En 2025 volvió a subir la luz, como en 2024 y 2023, aunque el recibo no dio los sustos de 2022, tras la invasión de Ucrania. En el mercado mayorista en origen, el precio medio ha sido 65,52 euros MWh, una subida del +4,2% sobre el precio medio de 2024 (62,90 euros MWh), por el aumento del precio del gas en la primera parte del año y la subida de los costes del CO2, aunque han evitado una mayor subida las lluvias de primavera y el aumento de la generación fotovoltaica. A partir de este precio en origen, el recibo de la luz que pagan los consumidores con tarifa regulada (8,5 millones) ha subido +12%, hasta una factura media de 69,34 euros mensuales (frente a 61,88 euros en 2024 y 60,34 euros de 2023, muy lejos ambas de los 105,48 euros que pagamos en 2022), según la OCU. Y en cuanto a la calefacción, la media del recibo subió un 13% en 2025 (a 640 euros anuales).
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lunes, 19 de enero de 2026
Se dispara la pobreza energética
Enero está siendo un mes muy frío en toda España y
eso aumentará los problemas de las familias que tienen dificultades para
calentar su vivienda: 8,5 millones de personas sufren “pobreza energética”
en España, un 17,5% de la población, casi el doble que la media europea y el
triple que en 2008 (5,9%). Aunque el Gobierno ha aumentado las ayudas
a estas familias, con el bono social eléctrico y térmico, sólo las reciben
1,7 millones de personas, la quinta parte de los que tienen problemas
para calentarse y pagar la luz. Este año, la luz seguirá cara y lo mismo la
calefacción, por lo que el Gobierno ha prorrogado estas ayudas a las
familias en situación de pobreza energética. Pero la medida, que se incluye
dentro del Decreto de revalorización de pensiones y prórroga del “escudo social”
está pendiente de convalidarse en el Congreso y tanto la
derecha como Junts amenazan con no aprobarla. Urge tomarse en serio este grave
problema, que tantas familias no puedan pagar la energía. 8,5 millones de españoles sufren "pobreza energética"
En 2025 volvió a subir la luz, como en 2024 y 2023, aunque el recibo no dio los sustos de 2022, tras la invasión de Ucrania. En el mercado mayorista en origen, el precio medio ha sido 65,52 euros MWh, una subida del +4,2% sobre el precio medio de 2024 (62,90 euros MWh), por el aumento del precio del gas en la primera parte del año y la subida de los costes del CO2, aunque han evitado una mayor subida las lluvias de primavera y el aumento de la generación fotovoltaica. A partir de este precio en origen, el recibo de la luz que pagan los consumidores con tarifa regulada (8,5 millones) ha subido +12%, hasta una factura media de 69,34 euros mensuales (frente a 61,88 euros en 2024 y 60,34 euros de 2023, muy lejos ambas de los 105,48 euros que pagamos en 2022), según la OCU. Y en cuanto a la calefacción, la media del recibo subió un 13% en 2025 (a 640 euros anuales).
Ahora, en 2026, se espera otra subida del recibo de
la luz, aunque puede bajar en origen hasta un 12%, dado que los futuros prevén
un precio medio en el mercado mayorista de 56,70 euros MWh (que volvería a
bajar a 54,25 euros MWH en 2027), según estimaciones
de OMIP. Sin embargo, el recibo que pagamos podría subir este año.
A los que tienen tarifa reducida, por la subida de peajes (cargos
aprobados por el Gobierno) y, sobre todo, porque REE seguirá manteniendo “de
guardia” varias centrales de gas, para
evitar apagones, lo que supone un recargo
en la factura. Y los que tienen una tarifa “libre” (20
millones de consumidores) verán como en la revisión anual de tarifas le
suben, por estos cargos, al menos un 10%. Eso sí, la tarifa regulada del gas
para calefacción baja más del 5%.
En definitiva, pagar este año la luz y la calefacción será
caro, aunque puede haber algunos ahorros (ya también subidas si hay más
conflictos geopolíticos). Y como el invierno está siendo frío, todo apunta a
que la factura de la luz y la calefacción será un coste importante para
muchas familias, junto a los alquileres (o hipotecas), la alimentación
y el transporte. Por eso preocupa que aumenten las personas con problemas para
calentar su casa o pagar la luz: el pasado invierno (2024-2025), el 17,5%
de los españoles no pudieron calentar correctamente sus casas,
según
Eurostat. Eran más de 8,5 millones de personas con “pobreza
energética”, el
triple que en 2008 (entonces eran el 5,9% de la población).
España (con ese 17,5%) es el 4º país con más “pobreza
energética” de Europa, sólo por detrás de Bulgaria y Grecia (19% de
personas con pobreza energética) o Lituania (18%) y duplica la media europea
(9,2% de población con pobreza energética), según
Eurostat, quedando muy por delante de Alemania (6,3%), Francia
(11,8%), Italia (8,6%), Polonia (3,4%), Suecia (4,1%), Dinamarca
(4,4%) o Finlandia (2,7%), paises mucho más fríos que España. Además, 1
de cada 3 familias españolas tuvo que retrasar el pago de sus facturas
energéticas el invierno pasado, según otro Informe
sobre pobreza energética 2024. Y existe una “pobreza energética “oculta”:
un 15% de las familias tuvieron que recortar otros gastos básicos,
como la compra de alimentos, para pagar las facturas de calefacción.
Esta pobreza
energética en España es desigual, según
el estudio. Afecta mucho más a las familias que viven de alquiler (un 33%
sufren “pobreza energética”, casi el doble de la media española) que a los que
tienen su casa en propiedad (17,5% de pobreza energética). Y hay una gran
diferencia por autonomías: en Canarias y en las regiones más ricas
(Madrid, Cantabria, País Vasco, Navarra, la Rioja, Cataluña y Baleares) baja la
tasa de pobreza energética (al 9%) y sube en las más pobres (al 23% en Extremadura,
el 14,3% en Andalucía o el 12,3% en Murcia). Y además, preocupa el alto
porcentaje de la pobreza
energética “ severa” : un 9,35% de las familias (4,5
millones de personas) que dedican un porcentaje excesivo de sus ingresos a las
facturas, incurren en retrasos severos de pago o no pueden mantener
temperaturas adecuadas (por debajo de 18°C-21°C).
