lunes, 8 de febrero de 2016

Vuelve la "guerra del agua"


El Gobierno Rajoy está “en funciones”, pero hace cosas. Entre ellas, aprobar en el primer Consejo de enero los 16 Planes Hidrológicos 2016-2012, a pesar de que en septiembre, varios fueron rechazados por los nuevos gobiernos de Castilla la Mancha, Comunidad Valenciana, Navarra y Cataluña, que van a denunciarlos  en  Bruselas y ante los Tribunales. Y ayer domingo, 50.000 personas se manifestaron en Amposta contra el Plan del Ebro. Rajoy reabre así la “guerra del agua” entre autonomías, que el ministro Cañete había cerrado en 2013, gracias a que el PP controlaba las autonomías enfrentadas y a que no había tanta sequía como ahora. El problema de fondo es la escasez de agua y que con el cambio climático habrá menos, mientras estos Planes fomentan los regadíos (consumen el 82% del agua) y no planifican bien el reparto del agua. Y que España, siendo el país con más déficit de agua de Europa, es el que menos invierte en infraestructuras y gestión del agua. Urge un gran Pacto del agua.
 

enrique ortega


La “guerra del agua” en España viene de lejos, desde la Edad media y antes. Pero más recientemente, saltó en 1.979, con la entrada en funcionamiento del trasvase Tajo-Segura, que abastece a 2,5 millones de personas en Murcia, Alicante y Almería y proporciona agua a unos 80.000 agricultores. Mientras hubo agua, los enfrentamientos entre Castilla la Mancha y Levante fueron menores, pero en 1994 la “guerra del agua” estalló con virulencia, con una agria polémica entre Bono (CLM) y Lerma (C. Valenciana), donde no pudo mediar el ministro Borrell. Y los problemas siguieron latentes, mientras la ComisiónEuropea pedía a España, desde 2009, que aprobara los Planes de cuenca para gestionar mejor los ríos. Pero Zapatero no lo hizo, para evitar más enfrentamientos entre autonomías. Y en junio de 2011, Bruselas denunció a España ante el Tribunal de Luxemburgo, señalando además que si 14 Estados europeos se habían puesto de acuerdo sobre el Danubio, aquí debería ser más fácil.

Cuando el ministro Cañete llegó al Ministerio, en diciembre de 2011, se encontró con que sólo había un Plan de cuenca (distrito fluvial de Cataluña) de los 25 que deberían haberse aprobado. Y se puso a la tarea de elaborar los Planes, empezando por los ríos menos conflictivos. En octubre de 2012, el Tribunal europeo condena a España por no tener los Planes (anunciando multas) y en noviembre, el Comisario europeo de medio ambiente visita Madrid y da otro “toque” al Gobierno: hay que aprobar ya los Planes de todos los ríos. Para hacerlo, el ministro Cañete convoca en Toledo, en enero de 2013, a los tres barones del PP implicados en la “guerra” del trasvase Tajo-Segura, Cospedal (CLM), Fabra (Valencia) y Valcárcel (Murcia) y cierra un pacto que busca contentar a todos. Y con él, aprueba, a finales de 2013, los 25 Planes hidrológicos de cuenca 2009-2015.

Pero los años han pasado y ahora tocaba aprobar el segundo ciclo de los Planes, para el periodo 2016-2021. Y el Gobierno Rajoy quería dejar el tema “atado y bien atado” antes de irse. Y sobre todo, antes de que llegaran otros partidos a las autonomías implicadas, con las elecciones de mayo 2015. Y así preparó los 16 Planes ahora aprobados por el Gobierno en funciones (12 estatales y 4 regionales que afectan a Galicia y Andalucía). La reacción de las autonomías afectadas no se ha hecho esperar. El gobierno socialista de Castilla la Mancha va a denunciar los Planes del Tajo, Guadiana, Júcar y Segura ante Bruselas y ante los Tribunales, donde ya denunció este verano los dos trasvases de agua (20 Hm3 y 15 Hm3) aprobados en julio y agosto por el Gobierno Rajoy, en plena sequía. Y lo mismo hará el nuevo Gobierno catalán, después de que el presidente Puigdemont arremetiera en su investidura contra el Plan hidrológico del Ebro, otra "bandera" más del independentismo catalán.

