Cada año, en enero, suben
muchos productos y servicios, lo que dificulta la ya empinada “cuesta de enero”. Este 2020 suben los billetes de cercanías
y tren (que utilizan 506 millones de viajeros), el taxi y los autobuses en algunas ciudades, la
mayoría de autovías (algunas se quedan “libres” de peajes), los carburantes
(subirán impuestos al gasóleo), los hoteles, la vivienda y los alquileres, el IBI de los pisos en muchas ciudades, las cartas y paquetes de Correos, algunas tarifas de teléfono y muchas comisiones bancarias. Eso sí, bajarán
el gas, la luz, las hipotecas
y las tasas aéreas. Con todo, la inflación subirá algo más que en
2019, un 1% de media frente al 0,7%,
permitiendo mantener el poder adquisitivo de los sueldos (subirán un 2%) y casi el de las pensiones (subirán un 0,9%). Así, subirán algo más los ingresos de
la mayoría de españoles que los precios. Es la “gasolina” necesaria para seguir consumiendo y mantener la
recuperación (más débil) en 2020.
La subida que afecta a
más españoles es la de cercanías y
trenes, que utilizan cada año 506 millones de viajeros. El 1 de enero, Renfe ha subido un 1% las tarifas de cercanías
(utilizadas por 440 millones de viajeros al año y que no subía desde 2015) y
trenes regionales (24,1 millones de
viajeros anuales), salvo los trenes Avant
(que suben un 1,2%). También suben
un 1,10% los billetes de los trenes de largo recorrido (12,3
millones de viajeros) y los del AVE (21,33
millones de pasajeros), aunque Renfe lo encubre con la bajada del nuevo AVE low cost Madrid- Barcelona, que lanzará en Semana Santa,
a un coste de 10 a 60 euros el billete. Esta subida de los AVE y trenes de
larga distancia es la primera que hace Renfe desde 2017.
El transporte público
(metro y autobuses) no sube en Madrid, Valencia o Sevilla, pero ha subido en el área metropolitana de Barcelona, tanto el billete normal (de 2,20 a
2,40 euros) como los bonos de 10 (de 10,20 a 11,35), mientras bajan los abonos
mensuales (de 54 a 40 euros) y para jóvenes
(de 105 a 80 euros). También en Zaragoza y Málaga ha subido 5 céntimos
el billete de autobús. El servicio de taxis
sube también unos céntimos en Madrid, Barcelona, Valencia y otras ciudades
españoles.
Y desde el 1 de enero han subido un 0,84% los peajes del grueso
de autopistas españolas,
concretamente de 1.270 kilómetros de vías de alta velocidad (por las que
circulan unos 21.000 usuarios diarios en cada tramo), una subida inferior a la
de 2019 (+1,67%) y 2018 (+1,91%). En el caso de Galicia, los usuarios de la autopista AP-9 pagan un 2,5% más de peaje, porque a la subida estatal se les suma un canon
por las obras del puente de Rande (Vigo) y para compensar a la empresa Aucalsa
de la gratuidad del tramo Vigo-Pontevedra que regaló a los usuarios Ana Pastor
en 2013. Las 9 autopistas “rescatadas” por el Estado en febrero de 2018 (las 4
radiales de Madrid, la M-12 al aeropuerto, la AP-41 Madrid-Toledo, la AP-36
Ocaña-La Roda, el tramo de la AP-7 entre Cartagena y Vera y la circunvalación
de Alicante), 740 kilómetros, no suben
tarifas. Y hay 2 tramos muy importantes, la AP-7 entre Tarragona y Alicante (374 kilómetros) y la AP-4 entre Sevilla y Cádiz (94 km) que son gratuitas desde el 1 de enero, al haber quedado libres de peaje tras
más de 40 años de concesión, como pasó en diciembre de 2018 con el tramo
Burgos-Armiñón en la AP-1.
Lo que sí subirán en 2020 serán los carburantes. Ya han comenzado el año con unos precios disparados,
debido a la fuerte subida del petróleo en diciembre (de 61 a 66,52 dólares por barril): el gasóleo
ha cerrado 2019 con un precio de 1,23 euros por litro, un 9,37% más caro que un
año antes, y la gasolina a 1,30 euros por litro, un 7,53% más caro. Y todo apunta a que, tras rozar los 70 dólares en enero por el enfrentamiento EEUU-Irán, el crudo va a seguir caro hasta el verano, aunque luego podría bajar, porque
hay un exceso de oferta (la OPEP no consigue reducir la producción real) y
menos demanda. Pero la clave va a estar en los
impuestos, porque si el Gobierno Sánchez consigue aprobar unos Presupuestos
para 2020, podría intentar otra vez subir
el impuesto al gasóleo y a la gasolina, que son diferentes y más bajos que en Europa. Así, el gasóleo paga en España 14,64
céntimos por litro menos de
impuestos (59,09) que la media
UE-28 (73,73 cts./l), según el último Boletín Petrolero europeo. Y la
gasolina (69,88 cts./litro en España frente a 82,10 en la UE-28), 12,22 céntimos menos por litro. Y a su
vez, el gasóleo (59,09 cts.) paga 10,79 céntimos/litro menos de
impuestos que la gasolina (69,88 cts.) en España.
Las tarifas aéreas
en principio no subirán, aunque AENA bajará un 1,44% las tasas aeroportuarias a partir de marzo de 2020.
Pero las compañías aéreas no nos repercutirán esa bajada y lo que podría pasar
incluso es que los billetes de avión
suban en 2020, como ya viene pasando desde septiembre de 2019. Y eso, no sólo la reciente subida del petróleo,
sino porque ha aumentado mucho la demanda y, sobre todo, porque la Comisión
Europea estudia poner una tasa verde a
los vuelos e incluir sus emisiones en el mercado europeo de CO2, con lo que volar (al menos
dentro de Europa) puede ser más caro en 2020.
Junto a los billetes de avión, también han subido los precios de los hoteles en 2019 y podrían seguir
subiendo en 2020, salvo que “pinche” más el turismo. Las tarifas hoteleras subirán un 5% en Barcelona y un 4% en Madrid, las dos ciudades que liderarán las
subidas hoteleras en Europa, según el informe Hotel Monitor 2020 de American Express. Eso sí, subirán menos
los precios en la costa y sobre todo en Canarias y Baleares, aunque se espera
una subida de los hoteles, apartamentos y casas rurales del interior.