Frente a este grave problema de la pobreza energética, el
Gobierno Zapatero creó en 2009 una ayuda, el bono social eléctrico,
que se reformó en 2017 y se amplió en octubre de 2018, con el Gobierno Sánchez,
que creó el bono social térmico. Dos formas de ayuda frente a la
pobreza energética que son un avance pero que sólo ayudan a 1.703.511
personas, 1 de cada 5 afectados por la pobreza energética (8,5 millones). Veámoslas
con detalle.
El bono
social eléctrico es un descuento en la factura de la luz que beneficia
a las familias más vulnerables, que tienen problemas serios para pagar el
recibo. El descuento varía según los ingresos del beneficiado: se rebajaba
un -42,5% la factura eléctrica (descuento vigente del 30 de junio al 31 de
diciembre de 2025) a los consumidores “vulnerables” (ingresan menos de
12.600 euros al año los solteros, 19.320 euros las parejas con un niño y menos de 23.500 euros
las familias con dos niños) y el descuento era del -57,5% para los consumidores
“vulnerables severos” (ingresan menos de 6.300 euros al año los
solteros, menos de 9.660 euros las parejas con 1 hijo, menos de 11.760 las
familias con dos hijos, menos de 16.800 euros anuales las familias numerosas y
menos de 16.800 euros los pensionistas). Además, hay un tercer grupo de
beneficiados, los consumidores “en exclusión social” (atendidos
por los servicios sociales de Ayuntamientos y autonomías) que no tienen que
pagar nada de luz (ni se la pueden cortar) y a quien esas administraciones
pagan el 50% del recibo.
Este bono social eléctrico, esos descuentos en el recibo de
la luz, los solicitan los beneficiarios potenciales a su compañía eléctrica,
que se los aplicará si cumplen los requisitos, aunque realmente cargan
después este coste al resto de los consumidores (a través del concepto “financiación del
bono social” incluido en las facturas de la tarifa regulada, aunque los consumidores con contrato “libre” lo
acaban pagando también). En 2025 había 1.703.511
consumidores beneficiados por el bono social eléctrico,
medio millón más que antes de dispararse los precios de la energía por la invasión
de Ucrania (1.218.120 beneficiarios en 2021). Más de la mitad de estas ayudas
se concentran en Andalucía (348.435 beneficiarios), Comunidad Valenciana
(223.306), Cataluña (189.705) y Madrid (187.639).
El bono
social térmico, la otra ayuda complementaria disponible, es un
pago anual único para ayudar al pago de los gastos de calefacción,
agua caliente y cocina. Su cuantía depende de la zona climática donde vive
el beneficiario (más en Ávila que en Canarias), del grado de vulnerabilidad
(ingresos) y de lo que aporte opcionalmente la autonomía a esta ayuda, que se
financia con los Presupuestos del Estado (su coste fue de 312 millones en 2025,
frente a 75 millones abonados en 2019). En 2025, la ayuda del bono social
térmico variaba entre 40 y 373 euros anuales. Esta ayuda se abona en
cuenta entre enero y agosto a todos los que disfruten del bono social
eléctrico en diciembre del año anterior, pero este abono lo
gestionan las autonomías y eso supone una gran descoordinación y retraso
en las ayudas, por lo que algunos
dicen que existen “17 bonos sociales térmicos”. En 2025, los beneficiarios
del bono social térmico fueron 1.649.625
personas, medio millón más que en 2019.
Estas dos ayudas a los gastos energéticos se han ido
prorrogando en los últimos años, la última vez hasta el 31 de diciembre de
2025. Unos días antes de vencer el plazo, el 22 de diciembre pasado, El Gobierno
llegó a un pacto con EH Bildu para prorrogar estas dos ayudas
durante todo 2026. Y al día siguiente, en el Consejo de Ministros
del 23 de diciembre, el
Gobierno aprobó formalmente la prórroga, en un Real Decreto
que incluyó también la prohibición de desahucios y el mantenimiento del “escudo social” más la revalorización de las pensiones. Ahora, todas
estas medidas, incluida la prórroga de las ayudas a la pobreza energética, han
de ser convalidadas en el Congreso, algo problemático dado
que Junts asegura que no va a apoyar ningún Decreto del Gobierno, como PP y Vox.
Tenemos un antecedente de lo que puede pasar: hace
un año, el Gobierno llevó al Congreso un Decreto semejante, para
prorrogar el escudo social y revalorizar las pensiones y Junts lo tumbó, con
PP y Vox, para ratificarlo unos días más tarde con algunos cambios y la
partición del Decreto en dos (pensiones y otras ayudas). Ahora, PP, Vox, Junts
y PNV no confirman si apoyarán este Decreto y critican que el Gobierno haya
mezclado la revalorización de pensiones con la prórroga de ayudas contra la
pobreza energética, la prohibición de coste de suministros básicos (luz, gas o
agua) o la prohibición de los desahucios.
Mientras se concreta esta nueva “pelea política”
lo que está en el aire son la prórroga de las ayudas a 1.7 millones de personas
que tienen problemas para pagar la luz y calentar su casa, junto a la prohibición
de que les corten los suministros. El bono social eléctrico y térmico es una
ayuda importante para muchas familias, pero resulta
insuficiente a la vista de
los datos: 4 de cada 5 afectados por la pobreza
energética no reciben ninguna ayuda. Los expertos lo achacan al exceso
de requisitos y a la burocracia, que llevan a que muchos potenciales
beneficiarios de las ayudas ni siquiera las pidan. Y también hay
una gran descoordinación entre Administraciones, por lo que las
ONGs piden más implicación de los servicios sociales de los Ayuntamientos,
para atender mejor las necesidades energéticas.
