alemanes y el 41,2% de los daneses. Y al preguntarles a los españoles qué tal hablan otra lengua, sólo el 29,8% contesta que “muy bien”, según la estadística de Eurostat.


La lengua que más hablan los españoles, como el resto de europeos, es el inglés. Y  el último estudio mundial (2019), realizado por la multinacional sueca Education First (EF) entre 2.300.000 hablantes no nativos de 100 paises, revela que estamos a la cola de Europa en hablar inglés: España ocupa el lugar 35 en el ranking mundial y el puesto 25 entre los 33 paises europeos analizados, con una nota de 55,46 puntos sobre 100, muy alejada de los líderes de cada continente (70,27 puntos Holanda, 66,82 puntos Singapur, 65,38 puntos Sudáfrica y 58,36 puntos Argentina). Y lo peor es que hemos empeorado: en el ranking anterior (2018) teníamos 55,86 puntos y ocupábamos el puesto 32. 


De hecho, España subió de nivel de inglés en este ranking EF EPI (English Profidency Index) en 2012 (de nivel “bajo” en 2011 a “medio”) y ahí seguimos desde entonces, en ese nivel “medio”, por debajo de 12 países europeos que tienen un nivel de inglés “muy alto”, por este orden en el ranking: Holanda (país líder mundial en hablar inglés, con 70,27 puntos), Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia, Austria, Luxemburgo, Alemania (63,77 puntos), Polonia, Portugal(63,14 puntos), Bélgica, Grecia y Croacia. Y les siguen, con un nivel “alto(superior al de España), Hungría, Rumanía, Serbia, Suiza, Grecia (59,87 puntos), República Checa, Bulgaria, Eslovaquia y Estonia.  Sólo Francia (57,25 puntos) e Italia (55,31), entre los grandes, acompañan a España (55,46 puntos) en tener nivel “medio” de inglés. Además, España empeora su nota y su puesto, mientras otros, como Portugal, lo mejoran.


El estudio revela que, en inglés, los hombres españoles sacan algo mejor nota (56,32 puntos) que las mujeres (54,83 puntos) y que la mejor nota la sacan los jóvenes entre 26 y 30 años (54,36 puntos), por delante de los más jóvenes (53,08 puntos los que tienen entre 21 y 25 años) y los más mayores (50,79 puntos los mayores de 40 años). Por autonomías, sólo el País Vasco alcanza un nivel “alto” de inglés (58,06 puntos) y hay otras 8 autonomías que están por encima de la media española, todas en la mitad norte de España (Madrid, Navarra, Galicia, Cantabria, Asturias, la Rioja, Aragón y Cataluña), mientras las regiones del sur están por debajo y a la cola en hablar inglés Extremadura (52,59 puntos), Baleares (52,90), Murcia (53,61) y Canarias(53,92), las dos islas quizás porque estudian más alemán por su turismo. Y en cuanto a ciudades, Barcelona es la única con un nivel de inglés “alto” (57,97 puntos) y Madrid lo tiene “medio” (57,35), muy lejos de la ciudad europea  líder en hablar inglés, que es Ámsterdam (71,35 puntos), según este estudio EF EPI 2019.


Una vez visto donde estamos, el estudio se pregunta por qué España está a la cola en Europa en el conocimiento del inglés. Y señala varios factores. Por un lado, porque tenemos un idioma muy poderoso, el tercero más hablado del mundo (580 millones de personas), lo que nos alienta menos a estudiarlo que paises con lenguas poco utilizadas. Por otro lado, hay muchos trabajos que no piden saber bien inglés (en concreto, 2 de cada tres ofertas de empleo, según el último estudio de Infoempleo y Adecco), sobre todo los más precarios. Luego hay una tradición de ver películas y series en televisión dobladas, lo que es un hándicap frente a paises (como Portugal o los nórdicos) donde toda la población “acostumbra el oído” al inglés desde pequeño viendo películas en TV. Pero sobre todo, hay un factor decisivo: el inglés que estudiamos está volcado a la gramática y al vocabulario, es demasiado “memorístico” y se practica poco la conversación, algo difícil en clases con 25 a 30 alumnos. “El inglés se enseña como una lengua muerta”, resume gráficamente el fundador del método Vaughan. Y por último, los jóvenes tienen pocas facilidades para estudiar en el extranjero.


