lunes, 17 de diciembre de 2018

Sanidad española: buena, barata y... al límite


La OCDE y la Comisión Europea acaban de examinar la sanidad española  y le han dado una nota alta: gasta menos que otros paises y es más eficaz, consiguiendo que tengamos la esperanza de vida más alta de Europa. Pero nuestra sanidad pública afronta graves problemas que han provocado protestas de médicos en Andalucía, Cataluña y Galicia, por el colapso en las consultas y las abultadas listas de espera para especialistas y operaciones. El origen de estos problemas son los recortes de gastos y personal entre 2010 y 2014, que provocan ahora falta de profesionales y servicios. Urge un Pacto sanitario, para gastar como Europa (12.000 millones más al año), y ampliar plantillas y servicios, homogeneizando una sanidad muy dispar entre autonomías. Hay que hacerlo ya, porque un nuevo médico cuesta hasta 11 años (con el MIR). Y porque en una década se jubilan el 40% de los médicos y habrá muchos más viejos que atender. SOS sanidad pública.

enrique ortega

España es el país europeo con la esperanza de vida más elevada de Europa: 83 años de media en 2015, frente a 80,6 de media en la UE-28, 82,7 años en Italia, 82,4 en Francia, 81,3 en Portugal, 81 en Reino Unido y 80,7 años en Alemania, según el reciente estudio “Panorama de la Salud en Europa 2018, elaborado por la OCDE y la Comisión Europea. Y en una generación más, para 2040, España será el país del mundo con más esperanza de vida: 85,8 años frente a 85,7 años de Japón, según la revista The Lancet.

Además de tener una mayor esperanza de vida, los españoles tenemos mejor salud que la mayoría de los europeos, según el estudio de la OCDE-CE: el 72% de españoles asegura tener buena salud, por encima de la media europea (68% con buena salud), sólo peor que 6 paises UE (82% Irlanda, 81% Chipre, 80% Suecia, 77% Holanda, 74% Bélgica y 73% Grecia) y mucho mejor que los porcentajes de salud de Portugal (sólo 47% población con buena salud), Alemania (64%), Italia (65%), Francia (68%) y Reino Unido (69%).

La mejor salud y la elevada esperanza de vida de los españoles tienen que ver con el estilo de vida, el clima, la alimentación, los factores de riesgo y la sanidad. El informe sobre la salud en España 2017, un “chequeo” publicado el 22 de noviembre por la OCDE y la Comisión Europea, analiza los 3 grandes factores de riesgo que causan el 25% de las enfermedades: el mayor tabaquismo de los españoles (con una tasa de fumadores, el 23% en 2014, superior al 21% de la UE-28 y que ha subido al 34% en 2017, como antes de la Ley antitabaco, según el reciente dato del Ministerio de Sanidad), un menor consumo de alcohol (9% frente al 20% de media en la UE-28, aunque señalan que crece en adolescentes) y la mayor obesidad (16,2% frente al 15% en la UE, aunque lo que más preocupa es la obesidad de adolescentes: 20% ya obesos en España frente al 18% en la UE-28).

Si aunque fumamos demasiado, bebemos mucho y comemos cada vez peor, tenemos mejor salud y más esperanza de vida que los europeos, es porque tenemos una sanidad “muy eficaz”, según el detallado informe de la OCDE-CE. Y lo apoyan en que consigue tener una “mortalidad tratable” de las más bajas de Europa, debido a que el sistema sanitario es eficiente en el tratamiento de personas con enfermedades potencialmente mortales: tenemos 89 muertes tratables por 100.000 habitantes (en 2005 eran 124) frente a 126 muertes de media en la UE-28 (eran 175 en 2005). Y dos notas buenas más de este “chequeo”. Una, que la sanidad española es la quinta de Europa que más personas atiende, al 99,9% de la población, frente a la media europea, que deja fuera al 5,8% de las personas, sobre todo de bajos ingresos. Y la otra, que la sanidad española es de las más baratas: el gasto total en sanidad (pública y privada) fue de 2.374 euros por español, frente a 2.797 euros de media en la UE. Eso sí, los pagos privados de los pacientes han aumentado con la crisis y son ya el 24% del gasto sanitario total en España (seguros, dentistas, copago medicamentos…), mientras sólo suponen el 15% del gasto sanitario en la UE-28, según el informe de la OCDE-CE.

En definitiva, que tenemos una sanidad eficaz, universal y barata, aunque no exenta de problemas, como también señala el informe de la OCDE y la Comisión Europea. El principal, las listas de espera y el deterioro de la calidad de muchos servicios, junto a la diferente atención sanitaria por autonomías. Es el fruto de los drásticos recortes aplicados a la sanidad pública durante la crisis y sobre todo en 2012. El gasto sanitario se redujo en 9.787 millones entre 2009 y 2014 (se perdieron 1 de cada 7 euros), según datos de Hacienda. Y entre 2010 y 2014 se perdieron 41.000 empleos sanitarios (11.000 médicos y 30.000 enfermeras). A partir de 2015, con la llegada de nuevos gobiernos autonómicos de izquierdas, el gasto y las plantillas aumentaron algo, pero ha sido insuficiente: todavía hay 35.000 empleos menos y el gasto sanitario público en 2018 (70.804 millones) es todavía inferior al de 2009 (72.239 millones). Y como la economía ha crecido mucho más estos años, el peso del gasto sanitario público se ha reducido y es inferior al europeo: si en 2009, España gastaba un 6,2% del PIB, en 2018 gasta el 5,8%, muy por debajo del gasto sanitario público de la media UE-28, Alemania o Italia (gastan el 7,2% del PIB) y de Francia (8,2% del PIB).

