jueves, 9 de julio de 2015

Sube la luz antes de pagarla por horas


El Gobierno vende que somos el único país de Europa que va a pagar la luz por horas, con lo que ahorraremos si gastamos de noche o por la mañana. El nuevo sistema, en vigor desde el 1 de julio, no se aplicará totalmente hasta octubre, y sólo para la mitad de usuarios, los 10,7 millones que tienen contadores inteligentes con telemedida. El resto tendrá que esperar a que se lo instalen (van por el 40%) y el plazo acaba en 2018. Entre tanto, el recibo de la luz subió  en junio un 5,2% y un 3,6% en la primera mitad de 2015. Y volverá a subir este verano, para bajar en otoño. España es el cuarto país con la luz más cara de Europa, para familias y para empresas. Y eso porque pagamos muchos costes de más, que ni ZP ni Rajoy se han atrevido a quitar a las eléctricas, engordando sus beneficios. Un gran reto para el próximo Gobierno.
 

enrique ortega


El próximo recibo de la luz viene con subida. En junio, el coste de producir electricidad se disparó, por el aumento de la demanda y la menor aportación de las energías eólica e hidráulica (por la climatología). Y como el coste repercute algo más de un tercio en el recibo, subió un 5,2% en junio. Una fuerte subida (la mayor del año) que contrasta con la bajada del -1,5% en mayo y la subida del +1,8% en abril, según las estimaciones de la calculadora Lumios de Red Eléctrica. Con ello, el recibo de la luz habrá subido una media del 5,5 % en el segundo trimestre, tras haber bajado un 1,9% en el primer trimestre. En consecuencia, el recibo de la luz lleva este año una subida media del 3,6%, un aumento de 3 euros por recibo mensual (70 euros) para una familia con dos hijos que consuma 3.900 kW/h anuales.

Ahora, los expertos apuestan por nuevas subidas de costes en la producción de electricidad este verano y una ligera bajada en otoño, con la previsión de cerrar 2015 con una subida del recibo de la luz del 4 al 5%, tras haber bajado un 4,9% en 2014 (según Industria). Aún falta por ver si una serie de factores “externos” no suben más los precios: el aumento del consumo, la repercusión de las ayudas a las grandes empresas consumidoras (550 millones que ahora se cargan como costes en la producción de electricidad), el regalo de la mitad de los peajes que pagaban las empresas vascas (en contrapartida a que el PNV apoyara  en 2013 la Ley del sector eléctrico del Gobierno), el pago de los 200 millones del bono social (que antes pagaban las eléctricas y que ahora van a costes de producción) y, sobre todo, el aumento en el coste de producir electricidad eólica, al haberles quitado ayudas el Gobierno. Y por si fuera poco, el Tribunal Supremo acaba de decidir que los impuestos medioambientales que aplican tres autonomías (Castilla y León, Castilla la Mancha y Galicia) tendrán que pagarlos los consumidores que vivan en esas autonomías y no el resto, con lo que a ellos les subirá aún más el recibo de la luz mientras les baja algo al resto.

Mientras sube la luz, el Gobierno desvía la atención con el nuevo sistema de facturación por horas, vendiendo que es “una innovación en Europa”. Teóricamente, entró en vigor el 1 de julio, pero las eléctricas tienen tres meses para ponerlo en marcha, hasta el 1 de octubre. Y no se aplicará a todos los usuarios, sólo a los que cumplan dos condiciones. Una, tener un contrato de luz con precio regulado (precio regulado al pequeño consumidor, PVPC), con una potencia contratada inferior a 10 kWh, un contrato que tienen 17 millones de los 25,4 millones de españoles con contrato de luz (el resto son contratos “libres”). La otra condición es tener instalado un contador inteligente con telemedida, que envía los datos a la comercializadora o a la eléctrica. De momento, sólo hay instalados 10,4 millones de contadores inteligentes con telegestión, a un 40% del total de clientes. El resto tendrá que esperar a que las eléctricas se lo instalen y tienen de plazo hasta finales de 2018. Eso sí, todos tendrán que pagar un alquiler por el nuevo contador de 1 euro al mes (ahora pagamos 60 céntimos).

