jueves, 15 de junio de 2017

Justicia colapsada y poco independiente


Los Juzgados se están llenando este mes de junio de pleitos de clientes contra los bancos, por las clausulas suelo y los gastos de las hipotecas. Abogados, demandantes, jueces y personal judicial temen que este aluvión de demandas (de 200.000 a 500.000) colapse aún más los juzgados españoles, aquejados de un exceso de litigios y de falta de medios y jueces. Mientras, un reciente informe de la Comisión Europea revela que la Justicia española es más  lenta que la europea y suspende en independencia: el 60% de los ciudadanos y empresas españolas desconfían de su independencia, frente al 40% en Europa. Urge aprobar un Plan de choque para agilizar la Justicia, con más dinero, más medios, más jueces y más Juzgados. Y cambiar su organización y varias Leyes, para que sea más eficaz y más independiente de los políticos. Porque una Justicia ineficaz y poco independiente es mala no sólo para los ciudadanos y la democracia, también para la economía y el empleo.


                                                                                           enrique ortega

Desde el 1 de junio, están llegando a los Juzgados españoles miles de demandas de clientes de los bancos y Cajas, para reclamar la devolución de las clausulas suelo, cobradas indebidamente, según la sentencia emitida en diciembre por el Tribunal de Justicia Europeo. En principio, el Gobierno aprobó un sistema para que las entidades pactaran un acuerdo con los clientes afectados, en torno a 1.400.000 personas en toda España, a los que tendrían que devolver más de 5.544 millones de euros, según los datos recabados por la CNMV. A finales de mayo venció el plazo de 3 meses dado para conseguir estos acuerdos y eran muchos los clientes que no habían pactado una compensación. En unos casos, porque los bancos no aceptaban la demanda y en otros porque los clientes pensaban que iban a ganar más si reclamaban ante los tribunales, animados por mediáticos bufetes de abogados que pensaban “hacer su agosto” con las minutas a cobrar por estas demandas contra la banca.

El resultado es que se espera que entre junio y diciembre se presenten entre 200.000 y 500.000 demandas judiciales contra bancos y Cajas, no sólo por el cobro indebido de cláusulas suelo sino también por otros temas financieros que ahora se pueden recurrir, en base a recientes sentencias judiciales: cobro de gastos de formalización de hipotecas (son recuperables), vencimientos anticipados, intereses de demora o hipotecas multidivisas. Para hacer frente a esta avalancha de demandas, el Consejo general del Poder Judicial ha dispuesto que se especialicen 54 Juzgados (uno por provincia más dos en islas), que serán los que asuman de manera exclusiva estos litigios, al menos inicialmente, aunque se teme que serán insuficientes y acabarán en el resto de Juzgados.

El temor de abogados, clientes y expertos judiciales es que esta avalancha de litigios contra la banca colapse aún más los juzgados españoles, a pesar de que el CGPJ dice que ha reforzado esos 54 Juzgados especializados con jueces (67 recién salidos de la escuela judicial) y más personal. De hecho, las cuatro Asociaciones judiciales, los Colegios de abogados y procuradores, los letrados de Justicia (antiguos secretarios judiciales) y distintos sindicatos de funcionarios han suscrito un manifiesto contra el Plan de refuerzo del CGPJ, señalando que “este Plan está abocado al fracaso” y que se va a colapsar más la Justicia. Baste un ejemplo. En Madrid, donde podrían recibirse hasta 80.000 demandas, el Juzgado especial que atenderá estos litigios cuenta con 1 juez en prácticas, 2 secretarios judiciales y 10 funcionarios…

Este aluvión de demandas es especialmente preocupante porque cae sobre una Justicia ya colapsada, sobre Juzgados invadidos de expedientes y faltos de medios. Y eso porque en 2015 ingresaron en los 3.964 Juzgados españoles un total de 8.376.311 asuntos, 38.000 asuntos nuevos entrando cada día laborable, según la última Memoria del CGPJ. Una vorágine de expedientes, aunque han caído drásticamente en 2016, según los datos presentados en marzo en el Congreso: el año pasado entraron en los Juzgados 5.813.031 nuevos asuntos, casi un tercio menos que en 2015 (-31,4%). Ello se debe a un doble cambio legal, que ha aligerado los Juzgados. Por un lado, el 1 de julio de 2015 entró en vigor la reforma del Código Penal que destipificaba como delitos algunas conductas y sustituía los juicios de faltas por delitos leves. Por otro, el 6 de diciembre de 2015 entró en vigor la reforma de la Ley de enjuiciamiento Criminal, por la que la policía ya no envía a los Juzgados los atestados de delitos en los que no haya un autor conocido, atestados que antes llegaban a los Juzgados para que el juez los archivara. Por las dos vías, menos papeleo y menos trabajo para los Juzgados españoles en 2016.