Para las familias,
el gasto en el hogar podría bajar algo, ya que este año baja un 4% la tarifa del gas a los 1,6 millones de hogares que tienen la
tarida de último recurso (TUR), por la bajada del gas natural en los mercados
internacionales, que también podría beneficiar al resto de usuarios que tienen
una tarifa “libre” (otros 6,3 millones de hogares). La tarifa del agua no
subirá en la mayoría de ciudades, aunque sí en Sevilla y algunas otras poblaciones. Y la luz podría volver a bajar en 2020, tras una bajada del recibo
del 7% de media en 2019. El Gobierno Sánchez en funciones ha congelado la parte
regulada del recibo (45% de la factura) y la Comisión de la Competencia (CNMC)
ha rebajado un 5,6% el coste que pagamos por el transporte y la distribución de
la electricidad, lo que puede traducirse en una rebaja del 2% en el recibo de 2020. Pero otro 35%
del recibo (el 25% restante son impuestos) depende del coste de producir la
electricidad, de su precio en el mercado eléctrico, un componente que no
debería subir, por el mayor peso de las renovables y el gas, ahora más baratas.
Con todo, la factura
de la luz en 2020 va a depender mucho de a qué hora del día utilicemos la
electricidad, porque el 1 de enero ha entrado en vigor la
discriminación horaria: hay tres franjas del día donde el consumo se paga distinto. El consumo más barato es de 12 de la noche a 8 de la mañana, el
horario ideal para poner la lavadora y el lavavajillas. El precio intermedio (un 20%
más caro que por la noche) es de 8 a 10 de la mañana, de 2 a 6 de la tarde y de
10 a 12 de la noche. Y el consumo más caro (un 50% más costoso que por
la noche) es ahora de 10 a 14 horas de la mañana, de 6 de la tarde a 10 de la noche
y los fines de semana. Téngalo apuntado a
mano, porque puede ahorrar en su recibo.
Un gasto familiar que sí sube para algunos es el pago del IBI municipal, por la
vivienda. Hay 1.005 municipios españoles (1 de cada 8) que los suben en 2020 y
87 que los bajan. De ellos, hay 16
capitales de provincia que suben un 3% el IBI este año (Valencia, Sevilla,
Córdoba, Cádiz, Jaén, Granada, Huelva, A Coruña, Lugo, Valladolid, Palencia,
Tarragona, Girona, Huesca, Teruel y Logroño) y tres capitales que bajan el IBI un 3% (Zaragoza, Castellón y
Guadalajara). Además, habrá autonomías y Ayuntamientos que suban otros
impuestos y tasas, porque la mayoría andan “faltos de ingresos”.
La vivienda es un gasto básico de las familias y todo apunta
a que seguirá subiendo. Los alquileres
podrían subir menos que los años anteriores, entre un 4 y un 6% según los expertos, debido a que los precios han tocado techo en algunas grandes
capitales y a que el próximo Gobierno quiere tomar medidas para limitar las
subidas. En cuanto a los precios de
venta de las viviendas, seguirán subiendo pero menos: si 2019 cerró con una
subida de la vivienda del 5%, en 2020 podría subir un 3% de media (y un 5% las viviendas nuevas), según un sondeo
realizado entre expertos y webs inmobiliarias.
Eso sí, las hipotecas
no subirán de precio en 2020, aunque tampoco parece posible que sigan
bajando los tipos, como en 2019 (2,02% TAE en octubre, frente a 3,24 en enero), porque los bancos tratarán de recuperar
vía tipos y comisiones lo que pierden por tener que pagar ahora impuestos y
costes de notario y registro. Y el Euribor, que cerró el año 2019 en negativo (-0,263%)
no caerá tanto (podría bajar hasta -0,220 a finales de 2020, según Bankinter), con lo que el ahorro en una nueva hipoteca será escaso,
inferior al de este año (-92 euros en el pago de una hipoteca tipo de 120.000
euros a 25 años). Lo que intentarán hacer los bancos es colocar más hipotecas a
tipo fijo (ahora son el 45% del total), porque son más caras que las de tipo variable (3,02% TAE frente a 2,17%). Y si siguen
cayendo los tipos de interés oficial y el Euribor otros dos años más, ellos
ganan más con estas hipotecas a tipo fijo (asegurado).
Tengamos a no hipoteca, todos sufriremos el mayor cobro de comisiones
que va a intentar la banca en 2020,
para hacer frente a su deterioro de márgenes. El Banco Santander ya avisó a sus
clientes que cobrará comisiones por su Cuenta 1,2 y 3 y cobrará 9 euros por su
cuenta Día a Día. El BBVA ha elevado su comisión de mantenimiento de 60 a 100
euros al año. Y también han subido distintas comisiones Bankia y el Sabadell. Y todos buscan
cobrar más comisiones por Fondos, Bolsa, seguros y operativa, tratando además
de “deshacerse” de los no clientes (Bankia les reduce los días de atención) y de los clientes “no rentables”. Así que mire con lupa sus extractos y trate de
pelear la rebaja de comisiones si se las suben.
Otro gasto que sube en 2020 es el envío de cartas (que ya
casi no hacemos) y de paquetes (en auge). Correos ha subido el 1 de enero el envío de cartas y postales, un 8,33% dentro de España (subida inferior al 9% de 2019 y el 10%
de 2018), un 3,57% en los envíos europeos y un 3,5% en los demás envíos
internacionales. Y el envío de paquetes,
el principal negocio de Correos,
sube un 1,34% (el doble que en 2019, cuando subió un 0,88%). Eso sí, de momento
no sabemos lo que subirán el teléfono y
el móvil en febrero o marzo, como pasa todos los años, aunque Movistar ya ha anunciado una subida para el 15 de febrero de sus servicios complementarios de
telefonía (llamada a tres, desvío o restricción de llamadas, mantenimiento o
servicio de contestador). Y seguro que antes o después vuelve a subir sus “paquetes”
de teléfono, internet y TV (a cambio de más servicios) y le siguen el resto.
