El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
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jueves, 19 de marzo de 2026
Dependencia: un derecho pendiente tras 19 años
Mucha gente protesta por los problemas en sanidad, educación,
vivienda o transportes. Pero no hay un clamor social para mejorar la
situación de los mayores dependientes, que esperan años para recibir
ayudas ridículas: hay 258.167 dependientes esperando que les valoren o
recibir una ayuda reconocida. Y como son muy mayores, 32.704 fallecen
cada año sin ser atendidos (90 cada día). Un dato escandaloso,
que refleja los graves problemas de la Dependencia, tras 19 años de
vigencia de la Ley. Problemas causados por la falta de financiación del Estado y
las autonomías, que reaccionan (desigualmente) a la falta de recursos con retrasos
y ayudas “low cost” (264,55 euros mensuales de media a las familias con un
dependiente). Los Directores de Servicios Sociales proponen un Pacto
para gastar el doble en Dependencia y reducir en dos años las
listas de espera, ofreciendo ayudas dignas. Un reto urgente y
necesario, porque aumentarán los dependientes: si ahora hay 3 millones de
personas con más de 80 años, en 2050 serán 6 millones. Ayudémosles.
Enrique Ortega
El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
El gran problema de la Ley de Dependencia, que
entró en vigor el 1 de enero de 2007, es que aprobó derechos para los
dependientes y sus familias pero no aseguró la financiación necesaria
para cumplirlos. Y tras la crisis financiera y de la deuda, los dependientes
sufrieron duramente los recortes impuestos por Bruselas y Rajoy: se
estima que la financiación a la Dependencia se redujo -6.321 millones entre
2012 y 2020, con una baja aportación del Estado central y las autonomías.
En 2021, el Gobierno Sánchez aprobó un Plan de choque para la
Dependencia, aportando 600 millones extras al año en 2021, 2022 y 2023, además
de aumentar los Presupuestos: la inversión del Estado en Dependencia
alcanzó los 3.478 millones en 2024, el triple que en 2014 (1.130
millones). Las autonomías aumentaron algo su aportación, pero varias
aprovecharon el aumento del Estado para aportar menos. Y en 2025, tras dos años
sin Presupuestos, la financiación pública a la Dependencia apenas aumentó: se
destinaron 13.506 millones de euros, el 0,8% del PIB, la mitad del
gasto medio que hacen los paises europeos, según
los Directores de Servicios Sociales (DGSS).
Casi dos tercios de esta financiación pública a la Dependencia
(el 60,5%) procedió en 2025 de las autonomías, mientras el Estado central
aportó el 39,5% restante, aunque la Ley fijaba que el reparto iba a ser 50%/50%
(en 2009, antes de los recortes, el Estado central aportaba el 52,5%). Pero la
mayoría de las autonomías no tienen a la Dependencia como una prioridad
y por eso gastan poco y de forma muy desigual. De hecho, en 2025,
hubo
9 autonomías que recibieron del Estado Central menos recursos
que en 2024 porque incumplieron los compromisos de gestión acordados:
Aragón (-8,3 millones), Castilla y León (-5,8), Madrid (-3,6), Canarias (-2,3),
Castilla la Mancha (-1,3), Cataluña (-1,18), Baleares (-899.000 euros), Asturias
(-363.000 euros) y Murcia (-323.000). Y hay una gran diferencia regional en el gasto
en dependencia por habitante: gastan más que la media (6.015
euros anuales) la Rioja (7.537 euros/habitante), País Vasco
(6.567) y Castilla la Mancha (6.432 euros), mientras están a la cola
del gasto Aragón (4.020 euros/habitante), Asturias (4.045),
Ceuta y Melilla (4.418) Castilla y León (4.418), Madrid (5.821) y Cataluña
(5.918 euros/habitante).
