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lunes, 19 de enero de 2026

Se dispara la pobreza energética

Enero está siendo un mes muy frío en toda España y eso aumentará los problemas de las familias que tienen dificultades para calentar su vivienda: 8,5 millones de personas sufren “pobreza energética” en España, un 17,5% de la población, casi el doble que la media europea y el triple que en 2008 (5,9%). Aunque el Gobierno ha aumentado las ayudas a estas familias, con el bono social eléctrico y térmico, sólo las reciben 1,7 millones de personas, la quinta parte de los que tienen problemas para calentarse y pagar la luz. Este año, la luz seguirá cara y lo mismo la calefacción, por lo que el Gobierno ha prorrogado estas ayudas a las familias en situación de pobreza energética. Pero la medida, que se incluye dentro del Decreto de revalorización de pensiones y prórroga del “escudo social” está pendiente de convalidarse en el Congreso y tanto la derecha como Junts amenazan con no aprobarla. Urge tomarse en serio este grave problema, que tantas familias no puedan pagar la energía.

                    8,5 millones de españoles sufren "pobreza energética"

En 2025 volvió a subir la luz, como en 2024 y 2023, aunque el recibo no dio los sustos de 2022, tras la invasión de Ucrania. En el mercado mayorista en origen, el precio medio ha sido 65,52 euros MWh, una subida del +4,2% sobre el precio medio de 2024 (62,90 euros MWh), por el aumento del precio del gas en la primera parte del año y la subida de los costes del CO2, aunque han evitado una mayor subida las lluvias de primavera y el aumento de la generación fotovoltaica. A partir de este precio en origen, el recibo de la luz que pagan los consumidores con tarifa regulada (8,5 millones) ha subido +12%, hasta una factura media de 69,34 euros mensuales (frente a 61,88 euros en 2024 y 60,34 euros de 2023, muy lejos ambas de los 105,48 euros que pagamos en 2022), según la OCU. Y en cuanto a la calefacción, la media del recibo subió un 13% en 2025 (a 640 euros anuales).

Ahora, en 2026, se espera otra subida del recibo de la luz, aunque puede bajar en origen hasta un 12%, dado que los futuros prevén un precio medio en el mercado mayorista de 56,70 euros MWh (que volvería a bajar a 54,25 euros MWH en 2027), según estimaciones de OMIP. Sin embargo, el recibo que pagamos podría subir este año. A los que tienen tarifa reducida, por la subida de peajes (cargos aprobados por el Gobierno) y, sobre todo, porque REE seguirá manteniendo “de guardia” varias centrales de gas, para evitar apagones, lo que supone un recargo en la factura. Y los que tienen una tarifa “libre” (20 millones de consumidores) verán como en la revisión anual de tarifas le suben, por estos cargos, al menos un 10%. Eso sí, la tarifa regulada del gas para calefacción baja más del 5%.

En definitiva, pagar este año la luz y la calefacción será caro, aunque puede haber algunos ahorros (ya también subidas si hay más conflictos geopolíticos). Y como el invierno está siendo frío, todo apunta a que la factura de la luz y la calefacción será un coste importante para muchas familias, junto a los alquileres (o hipotecas), la alimentación y el transporte. Por eso preocupa que aumenten las personas con problemas para calentar su casa o pagar la luz: el pasado invierno (2024-2025), el 17,5% de los españoles no pudieron calentar correctamente sus casas, según Eurostat. Eran más de 8,5 millones de personas con “pobreza energética”, el triple que en 2008 (entonces eran el 5,9% de la población).

España (con ese 17,5%) es el 4º país con  más “pobreza energética” de Europa, sólo por detrás de Bulgaria y Grecia (19% de personas con pobreza energética) o Lituania (18%) y duplica la media europea (9,2% de población con pobreza energética), según Eurostat, quedando muy por delante de Alemania (6,3%), Francia (11,8%), Italia (8,6%), Polonia (3,4%), Suecia (4,1%), Dinamarca (4,4%) o Finlandia (2,7%), paises mucho más fríos que España. Además, 1 de cada 3 familias españolas tuvo que retrasar el pago de sus facturas energéticas el invierno pasado, según otro Informe sobre pobreza energética 2024. Y existe una “pobreza energética “oculta”: un 15% de las familias tuvieron que recortar otros gastos básicos, como la compra de alimentos, para pagar las facturas de calefacción.

Esta pobreza energética en España es desigual, según el estudio. Afecta mucho más a las familias que viven de alquiler (un 33% sufren “pobreza energética”, casi el doble de la media española) que a los que tienen su casa en propiedad (17,5% de pobreza energética). Y hay una gran diferencia por autonomías: en Canarias y en las regiones más ricas (Madrid, Cantabria, País Vasco, Navarra, la Rioja, Cataluña y Baleares) baja la tasa de pobreza energética (al 9%) y sube en las más pobres (al 23% en Extremadura, el 14,3% en Andalucía o el 12,3% en Murcia). Y además, preocupa el alto porcentaje de la pobreza energética “ severa : un 9,35% de las familias (4,5 millones de personas) que dedican un porcentaje excesivo de sus ingresos a las facturas, incurren en retrasos severos de pago o no pueden mantener temperaturas adecuadas (por debajo de 18°C-21°C).

