Las plantas transgénicas son aquellas semillas para cultivo que se han modificado genéticamente para aumentar su rendimiento o su resistencia a las plagas, aumentar su resistencia a la sequía o mejorar sus propiedades nutritivas. Los agricultores de todo el mundo llevan 10.000 años hibridando semillas y seleccionando variedades de forma natural, un proceso que tarda décadas o siglos en alcanzarse. En las últimas décadas, los científicos han descubierto sistemas para modificar genéticamente semillas en el laboratorio (organismos modificados genéticamente, OMG) y en los últimos años se ha descubierto una nueva técnica de manipulación genética, la tecnología CRISPR, que es más fácil de utilizar y que consigue en días una semilla modificada que no se distingue de la natural.
Tras la aparición en 2012 de la tecnología CRISPR, muchos científicos
y agricultores pidieron a Bruselas que revisara su prohibición a las
semillas modificadas genéticamente. Pero no hizo cambios. Es más, en julio de
2018, el Tribunal de Justicia de la UE lanzó un jarro de agua fría
contra los transgénicos al emitir una sentencia (tras una “consulta” de agricultores
franceses, apoyados por su Gobierno) donde señaló que “los organismos editados
con CRISPR podían presentar los mismos riesgos para la salud humana y el medio
ambiente que supuestamente presentaban los transgénicos” (sin ninguna
evidencia).