Ante una escasa financiación, mientras crecen los
dependientes (por el envejecimiento de la población), las autonomías
(que gestionan la Dependencia) llevan
casi dos décadas utilizando 2
vías de salida, dos “trucos” para conseguir que el sistema medio
funcione: retrasar la concesión de las ayudas y dar servicios más
baratos (“low cost”) para atender con poco dinero a más dependientes:
en
2025 había 1.677.042 dependientes atendidos
con ayudas, más del doble que en 2011 (752.005). Veamos cómo lo hacen.
Por un lado, retrasan la entrada de nuevos dependientes,
multiplicando
la burocracia en un proceso larguísimo para reconocer las ayudas:
revisión documentos e informes, valoración de cada persona, valoración
provisional, resolución de grado de dependencia (I, II y III, los dependientes
más graves), trámite para proponer una ayuda o servicio, cálculo de los
ingresos y lo que tendrá que pagar el dependiente (copago), resolución y
entrega de los servicios, que aún se retrasan porque los han de prestar los
Ayuntamientos (más demora). En total, la tramitación de un expediente, desde
que se solicita la ayuda hasta que se concede son 341 días de media, según
los Directores de Servicios Sociales, cuando la Ley fija un plazo máximo de
180 días. Y hay una gran desigualdad de plazos por autonomías: tres superan
el año (559 días Murcia, 496 días Andalucía y 430 días Canarias),
mientras sólo 6 autonomías cumplen la Ley (113 días tardan los
expedientes en Castilla y León, 129 en el País Vasco,141 en Aragón, 151 en
Ceuta y Melilla, 165 en Castilla la Mancha y 174 en La Rioja).
Pero los retrasos no acaban ahí. A veces, las autonomías
revisan un expediente ya aprobado, para modificar el grado. En total, a finales
de 2025 había 109.260 expedientes pendientes de valoración, con los
dependientes y sus familias esperando… Y hay otro retraso posterior, también
para reducir el gasto: no dar las ayudas a los dependientes que las tienen
reconocidas: a finales de 2025 había 148.907 dependientes (+6.461 que en
2024) “en lista de espera” para recibir una ayuda o servicio que ya tienen
reconocido. Es lo que se llama “el
limbo” de la Dependencia y afecta al 8,3% de los dependientes
reconocidos, un porcentaje que es mucho mayor en algunas autonomías, las peor
gestionadas: Canarias (28,6% de los dependientes con derecho reconocido
no reciben ayudas ni servicios), País Vasco (15%), Cataluña (13,4%),
Murcia (13,3%), Extremadura (11,9%), Baleares (10,1%) y Ceuta y Melilla (10,6%).
Y que es bajo en Aragón (sólo el 1,3% dependientes en el limbo),
Galicia (1,5%), Cantabria(2,3%), Navarra (3,4%), Asturias (3,9%) y Castilla y León
(4%).
Sumando los expedientes pendientes de valoración (109.260) y
los dependientes reconocidos que esperan la ayuda o servicio (148.907 en el
limbo), da un total de 258.167 dependientes “desatendidos” a finales de 2025,
según
el estudio de los Directores de Servicios Sociales (DGSS). Una cifra que baja
algo cada año pero que se mantiene demasiado alta. Y la peor consecuencia es
que muchos de los dependientes desatendidos son muy mayores (4 de
cada 5 tienen más de 80 años) y se mueren antes de que les reconozcan
las ayudas o se las concedan: el
reciente estudio de DGSS cifra en 32.704 los dependientes que
murieron en 2025 esperando que les valorasen (17.994) o que les llegue la ayuda o
servicio reconocido (otros 14.710 fallecidos). Son 90 muertes diarias, el gran
fracaso del sistema de Dependencia.