Frente a este grave problema de la pobreza energética, el Gobierno Zapatero creó en 2009 una ayuda, el bono social eléctrico, que se reformó en 2017 y se amplió en octubre de 2018, con el Gobierno Sánchez, que creó el bono social térmico. Dos formas de ayuda frente a la pobreza energética que son un avance pero que sólo ayudan a 1.703.511 personas, 1 de cada 5 afectados por la pobreza energética (8,5 millones). Veámoslas con detalle.

El bono social eléctrico es un descuento en la factura de la luz que beneficia a las familias más vulnerables, que tienen problemas serios para pagar el recibo. El descuento varía según los ingresos del beneficiado: se rebajaba un -42,5% la factura eléctrica (descuento vigente del 30 de junio al 31 de diciembre de 2025) a los consumidores “vulnerables” (ingresan menos de 12.600 euros al año los solteros, 19.320 euros  las parejas con un niño y menos de 23.500 euros las familias con dos niños) y el descuento era del -57,5% para los consumidores “vulnerables severos(ingresan menos de 6.300 euros al año los solteros, menos de 9.660 euros las parejas con 1 hijo, menos de 11.760 las familias con dos hijos, menos de 16.800 euros anuales las familias numerosas y menos de 16.800 euros los pensionistas). Además, hay un tercer grupo de beneficiados, los consumidores “en exclusión social (atendidos por los servicios sociales de Ayuntamientos y autonomías) que no tienen que pagar nada de luz (ni se la pueden cortar) y a quien esas administraciones pagan el 50% del recibo.

Este bono social eléctrico, esos descuentos en el recibo de la luz, los solicitan los beneficiarios potenciales a su compañía eléctrica, que se los aplicará si cumplen los requisitos, aunque realmente cargan después este coste al resto de los consumidores  (a través del concepto “financiación del bono social” incluido en las facturas de la tarifa regulada, aunque  los consumidores con contrato “libre” lo acaban pagando también). En 2025 había 1.703.511 consumidores beneficiados por el bono social eléctrico, medio millón más que antes de dispararse los precios de la energía por la invasión de Ucrania (1.218.120 beneficiarios en 2021). Más de la mitad de estas ayudas se concentran en Andalucía (348.435 beneficiarios), Comunidad Valenciana (223.306), Cataluña (189.705) y Madrid (187.639).

El bono social térmico, la otra ayuda complementaria disponible, es un pago anual único para ayudar al pago de los gastos de calefacción, agua caliente y cocina. Su cuantía depende de la zona climática donde vive el beneficiario (más en Ávila que en Canarias), del grado de vulnerabilidad (ingresos) y de lo que aporte opcionalmente la autonomía a esta ayuda, que se financia con los Presupuestos del Estado (su coste fue de 312 millones en 2025, frente a 75 millones abonados en 2019). En 2025, la ayuda del bono social térmico variaba entre 40 y 373 euros anuales. Esta ayuda se abona en cuenta entre enero y agosto a todos los que disfruten del bono social eléctrico en diciembre del año anterior, pero este abono lo gestionan las autonomías y eso supone una gran descoordinación y retraso en las ayudas, por lo que algunos dicen que existen “17 bonos sociales térmicos”. En 2025, los beneficiarios del bono social térmico fueron 1.649.625 personas, medio millón más que en 2019.

Estas dos ayudas a los gastos energéticos se han ido prorrogando en los últimos años, la última vez hasta el 31 de diciembre de 2025. Unos días antes de vencer el plazo, el 22 de diciembre pasado, El Gobierno llegó a un pacto con EH Bildu para prorrogar estas dos ayudas durante todo 2026. Y al día siguiente, en el Consejo de Ministros del 23 de diciembre, el Gobierno aprobó formalmente la prórroga, en un Real Decreto que incluyó también la prohibición de desahucios y el mantenimiento del “escudo social” más la revalorización de las pensiones. Ahora, todas estas medidas, incluida la prórroga de las ayudas a la pobreza energética, han de ser convalidadas en el Congreso, algo problemático dado que Junts asegura que no va a apoyar ningún Decreto del Gobierno, como PP y Vox.

Tenemos un antecedente de lo que puede pasar: hace un año, el Gobierno llevó al Congreso un Decreto semejante, para prorrogar el escudo social y revalorizar las pensiones y Junts lo tumbó, con PP y Vox, para ratificarlo unos días más tarde con algunos cambios y la partición del Decreto en dos (pensiones y otras ayudas). Ahora, PP, Vox, Junts y PNV no confirman si apoyarán este Decreto y critican que el Gobierno haya mezclado la revalorización de pensiones con la prórroga de ayudas contra la pobreza energética, la prohibición de coste de suministros básicos (luz, gas o agua) o la prohibición de los desahucios.

Mientras se concreta esta nueva “pelea política” lo que está en el aire son la prórroga de las ayudas a 1.7 millones de personas que tienen problemas para pagar la luz y calentar su casa, junto a la prohibición de que les corten los suministros. El bono social eléctrico y térmico es una ayuda importante para muchas familias, pero resulta insuficiente a la vista de los datos: 4 de cada 5 afectados por la pobreza energética no reciben ninguna ayuda. Los expertos lo achacan al exceso de requisitos y a la burocracia, que llevan a que muchos potenciales beneficiarios de las ayudas ni siquiera las pidan. Y también hay una gran descoordinación entre Administraciones, por lo que las ONGs  piden más implicación de los servicios sociales de los Ayuntamientos, para atender mejor las necesidades energéticas.