En paralelo a las ayudas, la Comisión Europea ha pedido a
los paises otras medidas para paliar la pobreza energética, como
potenciar las ayudas a la rehabilitación de viviendas, para que
estén mejor aisladas y las familias puedan gastar menos en luz y calefacción.
En este tema, España
está retrasada, a pesar de las importantes ayudas a la rehabilitación
energética con Fondos europeos: se rehabilitan energéticamente el 0,8% de
las viviendas, cuando la Comisión Europea considera que deberían
rehabilitarse el 2% cada año.
Ahora, el Gobierno debe aprobar finalmente la
Estrategia Nacional contra la Pobreza Energética 2026-2030, cuyo borrador
presentó en septiembre de 2025. El Plan tiene 4 ejes de actuación
(caracterización de la pobreza energética y creación de un Observatorio,
protección de los consumidores, mejoras estructurales de las viviendas y mayor
coordinación de las distintas Administraciones), concretados en 12
medidas: aumento del bono social, mejora y ampliación del bono
social térmico (incluido en verano), concesión directa ayuda a los
beneficiarios del Ingreso Mínimo Vital, prohibición de cortes de suministro e
integrar medidas de descarbonización en la protección social energética.
Algunas organizaciones sociales y ONGs creen que habría que ser más ambiciosos
en esta nueva Estrategia, para cubrir a más personas energéticamente
vulnerables, en colaboración con Ayuntamientos, autonomías y las propias
compañías eléctricas. Y algunos
proponen crear un Banco de Energía, al estilo de los Bancos
de Alimentos, para canalizar donaciones (de energía o de dinero) a las familias
más vulnerables.
En resumen, el pago de la luz y la calefacción supone
cada vez un coste mayor para muchas familias, que no pueden afrontarlo,
con lo que no pueden calentar sus hogares o lo hacen a costa de reducir otros
gastos. Y España, al igual que en la pobreza general, es también líder en
Europa en esa pobreza energética, que afecta a casi 1 de cada 6
españoles (17,5%). Urge ayudarles este mes de enero, con la convalidación
en el Congreso de la prórroga del bono social eléctrico y térmico. Y
después, habría que acordar
un sistema de ayudas más eficaz, que llegara a la mayoría de los
afectados (ahora 4 de cada 5 están desatendidos), no sólo con descuentos y
ayudas en las facturas sino con medidas estructurales para rehabilitar las
viviendas y reducir el gasto energético. Un gasto que angustia cada invierno
a muchas familias.
En 2025 volvió a subir la luz, como en 2024 y 2023, aunque el recibo no dio los sustos de 2022, tras la invasión de Ucrania. En el mercado mayorista en origen, el precio medio ha sido 65,52 euros MWh, una subida del +4,2% sobre el precio medio de 2024 (62,90 euros MWh), por el aumento del precio del gas en la primera parte del año y la subida de los costes del CO2, aunque han evitado una mayor subida las lluvias de primavera y el aumento de la generación fotovoltaica. A partir de este precio en origen, el recibo de la luz que pagan los consumidores con tarifa regulada (8,5 millones) ha subido +12%, hasta una factura media de 69,34 euros mensuales (frente a 61,88 euros en 2024 y 60,34 euros de 2023, muy lejos ambas de los 105,48 euros que pagamos en 2022), según la OCU. Y en cuanto a la calefacción, la media del recibo subió un 13% en 2025 (a 640 euros anuales).
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lunes, 22 de diciembre de 2025
A por los últimos Fondos europeos
Una de las prioridades que se ha fijado el
presidente Sánchez para 2026 es recibir todos los Fondos europeos
pendientes, “sin perder un euro”. Y eso porque los Fondos se
acaban el 31 de agosto y España todavía debe recibir 25.000 millones
en subvenciones. Pero para conseguirlos, debe seguir aprobando reformas,
algo que el Gobierno tiene muy difícil con el veto de Junts en el
Parlamento. Por eso, ha aprobado un cambio
de estrategia, para agilizar la gestión
de estos Fondos y renegociar con Bruselas las reformas pendientes, renunciando
a algunas y flexibilizando otras, renunciando además a recibir la mayor parte
de los créditos europeos previstos (ahora que España se financia barato). Pero el
Gobierno no lo tiene fácil, porque en 2026 se acaba el plazo para gestionar
las ayudas, que si no se pierden. Y todos nos jugamos mucho en ello,
porque los Fondos europeos han sido uno
de los motores del crecimiento y del empleo de España desde 2021. Habría que pactar
para no perderlos. Enrique Ortega
Empecemos recordando el origen y la evolución de estos Fondos europeos. En la madrugada del 21 de julio de 2020, en plena pandemia, los líderes europeos aprobaban por unanimidad el Plan de Recuperación, dotado con 750.000 millones de euros hasta 2026, para que Europa superara la nueva crisis y afrontara los retos energético y digital, con subvenciones y créditos europeos. Si en la crisis financiera de 2010-2014, Merkel y el resto de líderes europeos afrontaron los problemas con ajustes y recortes, sobre todo para los paises del sur, en esta ocasión se optó por el camino contrario: reanimar la economía con fondos europeos (y con emisión de deuda de los 27, algo “prohibido” antes) y aprovechar la nueva crisis provocada por la COVID-19 para modernizar la economía europea y ayudar a los paises a invertir en la reconversión energética y digital de sus economías.
