Las criptomonedas han pasado en 25 años de no valer casi nada al récord de los 100.000 dólares en diciembre. La primera criptomoneda, el bitcoin, empezó a funcionar en enero de 2009 y la han seguido después hasta 20.000 monedas digitales (ver historia de las criptomonedas). Son monedas y activos digitales que emplean un cifrado para identificar a su dueño y poder realizar transacciones. Un 20% están respaldadas por activos como el oro, el dólar y otras monedas, pero la mayoría (80% del mercado) son criptoactivos sin respaldo detrás de un activo concreto, sobre todo criptomonedas, monedas digitales que no tienen detrás el respaldo de un país y un Banco Central sino que las fabrican y emiten miles de empresas privadas, que controlan también su distribución y mercado. Las criptomonedas se basan en una red mundial de ordenadores descentralizada, unos “mineros” (que generan informáticamente nuevas monedas) y unas plataformas de compraventa, que permiten cambiar divisas por criptomonedas, almacenarlas en “billeteros digitales” y comprarlas y venderlas después, con altísimas comisiones, poca transparencia y enorme riesgo.
Y eso, aunque las instituciones y los economistas “serios”
siguen alertando sobre las criptomonedas. La Comisión de Valores
de EEUU (la SEC), que autorizó los ETFs en enero, lo
hizo por imposición judicial, en cumplimiento de una sentencia del
Tribunal de Apelación de Columbia, tras múltiples litigios legales de poderosos
Fondos y bancos de inversión, que querían unirse al negocio cripto. Pero su
presidente, al que cesará Trump el próximo 20 de enero, ya lanzó
su alerta al aprobarlos: “Hoy hemos aprobado determinados Fondos
cotizados sobre el bitcoin al contado, no hemos aprobado ni respaldado al
bitcoin. Los inversores deben mantener la cautela ante los innumerables riesgos
asociados al bitcoin y a los productos cuyo valor está vinculado a las
criptomonedas”…