lunes, 20 de junio de 2016

Brexit: Europa se la juega (y España más)


Este jueves 23 de junio, los británicos votan si siguen en Europa o se van (“Brexit”). Las últimas encuestas predicen un resultado muy ajustado, que afectaría no sólo al Reino Unido, cuya economía perdería mucho si se van: si gana el “no a Europa”, volverán las turbulencias a los mercados, recortando el débil crecimiento europeo. Y España sería uno de los países más afectados: somos el más vulnerable (tenemos más deuda y necesitamos que nos presten 400.000 millones este año) y también corremos el riesgo de perder muchos turistas británicos (son el 23% del total), al desplomarse la libra si salen de la UE (viajar les sería más caro). Además, Reino Unido es nuestro tercer cliente y el primer destino de inversiones y bancos españoles en el extranjero. Si Europa supera el “Brexit”, seguirá con graves problemas sin resolver: Grecia, estancamiento, paro, deflación, deuda, bancos, refugiados… Y si Europa “no tira”, será difícil que España crezca más y cree más empleo.
 
enrique ortega

Empecemos con un poco de historia, sobre las tortuosas relaciones entre el Reino Unido y el resto de Europa. Tras acabar la II Guerra Mundial, Francia y Alemania trataron de recomponer el continente con la creación de la CECA, una unión europea del carbón y el acero. Y para ello, invitaron a sumarse al Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo) y al Reino Unido, en 1950. Pero los británicos  dijeron no a la CECA (nació en 1951), igual que a la Comunidad Económica Europea (CEE), que nació con sólo 6 miembros el 1 de enero de 1958. Eso sí, Gran Bretaña maniobró para crear una CEE alternativa, la Asociación Europea de Libre Cambio (la EFTA), creada en enero de 1960 por  Reino Unido, Dinamarca, Suecia, Noruega, Suiza, Austria y Portugal. O sea, Europa se partió en dos bloques comerciales.

Pero la CEE avanzó con éxito y el gobierno conservador de Harold Macmillan pidió ingresar en la CEE en julio de 1961, seguido por Irlanda y Dinamarca. Pero en enero de 1963, chocan con el veto del presidente francés, Charles de Gaulle, quien teme que los británicos sean  un caballo de Troya” de Estados Unidos. El laborista Harold Wilson vuelve a la carga en mayo de 1967, presentando una nueva candidatura, y tropieza con el segundo veto de De Gaulle. Hay que esperar a que el general se vaya, en 1969, para que el Reino Unido presente una tercera candidatura, en octubre de 1971, con su Parlamento dividido (358 a favor y 246 en contra). Y, por fin, el 1 de enero de 1973, Reino Unido ingresa en la CEE, junto con Irlanda y Dinamarca.

A partir de ahí, las relaciones entre Reino Unido y el resto de Europa han sido complejas y polémicas hasta hoy. Pero antes de entrar en ellas, quiero hacer otro inciso histórico que puede resultar muy útil a los jóvenes y a los que no están familiarizados con la historia. En junio de 1940, Reino Unido fue el único país que hizo frente al avance arrollador de Hitler, que en sólo 10 meses había conquistado Francia, Polonia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Dinamarca y Noruega. La URSS no entró en guerra hasta que fue invadida por Alemania en junio de 1941 y Estados Unidos hasta diciembre de 1941, tras Pearl Harbour. Así que sin la resistencia, en solitario durante un año, del Reino Unido, dirigido por Churchill (frente a otros políticos británicos que querían “pactar” con Hitler), quizás hoy toda Europa sería nazi, como explica  la espléndida biografía de Churchill escrita por Boris Johnson, el exalcalde de Londres. No lo olvidemos cuando nos enfademos (con razón) por la actitud de los británicos con Europa.

Y motivos de enfado con Reino Unido hay muchos. Ya a poco de ingresar en la CEE (recordemos, el 1 de enero de 1973), Reino Unido empezó a quejarse en Bruselas de las condiciones, tratando de renegociarlas. Y fuerzan un primer referéndum sobre si mantenerse en la CEE, en 1.975, donde el gobierno británico del laborista Harold Wilson promete luchar por el sí a cambio de múltiples concesiones de la CEE (como ahora Cameron). El referéndum arroja un sí a Europa por el 67% de votos. Pero no se acaban los problemas: en cada avance de Europa, en cada nuevo Tratado, Reino Unido busca mejoras y privilegios.


Ya en 1984, Margaret Thatcher arranca al resto de líderes europeos el “cheque británico”: un privilegio por el que los demás países le abonan al Reino Unido dos tercios de su contribución neta al presupuesto común, 3.500 millones de euros anuales en 2014, que se les devuelven (a costa de Francia, Italia y España, sobre todo). En 1992, con el Tratado de Maastricht que crea  la Unión Europea (UE), el Reino Unido consigue una excepción: mantener la libra y quedarse fuera del euro, con Dinamarca. Y quedar fuera de la Europa social. En 1997, cuando la UE firma el Tratado de Ámsterdam, Reino Unido queda fuera de la libre circulación de personas (Convenio de Schengen) y de las normas de asilo. En 2007, con el Tratado de Lisboa, los británicos no ratificaron la Carta de derechos Fundamentales ni las políticas comunes de Justicia e Interior. Y en 2012, Reino Unido se desentendió también del Pacto de Estabilidad de la UE, que obliga a los países a controlar su déficit público (no más del 3% PIB) y su deuda (no más del 60% PIB), so pena de multas. Tampoco va con ellos