El otro camino (junto a los retrasos) que utilizan
las autonomías para afrontar la falta de financiación es conceder
ayudas y servicios baratos (“low cost”) para poder “atender” así a
más dependientes (en las estadísticas). La principal ayuda que conceden son
las prestaciones económicas por cuidados familiares, que reciben ahora
728.851 familias (el 45% de los dependientes atendidos) por cuidar ellos a sus
dependientes en casa. Y la ayuda es ridícula: 262 euros al mes
de media (385 para los Dependientes de Grado III, que necesitan ayuda 24 horas…).
Y encima, hay varias autonomías que pagan mucho menos de media: 171
euros Navarra, 185 Asturias, 200 euros Castilla y León, 203 Cantabria, 221
Aragón, 223 euros mensuales Extremadura. Y la que más paga Galicia, son 377
euros.
La 2ª ayuda más concedida es la
teleasistencia, la más barata, que reciben 628.736 dependientes, el 55%
de los dependientes atendidos en su domicilio (hay autonomías como Madrid
donde el 51% de los dependientes graves son “atendidos” con teleasistencia).
Además de ser “vergonzoso” que la teleasistencia se considere como una “ayuda”,
en 2023 se aprobó un Decreto para que la teleasistencia llegara al 100%
de los dependientes, pero todas las autonomías lo incumplen.
Otro servicio que se concede es la
ayuda a domicilio (71.028 prestaciones), más una ayuda sobre el
papel que real, por su escasa intensidad: la media son 37,5horas al mes,
lo que supone una media de 1,24 horas diarias (2 horas y 15 minutos diarios
para los grandes dependientes…). Y aquí hay también una gran desigualdad en
las autonomías: en Navarra se ofrecen 76,9 horas al mes o 53,5 en Galicia,
mientras sólo se conceden 18,6 horas al mes (37 minutos diarios) en Aragón,
24,8 en el País Vasco o 25,6 en Castilla la Mancha y Cataluña. Y casi
todas las autonomías incumplen las horas mínimas que fijó el Decreto de
2023 (37 horas para Grado I, de 38 a 64 para Grado II y de 65 a 94 para Grado
III).
Seguimos con otros
servicios, los más caros y que menos se conceden. Uno son los centros
de día (que sólo se conceden a 33.701 dependientes). Y el otro, la
atención residencial (la tienen 108.015 dependientes), una ayuda para que
el dependiente vaya a una residencia (si la encuentra: faltan 90.000 plazas). La
ayuda supone entre 549,8 euros al mes (Grado II) y 566,9 euros
(Grado III), subvención que sólo paga un tercio del coste real de la
residencia. Y lo mismo pasa con otras prestaciones por servicio:
la autonomía da una ayuda (un cheque) y las familias “se buscan la vida” para
contratar el servicio con una empresa o cuidadora y paga la diferencia. Son los
famosos “copagos” que pagan las familias. En conjunto, del
coste total de los servicios de la dependencia (11.847 millones en
2025, el resto hasta los 13.506 millones es el coste de gestión), las
familias pagan ya 2.326 millones, casi el 20%.
Como se ve, tras 19 años, el sistema de la dependencia “hace
aguas”: mantiene a muchos dependientes en lista de espera y los que
reciben ayudas, son mínimas y sus familias tienen que buscarse ayuda por
su cuenta (contratar una cuidadora) o dejar de trabajar para
atender a padres, hijos o familiares dependientes (el 72,3% de los
cuidadores familiares son mujeres), lo que trunca sus carreras
profesionales. Por eso, expertos como los Directores de Servicios Sociales
(DGSS) dicen
que la Dependencia “es un derecho pendiente”, que está
sobre el papel (la Ley) pero que no se cumple con eficacia tras 19 años. Y
que a este ritmo, tardaríamos 20 años en acabar con las listas de espera
de la Dependencia.
En diciembre de 2016, los Directores de Servicios Sociales (DGSS) consiguieron que la mayoría del Parlamento (salvo el PP y PNV) firmaran un
Pacto por la Dependencia, para mejorar su financiación y sus resultados.