Las autonomías afectadas por esta nueva “guerra del agua” se quejan de que el Gobierno Rajoy ha aprobado estos Planes hidrológicos sin un acuerdo previo. Por un lado, los nuevos Gobiernos autonómicos no pudieron presentar alegaciones contra estos Planes, porque el plazo para hacerlo terminó el 30 de junio y ese día fue el que se constituyó el nuevo gobierno de la Comunidad Valenciana y aún no habían tomado posesión los nuevos gobiernos de Castilla la Mancha (3 de julio) y Navarra (23 julio). Y se quejan de que Rajoy haya aprobado los Planes a pesar de que en el Consejo nacional del Agua, celebrado el 30 de septiembre de 2015, hubo 12 votos en contra de los Planes (76 a favor y 6 abstenciones), los de Castilla la Mancha, Comunidad Valenciana, Cataluña, Navarra, varias organizaciones ecologistas y una de agricultores. El voto en contra lo justificaban en que estos Planes incumplían la normativa europea (Directiva marco del Agua) en temas medioambientales (al no asegurar unos recursos suficientes para regenerar los ecosistemas de unos ríos muy contaminados), apostaban por aumentar los regadíos (750.000 hectáreas más), no regeneran los acuíferos y no aseguran la cantidad y la calidad de los suministros futuros de un agua cada vez más escaso.

A pesar de esta oposición, los Planes están ahí y ahora falta ver qué hacen Bruselas, los Tribunales y las autonomías afectadas, mientras el próximo Gobierno ha de decidir si los deroga o no. Los dos Planes más polémicos son los del Tajo y el Ebro. En el Tajo, el problema es que el río recibe un 47% menos de agua y sus pantanos están al 15% de capacidad, mientras el río está muy contaminado, razones que esgrimen en Castilla la Mancha para oponerse al trasvase de agua a Levante, lo que puede provocar nuevas “guerras” con la Comunidad Valenciana (ahora gobernada por el PSOE, como CLM) y Murcia (que sigue en manos del PP). En el Ebro, las quejas son de Cataluña (no de Aragón, de momento), que pide recibir el doble de agua para salvar el delta del Ebro, mientras se quejan de que el Plan autorice 400.000 nuevas hectáreas de regadío, que consumirán la escasa agua disponible. Ayer domingo 7 de febrero, una multitudinaria manifestación en Amposta (Tarragona) protestó contra el Plan del Ebro, exigiendo un mayor caudal para que sobreviva el ecosistema del delta.

El tema de fondo, al margen de las peleas políticas, es que el agua es un bien escaso y cada vez lo será más. En las últimas dos décadas, los aumentos de temperatura, sobre todo en primavera (cuando más debía llover) han provocado una reducción del agua de los ríos de un 14,3%, según un estudio de CEDEX. Y con el cambio climático, esta tendencia se agravará en el futuro, de tal manera que se espera que haya un 20% menos de recursos hidráulicos en 2021 que en 1990, según un estudio de Ecologistas en Acción. Y el problema es que, en paralelo, el consumo crecerá para entonces un 10%. Es decir que para 2021, el déficit de agua crecerá un 30% sobre 1990. Eso se traduce en que si ahora hay sólo una cuenca con un déficit estructural de agua (la del Segura), en las próximas décadas tendrán también déficits estructurales de agua las cuencas del Júcar, Guadiana, Guadalquivir, cuencas internas de Cataluña, Guadalete-Barbate y Cuencas mediterráneas, además de parte de las cuencas del Tajo y Ebro. O sea, la mitad de España, la mitad sureste del país.

¿Qué se puede hacer? Los expertos lo reiteran: reducir la demanda de agua (la presente y la futura) y gestionar mejor el menor agua disponible, de mala calidad. Eso pasa, primero, por actuar sobre los regadíos, que hoy suponen el 82% del consumo total de agua (el otro 18 % lo consumen el turismo, los hogares y la industria). La propuesta de Ecologistas en acción es reducir los regadíos actuales (de 4 millones de hectáreas a 3-3,2 millones) y no aprobar más (los Planes de Rajoy autorizan 750.000 hectáreas más), a la vez que se busca una mayor eficiencia en los cultivos, ahorrando agua. Además, proponen reducir el consumo de agua en el turismo y el urbanismo de costa, sobre todo en el Mediterráneo. Y apostar por un menor consumo de los hogares (137 litros por persona), más con campañas y una facturación por persona (que penalice los consumos elevados) que con subidas de tarifas: el agua es más barata en España que en Europa (1,76 e/m3 frente a 3 euros), pero los precios ya han subido mucho en poco tiempo (+26% desde 2009) y además son muy diferentes según las ciudades (desde recibos de 29,35 euros mensuales en Murcia o 23,49 euros en Barcelona a 11,82 euros en Valladolid o 11,31 euros en Zaragoza, según un estudio de Facua).