Y así llegamos a la situación actual, provocada por el conservador David Cameron, que vio en “la vieja batalla con Europa” una gran oportunidad de ganar las elecciones de 2014. Y así, “excitando las pasiones antieuropeas” de muchos británicos, prometió que conseguiría más compensaciones de Europa y haría un nuevo referéndum. Consiguió la mayoría absoluta en su Parlamento, pero metió a Europa en un nuevo laberinto: cómo ceder salvando la cara. Y en febrero de 2016, una larga Cumbre europea daba nuevas concesiones al Reino Unido, sobre todo una “impresentable: Londres podrá discriminar las prestaciones sociales a los trabajadores extranjeros (incluso europeos, españoles) durante 7 años. Además de aceptarle el veto a los acuerdos europeos que perjudiquen la economía o la banca británicas. Y a cambio, Cameron se comprometía a hacer campaña a favor del sí, a quedarse en la UE.

El problema es que Cameron y todos los gobiernos británicos han utilizado y alentado el nacionalismo británico y los sentimientos antieuropeos durante décadas y ahora no es fácil controlarlos para que no gane el Brexit, a pesar de que el Gobierno, la mitad del partido conservador (la otra mitad de diputados "toris" y hasta 5 ministros de Cameron apoyan el Brexit), el partido laborista, los liberales demócratas, los nacionalistas escoceses, las empresas y la banca apoyen el sí a seguir en Europa. Y muchos británicos aprovechan que les preguntan para incluir en su no todo el rechazo al Gobierno, a la crisis y a las políticas convencionales, personificándolo en los burócratas de Bruselas.

Por eso, si gana el Brexit no será por razones económicas ni por argumentos racionales, sino por un sentimiento nacionalista, en muchos casos de añoranza del poder perdido por Reino Unido en el mundo. Porque los argumentos económicos contra el Brexit son muy poderosos. Primero, la salida de Reino Unido de la UE provocaría un desplome de la libra, que ya ha caído más de un 7% frente al euro (y un 3,7% frente al dólar) desde enero, por el referéndum: se teme una futura caída de la libra del 10 al 15% si ganara el Brexit. Y eso supone que los productos británicos serían un 10 o 15% más caros y  los exportarían peor, máxime si volvieran los aranceles, porque ya no estarían en un mercado sin fronteras. Eso sería fatal para Reino Unido, que vende la mitad de sus exportaciones en Europa. Y con la libra más débil, importar sería más caro, con lo que les subiría la inflación. Y al exportar menos, crecerían menos, también porque habría multinacionales y bancos que se irían de Londres, como muchas inversiones extranjeras. El gobierno británico estima que con el Brexit perderían un 3,6% del PIB y 500.000 empleos (más a medio plazo). Además, caerían los ingresos públicos y el Gobierno tendría que hacer recortes y subir los impuestos.Y cada familia británica perdería 5.500 euros anuales hasta 2020.

Pero si gana el Brexit, no perderían sólo los británicos. La economía mundial se vería afectada, con un menor crecimiento del ya previsto, según han advertido el G-7, el FMI y la OCDE. Y el resto de Europa lo sufriría también. Primero, porque la UE perdería a la segunda economía del continente, un 17% del PIB de la UE-28. Y Europa perdería un sector industrial, financiero y de servicios muy pujante, con gran peso internacional, sobre todo en Asia. Pero, sobre todo, la salida del Reino Unido de la UE provocaría una nueva tormenta en los mercados y en las Bolsas, incluso mayor a la que vivimos en el verano de 2012. Y España es  el país europeo que más tiene que perder si vuelven los nervios a los inversores por el Brexit. Y eso, porque somos el 6º país europeo con más deuda pública (100% PIB) y necesitamos este año que nos presten 400.000 millones de euros nuevos para cubrir la deuda pública y privada. Si los inversores se ponen nerviosos por el Brexit, tendremos problemas o nos costará más.

Pero eso no es todo. A España le afectaría mucho si gana el Brexit porque amenaza a nuestra primera industria, el turismo, que vive en gran parte de los británicos: suponen casi 1 de cada 4 turistas (el 23%), 15,67 millones de los 68,13 millones que nos visitaron en 2015. Y si les cae la libra, les costará mucho más viajar a España y muchos pueden cambiar por Turquía, Túnez o el Caribe. Además, Reino Unido es ya en 2016 el tercer cliente comercial de España, tras Francia y Alemania. Y si salen de la UE, tendrán más problemas para comprarnos. Además, Reino Unido es el primer destino de las inversiones españolas en el extranjero y los británicos son los quintos inversores extranjeros en España. Y la banca española es la tercera banca europea más expuesta en Reino Unido, tras la norteamericana y alemana.