En paralelo a las ayudas, la Comisión Europea ha pedido a los paises otras medidas para paliar la pobreza energética, como potenciar las ayudas a la rehabilitación de viviendas, para que estén mejor aisladas y las familias puedan gastar menos en luz y calefacción. En este tema, España está retrasada, a pesar de las importantes ayudas a la rehabilitación energética con Fondos europeos: se rehabilitan energéticamente el 0,8% de las viviendas, cuando la Comisión Europea considera que deberían rehabilitarse el 2% cada año.

Ahora, el Gobierno debe aprobar finalmente la Estrategia Nacional contra la Pobreza Energética 2026-2030, cuyo borrador presentó en septiembre de 2025. El Plan tiene 4 ejes de actuación (caracterización de la pobreza energética y creación de un Observatorio, protección de los consumidores, mejoras estructurales de las viviendas y mayor coordinación de las distintas Administraciones), concretados en 12 medidas: aumento del bono social, mejora y ampliación del bono social térmico (incluido en verano), concesión directa ayuda a los beneficiarios del Ingreso Mínimo Vital, prohibición de cortes de suministro e integrar medidas de descarbonización en la protección social energética. Algunas organizaciones sociales y ONGs creen que habría que ser más ambiciosos en esta nueva Estrategia, para cubrir a más personas energéticamente vulnerables, en colaboración con Ayuntamientos, autonomías y las propias compañías eléctricas. Y algunos proponen crear un Banco de Energía, al estilo de los Bancos de Alimentos, para canalizar donaciones (de energía o de dinero) a las familias más vulnerables.

En resumen, el pago de la luz y la calefacción supone cada vez un coste mayor para muchas familias, que no pueden afrontarlo, con lo que no pueden calentar sus hogares o lo hacen a costa de reducir otros gastos. Y España, al igual que en la pobreza general, es también líder en Europa en esa pobreza energética, que afecta a casi 1 de cada 6 españoles (17,5%). Urge ayudarles este mes de enero, con la convalidación en el Congreso de la prórroga del bono social eléctrico y térmico. Y después, habría que acordar un sistema de ayudas más eficaz, que llegara a la mayoría de los afectados (ahora 4 de cada 5 están desatendidos), no sólo con descuentos y ayudas en las facturas sino con medidas estructurales para rehabilitar las viviendas y reducir el gasto energético. Un gasto que angustia cada invierno a muchas familias.

lunes, 22 de diciembre de 2025

A por los últimos Fondos europeos

Una de las prioridades que se ha fijado el presidente Sánchez para 2026 es recibir todos los Fondos europeos pendientes, “sin perder un euro”. Y eso porque los Fondos se acaban el 31 de agosto y España todavía debe recibir 25.000 millones en subvenciones. Pero para conseguirlos, debe seguir aprobando reformas, algo que el Gobierno tiene muy difícil con el veto de Junts en el Parlamento. Por eso, ha aprobado  un cambio de estrategia, para agilizar la  gestión de estos Fondos y renegociar con Bruselas las reformas pendientes, renunciando a algunas y flexibilizando otras, renunciando además a recibir la mayor parte de los créditos europeos previstos (ahora que España se financia barato). Pero el Gobierno no lo tiene fácil, porque en 2026 se acaba el plazo para gestionar las ayudas, que si no se pierden. Y todos nos jugamos mucho en ello, porque los Fondos europeos  han sido uno de los motores del crecimiento y del empleo de España desde 2021. Habría que pactar para no perderlos.

                                  Enrique Ortega

Empecemos recordando el origen y la evolución de estos Fondos europeos. En la madrugada del 21 de julio de 2020, en plena pandemia, los líderes europeos aprobaban por unanimidad el Plan de Recuperación, dotado con 750.000 millones de euros hasta 2026, para que Europa superara la nueva crisis y afrontara los retos energético y digital, con subvenciones y créditos europeos. Si en la crisis financiera de 2010-2014, Merkel y el resto de líderes europeos afrontaron los problemas con ajustes y recortes, sobre todo para los paises del sur, en esta ocasión se optó por el camino contrario: reanimar la economía con fondos europeos (y con emisión de deuda de los 27, algo “prohibido” antes) y aprovechar la nueva crisis provocada por la COVID-19 para modernizar la economía europea y ayudar a los paises a invertir en la reconversión energética y digital de sus economías.

España fue el primer país europeo en aprobar un Plan de Recuperación, el 27 de abril de 2021, para optar a las ayudas y créditos del Fondo “Next Generation EU”, unos 140.000 millones inicialmente adjudicados a España (70.000 en subvenciones a fondo perdido y 70.000 en créditos con bajo interés), con 4 objetivos básicos: la transición energética, la digitalización de la economía, las reformas económicas necesarias y la reducción de desigualdades regionales, sociales y de género. El Gobierno Sánchez envió el Plan a Bruselas el 30 de abril y un mes y medio después, el 16 de junio de 2021 lo aprobó la Comisión Europea (fue el primer Plan nacional aprobado), siendo ratificado por los ministros de Economía de la UE, el 13 de julio de 2021, “con la máxima calificación”.