Con los nuevos contadores, la luz se cobrará a un precio diferente cada hora (24 tarifas al día), precio que se podrá consultar a las 20,30 horas  del día anterior en la web de Red Eléctrica. Los precios variarán de un día a otro y según la estación y la climatología, siendo más bajos entre enero y mayo y más caros en el resto del año. Las horas más caras serán entre 12 y 22 horas (invierno) o entre 13 y 23 horas (verano), destacando como franjas horarias más caras las que van de 20 a 23 horas, sobre todo los lunes y entre semana. Y las horas más baratas serán desde las 12 de la noche a las 12 de la mañana, siendo la luz más barata los fines de semana y sobre todo el domingo entre las 15 y 18 horas. Los expertos aconsejan que empecemos a cambiar los hábitos de consumo y pongamos algunos electrodomésticos (lavadora, friegaplatos, horno) y la calefacción por la noche y los fines de semana, para poder ahorrar hasta un 5%. Claro que para sacar el máximo partido a la tarifa horaria habrá que estar mirando los precios cada día, algo un poco obsesivo.

Con o sin tarifa horaria, la luz está muy cara en España, tras haber subido un 71% entre 2003 y 2013, según Industria. Y después  ha subido el doble en España, entre el 2º semestre de 2013 y el 2º semestre de 2014: un +4,1% frente al +2,7% de la zona euro y el +2,9% de Europa (UE-28), segúnEurostat. Con ello, España era, a finales de 2014, el cuarto país europeo con la electricidad para uso doméstico más cara (0,237 €/kWh), sólo por detrás de Dinamarca (0,304 €/kWh), Alemania (0,237 €/kWh) e Irlanda (0,254€/kWh) y muy alejada del precio medio de la electricidad en Europa (0,208 €/kWh en UE-28, un 14% más barata) y en la zona euro (0.221 €/kWh, un 7,2% más barata que en España). Y peor lo tienen las empresas españolas, que pagan la electricidad un 20% más cara que las alemanas, un 30% más que las francesas o un 50% más que las chinas.

¿Por qué los españoles pagamos la luz más cara? Básicamente, porque en el recibo de la luz estamos pagando costes de más, extracostes que el Gobierno mantiene (hoy Rajoy y antes ZP) desde la época de Aznar, en dos de las tres partes del recibo. En la parte que pagamos el coste de producción la electricidad (37,48% del recibo), pagamos de más los kilovatios que producen las centrales hidroeléctricas y nucleares (un sobreprecio que les garantizó Aznar en 1997), así como el exceso de centrales (pagamos ayudas a las centrales de gas y carbón sólo porque estén disponibles, aunque no funcionen) en unos años donde sobra potencia instalada (duplica con creces el consumo) y la compensación a las grandes empresas consumidoras (550 millones de subvenciones a siderurgias, cementeras, aluminio, etc., por compensarles de posibles “cortes de suministro” que no se dan nunca).


En la parte de precios regulados (41,14% del recibo), pagamos otros extracostes que deberían suprimirse o pagarse en los Presupuestos: ayudas a las renovables (7.100 millones) o al carbón nacional, ayudas al transporte (1.689) y a la distribución de electricidad (5.000 millones, 6 céntimos por kW cuando en Europa se paga medio céntimo a la distribución), ayudas al parón nuclear y la hipoteca de la deuda eléctrica (22.000 millones que quedan por pagar y suponen un extracoste anual de 2.900 millones hasta 2030, un 6,5% de todo el recibo de la luz). Y en la tercera parte del recibo (el 21,38% restante), los impuestos, los españoles pagamos menos impuestos que el resto de europeos (32% del recibo son impuestos en la UE-28 y el 36% en la zona euro).