Bueno, con todas estas subidas, el Gobierno y los expertos esperan algo más de
inflación en 2020: cerrar el nuevo año con un IPC del +1,2%, frente al +0,8%
que subió en 2019. Y una inflación media (la que hay que mirar) en
todo el año del +1%,
frente al 0,7% de inflación media en 2019. Eso permitirá que muchos españoles mejoren su poder adquisitivo en 2020, como ya han hecho en 2019, porque les suban más sus ingresos que los precios.
Por un lado, los que
viven de un sueldo (16,8 millones de españoles) podrían tener este año una
subida salarial algo superior al 2%, en línea con la subida del 2,1% que tuvieron en 2019 y
mucho mayor que la de 2018 (+0,8%), sobre todo si se cumple el acuerdo firmado en 2018 entre la patronal y los sindicatos para que los sueldos
subieran una media del 2% en el trienio 2018-2020, más hasta un 1% adicional
por mejoras de productividad . Y los 2,5 millones de funcionarios públicos tienen asegurada (por su acuerdo plurianual con el Gobierno en 2018) una
subida del +2% en 2020 (más un 0,3%
adicional), frente al 2,5% que les subieron en 2019. Y el salario mínimo podría
subir este año de 900 a 1.000 euros (+11,1%). Con ello, los que viven de un
sueldo ganarán poder adquisitivo en
2020 (como en 2019).
Los pensionistas
no tienen ningún acuerdo de subida para 2020, como los asalariados, pero el
Gobierno Sánchez-Podemos se ha comprometido a subir las pensiones un +0,9%
en 2020 (y más las mínimas), con lo que perderían un 0,1% de poder
adquisitivo o lo mantendrían (depende de lo que haga el IPC medio), tras haber ganado 0,9% de poder adquisitivo en 2019
(y perder un -0,5% global entre 2008 y
2019). La clave estará en conseguir algún acuerdo político a lo largo de
2020, dentro del Pacto de Toledo, para fijar un sistema futuro de revalorización de
pensiones que se pueda financiar y no quiebre el sistema.
Hasta aquí el repaso a las múltiples subidas y escasas bajadas que nos depara 2020. Y a los ingresos previsibles (salarios y
pensiones) que vamos a tener la mayoría de españoles y que nos permitirán consumir algo más, el “motor” que siga tirando del crecimiento y el empleo (menores) en 2020,un año en que van a fallar las exportaciones y el turismo.
Pero no basta con que podamos consumir algo más. Para mantener la recuperación
y que no venga otra crisis hace
falta que no se nuble el panorama internacional (ni
guerras comerciales ni Brexit duro ni sustos del petróleo) y que en España tengamos estabilidad política y económica y un Presupuesto 2020 que no haga recortes, sino que afronte los mayores gastos que hacen falta (en casi todo) con mayores ingresos fiscales (sobre todo de las grandes empresas, bancos,
multinacionales y los más ricos), para poder reducir el déficit y la deuda y
cumplir con las exigencias de Europa. Un puzle difícil de completar.
Estas Navidades, bares y restaurantes han estado a tope. Pero también el resto del
año: somos un país aficionado a los bares
y restaurantes y tenemos más que
ningún país. Y 2019 fue el 5º
año consecutivo en que aumentó nuestro gasto en hostelería, aunque aún es
menor que antes de la crisis. Pero detrás de esta vuelta a “beber y comer fuera de
casa”, hay una reconversión callada: casi 20.000 bares y
cafeterías han desaparecido desde 2010, sobre todo en los extrarradios de
las ciudades y en la España “vaciada”. Y en cambio, se abren sin parar nuevos restaurantes, casi 8.000 desde 2014, sobre todo de
cadenas con varios establecimientos, muchos con fondos de inversión detrás. Y
con un auge de la comida
enviada a domicilio (“food delivery”). Al final, la recuperación ha
aumentado el gasto en bares y restaurantes, pero también la competencia y la especialización, con múltiples cierres y aperturas. Una
“criba” drástica en la hostelería, propiciada por Internet y las redes
sociales.
Los españoles somos un país con mucha tradición
de frecuentar bares y restaurantes, que están por todas partes en pueblos y ciudades, algo que choca mucho (y atrae) a los turistas que nos visitan por primera vez. De hecho, España
es el país del mundo con más bares, uno
por cada 255 habitantes. Y en Europa,
somos el país que más porcentaje de
nuestro presupuesto gastamos en bares y restaurantes: el doble que la media
europea y el triple que Alemania, según la última estadística de Eurostat (2018).
El gasto en bares y
restaurantes cayó drásticamente con la crisis, como el resto del gasto, y lleva
5 años consecutivos recuperándose (desde 2015), aunque todavía gastamos
menos que antes de la crisis (como en lo demás), según la Encuesta de Presupuestos
Familiares del INE. Así, en 2018, el gasto en restaurantes y hoteles
supuso 2.948 euros por hogar, el 4º
mayor gasto de las familias (un 9,9% del total), tras el gasto en vivienda,
agua, gas y electricidad (30,7% del total), el gasto en alimentación y bebidas
(14,1%) y en transporte (12,7%), aunque todavía por debajo del gasto familiar
en restaurantes y hoteles en 2008 (3.069 euros, un 9,6% del total). Si restamos
el gasto en hoteles, el gasto
familiar en bares y restaurantes fue de 2.521 euros en 2018 (un 8,4% del presupuesto
total), todavía por debajo de los 2.783 euros que se gastaban las familias en 2008 (el 8,7%). Y el gasto
por persona en bares y restaurantes era 1.014 euros en 2018 (un 8,4%
del gasto total), algo menor a los 1.041 euros que nos gastábamos en bares y
restaurantes en 2008.
Los españoles tenemos muchos más bares y restaurantes que los europeos y además los visitamos mucho más: acudimos a
beber o comer fuera de casa 161 veces al año (eran 186 veces en 2008), frente a
150 veces los franceses o alemanes y 258 veces los italianos, según
datos de la consultora NPD Group. Pero, curiosamente, gastamos más en beber
y “alternar” pero gastamos menos en comer fuera de casa: 800 euros de media, por
detrás de Italia (1.044 euros), Alemania (989 euros), Reino Unido (975 euros) y
Francia (851 euros).