Pero aun así, 5.813.031 nuevos asuntos ingresados en 2016 son muchos expedientes para la justicia española, que tiene una tasa de litigios (124,9 por 1000 habitantes) que es de las más altas de Europa. Y además, las causas judiciales son cada vez más complejas y exigen más tiempo a los Juzgados, retrasando las sentencias. De hecho, el último informe de la Comisión Europea sobre la Justicia europea en 2016 revela que la Justicia española es lenta: es el 8º país europeo donde más tardan los procedimientos judiciales, 238 días de media, sólo por detrás de Chipre (1.085 días), Portugal (710), Grecia (510), Malta (447), Italia (393), Francia (304) y Eslovaquia (240 días). Y muy alejada de los 17 días de Dinamarca, los 53 de Austria, los 55 de Polonia o los 87 de Holanda (no dan datos de Alemania y Reino Unido).

El otro grave problema de la Justicia española, según este informe de la Comisión Europea, es su falta de independencia. El 60% de los ciudadanos españoles creen que la independencia de la Justicia es mala o muy mala y que está presionada por intereses políticos o económicos, siendo el tercer país europeo con peor percepción de independencia (sólo por detrás de Eslovaquia y Bulgaria), alejados del 40% de media europea negativa  y del 10 al 25% negativo de los paises nórdicos. Y lo mismo pasa con las empresas españolas: el 60% suspenden en independencia a nuestra justicia, el 5º porcentaje negativo más alto en Europa. 

Además de lenta y poco independiente, la Justicia española tiene serios problemas de funcionamiento. Lo reconoció en marzo pasado, en el Congreso, el presidente del poder judicial (CGPJ), Carlos Lesmes: “Siguen existiendo en buena parte de nuestros Juzgados y Tribunales situaciones de colapso difícilmente sostenibles, así como deficiencias organizativas que aún no han sido abordadas y que impiden incrementar de manera significativa nuestros niveles de eficacia”. El problema no es sólo que se acumulen los litigios, sino que el trabajo judicial está mal repartido: de los casi 4.000 Juzgados, hay 1.659 (el 43,5%) cuya carga de trabajo es el 150% de la que debería ser, según un informe de 2014 del CGPJ. Esto pasa sobre todo en los Juzgados de lo social (el 97% trabajan al 150% de la media), los de 1ª Instancia (95% colapsados) y los Juzgados mercantiles (el 93% superados), sobre todo en Madrid, Sevilla, Castilla la Mancha, Murcia, la Rioja, Comunidad Valenciana y Galicia. Y así pasa, que hay Juzgados señalando juicios para dentro de dos, tres y cuatro años.

Si la Justicia es “la Cenicienta de la Administración española”, se debe a varias razones. Por un lado, los recortes del Gobierno Rajoy, que agravaron su penuria de medios. Si en 2010, el Presupuesto de Justicia era de 1.804 millones de euros, cayó un 19% hasta los 1.461 millones de 2014 y aunque ha subido los tres años siguientes, aún no se ha recuperado (1.726 millones para 2017). Y también se han recortado los Presupuestos de las 12 autonomías que tienen la Justicia transferida (todas menos Castilla y león, Castilla la Mancha, Extremadura, Baleares y Murcia, más Ceuta y Melilla). Con ello, el gasto en Justicia por habitante se redujo de 91 euros en 2012 a 88 en 2014, un gasto que nos sitúa en la media europea, como el 12º país por gasto en Justicia. Y ligeramente por debajo de los grandes, en porcentaje de gasto en Justicia sobre el PIB: un 0,35%, frente al 0,40% del PIB que gastan Alemania o Reino Unido.

Al final, los recortes y el menor gasto se traducen en  menos medios, menos personal judicial y menos jueces. En España hay 11,2 jueces por cada 100.000 habitantes, casi la mitad que en Europa, donde hay 21 jueces por cada 100.000 habitantes. Y somos el 7º país europeo con menos jueces, muy por debajo de Grecia (21 jueces por 100.000 habitantes), Portugal (19,2) o Alemania (24,7 jueces), aunque tenemos más jueves que Italia (10,6) y Francia (10,7). Y en fiscales, tenemos 5 por 100.000 habitantes, frente a 11 de media en Europa (eso sí, tenemos el doble de abogados: 241 por 100.000 habitantes frente a 149 en Europa). Lo mismo puede repetirse en funcionarios judiciales y Juzgados. Sólo en Madrid, el Tribunal Superior de Justicia de la comunidad cree que hacen falta 92 nuevos Juzgados, además de que urge renovar los juzgados actuales, a los que falta de todo (hasta calefacción y fotocopiadoras).

