Un fantasma recorre el mundo: la desigualdad creciente, culpable básica del populismo, desde Trump y el
Brexit a Italia y la extrema derecha europea. El 1% más rico tiene ya
casi la mitad de la riqueza del mundo,
frente al 40% en 2007. Y hay ya 224.200
millonarios en España, casi el doble que antes de la crisis. Uno de los
principales culpables, junto al paro,
la precariedad y los bajos salarios, son los impuestos: los ricos, las
grandes empresas y las multinacionales llevan “escaqueándose” de pagar
impuestos desde los años 80, presionando a los Gobiernos para que les bajen
impuestos y buscando refugio en paraísos fiscales y trampas “legales”.
Resultado: todos los países han recortado
sus Estados del Bienestar y tienen problemas para sostener la sanidad, la
educación, las ayudas sociales y las inversiones públicas. Y así crece más la desigualdad. Urge una cruzada europea y mundial para reformar los impuestos y que paguen más
los que apenas pagan hoy. Sólo así conseguiremos vivir mejor.
“Los impuestos son el precio que pagamos por una sociedad civilizada”
Oliver Wendell. 1904. EEUU
“Los impuestos son el precio que pagamos por una sociedad civilizada”
Oliver Wendell. 1904. EEUU
La desigualdad
entre ricos y pobres cayó drásticamente en el siglo XX, por la grave sangría humana de las
dos guerras mundiales (100 millones de muertos) y de varias revoluciones
sangrientas (otros 100 millones de muertos en la URSS, China y algunos países),
más los efectos igualadores de los
impuestos y el Estado del Bienestar que se implantaron a partir de 1945. Y
así llegamos, con un mundo bastante
igualitario durante 30 años, a los años
80, donde el neoliberalismo (Thatcher, Reagan y los Bush) y sus rebajas de
impuestos y ayudas públicas provocan un alza de la desigualdad, agravada por la crisis de 2008 y su secuela de paro,
precariedad y bajos salarios en el mundo, mientras los más ricos aumentaban su
riqueza. El resultado es que el índice
de desigualdad (índice de Gini,
entre 0 y 1) era de 0,318 en 2016, en los 35 países de la OCDE, el
más alto desde los años 80. Incluso, asistimos al mayor nivel de desigualdad en el mundo desde finales del siglo XIX.
La mayor desigualdad
se da actualmente fuera de Europa y USA, según los últimos datos de la OCDE (2016): Sudáfrica (0,626 índice de Gini), China
(0,514), India (0,405), Costa Rica (0,480), Brasil (0,470), México (0,459),
Chile (0,454) o Turquía (0,391). Pero detrás está ya Estados Unidos (índice de Gini 0,391), Reino Unido (0,351), Israel
(0,346) y España (0,345 índice de
Gini en 2016), el 12º país más desigual
del mundo, según la OCDE y el tercero más desigual de
Europa (tras Reino Unido y Lituania), según Eurostat. Y además, España es el 4º país de la OCDE con más desigualdad entre la riqueza del 20%
más rico y la del 20% más pobre: la diferencia
de ingresos es de 6,5 veces,
sólo por detrás de México (10,4 veces), Chile (10 veces) y EEUU (8,3 veces), según los datos de la OCDE (2016).
El problema ya no es que haya mucha desigualdad sino que se ha agravado con la crisis y los ricos son cada vez más ricos. Así, acaba de hacerse público que el 1% más rico del mundo acapara ya casi el
50% de toda la riqueza mundial, según la consultora Boston Consulting Group, cuando en 2013 tenían el 45% de la
riqueza y en 2007 el 40%. Y otro dato, escalofriante: en 2015, 62 personas en el mundo poseían la misma riqueza que 3.200 millones
(la mitad más pobre del mundo), según un informe de Intermón Oxfam. Y si nos centramos en
España, acaba de publicarse que ya hay 224.200 millonarios, personas
que tienen más de 1 millón de dólares de patrimonio (tienen 2,52 millones de
euros de media), casi el doble de los millonarios que había en España antes de
la crisis (127.100 en 2008).