Estos recortes afectaron a toda la sanidad pública, desde paralización de nuevos hospitales a compra de tecnología, pero sobre todo a sus plantillas: los médicos y enfermeras vieron recortados sus ingresos (vía pluses y horas), sus mínimos aumentos salariales se los comió la inflación, aumentó su jornada laboral (de 35 a 37,5 horas) y muchos con contratos temporales fueron despedidos mientras sólo se cubrían el 10% de las jubilaciones. Con todo ello, se alcanzó un nivel insostenible de precariedad en los 485.000 empleados de la sanidad pública. Entre los médicos (116.711 trabajan en la sanidad pública), el 48,8% son interinos y muchos (el 39%) llevan así más de 10 años, según un estudio encargado por los médicos (la OMC y el sindicato CESM). Y de estos interinos sin plaza, el 24% tienen contratos temporales por menos de 6 meses (algunos por semanas y días: por guardia). Y la precariedad es aún mayor entre las enfermeras/os: más de un tercio tienen contratos temporales.

Además de tener médicos y enfermeras con contratos precarios, están mal pagados: el personal sanitario ha perdido un 25% de poder adquisitivo, según los sindicatos (CESM)  Y el sueldo medio bruto de los médicos, sobre 40.000 euros anuales (41.000-54.000 los especialistas) está muy por debajo del sueldo medio de los médicos en Reino Unido (129.000 euros brutos), Alemania (125.000 euros), Francia (96.000) o Italia (80.000 euros). Y además, hay enormes diferencias salariales por autonomías. Así, un médico especialista gana 54.148 euros brutos en el País Vasco frente a 40.908 en Murcia (y 37.631 euros frente a 30.000 los médicos no especialistas), según un estudio de Adecco en 2017. Y lo mismo las enfermeras especialistas: 29.219 euros en Euskadi frente a 22.094 en Murcia (y 25.087 frente a 20.087 el resto de enfermeras/os). Y encima, las mujeres sanitarias (74,2% de las plantillas) ganan un 27,23% menos que los hombres.

Este penoso panorama laboral en la sanidad pública española se ha traducido en una falta de médicos, sobre todo médicos especialistas: hay muchos Centros de Salud sin pediatras, faltan médicos de familia y médicos rurales, dermatólogos, cardiólogos, traumatólogos, radiólogos, internistas y urólogos y hay hospitales donde se han anulado operaciones por falta de anestesistas. Y esto sucede a pesar de que España tiene más médicos por habitante que la mayoría de Europa: hay unos 212.000 médicos colegiados en activo (sólo el 1,6% en paro), una media de 3,9 por 1.000 habitantes, frente a 3,4 médicos/1.000 en la OCDE, 4,1 en Alemania, 3,8 en Italia, 3,3 en Francia y 2,8 en Reino Unido. El problema es que la gestión de personal del SNS es pésima, con muchos “cuellos de botella”. El primero, que de los 6.000 médicos que se licencian cada año, un tercio emigran, se van fuera de España a la vista de los contratos y sueldos de aquí. Y muchos se van a la sanidad privada o se jubilan (sólo se sustituía al 10%). Y los que quieren trabajar, se encuentran que tienen que hacer un MIR (4 ó 5 años) y no hay plazas suficientes (las autonomías los redujeron porque los recortes les impedían contratar nuevos médicos).

Así que no hay médicos suficientes, no porque no salgan de las Facultades, sino porque se van (al extranjero, a la sanidad privada o a la jubilación) y los que se quedan no encuentran plazas de MIR para prepararles. Y los que se forman, están mal repartidos, porque buscan plazas en grandes ciudades y hospitales: no hay incentivos para dirigirles donde hacen más falta. El problema se agravará, porque en la próxima década se van a jubilar un 40% de los médicos especialistas actuales, con lo que perderemos otros 40.000 médicos para 2018. Y será peor en algunas autonomías, como Cataluña o Asturias. También se jubilarán en la próxima década un 27% de las enfermeras/enfermeros actuales (hay 169.233 trabajando en el SNS), agravando el déficit que ya tenemos: España tiene 5,3 enfermeras/os por 1.000 habitantes, frente a 8,5 en Europa, 9 en la OCDE, 9,9 en Francia o 13,3 por 1.000 habitantes en Alemania. Eso significa que para tener tantos enfermeros/as como Europa, habría que contratar a 150.000 más, sin contar los necesarios para compensar las jubilaciones.

Los pacientes ya notamos esta falta de médicos y enfermeras, en los centros de salud, en los hospitales y al pedir cita para el especialista. Hasta ahora, los médicos y enfermeras tan tratado de “paliar la escasez”, cubriendo bajas y turnos, pero el sistema “está al límite”. Y por eso, muchos médicos y enfermeras han salido a la calle, en Andalucía, en Cataluña y en Galicia. Y antes, en Madrid o Murcia. La crisis ha estallado por los médicos de familia y la atención primaria, “la primera línea de la sanidad pública”, donde más se nota la falta de profesionales y el colapso en las consultas: cada médico de familia ha de atender una media de 44 pacientes al día (menos de 10 minutos cada uno), más las tareas administrativas y las urgencias y visitas a domicilio. Y al fallar la atención primaria, “los cimientos de la sanidad”, se colapsan las urgencias, las visitas a los especialistas y los hospitales.