A partir de ahí, el Plan de Recuperación empezó a andar y enseguida llegaron los primeros Fondos europeos: el 17 de agosto de 2021, el Tesoro español recibió la primera transferencia de la UE: 9.036 millones en concepto de “prefinanciación”. A partir de ahí, se establecían 8 desembolsos oficiales, 8 entregas de Fondos europeos hasta agosto de 2026, que se irían abonando a medida que España justificara a la Comisión Europea que se habían hecho las reformas e inversiones exigidas. Había que “sudar” para recibir cada entrega

El primer desembolso oficial condicionado (tras el anticipo de agosto) llegó el 27 de diciembre de 2021: 10.000 millones de euros, recibidos tras confirmar la Comisión que España había cumplido 52 hitos y reformas, entre ellas la Ley de Cambio Climático, la mejora de la conectividad, el Plan de Ciencia, la modernización de la Administración Pública y los Planes para la igualdad retributiva de hombres y mujeres. Además, España tuvo que aceptar y firmar antes, en noviembre de 2021, el Reglamento de concesión de los Fondos europeos aprobado por la Comisión, una exigente “hoja de ruta” para asegurar su buen funcionamiento.

España siguió con su calendario de reformas e inversiones y el 27 de junio de 2022, la Comisión Europea aprobó un  2º desembolso oficial a España: otros 12.000 millones de euros de subvención, recibidos tras cumplir 40 hitos, entre ellos la reforma laboral, la 1ª fase de la reforma de las pensiones, la estrategia de movilidad sostenible, la hoja de ruta de la eólica marina, la Carta de Derechos Digitales, la Ley Riders (repartidores), las medidas fiscales para el despliegue de la Red 5-G, la modernización de la Agencia Tributaria, el Plan de acción para la Atención Primaria y la Ley de la Cadena Alimentaria.

Ya en 2023, el 17 de febrero, la Comisión Europea autorizó el tercer desembolso condicionado para España: 6.000 millones de euros, que llegaron el 28 de marzo, tras confirmarse que España había cumplido otros 29 hitos y objetivos en 2022, entre ellos la Ley Concursal, la Ley de Formación Profesional, la reforma de la cotización de autónomos y la Ley de medidas contra el fraude fiscal. Esta vez, la luz verde al tercer pago costó más, porque España tuvo que convencer a la Comisión de los cambios en el sistema de control y auditoría implantados para cumplir con los estándares de vigilancia europeos, una herramienta llamada CoFFEE, perfilada por Economía y Hacienda.

Y en pleno verano, el 26 de julio de 2024, España recibió el 4º pago condicionado, de 9.883 millones de euros, tras confirmar Bruselas que había cumplidos 61 hitos y objetivos más, en la transformación digital, la transición energética, pensiones, educación, tratamiento de aguas, digitalización de servicios públicos y cooperación internacional.

El 5º pago de los Fondos europeos fue el que más tardó en llegar, el 8 de agosto de 2025, aunque fue el de mayor importe: 23.100 millones de euros, 7.100 millones en subvenciones y 16.000 millones en créditos, tras haber solicitado España (en las Navidades de 2022, con retraso respecto a otros paises) recibir también créditos europeos a bajo interés, también a cambio de reformas. Esta 5ª entrega fue además la primera en que España recibió menos de lo previsto (iban a ser 25.000 millones), por no haber conseguido aprobar la mayor fiscalidad del diesel (vetada en el Congreso por el PP, Vox, UPN y Podemos) y por diferencias en las compensaciones a los trabajadores públicos eventuales.

Tras estos 5 pagos, España ha recibido ya casi 48.000 millones de subvenciones (47.943 millones), el 60% del importe total adjudicado (79.854 millones, el mayor importe a fondo perdido, por delante de Italia) y 16.000 millones en créditos, el 19,2% del total de préstamos a bajo interés previstos (83.000 millones). Unos Fondos europeos recibidos a cambio de cumplir 264 hitos y objetivos, de los que sólo quedaron pendientes la subida de la fiscalidad del diesel (no han ampliado el plazo hasta finales de marzo de 2026), la reforma de la temporalidad del empleo público y la digitalización de las entidades locales.

La mayor parte de este dinero europeo recibido estos 5 años ha sido ya adjudicado y está en vías de invertirse. A finales de septiembre de 2025, este era el balance publicado por el Gobierno: 79.854 millones asignados y convocatorias de proyectos resueltas por 58.787 millones de euros, el 69,7% del dinero recibido. El dinero asignado ha beneficiado a 1.294.037 adjudicatarios, la mayoría microempresas (41,4%) y grandes empresas (27,1%), UTEs (15,3%(, fundaciones (11,5%) y hogares /4,7%). Y estos Fondos europeos se han repartido por autonomías, recibiendo algo más de la mitad entre Madrid (9.018 millones), Cataluña (8.826), Andalucía (7.011), Comunidad Valenciana (5.084), Castilla y León (4.179), Galicia (3.764), País Vasco (3.539) y Aragón (3.251 millones).