Así que toda Europa y España más nos jugamos mucho en este referéndum aunque no votemos. Si se pierde, Reino Unido tendrá que buscar su encaje en el mundo (relacionándose con la UE como Noruega o Suiza) y la Unión Europea tendrá que repensar su futuro, con muchos problemas nuevos por ambas partes. Pero si se gana, Europa tiene muchos otros problemas urgentes de los que ocuparse. El primero y fundamental, que la recuperación es muy débil, con un bajo crecimiento (1,7% este año zona euro) que se traduce en un elevado paro (10,2% en abril zona euro, con 23 millones de parados en la UE-28) y una inflación negativa (-0,1% en la eurozona), señal de que no tira la demanda (todavía inferior a la de 2008). Y este estancamiento es más preocupante porque  el resto del mundo no despega, con una recesión en Rusia y Latinoamérica y problemas en China y muchos países emergentes, por el desplome del petróleo y las materias primas. Además, Europa no avanza en la unión económica, financiera y fiscal, mientras está atenazada por la invasión de refugiados (1 millón en 2015 y otros 204.000 hasta mayo de 2016), a los que se trata de expulsar y alejar con dinero (inútilmente). Y la crisis de Grecia no está resuelta, a pesar del tercer rescate.

Con o sin Brexit, Europa tiene que tomar medidas para dar “un salto hacia adelante” y dejarse de “parches”. Hasta ahora, el Banco Central Europeo (BCE) ha hecho de “bombero”, impidiendo la ruptura del euro y el rescate de España en 2012 y tomando medidas para inundar los mercados de dinero barato, que no se pide porque las empresas y particulares están muy endeudados y no piensan en invertir y pedir más crédito. Es la hora de tomar otras medidas, como vienen diciendo hace años el BCE, el FMI y la OCDE: reanimar el consumo y el gasto los países que pueden (Alemania y el centro-norte de Europa), y lanzar un ambicioso programa de inversiones públicas (infraestructuras, energía y medio ambiente, tecnología y digitalización, formación…), que ayude a relanzar la inversión privada, el crecimiento y el empleo. Y en paralelo, ayudar a los países más endeudados del sur con los eurobonos, deuda de la que responda (pagando menos) un Tesoro europeo, no cada país.

Pero Alemania y los "fundamentalistas" de Bruselas no quieren tomar esas medidas y siguen con su política de “esperar y ver “(como Rajoy aquí), exigiendo austeridad y más ajustes a Grecia, Portugal y España, mientras los problemas se enquistan. Y mientras, como Europa no acaba de salir de la crisis y muchos europeos lo pasan mal y no ven claro el futuro, crecen los descontentos y los euroescépticos, no sólo en Reino Unido. Baste ver el auge en toda Europa de los movimientos de extrema derecha (Austria, Francia, Alemania, Finlandia, Holanda, Grecia, Suecia, Hungría, Polonia, República Checa) y los populismos “de izquierda” (Grecia, España e Italia), colectivos que ponen en cuestión la integración europea y que mañana pueden exigir nuevos referéndums, como ha hecho Reino Unido. Y ahora mismo, España, Francia y Grecia (por este orden) son los países "con más riesgo político", según el último informe semestral del BCE

La enseñanza del Brexit, sea cual sea el resultado, es clara: Europa tiene que avanzar, no retroceder. Hay que ir hacia “más Europa”, con más unión, más integración y no más excepciones. No una Europa a varias velocidades. Y hay que reanimar la economía y salir con más fuerza de la crisis, crecer más y crear más empleo, la mejor receta para fortalecer Europa. Y sólo así, con una Europa más fuerte, España también crecerá más y mejor. Son los que tiran o no del barco 

jueves, 16 de junio de 2016

Una década perdida para la Ciencia


Somos líderes europeos en fútbol y destacamos mundialmente en muchos deportes pero estamos a la cola en Ciencia. Y eso tiene mucho que ver con que seamos un país poco competitivo y con el doble de paro que Europa. El problema es que los recortes se han cebado en la Ciencia: somos el país europeo que más ha rebajado su gasto en I+D+i, un 35%, mientras los demás países gastaban más. Y así, invertimos ahora en Ciencia, proporcionalmente, lo mismo que en 2006: hemos perdido una década y el tren europeo. Además, no sólo gastamos menos sino que gastamos mal: un tercio del presupuesto no se utiliza y vuelve a Hacienda. Y las empresas españolas son las que menos gastan en innovación, mientras se han perdido 12.000 investigadores. Una situación dramática que exige un Pacto por la Ciencia la próxima década, para gastar más y mejor. Sólo así España podrá competir mejor, crecer más y crear más empleo. Menos cemento y más conocimiento.
 
enrique ortega

La economía española se recupera (lentamente), con más crecimiento y empleo, pero no la Ciencia. En el Presupuesto 2016, el gasto del Estado en I+D+i crece sólo un ridículo 0,36%, tras unos mínimos crecimientos en 2014 (+3,6%) y 2015 (+4,2%). Unos aumentos insuficientes (492 millones en 3 años) para compensar el tremendo tijeretazo pegado a la Ciencia entre 2009 y 2013: un recorte de -3.741 millones, 1 de cada tres euros disponibles. Menos de un  tercio de ese recorte es culpa de Zapatero (- 1.084 millones entre 2010 y 2011) y más de los dos tercios restantes de Rajoy (- 2.657 millones entre 2012 y 2013).