Con todo, la recuperación
económica y el mayor gasto en bares y restaurantes han aumentado
la facturación del sector de la
hostelería desde 2015, alcanzando un negocio de 123.612 millones en 2018,
el 6,2% del PIB. Con ello, la hostelería
se consolida como el tercer sector con más peso económico en España, con el 8,8%
del empleo total (1,7 millones de ocupados), sólo por detrás del comercio
(15,6% del empleo) y la industria (12,8% del empleo total). Si descontamos el
negocio del alojamiento, la restauración
(bares y restaurantes) facturó en
2018 por valor de 93.705 millones de
euros (el 4,7% del PIB español) y dio trabajo a 1,3 millones de personas,
según
el último balance del sector.
Pero el sector de la restauración
(bares y restaurantes) está teniendo una recuperación desigual: crece
mucho más el negocio de los restaurantes
(facturaron 47.090 millones en 2018,
un +3,9%) que el de los bares y
cafeterías (facturaron 36.289
millones, +0,2% en 2018), cuyo número además no para de crecer desde 2010.
Y también crece el negocio de las 17.000 empresas dedicadas a colectividades y catering (facturaron
10.326 millones, +3,8% en 2018). Veámoslo con más
detalle.
En España había 183.306
bares y cafeterías a finales de 2018, lo que supone que siguen
cerrándose establecimientos: -1.124 en
2018 y 19.393 bares y cafeterías
menos que en 2010 (-9,5%), según
el sector. Eso supone que han desaparecido
una media de 2.400 bares por año, la mayoría en la periferia de las
grandes ciudades y muchos en los pueblos, en “la España vaciada”, sobre todo
pubs y discotecas. Las autonomías que han
perdido más bares son Madrid (-3.088 bares que en 2010), Comunidad Valenciana
(-1.924), Cataluña (-1.907) y Galicia (-1.895), aunque porcentualmente destacan
las pérdidas de bares en el País Vasco (-14%), Asturias (-12,9%), Castilla la
Mancha (-12,36%), Galicia (-11,5%) y Castilla y León (-11,33%).
En paralelo, han
crecido los restaurantes (y facturan
un 30% más que los bares), hasta alcanzar un máximo de 78.950 establecimientos a finales de
2018: son casi 8.000 más que en 2014 (cuando alcanzaron su número mínimo)
y 25.000 restaurantes más que hace 20 años. Crecen más los restaurantes y su
facturación porque los españoles hemos empezado a comer y cenar más fuera de
casa y porque esta mayor demanda ha relanzado la inauguración constante de nuevos
restaurantes, empujados por
inversores nacionales e internacionales (fondos que ven la restauración en
España con mucho futuro, tanto por la demanda interior como por el aluvión de
turistas). De hecho, las visitas a los restaurantes
aumentaron un 13,1% en 2018 y ese
aumento se debió a las nuevas aperturas (7%), el aumento de tamaño de algunos
restaurantes (+1,8%), el auge del envío de comida a domicilio (´+2,1%) y por
los nuevos conceptos ligados al restaurante como “experiencia” (+2,2%), según
detalla el Anuario
de la Restauración Organizada 2019.
Mucho de este auge
de los restaurantes en España tiene que ver con el “boom” de las cadenas
de restaurantes (40 empresas y
90 marcas), ligadas a restauradores famosos e inversores, que abren varios
establecimientos donde ofrecen no sólo comida sino también diseño
moderno y servicio esmerado, lo que se entiende como “una experiencia gastronómica”. Estas cadenas
de restaurantes no paran de crecer y en julio 2019 tenían ya una
cuota de mercado del 25,6%. Y cada
mes abren nuevos locales, empujados por importantes restauradores y fondos
de inversión nacionales y extranjeros, muchos enfocados a la elaboración de comida a domicilio, otro componente
clave del crecimiento de los restaurantes. Incluso se prodigan los “restaurantes
fantasmas”, cocinas sin meses que sólo trabajan para atender los
pedidos de comidas que les llegan por Internet (y que entregan las empresas de reparto).
Las palancas que tiran de los restaurantes en general (y no de los bares)
son la comida rápida, la mayor
afluencia de familias, el envío de comida a domicilio y la “sociabilidad”: el comer fuera de
casa, con amigos o conocidos. Y también la llegada de marcas internacionales, según
el Anuario de la Restauración Organizada 2019. En cuanto a bares y
cafeterías, les está salvando algo el
buen tiempo fuera de temporada (terrazas) y el mayor tráfico en las mañanas, con una recuperación de los
desayunos y pinchos a media mañana.
El sector de la hostelería espera seguir creciendo en 2019 y 2020,
en tanto se mantenga el consumo, con un nuevo aumento de los restaurantes y una
nueva caída del número de bares y cafeterías, sobre todo por el aumento de los
alquileres y traspasos. En todos los casos, el sector espera un fuerte aumento de la competencia, un
peso creciente de la comida a domicilio y un fuerte
componente digital del negocio,
donde el futuro se juegue cada vez más en Internet: lo que digan las redes
sociales y las webs de búsqueda sobre la calidad, precio y servicio de tal bar,
cafetería o restaurante será cada vez más importante. Por eso, uno de los grandes
retos del sector hostelero será la
transformación digital. Y el otro,
la especialización: ofrecer algo que no tengan los demás, desde una
tortilla a una carne, unas vistas o un local de diseño. Ya no basta con “dar de comer y beber”.
En definitiva, seguimos siendo un país de bares y restaurantes,
pero más sofisticado, donde la comida y la bebida son cada vez un negocio más profesionalizado y con
mayores inversiones y “ofertas de diseño”, donde las pequeñas iniciativas
sólo sobrevivirán a base de ingenio y especialización, con la ayuda de Internet y las redes sociales. Y en el futuro, crecerán cada
vez más los restaurantes de moda, las “gastro experiencias” y la comida a domicilio, que convertirá nuestras casas en restaurantes a la carta. Nada
que ver con los bares y restaurantes de
siempre, cada vez más difíciles de
encontrar. Aprovéchenlos mientras queden.
Iba a ser un año
“malo”, con gran riesgo de entrar en otra
crisis tras 6 años de recuperación. Pero ahora, 2020 se presenta como un año “regular”
y podría incluso ser “bueno”. Todo dependerá de que se consolide el amago de “tregua comercial” entre EEUU y China,
de que el Brexit avance de forma
ordenada, que el petróleo no dé más
sustos y que Alemania y la zona euro sigan
recuperándose. Y en España, de que salga
adelante un Gobierno estable y apruebe los Presupuestos
2020 y las reformas más urgentes. Son muchos
condicionantes, por lo que 2020 puede ser “un año imprevisible”.