Hay más millonarios, con más riqueza, en España y en el
mundo. Y también más pobres. En la OCDE (35 países desarrollados), había
un 11, 9% de pobres en 2016, personas que ingresan menos de la mitad que la media. Encabezan este penoso ranking de países
con más pobres Estados Unidos
(17,8% población), Israel (17,7) y Turquía (17,2), seguidos de Letonia y México
(16,7% pobres), Japón, Chile y Estonia (16,1%) y España (15,3% de pobres), el
9º país OCDE con más pobreza y el 3º de Europa, según los datos de la OCDE. De hecho, si
tomamos el concepto europeo de pobreza
(ingresos inferiores al 60% de la media y falta de empleo y servicios básicos),
hay 12.989.405 españoles en riesgo de pobreza o exclusión social, según la última estadística de Eurostat (2016), 1.242.000 pobres más que en 2008, según la Agencia Europea contra la pobreza (EARP). Y España se sitúa como el 7º país europeo con más pobreza (tasa
AROPE 2016), con un 27,9% de la población en situación vulnerable, por encima
de la media europea (23,5% tasa UE-28) y sólo por detrás de Bulgaria (40%
pobres), Rumanía (38,8%), Grecia (35,6%), Lituania (30,1%), Italia (30%) y
Letonia (28,5%), según Eurostat. Y lo peor es que la pobreza se ha enquistado en determinados colectivos y familias (mujeres solas con
hijos, jóvenes, inmigrantes, parados) y que 3 millones de españoles están en pobreza extrema, según Cáritas, la
mitad con niños.
Bueno, la pregunta es ¿por qué hay tanta desigualdad? Y, ¿por qué aumenta, a pesar de la
recuperación? La razón principal es que, desde los años 80 y hasta hoy, la
rentabilidad del capital, del ahorro y de las inversiones, ha crecido muy por
encima de los rendimientos del trabajo, como explica el libro “El capital del siglo XXI”, de Thomas Piketty. Dicho a lo claro: el capital, el
dinero, se ha quedado cada año con un mayor trozo del pastel de la riqueza,
a costa de reducirse el trozo del trabajo. Un ejemplo
extremo es EEUU: el 1% más rico (que controla el 40% de
toda la riqueza) se ha llevado el 95% del
crecimiento generado desde 2007. Esto ha sido posible gracias a la desregulación económica y financiera (menos controles), iniciada con Reagan y
Thatcher y continuada hasta hoy, y a la globalización, que ha recortado costes (sobre todo salarios) y
multiplicado beneficios.
Pero la puntilla a la igualdad han sido los impuestos: las empresas
y los más ricos pagan bastante menos impuestos que hace tres décadas,
gracias a su presión sobre los Gobiernos (que se los han bajado, para que no se
fueran a otro país) y al uso de paraísos fiscales y de “ingeniería fiscal para
pagar menos “legalmente”· En EEUU, por ejemplo, el tipo máximo que pagan los
ricos ha bajado del 70% en 1980 al 40% actual y al 37% que lo acaba de bajar Trump para 2018. Y las empresas, han pasado de pagar el 40% al 21%
que pagarán gracias a Trump este año (y en Europa, del 40% al 22,9% de media).Y
como caía la recaudación en todos
los países, por la rebaja de impuestos y la crisis, los Estados “se han visto
obligados” a hacer recortes, a reducir el Estado del Bienestar (sanidad, educación, pensiones, inversiones públicas) y las
ayudas a los más desfavorecidos, agravando la desigualdad.
El resultado de este “escaqueo fiscal” de los más poderosos es que las grandes empresas y
multinacionales pagan hoy de impuestos sobre beneficios un 9% menos que antes
de la crisis (y las tecnológicas, un 13% menos), según Finantial Times. En unos casos, las grandes empresas y los más ricos defraudan
impuestos utilizando empresas pantalla en paraísos fiscales, donde se ocultan 8,7 billones de dólares, según el profesor
Gabriel Zucman. En otros casos, “eluden” impuestos (expresión fina para evadir impuestos de forma “legal”, con el asesoramiento de “las 4
grandes consultoras” mundiales: KPMG, PwC, Ernst & Young y Deloitte). Los métodos son múltiples,
pero los más usados (por Google, Amazon, Apple, McDonald’s o Inditex) consisten
en facturar a través de empresas instaladas en países con baja fiscalidad
(Luxemburgo, Irlanda, Holanda o Suiza) y traspasar los beneficios poco
penalizados a empresas radicadas en paraísos fiscales que les facturan ingresos
por gestión de marca. Al final, el resultado es que pagan un 6% de impuestos
sobre beneficios o menos y los países
dejan de ingresar hasta 500.000 millones de dólares al año, según estimaciones deTax Justice Network. Sólo Europa
perdió 5.400 millones de euros entre 2013 y 2015 por la minoración de impuestos conseguida por Google y Facebook.