Además, España debe volcarse en invertir mucho más en infraestructuras de agua, para evitar inundaciones (se repiten cada año en los mismos sitios), asegurar los aprovisionamientos y mejorar la calidad del agua. No es de recibo que Bruselas haya vuelto a demandar a España en 2015 ante el Tribunal de Justicia de la UE por incumplir las directivas europeas de depuración de aguas residuales. De hecho, en pleno siglo XXI, España tiene abiertos 4 expedientes en la Comisión Europea por no depurar correctamente las aguas residuales de 800 localidades de todo el país (afecta a 6millones de personas). Y el 68% de las ciudades españolas de más de 10.000 habitantes no cuentan con los sistemas de depuración terciaria que exige la Unión Europea a los países miembros desde 2015…Tercermundista.

La realidad es que los gobiernos de Zapatero y Rajoy han recortado las inversiones hidráulicas desde 2007, inversiones que rondan ahora los 2.200 millones anuales. De hecho, España, que es el país europeo con más déficit hídrico, es también el país europeo (salvo Suecia) que menos invierte en infraestructuras de agua: un 0,11% del PIB frente al 0,27% de media en la UE-28 (y frente al 0,28% PIB de Francia o el 0,27% de Alemania, países donde llueve mucho más). Habría que recuperar este atraso y regenerar el patrimonio hidráulico, con importantes inversiones en infraestructuras, canalizaciones, aprovisionamientos y saneamiento. Los expertos hablan de invertir entre 10.000 y 15.000 millones en obras hidráulicas, en agua. Y en paralelo, actuar más como país contra el cambio climático (menos petróleo, carbón y gas y más renovables y ahorro de energía), la principal causa de que haya menos agua.

El agua es uno de los grandes problemas de España, como el paro, las pensiones, la educación, la pobreza  o el futuro del estado de Bienestar (sanidad, servicios sociales  y dependencia). Y asegurar que haya agua suficiente y de calidad no se resuelve con “guerras” entre autonomías, entre consumidores y agricultores. Hace falta un gran Pacto del agua, que garantice un uso racional y solidario del agua, un bien público cada vez más escaso. Y dedicar más dinero a inversiones que aseguren un mejor abastecimiento, mientras se conciencia a las familias, a las industrias y al turismo de un consumo responsable. España es el país más vulnerable de Europa a la falta de agua y lo será más en el futuro, por el cambio climático. Gestionar bien el agua debería ser un objetivo de todos, al margen de peleas políticas y localismos. Porque sin agua no hay futuro.

jueves, 4 de febrero de 2016

El retraso digital de las empresas españolas


El doble reto económico de España es que trabaje más gente y que trabajemos mejor, con más eficacia y productividad. Y para ello es clave la utilización masiva de Internet: facilita crear empresas, vender más (conociendo mejor lo que quiere el cliente), con menos costes, más beneficios y un empleo mucho más estable. Pero el problema es que España está muy retrasada en la digitalización de la economía, que supone la cuarta revolución industrial. Basten dos datos: una de cada tres microempresas españolas (son 3 millones) no tienen acceso a Internet. Y entre las que lo tienen, sólo un 15% vende online. Y España está en el puesto 14 del ranking digital europeo, cuando somos la cuarta economía. Los expertos urgen a los partidos y al futuro Gobierno a acordar un gran pacto digital, que impulse Internet en la economía y en las empresas, con inversiones, ayudas y formación. El impulso digital aportaría 40.000 millones extras al PIB español. No podemos perder el tren digital.
 

enrique ortega


Internet ha cambiado el mundo, la economía y las empresas en las últimas dos décadas y sobre todo en los últimos cinco años. En España, la revolución digital ha entrado de lleno en los hogares y ya hay 29,5 millones de internautas, 22,2 millones (2 de cada 3 adultos) que usan la Red a diario. Pero este auge de Internet entre los ciudadanos no se da igual en nuestra economía y nuestras empresas. Así, España ocupa el puesto 34 en el índice digital NRI del Foro Económico Mundial. Y está en el puesto 14 del índice de Digitalización DESI 2014, que elabora  la Comisión Europea en base a cinco factores: conectividad a Internet, capital humano, uso de la red, integración de la economía digital y servicios públicos digitales.