Un problema muy serio de la Justicia española es el exceso de papel, las estanterías y sótanos llenos de legajos. Teóricamente, el 1 de enero de 2016 entró en vigor el Plan de digitalización de la Justicia, el programa LexNet, que obliga  a abogados, procuradores, fiscales y otros profesionales a presentar en formato digital todos sus documentos  a los Juzgados. Pero la aplicación está siendo muy lenta y faltan medios, lo que ha acabado duplicando el trabajo: lo que llega vía telemática se termina imprimiendo y lo que llega en papel se digitaliza. Y sigue el problema de fondo: cada autonomía tiene un sistema informático distinto (hay 10 sistemas informáticos diferentes, dos en Madrid, incluso la Fiscalía del Estado tiene uno propio) y así no hay forma de digitalizar la Justicia.

Pero no todo son problemas de falta de presupuesto y de medios. También hay un serio problema organizativo, de reparto y organización del trabajo, de días sin juicios y mejor gestión de expedientes y vistas, de lo que se quejan con frecuencia los abogados. Y también existe un problema normativo de fondo: en España hay un exceso de normas, que además se cambian con demasiada frecuencia, lo que genera inseguridad jurídica y un aumento de los litigios, según el colectivo Sansón Carrasco. Basten dos ejemplos. Uno, la Ley de Enjuiciamiento Civil, que ha sido modificada 20 veces desde el año 2.000. Otro, el Código Civil, que ha cambiado 30 veces desde 1.995. Y luego está el Gobierno central, que gobierna a base de decretos-leyes, y los autonómicos, que multiplican su normativa. Al final, un puzzle legal  cambiante que complica aplicar la Justicia.

Agilizar y hacer más independiente la Justicia es la gran asignatura pendiente de la democracia, no sólo por la mejor defensa de los derechos de los ciudadanos sino para que funcione menor la economía, ya que la inversión y la actividad mejoran con una Justicia más ágil y eficaz. Para conseguirlo, casi todo el mundo judicial pide un Pacto por la Justicia que nunca llega. En su defecto, se debería acordar un Plan de choque para reducir el colapso de la Justicia y hacerla más independiente de los políticos. Un Plan que debería actuar en cuatro frentes: dedicar más Presupuesto a la Justicia (el doble en 4 años), dotarla de más medios (más Juzgados, 2.000 jueces más en cuatro años, más funcionarios y expertos, así como una completa digitalización), hacer un cambio organizativo de fondo (concentración de juzgados y órganos colegiados de jueces) y pactar nuevas Leyes, para agilizar y reorganizar la Justicia y conseguir una mayor independencia de los jueces y fiscales. En paralelo, habría que potenciar la mediación y el arbitraje, como en la mayoría de Europa, para que sean expertos y no jueces los que diriman muchos conflictos civiles, mercantiles, empresariales o familiares.

En resumen, seguimos con una Justicia colapsada y poco independiente, a la que ahora van a recargar con cientos de miles de pleitos contra la banca. Y eso, cuando el 74,8% de los españoles están poco o nada satisfechos con la Justicia, según el Barómetro del CIS (julio 2016). No parece que avance ningún Pacto de Estado para mejorar la Justicia, aunque Bruselas nos haya alertado (otro año más) de su lentitud y falta de independencia. Mejorar la Justicia española es una exigencia democrática y también económica, porque una Justicia lenta frena la inversión y el empleo. No esperen más.

 

lunes, 12 de junio de 2017

Trabajo precario: alerta UE y pocos inspectores


La Comisión Europea alertó en  mayo sobre la precariedad laboral en España. Antes lo hicieron la OCDE y el FMI, preocupados por la dualidad del mercado de trabajo: un 27,5% de trabajadores tienen contrato temporal (el 2º país de Europa con más temporales) y un 15,1% contratos a tiempo parcial, el 60% de ellos forzados porque no encuentran otros. Esta precariedad, que sufren más las mujeres y los jóvenes, lleva a sueldos muy bajos y a la pobreza, además de hundir las cotizaciones (y las pensiones) y la recaudación, empeorar la formación y la productividad de España (la 34ª del mundo). Bruselas, la OCDE y el FMI han pedido al Gobierno que fomente los contratos fijos y a jornada completa, pero Rajoy no hace nada, aunque se comprometió a ello en 2014, en el Acuerdo con sindicatos y patronal. Urge mejorar la calidad del empleo, con incentivos y persiguiendo el fraude laboral, algo difícil porque España tiene la mitad de inspectores de trabajo que Europa. ¡ Trabajo decente ya !



                                                                                   enrique ortega

España lleva tres años creando empleo, pero un empleo muy precario. Así, de los 1.372.900 empleos creados entre 2014 y 2016, sólo el 5% son “contratos de calidad”, empleos fijos y a jornada completa. Y la casi totalidad de los nuevos empleos son empleos muy precarios. Un 92% son contratos temporales, cada vez por menos tiempo: la duración media de los contratos está en 51 días de media (81 antes de la crisis), aunque una cuarta parte de los contratos (el 26%) duran ya menos de 1 semana. Y más de un tercio (36%) de los nuevos contratos son a tiempo parcial, por horas. Ello es fruto sobre todo de la reforma laboral aprobada por Rajoy en 2012, que ha facilitado el auge de los contratos precarios.

