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jueves, 20 de marzo de 2025

Alcohol y menores: una Ley urgente

La semana pasada, el Gobierno aprobó una Ley para prevenir el consumo de alcohol en menores, el 4º intento en este siglo. Los datos son escalofriantes: el 56,6% de los menores han bebido en el último mes. Incluso 1 de cada 3 niños de 12 a 14 años han bebido alguna vez. El alcohol, una “droga” según la OMS, nos hace daño a todos (15.000 muertes anuales), pero mucho más a los jóvenes: daña su cerebro, que no se acaba de formar hasta los 23 años. Y más porque muchos jóvenes combinan el alcohol con tabaco, marihuana y cocaína. Hasta ahora, las autonomías controlan (poco) el consumo y los botellones (generalizados). Ahora, esta Ley estatal prohibirá el consumo a los menores, la venta y publicidad y creará programas de prevención y rehabilitación. Si la aprueba el Parlamento, será un gran avance. Pero faltan campañas globales contra el alcohol (socialmente aceptado) y duplicar sus impuestos, los más bajos de Europa. No podemos seguir siendo la reserva alcohólicade Occidente.

               Botellones de jóvenes en toda España

El consumo de alcohol es “una epidemia silenciosa” en todo el mundo, donde hay más de 2.000 millones de personas que lo consumen habitualmente, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), para quien el alcohol es “una droga” adictiva que causa numerosas enfermedades ( más de 200) y 2,6 millones de muertes anuales (15.000 en España). Del total de bebedores en el mundo, 400.000 personas (el 7% de la población mayor de 15 años) viven con trastornos graves de salud por consumo excesivo de alcohol. Y, según la OMS, el consumo afecta de forma más preocupante a los jóvenes de entre 20 y 39 años, que integran el grupo con más muertes por consumo excesivo de alcohol (el 13% del total).

Europa es el continente con mayor consumo de alcohol, según los datos (2019) de la OMS: el 62% de los europeos consumieron alcohol en el último año (frente al 43,8% de media en el mundo, el 60% en América, el 28% en el sudeste asiático, el 29% en Africa y el 4% en oriente Medio). Y los europeos consumimos 14,7 litros de alcohol al año por persona, por delante de América (12,5 litros). En cabeza del consumo per cápita están Rumania (17 litros por habitante), Georgia (14,3), República Checa (13,3), Letonia (13,1) y Alemania (12,2), seguidas a cierta distancia por Irlanda (11,7 litros), Polonia (11,6), Francia (11,3) y España (10,9 litros por habitante), que ocupa el lugar 16º en el ranking de consumo. Pero, en cambio, España ocupa el 2º lugar en el ranking europeo de adultos que consumen alcohol diariamente: lo hacen el 13,5%, sólo por detrás del 21,4% en Portugal y por encima de Italia (12,4%), Francia (10,4%) o Alemania (7,8%), según Eurostat.

En 2024, dos de cada tres españoles adultos (15 a 64 años) habían bebido alcohol en el último mes (un 63,5%), un porcentaje similar al de los que bebían en 1997 (64%), según el Estudio EDADES que elabora Sanidad. Y un 10,5% reconocen que beben alcohol diariamente (15,4% de los hombres y 5,7% de las mujeres). El mayor problema ya no es sólo que el consumo de alcohol sea habitual, sino que es elevado entre los jóvenes, que cada vez empiezan antes a beber alcohol: ahora se inician a los 16,4 años  (15,9 los chicos y 16,9 las chicas), cuando era a los 16,8 años en 1997. El estudio EDADES refleja que dos de cada tres jóvenes (el 63,5%) habían bebido alcohol en el último mes.

Y lo peor: un 9% de los más jóvenes (15-24 años) se ha emborrachado en el último mes (y el 7,5% de los que tienen entre 25 y 34 años), sobre todo en la mitad norte de España, Murcia y las islas. Y se han dado “un atracón” de alcohol (más de 5 bebidas en 2 horas, la mayoría cerveza y combinados de botellón) el 18% de los jóvenes de 15 a 19 años y el 24% de los jóvenes de 20 a 24 años (el 27% de los chicos de esa edad y el 20% de las chicas). Y un tercio de los jóvenes de 15 a 24 años hacen “botellón”. Cuando se les pregunta a los jóvenes por qué beben alcohol, el 52,8% contesta que “porque es divertido y anima las fiestas”, el 35,1% porque “les gusta cómo se sienten después de beber “, el 14% porque creen que “es saludable” y otro 13,6% “para no sentirse excluido y encajar mejor”.