Pero si estamos retrasados digitalmente como país, las empresas españolas lo están mucho más. Así, España ocupa el lugar 17 en el ranking europeo de digitalización de empresas, encabezado por los países nórdicos y donde nos superan Irlanda, Holanda, Bélgica, Reino Unido, Alemania, Austria, República Checa, Malta Lituania, Eslovenia y hasta Portugal, según Eurostat. Las empresas españolas han avanzado en digitalización en los últimos años (índice 77,5), pero aún están por debajo de las empresas europeas (índice 78) y de las empresas punteras del mundo (índice 81), según el último informe de la consultora PwC. Y otro estudio de Accenture revela que el grado de digitalización de las empresas españolas está por debajo del que tienen las empresas en las 17 mayores economías mundiales.

Vayamos a datos más concretos. En España, un 34,3% de las microempresas (menos de 10 trabajadores), que son casi todas (un 95,4%, más de 3 millones) no tienen acceso a Internet, según el informe ADEI 2013. Y de los dos tercios que acceden a la Red, un 71,6% tienen Web, pero en la mayoría de los casos es un simple catálogo de productos y servicios, no un canal de venta: sólo en un 15,2% de esas Web se pueden hacer pedidos y sólo en un 9,1% se pueden pagar las compras online. Baste decir que sólo 1 de cada 6 microempresas españolas (un 17,6%) venden online, según la última encuesta del INE (2015). Y las ventas online sólo suponen el 14,4 % de las ventas totales de las empresas españolas, 1 de cada 7 euros vendidos. Dos datos impactantes. Y un ejemplo llamativo: de las 21.800 farmacias que hay en España, sólo 190 venden online (marginalmente). Así estamos.

La digitalización de la economía y de las empresas no es sólo impulsar el comercio electrónico, vender por Internet. La revolución digital va mucho más allá: supone un cambio radical en todos los negocios, desde la relación con los proveedores y las compras a la cadena de producción (inteligente), la determinación y renovación de la oferta de productos, los canales de distribución y venta y el contacto con el cliente, destacando la mejor explotación de toda la información disponible (big data). En definitiva, Internet y las nuevas tecnologías están revolucionando todos los negocios, desde la banca al turismo pasando por el sector del automóvil, la venta de ropa, la agroalimentación, la energía o el transporte. Y el que no digitalice su negocio, se quedará cada vez más fuera de esta competencia global.

Las ventajas de la digitalización son evidentes, para la economía, las empresas y los consumidores. Por un lado, las economías más desarrolladas y más ricas son aquellas donde Internet tiene mayor penetración: en España, el peso de los negocios por Internet representa el 2,5% del PIB, frente al 3,8% de la media europea, lejos de Francia e Italia y a años luz de Alemania o Reino Unido, los países europeos más digitalizados, según el informe de ADEI. A nivel empresarial, las ventajas de la digitalización están demostradas: las empresas son más productivas (un 30% más), venden más, están menos endeudadas y son más rentables. Y, lo más importante: crean un empleo más estable y mejor pagado (salarios un 8% más altos). De hecho, las empresas españolas digitalizadas sólo han perdido un 6% de su empleo en esta crisis (2008-2012) frente al 21% de empleo perdido por las no digitalizadas. Y cara a los consumidores, Internet permite más ofertas (nacen más empresas), más competencia y mejores precios (ropa, telecos, billetes de avión, hoteles…).

Las empresas españolas saben de la importancia y de las ventajas de la digitalización: por eso, un 69% han empezado a integrar Internet en sus negocios, según un estudio de The London School of Economics Enterprise. El problema es que avanzan lentamente y con pocas inversiones, concentradas además en las grandes empresas. Varios son los obstáculos reales con que tropieza la digitalización. El principal, la falta de un equipo directivo impulsor: sólo cuando el presidente o consejero delegado de una empresa se pone al frente, la digitalización avanza de verdad. Además, muchos no encuentran socios tecnológicos ni personal capacitado para ponerlo en marcha. Otros tienen recelos de seguridad, por temor a futuros ataques si ponen su negocio en la Red. Y además, faltan infraestructuras (redes de banda ancha con suficiente capacidad y velocidad)  y personal suficientemente formado (en España hay un déficit de 50.000 empleos digitales).