Los pacientes no sólo notamos que los Centros de salud están colapsados sino que sufrimos  largas esperas cuando necesitamos ir al especialista o operarnos, otra consecuencia de los recortes y la falta de profesionales y medios. Las listas de espera han mejorado en 2017 y 2018, pero son superiores a las de muchos paises europeos, según el informe de la OCDE-CE. En junio 2018, había 584.018 españoles esperando una operación (sobre todo de cataratas, artroscopia, cadera, hernia o cirugía vascular), con una espera media de 93 días (en Canarias eran 147 días, en Castilla la Mancha 137 y en Cataluña 132 días, mientras sólo esperan 47 días en Madrid y 48 en el País Vasco), según el Ministerio de Sanidad. Y la lista de espera para el especialista afecta a 43 de cada 1.000 habitantes, más en Cantabria (74/1.000 habitantes), Ceuta (66), Canarias (62,3) y Galicia (61,39) y menos en el País Vasco (13,93 por cada 1000 habitantes), Melilla (18,49), Castilla la Mancha (24,22) y Madrid (26,51), con una espera media de 57 días (en Canarias, 105 días).

Otro problema muy serio de la sanidad española es la desigual atención por autonomías, fruto de los distintos recortes (hay 8 autonomías que todavía hoy gastan menos en sanidad que en 2009: Cataluña, Andalucía, Extremadura, Canarias, Galicia, Castilla la Mancha, Murcia y La Rioja) y de que gastan más o menos en sanidad: este año 2018, el País Vasco (1.695 euros/habitante) gastará en sanidad un 46% más que Andalucía (1.158 euros/habitante). Y junto a los vascos (1.670 euros en 2017), los que más gastan en sanidad son Navarra (1.635 euros en 2017), Asturias (1.586 euros), Extremadura (1.453) y Aragón (1.441). Y los que menos gastan, Andalucía (1.108 euros/habitante en 2017), Madrid (1.179), Cataluña (1.192), la Rioja (1.199) y Murcia (1.206).

Este gasto desigual, a lo largo de los años, se traduce en más o menos médicos (2,39 especialistas/1.000 habitantes en Euskadi frente a 1,53 en Andalucía), enfermeras (4,42 especialistas/1.000 habitantes en el País Vasco frente a 2,67 en Andalucía), camas hospitalarias (4,66/1.000 habitantes en Cataluña frente a 2,49 en Andalucía), intervenciones en quirófano (1.365 en Euskadi frente a 986 en Murcia) o el uso de las urgencias (mayor en las autonomías con menos gasto: 669/1.000 habitantes en Andalucía frente a 519 en Euskadi).Al final, evaluando distintos parámetros, los médicos de la Federación en Defensa de la Sanidad pública configuran un ranking de “4 Españas” sanitarias. Una sanidad “buena” en el País Vasco (94 puntos sobre 118), Navarra (83), Aragón (80) y Castilla y León (83 puntos). Una sanidad “regular” en Asturias (78), Castilla la Mancha y Extremadura (77), La Rioja (76) y Madrid (73). Una sanidad “deficiente” en Baleares (72 puntos), Galicia (71), Andalucía (68), Cantabria y Murcia (66). Y una sanidad “mala” en Cataluña (65 puntos), Valencia (63) y Canarias (53), estas dos últimas las autonomías con peor sanidad desde 2010. Así que ojo a donde nos ponemos enfermos…

En definitiva, que tenemos una sanidad pública que es de las mejores del mundo, pero que sufre problemas muy serios que la pueden hacer estallar en cualquier momento. Y las tensiones se van a agravar en las próximas décadas, por dos razones de peso. Una, el envejecimiento de la población: si ahora tenemos un 18% de mayores de 65 años, en 2029 serán el 25% y en 2050 el 36,3%, muy por encima de los demás paises (28% de media la OCDE, 30,7% Alemania, 26,7% Francia y 25,4% Reino Unido). Y tener más mayores supone un mayor gasto sanitario. Además, aumentarán los enfermos crónicos (hoy ya son 4 de cada 10 españoles  y las enfermedades complejas (ELA), más costosas de tratar. Además, aumentará el gasto farmacéutico, con nuevos tratamientos más costosos. Y se avanzará en la tecnología sanitaria, más compleja y cara. Por todo ello, el gasto sanitario español podría duplicarse para 2025, según algunas estimaciones como Esade y Antares. Y si hoy la sanidad se lleva un tercio del Presupuesto de las autonomías, en 2040 podría llevarse ya todo su presupuesto si no se toman medidas, según ha advertido la OCDE.

Visto el panorama, urge un gran Pacto sanitario para resolver los problemas actuales de la sanidad pública y asegurar su futuro. Haría falta un gran acuerdo político y social para actuar en 6 frentes. El primero, asegurar una financiación suficiente para la sanidad: debería acordarse un gasto sanitario del 7% del PIB (la media europea), lo que supondría gastar  en sanidad 12.000 millones más cada año (algo que requiere una reforma fiscal). Con más dinero,  podría actuarse en el frente laboral: garantizar unas plantillas mínimas a medio plazo, con contratos y salarios dignos, sabiendo que en conseguir más médicos se tarda 10 ó 11 años (6 de Universidad más 4 ó 5 de MIR). Tercer frente: homogeneizar la sanidad, con un Fondo de compensación interterritorial, para que tengamos la misma atención en toda España. Cuarto, configurar un sistema de atención sanitaria a los mayores (en geriátricos, residencias y centros de día), para descongestionar hospitales y centros de salud. Quinto, dedicar más dinero y medios a la prevención, para reducir enfermedades y hospitalizaciones. Y sexto frente, preparar un Plan sanitario para 2050, para hacer frente al envejecimiento, las enfermedades crónicas, los nuevos tratamientos  y la renovación tecnológica.