Ahora, quedan todavía tres o cuatro pagos pendientes, pero queda poco tiempo, porque los proyectos que opten a los Fondos europeos deben estar aprobados antes del 31 de agosto de 2026. Así que España (y el resto de paises europeos) vamos contra reloj, porque el dinero que no se consiga antes de esa fecha se pierde. Por eso, la Comisión Europea lanzó una alerta en junio pasado, aprobando una Comunicación (”Next Generation EU. Camino a 2026”) en la que pedía a los paises miembros “revisar sus Planes para simplificar procedimientos y maximizar la absorción de Fondos europeos”, porque el proceso va lento, según los datos disponibles: en subvenciones a fondo perdido, la Comisión ha desembolsado 231.200 millones de los 291.000 previstos; y en créditos, se han concedido 145.700 de 359.000 millones previstos.

A raíz de este toque de atención, el Gobierno ha trabajado en un reajuste de su estrategia de gestión de los Fondos europeos. Pero además, ha tratado de “hacer de la necesidad virtud”, dado que tiene un problema adicional: hay muchas reformas pendientes, que exige Bruselas para los siguientes pagos, y que están paralizadas en el Parlamento, por el veto de Junts y la dificultad de pactar reformas con Podemos. Así que el Gobierno ha aprovechado para aprobar cambios que agilicen la gestión de Fondos y traten de superar los vetos legislativos. Esos son los objetivos de la “Adenda de Simplificación del Plan de Recuperación”, aprobada por el Consejo de Ministros el 9 de diciembre. Veamos su contenido.

Por un lado, la Adenda pretende agilizar los procesos de verificación y ejecución de los proyectos vinculados a Fondos europeos, para reducir burocracia. Por otro, se busca reforzar las prioridades estratégicas, fortaleciendo los programas relacionados con la supercomputación y la descarbonización. En tercer lugar, se mantiene el objetivo de solicitar todas las subvenciones pendientes, pero se renuncia a una parte de los créditos adjudicados: en lugar de llegar a los 83.000 millones de créditos previstos, se van a solicitar sólo 22.800 millones, por dos razones. Una, porque España se financia ahora barato en los mercados, casi al tipo que nos ofrece Bruselas (al 3,22% a 10 años, cuando los créditos de Bruselas son al 3,13%). Y la otra, porque al renunciar a estos créditos, España ya no tendrá que afrontar las reformas que llevan aparejados y que tanto le cuesta al Gobierno aprobar en el Parlamento.

Pero hay más cambios. El principal, que se modifica el calendario pendiente de reformas: 100 hitos pendientes se abandonan, otros 160 hitos se modifican y quedan pendientes 230 hitos que se esperan cumplir, algunos cambiando Leyes por reformas que no precisen ser convalidadas en el Parlamento, algo que el Gobierno deberá ir pactando con la Comisión Europea. El objetivo está claro, en palabras del propio Pedro Sánchez: “no vamos a perder ni un euro” de las subvenciones europeas pendientes.

El objetivo es entonces recibir los 24.811 millones de subvenciones pendientes a lo largo de 2026 y también los 6.800 millones de créditos pendientes (menos imprescindibles), en tres o cuatro pagos, condicionados a la aprobación de múltiples reformas, algunas de ellas estancadas en el Parlamento y otras pendientes de aprobar por el Gobierno: Ley del Cine, Ley de la Industria, Ley de Universalidad del Sistema Nacional de Salud (SNS), Ley del Medicamento, el nuevo marco del personal estatutario del SNS, la Ley de ordenación profesional en el ámbito del Deporte, la Ley de Familia, la Ley para regular los lobbies, la Ley de protección de la Competencia (“Ley de OPAS”), la revisión de los beneficios fiscales del sistema tributario o el régimen sancionador de la pesca marítima.

De momento, la Comisión Europea aprobó el pasado miércoles esta Adenda de España, dando el visto bueno a la revisión de 160 reformas previstas y la eliminación de 17 reformas con rango de Ley, entre ellas la Ley de regulación de lobbies, la Ley de movilidad sostenible, la Ley del mercado de valores y la equiparación fiscal del diesel y la gasolina. También desaparece la obligación de aprobar la Ley del cine y la Ley de modificación de la pesca, aunque el Gobierno intentará aprobarlas igual. Y en el caso de otras 5 Leyes, se ha acordado sustituirlas por otras normas "de similar ambición.

Esta aprobación de la Adenda por Bruselas es un alivio para el Gobierno cara al tramo final del Plan de Recuperación. Pero sigue ahí el meollo de la cuestión: o España aprueba nuevas reformas que convenzan a la Comisión Europea o no recibiremos los 25.000 millones de Fondos que faltan (ni los 6.800 millones de créditos). Por eso, Pedro Sánchez comentó a los periodistas, en los corrillos de la copa de Navidad en Moncloa, que “la amnistía y los Fondos europeos serán los grandes hitos de 2026”, en lo que se va a volcar el presidente, que buscará desesperadamente “abrir una ventana con Junts” el año próximo. Todo indica que su gran prioridad será recibir esos 25.000 millones de Fondos europeos, “no perder ni un euro”. Y eso pasa por dos cosas. Una, mantener el Gobierno hasta finales de agosto (unas elecciones anticipadas, con los meses de interregno, supondrían perder esos Fondos). Y la otra, conseguir sacar adelante la mayor parte de las reformas exigidas, lo que obliga a pactar con Junts.