Así que ya sabemos: no
hay dinero en Europa ni en España para sanidad, educación, Dependencia,
pensiones, ayudas sociales y tantas
inversiones que hacen falta (tecnología, infraestructuras, formación,
digitalización) porque las
multinacionales, grandes empresas y los más ricos se dedican a pagar los menores impuestos posibles, en una “guerra” por ver
qué país les cobra menos impuestos para que no se vayan. Y así, ellos son cada
vez más ricos y el resto no sale de la precariedad y de los bajos salarios,
aumentando la desigualdad.
La lucha contra la desigualdad debería
ser el gran reto del siglo XXI, porque la creciente desigualdad no sólo es injusta
e inmoral sino que debilita la economía y el crecimiento: un informe del FMI de 2015 ya alertaba que si aumenta la renta de los más ricos pero
no del resto (que suponen la mayor parte del consumo), se reducirá el crecimiento (PIB) a medio plazo. Y otro informe de la OCDE, sobre
30 países, reveló que en Italia y Gran Bretaña, el crecimiento de los últimos
30 años podría haber sido mayor si no hubieran aumentado tanto las
desigualdades. Además, la desigualdad
fomenta la desigualdad de género
(un estudio del FMI revela que los países con más desigualdad de ingresos son también
los que tienen más desigualdad entre hombres y mujeres) y el cambio climático (la huella de carbono del 1% más rico puede ser 175
veces mayor que la del 10% más pobre). Y además, la desigualdad debilita la democracia, como ha estudiado el Premio
Nobel de Economía 2015, Angus Deaton: debilita la cohesión social,
aleja a los más pobres de la política
y las instituciones, fomenta los extremismos y crecen los ciudadanos que no
votan. Y es uno de los factores que explica el auge del populismo y la extrema derecha, desde USA a Europa.
Parece claro que debería iniciarse una cruzada mundial contra la desigualdad, por
razones humanitarias, económicas y políticas. Las medidas no pueden tomarse país a
país, sino que exigen coordinación internacional y europea. Sobre todo,
las medidas fiscales que deberían buscar “homogeneizar” los
impuestos, a nivel de la OCDE y de la UE, desde el IRPF a sociedades, pasando
por sucesiones (los impuestos a las herencias son claves para no perpetuar la
desigualdad). Algo se ha hecho, como el acuerdo fiscal de la OCDE (proyecto BEPS), para intercambio mundial de información fiscal, firmado ya por 113 países, que tienen
hasta septiembre de 2018 para intercambiar información fiscal, aunque no sea
vinculante a qué países se envía. Pero ojo, hay países que no lo han firmado,
entre ellos Estados Unidos, que se puede convertir en el mayor paraíso fiscal de hecho del
mundo.
La lucha contra los paraísos
fiscales es clave para reducir la desigualdad y aquí la OCDE funciona a golpe de escándalo (Papeles de Panamá, LuxLeaks, Paradise Papers…),
pero sólo contempla un paraíso fiscal (Trinidad Tobago, 2 islas enfrente de Venezuela). La Comisión Europea aprobó en diciembre 2017 una lista negra de 17
paraísos fiscales, pero luego la ha recortado dos veces y ahora sólo quedan 7 (Samoa americana,
Guam, Namibia, Palau, Samoa, islas Vírgenes USA, Trinidad y Tobago). Sin
embargo, los técnicos de Hacienda
(Gestha) han elaborado una “lista negra” (ver aquí) de 30 países (donde incluyen a Suiza, Gibraltar, Hong
Kong, Aruba y Bahamas, que no están en la lista negra de Hacienda) y otra
“lista gris” (donde incluyen Andorra, Holanda, Irlanda, Luxemburgo, Chipre,
Malta, Mónaco, San Marino, Turquía o Venezuela). Y Oxfam Intermón tiene una “lista negra” de 39 paraísos fiscales,
donde incluye 4 países europeos: Holanda,
Luxemburgo, Irlanda y Malta.