Tenemos muchos problemas que atender, pero la salud es una prioridad y no podemos dejar que empeore más. Hay que ponerse a ello, al margen de las ideologías: reforzar los cimientos de una sanidad pública envidiada que está al límite y puede estallar. Nos jugamos mucho.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Gasto social: poco y mal hecho (según la OCDE)


Hay que conseguir que el crecimiento beneficie a todos. Hemos dejado a muchos fuera”. No lo ha dicho un economista de izquierdas ni alguien del PSOE o de Podemos. Lo ha dicho en Madrid el secretario general de la OCDE, que integra a los 36 paises más industrializados del mundo. Su último informe sobre España reitera que crecemos pero “con mucha pobreza y desigualdad”, como ya dijo la Comisión Europea en marzo. Y revela que España gasta poco y mal en políticas sociales, porque los impuestos y transferencias ayudan más a los que más tienen, con lo que nuestra política social es la 4ª peor de Europa, tras Grecia, Italia y Portugal. Lo dijo también la Comisión Europea, en su informe de primavera: las políticas sociales reducen menos la pobreza y la desigualdad en España que en Europa. Pero ni Gobierno ni oposición se dan por enterados: están a “otras cosas”. Y por eso, la mayoría de españoles no notan la recuperación. Y crecen los populismos y extremismos o la abstención.


La economía española sigue creciendo, pero menos (2,6% este año frente a 3,1% en 2017) y aún crecerá menos en 2019 (2,2%), según el último informe sobre España 2018 de la OCDE, presentado el 22 de noviembre. Pero su mayor preocupación no es que España crezca más sino “conseguir que el crecimiento beneficie a todos”, algo que no ha pasado con la recuperación iniciada en 2014. “Hemos dejado a muchos fuera”, reconoció en Madrid el secretario general de la OCDE, la organización que integra a los 36 paises del mundo más industrializados (salvo China). Por eso, el informe señala que el gran reto de España es “conseguir que los retos de la recuperación económica se compartan de forma más generalizada y que nadie quede excluido”. Para ello, proponen “mejorar el bienestar y reducir las desigualdades sociales y regionales” en España. Lo mismo dijo en marzo la Comisión Europea, en su informe sobre España 2018: el crecimiento no ha reducido la pobreza y la desigualdad, que son de las más altas de Europa, y hacen falta políticas sociales eficaces para que la recuperación económica llegue a todos.

En su Informe económico 2018 sobre España, la OCDE dedica muchas páginas a hablar de dos problemas sobre los que casi nadie habla: la pobreza y la desigualdad, porque considera que pueden “perjudicar el crecimiento, la productividad y las oportunidades de inversión”. Empezando por la pobreza, la OCDE destaca que “no ha dejado de crecer en España”, donde un 26,6% de la población (12.236.000 españoles) son “oficialmente pobres, según la estadística europea AROPE: o ingresan menos del 60% de la media (familias con 2 hijos que ingresan menos de 17.896 euros al año o solteros con menos de 8.522 euros) o tienen poco empleo o privaciones materiales severas. Y la OCDE destaca la pobreza infantil en España, señalando que “se ha disparado durante la crisis”: afecta al 22% de los niños de menos de 18 años, casi el doble que en la OCDE (13% niños son pobres), siendo España el tercer país con más niños pobres, tras Israel y Turquía (25%).Y además, destaca el informe, 8 de cada 10 niños españoles en edad escolar sufren “carencias materiales”, sobre todo en vivienda y educación, básicamente por el paro o la precariedad laboral de sus padres.

En marzo, el informe de la Comisión Europea sobre España ya alertaba de la pobreza y destacaba  que se cebaba en los niños (el 28,8% de los menores de 16 años son “pobres”), los parados (el 59,1% son pobres), las madres solas con niños (47,9% están en riesgo de pobreza), los inmigrantes (40,8% de los que vienen de Europa son pobres y el 58,7% entre los que vienen de otros paises), jóvenes (34,8% entre 16 y 29 años) y mujeres (27,1% de tasa de pobreza frente al 26% los hombres). Y también revelaba que muchos trabajadores españoles son “pobres”: un 14,8% de los trabajadores son pobres, frente al 8% en la OCDE, lo que sitúa a España como el país con más trabajadores pobres de la zona euro y el 7º de la OCDE (tras China, India, Costa Rica, Turquía, Brasil y México).

La OCDE destaca que el otro gran problema de España es la desigualdad, mayor que la media de los 36 paises OCDE: la desigualdad de ingresos en España (0,34 en el índice de Gini) nos coloca en el puesto 9º del ranking de desigualdad OCDE (índice 0,31), sólo con menos desigualdad que México, Chile, Turquía, EEUU, Israel, Reino Unido, Nueva Zelanda y Letonia. Y eso es consecuencia de que los ricos son ahora más ricos y los pobres más pobres, por el triple efecto del paro, el subempleo y los bajos salarios. El dato que aporta la OCDE es muy explícito: el 20% de españoles más ricos gana 6,6 veces más que el 20% más pobre, cuando en la OCDE esa desproporción es de 5 veces. Y además, ha empeorado con la crisis, porque la desproporción en España era de 5,6 veces en 2008.Y el 10% de los hogares acomodados posee ya la mitad de la riqueza total de España, mientras que sólo un 20% de esa riqueza está en manos del 60% más pobre, según el informe de la OCDE.

Para la OCDE, lo preocupante no es solo que se hayan agravado las diferencias de ingresos sino que la desigualdad se ha instalado en España en múltiples ámbitos: hay desigualdad por edades (los jóvenes tienen menos trabajo y más paro que los adultos), por sexos (la mujer trabaja y cobra menos), por nivel de formación (las personas sólo con la ESO tienen un 15% menos de posibilidades de encontrar trabajo, una brecha superior a la que existe en dos tercios de paises OCDE) y por regiones (el paro en Andalucía es el 22,85% y en Baleares el 7,16%), con un gran desequilibrio de rentas entre autonomías (la riqueza por habitante en Extremadura es de 18.283 euros, la mitad de la renta de Madrid, que fue de 36.276 euros por habitante en 2017, según el INE). Y todo ello, sin olvidar la desigualdad de España con Europa: tenemos el 92% de la renta media europea (26.700 euros/habitante) y ocupamos el lugar 14º en el ranking de riqueza europeo, según Eurostat (2017), a pesar de ser la cuarta mayor economía  y la tercera mayor de la zona euro.