Con ello, España se sitúa a la cabeza de la precariedad laboral en Europa, como acaba de resaltar el informe de la Comisión Europea (22 mayo 2017). En 2016, el 26,1% de los trabajadores españoles tenía un contrato temporal, lo que nos convertía en el 2º país europeo con más temporalidad, tras Polonia (27,5%), según Eurostat, casi el doble de temporalidad que la media europea (14,2%) y muy por encima de la de Alemania (13,2%), Francia (16,1%), Italia (14%) o Portugal (22,3%). Y lo peor es que este aumento de los contratos temporales es algo forzoso, no buscado por los trabajadores: un 90% de los españoles con contrato temporal preferirían tener un contrato fijo (el porcentaje más alto en Europa, tras Chipre, según la OIT), frente al 62,1% de temporales “forzosos” en la Unión Europea.

Pero quizás el dato más preocupante, según resalta la Comisión Europea en su informe (y antes la OCDE), es que España es uno de los paises de Europa donde un menor número de contratos temporales se transforman en fijos: sólo un 10%, frente al 22% de media en la UE-28 y el 10,5% en Francia, el 59% en Gran Bretaña, el 30% en Alemania o el 20% en Italia, según Eurostat. O sea, no es que las empresas ofrezcan primero un contrato temporal para luego hacer fijo al trabajador, sino que el 90% de los contratos temporales se mantienen así o se cancelan, lo que hace que estos trabajadores sean especialmente vulnerables.

El otro tipo de contrato precario, los contratos a tiempo parcial, suponen ya el 15,1% de todos los contratos en España (2016), todavía por debajo de la media europea (19,5%) y de muchos paises donde hay tradición de trabajos a media jornada o por horas, como Holanda (49,7% de los contratos), Alemania (26,7%), Austria (27,8%), Reino Unido (25,2%), Suecia (23,9%), Francia (18,3%) o Italia (18,5%), según Eurostat. Pero hay dos datos españoles preocupantes. Uno, que España es el país europeo donde más ha crecido el trabajo a tiempo parcial (part time) durante la crisis. Y segundo y fundamental, que el 60% de los que trabajan a media jornada o por horas preferirían trabajar a jornada completa, frente a sólo un 27,5% de trabajadores europeos que trabajan forzosamente por horas, según la OIT.

La precariedad en los contratos la sufren especialmente dos colectivos en España: las mujeres y los jóvenes. En los contratos temporales, las mujeres tienen un porcentaje ligeramente mayor que los hombres (26,5% frente a 25,8%), pero son muchas más con  contrato a tiempo parcial : trabajan por horas un 31,9% de las mujeres españolas (35,9% en la UE-28) frente a un 8,8% de los hombres (9,3% en la UE-28), según Eurostat (2016). Y donde realmente se ceba la precariedad laboral es en los jóvenes españoles, los más temporales de Europa: el 56,5% de los menores de 29 años tiene un contrato temporal (el 32,4% en Europa) y sube al 72,9% entre los jóvenes de 15 a 24 años (43,8% con contrato temporal en la UE-28), según los datos de Eurostat (2016). Y también tenemos muchos más jóvenes que Europa con contrato a tiempo parcial, por horas: un 27,5% de los menores de 29 años (23,7% en la UE-28) y un 38,7% de los jóvenes entre 15 y 24 años (32,4% en la UE-28, según Eurostat (2016).

Pero la precariedad laboral no sólo se manifiesta en el tipo de contrato. También es un signo de precariedad que haya muchos españoles trabajando en empleos muy por debajo de su formación, los trabajadores “sobrecualificados”: en España hay 9,5 millones, el 52,8% de los empleados (en 2007 eran el 46,3%), según datos de Afi-Asempleo a partir de la EPA. Con la crisis, esta “sobrecualificación” ha crecido entre los mayores de 45 años y sobre todo entre los más jóvenes: dos tercios de los jóvenes entre 16 y 24 años trabajan en empleos inferiores a su cualificación, por ejemplo universitarios trabajando de teleoperadores, camareros o cajeras de supermercado. Este problema se concentra en la hostelería (71,4% de los empleos están sobrecualificados) y el comercio, sobre todo en el País Vasco, Cantabria, Levante e islas.