Pero si este consumo de alcohol entre los jóvenes es preocupante, lo son más los datos de consumo entre los menores de edad, reflejados en Estudes 2023: 3 de cada 4 menores (de 14 a 18 años) han bebido alcohol en el último año, el 56,6% lo han bebido en el último mes y un 28% lo han hecho en modo “atracón” (5 bebidas en 2 horas). Y todavía peor: 1 de cada 3 niños de 12 y 13 años han bebido alguna vez alcohol, según Estudes 2023. Los médicos ya han alertado que cada vez hay más ingresos en urgencias de menores y jóvenes, por intoxicación etílica. De hecho, en Castilla y León ingresaron 110 jóvenes en urgencias por alcohol en 2022 y de ellos, 20 eran menores de 14 años. Y en Madrid, ingresaron en urgencias por alcohol 1.936 jóvenes en 2023, el 8,3% de ellos menores de edad…

El alcohol es un grave problema de salud pública en Occidente, según la OMS, para quien el  consumo excesivo de alcohol está detrás de más de 200 enfermedades y de muchos accidentes y traumatismos. Consideran probado que el consumo excesivo causa o agrava muchas enfermedades hepáticas, otras infecciosas (tuberculosis y VIH), enfermedades cardiovasculares, distintos tipos de cáncer (hígado, mama, esófago, colorrectal, cabeza y cuello), trastornos de salud mental y comportamiento (depresión, ansiedad, trastornos alimentarios), así como accidentes de tráfico (en un tercio de muertes hay alcohol por medio) y problemas laborales, sociales y económicos. En España, se tratan unos 25.000 pacientes al año por alcoholismo, pero algún experto asegura que el problema es mucho más grave y que “hay 1 millón de españoles que abusan del alcohol”.

Pero si el alcohol es “una droga” social, que provoca enfermedades y muertes entre los que lo consumen en exceso, es aún más peligroso para los menores y los jóvenes. La razón, según los médicos, es que la formación del sistema nervioso central tarda tiempo en los humanos y el cerebro de un joven no se termina de formar hasta los 21 o 23 años:  el alcohol en edades tempranas afecta a su “córtex cervical” y deteriora sus neuronas y su capacidad cognitiva, dañando sus capacidades (son “más torpes”). Además, les afecta también más al corazón, generando “cardiopatías” en edades tempranas. Y este daño mental y físico se agrava si los jóvenes consumen también drogas junto al alcohol, en especial marihuana, cocaína o éxtasis. De hecho, el consumo del alcohol “desinhibe” y “normaliza” el uso de otras drogas (y también tabaco), dañando más la salud de los jóvenes. Una cuestión preocupante porque un tercio de los jóvenes reconocen “policonsumo de 2 o 3 sustancias (alcohol, marihuana y cocaína) en el último mes.

Cada cierto tiempo, el elevado consumo de alcohol entre los jóvenes salta a la actualidad y el Gobierno de turno se plantea “tomar medidas”. En este siglo, ha habido 3 intentos “fallidos”. El primero, en 2002, con el Gobierno Aznar, cuando su ministro Rajoy (Interior) presentó un proyecto de Ley para frenar el consumo de alcohol entre los jóvenes, Se aprobó, pero la normativa concreta, vigilancia y control quedó en manos de las autonomías (17 estrategias diferentes y poco eficaces). La segunda, en 2007, cuando el Gobierno Zapatero retiró una Ley para reducir el consumo de alcohol “para evitar que fuera un instrumento de confrontación electoral”. Y la tercera, en 2018, cuando la moción de censura y la caída del Gobierno Rajoy impidieron aprobar una Ley ya pactada contra el botellón y el consumo de alcohol entre los jóvenes. Ahora, el Gobierno Sánchez hace el 4º intento, con la aprobación (Consejo de ministros 13 marzo) de la Ley de prevención del consumo de alcohol en menores.