Como puede verse, son muchos extracostes que disparan nuestro recibo de la luz y la mayoría acaban en los beneficios de las eléctricas, que son las compañías del sector más rentables de Europa (las 4 grandes ganaron 8.166 millones en 2014) y con mayor dividendo. Lo normal sería realizar una auditoría de costes del sector eléctrico, para que los usuarios pagáramos en el recibo lo que realmente cuesta producir, transportar y distribuir la electricidad, no extracostes que se van sumando y se pagan injustificadamente desde hace 18 años. Un reto que no ha querido afrontar ningún Gobierno, porque supone enfrentarse a un sector con gran poder económico, político y mediático y a un verdadero oligopolio, donde la competencia es inexistente: las tres grandes eléctricas (Endesa, Iberdrola y Gas Natural-Fenosa) acaparan el 92% de los consumidores domésticos y un 72% del mercado empresarial.

Así que, al margen de la luz baje o suba (como este año), de que cueste más de día que de noche, el problema de fondo es que estamos pagando de más por la luz y ningún Gobierno se plantea hacer una auditoría de costes independiente y poner el cascabel al todopoderoso gato eléctrico. Y así, la luz cuesta muy cara y un 42% de las familias tienen ya problemas para pagar el recibo cada dos meses, mientras hay 1,8 millones de familias en riesgo de pobreza energética, 1 de cada 10 hogares. Y las empresas tienen que pagar un extracoste por la electricidad que les impide ser más competitivos al vender, en España y fuera, mientras se pelean por no subir más de un 1% los salarios. En definitiva, los extracostes de la luz son una rémora para la economía y la recuperación. Un grave problema  que urge resolver y que debía ser un tema central de debate para las próximas elecciones y uno de los principales retos para el futuro Gobierno. ¡Luz sobre el recibo!   

lunes, 6 de julio de 2015

El problema es la austeridad, no Grecia


Esta semana es clave para la resolución de la crisis griega, tras un pulso de seis meses entre la troika (Comisión, BCE y FMI), que defiende más recortes a cambio de nuevas ayudas, y el Gobierno griego, que pide suavizar el ajuste y renegociar la deuda, una losa impagable. Los fundamentalistas de Bruselas no han querido ceder y pretendían que Grecia eligiera entre lo malo (más recortes) y lo peor (salir del euro). Merkel, Bruselas y el FMI han apostado fuerte para defender sus viejas recetas de austeridad, que han llevado a Grecia al desastre, perdiendo un 25% de su riqueza, con un 27 % de paro y un 34% de pobres. Y el dinero de los dos planes de rescate ha ido a pagar intereses a los bancos, sobre todo alemanes. Todo para que tengan la misma deuda que en 2010, tras hacer el doble de recortes que España. Pero en Europa son incapaces de verlo, de buscar otro camino, suavizando el ajuste y lanzando un Plan Marshall de ayuda a Grecia. El Gobierno griego ha cometido muchos errores, pero tiene razón en lo fundamental : con más austeridad no salen del abismo. Y ha buscado que la mayoría de los griegos se lo digan a Bruselas. A ver si ahora escuchan.
 

enrique ortega


Empecemos con un poco de historia. Que Grecia tiene una economía débil e ineficiente era algo que sabían todos los países europeos que aceptaron su entrada en el euro en 2002. Pero no fue un problema y tampoco para que Alemania multiplicara sus ventas a Grecia y para que sus bancos (y los franceses) “regaran” de créditos al Estado heleno, empresas y particulares, para alimentar una “burbuja” de crecimiento, sobre la base de la vivienda, las infraestructuras y el tirón del sector público. Pero en 2008 llega la crisis y empiezan los problemas: su economía no tiene pulmón para aguantar y no puede pagar los mayores gastos y los intereses. Y encima, en enero de 2010, se descubre que han manipulado sus datos de déficit y que están en bancarrota, lo que les cierra el crédito internacional. La Unión Europea, en lugar de reconocer que ha alimentado “la burbuja griega”, critica su “despilfarro” y les aplica un ajuste de caballo, la vieja receta de la austeridad, que impone también a Portugal, Irlanda y España.