El problema es que mientras España recortaba un tercio el gasto en Ciencia, los demás paises europeos lo aumentaban durante la crisis, con lo que ahora estamos aun tecnológicamente más retrasados de Europa. Así, España es el país occidental que más ha recortado su Presupuesto estatal en Ciencia, un -34,69% entre 2009 (9.673 millones de euros) y 2013 (5.932 millones), según datos de la OCDE incluidos en el informe COTEC. Un recorte mucho mayor que el hecho por Grecia (-3,12%), Portugal (-7,22%), Italia (-13,64%), Francia (-15,39%) o Irlanda (-18,46%) y que contrasta con el aumento del gasto en Ciencia en toda Europa (+0,16% en la UE-28) y sobre todo en Alemania (+18,41%), Suecia (+16,29%), Reino Unido (+1,83%), Holanda (+1,51%) o Finlandia (1,41%), los países europeos punteros en investigación .

Pero no sólo ha recortado gasto en Ciencia el Estado. También las autonomías han reducido un 10% su gasto en Ciencia desde 2010, aumentándolo sólo Andalucía y Murcia, aunque las que más gastan son País Vasco, Navarra, Madrid y Cataluña. Y las empresas privadas también han metido la tijera al gasto en I+D+i, recortándolo otro 16% desde 2008. Todos han utilizado la Ciencia para ajustar sus cuentas, a costa de perderse proyectos de investigación y empleos: las plantillas se han reducido en 21.789 personas (sólo hay datos hasta 2014), de los que 12.000 son investigadores perdidos, que se han ido al paro o al extranjero.

Al final, el gasto total en Ciencia en España ha pasado de 14.701 millones de euros en 2008 (el año de mayor gasto) a los 12.820 millones de 2014 (el último año con datos oficiales, del INE), una caída del 12,8%. Eso supone que España dedicaba en 2014 un 1,23% de su riqueza (PIB) a invertir en Ciencia, frente al 2,03% de la UE-28, según Eurostat. Y el dato nos coloca en el mapa europeo de paises con una Ciencia “mediana”, muy alejados de los paises punteros: Finlandia (gasta el 3,17% del PIB en Ciencia, el triple que España), Suecia (3,16% PIB), Dinamarca (3,08%), Austria (2,99%), Suiza (2,96%), Alemania (2,84%) y Bélgica (2,46%),con Reino Unido (1,72%) e Italia (1,29%) algo más lejos (1,72%). Y muy alejados de Japón (invierte el 3,47% en Ciencia), Estados Unidos (2,81%) e incluso China (2,08% PIB).

El problema ya no es que estemos lejos del gasto en Ciencia de Europa y sobre todo de los países más avanzados (y ricos). Es que la distancia con ellos (la “brecha tecnológica”) ha aumentado con la crisis, porque nosotros recortábamos el gasto y ellos lo aumentaban. Así, el gasto en Ciencia en España era el 1,39% del PIB en 2009 (el mejor año), sólo 0,49% menos que el de Europa (1,88% del PIB gastaba la UE-28), mientras en 2014 la distancia casi se ha duplicado, hasta el 0,80% (del 1,23% de España al 2,03% de la UE-28). Y esa distancia sigue aumentando, porque el Presupuesto en Ciencia apenas ha crecido entre 2014 y 2016 en España, mientras sí lo ha seguido haciendo en Europa, sobre todo en Alemania y paises del norte. Y además, el PIB español ha crecido en 2014 y 2015, con lo que el porcentaje que supone el gasto en Ciencia sobre el PIB puede incluso bajar. Si quedara en el 1,20% en 2016, algo muy posible, eso supondría que España gastaría ahora en Ciencia, proporcionalmente, lo mismo que gastó en 2006 (1,20% del PIB). O sea, una década pérdida para la Ciencia.

El problema es que si no se hace nada y Rajoy gana las elecciones y sigue con sus previsiones, España va a perder otra década para la Ciencia. Y eso porque el Gobierno Rajoy trabaja con una Estrategia Española de Ciencia, Tecnología e Innovación 2013-2020, enviada a Bruselas en febrero de 2013, que prevé congelar el gasto público en investigación y esperar a que mejore el gasto de investigación de las empresas, para intentar que el gasto en investigación pase del 1,23% de 2014 al 1,48% en 2016 (rondará el 1,20%) y al 2% del PIB en 2020. Dicho claramente: el reto que propone Rajoy es que España gaste en Ciencia en 2020 lo que ya estaba gastando Europa en 2014. Y se olvida de que para 2020, el objetivo de Europa será gastar ya un 3% del PIB. Así que si hoy estamos ya retrasados, a finales de esta década lo estaremos aún más. Y será otra década perdida para la Ciencia.

El problema no es sólo que haya poco dinero para la Ciencia. Es que además, no se gasta lo que hay, con lo que la inversión real en I+D+i es aún menor de la que señalan los Presupuestos. Y no se gasta porque, entre 2011 y 2015, dos tercios del Presupuesto público para la Ciencia eran créditos (el resto, subvenciones) y la mitad de esos créditos no se utilizaron porque las Universidades y los centros de investigación estaban ya muy endeudados y Hacienda no les dejaba endeudarse más. Así ha pasado que, entre subvenciones no gastadas y créditos no pedidos, se han dejado de utilizar 12.152 millones de euros públicos entre 2010 y 2014, según datos de la COSCE, un tercio de todo lo presupuestado. Y ese dinero se ha perdido, porque lo que no se gasta cada año vuelve a las arcas del Tesoro.