Un tercer indicador de precariedad es el aumento de las horas extras “forzadas”, que han aumentado tras la reforma laboral de 2012, al dar más poder al empresario para fijar horarios y jornada, con lo que muchos optaron por hacer contratos de media jornada y luego obligar a la plantilla a hacer horas extras, a veces sin pagárselas. Así, a finales de 2016 había 7.778.000 trabajadores que hacían horas extras (el 50,5% de los asalariados), de media 5,48 millones de horas extras a la semana. Y según los últimos datos disponibles (2015), más de la mitad de esas horas no se pagaban. Otra muestra de precariedad laboral que además tiene una grave consecuencia: esas horas extras impiden crear 150.000 nuevos empleos cada año.

La primera consecuencia de toda esta precariedad laboral es que se traduce en salarios muy bajos, menores que los de un trabajador con contrato estable: los trabajadores temporales cobran un 36,6% menos que los indefinidos (15.680 euros frente a 24.746) y los que trabajan a tiempo parcial ganan un 63,7% menos que los que trabajan a jornada completa (9.794 euros brutos anuales frente a 26.965), según la Encuesta de estructura salarial del INE. El resultado es que en los últimos años han aumentado los “trabajadores pobres”, españoles que tienen un trabajo pero “malviven” (ganan menos del 60% de la media): tenemos un 12,5% de trabajadores pobres (2.196.137 empleados, 1 de cada 8 asalariados), un porcentaje superior al de trabajadores pobres en Europa (9,5%), según la OIT. Y además, el enorme paro (4.255.000 parados EPA en marzo 2017) y esta precariedad tiran a la baja de todos los salarios, con lo que el sueldo más habitual en España son 16.490 euros brutos anuales (últimos datos oficiales del INE para 2014), lo que se traduce en 950 euros netos al mes en 14 pagas. O sea, que el español medio es un “mileurista”.

Pero la precariedad laboral acarrea también otros graves problemas, además de los bajos salarios y la mayor vulnerabilidad del trabajador. Aumenta su incertidumbre sobre el futuro, lo que está reduciendo las familias y la natalidad (España lleva 5 años perdiendo población), así como la independencia de los jóvenes (el 80,3% de los jóvenes españoles, 5.233.406, siguen viviendo con sus padres, frente al 70% de media en Europa, según el Observatorio del Instituto de la Juventud) y su capacidad para consumir y comprar una vivienda. Pero sobre todo, la precariedad laboral merma la recaudación de impuestos y recorta los ingresos por cotizaciones de la Seguridad Social, hundiendo las cuentas de las pensiones. Y para el trabajador, reducen su posible seguro de desempleo y su pensión futura. Además, los trabajadores precarios son menos productivos, porque tienen menos incentivos para serlo y porque las empresas les forman menos (“se van a ir”). Y eso agudiza uno de los problemas estructurales de España, la menor productividad y competitividad: España ocupa el puesto 34 en el ranking mundial de competitividad, elaborado por la escuela de negocios IMD.

Por todo ello, la Comisión Europea acaba de reiterar, en su informe sobre España del 22 de mayo, que uno de nuestros mayores problemas es la precariedad laboral y la dualidad en el mercado de trabajo (2 tipos de españoles, según su contrato laboral). Lo mismo dijo en marzo la OCDE, en su informe sobre España, y la delegación del FMI que visitó España en diciembre: el Gobierno español debe tomar medidas para mejorar la calidad del empleo, incentivando los contratos fijos y luchando contra la precariedad laboral. Eso sí, tanto la OCDE como el FMI dan además una receta “neoliberal” para reducir la temporalidad: reducir las indemnizaciones a los contratos fijos (para que no compensen tanto los temporales) y dar más poder a las empresas y menos a los tribunales en los despidos. En definitiva, la OCDE y el FMI proponen dar una “vuelta de tuerca” a la reforma laboral, con más flexibilidad, cuando precisamente la reforma laboral de 2012 es la que ha agravado esta precariedad.

De momento, el Gobierno Rajoy no hace nada: ni rebaja las indemnizaciones ni toma medidas para favorecer los contratos fijos y penalizar los temporales. Y eso que se comprometió a hacerlo en diciembre de 2014, cuando firmó con los sindicatos y la patronal un Acuerdo tripartito que incluía, en su punto 2.4, tomar medidas para luchar contra la dualidad en el mercado de trabajo: intensificar la lucha contra el fraude en la contratación e incentivar los contratos fijos. Palabras Ahora, tras la última alerta de la Comisión Europea, los sindicatos y la oposición deberían presionar al Gobierno para que tomara medidas urgentes y eficaces contra la precariedad laboral. Se trataría de actuar frente a las empresas con el palo y la zanahoria: el palo de la inspección de Trabajo, para detectar y multar a las empresas que tengan trabajadores temporales o por horas cubriendo puestos que son fijos y a jornada completa, y la zanahoria, para incentivar fiscalmente y con cotizaciones más bajas a las empresas a que transformen contratos temporales en fijos y mejoren la calidad de sus empleos. Lo primero que hay que hacer es garantizar que se cumple la Ley, que no se utiliza el mucho paro existente para contratar con fraude. Y luego, ayudar a que se hagan contratos de más calidad.