España fue el primer país europeo en aprobar un
Plan de Recuperación, el
27 de abril de 2021, para optar a las ayudas y créditos del
Fondo “Next Generation EU”, unos 140.000 millones inicialmente
adjudicados a España (70.000 en subvenciones a fondo perdido y 70.000 en
créditos con bajo interés), con 4
objetivos básicos: la transición energética, la
digitalización de la economía, las reformas económicas necesarias y la
reducción de desigualdades regionales, sociales y de género. El Gobierno
Sánchez envió el Plan a Bruselas el 30 de abril y un mes y medio después, el
16 de junio de 2021 lo
aprobó la Comisión Europea (fue el primer Plan nacional aprobado),
siendo ratificado por los ministros de Economía de la UE, el 13 de julio de
2021, “con la máxima calificación”.
A partir de ahí, el Plan de Recuperación empezó a andar
y enseguida llegaron los primeros Fondos europeos: el 17 de agosto de 2021, el
Tesoro español recibió la
primera transferencia de la UE: 9.036 millones en concepto de “prefinanciación”.
A partir de ahí, se establecían 8 desembolsos oficiales, 8 entregas
de Fondos europeos hasta agosto de 2026, que se irían abonando a medida que
España justificara a la Comisión Europea que se habían hecho las reformas e
inversiones exigidas. Había que “sudar” para recibir cada entrega…
El primer
desembolso oficial condicionado (tras el anticipo de agosto) llegó el 27
de diciembre de 2021: 10.000 millones de euros, recibidos tras
confirmar la Comisión que España había cumplido 52 hitos y reformas,
entre ellas la Ley de Cambio Climático, la mejora de la conectividad, el Plan
de Ciencia, la modernización de la Administración Pública y los Planes para la
igualdad retributiva de hombres y mujeres. Además, España tuvo que aceptar y
firmar antes, en noviembre de 2021, el Reglamento de concesión de los Fondos
europeos aprobado por la Comisión, una exigente “hoja de ruta” para asegurar su
buen funcionamiento.
España siguió con su calendario de reformas e inversiones y el
27 de junio de 2022, la Comisión Europea aprobó un 2º desembolso oficial a España: otros
12.000 millones de euros de subvención, recibidos tras cumplir 40
hitos, entre ellos la reforma laboral, la 1ª fase de la reforma de las
pensiones, la estrategia de movilidad sostenible, la hoja de ruta de la eólica
marina, la Carta de Derechos Digitales, la Ley Riders (repartidores), las
medidas fiscales para el despliegue de la Red 5-G, la modernización de la Agencia
Tributaria, el Plan de acción para la Atención Primaria y la Ley de la Cadena
Alimentaria.
Ya en 2023, el 17 de febrero, la Comisión Europea
autorizó el
tercer desembolso condicionado para España: 6.000
millones de euros, que llegaron el 28 de marzo, tras confirmarse que España
había cumplido otros 29 hitos y objetivos en 2022, entre ellos la Ley
Concursal, la Ley de Formación Profesional, la reforma de la cotización de
autónomos y la Ley de medidas contra el fraude fiscal. Esta vez, la
luz verde al tercer pago costó más, porque España tuvo que convencer a la
Comisión de los cambios en el sistema de control y auditoría implantados para
cumplir con los estándares de vigilancia europeos, una
herramienta llamada CoFFEE, perfilada por Economía y Hacienda.
Y en pleno verano, el 26 de julio de 2024, España
recibió el 4º pago condicionado, de 9.883 millones de euros, tras
confirmar Bruselas que había cumplidos 61 hitos y objetivos más, en la
transformación digital, la transición energética, pensiones, educación,
tratamiento de aguas, digitalización de servicios públicos y cooperación
internacional.
El 5º pago de los Fondos europeos fue el
que más tardó en llegar, el 8 de agosto de 2025, aunque fue el de mayor
importe: 23.100 millones de euros, 7.100 millones en subvenciones y 16.000
millones en créditos, tras haber solicitado España (en
las Navidades de 2022, con retraso respecto a otros paises) recibir también
créditos europeos a bajo interés, también a cambio de reformas. Esta 5ª entrega
fue además la primera en que España
recibió menos de lo previsto (iban a ser 25.000 millones), por no haber
conseguido aprobar la mayor fiscalidad del diesel (vetada
en el Congreso por el PP, Vox, UPN y Podemos) y por diferencias en las
compensaciones a los trabajadores públicos eventuales.
Tras estos 5 pagos, España ha recibido ya casi 48.000
millones de subvenciones (47.943 millones), el 60% del importe total
adjudicado (79.854 millones, el mayor importe a fondo perdido, por delante de
Italia) y 16.000 millones en créditos, el 19,2% del total de préstamos a
bajo interés previstos (83.000 millones). Unos Fondos europeos recibidos a
cambio de cumplir 264 hitos y objetivos, de los que sólo quedaron
pendientes la subida de la fiscalidad del diesel (no han ampliado el plazo
hasta finales de marzo de 2026), la reforma de la temporalidad del empleo
público y la digitalización de las entidades locales.
La mayor parte de este dinero europeo recibido estos 5 años
ha sido ya adjudicado y está en vías de invertirse. A finales de septiembre de
2025, este era el
balance publicado por el Gobierno: 79.854 millones asignados y
convocatorias de proyectos resueltas por 58.787 millones de euros, el 69,7%
del dinero recibido. El dinero asignado ha beneficiado a 1.294.037
adjudicatarios, la mayoría microempresas (41,4%) y grandes empresas (27,1%), UTEs
(15,3%(, fundaciones (11,5%) y hogares /4,7%). Y estos Fondos europeos se han repartido
por autonomías, recibiendo algo más de la mitad entre Madrid (9.018
millones), Cataluña (8.826), Andalucía (7.011), Comunidad Valenciana (5.084),
Castilla y León (4.179), Galicia (3.764), País Vasco (3.539) y Aragón (3.251
millones).