Todos los expertos coinciden en que habrá menos
crecimiento y empleo que en 2019, pero que se aleja el peligro de otra recesión. Y que si el panorama
internacional mejora, en verano de 2020
podría haber incluso un rebote del crecimiento. Si no, al
menos será el 7º año de recuperación, aunque más débil. No pidamos más. ¡Feliz año 2020¡
En septiembre 2019, a la vuelta de vacaciones,
mucha gente sintió que estábamos “en
la antesala de otra crisis”, porque todos los indicadores se habían
enfriado desde el verano, por culpa de un panorama internacional muy turbio:
guerra de aranceles entre EEUU y China, caída del comercio mundial, fuerte
crisis en la industria del automóvil, repunte del petróleo, crisis en paises
emergentes de Latinoamérica y estancamiento en la zona euro, con Alemania e
Italia en riesgo de recesión. Y en
España, habían pinchado el turismo y las exportaciones, estabilizándose el
crecimiento y rebajándose el empleo.
Pero en estos últimos tres meses, a finales de diciembre,
el
panorama ha cambiado a mejor. El
13 de diciembre, China y EEUU firmaron
una primera fase de acuerdo para frenar la subida de “aranceles” (impuestos
a las exportaciones del otro) previstas a partir del 15 de diciembre. Y las dos
potencias estudian
también reducir los aranceles impuestos en los últimos 18 meses.
Aunque con Trump nunca se sabe,
parece un indicio de esperanza que podría
mejorar el comercio mundial, uno de los factores que se han deteriorado con
la guerra arancelaria entre China y EEUU, frenando el crecimiento mundial.
Otro factor de incertidumbre internacional, el
Brexit, ha mejorado tras la
mayoría absoluta de Boris Johnson, que evita
un Brexit duro y posibilita una salida ordenada del Reino Unido de la UE,
aunque queda
un año de negociaciones que van a ser claves y nada fáciles. Por otro lado,
Europa parece mejorar y en el tercer
trimestre de 2019, Alemania, “la
locomotora del euro”, no
entró en recesión, como se temía (había decrecido un -0,2% en el
segundo trimestre) sino que creció un
tímido 0,1%, mientras la zona euro sólo crecía un 0,2%. Pero el Banco
Central Europeo (BCE) va a seguir con sus tipos
negativos y con su compra de deuda, para reanimar las economías, mientras
podría aumentar el gasto público en Alemania y en toda Europa para luchar
contra el Cambio Climático y relanzar las infraestructuras, dos antídotos
contra la desaceleración de la economía europea y la crisis.
En cualquier caso, las previsiones
de los organismos internacionales auguran un año 2020 con un mayor
crecimiento de la economía mundial (+3,4% frente a +3% en 2019), gracias a
una pequeña
recuperación de los paises del euro (de crecer un +1,2 en 2019 pasarían
a +1,4% en 2020) y a una mejoría de los
paises emergentes (pasarían de crecer el 3,9% en 2019 al 4,6% en 2020), ya que se espera
que crezcan algo menos en 2020 tanto EEUU
(2,1 frente a 2,4% en 2019), China
(5,8 frente a 6,1%) y Japón (0,5%
frente a 0,9%), según la última
previsión del Fondo Monetario Internacional (FMI).
En cuanto a Europa,
la Comisión Europea acaba
de estimar que en 2020 seguirá la recuperación (por 7º año
consecutivo), con un crecimiento similar
en la UE-28 (el 1,4% en 2020, como en 2019), con el desempleo más bajo del siglo (6,3% de paro en la UE-28) y un
continente con las finanzas públicas
saneadas (0,8% de déficit en 2020). Y Alemania
duplicará
su crecimiento (del 0,4 en 2019 al 1% en 2020), mientras Francia lo
mantiene alto (+1,3% en 2019 y 2020), Italia empieza a salir del parón (crecerá
0,4% en 2020 frente a sólo un 0,1% en 2019) y Reino Unido también crece algo
más (1,4 frente a 1,3% en 2019).
España será otro
año más el
país grande de Europa que más crezca en 2020, aunque las previsiones
son dispares: frente a un crecimiento del 2% en 2019, el
FMI espera que crezcamos un 1,8% en 2020, la
OCDE un 1,6% y la
Comisión Europea un 1,5%, la previsión más pesimista. Frente a estas
estimaciones, el Gobierno Sánchez estimó hace un mes que España crecería un
1,8% en 2020 (como el FMI) y recientemente, el
Banco de España fijó un crecimiento del 1,7% para 2020, 0,3% menos que en 2019.
El
motor
del crecimiento en 2020 volverá a ser el consumo de las familias
(+1,6% frente al +1,2 en 2019), junto a la
inversión empresarial (crecerá un 3,3% frente al 2,7% en 2019) y una leve
mejoría de las exportaciones (+2,3%
de aumento frente a 1,8% en 2019), si se tranquiliza el comercio mundial, mientras
no
ayudará en 2020 el consumo público, que crecerá menos (+1,7% frente a
+2,2% en 2019), por la exigencia de bajar el déficit público. La recuperación
del consumo de las familias se deberá a la mejora de los salarios (funcionarios, trabajadores y nueva subida del
SMI) y las pensiones (+0,9%, como la
inflación), así como al aumento del
empleo (aunque sea menor) y a los
bajos tipos, que favorecen los créditos al consumo, el uso de tarjetas
y las hipotecas.
El peor problema en 2020 será que, con esas tres
décimas menos de crecimiento esperadas, España
creará algo menos de empleo: +259.426
nuevos empleos en 2020, frente a los +391.292 creados en 2019 y los +474.960
nuevos empleos creados en 2018. Y con ello, seguiremos teniendo una alta tasa de paro, que sólo baja del 14,3%
en 2019 al 13,6% en 2020, la segunda
más elevada de Europa (Grecia tendrá el 15,4% de paro) y más del doble de la
tasa de paro de la UE-27, que será
del 6,2% en 2020.