Realmente, lo que más choca es que España tenga un nivel “medio” de inglés y de los más bajos de Europa cuando nuestros niños y jóvenes estudian 12 años de inglés o más (desde primaria a Bachillerato o FP e incluso algunos en infantil). Eso significa que la enseñanza del inglés se hace mal, no es eficaz. Actualmente, los españoles estudian inglés de forma “reglada” por 3 caminos, además de las múltiples academias de inglés privadas: las Escuelas oficiales de idiomas, el inglés que se estudia en escuelas e institutos y la “enseñanza bilingüe”, los escolares que estudian Ciencias o Geografía e Historia en inglés.


Los estudios de lenguas en las Escuelas oficiales de idiomas han “pinchado” en los últimos años: si en el curso 2011-2012 estudiaban idiomas en estas escuelas 457.737 alumnos, la cifra subió a 516.413 en el curso 2013-2014 (había más parados y muchos buscaban así un trabajo), el máximo de matriculados, para luego caer un 23,20% hasta el curso 2017-2018, en el que estudiaron idiomas sólo 396.604 estudiantes, el 67% inglés (otro 13,5% francés, 8,7% alemán y el o,6% chino). O sea, que las Escuelas de idiomas han perdido 1 de cada 4 alumnos en los últimos 5 años, por culpa de haberse disparado el coste de las matrículas (el “tasazo”) y por haberse reducido las clases de niveles avanzados (muchos alumnos buscan el nivel C1 y C2 para ser profesores de inglés).


El estudio de inglés en colegios e institutos se ha generalizado: en el curso 2017-2018, estudiaban inglés como asignatura obligatoria el 100% de los alumnos de Primaria (frente a sólo el 57,8% en el curso 2007-2008), el 100% de los alumnos de la ESO (frente al 74,8% diez años antes) y el 96,6% de los alumnos de Bachillerato (88,2% en el curso 2007-2008), según las últimas estadísticas de Educación. Y además, ya hay un 84,1% de niños que estudian inglés en el 2º ciclo de educación infantil (3-6 años), uno de los porcentajes más altos de Europa, cuando hace diez años sólo lo estudiaban a esas edades el 57,8%. Y además, hay un alto porcentaje de alumnos que estudian una segunda lengua (generalmente francés): el 20,1% de los que estudian Primaria (en Andalucía, el 67%, en Canarias, el 36,3% y en Cantabria, el 32,5%), el 42,8% de los que estudian la ESO (un 78,9% en Canarias, un 69,9% en Andalucía y un 59,3% en Andalucía) y un 25,1% de los alumnos de Bachillerato (y el 67,1 de los bachilleres andaluces), según las estadísticas oficiales.


Además de estudiar obligatoriamente inglés entre los 6 y los 18 años, muchos alumnos de colegios e institutos tienen “educación bilingüe”: les enseñan una o varias asignaturas (Ciencias y Humanidades) en inglés. La última estadística del Ministerio de Educación, referida al curso 2017-18, cifra en 1.227.276 alumnos los que reciben en España “educación bilingüe”, 6 veces los que la recibían en 2009-2010 (263.431). Eso supone casi un 20% de todos los alumnos de Primaria, ESO, Bachillerato y FP. El mayor porcentaje de “educación bilingüe” se imparte en Primaria (la reciben el 33,2% de alumnos), algo menos en la ESO (23,8%) y menos en Bachillerato (la reciben el 6,9% de alumnos). Esta enseñanza bilingüe se imparte básicamente en inglés (96%).