¿Qué se puede hacer para avanzar en la necesaria digitalización? El reto no es sólo español, ya que Europa también está retrasada frente a Estados Unidos y algunos países asiáticos. Por eso, la Comisión Europea ha aprobado una Agenda digital europea que pretende invertir 300.000 millones en redes e infraestructuras tecnológicas, desmontando las 28 aduanas digitales que hoy existen, con el objetivo de que este mercado único digital genere 415.000 millones de euros en nuevas actividades y 900.000 nuevos empleos para 2020. En España, el Gobierno Rajoy aprobó en febrero de 2013 la Agenda Digital para España, sin las inversiones y medios necesarios para su aplicación, hoy muy retrasada.

Para avanzar en la digitalización de España y sus empresas, hay dos elementos claves. Uno, mejorar las infraestructuras tecnológicas, donde nuestro atraso es patente. En tecnología, España se coloca en el vagón de cola, con un gasto en investigación del 1,24% del PIB, muy alejado de los primeros vagones de la Ciencia (3,32% PIB Finlandia, 3,21% Suecia, 3,05% Dinamarca), de los medianos (2,94% del PIB de gasto en Alemania, 2,23% de Francia y 1,98% de Reino Unido), por detrás de Portugal (1,36% del PIB en Ciencia), empatados con Italia (1,25%) y sólo por detrás de Grecia (0,78%) y países del Este, según los últimos datos de Eurostat 2013 (ver mapa). Y por otro, mejorar las redes de acceso a Internet: sólo tenemos un 0,4% de conexiones a redes de alta capacidad (+ de 100 Mbps), frente al 2% en la UE-28 y al objetivo europeo del 50% de los accesos para 2020. Y en los accesos a Internet de media capacidad (a 100 Mbps), el porcentaje es alto (47% accesos), mayor que el de la UE-28 (34%), pero con una menor velocidad real porque tenemos una mayor “latencia” (el tiempo que tardan los paquetes IP en llegar desde el servidor a nuestro ordenador o dispositivo). De hecho, la latencia en España supera un 80% la media europea en ADSL (65 milisegundos frente a 36), es un 84% superior en fibra óptica (35 milisegundos frente a 19) y el doble en cable (42 milisegundos frente a 21), según un estudio encargado por la Comisión Europea. Internet más lento y, además, un acceso que es el segundo más caro de Europa.

Además de mejorarles las infraestructuras, las empresas españolas tienen varias asignaturas pendientes para digitalizarse. La clave es que sus máximos directivos apuesten por una “hoja de ruta digital”  asentada en 4 grandes cambios: creación de un potente equipo de cambio tecnológico y digital (con poder interno y medios), inversión en tecnología, innovación y cambio digital (alquilando si es necesario capacidad informática y pago por uso), poner al cliente en el centro del negocio (explotando al máximo los datos disponibles, big data, y utilizando toda esta información para renovar productos y servicios) y crear dentro de la empresa una nueva cultura digital, con nuevas formas de trabajo y organización, apoyadas en la formación y en la contratación de jóvenes preparados (“nativos digitales”).

Pero todo ello exige un gran impulso político, desde arriba. Por eso, la patronal del sector tecnológico (Ametic) pide al futuro Gobierno y a todos los partidos un compromiso real con la economía digital, que pase por la creación en el Congreso de una Comisión de Economía Digital, que impulse entre 2016 y 2018 una decena de macroproyectos de transformación digital de la economía en sectores estratégicos: industria 4.0, turismo, textil, automoción, agroalimentario, químico, farmacéutico, maquinaria, naval, aeroespacial y de la Defensa. Y a nivel sectorial, proyectos de impresión 3D, tecnología móvil5G, cloud computing (servicios en la nube) o big data (explotación de datos).

Y en paralelo, faltan dos “empujones” más a la digitalización. Por un lado, un abanico de ayudas fiscales, créditos a bajo interés, asesoramiento y formación para que las empresas, sobre todo las pymes, vayan entrando en la economía digital, desde la última tienda al pequeño hotel o la pequeña bodega. Por otro, que las Administraciones públicas (Estado central, autonomías y Ayuntamientos) den ejemplo, desarrollando al máximo la Administración digital, digitalizando las ciudades (hay proyectos de Smart cities en 65 ciudades)  y "tirando" de la digitalización de las empresas, utilizando la palanca de las compras públicas para favorecer a las que se organicen y vendan por Internet.