Pero ha sido papel mojado. En febrero de 2025, el Gobierno aprobó
una reforma de la Ley de Dependencia que está parada en el
Congreso. Esta reforma mejora algunos de los problemas actuales de la
dependencia, según reconocen los expertos de DGSS, pero tiene un problema de
fondo: no asegura más financiación para la Dependencia. Por eso, los
Directores de Servicios Sociales hacen
varias propuestas: duplicar la financiación a la Dependencia
(aportar a medio plazo el 2% del PIB, 32.000 millones frente a los 13.500 millones
de gasto en 2025), simplificar los trámites y la burocracia, mejorar la
calidad y cuantía de las ayudas y servicios, universalizar la teleasistencia,
reformar las residencias y mejorar la economía de los cuidados, con más
personal y mejores salarios.
Además, lanzan otra propuesta: aprovechar que este año 2026
se cumplen los 20 años de la Ley de Dependencia para alcanzar
un nuevo Pacto por la Dependencia, con 5 puntos: aumentar la
aportación del Estado hasta el 50% del coste total, reducir a cero en dos años las listas de espera (el “limbo”
de la Dependencia), aprobar medidas para mejorar la intensidad y la calidad de
los servicios apoyando más a las familias, comprometerse a que no se recortará
la Dependencia y que los cambios se aprobarán por Ley y apostar por una mayor
transparencia, para conseguir una información actualizada y completa, con mayor
seguimiento y control.
En las actuales circunstancias políticas, será difícil conseguir
este Pacto por la Dependencia, pero es una necesidad urgente, porque
la población española envejece y aumentarán año tras
año los mayores dependientes. De hecho, hoy hay 3 millones de personas
con más de 80 años (el 6% de la población), que acabarán necesitando ayuda,
pero en 2050
habrá ya 6 millones con más de 80 años (el 11%) y necesitaremos un
sistema de Dependencia que sea eficaz y no tenga listas de espera ni servicios low
cost. O nos preparamos desde ahora, con financiación,
personal, medios, ayudas y centros de atención (distintos, por favor, a las
siniestras residencias actuales) o la Dependencia será uno de los grandes
dramas de las familias este siglo. Y, sobre todo, una losa para las
mujeres.
El pasado 1 de enero se cumplieron 19 años de la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, la 4ª pata del Estado del Bienestar (tras la sanidad, la educación y las pensiones), que regula las ayudas públicas a los dependientes, en su mayoría mayores. Tras estos años, el balance de la Ley es agridulce, como reflejan dos datos: se han atendido a más de 4 millones de dependientes, pero 900.000 dependientes mayores han muerto sin recibir ninguna ayuda, por el retraso en los expedientes o en la concesión de ayudas y servicios. Los expertos consideran que la Ley de Dependencia nos ha concedido un nuevo derecho pero que está pendiente de ser efectivo, por falta de financiación, exceso de burocracia, escasa cuantía de las prestaciones y servicios “low cost” de baja calidad, que además son muy desiguales por autonomías, según donde vivan los dependientes.
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jueves, 26 de diciembre de 2024
Dependencia: 900.000 muertos esperando ayuda
Se cumplen 18 años de la Ley de Dependencia
(2007-2024), con un balance agridulce. Por un lado, ha atendido a 3,7 millones
de dependientes, en su mayoría mayores, y ahora reciben ayuda 1,5 millones.
Pero ofrece ayudas escasas y servicios “low cost”, que tardan un año o
más en recibirse: hay casi 300.000 dependientes esperándolas. Y el gran
punto negro: casi 900.000 dependientes han muerto esperándolas estos
18 años. Todo porque la Dependencia cuenta con pocos recursos públicos
(sólo 11.500 millones al año, 8,6 veces menos que la sanidad y 5,5 veces menos
que la Educación) y no es una prioridad para las autonomías, que
las gestionan pero sólo financian la mitad del gasto, con grandes desigualdades
de atención según donde vivan los dependientes. Urge afrontar el futuro de la
Dependencia con muchos más recursos, simplificando y
agilizando trámites, liquidando las listas de espera y
ofreciendo a los dependientes unos servicios de calidad, ayudando
más a sus familias. Porque cada vez hay más viejos y más dependientes.