El primer Plan de rescate a Grecia (mayo 2010) es de 110.000 millones de euros, que enseguida se ven insuficientes, porque Grecia ha entrado en recesión (más tras los recortes), apenas recauda y sólo vive para pagar intereses. En marzo de 2012 se firma un segundo Plan de rescate, por otros 130.000 millones, con más ajustes adicionales y una importante novedad: la troika (la Comisión Europea, el BCE y el FMI) se queda con la mayoría de la deuda de Grecia con los bancos privados, a cambio de una quita (perdón) de una parte importante se esta deuda (107.000 millones). Europa  “nacionaliza” la mayor parte de la deuda helena, rescatando así a los bancos europeos (sobre todo alemanes y franceses) de sus problemas en Grecia y trasladando el problema a los países, a los ciudadanos europeos.

De hecho, la mayor parte de los fondos de los dos rescates (240.000 millones) no han ido a la economía griega ni a los griegos, sino a pagar los intereses de la deuda (el 75% a los bancos alemanes). Es falso entonces que los Planes de ajuste querían sacar a Grecia de la crisis: querían asegurar que Grecia pagara sus intereses. Y en paralelo, se les ha ido imponiendo duros programas de ajuste, con un objetivo adicional: que lo poco que creciera o recaudara Grecia fuera a pagar los intereses de la deuda, primero a los bancos y luego a la troika. No a reforzar el crecimiento y la competitividad de la economía griega.

La receta de los sucesivos planes de ajuste se ha traducido en recortes de gasto y menos crecimiento, en una profunda recesión que ha hundido la economía. El balance es espeluznante: el país ha perdido un 25% de su riqueza (PIB) entre 2010 y 2015, tras perderse 900.000 empleos (han sido despedidos 1 de cada 4 empleados públicos), haber caído un 20,5% los salarios y entre un 15% y un 44% las pensiones (el 45% por debajo de los 665 euros al mes) y con un paro que ha subido del 11,6 al 27 % (y el 60% entre los jóvenes). Tanto sacrificio (el 34% de los griegos están en riesgo de pobreza) para que al final, en 2015, deban incluso más que antes de iniciarse los ajustes: la deuda griega (342.200 millones supone ahora el 180% el PIB cuando en 2010 era el 146% (330.000 millones).

Este hundimiento de Grecia es el resultado del círculo vicioso de la austeridad: los recortes reducen el consumo y la inversión, se crece menos, se recauda menos, se gasta más y lo que se ingresa va a pagar intereses pero como es insuficiente hace falta endeudarse más a cambio de más recortes que hunden más la economía y así siguiendo. Un balance que los griegos sufrían en sus carnes en enero de 2015, cuando votaron mayoritariamente a Syriza, porque era un camino desconocido frente a dos males conocidos, los conservadores (que habían negociado el primer rescate) y los socialistas (que habían negociado el segundo), ambos nefastos para Grecia.

A los fundamentalistas de Bruselas (reforzada la Comisión de conservadores tras las últimas elecciones europeas), al FMI y al BCE “les dieron todos los males” cuando vieron a Alexis Tsipras en el poder en Atenas, poniendo en cuestión la sacrosanta receta de la austeridad y exigiendo acabar con los ajustes y renegociar la deuda. Y en lugar de optar por flexibilizar los recortes, apostaron por nuevos ajustes, por la vieja ortodoxia: más recortes en pensiones, subida del IVA, más recortes en el sector público y nada de renegociar la deuda. Su miedo era que si daban alguna “ventaja” a Tsipras, pudiera haber un “efecto contagio” en otros países con problemas, como Portugal, España (con Podemos en auge) o Irlanda. Y sobre todo, no querían reconocer el fondo del problema: que su receta de austeridad a ultranza había sido un error que había agravado los problemas de Grecia, a costa del dolor de los griegos.

Así que se enrocaron con nuevos ajustes, con el objetivo de que Grecia alcanzara un superávit de sus cuentas públicas (sin pago de intereses) del 3,5% en 2018, algo imposible de conseguir salvo que se recorte de todo y suban los impuestos, lo que hundiría aún más una economía que en 2014 había empezado a crecer (+0,8%), tras años de recesión. Y un objetivo imposible porque Grecia ya ha hecho recortes de caballo, aunque se les acuse de “despilfarro”. No es verdad, como demuestran los datos: Grecia ha recortado su gasto público del 54 al 49% del PIB entre 2007 y 2015, según Eurostat, más del doble que España (del 45,4 al 43,6% del PIB). Y aunque su sistema fiscal es mejorable, Grecia recauda también porcentualmente más que España: un 45,8% de su PIB frente al 37,8% aquí. Luego ya ha hecho un gran esfuerzo en ajustar sus cuentas públicas y pedirle mucho más es hundir la economía griega a niveles de no retorno, con más coste para la población. No se puede intentar sacar “sangre de las piedras”, como ha dicho el economista jefe del Citibank.