Hasta aquí la “bola de
cristal” de cómo puede ser 2020 en el mundo, en Europa y en España. Pero
ojo, vivimos en un
mundo plagado de incertidumbres, donde cualquier cambio puede deteriorar
las previsiones o mejorarlas. De hecho, la
tregua entre USA y China es muy débil y más en un año electoral, donde
Trump se juega su reelección en noviembre. Y las crisis de Latinoamérica pueden sumir al subcontinente en otra crisis que
afectaría mucho a España. Y el petróleo
es una amenaza permanente: ha subido un 16,5%
en el último año y para 2020 hay
quien piensa que el precio podría dispararse. Y el Brexit todavía puede dañar a la economía europea, vista la actitud
poco razonable de Johnson.
Pero las mayores
incertidumbres están en España. No va a ser fácil conseguir un Gobierno estable y, sobre todo, que
dure para aprobar el Presupuesto 2020 y las
reformas más urgentes: pensiones, empleo y leyes laborales, educación,
sanidad y Dependencia, vivienda y lucha contra la pobreza y la desigualdad, sin
olvidar la Ley contra el Cambio Climático.
El primer test van
a ser los Presupuestos 2020, que serán
muy difíciles de aprobar porque
el futuro Gobierno necesitará pactar con demasiados grupos y todos pedirán
contrapartidas a cambio. Y en esta ocasión, la elaboración de los Presupuestos
2020 choca con dos problemas. Uno, la
advertencia de Bruselas de que España va a incumplir el déficit público
en 2019 (2,3% del PIB en vez del 2% prometido) y también en 2020 (2,2 % frente
al 1,7% prometido), lo que supone que tendrá
que “ajustar” el Presupuesto 2020 en unos 7.350 millones (o bien ingresando
más o recortando más o haciendo ambas cosas).
El otro problema, más complicado, es que el 1 de enero de
2020 entra plenamente en vigor la reforma del artículo 135.2 de la
Constitución, pactada en agosto de 2011 por Zapatero y
Rajoy, por la que España tiene que aplicar
el ajuste del déficit al que le obliga Bruselas o rebajar la deuda pública del
97% actual al 60% marcado por el Pacto de Estabilidad. Eso quiere decir que
el nuevo Gobierno Sánchez no puede incumplir las exigencias de Bruselas, porque
ahora es
“una exigencia constitucional”, con lo que cualquier partido, institución o particular podría impugnar unos
Presupuestos más expansivos ante el Tribunal Constitucional.
Esto obliga al futuro Gobierno a mirar con lupa el aumento de
gastos (y hace falta subirlos en casi todo, desde la educación o las
pensiones a la sanidad y las políticas de empleo, sin olvidar la vivienda, las
ayudas sociales, las infraestructuras o las tecnologías) y buscar
más ingresos como sea, aumentar la recaudación vía sociedades (las
grandes empresas y bancos pagan pocos impuestos), IRPF (subiendo tipos a los
que ganan más de 140.000 euros), IVA (limitando los tipos reducidos y
superreducidos) , impuestos energéticos (subida al gasoil y a la gasolina) y
nuevos impuestos a las operaciones financieras (tasa Tobin y a las multinacionales
tecnológicas (tasa Google), sin olvidar la lucha contra el fraude fiscal.
A la
hora de recaudar más, el Gobierno
tiene margen: España recaudó en 2018 el 38.9% del PIB, frente al 45%
de media en la UE-28, según
Eurostat. Eso significa que si recaudáramos impuestos como la media de los
europeos, tendríamos que ingresar 73.703
millones más cada año. No se trata de que paguemos más los que ya pagamos
mucho, sino que paguen
más ese 5% de contribuyentes que hoy pagan poco: grandes empresas,
bancos, multinacionales y los más ricos. Claro que conseguirlo el próximo Gobierno con una minoría parlamentaria no va a ser fácil.
España lleva 4 años largos en una situación de bloqueo
político que tiene que acabar en 2020: hay que empezar
a gobernar
y a pactar. Primero un Presupuesto 2020 que
relance la economía y afronte las necesidades más urgentes. Y después, las reformas pospuestas: pensiones,
educación, sanidad, Dependencia, vivienda, tecnología y digitalización,
infraestructuras y modernización de la economía. Se trata de buscar el “mínimo común denominador”, con un objetivo:
aproximarnos a Europa en el gasto educativo, sanitario, social, tecnológico y
de fomento del empleo. Y para ello, debemos recaudar
más como europeos, pactar una reforma fiscal que aproxime nuestros ingresos
fiscales a Europa.
Ahí va a estar la clave de cómo
resulte ser 2020. Los españoles
somos bastante pesimistas sobre la actual situación económica: el 52,5% de los españoles encuestados
en noviembre por el Barómetro
del CIS creían que la situación
económica era “peor” que 6 meses antes, el 34,5% “igual” y sólo un 7,8% “mejor”.
Además, al preguntarles cómo veían la economía dentro de 6 meses, para el
verano de 2020, el 46,5% de los
encuestados la ven “peor”, un 20,5% igual y sólo el 21,6% peor.
Pero los expertos creen que no
va a ser un año mucho peor, aunque crezcamos algo menos y se creen
menos empleos. Incluso Luis de Guindos, vicepresidente
del BCE, dice que la eurozona “puede
tener un rebote a mediados del 2020”.
Así que recibamos el nuevo año sin
tanto pesimismo, pensando que por lo menos no va a llegarnos otra crisis,
como muchos temían hace unos meses. 2020
será un año “normalito”, de bajo
crecimiento y empleo, pero el 7º año
seguido de recuperación. No es poco. ¡ Feliz año 2020 a todos !
La salud de los españoles es la mejor de Europa:
tenemos la menor tasa de mortalidad y la mayor esperanza de vida (83,4 años). Y eso gracias a un sistema
sanitario excelente, muy eficaz en el
tratamiento de enfermedades y con bajo coste, menor que el de los grandes
paises europeos, según el chequeo sanitario que acaban de hacer la UE y la OCDE
a 30 paises europeos. Una valoración extranjera mucho mejor que la de los ciudadanos
españoles, que sólo dan un aprobado a la sanidad pública (6,57 puntos), sobre todo por las listas
de espera y el deterioro en urgencias y ambulatorios. El chequeo de la UE nos recomienda gastar más en sanidad, atender mejor a los mayores (geriatría y dependencia), aumentar médicos y enfermeras, reducir el tabaquismo y la obesidad (responsables de 350 muertes diarias) y
dedicar más esfuerzos a la prevención y
a la atención primaria. Podemos estar orgullosos
de nuestra sanidad, pero hay que apuntalarla. La salud es lo primero.