Esta Ley, presentada tras 7 meses de consultas y alegaciones, tiene tres puntos básicos. Uno, que prohíbe el consumo de alcohol a menores de 18 años, algo que ahora sólo está regulado en la mitad de autonomías (es ilegal su venta, pero no su consumo). Significa que ahora habrá (si se aprueba la Ley en el Parlamento) una prohibición estatal al consumo, con fuertes multas a los infractores y que habilita a las fuerzas de seguridad a hacer controles para hacer cumplir esta prohibición. El 2º cambio es que no se podrá vender alcohol (ni a adultos) en centros educativos (salvo Universidades) o de ocio que tengan como público mayoritario a menores de edad. Y el 3º, que se restringe aún más la publicidad del alcohol: prohibida en la vía pública y en locales (terrazas, mesas, toldos…) próximos (150 metros) a colegios y lugares donde haya menores, así como la publicidad y el patrocino de las bebidas “00 alcohol” (Tanqueray 00 ha sido patrocinador del Atlético de Madrid…), salvo la cerveza y el vino 00.

Otra novedad de la Ley es que incluye programas de prevención y rehabilitación para los menores que consumen alcohol (y sus familias), incluyendo un protocolo para los hospitales que detecten intoxicación etílica en menores (tendrán que informar de ello y podría incluirse en la historia clínica del menor), algo que ahora no se hace. Y también contempla la Ley programas de concienciación sobre los peligros del alcohol para incluirlos en el sistema educativo, desde el colegio hasta la Universidad. Pero hay una pega: la Ley no contempla recursos ni inversiones para poner en marcha estas medidas, que se tendrán que aplicar “sin aumentar el gasto sanitario y educativo”, para no enfrentarse a las autonomías…

Los médicos y expertos ven un gran avance en esta Ley, si finalmente se consigue aprobar en el Parlamento, algo que el Gobierno Sánchez espera, porque está basada en un informe aprobado por unanimidad de todos los partidos en abril de 2018, en la Comisión Mixta Congreso-Senado, informe que era la base de la Ley de 2018 que cayó por la moción de censura (pero ojo: la polarización podría bloquear ahora la Ley). Pero critican que se ha quedado corta en varios puntos. Por un lado, mantiene lo del “consumo responsable”, que es una falacia (se mantiene por exigencia de las normas europeas), y no se obliga a incluir mensajes de advertencia claros sobre los daños a la salud en las botellas (como se hace con el tabaco). Además, no queda claro cómo se controlará la publicidad en Internet y los influencers (algunos de ellos reiteran las “ventajas” del alcohol). Y, sobre todo, no se suben los impuestos al alcohol, la medida básica propuesta por la OMS.

Y la realidad es que España tiene los impuestos al alcohol más bajos de Europa, lo que es un gran aliciente para el consumo. En el caso de bebidas con 40% alcohol, el impuesto medio en la UE-28 era (en 2021) de 5,13 euros por botella (700 ml), el doble que en España (2,69 euros por botella), el 6º país por la cola en impuestos al alcohol (sólo menos que Chipre, Hungría, Croacia, Rumanía y Bulgaria), la quinta o sexta parte del impuesto que paga el alcohol en Finlandia (14,10 euros por botella), Suecia (13,80), Irlanda (11,92), Reino Unido (9,05). Y muy por debajo también del impuesto en Bélgica (8,38 euros por botella), Grecia (6,86), Francia (5,05), Paises Bajos (4,72), Portugal (3,88),  Alemania (3,65) e Italia (2,90). En el caso de la cerveza , la media europea son 0,14 euros de impuestos (por botella 330 ml) y en España son 0,03 euros (como Alemania), lejos de los o,63 euros de Finlandia y los 0,13 de Francia. Y también en el vino, España cobra el mínimo impuesto europeo permitido.

Los expertos que asesoraron a Hacienda para elaborar una reforma fiscal (pendiente) ya apostaron por subir el impuesto al alcohol, la cerveza y el vino, no sólo para frenar el consumo sino para aumentar la recaudación: España recaudaría 1.000 millones de euros más al año si gravara el alcohol con la media de impuestos que tiene en Europa. Un dinero que permitiría gastar más en prevención y tratamientos, porque apenas hay unidades de tratamiento del alcoholismo en los hospitales públicos. Y esta “adicción” apenas se trata en los Centros de Salud, porque faltan protocolos y porque la mayoría de pacientes afectados no reconocen que beben demasiado, porque supone “un estigma social”.