El 14 de diciembre de 2006 se aprobaba en el Congreso, con el apoyo del PSOE y el PP, la Ley de Dependencia, el 4º pilar del Estado del Bienestar, junto a la Sanidad, la Educación y las Pensiones públicas. Era el principal legado del primer Gobierno Zapatero, que pretendía incorporar a España a la pequeña lista de paises europeos que tenían una Ley para garantizar a los ciudadanos una atención o una ayuda cuando no pueden valerse por sí mismos: Austria aprobó una Ley en 1993, Alemania en 1995 y Francia en 1997, mientras los paises nórdicos y Holanda lo tienen incluido en sus Leyes de servicios sociales. Y en el resto de Europa, se atiende a los dependientes, pero dentro de la asistencia sanitaria o social, sin una Ley específica que reconozca este derecho a los ciudadanos.
La Ley de Dependencia arrancó el 1
de enero de 2007 con un problema de partida que ha lastrado su
evolución: la falta de una financiación específica, algo que no
preocupaba entonces porque la economía estaba en años de “vacas gordas”. En
estos 18 años de rodaje, pueden distinguirse 6 fases diferentes, según
el exhaustivo balance realizado por los Directores y Gerentes de Servicios
Sociales. En la 1ª
fase, de “despegue” (2007-2011),
el avance fue lento, porque había que implantar un nuevo sistema y su
aplicación fue muy desigual por autonomías, quienes gestionan solicitudes y
ayudas, financiando la mitad del sistema. Pero se avanzó y a finales de 2011 había
más de 1 millón de dependientes con derecho reconocido, aunque sólo 740.000 recibían
atención.
La 2ª
fase, entre 2012 y 2015, fue “un auténtico desastre para la Ley”,
por los recortes impuestos por Europa y ejecutados por Rajoy, que no
creía mucho en la Ley: en noviembre 2011, tres días antes de ganar las
elecciones, declaró
en El País: “la Dependencia no es viable”. Y menos lo iba a ser con su
política de recortes, que empezó a aplicar sólo 9 días
después de tomar posesión: dejó fuera del sistema (hasta julio de 2015) a
los dependientes “moderados”(Grado I), recortó drásticamente la aportación del
Estado a la Dependencia y aprobó un
Decreto con cambios profundos para facilitar a las autonomías (la mayoría
gestionadas por el PP) un drástico recorte en el gasto: dejó de pagar la
Seguridad Social a los 423.000 cuidadores familiares de los Dependientes, les
bajó un 15% su ayuda mensual (55 euros sobre 400) redujo servicios (ayuda a
domicilio), simplificó los baremos (de 6 a 3, rebajando así las ayudas) y subió
el copago a las familias.
Tras estos recortes del Estado (-2.825
millones entre 2012 y 2015) y de las autonomías (otros 1.000 millones),
la Dependencia vio desplomarse sus recursos. Y los gobiernos autonómicos se
tuvieron que “buscar la vida” para atender a los dependientes, recurriendo
a distintas vías. La primera, “retrasando”
los expedientes, tanto el reconocimiento del derecho como la
adjudicación de las ayudas, aumentando las “listas de espera”. La
segunda, endureciendo
los requisitos: redujeron el número de “grandes dependientes”
(Grado III), los más caros de atender, aumentando “los más baratos”, los dependientes “severos” (Grado II) y los “moderados”
(que no había que atender hasta 2015). La tercera vía de “ahorro” fue revisar
“de oficio” (a la baja) valoraciones ya
hechas, lo que multiplicó las denuncias de las familias ante los Tribunales.