La pregunta, además, es ¿para qué hacen falta más ajustes? Otra vez, no para sanear la economía y restaurar el crecimiento, sino para asegurar el pago a los acreedores. Pero ahora no se trata de pagar a los bancos, sino a los países y las instituciones: el 75% de la deuda griega (342.000 millones) lo tiene la troika, la eurozona (60%), el BCE (6%) y el FMI (10%), estando sólo el 25% restante en manos de bancos, bonistas y otros prestamistas. Quiere esto decir que los deudores de Grecia no son bancos privados que pueden quebrar si no cobran a tiempo sino los principales países europeos (Alemania 27%, Francia, 20,32%, Italia 17,82% y España (11,70%), el BCE y el FMI, que pueden aguantar perfectamente si retrasan el cobro de esta deuda (40 años como piden los griegos) o rebajan su interés (ahora en el 2,5%). Y que podrían hacer una quita (perdón) de una parte, sin demasiados problemas, como han hecho ya los bancos privados (y como hicieron Francia y Reino Unido con Alemania tras la II Guerra Mundial). Un “sacrificio a corto” de los países europeos más ricos, a cambio de reducir la losa de la deuda de Grecia y permitir que levanten cabeza. En el caso de España, de los 29.000 millones “comprometidos” con Grecia, dos tercios son avales no dispuestos (y si no los usan, no nos cuestan).

Pero esto es una herejía para los fundamentalistas de Bruselas, el FMI y el BCE. Y además tienen enfrente a unos heterodoxos que no pueden ganar, el Gobierno de Syriza, que ha cometido muchos errores estos meses, con bastante prepotencia, fallos en la estrategia, demasiados cambios  y mucho populismo. Así que al final, la batalla no es económica sino política, de defensa de la austeridad a ultranza frente a un poco de flexibilidad. Y rotas las formas, se trata de un pulso a muerte, donde se pretende que Grecia elija entre lo malo (más austeridad) y lo peor (salir del euro), intentando en el camino cobrarse la cabeza de Tsipras y forzar un cambio en el Gobierno, a cambio de más flexibilidad en Bruselas. Vale, podemos ceder, exigir menos ajustes, incluso hacer algunas inversiones en Grecia, pero tenéis que pasar por el aro. Y eso pasa por votar sí en el referéndum y quitaros de en medio a Tsipras y a Syriza. La austeridad no se negocia ni se vota: es “un trágala” a cambio de más ayudas.

En definitiva, Bruselas, Alemania y el FMI le han echado un pulso a Syriza a costa del sufrimiento de los griegos, a quien proponen un “ultimátum: o aceptan  más austeridad  o será el caos de quedarse fuera del euro. Y los griegos, mayoritariamente, lo han tenido claro: no quieren más recortes, que les llevan a un ajuste interminable y a la recesión. Tampoco quieren salir del euro, porque saben que solos van a sufrir más. Pero si Europa no cede, sólo les quedará el camino de volver al dracma y buscarse la vida por su cuenta, con una fuerte devaluación y muchos años de sufrimiento. Pero al final, podrían salir adelante, como ha hecho Islandia, que no aceptó la austeridad del FMI. Es difícil, pero se puede intentar. Lo que está claro es que más austeridad, más de lo mismo, sólo por ideología, no es una salida para Grecia: sólo enquista la crisis.

