El principio de Acuerdo firmado el miércoles entre EEUU e Irán pone un final provisional a la última crisis energética, que estalló el 28 de febrero, con los ataques de EEUU e Israel a Irán, disparando los precios del petróleo brent de 72,48 dólares/barril (27 febrero) a 118,35 dólares (31 marzo), para bajar algo en abril (108,23 el día 27), mantenerse en mayo (107,77 el día 12) y bajar en junio (78,48 dólares/barril el 18 de junio, tras el pre-Acuerdo, aunque repuntó por encima de los 80 dólares el viernes, tras los nuevos ataques israelíes al Líbano. Pero los expertos insisten en que la crisis no se resolverá en unos días, que la normalidad en los mercados energéticos tardará tiempo: hay que “desminar” el estrecho de Ormuz, hay que agilizar el tapón de buques en la zona y agilizar el tráfico marítimo y hay que reparar las instalaciones energéticas dañadas en Irán y los paises del Golfo (el 80% afectadas). Y además, los paises más afectados por esta crisis (China, India, Japón y el sudeste asiático) tienen que reponer sus reservas, que están al mínimo, como también las europeas.
Veamos en detalle por qué pasa esto, comparándonos con
Alemania. En mayo, ellos tenían un 65% de la electricidad
renovable frente al 60,5%
de España (aunque parezca mentira, Alemania apostó antes por el sol, el
aire y el agua). Pero produjeron un 34,1% de la electricidad con gas y
carbón, mientras en España estas energías fósiles sólo generaron un
18,8% de la electricidad (gracias también al 17,1% nuclear, energía que
no aporta nada en Alemania). Resultado: como el gas casi duplicó su precio
(de 31 euros/MWh en febrero a 50 en mayo), la generación de electricidad costó
casi el doble en Alemania que en España.
Por todo ello, la gran enseñanza de esta nueva crisis
energética es que Europa y España deben acelerar
la electrificación de las economías, con incentivos a los
conductores, las viviendas, las industrias y los transportes para que “huyan”
del petróleo y se pasen a consumir electricidad (en redes o baterías). Y no
sólo para no depender tanto del petróleo y del gas, que se produce en el
extranjero (en paises en muchos casos “conflictivos”), para verse menos
afectados por las crisis energéticas, sino también para
lograr una mayor autonomía energética y lograr importantes ahorros de divisas
en importar menos energía. Unos ahorros que justifican los incentivos y
ayudas públicas a conductores, viviendas, empresas y transportes para ayudarles
a “huir” de los combustibles fósiles.