Lo peor ya no es sólo que la pobreza y la desigualdad hayan crecido en España a pesar de la recuperación. Lo más preocupante es que España lo ha hecho mal al tratar de corregirlo con los impuestos y transferencias, con la política social, según destaca el informe de la OCDE. Por un lado, revela que el gasto social en España es bajo respecto a la OCDE, salvo en pensiones (porque somos el 2º país más envejecido del mundo) y desempleo (porque somos líderes en paro, tras Grecia). De hecho, el gasto en protección social en España supuso el 16,8% del PIB en 2016, unos 25.700 millones de euros menos de gasto social que la media europea (19,1% del PIB en gasto social), según Eurostat. España gasta menos cada año en la vejez (9,2% del PIB frente a 10,2%), enfermedad e invalidez (2,4% del PIB frente al 2,7% la UE-28) y familia (0,7% del PIB frente al 1,7% en la UE-28), gastando sólo más en desempleo (1,8% del PIB frente al 1,3%), porque tenemos más del doble de parados.

Pero lo más llamativo del informe OCDE es que revela que España gasta mal lo poco que gasta en políticas sociales. Por un lado, las transferencias en efectivo que hace el Estado benefician más a las familias con más ingresos, con lo que agravan y no corrigen la desigualdad: el 20% más pobre de españoles reciben el 55% del pago medio por transferencias (en la OCDE reciben el 119%) y el 20% de españoles más ricos reciben el 160% de la media (el 95% en la OCDE). Eso supone que España es el cuarto país de la OCDE que corrige peor las desigualdades, tras Grecia, Italia y Portugal, cuyas políticas sociales son también “regresivas”, ayudan más a los que más tienen.

La clave de que esto pase son los impuestos, que están mal orientados en España y no ayudan a corregir las desigualdades, según detalla el informe de la OCDE.  Sobre todo en el IVA, las exenciones y tipos reducidos restan ingresos pero no ayudas a los más pobres sino a las clases más acomodadas y a sectores que no lo necesitan (como el turismo, que se beneficia del 10% de IVA). También hay deducciones y exenciones en el IRPF que ayudan más a los que más tienen (Planes de pensiones, ahorro…). Y por supuesto, lo poco que pagan las grandes empresas en Sociedades. La OCDE alerta también de las rebajas en el impuesto de Sucesiones (herencias) hechas por varias autonomías, que dicen “benefician a los más acomodados”. Y en general, señalan que los impuestos están orientados en España a las rentas del trabajo (aportan el 83% de los ingresos”) lo que agrava la desigualdad y “penaliza el crecimiento y el empleo”, según la OCDE.

Esta crítica de la OCDE a la política social en España se suma a la que hizo la Comisión Europea en marzo, en su informe sobre España 2018, donde señalaba que “la capacidad redistributiva de los impuestos y las prestaciones sociales es baja en comparación con otros paises europeos”. Y daba este dato: las políticas sociales en España sólo reducen las desigualdades un 34,5%, mientras en Europa las reducen un 40% de media. Y señalaba varias causas, además de unos impuestos poco progresivos: baja cobertura del desempleo y por poco tiempo (el 45% de los parados EPA no cobra ningún subsidio), pocas ayudas familiares y unas ayudas públicas a los más pobres (rentas mínimas) que llegan a poca gente (314.562 beneficiarios) y que pagan poco (434 euros de media, con grandes diferencias entre los 300 euros mensuales de Murcia o los 385 euros de la Comunidad Valenciana y los 672 euros que paga el País vasco o los 600 euros de Navarra). Y la Comisión llamaba la atención sobre el bajo gasto público español en prestaciones familiares (el 1,3% del PIB frente al 2,4% en la UE-28), que explica en gran medida el aumento de la pobreza infantil.

Con este panorama de mucha desigualdad y pobreza y bajas ayudas sociales poco eficaces, no es extraño que la mayoría de los españoles (el 70%, según el Informe FOESSA 2017) digan que “no notan la recuperación”. Y que un 93,2% de españoles consideren la actual situación económica como muy mala (15,2%), mala (33,9%) o regular (44.1%), según el Barómetro del CIS, aunque llevemos 5 años creciendo más que los grandes paises de Europa. El problema es, como reiteran la OCDE y la Comisión Europea, que este crecimiento no es “inclusivo”. A lo claro: que beneficia a algunos pero no a la mayoría. Y eso perjudica a la recuperación, como advierte ahora la OCDE y antes la ministra de Economía, Nadia Calviño, quien cree que la pobreza y la desigualdad son uno de los tres grandes desequilibrios económicos de España, junto al paro y la deuda, porque tener a tantos españoles malviviendo  (12,2 millones) reduce el consumo y frena el crecimiento y el empleo, rebaja la recaudación fiscal y deteriora las cotizaciones y el déficit de las pensiones.