Ahora, quedan
todavía tres o cuatro pagos pendientes, pero queda poco
tiempo, porque los proyectos que opten a los Fondos europeos deben estar
aprobados antes del 31 de agosto de 2026. Así que España (y el resto de
paises europeos) vamos contra reloj, porque el dinero que no se consiga antes
de esa fecha se pierde. Por eso, la Comisión Europea lanzó una alerta en junio
pasado, aprobando una Comunicación (”Next
Generation EU. Camino a 2026”) en la que pedía a los paises miembros “revisar
sus Planes para simplificar procedimientos y maximizar la absorción de Fondos
europeos”, porque el
proceso va lento, según los datos disponibles: en subvenciones a fondo
perdido, la Comisión ha desembolsado 231.200 millones de los 291.000 previstos;
y en créditos, se han concedido 145.700 de 359.000 millones previstos.
A raíz de este toque de atención, el Gobierno ha
trabajado en un reajuste de su estrategia de gestión de los Fondos
europeos. Pero además, ha tratado de “hacer de la necesidad virtud”,
dado que tiene un problema adicional: hay muchas reformas pendientes, que
exige Bruselas para los siguientes pagos, y que están paralizadas en el
Parlamento, por el veto de Junts y la dificultad de pactar reformas
con Podemos. Así que el Gobierno ha aprovechado para aprobar cambios que
agilicen la gestión de Fondos y traten de superar los vetos legislativos. Esos
son los objetivos de la “Adenda
de Simplificación del Plan de Recuperación”, aprobada por el
Consejo de Ministros el 9 de diciembre. Veamos su contenido.
Por un lado, la
Adenda pretende agilizar los procesos de verificación y
ejecución de los proyectos vinculados a Fondos europeos, para reducir burocracia.
Por otro, se busca reforzar las prioridades estratégicas,
fortaleciendo los programas relacionados con la supercomputación y la
descarbonización. En tercer lugar, se mantiene el objetivo de solicitar todas
las subvenciones pendientes, pero se renuncia a una parte de los créditos
adjudicados: en lugar de llegar a los 83.000 millones de créditos previstos,
se van a solicitar sólo 22.800 millones, por dos razones. Una, porque España
se financia ahora barato en los mercados, casi al tipo que nos ofrece
Bruselas (al 3,22% a 10 años, cuando los créditos de Bruselas son al 3,13%). Y
la otra, porque al renunciar a estos créditos, España ya no tendrá que
afrontar las reformas que llevan aparejados y que tanto le cuesta al Gobierno
aprobar en el Parlamento.
Pero hay más
cambios. El principal, que
se modifica el calendario pendiente de reformas: 100 hitos
pendientes se abandonan, otros 160 hitos se modifican y quedan pendientes 230
hitos que se esperan cumplir, algunos cambiando Leyes por reformas que no precisen
ser convalidadas en el Parlamento, algo que el Gobierno deberá ir pactando con
la Comisión Europea. El objetivo está claro, en
palabras del propio Pedro Sánchez: “no vamos a perder ni un euro”
de las subvenciones europeas pendientes.
El objetivo es entonces recibir los 24.811 millones de
subvenciones pendientes a lo largo de 2026 y también los 6.800 millones
de créditos pendientes (menos imprescindibles), en
tres o cuatro pagos, condicionados a la aprobación
de múltiples reformas, algunas de ellas estancadas en el Parlamento y
otras pendientes de aprobar por el Gobierno: Ley del Cine, Ley de la Industria,
Ley de Universalidad del Sistema Nacional de Salud (SNS), Ley del Medicamento,
el nuevo marco del personal estatutario del SNS, la Ley de ordenación profesional
en el ámbito del Deporte, la Ley de Familia, la Ley para regular los lobbies,
la Ley de protección de la Competencia (“Ley de OPAS”), la revisión de los beneficios
fiscales del sistema tributario o el régimen sancionador de la pesca marítima.
Esta aprobación de la Adenda por Bruselas es un alivio para el Gobierno cara al tramo final del Plan de Recuperación. Pero sigue ahí el meollo de la cuestión: o España aprueba
nuevas reformas que convenzan a la Comisión Europea o no
recibiremos los 25.000 millones de Fondos que faltan (ni los 6.800
millones de créditos). Por eso, Pedro Sánchez comentó
a los periodistas, en los corrillos de la copa de Navidad en Moncloa, que “la
amnistía y los Fondos europeos serán los grandes hitos de 2026”, en lo que
se va a volcar el presidente, que buscará desesperadamente “abrir una ventana
con Junts” el año próximo. Todo indica que su gran prioridad será recibir esos
25.000 millones de Fondos europeos, “no perder ni un euro”. Y eso pasa por dos
cosas. Una, mantener el Gobierno hasta finales de agosto (unas
elecciones anticipadas, con los meses de interregno, supondrían perder esos
Fondos). Y la otra, conseguir sacar adelante la mayor parte de las reformas
exigidas, lo que obliga a pactar con Junts.
El panorama es muy difícil, pero conseguir esos
últimos Fondos europeos es clave para seguir creciendo y para
mantener la inversión y el empleo en muchos sectores y empresas. Quizás
no nos demos cuenta, pero los Fondos Europeos han sido uno de los motores del
crecimiento español desde 2022 a 2024: han
aportado un 2,4% de todo el crecimiento del PIB en esos tres años
(12,4%). A lo claro: que 1 de cada 5 euros producidos han sido gracias
a los Fondos europeos. Y su efecto inercial seguirá en el futuro: se
estima que hasta 2031 aportarán un crecimiento extra del PIB del 3,4%.
Así que nos jugamos mucho como país en recibir
estos Fondos europeos que faltan, 31.800 millones (subvenciones y créditos) de
los 103.000
millones previstos entre 2021 y 2026. Pero para no perderlos, España tiene
que hacer una serie de reformas económicas que exige Bruselas. El dilema
es claro: o se pactan estas reformas como sea o ese dinero se pierde (y
con él, inversiones y empleos claves para el futuro). Y tenemos un plazo para
acordar: el 31 de agosto de 2026. Ahora o nunca. No parece que los
políticos lo entiendan.