En resumen, que tenemos un problema de salud pública, el consumo excesivo de alcohol, algo que está “normalizado” socialmente y que provoca o agrava numerosas enfermedades y muertes. Pero el problema más grave lo tenemos con los jóvenes, que beben cada vez antes y de forma acelerada, con miles de botellones en toda España y cada vez más accidentes o visitas a urgencias. Urge aprobar cuanto antes la Ley para que haya una misma regulación en toda España, pero hay que ser firme en aplicarla y dotar de recursos a las autonomías para que hagan políticas de prevención y rehabilitación, sin dejarse presionar por la industria de las bebidas, los hosteleros y los publicitarios. Y tenemos que subir los impuestos al alcohol, para que España no siga siendo el destino turístico preferido de los bebedores europeos. También necesitamos campañas públicas para que los jóvenes y el resto entendamos que se puede disfrutar sin emborracharse.  

domingo, 10 de febrero de 2013

Sedantes, alcohol y drogas contra la crisis


La crisis no se nota sólo en las tiendas y en las oficinas del paro. La notan también los médicos y los farmacéuticos: se han  triplicado las consultas por depresión y se han duplicado las ventas de ansiolíticos, los segundos medicamentos más vendidos en España. Y seguimos bebiendo mucho alcohol, sobre todo los jóvenes: la mitad de los que tienen 18 años se ha emborrachado en el último mes. Y España es el país europeo con más consumo de cannabis y cocaína, incluso entre menores. Pastillas, alcohol y drogas como falsos remedios para superar el paro o el estrés laboral que sufren cuatro de cada diez trabajadores. Un problema que se plantea cuando la sanidad pública está en plenos recortes y cuando las empresas no pueden aplicar planes eficaces de salud laboral. Pero urge tomar medidas para que la crisis no se lleve por delante nuestra salud. Porque luego no se recupera.
enrique ortega

Los síntomas son cansancio, estrés y apatía. Cada día, miles de españoles acuden a su médico buscando un remedio a su ansiedad o estrés. Muchos son parados y otros trabajadores con problemas en su empresa. Y la mayoría, mujeres agobiadas por sacar adelante su casa. No siempre presentan un cuadro de depresión: las más de las veces, han somatizado sus problemas y acuden con hipertensión, desnutrición y obesidad, diarreas, dolores de estómago, mareos, palpitaciones o anemias. Pero el origen está en la ansiedad, el estrés o la depresión que tienen detrás. Y que no es fácil de curar.

No hay datos globales, pero los médicos de familia aseguran que se han triplicado las consultas por depresión. Baste un ejemplo. En Andalucía, la región con más paro (35,86%) y pobreza (4 de cada 10 andaluces), 800.000 personas acudieron el año pasado a la consulta de su médico por ansiedad o depresión, según la Consejería de Sanidad: son 1 de cada 8 andaluces mayores de 16 años. Y las bajas por depresión duplican al resto.

El colectivo más vulnerable son los 6 millones de parados, sobre todo los mayores de 50 años, que ven su vida un fracaso sin salida. La mitad de los desempleados cae en la depresión, según la última encuesta de la SER. El 40% tiene dificultad para dormir, muchos tienen relaciones tensas con su familia y problemas sexuales. El riesgo de padecer una enfermedad mental es cinco veces mayor en los parados que en los activos, según el último Congreso de Psiquiatría Y a un 15% se le acaba diagnosticando depresión (un 20% en mayores de 65 años). Además, son los más proclives al suicidio. En España hay un suicidio al día (en Italia hay 2 y en Grecia 4,7) y se estima que la tercera parte son por culpa de la crisis (el último,un padre de familia con deudas antesdeayer en Córdoba).

Los que trabajan también tienen ahora más problemas de salud, por el temor a perder su empleo y el endurecimiento de sus condiciones laborales. Se estima que dos de cada tres trabajadores (11,3 millones) está más estresado, un problema que afecta ya a 40 millones de europeos, según los especialistas en medicina del trabajo (AEEMT). Esto nos acarrea unas pérdidas de 5.000 millones anuales, en menos productividad y más bajas laborales (una de cada cuatro bajas es por estrés), sin olvidar el aumento de accidentes laborales.

El estrés laboral no es una enfermedad sino que la enfermedad puede ser consecuencia del estrés, por lo que es clave detectarlo a tiempo por sus síntomas: mentales (dificultad para concentrarse, malhumor, nerviosismo), físicos (agotamiento, dolor de cabeza, sequedad bucal) y de conducta (comer o dormir poco o en exceso, consumir alcohol o drogas). Los más afectados por el estrés laboral son los más jóvenes y los mayores de 50 años.