Pero “para el palo”, un requisito clave es aumentar los medios de la inspección de Trabajo, porque tras los recortes está menguada: hay 1.800 funcionarios (960 inspectores y 840 subinspectores), la cifra más baja desde 2009. Y tenemos la mitad de funcionarios para inspección que Europa, según datos de la OIT: hay 1 inspector por cada 15.000 asalariados en España frente a 1 por cada 7.300 en la Unión europea. Y además, la propia Asociación de inspectores denuncia que la mitad de su trabajo está orientado a vigilar si los parados hacen fraude al cobrar el subsidio o si los trabajadores están dados o no de alta, no en vigilar si el contrato temporal o a tiempo parcial está justificado. Y cada vez hay más abusos laborales, españoles con contratos de 4 horas trabajando 10 y cobrando 8, sobre todo en hostelería, limpieza, tiendas, teleoperadores y servicios. Y no hay inspectores para detectar tanto fraude, que se ampara en que los afectados no lo denuncian (para no perder su “medio empleo”) y en que la mayoría de empresas son pymes donde no hay sindicatos que controlen.

Al final, la precariedad laboral es un cáncer para los trabajadores (incertidumbre, bajos salarios, vulnerabilidad) y para la recuperación de la economía, porque reduce el consumo y la competitividad, en definitiva el crecimiento y el empleo futuros. Así que además de injusta, la precariedad es antieconómica, un mal negocio. Y somos líderes en Europa. Algo hay que hacer, con urgencia y eficacia. Nos lo dicen desde Bruselas y lo sufrimos dentro, sobre todo los jóvenes, las mujeres y los mayores de 45 años. ¡Empleo decente ya ¡

jueves, 8 de junio de 2017

Más Selectividad, no estudiar para trabajar


Esta semana y la que viene se celebran en toda España los últimos exámenes de la Selectividad, el “filtro” al que se enfrentan 300.000 jóvenes bachilleres para acceder a la Universidad. Será la última vez: el año que viene, cada Universidad pondrá sus pruebas de acceso, como en casi todos los paises. Seguirá habiendo “filtros”, que dejan fuera a un 20% de jóvenes que quieren estudiar una carrera, porque muchas están saturadas. El contrasentido es que tenemos más universitarios que la mayoría de Europa y a la vez el doble de paro entre los que tienen una carrera. Porque los estudios van por un lado y las ofertas de trabajo por otro. Y las empresas se quejan de que les faltarán casi 2 millones de profesionales cualificados para 2020. Urge un gran acuerdo entre las Universidades y las empresas para delimitar estudios y carreras, planificando la formación a medio plazo. Lo contrario es estudiar para parados. Menos Selectividad y más preocuparse de enseñar para trabajar.



                                                                                            enrique ortega

Este año no debería haber pruebas de Selectividad. La polémica Ley educativa aprobada por el Gobierno Rajoy, la LOMCE, establecía que este curso desaparecían las tradicionales pruebas de Selectividad y se cambiaban por una reválida en 2º de Bachillerato y una prueba de acceso que fijaba cada Universidad. Pero la comunidad educativa se ha opuesto a las reválidas y los rectores de las Universidades le pidieron al Gobierno que retrasara un año las nuevas pruebas de acceso, porque no estaban preparados. Y así, en noviembre pasado, el Gobierno Rajoy acordó con los rectores y las Universidades que este año volvería a haber Selectividad y que la aplicación de la LOMCE se dejara para el año que viene (?).

Así que esta semana y la que viene, unos 300.000 jóvenes que han terminado el Bachillerato se enfrentan a varios días de pruebas para superar la Selectividad y poder luego estudiar una carrera. Las pruebas son bastante similares a las de años anteriores, con pequeños cambios. Hay una prueba obligatoria, que consta de 4 ejercicios, uno por cada materia troncal (Lengua y Literatura, Historia de España y Lengua extranjera) y el cuarto a elegir en función de la modalidad de bachillerato cursado (Matemáticas, Latín, Materias Aplicadas a las Ciencias Sociales y Arte), más un 5º ejercicio sólo en las autonomías con lengua oficial propia. La principal diferencia con la selectividad de 2016 es que los alumnos no se examinan ahora de las asignaturas de 1º de bachillerato (Filosofía, Historia Universal, Economía e Historia Contemporánea). Y para los que quieren mejorar nota, hay una prueba voluntaria, en la que se examinan de un máximo de 4 materias troncales de 2º de Bachillerato que han de ser diferentes a las materias elegidas en la fase obligatoria.