Hay otro camino, que debería ser el que se eligiera: Europa abre la mano, renegocia la deuda griega y en paralelo pone en marcha “un Plan Marshall” para Grecia, un paquete de inversiones públicas y privadas para reanimar la economía helena y conseguir que en una década se recupere y pueda hacer frente a sus deudas. Y ayuda a Grecia a sanear su economía, a recomponer y hacer más competitivas sus empresas, a reformar el sector público y el Presupuesto, pero sin imposiciones desde fuera. Impulsar una economía más competitiva y más moderna, con más industria, más formación y más tecnología, lo mismo que necesita España, por mucho que se insista que “esto no es Grecia”. Y con ello, Europa sería más fuerte, al serlo también Grecia. Lo contrario, empecinarse en la austeridad, es ir a un fracaso seguro. Perseverar en los errores a costa del sufrimiento de los griegos. ¡Escúchenles¡

jueves, 2 de julio de 2015

Menos ahorro, más Bolsa y pocos Planes de pensiones


El ahorro de los españoles sigue cayendo, por los menores ingresos y las cuantiosas deudas. Y casi la mitad de las familias no consiguen ahorrar ni 100 euros al mes. Por eso, son pocos los que consiguen invertir y los que lo hacen salen de los depósitos y se refugian en Fondos de inversión y en la Bolsa, donde tienen su dinero 2 millones de familias: son ya dueños del 26% de las acciones, más del doble que en Europa. Y se invierte poco en Planes de pensiones privados, aunque han crecido por miedo al futuro de las pensiones públicas. El Gobernador del Banco de España ha alentado ese miedo, aconsejando a los jóvenes que ahorren porque “tendrán pensiones más bajas que las actuales”. No se da cuenta que él gana 174.733 euros al año pero los jóvenes sólo ganan entre 400 y 1.200 euros mensuales y la mitad nada, porque están parados. Así no pueden ahorrar ni contratar Planes.
 

enrique ortega


Los españoles no consiguen ahorrar. En 2014, el ahorro volvió a caer, al 9,8% de la renta disponible, según datos del INE, Y es el tercer año consecutivo en que cae el ahorro, a pesar de la pequeña mejora del empleo y la menor rebaja de los salarios. La razón está en que los españoles siguen estando muy endeudados y la pequeña mejora de ingresos va a pagar hipotecas y a recuperar muy moderadamente el consumo, no a “la hucha”. En el primer trimestre de 2015, el ahorro ha subido, pero muy poco, el 1,3% de la renta disponible de las familias, según el INE.

Antes de la crisis, los españoles también ahorraban poco (el 11% de su renta), porque la mayoría gastaba sin temor al futuro o utilizaba su remanente para comprar piso o cambiar de casa. Pero en 2008, cuando vieron las orejas al lobo de la crisis, las familias empezaron a ahorrar contra reloj, para prepararse ante lo peor: el ahorro subió sin parar, hasta un récord del 17,8% de la renta en diciembre de 2009. A partir de ahí, con el aumento del paro (3,8 millones de empleos perdidos), la devaluación de los salarios (del 10 al 20%), la subida de impuestos  y los recortes de ayudas, las familias se vieron obligadas de “tirar de sus ahorros” para sobrevivir y pagar deudas. Y el ahorro no ha parado de caer.

Tras estos años de crisis, hay todavía 5,44 millones de personas sin trabajo (más de la mitad de ellos, sin cobrar un subsidio) y los ingresos de los españoles que trabajan han caído drásticamente. Con ello, el ingreso medio familiar ha caído un 14,7%, pasando de los 31.711 euros anuales de 2008 a los 27.038 euros de gasto medio por hogar en 2014, según el INE. Y con eso, casi la mitad de los hogares no consiguen llegar a fin de mes, según Estadística. Y tras pagar sus deudas (26,6 % de familias tiene pendiente el pago de su hipoteca), la alimentación y los recibos básicos, apenas les queda dinero para ahorrar.

De hecho, un 45% de los españoles consiguen ahorrar como máximo 100 euros al mes, y de ellos, las dos terceras partes no llegan a los 50 euros, según una encuesta realizada por la aseguradora Genwortthun. Otro 37% de familias ahorra entre 100 y 400 euros y sólo el 18% restante consigue ahorrar más de 500 euros al mes. Así, poco pueden invertir. Y más cuando las familias españolas tienen encima la pesada losa de su deuda: deben todavía 736.080 millones de euros (mayo 2015), tras haber devuelto 219.000 millones de deuda desde 2008.