Así que crecer de forma desigual no es sólo injusto socialmente sino que pone en peligro la recuperación económica, además de fomentar el desinterés por la política y engrosar los populismos y radicalismos. Por ello, la OCDE propone a España “un crecimiento más inclusivo” , utilizando para ello diversas palancas. La primera, la política de empleo, fomentando (con una reducción de cotizaciones) la contratación estable de los trabajadores con salarios más bajos, jóvenes, mujeres y parados de larga duración, favoreciendo los trasvases de personas entre las regiones con más paro y menos. La segunda, la política educativa, para reducir el abandono escolar (18,3%) y los repetidores (tenemos la segunda mayor tasa de la OCDE), mejorando la formación de jóvenes y adultos. La tercera, la política de apoyo a la familia, con más ayudas a las familias con hijos y a las guarderías- La cuarta, una política de vivienda que facilite el alquiler, una losa para las familias: se llevan el 40% de los ingresos del 38,4% de familias más pobres en España y del 36% en Europa. Y la quinta y clave, otra política fiscal y social, que consigan recaudar más (España ingresa 81.456 millones menos cada año que la media europea) y gastar mejor, haciendo pagar más impuestos a los que más tienen y concentrando las ayudas sociales en las rentas más bajas.  

Este reciente informe de la OCDE sobre España está ahí, como el informe de la Comisión Europea de marzo. Pero el Gobierno y los políticos no los hacen ningún caso: están a lo suyo, a sus peleas diarias y a preparar las próximas elecciones. Y mientras, el crecimiento se debilita y se reparte de manera muy desigual, año tras año. Y, como dijo el secretario general de la OCDE, muchos “se quedan fuera” de la recuperación. Y no sólo es socialmente injusto, sino que pone en peligro la recuperación y el empleo, además de fomentar el desencanto político y los populismos extremos. A ver cuántos informes más necesitamos  (y cuantos "avisos" como el de las elecciones en Andalucía) para tomar medidas y crecer de forma más sana y justa.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Un Plan (tardío y escaso) contra el paro juvenil


El Gobierno Sánchez aprobó el viernes pasado un Plan de choque por el empleo joven, que Rajoy debió aprobar en 2012 o en 2014. Como no se ha hecho nada, la situación de los jóvenes españoles es penosa: un tercio está en paro (el doble que en Europa) y los que trabajan lo hacen con más precariedad que los adultos: un 57% tienen contratos temporales y un 28% trabajan a tiempo parcial. Y su sueldo, ni siquiera mileurista, ha caído entre el 9 y el 28% sobre 2008. Por eso, el 81% de jóvenes siguen viviendo con sus padres. Un negro panorama que les provoca “precariedad vital” y desconfianza  ante el futuro.  Urge  centrarse en su formación (peor que la de los jóvenes europeos, aunque no se diga), incentivar su contratación, que tengan salarios dignos y ayudarles con la vivienda y a crear una familia. El Plan de choque es un punto de partida, pero Gobierno y oposición deberían volcarse en medidas más ambiciosas para mejorar la penosa situación de nuestros jóvenes.

enrique ortega

La crisis se cebó especialmente en los jóvenes españoles. Lo dicen claramente las estadísticas oficiales : de los 3.802.800 empleos perdidos en España entre 2007 (3º trimestre) y 2014 (1º trimestre), el 72,15% (2.744.000 empleos) fueron empleos perdidos por los jóvenes (de 16 a 29 años), según la EPA. Y lo peor es que la recuperación ha beneficiado también menos a los jóvenes: de los 2.577.400 empleos creados entre 2014 y 2018 (3º trimestre), sólo 484.900 son de jóvenes (16 a 29 años), el 18,8% del total. O sea que 3 de cada 4 empleos perdidos con la crisis fueron de jóvenes y ahora solo consiguen 1 de cada 5 nuevos empleos creados con la recuperación. Y todavía hay 2.259.100 jóvenes menos trabajando hoy que en 2007, así que los jóvenes tienen pendiente todavía recuperar un 45% de sus empleos perdidos.

Y este penoso balance, de la crisis y la recuperación, podría ser peor para los jóvenes si no hubieran contado con “una gran ayuda”: la pérdida de población, hay menos jóvenes. Si en 2007 había 8.377.400 jóvenes españoles (16 a 29 años), se produjo una fuerte caída en 2014 (había ya 6.764.600 jóvenes), que continúa hoy (6.584.300 jóvenes), según el INE. Así que hay 1.793.100 jóvenes menos hoy que en 2007 (se han perdido 1 de cada 5 jóvenes: si no hubiera caído esa población joven, la situación de los que quedan sería peor: serían más a repartirse el poco empleo existente. Además, España ha tenido “otra ayuda”: con la crisis, muchos jóvenes en paro o sin perspectivas de empleo han vuelto a estudiar, con lo que además de haber menos jóvenes (por la caída de la población), ha habido menos jóvenes “activos”, buscando trabajo: si en 2007 había 5.637.700 jóvenes activos (trabajando o parados buscando trabajo), en 2018 hay 3.702.900 jóvenes (16 a 29 años), según el INE, casi 2 millones de “activos” menos, lo que también ha “aliviado” el mercado de trabajo. Y la explicación es que muchos jóvenes, en vez de buscar un trabajo casi imposible, han vuelto a estudiar.

A pesar de estas dos “ayudas (menos jóvenes y menos buscando trabajo), ha habido poco empleo para los jóvenes (sólo se han llevado 1 de cada 5 nuevos empleos) y por eso ha crecido el paro juvenil, que, a pesar de la recuperación, duplica todavía hoy el de 2007: es del 45,43% entre 16 y 19 años (era del 29,19% en 2007, aunque llegó al 70,16% en 2014), del 30,10% entre 20 y 24 años (14,78% en 2007 y 52,86% en 2014) y del 19,31% entre 25 y 29 años (frente al 8,09% en 2007 y 32,76% en 2014), según la EPA, el doble y el triple que el paro total en España, que es del 14,55% (7,93% en 2007 y 25,93% en 2014).