Pero no es el único problema. Un informe sobre la Ciencia en España, presentado por la Comisión Europea ya en julio de 2014, hacía 10 recomendaciones que se resumen en tres: tenemos que gastar más (unos 1.000 millones más de gasto público al año), aumentar las plantillas de investigadores y gastar mejor, reformando los centros públicos de investigación (fusiones), modificando la carrera de investigador, coordinando mejor los esfuerzos de las 17 autonomías, Estado, Universidades y empresas, evaluando mejor los programas de investigación y favoreciendo más la innovación de las empresas privadas.

Precisamente, las empresas privadas suponen en España más de la mitad del gasto en investigación y el problema es que, con la crisis, este gasto en I+D+i se ha desplomado: se ha reducido un 16% entre 2008 y 2014 (y no crece después) y hay 5.000 empresas que han dejado de investigar, un tercio de las 15.000 que lo hacían en 2008, según el informe COTEC. Esto es especialmente grave porque además, las empresas españolas gastan mucho menos en investigación (un 52,6% del gasto total en I+D+i) que las empresas europeas (gastan el 63,2% del total), mientras gastan aquí proporcionalmente más que en Europa el Estado (18,9% del gasto frente al 12,6% en la UE-28) y sobre todo las Universidades (28,3% frente al 23,2%). Veamos un ejemplo muy ilustrativo: en Alemania, un 67,9% del gasto en investigación lo hacen las empresas (y en Francia o Reino Unido, el 64%), mientras en España es sólo el 52,6% del total  y además ha caído drásticamente.  Otro dato del informe COTEC: en la industria alemana hay 6,5 investigadores por cada 1.000 empleos (y 8,7 en la francesa), mientras en la industria española hay 3,4 investigadores. Así nos va.

Ya no es sólo que España gaste poco en Ciencia, lo gaste mal y además las empresas gasten poco y cada vez menos. Es que tenemos un problema educativo que no ayuda nada, que tiene un impacto muy negativo sobre la innovación, como señala el Informe COTEC 2016. Por un lado, la educación de los jóvenes deja mucho que desear, como revelan dos datos. Uno, que los jóvenes españoles de 15 años obtienen peores puntuaciones que la media de Europa y la OCDE en matemáticas, lectura y ciencia, según el último Informe PISA. Y el otro, que España es líder en abandono escolar en Europa, en jóvenes que abandonan sus estudios: un 20% del total, casi el doble de la media europea (11%), según Eurostat. Y por otro, tenemos una población adulta poco formada: un 25,4% de trabajadores españoles tienen baja cualificación, frente al 9,4% de media en la OCDE. Como dice el Informe COTEC, este bajo nivel educativo y formativo no ayuda precisamente al avance de la Ciencia y la innovación.

El último informe de la Comisión Europea sobre España, de febrero de 2016, llama la atención sobre los problemas de la Ciencia, señalando cuatro: la enorme distancia con el resto de Europa en el gasto en investigación (1,23% sobre PIB frente al 2,03%), sobre todo en las empresas privadas (invierten en I+D+i un 0,6% del PIB, frente al 1,3% de las europeas), la descoordinación entre el Estado y las autonomías, la falta de coordinación entre la investigación pública y la privada y, sobre todo, la necesidad de mejorar el rendimiento y la calidad de la inversión en Ciencia (con auditorías). A cambio, una fortaleza de España es que está consiguiendo ganar recursos europeos para investigación, siendo el cuarto país que más dinero ha conseguido del programa Horizonte 2020, tras Alemania, Reino Unido y Francia. Y Cataluña lidera los proyectos, al captar el 56,6% de estas ayudas europeas.

Todos los expertos piden un Pacto por la Ciencia para la próxima década, sobre cuatro pilares. El primero, asegurar más dinero público, con el objetivo de aproximarse en una Legislatura al 2% del gasto (supone gastar 14.000 millones más en Ciencia en cuatro años). El segundo, estimular la inversión de las empresas en investigación, con incentivos y ayudas fiscales (falta una ley de Mecenazgo), además de “forzar” a la banca a que financie la innovación (COTEC denuncia que los créditos bancarios a las empresas para investigación cayeron un 72% entre 2011 y 2014). El tercero y clave, coordinar a los que hacen investigación en España, para que Gobierno, autonomías, Universidades y empresas no vayan cada uno por su lado. Y el cuarto pilar, modernizar y flexibilizar la gestión de la Ciencia, luchando contra las trabas administrativas y la burocracia, la falta de movilidad y la endogamia, la falta de autonomía y el escaso control y evaluación final de la gestión. Y en paralelo, una mejorar la enseñanza y formación de jóvenes y adultos, el “caldo de cultivo” de la Ciencia.