La “enseñanza bilingüe” se imparte en España en 6.345 Centros de enseñanza, mayoritariamente en centros públicos (67,5%  del total en Primaria, 79,2% en ESO y 92,8% en Bachillerato). Y hay grandes diferencias en la penetración de la “educación bilingüe” por autonomías, Así, en Primaria, destacan Castilla y León (53,4% de alumnos) y Asturias (51,8%). En la ESO, hay 11 autonomías que superan el 20% de alumnos en “educación bilingüe” (35% en Asturias, 34,7% en Murcia, 33% en Andalucía, 32% en Madrid y 30% en Castilla y León), mientras en 4 regiones no llega al 10%(Baleares, Comunidad Valenciana, Ceuta y Navarra). Y luego hay varias autonomías que son “trilingües”: además de implantar la “educación bilingüe” en inglés, enseñan a sus alumnos catalán, valenciano, mallorquín, euskera o gallego.


La “enseñanza bilingüe”, iniciada en el curso 2004-2005 por Madrid (un empeño político de Esperanza Aguirre, para contrarrestar la “guerra de lenguas” desatada en Cataluña), Canarias y Extremadura, se extendió después al resto de autonomías (Ceuta y Melilla en 2016-17). Y hoy, el balance que se hace es bastante negativo. Unos, como refleja con ironía este artículo de Javier Marías, porque opinan que no es ni “enseñanza” ni “bilingüe”. Precisamente, hay dos estudios, uno de la Universidad Carlos III y otro de Fedea, que coinciden en señalar que los alumnos que han estudiado una asignatura de Ciencias o Humanidades en inglés obtienen peores resultados que los que las estudian en castellano. Vamos, que no aprenden Historia y tampoco inglés. Y ambos coinciden en que el perjuicio es mayor para los alumnos con bajo nivel educativo (que no les pueden ayudar a estudiar Biología en inglés…). Sin embargo, otro estudio del Ministerio de Educación, en colaboración con el British Council, señala que los alumnos de centros bilingües obtienen mejores resultados que el resto en lectura, escritura, comprensión auditiva y oral y comprenden mejor el inglés.


En cualquier caso, la mayoría de los expertos educativos critican que la educación bilingüe se haya implantado “a toda prisa”, sin planificación, presionada por el interés político de las distintas autonomías. Y sin los profesores adecuados, la crítica más generalizada: hay centros donde los profesores dan estas clases con un nivel B1, cuando sólo las deberían dar profesores con nivel C1 y C2. Y faltan auxiliares de conversación, muchos de ellos nativos sin formación pedagógica. Y existe una enorme descoordinación en la normativa y en la aplicación del bilingüismo en las 17 autonomías. Por último, los programas no se evalúan correctamente y algunos centros y autonomías hacen “trampas” en las evaluaciones del bilingüismo.


¿Qué se puede hacer para mejorar nuestro nivel de inglés? La cuestión preocupa también a las autoridades europeas, porque casi la mitad de los europeos son incapaces de mantener una conversación en un idioma distinto a su lengua, según el Eurobarómetro. Y eso dificulta la libre circulación de personas en Europa y el poder competir mejor en una economía globalizada. Por ello, el Consejo Europeo del 22 de mayo de 2019 hizo una serie de recomendaciones a los paises europeos: potenciar los hábitos multilingües en la educación infantil, primaria y secundaria, ayudar a los jóvenes a conocer otra lengua europea promoviendo estudios en el extranjero (Erasmus +), invertir en la formación de profesores, promover herramientas digitales europeas de cooperación virtual para la enseñanza de idiomas (eTwinning) y fomentar la formación en idiomas de las empresas europeas.