El panorama es muy difícil, pero conseguir esos últimos Fondos europeos es clave para seguir creciendo y para mantener la inversión y el empleo en muchos sectores y empresas. Quizás no nos demos cuenta, pero los Fondos Europeos han sido uno de los motores del crecimiento español desde 2022 a 2024: han aportado un 2,4% de todo el crecimiento del PIB en esos tres años (12,4%). A lo claro: que 1 de cada 5 euros producidos han sido gracias a los Fondos europeos. Y su efecto inercial seguirá en el futuro: se estima que hasta 2031 aportarán un crecimiento extra del PIB del 3,4%.

Así que nos jugamos mucho como país en recibir estos Fondos europeos que faltan, 31.800 millones (subvenciones y créditos) de los 103.000 millones previstos entre 2021 y 2026. Pero para no perderlos, España tiene que hacer una serie de reformas económicas que exige Bruselas. El dilema es claro: o se pactan estas reformas como sea o ese dinero se pierde (y con él, inversiones y empleos claves para el futuro). Y tenemos un plazo para acordar: el 31 de agosto de 2026. Ahora o nunca. No parece que los políticos lo entiendan.

jueves, 6 de febrero de 2025

Reducción de jornada: ojo a cómo se aplica

El Gobierno ha aprobado la reducción de jornada de 40 a 37,5 horas semanales, para implantarla antes de fin de año. Los españoles trabajan una media de 38,3 horas, así que la rebaja será de 48 minutos semanales. Pero hay 4 sectores donde se reducirá más de hora y media: hostelería, información, comercio y agricultura. Otro cambio: los que tienen un contrato a tiempo parcial, podrán trabajar menos o pedir subida de sueldo. Además, se aprueba la “desconexión digital: no habrá que estar contactado fuera del horario laboral. Y se obliga a las empresas a un control digital de horarios. Ahora queda lo difícil: aprobarlo en el Parlamento, dada la oposición de Junts y PP, que apoyan las críticas  de las empresas, por el alto coste y la imposición legal. Habrá cambios y ayudas a las pymes para adaptarse. Pero la tecnología y los nuevos hábitos llevan al recorte horario. Próxima estación: más teletrabajo y 4 días de trabajo semanal. 

                                        Enrique Ortega

Esta es la 4ª vez en poco más de un siglo que España cambia legalmente la jornada laboral. La primera vez fue el 4 de abril de 1919, cuando el Gobierno de Romanones (liberal) aprobó (tras la huelga de "La Canadiense") la jornada laboral máxima de 48 horas semanales (8 horas por 6 días de trabajo, frente a las 12 horas habituales entonces), adelantándose unos meses al primer Convenio mundial por las 48 horas semanales, aprobado por la OIT en octubre de 1919.Tras el largo paréntesis de la dictadura franquista, el 2º cambio llegó en marzo de 1980: el Gobierno Suárez (UCD) aprobó la jornada de 42 horas semanales. Poco después, en julio de 1983, el Gobierno de Felipe González (PSOE) aprobaba la jornada máxima de 40 horas, que rige hoy. Y casi 41 años después, este martes 4 de febrero de 2025, el Gobierno de coalición (PSOE y Sumar) aprobó  la jornada laboral de 37,5 horas semanales, media hora menos de trabajo al día.

La jornada laboral se ha reducido en todo el mundo en las últimas décadas, de la mano de la tecnología y la digitalización y asentada en un cambio de costumbres, donde se valora cada vez más la conciliación familiar y el ocio. Con ello, el horario de trabajo medio en Occidente (36 paises OCDE) era de 1.742 horas anuales en 2023 (horas efectivas), con los paises más ricos trabajando menos horas (1.343 Alemania, 1.380 Dinamarca, 1.413 Paises Bajos, 1.437 Suecia.  1.500 Francia, 1.524 Reino Unido), salvo EEUU (1.799 horas), Italia (1.734) y Japón (1.524), ocupando España un horario intermedio (1.632 horas anuales). Otra estadística, de Eurostat (2023), que refleja todas las horas (incluidas extras), revela que la jornada laboral media en Europa es de 40,4 horas semanales y que España está en linea, con una jornada total (ojo: de los que trabajan a tiempo completo) de 40,3 horas, algo más que Francia (40 horas) y Alemania o Bélgica (40,2 horas), Paises Bajos (39,3) y Dinamarca (38,9) y menos horas que Italia (40,5), Portugal (41,3) o Suecia (41,5 horas semanales).

Las estadísticas internacionales indican que España no destaca por trabajar más ni menos, está en la media. Pero las estadísticas españolas revelan que los españoles ya trabajan menos de la jornada semanal legal de 40 horas. Si tomamos los datos del INE, la EPA de 2024, los que han trabajado en el 4º trimestre han trabajado 36 horas semanales de media, aunque hay una gran diferencia entre lo que trabajan los empleadores (46,8 horas) y lo que trabajan los asalariados (34,9 horas semanales: 36,9 horas los hombres y 32,7 horas las mujeres). La otra manera de medirlo es ver la jornada pactada en los convenios en 2024, aunque sólo afecta a los asalariados con convenio (10,6 millones). Eso nos indica que la jornada media pactada en 2024 fue de 1.755,74 horas, lo que equivale a 38,32 horas semanales. Y hay sectores, como el campo, la hostelería, el comercio y una parte de la industria que tienen una jornada mayor.