Los españoles
sentimos mayoritariamente que tenemos una buena salud (el 77,8% cree que
es “buena o muy buena”, según la
última Encuesta
Nacional de Salud 2017) pero consideramos la sanidad como nuestro 6º mayor problema (tras el
paro, los políticos, la economía, Cataluña y la corrupción, según el Barómetro
del CIS de noviembre) y sólo le damos a la sanidad pública un aprobado alto (6,57 puntos), según el
último Barómetro
Sanitario de 2018, en el que un 68,3%
de españoles creen que funciona “bien o
bastante bien” y un 26,2% creen
que “necesita cambios fundamentales”.
Así que tenemos una percepción buena de la sanidad pública, pero mejorable. Y desde luego, peor de la que revela el
último Chequeo que nos han hecho, a finales de noviembre, la UE y la OCDE,
junto a otros 29 paises europeos (los 27 de la UE más Noruega e Islandia). Ahí
reflejan que tenemos una salud excelente
y que se debe a tener una sanidad muy
eficaz y más barata que la de la
mayoría de Europa.
El indicador que
resume todos los demás es que España es el
país europeo con la mortalidad más baja: aquí murieron 829 personas por cada 100.000
habitantes en 2016, frente a 1.002 de
media en la UE, 838 en Francia y 843 en Italia, los paises con menor
mortalidad, en contraste con los 1.600 muertes 1.476 muertes en Rumanía o
Letonia, según el último indicador publicado
por Eurostat (datos 2016). Y en 2018,
el último dato publicado por
el INE, en España hubo 915 muertos por 100.000 habitantes,
todavía menos que la mortalidad europea de hace dos años. Y si ajustamos la mortalidad
por la edad (homogeneizando las diferentes edades de los paises),
España tuvo en 2018 la tercera tasa de
mortalidad más baja de Europa: 462
muertes por 100.000 habitantes, sólo por delante de Francia (457) y
Luxemburgo (460) y muy por encima de la media UE (561 muertes), Alemania (540)
e Italia (468), según el reciente
estudio “Estado de la Salud de la UE 2019”.
España tiene menos muertes porque tenemos una sanidad más eficiente, que “evita”
muchas de las muertes que se producen por causas “evitables” y “tratables”.
Así, España tiene una de las
tasas de mortalidad más bajas de Europa en
muertes “evitables” (118 por
100.000 habitantes) frente a 161 en
Europa) y en muertes “tratables” (67
muertes por 100.000 habitantes frente a
93 en la UE). El
estudio europeo señala que un 38% de
las muertes totales serían “evitables” en España (162.500 de las 427.721
que se produjeron en 2018), pero que en Europa lo son más, el 44% de las muertes. Y eso, a pesar de que las tasas de tabaquismo son mayores en España que en
Europa (22% adultos fuman a diario frente al 19% en la UE) y también tenemos más sobrepeso y obesidad (17% de
adultos frente al 15% en la UE), por la deficiente alimentación y el escaso
ejercicio, aunque bebemos menos alcohol
(9% adultos lo consumen en exceso frente al 20% en Europa).
A pesar de estos factores de riesgo, la sanidad española ha conseguido reducir las muertes por
enfermedades cardiovasculares (sobre
todo en cardiopatías isquémicas y enfermedades cerebro-vasculares) y también
por cáncer de pulmón y colorrectal, aunque han aumentado las muertes por
Alzheimer. El
informe señala el éxito de los
tratamientos de los infartos en los hospitales españoles: sólo mueren 6 de cada 100 hospitalizados tras un
infarto (a los 30 días), cuando la media europea es de 9,8 muertos. Y también refleja un mayor éxito en la mayoría de tratamientos
de cáncer en España: sobreviven el 85% de los enfermos con cáncer de mama
(83% en la UE), el 63% con cáncer de colon (60% en la UE) y el 90% de los
cánceres de próstata (87% en la UE), aunque estamos ligeramente peor en
supervivientes de cáncer de pulmón (14% frente al 15% en la UE), por el mayor
tabaquismo en España.
Al final, la menor
mortalidad, por el eficaz tratamiento de las enfermedades que conllevan muertes “evitables” (cardiopatías
isquémicas, accidentes de circulación u muertes relacionadas con el alcohol) y
“tratables” (muertes por cardiopatías,
enfermedades cerebro-vasculares y cáncer) lleva a un resultado espectacular: España
es el país europeo con mayor esperanza de vida
en 2018 (en el año 2000 nos ganaban Suecia a Italia), según el chequeo
sanitario de la UE, que revela que los españoles viven una media de 83,4 años, frente a 80,9 años de media en
Europa. Y mayor esperanza de vida que Italia (83,1 años), Francia (82,7 años), Suecia (82,5
años), Alemania (82,1) o Reino Unido (81,3 años).
Y otro dato muy importante, que resalta
este estudio europeo: España tiene
menos desigualdades en esperanza de vida que la mayoría de Europa por
situación socio-económica (apenas) y nivel educativo: los que tienen bajos estudios viven 2 años menos (en
Europa son 3,6 años menos de vida) y los mejor formados viven 4,2 años más en
España y 6,5 años más en Europa (más brecha por formación). En cuanto a la
brecha de vida por género, en España los hombres
viven 5,5 años menos que las mujeres y en Europa 5,2 años menos.
Vivimos más años, sí, pero el
informe de la UE señala un problema
de esta mayor longevidad española: la peor calidad de una vejez más larga. Tenemos más
mayores con enfermedades crónicas (el 59% de los mayores de 65 años en
España, frente al 54% en la UE), con
discapacidad o limitaciones para valerse por sí mismos (el 21% de los
mayores frente al 18% en Europa) y con
depresión (el 39% de mayores en España frente al 29% en la UE). Esto exige,
señalan, un gran esfuerzo no tanto en sanidad como en asistencia geriátrica y
en ayudas a la dependencia, esfuerzo que aumentará a medida que España
envejece a lo largo de este siglo.