En España, urge que el Gobierno y la comunidad educativa acuerden un Plan estatal  por la mejora en el conocimiento de idiomas, en especial el inglés, una lengua que ya hablan más de 1.000 millones de personas y que es la “lengua franca” del mundo a nivel económico, comercial, investigador, cultural y de contenidos audiovisuales. Esto exige revisar a fondo el inglés que se imparte en la educación, incluyendo la pretendida “educación bilingüe”, concentrando los esfuerzos en una enseñanza más dirigida a la conversación, con programas específicos para formar profesores y captar profesionales nativos. Y dedicando más recursos a la recuperación y apoyo de los alumnos con problemas. Además, debería incorporarse mucho más el inglés en la Universidad, fomentando los estudios en otros paises. Y reforzar el nivel de inglés de parados y trabajadores, con cursos más prácticos y eficaces, incentivando en las empresas a los empleados que mejoren su inglés. Y por supuesto, evaluar de forma objetiva e independiente el resultado de los programas lingüísticos. Además, sería útil un acuerdo con las TV para que emitieran películas y series en inglés con subtítulos.


En definitiva, tenemos que aprobar esta asignatura pendiente, la de hablar mejor inglés y otras lenguas, algo imposible ya para las generaciones mayores pero que tienen que conseguir las futuras. Es un gran reto a 20 años vista, para los niños y jóvenes actuales, que se juegan en ello su trabajo y el poder compartir mejor el mundo. Hay que tomárselo en serio y poner los medios humanos y el dinero para conseguirlo. Let´s go.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Por qué empresas temen Gobierno de izquierdas


La respuesta es sencilla: porque saben que van a pagar más impuestos. Algunas empresas estudian adelantar este año el pago de dividendos previsto para 2020. Y hay fortunas que analizan si cambiar su SICAV a Luxemburgo. No es un tema ideológico, sino de datos: grandes empresas, multinacionales y los más ricos pagan pocos impuestos en España. Las grandes empresas pagan un 6,25% sobre beneficios, los grandes bancos un 2,68% y las grandes constructoras un 1,9%, según indica la Agencia Tributaria. Las 10 grandes multinacionales (de Google a Amazon) pagan sólo 29,5 millones de impuestos en España. Y dos tercios de los 611 multimillonarios españoles no pagan ni 1 euro de patrimonio. Mientras, el 95% de españoles pagamos religiosamente. Al final, España recauda 73.703 millones menos cada año que Europa. Y por eso, tenemos más déficit y menos gasto social. Así que el Gobierno está obligado a  recaudar más si quiere gastar más y rebajar el déficit como exige Bruselas. Subir impuestos al 5% del país o hacer más recortes a la mayoría. Elijan.


enrique ortega

España lleva creciendo año tras año desde 2014, pero la recaudación de impuestos apenas ha mejorado: hasta 2018 (208.685 millones ingresados) no se ha superado ligeramente la recaudación fiscal de 2007 (200.676 millones). Y eso ha sido posible gracias a que las familias y contribuyentes hemos pagado más por el IVA (+14.326 millones en 2018 que en 2007), en la Renta (+10.245 millones) y en los impuestos especiales sobre carburantes, tabaco y alcohol (+742 millones), porque las empresas pagan ahora casi la mitad que antes de la crisis en el impuesto de sociedades: 24.838 millones pagados en 2018 frente a 44.823 millones pagados en 2007.


Podría pensarse que las empresas pagan casi la mitad de impuestos porque no acaban de despegar, porque sus beneficios no se han recuperado. Pero no es así: los beneficios empresariales han aumentando un 13,7%, pasando de 450.170 millones ganados en 2007 a 511.842 millones en 2018, según los datos del INE. De hecho, la propia Agencia Tributaria acaba de publicar que los beneficios empresariales pasaron de 100 a 112,9 mientras el impuesto pagado por las empresas pasaba de 100 a 69,2. Así que, ganan más y pagan menos. Eso es posible porque se ha bajado el tipo del impuesto de sociedades (Zapatero lo bajó del 35% al 30% en 2007 y Rajoy al 25% en 2016) y porque se han multiplicado las exenciones y deducciones fiscales, con lo que pagan menos que ese 25%.