Europa ha querido dar un paso contra la elusión fiscal de las multinacionales centrándose en las tecnológicas, las grandes de Internet. Así, la Comisión Europea aprobó en marzo 2018 una propuesta
para gravar con un 3% (un tipo mínimo) a los grupos tecnológicos que facturaran
más de 750 millones de euros y 50 millones en Europa. Con ello esperan recaudar unos 5.000 millones al año
(entre 500 y 1.000 millones en España). Algo
es algo, pero los técnicos de Hacienda (GESTHA) creen que el nuevo impuesto no estará operativo hasta
2020 y que es un pellizco mínimo: supondrá que
Google, Apple, Amazon y el resto tributarán el 10% de sus beneficios frente al
9,5% que pagan hoy, muy alejados del 23% con que se grava los beneficios del
resto de empresas en Europa.
Habría que pensar, a nivel mundial o al menos europeo, en aprobar nuevos impuestos, como el impuesto sobre la riqueza que propone Piketty: gravar con un impuesto del 5
al 10% a las fortunas de más de 10 millones de euros (no es tanto para los
ricos, pero sí una recaudación extra clave para sus países). Y la tasa Tobin, un impuesto a las transacciones financieras (podría recaudar
35.000 millones anuales), aprobado en 2012 por diez países europeos (España
entre ellos), pero que sólo aplican hoy Francia e Italia. Y además, hay mucho campo para recaudar
con impuestos verdes (a quien
contamine), impuestos al transporte
(carburantes contaminantes y vuelos) y al
turismo, sin olvidar la economía colaborativa, con
potentes multinacionales (Airbnb, Uber, Glovo, Cabify, eBay…) que apenas pagan impuestos.
No basta con estos nuevos impuestos. Europa tiene que armonizar
el impuesto de sociedades (el que pagan las empresas), que es del 22,9% de
media, aunque varía entre el 38% en Francia y el 10% en Bulgaria y el 12,5% en
Irlanda, con España en el 25% (aunque luego, con las deducciones y exenciones, el tipo efectivo es el 7,3%). Y también
el IRPF, que va del 58% máximo en Suecia al 10% en Bulgaria pasando por el
48% en España. Y también hay muchas diferencias en los tipos de IVA, sobre todo en
las excepciones (reducido y superreducido).
El nuevo Gobierno
español debería promover estos cambios fiscales en Europa y en la OCDE, porque España necesita más recursos para consolidar su Estado del Bienestar, tras los
drásticos recortes de Rajoy. Máxime cuando somos uno de los países de Europa que menos recauda: España recaudó en 2017 el 37,9% del PIB, frente al 44,9% que
recaudó la UE-28, el 45,8% que recaudaron los países euro y la alta recaudación
de Francia (53,9% PIB), Italia (46,6%), Alemania (45,2%) y Reino Unido (39,1%
del PIB), según los datos de Eurostat (2017). Eso significa que si España recaudara como
los demás europeos, ingresaríamos 81.456
millones de euros más cada año. Con ello, podríamos tapar el agujero del
déficit y encima gastar más dinero en necesidades públicas, de las
pensiones al paro.
Recaudar más, no a costa de que paguemos más la mayoría (el 83% de los
impuestos los pagan las familias) sino consiguiendo
que paguen más los que pagan poco
(multinacionales, grandes empresas y los más ricos), esa es la clave para reducir la desigualdad y mejorar el Estado del Bienestar en
España, en Europa y en el mundo. Implantar otros
impuestos para conseguir un mundo más justo. El gran reto del siglo XXI.
menudo blog javier, gran vision y ameno contenido, soy asesora en https://finconsejo.es y pues, durante mi tiempo de ocio, me gusta leer blogs de indole economico social. Gracias por compartir, te sigo vale?
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