Todo el mundo habla de la importancia de la Ciencia, pero sigue relegada y se habla poco de ella en la campaña electoral. Y nos jugamos mucho con la Ciencia: tener una economía y unas empresas más competitivas, crecer más y crear más empleos. España no tiene por qué estar en el vagón de cola de la Ciencia en Europa y en el mundo. Lo ha dicho el Rey Felipe VI en la presentación del informe COTEC sobre el deplorable estado de la Ciencia: “Si hemos logrado ser una potencia en deporte, lo podemos lograr también en innovación”. Pues a ello, todos juntos como país, porque si no perderemos otra década. Y el futuro. Como nos dijo en el Congreso de los Diputados la Comisaria europea de política regional: Menos cemento y más conocimiento.

lunes, 13 de junio de 2016

España: trabaja menos gente y trabaja peor


La economía parece algo complicado. Pero no lo es si se explica bien. Vean este dato: los alemanes producen el triple que los españoles (3 billones de euros frente a 1 billón) y son menos del doble de habitantes. Algo pasa. ¿Somos más tontos que ellos? No. Trabajamos menos gente y trabajamos peor, con menos eficacia. Lo mismo pasa con los británicos, franceses o italianos. Por eso viven mejor que nosotros. Así que el problema de fondo de España, al margen de que haya o no crisis, es que necesitamos cambiar de modelo económico: conseguir que trabaje más gente (ahora lo hacen sólo el 59% de los adultos) y con más productividad, en sectores y empresas más competitivos. Algo que pasa por más formación, más tecnología, más industria, empresas más grandes y más volcadas al exterior.  Casi nada. Un doble reto a 20 años vista, que deberían apoyar todos los partidos y fuerzas sociales. Porque ahí nos jugamos nuestro futuro.
 
enrique ortega

España es el quinto país que más produce en Europa: un billón de euros (1.081.190 millones en 2015), sólo por detrás de Alemania (3.025.900 millones de PIB), Reino Unido (2.450.081 millones de euros), Francia (2.190.122 millones €) e Italia (1.636.372 millones €), según Eurostat. Pero claro, la comparación es engañosa, porque depende también de la población que tenga cada país, ya que Alemania tiene casi el doble de población (81,2 millones de habitantes) y los demás casi un tercio más que España, tanto Reino Unido (64,8 millones), Francia (64,2 millones) o Italia (60,7 millones). Por eso, la comparación entre países suele hacerse tomando el PIB por habitante, lo que produce por habitante.

Y aquí, España ya no es la 5ª economía de Europa, sino que hay 12 paises europeos que tienen una economía más productiva que la española, que producen más por habitante. El líder es Luxemburgo, un país pequeño con muchos bancos y multinacionales, que produce 89.387 euros por habitante. Le siguen Dinamarca (46.655 €), Irlanda (45.977 €), Suecia (45.215 €), Holanda (39.864 €), Austria (38.594 €) y Finlandia (37.793 €), los más  “ricos del Norte”. Y después, Reino Unido (37.766 €), Alemania (37.266 €), Bélgica (36.146 €), Francia (34.074 €) e Italia (26.916 €). Los 12 paises europeos producen más por habitante que España (23.277 €), que está por debajo de la media de la Unión Europea (93 sobre 100). En definitiva, que cada alemán produce 1,6 veces lo que un español y el país tres veces más.

¿Por qué? La respuesta es sencilla y doble: porque trabaja más gente y trabajan mejor. Vayamos al primer punto: en España trabaja menos gente que en Alemania y que en la mayoría de Europa. Con datos de Eurostat 2014, en España trabajaban el 56% de los adultos (16-64 años), mientras en la UE-28 eran el 64,9% (y el 63,9% en la zona euro). Pero en los paises más avanzados (y más ricos), el porcentaje de ocupados superaba el 70% de la población en edad de trabajar: el 74,9% en Suecia, el 73,8% en Alemania, el 73,1% en Holanda, el 71,1% en Austria o el 71,9% en Reino Unidos. Y en los paises pobres del sur hay menos gente trabajando: 49,4% de adultos en Grecia, 54,6% en Croacia, 55,7% en Italia (Portugal, con el 62,6% de población ocupada es la excepción).

Eso significa que si en España trabajara el mismo porcentaje de adultos que en Alemania (el 73,8% en vez del 56% de 2014, que ahora, en marzo de 2016, ha subido al  59%), deberían trabajar 5.356.785 españoles más, personas que hoy no trabajan (están en paro, en su casa, emigrados o estudiando). Y si trabajáramos en la misma proporción que Europa (UE-28), debería haber 2.678.392 españoles más trabajando. Así que esta es una de las razones de por qué producimos menos que Alemania y muchos países de Europa: tenemos mucha menos gente trabajando. O visto de otra manera, el modelo económico que tenemos no consigue emplear a más gente y por eso producimos menos, generamos menos riqueza.

La segunda razón de que produzcamos menos es que trabajamos peor, los que trabajan (menos que en Europa) son menos productivos. España está en el puesto nº 33 en el ranking mundial de competitividad (2015-2016), publicado por el World Economic Forum, liderado por Suiza, Singapur, EEUU, Alemania y Holanda Y estamos en competitividad por detrás de 16 países europeos, la mayoría mucho más pequeños. Eso, ¿Qué significa? Que cada español que trabaja produce menos por hora. Un ejemplo. La productividad aparente del trabajo en España era de 31,3 euros por hora trabajada (3º trimestre 2015), frente a 46,1 euros por hora trabajada en Alemania, según un estudio de La Caixa. O sea, que cada trabajador español produce dos tercios de lo que produce un trabajador alemán.