Y sobre todo, buscaron “rebajar el coste de las ayudas”, tanto las
económicas como los servicios: menos ayudas para residencias (las más caras) y
más ayudas a domicilio o teleasistencia (“low cost). Objetivo: atender a más
dependientes gastando poco.
En julio de 2015 empieza la
3ª fase, de lenta
recuperación, con la incorporación de los Dependientes “moderados”
(Grado I), que dispara las listas de espera (de 139.297 en junio de 2015 a
442.356 en septiembre de 2015). Los recortes del Estado se mantienen
pero el sistema recobra pulso con una mayor aportación de las autonomías,
tras las elecciones de mayo de 2015 (el PSOE pasó a gobernar en 7 autonomías),
afianzada en 2019 (el PSOE gobierna ya en 8 autonomías). En 2019 se
entra en una
4ª fase de “ralentización”, porque el nuevo Gobierno de Pedro
Sánchez se ve obligado a prorrogar los Presupuestos 2018 de Montoro (restrictivos).
Y en 2020 se entra en una 5ª
fase, de “retroceso” del sistema de
Dependencia por la pandemia: caen las nuevas solicitudes y se reducen
los beneficiarios, retrocediendo servicios y prestaciones.
En enero de 2021 empieza la 6ª fase de esta
historia de la Dependencia, al aprobarse un Plan
de Choque 2021-2023, con el que el Gobierno Sánchez se compromete a “inyectar”
1.845 millones de euros extras a la Dependencia (615 al año), para reducir
las listas de espera y mejorar la atención a los dependientes. Un Plan que ha
mejorado la situación, pero que tiene un gran punto negro: muchas
autonomías (ahora gobernadas por el PP, con VOX) han aprovechado
esta mayor aportación estatal para “hacer caja” y reducir su gasto
en Dependencia. En 2022 lo hicieron 10 autonomías (Castilla y León,
Galicia, Aragón, País Vasco, Navarra, Murcia, Extremadura, Canarias, La Rioja y
Castilla la Mancha), “ahorrándose entre todas 309 millones (que gastaron en
otras cosas). Y en
2023 han vuelto a hacerlo otras 9 (Cataluña, Andalucía, Comunidad
Valenciana, Madrid, Extremadura y Asturias), recortando su gasto en Dependencia
en otros 186 millones… Y en 2024, con los Presupuestos prorrogados, el
Gobierno no ha podido aumentar la aportación estatal a la Dependencia.
Lo más positivo de estos 18 años de Ley es que
se
ha atendido a 3.699.000 personas, según los Directores de Servicios
Sociales, aunque a finales de 2024 eran 1.644.518 las personas que tenían
reconocida su dependencia y 1,5
millones los que recibían alguna ayuda o servicio. Pero el sistema
sigue con problemas de fondo, provocados básicamente por los recortes (-6.321 millones de euros entre 2012 y 2020) El 1º, los enormes retrasos
en el reconocimiento de la dependencia: la media de resolución de los
expedientes es de 330 días, cuando la normativa establece que no
deberían demorarse más de 180 días. Y hay 5 autonomías con gran demora:
Andalucía (618 días), Canarias (574), Murcia (514), Galicia (387)
y Asturias (339 días), según los Directores de Servicios sociales. Y sólo
cumplen el plazo legal Ceuta (57 días), Castilla y León (126) y País Vasco
(128 días).
Pero los dependientes y sus familias esperan mucho más
para recibir una ayuda o un servicio, porque después de que les reconozcan su
derecho, todavía esperan a que sea efectivo su Plan de atención (PIA) y
a que les llegue efectivamente la ayuda o servicio (el “limbo de las listas
de espera”. Así, a finales de 2024, hay 291.649 dependientes en espera, “desatendidos”:
136.954 pendientes de valoración, otros 23.612 con un Plan aprobado pero no
efectivo y 131.083 con derecho reconocido pero sin recibir una ayuda o servicio
(en “el limbo” de las listas de espera), según
el balance de los Directores de Servicios Sociales. Eso supone que están
“desatendidos” el 13,3% de los dependientes que han solicitado ayuda.