Unos y otros, parados y trabajadores con estrés, buscan resolver sus problemas con pastillas, alcohol y drogas. De las tres, se ha disparado el consumo de sedantes, tanto tranquilizantes como somníferos con receta (Lexatín, Orfidal, Tranquimazín, Stilnox…): los tomaban en 2011 un 11,4% (4,3 millones de españoles mayores de 16 años), más del doble que en 2005 (5,1%). El porcentaje es mayor en mujeres (15,3%, frente al 7,6% en los hombres) y mayores de 35 años, aunque un 5,2 % de los adolescentes (14-18 años) reconocen haber tomado sedantes en el último mes. España está a la cabeza de la OCDE en el consumo de ansiolíticos (51,9 dosis diarias por 1.000 habitantes, el doble de las 24,1 dosis en 18 países) y somníferos (26,8 dosis por 1.000 habitantes frente a 24,9 en la OCDE).

Actualmente, entre un 40 y un 60 % de las consultas de los médicos de atención primaria encubren problemas de ansiedad, estrés o depresión. Pero los médicos de la Sanidad pública no tienen tiempo ni medios (formación y unidades especiales de atención mental) para afrontar el problema de fondo y buscan una  salida rápida: recetar ansiolíticos. Una medida que está bien para uno o dos meses, pero que se acaba haciendo crónica. Y así crea dependencia y muchos  efectos secundarios: insomnio, ansiedad, trastornos funcionales… Haría falta potenciar las unidades de salud mental, pero la Sanidad pública carece de psicólogos: hay 4,3 por 100.000 habitantes frente a 51 en Alemania (o 23 en Ecuador).

Otras personas con problemas recurren al alcohol y a las drogas, cuyo consumo ha bajado ligeramente pero es altísimo. Dos de cada tres españoles ha consumido alcohol en el último mes y un 15% de los españoles se ha emborrachado rápido (“binge drinking”), el 30% hombres y el 18% mujeres. Pero lo más grave son las borracheras de los jóvenes, casi niños, que pasan del Cola-Cao al botellón como “salida” a la falta de futuro: el 36% de los chicos de 20 a 24 años (y 21%de las chicas) se han dado un atracón de alcohol en el último mes. Y el 52,8 % de los chicos de 18 años (46,6% a los 17 años, 38,8% a los 16, 32% a los 15 y 16% a los 14 años). Un  auténtico drama que a veces acaba en urgencias, por coma etílico o accidente de tráfico.

Y quedan los que se drogan para evadirse de la crisis. España es el país europeo con mayor consumo de cannabis (lo consumen el 7,6% de la población frente al 3,6% en Europa, el 6,9% en Italia o el 4,6% de Francia) y cocaína (1,3% de españoles lo ha consumido en el último mes, frente al 0,5% en Europa). Un consumo que ha caído ligeramente, porque hay menos dinero para comprar, pero que es demasiado alto entre los jóvenes: un 8,2% entre 15 y 17 años ha consumido cannabis en el último mes, pero llega al 40,1% entre los jóvenes de 18 años (30,6% entre los de 16 y 10% entre los de 14 años). Tremendo. Y luego pasa, que en los controles de Tráfico que se hicieron el verano pasado, el 56% de los conductores dieron positivo en drogas. Y casi la mitad de los muertos en las carreteras en 2011 tenían droga, sedantes o alcohol  en la sangre.

Todo esto, sedantes, alcohol y drogas, ya se consumía antes, pero ahora mucho más con la crisis. Y entre más personas, sobre todo jóvenes, mujeres y mayores de 50 años. Por eso es urgente un Plan de salud contra la crisis, en las empresas y en la sanidad pública, gastando más en detección y en prevención, para evitar que el estrés y la depresión acaben en enfermedades mentales (muy complejas de curar) o en suicidios. Hace falta crear unidades específicas de atención en los ambulatorios, una inversión que rebajaría luego el coste de las bajas laborales por depresión y su coste farmacéutico y hospitalario.

La crisis nos ha traído paro, empleo precario y pobreza, pero también más enfermedades. Y contra esto hay que luchar con decisión, sin reparar en gastos, porque de la crisis saldremos pero si salimos enfermos todo será más complicado. Hay que apostar por la salud y evitar los atajos de pastillas, drogas y alcohol. Nos destrozan como personas y como país.