El mundo está  cambiando drásticamente y muchos de los viejos empleos van a desaparecer (7 millones hasta 2020, según el Foro de Davos), mientras se van a crear  nuevos empleos (2 millones en computación, ingeniería, arquitectura y matemática) . Y un estudio de Accenture, presentado también en Davos, indica que si España digitalizara más su economía, el PIB español podría crecer 40.000 millones de euros extras. Así que no queda más remedio que "ponerse las pilas": digitalizar la economía y las empresas es un reto de todos, como país, al margen de la política y los Gobiernos. Hace falta un gran pacto y una gran apuesta por reciclarnos y digitalizarnos como economía, como empresas y como ciudadanos, para asegurar un crecimiento y un empleo estables en un mercado que ya es el mundo. No podemos perder este tren digital.

lunes, 1 de febrero de 2016

¿Otra crisis? Estancamiento y empacho de deuda


El año 2016 no ha entrado con buen pie: caídas de las Bolsas, desplome del petróleo, temor a China, fuga y depreciación de divisas, recesión en Rusia y Latinoamérica… Vuelve la inquietud a la economía mundial y los temores a una nueva crisis. Pero no se habla del problema de fondo: el exceso de deuda, de países y empresas, alimentada por un océano de dinero barato que ha “dopado” la economía desde 2008. Y ahora, cuando muchos países no crecen y las empresas venden poco, los inversores temen que no puedan devolver esta deuda, la mayoría en China y países emergentes: el que no crece no paga. La solución exige reanimar la economía mundial, para que países y empresas puedan crecer y pagar su angustiosa deuda. España, el 5º país UE con más deuda, es muy vulnerable a la inestabilidad mundial: dependemos mucho de que los mercados nos financien. Y más si seguimos sin Gobierno.
 

enrique ortega


Un fantasma recorre el mundo: el temor a una nueva crisis. O mejor, que no acabemos de salir de la larga crisis iniciada en 2008. Los síntomas son preocupantes: China crece menos, Rusia, Latinoamérica y muchos países emergentes están en recesión, el precio del petróleo  y las materias primas se desploma, el dinero huye de los países en desarrollo y sus monedas se deprecian, Japón está en recesión, Europa apenas crece y  el comercio y  la economía mundial se estancan, con poco crédito, inversión y empleo (a pesar de que hay 200 millones de parados en el mundo, 27 millones más que en 2007, según el último informe de la OIT).

El primer detonante de esta nueva crisis es China, que ha sido el motor de la economía mundial durante la recesión, aportando la mitad del crecimiento mundial. Ahora confirma que su economía ha “pinchado” y que en 2015 creció “sólo” el 6,9% en 2015, el más bajo de los últimos 25 años, alejado de los crecimientos superiores al 10% en las décadas pasadas. Ahora se plantea cambiar el modelo de crecimiento (que tire el consumo de los chinos en vez de las exportaciones), pero el mundo teme que estallen alguna de las tres “burbujas” que ha creado la economía china: la burbuja del crédito (gobiernos locales y empresas estatales tienen una deuda de 28 billones de dólares, el 280% del PIB), la burbuja inmobiliaria y la burbuja de la Bolsa (subió un 150% en el último año). Y si eso pasa, contagiaría al mundo.

El segundo gran síntoma de esta crisis es el desplome del precio del petróleo: ha llegado a caer este año por debajo de los 30 dólares barril (hoy ronda los 35 dólares) cuando en enero de 2015 valía casi 60 dólares y en 2014 costaba cuatro veces más (120 dólares por barril). La caída del petróleo es buena para los consumidores y las economías (España se ahorrará unos 15.000 millones de euros en la factura energética de 2016), pero tiene también un efecto negativo, ya que deteriora los ingresos de muchos países emergentes y empresas energéticas, cuyas cuentas se hunden. Y además, el desplome del precio del crudo es un claro síntoma de que la economía mundial está anémica: sobra petróleo porque hay poca demanda, porque la economía mundial está estancada y bombea “poca sangre” (petróleo).

Igual que el petróleo, están cayendo en picado los precios de las materias primas (el nivel más bajo en 16 años), desde el carbón, el gas o los minerales a los alimentos, también por una menor demanda mundial. Y eso hunde más a las economías de los países emergentes, muchas de las cuales viven de vender petróleo y materias primas. Además, los inversores están “huyendo” de estos países, hacia EEUU y Europa (se “fugaron” 500.000 millones de dólares de los países emergentes sólo en 2015), lo que ha depreciado sus monedas. Y como muchos están muy endeudados en dólares, y el dólar sube, van a tener que pagar más intereses ahora que encima ingresan menos. Por todo ello, Rusia y Latinoamérica están en recesión, lo mismo que Sudáfrica y muchos países de Asia, Oriente Medio y África.