Al final, tras estas dos pruebas, el alumno consigue una nota de acceso a la Universidad, que suma tres componentes: el 60% de la nota media del Bachillerato más el 40% de la nota sacada en la prueba obligatoria de Selectividad más las calificaciones obtenidas en las 2 mejores materias de las cuatro examinadas en la prueba voluntaria. En total, pueden conseguir un máximo de 14 puntos. Y con esta “nota de corte”, mirar a ver si superan el mínimo exigido por cada Universidad (se puede utilizar este buscador de 2017),  mínimo que varía según la carrera (12,84 en Medicina o 6,50 en Humanidades) y, sobre todo, de si va a estudiar en Madrid o Barcelona o en provincias (para Administración de Empresas, ADE, oscila entre 11,14 puntos en la Pablo de Olavide de Madrid y los 5,07 en Castilla la Mancha). Al final, un 90% de los bachilleres aprueban la selectividad y un 80% logra ingresar en la carrera que prefieren, algunos cambiando de ciudad.

Las pruebas de acceso a la Universidad, en España la Selectividad, es algo que de una u otra forma se hacen en todos los paises, aunque en la mayoría no se trata de una prueba similar para todos los bachilleres, sino que cada Universidad es la que fija las pruebas de acceso de los estudiantes, aunque hay paises, como Alemania, donde también cuenta el expediente del Bachillerato. Y en Estados Unidos, además de aprobar el examen de acceso (el SAT), cuentan mucho el historial académico previo y las recomendaciones que se aporten.

El año que viene, para junio de 2018, en España dejará de haber exámenes de Selectividad como hasta ahora y serán las Universidades las que fijen las normas y pruebas de acceso a sus distintas carreras. Eso romperá con la uniformidad y homogeneidad actual, porque las pruebas de acceso serán diferentes por autonomías y Universidades, más rigurosas en unas y menos en otras, con lo que “el filtro” será muy diferente. Y si ahora hay poca diferencia entre estudiar una carrera en un sitio que en otro, en el futuro será muy importante dónde se ha licenciado un universitario, desde las pruebas de acceso al final de la carrera. Y más porque la tendencia es que las Universidades españolas sean cada vez más autónomas, tanto para ofrecer planes de estudios como para cobrar tasas diferentes.

Ya hay Universidades, en Cataluña, que este curso han empezado a ofrecer licenciaturas de 3 años en vez de 4, una posibilidad abierta por el ministro Wert en 2015. Y el próximo curso 2017-2018, habrá más Universidades que ofrecerán licenciaturas de 3 años, a las que sumar 1 ó 2 años de Master (3+1 o 3+2). El único requisito, acordado en mayo de 2017 por el Consejo de Universidades, es que han de ser carreras “nuevas” (se teme que algunas Universidades "maquillen" carreras viejas...). De momento ya hay autorizadas 11 nuevas titulaciones de 3 años en Cataluña, la mayoría en Universidades privadas. Un sistema que permite ofrecer un título en menos tiempo y coste para las Universidades, además de atraer a estudiantes para hacer 2 años complementarios de Master (en vez de 1 como ahora), por los que las Universidades cobran un 50% más que por un curso de Grado.

Además de títulos distintos, las Universidades tienen precios distintos, sobre todo tras la fuerte subida de tasas decretada en 2012, que osciló entre el 20% (Andalucía o Castilla la Mancha) y el 60% (en Barcelona y Madrid), mientras sólo Galicia y Asturias las han congelado. Así, un grado de medicina o uno de Ingeniería cuesta 2.372 euros en Cataluña, el triple que en Andalucía (757 euros) y el doble que en Extremadura (1.111 euros). Y un grado de Derecho cuesta el doble en Cataluña (1.516 euros) que en Andalucía (757 euros). Y un master en la Universidad pública de Barcelona tiene un precio medio de 4.000 euros, frente a 1.800 euros máximo en las universidades de Andalucía.

Sean cuales sean los precios, estudiar en la Universidad en España se ha encarecido mucho y somos el 6º país de Europa con los grados universitarios más caros (1.100 euros de media), tras Reino Unido, Irlanda, Italia, Letonia y Lituania, según un estudio elaborado por comisiones Obreras. Y el 7º país más caro de Europa en Master (se pagan 2020 euros de media), tras esos mismos paises y Grecia. Y según un estudio de los propios rectores, España es el cuarto país más caro para estudiar en la Universidad (1.257 euros de media en 2013-2014), sólo por detrás de Reino Unido (4.409 euros), Irlanda (2.500 euros) e Italia (1.300 euros). De hecho, apenas se paga por estudiar en la Universidad en Alemania (200 euros) , Francia (283 euros) o Polonia (41 euros) y hay 11 paises europeos donde estudiar en la Universidad es gratuito (Austria, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Grecia, malta, Noruega, Escocia-RU, Suecia, Turquía y Chipre). Y además de ser más cara, el Gobierno Rajoy ha endurecido los criterios y  recortado la cuantía de las becas a los universitarios.