Empecemos recordando el origen y la evolución de estos Fondos europeos. En la madrugada del 21 de julio de 2020, en plena pandemia, los líderes europeos aprobaban por unanimidad el Plan de Recuperación, dotado con 750.000 millones de euros hasta 2026, para que Europa superara la nueva crisis y afrontara los retos energético y digital, con subvenciones y créditos europeos. Si en la crisis financiera de 2010-2014, Merkel y el resto de líderes europeos afrontaron los problemas con ajustes y recortes, sobre todo para los paises del sur, en esta ocasión se optó por el camino contrario: reanimar la economía con fondos europeos (y con emisión de deuda de los 27, algo “prohibido” antes) y aprovechar la nueva crisis provocada por la COVID-19 para modernizar la economía europea y ayudar a los paises a invertir en la reconversión energética y digital de sus economías.
De momento, la Comisión Europea aprobó el pasado miércoles esta Adenda de España, dando el visto bueno a la revisión de 160 reformas previstas y la eliminación de 17 reformas con rango de Ley, entre ellas la Ley de regulación de lobbies, la Ley de movilidad sostenible, la Ley del mercado de valores y la equiparación fiscal del diesel y la gasolina. También desaparece la obligación de aprobar la Ley del cine y la Ley de modificación de la pesca, aunque el Gobierno intentará aprobarlas igual. Y en el caso de otras 5 Leyes, se ha acordado sustituirlas por otras normas "de similar ambición.
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jueves, 6 de febrero de 2025
Reducción de jornada: ojo a cómo se aplica
El Gobierno ha aprobado la reducción de jornada de 40
a 37,5 horas semanales, para implantarla antes de fin de año. Los españoles
trabajan una media de 38,3 horas, así que la rebaja será de 48
minutos semanales. Pero hay 4 sectores donde se reducirá más de hora
y media: hostelería, información, comercio y agricultura. Otro
cambio: los que tienen un contrato a tiempo parcial, podrán trabajar
menos o pedir subida de sueldo. Además, se aprueba la “desconexión
digital”: no habrá que estar contactado fuera del horario laboral. Y se
obliga a las empresas a un control digital de horarios. Ahora queda lo difícil: aprobarlo en el Parlamento, dada la oposición de Junts y
PP, que apoyan las críticas de las
empresas, por el alto coste y la imposición legal. Habrá cambios y ayudas a las pymes para adaptarse.
Pero la tecnología y los nuevos hábitos llevan al recorte horario. Próxima
estación: más teletrabajo y 4 días de trabajo semanal. Enrique Ortega
Esta es la 4ª vez en poco más de un siglo que España cambia legalmente la jornada laboral. La primera vez fue el 4 de abril de 1919, cuando el Gobierno de Romanones (liberal) aprobó (tras la huelga de "La Canadiense") la jornada laboral máxima de 48 horas semanales (8 horas por 6 días de trabajo, frente a las 12 horas habituales entonces), adelantándose unos meses al primer Convenio mundial por las 48 horas semanales, aprobado por la OIT en octubre de 1919.Tras el largo paréntesis de la dictadura franquista, el 2º cambio llegó en marzo de 1980: el Gobierno Suárez (UCD) aprobó la jornada de 42 horas semanales. Poco después, en julio de 1983, el Gobierno de Felipe González (PSOE) aprobaba la jornada máxima de 40 horas, que rige hoy. Y casi 41 años después, este martes 4 de febrero de 2025, el Gobierno de coalición (PSOE y Sumar) aprobó la jornada laboral de 37,5 horas semanales, media hora menos de trabajo al día.
La jornada laboral se ha reducido en todo el mundo
en las últimas décadas, de la mano de la tecnología y la digitalización y
asentada en un cambio de costumbres, donde se valora cada vez más la
conciliación familiar y el ocio. Con ello, el horario de trabajo medio
en Occidente (36 paises OCDE) era de 1.742
horas anuales en 2023 (horas
efectivas), con los paises más ricos trabajando menos horas (1.343 Alemania,
1.380 Dinamarca, 1.413 Paises Bajos, 1.437 Suecia. 1.500 Francia, 1.524 Reino Unido), salvo EEUU
(1.799 horas), Italia (1.734) y Japón (1.524), ocupando España un horario
intermedio (1.632 horas anuales). Otra estadística, de
Eurostat (2023), que refleja todas las horas (incluidas extras), revela que
la jornada laboral media en Europa es de 40,4 horas semanales y
que España está en linea, con una jornada total (ojo: de los que
trabajan a tiempo completo) de 40,3 horas, algo más que Francia (40
horas) y Alemania o Bélgica (40,2 horas), Paises Bajos (39,3) y Dinamarca
(38,9) y menos horas que Italia (40,5), Portugal (41,3) o Suecia (41,5 horas
semanales).
Las estadísticas internacionales indican que España
no destaca por trabajar más ni menos, está en la media. Pero las estadísticas
españolas revelan que los españoles ya trabajan menos de la jornada semanal
legal de 40 horas. Si tomamos los datos del INE, la EPA de 2024,
los que han trabajado en el 4º trimestre han trabajado 36 horas semanales
de media, aunque hay una gran diferencia entre lo que trabajan los empleadores
(46,8 horas) y lo que trabajan los asalariados (34,9 horas semanales:
36,9 horas los hombres y 32,7 horas las mujeres). La otra manera de medirlo es
ver la jornada pactada en los convenios en 2024, aunque sólo
afecta a los asalariados con convenio (10,6 millones). Eso nos indica que la jornada
media pactada en 2024 fue de 1.755,74 horas, lo que equivale a 38,32
horas semanales. Y hay sectores, como el campo, la hostelería, el comercio
y una parte de la industria que tienen una jornada mayor.