El chequeo sanitario europeo resalta
también que la sanidad pública española
es “prácticamente universal”
(atiende al 100% de los empadronados) y que lo hace con un gasto mucho menor que en la media europea: 2.371 euros de gasto sanitario por
habitante, frente a 2.884 euros de
media en la UE. Eso nos coloca como el 11º país que menos gasta en sanidad de los 30 analizados. Si se
toma el gasto sanitario total en relación al tamaño de la economía, el gasto
sanitario en España era del 8,9% del PIB
(2017) frente al 9,8% de media en la
UE, el 11,3% de Francia, el 11,2% de Alemania, el 11% de Suecia, el 9,6% de Reino Unido o el 8,8% de Italia.
Además de gastar menos en sanidad, el
estudio revela que los hospitales
españoles son más eficientes que la media europea. Por un lado, somos el 4º país con menos camas de hospital por
paciente: 3 por cada 100.000 habitantes frente a 5 de media en la UE. Esto
es consecuencia del recorte de inversiones en nuevos hospitales, pero también
de que han aumentado las intervenciones no hospitalarias
(intervenciones ambulatorias de cataratas, amigdalitis y hernia inguinal)) y
las llamadas “hospitalizaciones evitables”, sobre todo de enfermos de
diabetes e insuficiencia cardiaca: España tiene 400 hospitalizaciones “evitables” por cada 100.000 habitantes, un
tercio menos de las 600 que se registran en Europa. Además, otro dato de
eficiencia es que la duración de la
estancia en hospitales se ha reducido, a 6,2 días en España y a 8
días en la UE, según el chequeo sanitario europeo.
España tiene menos
gasto sanitario y menos peso del
gasto público en sanidad, que ha bajado por los recortes y el auge de la
sanidad privada en las últimas dos décadas. Así, el gasto
público supone en España el 71%
del gasto sanitario total frente al 79%
en Europa. Y, en consecuencia, el gasto
privado en sanidad es mayor en España y ya supone un 29% del gasto total,
por encima del 21% europeo. Eso se debe a que las familias cargan ahora con dos
gastos que son mayores que en Europa: el
copago farmacéutico (supone el 24% del gasto sanitario en España, frente al
19% en la UE) y el gasto en atención
dental. Por estos dos conceptos, y algunos otros pagos no cubiertos por la
sanidad pública, los españoles pagan de
su bolsillo un 50% más en salud que la media europea
(el 23,6 de pagos directos respecto al gasto total frente al 15,8% de media en
la UE).
Tras reiterar la
eficacia de la sanidad española,
el
chequeo no olvida los problemas que sufre
de listas de espera, recordando que han aumentado desde 2010 a 2018, por
los recortes: de 90 a 100 días una
operación de cataratas (60 días en
Reino Unido y Holanda y 120 días en Portugal) o de 135 a 150 días una artroplastia de cadera (52 en Holanda,
85 días en Reino Unido y 128 días en Portugal). Y llama la atención sobre las grandes
diferencias regionales en España: entre los más de 150 días que esperan
la mitad de pacientes en Castilla la Mancha, Canarias o Extremadura y los 50
días de Madrid, la Rioja o Navarra.
El otro problema
que destaca en la sanidad española es la
falta de médicos y sobre todo de enfermeras,
así como la tremenda precariedad del personal sanitario
(el 30% del personal tenía contrato temporal en 2017). España
tiene más médicos (3,9 médicos
por 1.000 habitantes) que la media UE (3,6 médicos), pero la tercera parte
tienen más de 55 años y se jubilarán en una década y faltan en algunas
especialidades y en atención primaria. En cuanto a enfermeras,
tenemos muchas menos (5,7 por 1.000
habitantes) que la UE (8,5). Y en general, estamos
por debajo en médicos y enfermeras que Noruega, Islandia, Alemania, Suecia,
Dinamarca, Portugal y Austria, según
este estudio de la UE y la OCDE.
Cara al futuro, el
estudio europeo señala que la
sanidad española va a sufrir “una tensión en el gasto”, derivado
del mayor envejecimiento de la población y del aumento del gasto en cuidados
a largo plazo a los mayores (dependencia y atención geriátrica), máxime
cuando hoy hay 9 millones de españoles mayores de 65 años y en 2050 habrá 16,4 millones de mayores. Y alerta a España que esta
tensión “puede poner en peligro la
viabilidad del sistema a largo plazo”. Además, señala que el nuevo
gasto sanitario, a partir de 2015, se ha
ido más a la atención hospitalaria, que gana peso en el gasto frente a la
atención primaria.
Precisamente, la propuesta básica de este chequeo
a la sanidad española y europea es “apostar más por la prevención y la atención
primaria”. O sea, volcarse más en campañas contra el tabaquismo, la
obesidad y el alcohol y en mejorar la atención de los médicos de familia y
ambulatorios que gastar más en hospitales. Además, el
estudio señala otras recetas
para apuntalar
nuestra sanidad: más gasto sanitario (equipararnos al gasto medio
en Europa, ese 9,8% del PIB, supondría gastar 11.000 millones más cada año), más médicos y sobre todo más enfermeras (con contratos más
estables), más cirugía ambulatoria, más avances en la lucha contra algunos
cánceres, menos uso de antibióticos, mayores campañas contra el tabaquismo, la
obesidad, el sedentarismo y el alcohol y mayores recursos y medios para la
dependencia y la atención geriátrica a los mayores. Sin olvidar una renovación tecnológica de los hospitales
(el 50% de los equipos tienen más de 10 años de vida, lo que nos coloca como el
2º país con la tecnología sanitaria más obsoleta de la UE, según la patronal Fenin)
y el desarrollo de la telemedicina,
todavía atrasada en España.
En definitiva, que podemos
sentirnos muy orgullosos de nuestra
sanidad, según este chequeo de la UE y la OCDE: permite que seamos los
que vivimos más años en Europa. Pero hay
que apuntalar el sistema, con
dinero, personal, mejoras y reformas, para afrontar un país más envejecido y una tecnología sanitaria y unos medicamentos
mucho más costosos. Habrá que buscar el
dinero “debajo de las piedras” y gestionar con eficacia, para que esta sanidad excelente que tenemos no se deteriore más. Y para que
aguante la tensión de un futuro donde aún viviremos más años. La salud es lo primero.