¿Cuánto? La Agencia Tributaria acaba de publicarlo: un 21,59% de tipo efectivo, un 19,57% los grandes grupos empresariales y un 19,76% los bancos. Pero es el porcentaje que pagan sobre la base imponible (la cantidad sobre la que se aplica el impuesto). Si se calcula lo que pagan las empresas sobre sus beneficios, el dato oficial es muy llamativo: las grandes empresas pagan un 6,25% de lo que ganan, los grandes bancos el 2,68% y las grandes constructoras un 1,9%. Bastante menos que las pymes (pagan el 18,37% de sus beneficios) y que la mayoría de contribuyentes (15% de tipo efectivo). Eso se debe a las múltiples exenciones y desgravaciones que disfrutan: 3.453 millones de beneficios fiscales en 2018, según la Memoria de los Presupuestos. Son ahorros “legales”, a los que sumar los ahorros derivados de la “ingeniería fiscal” ideada para eludir impuestos. Incluyendo la creación de sociedades en paraísos fiscales: las 35 empresas del IBEX tienen ahí 805 filiales, a través de las que desvían 13.000 millones de ingresos, lo que supone para Hacienda una pérdida de 3.250 millones anuales, el 13% del impuesto de sociedades, según Intermón Oxfam


Las multinacionales pagan todavía menos impuestos, tanto en Europa como en España. Cada año desvían 13.500 millones de ingresos de España a otros paises, con lo que Hacienda pierde 2.600 millones de ingresos, un 13% de la recaudación de sociedades, más que el conjunto de Europa (pierden el 9% de la recaudación), según un estudio del economista Gabriel Zucman. Las grandes multinacionales “eluden” impuestos facturando ingresos a otros paises (Google factura en España a través de su filial en Irlanda), pagando “royalties” a filiales en paraísos fiscales (caso de Inditex a través de Luxemburgo o Facebook España a través de Irlanda), comprando productos más caros a filiales (caso de Apple) o pagando intereses de supuestos préstamos a filiales de terceros paises.


El resultado es que las 10 grandes multinacionales tecnológicas que operan en España (Amazon, Apple, Facebook, Google, Twitter, Microsoft, Airbnb, HBO, Netflix y Tripadvisor) pagaron en 2018 sólo 29,52 millones en impuestos, un 9,6% menos que el año anterior, a pesar de que facturaron un 37,3% más, según sus propias cuentas. Eso significa que estas multinacionales pagan, en conjunto, un 2,13% de impuestos sobre su “teórica” facturación en España (que en realidad es mucho mayor, porque desvían ingresos).Como curiosidad, Apple pagó 10,1 millones de impuestos en España (2018), Google 6,89 millones, Amazon 3,76, Facebook 860.000 euros, Twitter 110.000 euros, Airbnb 90.000 euros y Netflix... 3.246 euros (menos que muchos de sus clientes españoles).  

El tercer grupo que apenas paga impuestos son los más ricos y los inversores. Empezando por estos, el cobro de dividendos paga del 19% al 23% (si reciben más de 50.000 euros), lo mismo que las ganancias con los fondos de inversión o por la venta de acciones. Un porcentaje que es inferior al que pagan los que viven de un trabajo, que pagan un tipo del 19 al 45% (48% en Cataluña o Andalucía). Y en el caso de las grandes fortunas, muchos declaran impuestos a través de sociedades (con lo que pagan la mitad o menos que si declararan sus ingresos como el resto de españoles) o a través de las SICAV, unas sociedades que sólo tributan el 1% de sus beneficios anuales y donde sus miembros pagan impue4stos sólo cuando venden y obtienen plusvalías (al 23%, mucho menos que el máximo del 45% del IRPF).