Así que la jornada real ya está por debajo de las 40
horas semanales (38,32 horas), con grandes empresas en torno a las 35/36
horas y otras por encima de las 39 horas. Dada esta desigualdad horaria
y la tendencia social a reducir la jornada laboral (a la que hay que
sumar una hora larga de ida y otra de vuelta en muchas ciudades), los sindicatos
llevan años forzando a un recorte de jornada, para fomentar la conciliación
familiar y laboral. Y en paralelo, piden un control efectivo de la
jornada, porque muchas empresas “abusan de
las horas extras”: no superan las 40 horas semanales, pero “fuerzan” a
sus plantillas a hacer horas extras, muchas sin pagarlas (ni
cotizar por ellas). Trabajo estima que se hacen 3 millones de horas
extras gratis a la semana, con las que las empresas se ahorran
3.254 millones al año (en salarios y cotizaciones), sobre todo en
hostelería, comercio, industria y educación.
Por todo ello, el Gobierno de coalición incluyó en su
programa para esta Legislatura el recorte de la jornada laboral, tras 41
años sin tocarla. Y lo justifica en que la
productividad ha aumentado un 53% desde 1983 pero eso ha
beneficiado más a las empresas que a los trabajadores, cuyos sueldos
han subido mucho menos y trabajan casi las mismas horas. Además, creen que hay
un apoyo social mayoritario (Encuestas) a reducir la jornada y que
la medida puede mejorar la productividad y reducir
el absentismo. Eso sí, tendrá un coste para las empresas, porque la
condición es bajar la jornada legal manteniendo los salarios.
La idea del Gobierno Sánchez era pactar la rebaja de
jornada con sindicatos y patronal. Pero no ha sido posible,
porque la patronal (CEOE y CEPYME) se retiró de la
negociación en diciembre, tras 11 meses de reuniones, argumentando el
alto coste de la medida y pidiendo que el horario quedara para la negociación
colectiva, no que se impusiera por Ley. Así que la vicepresidenta Yolanda Díaz
pactó la rebaja en solitario con CCOO y UGT, el 20 de diciembre. Y aún
quedaba otra
batalla, en el seno del Gobierno: el ministro de Economía (y el
PSOE) querría haber retrasado la rebaja uno o dos años (hasta el final
de la Legislatura), buscando como fuera (con ayudas) el acuerdo con la patronal,
mientras Yolanda Díaz (Sumar) se ha empecinado en implantar la
jornada de 37,5 horas antes de final de año, para “revitalizar” su imagen
política tras la continua caída en las Encuestas.
En medio del descuerdo social (sin la patronal) y el pacto
político “in extremis” dentro del Gobierno, el Consejo de Ministros aprobó
este martes un
anteproyecto de Ley con 3 cambios importantes. El primero, la
rebaja de la jornada laboral, a 1.712 horas en cómputo anual, que son
las 37,5 horas semanales. Eso supone una rebaja de la jornada semanal
media pactada en convenio (38,32 horas en 2024) de 48 minutos
semanales, según Trabajo.
Pero hay 4 sectores donde la rebaja se va a notar
mucho más, porque la jornada se reducirá más de hora y
media, según
estima Trabajo: hostelería (trabajarán -112 minutos), información
y comunicaciones (-109 minutos), comercio (-98 minutos)
y agricultura (-97 minutos semanales). En otros sectores, la jornada
semanal bajará en torno a una hora: actividades administrativas
y auxiliares (-67 minutos), otros servicios (-66 minutos),
actividades profesionales, científicas y técnicas (-62 minutos), industrias
extractivas (-55), manufacturas (-54 ) y actividades artísticas (-51
minutos semanales). Y se notará poco la rebaja en el transporte y
almacenamiento (-47 minutos semanales), la construcción (-37), sanidad
y servicios sociales (-23), inmobiliarias (-20) y energía
(-13 minutos semanales). Y 4 sectores no tendrán ningún recorte de jornada,
porque ya trabajan menos de 37,5 horas: finanzas y seguros, Administración
Pública, educación y suministro de agua.
Esta reducción de jornada, a 37,5 horas semanales, afectará a
los que tienen contrato a tiempo completo. Pero también
afecta a los que tienen jornada a tiempo parcial: podrán trabajar menos
(el porcentaje en que baje la jornada completa) o mantener su jornada
parcial pero con una subida de sueldo. Así, si alguien trabajaba 30
horas semanales (el 75% de la jornada), ahora trabajará 28,12 horas o, si decide
mantener su anterior jornada, la empresa le debe compensar (en este ejemplo,
subirle un 6,26% el sueldo).
El recorte de jornada beneficiará, según
Trabajo, a 12,5 millones de asalariados (a 2 de cada 3) , de ellos 10,5
millones con un contrato a tiempo completo (que trabajarán algo menos) y 2
millones de trabajadores con contrato a tiempo parcial (1,5 millones son
mujeres). En conjunto, los 4 sectores
más beneficiados por la rebaja de jornada son el comercio
(2.435.500 trabajadores beneficiados), la industria manufacturera
(2.073.500 beneficiados), la hostelería (1.424.100 beneficiados ) y la
construcción (1 millón de beneficiarios), seguidos muy de lejos por las actividades
administrativas (852.600 beneficiados), actividades profesionales,
científicas y técnicas (729.600), sanidad y servicios sociales
(692.400), transporte y almacenamiento (672.900), información y
comunicaciones (626.900), actividades del hogar (601.200), el
campo (460.900), la educación (239.200) y las actividades artísticas,
ocio y entretenimiento (193.000 beneficiarios).
El 2º cambio de la Ley propuesta es que se refuerza
el control horario de las empresas,
que en muchos casos se hace mal o no se hace (pymes), lo que facilita la
proliferación de horas extras y los horarios excesivos. Ahora, se obliga a las
empresas a instalar un sistema de control digital, en un plazo de
6 meses tras la aprobación de la Ley, un sistema que debe estar
disponible online para la inspección de trabajo y para los sindicatos.