Vayamos al por qué. Hay dos razones. Una, que en España tienen más peso sectores económicos que exigen más personal y son menos productivos, como la construcción, el comercio, el turismo o la hostelería, y tienen menos peso sectores con más tecnología y menos personal, más productivos. Eso explica una parte, la más pequeña (el 17,6%) de la diferente productividad entre España y Alemania, según el estudio de la Caixa. La otra causa es la importante, porque explica el 82,4% de la diferencia: que España es menos productiva que Alemania en cada sector y en cada empresa, sean los mismos o diferentes.

Y ¿por qué nuestras empresas son menos productivas que las alemanas? Los expertos hablan de varias razones. La primera y muy importante, el tamaño de las empresas, que sí importa. De las 2.779.146 empresas censadas en España en 2015, el 94,5% eran microempresas (de 0 a 9 trabajadores), un porcentaje mucho mayor que en Europa (92,1% en la UE-28), Alemania (81,8%), Reino Unido (89,4%), Francia (93,9%) o incluso Italia (94,4%), según datos de Eurostat . En empresas pequeñas (10-49 trabajadores) tenemos menos (5,4% España frente a 6,6% la UE-28, 8,7% Reino Unido y 15,1% Alemania). En medianas (50-249 trabajadores) tenemos muchas menos: 0,7% en España, frente al 1,1% en la UE-28, 2,6% en Alemania, 1,5% en Reino Unido, 0,8% en Francia y 0,5% en Italia. Y donde hay más diferencia es en grandes empresas (+250 trabajadores): en España son el 0,1% del total (3.918 grandes empresas en 2015), la quinta parte que en Alemania (0,5% del total, unas 9.000 empresas) y menos que en Reino Unido (0,4%) y Francia (o,2%), aunque igual que Italia (0,1%).

En líneas generales, las grandes empresas (también las españolas) son más productivas que las medianas y que las pequeñas y microempresas, porque aprovechan mejor las economías de escala (al fabricar más, les bajan los costes medios), utilizan más capital, tienen mejor financiación, innovan y utilizan más tecnología, exportan más,  emplean a trabajadores más formados y generalmente tienen una mejor organización del trabajo. Baste decir que si España tuviera la misma estructura empresarial que Alemania, el mismo tipo de empresas, nuestra productividad sería un 13% mayor, según cálculos del Círculo de Empresarios. Produciríamos 142.000 millones más al año. Sólo por eso.

Pero hay más razones de que seamos menos productivos. Otra importante es la tecnología. En España, los recortes en I+D+i (-2.183 millones entre 2012 y 2016) han llevado a que sólo invirtamos el 1,23% del PIB en tecnología, frente al 2% en Europa. Pero ese retraso es mayor en las empresas privadas, que sólo invierten el 53% del gasto total en tecnología, mientras en Alemania las empresas invierten el 68% del total (que además es casi el triple que en España, el 3,09% del PIB). Y eso se traduce en lo que fabrica cada país: España fabrica en sectores de baja (alimentos, calzado, textil)  y media tecnología (coches, maquinaria), mientras Alemania y los grandes paises europeos fabrican más en sectores de media y alta tecnología, que suelen estar además vinculados a las grandes empresas.

Otro factor que cuenta es el peso de la industria, que ha caído drásticamente en España: si al inicio de la democracia, la industria aportaba el 39% de la riqueza (PIB), ahora sólo supone el 15,5% de la producción del país, mientras en Europa (UE-28) supone el 19% y en Alemania aporta el 25% de la producción, con una mayor productividad que la construcción o los servicios, que tienen más peso en España. Y la industria no sólo aporta más productividad sino también más empleo estable, sobre todo las grandes empresas industriales. Y aquí, las industrias tienen también menos tamaño y empleo: la media son 10 empleados por industria, frente a 17 en Europa y 35 empleados por industria en Alemania.

También explica la mayor o menor productividad que un país consiga exportar más o menos. Y España, aunque ha pegado un gran tirón exportador con la crisis, está aún muy retrasado frente a Alemania y los paises más competitivos de Europa: En 2015, las exportaciones españolas suponían el 23,63% del PIB, lo que nos colocaba como el 5º país de Europa con menos peso relativo de las exportaciones, sólo por delante de Chipre (9,46%), Grecia (14,65%), Reino Unido (16,15%) y Francia (20,88%), pero muy alejados de Alemania (las exportaciones suponen el 39,60% del PIB), Irlanda (51,48%) o Portugal (27,8%) y, sobre todo, de países más pequeños donde las exportaciones suponen hasta cuatro veces lo que en España: Bélgica (87,8% del PIB), República Checa (87,11%), Eslovaquia (87,10%), Hungría (81,78%), Holanda (75,35%) o Eslovenia (74,77%). Eso se debe a que hay pocas empresas que exporten: de los 2,77 millones de empresas, sólo exportan unas 150.000 y de forma habitual (en los últimos cuatro años), menos de 50.000 empresas.