Y a la hora de pagar el impuesto sobre el patrimonio, muchas grandes fortunas no pagan nada. El dato es contundente: de los 611 españoles superricos,  que tienen más de 30 millones de patrimonio, dos tercios (406) no pagan nada, porque residen en Madrid, que bonifica el 100% del impuesto sobre el patrimonio (y con ello, deja de ingresar 995,6 millones al año, lo que conlleva que es una de las autonomías con menos gasto social). Además, si tomamos a los ricos en general, lo que pagan en impuestos depende mucho de dónde viven: en Canarias, Castilla y León, Castilla la Mancha y Galicia, los que tienen un patrimonio de 15 millones pagan 273.770 euros, mientras que esos mismos ricos pagarían 375.790 euros o 418.155 si vivieran en Baleares o Extremadura, según el Consejo de Economistas.


Estos tres grupos de contribuyentes (grandes empresas, multinacionales y los más ricos e inversores), que pagan bastante menos que la mayoría de españoles, explican en buena medida un hecho: que España sea el 7º país europeo que menos recauda por impuestos, el 38,9% del PIB, sólo por detrás de Irlanda (25,8% del PIB), Rumanía (32%), Lituania (34,7%), Bulgaria (36,8%), Letonia (37,5%) y Malta (38,8%), muy por debajo de la media europea (la UE-28 recauda el 45% del PIB en 2018), según Eurostat. Eso significa, a lo claro, que España recauda 73.703 millones menos cada año que la media europea. No tenemos que recaudar más porque haya un Gobierno de izquierdas, sino para equipararnos a Europa.


El problema es que España recauda menos en todos los impuestos: en Renta (somos el 3º país europeo que menos recauda: un 7,5% del PIB frente al 10% de media en la UE-28, el 9% de Francia o Alemania, el 12% de Italia o el 27% de Dinamarca), en IVA (recaudamos 23.400 millones menos que la media europea, según la Comisión), en Sociedades (recaudamos el 2,3% del PIB frente al 2,5% que recauda la zona euro, con 3.453 millones de beneficios fiscales a las empresas en 2018), en impuestos sobre alcohol, tabaco y carburantes (ingresamos el 2,5% del PIB frente al 2,3% de media en la UE y el 3% en Dinamarca, Finlandia, Reino Unido o Grecia), en impuestos verdes (recaudamos 3.000 millones menos que la media europea) y hasta con las herencias (-3.250 millones menos que Europa).


La consecuencia de que España ingrese menos es doble: también gastamos menos y aún así tenemos más déficit público (2,5% del PIB frente al 0,6% en la UE-28). El gasto público en España fue en 2018 del  41,3% sobre el PIB, frente al 45,6% de media en la UE-28, según Eurostat. Eso significa, a lo claro, que gastamos 51.954 millones menos al año que la media de los europeos, lo que se traduce en una caída de las inversiones públicas y del gasto social. De hecho, España es el país europeo (entre los grandes) que más ha reducido su gasto social en los últimos 5 años y uno de los que lo tiene más bajo: el 23,4% del PIB en 2017, frente al 27,9% de media que gasta Europa (UE-28), el 34,1% que gasta Francia (13.100 millones más al año en términos comparables), el 29,7% de Alemania, el 29,1% de Italia o el 26,3% del PIB que gasta Reino Unido en temas sociales (desde pensiones a educación, sanidad o ayudas a vivienda y familias), según Eurostat.


Ahora, la Comisión Europea acaba de dar “un toque de atención” a España: tiene que reajustar las cuentas, porque en 2019 han subido los gastos pero no los ingresos (al no conseguir el Gobierno Sánchez sacar adelante su Presupuesto, que contemplaba subidas de impuestos). Así que en 2019 no se reducirá el déficit lo previsto (Bruselas dice que será del 2,3% del PIB en vez del 2% que preveía el Gobierno) y en 2020 seguirá en el 2,2% (no en el 1,7% que prometió el Gobierno). Eso significa que Europa pide a España un ajuste en las cuentas públicas, de 6.500 a 10.000 millones en 2020