Y lo peor es que el paro juvenil en España se ha alejado del europeo, tanto con la crisis como con la recuperación. Si en 2007, el paro de los jóvenes españoles (15 a 29 años) era del 12,9%, muy parecido al de Europa (12% la UE-28 y 12,1% la zona euro), en 2014, tras la crisis, se había distanciado enormemente y lo duplicaba con creces: 39,7% de paro juvenil (15 a 29 años) en España frente a 17,7% en Europa (UE-28) y el 19,6% en la zona euro. Y aunque ha bajado con la recuperación, en 2017 la distancia con Europa es el doble que en 2007: tenemos un 29,4% de paro juvenil (15-29 años), frente al 13,2% en la UE-28, el 15,4% en la zona euro, el 5,8% de Alemania, el 8,4% de Reino Unido, el 17% de Francia o el 26,7% de Italia, siendo superados sólo por Grecia (35,6%), según Eurostat. Y si tomamos sólo el paro de los menores de 25 años, tenemos más del doble que Europa: 34,9% de paro juvenil en octubre 2018, frente a 15,3% en la UE-28, 17,3% en la zona euro, 6,2% en Alemania, 10,9% en Reino Unido, 21,4% en Portugal, 21,5% en Francia y 32,5% en Italia, superándonos solo el paro juvenil de Grecia (32,5%), según la última estadística de Eurostat.

El problema de los jóvenes no es sólo que haya muchos en paro (934.500 parados en septiembre 2018, el 31,6% de los jóvenes activos) sino que los pocos que trabajan (2.768.500 en septiembre 2018, el 44% de los jóvenes en edad de trabajar) lo hacen con mucha precariedad: dos tercios de los jóvenes empleados (66%) tienen un contrato temporal y/o a jornada parcial, frente a un tercio (30%) los mayores de 30 años, según un estudio de Comisiones Obreras. Y lo peor es que la crisis ha aumentado la precariedad de los jóvenes, hoy mayor que en 2006. Así, el porcentaje de jóvenes con contrato temporal era en 2017 del 57,50%, frente al 55% en 2006 (y el 44% en 2009), mientras en el conjunto de trabajadores españoles se ha reducido (del 34% de temporales en 2006 al 27% en 2017). Y lo mismo pasa con los contratos a tiempo parcial: los tenían un 28,17% de jóvenes (16-29 años) en 2017, frente al 15,4% de contratos a tiempo parcial en 2006, según CCOO.

Y esto es el balance de precariedad de todos los jóvenes empleados, porque los contratos que se hacen ahora son aún más precarios: el 90% de los nuevos contratos hechos en 2018 son temporales y un 35% a tiempo parcial. Y sólo el 4% de los contratos nuevos de los jóvenes son “de calidad”: indefinidos y a tiempo completo. Además, cada vez hay más rotación: si en 2007, cada asalariado joven firmaba una media de 3,4 contratos al año, en 2017 se firmaron 5,7 contratos de media por joven (16-29 años). Y los contratos temporales de los jóvenes son por menos tiempo: en 2017, un tercio fueron por menos de un mes. Y eso les llevó a estos jóvenes a firmar hasta 46 contratos temporales en 2017, según el informe de COOO.

Con tanto paro y tanta precariedad, el salario de los jóvenes es muy bajo: el salario medio anual de los jóvenes menores de 20 años fue de 7.182 euros brutos (508 euros/mes netos en 12 pagas), el de los jóvenes de 20 a 24 años fue de 11.316 euros brutos (801 euros/mes netos en 12 pagas) y el de los jóvenes de 25 a 29 años de 19.339 euros brutos (1.369 euros/mes netos en 12 pagas), según la última estadística del INE (sueldos 2016). Eso supone que el sueldo de los jóvenes es el 31% (16-19 años), el 49% (20-24 años) o el 68% del sueldo medio de todos los trabajadores (23.156 euros brutos en 2016). Y son tan bajos porque los sueldos de los jóvenes se han reducido con la crisis, se han devaluado entre 2008 y 2016: cayeron un -20% los sueldos de los menores de 20 años, un -15% los de 20 a 24 años y un -9% los sueldos de los jóvenes de 25 a 29 años, mientras aumentaban un +6% en el total de trabajadores, según la Encuesta anual de estructura salarial del INE.

Con estos sueldos, muchos jóvenes no llegan ni a “mileuristas y tienen serios problemas para sobrevivir. De hecho, con la crisis han crecido los jóvenes “pobres, considerados así por la estadística europea AROPE cuando ingresan menos del 60% de la media española (menos de 8.522 euros anuales los solteros y menos de 17.896 euros anuales las familias con 2 hijos): son ya pobres un tercio de los jóvenes de 16 a 29 años (el 34,8% en 2017), un 12% más que en 2008 (22,8% de los jóvenes eran pobres). Y esta tasa de pobreza juvenil es mucho mayor que la media española (26,6% son pobres) y que en el resto de las edades (25% de pobres entre 30 y 44 años o 16,4% de pobres entre los mayores de 65 años).

Con tanto paro, tanta precariedad y unos sueldos tan bajos, los jóvenes españoles viven en lo que CCOO llama “la precariedad vital”: su objetivo es vivir al día, sobrevivir, sin demasiadas esperanzas de mejorar. Saben que tienen muy difícil cosas “normales” para sus padres, como alquilar o comprar un piso y formar una familia. Y tampoco irse de casa: el 80,6% de los jóvenes españoles menores de 30 años vivían con sus padres en 2017, nada menos que 5.236.860 jóvenes, 4 de cada 5 en esas edades, según el Observatorio del Instituto de las Juventud. Y hay 8 autonomías donde suben del 82% los jóvenes no emancipados: Andalucía, Extremadura, Murcia, Asturias, Cantabria y el País Vasco. Un dato que contrasta con el 70% de jóvenes no emancipados que hay en Europa.