Otro factor clave de que seamos menos productivos es la baja formación de los españoles. Los últimos datos de la OCDE (“Panorama de la educación 2014”) son escalofriantes: un 45% de los españoles adultos (25-64 años) tienen un nivel educativo bajo (sólo con la ESO acabada o ni siquiera), frente al 21% en Europa (UE-21) o el 24% de la OCDE (34 países más desarrollados), y muy lejos de Suecia (12% de adultos poco formados), Alemania (14%), Finlandia (15%), Reino Unido (22%), Irlanda (25%) o Francia (27%). En el medio, también tenemos menos adultos con formación media (bachillerato y FP Básica): un 22% en España frente al 48% en Europa y el 44% en la OCDE. Y sin embargo, por arriba, estamos en cabeza de universitarios: un 32% en España frente al 29% en la UE y el 33% en la OCDE.

Y si miramos a los parados, 4.791.000 en marzo de 2016 (EPA), un 20,1% de los españoles en edad de trabajar, no sólo tenemos el doble de paro que Europa (10,2% en la zona euro) y cinco veces más que Alemania (4,2% paro en abril), sino que nuestros parados tienen también un grave problema para volver a trabajar, su baja formación: el 52,5% de los parados (más de 2,5 millones) tienen sólo la ESO o incluso menos y otro 23,3% más sólo Bachillerato o FP básica. Por todo ello, trabajadores y parados españoles tienen difícil afrontar un futuro europeo donde, en 2020, sólo el 15% de los empleos serán para personas con baja formación (el 45% de españoles y 52,5% de los parados), según un estudio de CEDECOP.

Pero no sólo los parados y los trabajadores españoles tienen poca formación: también les pasa a sus jefes, los empresarios españoles: se sitúan a la cola de Europa en capacidades de gestión, sólo por delante de los griegos, según una evaluación del World Management Survey citada por el último informe económico del Banco de España, para quien estos pobres resultados en España pueden atribuirse a "una menor formación de los cuadros directivos o a un menor grado de profesionalización de la gestión empresarial en relación a otros países europeos, en especial en las pymes". Así que también hay que mejorar la formación empresarial para ser más eficientes y productivos.

Y luego hay otros factores que también juegan en contra de la productividad de España: un mayor coste del dinero y del crédito para las empresas (sobre todo para las pymes) que en Europa (al menos que en Alemania y los países del norte), unos mayores costes de la energía (entre un 10 y un 20% superiores), aunque a cambio España tenga menores impuestos efectivos para las empresas (impuesto Sociedades)  y menores costes salariales:  el pago por hora trabajada fue de 15,8 euros en España (2015), frente a 19 euros en Europa (UE-28), 21,8 euros en la zona euro (UE-19), 20 en Italia, 22 en Reino Unido, 24 en Francia, 25 en Alemania y 35,6 euros por hora en Dinamarca, según Eurostat. Eso sí, lo que no tienen que hacer los españoles es trabajar más horas: España trabaja 1.689 horas al año, según la OCDE, 318 más que los alemanes, 216 más que los franceses y 12 horas más que los británicos. Pero nos cunden menos.

Al final, todos estos factores  explican que “trabajemos peor”, con menos productividad y eficacia que los alemanes y muchos europeos. Y que por eso, y porque trabajemos menos gente, produzcamos menos y seamos más pobres que la Europa rica. La solución es también doble: hay que conseguir que trabajen más españoles y que trabajen mejor.

Conseguir que trabajen más españoles pasa por crecer más y porque las empresas creen más empleo estable, además de reducir drásticamente las horas extras (equivalen a 273.000 empleos que no se crean). Y crecer más exige reanimar la economía, con más inversiones (públicas y privadas) y más consumo, para lo que hay que subir más los salarios (empezando por el salario mínimo). Y todo ello pasa por un Plan, en Europa y en España, para reanimar el crecimiento y el empleo, con inversiones en infraestructuras, tecnología y formación y educación Además, España debe gastar más en políticas activas de empleo, para ayudar a recolocar a los parados, con más formación y una modernización de las oficinas de empleo (SEPE), que no funcionan y sólo encuentran trabajo al 1,7% de los parados.

Conseguir que los españoles que trabajan sean más productivos pasa por aumentar el tamaño de las empresas (fomentando fusiones de pequeñas y medianas), por ayudarlas a que gasten más en tecnología e innovación (gastando también más el estado en I+D+i), fomentando la reindustrialización del país, apostando por las tecnologías de la información (TIC) y la digitalización de las empresas, fomentando que más empresas exporten a más países (con ayudas, créditos y avales), rebajando los costes energéticos y financieros y mejorando la organización interna de las empresas, con mayor participación de unos trabajadores con mejores contratos y sueldos (unos trabajadores contentos e integrados son siempre más “productivos”). Y sobre todo, apostar como país por la formación y la educación, para adaptar  a los trabajadores y parados a los puestos de trabajo del futuro.

Son grandes retos, que tardan décadas en conseguirse. Pero hay que empezar ya, si queremos reducir la brecha con la Europa rica, si queremos ser tan eficientes como ellos. Hay que conseguir que trabajen entre 2 y 5 millones más de españoles de los 18 millones que trabajan hoy. Y que trabajen mejor, con más eficacia y productividad. Es un reto de todos, al margen de partidos e ideologías. Pero no podremos conseguirlo si no se plantea ya, si no se pone encima de la mesa, también en estas elecciones. Ya saben por qué vamos detrás de los alemanes. Ahora falta que se empiecen a tomar medidas para acercarnos a ellos. Al menos nuestros nietos.