Así que la jornada real ya está por debajo de las 40 horas semanales (38,32 horas), con grandes empresas en torno a las 35/36 horas y otras por encima de las 39 horas. Dada esta desigualdad horaria y la tendencia social a reducir la jornada laboral (a la que hay que sumar una hora larga de ida y otra de vuelta en muchas ciudades), los sindicatos llevan años forzando a un recorte de jornada, para fomentar la conciliación familiar y laboral. Y en paralelo, piden un control efectivo de la jornada, porque muchas empresas “abusan de las horas extras”: no superan las 40 horas semanales, pero “fuerzan” a sus plantillas a hacer horas extras, muchas sin pagarlas (ni cotizar por ellas). Trabajo estima que se hacen 3 millones de horas extras gratis a la semana, con las que las empresas se ahorran 3.254 millones al año (en salarios y cotizaciones), sobre todo en hostelería, comercio, industria y educación.

Por todo ello, el Gobierno de coalición incluyó en su programa para esta Legislatura el recorte de la jornada laboral, tras 41 años sin tocarla. Y lo justifica en que la productividad ha aumentado un 53% desde 1983 pero eso ha beneficiado más a las empresas que a los trabajadores, cuyos sueldos han subido mucho menos y trabajan casi las mismas horas. Además, creen que hay un apoyo social mayoritario (Encuestas) a reducir la jornada y que la medida puede mejorar la productividad y reducir el absentismo. Eso sí, tendrá un coste para las empresas, porque la condición es bajar la jornada legal manteniendo los salarios.

La idea del Gobierno Sánchez era pactar la rebaja de jornada con sindicatos y patronal. Pero no ha sido posible, porque la patronal (CEOE y CEPYME) se retiró de la negociación en diciembre, tras 11 meses de reuniones, argumentando el alto coste de la medida y pidiendo que el horario quedara para la negociación colectiva, no que se impusiera por Ley. Así que la vicepresidenta Yolanda Díaz pactó la rebaja en solitario con CCOO y UGT, el 20 de diciembre. Y aún quedaba otra batalla, en el seno del Gobierno: el ministro de Economía (y el PSOE) querría haber retrasado la rebaja uno o dos años (hasta el final de la Legislatura), buscando como fuera (con ayudas) el acuerdo con la patronal, mientras Yolanda Díaz (Sumar) se ha empecinado en implantar la jornada de 37,5 horas antes de final de año, para “revitalizar” su imagen política tras la continua caída en las Encuestas.

En medio del descuerdo social (sin la patronal) y el pacto político “in extremis” dentro del Gobierno, el Consejo de Ministros aprobó este martes un anteproyecto de Ley con 3 cambios importantes. El primero, la rebaja de la jornada laboral, a 1.712 horas en cómputo anual, que son las 37,5 horas semanales. Eso supone una rebaja de la jornada semanal media pactada en convenio (38,32 horas en 2024) de 48 minutos semanales, según Trabajo.

Pero hay 4 sectores donde la rebaja se va a notar mucho más, porque la jornada se reducirá más de hora y media, según estima Trabajo: hostelería (trabajarán -112 minutos), información y comunicaciones (-109 minutos), comercio (-98 minutos) y agricultura (-97 minutos semanales). En otros sectores, la jornada semanal bajará en torno a una hora: actividades administrativas y auxiliares (-67 minutos), otros servicios (-66 minutos), actividades profesionales, científicas y técnicas (-62 minutos), industrias extractivas (-55), manufacturas (-54 ) y actividades artísticas (-51 minutos semanales). Y se notará poco la rebaja en el transporte y almacenamiento (-47 minutos semanales), la construcción (-37), sanidad y servicios sociales (-23), inmobiliarias (-20) y energía (-13 minutos semanales). Y 4 sectores no tendrán ningún recorte de jornada, porque ya trabajan menos de 37,5 horas: finanzas y seguros, Administración Pública, educación y suministro de agua.

Esta reducción de jornada, a 37,5 horas semanales, afectará a los que tienen contrato a tiempo completo. Pero también afecta a los que tienen jornada a tiempo parcial: podrán trabajar menos (el porcentaje en que baje la jornada completa) o mantener su jornada parcial pero con una subida de sueldo. Así, si alguien trabajaba 30 horas semanales (el 75% de la jornada), ahora trabajará 28,12 horas o, si decide mantener su anterior jornada, la empresa le debe compensar (en este ejemplo, subirle un 6,26% el sueldo).

El recorte de jornada beneficiará, según Trabajo, a 12,5 millones de asalariados (a 2 de cada 3) , de ellos 10,5 millones con un contrato a tiempo completo (que trabajarán algo menos) y 2 millones de trabajadores con contrato a tiempo parcial (1,5 millones son mujeres). En conjunto, los 4 sectores más beneficiados por la rebaja de jornada son el comercio (2.435.500 trabajadores beneficiados), la industria manufacturera (2.073.500 beneficiados), la hostelería (1.424.100 beneficiados ) y la construcción (1 millón de beneficiarios), seguidos muy de lejos por las actividades administrativas (852.600 beneficiados), actividades profesionales, científicas y técnicas (729.600), sanidad y servicios sociales (692.400), transporte y almacenamiento (672.900), información y comunicaciones (626.900), actividades del hogar (601.200), el campo (460.900), la educación (239.200) y las actividades artísticas, ocio y entretenimiento (193.000 beneficiarios).