Y si no se instala o funciona mal, se multiplican las multas, no por empresa (como
ahora), sino por trabajador.
El tercer cambio es también muy importante: se
implanta la
“desconexión digital”, con lo que los trabajadores ya no estarán
obligados a estar en contacto permanente con su empresa (móvil, correo,
WhatsApp…) y sus jefes no podrán contactarle fuera del horario laboral,
lo que en algunos casos ha provocado estrés laboral y problemas mentales.
La patronal no
apoya esta reforma por dos razones básicas. Una, de principios:
defiende que el horario laboral es un tema a decidir en la negociación
colectiva, entre empresas (patronal) y trabajadores (sindicatos), sin “injerencia”
del Gobierno, un argumento que olvida que hay unos 6 millones de
asalariados sin convenio, que trabajan en pequeñas empresas, sin capacidad de
negociar sus horarios. Y así hemos llegado a la situación actual, donde hay
dos tipos de trabajadores: los de grandes empresas, que trabajan menos,
y los de empresas pequeñas, que trabajan mucho más (y aún más los autónomos).
Por eso, muchos paises fijan por Ley la jornada (como Francia, que la
fijó el año 2000 en 35 horas semanales).
La otra crítica, mucho más razonable, es que reducir la
jornada tiene un coste. Un
estudio de CEPYME lo cifra en 11.792 millones, dos tercios
concentrado en el comercio, la industria, la hostelería y las actividades
administrativas. Y la patronal CEOE habla de un coste de 24.000 millones, unos
2.000 euros por empleado afectado. Este es un tema que merece la pena
analizar con detalle y tratar de resolver con ayudas a las
empresas (pymes) y sectores más afectados, como prometió el
Gobierno a la patronal si pactaba la rebaja de horarios. También habría que
buscar mejoras de productividad para compensar este aumento de
costes. Pero, en cualquier caso, no hay que olvidar un dato: las empresas
llevan 4
años aumentando márgenes y beneficios, mientras los trabajadores
han perdido poder adquisitivo. Ahora se trata de “repartir el
crecimiento”, trabajando algo menos a costa de las mayores ventas y
beneficios de muchas empresas (no todas).
En cualquier caso, estamos ante un anteproyecto de Ley,
aprobado por la vía de urgencia, que ahora pasará las consultas técnicas
y legales, para ser aprobado otra vez por el Gobierno y enviado al
Parlamento. Así que no se debatirá hasta el verano. Y
entonces, el Gobierno deberá lograr el apoyo de Junts, que ya ha
dicho que quiere cambios (ayudas a las empresas y quizás más
flexibilidad). Y el
PP se encontrará con el dilema de votar en contra (como hizo
con la reforma laboral, lo que ahora se ve como una equivocación) o
abstenerse, dado que todas las
Encuestas reflejan que una mayoría de españoles está a favor
de reducir la jornada laboral. En cualquier caso, será difícil que los convenios se adapten a tiempo para que el 31 de diciembre estén en
vigor las 37,5 horas en todas las empresas.
Parece claro que el mundo, con la digitalización y la
tecnología (más
aún con la Inteligencia Artificial) va en la dirección de trabajar
menos horas. Pero no basta con aprobar una Ley para imponerlo. Es
más eficaz pactar la nueva jornada, sector a sector y empresa a empresa,
en una negociación donde entren horarios, sueldos, condiciones de trabajo,
empleo y productividad, aportando el
Estado las ayudas necesarias para que las empresas más vulnerables se adapten.
Esa es la negociación que hará falta una vez se apruebe la Ley, porque
si no, lo que ahora es un deseo generalizado (“trabajar menos”) se nos volverá
en contra, si se aplica mal y daña al crecimiento y al empleo. Por eso hay
que ser flexibles y realistas, no buscar titulares y votos.
Y en paralelo, hay que ir planificando el trabajo del
futuro, que será mucho menor que ahora, porque una parte de los empleos
los cubrirán ordenadores y máquinas. Hay que ir pensando de otra manera,
en “repartir
el trabajo que haya”, lo que obligará a dar más peso al teletrabajo
(creció con la pandemia, pero se ha recortado) y a pensar en la jornada de 4 días a la
semana , que ya están estudiando paises punteros como Japón o Reino
Unido. Hay que repensar el trabajo actual y su inevitable revolución futura, superando el
debate de la jornada: qué trabajos se van a mantener, cuáles cambiarán radicalmente
y cómo nos adaptamos. Ese es nuestro verdadero reto.
Esta es la 4ª vez en poco más de un siglo que España cambia legalmente la jornada laboral. La primera vez fue el 4 de abril de 1919, cuando el Gobierno de Romanones (liberal) aprobó (tras la huelga de "La Canadiense") la jornada laboral máxima de 48 horas semanales (8 horas por 6 días de trabajo, frente a las 12 horas habituales entonces), adelantándose unos meses al primer Convenio mundial por las 48 horas semanales, aprobado por la OIT en octubre de 1919.Tras el largo paréntesis de la dictadura franquista, el 2º cambio llegó en marzo de 1980: el Gobierno Suárez (UCD) aprobó la jornada de 42 horas semanales. Poco después, en julio de 1983, el Gobierno de Felipe González (PSOE) aprobaba la jornada máxima de 40 horas, que rige hoy. Y casi 41 años después, este martes 4 de febrero de 2025, el Gobierno de coalición (PSOE y Sumar) aprobó la jornada laboral de 37,5 horas semanales, media hora menos de trabajo al día.
Por autonomías, las
regiones donde se trabajan más horas y cuyos trabajadores notarán más la nueva
jornada serán Canarias, Murcia, Andalucía, Comunidad Valenciana, Baleares y
Cataluña.
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