La situación de China, los emergentes y el petróleo contagia también a los países ricos y a sus empresas, sobre todo a las energéticas, muchas ya en apuros (petroleras y de materias primas). Como están cayendo las compras y el comercio mundial, Europa no acaba de crecer (+1,5%) y preocupa la crisis bancaria en Italia, país con 200.000 millones en créditos dudosos), Japón está en recesión (la 5ª en 7 años), Canadá, Australia y Noruega en puertas y sólo EEUU crece bastante (+2,4%) y crea empleo, con la incertidumbre electoral de noviembre. Y en este contexto, el FMI augura un bajo crecimiento mundial en 2016 (+3,4%) y habla de “prolongado estancamiento”, al que su directora general, Christine Lagarde, califica de “la nueva mediocridad”.

Con todo, no se habla apenas del problema más preocupante de la economía mundial y el que provoca la inestabilidad en las Bolsas: el exceso de deuda en el mundoLos países y las empresas ya estaban muy endeudados en 2008, cuando estalló la recesión, pero ahora lo están mucho más, porque una de las medidas contra la crisis fue inundar el mundo de dinero barato, a interés casi cero, desde EEUU a China o Brasil pasando por Europa o Japón. Las ocho grandes economías del mundo han aumentado un 73,75% su deuda pública, pasando de 20,5 billones de dólares en 2008 a 35,6 billones en 2015, sobre todo China (+227%), Reino Unido (+179%) y España (+141%). Y lo mismo o más han hecho las empresas privadas, sobre todo las de los países en desarrollo: los bancos internacionales han prestado 3,6 billones de dólares a empresas de países emergentes y los inversores extranjeros tienen una cuarta parte de sus ahorros metidos en deuda de países emergentes. De ahí sus nervios estas semanas.

Los países y las empresas tienen un “empacho” de deuda y los bancos e inversores temen que no puedan pagarles, sobre todo si entran en recesión porque a los países (Venezuela, Ecuador, Brasil, Rusia, China, México, Sudáfrica, Nigeria, Ghana...) y a las empresas se les hunden los precios del petróleo y las materias primas. Máxime si China representa más de la mitad de la deuda de los países emergentes. De hecho, la siderúrgica estatal Sinosteel  Corporation amplió en diciembre (por tercera vez) el plazo para pagar su deuda. Y no sólo preocupan las empresas de países emergentes: un tercio de los bonos de alto riesgo emitidos en EEUU están ligados a empresas energéticas occidentales, ahora en apuros para pagar estos bonos (su deuda) . Así, la caída del petróleo podría "llevarse por delante" a 400 empresas energéticas, según el presidente de BlackRock, la mayor gestora de inversiones del mundo. De momento, Repsol ha reconocido unas pérdidas de 1.200 millones en 2015 por la caída del petróleo.

El que no crece no paga. Ese es el miedo de la banca y los inversores mundiales, que temen ahora posibles impagos de países y empresas que crecen y venden menos, lo que podría hacer estallar una nueva crisis financiera, que llevaría al mundo a otra recesión. Ya en diciembre, tres Fondos de inversión de alto riesgo de EEUU suspendieron los reembolsos a sus inversores. Y si persiste el desplome de los precios del petróleo y las materias primas, podría explotar la “nueva burbuja” de bonos de alto riesgo (el mundo no aprende de 2008: la codicia es eterna), alimentados por el dinero barato y concentrados en un 80% en EEUU. Y ello contagiaría a la economía real, otra vez desde EEUU al resto del mundo.

Por todo ello, los inversores, los bancos y las Bolsas están inquietos: si el mundo no crece, ellos no cobran. Y menos si suben los tipos de interés en 2016, como se espera después que EEUU iniciara  en diciembre de 2015 el encarecimiento del dinero. Así que la mejor receta contra la actual inestabilidad mundial es reanimar las economías, poner en marcha planes de inversión pública y privada, como han planteado sin éxito el FMI y el G-20 (cumbre Turquía noviembre). Y en paralelo, poner orden en el mercado del petróleo (hay rumores de que Rusia y parte de la OPEP  podrían recortar la producción, pero están muy divididos) y renegociar la deuda de los países emergentes y sus empresas (mejor eso que no cobrar). Pero la clave está en que tomen medidas  los países que pueden y tiren del crecimiento mundial, en especial USA (va a suavizar la subida de tipos), Japón (ha aprobado tipos negativos: cobrarán por el dinero quieto en los bancos) , China (han presentado otro plan de reactivación) y Europa, un continente estancado y con mucho paro (9,5%, el doble que USA). Draghi, el presidente del BCE, preocupado por la situación, ha prometido hacer otra vez de “bombero” en marzo, comprando más deuda e inyectando más liquidez. Pero sobra dinero barato. Lo que falta es que los países europeos que pueden (Alemania) gasten e inviertan más, para “tirar” de la Europa del sur y ayudar así a reanimar la economía mundial.