La inversión que ha hecho la mayoría de las familias es comprar su vivienda, que tienen en propiedad el 83 % de los españoles, frente a un 60% en Europa (y un 44% en Alemania). Por eso, el 80% del patrimonio de las familias (unos 153.300 euros de media) está en su vivienda y sólo el 20% está en activos financieros, 1,9 billones de euros invertidos en 2014. Estas inversiones, que han crecido un 19% desde 2008 (por la revalorización de la Bolsa y los fondos), están concentradas en depósitos (42,9%), acciones (23,4%), Fondos de inversión (11,3%), Planes de pensiones (5,5%) y seguros (10,7%), según Inverco.

Los que pueden ahorrar algo e invertir están saliendo de los depósitos bancarios, que han caído en 2014 (por primera vez desde 1997), debido a la bajada de los tipos de interés, que hace que los bancos apenas paguen nada ya por el ahorro. Y se ha trasvasado mucho dinero a los Fondos de inversión (“forzado” por la banca, que busca ingresar más comisiones) y sobre todo a la Bolsa. Las familias españolas han vuelto a invertir en valores y ya son un 11%, unos 2 millones de hogares (y 3,5 millones de personas), los que tienen su dinero en acciones, según la última Encuesta Financiera de las familias (2011), elaborada por el Banco de España. Con ello, las familias son propietarias hoy del 26,2% de las acciones de la Bolsa española, una inversión de 167.000 millones, según un informe de las Bolsas (BME)Con ello, los pequeños inversores son los segundos dueños de la Bolsa, sólo por detrás de los inversores extranjeros (dueños del 43% de las acciones españolas) y bastante por delante de empresas (16% de la Bolsa), fondos (7,8%), bancos (4,3% y el Estado (propietario del 1,9% de las acciones de la Bolsa española). Una presencia muy elevada de las familias en el parquet, que duplica el peso de las familias europeas en sus Bolsas: 11% en Europa (UE-28), Francia y Reino Unido y 9% en Alemania.

Los españoles que más invierten en Bolsa son los hogares con más renta y donde el cabeza de familia tiene más formación (la mayoría son universitarios) y más de 50 años, según la última Encuesta Financiera de las familias (2011), elaborada por el Banco de España. Además, las acciones están muy concentradas en pocas familias (el 10% de los hogares más ricos concentran el 75% de las acciones) y están muy poco diversificadas: la mitad de los pequeños inversores tienen acciones de una sola empresa (el 20% de dos, el 10 de tres y sólo un 20% de más de tres) y en dos tercios de los casos se trata de acciones de un banco, el del inversor (al que le han “colocado” las acciones en su sucursal).

Al margen del perfil, las familias han invertido más en Bolsa por la crisis de la inversión en inmuebles, la baja rentabilidad de los depósitos y atraídas por las subidas de los últimos años y sobre todo por los dividendos, esa rentabilidad extra que se obtiene anualmente por invertir en determinados valores. De hecho, la Bolsa española ha sido líder mundial en rentabilidad por dividendo en 2014: una media del 5,2% frente al 2% (EEUU)-3,80%(GB) en otros países. Y hay muchas empresas del IBEX que ofrecen rentabilidades por dividendo del 6,2 al 3%, una rentabilidad añadida a lo que suban las acciones (aunque Hacienda se lleve el 20%). Eso sí, las familias han de tener cuidado con su inversión en Bolsa, porque la operativa está en manos de los grandes inversores y fondos extranjeros (movieron el 82,2% de la contratación en 2014) y además la Bolsa española, al ser muy pequeña, es muy volátil: pocos inversores, con pocas operaciones, pueden provocar importantes alzas o bajas en los valores. Y el pequeño inversor cuenta con poca información y escaso asesoramiento.

