Este Acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay) parecía que no iba a llegar nunca. Se empezó a negociar en el siglo pasado (en 1999) y hasta 2019 no hubo un principio de acuerdo, que no cristalizó en un texto firmado por Mercosur y la Comisión Europea hasta el 6 de diciembre de 2024. En principio, el brasileño Lula da Silva, el gran impulsor de este Acuerdo, pretendía firmarlo por todo lo alto en Iguazú (Brasil) el 20 de diciembre, pero unos días antes, la presidenta de la Comisión le anunció que no iba a ser posible y que había que dejarlo para enero. El problema: Francia e Italia, más Polonia, no estaban dispuestos a firmar el Acuerdo, por la presión de sus agricultores. Lula les hizo ver que “estaban hartos de esperar a Europa” y las negociaciones internas en la UE-27 se multiplicaron estas Navidades, hasta que el 9 de enero, un Consejo de la UE consiguió la luz verde, por mayoría cualificada: el apoyo de 15 de los 27 paises UE, la oposición de Francia, Polonia, Austria, Hungría e Irlanda, más la abstención de Bélgica.
Y como colofón, dos
cuestiones más de interés.
Una, que el Acuerdo contempla cumplir los objetivos climáticos del
Acuerdo de París (con un compromiso contra las talas masivas y la
deforestación). Dos, que se reducen la burocracia y los procedimientos
aduaneros para el comercio entre los dos bloques, con ayudas para las
pymes europeas, que deberían así aumentar su presencia en los paises de Mercosur.
Y hay otra
ventaja geopolítica: se abre una nueva zona económica internacional para
que las empresas españolas (y europeas) completen
su “cadena de producción”, instalando parte de sus procesos de aprovisionamiento
y fabricación y diversificando riesgos al salir de las deslocalizaciones
actuales en Asia y norte de África.