La consecuencia de que la Universidad sea más cara y hayan bajado las becas es doble. Por un lado, hay 134.000 estudiantes que han dejado la Universidad desde 2012, según un informe de la Fundación CyD. Y por otro, han aumentado los alumnos en las universidades privadas, ahora que se han acortado los precios en Grados y sobre todo en los Master al subir más las tasas en las públicas. De hecho, los alumnos en los Grados de las 32 universidades públicas han crecido un 17,6% entre el curso 2008-2009 y el 2015-2016, mientras caían un 6,3% en las 50 Universidades públicas. Y en los Master, han crecido los alumnos de las públicas un 167% en estos 7 cursos, mientras aumentaban un 587% en las privadas. El resultado es que las Universidades privadas han ganado cuota de mercado a costa de las públicas: de un 11 a un 13% (173.381 alumnos) en enseñanzas de Grado y de un 15 a un 32% (52.710 alumnos) en enseñanzas de Master entre 2008-2009 y 2015-2016, según datos oficiales del Ministerio de Educación.

Las Universidades públicas pierden peso mientras no consiguen recuperarse de los recortes aplicados por Zapatero y sobre todo Rajoy: -1.370 millones, el 14% del Presupuesto de 2010. Y eso lleva a un problema de fondo, de falta de recursos: el gasto público en España por cada universitario es de 12.604 dólares, un  20% inferior a los 15.665 euros de gasto medio en Europa (UE-22) o a los 15.772 dólares por universitario que gasta la OCDE, según el informe “Education at a glance 2016”. Y España, como país, dedica el 1,3% de su PIB a financiar la Universidad, por debajo del 1,5%  del PIB que gasta la OCDE (34 paises). O sea, que tendríamos que gastar 2.250 millones de euros más cada año en la Universidad.

Pero hay más problemas en la Universidad española que la falta de dinero. Uno importante es ajustar la oferta universitaria, recortando titulaciones (hay 2.637 Grados y 3.661 Master) y fusionando Centros (hay 234 Campus, con ofertas de estudios similares a pocos kilómetros de distancia). Otro reto es reducir la endogamia (7 de cada 10 profesores trabajan en la misma Universidad donde leyeron su tesis) y abrir la docencia al mundo económico y empresarial. Y sobre todo, fomentar la autonomía universitaria y las auditorías de eficiencia y calidad (para que las Universidades españolas compitan en el mundo: sólo hay una, la de Barcelona, entre las 200 mejores Universidades del mundo). Pero, con todo, el mayor reto de la Universidad española es conseguir que sus licenciados trabajen.

Hoy por hoy, los títulos universitarios no son una garantía de empleo, aunque tengamos más universitarios que el resto de Europa (32,6% de los adultos frente al 27,1% en la UE). El 10,89% de los universitarios están en paro, menos que el conjunto de españoles (18,75% en paro) pero el doble de parados que en Europa (5,7% de paro entre universitarios) y en la OCDE (4,9% paro universitario). Y además, 1 de cada 3 universitarios que trabajan (el 33,7%) están subempleados, sobrecualificados: han hecho una carrera pero trabajan de otra cosa, de teleoperador o cajera de supermercado. Lo que sucede es que apenas hay trabajo para algunos licenciados (sólo el 4,8% de las contrataciones para Humanidades y Ciencias Sociales y un 9,7% para salud), mientras las contrataciones se concentran en licenciados en ADE, Economía y Derecho (40%), Ciencias e Ingenierías (27%), Informática y TICs (17,7%), según un estudio de la Fundación Everis sobre lo que demandan las empresas.

Cara al futuro, la brecha entre lo que se estudia y lo que necesitarán las empresas se va a agravar: en 2020 faltarán en el mercado español 1,9 millones de profesionales altamente cualificados, sobre todo perfiles STEM, el acrónimo en inglés de especialistas en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, según un estudio de Randstad. Y además, no bastará con tener esos títulos. Las empresas se quejan de que los universitarios españoles les sobra teoría y les falta formación práctica, habilidades para afrontar el reto laboral, que necesitan mejorar en idiomas y entorno digital, ser más flexibles y saber trabajar en equipo. Y saber adaptarse mejor a los cambios, empezando por cambiar de ciudad o país para trabajar.

Urge pensar menos en la Selectividad, en filtrar a los alumnos para entrar en la Universidad, y pensar más en lo que estudian para mejorar su salida laboral. Y eso exige un gran acuerdo Universidad-empresa, donde el mundo docente se abra a las necesidades de las empresas para configurar las carreras con más futuro, que mejor aseguren un empleo. Y enseñar practicando, en la Universidad y en las empresas. Esa debería ser la obsesión de la Universidad, los alumnos y los políticos cara a los próximos cursos. Enseñar para trabajar.