Y mientras, en España, el ministro de Economía sigue presumiendo, como si no pasara nada por el mundo: “España dejará definitivamente la crisis a finales de 2016”. Y repiten sin parar que vamos a crecer este año (+2,7%) el doble que la zona euro (+1,7%). Claro, pero eso es porque también hemos caído más durante la crisis: la economía española cayó un 9% entre 2008 y 2013, el doble que la UE (-4,4%). Y ahora toca el efecto rebote, como al tirar una pelota: cuanto con más fuerza cae, con más fuerza rebota. Y tanto el ministro de Guindos como Rajoy se olvidan de tres datos muy preocupantes. Uno, que España sigue con más del doble de paro (20,9%) que Europa (9,5%). Dos, que somos el país de la UE con más déficit público (3,6% en 2016), a pesar de los dolorosos ajustes. Y tres, que somos el quinto país europeo con más deuda pública: un 100,8% del PIB (más de 1 billón de euros), sólo por detrás de Grecia (199,7%), Italia (132,2%), Portugal (124,7%) y Bélgica (107,1%). Y nuestras empresas deben otros 1,1 billones de euros (106% del PIB), una deuda que les asfixia (crisis Abengoa).

Y ahora, con la inestabilidad en los mercados y en la economía internacional, este grave problema de la deuda española (pública y privada) vuelve a primer plano. Y se traduce en que España es más vulnerable que la mayoría de países y tiene “un alto riesgo”, como acaba de alertar la Comisión Europea. Porque dependemos mucho de los inversores, de los mercados, para seguir adelante. Y si vuelven las “movidas”, nos costará más financiarnos.

Por eso, la inestabilidad de los mercados internacionales, por China, la crisis de los emergentes y el petróleo, pone más presión sobre España, amenazada ya por los nuevos recortes que exige Bruselas (13.000 millones). Y más si no tenemos Gobierno. Urge buscar uno estable y sobre todo poner en marcha una política que reactive el crecimiento, junto al resto de Europa. Porque lo que más “calma a los mercados” es ver que sus deudores crecen, que recaudan más y sus empresas venden y ganan más. Y lo que más les preocupa es el estancamiento, que los deudores no “tiren” y acaben no pagando.

Hay que empezar por forzar un acuerdo europeo para reanimar la economía del continente, con un ambicioso plan de inversiones públicas europeas (el Plan Juncker no despega y se ha quedado corto), asentado sobre el gasto en infraestructuras, tecnología, educación y medio ambiente, con mayores ingresos fiscales. Y ya en España, pactar para los próximos años un programa económico con dos patas: ingresar más (se pueden recaudar 30.000 millones más en la lucha contra el fraude fiscal y haciendo pagar más impuestos a multinacionales, grandes empresas y los más ricos) y gastar más, en inversiones necesarias (infraestructuras, reindustrialización, tecnología, educación, digitalización y medio ambiente) y en programas de formación y empleo, para reducir la tasa de paro a niveles europeos (9,5%).

Sólo así se puede crecer más, recaudar más (bajaría el déficit) y asegurar el pago y el recorte de la deuda. Seguir como ahora, el “esperar y ver” de Rajoy y Bruselas, nos mantendría en la mediocridad  y la inestabilidad. Los mercados piden medidas y más crecimiento. Y los españoles también.
Cine: “LA GRAN APUESTA"

Vayan a ver una gran película, candidata a los Oscar : “La gran apuesta”, basada en el libro del mismo nombre de Michael Lewis, que les recomendé aquí hace ya tres  veranos. Una película que explica quién y cómo provocaron la crisis de 2008. Y cómo algunos se hicieron multimillonarios jugando (“la gran apuesta”) a que la burbuja de las hipotecas iba a estallar. Es muy instructiva: un manual sobre la codicia. Y ahora, cuando la inestabilidad vuelve a los mercados,es muy reveladora. No se la pierdan.