Junto a la Bolsa, los Fondos de inversión llevan varios años creciendo porque a los inversores les atrae poner su dinero en “cestas de valores”, muy diversificadas, pudiendo cambiar de un Fondo a otro sin penalización fiscal, aunque se pagan excesivas comisiones, mayores que en otros países europeos (mientras al invertir en Bolsa se pagan menores). También crece el ahorro que va a los Planes de pensiones, desde 2011, cuando se aprobó la reforma de las pensiones de ZP, que hizo temer a muchos por su pensión futura. Sin embargo, los españoles invierten en Planes de pensiones menos que otros europeos: tienen Planes unos 8 millones de personas (4,6 con Planes individuales y el resto con planes de empresa o de funcionarios, 700.000), un 26% de los españoles en edad de trabajar, frente al 40% de media en Europa. Y crecen muy lentamente, por la caída de ingresos y ahorro. Así, el ahorro total en Planes supone sólo el 10% del PIB español, mientras en Occidente (34 países OCDE) alcanza el 86% de su PIB, según el último Observatorio de Inverco.

Las aseguradoras y los bancos lanzan cada año campañas para promover los Planes de pensiones, mientras el Gobierno Rajoy ha desalentado las aportaciones, al rebajar a 8.000 euros el máximo que se puede ahora aportar con desgravación (hasta 2014, eran 10.000-12.500 euros, según la edad). Recientemente, el gobernador del Banco de España se ha lanzado a hacer campaña” por los fondos privados, al  asegurar en el Congreso de los Diputados que la demografía conduce “a una reducción inexorable de las pensiones a largo plazo (…). El sistema actual no garantiza el nivel de pensiones que esperan los ciudadanos”. Y por si fuera poco, Luis Linde añadió en otro foro que “los jóvenes deben ahorrar porque la pensión será cada vez menor de forma inevitable, debido al declive demográfico”.

Es grave que un alto dirigente de la política económica siembre dudas sobre el futuro de las pensiones, que es preocupante pero que va a depender mucho de la política que se haga en el futuro: se pueden salvar las pensiones futuras si se favorece la natalidad y el empleo, si se amplían los ingresos públicos, con cotizaciones a la economía sumergida y al subempleo y haciendo pagar más impuestos a las grandes fortunas, empresas y multinacionales, para que la Seguridad Social pueda contar con ingresos adicionales. Pero quizás sea más grave y provocador que el consejo a los jóvenes para que ahorren proceda de un directivo público que cobró 174.733 euros de sueldo en 2014, con un aumento del 5,8% (mientras pedía “moderación salarial” a los trabajadores). Quizás por eso no tenga sensibilidad para recordar que los jóvenes españoles ganan  entre 400 y 1.200 euros y que la mayoría (el 51,36%) están parados y sin cobrar nada. Así es difícil que ahorren y se hagan un Plan de pensiones.

Al margen de esta polémica, la realidad es que el ahorro es una asignatura pendiente de España como país. Ya antes de la crisis, los españoles ahorrábamos menos que la mayoría de países europeos (un 11% de la renta disponible frente al 16% de Francia, Alemania o Suiza), porque teníamos menos ingresos y porque los dedicábamos a comprar casa. Y con la crisis, el ahorro ha caído más aquí porque han caído más también empleos y sueldos. Y como ahorramos menos, nos tenemos que endeudar más, desde el Estado y las empresas a las familias: somos el país más endeudado del mundo (debemos 1,78 billones de euros, el 167% de nuestro PIB) y eso nos deja en manos de bancos, inversores y "mercados”. Una losa para consumir, invertir y crecer.

Así que para salir de la crisis, resulta clave recomponer el ahorro, lo que exige crear más empleo, mejorar salarios y rentas, rebajar impuestos a la mayoría (subiéndoselos a una minoría) y mejorar servicios públicos, ayudas  y subvenciones, para que las familias lleguen mejor a fin de mes. Y dar un mejor trato fiscal al ahorro y a la inversión, para no depender tanto del endeudamiento. Y luego, cuando se recomponga el ahorro, deberíamos cambiar de mentalidad: no enterrarlo en comprar un piso, sino vivir más de alquiler y dedicar el ahorro a la formación de nuestros hijos y a preparar la jubilación. No por miedo, porque fallen las pensiones públicas, sino para complementarlas, para envejecer mejor.