Si el presente de los jóvenes es difícil, a pesar de la recuperación, el futuro se presenta aún más problemático, por dos razones. Una, porque para 2030, un tercio de los empleos actuales (34%) están en riesgo, por la robotización de la economía, según un reciente estudio de la consultora PWC hecho en 27 países, que señala a España como el 4º país más afectado por la automatización del trabajo, tras Eslovaquia (perdería el 44% de los empleos actuales), Italia (-39%) y Alemania (-37%). Y la otra, porque el empleo del futuro será más especializado y el 70% de los nuevos empleos que se creen en 2025 requerirán una “alta formación”, según la Comisión Europea. 

Y nuestros jóvenes (25-34 años) tienen todavía baja formación, aunque un tercio largo sean universitarios, según el último informe educativo de la OCDE: el 35% tienen baja formación (sólo tienen la ESO o ni siquiera) frente a menos de la mitad en la OCDE (16%) y en Europa (15% en UE-22 y 13% en Alemania, Francia y Reino Unido), con lo que somos el país europeo con más porcentaje de jóvenes poco formados y el tercero de la OCDE, tras Turquía (45% jóvenes poco formados) y México (53%). En un nivel medio (con Bachillerato y FP) están el 24% de los jóvenes españoles, frente al 42% en la OCDE y el 40% en la UE-22. Y eso sí, tenemos casi tantos jóvenes universitarios (41% como la OCDE (43%) y más que Europa (40% en UE-22).

Así que es verdad que tenemos “los jóvenes mejor preparados de la historia”, pero también es verdad que están “peor formados que los jóvenes europeos”. Y no es porque los jóvenes sean vagos y no estudien, sino porque muchos abandonaron el colegio o el Instituto para trabajar en los años del ladrillo (sin acabar su formación) y otros han dejado las aulas “por imposible”, con una tasa de “fracaso escolar” que es la 2ª mayor de Europa, tras Malta (tenemos un 18,3% de jóvenes entre 18 y 34 años que han abandonado sus estudios, frente al 10,6% de media de la UE-28). Pero no es verdad que los jóvenes españoles “ni estudian ni trabajan”: sólo son “ni-nis” realmente el 8% y el 92% restante están trabajando, estudiando, buscando empleo, de cuidadores o trabajando en el hogar, según el informe de CCOO, que rechaza “culpabilizar a los jóvenes” de su situación. Y también que estén en paro por estar “sobrecualificados”: no trabajan porque el modelo productivo español no es capaz de darles empleo, no porque estén demasiado formados, señala CCOO.

Visto el panorama y el futuro de los jóvenes, habría que haber tomado medidas hace años, pero el Gobierno Rajoy no hizo casi nada, salvo apuntarse (con una mala gestión) a un Plan europeo de Garantía Juvenil, aprobado en 2013, que ha resuelto poco: sólo 419.606 jóvenes habían encontrado un trabajo (precario) entre 2014 y principios de 2018, según el Ministerio de Trabajo. En septiembre, el presidente Sánchez prometió un Plan de choque por el Empleo joven, cuyo borrador (ha habido 18) se envío a las autonomías (que lo tienen que gestionar), los sindicatos y la patronal CEOE (que puso inicialmente "pegas" y ahora lo apoya), que le han dado el visto bueno el 5 de diciembre, con lo que se aprobó en el Consejo de Ministros del pasado 7 de diciembre. Ahora, son las autonomías las que han de aplicarlo, cada una a su ritmo, y se espera que lo pongan en marcha para marzo de 2019.  

El Plan de choque por el empleo joven es un “parche”, porque sólo contará con 2.000 millones de gasto en tres años (665 en 2019,666 en 2020 y 668 en 2021), casi lo que ya se ha pagado (1.800 millones) a las 9 concesionarias de autopistas por rescatarlas de la quiebra. Pero “bienvenido sea” a la vista de la penosa situación de los jóvenes. El grueso del Plan (1.138 millones) se gastará en formación de los jóvenes, para recuperar a 100.000 sin título de la ESO, formar a 80.000 en idiomas y otros 226.000 jóvenes en temas digitales. Otra partida importante (616,5 millones) irá a bonificar la contratación de los jóvenes, pagando cotizaciones a empresas y autónomos. Y la “medida estrella” es contratar a 3.000 orientadores laborales, para que ayuden a los jóvenes a colocarse desde las oficinas de empleo (en 2012, Rajoy despidió a 3.000 orientadores del SEPE). Además, El Plan de choque incluye aprobar un Estatuto del becario y becas para jóvenes que no terminaron la ESO. El objetivo es bajar el paro juvenil (16-24 años) del 33% actual  al 23,5% en 2021.

Además de este Plan, hay que tomar otras medidas en tres frentes para ayudar a los jóvenes, como propone CCOO. Uno, el educativo, ampliando la educación infantil de 0 a 3 años (los “cimientos” de la formación), extendiendo la educación obligatoria a los 18 años, apostando por la Formación Profesional y mejorando las becas. El segundo, el laboral, con un Estatuto del becario, una mejora de los contratos de formación, reducir la precariedad (con más inspecciones de Trabajo), unos salarios dignos y una “carrera profesional” para los jóvenes. Y un tercer frente de mejora de su calidad de vida, con ayudas al alquiler, parque público de viviendas para jóvenes y ayudas a la emancipación, junto al fomento de la familia y la natalidad, claves en un país que va a un “suicidio demográfico” (menos jóvenes y más viejos). Todo esto y más debería ser objeto de un gran Pacto por la juventud, que deberían apoyar todas las fuerzas políticas y sociales, al margen de ideologías. Porque se trata de “dar una salida” a los jóvenes, la clave del presente y futuro de España. Nada menos.