Por autonomías, las regiones donde se trabajan más horas y cuyos trabajadores notarán más la nueva jornada serán Canarias, Murcia, Andalucía, Comunidad Valenciana, Baleares y Cataluña.

El 2º cambio de la Ley propuesta es que se refuerza el control horario de las empresas, que en muchos casos se hace mal o no se hace (pymes), lo que facilita la proliferación de horas extras y los horarios excesivos. Ahora, se obliga a las empresas a instalar un sistema de control digital, en un plazo de 6 meses tras la aprobación de la Ley, un sistema que debe estar disponible online para la inspección de trabajo y para los sindicatos. Y si no se instala o funciona mal, se multiplican las multas, no por empresa (como ahora), sino por trabajador.

El tercer cambio es también muy importante: se implanta la “desconexión digital”, con lo que los trabajadores ya no estarán obligados a estar en contacto permanente con su empresa (móvil, correo, WhatsApp…) y sus jefes no podrán contactarle fuera del horario laboral, lo que en algunos casos ha provocado estrés laboral y problemas mentales.

La patronal no apoya esta reforma por dos razones básicas. Una, de principios: defiende que el horario laboral es un tema a decidir en la negociación colectiva, entre empresas (patronal) y trabajadores (sindicatos), sin “injerencia” del Gobierno, un argumento que olvida que hay unos 6 millones de asalariados sin convenio, que trabajan en pequeñas empresas, sin capacidad de negociar sus horarios. Y así hemos llegado a la situación actual, donde hay dos tipos de trabajadores: los de grandes empresas, que trabajan menos, y los de empresas pequeñas, que trabajan mucho más (y aún más los autónomos). Por eso, muchos paises fijan por Ley la jornada (como Francia, que la fijó el año 2000 en 35 horas semanales).

La otra crítica, mucho más razonable, es que reducir la jornada tiene un coste. Un estudio de CEPYME lo cifra en 11.792 millones, dos tercios concentrado en el comercio, la industria, la hostelería y las actividades administrativas. Y la patronal CEOE habla de un coste de 24.000 millones, unos 2.000 euros por empleado afectado. Este es un tema que merece la pena analizar con detalle y tratar de resolver con ayudas a las empresas (pymes) y sectores más afectados, como prometió el Gobierno a la patronal si pactaba la rebaja de horarios. También habría que buscar mejoras de productividad para compensar este aumento de costes. Pero, en cualquier caso, no hay que olvidar un dato: las empresas llevan 4 años aumentando márgenes y beneficios, mientras los trabajadores han perdido poder adquisitivo. Ahora se trata de “repartir el crecimiento”, trabajando algo menos a costa de las mayores ventas y beneficios de muchas empresas (no todas).

En cualquier caso, estamos ante un anteproyecto de Ley, aprobado por la vía de urgencia, que ahora pasará las consultas técnicas y legales, para ser aprobado otra vez por el Gobierno y enviado al Parlamento. Así que no se debatirá hasta el verano. Y entonces, el Gobierno deberá lograr el apoyo de Junts, que ya ha dicho que quiere cambios (ayudas a las empresas y quizás más flexibilidad). Y el PP se encontrará con el dilema de votar en contra (como hizo con la reforma laboral, lo que ahora se ve como una equivocación) o abstenerse, dado que todas las Encuestas reflejan que una mayoría de españoles está a favor de reducir la jornada laboral. En cualquier caso, será difícil que los convenios se adapten a tiempo para que el 31 de diciembre estén en vigor las 37,5 horas en todas las empresas.

Parece claro que el mundo, con la digitalización y la tecnología (más aún con la Inteligencia Artificial) va en la dirección de trabajar menos horas. Pero no basta con aprobar una Ley para imponerlo. Es más eficaz pactar la nueva jornada, sector a sector y empresa a empresa, en una negociación donde entren horarios, sueldos, condiciones de trabajo, empleo  y productividad, aportando el Estado las ayudas necesarias para que las empresas más vulnerables se adapten. Esa es la negociación que hará falta una vez se apruebe la Ley, porque si no, lo que ahora es un deseo generalizado (“trabajar menos”) se nos volverá en contra, si se aplica mal y daña al crecimiento y al empleo. Por eso hay que ser flexibles y realistas, no buscar titulares y votos.

Y en paralelo, hay que ir planificando el trabajo del futuro, que será mucho menor que ahora, porque una parte de los empleos los cubrirán ordenadores y máquinas. Hay que ir pensando de otra manera, en repartir el trabajo que haya”, lo que obligará a dar más peso al teletrabajo (creció con la pandemia, pero se ha recortado) y a pensar en la jornada de 4 días a la semana , que ya están estudiando paises punteros como Japón o Reino Unido. Hay que repensar el trabajo actual y su inevitable revolución futura, superando el debate de la jornada: qué trabajos se van a mantener, cuáles cambiarán radicalmente y cómo nos adaptamos. Ese es nuestro verdadero reto.