Pero el problema es mucho más grave en 4 autonomías: Canarias (el
41,78% de los dependientes solicitantes no tienen ayuda), Murcia
(22,75%), Asturias (20,46%) y Cataluña (18,86%). Y son
bastante eficientes Navarra (sólo un 2,24% dependientes desatendidos),
Galicia (3,40%), Madrid (5,41%) y Cantabria (7,57% desatendidos).
Lo grave de esta desatención es que 4
de cada 5 dependientes tienen más de 80 años, con lo que muchos
se mueren antes de recibir la ayuda a la que tienen derecho. Este año 2024,
los Directores de Servicios Sociales estiman que morirán 35.920 dependientes
esperando que les reconozcan su dependencia o recibir una ayuda o servicio reconocido.
Son 98 dependientes que mueren cada día desatendidos. Y haciendo balance de estos 18 años, estiman que
han
muerto casi 900.000 dependientes sin la ayuda a la que tenían derecho:
473.268 mayores a los que no se reconoció a tiempo su dependencia y otros
388.932 que sí la tenían reconocida pero que fallecieron en las listas de
espera. Una cifra dramática que muestra el gran fracaso
del sistema, a pesar de sus avances.
El 2º grave problema es que el sistema de Dependencia no ofrece
una ayuda o servicio de calidad a los dependientes que sí las reciben.
Año tras año, las autonomías han buscado vías para atender a más
dependientes gastando poco, con
servicios “low cost”. Tras estos 18 años, la ayuda más
extendida es la prestación económica a las familias con un dependiente:
se les paga una cantidad mensual (baja) y “así se cumple”. La reciben 627.450
beneficiarios, el 41,4% de las personas atendidas, aunque sólo supone el 15,8%
del coste total. Y eso, porque la ayuda oscila entre los 180 euros mensuales
(Grado I), los 315,90 euros (Grado 2) y los 455,40 euros de media (Grado III),
aunque hay grandes diferencias por autonomías. El 2º servicio que más se presta
(y el más barato) es la teleasistencia, que reciben unos 500.000
dependientes. El tercero, la ayuda a domicilio, que reciben unos 350.000
beneficiarios. Y crece la prestación vinculada al servicio, un cheque (de
100 a 200 euros, según autonomías) para que las familias contraten servicios:
lo reciben el 15% de dependientes, pero casi la mitad en Extremadura , un
tercio en Castilla y León y el 27% en Canarias.
Esta penuria de ayudas y servicios se explica
porque cada vez se gasta menos por dependiente, para “atender
a más con poco”: el
gasto por dependiente atendido ha bajado de 8.145
euros en 2010 a 7.341 en 2015, 6026 en 2020 y 5.982 euros por persona en
2024, a pesar del fuerte aumento de la inflación estos años. Y aunque cada
vez hay más viejos y dependientes, España sólo gasta
181,31 euros por habitante en Dependencia, el triple que en 2009
(61,91 euros), pero poco más que en 2019 (151,24 euros). Y hay sólo 4
autonomías que gastan en Dependencia más que la media: Castilla y
León (250 euros/habitante), País Vasco (209), La Rioja (207)
y Andalucía (199). Están a la cola Canarias (91), Navarra (109),
Baleares (112), Murcia (119), Asturias (127), Aragón y Galicia (128 euros/habitante).