Se puede discutir este “aviso” de Bruselas (no es tan “grave” que un país con el doble de paro tenga unas décimas más de déficit) o mejor “acatarlo”, para que los mercados no se pongan nerviosos, porque tenemos que financiar 1,2 billones de euros de deuda pública. En este caso, el próximo Gobierno sólo tiene 2 caminos: hacer más recortes o recaudar más. Dado que hacen falta más recursos para todo (sanidad, educación, pensiones, gasto social,  vivienda, tecnología, modernización de la economía y tantos retos más), lo más lógico parece intentar recaudar más, en línea con Europa. Y eso pasa, de entrada, porque paguen más impuestos los que pagan menos, como ya hemos visto: grandes empresas,  multinacionales, los más ricos y los inversores que viven de dividendos, fondos y acciones. No tocar los impuestos al 95% de españoles que ya pagamos bastante.


El preacuerdo de Gobierno firmado por el PSOE y Podemos señala textualmente que “el Gobierno impulsará políticas sociales y nuevos derechos con arreglo a los acuerdos de responsabilidad fiscal con Europa, gracias a una reforma fiscal justa y progresiva, que nos acerque a Europa y se eliminen privilegios fiscales”. No concretan más, pero todo el mundo lee entre líneas que subirán los impuestos. ¿Cuáles? En la campaña electoral no lo han dicho (¿para no asustar?), pero todo apunta a que seguirán el camino abierto en el fallido Presupuesto para 2019, donde contemplaban recaudar 5.654 millones más a través de varios cambios: subir el tipo efectivo y quitar exenciones en sociedades a grandes empresas (+1.778 millones) mientras lo bajaban a las pymes (-260 millones), equiparar el impuesto del gasoil al de la gasolina (+670 millones), subir un 1% el tipo impuesto patrimonio (+339 millones), subir el tipo del IRPF a los que ganen más de 140.000 euros (+328 millones), implantar una tasa Google del 3% a las multinacionales (+1.200 millones) y otra tasa Tobin del 0,2% a las operaciones financieras (+850 millones), más un Plan anti fraude fiscal (+828 millones).


Pero ahora, si quiere cumplir con Bruselas y hacer más gasto social, el futuro Gobierno tendrá que ingresar más que esos 5.654 millones extras. Por eso, están pensando en subir del 23 al 27% el tipo máximo que paguen los que cobren más de 50.000 euros en dividendos o venta de fondos y acciones, lo que ya ha hecho que algunas empresas se planteen adelantar el pago de dividendos de enero de 2020 a este año. También estudian homogeneizar el pago del impuesto de patrimonio y sucesiones, que quieren liquidar las autonomías gobernadas por el PP y Ciudadanos (con Vox), para que no se “escapen” las grandes fortunas como en Madrid. Y controlar más las SICAV, que ya estudian si trasladarse a Luxemburgo. Y, a medio plazo, reformar el IRPF (para eliminar deducciones) y el IVA (donde España pierde 23.400 millones de recaudación al año, según la Comisión Europea), además de ingresar más por los impuestos verdes (recaudamos el 1,83% del PIB frente a 2,4% la UE-28).


Oír hablar de subir impuestos pone los pelos de punta a muchos, pero más debería preocuparnos los que prometen bajarlos, porque es el camino seguro a más recortes y a un mayor deterioro del Estado del Bienestar y las pensiones. Hay que recaudar más, al margen de las ideologías: es necesario para equipararnos con Europa y poder gastar como ellos. Y hay que recaudar más con justicia, haciendo que paguen más los que más tienen, que son los que hoy pagan menos, porque tienen bufetes y bancos de inversión que les ayudan a “eludir” impuestos, “dentro de la legalidad". Hay que afrontar este reto, reformar los impuestos, que es “la madre de todos los retos”. Hablemos de impuestos sin miedo. Y que suban los que haga falta. A la gran mayoría no nos debería afectar.