Al aprobarse la Ley de Dependencia, el objetivo era que
el gasto publico se repartiera entre el Estado central y las autonomías,
mitad cada uno. Así fue en 2009 (52,5% Estado y 47,5% autonomías), pero con los
recortes se rompió el equilibrio y el Estado sólo aportó el 25,6% de la
financiación pública en 2012 y el 19,5% en 2019 y 2020. Con el Plan de
Choque, la aportación del Presupuesto estatal subió al 28% en 2021 y al 39,6%
en 2024 (las autonomías todavía aportan el 60,4% público restante). Con
todo, los usuarios, las
familias de los dependientes, cada vez pagan
más (copagos): si en 2009 sólo financiaban el 14,7% del
gasto total en Dependencia, en 2024 pagan ya el 20,2% del gasto (las
autonomías pagan el 49,6% y el Estado central el 30,1% restante).
Con todo, el gasto total en Dependencia, tras
18 años de Ley, es bajo: 11.073
millones de inversión en 2024, sólo el 0,8%
del PIB. Una cifra mínima si se la compara con las otras
tres “patas” del Estado del Bienestar: 190.687 millones gastados en Pensiones,
99.347 millones en Sanidad o 63.380 millones en Educación).
Y además, la inversión en Dependencia (mínima) es muy rentable en empleo
(se han creado 355.000 empleos y por cada millón invertido en dependencia se crean
40 empleos) y en ingresos para el Estado (revierte el 40,7% del
gasto hecho en impuestos y cotizaciones: 3.550 millones sólo en 2024).
Cara al futuro, los expertos coinciden que la Ley
de dependencia necesita
un impulso político, para dotarla de más recursos y menos
burocracia. Sólo acabar con las listas de espera costaría 1.750
millones de euros. Pero además, el Estado central y las autonomías deben aportar
más, para cubrir la demanda potencial: hay 2 millones de personas que han
solicitado ayuda a finales de 2024, pero 6,3
millones de españoles son potencialmente dependientes. A medio
plazo, habría que gastar 20.000 millones en Dependencia (frente a los
11.000 actuales). Pero no es sólo cuestión de dinero: urge agilizar
“el disparatado proceso burocrático en
las solicitudes” creado por las autonomías, con más personal y
menos burocracia, reduciendo los procesos administrativos y el papeleo
que se exigen ahora a las familias de los dependientes.
A final, mucho hablamos de los problemas de la
sanidad, la educación y las pensiones y poco de la
Dependencia, de una
Ley que reconoce unos derechos pero que no puede garantizarlos, por falta
de recursos y voluntad política. Urge dar un impulso a las ayudas a los
dependientes, para que sean dignas y suficientes, para que no sigan
muriéndose mayores sin ser atendidos. Y por puro egoísmo:
pronto, los dependientes podemos ser nosotros.
Enrique Ortega
El 14 de diciembre de 2006 se aprobaba en el Congreso, con el apoyo del PSOE y el PP, la Ley de Dependencia, el 4º pilar del Estado del Bienestar, junto a la Sanidad, la Educación y las Pensiones públicas. Era el principal legado del primer Gobierno Zapatero, que pretendía incorporar a España a la pequeña lista de paises europeos que tenían una Ley para garantizar a los ciudadanos una atención o una ayuda cuando no pueden valerse por sí mismos: Austria aprobó una Ley en 1993, Alemania en 1995 y Francia en 1997, mientras los paises nórdicos y Holanda lo tienen incluido en sus Leyes de servicios sociales. Y en el resto de Europa, se atiende a los dependientes, pero dentro de la asistencia sanitaria o social, sin una Ley específica que reconozca este derecho a los ciudadanos.
En cambio, el
servicio más demandado, la ayuda para una residencia, sólo la
reciben el 12,2% de los dependientes, básicamente porque es la asistencia
más cara (supone el 42,2% del gasto total). Y eso que no sale barata para
el dependiente: si la financia totalmente, paga el 86% de sus ingresos
(pensión). Y si tiene ayuda, el pago se reparte entre la autonomía y el
Dependiente (mínimo 950 euros/mes y máximo 1.911 euros). Aunque el mayor
problema es que no
hay plazas concertadas en
muchos lugares y han de esperar y recibir otra ayuda.
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